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Fe grande la riqueza
que se tomó en la una provincia y en la otra, pero no tanto como la del Perú, con mucho.
Pero en lo de esmeraldas, fue esto del Nuevo Reino mayor, no solo de las que se hallaron
en el Perú en la conquista de él, pero más que en este artículo se ha oído jamás
desde la creación del mundo. Porque cuando se vinieron a hacer partes entre la gente de
guerra, después de haber pasado la conquista, se repartieron entre ellos más de 7.000
esmeraldas; donde hubo piedras de grande valor y muy ricas. Y esta es una de las causas
porque el dicho Nuevo Reino se debe de tener en más que otras cosas que hayan acaecido en
Indias, porque en él se descubrió lo que ningún príncipe cristiano infiel sabemos que
tenga, que es que se descubrieron, aunque mucho tiempo lo quisieron tener los indios muy
secretos las minas de donde las dichas esmeraldas se sacan, que no sabemos ahora de
otras en el mundo; aunque sabemos que las debe haber en alguna parte, pues que
hay piedras preciosas
en el Perú y hay agunas esmeraldas. Mas nunca se ha sabido las minas de ellas.
Estas minas son en la
provincia de Tunja, y es de ver dónde fue Dios servido que pareciesen las dichas minas,
que es en una tierra extraña, en un cabo de una sierra pelada, y está cercada de otras
muchas sierras montuosas, las cuales hacen una manera de puerta por donde entran a la de
las dichas minas. Es toda aquella tierra muy fragosa. Tendrá la sierra de las dichas
minas, desde donde se comienza hasta donde se acaba, media legua pequeña o poco más.
Tienen los indios hechos artificios para sacarlas, que son unas acequías hondas
grandes, por donde viene el agua para lavar la dicha tierra que sacan de las dichas minas
para seguir las dichas vetas donde las dichas esmeraldas están. Y así, por esta
razón, no las sacan sino en cierto tiempo del año cuando hace muchas aguas, porque como
lleva aquellos montones de tierra, quedan las minas más limpias para seguir las vetas.
La tierra de aquellas minas es muy fofa y movediza, y así es hasta que los indios
comienzan a descubrir alguna yeta, y luego aquella siguen cavando con su herramienta
de madera, sacando las esmeraldas que en ella hallan. Esta yeta es manera de greda. Los
indios hacen en esto, como en otras muchas cosas, hechicerías para sacarlas, que son,
tomar y comer cierta yerba con que dicen en qué yeta hallarán mejores piedras. El
Señor de esas minas es un cacique que se llama Somondoco, adicto al gran cacique Tunja,
asentada su tierra y minas en la postrera parte de la dicha provincia de Tunja.
Cuanto a lo de la
conquista, cuando entraron en aquel Nuevo Reino los cristianos, fueron recibidos con
grandísimo miedo de toda la gente, tanto que tuvieron por opinión entre ellos, de que
los españoles eran hijos del sol y de la luna, a quien ellos adoraban y dicen que
tienen sus ayuntamientos como hombre y mujer; y que ellos los habían engendrado y
enviado del cielo a estos sus hijos, para castigarlos por sus pecados. Y así llamaron
luego a los españoles uchies, que es un nombre común de husa,, que en su
lengua quiere decir sol y chi que es luna. Y así, entrando por- los
primeros pueblos, los desamparaban y subían a las sierras que estaban cerca, y desde
allí les arrojaban sus hijicos de las tetas, para que comiesen, pensando que con
aquello aplacaban la ira que ellos pensaban ser del cielo. Sobre todo cogieron gran miedo
a los caballos, tanto que no es creedero; pero después, haciéndoles los españoles
tratables y dándoles a entender lo mejor que se podía sus intenciones, fueron poco a
poco perdiendo parte del miedo, y sabido que eran hombres como ellos, quisieron probar
ventura. Y cuando esto fue, eran ya los españoles metidos en el Nuevo Reino.
