Descubrimiento de Antioquia.—Prisión de los
Heredias.—Noble conducta de Francisco Cesar.—Tropelías y
crueldades del Visitador licenciado Pedro Vadillo.—Pide el
Adelantado de Canarias Pedro Fernández de Lugo la Gobernación de
Santa Marta, celebra una Capitulación con la Corona y emprende su
viaje con lucida compañía.—Llegada de la expedición á Santa
Marta y primeros sucesos.
Y sacólos á tierra de más lumbre,
Mejores influencias y templanzas;
Por ella suben basta cierta cumbre,
De Visan rasos campos con labranzas,
Es tierra del Guaca que se derrama
Por rico mineral á cada lado.
CASTELLANOS.
La malograda expedición de D. Pedro de Heredia en solicitud del
Dabaybe, no. desalentó á los soldados más robustos y más prácticos,
que pretendieron continuar solos la empresa siempre que se les
diera por caudillo al Capitán Francisco Cesar. Sabían ellos por
experiencia que el mayor estorbo en las marchas lo causaban los
achaques de la gente delicada, á la que no podían abandonar por ser
en general compuesta de los oficiales y sus familias, que además
pretendían viajar con mayores equipajes, los que no se
transportaban sin grandes sacrificios.
Concedióles Heredia el permiso que demandaban, y dentro de pocos
días, en este año de 1537
|, salieron de San Sebastián cien
hombres escogidos con algunos caballos, capitaneados por Francisco
Cesar y resueltos á cruzar á todo trance la sierra de Abibe,
barrera inexpugnable hasta entonces á todos los descubridores, en
cerca de veinte años. Daban este nombre los castellanos á una
cadena de montañas que corre de norte á sur, y es uno de los ramos
occidentales de la cordillera de los Andes; áspera aquí, cubierta
de selvas, sin más camino para cruzarla que el lecho tortuoso de
los torrentes que por una parte bajan al mar, y por otra descienden
á juntarse con el río Cauca y sus grandes afluentes. Su anchura, de
veinte leguas por término medio. Desde las orillas del golfo del
Darién hasta el pueblo del cacique Abibe, por cuyo nombre se impuso
á las montañas el que tienen todavía, hay un espacio de diez á doce
leguas de palmas y altísimos árboles, que forman selva espesa, la
cual cubre un terreno cenagoso, en que los ríos detenidos por
palizadas de enormes troncos abatidos por los vientos y los siglos,
forman represas é inundan y fecundan aquélla ardiente región.
Por ella anduvo Cesar con su escuadrón, luchando con todas las
dificultades que son de imaginarse, para transportar los caballos,
de los cuales se ahogaron algunos antes de llegar al pueblo del
cacique, en donde hicieron alto por algunos días. Desde San
Sebastián habían marchado por la costa hasta Río Verde, luego
torcieron á la izquierda, siguiendo una ruta diferente de la que
Heredia había llevado, y en seguida se encaminaron directamente al
Oriente, para atravesar la cordillera. En esta operación debieron
perecer muchos, pues al descender al valle de Cuaca ó Guaca, cuyas
poblaciones se extendían por terreno limpio á pérdida de vista, no
sacó Cesar sino sesenta y tres hombres y algunos caballos, con los
cuales se arrojó á la primera población situada en la ceja del
monte. Bien puede pensarse cuál sería el asombro de los indígenas
al aspecto de la hueste castellana. Quisieron de pronto defenderse
unos, y otros abandonar el pueblo, pero la actitud pacífica de los
Invasores, los esfuerzos que hacían los indios intérpretes que,
aunque de idioma diferente, alcanzaban á comprender algunas
palabras, los obligaron á quedarse y á traer provisiones en
abundancia, raíces, maíz, frutas, siendo los caballos, como á
quienes temían más, el objeto particular de sus cuidados y
homenajes, con que en breves días se repusieron de las pasadas
fatigas.
Entre tanto Nutibara, jefe á quien obedecían los habitantes de
aquel valle, se informaba del número bien corto de los invasores, y
como ignoraba la calidad de las armas y la fuerza de los caballos,
puesto que hasta estas regiones internas no había llegado todavía
noticia de las hazañas de los españoles en las costas, se resolvió
á juntar á sus súbditos, creyendo que dos mil hombres bien armados
sobrarían para vencer á los sesenta ó setenta españoles y diez
caballos que habían sobrevivido á tan penoso camino. El combate
fue obstinado y los indígenas no quedaron vencidos sino por la
muerte de su jefe Quinunchú, hermano de Nutibara, á quien Francisco
César buscó para matar, viendo que no bastaba la carnicería que se
hacía entre los indios para que cesaran de defenderse. Puede
calcularse el riesgo que corrieron los españoles en esta ocasión,
por las muestras de regocijo le dieron luego que se retiraron los
indios llevando en las mismas andas en que había permanecido
Nutibara durante la acción, el cadáver de Quinunchú. Los accidentes
del terreno permitieron ver hasta muy lejos al cacique caminando á
pie, cerca de los restos de su hermano querido, y oír los lloros y
lamentos con que se acompañaba aquélla triste procesión.
