Combate de Canopote—Prosperidad de
Cartagena—Expedición al Zenú. —Riqueza de los sepulcros.
- -Sale Heredia á buscar la tierra que produce el oro y tiene que
volver á Cartagena.—Llegada de D. Alonso do Heredia, hermano
del Gobernador.—Nueva entrada al Panzenú y calamitosa
retirada. -Disensiones en el Darién.—Nueva entrada por el
Atrato.
Cum eis, aurum, vestes, fruges, vinum quaeque alia carisima
simul defodiunt; ne videlicet eis cibus ac potus desit quoad in
alterum mundum pervenerint. Atque isti immortaletatem animae
credunt. Hojusmodi multa sepulcra ditissima Hispani
reperere.
BENZONI, Novi. Orbis.
|
Sea que los españoles que habían quedado en Cartagena durante la
ausencia de Heredia, molestasen á los indios de Canopote, lugar
situado en la orilla de la ciénaga de Tesca, ó que esperasen
sorprender al Gobernador á su regreso, lo cierto es que le salieron
al encuentro y le atacaron con
el mayor arrojo, peleando hombres y mujeres, como hacían los
Turbacos
|
|
(1)
, pero no tardaron
en ser desbaratados con mucha pérdida.
Había transcurrido menos de un año después de la fundación dé
Cartagena, y sin embargo era ya éste punto el punto mas concurrido
de toda aquella costa. Los buques que iban y venían al istmo
recalaban todos en su hermoso puerto, se fabricaban casas grandes y
cómodas, habiase limpiado el manglar que ocupaba un costado del
lugar, cuya fama de riquezas comenzó á extenderse por las islas, de
suerte que llegaban cada día cargamentos de lujo, queriendo los
mercaderes participar de las ganancias de los conquistadores. El
incremento de esta ciudad fue mucho más rápido que el de otras que
se fundaron antes, á lo que contribuyó la crecida suma de oro que
rindieron las primeras correrías, la abundancia de víveres y
sumisión de los indígenas, y la mayor experiencia que se había adquirido para los
establecimientos, á fuerza de ensayos infructuosos
|
|(2)
.
Podía disponer ya el Gobernador de mayor número de gente y de
muchos caballos, que le habían llegado de Santo Domingo con el
Capitán Junco. Armas, pertrechos, herramientas de toda especie, no
faltaban á soldados ricos y que esperaban hacerse poderosos, si
llegaban á descubrir las tierras del sur, de donde, según el dicho
general, de los indios, les venia el oro, de que no tenían minas,
que en vano se habrían afanado por encontrar los conquistadores en
los terrenos de formación reciente que componen el suelo de esta
provincia. Resolvióse, pues, la expedición tierra adentro, hasta
dar con el mar del sur, que nada menos pretendían, ignorando la
inmensa distancia que de sus aguas los separaba. Salió la gente á
principios de Enero de 1538 (8 de Enero), ricamente equipada,
doscientos infantes y. cincuenta de á caballo, cada uno con dos á
tres bestias de remuda iba, además, una acémila para tres soldados
de infantería, lujo extraordinario en aquélla época, gracias al
oro de la región de barlovento. Penetraron por el bosque á la
izquierda de la bahía, precedidos de una compañía de macheteros,
abriendo la trocha, y con los indios de servicio necesarios.
Llegaron al pueblo de Guatena, cuyos habitantes trataron de
defenderse, mataron un español, cogieron otro prisionero, é
hirieron á varios, sin conseguir Heredia tomar un solo
indígena para que le guiase más adentro, adonde los habitantes de
la costa no acostumbraban viajar.
Caminaban sedientos y abrumados. del calor por dentro del lecho
de una quebrada seca, que, no les ofrecía otro refrigerio que la
sombra de los, arbustos, cuando observaron en una de las barrancas
de la orilla un caserío del que se retiraron precipitadamente los
habitantes, pero en el cual lograron sorprender al anciano cacique
y á un jovencito que no quiso abandonar á su padre. Este dió á los
españoles una plancha de oro, y cuestionado sobre el lugar de donde
se traía, dijo que del Finzenú. Quiso Heredia llevarlo por guía,
pero se excusó con su edad y achaques, ofreciendo que iría en su
lugar el hijo, pero rogándoles encarecidamente que no le privaran
por mucho tiempo de este mancebo, que era todo su consuelo. Resultó
ser en efecto, este jovencito, de una rara inteligencia
pata su edad, mas los castellanos abusaron de la confianza del
buen anciano y condujeron, como veremos luego, su tierno hijo á
perecer miserablemente de frío y necesidad en país remoto.
