CAPITULO
1
SANTA MARTA,
TIERRA DE NADIE, PUNTO DE PARTIDA
En el extremo nordeste de la actual
Colombia, sobre las costas del Mar Caribe y escoltada a sus espaldas por las blancas
cumbres de la Sierra Nevada, está la ciudad de Santa Marta, que después de Santa María
del Darién y de San Sebastián de Urabá es la población más antigua de Colombia1.
Sus tierras fueron visitadas por
primera vez en 15002
por Rodrigo de Bastidas, quien recorrió sus costas con algunas carabelas, comerciando con
los indios y recogiendo por medio de rescate, es decir, a cambio de
artículos, una buena cantidad de oro y perlas. Todo esto se hizo pacíficamente3 , y el
descubridor tuvo en la mente emprender una obra colonizadora de duración. Tal intención
demuestra el hecho de que, al marchar nuevamente para España, dejó en la tierra a un
teniente suyo, con el fin de que aprendiese las lenguas indígenas4 ; pero la
mala suerte que tuvo en su viaje de regreso, con la pérdida de los navíos y de lo que
había rescatado, y el largo y costoso pleito que tuvo que sostener en España para
defenderse de injustas acusaciones, lo hicieron desistir de tal intención. El que un
cuarto de siglo más tarde había de ser el primer gobernador de Santa Marta, se
estableció en la Isla Española, siguiendo un lucrativo negocio de mercancías, esclavos
y remates de rentas Reales.
En aquella época los intereses
coloniales de España se limitaban a la Colonización de las Antillas y especialmente de
La Española. Desde 1513, al llegar la noticia del descubrimiento de la Mar del
Sur, el Océano Pacifico, por Vasco Núñez de Balboa, estos intereses se
extendieron a Castilla de Oro, es decir, al estrecho de Panamá y las regiones adyacentes,
por donde se buscaba febrilmente un paso marítimo hacia las tierras asiáticas que
producían las por entonces tan codiciadas especias. La principal isla antillana, La
Española, (la actual Santo Domingo o Haití), mermada su población aborigen y carente de
propias riquezas naturales, ya se había convertido por entonces en un centro político,
económico y administrativo de la América Española, y la ciudad de Santo Domingo, unida
a la Península mediante una frecuente comunicación marítima y una Real Audiencia, la
primera en América, instalada en su recinto, se transformó en la verdadera capital del
Nuevo Mundo hasta entonces conocido. Fue durante muchos años el arsenal que abastecía
las nuevas empresas descubridoras con armas, mantenimientos y soldados experimentados,
empresas siempre orientadas hacia el oeste: Veragua, Panamá, México o Florida, que
parecían interceptar, como infranqueable barrera terrestre, el paso marítimo hacia el
Lejano Oriente, impidiendo la comunicación directa con España por mar, la que tanto se
anhelaba.
Así se explica el desinterés que
en las dos primeras décadas del siglo XVI prevalecía en España por las costas
meridionales del Mar Caribe, situadas muy fuera de la esperada ruta comercial hacia el
continente asiático. Tratadas como verdadera tierra de nadie, sin gobernador
estable u otro representante de la Corona allí asentado, estas tierras y entre ellas la
provincia de Santa Marta, se convirtieron en un territorio propicio para las expediciones
de varios conquistadorescomerciantes que hacían allí sus esporádicas
entradas, con pretexto de comerciar con los indios, siendo su verdadero motivo
despojarlos de sus bienes y, ante todo, capturarlos como esclavos para el trabajo en las
minas y en los campos; estado de cosas que con abundancia de detalles describe, entre
otros, Fray Pedro Aguado5.
Este comercio y trata de indios
esclavos se hacía tomando, a veces, como pretexto las cláusulas de las
capitulaciones6 otorgadas por la Corona que generalmente permitían, aunque bajo ciertas
condiciones, declarar y vender como esclavos a indios rebeldes capturados en guerra, o a
los que impedían con su actitud la predicación de la Fe Católica o la explotación de
minas de oro que se encontraban en sus tierras7. Pero el grueso de este comercio se
hacía abusivamente desde la isla Española, mediante un llano asalto a los indios de la
costa, aprovechándose de la confusa legislación que regía las relaciones de los colonos
con los aborígenes y de la ausencia de una eficaz administración judicial8.
