Después
de esto envió el gobernador a su sobrino Pedro de Lerma a una provincia delante- de
ésta, hacia el Río Grande, que llaman los Caraibes, gente muy behicosá que tienen muy
mala hierba. Es tierra de mucha caza, muchas cicoteas (sic), como tortugas e iguanas, que
parecen conejos, y otros mantenimientos de la tierra. Entró Pedro de Lerma en esta
provincia. Iba el obispo allí, el dicho fray Tomás Ortiz; iban con él ciertos
capitanes: Gaspar Gallegos, Escobar, Muñoz, San Martín. Entrando en la tierra,
hiniéronle mucha gente, mataron 14 o 15 hombres y otros tantos caballos o más. Cuando
vió esto, retiróse afuera y se volvió a Santa Manta.
Mientras anduvo en la
tierra de los Caraibes, antes que volviese, quemóse toda la ciudad de Santa Marta. Y- fue
de esta arte, que una noche, haciendo muy gran brisa, púsose fuego en la primera casa de
ha ciudad, de la parte del viento, y como la ciudad era toda de paja y no había más de
ha casa del gobernador que fuese de piedra, encendióse tan presto la ciudad toda, que no
hubo lugar para poder salvar los vecinos, como era de noche y durmiendo, más de sólos
sus cuerpos y personas y a duras penas las armas y caballos. Fue el más bravo fuego y
más breve que los cristianos han visto en parte ninguna, así que en un credo quedó todo
asolado y quemado, sin quedar ni sóla una gota de aceite ni un poco de pan, ni vino, ni
ropa de vestir, ni de cama. Y como es tierra que todo viene de acarreto, estuvo la ciudad
en gran confusión. Cuando el gobernador vio esto, quedó muy confuso y muy desmayado. La
causa de este fuego fue que andaban unos negros huidos y se habían ido a tierra de la
Ramada, que es 30 leguas de la ciudad, y estaba en aquel tiempo de guerra; los cuales
vinieron atravesando toda la tierra, escondidos de los indios y con pensamiento de
quemar todos los cristianos; estando estos durmiendo, pusieron aquel fuego. Y
acongojáronse luego los cristianos, viendo el fuego tan grande, y pensaron que eran
indios que venían sobre ellos, como toda la tierra estaba de guerra, y se recogieron
mujeres e indias esclavas y muchachos a las casas del gobernador, que tenían por
fortaleza.
Aquella
noche el capitán Cardoso anduvo rondando, por pensar no fuesen indios. Esto era media
noche; otro día de mañana envió el gobernador a llamar al capitán Cordoso y al
capitán Céspedes y a otras personas, y habido consejo sobre lo que se debía hacer
parecióles que se debía de poner en ventura de salir algunos capitanes a algunas casas
de indios y pueblos, so color de paz, por ver si podrían traer alguna provisión para que
la gente no pereciese. Y al capitán Céspedes envió a Gama, a buscar algún
mantenimiento, y al capitán Cardoso envió a Buniticá, 14 leguas de la ciudad hacia la
Ramada; y estuvieron en consulta si llevaría gente o iría con poca, so color de paz. Y
al cabo se concertó que no llevase sino 3 de a caballos y otros tantos de a pié. Y fue
allí y habló toda la gente de indios alborotada y determinó de dejar en el principio
del valle, en un pueblo, los tres de a caballo y los de a pié, y llevando consigo dos de
a pié, pasar por aquellos pueblos, halagándolos y diciéndoles que iba allí por haber
lástima de ellos, porque los cristianos, como se les habían quemado las casas y estaban
con necesidad, se querían ir todos a aquel valle, y que a su ruego lo habían dejado de
hacer con que eh dicho capitán les había prometido de les llevar provisión, con tanto
que ellos se estuviesen quedas y no fuesen allí. Y esto había hecho, decía, porque los
indios eran sus amigos y tenía indios en aquella provincia suyos. Y con esto le dieron
provisión de mucho maíz, y cargó todos los indios que pudo sacar y se salió aquel día
de todo el valle y se volvió a Santa Marta.
