Entrada y crueldades del alemán Alfínger en el valle de
Upar,—Sube á la Cordillera, y casi al terminar su trabajosa
expedición muere, después de haber descubierto la provincia de
Pamplona, dejando su nombre de un valle. —Nombramiento de don
Pedro de Heredia.—Primeros sucesos de la fundación de
Cartagena.
................. América Inocente !
Tú que el preciado seno
Al cielo ostentas de abundancia lleno
Y de apacible juventud la frente,
Perdona .....................................
Aquellos que al silencio en que yacías
Sangrienta, encadenada te arrancaron
......................................................
Su atroz codicia, su Inclemente saña.
Crimen fueron del tiempo y no de España.
QUINTANA.
A fines del año de 1530 salió de Maracaibo el Gobernador
Alfínger con el objeto de descubrir nuevas tierras, porque las
estériles de Coro no le ofrecían ya aliciente bastante para
permanecer en ellas. Dirigióse al occidente, á sabiendas de que iba
á entrar en ajena jurisdicción, puesto que el limite de la de los
Belzares era el cabo de la Vela; mas en aquélla época y en tanta
extensión de tierras, no era fácil que se supiese la usurpación
pasajera ni que se encontraran las partidas de los diferentes
exploradores. La huella que dejó, sin embargo, en esta ocasión la
gente de Coro, fué suficiente para que los primeros oficiales que
salieron de Santa Marta algunos meses después á recorrer el valle
de Upar, quedaran sorprendidos de hallarlo asolado completamente,
como si la langosta y el incendio se hubieran paseado á porfía en
su fecundo suelo. Marchaba Alfínger con cerca de doscientos
castellanos y algunos centenares de indígenas cargados de los
víveres y equipajes de la expedición.
Con el objeto de evitar la deserción de estos infelices, habían
imaginado hacerlos caminar en una sarta con las cabezas pasadas por
un anillo que formaba cadena, de suerte que, para sacar uno de los
de en medio, era preciso soltar toda la sarta, de que iba encargado
iba criado de Alfínger, el cual adoptó, para no perder tiempo, un
recurso que horroriza el referirlo. Cuando alguno no podía
continuar por la fatiga, la necesidad ó el poco hábito de cargar,
le cortaba la cabeza, diciendo que puesto que era forzoso dejarle
atrás y perderlo, lo mismo era que quedara muerto que vivo, y de
este modo se evitaba el trabajo de desatar la sarta de los demás,
entre quiénes se repartía la carga. ¡Cuáles serían las reflexiones
de los habitantes de aquel valle, hallando por el camino que seguía
la hueste española las cabezas de los mismos indios de servicio que
traían de lejanas regiones, separadas de los troncos, y marcando de
esta manera atroz su senda! No contentos con saquear y devastar el
valle, enviaban partidas á las montañas vecinas, y en estas
excursiones tuvieron varias refriegas con los Aruacos.
Cuando Alfínger llegó á las lagunas que forma el río César en su
confluencia con el Magdalena, la fama de sus crueldades lo había
precedido, de modo que halló que todos los indios que habitaban las
orillas de estos lagos se habían refugiado en las islas recogiendo
las canoas, y pensando que como los españoles carecían de medios de
pasar, se volverían al valle apremiados por el hambre, y sin poder
circular por falta de embarcaciones. en aquel delta compuesto de
infinidad de canales. Mas nada arredraba á los castellanos; los
primeros que llegaron á la ribera viendo brillar las
c
|hagualas de oro con que se adornaban los indios para el
combate al cual se preparaban, picaron los caballos y los lanzaron
á nado hacia la isla en donde había mayor número de indios
recogidos. La extraña vista de semejantes centauros, este raro modo
de navegar y el resoplido de los caballos cuando nadan,
sobrecogieron á los indios de tal terror, que no acertaron á
defenderse, y fueron fácilmente alanceados ó hechos prisioneros por
los castellanos, ahogándose muchos que se precipitaban en las
canoas, las cuales se hundían con el peso de tanto número de
fugitivos de todas edades y sexos.