Luego que atravesaron la sierra, no muy alta pero de tierra
fragosa para los caballos, cayeron al fin á una vasta llanura de
más de quince leguas en contorno, en donde cazaban los, venados
corriéndolos á caballo; la tierra no parecía muy poblada, pero á
distancia de tres leguas hallaron veinte casas juntas, espaciosas
y ventiladas, rodeadas de una multitud de túmulos más ó menos
elevados. En este pueblo habitaba la cacica de Fizenú con su
marido, que recibieron amigablemente A los españoles. Era aquí el
cementerio general de toda la comarca, en donde venían á sepultar á
los que morían, junto con sus bienes, bebida y alimentos. Olvidó
Heredia su antigua política, á pesar de haberle sido tan útil en
la primera expedición. La codicia lo cegó enteramente, ya no pensó
sino en atesorar, aunque fuese violentando á los indios y
enajenándose las voluntades de sus compañeros. No le costó mucho
conseguirlo, y este período hasta que la prisión y persecuciones le
corrigieron, es el más desfavorable de su conducta. Ordenó, pues,
el saqueo del pueblo, en el cual hallaron los españoles
veinticuatro ídolos de madera chapeados de láminas de oro, y
apareados de dos en dos, sosteniendo hamacas, en que se depositaban
las ofrendas de joyuelas que traían los devotos al santuario.
Suspendidas á los árboles de un huerto agreste que rodeaba este
templo, había algunas campanillas de oro que también arrancaron,
pesando todo ciento cincuenta mil pesos.
Hallaron asimismo armas y herramientas de los castellanos que
perecieron con el Capitán Becerra en la entrada que ordenó
Pedrarias desde el Darién. Aseguraban los indios que la tierra
había sido muy poblada, pero que después de la matanza de los
hombres barbudos que habían venido de Urabá á conquistarlos, se
había levantado tal peste, que murieron casi todos los habitantes
de la comarca. Habiéndoles informado el indio joven que los guiaba,
que todos aquellos túmulos contenían oro, se entregaron á la
ocupación de abrir sepulturas por muchos días, hasta que Heredia
logró persuadirlos que difiriesen esta operación para la vuelta de
la entrada que era preciso hacer á Zenufana, la tierra de donde
venia el oro, que obtenían los habitantes de la costa y lugares
vecinos, en cambio de. sal, de hamacas, y de otros tejidos con cuya
fabricación eran muy diestros. Nada contentos, sin embargo, se
prepararon al viaje los castellanos, que hubieran preferido
terminar las excavaciones de las sepulturas modernas, y comenzar á
cortar las gruesas ceibas que crecían sobre los túmulos, más
antiguos, de este vasto cementerio. La codicia de Heredia les hacía
por otra parte sospechar que quería apartarlos de estos sitios, á
fin de que sus esclavos vinieran de Cartagena, durante su ausencia,
á sacar los más ricos tesoros. Antes de partir sepultaron en paraje
secreto los 300,0000 pesos de oro, que tenían ya acopiados, y
emprendieron la marcha hacia el sur, guiados siempre por el mismo
muchacho de cuya veracidad é inteligencia tenían tan lucrativas
pruebas.
Llamaban los indios Finzenú toda la hoya del río Sinu ; pasando
la sierra hacia el río San Jorge, tomaba el país el nombre de
Pansenú,
|
y últimamente de Zenufana, la tierra rica de oro,
en que están hoy día pobladas las ciudades de Zaragoza y Remedios
sobre el Nechí y sus afluentes. Hacia esta última se dirigían
naturalmente las aspiraciones de los castellanos. Caminaron primero
por terreno llano, y después entraron en la tierra quebrada, en
donde comenzaron á sufrir escaseces, porque hallaban desamparados
los caseríos en que entraban, y retirados sus habitantes á las
montañas. Llegaron al fin á la división de dos caminos; el uno, que
evita el paso por lo más encumbrado de la sierra, sigue á la
izquierda por clima templado; el otro, más corto, atraviesa un país
frío y expuesto á temporales. Este fue el que tomaron los
españoles, á pesar de cuanto el guía les representó, para
disuadirlos, suponiendo que había malicia y traición en las
palabras de este muchacho, de cuya sencillez y buena fe no hubieran
debido dudar, después de dos meses de experiencia. Así lo sentían
muchos, pero prevaleció el parecer del Gobernador.
