Descubrimiento del Nuevo Reino de
Granada y Fundación de Bogotá
Juan Freide
© Derechos Reservados de Autor

DE LA CONQUISTA DE SANTA MARTA Y

NUEVO REINO DE GRANADA

 

El documento, anónimo, se conserva en el Archivo General de Indias, Sevilla, Sección Patronato, Legajo 27, Ramo 9. Sin fecha.

Fue publicado en las “Relaciones Históricas de América, publicación de la Sociedad de Bibliófilos Españoles. Madrid, 1916. Copiado nueva­mente y cotejado con el documento original.

Se trata de una reseña histórica de la conquista de Santa Marta y del Nuevo Reino de Granada, aunque los sucesos de los últimos años, desde 1540 hasta 1545, están dados en forma suscinta, como si esta parte fuese añadida después. Existen en el manuscrito partes tachadas, y hay una nota añadida que indica la intervención de una tercera persona. Tanto la nota como las partes tachadas fueron incluidas en la presente trans­cripción, por ser partes de la relación.

Algunas notas marginales, en las cuales se resumen los aconteci­mientos, demuestran que el documento fue utilizado por algún cronista, o historiador que a veces confunde las fechas y, además, considera idén­ticos los dos caciques que encontraron la muerte durante la conquista, Bogotá y Sagipa.

Del texto de la relación se desprende que su autor tomó parte perso­nalmente en los principales acontecimientos sucedidos en Santa Marta, durante los gobiernos de Rodrigo de Bastidas, García de Lerma y Pedro Fernández de Lugo, sobre los cuales ofrece múltiples detalles, que no podía conocer sino un testigo ocular. Así mismo se desprende de la relación que durante la jornada a Bogotá el autor fue uno de los que subían por el río Magdalena en bergantines, primeramente al mando de Diego de Urbina y en seguida bajo el de Diego Hernández Gallego. Sólo en la Tora se juntó a la tropa que subía por el Opón, por lo que tomó parte en la propia conquista  de la  meseta chibcha.

Llama la atención que el documento contiene muchos detalles que se conectan directamente con las actuaciones del bachiller, capitán Antonio Cardozo, que fue también el cirujano de la tropa. La última página de la relación se refiere directamente a él y a sus desavenencias con el gober­nador Jerónimo Lebrón, constituyendo una especie de probanza sobre sus propios servicios a la Corona y La mala fe del gobernador, quien, quebran­tando su promesa, lo había apresado por el delito de haberlo rechazado como gobernador de Santa Fé. Es posible que Cardozo mismo fuera el que escribiera la relación, o que existiera una estrecha conexión entre él y el presunto autor.

Después que se descubrió la Isla Española, que se dice la isla de Santo Domingo, empezaron a salir navíos a rescatar con los indios por la costa de Tierra Firme, donde fueron descu­briendo todas las gobernaciones e islas que al presente están pobladas. Descubrieron a Santa Marta con todas las más gober­naciones. Santa Marta es tierra que la gente de ella es la más belicosa que hay en todas las Indias. Pelean con flechas con hierba de a 14 horas, y otras de 24, y hay otra de a 3 días y otra de a cinco, y otra de a más, y según se tiene por noticia y experiencia, cuanto tiempo ha que es hecha la hierba, tanto tiempo dura él que hieren con ella.

La tierra en sí es muy rica de oro, según se tiene por no­ticia y experiencia, y si la tierra estuviese pacífica, sacarse ha en la mayor parte de ella muy gran cantidad de oro de minas, porque muchos conquistadores de ella lo han visto por expe­riencia, y créese y tienen por averiguado, que si hubiese posi­bilidad para ello y pudiesen traer negros en las minas, sacarían más oro que en parte alguna de las Indias.

