INDICE




Prólogo
Introducción

CAPITULO I
Colón descubre las costas del istmo de Panamá...

CAPITULO II
Descubrimiento de las costas de la Nueva Granada desde el cabo Chichibacoa hasta el golfo de Urabá, por Ojeda y Bastidas.

CAPITULO III
Bajo la dirección de Vasco Nunez de Balboa, adquiere la Antigua del Darién mucha importancia.

CAPITULO IV
Desbaratan los Indios á Balboa...

CAPITULO V
Comiénzase el descubrimiento de las Costas del Chocó al sur...

CAPITULO VI
Entrada y crueldades del alemán Alfínger en el valle de Upar...

CAPITULO VII
Combate de Canopote...

CAPITULO VIII
Descubrimiento de Antioquia

CAPITULO IX
Jornada de Jorge Espira desde Coro á los Llanos del Apure, y de allí al Sur, hasta los afluentes del Amazonas

CAPITULO X
El   licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada marcha por los Chimilas hasta Tamalameque...

CAPITULO XI
Extensión y limites del territorio de los Chibchas ó Muíscas...

CAPITULO XII
Prosigue Quesada su descubrimiento...

CAPITULO XIII
Reúne Quesada sus tropas en Bogotá

CAPITULO XIV
Gobierno de Lorenzo de Aldana en el sur...

CAPITULO XV
Fundación de Timaná...

CAPITULO XVI
Mal éxito de las persecuciones de Gonzalo Jiménez de Quesada en España

CAPITULO XVII
Socorre el Adelantado Belalcázar al Gobernador Vaca de Castro, con tropas para reducir a los rebeldes en el Perú, y le despide este desabridamente...

CAPITULO XVIII
Llegada de Armendariz á Santa Fe y sus primeras tropelías...

CAPITULO XIX
Fundación de las villas de Almaguer y la Plata...

CAPITULO XX
Gobierno de la audiencia...
Catálogo
Manuscritos
Documento número siete
Descubrimiento de Antioquia.—Prisión de los Heredias.—Noble conducta de Francisco Cesar.—Tropelías y crueldades del Visitador licenciado Pedro Vadillo.—Pide el Adelantado de Canarias Pedro Fernández de Lugo la Gobernación de Santa Marta, celebra una Capitulación con la Corona y emprende su viaje con lucida compañía.—Llegada de la expedición á Santa Marta y primeros sucesos. 

 

  Y sacólos á tierra de más lumbre,
Mejores influencias y templanzas;
Por ella suben basta cierta cumbre,
De Visan rasos campos con labranzas,
Es tierra del Guaca que se derrama
Por rico mineral á cada lado.

CASTELLANOS.

  

La malograda expedición de D. Pedro de Heredia en solicitud del Dabaybe, no. desalentó á los soldados más robustos y más prácticos, que pretendieron continuar solos la empresa siempre que se les diera por caudillo al Capitán Francisco Cesar. Sabían ellos por experiencia que el mayor estorbo en las marchas lo causaban los achaques de la gente delicada, á la que no podían abandonar por ser en general compuesta de los oficiales y sus familias, que además pretendían viajar con ma­yores equipajes, los que no se transportaban sin grandes sacrificios.

Concedióles Heredia el permiso que demandaban, y dentro de pocos días, en este año de 1537 |, salieron de San Sebastián cien hombres escogidos con algunos caballos, capitaneados por Francisco Cesar y resueltos á cruzar á todo trance la sierra de Abibe, barrera inexpugnable hasta entonces á todos los descubridores, en cerca de veinte años. Daban este nombre los castellanos á una cadena de montañas que corre de norte á sur, y es uno de los ramos occidentales de la cordillera de los Andes; áspera aquí, cubierta de selvas, sin más camino para cruzarla que el lecho tortuoso de los torrentes que por una parte bajan al mar, y por otra descienden á juntarse con el río Cauca y sus grandes afluentes. Su anchura, de veinte leguas por término medio. Desde las orillas del golfo del Darién hasta el pueblo del cacique Abibe, por cuyo nombre se impuso á las montañas el que tienen todavía, hay un espacio de diez á doce leguas de palmas y altísimos árboles, que forman selva espesa, la cual cubre un terreno cenagoso, en que los ríos detenidos por palizadas de enormes troncos abatidos por los vientos y los siglos, forman represas é inundan y fecundan aquélla ardiente región.

