INDICE




Prólogo
Introducción

CAPITULO I
Colón descubre las costas del istmo de Panamá...

CAPITULO II
Descubrimiento de las costas de la Nueva Granada desde el cabo Chichibacoa hasta el golfo de Urabá, por Ojeda y Bastidas.

CAPITULO III
Bajo la dirección de Vasco Nunez de Balboa, adquiere la Antigua del Darién mucha importancia.

CAPITULO IV
Desbaratan los Indios á Balboa...

CAPITULO V
Comiénzase el descubrimiento de las Costas del Chocó al sur...

CAPITULO VI
Entrada y crueldades del alemán Alfínger en el valle de Upar...

CAPITULO VII
Combate de Canopote...

CAPITULO VIII
Descubrimiento de Antioquia

CAPITULO IX
Jornada de Jorge Espira desde Coro á los Llanos del Apure, y de allí al Sur, hasta los afluentes del Amazonas

CAPITULO X
El   licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada marcha por los Chimilas hasta Tamalameque...

CAPITULO XI
Extensión y limites del territorio de los Chibchas ó Muíscas...

CAPITULO XII
Prosigue Quesada su descubrimiento...

CAPITULO XIII
Reúne Quesada sus tropas en Bogotá

CAPITULO XIV
Gobierno de Lorenzo de Aldana en el sur...

CAPITULO XV
Fundación de Timaná...

CAPITULO XVI
Mal éxito de las persecuciones de Gonzalo Jiménez de Quesada en España

CAPITULO XVII
Socorre el Adelantado Belalcázar al Gobernador Vaca de Castro, con tropas para reducir a los rebeldes en el Perú, y le despide este desabridamente...

CAPITULO XVIII
Llegada de Armendariz á Santa Fe y sus primeras tropelías...

CAPITULO XIX
Fundación de las villas de Almaguer y la Plata...

CAPITULO XX
Gobierno de la audiencia...
Catálogo
Manuscritos
Documento número siete
Combate de Canopote—Prosperidad de Cartagena—Expedición al Zenú. —Riqueza de los sepulcros. - -Sale Heredia á buscar la tierra que produce el oro y tiene que volver á Cartagena.—Llegada de D. Alonso do Heredia, hermano del Gobernador.—Nueva entrada al Panzenú y calamitosa retirada. -Disensiones en el Darién.—Nueva entrada por el Atrato.

 

Cum eis, aurum, vestes, fruges, vinum quaeque alia carisima simul defodiunt; ne videlicet eis cibus ac potus desit quoad in alterum mundum pervenerint. Atque isti immortaletatem animae credunt. Hojusmo­di multa sepulcra ditissima Hispani reperere. 

BENZONI, Novi. Orbis. |

 

Sea que los españoles que habían quedado en Cartagena durante la ausencia de Heredia, molestasen á los indios de Canopote, lugar situado en la orilla de la ciénaga de Tesca, ó que esperasen sorprender al Gobernador á su regreso, lo cierto es que le salieron al encuentro y le atacaron con el mayor arrojo, peleando hombres y mujeres, como hacían los Turbacos | | (1) , pero no tardaron en ser desbaratados con mucha pérdida. 

Había transcurrido menos de un año después de la fundación dé Cartagena, y sin embargo era ya éste punto el punto mas concurrido de toda aquella costa. Los buques que iban y venían al istmo recalaban todos en su hermoso puerto, se fabricaban casas grandes y cómodas, habiase limpiado el manglar que ocupaba un costado del lugar, cuya fama de riquezas comenzó á extenderse por las islas, de suerte que llegaban cada día cargamentos de lujo, queriendo los mercaderes participar de las ganancias de los conquistadores. El incremento de esta ciudad fue mucho más rápido que el de otras que se fundaron antes, á lo que contribuyó la crecida suma de oro que rindieron las primeras correrías, la abundancia de  víveres y sumisión de los indígenas, y la mayor experiencia que se había adquirido para los establecimientos, á fuerza de ensayos infructuosos | |(2)