El primer gobernador que en ella aporté fue Pedrarias. Salió en tierra y entró por ella una legua dentro. Salieron indios a él e hiriéndole algunos cristianos pocos, volvieron a embarcar, y corrió la costa de allí al Nombre de Dios, donde desembarcó con toda la gente que llevaba. Adolecióle mucha y murióle harta de ella, y alguna se le volvió a la isla de Santo Domingo y a la isla de Jamaica, que estaba ya poblada mucho tiempo había, después de poblar en las islas de San Juan y otra, sin la de Santo Domingo y la dé Cuba. Y él que dase en el Nombre de Dios con la gente que le quedó y de allí empezó a entrar por la tierra adentro y conquistar hasta Nicaragua, donde le acaecie­ron muchas cosas largas de contar, y allí murió.

Y después que Pedrarias pasó por Santa Marta, de allí a ciertos años, proveyó Su Majestad a Don Rodrigo de Bastidas, por gobernador y adelantado de Santa Marta. Era vecino de la ciudad de Santo Domingo. Partióse de allí con gente a poblar a Santa Marta. Llevaba por su capitán y teniente a un Villafuerte. Aportaron en el mismo puerto de Santa Marta, donde salió el mismo gobernador y toda la gente que consigo llevaba. Entraron en el mismo puerto de Santa Marta, donde, salido en tierra, empezó luego a descargar a sus caballos como lo demás que para sus provisiones llevaba. A presentarse allí en unas casillas que allí tenían unos indios pescadores, las casas de paja. Empezó luego toda la gente a asentarse y aposentarse lo mejor que pudieron y el gobernador juntó su gente e hizo luego alcaldes y regidores que fueron... (en blanco, en el original).

Y hecho esto, procuró hacer amistad con unos indios de un pueblo que llaman Gaira, poco más de una luego de la ciudad de donde él había poblado, y de allí se fue a un pueblo grande que llaman Bonda, que es entre Santa Marta y Bodinga, una y media legua de la mar. De allí pasó hasta Bondinga, que serán seis leguas y media o siete de Santa Marta hacia el Este, y por allí hubo algún oro de los indios y se volvió con su gente y con él a Santa Marta. Y estando en Santa Marta una noche en su cama, le dieron de puñaladas. Dicen que fue su teniente y ca­pitán Villafuerte y un Samariego y un Sierra, capitanes, y otros muchos que iban con ellos. Salieronse luego y dejaron al gobernador que se había dejado caer de la cama, haciéndose muerto, y ellos así lo pensaron. Y después que ellos fueron sa­lidos y el gobernador no sintiéndolos, comenzó a llamar y le acudieron mucha -gente, entre los cuales acudió un soldado que había allí venido de Méjico dicho. Rodrigo Alvaruzú Palomino,

el cual, desde que supo 1o que había pasado al gobernador, vino a su casa del dicho gobernador con un montante, y, después de venido allí, púsose a la puerta del gobernador; porque como el Villafuerte supo cómo el gobernador era vivo, volvió con mu­cha gente, diciendo que quería entrar a ver al gobernador, a quien él llamaba padre y el gobernador a él, hijo, dicen que con intención de lo acabar, con decir palabras lastimeras, diciendo que quién tal había hecho, que él lo había de castigar. Y el Palomino, habiéndose puesto a la puerta, conociendo la bella­quería del Villafuerte, le dijo: “Villafuerte, no podéis entrar vos acá, ni nadie”. Y el Villafuerte le dijo: “. Cómo a mi habéis vos de quitar la puerta, siendo vuestro capitán general ?“. Y el Palomino le dijo: “A vos y a cuantos quisieren entrar, no ha­ciendo la razón, la quitare yo, mientras tuviere la vida”. Y el el Villafuerte le replicó: “Vos, Palomino, no me conocéis”. Y el Palomino le replicó: “Sí conozco, mas pluguiera a Dios que no os conociera”. Y así pasaron las palabras de desafío, diciendo que él no sería hombre para salir fuera a demandárselo, y él fue y respondió, que por entonces no dejaría aquella puerta. Y así, visto esto por Villafuerte, que no podía entrar por causa de Palomino, se volvieron a su posada con cuantos con él venían y comenzó a juntar y juntó la mayor parte de la gente que había en la ciudad. Y el gobernador, sintiendo la revuelta que había fuera, llamó diciendo que ¿ qué cosa era aquella? Y diciéndole que era Villafuerte y otros muchos que eran con él, y asimismo se le dijo lo que habla pasado con Palomino y cómo lo había hecho tan bien, y visto esto, el gobernador llamó a Palomino y le dio la vara, diciendole que él era su hijo y que mandaba que todos le obedeciesen por su teniente y capitán general, y así se pregonó luego. Y con esto hubo gran revuelta en la ciudad, de una parte y otra, y cada uno procuraba allegar así la más gente que podía.