Comenzaron á trepar aquella cuesta el día 24 de Marzo, con las
primeras lluvias de la estación. Mientras los castellanos no
supieron conocer y aprovecharse de la regularidad de las dos épocas
periódicas de tiempo seco y lluvioso en estos países, sufrieron
mucho en las jornadas que emprendían indistintamente en todos los
meses del año. Así fué que dentro de algunos días, al llegar á la
cumbre de aquella montaña, los sorprendió una borrasca y temporal
tan deshechos, que muchos perecieron de frío, y á los demás fué
forzoso retroceder precipitadamente á buscar el abrigo de los
valles. Aquí murieron casi todos los indios de servicio, que, como
andaban desnudos, eran siempre las primeras víctimas en semejantes
casos, y con ellos el fiel é interesante muchacho que les servia de
guía, y de cuyo abrigo y conservación hubieran debido cuidar,
cuando no por humanidad y gratitud, por propio
interés.
Otra calamidad les sobrevino cuando llegaron al pie de la
montaña. Los ríos crecidos no daban paso para hombres, y los
torrentes arrastraban los caballos. Comenzaron á aparecer tropas de
indios que hostilizaban á los españoles, al principio en combates
cuerpo á cuerpo, en que naturalmente llevaban aquellos la peor
parte, y después, á lo lejos, protegidos por las breñas, los
inquietaban, y no les permitían separarse de la ranchería sino en
tropas.
Para salir Heredia de tan difícil situación, recurrió de nuevo
á los medios de conciliación, que siempre le surtieron buen efecto
y que manifiestan bien claro la índole apacible de los indios, los
cuales fueron reducidos por buenas no sólo á deponer las armas,
sino á construir puentes para que pudieran volver los castellanos
al Finzenu, adonde llegaron trabajados por la inclemencia de la
estación, y aunque los indígenas les trajeron algún oro del que
habían recogido buscando entre la tierra de las sepulturas abiertas
por los españoles, creyeron éstos que de las más ricas, de las que
dejaron intactas, los indios habían extraído el oro y traspuéstolo
á parajes remotos. Crecieron las murmuraciones contra Heredia por
haberlos llevado á sufrir tantos trabajos inútilmente, sobre todo
cuando les ordenó que se prepararan para volver á Cartagena, sin
permitirles permanecer allí acabando de abrir los sepulcros que aún
quedaban. Alegaba para justificar esta orden la escasez de víveres
en el país, y la necesidad de ir á recobrar la salud y proveerse de
herramientas y utensilios, antes de continuar la exploración.
El deseo de acrecentar su caudal en estos hombres era más
poderoso que el temor de perder la vida de hambre y enfermedades, y
cuando reducidos como se hallaban á la mitad del numero primitivo
pudieron distribuir entre ellos, después de sacado el quinto, más
de 400,000 pesos de oro, con lo cual cada uno podía haber vuelto á
España con razonable suma para haber vivido cómodamente el resto de
sus días, en vez de gastarla, según aconteció, en plumas, sedas y
otras galas, y en las mesas de juego y borracheras, en que
disiparon en Cartagena el fruto de su trabajosa
jornada.
Sorprendidos quedaron en la ciudad de ver regresar al Gobernador y sus compañeros tan
reducidos en número, flacos y amarillos,
|
|
(3)
y después de haber manifestado el
sentimiento por los que habían fallecido, se entregaron al regocijo
por el hallazgo de tan grande suma de oro, que daba vida y
movimiento al comercio de la ciudad, á la cual habían llegado entre
tanto F. Tomás Toro, primer Obispo, y don Alonso de Heredia,
hermano del Gobernador y conquistador de Guatemala que venia á
acompañar á su hermano. Diósele el título de teniente general,
privando de este cargo á Francisco Cesar, nombramiento que causó
muchas demostraciones de descontento, excepto en el más agraviado,
que se hizo superior á la injuria, rara moderación entre aquellos
aventureros acostumbrados á dar rienda suelta á sus resentimientos
y aun á recurrir á vías de hecho para vengarlos.