Podía disponer ya el Gobernador de mayor número de gente y de muchos caballos, que le habían llegado de Santo Domingo con el Capitán Junco. Armas, pertrechos, herramientas de toda especie, no faltaban á soldados ricos y que esperaban hacerse poderosos, si llegaban á descubrir las tierras del sur, de donde, según el dicho general, de los indios, les venia el oro, de que no tenían minas, que en vano se habrían afanado por encontrar los conquistadores en los terrenos de formación reciente que componen el suelo de esta provincia. Resolvióse, pues, la expedición tierra adentro, hasta dar con el mar del sur, que nada menos pretendían, ignorando la inmensa distancia que de sus aguas los separaba. Salió la gente á principios de Enero de 1538 (8 de Enero), ricamente equipada, doscientos infantes y. cincuenta de á caballo, cada uno con dos á tres bestias de re­muda iba, además, una acémila para tres soldados de infante­ría, lujo extraordinario en aquélla época, gracias al oro de la región de barlovento. Penetraron por el bosque á la izquierda de la bahía, precedidos de una compañía de macheteros, abriendo la trocha, y con los indios de servicio necesarios. Llegaron al pueblo de Guatena, cuyos habitantes trataron de defenderse, mataron un español, cogieron otro prisionero, é hirieron á varios, sin conseguir Heredia tomar un solo indígena para que le guiase más adentro, adonde los habitantes de la costa no acostumbraban viajar.

Caminaban sedientos  y abrumados. del calor por dentro del lecho de una quebrada seca, que, no les ofrecía otro refrigerio que la sombra de los, arbustos, cuando observaron en una de las barrancas de la orilla un caserío del que se retiraron precipitadamente los habitantes, pero en el cual lograron sorprender al anciano cacique y á un jovencito que no quiso abandonar á su padre. Este dió á los españoles una plancha de oro, y cuestionado sobre el lugar de donde se traía, dijo que del Finzenú. Quiso Heredia llevarlo por guía, pero se excusó con su edad y achaques, ofreciendo que iría en su lugar el hijo, pero rogándoles encarecidamente que no le privaran por mucho tiempo de este mancebo, que era todo su consuelo. Resultó ser en efecto, este jovencito, de una rara inteligencia pata su edad, mas los caste­llanos abusaron de la confianza del buen anciano y condujeron, como veremos luego, su tierno hijo á perecer miserablemente de frío y necesidad en país remoto.

Luego que atravesaron la sierra, no muy alta pero de tierra fragosa para los caballos, cayeron al fin á una vasta llanura de más de quince leguas en contorno, en donde cazaban los, venados corriéndolos á caballo; la tierra no parecía muy poblada, pero á distancia de tres leguas hallaron veinte casas juntas, es­paciosas y ventiladas, rodeadas de una multitud de túmulos más ó menos elevados. En este pueblo habitaba la cacica de Fizenú con su marido, que recibieron amigablemente A los españoles. Era aquí el cementerio general de toda la comarca, en donde venían á sepultar á los que morían, junto con sus bienes, bebida y alimentos. Olvidó Heredia su antigua política,  á pesar de haberle sido tan útil en la primera expedición. La codicia lo cegó enteramente, ya no pensó sino en atesorar, aunque fuese violentando á los indios y enajenándose las voluntades de sus compañeros. No le costó mucho conseguirlo, y este período hasta que la prisión y persecuciones le corrigieron, es el más desfavorable de su conducta. Ordenó, pues, el saqueo del pueblo, en el cual hallaron los españoles veinticuatro ídolos de madera chapeados de láminas de oro, y apareados de dos en dos, sosteniendo hamacas, en que se depositaban las ofrendas de joyuelas que traían los devotos al santuario. Suspendidas á los árboles de un huerto agreste que rodeaba este templo, había algunas campanillas de oro que también arrancaron, pesando todo ciento cincuenta mil pesos. 

Hallaron asimismo armas y herramientas de los castellanos que perecieron con el Capitán Becerra en la entrada que ordenó Pedrarias desde el Darién. Aseguraban los indios que la tierra había sido muy poblada, pero que después de la matanza de los hombres barbudos que habían venido de Urabá á conquistarlos, se había levantado tal peste, que murieron casi todos los habitantes de la comarca. Habiéndoles informado el indio joven que los guiaba, que todos aquellos túmulos contenían oro, se entregaron á la ocupación de abrir sepulturas por muchos días, hasta que Heredia logró persuadirlos que difiriesen esta operación para la vuelta de la entrada que era preciso hacer á Zenufana, la tierra de donde venia el oro, que obtenían los habitantes de la costa y lugares vecinos, en cambio de. sal, de hamacas, y de otros tejidos con cuya fabricación eran muy diestros. Nada contentos, sin embargo, se prepararon al viaje los castellanos, que hubieran preferido terminar las excavaciones de las sepulturas modernas, y comenzar á cortar las gruesas ceibas que crecían sobre los túmulos, más antiguos, de este vasto cementerio. La codicia de Heredia les hacía por otra parte sospechar que quería apartarlos de estos sitios, á fin de que sus esclavos vinieran de Cartagena, durante su ausencia, á sacar los más ricos tesoros. Antes de partir sepultaron en paraje secreto los 300,0000 pesos de oro, que tenían ya acopiados, y emprendieron la marcha hacia el sur, guiados siempre por el mismo muchacho de cuya veracidad é inteligencia tenían tan lucrativas pruebas.