No faltaron intentos de las
autoridades españolas de intervenir en este comercio y encauzarlo hacia las
vías legales. Ya en las instrucciones dadas a Diego Colón9, el 3 de mayo de 1509, se le ordenaba vigilar
que nadie salga de La Española a descubrir y rescatar con indios, sin licencia especial.
Pero lograr el cumplimiento de esta disposición era difícil cuando faltaban medios
eficaces para controlar el destino de una expedición por un mar en su mayor parte
desconocido. Y aún después, cuando ya se crearon autoridades locales en algunas islas y
costas del Caribe, Santa Marta conservó su carácter de tierra de nadie, pues
el lastimoso fracaso de la expedición de Alonso de Ojeda en 1509 hizo cesar por muchos
años los intentos oficiales de establecer allá un gobierno local. Santa Marta no
conoció un representante estable de la justicia Real durante los tres lustros que
siguieron a la expedición de Ojeda. Es cierto que desde 1513 pertenecía nominalmente a
la gobernación de Castilla de Oro. Pero el gobernador, Pedrarias Dávila, aprovechó esta
circunstancia sólo para la saca de esclavos al pasar por sus costas en 151410, sin
dejar un lugarteniente o representante de su autoridad.
La provincia de Santa Marta fue,
pues, durante muchos años, una proveedora de esclavos para las islas útiles
del Mar Caribe (Santo Domingo, Cuba, Jamaica y Puerto rico). Sus indios tenían poco oro y
sólo ocasionalmente pescaban perlas; los españoles que se aventuraban a sus costas eran,
ante todo, esclavistas, pues la creciente necesidad de mano de obra en las Antillas,
destruida su población aborigen, hacía prosperar este comercioconquista. Gran estímulo
para ello fueron la Cédula Real que declaraba como esclavos por derecho propio, entre
otros indios, también a los de Santa Marta e islas adyacentes y la abolición del pago
del quinto Real sobre el valor de los indios capturados12.
Este negocio esclavista no fue, sin
embargo, exento de peligros, pues la primitiva actitud pacífica y confiada de los indios
frente al conquistador cambió muy pronto en abierta enemistad. La conquista
-así como se efectuaba en Mar Caribe- fue solamente un medio de conseguir para las islas
útiles la mano de obra que escaseaba y obligar a los indios a un trabajo
forzado, que llevaba consigo su captura, esclavización y abandono de las tierras natales.
Para el indio tal práctica equivalía a un simple aniquilamiento, pues separado
bruscamente de una sociedad que, como la suya, se basaba en una economía extensiva,
primitiva, principalmente de caza y pesca, y engranado por fuerza en un orden económico
intensivo, mercantilista, de explotación minera y agrícola, no podía adaptarse de
inmediato a las nuevas condiciones y soportar el violento cambio que surgió en su vida,
cuando se le exigió que de la noche a la mañana saliese de su estado salvaje
y se incorporase a una sociedad civilizada; que de un hombre económicamente
independiente -como era su caso en la sociedad primitiva- se convirtiese en un jornalero o
esclavo. El sacarlos de sus tierras -decían los vecinos de Santa Marta en su carta
del 26 de junio de 1532- 13, temen más que la
muerte; y Nofro de Sagredo informaba al Rey el 21 de julio de 153314 que el
indio que una vez se ve preso, a la otra, antes quiere morir, que no volver a
serlo.... Tal vez una lenta evolución de sus condiciones sociales hubiera obligado
a los indios a aceptar la nueva estructura social y económica que traían consigo los
españoles; pero, naturalmente, a tal evolución no daban lugar los precipitados
acontecimientos históricos, ni las intenciones de los conquistadores, cuyo fin era, ante
todo, el lucro, es decir, la rápida explotación de la población aborigen en provecho
propio.