Por ella anduvo Cesar con su escuadrón, luchando con todas las dificultades que son de imaginarse, para transportar los caballos, de los cuales se ahogaron algunos antes de llegar al pueblo del cacique, en donde hicieron alto por algunos días. Desde San Sebastián habían marchado por la costa hasta Río Verde, luego torcieron á la izquierda, siguiendo una ruta diferente de la que Heredia había llevado, y en seguida se encaminaron directamente al Oriente, para atravesar la cordillera. En esta operación debieron perecer muchos, pues al descender al valle de Cuaca ó Guaca, cuyas poblaciones se extendían por terreno limpio á pérdida de vista, no sacó Cesar sino sesenta y tres hombres y algunos caballos, con los cuales se arrojó á la primera población situada en la ceja del monte. Bien puede pensarse cuál sería el asombro de los indígenas al aspecto de la hueste castellana. Quisieron de pronto defenderse unos, y otros abandonar el pueblo, pero la actitud pacífica de los Invasores, los esfuerzos que hacían los indios intérpretes que, aunque de idioma diferente, alcanzaban á comprender algunas palabras, los obligaron á quedarse y á traer provisiones en abundancia, raíces, maíz, frutas, siendo los caballos, como á quienes temían más, el objeto particular de sus cuidados y homenajes, con que en breves días se repusieron de las pasadas fatigas.

Entre tanto Nutibara, jefe á quien obedecían los habitantes de aquel valle, se informaba del número bien corto de los invasores, y como ignoraba la calidad de las armas y la fuerza de los caballos, puesto que hasta estas regiones internas no había llegado todavía noticia de las hazañas de los españoles en las costas, se resolvió á juntar á sus súbditos, creyendo que dos mil hombres bien armados sobrarían para vencer á los sesenta ó setenta españoles y diez caballos que habían sobrevivido á tan pe­noso camino. El combate fue obstinado y los indígenas no quedaron vencidos sino por la muerte de su jefe Quinunchú, hermano de Nutibara, á quien Francisco César buscó para matar, viendo que no bastaba la carnicería que se hacía entre los indios para que cesaran de defenderse. Puede calcularse el riesgo que corrieron los españoles en esta ocasión, por las muestras de regocijo le dieron luego que se retiraron los indios llevando en las mismas andas en que había permanecido Nutibara durante la acción, el cadáver de Quinunchú. Los accidentes del terreno permitieron ver hasta muy lejos al cacique caminando á pie, cerca de los restos de su hermano querido, y oír los lloros y lamentos con que se acompañaba aquélla triste procesión. 

Por de contado en este combate, como en todas las ocasiones solemnes, figura el apóstol Santiago en su caballo blanco, que se apareció á pelear por los castellanos. Así lo refiere gravemente Fray Pedro Simón, añadiendo en confirmación que los indios que vinieron á pedir se les permitiese enterrar los muertos, no reconocieron ni el caballo ni el caballero temible que había hecho más estragos con su lanza entre los desnudos. Sin embargo, entre otras razones que hay para creer que Santiago no es culpable de la matanza que se le atribuye, y que aun los testigos gentiles son de invención del cronista, hay la de que poco después de la batalla no se encuentran entre las manos de los españoles, sino dos indias viejas; la primera, que apremiada los condujo á una rica sepultura construida con arte y aseo, de donde sacaron cuarenta mil ducados en oro; la otra, que les dió aviso de que toda la tierra se juntaba para atacarlos de nuevo, y aunque la presencia de ánimo de Cesar, y el valor de todos lo salvaron la primera vez, la tenacidad y coraje de los indígenas les habían dejado recuerdos que les pusieron espuelas para retirarse por camino más breve que el que habían traído, como lo verificaron en diez y siete días hasta San Sebastián. Mas lo que habían visto, y las muestras de oro acopiadas en tan cortos días, fueron fundamento bastante para que no tardasen mucho en volver con mayor número de tropas, como adelante veremos.

El valle de Cuaca ó Guaca | | (1) era en aquélla época una de las porciones más pobladas y más cultivadas del territorio que hoy comprende la provincia de Antioquia. Terreno limpio, casas grandes rodeadas de huertos de árboles frutales, entre los cuales menciona Cieza. de León, soldado de aquélla conquista, guavas, guayabos, aguacates, piñas y palmas de muchas especies. Los indígenas vestidos, en parte, de mantas de algodón, ricos é industriosos. Un cacique muy respetado, pienso que es el primero que hasta aquí habían hallado los españoles en tierra firme, conducido por sus súbditos en andas doradas. Todo manifestaba que hacía muchos años que aquellas tribus habían dejado la vida de los bosques, y que se hallaban en el estado más favorable para recibir una’ civilización que la poca humanidad dé la época en que se efectuó el descubrimiento no pudo brindarles.