Llamaban los indios Finzenú toda la hoya del río Sinu ; pasando la sierra hacia el río San Jorge, tomaba el país el nombre de Pansenú, | y últimamente de Zenufana, la tierra rica de oro, en que están hoy día pobladas las ciudades de Zaragoza y Remedios sobre el Nechí y sus afluentes. Hacia esta última se dirigían naturalmente las aspiraciones de los castellanos. Caminaron primero por terreno llano, y después entraron en la tierra quebrada, en donde comenzaron á sufrir escaseces, porque hallaban desamparados los caseríos en que entraban, y retirados sus habitantes á las montañas. Llegaron al fin á la división de dos caminos; el uno, que evita el paso por lo más encumbrado de la sierra, sigue á la izquierda por clima templado; el otro, más corto, atraviesa un país frío y expuesto á temporales. Este fue el que tomaron los españoles, á pesar de cuanto el guía les representó, para disuadirlos, suponiendo que había malicia y traición en las palabras de este muchacho, de cuya sencillez y buena fe no hubieran debido dudar, después de dos meses de experiencia. Así lo sentían muchos, pero prevaleció el parecer del Gobernador. 

Comenzaron á trepar aquella cuesta el día 24 de Marzo, con las primeras lluvias de la estación. Mientras los castellanos no supieron conocer y aprovecharse de la regularidad de las dos épocas periódicas de tiempo seco y lluvioso en estos países, sufrieron mucho en las jornadas que emprendían indistintamente en todos los meses del año. Así fué que dentro de algunos días, al llegar á la cumbre de aquella montaña, los sorprendió una borrasca y temporal tan deshechos, que muchos perecieron de frío, y á los demás fué forzoso retroceder precipitadamente á buscar el abrigo de los valles. Aquí murieron casi todos los indios de servicio, que, como andaban desnudos, eran siempre las primeras víctimas en semejantes casos, y con ellos el fiel é interesante muchacho que les servia de guía, y de cuyo abrigo y conservación hubieran debido cuidar, cuando no por humanidad y gratitud, por propio interés.

Otra calamidad les sobrevino cuando llegaron al pie de la montaña. Los ríos crecidos no daban paso para hombres, y los torrentes arrastraban los caballos. Comenzaron á aparecer tropas de indios que hostilizaban á los españoles, al principio en combates cuerpo á cuerpo, en que naturalmente llevaban aquellos la peor parte, y después, á lo lejos, protegidos por las breñas, los inquietaban, y no les permitían separarse de la ranchería sino en tropas.

 Para salir Heredia de tan difícil situación, recurrió de nuevo á los medios de conciliación, que siempre le surtieron buen efecto y que manifiestan bien claro la índole apacible de los indios, los cuales fueron reducidos por  buenas no sólo á deponer las armas, sino á construir puentes para que pudieran volver los castellanos al Finzenu, adonde llegaron trabajados por la inclemencia de la estación, y aunque los indígenas les trajeron algún oro del que habían recogido buscando entre la tierra de las sepulturas abiertas por los españoles, creyeron éstos que de las más ricas, de las que dejaron intactas, los indios habían extraído el oro y traspuéstolo á parajes remotos. Crecieron las murmuraciones contra Heredia por haberlos llevado á sufrir tantos trabajos inútilmente, sobre todo cuando les ordenó que se prepararan para volver á Cartagena, sin permitirles permanecer allí acabando de abrir los sepulcros que aún quedaban. Alegaba para justificar esta orden la escasez de víveres en el país, y la necesidad de ir á recobrar la salud y proveerse de herramientas y utensilios, antes de continuar la exploración.