Por de contado en este combate, como en todas las ocasiones
solemnes, figura el apóstol Santiago en su caballo blanco, que se
apareció á pelear por los castellanos. Así lo refiere gravemente
Fray Pedro Simón, añadiendo en confirmación que los indios que
vinieron á pedir se les permitiese enterrar los muertos, no
reconocieron ni el caballo ni el caballero temible que había hecho
más estragos con su lanza entre los desnudos. Sin embargo, entre
otras razones que hay para creer que Santiago no es culpable de la
matanza que se le atribuye, y que aun los testigos gentiles son de
invención del cronista, hay la de que poco después de la batalla no
se encuentran entre las manos de los españoles, sino dos indias
viejas; la primera, que apremiada los condujo á una rica sepultura
construida con arte y aseo, de donde sacaron cuarenta mil ducados
en oro; la otra, que les dió aviso de que toda la tierra se juntaba
para atacarlos de nuevo, y aunque la presencia de ánimo de Cesar, y
el valor de todos lo salvaron la primera vez, la tenacidad y coraje
de los indígenas les habían dejado recuerdos que les pusieron
espuelas para retirarse por camino más breve que el que habían
traído, como lo verificaron en diez y siete días hasta San
Sebastián. Mas lo que habían visto, y las muestras de oro acopiadas
en tan cortos días, fueron fundamento bastante para que no tardasen
mucho en volver con mayor número de tropas, como adelante
veremos.
El valle de Cuaca ó Guaca
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(1)
era en aquélla época una
de las porciones más pobladas y más cultivadas del territorio que
hoy comprende la provincia de Antioquia. Terreno limpio, casas
grandes rodeadas de huertos de árboles frutales, entre los cuales
menciona Cieza. de León, soldado de aquélla conquista, guavas,
guayabos, aguacates, piñas y palmas de muchas especies. Los
indígenas vestidos, en parte, de mantas de algodón, ricos é
industriosos. Un cacique muy respetado, pienso que es el primero
que hasta aquí habían hallado los españoles en tierra firme,
conducido por sus súbditos en andas doradas. Todo manifestaba que
hacía muchos años que aquellas tribus habían dejado la vida de los
bosques, y que se hallaban en el estado más favorable para recibir
una’ civilización que la poca humanidad dé la época en que se
efectuó el descubrimiento no pudo brindarles.
En los siete meses que había durado la ausencia de Cesar,
ocurrieron sucesos de importancia en Cartagena. Graves quejas
contra el Gobernador Heredia habían causado el nombramiento de un
Visitador, que murió en el viaje de España á Santo Domingo,
Audiencia que designó uno de sus miembros para pasar á Cartagena á
tomar la residencia á los Heredias. Luego que el Licenciado Pedro
Vadillo llegó á Cartagena, halló suficiente motivo para prender al
Gobernador y á su hermano, á los cuales se acusaba de haber
defraudado el erario en los repartimientos del oro sacado en los
sepulcros del Zenú, y de haber maltratado y esclavizado á los
indios. Con el fin de averiguar dónde tenía ocultos sus tesoros
Heredia, hizo el Oidor Vadillo, según la costumbre bárbara de
aquellos tiempos, dar tormento á los criados del Gobernador, hasta
que descubrieron cien mil pesos de oro enterrados en diversos
sitios, suma que secuestró Vadillo, pero que más tarde se devolvió
en España, cuando se vió la causa de los Heredias.
Era, no obstante, tan violenta entonces y tan general la
propensión á enriquecerse, sin reparar en los medios por reprobados
que fuesen, que no contento este juez con apoderarse de los bienes
del Gobernador, envió oficiales á la región de barlovento á prender
indios, y solo de Cipagua sacó trescientos que envió á vender á
Santo Domingo éste inicuo magistrado, á ciencia y paciencia del
tribunal que lo había mandado á castigar en otros el mal trato de
los indios.