Y
volvió del día que partió, en 4 días. Y cuando volvió, había muy gran necesidad en
ha ciudad, porque al capitán Céspedes no le habían dado más de dos fanegas de maíz
y se habían salido, huyendo del valle, por estar la gente alborotada. Y cuando llegó
eh capitán Cardoso ya no tenían qué comer, y repartieron el maíz, a almozadas (sic)
y acabando de comer y sin pensamiento de tenerlo, si no entrasen en la tierra de los
indios a buscarlo. Y en esto llegó un navío con mucho cazabi y carne, que bastó hasta
que vinieron otros navíos.
En
este fuego recibió la ciudad mucha pérdida, porque los vecinos quedaron muy pobres de
vestidos y de mantenimientos. Y estando ya en esto, allegó Pedro de Lerma con toda la
otra gente y desbaratado y muchos heridos, con 13 o 14 hombres muertos y otros tantos
caballos, huyendo espantado de la ferocidad de aquella gente. Estando las cosas en estos
términos, procuró el gobernador y la gente de tornar a hacer sus casas de madera y paja,
lo mejor que pudiesen, y así lo hicieron, y después de recogidos en sus casas,
procuró el gobernador de hacer amistad con algunos indios, que se habían alzado, vecinos
cercanos, y hízola, aunque con muy pocos de ellos, y hecha pidió socorro al cacique de
Bonda, que es un gran señor, que está tres leguas y media de la ciudad de Santa Marta; y
éste socorro
pidió
para ir sobre Pocigueica. Y dióle eh cacique hasta seiscientos hombres flecheros de
guerra y con la gente de Santa Marta y con los españoles y con éstos y con otros indios
del vecino (?) pueblo, se fue otra vez a Pocigueica y asentó su real en los llanos. Como
vio eh temor que los indios sus amigos de Bonda y los otros que consigo llevaba tenían de
los indios de Pocigueica, no osó subir arriba a la población, antes estuvo quedo ah pie
de ella, estorbándoles que no abajasen a coger sus labranzas, e hizo talar todos los
maíces que tenían los indios y quemó un pedazo de un pueblo que estaba más cerca de
los indios. Y con esto se volvió a Santa Marta, sin hacer otra cosa, por ver el temor que
así cristianos como indios, tenían de aquella gente de aquella provincia.
Después
de todo esto pasado, como al gobernador no se he quitaba la lástima, del daño que había
habido en Pocigueica, procuraba por todas vías de se enmendar por alguna manera y
determinó de enviar al capitán Escobar y al capitán Fernando de l~ Feria y al capitán
Alonso Martín y al capitán Muñoz a Porciquiera, a quemarles eh pueblo al cuarto del
alba o hacerles gran daño. Y así fueron y partieron de Santa Marta con hasta 300
hombres, y partieron antes del sol puesto y llegaron al pie de la sierra sobre que el
pueblo está. Al cuarto del alba y en bajo, en lo llano, quedó el capitán Muñoz con
ciertos caballos para socorrer a los cristianos cuando de arriba abajasen, y así subieron
los tres capitanes con la gente de a pie, lo mejor que pudieron, y como iban cansados,
unos de cansados y otros de miedo, se les quedó mucha gente en el camino, de manera que
los capitanes subieron toda la sierra hasta arriba, sin ser sentidos, y desde que
llegaron confiados dos partes de ha altura del pueblo, amanecía ya, y como vieron que
amanecía que los indios habían de salir de sus casas de necesidad, recelosos de subir
pueblo, amanecía ya, y como vieron que amanecía, que los indios donde comenzó el fuego
a arder muy bravamente, y se quemaron muchas casas y mucha gente en ellas, diciendo los
cristianos a voces: Victoria, Victoria. Como la población es tan grande,
acudieron de muchas partes del pueblo indios sobre ellos y hirieron muchos de ellos y
mataron, de manera que los capitanes recogieron su gente lo mejor que pudieron y,
estando ellos también muy heridos, comenzaron a huír la. sierra abajo hasta llegar a
donde quedó Muñoz, a donde habían dejado sus caballos, que era ya en lo llano, donde se
favorecieron con los caballos. Y allí se ajuntaron los que escaparon de los indios y se
fueron a Santa Marta, con muy gran daño, donde en Santa Marta murió el capitán Feria de
las heridas que los indios le dieron y muchos otros soldados. Sanó el capitán Alonso
Martín y el capitán Escobar, que salió de allí muy mal herido, como persona que
había recibido la mayor parte del trabajo.
