Descubrimiento del Nuevo Reino de
Granada y Fundación de Bogotá
Juan Freide
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Fe grande la riqueza que se tomó en la una provincia y en la otra, pero no tanto como la del Perú, con mucho. Pero en lo de esmeraldas, fue esto del Nuevo Reino mayor, no solo de las que se hallaron en el Perú en la conquista de él, pero más que en este artículo se ha oído jamás desde la creación del mundo. Porque cuando se vinieron a hacer partes entre la gente de guerra, después de haber pasado la conquista, se re­partieron entre ellos más de 7.000 esmeraldas; donde hubo pie­dras de grande valor y muy ricas. Y esta es una de las causas porque el dicho Nuevo Reino se debe de tener en más que otras cosas que hayan acaecido en Indias, porque en él se descubrió lo que ningún príncipe cristiano infiel sabemos que tenga, que es que se descubrieron, aunque mucho tiempo lo quisieron tener los indios muy secretos las minas de donde las dichas esmeral­das se sacan, que no sabemos ahora de otras en el mundo; aunque sabemos que las debe haber en alguna parte, pues que

hay piedras preciosas en el Perú y hay agunas esmeraldas. Mas nunca se ha sabido las minas de ellas.

Estas minas son en la provincia de Tunja, y es de ver dónde fue Dios servido que pareciesen las dichas minas, que es en una tierra extraña, en un cabo de una sierra pelada, y está cercada de otras muchas sierras montuosas, las cuales hacen una manera de puerta por donde entran a la de las dichas minas. Es toda aquella tierra muy fragosa. Tendrá la sierra de las dichas minas, desde donde se comienza hasta donde se acaba, media legua pequeña o poco más. Tienen los indios hechos arti­ficios para sacarlas, que son unas acequías hondas grandes, por donde viene el agua para lavar la dicha tierra que sacan de las dichas minas para seguir las dichas vetas donde las dichas es­meraldas están. Y así, por esta razón, no las sacan sino en cierto tiempo del año cuando hace muchas aguas, porque como lleva aquellos montones de tierra, quedan las minas más lim­pias para seguir las vetas. La tierra de aquellas minas es muy fofa y movediza, y así es hasta que los indios comienzan a des­cubrir alguna yeta, y luego aquella siguen cavando con su he­rramienta de madera, sacando las esmeraldas que en ella hallan. Esta yeta es manera de greda. Los indios hacen en esto, como en otras muchas cosas, hechicerías para sacarlas, que son, tomar y comer cierta yerba con que dicen en qué yeta hallarán mejo­res piedras. El Señor de esas minas es un cacique que se llama Somondoco, adicto al gran cacique Tunja, asentada su tierra y minas en la postrera parte de la dicha provincia de Tunja.

Cuanto a lo de la conquista, cuando entraron en aquel Nue­vo Reino los cristianos, fueron recibidos con grandísimo miedo de toda la gente, tanto que tuvieron por opinión entre ellos, de que los españoles eran hijos del sol y de la luna, a quien ellos ado­raban y dicen que tienen sus ayuntamientos como hombre y mu­jer; y que ellos los habían engendrado y enviado del cielo a estos sus hijos, para castigarlos por sus pecados. Y así llamaron luego a los españoles uchies, que es un nombre común de husa,, que en su lengua quiere decir sol y chi —que es— luna. Y así, en­trando por- los primeros pueblos, los desamparaban y subían a las sierras que estaban cerca, y desde allí les arrojaban sus hiji­cos de las tetas, para que comiesen, pensando que con aquello aplacaban la ira que ellos pensaban ser del cielo. Sobre todo cogieron gran miedo a los caballos, tanto que no es creedero; pero después, haciéndoles los españoles tratables y dándoles a entender lo mejor que se podía sus intenciones, fueron poco a poco perdiendo parte del miedo, y sabido que eran hombres como ellos, quisieron probar ventura. Y cuando esto fue, eran ya —los españoles— metidos en el Nuevo Reino.