En los siete meses que había durado la ausencia de Cesar, ocurrieron sucesos de importancia en Cartagena. Graves quejas contra el Gobernador Heredia habían causado el nombramiento de un Visitador, que murió en el viaje de España á Santo Domingo, Audiencia que designó uno de sus miembros para pasar á Cartagena á tomar la residencia á los Heredias. Luego que el Licenciado Pedro Vadillo llegó á Cartagena, halló suficiente motivo para prender al Gobernador y á su hermano, á los cuales se acusaba de haber defraudado el erario en los repartimientos del oro sacado en los sepulcros del Zenú, y de haber maltratado y esclavizado á los indios. Con el fin de averiguar dónde tenía ocultos sus tesoros Heredia, hizo el Oidor Vadillo, según la costumbre bárbara de aquellos tiempos, dar tormento á los criados del Gobernador, hasta que descubrieron cien mil pesos de oro enterrados en diversos sitios, suma que secuestró Vadillo, pero que más tarde se devolvió en España, cuando se vió la causa de los Heredias.

Era, no obstante, tan violenta entonces y tan general la propensión á enriquecerse, sin reparar en los medios por reprobados que fuesen, que no contento este juez con apoderarse de los bienes del Gobernador, envió oficiales á la región de barlovento á prender indios, y solo de Cipagua sacó trescientos que envió á vender á Santo Domingo éste inicuo magistrado, á ciencia y paciencia del tribunal que lo había mandado á castigar en otros el mal trato de los indios.

Llegó el capitán Francisco Cesar á Cartagena cuando los Heredias, cargados de prisiones y encerrados en un calabozo húmedo y estrecho, dé donde D. Alonso salió tullido para el resto de sus días, no hallaban sino acusadores y testigos falsos, y del otro lado el nuevo gobernante disponía de todas las gracias y recompensas. Recuérdese lo que había sufrido el mismo Cesar, amenazado de muerte por uno de los Heredias, degradado por el otro, y admírese la magnanimidad de este hombre, que desembarca á Media noche, y se dirige hacia la prisión del Gobernador, le consuela con palabras de respeto y amistad y le entrega la parte del oro que en la dichosa jornada de Guaca le había cabido, ofreciéndole además cuanto poseía á fin de que pudiera defenderse en la corte, adonde se trataba de remitirle pobre, y por lo mismo en la condición más desventajosa para ser oído. En este caso puede decirse sin metáfora que Cesar fué el libertador de Heredia, su ángel tutelar.

Al día siguiente se presentó al oidor Vadillo, y le dió cuenta de su jornada ponderándole la necesidad de hacer los aprestos para una nueva expedición, cuyo lucro seguro era una tentación muy fuerte para el ánimo del codicioso togado. Aquí suspenderemos la relación de los sucesos de Cartagena, pues ya está muy entrado el año de 1538, y tenemos postergada la relación del acontecimiento más memorable del descubrimiento de Nueva | Granada, que comenzaremos en este capítulo y continuará en los siguientes.

Ya hemos visto antes cómo por muerte del desdichado García de Lerma fué nombrado el oidor Infante para gobernar en Santa Marta, y cómo dió largas á los diversos capitanes á fin de que vejaran á los habitantes de aquélla costa, con tal de que le dieran alguna parte de sus ilícitas ganancias. Ninguna ocurrencia de importancia marcó los tres años que este oidor permaneció en su puesto. Los capitanes Cardoso y Villalobos entraron en una ocasión por el valle de Upar hasta Tamalameque, y libraron por instancias de sus súbditos á este cacique, que estaba prisionero de otro jefe vecino, el cual le había arrancado los ojos, según decían. En esta entrada vieron las huellas de la tropa de Alfínger y regresaron á Santa Marta sin hacer, nuevo descubrimiento. Estos mismos oficiales fueron rechazados por los indígenas del valle de Coto, y en una de estas expediciones, queriendo un español robar el maíz de cierta sementera, defendióla un indígena luchando con tanta pujanza, que maravillado el cristiano bajó la vista y advirtió que su contendiente tenía pies de gallo, con lo cual perdió el conocimiento, y allí lo hallaron sus compañeros á quienes, ya recobrado, refirió el diabólico combate, quo todos los cronistas nos han trasmitido en verso y en prosa | | (2) , y el valle se llamó del Diablo, aunque después el nombre se cambió en el de San Bartolomé.

El desenfrenado libertinaje á que se entregaban los conquistadores al principio del descubrimiento, ha debido producir como consecuencia física entre otros achaques, estos y otros sueños fantásticos é ilusiones, sin que sea necesario tacharlos de embusteros, puesto que la austeridad excesiva de las penitencias ha originado también en varones religiosos, muchas ilusiones, tentaciones y apariciones que dependían de una debilidad orgánica causada en ellos por los heroicos esfuerzos de virtud con que mortificaban sus cuerpos.