Después
de esto envió el gobernador ciertos hombres al valle de Coto, que es entre Pocigueica y
Santa Marta, y tomaron allí a un cacique de un pueblo dicho Cazequique, y tomado, lo
llevaron a Santa Marta donde el gobernador lo mandó meter en la cárcel con que lo
tratasen bien, pensando que por bien le haría hacer virtud y le sería amigo y convocase
a sus amigos para que lo fuesen. Y concertó este indio con el gobernador, que lo
enviase con cristianos a su pueblo, que estaba tres leguas y media de la ciudad, y que él
daría oro y haría que viniesen otros caciques sus amigos a ser amigos de los cristianos.
Y el gobernador, pensando que fuera así, envió a un Villalobos por teniente y al
capitán Muñoz y al capitán Cardoso con hasta 150 hombres, para que fuesen con el dicho
indio a su pueblo y procurasen la amistad de todos los otros caciques, que la del cacique
que llevaban tenía por hecha. Y ellos fueron con él, y como llegaron a legua y media del
pueblo del cacique, viendo que era ya algo tarde y recelándose de lo que después les
sucedió, por señales que veían en los indios, determinaron de reposar aquella
noche. Y otro día caminaron de mañana hasta llegar a un pueblo, media legua de donde
habían dormido, ya metidos en la sierra y de muy mal camino, que a duras penas pudieron
ir en los caballos. Y llegados allí, por las malas señales que vieron en los indios,
pararon, diciendo ah cacique que era para comer la gente. Y allí determinaron de enviar
dos cristianos para que fuesen con ciertos indios so color de buscar comida y mirasen de
qué manera estaban los indios, si estaban a punto de guerra o de paz, porque en sus
muestras se ve. Y después de llegados al pueblo, como los indios vieron que los
cristianos no podían dejar desconocer su traición, determinaron de matar a los dos
cristianos. Pero como éstos lo sintieron, se volvieron huyendo por unos despeñaderos
abajo, y el uno de ellos llegó a los cristianos y al otro mataron los indios, y
empezaron con cornetas a provocar a todo el valle para que saliesen a los cristianos.
Los cuales lo hicieron y les tomaron los pasos, donde no hubo otro remedio sino recogerse
con harto trabajo que se recogiesen. Ahorcaron ah cacique y a otros indios suyos,
capitanes que con él estaban, por la traición que habían acometido, y de allí se
vinieron a Santa Marta sin hacer otra cosa.