Con esto se explica la actitud
abiertamente hostil e irreconciliable que adoptaron generalmente los indios de las costas
del Caribe frente a los españoles y, entre ellos, los indios de Santa Marta, ya muy al
principio del siglo XVI. Acertadamente anota Gonzalo Fernández de Oviedo el cambio que
surgió en las relaciones entre indios y españoles cuando dice15 : Y
tuvieron forma -los españoles- de meter tanto la mano en los rescates y en tomar indios
-por esclavos- de cualquier manera que podían, que alteraron la Costa; y se
escandalizaron los indios y mataron a cristianos, y cristianos a indios, y se hizo de
guerra la Costa..., que después entendieron en otros rescates con mucho peligro de sus
vidas y conciencias. Ciertamente, a los conquistadores-esclavistas los recibían
más de una vez con una rociada de flechas, a veces envenenadas; pero en la mayoría de
los casos huían a los difícilmente accesibles valles de las estribaciones selváticas de
la cercana Sierra Nevada, que les brindaban un refugio relativamente seguro. Desde estos
difícilmente accesibles valles de la montaña atacaban a los españoles, desorganizaban
sus comunicaciones terrestres, y con guerrillas trataban de echarlos a la mar. No en vano
se quejaban los colonos de Santa Marta que los indios en tierras y sierras tan
aventajadas jadas, tan a su gusto y seguro hacen la guerra...16 por lo que
merecen, decían, ser capturados y deportados como esclavos17.
Esta continua guerra entre indios y
españoles tuvo funestas consecuencias no tan solo para la numerosa población indígena18, que
prácticamente desapareció en un relativamente corto lapso, sino en general para toda la
futura obra colonizadora de las costas del Caribe. La ausencia de una fuerte población
aborigen obstaculizó durante muchos siglos el desarrollo económico de Santa Marta, y la
decadencia que sufrió la región durante la época colonial se debió en gran parte a
este factor demográfico, cuya influencia se siente aún hoy día. Pero en el primer
cuarto del siglo XVI la preocupación de España no llegaba a estas tierras. Los grandes
descubrimientos que se sucedían en aquellos tiempos, como fueron los de Florida, Yucatán
o México, mantenían acaparado el interés oficial. Hasta la mitad del tercer decenio del
siglo XVI, Santa Marta, entre otras tierras de nadie, quedó olvidada en un
rincón del Mar Caribe.
1 Por su probable
ubicación, consideramos que Santa María del Darién fue fundada dentro de los Límites
de la actual Colombia.
4 Juan de
Buenaventura, a quien Alonso de Ojeda encontró en 1502 en el Puerto de Santa Cruz.
Bastidas lo habia dejado en la provincia de Citura (o Seturma), limítrofe entre las
futuras gobernaciones de Santa Marta y Venezuela (13, III, 28).
7 En
todas las capitulaciones, comenzando por la de Ojeda y Nicuesa del año de
1508 hasta la de los alemanes para Venezuela, se permitía la esclavitud de los indios por
razón de su belicosidad, canibalismo o impedimento de la obra evangelizadora. En la
capitulación tomada con Pedro Fernández de Lugo (Doc. 660) se permitía
esclavizarlo además si estorbasen la explotación de las minas de oro.
La
numeración de los documentos corresponde a la colección Documentos Inéditos para
la Historia de Colombia recopilados por el autor y de los cuales fueron publicados
por la Academia Colombiana de Historia los siguiente volúmenes:
Tomo
I. 15091528, Bogotá,
1955 Nº
152.
Tomo
II.
15281532, Bogotá, 1555 Nº 153418.
Tomo
III.
15331535, Bogotá, 1955 Nº 439772.
Tomo IV.
15351538, Bogotá, 1956 Nº 7731.
111.
Tomo
V.
1538 1940, Bogotá, 1957 Nº 1.1121.452.