Y visto por Villafuerte que su partido no iba bueno, tomó la más gente que pudo, de ellos por su voluntad y de ellos por fuerza, a llevarlos la tierra adentro a buscar su vida en este campo. Llegó al valle de Upan, pasando muchos valles y sierras, todo de guerra y de muy mala gente, el cual iba diciendo mucho

mal de los cristianos, para que los indios le dejasen, y diciendo que era enemigo de los cristianos y amigo de los indios. Viendo en este campo cada día perdiendo muchos cristianos de los que llevaban, que los mataban los indios, y visto que los indios le acosaban tanto y que le faltaba la mayor parte de la gente y él tenía un ojo quebrado de un golpe que con una macana le habían dado los indios, procuró de volver a la mar, a ver si hallaría algún navío dónde pudiese embarcar. Y aportó en tie­rra de la Ramada en la costa de la mar, que es 30 leguas de Santa Marta al Levante, y aportado allí halló un muchacho cris­tiano que habían los cristianos echado allí con otro para que después sea la lengua; al cual conoció desde que lo vio y se holgó con él. Y él lo reconcilió con los indios para que no le hiciesen mal. Y desde allí, tomando al muchacho, se fue a Santa Marta a meterse en manos del Palomino o del gobernador, por no poder hacer otra cosa; y aportó a Santa Marta cerca de la ciudad.

Volviendo, pues, a tocar lo que al gobernador aconteció después de la partida de Villafuerte es: que después que el go­bernador se vió tan mal herido y mal visto de la gente, y que no había nadie que bien le mirase, determinó de irse a Santo Domingo a curar, pensando hallar allí más remedio y dejar a Palomino por su teniente; y publicolo así. Y no lo hubo tan presto publicado, cuando todos a la vez comienzan a aviar su partida y aderezar el navío en cual lo llevasen. Y estando las cosas en estos términos, arrepintióse el gobernador, diciendo que se quería quedar y que allí se moría. Pues estando las cosas así, viendo el pueblo que el gobernador se quería quedar, co­menzaron todos a decir que se fuese, pues lo tenían determi­nado, si 116, que ellos se irían y lo dejarían sólo. Y así, visto esto por el gobernador, mas por fuerza que por grado se em­barcó en un navío, el cual fue aportar a la isla de Cuba, y allí le sacaron en tierra; el cual dizque, por no ser bien mirado, murió allí.

La causa de todas estas divisiones y de lo que Villafuerte hizo fue, que, como el Villafuerte vió ser tan bien quisto de la gente y estar toda ella mal con el gobernador, a causa de que

en la entrada que había hecho había traído cierto oro, el cual no había repartido entre la gente, guardándolo para pagar los gastos de la armada que había hecho para venir allí, por estar muy adecuado; y como la gente no tenía cuidado de aquello sino de lo que a ellos cumplía, fue causa que el Villafuerte, viendo esto y por tener codicia de señorear, acometió de matar al go­bernador, como está dicho. Y asimismo la gente de la tierra, viéndolo después que él se quería quedar a mandar en la tierra, recelándose que no hiciese lo que había hecho en la primera en­trada y se quedase con el oro, como había hecho antes, lo pro­curaron echar de la tierra, que fue causa de su muerte, como dicho tengo.