Gobernaba en las islas Canarias en 1534 el adelantado Pedro Fernández de Lugo, que se había distinguido por su valor y pericia militar en varias expediciones á la costa de África; cuando por su desgracia aportó allí uno de los soldados de Rodrigo de Bastidas, el cual le pintó la tierra de Santa Marta con los más lisonjeros colores, y como aquélla gobernación estaba vacante por muerte de Lerma, se resolvió á enviar á su hija D. Luis de Lugo á la corte á solicitarla, ofreciendo equipar un número suficiente de tropas para penetrar en lo interior del país y hacer nuevos descubrimientos con que se aumentaras los dominios de la corona de Castilla. Con efecto, en Febrero de 1535 se expidió la Real Cédula nombrando al adelantado Pedro Fernández de Lugo gobernador y capitán general de la provincia de Santa Marta, en cuyo empleo debía sucederle su hijo. En la designación de los límites con la provincia de Cartagena se declaró: que el río de la Magdalena serviría de lindero común, pero que todas sus islas corresponderían á Santa Marta. 

Se acordó que el gobernador gozaría del salario de un millón de maravedíses al año y de setenta y cinco mil de sueldo como castellano de cada una de dos fortalezas que debía edificar á su costa; más estas asignaciones debían pagarse de lo que produjeran las rentas reales en la provincia y tierras conquistadas. Además, se le señalaba como indemnización de los gastos de la expedición la duodécima parte de todos los provechos que el rey pudiera tener en las tierras que de nuevo poblase, después de satisfechos los salarios de los empleados. Se le facultó para hacer repartimiento de tierras á los nuevos pobladores y para llevar á Santa Marta sin pagar derechos hasta cien negros esclavos, con tal de que la tercera parte por lo menos fueran del sexo femenino. Las instrucciones que se dieron al nuevo gobernador, de Santa Marta contienen las mismas exhortaciones que se dirigían á todos á fin de impedir que se maltratasen y esclavizasen los indios, pero exceptuábanse ciertos casos, como el de que no consintiesen en recibir predicadores, ó que rehusasen la obediencia resistiendo á mano armada, de donde puede imaginarse cuán fácilmente fueros eludidas tales disposiciones, á pesar de los esfuerzos de los religiosos y capellanes á quienes se daba siempre el título de consultores del Gobernador en todas las materias de agravios á los indios, obligándole á que costease el viaje de cierto número de sacerdotes y proveyese á su decente manutención.

Entre las disposiciones que entonces se dictaron por los consejeros de la Corona, es de notar una que prueba cuan profunda impresión habían causado en España los asesinatos cometidos por los españoles en los emperadores de México y del Perú, y que manifiesta que no cesaban de escogitarse los medios que parecían más eficaces para evitar la repetición de semejantes crueldades. Copiaré la cláusula literalmente. «Que si en esta conquista se cautivase algún señor, de todos los tesoros que de él se hubiesen por vía de rescate ó en otra cualquier manera, se sacará para la real Hacienda la |sexta parte de ello, y lo demás se repartirá entre los conquistadores después (de sacar el quinto real, pero que si el tal señor fuese muerto en batalla ó después por vía de justicia ó de cualquiera manera violenta, entonces la |mitad de los bienes susodichos y tesoros será para el fisco, y solo se repartirá la otra mitad sacando ante todas cosas el quinto real.» Pues bien: tan. humana disposición, basada sobre el incentivo de la codicia, que era lo único que movía á los descubridores, no ahorró, como pronto lo veremos, la sangre de los caudillos de la nación Chibcha (la más numerosa y más civilizada del nuevo continente, si se exceptúan los pueblos que gobernaban los Incas, y los vasallos de Montezuma), cuyo sostenimiento fué el fruto opimo de esta expedición.

Gastóse en aprestarla la mayor parte del año de 1535. Nombró el Adelantado á su hijo D. Luis F. de Lugo como lugarteniente, al licenciado Jiménez de Quesada como justicia mayor, bien ajeno entonces de que éste abogado había de arrebatarle toda la gloria de las conquistas, y de que su fama había de pasar á la posteridad como el fundador de un nuevo reino, al que había de dar un nombre por la semejanza de su principal asiento con los lugares en que había pasado sus juveniles años, mientras que á D. Pedro Fernández de Lugo, después de tan crecidas expensas y fatigas, no había de quedarle sino una reducida página en la historia de América, y un sepulcro oscuro é ignorado en la ardiente playa de Santa Marta. Más de mil hombres escogidos se embarcaron en varias naves que se dirigieron á Canarias, residencia del Adelantado, para completar allí los preparativos. Entre ellos D. Diego Sandoval como maese de campo, Juan de Orjuela, oficial disguido del ejército español en Italia, como sar­gento mayor, y los capitanes Urbina, Cardona, Guzmán, López de Haro y Gonzalo Suárez Rondón ó Rendón, futuro fundador de Tunja. Salió de Tenerife la flota el día 3 de Noviembre, y sin tocar en ninguna otra tierra ancló en Santa Marta, con cuarenta días de viaje á mediados de Diciembre.

