DIARIO DE BUCARAMANGA
Año de 1828
Día 2 de mayo
Hoy salió para Ocaña el comandante Herrera, despachado por el
Libertador, y debe estar de vuelta el 11 ó el 12. Su Excelencia se
lo ha encargado así, y ha dicho que cumplirá exactamente, si no lo
detienen en Ocaña.
El Libertador desde ayer difundió la noticia de que su viaje
sería p Venezuela, y de que marchará con lentitud, deteniéndose
algunos días en Cúcuta. También ha dado a entender S.E. que el
motivo de su movimiento proviene de que ninguna esperanza le queda
de que pueda salir algo bueno de la Convención, sino males, contra
los cuales es ya tiempo de prepararse. Esta mañana decía que la
mayor parte de los diputados, que se dicen sus amigos, se han
manejado con una prudencia parecida al más completo egoísmo, y que
lejos de ser útiles eran más bien perjudiciales; que sólo unos
pocos habían sostenido el choque del partido desorganizador, con
dignidad y firmeza, pero que no habían sido sostenidos por lo
demás. Que los adversarios desplegaban una audacia excesiva, y se
valían de todos los medios que la intriga puede imaginar, unida a
la artería y a la perfidia. S.E. estaba afectado y abatido. "Mis
amigos, decía el Libertador, han obrado con poco tino y con menos
política. Vieron que había un partido santanderista y por eso han
querido oponerle un partido bolivariano, sin calcular, o sin estar
seguros de formarlo más numeroso que el otro; pensaron engrosarlo
con los del partido neutral, en lugar de estar todos ellos en
aquél, sin hablar de partido. Esta es la marcha que habrían debido
seguir. No lo han hecho, o por un falso amor propio o por un mal
cálculo, o porque la idea no les ha venido; pero los hombres que
dicen conocer la política, que se dicen hombres de Estado, deben
preverlo todo, deben saber obrar como tales, y probar con
resultados que efectivamente lo son, tales como se creen. Mezclados
con los neutrales, no habría habido entonces partidos en la
Convención, sino una fracción que se habría hecho despreciable y
hubiera sido impotente. En fin, ya es tarde; no es tiempo ya; la
falta está hecha, y el mal es irremediable. Lo que temo es, que
aquella falta atraiga otra y otra como suele suceder".
- Pero, señor, me atreví a decir al Libertador ¿por qué V.E. no
insinuó aquella alta y sabia idea a sus amigos? Porque no he
querido, contestando con viveza y con fuego, influir en nada en los
negocios de la Convención: sólo he deseado saber lo que pasaba en
ella, sin dar consejos particulares: mi mensaje y nada más; de
manera que el bien que salga de ella sea todo suyo, como igualmente
el mal. Mis enemigos podrán decir que me he metido en algunas
intrigas, pero nadie podrá probarlo, ni tampoco ningún documento
público o privado; esta es una satisfacción para mí: al fin de mi
vida publica, no quiero mancharla"
Estaba aún hablando con el Libertador cuando me anunciaron que
un señor Molina quería yerme. Salí al corredor, y dicho señor me
entregó dos cartas de mi suegro, el diputado Facundo Mutis, de
fecha 15 y 28 del mes anterior, y Molina había salido el 29 de
Ocaña. Como me estaba recomendado, le envié a casa para que me
aguardase allí; volví cerca del Libertador, y di a S.E. las cartas
para que las abriese y las leyese; me las devolvió para que las
abriese yo mismo. La del 25 nada decía de nuevo; mas la del 28 me
informaba que aquel mismo día se había votado sobre la forma de
gobierno y que la Convención había decretado el sistema central,
con una mayoría de las dos terceras partes de sus miembros, y que
él (Mutis) había sido uno de los de dicha mayoría; La noticia causó
mucho placer al Libertador, quien me dijo mandara a buscar al señor
Molina para hablar con él. Al llegar éste, SE. le preguntó si traía
cartas para él a lo que contestó que no; le hizo en seguida varias
preguntas sobre aquella resolución del 28 y sobre otros puntos, a
que Molina no pudo satisfacer por estar poco impuesto de los
negocios de la Convención. El Libertador extrañó que sus amigos no
le hubiesen enviado un posta para informarle de aquella noticia,
bien importante.
Algunos de los señores de la casa del Libertador dieron un
baile, al que S.E. no quiso concurrir, aunque estaba de muy buen
humor. Como a las diez salí del baile, y fui a ver si el Libertador
se había acostado. Le hallé en su hamaca, y me preguntó si el baile
estaba bueno; contéstele que había muchas señoras y mucha alegría.
"Estaba persuadido de lo uno y de lo otro. En esta villa nadie
falta al baile; y no estando yo allí, debe haber una alegría
ruidosa. Vea usted: la noticia que le ha dado su suegro es
exactamente tal como la había pensado, es decir, que en aquella
cuestión los neutrales y los del señor Castillo se unirían contra
los de Santander; pero que en las otras, los dos últimos se unirían
contra el primero. Es no tener vista el no haberlo calculado así".
Quería retirarme, pero me dijo S.E. que todavía no tenía sueño. Me
contó que había sido muy aficionado al baile, pero que aquella
pasión se había totalmente apagado en él; que siempre había
preferido el vals; y que hasta locuras había hecho bailando de
seguido horas enteras, cuando tenía una buena pareja. Que en tiempo
de sus campañas, cuando su cuartel general se hallaba en una
ciudad, villa o pueblo, siempre se bailaba casi todas las noches y
que su gusto era hacer un vals, ir a dictar algunas órdenes u
oficios, y volver a bailar y a trabajar; que sus ideas entonces
eran m claras, m fuertes, y su estilo m elocuente; en fin, que e
baile lo inspiraba y excitaba su imaginación. "Hay hombres, me
dijo, que necesitan estar solos y bien retirados de todo ruido para
poder pensar y meditar; yo pensaba, reflexionaba y meditaba en
medio de la sociedad, de los placeres, del ruido y de las balas.
Sí, continuó, me hallaba solo en medio de mucha gente, porque me
hallaba con mis ideas y sin distracción. Esto es lo mismo que
dictar varias cartas a un mismo tiempo, y también he tenido esa
originalidad".
"Dígame usted, continuó el Libertador, creo que Napoleón se
quejaba mucho de no haber sido ayudado por los de su familia a
quienes había colocado sobre varios tronos de Europa". - Sí, señor,
particularmente de su hermano Luis, rey de Holanda, y de Murat, rey
de Napoles - "Yo no he colocado, dijo, casi ningún pariente en los
altos destinos de la República; pero vea usted cómo he sido ayudado
también por los que los han desempeñado. Vea usted la conducta de
Santander en Bogotá, durante mi ausencia; la de Paez en Venezuela;
la de Bermúdez en Maturín; la de Arismendi en Caracas; la de Mariño
entonces y en todos los tiempos; la de Padilla en Cartagena, y se
convencer usted que todos ellos ocupando los primeros destinos de
Colombia, han contrariado mi marcha, han impedido la organización
del país, han sembrado la discordia, fomentado partidos, perdido la
moral pública e insubordinado el ejército Ellos, pues, con grados
de diferencia, son los únicos autores de los males de la patria, de
la disolución de que esta la República y de la desastrosa anarquía
que se está preparando. Si por lo contrario, todos ellos, y los
movidos por sus influencias, hubieran caminado en unión conmigo, de
acuerdo y de buena fe, la República, su gobierno y sus
instituciones, estarían sentados sobre una roca, y, nada podría, no
digo derribarlos. ni siquiera hacerlos bambolear. Los pueblos
serían ubres y felices, porque con la tranquilidad interior y la
confianza, todo habría progresado, hasta la ilustración, y con ella
el liberalismo y la verdadera libertad. Napoleón, pues, mi amigo,
no es el solo que haya tenido que quejarse de aquellos a quienes
había dado su confianza. Yo, así como él, no he podido hacerlo todo
solo, lo que organizaba lo desbarataban otros; lo que componía,
otros volvían a descomponerlo. Si acaso pensaba en hacer un cambio,
al momento se me presentaba la certidumbre de que el remedio sería
peor que el mal. Tal ha sido y es mi situación. No se me acusará de
haber elevado y puesto en altos destinos del Estado a individuos de
mi familia, al contrario, se me puede reprochar el haber sido
injusto para con algunos de ellos, que seguían la carrera militar.
