Comiénzase el descubrimiento de las Costas del Chocó al sur.
—Expedición
de Andagoya.—Sale Pizarro á la conquista del
Perú.—Fundación de Santa Marta y desgracia de
Bastidas.—Sucédele el Capitán Palomino á éste Badillo y luego
García de Lerma.
Mas ahora y siempre el argonauta osado
Que del mar arrostrare los furores.
Al arrojar el áncora pesada
en las playas antípodas distantes.
Verá la cruz del Gólgota plantada
|
Y escuchará la lengua de Cervantes.
DUQUE DE FRÍAS.
Siendo Pascual Andagoya, en 1522, regidor de Panamá y visitador
general de los indios, obtuvo licencia del Gobernador Pedrarias
para salir á descubrir por la costa al sur, desde la punta de
Piñas, que era lo último que se conocía por esta parte. Quejábanse
los indios Chochamas ó Chicamas, habitantes de esta costa, de las
invasiones periódicas que les hacían por mar los súbditos de Birú
que habitaban más al sur y que venían en canoas á robarlos. Estos
no hablaban ya la lengua Cueba, la más común en el resto del istmo,
y eran feroces y temibles. Asegura Andagoya que los derrotó y
sometió, que llegó hasta el río San Juan y que allí adquirió las
noticias que después sirvieron para animar á Pizarro en su
descubrimiento, mas el conocimiento que tenemos de esta jornada, de
la que volvió Andagoya enfermo, se funda solamente en su relación,
que Herrera tomó por texto y que se halla inserta por entero en la
colección de Navarrete. Como ella, en otros sucesos que conocemos
bien, adolece de errores voluntarios y de inexactitudes, no es
posible admitirla sin mucha reserva.
El descubrimiento y exploración de toda la costa granadina,
desde el golfo San Miguel hasta la embocadura del río Mira, se debe
en realidad á los famosos conquistadores del Perú, Francisco
Pizarro y Diego de Almagro. Confidente y amigo íntimo de Vasco
Núñez de Balboa, el primero, no
|
cesaba de quejarse de que
tantos años hubieran transcurrido desde el descubrimiento del mar
Pacifico, sin intentarse llevar á cabo la exploración de la costa
al sur en solicitud de las ricas comarcas de que les había hablado
el hijo de Comagre hacía quince años, porque Pedrarias, á quien no
podía negarse habilidad para gobernar y para impedir motines y
alborotos, no era, sin embargo, hombre de empresas atrevidas, ni
fomentó otras que las que se dirigieron á la costa del poniente,
por donde penetró Córdoba en Nicaragua, hasta encontrarse con los
oficiales da Hernán Cortés. Con dificultad se consiguió que el
Gobernador diese su consentimiento para la formación de la famosa
compañía entre Francisco Pizarro, Diego de Almagro y el Canónigo
Hernando de Luque, á cuyos esfuerzos se debe en gran parte el
descubrimiento del vasto Imperio de los Incas. Celebróse el pacto
con sagrada sanción; diciendo Luque la misa y partiendo en tres la
hostia, dió una parte á cada compañero, consumiendo él la otra. El
activo canónigo anticipó veinte mil pesos en barras de oro para el
armamento proyectado, mas esta suma le había sido confiada
secretamente con este fin por el bachiller Gaspar Espinosa,
Teniente de Pedrarias, según se ha averiguado posteriormente.
Por Noviembre de 1525 salió Pizarro en un buque con poco más de
cien hombres, y desembarcó en la costa vecina de la punta de Piñas,
tierra despoblada en las márgenes del mar, áspera, lluviosa y
cubierta de selvas impenetrables hacia lo interior. Allí sufrieron
los españoles mil necesidades, por la inclemencia del cielo y la
escasez de mantenimientos, sin faltarles hostilidades de parte de
los indígenas, que usaban de las tremendas flechas envenenadas,
cuyas heridas no se curaban sino quemándolas oportunamente con
aceite hirviendo. Fué preciso enviar el buque á buscar bastimento á
la isla de las Perlas, y con este auxilio salieron del puerto del
Hambre y llegaron a puerto
Quemado á sufrir las mismas necesidades y la misma resistencia
de parte de los indios. Esta exploración duró una parte del año
1526. Cada vez que reunían algún oro de lo que tomaba á los indios,
enviaban á Panamá á reclutar gente para reemplazar la que moría y
para proveerse de pertrechos de guerra y boca, de manera que puede
decirse que sin él oro del Chocó, el descubrimiento del Perú se
habría retardado de muchos años. Cuando Almagro andaba buscando la
huella de Pizarro en aquélla costa, tuvo una refriega con los
indios de puerto Quemado, que lo hirieron gravemente privándolo de
un ojo. Es digno de notarse que las tribus indígenas que habitaban
las costas de Nueva Granada en ambos mares, opusieron una
resistencia más eficaz á los castellanos, que las poblaciones
numerosas y medio civilizadas que ocupaban las vastas planicies de
Anahuac, el Cuzco y Bogotá.