Es difícil pintar el asombro y la tristeza que en los recién llegados causó el aspecto de la ciudad de Santa Marta y de sus habitantes. Aquélla, compuesta de un corto número de casas pajizas en que no cupo ni la mitad de la gente del Adelantado; éstos flacos, amarillos, vestidos, de lienzos del país, camiseta y alpargatas. Particularmente las mujeres no podían creer que después de diez años de fundada aquélla ciudad, carecieran sus vecinos de comodidades, y que vivieran tan á costa de los indios, que ni sementeras, ni huertos, ni casas tenían, y que aún las telas de que vestían eran las que fabricaban los indígenas, á quienes pretendían, sin embargo, doctrinar y enseñar las artes industriosas de la civilización. Mohino contemplaba Antonio Bezos á quien el doctor Infante había dejado el mando, temeroso. de una resi­dencia de que su conciencia le decía no podía salir bien, y los demás regidores de Santa Marta, la tropa galana del Adelantado, armas brillantes, tocas de terciopelo con plumas flotantes, ropas de seda, borceguíes de colores, espuelas doradas, todo lo cual hacía contraste con los miembros del cabildo local, que en traje de arrieros | | (3) , se presentaron á cumplimentar al nuevo Gobernador y á sus gallardos oficiales.

Pronto se hicieron, sin embargo, sentir las influencias de la escasez de alimentos, del desabrigo en que forzosamente vivían las tropas del Adelantado, alojadas la mayor parte en tiendas de campaña, y de la impresión moral que producen el desengaño y las esperanzas burladas. Picó con fuerza una epidemia de disen­tería de que comenzaron á morir muchos, durante la cual se ejercitó la caridad del Adelantado Lugo, el cual visitaba á los enfer­mos, y por auxiliarlos se privaba de cuantas provisiones delicadas había reservado para su uso particular, quedando sujeto á la ración de los demás.

Con el fin de sustraer la gente á esta epidemia, y con el de procurarse ocupación, alimentos y algún oro para pagar los fletes de los buques, se determinó el Adelantado á emprender una expedición tierra adentro, con la mayor parte de la gente útil; dirigiéndola al lado de Bonda, cuyos habitantes se habían hecho temibles á los vecinos de Santa Marta. Salió en efecto D. Pedro de Lugo con cerca de mil hombres, y guiado por los Capitanes Céspedes, Cardoso, Villalobos, San Martín y Manjarrés, oficiales los más antiguos y más prácticos en aquellas entradas. No lo estaban ya menos los indios para escoger los sitios que les ofrecían más ventajas, por tanto la refriega fué obstinada en la defensa del pueblo principal que habían asentado los bondas entre riscos. Así fué que hechos los inútiles requerimientos atacaron con brío los españoles, mas no lograron apoderarse del lugar sin haber perdido siete hombres y varios heridos, entre ellos gravemente el Capitán Tapia. Era tal el coraje de los indígenas, que cuando se les acababan las flechas se servían de los arcos como de armas contundentes. Nada hallaron de provecho los vencedores en el pueblo, pues á prevención traspusieron los Bondas sus haberes y familias, y desde otros riscos más elevados desafiaban á los españoles, por lo cual irritados estos, incendiaron este pueblo y siete más en los valles de Coto ó Cueto y Valhermoso.

Tomó el Adelantado á Santa Marta con los heridos, de los cuales algunos murieron en medio de las más terribles convulsiones, y ordenó á su hijo que continuase el castigo de aquellos habitantes. El Capitán Suárez marchó por la sierra, y D. Luis de Lugo por la costa hasta San Juan de Guía. Suárez fué recibido de paz por los indígenas de Bondigua, cuyo número era corto, y de allí se dirigió á Chairama, cuyos habitantes se defendieron con la misma obstinación que los de Bonda, arrojando grandes piedras por las cuestas por donde subían los españoles, y quemando ellos. mismos sus casas para flechar los invasores, cubiertos con el humo y las llamas, de modo que no hallando recursos pasaron al pueblo de Quiñones no sin combates y fatigas por tan áspera tierra. En este pueblo hallaron algún maíz y pernoctaron, pero pretendiendo retirarse á lo llano, dieron en una celada de los indios tan bien establecida, que antes de poderse valer de sus ar­mas, quedaron mal heridos treinta y ocho españoles. Con esta pérdida se reunieron en San Juan de Guía con don Luis de Lugo, el cual estaba resuelto á no volver á la ciudad sin llevar algún botín.