El deseo de acrecentar su caudal en estos hombres era más poderoso que el temor de perder la vida de hambre y enfermedades, y cuando reducidos como se hallaban á la mitad del numero primitivo pudieron distribuir entre ellos, después de sacado el quinto, más de 400,000 pesos de oro, con lo cual cada uno podía haber vuelto á España con razonable suma para haber vivido cómodamente el resto de sus días, en vez de gastarla, según aconteció, en plumas, sedas y otras galas, y en las mesas de juego y borracheras, en que disiparon en Cartagena el fruto de su trabajosa jornada.

Sorprendidos quedaron en la ciudad de ver regresar al Gobernador y sus compañeros tan reducidos en número, flacos y amarillos, | | (3) y después de haber manifestado el sentimiento por los que habían fallecido, se entregaron al regocijo por el hallazgo de tan grande suma de oro, que daba vida y movimiento al comercio de la ciudad, á la cual habían llegado entre tanto F. Tomás Toro, primer Obispo, y don Alonso de Heredia, hermano del Gobernador y conquistador de Guatemala que venia á acompañar á su hermano. Diósele el título de teniente general, privando de este cargo á Francisco Cesar, nombramiento que causó muchas demostraciones de descontento, excepto en el más agraviado, que se hizo superior á la injuria, rara moderación entre aquellos aventureros acostumbrados á dar rienda suelta á sus resentimientos y aun á recurrir á vías de hecho para vengarlos. 

La fama que adquirieron desde entonces los sepulcros del Zenú nos autoriza para hacer una descripción más detallada de la que convendría en este resumen histórico, y creemos que es este el lugar de ocuparnos de ella, antes de emprender la narración de la segunda jornada y sucesos posteriores. 

El cementerio del Zenú se componía de una infinidad de túmulos de tierra, unos en forma cónica y otros más ó menos cuadrada. Luego que un indio moría, acostumbraban abrir un hoyo capaz de contener el cadáver, sus armas y joyas, que colocaban. A la izquierda mirando al oriente, y al rededor algunas tinajas de chicha y otras bebidas fermentadas, maíz en grano, piedra para molerlo, sus mujeres y esclavos, cuando era hombre principal, los cuales se embriagaban previamente, y luego cubrían todo con una tierra roja que traían de lejos. Después comenzaba el duelo, que duraba mientras había que beber, y entre tanto seguían amontonando tierra sobre los sepulcros. Eran así éstos más elevados mientras más había durado la borrachera, continuando de esta manera la desigualdad de fortunas aun en este estado casi salvaje, después de la muerte. Entre otros había un túmulo tan alto, que se distinguía á distancia de más de una Legua, y que llamaron los españoles, según su costumbre respecto de todos los objetos algo extraordinarios, la Tumba del Diablo, y quiso éste que gastaran mucho tiempo y dinero para remover sus entrañas sin hallar las joyas de oro que en más ó menos abundancia se hallaban en todas. En algunos de estos santuarios encontraron en objetos de oro, que eran imitaciones de figuras de toda especie de animales, desde el hombre hasta la hormiga, por un valor de diez, veinte y treinta mil pesos. 

Ciertamente era preciso que estos habitantes fueran laboriosos, para poder, después de proveer á las necesidades de la subsistencia, reunir estas cantidades de oro que representaban el tiempo consagrado en hilar, tejer y fabricar las hamacas y otras telas, ó en recoger la sal ó secar el pescado, que eran los artículos que cambiaban por el oro que de tan lejos les venía. Se habían hecho tan prácticos los españoles en estas excavaciones, que sólo descubrían el lado izquierdo de cada túmulo, pues en el resto no hallaban oro. Para hallar las huellas de las más humildes sepulturas, prendían fuego al pajonal, y de esta manera descubrían los vestigios, y hacían un agujero precisamente en la posición en que se colocaban las planchuelas y otras alhajas de oro, con lo cual habían simplificado mucho la operación, que era á los principios larga y laboriosa, sobre todo cuando era necesario cortar los gruesos árboles que habían crecido sobre muchas, indicio cierto de la antigüedad de aquellos santuarios. No sería imposible que estas tumbas pertenecieran á una raza más antigua y civilizada, puesto que en una de las crecientes del río, en Tolú, se encontró posteriormente un madero de guayacán curiosamente esculpido, que representaba danzas y juegos, con una perfección que no se observaba ya en el tiempo de la conquista. 