Por ejemplo, mi primer edecán, Diego Ibarra, que me acompaña desde
el año de 1813, ¡cuantos años ha quedado de capitán, de teniente
coronel y de coronel! Si no hubiera sido mi pariente, estuviera
ahora de general en jefe como otros que quizás han hecho menos que
él; hubiera entonces premiado sus largos servicios, su valor, su
constancia a toda prueba, su fidelidad y patriotismo, su
consagración tan decidida, y hasta la estrecha amistad y la alta
estimación que siempre he tenido por él : pero era mi pariente, mi
amigo, estaba a mi lado, y estas circunstancias son causa de que no
tenga uno de los primeros empleos en el ejército. Mi sobrino,
Anacleto Clemente, se ha quedado en el grado de teniente coronel.
Mas ya es tarde y tiempo de ir a dormir a menos que prefiera usted
volver al baile . - No, señor, iré a dormir, contesté; y pensando
en todo lo que me había dicho dejé a S.E. y llegado a mi casa lo
anoté como acabo de referirlo.
Día 3
Esta mañana, temprano, todos los de la casa del Libertador hemos
recibido un nuevo impreso político del doctor Valenzuela, igual a
los anteriores, es decir, poco importante. En el almuerzo S.E.
hablando sobre el dijo: Pobre político que tiene la debilidad de
creerse un segundo Abate de Pradt, capricho que nadie le quitará al
cura de Bucaramanga, y el de suponerse en política y en materias de
Estado tan sabio como el arzobispo de Manilas" . - Señor,
le dije al Libertador, Napoleón llamó a de Pradt radoteur y, sin
embargo, lo reputaba por buen negociador, como hombre de un gran
talento, de extensas luces y buen historiador y crítico. -
"Entonces, dijo el Libertador, tenía razón. Aunque se ha equivocado
en algunas de sus predicciones, será siempre un sabio, un gran
escritor". Concluyó el almuerzo, el Libertador quedó solo, y todos
se fueron a sus ocupaciones. En la comida no hubo nada notable.
Día 4
A las siete de la mañana llegó un extraordinario de Ocaña; salió
de dicha ciudad el 29 del próximo pasado por la tarde, traía
multitud de cartas para el Libertador, y, con ellas, la noticia
comunicada por mi suegro, y recibida el día 2. S.E. me leyó la del
señor Castillo que, con énfasis, dice: Que el ejército de la unidad
e integridad nacional ha gana4o una gran victoria sobre el ejército
contrario; que la fuerza moral de este último se ha debilitado
mucho; y concluye aconsejando a SE. no moverse todavía de
Bucaramanga. "El señor Castillo, dijo el Libertador, está en las
suyas; no se cuándo se desengañará y querrá ver las cosas como son,
y no como se las está imaginando. Seguramente que me quedaré
todavía aquí; pero no porque me lo dice, sino porque me conviene
hacerlo hasta el regreso del comandante Herrera". Las demás cartas
decían, poco más o menos, lo que la del señor Castillo, y todas
hablaban del triunfo de la votación en la cuestión de Gobierno
central que había decretado la Convención, desechando el sistema
federal.
Después del almuerzo, el Libertador dijo al general Soublette
que diese orden para suspender de su destino de presidente de la
Corte Superior de Cartagena al doctor Rodríguez, y para que se le
haga seguir para la capital de Bogotá a dar cuenta de su conducta;
estando acusado dicho magistrado de haber aprobado los hechos
criminales del general Padilla, y de haber entorpecido la acción
del comandante general del Magdalena, respecto a la expulsión del
país de varias personas calificadas de desafectas y otras
peligrosas complicadas en el movimiento del expresado general
Padilla. Esta medida ha sido solicitada por el general Montilla,
que ha enviado a SE. los documentos que justificaban la acusación.
"Vean ustedes, dijo S.E., lo que son las revoluciones, y cómo las
circunstancias cambian los hombres. Aquel señor Rodríguez, es uno
de los mejores y m distinguidos abogados de Colombia; tiene muchas
luces, pero también un genio inquieto, enredador e interesado; su
talento y su propensión a la intriga, lo ha sido muy enemigo de
Santander y muy amigo de Montilla, y ahora es al contrario: yo lo
he considerado como a un hombre que debía ser alejado de los
empleos, y a quien debía tratarse de disminuirle la influencia.
Siempre ha sido esta mi opinión, y si se hubiera seguido no
tendríamos hoy el escándalo de mandarlo suspender de sus funciones
de presidente de una corte superior". Siguió S.E. citando varios
ejemplos de igual naturaleza, diciendo que "el arte de la política
es el de precaver, y que éste consiste en saber juzgar bien a los
hombres y a las cosas; en el conocimiento profundo del corazón, y
de los móviles o principales motivos de sus acciones; que él muy
raras veces se había equivocado en sus conceptos o juicios, pero
que no había podido seguir siempre sus ideas, algunas veces por
falta de sujetos más propios y más competentes para los destinos,
otras, porque las circunstancias del momento no permitían la
elección o el cambio, y otras, en fin,' porque las recomendaciones,
las fuertes instancias le quitaban toda libertad y le obligaban a
colocar a los que no podían merecer su confianza, pues el no
haberlo hecho, era más peligroso que dar el empleo a aquél por
quien se interesaban tanto sujetos de alto influjo". Concluyó
diciendo SE.: "Con los elementos morales que hay en el país, con
nuestra educación, nuestros vicios y nuestras costumbres, sólo
siendo un tirano, un déspota, podría gobernarse bien a Colombia. Yo
no lo soy, y nunca lo seré, aunque mis enemigos me gratifican con
aquellos títulos; mas mi vida pública no ofrece ningún hecho que
los compruebe. El escritor imparcial que escriba mi historia, o la
de Colombia, dirá que he sido Dictador, jefe supremo nombrado por
los pueblos, pero no un tirano ni un déspota".
Después de la comida, el Libertador salió a caballo, con todos
nosotros; nos llevó como siempre a todo el paso de su caballo, que
es muy andador, lo que nos obliga a todos a seguirlo a galope;
parece que S.E. quería sacudirse y sacudimos; poco se habló.
Después fuimos un momento a la casa del cura, y S.E. se retiró
temprano, diciéndonos que mañana o pasado mañana iríamos a pasar el
día en el campo; pero que nos avisaría, porque iríamos todos jun
tos. Preguntó al general Soublette si había mucho que despachar en
su secretaría, y éste le contestó que no quedaba nada urgente.
Día 5
Los correos ordinarios de Bogotá y del Sur, llegaron esta
mañana. Con el primero vino el parte que una compañía del batallón
Vargas, estacionada en Honda, se había amotinado contra su capitán,
llamado Lozada. S.E. dio orden para que se hiciese regresar dicha
compañía a Bogotá, donde se halla su cuerpo, y que allí se abriese
el juicio a los complicados en el motín y sufriesen, cualquiera que
fuese el número de ellos, la sentencia del Consejo de guerra.