Determinóse a entrar por las orillas del río de Don Diego hasta la sierra de Tairona, en la cual se habían refugiado, decían, dos caciques hermanos, Marubare y Arobare, hostigados de las correrías de los españoles por la costa de la Ramada, en donde antes vivían. Cercaron el pueblo, que estaba situado en un rincón retirado de aquellas montañas sobre una alta roca, y al amanecer dieron sobre estos fugitivos, que se defendieron valientemente, pero al fin fueron hechos prisioneros, y lo que más contentó á los castellanos, hallaron como quince mil castellanos de oro en adornos de toda especie, con lo cual bajaron después aquel peñon con mucha dificultad por ser uno de los lugares más ásperos de cuantos hasta entonces habían visto. | | (4)

Bajaron luego los castellanos á la costa, y luego siguieron su marcha hacia la Ramada, no hallando alma viviente, por haber desamparado los indios sus casas, aunque en algunas removiendo la tierra hallaron algún oro. En tierra de los Guanebucanes vieron un buhío espacioso en que había muchas figuras humanas de madera toscamente labradas, hincadas en la tierra por la extremidad inferior, que creyeron ser las imágenes de los caciques ó señores que habían vivido en tiempos anteriores.

Por falta de víveres determinaron dividirse en dos secciones. La una mandada por D. Pedro Portugal, siguió por la costa de la Goajira, aunque fué vana la diligencia, pues los indios tenían demasiada experiencia para tener sus casas y provisiones por aquella costa expuesta á todas las incursiones de los que todavía andaban robando á pesar de las prohibiciones del monarca español. Habrían perecido de necesidad sin el casual encuentro de un buque que los socorrió con algunos sacos de cazabe.

Separándose después hacia la cordillera hallaron algunas sementeras de yucas boniatas, é ignorando que esta raíz no puede comerse sin haberla desaguado, se hartaron de tal manera, que perdidos y atascados en una ciénaga sin poderse valer los unos á los otros, perecieron miserablemente cuarenta y siete hombres. Dióse orden para emprender la retirada á Santa Marta, adelantándose D. Luis de Lugo con el oro del botín que debía poner en manos de su padre para distribuirlo, después de satisfacer los fletes de los buques que aguardaban en el puerto. Mas este noble mancebo estaba ya cansado de las Indias, y prefirió, pagando á su padre con negra ingratitud, embarcarse secretamente para España con el oro recogido, dejando al Adelantado en los mayores embarazos. Fuese un buque persiguiéndole, y se envió un oficial con todos los documentos necesarios, y una representación del Gobernador al Rey pidiendo su castigo, mas todo en vano, porque aunque lo redujeron á prisión, logró por último sincerarse, pretendiendo la malicia de los contemporáneos que había corrompido á los jueces con parte del oro mismo que se le demandaba.

En tan graves circunstancias no podía permanecer en la inacción el Adelantado, ni las calenturas que dominaban en la ciudad, y de que moría mucha gente, le permitían dejar ociosos á sus soldados. Reunió pues el consejo de los Capitanes, y en él se decidió que la única jornada que ofrecía probabilidades de buen suceso, era la de buscar los nacimientos del río Grande dé la Magdalena, puesto que en las demás direcciones se hallaban, ó las tierras de Venezuela, ó las de la provincia de Cartagena. Con el fin de asegurar el suceso de esta expedición, en cuya buena suerte se iba á librar la de la Gobernación de Santa Marta, y la ventura de los que todo lo arriesgaron por acompañar al Adelantado, se comenzaron á labrar algunas embarcaciones de cubierta que llevaran por el río los equipajes, los que adolecieron y no pudieran seguir la marcha, y sirviesen también para explorar las dos orillas, buscar provisiones y pasar las tropas etilos caños y ciénagas en donde en otras ocasiones se habían sufrido retardos y aún pérdidas considerables de españoles, que los caimanes devoraban cuando pretendían vadear los ríos que desembocan en el Magdalena.