Después de partido el gobernador Bastidas, quedó Palomino por teniente y el pueblo le juró por gobernador. Fueron en este tiempo capitanes Antonio Ponce de Carrión y Gonzalo de Vides y un Carranza. Estando las cosas en estos términos, después de ido el gobernador y muerto, llegó el Villafuerte, como dicho tengo, cerca de Santa Marta y envió un fraude a Palomino, y el Palomino fue por él y lo trajo a Santa Marta, a él y a los que con él venían, y de allí lo envió preso en un navío a la isla de Jamaica, porque enviaba él allí por bastimento para la gente, diciendo que de allí lo llevasen a Santo Domingo. Y en la isla de Santo Domingo hicieron justicia de él y de un capitán dicho Porras, que con él había entrado a matar al gobernador Bas­tidas. Proveyeron, hasta que Su Majestad otra cosa proveyese, a un Pedro de Vadillo, vecino de Santo Domingo, por gober­nador. El cual hizo armada y embarcóse con ella, llevando por su teniente a Pedro de Heredia, que ahora es gobernador de Cartagena, y aportó en el puerto de Santa Marta. Y como el gobernador Palomino lo supo, apercibióse con toda la gente, y más por la importunidad de la gente que de él, que todos lo querían a él por gobernador, y en llegando que llegó Vadillo, todos se pusieron en armas para no dejarlo desembarcar, con sus tiros y munición todo a punto.

Vadillo tomó puerto y echó anclas, pero nunca osó salir por el peligro que vió, y como Heredia era amigo del Palomino y que lo conocía de Méjico, atreviose a salir a tierra a hablar con Palomino. Dicen que iba con mal pensamiento para matar­lo, si hallase en la gente de la tierra aparejo para ello, con dá­divas y promesas que les había de hacer.

Estaba, pues, en la tierra un Hernán Báez, valiente hom­bre portgués que había andado mucho tiempo en las armadas que entraban los de Santo Domingo a Tierra Firme a tomar indios; y éste era capitán de soldados en Santa Marta. Y dicen que el Heredia trató con él, diciendo que este otro venia pro­veido por gobernador y que, no queriendo darle la obediencia, pues Su Majestad lo mandaba, que lícitamente podía matar a Palomino, y más, siendo el dicho Palomino gobernador por el pueblo y no por el rey. Así que, dizque, entre el Heredia y otros de la tierra concertaron que el dicho Hernán Báez matase al dicho Palomino. Esto vino a saber Palomino, y como la mayor parte del pueblo quería mucho a Palomino, por ser bien quisto de todos, hecha mano la justicia de Fernán Báez, capitán, a voz de todos, y préndenle, y preso éste, se recogió Heredia a los na­víos de su gobernador; y determinan los de la tierra de echarlo del puerto. Y ellos, visto esto, alzaron velas y fueronse a un puerto del dicho Gaira la Robada, porque aquel puerto y pueblo habían los cristianos quemado. Es tres leguas de Santa Marta hacia la Ramada.

Y alzadas las velas, el Palomino fue a la cárcel a ver a Hernán Báez, que por ser valiente hombre lo quería mucho, y todos haciendo lo mismo, y le dijo que pidiese lo que quisiese y

que aquello lo iba haber. Y él le dijo que no le pedía otra cosa sino que mirase por su mujer y por un hijo que le quedaba; y después de esto se hizo justicia de él.

Ido Vadillo a Gaira, fuese Palomino con la gente de la tierra al dicho puerto, para defenderle que no saltase a tierra. Llegados entrambos al puerto a una, hicieron que el dicho Va­dillo no desembarcase. Y viendo Vadillo que le defendían la salida, determinó de enviar un clérigo que se decía Castillo a contratar con Palomino y con los de la tierra, y ajuntose el clérigo con un fraile de la Merced de Santa Marta. Yendo entre ambos, el uno y el otro, los pusieron a concertar que gobernasen

junto entre ambos. Y así se concertaron y partieron la hostia y juraron de que no habría entre ellos enemistad ni otra cosa de mal alguno. Y hecho esto, la armada de Vadillo se volvió a Santa Marta a desembarcar lo que traía, y el Vadillo y Palomino con la gente se fueron por tierra a Santa Marta, muy conformes.