La fama que adquirieron desde entonces los sepulcros del Zenú
nos autoriza para hacer una descripción más detallada de la que
convendría en este resumen histórico, y creemos que es este el
lugar de ocuparnos de ella, antes de emprender la narración de la
segunda jornada y sucesos posteriores.
El cementerio del Zenú se componía de una infinidad de túmulos
de tierra, unos en forma cónica y otros más ó menos cuadrada. Luego
que un indio moría, acostumbraban abrir un hoyo capaz de contener
el cadáver, sus armas y joyas, que colocaban. A la izquierda
mirando al oriente, y al rededor algunas tinajas de chicha y otras
bebidas fermentadas, maíz en grano, piedra para molerlo, sus
mujeres y esclavos, cuando era hombre principal, los cuales se
embriagaban previamente, y luego cubrían todo con una tierra roja
que traían de lejos. Después comenzaba el duelo, que duraba
mientras había que beber, y entre tanto seguían amontonando tierra
sobre los sepulcros. Eran así éstos más elevados mientras más había
durado la borrachera, continuando de esta manera la desigualdad de
fortunas aun en este estado casi salvaje, después de la muerte.
Entre otros había un túmulo tan alto, que se distinguía á distancia
de más de una Legua, y que llamaron los españoles, según su
costumbre respecto de todos los objetos algo extraordinarios, la
Tumba del Diablo, y quiso éste que gastaran mucho tiempo y dinero
para remover sus entrañas sin hallar las joyas de oro que en más ó
menos abundancia se hallaban en todas. En algunos de estos
santuarios encontraron en objetos de oro, que eran imitaciones de
figuras de toda especie de animales, desde el hombre hasta la
hormiga, por un valor de diez, veinte y treinta mil pesos.
Ciertamente era preciso que estos habitantes fueran laboriosos,
para poder, después de proveer á las necesidades de la
subsistencia, reunir estas cantidades de oro que representaban el
tiempo consagrado en hilar, tejer y fabricar las hamacas y otras
telas, ó en recoger la sal ó secar el pescado, que eran los
artículos que cambiaban por el oro que de tan lejos les venía. Se
habían hecho tan prácticos los españoles en estas excavaciones, que
sólo descubrían el lado izquierdo de cada túmulo, pues en el resto
no hallaban oro. Para hallar las huellas de las más humildes
sepulturas, prendían fuego al pajonal, y de esta manera descubrían
los vestigios, y hacían un agujero precisamente en la posición en
que se colocaban las planchuelas y otras alhajas de oro, con lo
cual habían simplificado mucho la operación, que era á los
principios larga y laboriosa, sobre todo cuando era necesario
cortar los gruesos árboles que habían crecido sobre muchas, indicio
cierto de la antigüedad de aquellos santuarios. No sería imposible
que estas tumbas pertenecieran á una raza más antigua y civilizada,
puesto que en una de las crecientes del río, en Tolú, se encontró
posteriormente un madero de guayacán curiosamente esculpido, que
representaba danzas y juegos, con una perfección que no se
observaba ya en el tiempo de la conquista.
Por Junio de este año de 1534 tornaron á Cartagena Heredia y sus
compañeros. De las dos jornadas á barlovento y sotavento y de las
correrías en las inmediaciones de la ciudad, habían entrado á ella
en diez y ocho meses dos millones de pesos, cantidad mayor,
pues que equivale á seis millones de nuestros días, que
la que ha podido circular jamás, en tan corto tiempo en las épocas
posteriores de mayor prosperidad. El comercio adquirió un impulso
considerable, y sé veían tiendas de artículos que de ordinario sólo
se consumen en ciudades ricas y populosas.
Como todos querían participar de las riquezas de los santuarios
del Zenú, muy pronto se armó nueva expedición á las órdenes de D.
Alonso Heredia, compuesta de cerca de doscientos hombres, que
salieron en Agosto del mismo año con destino de descubrir nuevas
tierras; pero como llegaron ya entrada la estación de las lluvias
al pueblo de los sepulcros, les fué forzoso permanecer en él tres
meses, aunque no con la utilidad que se prometían, por haber los
indios exhumado la mayor parte de la riqueza y escondidola en una
montaña llamada de Faraquiel, en donde tenían otro adoratorio.
