INDICE




Prólogo
Introducción

CAPITULO I
Colón descubre las costas del istmo de Panamá...

CAPITULO II
Descubrimiento de las costas de la Nueva Granada desde el cabo Chichibacoa hasta el golfo de Urabá, por Ojeda y Bastidas.

CAPITULO III
Bajo la dirección de Vasco Nunez de Balboa, adquiere la Antigua del Darién mucha importancia.

CAPITULO IV
Desbaratan los Indios á Balboa...

CAPITULO V
Comiénzase el descubrimiento de las Costas del Chocó al sur...

CAPITULO VI
Entrada y crueldades del alemán Alfínger en el valle de Upar...

CAPITULO VII
Combate de Canopote...

CAPITULO VIII
Descubrimiento de Antioquia

CAPITULO IX
Jornada de Jorge Espira desde Coro á los Llanos del Apure, y de allí al Sur, hasta los afluentes del Amazonas

CAPITULO X
El   licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada marcha por los Chimilas hasta Tamalameque...

CAPITULO XI
Extensión y limites del territorio de los Chibchas ó Muíscas...

CAPITULO XII
Prosigue Quesada su descubrimiento...

CAPITULO XIII
Reúne Quesada sus tropas en Bogotá

CAPITULO XIV
Gobierno de Lorenzo de Aldana en el sur...

CAPITULO XV
Fundación de Timaná...

CAPITULO XVI
Mal éxito de las persecuciones de Gonzalo Jiménez de Quesada en España

CAPITULO XVII
Socorre el Adelantado Belalcázar al Gobernador Vaca de Castro, con tropas para reducir a los rebeldes en el Perú, y le despide este desabridamente...

CAPITULO XVIII
Llegada de Armendariz á Santa Fe y sus primeras tropelías...

CAPITULO XIX
Fundación de las villas de Almaguer y la Plata...

CAPITULO XX
Gobierno de la audiencia...
Catálogo
Manuscritos
Documento número siete
Entrada y crueldades del alemán Alfínger en el valle de Upar,—Sube á la Cordillera, y casi al terminar su trabajosa expedición muere, después de haber descubierto la provincia de Pamplona, dejando su nombre de un valle. —Nombramiento de don Pedro de Heredia.—Primeros sucesos de la fundación de Cartagena.

 

................. América Inocente !
Tú que el preciado seno
Al cielo ostentas de abundancia lleno
Y de apacible juventud la frente,
Perdona .....................................
Aquellos que al silencio en que yacías
Sangrienta, encadenada te arrancaron
......................................................
Su atroz codicia, su Inclemente saña.
Crimen fueron del tiempo y no de España.

QUINTANA. 

 

A fines del año de 1530 salió de Maracaibo el Gobernador Alfínger con el objeto de descubrir nuevas tierras, porque las estériles de Coro no le ofrecían ya aliciente bastante para permanecer en ellas. Dirigióse al occidente, á sabiendas de que iba á entrar en ajena jurisdicción, puesto que el limite de la de los Belzares era el cabo de la Vela; mas en aquélla época y en tanta extensión de tierras, no era fácil que se supiese la usurpación pasajera ni que se encontraran las partidas de los diferentes exploradores. La huella que dejó, sin embargo, en esta ocasión la gente de Coro, fué suficiente para que los primeros oficiales que salieron de Santa Marta algunos meses después á recorrer el valle de Upar, quedaran sorprendidos de hallarlo asolado completamente, como si la langosta y el incendio se hubieran paseado á porfía en su fecundo suelo. Marchaba Alfínger con cerca de doscientos castellanos y algunos centenares de indígenas cargados de los víveres y equipajes de la expedición. 

Con el objeto de evitar la deserción de estos infelices, habían imaginado hacerlos caminar en una sarta con las cabezas pasadas por un anillo que formaba cadena, de suerte que, para sacar uno de los de en medio, era preciso soltar toda la sarta, de que iba encargado iba criado de Alfínger, el cual adoptó, para no perder tiempo, un recurso que horroriza el referirlo. Cuando alguno no podía continuar por la fatiga, la necesidad ó el poco hábito de cargar, le cortaba la cabeza, diciendo que puesto que era forzoso dejarle atrás y perderlo, lo mismo era que quedara muerto que vivo, y de este modo se evitaba el trabajo de desatar la sarta de los demás, entre quiénes se repartía la carga. ¡Cuáles serían las reflexiones de los habitantes de aquel valle, hallando por el camino que seguía la hueste española las cabezas de los mismos indios de servicio que traían de lejanas regiones, separadas de los troncos, y marcando de esta manera atroz su senda! No contentos con saquear y devastar el valle, enviaban partidas á las montañas vecinas, y en estas excursiones tuvieron varias refriegas con los Aruacos. 