Esto hecho, comenzaron a pacificar la tierra a la redonda, lo mejor que pudieron y, estando así, determinaron de hacer una entrada larga, y el Palomino era el que más deseo tenía de hacerla, porque había dicho a algunos amigos suyos, que deter­minaba de no volver a Santa Marta hasta llegar a donde vinieron dos ovejas que habían pasado por allí, por Santa Marta, que venían del Perú para la Corte. Y estas eran dos ovejas que Pi­zarro había hallado en los primeros descubrimientos y las en­viaba a que las viesen, con dos hachas de plata, chapeados los cabos, diciendo el Palomino que pensaba, con la ayuda de Dios, llegar primero a donde ellas se criaban, que no Pizarro ni los de la Mar del Sur. Y así, estando de camino para se partir entre ambos gobernadores, llegan nuevas a Palomino cómo ve­nían dos primos suyos y que estarían con él de allí a cinco o seis días. Y llegadas estas nuevas, dijo al compañero que se fuese delante con toda la gente, que él no quería que quedasen para ir con él sino 14 o 15 hombres de a caballo y hasta 40 hombres de pie. Y así Vadillo se fue delante y Palomino esperó hasta que los primos vinieron, y después de venidos los dejó en la ciudad y se fue su camino tras Vadillo.

Al cabo de 10 o 12 días, yendo caminando, llovió mucha agua, y llegando a un pueblo de indios dicho Marona, costa de la mar, 18 leguas al Este hacia la Ramada, habíale llovido mu­cho en el camino y durmió aquella noche en Marona. Y otro día de mañana se levantó y, según pareció en él, algo enojado, por­que dicen que le dijeron que Vadillo y su teniente Heredia y otros con ellos tenían concertado de matarlo. Y como el Palo­mino era colérico, se levantó bien de mañana, mostrando estar enojado, aunque no con la gente que llevaba, y dijo, estando sentado encima de una canoa, que Su Majestad vería quién era el que más le servía y podría servir. Y de allí se partió hasta llegar a un río que después, por su causa, fue dicho el Río de Palomino, que es un río que abaja de la, Sierra Nevada, porque tiene la nieve muy cerca. Es río algo crecido, y como aquellos días había llovido mucho, venía muy grande y muy furioso, que no se podía pasar sino nadando y con mucho peligro.

Así como el Palomino y los que con él iban llegaron a él, echose al agua, así a caballo y armado como iba, porque lo hacía siempre así y procuraba en todo de ser el delantero, y los que con él iban tras él, y comenzó a nadar su caballo. Y algunos de los que iban cerca, le comenzaron a dar voces que se volviese, y él no lo quiso hacer y el caballo se zambulló una vez con él y volvió luego salir. Y él, cuando estando se salió del agua con los que con él iban, envió a un soldado le trajese unas canoas que estaban del otro cabo del río para pasar con ellas el hato y la gente; de que la gente estuvo toda sosegada. Como vio que el soldado se detenía algo en atar las canoas, se desarnió y cabalgó encima de su caballo, y cuando miraron por él, estaba en medio del río, y como el caballo nadaba mal, se sumió y nunca más pareció. Créese que lagartos lo comieron, como hicieron a otros, cuando Vadillo había pasado primero.