En la provincia de Bogotá salieron a dar una batalla, lo mejor y en orden que pudieron, gran cantidad de gente, que será la que hemos dicho arriba. Fueron fácilmente desbaratados, porque fue tan grande el espanto que tuvieron en ver correr los caballos, que luego volvieron las espaldas. Y así lo hicieron todas las otras veces que se quisieron poner en esto, que no fue­ron pocas. Y en la provincia de Tunja fue lo mismo, cuando en ello se quisieron poner, y por eso no hay para dar particular cuenta de todos los reencuentros y escaramuzas que se tuvieron con aquellos bárbaros, más de que todo el año de 37 y parte del 38 se gastó en sujetarlos, a unos por bien y a otros por mal, como convenía, hasta que estas dos provincias de Tunja y Bo­gotá quedaron bien sujetas y asentadas en la obediencia debida a Su Majestad. Y lo mismo quedaron la nación y la provincia de los panches, que como indómitos e intratables, y aun como gente más valiente, que lo son así por sus personas como por ayudarles el sitio de su tierra, que es montañas fragosas donde no se pueden aprovechar de los caballos, pensaron que no les había de acaecer como a sus vecinos. Y pensaron mal, porque les sucedió de la misma arte, y los unos y los otros quedaron en la sujeción que está dicha.

Los del Nuevo Reino que son las 2 provincias de Bogotá y Tunja, es gente menos belicosa; pelean con gran grita y voces. Las armas con que pelean son unas flechas tiradas con unas tiraderas como a viento sobre el brazo; otros pelean también con macanas, que son unas espadas de palmas pesadas; juégan­las a dos manos y dan gran golpe. También pelean con lanzas,

asimismo de palma de hasta 16 o 17 palmos, tostadas, agudas a la punta. En sus batallas tienen una cosa extraña, que los que han sido hombres afamados en la guerra y son ya muertos, les confeccionan el cuerpo con ciertas unturas, que queda todo el armazón entero sin despegarse, y a estos los traen después en las guerras así muertos, cargados en las espaldas de algunos in­dios, para dar a entender a los otros que pelean como aquellos pelearon en su tiempo, pareciéndoles que la vista de aquellos les ha de poner verguenza para hacer su deber. Y así, cuando las batallas primeras que con los españoles hubieron, venían a pe­lear con muchos de aquellos muertos a cuestas.

Los panches es gente más valiente, andan desnudos en car­nes si no son sus vergüenzas. Pelean con más fuertes armas que los otros, porque pelean con arcos y flechas y lanzas muy mayo­res que las de los moscas. Pelean asimismo con hondas, pelean con paveses y macanas, que son sus espadas, y con todo este género de armas pelean cada uno de ellos sólo, de esta manera:

tienen unos grandes paveses, que los cubren de pies a cabezas, de pellejos de animales aforrados, y el aforro esta hueco y en aquello hueco del aforro traen todas las armas ya dichas, y si quieren pelear con lanza, sácanla de lo hueco del payés donde la tienen atravesada, y si se cansan de aquella arma, sacan del mismo hueco el arco y las flechas o lo que quieren, y echanse el payes a las espaldas, que es liviano por ser cuero; otra —sacan— en lo adelante, para defenderse cuando es menester. Pelean ca­llando, al revés de los otros. Tienen estos panches una costumbre en la guerra también extraña, que nunca envían a pedir paz ni tratan acuerdo con sus enemigos, sino por vía de mujeres, pareciéndoles que a ellas no se les puede negar cosa, y que para poner en paz los hombres tienen ellas más fuerzas para que se hagan sus ruegos.