Después
de esto determinó el gobernador de pedir gente a Bonda, cacique, e ir él en persona y
toda la gente del pueblo sobre este valle de Coto, y fue de este arte que Pedro de Lerma
con el capitán Alonso Martín y otros entrasen a la noche por la parte de Bonda con los
indios de allí y subiesen sobre el valle de Coto, que era tomarle por las espaldas, y el
gobernador con eh capitán Céspedes y el capitán Cardoso y Villalobos y la gente de a
caballo entrasen por la parte de abajo, de hacia la mar, y llegasen al pie de la sierra,
para que él de allí enviase a tomar algún paso para favorecer a los cristianos para
cuando se abajasen de las sierras; y así lo hizo. Llegado que llegó el gobernador,
mandó al capitán Céspedes que se pusiese en un cerro junto del mismo gobernador y de la
gente de a caballo que allí estaba con cierta artillería, para favorecer de allí así
al capitán Cardoso, a quien mandó subir otro paso más alto con cierta gente de a
caballo, como a Pedro de Lerma con los demás que habían por allí de abajar; y así se
hizo todo, que de noche se puso cada uno en su lugar. Cuando rayaba el alba, el capitán
Cardoso llegaba a un cerro alto de donde descubría el valle y las poblaciones de él, y
en esto amaneció y vieron a los cristianos que abajaban por las espaldas de ellos,
quemando muchos pueblos y ardían mucho. Y en esto, como las poblaciones eran grandes
y la gente mucha y belicosa, comenzaron a cargar sobre los cristianos y sobre los indios
sus amigos, de manera que los comenzaron a malparar, porque los de a caballo no los
podían socorrer, por no poder pasar adelante por la aspereza de las sierras, y por
defenderles aquél paso estuvieron allí. Y así trabajaron los cristianos lo más que
pudieron e indios, sus amigos, hasta llegar abajo donde estaba el capitán Cardoso, y
allí ya tuvieron algún sosiego, porque los indios no pudieron tomar el paso donde el
capitán dicho estaba, que se lo defendieron basta tanto que los cristianos estaban con eh
gobernador en salvo. Y hecho esto, los de a caballo comenzaron a bajarse con gran temor,
porque los indios les perseguían mucho y les tomaron el paso; pero al cabo se recogieron
sin pérdida de ninguno, aunque con harto trabajo. Después de recogidos se fueron a la
ciudad, llevando los heridos en los caballos.
Esto
hecho, el gobernador determinó de ir a la Ramada a visitar a los caciques y a toda la
tierra que allí tenía de paz en la Ramada. Y llegado que llegó allá, comenzó así él
como los señores que allí tenían repartimientos, a pedir oro a sus caciques como era
costumbre. Y de allí determinó de enviar a Villalobos por su teniente con el capitán
Cardoso y con el capitán Cristóbal de Bueso a la tierra de Eupari, porque les había
dado en repartimiento al capitán Cardoso y a otros 14 hombres conquistadores, para que
lo fuesen a ver y a visitar y a que pidiesen oro y lo ajuntasen, y trajesen por memoria
todos los pueblos que en ha dicha provincia hubiese, para que, después de traído el oro
delante del gobernador y sabido cuantos pueblos hubiese y cuantos buhios en cada uno, para
lo repartir conforme a la calidad, así del dicho capitán como de los que allí hubiesen
de tener allí repartimientos. Y dabale así, por estar el suyo alzado en la tierra de
Santa Marta y no tener él indios que he sirviesen.
Y
partido Villalobos, teniente, con ha dicha gente, quedóse el gobernador pidiendo por la
tierra oro y visitando la tierra, y ellos caminaron hacia el dicho valle de Eupari donde
comenzaron a andar por él, y no hallaron en él pueblo ninguno que no fuese quemado, y
tanto cuanto más anduvieron tanto más daño hallaron, así que en todo el valle, que
serán 35 leguas de largo y 5 y 6 de ancho, nunca hallaron pueblo ninguno que no fuese
quemado, y los indios andaban muy alborotados, durmiendo por los campos, siendo valle muy
hermoso y rico y de mucha gente y de muy hermosas mujeres, para indios, y de mucha caza.