De la elección del jefe también podía depender el buen resultado de la jornada, y aunque había muchos oficiales capaces de dirigirla, se temía acaso que los demás llevaran á mal la elección de un caudillo entre tantos iguales. El Adelantado hizo esta vez una elección que prueba su buen juicio y el conocimiento que de los hombres poseía. No escogió, pues, ninguno de los militares, á fin de no descontentarlos y provocar la insubordinación; el nombramiento de su Teniente General recayó en un letrado prudente y bien quisto de todos, en el justicia mayor Licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, quien comenzó su carrera militar mandando ochocientos hombres en una jornada de descubrimiento de las más trabajosas y delicadas que se han emprendido en América.

Como jefe prudente y audaz al mismo tiempo, Gonzalo Jiménez de Quesada correspondió plenamente á las esperanzas del Adelantado; como amigo y. subordinado, su conducta es vitupeble y la juzgaremos á su tiempo con la inflexible justicia que demanda la historia, por más que se trate del más ilustre de los descubridores de Nueva Granada. El título expedido, según lo trae Fray Pedro Simón, decía así:

«Don Pedro Fernández de Lugo, Adelantado de las islas Canarias y Gobernador perpetuo de la ciudad de Santa Manta y su provincia por Su Majestad.

«Por las presentes nombro por mi Teniente General al licenciado Jiménez, de la gente así de á pié como de á caballo que está aprestada para salir al descubrimiento de los nacimientos del río Grande de la Magdalena, al cual dicho licenciado doy todo poder cumplido según que yo lo he y tengo de Su Majestad, y le mando que no vaya ni pase en cosa alguna de los capítulos susodichos, sino que en todo y por todo se cumplan por la forma y manera susodicha so pena de la vida y perdimiento de todos sus bienes para la cámara y fisco de Su Majestad; y mando á todos los Capitanes, caballeros y á toda la otra gente de guerra que fuere á la dicha entrada, que lo obedezcan y acaten como á mi Teniente General de mi armada so la dicha pena al que lo contrario hiciere. El cual dicho poder vos doy con todas sus incidencias y dependencias. Fecho en Santa Marta á primero de Abril de mil quinientos treinta y siete años.— El Adelantado. | | (5)  

 La fecha de éste documento parece equivocada, pues la expedición se verificó el día 6 de Abril de 1536, saliendo el General Quesada con setecientos hombres por tierra y ochenta caballos, y con él los Capitanes Juan del Junco, que debía suceder en el mando por falta de Quesada, Gonzalo Suárez Rondón, Juan de Céspedes, Juan de San Martín, Valenzuela, Antonio Lebrija y Lázaro Fonte, y en cinco botes por el río, bajo las órdenes del Capitán Urbina, Córdoba, Manjarrés, Chamorro y Ortún Velásquez, y como doscientos soldados y marineros.

Antes de referir lo que pasó en esta memorable jornada, será preciso mencionar otras dos emprendidas simultáneamente hacia lo interior de Nueva Granada, aunque partiendo de puntos muy distantes. Sus caudillos ignoraban completamente, no solo que sus esfuerzos eran convergentes al mismo punto, sino hasta su misma existencia, por falta total de comunicaciones entre los lugares que servían de escala para los descubrimientos, y esta narración, que no carece de interés, será el objeto del capítulo siguiente. | 

(1) En lengua quechua, Guaca ó Huaca significa ídolo, adoratorio, ó cualquiera otra cosa  señalada por la naturaleza. En este valle la palabra tenía, poco más ó menos, la misma significación. Sin embargo, el dominio de los Incas no se extendía sino hasta Pasto, y estos pueblos en tiempo del descubrimiento no tenían relación alguna con los del sur. Ignórese si la denominación de Guaca, que se ha dado después de la conquista á todo tesoro enterrado, trae su origen de la riqueza de este primer hallazgo en el valle de Guaca. (Regresar a 1)
(2) Y el Almonte con ser hombre bastante
Le pareció luchar con un gigante,
 Y .......................................                          
Por bueno tuviera ya dejallo,
Porque durante. la terrible lucha
Vido cómo tenía pies de gallo.
Dijo: ‘Jesús! Jesús” y en el momento,
El indiecillo se le tomó viento.
CASTELLANOS, parte 2..  (Regresar a 2) 
(3) Los antiguos con sus camisetillas,
Tan delgados de zancas y pescuezos,
Que pudieran contalles las costillas;
Arrinconados con el Anton Bezos
Contemplaban aquellas maravillas,
De trajes y costosos aderezos.
...............................................
¿ Dónde está la ciudad rica por fama
Que Santa Marta dicen que se llama?
Y vosotros, vecinos sin provecho.
¿Cómo podéis vivir desta manera?
En chozuelas cubiertas con helecho,
De que el viento menea la madera,
Una pobre hamaca vuestro lecho,
Una india bestial por compañera,
Curtido cada cual, seco, amarillo
Como los que castiga Peralvillo?
CASTELLANOS.  (Regresar a 3)
   