El correo del Sur trajo cartas del general Flores para el
Libertador. Este general, encargado del mando del ejército del Sur,
ha dirigido a S.E. copia de una carta que con el mismo correo
envía, dice, a su compadre el general Santander, en Ocaña. Su
análisis es éste: Habla del bien y del mal que puede salir de la
Convención; de la desconfianza que los pueblos y las tropas tienen
de ella y del odio general que existe contra muchos de sus
miembros, y concluye diciendo: que él y el ejército de su mando,
están prontos para marchar a Bogotá, y más allá si fuere necesario
para degollar a todos los enemigos del Libertador, del centralismo
y de la unidad nacional, y que empezará por él ( Santander) si,
como se dice, es el jefe del partido demagógico. " dicen ustedes de
la elocuencia de Flores? preguntó el Libertador. - Que es capaz de
hacerlo, contestó el coronel Ferguson. - De hacerlo sí, replicó
S.E. pero no de haberlo escrito. Yo conozco a Flores: en astucia,
sutilezas de guerra y de política, en el arte de la intriga y en
ambición, pocos lo aventajan en Colombia. Tiene una gran talento
natural, que está desarrollando él mismo por me dio del estudio y
de la reflexión; sólo ha faltado a Flores el nacimiento y la
educación. A todo esto une un gran valor, y el modo de hacerse
querer, es generoso y sabe gastar a tiempo; pero su ambición
sobresale sobre todas sus cualidades y defectos, y es el móvil de
todas sus acciones. Flores, si no me engaño, está llamado a hacer
un papel considerable en este país. En resumen de todo lo dicho, no
creo que haya escrito a Santander la carta que dice. Me ha dirigido
esta copia, creyendo halagarme. Sin embargo, el general Flores es
uno de los generales de la República en quien tengo una verdadera
confianza, y lo creo mi amigo".
Dijo después el Libertador que lo que había de cierto era que el
coronel cordero era el jefe nombrado por el ejército del Sur para
presentar a la Convención las actas de aquellas tropas, y obrar en
Ocaña según las circunstancias en nombre de dicho ejército.
Pon el correo ordinario llegado hoy también de Ocaña, se han
recibido todas las actas de Venezuela, que el presidente de la
Convención remite a SE. con el fin de que como encargado de la
tranquilidad de la República y disciplina de las tropas, dicte las
providencias del caso. Dicha remisión ocupa bastante el espíritu de
S.E. y no se sabe aún la resolución que tomará; hasta ahora no lo
ha manifestado, y se ha limitado a oír lo que le han dicho el
general Soublette y demás que están su lado. El negocio es
delicado; la Convención se ha negado a oír los reclamos de los
pueblos y del ejército, y por el contrario reclama del jefe del
poder ejecutivo medidas de represión contra los fírmatorios de
dichos documentos. Por la tarde, el Libertador nos dijo que mañana
iríamos al campo para refrescar un poco la cabeza y ver de buscar
ideas más serenas y más sensatas. Se veía en su semblante la
agitación de su espíritu y el trabajo de la imaginación. Al
separarse de nosotros para retirarse a su cuarto, nos dijo:
"Quisiera saber si el señor Castillo tornará también por una
victoria de su ejército la devolución de las actas de
Venezuela".
Día 6
La casa de campo a donde hemos acompañado a S.E. esta mañana,
dista dos leguas de esta villa: en ella almorzamos y comimos. Sólo
el general Soublette no fue al paseo por hallarse un poco
indispuesto. Durante el día fuimos a cazar y S.E. se apartó de
nosotros, quedando bastante distante y solo, m de hora y media;
pero siempre nos mantuvimos a su vista, aunque él trataba de
ocultarse de nosotros. Habiéndose vuelto a juntar, nos dijo: "Mucho
me están ustedes cuidando, lo mismo que si tuvieran sospechas de
algún complot contra mi persona. Díganme francamente, ¿les han
escrito algo de Ocaña?" Viendo que nadie contestaba, el coronel
Ferguson sacó una carta de O'Leary y la presentó a S.E., quien,
después de haberla leído, dijo: "seguramente que todos ustedes
tenían conocimiento de esta carta?" El mismo coronel Ferguson que
la había mostrado a todos, contestó que sí, pero que todos
guardaban secreto sobre su contenido. "Siendo así, continuó el
Libertador, lean ustedes la que Briceño me ha dirigido: yo no
quería mostrarla a nadie, ni hablar de ella; pero puesto que
ustedes están instruidos del mismo negocio, impónganse de todos los
pormenores que O'Leary no ha dado en la suya".
Leímos la carta del general Pedro Briceño Méndez, que en
sustancia decía. Que un asistente de Santander había oído a éste
hablar con Vargas Tejada, Azuero y Soto, del Libertador, lo que
llamó su atención, y oyó muy distintamente que trataban de enviar a
Bucaramanga a un oficial para asesinarlo; que el asistente, cuando
oyó aquel infernal proyecto, estaba componiendo la cama de
Santander, como a las nueve de la noche; que horrorizado con la
premeditación de un crimen que debía quitar la vida al Libertador,
a quien siempre había querido, fue al día siguiente a contar lo que
había oído a una señora que sabía ser amiga del general Bolívar, lo
que le ha comunicado una de las criadas de dicha señora con quien
tenía relaciones. Que la señora, luego que estuvo impuesta, envió a
buscar al general Briceño, a quien hizo la relación de lo ocurrido;
que este general habló el mismo día con el asistente, quien le
confirmó todo lo que había contado a la señora. El coronel O'Leary
en su carta, decía solamente que estaba instruido de que un oficial
debía ir desde Ocaña a Bucaramanga, enviado por Santander, con el
proyecto de asesinar al Libertador; y que, por lo mismo, debía
tenerse mucho cuidado con los que llegaran, y de no dejar solo a
S.E. El Libertador, hablando sobre el mismo negocio, decía que
aunque conocía la exaltación del general Santander y de sus
compañeros, no podía creer que llegasen a formar tal proyecto; que
su asistente habría oído mal, o quizás habría inventado el cuento,
y que, finalmente, aunque fuera cierto, no les sería fácil
encontrar quien se encargase de dicho proyecto, y que muy difícil
sería aún la ejecución; que por todos aquellos motivos, poco
cuidado le había dado el aviso de Briceño; que, sin embargo, hay
ciertas reglas de prudencia de las que los insensatos sólo se
apartan, y casos también, en que toda prudencia es inútil, porque
nuestra buena o mala suerte o, si se quiere, el acaso solo, y no
nuestra previsión, nos salva o nos pierde; que en Jamaica y en el
rincón de los Toros, no fueron ciertamente sus cálculos prudentes,
ni sus medidas previsivas las que le salvaron la vida, sino sólo su
buena fortuna. Yo entonces le dije que había oído referir varias
veces aquellos dos acontecimientos extraordinarios, pero con tantas
variantes que me hacían dudar de la verdad. "Pues señor, dijo el
Libertador, para que no le quede a usted ninguna duda, y para que
conozca sus pormenores, oiga y oigan ustedes también, (dirigiéndose
a los demás), cómo pasaron las cosas". Todos nos pusimos alrededor
del Libertador, sentados a la sombra de unos grandes árboles;
nuestros perros hacían la guardia, situados cerca de nosotros, y
nuestros asistentes estaban a cierta distancia, contando igualmente
sus cuentos. El Libertador principió de este modo:
"Algunos días antes de mi salida de Kingston, en Jamaica, para
la Isla de Haití, en el año de 1816, supe que la dueña de la posada
en que estaba alojado con el actual general Pedro Briceño Méndez y
mis edecanes Rafael A. Páez y Ramón Chipia, había tratado mal y aun
insultado a este último, faltándole así a la consideración debida,
lo que me hizo no sólo reconvenirla fuertemente, sino que determiné
mudar de alojamiento. Efectivamente, salí con mi negro Andrés con
el objeto de buscar otra casa, sin haber participado a nadie mi
proyecto; hallé lo que buscaba y me resolví a dormir en ella
aquella misma noche, encargando a mi negro de llevarme allí una
hamaca limpia, mis pistolas y mi espada; el negro cumplió mis
órdenes sin hablar con nadie, aunque no se lo había encargado, por
que era muy reservado y callado. Asegurado mi nuevo alojamiento,
tomé un coche y fui a comer a una casa de campo de un negociante
que me había convidado. Eran las doce de la noche cuando me retiré,
y fui directamente a mi nueva posada. El señor Amestoy, antiguo
proveedor de mi ejército, debía salir de Kingston para los Cayos al