Llegó el capitán Francisco Cesar á Cartagena cuando los
Heredias, cargados de prisiones y encerrados en un calabozo húmedo
y estrecho, dé donde D. Alonso salió tullido para el resto de sus
días, no hallaban sino acusadores y testigos falsos, y del otro
lado el nuevo gobernante disponía de todas las gracias y
recompensas. Recuérdese lo que había sufrido el mismo Cesar,
amenazado de muerte por uno de los Heredias, degradado por el otro,
y admírese la magnanimidad de este hombre, que desembarca á Media
noche, y se dirige hacia la prisión del Gobernador, le consuela con
palabras de respeto y amistad y le entrega la parte del oro que en
la dichosa jornada de Guaca le había cabido, ofreciéndole además
cuanto poseía á fin de que pudiera defenderse en la corte, adonde
se trataba de remitirle pobre, y por lo mismo en la condición más
desventajosa para ser oído. En este caso puede decirse sin metáfora
que Cesar fué el libertador de Heredia, su ángel tutelar.
Al día siguiente se presentó al oidor Vadillo, y le dió cuenta
de su jornada ponderándole la necesidad de hacer los aprestos para
una nueva expedición, cuyo lucro seguro era una tentación muy
fuerte para el ánimo del codicioso togado. Aquí suspenderemos la
relación de los sucesos de Cartagena, pues ya está muy entrado el
año de 1538, y tenemos postergada la relación del acontecimiento
más memorable del descubrimiento de Nueva
|
Granada, que
comenzaremos en este capítulo y continuará en los siguientes.
Ya hemos visto antes cómo por muerte del desdichado García de
Lerma fué nombrado el oidor Infante para gobernar en Santa Marta, y
cómo dió largas á los diversos capitanes á fin de que vejaran á los
habitantes de aquélla costa, con tal de que le dieran alguna parte
de sus ilícitas ganancias. Ninguna ocurrencia de importancia marcó
los tres años que este oidor permaneció en su puesto. Los capitanes
Cardoso y Villalobos entraron en una ocasión por el valle de Upar
hasta Tamalameque, y libraron por instancias de sus súbditos á este
cacique, que estaba prisionero de otro jefe vecino, el cual le
había arrancado los ojos, según decían. En esta entrada vieron las
huellas de la tropa de Alfínger y regresaron á Santa Marta sin
hacer, nuevo descubrimiento. Estos mismos oficiales fueron
rechazados por los indígenas del valle de Coto, y en una de estas
expediciones, queriendo un español robar el maíz de
cierta sementera, defendióla un indígena luchando con tanta
pujanza, que maravillado el cristiano bajó la vista y advirtió que
su contendiente tenía pies de gallo, con lo cual perdió el
conocimiento, y allí lo hallaron sus compañeros á quienes, ya
recobrado, refirió el diabólico combate, quo todos los cronistas nos
han trasmitido en verso y en prosa
|
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(2)
, y el valle se llamó del Diablo,
aunque después el nombre se cambió en el de San Bartolomé.
El desenfrenado libertinaje á que se entregaban los
conquistadores al principio del descubrimiento, ha debido producir
como consecuencia física entre otros achaques, estos y otros sueños
fantásticos é ilusiones, sin que sea necesario tacharlos de
embusteros, puesto que la austeridad excesiva de las penitencias ha
originado también en varones religiosos, muchas ilusiones,
tentaciones y apariciones que dependían de una debilidad orgánica
causada en ellos por los heroicos esfuerzos de virtud con que
mortificaban sus cuerpos.
Gobernaba en las islas Canarias en 1534 el adelantado Pedro
Fernández de Lugo, que se había distinguido por su valor y pericia
militar en varias expediciones á la costa de África; cuando por su
desgracia aportó allí uno de los soldados de Rodrigo de Bastidas,
el cual le pintó la tierra de Santa Marta con los más lisonjeros
colores, y como aquélla gobernación estaba vacante por muerte de
Lerma, se resolvió á enviar á su hija D. Luis de Lugo á la corte á
solicitarla, ofreciendo equipar un número suficiente de tropas para
penetrar en lo interior del país y hacer nuevos descubrimientos con
que se aumentaras los dominios de la corona de Castilla. Con
efecto, en Febrero de 1535 se expidió la Real Cédula nombrando al
adelantado Pedro Fernández de Lugo gobernador y capitán general de
la provincia de Santa Marta, en cuyo empleo debía sucederle su
hijo. En la designación de los límites con la provincia de
Cartagena se declaró: que el río de la Magdalena serviría de
lindero común, pero que todas sus islas corresponderían á Santa
Marta.