Cuanto a la vida y costumbres y religión y las otras cosas de estos indios del dicho Nuevo Reino~ digo que la disposición de estas gentes es la mejor que se ha visto en Indias, especialmente las mujeres, que tienen buena hechura de rostros y bien figu­rados. No tienen aquella manera y desgracia que las de otras

indias que habemos visto, ni aun son en la color tan morenos ellos y ellas, como los de las otras partes de Indias. Sus vestidos de ellos y de ellas son mantas blancas y negras y de diversos colores ceñidas al cuerpo, que las cubren desde los pechos hasta los pies, y otras encima de los hombros, en lugar de capas y mantos. Y así andan cubiertos todos. En las cabezas traen co­múnmente unas girnaldas hechas de algodón, con unas rosas de diferentes colores de lo mismo, que les viene a dar enderezo de frente. Algunos caciques principales traen algunas veces bone­tes, hechos allá de su algodón, que no tienen otra cosa de qué vestirse, y algunas mujeres de las principales, traen unas cofias de red, algunas veces.

Esta tierra, como está dicho, es fría, pero tan templada­mente que no da el frío enojo ninguno, y no deja de saber bien la lumbre cuando se llega a ella. Y todo el año es de esta manera uniforme, porque aunque hay verano y se agosta la tierra, no es para que se haga notablemente diferencia del verano al in­vierno. Los días son iguales a las noches por todo el año, por estar tan cerca de la línea —equinocial—. Es tierra en extremo sana sobre todas cuantas se han visto.

Las maneras de sus casas y edificios, aunque son de made­ra y cubiertas de heno largo que allá hay, son de la más extraña hechura y labor que se ha visto, especialmente la de los caciques y hombres principales, porque son a manera de alcázares, con muchas cercas al rededor, de manera que acá suelen pintar el labertinto de Troya. Tienen grandes patios, las casas de muy grandes molduras y de bulto, y también pinturas por todas ellas.

Las comidas de estas gentes son las de otras partes de Indias, porque su principal mantenimiento es maíz y yuca. Sin esto tienen otras 2 o 3 maneras de plantas de que se aprovechan mucho para sus mantenimientos, que son unas a manera de turmas de tierra, que llaman ionas, y otras a manera de nabos que llaman cubias, que echan en sus guisados y les es gran mantenimiento. Sal hay infinita, porque se hace allí en la misma tierra de Bogotá, de unos pozos que hay salados en aquella tie­rra, a donde se hacen grandes panes de sal y en grande, cantidad, la cual, por contratación por muchas partes, especialmente por las sierras de Opón, va a dar al Río Grande, como ya está dicho.

Las carnes que comen los indios en aquella tierra son ve­nados, de que hay infinidad, en tanta abundancia que les basta a mantener como acá los ganados. Asimismo comen unos anima­les a manera de conejos, de que también hay muy gran canti­dad, que llaman ellos fucos. Y en Santa Marta y en la costa de la mar también los hay, y los llaman curíes. Aves hay pocas tórtolas, hay algunas ánades de agua; hay mediana copia de ellas que se crían en las lagunas, que hay por allí muchas. Pes­cado se cría en los ríos y lagunas que hay en aquel Reino. Y aunque no es en gran abundancia, es lo mejor que se ha visto jamás, porque es de diferente gusto y sabor de cuantos se han visto. Es sólo un género de pescado y no grande sino de un palmo y de dos y de aquí no pasa, pero es admirable cosa de comer.

La vida moral de estos indios y policía suya es de gente de mediana razón, porque los delitos hechos, los castigan muy bien, especialmente el matar y el hurtar y el pecado nefando, de que son muy limpios, que no es poco para entre indios. Y así hay más horcas por los caminos y más hombres puestos en ellas, que en España. También cortan manos, narices y orejas por delitos no tan grandes, y penas de verguenza hay para las personas principales, como es rasgarles los vestidos y cortarles los cabe­llos, que entre ellos es gran ignominia.

Es grandísima la reverencia que tienen los súbditos a sus caciques, porque jamás les miran a la cara, aunque estén en conversación familiar; de manera que si entran donde está el cacique han de entrar vueltas las espaldas hacia él, reculándose hacia atrás; y ya sentados o en pie, han de estar de esta manera, que en lugar de honra, tienen siempre vueltas las espaldas a sus señores.