siguiente día, en una comisión de que lo había encargado, y vino
aquella misma noche a mi antigua posada, para yerme y recibir mis
últimas instrucciones; no hallándome, aguardó pensando que llegaría
de un momento a otro. Mi edecán Páez se retiró un poco tarde para
acostarse, pero quiso antes beber agua y halló la tinaja vacía;
entonces despertó a mi negro Piito y éste tomó dicha tinaja para ir
a llenarla; mientras tanto el sueño se apoderaba de Amestoy que
como he dicho me aguardaba, y él se acostó en mi hamaca, que estaba
colgada, pues la que Andrés había llevado a mi nuevo alojamiento la
había sacado de los baúles. El negrito Pio o Piíto, pues así lo
llamábamos, regresó con el agua, vio mi hamaca ocupada, creyó que
el que estaba dentro era yo, se acercó, y dio dos puñaladas al
infeliz Amestoy que quedó muerto. Al recibir la primera dió un
grito, moribundo, que despertó al negro Andrés quien al mismo
instante salió para la calle y corrió para mi nuevo aloja miento,
que sólo él conocía; me estaba refiriendo lo ocurrido cuando entró
Pío, que había seguido a Andrés. La turbación de Pío me hizo entrar
en sospechas; le hice dos o tres preguntas, y quedé convencido de
que él era el asesino, sin saber todavía quién era la víctima. Tomé
al momento una de mis pistolas, y dije entonces a Andrés que
amarrase a Pío. Al día siguiente confesó su crimen y declaró haber
sido inducido por un español para quitarme la vida. Aquel negrito
tenía 19 años, desde la edad de 10 a 11 estaba conmigo, y yo tenía
absoluta confianza en él. Su delito le valió la muerte, que recibió
sobre el cadalso. El español designado como inductor fue expulsado
de Jamaica, y nada más, porque no se le pudo probar nada. Hay datos
para creer que dicho individuo había sido enviado por el general
español que mandaba entonces en Venezuela. Miren ustedes, continuó
el Libertador, qué casualidad fue la que me salvó la vida y la hizo
perder al pobre Amestoy. ¿Qué decir, qué concluir de esto? Que fue
un acaso feliz para el uno y desgraciado para el otro. Ahora oigan
este otro acontecimiento que también quiere conocer el coronel
Lacroix. En la campaña de 1818, que así como la del año de 14 fue
Una mezcla de muchas victorias y reveses, pero que no tuvo los
resultados funestos de aquélla, sino consecuencias favorables e
importantes para mi ejército y la nación, marché un día de San José
de Tiznados, con poco más o menos 600 infantes y 800 hombres de
caballería, con el objeto de ir a reunirme con las tropas que
mandaba el general Páez. Había dado orden para que mi división
acampara en una sabana del Rincón de los Toros, donde llegó como a
las cinco de la tarde; yo llegué al anochecer, y fui enseguida a
situarme con mis edecanes y mi secretario, el actual general
Briceño Méndez, bajo una mata que conocía yo, y en donde colocaron
mi hamaca. Después de haber comido algo, me acosté. Encargué al
general Diego Ibarra, mi primer edecán, de situar la infantería en
el punto que le había indicado, y después se había ido, sin que lo
supiera yo, a un baile que había no sé en qué lugar, para regresar
después de media noche a mi campamento. Apenas hacía dos horas que
estaba durmiendo, cuando llegó un llanero a darme parte de que los
españoles habían llegado a su casa, distante dos leguas de mi
campamento, y que eran muy numerosos y los había dejado
descansando. Según las contestaciones que me dio, y las
explicaciones que le exigí, juzgué que no era el ejército del
general Morillo, pero sí una fuerte división, mucho más numerosa
que la mía. El temor de que me sorprendiesen de noche, me hizo dar
órdenes en el momento para que se cargasen las municiones y todo el
parque y se levantara el campo, con el objeto de ir a ocupar otra
sabana, y engañar así a los enemigos que seguramente vendrían a
buscarnos en la que estábamos. Dos de mis edecanes fueron a
comunicar aquellas órdenes y a activar el movimiento, debiendo
avisarme cuando empezara. Volví a acostarme en mi hamaca, y en
aquel mismo momento llegó mi primer edecán quien, por no
despertarme, se acercó sin ruido y se acostó cerca de mí, en el
suelo, sobre una cobija; yo le oí, lo llamé y de di orden de ir a
donde estaba el jefe de Estado Mayor, para que se apresurase el
movimiento. El general Ibarra fue a pie a cumplir aquella
disposición, mas apenas hubo andado un par de cuadras en la
dirección en que estaba el Estado Mayor, cuando oyó al general
Santander, jefe entonces de dicho E.M., y habiéndose acercado a él,
le comunicó mi orden, y entonces Santander le preguntó, en voz
alta, dónde me hallaba yo. Ibarra le enseñó y Santander, picando la
mula, vino a darme parte de que todo estaba listo y de que las
tropas iban a empezar el movimiento. Ibarra regresó en aquel
momento; yo estaba sentado en mi hamaca, poniéndome las botas;
Santander seguía hablando conmigo; Ibarra se acostaba, cuando una
fuerte descarga nos sorprende, y las balas nos advierten que habían
sido dirigidas sobre nosotros: la oscuridad nos impidió distinguir
los objetos. El general Santander gritó en el mismo instante: el
enemigo. Los pocos que éramos nos pusimos a correr hacia el campo,
abandonando nuestros caballos y cuanto había en la mata. Mi hamaca,
según supe después, recibió dos a tres balazos; yo, como he dicho,
estaba sentado en ella, pero no recibí herida ninguna, ni tampoco
Santander, Ibarra ni el general Briceño, que estaban conmigo; la
oscuridad nos salvó. La partida que nos saludó con sus fuegos, era
española. Se ha dicho que los enemigos, al entrar en la sabana,
encontraron allí un asistente del padre Prado, capellán del
ejército, que estaba cuidando unos caballos; que lo cogieron y
amarra ron, obligándolo a conducirlos a la mata, donde me halla
buscarnos en la que estábamos. Dos de mis edecanes fueron a
comunicar aquellas órdenes y a activar el movimiento, debiendo
avisarme cuando empezara. Volví a acostarme en mi hamaca, y en
aquel mismo momento llegó mi primer edecán quien, por no
despertarme, se acercó sin ruido y se acostó cerca de mí, en el
suelo, sobre una cobija; yo le oí, lo llamé y de di orden de ir a
donde estaba el jefe de Estado Mayor, para que se apresurase el
movimiento. El general Ibarra fue a pie a cumplir aquella
disposición, mas apenas hubo andado un par de cuadras en la
dirección en que estaba el Estado Mayor, cuando oyó al general
Santander, jefe entonces de dicho EM., y habiéndose acercado a él,
le comunicó mi orden, y entonces Santander le preguntó, en voz
alta, dónde me hallaba yo. Ibarra le enseñó y Santander, picando la
mula, vino a darme parte de que todo estaba listo y de que las
tropas iban a empezar el movimiento. Ibarra regresó en aquel
momento; yo estaba sentado en mi hamaca, poniéndome las botas;
Santander seguía hablando conmigo; Ibarra se acostaba, cuando una
fuerte descarga nos sorprende, y las balas nos advierten que habían
sido dirigidas sobre nosotros: la oscuridad nos impidió distinguir
los objetos. El general Santander gritó en el mismo instante: el
enemigo. Los pocos que éramos nos pusimos a correr hacia el campo,
abandonando nuestros caballos y cuanto había en la mata. Mi hamaca,
según supe después, recibió dos a tres balazos; yo, como he dicho,
estaba sentado en ella, pero no recibí herida ninguna, ni tampoco
Santander, Ibarra ni el general Briceño, que estaban conmigo; la
oscuridad nos salvó. La partida que nos saludó con sus fuegos, era
española. Se ha dicho que los enemigos, al entrar en la sabana,
encontraron allí un asistente del padre Prado, capellán del
ejército, que estaba cuidando unos caballos; que lo cogieron y
amarraron, obligándolo a conducirlos a la mata, donde me hallaba
último hacía alarde de nadar más que los otros; yo le dije algo que
le picó, y entonces me contestó que también nadaba mejor que yo. A
cuadra y media de la playa, donde nos hallábamos, había dos
cañoneras fondeadas, y yo, picado también, dije a Martel que, con
las manos amarradas, llegaría primero que él a bordo de dichos
buques. Nadie quería que se hiciese tal prueba, pero animado yo
había vuelto a quitar mi camisa, y con los tirantes de mis
calzones, que di al general Ibarra, le obligué a amarrarme las
manos por detrás; me tiré al agua, y llegué a las cañoneras con
bastante trabajo. Martel me siguió y, por supuesto, llegó primero.