Se acordó que el gobernador gozaría del salario de un millón de
maravedíses al año y de setenta y cinco mil de sueldo como
castellano de cada una de dos fortalezas que debía edificar á su
costa; más estas asignaciones debían pagarse de lo que produjeran
las rentas reales en la provincia y tierras conquistadas. Además,
se le señalaba como indemnización de los gastos de la expedición la
duodécima parte de todos los provechos que el rey pudiera tener en
las tierras que de nuevo poblase, después de satisfechos los
salarios de los empleados. Se le facultó para hacer repartimiento
de tierras á los nuevos pobladores y para llevar á Santa Marta sin
pagar derechos hasta cien negros esclavos, con tal de que la
tercera parte por lo menos fueran del sexo femenino. Las
instrucciones que se dieron al nuevo gobernador, de Santa Marta
contienen las mismas exhortaciones que se dirigían á todos á fin de
impedir que se maltratasen y esclavizasen los indios, pero
exceptuábanse ciertos casos, como el de que no consintiesen en
recibir predicadores, ó que rehusasen la obediencia resistiendo á
mano armada, de donde puede imaginarse cuán fácilmente fueros
eludidas tales disposiciones, á pesar de los esfuerzos de los
religiosos y capellanes á quienes se daba siempre el título de
consultores del Gobernador en todas las materias de agravios á los
indios, obligándole á que costease el viaje de cierto número de
sacerdotes y proveyese á su decente manutención.
Entre las disposiciones que entonces se dictaron por los
consejeros de la Corona, es de notar una que prueba cuan profunda
impresión habían causado en España los asesinatos cometidos por los
españoles en los emperadores de México y del Perú, y que manifiesta
que no cesaban de escogitarse los medios que parecían más eficaces
para evitar la repetición de semejantes crueldades. Copiaré la
cláusula literalmente. «Que si en esta conquista se cautivase algún
señor, de todos los tesoros que de él se hubiesen por vía de
rescate ó en otra cualquier manera, se sacará para la real Hacienda
la
|sexta parte de ello, y lo demás se repartirá entre los
conquistadores después (de sacar el quinto real, pero que si el tal
señor fuese muerto en batalla ó después por vía de justicia ó de
cualquiera manera violenta, entonces la
|mitad de los bienes
susodichos y tesoros será para el fisco, y solo se repartirá la
otra mitad sacando ante todas cosas el quinto real.» Pues bien:
tan. humana disposición, basada sobre el incentivo de la codicia,
que era lo único que movía á los descubridores, no ahorró, como
pronto lo veremos, la sangre de los caudillos de la nación Chibcha
(la más numerosa y más civilizada del nuevo continente, si se
exceptúan los pueblos que gobernaban los Incas, y los vasallos de
Montezuma), cuyo sostenimiento fué el fruto opimo de esta
expedición.
Gastóse en aprestarla la mayor parte del año de 1535. Nombró el
Adelantado á su hijo D. Luis F. de Lugo como lugarteniente, al
licenciado Jiménez de Quesada como justicia mayor, bien ajeno
entonces de que éste abogado había de arrebatarle toda la gloria de
las conquistas, y de que su fama había de pasar á la posteridad
como el fundador de un nuevo reino, al que había de dar un nombre
por la semejanza de su principal asiento con los lugares en que
había pasado sus juveniles años, mientras que á D. Pedro Fernández
de Lugo, después de tan crecidas expensas y fatigas, no había de
quedarle sino una reducida página en la historia de América, y un
sepulcro oscuro é ignorado en la ardiente playa de Santa Marta. Más
de mil hombres escogidos se embarcaron en varias naves que se
dirigieron á Canarias, residencia del Adelantado, para completar
allí los preparativos. Entre ellos D. Diego Sandoval como maese de
campo, Juan de Orjuela, oficial disguido del ejército español en
Italia, como sargento mayor, y los capitanes Urbina, Cardona,
Guzmán, López de Haro y Gonzalo Suárez Rondón ó Rendón, futuro
fundador de Tunja. Salió de Tenerife la flota el día 3 de
Noviembre, y sin tocar en ninguna otra tierra ancló en Santa Marta,
con cuarenta días de viaje á mediados de Diciembre.