En esta, refriega fué preso Tamalameque, cacique principal, que
este nombre de cacique dieron siempre los españoles á los jefes de
los indios, sin hacer caso del título que tenían en los diversos
países que recorrían, por haber sido el que usaban los indígenas de
la isla de Santo Domingo, la primera tierra en que se
establecieron. Esta es también la causa de haberse generalizado en
América el nombre de maíz
|(Mahiz en Haití,
|cara en la
lengua quichua,
|aba en idioma de los muíscas y
|tlaolli entre los aztecas) y muchas otras palabras de Haití.
Quiso Alfínger sacar partido de la prisión del jefe, que parece era
muy respetado de; aquella muchedumbre de indios que se descubría en
todas direcciones, y que merced á su destreza se burlaban de los
españoles que pretendían perseguirlos por los lagos, en canoas. Le
mandó que les hablase en ocasión en que se preparaban á atacar á
los españoles, que se habían dividido en dos secciones,
ordenándoles que dejasen sus armas en la isla como precio de la
libertad de su jefe, y que trajesen cuanto oro pudieran acoplar.
Así lo ejecutaron con una presteza que prueba cuánto respeto y
cariño tenían por su caudillo. El número de macanas, arcos y
flechas que trajeron los indígenas fué tan considerable, que por
muchos días no necesitaron los castellanos de otro combustible para
preparar sus alimentos, y se despojaron también de cuanto oro
poseían, ofreciéndolo en rescate del cacique.
Las esperanzas y las noticias vagas que le daban de mejores
tierras, junto con la abundancia de bastimentos que Tamalamequé le
proporcionaba, determinaron á Alfínger á enviar á Coro á. Bascona,
uno de sus oficiales, con 25
|
hombres y 60.000 pesos, parte
del botín adquirido, con el objeto de comprar más armas, pertrechos
y caballos, y enganchar más gente con qué continuar la exploración.
Después de esperar vanamente su vuelta un año, se resolvió Alfínger
á emprender el viaje de regreso, aunque adoptando otro camino;
salió pues de Tamalameque y siguió por algunos días las márgenes
del Magdalena, luego penetró por la sierra buscando tierra más
sana, ya cansado de perder su gente por las enfermedades y tormento
continuo de los mosquitos y reptiles, atollados hombres y caballos
en los cenagales y viviendo de raíces, frutas de monte y de todo
género de insectos. Se infiere que fué por la altura del brazo de
Ocaña por donde subieron á la cordillera Alfínger y sus compañeros
con los indecibles trabajos que son de suponerse, no sólo para
abrirse paso por entre las montañas, sino para sacar los caballos.
Llegaron finalmente á un paraje pantanoso y cubierto de tanta
cantidad de caracoles, que con ellos se alimentaron exclusivamente,
mientras Esteban Martín se adelantaba con los más robustos en
solicitud de poblaciones que ofrecieran algunos recursos.
Efectivamente, de allí á pocos días dió en el valle de Girón, de
donde sacó algunas provisiones con que volvió á alentar á sus compañeros, á los veinte
días de haberse separado de ellos
|
|(1).
Caminaron todos reunidos, aunque hostilizados constantemente por
los indios citareros, y no atreviéndose á entrar Alfínger en la
populosa provincia de Guane (valle del Suárez) con
|
tan corto
número de compañeros, prefirió atravesar los páramos al oriente.
Emprendiendo imprudentemente Alfínger esta peregrinación por las
elevadísimas sierras de Cachirí, las más altas regiones que los
europeos habían pisado por esta parte, sin abrigo suficiente, y
saliendo de temperamentos calientes, sufrieron mucho del frió ; los
más débiles perecieron, y cerca de trescientos indios de servicio
que les habían quedado, y que oriundos de lugares bajos y andando
desnudos, no pudieron soportar el rigor de aquel clima. El resto
llegó al pueblo de Silos, en donde hallaron fuego para calentarse,
mantas de algodón para cubrirse y abundancia de mantenimientos,
porque los habitantes desampararon precipitadamente sus casas al
aproximarse los castellanos. Con algunos que pudieron prender se
despachó una partida á sacar las cargas y enterrar los españoles
muertos en el páramo. De aquí pasaron al valle de Ravicha, y corno
su conducta no era muy á propósito para ganarles las voluntades de
los indígenas, éstos permanecieron siempre hostiles.