Muerto Palomino, vinieron las canoas de esta otra parte y pasaron poco a poco el hato y gente y los caballos. Después de pasados, durmieron allí y de allí fueron a un pueblo que está junto a la Ramada, dicho... (espacio en blanco). Y allegados allí, hallaron a Vadillo, donde le dimos la nueva de la muerte de Palomino. Créese que no le pesó nada con ello, donde hubo grandes debates entre ellos sobre si había sido buen hombre o malo. Y de allí fueron caminando por la tierra de la Ramada, que es tierra rica, donde les dieron los indios oro, el cual se ponía en el montón para después hacer sus partes, cada uno como le cupiese. Y de allí llegaron a Orino, que es pueblo de la Ramada, y allí hicieron partes. Cupo de parte a cada soldado a 32 o 33 pesos de buen oro.

Fueron caminando la tierra adentro hasta llegar a un valle dicho Eupari, revolviendo hacia el poniente, y de allí llegaron hasta dos leguas atrás de Zazare, que es un pueblo grande, de grandes casas de indios. Y estando en un pueblo pequeño, llegaron a la tarde, y otro día, a dos horas de sol, estando la gente descuidada, vinieron dos escuadrones grandes de indios, hom­bres de grandes cuerpos, los cuales, así como llegaron a los cristianos, pesquisárosles los cristianos y principalmente He­redia, que era teniente, que ¿ a quién querían? Y ellos dijeron que querían al señor. Y el Heredia envió a decir al gobernador que pesquisaban por él y el gobernador le envió a decir que él dijere que él era el gobernador, y que les preguntase, que pa­ra qué lo querían. Y así se lo dijo Heredia y ellos le dijeron que querían pasar adelante. Y el Heredia, visto esto y que era trai­ción (porque traían voluntad, después de dejar al escuadrón pasar delante y acabando de pasar volver sobre ellos, dando el trasero en ellos, tomándolos en medio), dijo: “Adelante, por las puntas de las picas. Santiago a ellos”. Y dieron en ellos los soldados y la gente de a caballo y mataron muchos de ellos y los desbarataron. Y el otro escuadrón, visto esto, se acogieron los que pudieron a las montañas, quedándose allí Vadillo. Y, según se dijo, tuvo allí gran temor de pasar adelante, por ver los indios tan belicosos, y determinó de juntar la gente y tomar el parecer de todos, si iría adelante o atrás. La mayor parte de la gente o casi toda, quería pasar adelante, y el gobernador no quiso sino volverse de allí. Y así se volvió a la tierra de la Ra­mada, donde halló un navío suyo que había mandado venir con mercaderías, donde has vendieron, y de allí se fue con toda ha gente a Santa Marta, donde halló a fray Tomás Ortiz, que iba proveído por obispo de Santa Marta,, y hahló nuevas cómo que­daba el gobernador García de Lerma en Santo Domingo y ha­bía enviado al obispo adelante a Santa Marta, donde el dicho Vadillo lo halló.

Y en llegando, halló un comendador dicho Grajeda, que era factor de la gobernación por Su Majestad, al cual, achacan­dohe ciertas cosas, le desnudó y dio tormentos, usando con él de crueldad. Y, según algunos, fue justicia, porque el factor le decía que había robado la tierra y fundido oro fuera de la fun­dición, como Su Majestad... (roto), y el gobernador le decía que él había destruido la tierra. Estando las cosas en estos tér­minos, llegó el gobernador García de Lerma y lo sacó de su poder y prendió al Vadihlo, para tomar residencia, y lo tuvo en una casa con mucha gente de guarda y de allí lo envió preso a España. Dicen que el Vadillo, estando preso, tenía echada mu­cha suma de oro en una bota y la mandó henchir de agua y ha mandó poner en mitad de la arena en la playa, y allí estuvo muchos días en la playa, hasta que el mismo Vadillo le embar­caron y no se embarcó la bota, y después de embarcado, em­barcaron la bota diciendo que era de agua para su beber, donde se partió la nao para España. Y junto a Arenas Gordas se per­dió la nao y toda ha gente que en ella venía.