Es difícil pintar el asombro y la tristeza que en los recién
llegados causó el aspecto de la ciudad de Santa Marta y de sus
habitantes. Aquélla, compuesta de un corto número de casas pajizas
en que no cupo ni la mitad de la gente del Adelantado; éstos
flacos, amarillos, vestidos, de lienzos del país, camiseta y
alpargatas. Particularmente las mujeres no podían creer que después
de diez años de fundada aquélla ciudad, carecieran sus vecinos de
comodidades, y que vivieran tan á costa de los indios, que ni
sementeras, ni huertos, ni casas tenían, y que aún las telas de que
vestían eran las que fabricaban los indígenas, á quienes
pretendían, sin embargo, doctrinar y enseñar las artes industriosas
de la civilización. Mohino contemplaba Antonio Bezos á quien el
doctor Infante había dejado el mando, temeroso. de una residencia
de que su conciencia le decía no podía salir bien, y los demás
regidores de Santa Marta, la tropa galana del Adelantado, armas
brillantes, tocas de terciopelo con plumas flotantes, ropas de
seda, borceguíes de colores, espuelas doradas, todo lo cual hacía contraste con los miembros del
cabildo local, que en traje de arrieros
|
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(3)
, se presentaron á cumplimentar al
nuevo Gobernador y á sus gallardos oficiales.
Pronto se hicieron, sin embargo, sentir las influencias de la
escasez de alimentos, del desabrigo en que forzosamente vivían las
tropas del Adelantado, alojadas la mayor parte en tiendas de
campaña, y de la impresión moral que producen el desengaño y las
esperanzas burladas. Picó con fuerza una epidemia de disentería de
que comenzaron á morir muchos, durante la cual se ejercitó la
caridad del Adelantado Lugo, el cual visitaba á los enfermos, y
por auxiliarlos se privaba de cuantas provisiones delicadas había
reservado para su uso particular, quedando sujeto á la ración de
los demás.
Con el fin de sustraer la gente á esta epidemia, y con el de
procurarse ocupación, alimentos y algún oro para pagar los fletes
de los buques, se determinó el Adelantado á emprender una
expedición tierra adentro, con la mayor parte de la gente útil;
dirigiéndola al lado de Bonda, cuyos habitantes se habían hecho
temibles á los vecinos de Santa Marta. Salió en efecto D. Pedro de
Lugo con cerca de mil hombres, y guiado por los Capitanes Céspedes,
Cardoso, Villalobos, San Martín y Manjarrés, oficiales los más
antiguos y más prácticos en aquellas entradas. No lo estaban ya
menos los indios para escoger los sitios que les ofrecían más
ventajas, por tanto la refriega fué obstinada en la defensa del
pueblo principal que habían asentado los bondas entre riscos. Así
fué que hechos los inútiles requerimientos atacaron con brío los
españoles, mas no lograron apoderarse del lugar sin haber perdido
siete hombres y varios heridos, entre ellos gravemente el Capitán
Tapia. Era tal el coraje de los indígenas, que cuando se les
acababan las flechas se servían de los arcos como de armas
contundentes. Nada hallaron de provecho los vencedores en el
pueblo, pues á prevención traspusieron los Bondas sus haberes y
familias, y desde otros riscos más elevados desafiaban á los
españoles, por lo cual irritados estos, incendiaron este pueblo y
siete más en los valles de Coto ó Cueto y Valhermoso.
Tomó el Adelantado á Santa Marta con los heridos, de los cuales
algunos murieron en medio de las más terribles convulsiones, y
ordenó á su hijo que continuase el castigo de aquellos habitantes.
El Capitán Suárez marchó por la sierra, y D. Luis de Lugo por la
costa hasta San Juan de Guía. Suárez fué recibido de paz por los
indígenas de Bondigua, cuyo número era corto, y de allí se dirigió
á Chairama, cuyos habitantes se defendieron con la misma
obstinación que los de Bonda, arrojando grandes piedras por las
cuestas por donde subían los españoles, y quemando ellos. mismos
sus casas para flechar los invasores, cubiertos con el humo y las
llamas, de modo que no hallando recursos pasaron al pueblo de
Quiñones no sin combates y fatigas por tan áspera tierra. En este
pueblo hallaron algún maíz y pernoctaron, pero pretendiendo
retirarse á lo llano, dieron en una celada de los indios tan bien
establecida, que antes de poderse valer de sus armas, quedaron mal
heridos treinta y ocho españoles. Con esta pérdida se reunieron en
San Juan de Guía con don Luis de Lugo, el cual estaba resuelto á no
volver á la ciudad sin llevar algún botín.
Determinóse a entrar por las orillas del río de Don Diego hasta
la sierra de Tairona, en la cual se habían refugiado, decían, dos
caciques hermanos, Marubare y Arobare, hostigados de las correrías
de los españoles por la costa de la Ramada, en donde antes vivían.