En la provincia de
Bogotá salieron a dar una batalla, lo mejor y en orden que pudieron, gran cantidad de
gente, que será la que hemos dicho arriba. Fueron fácilmente desbaratados, porque fue
tan grande el espanto que tuvieron en ver correr los caballos, que luego volvieron las
espaldas. Y así lo hicieron todas las otras veces que se quisieron poner en esto, que no
fueron pocas. Y en la provincia de Tunja fue lo mismo, cuando en ello se quisieron
poner, y por eso no hay para dar particular cuenta de todos los reencuentros y escaramuzas
que se tuvieron con aquellos bárbaros, más de que todo el año de 37 y parte del 38 se
gastó en sujetarlos, a unos por bien y a otros por mal, como convenía, hasta que estas
dos provincias de Tunja y Bogotá quedaron bien sujetas y asentadas en la obediencia
debida a Su Majestad. Y lo mismo quedaron la nación y la provincia de los panches, que
como indómitos e intratables, y aun como gente más valiente, que lo son así por sus
personas como por ayudarles el sitio de su tierra, que es montañas fragosas donde no se
pueden aprovechar de los caballos, pensaron que no les había de acaecer como a sus
vecinos. Y pensaron mal, porque les sucedió de la misma arte, y los unos y los otros
quedaron en la sujeción que está dicha.
Los del Nuevo Reino
que son las 2 provincias de Bogotá y Tunja, es gente menos belicosa; pelean con gran
grita y voces. Las armas con que pelean son unas flechas tiradas con unas tiraderas como a
viento sobre el brazo; otros pelean también con macanas, que son unas espadas de palmas
pesadas; juéganlas a dos manos y dan gran golpe. También pelean con lanzas,
asimismo de palma de
hasta 16 o 17 palmos, tostadas, agudas a la punta. En sus batallas tienen una cosa
extraña, que los que han sido hombres afamados en la guerra y son ya muertos, les
confeccionan el cuerpo con ciertas unturas, que queda todo el armazón entero sin
despegarse, y a estos los traen después en las guerras así muertos, cargados en las
espaldas de algunos indios, para dar a entender a los otros que pelean como aquellos
pelearon en su tiempo, pareciéndoles que la vista de aquellos les ha de poner verguenza
para hacer su deber. Y así, cuando las batallas primeras que con los españoles hubieron,
venían a pelear con muchos de aquellos muertos a cuestas.
Los panches es gente
más valiente, andan desnudos en carnes si no son sus vergüenzas. Pelean con más
fuertes armas que los otros, porque pelean con arcos y flechas y lanzas muy mayores que
las de los moscas. Pelean asimismo con hondas, pelean con paveses y macanas, que son sus
espadas, y con todo este género de armas pelean cada uno de ellos sólo, de esta manera:
tienen unos grandes
paveses, que los cubren de pies a cabezas, de pellejos de animales aforrados, y el aforro
esta hueco y en aquello hueco del aforro traen todas las armas ya dichas, y si quieren
pelear con lanza, sácanla de lo hueco del payés donde la tienen atravesada, y si se
cansan de aquella arma, sacan del mismo hueco el arco y las flechas o lo que quieren, y
echanse el payes a las espaldas, que es liviano por ser cuero; otra sacan en
lo adelante, para defenderse cuando es menester. Pelean callando, al revés de los
otros. Tienen estos panches una costumbre en la guerra también extraña, que nunca
envían a pedir paz ni tratan acuerdo con sus enemigos, sino por vía de mujeres,
pareciéndoles que a ellas no se les puede negar cosa, y que para poner en paz los hombres
tienen ellas más fuerzas para que se hagan sus ruegos.