En el casarse no dicen palabras ni hacen ceremonias nin­gunas, mas de tomar su mujer y llevársela a casa. Cásanse todas las veces que quieren y con todas las mujeres que pueden man­tener, y así uno tiene diez mujeres y otro veinte, según la calidad

del indio; y Bogotá, que era rey de todos los caciques, tenía más de 400. Les es prohibido el matrimonio en el primer grado, y aun en algunas partes del dicho Nuevo Reino, en el segundo grado también. Los hijos no heredan a sus padres sus haciendas y estados, sino los herederos, y si no hay, los hijos de los he­rederos muertos, y a éstos tampoco no les heredan sus hijos, sino sus mismos sobrinos o primos. Viene a ser todo una cuenta con lo de acá, salvo que estos bárbaros que van por estos rodeos, tienen repartidos los tiempos de meses y año, muy al propósito: los 10 días primeros del mes, comen una hierba que en la costa de la mar llaman hayo, que los sustenta mucho y les hace pur­gar sus indisposiciones. Al cabo de estos días, limpios ya del hayo, traen otros días en sus labranzas y haciendas, y los otros 10 que quedan del mes, los gastan en sus casas, en conversar con sus mujeres y en bolgarse con ellas. En uno y en otro re­partimiento de los meses, se hace en algunas partes del Nuevo Reino de otra manera: hacen de más largo y de más días cada uno de estos repartimientos.

Los que han de ser caciques o capitanes, así hombres como mujeres, métenlos cuando pequeños en unas casas encerradas. Allí están algunos años, según la calidad del que espera heredar, y hombre hay que está 7 años. Este encerramiento es tan estre­cho, que en todo este tiempo no ha de ver el sol, porque si lo viese, perdería el estado que espera. Tienen allí con ellos quien les sirva, y danles de comer ciertos manjares señalados, y nu otros. Entran allí los que tienen cargo de esto, de ciertos a cier­tos días, y danles muchos y terribles azotes, y en esta penitencia están el tiempo que he dicho. Y salidos, ya puedense horadar las orejas y las naricez~ para traer oro, que es la cosa entre ellos de más honra. También traen oro en los pechos, que se los cubren con unas planchas. Traen también unos capataces de oro, a manera de mitras, y también los traen en los brazos.

Es gente muy perdida por cantar y bailar a su modo, y estos son sus placeres. Es gente muy mentirosa, como toda la otra gente de Indias, que nunca sabe decir verdad. Es gente de me­diano ingenio para hacer cosas artífices, como en hacer joyas

de oro y remedar las que ven en nosotros, y en el tejer de su algodón, conforme a nuestros paños, para remedamos; aunque lo primero no lo hacen tan bien como los de la Nueva España, ni lo segundo, tan bien como los del Perú.