Cercaron el pueblo, que estaba situado en un rincón retirado de
aquellas montañas sobre una alta roca, y al amanecer dieron sobre
estos fugitivos, que se defendieron valientemente, pero al fin
fueron hechos prisioneros, y lo que más contentó á los castellanos,
hallaron como quince mil castellanos de oro en adornos de toda
especie, con lo cual bajaron después aquel peñon con mucha dificultad por ser uno de los
lugares más ásperos de cuantos hasta entonces habían visto.
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(4)
Bajaron luego los castellanos á la costa, y luego siguieron su
marcha hacia la Ramada, no hallando alma viviente, por haber
desamparado los indios sus casas, aunque en algunas removiendo la
tierra hallaron algún oro. En tierra de los Guanebucanes vieron un
buhío espacioso en que había muchas figuras humanas de madera
toscamente labradas, hincadas en la tierra por la extremidad
inferior, que creyeron ser las imágenes de los caciques ó señores
que habían vivido en tiempos anteriores.
Por falta de víveres determinaron dividirse en dos secciones. La
una mandada por D. Pedro Portugal, siguió por la costa de la
Goajira, aunque fué vana la diligencia, pues los indios tenían
demasiada experiencia para tener sus casas y provisiones por
aquella costa expuesta á todas las incursiones de los que todavía
andaban robando á pesar de las prohibiciones del monarca español.
Habrían perecido de necesidad sin el casual encuentro de un buque
que los socorrió con algunos sacos de cazabe.
Separándose después hacia la cordillera hallaron algunas
sementeras de yucas boniatas, é ignorando que esta raíz no puede
comerse sin haberla desaguado, se hartaron de tal manera, que
perdidos y atascados en una ciénaga sin poderse valer los unos á
los otros, perecieron miserablemente cuarenta y siete hombres.
Dióse orden para emprender la retirada á Santa Marta, adelantándose
D. Luis de Lugo con el oro del botín que debía poner en manos de su
padre para distribuirlo, después de satisfacer los fletes de los
buques que aguardaban en el puerto. Mas este noble mancebo estaba
ya cansado de las Indias, y prefirió, pagando á su padre con negra
ingratitud, embarcarse secretamente para España con el oro
recogido, dejando al Adelantado en los mayores embarazos. Fuese un
buque persiguiéndole, y se envió un oficial con todos los
documentos necesarios, y una representación del Gobernador al Rey
pidiendo su castigo, mas todo en vano, porque aunque lo redujeron á
prisión, logró por último sincerarse, pretendiendo la malicia de
los contemporáneos que había corrompido á los jueces con parte del
oro mismo que se le demandaba.
En tan graves circunstancias no podía permanecer en la inacción
el Adelantado, ni las calenturas que dominaban en la ciudad, y de
que moría mucha gente, le permitían dejar ociosos á sus soldados.
Reunió pues el consejo de los Capitanes, y en él se decidió que la
única jornada que ofrecía probabilidades de buen suceso, era la de
buscar los nacimientos del río Grande dé la Magdalena, puesto que
en las demás direcciones se hallaban, ó las tierras de Venezuela, ó
las de la provincia de Cartagena. Con el fin de asegurar el suceso
de esta expedición, en cuya buena suerte se iba á librar la de la
Gobernación de Santa Marta, y la ventura de los que todo lo
arriesgaron por acompañar al Adelantado, se comenzaron á labrar
algunas embarcaciones de cubierta que llevaran por el río los
equipajes, los que adolecieron y no pudieran seguir la marcha, y
sirviesen también para explorar las dos orillas, buscar provisiones
y pasar las tropas etilos caños y ciénagas en donde en otras
ocasiones se habían sufrido retardos y aún pérdidas considerables
de españoles, que los caimanes devoraban cuando pretendían vadear
los ríos que desembocan en el Magdalena.
De la elección del jefe también podía depender el buen resultado
de la jornada, y aunque había muchos oficiales capaces de
dirigirla, se temía acaso que los demás llevaran á mal la elección
de un caudillo entre tantos iguales. El Adelantado hizo esta vez
una elección que prueba su buen juicio y el conocimiento que de los
hombres poseía. No escogió, pues, ninguno de los militares, á fin
de no descontentarlos y provocar la insubordinación; el
nombramiento de su Teniente General recayó en un letrado prudente y
bien quisto de todos, en el justicia mayor Licenciado Gonzalo
Jiménez de Quesada, quien comenzó su carrera militar mandando
ochocientos hombres en una jornada de descubrimiento de las más
trabajosas y delicadas que se han emprendido en
América.