Cuando Alfínger llegó á las lagunas que forma el río César en su confluencia con el Magdalena, la fama de sus crueldades lo había precedido, de modo que halló que todos los indios que habitaban las orillas de estos lagos se habían refugiado en las islas recogiendo las canoas, y pensando que como los españoles carecían de medios de pasar, se volverían al valle apremiados por el hambre, y sin poder circular por falta de embarcaciones. en aquel delta compuesto de infinidad de canales. Mas nada arredraba á los castellanos; los primeros que llegaron á la ribera viendo brillar las c |hagualas de oro con que se adornaban los indios para el combate al cual se preparaban, picaron los caballos y los lanzaron á nado hacia la isla en donde había mayor número de indios recogidos. La extraña vista de semejantes centauros, este raro modo de navegar y el resoplido de los caballos cuando nadan, sobrecogieron á los indios de tal terror, que no acertaron á defenderse, y fueron fácilmente alanceados ó hechos prisioneros por los castellanos, ahogándose muchos que se precipitaban en las canoas, las cuales se hundían con el peso de tanto número de fugitivos de todas edades y sexos.

En esta, refriega fué preso Tamalameque, cacique principal, que este nombre de cacique dieron siempre los españoles á los jefes de los indios, sin hacer caso del título que tenían en los diversos países que recorrían, por haber sido el que usaban los indígenas de la isla de Santo Domingo, la primera tierra en que se establecieron. Esta es también la causa de haberse generalizado en América el nombre de maíz |(Mahiz en Haití, |cara en la lengua quichua, |aba en idioma de los muíscas y |tlaolli entre los aztecas) y muchas otras palabras de Haití. Quiso Alfínger sacar partido de la prisión del jefe, que parece era muy respetado de; aquella muchedumbre de indios que se descubría en todas direcciones, y que merced á su destreza se burlaban de los españoles que pretendían perseguirlos por los lagos, en canoas. Le mandó que les hablase en ocasión en que se preparaban á atacar á los españoles, que se habían dividido en dos secciones, ordenándoles que dejasen sus armas en la isla como precio de la libertad de su jefe, y que trajesen cuanto oro pudieran acoplar. Así lo ejecutaron con una presteza que prueba cuánto respeto y cariño tenían por su caudillo. El número de macanas, arcos y flechas que trajeron los indígenas fué tan considerable, que por muchos días no necesitaron los castellanos de otro combustible para preparar sus alimentos, y se despojaron también de cuanto oro poseían, ofreciéndolo en rescate del cacique.

Las esperanzas y las noticias vagas que le daban de mejores tierras, junto con la abundancia de bastimentos que Tamalamequé le proporcionaba, determinaron á Alfínger á enviar á Coro á. Bascona, uno de sus oficiales, con 25 | hombres y 60.000 pesos, parte del botín adquirido, con el objeto de comprar más armas, pertrechos y caballos, y enganchar más gente con qué continuar la exploración. Después de esperar vanamente su vuelta un año, se resolvió Alfínger á emprender el viaje de regreso, aunque adoptando otro camino; salió pues de Tamalameque y siguió por algunos días las márgenes del Magdalena, luego penetró por la sierra buscando tierra más sana, ya cansado de perder su gente por las enfermedades y tormento continuo de los mosquitos y reptiles, atollados hombres y caballos en los cenagales y vivien­do de raíces, frutas de monte y de todo género de insectos. Se infiere que fué por la altura del brazo de Ocaña por donde su­bieron á la cordillera Alfínger y sus compañeros con los indecibles trabajos que son de suponerse, no sólo para abrirse paso por entre las montañas, sino para sacar los caballos. Llegaron finalmente á un paraje pantanoso y cubierto de tanta cantidad de caracoles, que con ellos se alimentaron exclusivamente, mientras Esteban Martín se adelantaba con los más robustos en solicitud de poblaciones que ofrecieran algunos recursos. Efectivamente, de allí á pocos días dió en el valle de Girón, de donde sacó algunas provisiones con que volvió á alentar á sus compañeros, á los veinte días de haberse  separado de ellos | |(1).  

