Descubrimiento del Nuevo Reino de
Granada y Fundación de Bogotá
Juan Freide
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Siguen después por Cajicá, que llaman “Pueblo Nuevo” [131] a Chía, “origen y principio del Reino de Bogotá” [132] , donde llegan dos días después, pasando allí la semana Santa [133] , El 5 de abril llegan a un “pueblo de los Alcázares”, indudablemente Suba, donde se detienen algunos días [134] ocupados en las escaramuzas que, según todos los cronistas, tuvieron con los indios del caci­que Bogotá, quien trataba de impedirles la entrada a su pueblo, y el 21 del mismo mes entra en la caja del ejército el oro de “un pueblo en los Alcázares” [135], que es con toda seguridad el propio pueblo de Bogotá, punto final de la jornada descubridora. Allá, según el “Cuaderno de la jornada” [136], queda el real durante casi un mes, antes de comenzar la propia conquista de la altiplanicie Chibcha.

Sobre la expedición de Nicolás Féderman no tenemos datos muy precisos, pues el archivo de la casa de los Welser de Augs­burgo se halla en gran parte perdido. Los detalles que se conocen se coligen de la declaración que hizo Féderman en Cartagena el 4 de julio de 1539 ante el licenciado Santa Cruz [ 13 7], de una carta escrita el primero de agosto de 1539 desde Jamaica a Francisco de Avila, amigo suyo en Santo Domingo [ 13 8] y del alegato que presentaron los gobernadores alemanes de Venezuela en el Con­sejo de Indias, durante su pleito sobre el gobierno del Nuevo Reino de Granada [ 13 9].

La idea de la cercanía de Venezuela al “Mar del Sur” y al Perú estaba también arraigada en Venezuela. Lo comprueba el texto de la “capitulación” que tomó la Corona en 1525 con Diego Caballero para la conquista de una parte de la costa venezolana (“desde cabo de San Román hasta el cabo de la Vela” [1 40 ]), donde se expresa la esperanza de que por aquella gobernación se des­cubrirían “muchos secretos en aquella tierra y la otra Mar del Sur...”. Antonio de Herrera atribuye a esta idea la expedición de Ambrosio de Alfinger al río Magdalena y declara que ésta obedecía a las “grandes nuevas de riquezas que corrían del Perú” [1 4 1].

En este viaje se produjo un acontecimiento que tuvo hondas repercusiones para la historia del descubrimiento de la meseta Chibcha por parte de los conquistadores venezolanos.

En su famoso pleito sobre la jurisdicción del Nuevo Reino de Granada (véase cap. XV) declaraban los Welser que duran­te su jornada al río Magdalena, Alfinger tuvo noticia por los indios de la existencia de una provincia de excepcional riqueza, llamada “Xerira”. Alfinger, declaraban los Welser, no pudo allegar entonces a ella por falta de gentes y armamento. Du­rante el viaje de regreso a Coro fue, como se sabe, muerto por los indios. Pero la noticia se recibió en Coro. Un capitán de Alfinger, Esteban Martín, experto explorador de aquella jor­nada, acompañó a Jorge de Spira en la expedición que éste orga­nizó un poco después hacia el Sur.

No cabe duda de que el pretendido informe sobre “Xerira” no fue una invención gratuita, ni de que se trataba de uno de los muchos fantásticos “Dorados”. “Xerira” era simplemente la meseta de Jerida (o Jerira) habitada por los indios guane, del grupo linguístico chibcha, y situada en el extremo norte de la altiplanicie Chibcha, a pocas jornadas del lugar hasta donde llegó Alfinger (río de Oro o de Lebrija). Ciertamente, no es dable suponer que acercándose tanto al territorio del futuro Nue­vo Reino de Granada, Alfinger no fuera informado por los indios locales sobre la existencia de los chibchas y la principal tribu de este grupo lingüístico, los muisca, que vivían en el Centro y el Sur de la misma altiplanicie y cuya influencia cultural se extendía sobre grandes regiones a lo largo de los Andes, y especialmente en el valle del Magdalena. Esta influencia se comprueba durante la expedición de Jiménez. Informa Agua­do [1 4 2] que aún antes de llegar a La Tora había observado Jimé­nez que la sal que se consumía en los pueblos indios, tenía la forma de panes y era de procedencia minera; y que, informado por los indios que la sal provenía de la Cordillera, trató varias veces de internarse en ella sin lograrlo, “porque entre ella y el río es todo tierra anegadiza y lagunas”. La relación anónima [1 4 3] confirma estos datos y añade detalles sobre este comercio de la sal, señal de la expansión cultural chibcha. La sal marina, (en forma de granos obtenidos por vía de evaporación del agua de mar), se dice, “subía el río. . . 70 leguas por vía de mercancía”. Desde allí, es decir, mucho antes de La Tora (actualmente Ba­rrancas Bermejas), comenzaban los indios a utilizar “no la sal de grano como la pasada, sino en panes”. Frente a estas pruebas de la existencia de un activo comercio entre los muisca de la Cordillera y las tribus ribereñas del Magdalena, es difícil supo­ner que Alfinger no hubiera sido informado por los indios de la existencia de los chibcha durante su expedición. Y así, en una sucinta relación anónima que data de 1560143a,  se sostiene que este gobernador se volvió a Coro, “después de haber descubier­to el Nuevo Reino”.