Cuanto a lo de la religión, digo que en su manera de errar, son religiosísimos. Porque allende de tener en cada pueblo sus templos, que los españoles llaman allá santuarios, tienen fuera del lugar, asimismo muchos, con grandes carreras y andenes, que tienen hechos desde los mismos pueblos a los mismos tem­plos. Tienen sin esto infinidad de ermitas en montes, en cami­nos y en diversas partes. En todas estas cosas de adoración tienen puesto mucho oro y esmerladas. Sacrifican en estos tem­plos con sangre y agua y fuego de esta manera: con la sangre, matando muchas aves y derramando la sangre por el templo, y todas las cabezas dejándolas atadas en el mismo templo colga­das. Sacrifican con agua así mismo, derramándola en el mismo santuario y echando ciertos sahumerios. Y a cada cosa de estas tienen apropiadas sus horas, las cuales dicen cantadas. Con san­gre humana no sacrifican sino es en una de dos maneras: la una, que es, si en la guerra de los panches, sus enemigos, prenden algún muchacho que por su aspecto se presuma no ha­ber tocado a mujer, a éste tal, después de vueltos a la tierra, lo sacrifican en el santuario, matándolo con grandes clamores y voces. La otra es, que ellos tienen unos sacerdotes muchachos para sus templos, cada cacique tiene uno y pocos tienen dos, porque estos están muy caros, que los compran por rescate en grandísimo precio. Llámanles a estos mojas. Van los indios a comprarlos a una provincia que estará treinta leguas del Nuevo Reino que llaman la Casa del Sol, donde se crían estos niños mojas. Traídos acá al Nuevo Reino, sirven en los santuarios como está dicho; y estos, dicen los indios, que se entienden con el sol y le hablan y reciben su respuesta. Estos que vienen~ siempre de 7 a 8 años al Nuevo Reino, son tenidos en tanta veneración que siempre los traen en los hombros. Cuando estos llegan a la edad que les parece que pueden ser potentes para tocar mujer, má­tanlos en los templos y sacrifican con su sangre a los ídolos; pero si antes de esto, laventura del moja ha sido tocar a mujer, luego es libre de aquel sacrificio, porque dicen que su sangre ya no vale para aplacar los pecados.

Antes que vaya un señor a la guerra contra otro, están los unos y los otros un mes en los campos, a la puerta de los templos, toda la gente de la guerra cantando de noche y de día, si no son pocas horas que hurtan para comer y dormir, en los cuales cantos están rogando al sol y a la luna y a los otros ídolos a quien adoran, que les dé victoria. Y en aquellos cantos están cantando todas las cosas justas que tienen para hacer aquella guerra. Y si vienen victoriosos, para dar gracias de la victoria, están de la misma manera otros ciertos días, y si vienen desba­ratados, lo mismo, cantando como en lamentación su desbarato.

Tienen muchos bosques y lagunas consagradas en su falsa religión, donde no dejan cortar un árbol ni tomar una poca agua, por todo el mundo. En estos bosques van también a hacer sus sacrificios y entierran oro y esmeraldas en ellos; lo cual está muy seguro que nadie tocará en ello, porque pensarían que luego se habían de caer muertos. Lo mismo es en lo de las lagunas, las que tienen dedicadas para sus sacrificios, que van allí y echan mucho oro y piedras preciosas que quedan perdidas para siempre.

Ellos tienen al sol y a la luna por creadores de todas las cosas, y creen de ellos que se juntan como marido y mujer, para tener sus ayuntamientos. Además de estos, tienen otra muche­dumbre de ídolos, los cuales tienen como nosotros acá a los San­tos, para que rueguen al sol y a la luna por sus cosas. Y así, los santuarios y templos de ellos está cada uno dedicado al nom­bre de cada ídolo. Además de estos ídolos de los templos, tiene cada indio, por pobre que sea, un ídolo particular y dos y tres más, que es a la letra lo que en tiempo de gentiles llamaban lares. Estos ídolos caseros son de oro muy fino, y en el hueco del vien­tre muchas esmeraldas, según la calidad de que es el ídolo. Y si el indio está pobre, que no tiene para tener ídolo de oro en su casa, tiénelo de palo, y en lo hueco de la barriga pone el oro y las esmeraldas que pueden alcanzar. Estos ídolos caseros son pequeños, y los mayores son como el codo de una mano. Y es tanta la devoción que tienen, que no irán a parte ninguna, ora sea a labrar a su heredad, ora sea a otra cualquier parte, que no lleven en una espuerta pequeña, colgado del brazo. Y lo que más es de espantar, que aun también los llevan a la guerra, y con un brazo pelean y con el otro tienen su ídolo, especialmente en la provincia de Tunja, donde son más religiosos.