Nunca pudo ser hallado este oro, á pesar de las más exquisitas
diligencias, y no es improbable suponer que todo fué una de
aquellas patrañas que se inventaban con tanta frecuencia, y á que
fácilmente se daba ascenso cuando tenían conexión con la existencia
de inmensos tesoros.
Alonso de Heredia había nombrado por su teniente al capitán
Francisco Cesar, para satisfacerlo en algún modo de la injusticia
que se le había hecho postergándolo, y luego que llegó al Zenú, lo
comisionó para que fuese á la costa del norte á ciertas poblaciones
de que había noticia, fundadas en parajes pantanosos, y que era
preciso evitar en la marcha desde Cartagena por esta razón, pero
que se sabía abundaban en víveres de que tan grandes necesidades
padecieron siempre en el Zenú. Hallaron Cesar y sus compañeros en
Tolú, que era el nombre del cacique de aquella región, no sólo
provisiones abundantes, sino también diez mil castellanos de oro en
joyuelas que le ofrecieron los indios de esta provincia, que
entonces se llamó de Balsillas, por las que construían sus
moradores. Una más grande hizo fabricar Cesar para probar si podría
establecerse con más prontitud la comunicación directa con
Cartagena por esta vía, sin el rodeo de la montaña, como en efecto
se consiguió. Mas apenas llegó á noticia del gobernador Heredia que
Cesar había recogido una suma considerable, cuando mandó á
pedírsela con pretexto de pagar los gastos de un buque que acababa
de llegar de España con armas y pertrechos para la colonia. Este
oficial se denegó con firmeza á entregar la mencionada cantidad de
oro, que debía dividirse entre sus compañeros; por ello fué cargado
de cadenas y aun condenado á muerte, junto con el capitán Ayala, á
su vuelta al Zenú, y así los llevaron á la jornada que en breve se
emprendió, á principios del año siguiente de 1535. La sentencia de
último suplicio á que se le condenó, no se llevó á efecto, porque
nadie se prestó á ejecutarla.
Salieron con D. Alonso de Heredia. cuatrocientos hombres muy
lucidos, con dirección al oriente y en demanda de las ricas
regiones de las cuales esperaban volver con sus caballos cargados
de oro. Pero esta tentativa debía resultar todavía más desastrosa
que la primera. Allí iba, es cierto, el descubridor de Antioquia,
pero marchaba con esposas y cadena al cuello como un malhechor; el
cielo tenía destinado este descubrimiento á su modestia y su valor,
y lo verificó poco más de un año después con un puñado de
compañeros. También tenía guardada la Providencia al capitán Cesar
la ocasión de vengarse noblemente de su implacable y gratuito
enemigo, alargándole una mano generosa en tiempo de su
adversidad.
Caminaba la gente castellana á la ventura á consecuencia de
haberse muerto los indios que servían de guías, cuando dieron en un
pueblo pequeño, que era el principio de los dominios del poderoso
.cacique Yapel ó Ayapel. Avisado éste, y creyendo destruir de un
solo golpe y por sorpresa á sus invasores, de cuyo corto número
había tenido noticia cierta, situó una emboscada de dos mil
guerreros entre el pajonal de un lado y otro de la senda que
conducía al pueblo principal, el cual se veía en una eminencia.
Quizá habrían acertado el golpe los indígenas y logrado envolver á
los españoles, que marchaban desordenados, silos penachos de plumas
de varios colores que sobresalían, no hubieran hecho descubrir á
los de á caballo la celada. Cuando los Ayapeles notaron que los
castellanos hacían alto y se preparaban al combate, cayeron sobre
ellos con la grita que acostumbraban todos los indios en semejantes
ocasiones, por donde se llamaron
|guarábaras estas refriegas,
algazara que se convirtió en un silencio mortal que era señal de la
retirada luego que los aceros españoles dejaron la tierra tinta en
sangre de aquellos indígenas de los cuales cogieron algunos
prisioneros que destinaron á cargar los equipajes. Eran aquellos
gallardos, bien dispuestos y esforzados; de ellos se supo que todo
aquel territorio dependía del cacique Ayapel, que habitaba en un lugar alto, adornado de huertas
frondosas, casas aseadas y calles regulares
|
|(4)
.