El general Ibarra, temiendo que me ahogase, había hecho colocar en
el río dos buenos nadadores para auxiliarme, pero no fue necesario.
Este rasgo prueba la tenacidad que tenía entonces, aquella voluntad
fuerte que nada podía detener; siempre adelante, nunca atrás: tal
era mi máxima, y quizá a ella debo mis triunfos y lo que he hecho
de extraordinario
Día 7
El Libertador quiso despachar hoy el negocio de las
representaciones de Venezuela, pasadas a S.E. por el presidente de
la Convención y por disposición de dicha asamblea. dio sus órdenes
al general Soublette, quien ofició al general Páez, jefe superior
de Venezuela, transmitiéndole la nota del citado presidente de la
Convención, diciéndole en conclusión: que se le hacía dicha
trascripción para que cumpliera con su deber de mantener el orden
público y la disciplina militar en las providencias de su mando,
satisfaciendo con esto la excitación de la Gran Convención. Puesto
el oficio, lo llevé al Libertador para que lo viera y dijese si era
así como lo quería. "Esto es bastante, dijo S.E., no debe decirse
más; la trascripción del oficio es lo importante; usted lo ve, este
negocio me ha ocupado demasiado, pero no he vuelto a pensar en él
desde que lo consideré como una pelota que el general Páez había
tirado sobre la Convención, que ésta me ha rebotado, y que yo
devuelvo a Paez; allá quedará y no volverá más a hablarse del
asunto". sin embargo, el Libertador envió una larga carta
particular al mismo general Páez sobre el mismo objetivo,
advirtiéndole de todo lo que pasa en Ocaña.
Por la tarde llegó el correo ordinario de Ocaña, con noticias
hasta el 3, y, como de costumbre, con muchas cartas particulares y
algunos oficios. Las más importantes noticias son las siguientes:
que la Convención no había tomado en consideración el mensaje del
Libertador relativo al doctor Peña; que el proyecto de Constitución
estaba en poder de una comisión, y que debía ponerse en discusión
el 4 ó el 5 del corriente. Vino igualmente la contestación de la
Convención al primer mensaje del Libertador, el que esta en
términos muy honoríficos para él; y la noticia de que por momentos
se aguardaban en Ocaña otros diputa dos más del Sur que debían
engrosar el partido del señor Castillo.
Después de la comida, presentaron al Libertador la esposa de
Miguel Amaya, acompañada de su hermana. Aquella Señora venía del
Socorro con el objeto de solicitar que se le permitiese a su marido
quedar en el presidio urbano de aquella ciudad y no seguir para el
de Puerto Cabello, en cumplimiento de la sentencia de la Corte
superior de Bogota, que lo había condenado por un robo muy
escándalo de mulas. Más de media hora quedaron con S.E.; pero nada
lograron, y salieron muy disgustadas. Terminada aquella audiencia,
el Libertador fue a la Secretaría general; dijo al general
Soublette que era cosa escandalosa que el gobernador de la
provincia del Socorro hubiese permitido que Amaya quedase libre en
aquella ciudad en lugar de hacerlo seguir para el presidio al cual
había sido condenado, y luego S.E. dictó él mismo un oficio para
dicho gobernador, concebido en los términos siguientes: "Que
habiendo sabido S.E. el Libertador-Presidente, que había demora do
el cumplimiento de la sentencia que manda a Miguel Amaya al
presidio de Puerto Cabello, ha extrañado que el gobernador se haga
delincuente de la falta de ejecución de las sentencias de los
tribunales de justicia y de las órdenes de los magistrados
superiores, contribuyendo de este modo al desprecio de las leyes y
de sus ministros; que dicho gobernador debía esforzarse en
mantenerlas. Que en vano se alega el estado de enfermedad de Amaya,
cuando son notorias su salud y robustez, y cuando lo es también el
escándalo de su matrimonio con una señorita de esa villa, con lo
que parece se ha querido dar el más positivo testimonio del estado
de desmoralización de nuestros pueblos". Este fue el oficio que
dirigió al gobernador sobre dicho Amaya, que, sentenciado a
presidio por robo, se le había tolerado en el Socorro, donde
derrochaba escandalosamente, y donde se había casado con la
señorita Bárbara Bustamante, perteneciente a una de las primeras
familias de aquella ciudad. Por la noche, el Libertador habló del
mismo negocio y dijo: "Las dos señoras que ustedes han visto esta
tarde son hermana e hija del señor Bustamante, del Socorro. La
mayor, Barbarita, no podía inspirarme mayor interés porque el
haberse casado con Amaya, estando éste ya sentenciado a presidio
por hurtos, es un escándalo intolerable que la hace despreciable;
un paso tal es el colmo de la inmoralidad, y no sólo deshonra a
aquella señora, sino al padre y a los que se han mezclado en dicho
enlace. Se ha dicho que el estado de pobreza en que se halla
aquella familia la disculpa, ¡qué error! es una mancha que nada
puede quitar. Yo, como primer magistrado de la República, he debido
mandar que se cumpliese la sentencia: era mi deber hacerlo; sin
embargo, no faltará quién diga que lo he hecho por odiosidad a
aquella familia, y porque Bustamante, el traidor del Perú, es
hermano de la mujer de Amaya. Una medida general había suspendido
la pensión que en calidad de jubilado tenía Bustamante el padre;
pero en consideración a su mala situación, he dado orden que se le
continúe: con esto seguramente he demostrado no tener odio por
aquella familia. Las culpas son persona. les y nadie más que yo es
amigo de ese principio".
La conversación duró todavía algunos momentos sobre otras
materias. S.E. dijo que era preciso pedir dinero a Bogotá, y que
quizá se vería obligado a aguardar que llegara, antes de ponerse en
marcha. Recomendó al general Soublette hacerlo mañana, y dar orden
para que se remitiera inmediatamente. "No obstante, prosiguió S.E.,
según las noticias que vengan con el comandante Herrera, seguiré
para Cúcuta y allí aguardaré el dinero. En fin, hasta la venida de
Bernardo no puedo determinar nada, y como debe verificarse dentro
de pocos días, es inútil dar contraorden por los bagajes que se han
pedido". S.E. se retiró a su cuarto y cada uno de nosotros a su
casa.
Día 8
Por la mañana llegó de Pamplona el teniente Freire, oficial de
mi E.M., a quien por orden del Libertador había yo mandado venir
para ayudar en el despacho de la Secretaría general. S.E. le hizo
varias preguntas sobre el general Fortoul, y Freire le dio a
entender que no había salido muy contento de Pamplona. Luego que se
fue este oficial, el Libertador me dijo que lo hiciese venir a
comer todos los días a su mesa, que se lo dijese. Después de
almorzar, S.E. se puso a despachar con su secretario
particular.
En la comida, el Libertador estuvo muy alegre; nos contó varias
anécdotas de su vida, anteriores al año 1810 y durante el tiempo de
sus viajes por Europa. Habló de lo que hizo en Italia; dijo que
había asistido a una gran revista pasada por Napoleón al ejército
de Italia en la llanura de Montesquiaro, cerca de Castiglione; que
el trono del emperador se había colocado sobre una pequeña
eminencia, en medio de aquella gran llanura; que mientras desfilaba
el ejército en columnas delante de Napoleón, que estaba sobre el
trono, él y un amigo que le acompañaba, se habían colocado al pie
de aquella eminencia, de donde podían con facilidad observar al
emperador; que éste los miró varias veces con un pequeño anteojo de
que se servía, y que entonces su compañero le dijo: "Quizás
Napoleón, que nos observa, va a sospechar que somos espías , que
aquella observación le dio algún cuidado y lo determinó a
retirarse. "Yo, dijo S.E., ponía toda mi atención en Napoleón, y
sólo a él veía, entre toda aquella multitud de hombres que había
allí reunidos; mi curiosidad no podía saciarse, y aseguro que
entonces estaba muy lejos de prever que un día sería yo también el
objeto de la atención, o, si se quiere, de la curiosidad de casi
todo un continente, y puede decirse también del mundo entero. ¡Qué
Estado Mayor tan numeroso y tan brillante tenía Napoleón, y qué
sencillez en su vestido! Todos los suyos estaban cubiertos de oro y
ricos bordados, y él sólo llevaba sus charreteras, un sombrero sin
galón y una casaca sin ornamento alguno; esto me gustó, y aseguro
que en estos países hubiera adoptado para mí aquel uso, si no
hubiese temido que dijesen que lo hacía por imitar a Napoleón, y a
lo cual hubiesen agregado después que mi intención era de imitarlo
en todo."