Caminaron todos reunidos, aunque hostilizados constantemente por los indios citareros, y no atreviéndose á entrar Alfínger en la populosa provincia de Guane (valle del Suárez) con | tan corto número de compañeros, prefirió atravesar los páramos al oriente. Emprendiendo imprudentemente Alfínger esta peregrinación por las elevadísimas sierras de Cachirí, las más altas regiones que los europeos habían pisado por esta parte, sin abrigo suficiente, y saliendo de temperamentos calientes, sufrieron mucho del frió ; los más débiles perecieron, y cerca de trescientos indios de servicio que les habían quedado, y que oriundos de lugares bajos y andando desnudos, no pudieron soportar el rigor de aquel clima. El resto llegó al pueblo de Silos, en donde hallaron fuego para calentarse, mantas de algodón para cubrirse y abundancia de mantenimientos, porque los habitantes desampararon precipitadamente sus casas al aproximarse los castellanos. Con algunos que pudieron prender se despachó una partida á sacar las cargas y enterrar los españoles muertos en el páramo. De aquí pasaron al valle de Ravicha, y corno su conducta no era muy á propósito para ganarles las voluntades de los indígenas, éstos permanecieron siempre hostiles. 

En uno de los frecuentes combates que les daban, pereció el criado de Alfínger, verdugo de los indios, y pocos días después, al bajar al valle de Chinácota una madrugada en que salía á un reconocimiento de temor de alguna sorpre­sa con pocos de los suyos, fué acometido en el bosque y herido gravemente Alfínger en el cuello, de cuyas resultas expiró al tercer día. Fué sepultado al pie de un árbol en cuya corteza se gravó su epitafio, y al valle que se descubría se dió el nombre de valle de Micer Ambrosio. Algunos suponen que mano cristiana, aunque alevosa, le dió la muerte. Pocos días antes se había tratado de que distribuyera el oro que se había recogido en la expedición, á lo cual se opuso Alfínger con pretexto de que era preciso sacar los costos del armamento, y partir luego el resto entre los que quedasen, llegados que fuesen á Coro. Como muchos suponían que el Gobernador pretendía defraudarlos de lo que á costa de tan grandes penalidades habían ganado, no tiene nada de extraño que esta gente se hiciera justicia por sus propias manos, y lo que corrobora la sospecha es que veinticuatro horas después del fallecimiento de Alfínger se repartieron la presa y nombraron caudillo, no sin muchos altercados, á Juan de San Martín, á fin de que los condujese á la costa del mar.

Pusiéronse en efecto en camino, peleando con los indios, que valientemente defendían sus haberes. En los valles de Cúcuta, poco poblados entonces, tuvieron una fuerte refriega en la expugnación de un palenque que habían construido los habitantes para defenderse; allí murieron diez españoles, entre ellos Anaya, uno de los fautores del motín contra Alfínger, y Monserrate. Apoderáronse los castellanos del puesto, pasando a cuchillo, hombres, mujeres y niños, y quemando después el pueblo siguieron su derrota hasta las orillas de un río, en donde oyeron con sorpresa que un indio desnudo y pintado como los demás les daba voces en buen castellano. Luego que se acercó conocieron ser Francisco Martín, uno de los soldados que con Bascona habían salido de Tamalameqne hacía casi dos años,  de quien nada más se supo. Les refirió Martín que, habiendo pretendido tomar un camino más corto para la laguna de Maracaibo, por las montañas, sin dar la vuelta por la marina, ó quizá viéndose tan pocos, temerosos de las venganzas de los indios del Valle de Upar, se perdieron en aquellas selvas y desiertos, enterrando el oro que no podían ya cargar, al pié de una ceiba, y obligados por el hambre á matar sucesivamente todos los indios de servicio de ambos sexos para comerlos, hasta que, agotado este horrible recurso, y temiendo cada uno ser víctima de sus compañeros, se separaron espontáneamente en todas direcciones. 