Como jefe prudente y audaz al mismo tiempo, Gonzalo Jiménez de
Quesada correspondió plenamente á las esperanzas del Adelantado;
como amigo y. subordinado, su conducta es vitupeble y la juzgaremos
á su tiempo con la inflexible justicia que demanda la historia, por
más que se trate del más ilustre de los descubridores de Nueva
Granada. El título expedido, según lo trae Fray Pedro Simón, decía
así:
«Don Pedro Fernández de Lugo, Adelantado de las islas Canarias y
Gobernador perpetuo de la ciudad de Santa Manta y su provincia por
Su Majestad.
«Por las presentes nombro por mi Teniente General al licenciado
Jiménez, de la gente así de á pié como de á caballo que está
aprestada para salir al descubrimiento de los nacimientos del río
Grande de la Magdalena, al cual dicho licenciado doy todo poder
cumplido según que yo lo he y tengo de Su Majestad, y le mando que
no vaya ni pase en cosa alguna de los capítulos susodichos, sino
que en todo y por todo se cumplan por la forma y manera susodicha
so pena de la vida y perdimiento de todos sus bienes para la cámara
y fisco de Su Majestad; y mando á todos los Capitanes, caballeros y
á toda la otra gente de guerra que fuere á la dicha entrada, que lo
obedezcan y acaten como á mi Teniente General de mi armada so la
dicha pena al que lo contrario hiciere. El cual dicho poder vos doy
con todas sus incidencias y dependencias. Fecho en Santa Marta á primero de Abril de mil quinientos
treinta y siete años.— El Adelantado.
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|
(5)
La fecha de éste documento parece equivocada, pues la
expedición se verificó el día 6 de Abril de 1536, saliendo el
General Quesada con setecientos hombres por tierra y ochenta
caballos, y con él los Capitanes Juan del Junco, que debía suceder
en el mando por falta de Quesada, Gonzalo Suárez Rondón, Juan de
Céspedes, Juan de San Martín, Valenzuela, Antonio Lebrija y Lázaro
Fonte, y en cinco botes por el río, bajo las órdenes del Capitán
Urbina, Córdoba, Manjarrés, Chamorro y Ortún Velásquez, y como
doscientos soldados y marineros.
Antes de referir lo que pasó en esta memorable jornada, será
preciso mencionar otras dos emprendidas simultáneamente hacia lo
interior de Nueva Granada, aunque partiendo de puntos muy
distantes. Sus caudillos ignoraban completamente, no solo que sus
esfuerzos eran convergentes al mismo punto, sino hasta su misma
existencia, por falta total de comunicaciones entre los lugares que
servían de escala para los descubrimientos, y esta narración, que
no carece de interés, será el objeto del capítulo
siguiente.
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(1)
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En lengua quechua, Guaca ó Huaca significa ídolo,
adoratorio, ó cualquiera otra cosa señalada por la naturaleza. En
este valle la palabra tenía, poco más ó menos, la misma
significación. Sin embargo, el dominio de los Incas no se extendía
sino hasta Pasto, y estos pueblos en tiempo del descubrimiento no
tenían relación alguna con los del sur. Ignórese si la denominación
de Guaca, que se ha dado después de la conquista á todo tesoro
enterrado, trae su origen de la riqueza de este primer hallazgo en
el valle de Guaca. (Regresar a 1)
|
|
(2)
|
Y el Almonte con ser hombre bastante
Le pareció luchar con un gigante,
Y
.......................................
Por bueno tuviera ya dejallo,
Porque durante. la terrible lucha
Vido cómo tenía pies de gallo.
Dijo: ‘Jesús! Jesús” y en el momento,
El indiecillo se le tomó viento.
CASTELLANOS, parte 2.. (Regresar a
2)
|
|
(3)
|
Los antiguos con sus
camisetillas,
Tan delgados de zancas y pescuezos,
Que pudieran contalles las costillas;
Arrinconados con el Anton Bezos
Contemplaban aquellas maravillas,
De trajes y costosos aderezos.
...............................................
¿ Dónde está la ciudad rica por fama
Que Santa Marta dicen que se llama?
Y vosotros, vecinos sin provecho.
¿Cómo podéis vivir desta manera?
En chozuelas cubiertas con helecho,
De que el viento menea la madera,
Una pobre hamaca vuestro lecho,
Una india bestial por compañera,
Curtido cada cual, seco, amarillo
Como los que castiga Peralvillo?