Por Junio de este año de 1534 tornaron á Cartagena Heredia y sus compañeros. De las dos jornadas á barlovento y sotavento y de las correrías en las inmediaciones de la ciudad, habían entrado á ella en diez y ocho meses dos millones de pesos, cantidad mayor, pues que equivale á seis millones de nuestros días, que la que ha podido circular jamás, en tan corto tiempo en las épocas posteriores de mayor prosperidad. El comercio adquirió un impulso considerable, y sé veían tiendas de artículos que de ordinario sólo se consumen en ciudades ricas y populosas. 

Como todos querían participar de las riquezas de los santuarios del Zenú, muy pronto se armó nueva expedición á las órdenes de D. Alonso Heredia, compuesta de cerca de doscientos hombres, que salieron en Agosto del mismo año con destino de descubrir nuevas tierras; pero como llegaron ya entrada la estación de las lluvias al pueblo de los sepulcros, les fué forzoso permanecer en él tres meses, aunque no con la utilidad que se prometían, por haber los indios exhumado la mayor parte de la riqueza y escondidola en una montaña llamada de Faraquiel, en donde tenían otro adoratorio. Nunca pudo ser hallado este oro, á pesar de las más exquisitas diligencias, y no es improbable suponer que todo fué una de aquellas patrañas que se inventaban con tanta frecuencia, y á que fácilmente se daba ascenso cuando tenían conexión con la existencia de inmensos tesoros. 

Alonso de Heredia había nombrado por su teniente al capitán Francisco Cesar, para satisfacerlo en algún modo de la injusticia que se le había hecho postergándolo, y luego que llegó al Zenú, lo comisionó para que fuese á la costa del norte á ciertas poblaciones de que había noticia, fundadas en parajes pantanosos, y que era preciso evitar en la marcha desde Cartagena por esta razón, pero que se sabía abundaban en víveres de que tan grandes necesidades padecieron siempre en el Zenú. Hallaron Cesar y sus compañeros en Tolú, que era el nombre del cacique de aquella región, no sólo provisiones abundantes, sino también diez mil castellanos de oro en joyuelas que le ofrecieron los indios de esta provincia, que entonces se llamó de Balsillas, por las que construían sus moradores. Una más grande hizo fabricar Cesar para probar si podría establecerse con más prontitud la comunicación directa con Cartagena por esta vía, sin el rodeo de la montaña, como en efecto se consiguió. Mas apenas llegó á noticia del gobernador Heredia que Cesar había recogido una suma considerable, cuando mandó á pedírsela con pretexto de pagar los gastos de un buque que acababa de llegar de España con armas y pertrechos para la colonia. Este oficial se denegó con firmeza á entregar la mencionada cantidad de oro, que debía dividirse entre sus compañeros; por ello fué cargado de cadenas y aun condenado á muerte, junto con el capitán Ayala, á su vuelta al Zenú, y así los llevaron á la jornada que en breve se emprendió, á principios del año siguiente de 1535. La sentencia de último suplicio á que se le condenó, no se llevó á efecto, porque nadie se prestó á ejecutarla. 

Salieron con D. Alonso de Heredia. cuatrocientos hombres muy lucidos, con dirección al oriente y en demanda de las ricas regiones de las cuales esperaban volver con sus caballos cargados de oro. Pero esta tentativa debía resultar todavía más desastrosa que la primera. Allí iba, es cierto, el descubridor de Antioquia, pero marchaba con esposas y cadena al cuello como un malhechor; el cielo tenía destinado este descubrimiento á su modestia y su valor, y lo verificó poco más de un año después con un puñado de compañeros. También tenía guardada la Providencia al capitán Cesar la ocasión de vengarse noblemente de su implacable y gratuito enemigo, alargándole una mano generosa en tiempo de su adversidad. 

Caminaba la gente castellana á la ventura á consecuencia de haberse muerto los indios que servían de guías, cuando dieron en un pueblo pequeño, que era el principio de los dominios del poderoso .cacique Yapel ó Ayapel. Avisado éste, y creyendo destruir de un solo golpe y por sorpresa á sus invasores, de cuyo corto número había tenido noticia cierta, situó una emboscada de dos mil guerreros entre el pajonal de un lado y otro de la senda que conducía al pueblo principal, el cual se veía en una eminencia. Quizá habrían acertado el golpe los indígenas y logrado envolver á los españoles, que marchaban desordenados, silos penachos de plumas de varios colores que sobresalían, no hubieran hecho descubrir á los de á caballo la celada. Cuando los Ayapeles notaron que los castellanos hacían alto y se preparaban al combate, cayeron sobre ellos con la grita que acostumbraban todos los indios en semejantes ocasiones, por donde se llamaron |guarábaras estas refriegas, algazara que se convirtió en un silencio mortal que era señal de la retirada luego que los aceros españoles dejaron la tierra tinta en sangre de aquellos indígenas de los cuales cogieron algunos prisioneros que destinaron á cargar los equipajes. Eran aquellos gallardos, bien dis­puestos y esforzados; de ellos se supo que todo aquel territorio dependía del cacique Ayapel, que habitaba en un lugar alto, adornado de huertas frondosas, casas aseadas y calles regulares | |(4)