Que él con otros tres llegaban extenuados á orillas de un rio considerable, que veían no sería posible vadear, cuando observaron una canoa con cuatro indígenas, á quienes, en ademán suplicante, con los gestos más expresivos, pidieron los socorriesen con algún alimento. Que los indios, movidos á compasión al verlos en tal estado, bogaron rápidamente y dentro de un breve rato volvieron trayendo de sus sementeras algunas raíces y maíz, lo que conceptuaron bastaba para satisfacer el hambre de aquellos desventurados, los cuales, olvidando que eran hombres y no tigres, se arrojaron sobre los que tan generosamente venían á socorrerlos; mientras desembarcaban los víveres, lograron asir á uno de los indígenas que despedazaron |in conlinenti y sepultaron en sus vientres. Este acto horroroso, que no hay palabra adecuada para calificar, es la demostración más perentoria del abismo de crímenes en que pueden sepul­tarse los hombres que dan rienda suelta á sus apetitos brutales,  y de cuán rápido es el descenso desde el primer acto de inhumanidad hasta el que acabo dé referir, que rebaja la naturaleza humana á un nivel inferior al de las fieras más voraces.

El Francisco Martín, no pudiendo continuar la marcha por tener una llaga que no le permitía caminar, hizo una balsa y se dejó llevar de la corriente del río hasta un pueblo, en donde fue acogido y alimentado por aquellos salvajes, y en donde pasó más de un año, ejerciendo las funciones de médico y unido con la hija del cacique, la cual quiso seguirle después á Coro. Con el auxilio de éste, los españoles lograron de los indios de la comarca, víveres y guías que los sacaron de estas montañas y los pusieron en Coro, tres años después de haber emprendido tan trágica exploración ; y de doscientos reducidos al número de sesenta. Francisco Martín no pudo habituarse enteramente á la vida de sus paisanos y volvió repetidas veces á las selvas | | (2) .

 Este fue el único que escapó de los compañeros de Bascona, y todas las diligencias que se hicieron después para hallar el tesoro fueron infructuosa. Quedóse así sepultada en los bosques mucha parte del fruto de la rapiña de este puñado de piratas, que es el título menos duro que puede dárseles.

Hemos visto que cuando García de Lerma tomó posesión de la Gobernación de Santa Marta, era teniente de Badillo D. Pedro Heredia, que fue de los más aprovechados del botín que hicieron los españoles en varias entradas al Valle de Upar y otros lugares adonde nadie había penetrado hasta entonces. Luego que terminó la residencia tomada á Badillo, volvió Heredia á España con suficiente caudal para lograr se le concediese el mando en la parte de la costa que estaba vacante, desde la embocadura del. Magdalena hasta la del Darién. Hízose la capitulación obligándole á que fundara una ciudad y fortaleza, y se le otorgaba tierra adentro como límite de su gobierno la línea equinoccial, de manera que quedaba comprendido todo el territorio que hoy tienen las provincias de Antioquia, Popayán, Mariquita, una parte de la de Neiva, la de Pasto y cierta porción del Chocó.

Heredia fué uno de los hombres que más se distinguieron en el descubrimiento de la Nueva Granada, y que al valor, firmeza de ánimo y notable perspicacia reunía mucha práctica en las guerras de los indios, conocimiento de su carácter, y, lo que es más, el talento de hacerse obedecer de los aventureros que constituían la porción más considerable de las expediciones que se armaban en España, con el objeto de descubrir y de fundar establecimientos durables en las Indias. Espadachín en su juventud quedó mutilado de las narices en una pendencia nocturna de las que eran tan comunes en aquella época en las calles de Madrid, su patria; y aunque reparado el daño hábilmente por un | cirujano, no paró hasta vengarse de sus enemigos, matando, dicen, tres de ellos, por cuyo motivo hubo de salir fugitivo para Santo Domingo, en donde heredó después de un pariente bienes rurales, que le dieron cierta posición elevada, en que lo encontró Badillo cuando lo nombró teniente para Santa Marta. De sus hechos posteriores, de su carácter, buenas y malas calidades, va ahora á juzgar el lector, puesto que ya no lo perderemos de vista hasta su muerte, y que hemos de acompañarle en próspera y adversa fortuna, y en las circunstancias en que la naturaleza humana se muestra más al descubierto. No anticiparé, pues, aquí el bosquejo de su retrato moral, como tampoco el de Francisco Cesar, su segundo, uno de los más nobles caracteres que pasaron á América, porque fío más en el discernimiento del lector para juzgar á los hombres, que en el mío propio. Me contentaré con reunir imparcialmente todos los elementos á fin de que el juicio sea lo más cabal que pueda darse.