Cuanto a la vida y
costumbres y religión y las otras cosas de estos indios del dicho Nuevo Reino~ digo que
la disposición de estas gentes es la mejor que se ha visto en Indias, especialmente las
mujeres, que tienen buena hechura de rostros y bien figurados. No tienen aquella manera
y desgracia que las de otras
indias que habemos
visto, ni aun son en la color tan morenos ellos y ellas, como los de las otras partes de
Indias. Sus vestidos de ellos y de ellas son mantas blancas y negras y de diversos colores
ceñidas al cuerpo, que las cubren desde los pechos hasta los pies, y otras encima de los
hombros, en lugar de capas y mantos. Y así andan cubiertos todos. En las cabezas traen
comúnmente unas girnaldas hechas de algodón, con unas rosas de diferentes colores de
lo mismo, que les viene a dar enderezo de frente. Algunos caciques principales traen
algunas veces bonetes, hechos allá de su algodón, que no tienen otra cosa de qué
vestirse, y algunas mujeres de las principales, traen unas cofias de red, algunas veces.
Esta tierra, como
está dicho, es fría, pero tan templadamente que no da el frío enojo ninguno, y no
deja de saber bien la lumbre cuando se llega a ella. Y todo el año es de esta manera
uniforme, porque aunque hay verano y se agosta la tierra, no es para que se haga
notablemente diferencia del verano al invierno. Los días son iguales a las noches por
todo el año, por estar tan cerca de la línea equinocial. Es tierra en
extremo sana sobre todas cuantas se han visto.
Las maneras de sus
casas y edificios, aunque son de madera y cubiertas de heno largo que allá hay, son de
la más extraña hechura y labor que se ha visto, especialmente la de los caciques y
hombres principales, porque son a manera de alcázares, con muchas cercas al rededor, de
manera que acá suelen pintar el labertinto de Troya. Tienen grandes patios, las casas de
muy grandes molduras y de bulto, y también pinturas por todas ellas.
Las comidas de estas
gentes son las de otras partes de Indias, porque su principal mantenimiento es maíz y
yuca. Sin esto tienen otras 2 o 3 maneras de plantas de que se aprovechan mucho para sus
mantenimientos, que son unas a manera de turmas de tierra, que llaman ionas, y
otras a manera de nabos que llaman cubias, que echan en sus guisados y les es gran
mantenimiento. Sal hay infinita, porque se hace allí en la misma tierra de Bogotá, de
unos pozos que hay salados en aquella tierra, a donde se hacen grandes panes de sal y en
grande, cantidad, la cual, por contratación por muchas partes, especialmente por las
sierras de Opón, va a dar al Río Grande, como ya está dicho.
Las carnes que comen
los indios en aquella tierra son venados, de que hay infinidad, en tanta abundancia que
les basta a mantener como acá los ganados. Asimismo comen unos animales a manera de
conejos, de que también hay muy gran cantidad, que llaman ellos fucos. Y en
Santa Marta y en la costa de la mar también los hay, y los llaman curíes. Aves
hay pocas tórtolas, hay algunas ánades de agua; hay mediana copia de ellas que se crían
en las lagunas, que hay por allí muchas. Pescado se cría en los ríos y lagunas que
hay en aquel Reino. Y aunque no es en gran abundancia, es lo mejor que se ha visto jamás,
porque es de diferente gusto y sabor de cuantos se han visto. Es sólo un género de
pescado y no grande sino de un palmo y de dos y de aquí no pasa, pero es admirable cosa
de comer.
La vida moral de
estos indios y policía suya es de gente de mediana razón, porque los delitos hechos, los
castigan muy bien, especialmente el matar y el hurtar y el pecado nefando, de que son muy
limpios, que no es poco para entre indios. Y así hay más horcas por los caminos y más
hombres puestos en ellas, que en España. También cortan manos, narices y orejas por
delitos no tan grandes, y penas de verguenza hay para las personas principales, como es
rasgarles los vestidos y cortarles los cabellos, que entre ellos es gran ignominia.
Es grandísima la
reverencia que tienen los súbditos a sus caciques, porque jamás les miran a la cara,
aunque estén en conversación familiar; de manera que si entran donde está el cacique
han de entrar vueltas las espaldas hacia él, reculándose hacia atrás; y ya sentados o
en pie, han de estar de esta manera, que en lugar de honra, tienen siempre vueltas las
espaldas a sus señores.