En uno de los frecuentes combates que les daban, pereció el
criado de Alfínger, verdugo de los indios, y pocos días después, al
bajar al valle de Chinácota una madrugada en que salía á un
reconocimiento de temor de alguna sorpresa con pocos de los suyos,
fué acometido en el bosque y herido gravemente Alfínger en el
cuello, de cuyas resultas expiró al tercer día. Fué sepultado al
pie de un árbol en cuya corteza se gravó su epitafio, y al valle
que se descubría se dió el nombre de valle de Micer Ambrosio.
Algunos suponen que mano cristiana, aunque alevosa, le dió la
muerte. Pocos días antes se había tratado de que distribuyera el
oro que se había recogido en la expedición, á lo cual se opuso
Alfínger con pretexto de que era preciso sacar los costos del
armamento, y partir luego el resto entre los que quedasen, llegados
que fuesen á Coro. Como muchos suponían que el Gobernador pretendía
defraudarlos de lo que á costa de tan grandes penalidades habían
ganado, no tiene nada de extraño que esta gente se hiciera justicia
por sus propias manos, y lo que corrobora la sospecha es que
veinticuatro horas después del fallecimiento de Alfínger se
repartieron la presa y nombraron caudillo, no sin muchos
altercados, á Juan de San Martín, á fin de que los condujese á la
costa del mar.
Pusiéronse en efecto en camino, peleando con los indios, que
valientemente defendían sus haberes. En los valles de Cúcuta, poco
poblados entonces, tuvieron una fuerte refriega en la expugnación
de un palenque que habían construido los habitantes para
defenderse; allí murieron diez españoles, entre ellos Anaya, uno de
los fautores del motín contra Alfínger, y Monserrate. Apoderáronse
los castellanos del puesto, pasando a cuchillo, hombres, mujeres y
niños, y quemando después el pueblo siguieron su derrota hasta las
orillas de un río, en donde oyeron con sorpresa que un indio
desnudo y pintado como los demás les daba voces en buen castellano.
Luego que se acercó conocieron ser Francisco Martín, uno de los
soldados que con Bascona habían salido de Tamalameqne hacía casi
dos años, de quien nada más se supo. Les refirió Martín que,
habiendo pretendido tomar un camino más corto para la laguna de
Maracaibo, por las montañas, sin dar la vuelta por la marina, ó
quizá viéndose tan pocos, temerosos de las venganzas de los indios
del Valle de Upar, se perdieron en aquellas selvas y desiertos,
enterrando el oro que no podían ya cargar, al pié de una ceiba, y
obligados por el hambre á matar sucesivamente todos los indios de
servicio de ambos sexos para comerlos, hasta que, agotado este
horrible recurso, y temiendo cada uno ser víctima de sus
compañeros, se separaron espontáneamente en todas direcciones.
Que él con otros tres llegaban extenuados á orillas de un rio
considerable, que veían no sería posible vadear, cuando observaron
una canoa con cuatro indígenas, á quienes, en ademán suplicante,
con los gestos más expresivos, pidieron los socorriesen con algún
alimento. Que los indios, movidos á compasión al verlos en tal
estado, bogaron rápidamente y dentro de un breve rato volvieron
trayendo de sus sementeras algunas raíces y maíz, lo que
conceptuaron bastaba para satisfacer el hambre de aquellos
desventurados, los cuales, olvidando que eran hombres y no tigres,
se arrojaron sobre los que tan generosamente venían á socorrerlos;
mientras desembarcaban los víveres, lograron asir á uno de los
indígenas que despedazaron
|in conlinenti y sepultaron en sus
vientres. Este acto horroroso, que no hay palabra adecuada para
calificar, es la demostración más perentoria del abismo de crímenes
en que pueden sepultarse los hombres que dan rienda suelta á sus
apetitos brutales, y de cuán rápido es el descenso desde el primer
acto de inhumanidad hasta el que acabo dé referir, que rebaja la
naturaleza humana á un nivel inferior al de las fieras más
voraces.