CASTELLANOS. (Regresar a 3)
|
|
(4)
|
Estando los españoles ocultos alrededor del pueblo en la
noche que precedió al combate, y no atreviéndose á romper el
silencio por no ser sentidos del enemigo, repentinamente oyeron
distintamente el clamoroso rebuzno de un asno que repitieron todos
los ecos vecinos, de lo cual quedaron al principio sobrecogidos de
terror supersticioso, creyendo que era el diablo que avisaba á los
indios á fin de que ocultaran sus tesoros. Al dia siguiente
encontraron efectivamente el animal en la plaza del pueblo adonde
lo habían subido, en una especie de jaula con sogas, y del mismo
modo hubo de bajarse. Halláronlo los indios en un buque que
naufragó en la costa más inmediata, lo llevaron á lo interior, como
cosa curiosa y nunca vista. Caro pagó después esta pobre bestia los
pocos meces de vida holgazana que pasó entre aquellos salvajes,
pues siguió á los descubridores, bien cargado, en todas sus
aventuras, adquiriendo cierta celebridad como el primer asno de la
conquista. Después de haber sufrido todos los trabajos que son de
suponerse, lo mataron los soldados que andaban en solicitud del
Dorado en las vertientes del Amazonas, y comieron hasta el cuero,
tal era el hambre que los aquejaba. Entre los asnos históricos este
es quizá el más célebre después del de Balaam, y por lo mismo se me
perdonará el haber hecho mención de él. (Regresar a 4)
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(5)
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Aunque el P. F. P. Simón asegura haber
visto la fecha de este despacho original, como de su admisión
resultaría el retardo de un año entero en el descubrimiento y
fundación de Bogotá y una perturbación completa y confusión de los
sucesos posteriores, he debido examinar y discutir este punto con
la mayor atención, antes de resolverme á admitir que hubo error en
los números. Los tres escritores que sostienen haber salido la
expedición del licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada en Abril de
1587, son: 1.,o, el P. F. P. Simón, que es ciertamente autoridad
respetable, pero que escribió casi cien años después de la
conquista; 2 o Juan Rodríguez Fresle, natural de Bogotá, que
escribió su manuscrito curioso de los sucesos del siglo xvi en
1639; y 3.o el laboriosísimo secretario Juan Flórez de Ocariz, que
escribió en 1670, y en el cual suelen notarse contradicciones en
las fechas de un mismo suceso. Añádase en apoyo de esta opinión,
que para que la expedición se ejecutara un año antes, es decir en
1536, es preciso admitir que tres meses fueron suficientes para las
entradas á Bonda, Chairama, Tairona y la Ramada, emprendidas
después de la llegada de la flota de España, y para los aprestos de
¡a jornada al Magdalena, entre los cuales se enumera la
construcción de loe botes. Recuérdese además que hemos hablado de
dos epidemias en los intervalos de las jornadas y otros sucesos que
se mencionan en este capítulo. Estas son las razones que militan en
pro de la opinión del P. Simón.
En favor de la opinión contraria, que
adopta el mes de Abril de 1536. existen las siguientes
autoridades:
1.a La relación auténtica de los Capitanes Juan de San Martín
y Antonio Lebrija, que acompañaron á Quesada, la que aparece en la
carta al Rey que se halla en el archivo de Indias y copiada en los
documentos de Muñoz. Según estos oficiales, la expedición salió el
6 de Abril de l536.
2.a Esta misma opinión es la del P. Juan Castellanos, uno de
los historiadores primitivos y contemporáneos que se refiere á
testigos vivos de aquel suceso.
3.a Antonio de Herrera, cronista de Indias, confirma esta
versión distintamente, aunque uno de los pasajes de sus obras en
que asegura que después de publicada la jornada hasta que se
verificó, á pesar de la lentitud de las comunicaciones en aquella
época, hubo tiempo para que la noticia fuera á Venezuela y de allí
vinieran aventureros que acompañaron á Quesada, es cabalmente una
de las razones que al principio me hizo vacilar.
Últimamente el Obispo Piedrahita y el Padre Zamora, que aunque
son los últimos que deben consultarse en su calidad de escritores
posteriores, y porque á menudo yerran, en este caso merecen más
confianza por haber tenido á la vista uno y otro la relación
original de Quesada, que aunque escrita más de treinta años después
del acontecimiento, no es probable que en época tan memorable para
él, hubiera cometido el error de un año entero.
Así. según las reglas de la crítica, he debido conformarme á la
fecha de 1536, que es también la que la tradición común ha
reconocido siempre y contra la cual no debe admitirse nada sin
pruebas incontestables,
|Do not disturb the lands marks, ha
dicho en caso análogo filosóficamente Mr. Irving, “No variéis
los mojones sin muchos fundamento..”(Regresar
a 5 )
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