En el casarse no
dicen palabras ni hacen ceremonias ningunas, mas de tomar su mujer y llevársela a casa.
Cásanse todas las veces que quieren y con todas las mujeres que pueden mantener, y así
uno tiene diez mujeres y otro veinte, según la calidad
del indio; y Bogotá,
que era rey de todos los caciques, tenía más de 400. Les es prohibido el matrimonio en
el primer grado, y aun en algunas partes del dicho Nuevo Reino, en el segundo grado
también. Los hijos no heredan a sus padres sus haciendas y estados, sino los herederos, y
si no hay, los hijos de los herederos muertos, y a éstos tampoco no les heredan sus
hijos, sino sus mismos sobrinos o primos. Viene a ser todo una cuenta con lo de acá,
salvo que estos bárbaros que van por estos rodeos, tienen repartidos los tiempos de meses
y año, muy al propósito: los 10 días primeros del mes, comen una hierba que en la costa
de la mar llaman hayo, que los sustenta mucho y les hace purgar sus
indisposiciones. Al cabo de estos días, limpios ya del hayo, traen otros días en sus
labranzas y haciendas, y los otros 10 que quedan del mes, los gastan en sus casas, en
conversar con sus mujeres y en bolgarse con ellas. En uno y en otro repartimiento de los
meses, se hace en algunas partes del Nuevo Reino de otra manera: hacen de más largo y de
más días cada uno de estos repartimientos.
Los que han de ser
caciques o capitanes, así hombres como mujeres, métenlos cuando pequeños en unas casas
encerradas. Allí están algunos años, según la calidad del que espera heredar, y hombre
hay que está 7 años. Este encerramiento es tan estrecho, que en todo este tiempo no ha
de ver el sol, porque si lo viese, perdería el estado que espera. Tienen allí con ellos
quien les sirva, y danles de comer ciertos manjares señalados, y nu otros. Entran allí
los que tienen cargo de esto, de ciertos a ciertos días, y danles muchos y terribles
azotes, y en esta penitencia están el tiempo que he dicho. Y salidos, ya puedense horadar
las orejas y las naricez~ para traer oro, que es la cosa entre ellos de más honra.
También traen oro en los pechos, que se los cubren con unas planchas. Traen también unos
capataces de oro, a manera de mitras, y también los traen en los brazos.
Es gente muy perdida
por cantar y bailar a su modo, y estos son sus placeres. Es gente muy mentirosa, como toda
la otra gente de Indias, que nunca sabe decir verdad. Es gente de mediano ingenio para
hacer cosas artífices, como en hacer joyas
de oro y remedar las
que ven en nosotros, y en el tejer de su algodón, conforme a nuestros paños, para
remedamos; aunque lo primero no lo hacen tan bien como los de la Nueva España, ni lo
segundo, tan bien como los del Perú.
Cuanto a lo de la
religión, digo que en su manera de errar, son religiosísimos. Porque allende de tener en
cada pueblo sus templos, que los españoles llaman allá santuarios, tienen fuera del
lugar, asimismo muchos, con grandes carreras y andenes, que tienen hechos desde los mismos
pueblos a los mismos templos. Tienen sin esto infinidad de ermitas en montes, en
caminos y en diversas partes. En todas estas cosas de adoración tienen puesto mucho oro
y esmerladas. Sacrifican en estos templos con sangre y agua y fuego de esta manera: con
la sangre, matando muchas aves y derramando la sangre por el templo, y todas las cabezas
dejándolas atadas en el mismo templo colgadas. Sacrifican con agua así mismo,
derramándola en el mismo santuario y echando ciertos sahumerios. Y a cada cosa de estas
tienen apropiadas sus horas, las cuales dicen cantadas. Con sangre humana no sacrifican
sino es en una de dos maneras: la una, que es, si en la guerra de los panches, sus
enemigos, prenden algún muchacho que por su aspecto se presuma no haber tocado a mujer,
a éste tal, después de vueltos a la tierra, lo sacrifican en el santuario, matándolo
con grandes clamores y voces. La otra es, que ellos tienen unos sacerdotes muchachos para
sus templos, cada cacique tiene uno y pocos tienen dos, porque estos están muy caros, que
los compran por rescate en grandísimo precio. Llámanles a estos mojas. Van los
indios a comprarlos a una provincia que estará treinta leguas del Nuevo Reino que llaman
la Casa del Sol, donde se crían estos niños mojas. Traídos acá al Nuevo Reino,
sirven en los santuarios como está dicho; y estos, dicen los indios, que se entienden con
el sol y le hablan y reciben su respuesta. Estos que vienen~ siempre de 7 a 8 años al
Nuevo Reino, son tenidos en tanta veneración que siempre los traen en los hombros. Cuando
estos llegan a la edad que les parece que pueden ser potentes para tocar mujer,
mátanlos en los templos y sacrifican con su sangre a los ídolos; pero si antes de
esto, laventura del moja ha sido tocar a mujer, luego es libre de aquel sacrificio,
porque dicen que su sangre ya no vale para aplacar los pecados.