A este sitio llegaron poco después y lo hallaron desamparado de
sus habitantes, que habían también puesto en cobro sus bienes, pero
los consoló la abundancia de provisiones tales como yucas, batatas
y otras raíces nutritivas, aunque no vieron maíz, que era el grano
que los españoles estimaban más, porque podían llevarlo consigo en
sus trabajosas jornadas. Continuaron la que ahora tenían entre
manos, con manifiesto disgusto de muchos que quisieran hacer las
excavaciones de los túmulos que se veían por donde quiera; y por
terreno más quebrado con gran falta de alimentos hasta un pueblo
abandonado en que hallaron cantidad de pescado seco en barbacoas
con que suplieron sus necesidades. Después de algunos días de
marcha penosa llegaron á las orillas de un río tan caudaloso, que
no daba paso. Este río era el Cauca, cuya ribera. izquierda
siguieron rompiendo monte y atravesando ciénagas y caños, tan
escasos de alimentos, que sé contentaban con cogollos de bihao y
uno ú otro animal que podían haber á las manos. Parecía mas bien
esta tropa, de ermitaños cuyos cuerpos flacos se llevaba el mas
leve viento, que de soldados que pretendían conquistar ricas
regiones.
Llegaron al fin frente á una isla en la cual se descubría un
pueblo. Pero como carecían de embarcaciones y el río era demasiado
profundo, trabajaron vanamente por atravesar el brazo para llegar á
la isla, hasta que el hambre y la desesperación los impulsaron á
arrojarse á nado.Luego que tomaron tierra, vieron con horror y
desconsuelo que las llamas devoraban las casas del pueblo, y que
las canoas cargadas de sus moradores se iban río abajo. Esta
defensa, la mas eficaz que contra los españoles se adoptó en
América, produjo inmediatamente el mas cumplido efecto. No hallando
nada que comer en aquella isla, y no teniendo fuerzas para
continuar la jornada, dió orden Heredia de contramarchar. En esta
retirada murió la mayor parte de la gente, y los que sobrevivían
envidiaban la suerte de los que sucumbían al cansancio y á la
necesidad. Muchos quedaban insepultos, y acaeció más de una vez
que, queriendo ejercitar el piadoso oficio de abrir la sepultura
para el cadáver de un deudo ó amigo, el caritativo soldado caía
yerto en el mismo hoyo que estaba abriendo para
otro.
Con la tercera parte de su pequeño ejército llegó D. Alonso
Heredia á Ayapel, casi al mismo tiempo que el Capitán Cáceres, que
con tropa, pero sin bastimentos, había enviado el Gobernador
Heredia desde el Zenú en auxilio de su hermano. Este refuerzo solo
sirvió para aumentar las necesidades comunes, de suerte que,
marchando reunidos la vuelta del Zenú, se vieron obligados á matar
la mayor parte de los caballos para alimentarse, porque en Ayapel
no encontraron provisiones, que los indios llevaron las que tenían
y aún abrieron las sepulturas y sacaron el oro durante la ausencia
de los españoles á fin de quitarles la tentación de permanecer en
el país ocupados en esta agradable tarea, como lo habían hecho en
el Zenú. De allí salió el Gobernador á encontrarlos, consternado
de ver tan macilentos á los pocos que volvían, pero les intimó que
debían seguir al Tolú, pues en el Zenú no había víveres. ¡ Cosa
singular! Estos espectros rehusaban alejarse de la tierra de los
santuarios que querían continuar descubriendo, por no volver á
Cartagena con las manos vacías. No se sometieron ellos sin quejas y
alboroto á la orden superior, y apenas se separó de Tolú D. Alonso
Heredia, que los habla conducido, cuando. se amotinaron, y
acaudillados por el Capitán Cáceres y embarcados en balsas, se
dirigieron á Cartagena, con el objeto de denunciar al Gobernador y
alzarse con el mando en su ausencia. Este les ganó de mano,
sospechando sus intentos, y descendiendo rápidamente el río Zenú en
una lancha, hizo el primero el viaje directo á Cartagena, en donde
tomó sus disposiciones para desconcertar los planes de los
amotinados. Amainaron estos, sin embargo, luego que á su llegada
supieron que hacía dos semanas que Heredia se hallaba en la plaza.