La tribu belicosa que escarmentó á Pizarro en un combate en que
perdió algunos soldados y quedó con muchas heridas, y después á
Almagro, habitaba y tenía un palenque en lugar fuerte por
naturaleza no lejos de la bahía de Cupica. Desde aquí siguió
Almagro registrando la costa abajo, reconoció el valle de Baeza,
muy poblado y rico de oro, al cual se dió este nombre por el de un
soldado que allí falleció. Es probable que sea el que hoy se conoce
con el de Baudó; luego vió el rió del Melón, nombrado así por uno
que cogieron en sus aguas; el de las Fortalezas, por la apariencia
que tenían las casas de los indios que descubrieron, y últimamente
un río caudaloso que llamaron de San Juan, por ser aquel, el día en
que llegaron á él. Regresaron de allí á Chicama, en donde se
juntaron con Pizarro, y luego volvieron reunidos al río San Juan
con nuevos auxilios.
De allí partió en uno de los buques el piloto Bartolomé Ruiz, el
cual llegó hasta la línea equinoccial. Fué en este viaje cuando
avistaron una vela en alta mar por la primera vez, y dándole caza,
resultó ser una balsa de las que venían de Túmbez á la costa del
bajo Chocó á cambiar telas y lana hilada de las ovejas del Perú por
oro en polvo, para lo cual traían un peso en forma de romana. Con
las noticias circunstanciadas del Inca y de las riquezas del Perú
que dieron los indígenas cautivados en la balsa, volvió Ruiz á San
Juan, y llegó casi al mismo tiempo que Almagro regresaba de Panamá
con refuerzos. Salieron todos juntos por la costa en los buques que
remontaban con dificultad, descansaron quince días en la isla del
Gallo, y luego siguieron hasta la bahía de San Mateo, pero aunque
la tierra parecía más fértil y menos pantanosa, los naturales
permanecían tan hostiles, que habiéndose resuelto que Almagro
volviera á Panamá por mayores fuerzas para emprender el viaje del
Perú, se determinó Pizarro á no esperarlo en tierra firme, sino á
pasarse á la isla del Gallo.
No sin murmuraciones se alejaron las naves, pues los que
quedaban sufriendo continuo tormento de los mosquitos, obligados á
enterrarse en la arena para hallar algún reposo, hambrientos y
enfermos, pasaban una vida insoportable. Quejáronse pública y
secretamente, y habiendo recibido el nuevo Gobernador Pedro de los
Ríos, (recientemente llegado á Panamá como sucesor de Pedrarias),
un billete que pintaba la lamentable situación de los compañeros de
Pizarro, papel que escapó al registro escrupuloso practicado por
Almagro antes de desembarcar los efectos, por estar en el centro de
un ovillo de hilo de algodón, ordenó que saliese al instante un
buque que trajese á los cautivos de isla del Gallo.
En vez de auxilio, recibió pues, Pizarro la orden de renunciar á
su empresa y de volver á Panamá. Fundábase el Gobernador en que no
había derecho de compeler á ningún español á continuar en semejante
expedición contra su voluntad. Tan cruda prueba sólo sirvió para
poner en evidencia la gran firmeza de ánimo de Pizarro, el cual
declaró; que si nadie le seguía, solo se quedaría para llevar á
cabo su descubrimiento, que había jurado conseguir, ó perecer en la
demanda.
El comisionado tiró una raya sobre la cubierta de la nave,
invitando á pasarla á los que quisiesen volver á Panamá. Sólo trece
se resolvieron á correr la suerte de Pizarro; con ellos se quedó en
la isla de la Gorgona por evitar los ataques de los indios. La
historia nos ha trasmitido los nombres de estos castellanos,
ennoblecidos todos ellos después por real decreto, y que no
dejándose vencer por los trabajos, lograron ver por fin las
maravillas del Imperio de los Incas. Los demás regresaron á Panamá,
de donde salió Bartolomé Ruiz con algunos marinos en una nave, que
tomando á su bordo los peregrinos de !a Gorgona los condujo
directamente á las costas del Perú, adonde no entra en nuestro plan
seguirlos, por dramática é interesante que sea la serie de
acontecimientos que se sucedieron rápidamente, y que fueron el
término feliz de las desgracias que los acompañaron en las costas
del Chocó, pues ya es sobradamente tiempo de que entremos á referir
lo que pasaba en Santa Marta y en Cartagena por aquellos años.
Un intervalo muy largo transcurrió desde el abandono de la
colonia de San Sebastián de Urabá, hasta que Rodrigo Bastidas
capituló en Diciembre de 1521 la fundación de una ciudad y
fortaleza en la Costa Firme, siendo de su elección el lugar, en
toda la extensión que se comprende desde el cabo de la Vela hasta
las bocas del Magdalena. Se le impuso la condición de llevar
cincuenta vecinos, entre ellos algunos casados, pues ya se trataba
seriamente de colonizar y de tomar posesión real de aquellos
países, temiendo las tentativas de otras naciones. No pudo
Bastidas, sin embargo, llevar á efecto su expedición hasta mediados
de 1525,
|
en que se hizo á la vela de Santo Domingo, en donde
tenía sus posesiones, en cuatro bajeles, y aportó á una ensenada
cerca de Gaira el día
|29 de Julio del mismo año, por cuyo
motivo recibió la bahía el nombre de Santa Marta que hoy conserva
la ciudad, la cual sirvió de punto de escala para las primeras
exploraciones á lo interior.