En lo de los muertos, entiérranlos en dos maneras: métenlos entre unas mantas muy liados, sacándoles primero las tripas y lo demás de las barrigas, y echan en ellas de su oro y esmeraldas, y sin esto les ponen también mucho oro por de fuera, a raíz del cuerpo, y encima todas las mantas liadas, y hacen unas como camas grandes, un poco altas del suelo, y en unos santuarios, que solo para esto de muertos tienen dedicados, los ponen y los dejan allí encima de aquellas camas, sin enterrar, para siempre; de lo cual después no han habido poco provecho los españoles. La otra manera de enterrar muertos es en el agua, en lagunas muy grandes, metidos los muertos en ataudes, y de oro si tal es el indio muerto, y dentro del ataúd el oro que puede caber, y más las esmeraldas que tienen puestas allí adentro del ataúd con el muerto, lo echan en aquellas lagunas muy hondas, en lo más hondo de ellas.

Cuanto a la inmortalidad del alma, creenla tan bárbara y confusamente, que no se puede, de lo que ellos dicen, colegir si en lo que ellos ponen la holganza y descanso de los muertos, es el mismo cuerpo o el ánima, pues lo que ellos dicen es que el que acá no ha sido malo sino bueno, que después de muerto tiene muy gran descanso y placer; y que el que ha sido malo’ tiene muy gran trabajo, porque le están dando muchos azotes. Los que mueren por sustentación y ampliación de su tierra, dicen que éstos, aunque han sido malos, por sólo aquello, están con los buenos, descansando y holgando. Y así dicen que el que muere en la guerra y la mujer que muere de parto, que se van derecho a descansar y a holgar, por sólo aquella voluntad que han tenido de ensanchar y acrecentar la república, aunque antes hayan sido malos y ruines.

De la tierra y nación de los panches, de que alrededor está cercado todo el dicho Nuevo Reino, hay muy poco de su religión y vida moral que tratar, porque es gente tan bestial que ni adoran ni creen en otra cosa sino en sus deleites y vicios, y a otra cosa ninguna tienen aspiración. Gente que no se les da nada por el oro ni por otra cosa alguna, sino es por comer y holgar, especialmente si puede haber carne humana para comer, que es su mayor deleite. Y para este solo efecto hacen siempre entra­das y guerras en el Nuevo Reino. Esta tierra de los panches es fértil y de mantenimientos y comida la mayor parte de ella, porque otra parte de ella es menos abundante, y otra, muy me­nos, y viene a tanto la miseria en alguna parte de los panches, que cuando se les sujetó, se topó en los que habitan la tierra de Tunja entre dos ríos caudalosos, en unas montañas, una pro­vincia de gente no muy pequeña, cuyo mantenimiento no era otra cosa sino hormigas, y de ellas hacen pan para comer, ama­sándolas. De las cuales hormigas hay muy grande abundancia en la misma provincia y las crían en corrales para este efecto. Y los corrales son unos atajos hechos de hojas anchas; y así hay allí en aquella provincia diversidades de hormigas, unas grandes y otras pequeñas.

Tornando al Nuevo Reino, digo, que se gastó la mayor parte del año de 38 en acabar de sujetar y pacificar aquel Reino. Lo cual acabado, emprendió luego el dicho licenciado en poblarlo de españoles y edificó luego tres ciudades principales: la una, en la provincia de Bogotá, y llamada Santa Fé; la otra llamóla Tunja, del mismo nombre de la tierra; la otra, Vélez, que es luego a la entrada del Nuevo Reino, por donde él con su gente había entrado. Ya era entrado el año de 39 cuando todo esto se acabó. Lo cual acabado, el dicho licenciado se determinó de venir en España a dar cuenta a Su Majestad, por su persona, y negociar sus negocios y dejó por su teniente a Hernán Pérez de Quesada, su hermano, cómo se hizo. Y para aderezar su viaje hizo hacer un bergantín en el Río Grande, el cual hizo descubrir desde el Nuevo Reino y lo descubrieron detrás de la tierra de los panches, hasta 25 leguas del dicho Nuevo Reino. Y así no fue menester volver por las montañas de Opón por donde había entrado, que fuera pesadumbre muy grande.