El Francisco Martín, no pudiendo continuar la marcha por tener
una llaga que no le permitía caminar, hizo una balsa y se dejó
llevar de la corriente del río hasta un pueblo, en donde fue
acogido y alimentado por aquellos salvajes, y en donde pasó más de
un año, ejerciendo las funciones de médico y unido con la hija del
cacique, la cual quiso seguirle después á Coro. Con el auxilio de
éste, los españoles lograron de los indios de la comarca, víveres y
guías que los sacaron de estas montañas y los pusieron en Coro,
tres años después de haber emprendido tan trágica exploración ; y
de doscientos reducidos al número de sesenta. Francisco Martín no
pudo habituarse enteramente á la vida
de sus paisanos y volvió repetidas veces á las selvas
|
|
(2)
.
Este fue el único que escapó de los compañeros de Bascona,
y todas las diligencias que se hicieron después para hallar el
tesoro fueron infructuosa. Quedóse así sepultada en los bosques
mucha parte del fruto de la rapiña de este puñado de piratas, que
es el título menos duro que puede dárseles.
Hemos visto que cuando García de Lerma tomó posesión de la
Gobernación de Santa Marta, era teniente de Badillo D. Pedro
Heredia, que fue de los más aprovechados del botín que hicieron los
españoles en varias entradas al Valle de Upar y otros lugares
adonde nadie había penetrado hasta entonces. Luego que terminó la
residencia tomada á Badillo, volvió Heredia á España con suficiente
caudal para lograr se le concediese el mando en la parte de la
costa que estaba vacante, desde la embocadura del. Magdalena hasta
la del Darién. Hízose la capitulación obligándole á que fundara una
ciudad y fortaleza, y se le otorgaba tierra adentro como límite de
su gobierno la línea equinoccial, de manera que quedaba comprendido
todo el territorio que hoy tienen las provincias de Antioquia,
Popayán, Mariquita, una parte de la de Neiva, la de Pasto y cierta
porción del Chocó.
Heredia fué uno de los hombres que más se distinguieron en el
descubrimiento de la Nueva Granada, y que al valor, firmeza de
ánimo y notable perspicacia reunía mucha práctica en las guerras de
los indios, conocimiento de su carácter, y, lo que es más, el
talento de hacerse obedecer de los aventureros que constituían la
porción más considerable de las expediciones que se armaban en
España, con el objeto de descubrir y de fundar establecimientos
durables en las Indias. Espadachín en su juventud quedó mutilado de
las narices en una pendencia nocturna de las que eran tan comunes
en aquella época en las calles de Madrid, su patria; y aunque
reparado el daño hábilmente por un
|
cirujano, no paró hasta
vengarse de sus enemigos, matando, dicen, tres de ellos, por cuyo
motivo hubo de salir fugitivo para Santo Domingo, en donde heredó
después de un pariente bienes rurales, que le dieron cierta
posición elevada, en que lo encontró Badillo cuando lo nombró
teniente para Santa Marta. De sus hechos posteriores, de su
carácter, buenas y malas calidades, va ahora á juzgar el lector,
puesto que ya no lo perderemos de vista hasta su muerte, y que
hemos de acompañarle en próspera y adversa fortuna, y en las
circunstancias en que la naturaleza humana se muestra más al
descubierto. No anticiparé, pues, aquí el bosquejo de su retrato
moral, como tampoco el de Francisco Cesar, su segundo, uno de los
más nobles caracteres que pasaron á América, porque fío más en el
discernimiento del lector para juzgar á los hombres, que en el mío
propio. Me contentaré con reunir imparcialmente todos los elementos
á fin de que el juicio sea lo más cabal que pueda darse.