Sin embargo, la circunstancia de no haber sido descubierta por entonces la provincia anunciada y muerto en la expedición Ambrosio Alfinger, dio a este “Xerira” un toque de misterio, con lo que se produjo una versión de un “Dorado”, que según nuestras investigaciones, puede considerarse como la primera que aparece al Oriente de la Cordillera Andina.

Muy pronto apareció la versión de aquel “Dorado” que se produjo como consecuencia del arribo a las Antillas de Hernando Pizarro con el oro de Atahualpa (véase cap. II), pues tal “Do­rado” dizque se encontraba “en la costa de Tierra Firme, en el paraje de enfrente de esta isla —la Española— y la de San Juan, entrando por ella en línea recta al Sur. . ., es decir, precisa­mente, en Venezuela. Y así surgió entre los conquistadores vene­zolanos una nueva versión del “Dorado” que, de acuerdo con aquellos datos, debía situarse en alguna parte al sur de Coro o de Maracaibo.

Pero hubo aún otra versión de un “Dorado” venezolano. Las cabeceras de los ríos Meta y Guaviare (“Pauta y Papame­ne”), que recogen sus aguas en las vertientes orientales de los Andes, a las espaldas de la altiplanicie chibcha, ejercían gran atracción como “Dorado”, atracción que no lograron desvirtuar los fracasos de las numerosas expediciones que hacia allá se su­cedieron durante todo el siglo XVI. Los Welser mismos, al men­cionar los llanos del Meta, decían que “hacia aquella tierra se tuvo gran noticia de mucha riqueza”, y el obispo Lucas Fernán­dez Piedrahita [1 4 4] decía en su Historia que “se empeñaba Fé­dermán en demanda de las riquezas que corrían entre el famoso río Meta”.

Esta noticia del “Dorado” en las cabeceras del Meta tuvo probablemente su origen en los indios goahibo, habitantes de aquella región, grandes viajantes por los caudalosos ríos de los Llanos Orientales, quienes, sin tener en su propio territorio apre­ciables minas del precioso metal, adquirían los objetos de oro utilizados para sus adornos y prácticas religiosas, de los “ricos” muiscas que habitaban detrás de la Cordillera, noticia que es­parcían en sus viajes. Pero tales conclusiones eran evidente­mente ajenas a aquellos tiempos, así que el río Meta recibió la fama de ser el “Dorado”, un “Dorado” que se situaba muy cerca de la costa, pues decía Jerónimo Ortal en su carta del 24 de diciembre de 1534, escrita desde Cubagua, “que en 25 días, le dicen las lenguas y guías, que le pondrán en el mismo Me­ta. . . [1 4 5] .

Cuando Jorge Espira y Nicolás Féderman emprendieron sus expediciones desde Coro hacia el Sur, brotaron en la mente de los conquistadores de Venezuela tres distintos “Dorados” que inmediatamente se identificaron entre sí. El desconocimiento de la realidad geográfica, el convencimiento de la reducida exten­sión del continente Sudamericano y, por fin, el ardiente deseo de encontrar el “Dorado”, hicieron factible que ambos conquis­tadores concibiesen la idea de que se trataba de un solo “Dora­do”, situado dentro del territorio de Venezuela (el “Dorado” que apareció en la Española), en las cabeceras del río Meta o Gua­viare (el “Dorado” goahibo), y no muy lejos del punto de par­tida de las expediciones, que era Coro, pues Alfinger tuvo noticia de su existencia cuando estaba en las orillas del Bajo Magdalena (el “Dorado” chibcha de la meseta de Jérida).