Antes que vaya un
señor a la guerra contra otro, están los unos y los otros un mes en los campos, a la
puerta de los templos, toda la gente de la guerra cantando de noche y de día, si no son
pocas horas que hurtan para comer y dormir, en los cuales cantos están rogando al sol y a
la luna y a los otros ídolos a quien adoran, que les dé victoria. Y en aquellos cantos
están cantando todas las cosas justas que tienen para hacer aquella guerra. Y si vienen
victoriosos, para dar gracias de la victoria, están de la misma manera otros ciertos
días, y si vienen desbaratados, lo mismo, cantando como en lamentación su desbarato.
Tienen muchos bosques
y lagunas consagradas en su falsa religión, donde no dejan cortar un árbol ni tomar una
poca agua, por todo el mundo. En estos bosques van también a hacer sus sacrificios y
entierran oro y esmeraldas en ellos; lo cual está muy seguro que nadie tocará en ello,
porque pensarían que luego se habían de caer muertos. Lo mismo es en lo de las lagunas,
las que tienen dedicadas para sus sacrificios, que van allí y echan mucho oro y piedras
preciosas que quedan perdidas para siempre.
Ellos tienen al sol y
a la luna por creadores de todas las cosas, y creen de ellos que se juntan como marido y
mujer, para tener sus ayuntamientos. Además de estos, tienen otra muchedumbre de
ídolos, los cuales tienen como nosotros acá a los Santos, para que rueguen al sol y a
la luna por sus cosas. Y así, los santuarios y templos de ellos está cada uno dedicado
al nombre de cada ídolo. Además de estos ídolos de los templos, tiene cada indio, por
pobre que sea, un ídolo particular y dos y tres más, que es a la letra lo que en tiempo
de gentiles llamaban lares. Estos ídolos caseros son de oro muy fino, y en el
hueco del vientre muchas esmeraldas, según la calidad de que es el ídolo. Y si el
indio está pobre, que no tiene para tener ídolo de oro en su casa, tiénelo de palo, y
en lo hueco de la barriga pone el oro y las esmeraldas que pueden alcanzar. Estos ídolos
caseros son pequeños, y los mayores son como el codo de una mano. Y es tanta la devoción
que tienen, que no irán a parte ninguna, ora sea a labrar a su heredad, ora sea a otra
cualquier parte, que no lleven en una espuerta pequeña, colgado del brazo. Y lo que más
es de espantar, que aun también los llevan a la guerra, y con un brazo pelean y con el
otro tienen su ídolo, especialmente en la provincia de Tunja, donde son más religiosos.