A este sitio llegaron poco después y lo hallaron desamparado de sus habitantes, que habían también puesto en cobro sus bienes, pero los consoló la abundancia de provisiones tales como yucas, batatas y otras raíces nutritivas, aunque no vieron maíz, que era el grano que los españoles estimaban más, porque podían llevarlo consigo en sus trabajosas jornadas. Continuaron la que ahora tenían entre manos, con manifiesto disgusto de muchos que quisieran hacer las excavaciones de los túmulos que se veían por donde quiera; y por terreno más quebrado con gran falta de alimentos hasta un pueblo abandonado en que hallaron cantidad de pescado seco en barbacoas con que suplieron sus necesidades. Después de algunos días de marcha penosa llegaron á las orillas de un río tan caudaloso, que no daba paso. Este río era el Cauca, cuya ribera. izquierda siguieron rompiendo monte y atravesando ciénagas y caños, tan escasos de alimentos, que sé contentaban con cogollos de bihao y uno ú otro animal que podían haber á las manos. Parecía mas bien esta tropa, de ermitaños cuyos cuerpos flacos se llevaba el mas leve viento, que de soldados que pretendían conquistar ricas regiones. 

Llegaron al fin frente á una isla en la cual se descubría un pueblo. Pero como carecían de embarcaciones y el río era demasiado profundo, trabajaron vanamente por atravesar el brazo para llegar á la isla, hasta que el hambre y la desesperación los impulsaron á arrojarse á nado.Luego que tomaron tierra, vieron con horror y desconsuelo que las llamas devoraban las casas del pueblo, y que las canoas cargadas de sus moradores se iban río abajo. Esta defensa, la mas eficaz que contra los españoles se adoptó en América, produjo inmediatamente el mas cumplido efecto. No hallando nada que comer en aquella isla, y no teniendo fuerzas para continuar la jornada, dió orden Heredia de contramarchar. En esta retirada murió la mayor parte de la gente, y los que sobrevivían envidiaban la suerte de los que sucumbían al cansancio y á la necesidad. Muchos quedaban insepultos, y acaeció más de una vez que, queriendo ejercitar el piadoso oficio de abrir la sepultura para el cadáver de un deudo ó amigo, el caritativo solda­do caía yerto en el mismo hoyo que estaba abriendo para otro. 

Con la tercera parte de su pequeño ejército llegó D. Alonso Heredia á Ayapel, casi al mismo tiempo que el Capitán Cáceres, que con tropa, pero sin bastimentos, había enviado el Gobernador Heredia desde el Zenú en auxilio de su hermano. Este refuerzo solo sirvió para aumentar las necesidades comunes, de suerte que, marchando reunidos la vuelta del Zenú, se vieron obligados á matar la mayor parte de los caballos para alimentarse, porque en Ayapel no encontraron provisiones, que los indios llevaron las que tenían y aún abrieron las sepulturas y sacaron el oro durante la ausencia de los españoles á fin de quitarles la tentación de permanecer en el país ocupados en esta agradable tarea, como lo habían hecho en el Zenú. De allí salió el Go­bernador á encontrarlos, consternado de ver tan macilentos á los pocos que volvían, pero les intimó que debían seguir al Tolú, pues en el Zenú no había víveres. ¡ Cosa singular! Estos espectros rehusaban alejarse de la tierra de los santuarios que querían continuar descubriendo, por no volver á Cartagena con las manos vacías. No se sometieron ellos sin quejas y alboroto á la orden superior, y apenas se separó de Tolú D. Alonso Heredia, que los habla conducido, cuando. se amotinaron, y acaudillados por el Capitán Cáceres y embarcados en balsas, se dirigieron á Cartagena, con el objeto de denunciar al Gobernador y alzarse con el mando en su ausencia. Este les ganó de mano, sospechando sus intentos, y descendiendo rápidamente el río Zenú en una lancha, hizo el primero el viaje directo á Cartagena, en donde tomó sus disposiciones para desconcertar los planes de los amotinados. Amainaron estos, sin embargo, luego que á su llegada supieron que hacía dos semanas que Heredia se hallaba en la plaza. Este los consoló con palabras suaves, pero guardando su fortuna, que para entonces decían era tan cuantiosa, que tenía enterrados en la isla de Codego treinta quintales de oro que varios atestiguaban haber visto pesar en su casa, y ciertamente no podía ser menor la parte que le había cabido en los diferentes repartimientos que hasta entonces se habían hecho. 