Habló después S.E. de lo reducido que había sido siempre su E.M.
que, sin embargo, tenía el título pomposo de E.M. General
Libertador; que nunca había tenido a la vez más de cuatro edecanes;
que entre ellos había siempre considerado al general Ibarra como a
su Duroc, a quien Napoleón hizo gran mariscal de Palacio y duque de
Frioul; que en el general Pedro Briceño Méndez tenía a su Clarke,
ministro de la guerra de Napoleón y duque de Fekre; que en el
general Salom tenía a su Berthier, i general del gran ejército de
Napoleón y príncipe de Neufchatel y de Wagram; que él podría hacer
otras comparaciones, pero no tan exactas como aquellas. ¡Pero que
diferencia, exclamo el Libertador, en el grado de escala social en
que se han hallado los unos y los otros de aquellos hombres! ¡Qué
diferencia entre el rango, la opulencia y la elevación entre ello
unos llenos de riquezas, de títulos y honores; los otros pobres con
el solo título militar y los honores modestos de una República;
pero también los primeros, súbditos de un monarca poderoso; los
segundos, ciudadanos de un Estado libre; aquellos favoritos del
emperador, éstos, amigos del Libertador. Los sibaritas del siglo
preferían seguramente el lugar de los primeros; pero los Licurgos y
Catones modernos preferirían haber sido los segundos". Habló
después S.E. de los edecanes que había tenido desde que le dieron
el grado de general, y habiéndose olvidado de algunos, yo le cité a
Demarquet y a Ducoudray, y entonces dijo, que el primero lo había
sido y de mucho mérito; pero que Ducoudray Holsteine nunca lo había
sido ni había merecido su confianza, y continuó diciendo:
"Ducoudray Holsteine me conoció en Cartagena en el año de 15, y
después de la evacuación de aquella plaza, se me presentó en los
Cayos cuando yo estaba preparando mi primera expedición para la
Isla de Margarita: yo lo admití, porque entonces todos los que se
presentaban para ayudarme eran los bien venidos; lo puse en el
Estado Mayor, pero nunca tuve confianza en él para nombrarlo mi
edecán; por el contrario, tenía una idea bien poco favorable de su
persona y de sus servicios, pues me lo figuraba como una especie de
caballero de industria que había venido a engañarme con falsos
despachos, porque me habían asegurado que los que había presentado
no eran suyos. Poco permaneció Ducoudray con nosotros, se retiró y
me hizo un verdadero placer".
Esta conversación me dio motivo para satisfacer una curiosidad,
y al efecto le pregunté quién era su primer edecán si el general
Ibarra o el general O'Leary, porque ambos tomaban aquel título. "Es
verdad, contestó el Libertador, que ambos se llaman mi primer
edecán; ambos tienen razón, pero esa es una historia que es preciso
tomar desde el principio, y voy a referírsela. Hasta el año de
1821, o más bien hasta después de la batalla de Carabobo, no había
dado el titulo de primer edecán a ninguno de los míos. En aquella
jornada, Ibarra se portó, como siempre, con mucha bizarría,
distinguiéndose de un modo muy honroso; el jefe del E.M. no lo
olvidó en el boletín de la batalla, y mencionó su nombre con el
elogio que merecía; pero movido por una delicadeza mal fundada, e
injusta para mi edecán, hice borrar su nombre y lo que decía de él,
temiendo que se creyera que por ser mi amigo y hallar se a mi lado
se hablaba de él en la relación de la batalla. Al dar esta orden
dije al jefe de mi E.M. que recompensaría a Ibarra de otra manera;
él no estaba presente en aquel momento, pues había seguido en
persecución de los pocos enemigos que habían logrado escaparse. La
recompensa que le di fue nombrarle mi primer edecán, título que
deseaba y merecía, y que no solamente le daba más consideración,
sino que lo eximía del servicio de las guardias y le daba una
autoridad directa sobre los demás. Ibarra era el más antiguo, y me
acompañaba desde el año de 13; O'Leary, sólo desde el año de 20, es
decir, después de la muerte del general Anzoátegui, de quien era
edecán. En el año 24, después de haberme acompañado al Perú, el
general Ibarra fue en comisión a Colombia y mando de la Guaira,
estando ya casado, y después a la importante plaza de Puerto
Cabello, y hallándose por consiguiente separado de mi persona, el
coronel O'Leary hizo las funciones de mi primer edecán, como el más
antiguo, después de Ibarra, y de Medina, a quien los indios
asesinaron en el camino de Ayacucho a Lima, cuando venía a traerme
la noticia de aquella célebre batalla. Yo mismo he llamado a
O'Leary mi primer edecán, por motivo de la ausencia de Ibarra, pero
nunca he retirado a éste su título, y, vuelto a mi lado, hubiera
vuelto a sus funciones. Este es el motivo porque aparacen dos
primeros edecanes míos, y, como ya he dicho, ambos tienen razón
para tomar este título, pero el general Ibarra es el decano de los
dos."
Quedé satisfecho con esta explicación del Libertador y
convencido de que el general Ibarra es el primer edecán de S.E. y
el coronel O'Leary el segundo, haciendo las funciones del primero,
cuando aquel no está presente.
Después de comer, el Libertador quiso salir a pie, y durante el
paseo habló de los generales de Colombia, diciendo que algunos eran
muy buenos, muchos mediocres y otros inferiores, como en todas
partes; que los tenía clasificados de este modo: , los que poseen
el genio militar, los conocimientos del arte, tanto en la teoría
como en la práctica, y a quienes se les podía•encargar el
mando de un ejército, porque a la vez eran buenos en el campo de
batalla y fuera de él, es decir, en el combate y en el gabinete;
que el número de éstos era muy reducido, poniendo a su cabeza al
general en jefe Antonio José de Sucre; después al general de
división Flores, en seguida al de división Mariano Montilla,
después al general en jefe Rafael Urdaneta, y m atrás los generales
en jefe Bermúdez y Mariño, y al de división Tomás Heres; 2°, los
dotados de gran valor y que sólo son buenos en el campo de batalla,
pudiendo mandar una fuerte división, pero a la vista del jefe del
ejército, y que en esta clase ponía los generales P Valdés, Tadeo
Monagas, Córdova, Lara, Silva y Carreño; 3°, los que son más
propios para el servicio de los Estados Mayores y m hábiles en el
gabinete que en el campo de batalla, tales como los generales de
división Soublette, Santander, Salom, y, en fin, S.E. formaba una
4a clase, en la que ponía los que por su ninguna aptitud, tanto en
valor, como en conocimiento en la parte activa y directiva de la
guerra, no podían ser comprendidos en ninguna de las tres
clasificaciones mencionadas, como son el general en jefe Arismendi,
los de división Pedro Fortoul y Pey. Dijo, además, que entre los
generales de brigada algunos prometían llegar a la primera clase,
que muchos podían ya ser colocados en la segunda, unos pocos en la
tercera y los demás en la clase negativa de toda aptitud y talentos
militares, que es la última, y que en ella ponía a los Fábrega,
Vélez, Ucrós, Heras, José María Ortega, Mantilla, Gonz Antonio
Obando, Olivares, Rieux y Morales; que, sin embargo, algunos de
ellos eran buenos para un mando pasivo, como el de un departamento
o provincia.