De la gente que en Sevilla deseaba tomar parte en la expedición,
escogió Heredia ciento cincuenta hombres, muchos de los cuales
nombran los cronistas, y entre ellos figuran Pedro de Alcázar y el
capitán Nuño de Castro, llamado el Bueno, apellidos que aún
subsisten en Cartagena. Los aprestos de esta jornada se hacían por
un hombre experimentado en las cosas de Indias; no se embarcaron,
pues, muebles ni utensilios de lujo, pero sí muchas armas é
instrumentos de montear, harina y vino, y cantidad considerable de
cascabeles, espejillos, bonetes colorados y demás frioleras que se
comprendían bajo el nombre general de rescates, y que servían para
regalar á los indios y trocarles por el oro y mantas cuando no se
los arrebataban violentamente. Hizo construir también Heredia una
fusta ligera, susceptible de entrar en todos los recodos de la
costa marítima y riachuelos en donde no pudieran recalar los dos
buques mayores. Todos estos gastos se hicieron con el oro que había
sacado Heredia de Santa Marta y que sirvió para la conquista de
Cartagena.
Salió la flotilla de Cádiz á fines de 1532, tocó en
Puerto Rico para refrescar los víveres, y aquí se le unieron
algunos de los compañeros de Sebastián Cabot en su jornada al río
de la Plata, que habían quedado en esta isla á su regreso á España,
entre ellos el capitán Francisco Cesar, á quien Heredia nombró de
teniente general. Arribaron luego á Santo Domingo, en donde siendo
Heredia tan conocido, no le fué difícil reunir algunos hombres más,
de las reliquias de las tropas de Ordaz y Sedeño, gente aclimatada
en la costa de Venezuela. Hizo también fabricar ciertas corazas de
cuerno articuladas, como defensa de las flechas de los indios de
Calamar y de Turbaco, que desde la derrota de Ojeda y muerte de La
Cosa eran temidas sobre todas, y dió la vela para la Costa Firme
llevando consigo cuarenta y siete caballos, de los cuales
perecieron veinticinco en la travesía. Reconocieron á Santa Marta y
siguieron muy cerca de la costa, lo que los puso á pique de
zozobrar en las bocas del Magdalena, porque temían, saliendo
afuera, ser llevados más abajo de Cartagena, como había acontecido
á Pedrarias.
Dieron fondo en el puerto de Cartagena el día 14
|
de Enero
de 1533.
|
Ignórase cuál
de los dos -Ojeda ó Bastida - le dió el nombre á principios de
aquel siglo
|
|
|(3),
mas la verdad es que ya lo tenía
la bahía á la llegada de Heredia.
Entraron las naves al puerto por la boca grande, mas por ser ya
tarde no desembarcaron hasta el día siguiente. Aquella noche
encendieron los indígenas hogueras en toda la costar quizá con el
fin de oponerse al desembarco de los castellanos, el cual se
verificó muy temprano la mañana del 15.
|
No parecieron de
pronto los indígenas en la playa, mas no tardaron en apoderarse de
un caballo que se apartó, y queriéndolo recuperar Heredia con
quince soldados de á pié y dos de á caballo, le resistieron cien
indios, á quienes derrotó y fué siguiendo hasta el pueblo de
Calamar, que habían desamparado sus habitantes. Este pueblo estaba
rodeado de una fuerte estacada de árboles espinosos coronados de
calaveras. Retiróse Heredia á la playa, en donde, luego que estuvo
reunida toda la gente, volvió á ocupar las casas. Poco satisfecho
el Gobernador por no haber hallado buena agua potable en aquellas
inmediaciones, envió una de las naves la costa abajo á explorar un
sitio más propicio para establecerse, y la otra hacia Galera
Zamba.
Guiado después por un indio viejo llamado Corinche, que habían
hecho prisionero ó que se quedó voluntariamente, encaminóse por
tierra con los caballos y la mayor parte de la tropa, hacia Zamba.
Deseaba Heredia fundar una población que, conforme á lo capitulado
en la Corte, sirviese de apoyo á las futuros descubrimientos, y
para ello pretendía por medios suaves
|y humanos, conciliarse
la buena voluntad y servicios de los indígenas de la Costa. Traía
de Santo Domingo una india natural de Zamba, que había sacado en
años anteriores uno de los buques que salteaban aquella costa, y
pensaba valerse de su persuasión para con los parientes que
Catalina, que así se llamaba la india, tenía en Zamba.