De la gente que en Sevilla deseaba tomar parte en la expedición, escogió Heredia ciento cincuenta hombres, muchos de los cuales nombran los cronistas, y entre ellos figuran Pedro de Alcázar y el capitán Nuño de Castro, llamado el Bueno, apellidos que aún subsisten en Cartagena. Los aprestos de esta jornada se hacían por un hombre experimentado en las cosas de Indias; no se embarcaron, pues, muebles ni utensilios de lujo, pero sí muchas armas é instrumentos de montear, harina y vino, y cantidad considerable de cascabeles, espejillos, bonetes colorados y demás frioleras que se comprendían bajo el nombre general de rescates, y que servían para regalar á los indios y trocarles por el oro y mantas cuando no se los arrebataban violentamente. Hizo construir también Heredia una fusta ligera, susceptible de entrar en todos los recodos de la costa marítima y riachuelos en donde no pudieran recalar los dos buques mayores. Todos estos gastos se hicieron con el oro que había sacado Heredia de Santa Marta y que sirvió para la conquista de Cartagena.

Salió la flotilla de Cádiz á fines de 1532, tocó en Puerto Rico para refrescar los víveres, y aquí se le unieron algunos de los compañeros de Sebastián Cabot en su jornada al río de la Plata, que habían quedado en esta isla á su regreso á España, entre ellos el capitán Francisco Cesar, á quien Heredia nombró de teniente general. Arribaron luego á Santo Domingo, en donde siendo Heredia tan conocido, no le fué difícil reunir algunos hombres más, de las reliquias de las tropas de Ordaz y Sedeño, gente aclimatada en la costa de Venezuela. Hizo también fabricar ciertas corazas de cuerno articuladas, como defensa de las flechas de los indios de Calamar y de Turbaco, que desde la derrota de Ojeda y muerte de La Cosa eran temidas sobre todas, y dió la vela para la Costa Firme llevando consigo cuarenta y siete caballos, de los cuales perecieron veinticinco en la travesía. Reconocieron á Santa Marta y siguieron muy cerca de la costa, lo que los puso á pique de zozobrar en las bocas del Magdalena, porque temían, saliendo afuera, ser llevados más abajo de Cartagena, como había acontecido á Pedrarias.

Dieron fondo en el puerto de Cartagena el día 14 | de Enero de 1533. |  Ignórase cuál de los dos -Ojeda ó Bastida - le dió el nombre á principios de aquel siglo | | |(3), mas la verdad es que ya lo tenía la bahía á la llegada de Heredia.

Entraron las naves al puerto por la boca grande, mas por ser ya tarde no desembarcaron hasta el día siguiente. Aquella noche encendieron los indígenas hogueras en toda la costar quizá con el fin de oponerse al desembarco de los castellanos, el cual se verificó muy temprano la mañana del 15. | No parecieron de pronto los indígenas en la playa, mas no tardaron en apoderarse de un caballo que se apartó, y queriéndolo recuperar Heredia con quince soldados de á pié y dos de á caballo, le resistieron cien indios, á quienes derrotó y fué siguiendo hasta el pueblo de Calamar, que habían desamparado sus habitantes. Este pueblo estaba rodeado de una fuerte estacada de árboles espinosos coronados de calaveras. Retiróse Heredia á la playa, en donde, luego que estuvo reunida toda la gente, volvió á ocupar las casas. Poco satisfecho el Gobernador por no haber hallado buena agua potable en aquellas inmediaciones, envió una de las naves la costa abajo á explorar un sitio más propicio para establecerse, y la otra hacia Galera Zamba. 