De regreso del paseo, S.E. entró donde el doctor Eloy y se recogió
temprano diciendo que la comida le había dado ganas de dormir, pero
fue más bien a causa del enfado que le había causado la lectura de
un manuscrito que le había mostrado el cura, titulado Almanaque
relativo al Libertador.
Día 9
Antes del almuerzo, el Libertador me mandó a llamar y, al
presentarme, me preguntó si había leído el Almanaque del doctor
Valenzuela; contéstele que me lo había mostrado algunos días antes.
"El cura, realmente, dijo S.E., está loco, tiene las mejores
intenciones y se las agradezco; pero ha reunido multitud de casos
insustanciales sobre mi persona, mi modo de vivir, mi frugalidad,
en lo que llama su Almanaque; que no vaya a imprimir eso, hable
usted con él y trate de disuadirlo". Contesté que lo haría, pero
que me parecía difícil lograrlo sabiendo lo que es el amor propio
de un escritor.
Por la mañana llegó un correo de Ocaña, salido el 5, y con él
vino la noticia de que la comisión Constitucional no había
presentado el proyecto en que está trabajando, y de que pasarían
todavía algunos días antes que pudiesen concluirlo. Anunciaban que
la Convención se había puesto en receso hasta entonces. El
Libertador recibió varios impresos de Cartagena, llenos de
personalidades contra los diputados que habían querido proteger al
general Padilla. Entre dichos impresos venían La Cotorra y El
Arlequín redactado, el último, por el coronel O'Leary, con los
cargos más virulentos contra el general Santander. Habiéndome
quedado solo con S.E. leyendo los mencionados impresos, dijo el
Libertador: " arlequinada tan fuerte Contra el general Santander, y
qué furioso ha debido ponerse Casandro! O'Leary es terrible con su
pluma y sabe destilar hiel contra aquel que le ha ofendido. Usted
no debe conocerlo bien, voy a describírselo. Tiene más amor
propio y vanidad que orgullo. Hablo de ese amor propio, noble
orgullo, altivo, sostenido y lleno de dignidad que generalmente
tienen los caballeros ingleses. Tiene en sus modales, más que en el
carácter, una dulzura, una suavidad que lo hace aparecer afeminado;
pero ¡qué engañoso es aquel aire dulce y bondadoso! Es el áspid
escondido entre las flores, desgraciado del que lo toque. Su odio
es profundo y permanente. Le sobran conocimientos genera les sobre
varias materias, tiene memoria, facilidad y talento; pero su juicio
no es siempre acertado, y por eso, desatendiendo la comisión que le
di en Lima en el año de 1826 para el general Páez, se encargó de
otra en Bogotá, enteramente opuesta a la mía, que le dio Santander
para el mismo Páez. Sin embargo, supo volver a mi gracia, aunque
resfrió por algún tiempo mi confianza. En Ocaña, ha creído engañar
a los que lo tienen engañado, y aún confía en el buen resultado de
sus maniobras. Sin embargo, tiene astucia, viveza, malicia e
hipocresía. Es excelente para ciertas comisiones. Como militar no
carece de valor ni de conocimientos para un mando en jefe; pero
nunca podría tomar aquel ascendiente, aquel influjo, aquel
prestigio tan indispensable para el mando: no sabe electrizar ni
mover a los hombres. Es interesado, egoísta y oculta mal estos
defectos".
El coronel O'Leary es irlandés de nacimiento. Acompaña al
Libertador desde el año de 1820, y ejerce las funciones de primer
edecán, como se ha dicho, desde que el general Ibarra se separó del
Libertador. O'Leary ha hecho algunas de las campañas de Venezuela,
de la Nueva Granada, del Sur y del Perú con el Libertador, quien lo
ha empleado en algunas comisiones importantes, y fue a desempeñar
una diplomática cerca del gobierno de Chile, en tiempo en que el
Libertador estaba en el Perú.
Antes de comer dije al Libertador que había ido a casa del
doctor Eloy, y que me había prometido que no haría imprimir su
Almanaque, añadiendo que dudaba cumpliese su palabra, porque no se
resignaría a abandonar la celebridad de escritor. " ¡Qué espíritu
tan falso y ridículo es el espíritu de aquel cura! dijo S.E. Viejo
impotente como es, debería pensar solamente en la muerte y en la
eternidad, en lugar de ocuparse todavía en locuras y disparates
como un niño, y con tanta simpleza".
El paseo después de la comida quiso hacerlo S.E. hoy a caballo.
Nos habló de nuevo sobre su viaje a Europa. Dijo que el día de su
llegada a París, había querido en el mismo momento recorrer toda la
ciudad; que había tomado un coche público, en el que por descuido
dejó su cartera en que se hallaban sus libranzas y cartas de
crédito que llevaba; que habiendo advertido aquella pérdida, fue al
día siguiente a la policía muy inquieto a dar aviso de lo sucedido,
y que se admiró mucho de que veinticuatro horas después se le
llamase a dicha oficina para hacerle la entrega de su cartera, sin
que le faltase un solo documento. Nos habló después de Londres y de
lo poco que le había gustado aquella gran capital, en comparación
con París. Hizo la relación de una aventura singular que le había
acontecido en una casa de mujeres públicas, con una de ellas, sin
duda por una equivocación acerca de sus intenciones. Dijo que la
doncelia se puso furiosa, alborotando toda la casa; que él, por
calmarla, le dio unos billetes de Banco y que ella los tiró a la
chimenea, y que, al fin salió él huyendo de la casa, todo
abochornado. "Pero vean ustedes lo célebre de la escena, continuó
S.E.: yo no hablaba inglés, y la p... no sabía una palabra de
castellano; se imaginó, o fingió que yo era algún griego pederasta
y por esto empezó el escándalo, que me hizo salir más a prisa de lo
que había entrado".
Todos los cuentos del Libertador son graciosos porque los
refiere con arte y elocuencia seductora; a veces son muy alegres y
nunca les falta la sal que despierta el interés y la curiosidad;
pero nunca refiere nada indecoroso, ni libre, sino cuando está con
personas de toda su confianza.
No hizo el Libertador en este día su visita al párroco; se
retiró a su casa, y allí fue la tertulia. La conversación rodó
sobre varios jefes, y la necesidad en que las circunstancias lo
habían puesto en concederles ascensos. "En los primeros años de la
independencia, dijo S.E., se buscaban hombres, y el primer mérito
era ser valiente; de todas clases eran buenos con tal de que
peleasen con brío. A nadie se podía recompensar con dinero, porque
no había; sólo se podían dar grados militares para estimular el
entusiasmo y premiar las hazañas. Así es que hombres de todas
castas se hallan hoy entre nuestros generales, jefes y oficiales, y
la mayor parte de ellos no tienen otro mérito sino el valor brutal,
que ha sido tan útil a la República, haber matado muchos españoles
y haberse hecho temibles. Negros, zambos, mulatos, blancos, hombres
de todas las clases que en el día, en medio de la paz, son un
obstáculo para el orden y la tranquilidad; pero fue un mal
necesario.
Día 10
Muy de mañana, el Libertador me mandó ir a su cuarto para que le
tradujese algunas palabras que no había podido entender de una
carta escrita en francés que desde Londres le había dirigido sir
Robert Wilson, padre de Bedford Wilson, edecán de S.E.; la letra
era muy mala, pero la carta estaba escrita en buen francés. En ella
había muchas noticias de Europa y algunas indicaciones sobre la
política del Gobierno de Colombia, que podrían tomarse por unos
consejos indirectos que el general Wilson daba al libertador; la
observación no escapó a S.E. El asunto era relativo a España y
Colombia. Después de haber hablado mucho el libertador de sir
Robert Wilson, de haberme ponderado la reputación que tiene en
Europa, pasó S.E. a hablarme del hijo, sabedor y vanidoso del
mérito, de la reputación y de los títulos de su padre; del papel
considerable que ha hecho el autor de sus días, no sólo en su país,
sino en varias Cortes; "pero aquel orgullo, dijo, parece degenerar
en soberbia y eso lo perjudica. Wilson tiene un espíritu más
diplomático que militar, y creo que su gusto se inclina también más
hacia el primero.