Alonso de Heredia supo que el nuevo Gobernador de Panamá, Francisco Barrionuevo, había restablecido la población de Acla en el golfo de Urabá, y que por medio de la amistad y buenas relaciones del Capitán Julián Gutiérrez con el cacique Urabá, con cuya hermana se había casado después de bautizada, recorrían varias partidas de españoles aquellas costas, haciendo pacíficamente sus permutas de cosillas de Castilla por oro. La envidia de estas ganancias, y el temor de que por fin hallaran los ricos tesoros del Dabaibe, que él codiciaba para sí, lo determinaron á proponer á su hermano, le autorizase para marchar del Zenú al Darién á restablecer la población de San Sebastián fundada y abandonada por Ojeda. D. Pedro Heredia. que nada sabía negar á su hermano, hombre de más edad y experiencia, le concedió lo que pedía y aún le envió algún auxilio para verificarlo como lo hizo trasportándose á la orilla del golfo. Es sensible que se hubiera tomado esta fatal resolución, que fué causa de sangrientas disensiones entre los españoles, porque la política de Julián Gutiérrez y la eficacia con que lo secundaba su esposa la india Isabel, que ejercía mucha influencia en aquellas tribus, habrían quizá logrado la fundación de una colonia durable en las márgenes fecundas de este golfo, que por un raro concurso de circunstancias ha quedado despoblado, durante más de trescientos años hasta nuestros días.

(1)  El Bachiller Enciso dice en su suma de Geografía, descripción la más antigua que tenemos de las costas de Nueva Granada, haber prendido en cierta ocasión á una india. joven de Turbaco que pasaba por haber matado ella sola ocho españoles, cuando la derrota e Ojeda.(Regresar a 1) 
(2) También á vueltas de los mercaderes 
Llegaron en aquellas coyunturas. 
Los molestos melindres de mujeres 
En seguimiento de sus aventuras 
Una de ellas con sueltos pareceres 
Y otras con maritales ligaduras. 
Ya comienzan á observarse las ridículas pretensiones de nobleza de alguna gente española que pasaba á América, según se colige de los siguientes versos del mismo Castellanos:  Jactándose de noble parentela 
Tal, que ninguna padecía mancha, 
Arrastra cada cual sérica tela 
No cabe por la calle que es más ancha; 
No se puso Doña Berenguela, 
Otra hizo llamarse Doña Sancha, 
De manera que de  genealogía,   
Esa tomaba más, que más podía.    (Regresar a 2)
 
(3)  “Llegaron á Cartagena enfermos y con rostros tan amortiguados, que parecía que los habían sacado de los sepulcros, de que no cesaban de hablar.” (F. P Simón, 3.a parte, 1.a noticia, número 55). “Juicio impenetrable de Dios, que todos los que violaron estos sepulcros, que no por ser de idólatras dejan de ser sagrados, murieron pobrísimos y en hospitales, y ninguna de las fortunas que se hicieron pasaron á segundo poseedor.” (Id.) (Regresar a 3)
(4) Porque tenían estos naturales 
Las casas toda bien aderezadas, 
Con gran copia de huertas de frutales; 
Maravillosamente cultivadas 
Grandísimas labranza de yucales, 
Y otras raíces dellos estimadas, 
Asiento limpio por cualesquier vías, 
Campiñas espaciosas por los lados, 
Todas sus partes rasas y sanías, 
Purísimos los aires y templados, 
Aguas delgadas, espejadas, frías, 
Ríos con abundancia de pescado, 
Y la templaza dicen ser tan buena 
Que frío ni calor no les dló pena.  
J. DE CASTELLANOS, |Descripción de Ayapel. - (Regresar a 4)    

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