Guiado después por un indio viejo llamado Corinche, que habían hecho prisionero ó que se quedó voluntariamente, encaminóse por tierra con los caballos y la mayor parte de la tropa, hacia Zamba. Deseaba Heredia fundar una población que, conforme á lo capitulado en la Corte, sirviese de apoyo á las futuros descubrimientos, y para ello pretendía por medios suaves |y humanos, conciliarse la buena voluntad y servicios de los indígenas de la Costa. Traía de Santo Domingo una india natural de Zamba, que había sacado en años anteriores uno de los buques que salteaban aquella costa, y pensaba valerse de su persuasión para con los parientes que Catalina, que así se llamaba la india, tenía en Zamba. 

A poco de haber salido del sitio de Calamar, dieron en un pueblo situado á corta distancia de una laguna, que también abandonaron sus habitantes, excepto ciertas mujeres á las que despachó Heredia con algunos presentes á que llamasen á sus deudos, pero que no volvieron. Continuó siempre el Gobernador su viaje con 50 | hombres de infantería y 20 | de á caballo, por espacio de tres leguas, viendo por todas partes grandes poblaciones | |(4), | hasta la entrada de un pueblo cuyos habitantes salieron al encuentro á los castellanos con la mayor resolución, matándoles tres caballos y un hombre, é hiriendo otros en el combate, que duro muchas horas y en el cual corrieron el mayor riesgo así Heredia como su Lugarteniente Cesar. A éste lo libró dé la muerte un sayo encolchado de algodón y forrado de ante, que sacó treinta |y dos flechas colgadas, y el Gobernador perdió  la lanza | | |(5), | | y estuvo á punto de morir asfixiado por el calor en las calles del pueblo, combatiendo al medio día bajo los rayos de un sol tropical. Socorriéronlo los suyos, y desabrochándole le volvieron á la vida. Hizo entonces tocar retirada para rehacerse fuera del pueblo, adonde le siguieron los indios para su perdición, pues en terreno limpio no pudieron resistir el tropel de los caballos, y fueron completamente deshechos | |(6) |. |

Los españoles entraron en el pueblo, que ardía por todas partes, por haberlo incendiado al principio del combate; prendieron algunas indias, y sabiendo que á poca distancia había otro pueblo más grande, determinaron volver á la costa, no hallándose con fuerzas suficientes y deseando curar los caballos heridos, que eran los mejores. Este fué el último esfuerzo de los turbacos por conservar su independencia; en este campo perdieron la flor de sus guerreros; los demás con la chusma se retiraron á las montañas más remotas á llorar su desgracia. Dejaron los españoles, después de saquearlo, el pueblo convertido en un montón de cenizas, y abandonaron á las aves de rapiña los montones de cadáveres de los valientes indios. Atribuyóse traición á Corinche por haberlos conducido por aquel camino interior, más él | manifestó que les había advertido que hallarían resistencia, y sea que se persuadieran de su inocencia, ó que siendo el único indígena que hasta entonces habían podido haber á las manos, no querían privarse de sus servicios, se le otorgó la vida á este pobre anciano.

Del reconocimiento de la costa resultó que en toda ella no había puerto más cómodo que este de Calamar, pues la entrada del de Zamba ofrecía muy poco fondo, y por tanto, á pesar de la falta de agua, se resolvieron á establecerse allí.

El acto solemne de fundar la ciudad, nombrar regidores y demás formalidades, tuvo lugar el día 21 de Enero de este año de 1533 |, bajo la advocación de San Sebastián, así porque era su día, como por el recuerdo de las temibles flechas envenenadas. Señaláronse los dos mejores solares para la iglesia, que son los que hoy ocupa el hospital, y se conservó á la ciudad el nombre del pueblo cuyo sitio ocupaba, mas insensiblemente se fué sustituyendo al nombre de Calamar el de Cartagena que se había dado antes al puerto, porque con este título se hacían los armamentos y preparaban los auxilios que se remitieron posteriormente á Heredia desde Santo Domingo y Jamaica. | | (7) Cartagena es, pues, en el orden cronológico, la tercera ciudad importante fundada por los españoles en Nueva Granada.  