No cabe duda de que tanto Espira como Féderman, aunque buscaban el “Dorado”, lo que propiamente quisieron fue descu­brir la meseta chibcha, es decir, el futuro Nuevo Reino de Gra­nada, alcanzando lo que Alfinger no había logrado. Varios do­cumentos confirman que ambas expediciones, que se hicieron a lo largo de las vertientes orientales de la Cordillera, fueron cons­tantemente acompañadas de noticias sobre los “ricos” indios que moraban en la sierra; prueba inequívoca de la influencia cul­tural chibcha también en las vertientes orientales de los Andes. Fernández de Oviedo, quien utiliza el informe enviado por el propio Jorge Espira [1 4 6], narra detalladamente como este gober­nador había ensayado varias veces atravesar la Cordillera Orien­tal, sin lograrlo, por falta de guías y caminos. Féderman decla­raba bajo juramento que si hubiera tenido guías o intérpretes hubiera subido la sierra cien leguas más al norte del lugar por donde lo hizo [1 4 7] y unos meses más tarde, el teniente de Espira, Lope de Montalvo, atravesó la Cordillera en un lugar que dis­taba apenas cien leguas de Barquisimeto [1 4 8].

La expedición que nos interesa es la de Féderman. Este salió desde Coro hacia Cabo de la Vela a fines del año 1535. No parece ser cierto que fuese primeramente a Santo Domingo, como lo sostiene Oviedo y Baños [1 4 9], pues a principios de 1536 esperaba en Cabo de la Vela los bastimentos y gentes que le despachaba el agente de los Welser desde Santo Domingo [ 15 0] , y el primero de abril del mismo año escribía desde allí una carta al Consejo de Indias que fue contestada el 20 de noviembre [1 51 ]. En el camino se le unieron la mayor parte de lo soldados proce­dentes de Santa Marta, que andaban al mando del capitán Juan de Ribera.

Los bastimentos le fueron despachados en tres navíos, car­gados además con herramientas y materiales destinados a la construcción de una fortaleza en el Cabo de la Vela, para afian­zar los derechos de los alemanes sobre aquel territorio, que les había sido adjudicado con esta expresa obligación [ 15 2].

Desde allí, por orden de los Welser (véase cap. XV) y no de motu propio como supone algún historiador [ 15 3], y menos aún a espaldas de Jorge Espira, gobernador titular de Venezuela, como lo acusan generalmente cronistas e historiadores, intentó Féderman entrar al Valledupar, para seguir por el camino cono­cido ya anteriormente por Ambrosio Alfinger hacia la “pro­vincia de gran riqueza, Xerira”. Pero el territorio por donde tenía que pasar pertenecía a la gobernación de Santa Marta o estaba en litigio con ésta, y la oposición decidida de los gober­nadores sucesivos de Santa Marta contra estas incursiones de los venezolanos le obligó a cambiar sus planes. Ciertamente, el amigo y compañero de negocios de los Welser, García de Lerma, ya había muerto, y el doctor Infante, juez de residencia y go­bernador interino de Santa Marta, había enviado un destaca­mento de cincuenta soldados al mando del capitán Juan de Ri­bera para impedir la continua introducción de los venezolanos en el territorio a su mando. Su sucesor, Pedro Fernández de Lugo, no tuvo más benevolencia hacia ellos que su predecesor; ya sabemos que ordenaba a Jiménez echarlos de la provincia, y aún por fuerza de armas, si fuera necesario [ 15 4].

Debido a estas dificultades y al formidable ejército de 1.200 hombres que había desembarcado en Santa Marta, Féderman resolvió enviar el grueso de su tropa a los llanos de Carora y con el resto dirigirse a Coro para aprovisionarse nuevamente y entrar en la misma provincia de “Xerira”, pero por los Llanos Orientales, siguiendo los pasos de Espira, a quien además, pen­saba socorrer, pues hacía casi dos años no se tenía en Coro no­ticia de su expedición [ 15 5], Féderman resolvió, pues, tomar, como lo hiciera antes Espira, el camino del “Dorado goahibo” y “Do­rado de la Española”, que en su mente se conectaban estrecha­mente y aun se identificaban con “Xerira”.