Su juventud le ha impedido adquirir todavía todos los
conocimientos que cree poseer y la experiencia que piensa tener. Le
falta aún mucho de la 3a. educación, que es la del mundo, teniendo
buenas las dos primeras, que son las de nuestros padres y la de los
maestros. Falta igualmente a Wilson pasar algún tiempo en la
escuela de las dificultades, de la adversidad y aún de la miseria.
Es observador, le gusta la discusión, pero es demasiado tenaz en
ella; un mismo objeto lo vuelve y lo revuelve de mil modos, lo que
prueba no sólo la facilidad de su espíritu, sino la abundancia de
ideas y la fecundidad de su imaginación. Un gran defecto del joven
Wilson es el interés; tiene demasiado apego al dinero y no le gusta
gastarlo" . De este retrato pasó S.E. a hacer el del coronel G.
Ferguson, diciéndome que prefería su carácter al de Wilson.
"Ingleses son los dos, y aunque hay mucha semejanza en aquellas dos
índoles hay también grandes diferencias. Ferguson tiene un orgullo
elevado y sostenido: todo en él, modales, conducta y pensamientos
son de un caballero. Su carácter es algo duro, pero tiene el
corazón excelente. Es militar de honor y valiente como un César. Es
delicado en extremo, y de una susceptibilidad tan cosquillosa que
pone en cuidado al que lo conoce y expone al que no lo conoce. Es
buen amigo, servicial y generoso aún con sus enemigos. Puede
ponerse en él la mayor confianza porque nadie más honrado, más leal
y capaz de una consagración más entera; tiene también mucho amor
por mi persona. Su educación ha sido muy esmerada, pero ha sabido
formarse una de imitación que engaña a muchos; no le falta talento
y naturalidad El Libertador llama al padre de su edecán Wilson su
grande amigo, y mantiene correspondencia seguida con él. Estas
relaciones hacen que S.E. tenga muchas consideraciones por el joven
Wilson, y se nota que lo trata con más familiaridad que a sus otros
edecanes actuales; sin embargo, dispensa más confianza al coronel
Ferguson, que es el tercer edecán inglés que tiene S.E.
El coronel Ferguson está al lado del Libertador desde el Perú;
antes era oficial de infantería. Por orden de S.E. mantiene una
correspondencia familiar con todos los jefes del Ejército de
Colombia que se hallan en algún destino o mando. Las cartas que
recibe las ve el Libertador cuando contienen algo interesante, y
Ferguson contesta o escribe según las indicaciones que le hace el
Libertador. Aquella correspondencia es útil, porque tiene el
carácter de la franqueza, de la amistad, y un origen que le da
también una autenticidad que forma su mérito. Los que mantienen
correspondencia con el coronel Ferguson ignoran que el Libertador
es el alma, el motor de aquel comercio epistolar.
Después de la comida, el Libertador salió a pie; sólo Wilson y
yo lo acompañamos. Me preguntó en qué año había nacido, y le
contesté que en el de 1780. "Yo pensaba, dijo, ser de la misma edad
de usted, y tengo tres años menos, porque nací en 1 783 y parezco
más viejo que usted. ¿Cuántas veces se ha casado usted?" - Una,
señor, le contesté, y fue en el año de 1825, con la mujer que
tengo. - "Usted, pues, dijo S.E., se casó a los 45 años; esta es la
verdadera edad en que debe casarse el hombre. Yo no tenía 18 cuando
lo hice en Madrid, y enviudé en 1801 , no teniendo todavía 19 años.
Quise mucho a mi mujer, y su muerte me hizo jurar no volver a
casarme. He cumplido mi palabra. Miren ustedes lo que son las
cosas: si no hubiera enviudado quizá mi vida hubiera sido otra; no
sería el general Bolívar, ni el Libertador, aunque convengo en que
mi genio no era para ser alcalde de San Mateo". - Ni Colombia, ni
el Perú, le repliqué, ni toda la América del Sur estuvieran libres,
si V.E. no hubiera tomado a su cargo la noble e inmensa empresa de
su independencia. - No digo eso, prosiguió S.E., porque yo no he
sido el único autor de la revolución, y porque durante la crisis
revolucionaria y la larga contienda entre las tropas españolas y
las patriotas hubiera aparecido algún caudillo al no estar yo
presente, y porque el ambiente de mi fortuna no hubiese perjudicado
la fortuna de otros, manteniéndolos siempre en una esfera inferior
a la mía. Dejemos a los supersticiosos creer que la Providencia es
la que me ha enviado o destinado para redimir a Colombia. Las
circunstancias, mi genio, mi carácter, mis pasiones me pusieron en
el camino; mi ambición, mi constancia y la fogosidad de mi
imaginación me lo han hecho seguir y me han mantenido en él. Oigan
esto: huérfano a la edad de 16 años, y rico, me fui a Europa,
después de haber visitado a México y la ciudad de La Habana, y fue
entonces cuando en Madrid, bien enamorado, me casé con la sobrina
del viejo marqués del Toro, Teresa Toro y Alaiza; volví de Europa
para Caracas en el año de 1801, con mi esposa, y les aseguro que
entonces mi cabeza sólo estaba llena de los ensueños del más
violento amor, ' no de ideas políticas, porque éstas todavía no
habían golpea do mi imaginación. Muerta mi mujer, y desolado yo con
aquella pérdida precoz e inesperada volví a España, y de Madrid
pasé a Francia y después a Italia. Ya entonces iba tomando algún
interés por los asuntos públicos. La política me atraía, y yo
seguía sus variados movimientos. Vi en París, en el último mes del
año de 1804, la coronación de Napoleón. Aquel acto magnífico me
entusiasmó, pero menos su pompa que los sentimientos de amor que un
inmenso pueblo manifestaba por el héroe. Aquella efusión general de
todos los corazones, aquel libre y espontáneo movimiento popular,
excitado por las glorias, por las heroicas hazañas de Napoleón,
victoreado en aquel momento por más de un millón de personas, me
pareció ser, para el que recibía aquellas ovaciones, el último
grado de las aspiraciones humanas, el supremo deseo y la suprema
ambición del hombre. La corona que se puso Napoleón sobre la cabeza
la miré como una cosa miserable y de moda gótica; lo que me pareció
grande fue la aclamación universal y el interés que. inspiraba su
persona. Esto, lo confieso, me hizo pensar n la esclavitud de mi
país y en la gloria que conquistaría el que le libertase; pero
¡cuán lejos me hallaba de imaginar que tal fortuna me aguardaba!
Más tarde sí empecé a lisonjearme de que un día podría yo cooperar
a su libertad, pero no que representaría el primer papel en aquel
grande acontecimiento. Sin la muerte de mi mujer no hubiera hecho
mi segundo viaje a Europa, y es de creerse que en Caracas o San
Mateo no me habrían nacido las ideas que adquirí en mis viajes; y
en América no hubiera formado aquella experiencia, ni hecho aquel
estudio del mundo, de los hombres y de las cosas que tanto me ha
servido en todo el curso de mi carrera política. La muerte de mi
mujer me puso muy temprano en el camino de la política, y me hizo
seguir después el carro de Marte en lugar de seguir el arado de
Ceres. Vean, pues ustedes, si ha influido o no sobre mi
súerte".
Siguió la conversación sobre la misma materia hasta que volvimos
a casa de S.E., donde encontramos a varias personas que le
aguardaban. El Libertador quedó en tertulia hasta las nueve que se
retiró a su cuarto.
Se electriza S.E. cada vez que viajes a Europa; se conoce que ha
sabido observar y aprovecharse de su observaciones. Además de la
viveza de su espíritu, del fuego de su imaginación, tiene un juicio
pronto y recto, sabe comparar y apreciar bien las cosas, y posee el
talento, poco común, de saber aplicar sus comparaciones, según los
lugares, las circunstancias y los tiempos; sabe que tal cosa es
buena en sí, que es excelente, pero que no conviene por el momento,
o que es buena aquí y no allí.