(1) Dio noticias de grandes poblaciones.
Prolijas sementeras y labranzas,
Apariencias y representaciones
Del cumplimiento de sus esperanzas;
Aliéntense hambrientos escuadrones,
Compónense guerreras ordenanzas,
Afilanse las lanzas, las espadas,
Y á gran prisa caminan las jornadas;
No   van por el camino sin encuentro
De grandes escuadrones de flecheros,
Y cuanto se metían más adentro
Más cantidad había de guerreros. |
 
CASTELLANOS, | elegía 1.a, parte 2.a (Regresar a 1) 
(2)  “Pasaron los sesenta soldados de Coro con Francisco Martín. que estaba tan ansioso por volver á ver su mujer é hijos que había dejado dé donde lo sacaron, y tan apesarado de haber salido de con ellos, que, dejándose vencer de estos deseos, se despareció y se fué allá, tomándose al vómito de las costumbres del indio en que estaba ya connaturalizado. Vídose esto pues entrando después á aquella provincia una compañía dé españoles, y hallándole y trayéndolo a Coro, se volvió otra vez al regosto, de donde lo sacaron tercera vez á Coro, en donde estaba todavía tan inquieto y con demostraciones de costumbres de indio, como era mascar halló y otras, que fué | menester hacerlo salir  de todas las provincias cercanas para quitarle la ocasión.” — F. 1. Simón, Cáp. 9, 2da noticia, 1ra parte.  (Regresar a 2)
(3) Por tener apariencia semejante 
 A la que de tormentas es ajena, 
En las aguas que dicen de levante ;   
Es asiento que corre leste oeste, 
Y cuasi norte sur la travesía, 
De loe confines puertos es aqueste 
El menos enfermedades cría, 
Do raras disenterías es la peste, 
Pero de lo demás tierra sana, 
Y el novocio que viene mal dispuesto, 
O le da sanidad, o mata presto. 
  
CASTELLANOS, Elegías, parte 3.a  (Regresar a 3)
(4)  Por que crea Vuestra Majestad que lo que de la tierra hemos visto es la más poblada y más abundosa de comidas que nunca en estas partes se ha visto» Así se expresa D. Pedro Heredia en la carta escrita al Rey desde Calamar, de la cual poseo una | copia sacada de la colección manuscrita de D. Juan Bautista Muñoz, que mi excelente amigo el distinguido literato habanero D. Domingo del Monte, me á remitido de Madrid. (Regresar a 4)
(5)  El Gobernador Heredia en un valiente cabello se fué cebando en alancear y destripar Indios hasta que hallándose cercado de estos, le quitaron la lanza asiéndose de ella, y le fué preciso recurrir á la espada. - F. P. SIMÓN.(Regresar a 5)
(6)  “Era el pueblo tal, que hacía dos horas que andábamos peleando con ellos y no hablamos llegado á la mitad del pueblo, de donde yo acordé tomar á recoger la gente hacia el un cabo del pueblo.”—HEREDIA, documento manuscrito ya citado. (Regresar a 6) 
(7)  No he creído deber separarme de la tradición común  del testimonio de los historiadores da reconocida autoridad, que fijan en esta época la fundación de Cartagena, á pesar de que otra cosa parece deducirse de la carta ya citada de D. Pedro de Heredia, que imprimiré en un apéndice, á fin de que pueda juzgarse si me ha faltado razón para atenerme : 1.o A la relación del Padre Juan de Castellanos, historiador contemporáneo que se refiere á GonzaIo Fernández | y á Juan de Cuevas, testigos de vista en lo que dice relación con los sucesos del descubrimiento de este territorio. Castellanos se ordenó en Cartagena pocos años después, de la conquista, cuando todos los acontecimientos debían estar frescos en la memoria de sus habitantes, y habitó en la casa del Capitán Nuño de Castro, | | uno de los compañeros de Heredia; 2.o A. Fray Pedro Simón en su historia manuscrita, 3.a parte, que es el cronista que contiene más detalles respecto de Cartagena; este concuerda con Castellanos, así en el suceso que nos ocupa, como en los demás en que he creído deber abstenerme de adoptar la sucinta relación de Heredia, que omite hechos muy Importantes. Sin embargo de que un resumen histórico no puede contener la controversia de una historia crítica, lo que demandaría mayor extensión, me ha parecido deber consignar | en una nota mis dudas y mi decisión en este punto.(Regresar a 7)  

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