Aprovisionado nuevamente y acompañado de soldados e indios, abandona Féderman Coro en diciembre de 1536 [ 15 6]. Casi un año queda en las cercanías de la ciudad, y en octubre del alio siguiente de 1537 sale hacia los Llanos de Carora para unirse con su tropa. Se dirige al sureste (Barquisimeto y Tocuyo) “por lugares de pueblos indios”, camino que, como lo decla­raba [ 15 7] había ya andado anteriormente, refiriéndose a su pri­mera jornada hacia los Llanos, efectuada por los años 1530 a 1531 [ 15 8]. En este camino se unieron a su expedición unos soldados que conducían los capitanes Juan Fernández de Alderete y Mar­tín Nieto, que después de haberse rebelado contra su gobernador Jerónimo Dortal en la provincia de Cumanagoto, también tu­vieron noticias “que la provincia del Meta era rica” [ 15 9] y, ha­biendo caminado más de doscientas leguas, muertos algunos de sus hombres y huído su guía indígena, optaron por ir a Coro para unirse al caudillo alemán. Desde allí, con un ejército que contaba con 300 hombres de a pie y de a caballo, pasando por Aracheta [ 16 0] cambió Féderman de rumbo “al Sur, y algunas veces declinando al Suroeste”, y caminó 200 leguas hasta un pueblo de indios “Vapuyas” que son indudablemente, los “Guai­píes” (Goahibo) que nombra Oviedo [ 16 1]



[1 31 ] Ibid. y AGI Patronato 27 Ramo 9. En 15, Par. 1, Lib. 4, Cap. V “Alcázar de Busogonte”.

[ 13 2] 6, Par. 4, Canto 3.

[ 1 33 ] Los datos de los cronistas encuentran su confirmación en el “Cuaderno de la Jornada” (Doc. 846) donde, bajo la fecha de 23 de marzo (Fol. 4v), se dice que el ejército llegó a “otro pueblo del mismo valle” (que será Chía). Allí permanece el Domingo de Ramos y durante la semana siguiente se recibe oro de los indios (Fol. 5). Solo el jueves, 5 de abril (Fol. 5 y), se menciona “otro pueblo” (que será Suba).

[ 13 4 ] Quince días quedaron los españoles es Suba, como dice Aguado (1, Par. 1, Lib. 1, Cap. V), lo que corresponde exactamente al " Cuaderno de la Jornada” (Doc. 846, Fol. 5v). Allí se anota un “pueblo de este mismo Valle de los Alcázares”, donde permanecen desde el 5 de abril hasta el 21 del mismo mes (Fol. 1), cuando aparece nuevamente “un pueblo de ese mismo valle” (que es Bogotá).

[ 13 5 ] Doc. 846, Fol. 6.

[ 136 ] Ibid.

[ 137 ]   Doc. 1.283.

[ 138 ] Carta de Nicolás Federman a Francisco D’Avila transcrita en Oviedo (14. Lib. 26, Cap. XVII).

[ 139 ] Doc. 1.343. Véase cap. XV.

[ 140 ] AGI, Indiferente, leg. 415, Lib. 1, Fol. 57.

[ 141 ] 22, Dec. IV, Lib. 10, Cap. VII. Sobre el gobierno de los alemanes en Venezuela, véase mi libro “Los Welser y sus gobernadores en la conquista de Venezuela”, donde se investigan las actividades de Alfinger, Féderman y otros gobernadores.

[ 142 ] 1, Par. 1, Lib. 2, Cap. II.

[ 143 ] AGI. Patronato 27, Ramo 9.

[ 144 ] 15, Par. 1, Lib. 3, Cap. IV.

[ 145 ] Colección Muñoz, Tomo 80. Fol. 79.

[ 146 ] 14, Lib. 25, Cap. IV.

[ 147 ] 14, Lib. 25, Cap. XVII.

[ 148 ] Colección Muñoz, Tomo 24. Fol. 159.

[ 149 ] 29, Par. 1, Lib. 1, Cap. XI.

[ 150 ]   AGI, Santo Domingo 49, carta de la Real Audiencia del 12 de febrero de 1516.

[ 151 ]   AGI, Caracas 1, Fol. 14.

[ 152 ] 30, 121.

[ 153 ] Ibid.

[ 154 ] 845.

[ 155 ] AGI, Santo Domingo, leg. 218, carta del obispo de Venezuela del 2 de abril de 1538.

[ 156 ] Ibid.

[ 157 ] 1.283.

[ 158 ]   12.

[ 159 ] AGI, Caracas, leg. 1, Fol. 50.

[ 160 ] 14. Lib. 25, Cap. XVII; “Arachina” dice Aguado, 1, Par. 2, Lib. 2, Cap. XVIII.