En tiempo de Palomino y de Vadillo fue teniente Pedro de Heredia; gobernando los dos juntos, fueron capitanes Gonzalo de Vides, Antonio Ponce Escobar, Hernando de la Feria, ca­pitán de ha guarda de Palomino, Alonso Martín, capitán de azadoneros, y Gutiérre Carranza Muñoz. En tiempo que García de Lerma entró a gobernar a Santa Marta, llevó de España por su teniente de ha justicia a Arbohanche, vizcaíno, y como capitán general de ha gente de a caballo, a su primo Juan de Lerma, y capitán a Villalobos; hizo capitanes de los que esta­ban en ha tierra a Escobar, a Muñoz, a Ponce, a Vides, a Ca­rranza, a Céspedes, a Gaspar Gallego, y a su sobrino Pedro de Lerma. Estos capitanes no tenían gente señalada más de cuando salían fuera a ha guerra.

Llegado García de Lerma a Santa Marta, fue a ver a Bonda, que estaba de paz, y de allí determinó de hacer una en­trada y correr las sierras y camino hacia Buriticá, que es ca­minando hacia la Ramada. Y estando allí, mandó ver si había minas, donde se halló gran muestra de oro. Por toda aquella tierra vinieron los indios a traerles oro, porque estaban atemo­rizados del tiempo de Palomino y no había indio que se pusiese a darle guerra. Y pasó, sin se lo defender los indios, al valle de Vuritica, atravesando dichos pueblos y sierras por allí muy ásperas, haciendo caminos. Pasó dos pueblos grandes, bien te­nidos en las sierras, dichas Vecinga y Agauringa. Estos no qui­sieron venir a ser amigos ni osaron defenderle la entrada de los pueblos, antes los desampararon y huyeron. De allí se fue hasta cerca de un pueblo grande, dicho Pocigueica, y durmió en un pueblo dicho Enlosado, y de allí abajó a un valle entre las sierras que va dos leguas de la mar, dicho el valle de Coto, de mucha población, y de allí se fue a Santa Marta.

Después de estar en Santa Marta, envió a la Ramada por capitán a Arbolancha, su teniente, y a Pedro de Lerma, su so­brino, porque era ya muerto su primo Juan de Lerma de su dolencia, en viniendo de la jornada ya dicha. Fueron con ellos por capitanes Gaspar Gallego y Alonso Martín y Juan de San Martín, capitán de azadoneros. Fueron éstos a la Ramada y a visitar y pacificar la tierra; dieronles alguna cantidad de oro. Durante este tiempo determinó de repartir la tierra entre todos, como Su Majestad mandaba. Señaló la gente para que con él repartiesen a Juan de Céspedes y a Pizarro y a un Treviño, porque eran hombres los más antiguos en la tierra. Después de repartida envió el gobernador a visitar todos los caciques que estaban de paz y a meter en la posesión a sus amos. Hecho ésto, envió a los capitanes arriba dichos a la Ramada, como arriba tengo dicho, y después de venidos y visitada la tierra, repartió el gobernador esta tierra de la Ramada a los que le pareció y mandó que fuesen a entregar los caciques a los que les había cabido.

Después de venido de allá envió a Pedro de Lerma, su sobrino, y a Alonso Martín y a Muñoz y al capitán Feria al valle de Tairona, que está 6 o 7 leguas de Vuritacá, que es gran valle y muy rico. Hay oficiales en este valle que hacen quentas verdes y coloradas; es muy rico de oro en demasiada, por nue­vas que se tuvieron de los que a él fueron; sacaron dél, en obra de 20 o 30 días que en él anduvieron, más de 60 mii ducados, con lo que se trajo escondido y público. Después se volvieron a Santa Marta. Envió al valle de Mongay ciertos capitanes, en que fue Pedro de Lerma, y vinieron algunos de allí heridos. Tra­jeron poco oro, porque se lo defendieron y no porque el valle no sea rico. Hecho esto quiso ir García de Lerma en persona a Posigueica. Estuvo allí dos o tres días, contra voluntad de al­gunos hombres antiguos de la tierra, que le daban de consejo