La causa de esto fue que, después que Pedro de Lerma vino de la
jornada
del Río Grande, así como pasaron de la Ramada para Santa Marta así entró micer
Ambrosio, que era gobernador de la provincia de Venezuela, y por ha parte que dice de
Cupiare, que es hacia la parte de Venezuela, y entró en la tierra y gobernación de
Santa Marta, entrando en el valle de Eupari. Fue atravesando el valle y llegó hasta el
cabo de la gobernación de Santa Marta, que es el Río Grande, donde no dejó cosa
ninguna que no destruyese, tomando muchos indios e indias, ilevandolos atados y con
cargas, y del trabajo se quedaban muchos en los caminos muertos, y así fue asolando y
quemando toda esta tierra. Y entró luego en otra que está en el valle de Eupari, que se
dice la provincia de los Putos, y lo mismo hizo en ella, y de allí llegó cerca de
Tamalameque, que es una muy gran población y estaba cercada de aguas, y por ellas no pudo
entrar adentro, y de allí pasó a un pueblo grande, orilla del Río Grande, que se llama
Zipuaza. Salieron los indios a darle batalla, perdió allí cierta gente, quemó todo eh
pueblo y de allí se volvió alrededor de Tamalameque y fuese alrededor de las sierras,
y volvió otra vez al Río Grande, por no poder ir al largo de él, por causa de las
muchas aguas, y de allí fue el río arriba corriéndolo todo, así la sierra como el
río, y como no pudo correr más el río arriba, llegó a un río que dicen el Río de
Lebrija, y de allí fue alrededor de él de cuanto pudo, y como no pudo pasar por las
muchas lagunas que había, subió arriba a la sierra, donde halló tierra fría y de harta
gente, donde, saliendo los indios a él, he mataron a él y a mucha gente de la que
llevaba, y así se volvió la gente a Venezuela con harto trabajo.
Yendo,
pues, Villalobos por el valle Eupari con la gente, entraron en la provincia de los Putos,
donde pasaron muy gran necesidad porque, como iban fatigados, sintieron allí más
fatiga, porque ni hallaban maíz ni otra cosa ninguna, ni frutas, por haber quedado la
tierra como dicho es. El remedio que tuvieron era cazar venados, alcanzándolos a
caballo, por ser la tierra de mucha caza. Yendo con este trabajo llegaron a vista de
Tamahameque que estaba el río en medio de ellos y de Tamalameque, que decían los
indios de Tamalameque que fuesen allá y que ellos serían sus amigos; y esto decían a
causa de pensar
que
ellos no podrían pasar el río en ninguna manera. Y cuando llegaron junto al lugar que
estaba sólo el río en medio, pidieron canoas como pudiesen pasar. Y los indios, como no
deseasen acogerlos en sus casas más de hacer de boca cumplimiento con ellos, no se las
quisieron dar, diciendo que pasasen ellos a nado, pensando que si algunos pasasen con
caballos, que los podrían matar. Y eh capitán Cardoso, viendo que todos eran perdidos y
que volver atrás no había remedio por la mucha necesidad del mantenimiento, se echó
así a caballo por el río y quiso Dios que salió de la otra parte, amenazando y
atropellando los indios, y les hizo dar las canoas a los indios, en que pasó toda la
gente y se aposentaron por dentro del pueblo, y allí hicieron sus amistades con ellos, y
diéronles oro.
Y
estando así, quejáronseles de otro pueblo que estaba junto del Río Grande, que se
llamaba Zipuaza, diciendo que eran sus enemigos y que les habían tomado a su cacique y le
tenían quebrado los ojos, y así era la verdad, diciéndoles que les favoreciesen, pues
eran sus amigos y les daban oro. Y así, viendo cómo ellos los han recogido y dado oro,
determinaron de lo hacer. Diéronles para que los guiasen por tierra 250 hombres a punto
de guerra, para que les guiasen por ciertas lagunas, y ellos fueron por el agua en hasta
350 canoas, que era cosa de ver; y no se partieron del pueblo los indios en las canoas
hasta otro día, que ellos sintieron que estarían en el pueblo, y así fue que los unos
por agua y los otros por tierra, dieron juntos en el pueblo de los indios, donde los
indios de Tamalameque robaron, según se cree, mucho oro. Y los cristianos tomaron al
cacique de Tamalameque que los indios allá tenían los ojos quebrados, jugando los
muchachos con él por el camino.