A poco de haber salido del sitio de Calamar, dieron en un pueblo
situado á corta distancia de una laguna, que también abandonaron
sus habitantes, excepto ciertas mujeres á las que despachó Heredia
con algunos presentes á que llamasen á sus deudos, pero que no
volvieron. Continuó siempre el Gobernador su viaje con
50
|
hombres de infantería y 20
|
de á caballo, por espacio de tres leguas, viendo por
todas partes grandes poblaciones
|
|(4),
|
hasta la entrada de un
pueblo cuyos habitantes salieron al encuentro á los castellanos con
la mayor resolución, matándoles tres caballos y un hombre, é
hiriendo otros en el combate, que duro muchas horas y en el cual
corrieron el mayor riesgo así Heredia como su Lugarteniente Cesar.
A éste lo libró dé la muerte un sayo encolchado de algodón y forrado de ante, que sacó treinta
|y dos flechas colgadas, y el Gobernador perdió la lanza
|
|
|(5),
|
|
y
estuvo á punto de morir asfixiado por el calor en las calles del
pueblo, combatiendo al medio día bajo los rayos de un sol tropical.
Socorriéronlo los suyos, y desabrochándole le volvieron á la vida.
Hizo entonces tocar retirada para rehacerse fuera del pueblo,
adonde le siguieron los indios para su perdición, pues en terreno
limpio no pudieron resistir el
tropel de los caballos, y fueron completamente deshechos
|
|(6)
|.
|
Los españoles entraron en el pueblo, que ardía por todas partes,
por haberlo incendiado al principio del combate; prendieron algunas
indias, y sabiendo que á poca distancia había otro pueblo más
grande, determinaron volver á la costa, no hallándose con fuerzas
suficientes y deseando curar los caballos heridos, que eran los
mejores. Este fué el último esfuerzo de los turbacos por conservar
su independencia; en este campo perdieron la flor de sus guerreros;
los demás con la chusma se retiraron á las montañas más remotas á
llorar su desgracia. Dejaron los españoles, después de saquearlo,
el pueblo convertido en un montón de cenizas, y abandonaron á las
aves de rapiña los montones de cadáveres de los valientes indios.
Atribuyóse traición á Corinche por haberlos conducido por aquel
camino interior, más él
|
manifestó que les había advertido
que hallarían resistencia, y sea que se persuadieran de su
inocencia, ó que siendo el único indígena que hasta entonces habían
podido haber á las manos, no querían privarse de sus servicios, se
le otorgó la vida á este pobre anciano.
Del reconocimiento de la costa resultó que en toda ella no había
puerto más cómodo que este de Calamar, pues la entrada del de Zamba
ofrecía muy poco fondo, y por tanto, á pesar de la falta de agua,
se resolvieron á establecerse allí.
El acto solemne de fundar la ciudad, nombrar regidores y demás
formalidades, tuvo lugar el día 21 de Enero de este año de
1533
|, bajo la advocación de San Sebastián, así porque era su
día, como por el recuerdo de las temibles flechas envenenadas.
Señaláronse los dos mejores solares para la iglesia, que son los
que hoy ocupa el hospital, y se conservó á la ciudad el nombre del
pueblo cuyo sitio ocupaba, mas insensiblemente se fué sustituyendo
al nombre de Calamar el de Cartagena que se había dado antes al
puerto, porque con este título se hacían los armamentos y
preparaban los auxilios que se
remitieron posteriormente á Heredia desde Santo Domingo y Jamaica.
|
|
(7)
Cartagena es, pues, en el
orden cronológico, la tercera ciudad importante fundada por los
españoles en Nueva Granada.
|
(1)
|
Dio noticias de grandes poblaciones.