En lo de los muertos,
entiérranlos en dos maneras: métenlos entre unas mantas muy liados, sacándoles primero
las tripas y lo demás de las barrigas, y echan en ellas de su oro y esmeraldas, y sin
esto les ponen también mucho oro por de fuera, a raíz del cuerpo, y encima todas las
mantas liadas, y hacen unas como camas grandes, un poco altas del suelo, y en unos
santuarios, que solo para esto de muertos tienen dedicados, los ponen y los dejan allí
encima de aquellas camas, sin enterrar, para siempre; de lo cual después no han habido
poco provecho los españoles. La otra manera de enterrar muertos es en el agua, en lagunas
muy grandes, metidos los muertos en ataudes, y de oro si tal es el indio muerto, y dentro
del ataúd el oro que puede caber, y más las esmeraldas que tienen puestas allí adentro
del ataúd con el muerto, lo echan en aquellas lagunas muy hondas, en lo más hondo de
ellas.
Cuanto a la
inmortalidad del alma, creenla tan bárbara y confusamente, que no se puede, de lo que
ellos dicen, colegir si en lo que ellos ponen la holganza y descanso de los muertos, es el
mismo cuerpo o el ánima, pues lo que ellos dicen es que el que acá no ha sido malo sino
bueno, que después de muerto tiene muy gran descanso y placer; y que el que ha sido
malo tiene muy gran trabajo, porque le están dando muchos azotes. Los que mueren
por sustentación y ampliación de su tierra, dicen que éstos, aunque han sido malos, por
sólo aquello, están con los buenos, descansando y holgando. Y así dicen que el que
muere en la guerra y la mujer que muere de parto, que se van derecho a descansar y a
holgar, por sólo aquella voluntad que han tenido de ensanchar y acrecentar la república,
aunque antes hayan sido malos y ruines.
De la tierra y
nación de los panches, de que alrededor está cercado todo el dicho Nuevo Reino, hay muy
poco de su religión y vida moral que tratar, porque es gente tan bestial que ni adoran ni
creen en otra cosa sino en sus deleites y vicios, y a otra cosa ninguna tienen
aspiración. Gente que no se les da nada por el oro ni por otra cosa alguna, sino es por
comer y holgar, especialmente si puede haber carne humana para comer, que es su mayor
deleite. Y para este solo efecto hacen siempre entradas y guerras en el Nuevo Reino.
Esta tierra de los panches es fértil y de mantenimientos y comida la mayor parte de ella,
porque otra parte de ella es menos abundante, y otra, muy menos, y viene a tanto la
miseria en alguna parte de los panches, que cuando se les sujetó, se topó en los que
habitan la tierra de Tunja entre dos ríos caudalosos, en unas montañas, una provincia
de gente no muy pequeña, cuyo mantenimiento no era otra cosa sino hormigas, y de ellas
hacen pan para comer, amasándolas. De las cuales hormigas hay muy grande abundancia en
la misma provincia y las crían en corrales para este efecto. Y los corrales son unos
atajos hechos de hojas anchas; y así hay allí en aquella provincia diversidades de
hormigas, unas grandes y otras pequeñas.
Tornando al Nuevo
Reino, digo, que se gastó la mayor parte del año de 38 en acabar de sujetar y pacificar
aquel Reino. Lo cual acabado, emprendió luego el dicho licenciado en poblarlo de
españoles y edificó luego tres ciudades principales: la una, en la provincia de Bogotá,
y llamada Santa Fé; la otra llamóla Tunja, del mismo nombre de la tierra; la otra,
Vélez, que es luego a la entrada del Nuevo Reino, por donde él con su gente había
entrado. Ya era entrado el año de 39 cuando todo esto se acabó. Lo cual acabado, el
dicho licenciado se determinó de venir en España a dar cuenta a Su Majestad, por su
persona, y negociar sus negocios y dejó por su teniente a Hernán Pérez de Quesada, su
hermano, cómo se hizo. Y para aderezar su viaje hizo hacer un bergantín en el Río
Grande, el cual hizo descubrir desde el Nuevo Reino y lo descubrieron detrás de la tierra
de los panches, hasta 25 leguas del dicho Nuevo Reino. Y así no fue menester volver por
las montañas de Opón por donde había entrado, que fuera pesadumbre muy grande.