Hecho
esto, los cristianos trabajaron con ellos para hacerse sus amigos y que les darían las
mujeres e hijos que les habían tomado. Y al cabo, lo que pudieron hacer fue que vinieron
50 indios a ellos, diciendo que el uno era cacique, siendo mentira, e hicieron paces con
ellos, prometiéndoles que les serían amigos de ellos y de los de Tamalameque. Y así les
dieron a sus mujeres e hijos que les habían tomado, y se volvieron los cristianos a
Tamalameque. Y estando allí para se holgar diez o doce días y reformar de la hambre
pasada, determinaron los indios de echarlos de allí con mañas, y fue así que vinieron
cuatro indios de un cacique de un pueblo que estaba junto a Tamalameque, dicho Sopati,
los cuales les dijeron que (ellos) trayéndoles oro, la gente del capitán micer
Ambrosio se lo había tomado, siendo mentira. Y ellos procuraron, pensando ser verdad,
de ir tras ellos, demandado a los indios canoas, para los echar de la tierra y, si fuesen
pocos, tomarlos y llevarlos al gobernador. Y dadas las canoas, con los indios que les
trajeron ha nueva se fueron para que los guiasen, y así los guiaron y los llevaron hasta
que pasaron su mismo pueblo arriba dicho, y de allí los sacaron, diciendo que cerca de
allí les habían tomado el oro. Y ileváronles hasta donde hallaron la huella de la gente
por donde había pasado, que parecía la huella de un mes, poco mas. Y dijéronles los
indios, después que vieron que habían de sentir su engaño, cómo de miedo de ellos se
habían huído. Y así pasaron algo adelante, y por la necesidad de la haber, se
volvieron no pudiendo pasar más adelante, y de allí se volvieron a la Ramada donde
estaba el gobernador. Y cuando llegaron no le hallaron allí, que era ido a Santa Marta, y
así se fueron a Santa Marta.
Antes
de entrar a la Ramada, el gobernador, teniendo dif erencias con Pedro de Lerma, su
sobrino, (donde) le prendió y he envió a Santo Domingo, y de allí se fue Pedro de Lerma
al Perú, a donde después murió a puñaladas, saliendo huyendo de la batalla entre
Almagro y Pizarro; diéronle de puñaladas en su cama. Dicen que el Pizarro lo mandó.
Estando
las cosas en este estado, con las grandes nuevas que venían del Perú cada día,
viéndose los conquistadores de Santa Marta pobres y fatigados y pensando ser gente que
podían pasar por todas partes, estaban todos desabridos y deseosos de se ir al Perú.