Un mes antes de la partida del dicho licenciado, vino por la banda de Venezuela Nicolás Féderman, capitán de Venezuela del gobernador Jorge Espira, gobernador de la provincia de Venezuela por los alemanes, con noticia y lengua de indios que venían a una tierra muy rica. Traía 150 hombres. Así mismo, dentro de otros 15 días, vino por la banda del Perú, Sebastián de Benalcázar, teniente y capitán en el Quito por el marqués don Francisco Pizarro; y traía poco más de 100 hombres, que tam­bién acudió allí con la misma noticia. Los cuales se hallaron burlados cuando hallaron que el dicho licenciado y españoles de Santa Marta estaban en ello cerca de 3 años había. El dicho licenciado les tomó la gente, porque tenía necesidad de ella para repartirla en los pueblos de españoles que había edificado. La de Féderman, tomóla toda, y de la de Belalcázar tomó la mitad y la otra mitad se volvió a una provincia que el dicho Benalcá­zar dejaba poblada entre el Quito y el Nuevo Reino, que se llama Popayán, de que al presente es gobernador.

Después de tomada la gente a estos capitanes y repartida, les mandó a ellos que se embarcasen en los bergantines con él para la costa de la mar y para España. Lo cual, así esto como lo de la gente, tomaron impacientísimamente estos capitanes, es­pecialmente Nicolás Féderman que decía que se le hacía notorio agravio en no darle su gente y libertad a su presencia, para volver a su gobernación. Pero sin embargo de ésto, el licenciado los sacó de la tierra y los trajo en sus bergantines a la costa de la mar, y de allí ellos holgaron de venir en España; a la cual vino el dicho licenciado por noviembre del año de 39, cuando Su Majestad comenzaba a atravesar por Francia, por tierra, para Flandes.

El dicho licenciado trajo grandes diferencias de pleitos con don Alonso de Lugo, adelantado de Canaria, casado con doña Beatriz de Noreña, hermana de doña María de Mendoza, mujer del Comendador mayor de León. Los pleitos fueron sobre este Nuevo Reino de Granada, porque decía el dicho adelantado que su padre, el otro adelantado, tenía la gobernación de Santa Mar­ta por dos vidas, por la del padre y por la del hijo, y porque el

dicho Nuevo Reino entraba en la demarcación de la provincia de Santa Marta. Y así, los del Consejo mandaron que entrase en la dicha gobernación de Santa Marta y metieron la una go­bernación en la otra, y el dicho don Alonso las fue a gobernar. Y después vino, y Su Majestad, para mejor manera de gober­nación, ha puesto allí una Cancillería Real, con ciertos oidores que tienen cargo de aquellas provincias y de otras comarcanas.

A este Nuevo Reino de Granada puso este nombre el dicho licenciado, así por vivir él, cuando venía de España, en este otro Reino de Granada de acá, y también porque se parecen mucho el uno al otro, porque ambos están entre sierras y montañas, am­bos son de un temple más frío que caliente, y en el tamaño no difieren mucho.

Su Majestad, por el servicio de haberle descubierto, ganado y poblado el Nuevo Reino el dicho licenciado, le hizo merced de darle título de mariscal del dicho Reino, dióle más de 2.000 du­cados de renta en las rentas del dicho Reino, hasta que le de perpetuidad, para la memoria de él y de sus descendientes. Dióle más provisión, para suplir él la ausencia que había hecho del dicho Nuevo Reino, para que le den sus indios que rentan más de otros 8.000 ducados; y más le hizo su alcalde de la prin­cipal ciudad del dicho Reino con 40 ducados cada año, y más ciertos regimientos y otras cosas de menos calidad.

El dicho licenciado Gonzalo Ximénez de Quesada, mariscal que ahora es del dicho Nuevo Reino de Granada, es hijo del li­cenciado Gonzalo Ximénez y de Isabel de Quesada, su mujer, viven en la ciudad de Granada su naturaleza y el de sus padres es de la ciudad de Córdoba.

 

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