8 La
esclavización de los indios fue regularizada oficialmente por la cédula Real del 14 de
agosto de 1509 (9, 1, 116). Por cédula del 15 de junio de 1510 se permitía
generalmente sacar indios de otras partes para hacerlos trabajar forzosamente en La
Española, perteneciendo al Rey la cuarta parte de los capturados; solo se exceptuaban las
islas de Cuba, Puerto Rico, Jamaica y Trinidad (36, I, 64). Por cédula del 3 de junio de
1511 (40, 315) se dio permiso general para declarar esclavos a los indios de las costas
del Caribe, desde el Darién hasta Paria, dando como causa su resistencia a la
evangelización. Por cédula del 23 de febrero de 1512 (36, I, 153) no solo se permitía
esclavizar a los caribes, sino que aún se imponía la obligación de hacerlo.
La instrucción dada a Pedrarias Dávila el 2 de agosto de 1513, confirma este permiso. Se
le otorgaba el derecho de esclavizar todos los indios capturados en las islas y costas de
Santa Marta y Cartagena, por considerarlos antropófagos.
Con
todo, es característico del embrollo y carácter contradictorio de la legislación
indígena de aquella época el hecho de que mucho después, en 1520, el Rey enviaba a un
emisario especial, Rodrigo de Figueroa, para que definiese si los indios, objeto de la
trata de esclavos hacía muchos años, debieran ser declarados como tales. Y este enviado,
después de investigar muchos casos y oír varios informes, dividió a los indios del
Caribe en dos grandes grupos: guatiaos, pacíficos y amigos de los españoles,
y caribes, feroces e indómitos, dignos de ser declarados por esclavos. Sin
embargo, por escrúpulos de conciencia, no se había atrevido a clasificar los indios que
habitaban la costa entre Coquibacoa y el Cenú (futuras gobernaciones de Santa Marta y
Cartagena).
No es por demás llamar la
atención de lo difícil que era para un oidor del Consejo de Indias o para algún
comisionado especial de darse cuenta de la realidad de las cosas frente a los
contradictorios informes que recibía sobre los indios. El mismo Fray Tomás Ortiz, autor
de una diatriba más feroz que jamás se haya escrito sobre indio., diatriba que incluye
Fray Pedro Simón en el prefacio de sus Noticias Historiales (37. I). como
prueba de la bestialidad de todos los indios y por antonomasia los de Santa Marta,
Cartagena y otros caribes; este mismo Fray Tomás Ortiz, cuando se queja de
los desmanes de García de Lerma y demás conquistadores de Santa Manta dice que la
provincia es la mejor tierra y la más rica y de indios más domésticos que hay en
estas partes.. . (Doc. 262).
12 El
14 de noviembre de 1509 se quitó por el término de un año el impuesto de un castellano
que pagaban anualmente los colonos de la Española a la Corona por los indios forasteros
utilizados en los trabajos del campo y minas (7 I 155). Después, en 1513, este Impuesto
fue abolido definitivamente (21, I, 155). Desde el 21 de junio de 1511 cesó el pago del
quinto que pertenecía al Rey de los esclavos capturados (AGI, Patronato 275, Ramo 1; 7,
868). Las letras AGI se refieren al Archivo General de Indias, Sevilla.
17 Muchos
años después escribió Fray Pedro Aguado (1, Lib. 1, Cap. IV) La cual enemistad y
entrañable aborrecimiento que de tan antiguo tiempo estos indios tienen fijado en sus
entrañas, lo podemos ver con la presente experiencia en aquellas provincias de Caracas y
de toda aquella costa hasta la isla Trinidad, donde tanta cantidad de españoles han sido
miserablemente muerta en venganza de los daños que sus antecesores en aquella costa
hicieron Aunque Aguado habla de indios venezolanos, sus palabras caracterizan
también la actitud de los de Santa Marta, en cuyas cercanías existe aún actualmente la
famosa agrupación indígena de los motilones, que todavía oponen Una cerrada
resistencia a la civilización y atacan continuamente a los blancos a mano armada.
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