Había muchos que se echaban a nado, pasando navíos por allí, para que los navíos los
tomasen, por no dar el gobernador licencia a ninguno para que saliesen de la tierra, y el
gobernador estaba muy fatigado porque no se podía valer con la gente. Y estando así la
gente, se alborotaban de cada día más. El gobernador determinó de enviar a hacer una
jornada por el Río Grande arriba para que caminasen hacia el Perú donde habían tenido
siempre buena nueva de tierra rica. Y recelándose de la gente de se ir de allá de ha
entrada y que no volverían a Santa Marta, proveyó por su teniente y capitán general a
un clérigo bachiller, dicho... (en blanco) y envió al capitán San Martín y al capitán
Céspedes por capitán de la gente, y envió a un Quiñones por maestre del campo, por ser
el general clérigo, para sentenciar y hacer justicia. Y envió a un Santos de Saavedra
por capitán de azadoneros, al cual dio garrote Quiñones, por amotinador, después de la
muerte del clérigo. Yendo esta gente caminando así ocho o diez jornadas de la ciudad de
Santa Marts., adoleció el dicho clérigo general, de la cual dolencia murió. Dejó en su
testamento a los dichos capitán Céspedes y capitán San Martin en su lugar. Anduvieron
en esta jornada 18 meses y pasaron el río en unos bergantines que el gobernador había
enviado, y pasado el río donde caminaron el río arriba hasta que no pudieron más, por
las muchas aguas y lagunas que hallaron, y de allí se volvieron a Santa Marta, sin hacer
en este camino cosa ninguna sino pasar muchos trabajos, por causa de las muchas aguas que
hallaron y ser tiempo de aguas. Vueltos a Santa Marta, 7 leguas de la ciudad, supieron
cómo era muerto García de Lerma y cómo estaba en Santa Marta el doctor Infante, por
juez de residencia. Donde, cuando llegaron, lo hallaron en la cama mal dispuesto y muy
fatigado, porque estaba la tierra muy fatigada y alzada, por haber salido la mayor parte
de toda ha gente, los unos a la jornada dicha y los otros a tierra de la Ramada, donde
el doctor los había enviado. Y después de haber llegado, rogóles eh doctor que fuesen,
siles pareciese, a Bonda, porque había recibido mucho daño de los indios de allá y
procurasen por alguna vía de ver si podrían matar o cautivar algunos de ellos. Y viendo
esto, el capitán Cardoso se ajuntó con San Martín y Céspedes y San Martín, capitanes,
con alguna gente, y fueron a Bonda y, haciéndole cierto ardid, como que huían, y
echando la gente de pie atrás, los indios con codicia de los alcanzar abajaron a lo
llano, flechándolos muy reciamente, y desde que los capitanes
vieron
que podrían valerse con ellos y con sus señores de los caballos, revolvieron sobre
ellos, apartándose los soldados, y alancearon muchos de ellos y tomaron a vida algunos,
donde los castigaron muy reciamente; y con esta victoria se volvieron a Santa Marta.
Antes
que el gobernador García de Lerma fuese la vez postrera a la Ramada, porque cada uno iba
a ella después de estar repartida, llegó a Santa Marta un caballero portugués, a quien
se decía Gerónimo de Melo, al cual le quedaba un hermano en Santo Domingo, dicho
Antonio Infante. Y llegado Gerónimo de Melo a Santa Marta, tomó mucha amistad eh
gobernador García de Lerma con él, y siempre estaban juntos. Y estando un día
platicando de la grandeza del Río Grande, diciendo la furia que traía y la gran
población que había en él, tomóle codicia al Gerónimo de Melo de entrar por él
arriba con algún navío, y dijo al gobernador que no era aquello cosa para dejar sin
descubrir, que él quería ir, si el gobernador fuese servido a descubrirlo y ver el
fondo de él. Y el gobernador le dijo que él lo había querido intentar y que nunca
había hallado piloto ninguno que se atreviese a entrar en él, y él le dijo que no se
diese nada de ello, que él haría entrar ah que con él fuese y que no hubiese miedo
ninguno. Viendo el gobernador esto, como de antes tuviese muchas ganas, dijo que le
placía, y envió a llamar a un Llaño, piloto que andaba en la provincia de Santa Marta,
y enviólo con Gerónimo de Melo y otro navío más chiquito también. Y cuando se
vieron sobre la barra, hubieron los pilotos gran temor y si no fuera por Gerónimo de
Melo, que los amenazó que los mataría si se volviesen, los hizo entrar dentro y
subieron el río arriba hasta 35 leguas y fueron rescatando con los indios. Estuvieron en
la jornada cerca de 3 meses, deteniéndose, haciendo amistades con los indios y
rescatando con ellos. Y viendo Antonio Infante, hermano de Gerónimo de Melo que estaba en
Santo Domingo, que el hermano tardaba y no le escribía, supo cómo había ido en la
jornada del río y, sabiendo el gran peligro del río, hubo miedo que fuese muerto y vino
a Santa Marta en busca de él y estuvo en casa del gobernador muy congojado, por la
tardanza de su hermano. Y no pudiendo sufrir la tardanza, de enojado de tanto esperar,
dijo ah gobernador que le dejase ir a la Ramada mientras había nuevas del hermano. Y el
gobernador lo envió por capitán con poca gente, yendo con él el capitán Carranza, para
que allegasen a una provincia dicha Seturma, que eh gobernador había dado al capitán
Carranza. Antes que llegasen a ella llegaron a la Ramada y allí, yendo o viniendo del
pueblo a la mar, salieron los indios a ellos, y los cristianos huyeron los más de ellos.