Prolijas sementeras y labranzas,
Apariencias y representaciones
Del cumplimiento de sus esperanzas;
Aliéntense hambrientos escuadrones,
Compónense guerreras ordenanzas,
Afilanse las lanzas, las espadas,
Y á gran prisa caminan las jornadas;
No van por el camino sin encuentro
De grandes escuadrones de flecheros,
Y cuanto se metían más adentro
Más cantidad había de guerreros.
|
CASTELLANOS,
|
elegía 1.a, parte 2.a (Regresar a 1)
|
|
(2)
|
“Pasaron los sesenta soldados de Coro con
Francisco Martín. que estaba tan ansioso por volver á ver su mujer
é hijos que había dejado dé donde lo sacaron, y tan apesarado de
haber salido de con ellos, que, dejándose vencer de estos deseos,
se despareció y se fué allá, tomándose al vómito de las costumbres
del indio en que estaba ya connaturalizado. Vídose esto pues
entrando después á aquella provincia una compañía dé españoles, y
hallándole y trayéndolo a Coro, se volvió otra vez al regosto, de
donde lo sacaron tercera vez á Coro, en donde estaba todavía tan
inquieto y con demostraciones de costumbres de indio, como era
mascar halló y otras, que fué
|
menester hacerlo salir de
todas las provincias cercanas para quitarle la ocasión.”
— F. 1. Simón, Cáp. 9, 2da noticia, 1ra parte. (Regresar a 2)
|
|
(3)
|
Por tener apariencia semejante
A la que de tormentas es ajena,
En las aguas que dicen de levante ;
Es asiento que corre leste oeste,
Y cuasi norte sur la travesía,
De loe confines puertos es aqueste
El menos enfermedades cría,
Do raras disenterías es la peste,
Pero de lo demás tierra sana,
Y el novocio que viene mal dispuesto,
O le da sanidad, o mata presto.
CASTELLANOS, Elegías, parte 3.a (Regresar a
3)
|
|
(4)
|
Por que crea Vuestra Majestad que lo que
de la tierra hemos visto es la más poblada y más abundosa de
comidas que nunca en estas partes se ha visto» Así se expresa D.
Pedro Heredia en la carta escrita al Rey desde Calamar, de la cual
poseo una
|
copia sacada de la colección manuscrita de D. Juan
Bautista Muñoz, que mi excelente amigo el distinguido literato
habanero D. Domingo del Monte, me á remitido de Madrid. (Regresar a
4)
|
|
(5)
|
El Gobernador Heredia en un valiente
cabello se fué cebando en alancear y destripar Indios hasta que
hallándose cercado de estos, le quitaron la lanza asiéndose de
ella, y le fué preciso recurrir á la espada. - F. P. SIMÓN.(Regresar a
5)
|
|
(6)
|
“Era el pueblo tal, que hacía dos
horas que andábamos peleando con ellos y no hablamos llegado á la
mitad del pueblo, de donde yo acordé tomar á recoger la gente hacia
el un cabo del pueblo.”—HEREDIA, documento manuscrito ya
citado. (Regresar a
6)
|
|
(7)
|
No he creído deber separarme de la tradición común del
testimonio de los historiadores da reconocida autoridad, que fijan
en esta época la fundación de Cartagena, á pesar de que otra cosa
parece deducirse de la carta ya citada de D. Pedro de Heredia, que
imprimiré en un apéndice, á fin de que pueda juzgarse si me ha
faltado razón para atenerme : 1.o A la relación del Padre Juan de
Castellanos, historiador contemporáneo que se refiere á GonzaIo
Fernández
|
y á Juan de Cuevas, testigos de vista en lo que
dice relación con los sucesos del descubrimiento de este
territorio. Castellanos se ordenó en Cartagena pocos años después,
de la conquista, cuando todos los acontecimientos debían estar
frescos en la memoria de sus habitantes, y habitó en la casa del
Capitán Nuño de Castro,
|
|
uno de los compañeros de
Heredia; 2.o A. Fray Pedro Simón en su historia manuscrita, 3.a
parte, que es el cronista que contiene más detalles respecto de
Cartagena; este concuerda con Castellanos, así en el suceso que nos
ocupa, como en los demás en que he creído deber abstenerme de
adoptar la sucinta relación de Heredia, que omite hechos muy
Importantes. Sin embargo de que un resumen histórico no puede
contener la controversia de una historia crítica, lo que demandaría
mayor extensión, me ha parecido deber consignar
|
en una nota
mis dudas y mi decisión en este punto.(Regresar a 7)
|