Este los consoló con palabras suaves, pero guardando su fortuna,
que para entonces decían era tan cuantiosa, que tenía enterrados en
la isla de Codego treinta quintales de oro que varios atestiguaban
haber visto pesar en su casa, y ciertamente no podía ser menor la
parte que le había cabido en los diferentes repartimientos que
hasta entonces se habían hecho.
Alonso de Heredia supo que el nuevo Gobernador de Panamá,
Francisco Barrionuevo, había restablecido la población de Acla en
el golfo de Urabá, y que por medio de la amistad y buenas
relaciones del Capitán Julián Gutiérrez con el cacique Urabá, con
cuya hermana se había casado después de bautizada, recorrían varias
partidas de españoles aquellas costas, haciendo pacíficamente sus
permutas de cosillas de Castilla por oro. La envidia de estas
ganancias, y el temor de que por fin hallaran los ricos tesoros del
Dabaibe, que él codiciaba para sí, lo determinaron á proponer á su
hermano, le autorizase para marchar del Zenú al Darién á
restablecer la población de San Sebastián fundada y abandonada por
Ojeda. D. Pedro Heredia. que nada sabía negar á su hermano, hombre
de más edad y experiencia, le concedió lo que pedía y aún le envió
algún auxilio para verificarlo como lo hizo trasportándose á la
orilla del golfo. Es sensible que se hubiera tomado esta fatal
resolución, que fué causa de sangrientas disensiones entre los
españoles, porque la política de Julián Gutiérrez y la eficacia con
que lo secundaba su esposa la india Isabel, que ejercía mucha
influencia en aquellas tribus, habrían quizá logrado la fundación
de una colonia durable en las márgenes fecundas de este golfo, que
por un raro concurso de circunstancias ha quedado despoblado,
durante más de trescientos años hasta nuestros días.
|
(1)
|
El Bachiller Enciso dice en su suma de
Geografía, descripción la más antigua que tenemos de las costas de
Nueva Granada, haber prendido en cierta ocasión á una india. joven
de Turbaco que pasaba por haber matado ella sola ocho españoles,
cuando la derrota e Ojeda.(Regresar a
1)
|
|
(2)
|
También á vueltas de los mercaderes
Llegaron en aquellas coyunturas.
Los molestos melindres de mujeres
En seguimiento de sus aventuras
Una de ellas con sueltos pareceres
Y otras con maritales
ligaduras.
Ya comienzan á observarse las ridículas pretensiones de nobleza
de alguna gente española que pasaba á América, según se colige de
los siguientes versos del mismo
Castellanos:
Jactándose de noble parentela
Tal, que ninguna padecía mancha,
Arrastra cada cual sérica tela
No cabe por la calle que es más ancha;
No se puso Doña Berenguela,
Otra hizo llamarse Doña
Sancha,
De manera que de genealogía,
Esa tomaba más, que más podía. (Regresar a 2)
|
|
(3)
|
“Llegaron á Cartagena enfermos y con rostros tan
amortiguados, que parecía que los habían sacado de los sepulcros,
de que no cesaban de hablar.” (F. P Simón, 3.a parte, 1.a
noticia, número 55). “Juicio impenetrable de Dios, que todos
los que violaron estos sepulcros, que no por ser de idólatras dejan
de ser sagrados, murieron pobrísimos y en hospitales, y ninguna de
las fortunas que se hicieron pasaron á segundo poseedor.”
(Id.) (Regresar a 3)
|
|
(4)
|
Porque tenían estos naturales
Las casas toda bien aderezadas,
Con gran copia de huertas de frutales;
Maravillosamente cultivadas
Grandísimas labranza de yucales,
Y otras raíces dellos estimadas,
Asiento limpio por cualesquier vías,
Campiñas espaciosas por los lados,
Todas sus partes rasas y sanías,
Purísimos los aires y templados,
Aguas delgadas, espejadas, frías,
Ríos con abundancia de pescado,
Y la templaza dicen ser tan buena
Que frío ni calor no les dló pena.
J. DE CASTELLANOS,
|Descripción de Ayapel. - (Regresar a 4)
|