Pero al cabo, él, defendiéndose muy bien con montante, murió y los cristianos que con
él iban. Y venido el hermano, como vio que su hermano era muerto por los indios, que vio,
yéndolo a buscar, murió de enojo. Después no ha entrado navío sino bergantines. Este
río sale a la mar agua dulce, algunos dicen 5 leguas, otros menos, según la creciente
trae. Hácese una isla en medio de la boca del lago de 5 leguas y de ancho de media legua;
entrase por la boca grande, que es hacia Santa Marts.. En toda aquella costa no crece ni
mengua la mar cosa ninguna.
Estando
así la tierra de Santa Marts. en este estado, faltos de dineros y de mantenimientos y
gente, cada cual procuraba cómo se podía ir y huír de ha tierra, y andaban en cada
rincón haciendo ayuntamientos. El doctor no sabía valerse ni qué debía de hacer ni de
quién se había de fiar. Pensó que la tierra se había de despoblar en su tiempo y
envió a llamar una noche al capitán Cardoso, dándole cuenta de la pena que tenía, de
cómo se recelaba que le dejase un día la gente muy sólo o lo dejasen la más de la
gente o toda, y que no sabía cómo se pudiese valer para excusar esto, porque veía la
gente tan amotinada y tan levantada, que en cada rincón andaban haciendo concilios para
cómo se pudiesen ir. El cual capitán he dijo cómo su parecer era que enviase por dos
partes la gente, y ya que alguna gente le quedase, sería poca y podríase sustentar
mejor, y la gente que saliese haría lo mismo. Y así lo hizo: porque envió por una parte
a la Ramada a un capitán Ribera y a un Méndez con cierta gente, para que visitasen ha
tierra y demandasen oro; y por otra parte envió a un Mejía, que había venido con él de
Santo Domingo, y al capitán Cardoso a la provincia de los caraibes, a donde Pedro de
Lerma fue desbaratado. E idos que fueron, an
duvieron
en ella, donde hubieron hartos remedios, y al cabo ha corrieron y anduvieron toda.
Perdieron en ella tres hombres, que les mataron los indios, tomaron muchos esclavos y
esclavas. Y como la gente es tan brava, nunca pudieron hacer paz con ninguno de ellos,
después que en toda la provincia no hallaron oro ni lo hay en ella. Antes que llegaron a
Santa Marts., junto a Pocigueica, los indios de allí intentaron de quitarles la
cabalgada, saliendo a ellos, y alcanzaron y mataron de ellos algunos y se volvieron
arriba, atemorizados. Los que fueron a la Ramada también volvieron, trayendo algún
oro.
(Como
nota marginal, está incertado aqui el párrafo siguiente:) Estando las cosas en
estos términos, llegó Juan de Junco a Santo Domingo, que iba en una nao con hasta 100
hombres por capitán de ellos y llevaban su camino a Cartagena, y aportados allí, los
oidores de Santo Domingo le rogaron fuese a Santa Marts., que le iría mejor que en
Cartagena, porque, como estaba allí el doctor Infante que ellos habían enviado,
quisieron ayudarle con gente para si algo tuviese necesidad; y quedose en Santa Marts. el
dicho Juan de Junco y la gente que consigo llevó.
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