Un mes antes de la
partida del dicho licenciado, vino por la banda de Venezuela Nicolás Féderman, capitán
de Venezuela del gobernador Jorge Espira, gobernador de la provincia de Venezuela por los
alemanes, con noticia y lengua de indios que venían a una tierra muy rica. Traía 150
hombres. Así mismo, dentro de otros 15 días, vino por la banda del Perú, Sebastián de
Benalcázar, teniente y capitán en el Quito por el marqués don Francisco Pizarro; y
traía poco más de 100 hombres, que también acudió allí con la misma noticia. Los
cuales se hallaron burlados cuando hallaron que el dicho licenciado y españoles de Santa
Marta estaban en ello cerca de 3 años había. El dicho licenciado les tomó la gente,
porque tenía necesidad de ella para repartirla en los pueblos de españoles que había
edificado. La de Féderman, tomóla toda, y de la de Belalcázar tomó la mitad y la otra
mitad se volvió a una provincia que el dicho Benalcázar dejaba poblada entre el Quito
y el Nuevo Reino, que se llama Popayán, de que al presente es gobernador.
Después de tomada la
gente a estos capitanes y repartida, les mandó a ellos que se embarcasen en los
bergantines con él para la costa de la mar y para España. Lo cual, así esto como lo de
la gente, tomaron impacientísimamente estos capitanes, especialmente Nicolás Féderman
que decía que se le hacía notorio agravio en no darle su gente y libertad a su
presencia, para volver a su gobernación. Pero sin embargo de ésto, el licenciado los
sacó de la tierra y los trajo en sus bergantines a la costa de la mar, y de allí ellos
holgaron de venir en España; a la cual vino el dicho licenciado por noviembre del año de
39, cuando Su Majestad comenzaba a atravesar por Francia, por tierra, para Flandes.
El dicho licenciado
trajo grandes diferencias de pleitos con don Alonso de Lugo, adelantado de Canaria, casado
con doña Beatriz de Noreña, hermana de doña María de Mendoza, mujer del Comendador
mayor de León. Los pleitos fueron sobre este Nuevo Reino de Granada, porque decía el
dicho adelantado que su padre, el otro adelantado, tenía la gobernación de Santa Marta
por dos vidas, por la del padre y por la del hijo, y porque el
dicho Nuevo Reino
entraba en la demarcación de la provincia de Santa Marta. Y así, los del Consejo
mandaron que entrase en la dicha gobernación de Santa Marta y metieron la una
gobernación en la otra, y el dicho don Alonso las fue a gobernar. Y después vino, y Su
Majestad, para mejor manera de gobernación, ha puesto allí una Cancillería Real, con
ciertos oidores que tienen cargo de aquellas provincias y de otras comarcanas.
A este Nuevo Reino de
Granada puso este nombre el dicho licenciado, así por vivir él, cuando venía de
España, en este otro Reino de Granada de acá, y también porque se parecen mucho el uno
al otro, porque ambos están entre sierras y montañas, ambos son de un temple más
frío que caliente, y en el tamaño no difieren mucho.
Su Majestad, por el
servicio de haberle descubierto, ganado y poblado el Nuevo Reino el dicho licenciado, le
hizo merced de darle título de mariscal del dicho Reino, dióle más de 2.000 ducados
de renta en las rentas del dicho Reino, hasta que le de perpetuidad, para la memoria de
él y de sus descendientes. Dióle más provisión, para suplir él la ausencia que había
hecho del dicho Nuevo Reino, para que le den sus indios que rentan más de otros 8.000
ducados; y más le hizo su alcalde de la principal ciudad del dicho Reino con 40 ducados
cada año, y más ciertos regimientos y otras cosas de menos calidad.
El dicho licenciado
Gonzalo Ximénez de Quesada, mariscal que ahora es del dicho Nuevo Reino de Granada, es
hijo del licenciado Gonzalo Ximénez y de Isabel de Quesada, su mujer, viven en la
ciudad de Granada su naturaleza y el de sus padres es de la ciudad de Córdoba.
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