(4) Estando los españoles ocultos alrededor del pueblo en la noche que precedió al combate, y no atreviéndose á romper el silencio por no ser sentidos del enemigo, repentinamente oyeron distintamente el clamoroso rebuzno de un asno que repitieron todos los ecos vecinos, de lo cual quedaron al principio sobrecogidos de terror supersticioso, creyendo que era el diablo que avisaba á los indios á fin de que ocultaran sus tesoros. Al dia siguiente encontraron efectivamente el animal en la plaza del pueblo adonde lo habían subido, en una especie de jaula con sogas, y del mismo modo hubo de bajarse. Halláronlo los indios en un buque que naufragó en la costa más inmediata, lo llevaron á lo interior, como cosa curiosa y nunca vista. Caro pagó después esta pobre bestia los pocos meces de vida holgazana que pasó entre aquellos salvajes, pues siguió á los descubridores, bien cargado, en todas sus aventuras, adquiriendo cierta celebridad como el primer asno de la conquista. Después de haber sufrido todos los trabajos que son de suponerse, lo mataron los soldados que andaban en solicitud del Dorado en las vertientes del Amazonas, y comieron hasta el cuero, tal era el hambre que los aquejaba. Entre los asnos históricos este es quizá el más célebre después del de Balaam, y por lo mismo se me perdonará el haber hecho mención de él. (Regresar a 4)
(5) Aunque el P. F. P. Simón asegura haber visto la fecha de este despacho original, como de su admisión resultaría el retardo de un año entero en el descubrimiento y fundación de Bogotá y una perturbación completa y confusión de los sucesos posteriores, he debido examinar y discutir este punto con la mayor atención, antes de resolverme á admitir que hubo error en los números. Los tres escritores que sostienen haber salido la expedición del licencia­do Gonzalo Jiménez de Quesada en Abril de 1587, son: 1.,o, el P. F. P. Simón, que es ciertamente autoridad respetable, pero que escribió casi cien años después de la conquista; 2 o  Juan Rodríguez Fresle, natural de Bogotá, que escribió su manuscrito curioso de los sucesos del siglo xvi en 1639; y 3.o el laboriosísimo secretario Juan Flórez de Ocariz, que escribió en 1670, y en el cual suelen notarse contradicciones en las fechas de un mismo suceso. Añádase en apoyo de esta opinión, que para que la expedición se ejecutara un año antes, es decir en 1536, es preciso admitir que tres meses fueron suficientes para las entradas á Bonda, Chairama, Tairona y la Ramada, emprendidas después de la llegada de la flota de España, y para los aprestos de ¡a jornada al Magdalena, entre los cuales se enumera la construcción de loe botes. Recuérdese además que hemos hablado de dos epidemias en los intervalos de las jornadas y otros sucesos que se mencionan en este capítulo. Estas son las razones que militan en pro de la opinión del P. Simón. En favor de la opinión contraria, que adopta el mes de Abril de 1536. existen las siguientes autoridades:  1.a La relación auténtica de los Capitanes Juan de San Martín y Antonio Lebrija, que acompañaron á Quesada, la que aparece en la carta al Rey que se halla en el archivo de Indias y copiada en los documentos de Muñoz. Según estos oficiales, la expedición salió el 6 de Abril de l536. 2.a Esta misma opinión es la del P. Juan Castellanos, uno de los historiadores primitivos y contemporáneos que se refiere á testigos vivos de aquel suceso. 3.a Antonio de Herrera, cronista de Indias, confirma esta versión distintamente, aunque uno de los pasajes de sus obras en que asegura que después de publicada la jornada hasta que se verificó, á pesar de la lentitud de las comunicaciones en aquella época, hubo tiempo para que la noticia fuera á Venezuela y de allí vinieran aventureros que acompañaron á Quesada, es cabalmente una de las razones que al principio me hizo vacilar. Últimamente el Obispo Piedrahita y el Padre Zamora, que aunque son los últimos que deben consultarse en su calidad de escritores posteriores, y porque á menudo yerran, en este caso merecen más confianza por haber tenido á la vista uno y otro la relación original de Quesada, que aunque escrita más de treinta años después del acontecimiento, no es probable que en época tan memorable para él, hubiera cometido el error de un año entero. Así. según las reglas de la crítica, he debido conformarme á la fecha de 1536, que es también la que la tradición común ha reconocido siempre y contra la cual no debe admitirse nada sin pruebas incontestables, |Do not disturb the lands marks, ha dicho en caso análogo filosóficamente Mr. Irving, “No variéis los mojones sin muchos fundamento..”(Regresar a 5 )  

 

 

 

 

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