que no estuviese allí mucho, para que no se enojasen los indios, porque era mucha gente muy belicosa y porque habían estado allí en tiempo de Palomino y habían, con su buena maña, salido de allí con guerra. El cual hacía burla de los que se lo decían, diciendo que estaría allí a pesar de los indios y que se saldrían con la buena maña que decían que había salido Palomino, que le pusiesen la mesa y le armasen la cama de campo, y otras cosas, como éstas, de soberbia, haciendo burla de todo. Y cuando no se cató, vieron muy gran cantidad de indios, y envió allá a su capitán de la guardia, Berrío, con gente a un altezuelo para detener aquel paso, y envió a otro cabo a donde también venían indios al capitán Ponce, y a otro, al capitán Muñoz; el cual

Muñoz, cuando vió que los indios cargaban, dejó la gente y acjandose diciendo que venía al real a buscar gente, y su gente comenzó a huír. Muchos escaparon muy mal heridos y lo mismo hizo Ponce; de manera que se comenzó a desbaratar la primera gente. Y el capitán de la guardia, Berrío, defendió todo lo que pudo su paso, pero fue forzado, muy herido él, de retraerse muy herido de una pierna, de que quedó cojo y estuvo muy gran tiempo que no pensaron que viviera. Como los indios comen­zaron a sentir la victoria, cargaron con mucho ánimo, tantos, que cubrían la tierra. Hirieron allí al gobernador. No tuvieron otro medio sino huir, quien más podía. Allí le quedó su mesa y sillas y cama de campo y vajilla y mucha gente que le mataron muy buena, y allende de eso los indios quedaron con tanto áni­mo que hasta hoy se atreven en tanta manera, que no tiene cuento. Y todo esto sucedió por el gobernador no querer creer a los que más sabían de la guerra en aquella tierra. Después de esto, cómo los cristianos quedaron tan atemorizados y los indios tan temerosos, no osaba el gobernador enviarles más a aquél pueblo ni alrededor dél, con gran parte de tierra.

Estando las cosas de este arte, determinó de enviar a su sobrino por teniente y capitán general a la provincia del valle de Aupari y de Cazan (;asi!) y correr el Río Grande arriba. Fueron con él ciertos capitanes, fue con él capitán Escobar, Muñoz, Gaspar Gallego, el capitán Carranza y el capitán Car­doso. Llegaron hasta un pueblo dicho el pueblo de Lebrija, por haber pasado por este pueblo un Lebrija por mandado de Pedro de Lerma con cierta gente, y allí hubieron su consejo si pasarían delante o volverían atrás. Los más fueron de parecer de pasar adelante, pero como algunos tenían su repartimiento en ha tierra de la Ramada y el Pedro de Lerma, su general, también, se hu­bieron de volver atrás, por cobrar oro para ellos de sus indios, porque aquél no se había de repartir. De manera que se volvie­ron por la tierra a la Ramada y de alli a Santa Marta. Es toda la tierra de la Ramada y del valle de Upan de mucha caza, tanto que un hombre a caballo alcanzaba 4 o 5 venados. Y de allí se vinieron a Santa Manta, trayendo de monto más de 40 mil pesos y muchas piezas de esclavos que después se repar­tieron entre ellos, y estos de los que no querían ser de paz y les venían a dar guerra.

Después de esto envió el gobernador delante de la Ciénaga, que es ciénaga un lago grande, donde está un gran pueblo, donde abajan los indios de la sierra a rescatar pescado y sal, y traenles oro y mantas. Esta ciénaga estaba de paz, que es 9 leguas de Santa Marts. hacia Río Grande, dos leguas de Poci­gueica, entre él y el mar. Envió al capitán Muñoz y a Escobar y al obispo fray Tomás Ortiz, a ver si querían ser de paz y, no lo queriendo se tomaron muchos de ellos por esclavos y esclavas, y tomaronles algún oro, con lo cual se volvieron a Santa Marta.

 

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