Fiel Bastidas á su antiguo plan de ganar las voluntades de los
indígenas tratándoles con humanidad y consideraciones, logró sentar
paces con los Gairas, Tagangas y Dorsinos, tribus que rodeaban el
lugar, y acopió considerable cantidad de oro en una entrada que
hizo á Bonda y Bondigua, la que se negó á distribuir entre los
compañeros antes de haber pagado los gastos del armamento. Ocupaba
además á los españoles en cortar la madera y sacarla de la montaña
para fabricar las casas, y no consentía en que se tomase nada por
fuerza á los naturales. Qué mucho, pues, que éstos, que habían
recibido siempre de guerra á los castellanos, se manejaran ahora
como aliados y amigos fieles, y que aquellos anduvieran
descontentos y disgustados, acostumbrados como estaban en todas
ocasiones á servirse de los indígenas cual esclavos? Las
enfermedades habían cundido por otra parte en la colonia, carecían
de buenos alimentos, y no tenían otro en verdad que carne salada y
casi corrompida. El Gobernador mismo se hallaba en cama, cuando se
tramó una conspiración para matarlo, acaudillada por su mismo
Teniente Juan de Villafuerte, el cual, con algunos más, se
introdujo en su habitación y le dió de puñaladas dejándole por
muerto. Mas luego que los asesinos salieron, dió voces Bastidas
llamando auxilio, á las que acudió oportunamente para defenderlo el
Capitán Rodrigo Palomino á tiempo que los conjurados volvían á
acabarlo. Tan negra acción excitó la indignación de los habitantes,
entre los cuales no hallando simpatías los asesinos, desampararon
el lugar y se internaron en las selvas. Eran éstos nueve, número
bien corto para defenderse de los indios acostumbrados á batir
cuadrillas más crecidas como la de Colmenares, pero las buenas
relaciones que Bastidas había establecido con aquellos habitantes,
los protegieron hasta que su mala conducta los hizo
perseguir.
Algunos volvieron con Villafuerte á Santa Marta; presos allí y
enviados á Santo Domingo, pagaron su crimen con la vida. Otros
tuvieron el arrojo de pasarse en una canoa desde la Costa Firme á
Santo Domingo, en donde hallaron la misma suerte. El desventurado
Gobernador, animado de gratitud, nombró á Palomino por su Teniente
General, más así éste como los demás colonos, á quienes pesaba
tener un jefe que defendiera á los indígenas, le instaron para que
fuese á Santo Domingo á curarse de las heridas. Estas se empeoraron
con el viaje de mar, y el primer descubridor de nuestras costas
pereció miserablemente al llegar á Cuba. Fué Rodrigo de Bastidas
vecino de Triana en Sevilla, hombre de buena fama, sangre, calidad
y estima, según F. Pedro Simón. Quintana, en una nota á la vida de
Vasco Nuñez de Balboa, dice que su memoria debe ser grata á todos
los amantes de la justicia y de la humanidad, por haber sido uno de
los pocos que trataron á los indios con equidad y mansedumbre. Y el
Obispo F. Bartolomé de las Casas, que en esta materia no dispensaba
ni los pecados veniales, hablando de Bastidas, dice: Siempre le
conocí ser para con los indios piadoso, y que de los que les hacían
agravios blasfemaba. Esta es también la opinión de Herrera y de
nuestro cronista versificador Juan de Castellanos, escritor de
aquélla época:
Según los que más saben de este cuento,
Fué principio y origen de sus males
No consentir hacer mal tratamiento
Ni robos en aquellos naturales.
Esta será una de las pocas ocasiones en que me
separará del propósito de no introducir en el texto de esta obra
las citas de las autoridades que me han servido para fundar mis
opiniones. Y lo hago ahora por dejar la memoria de este buen
español sin la tacha que muy de paso le impone el señor Piedrahita
en su
|Historia de la conquista de la Nueva Granada.
«Ernbarcándose (Bastidas) para Santo Domingo por dar gusto á tantos
como le aborrecían por su áspera condición, arribó á Cuba por el
año de 1526, donde murió de las heridas desengañado de que no es lo
mismo regir leños dejándose gobernar de los vientos, que mandar
hombres sin dejarse gobernar del Consejo. Tal es el juicio
demasiado severo con que el venerable Obispo de Santa Marta, que
tanto se ilustró por sus virtudes y por sus letras, se despide del
fundador de aquélla ciudad y primer descubridor de su territorio,
juicio que es tan ajeno de la caridad como de la verdad
histórica.
Quedó Palomiño de jefe de la colonia desde el día de la ausencia
del Gobernador Bastidas, y logró persuadir á sus compañeros que les
convenía mantener la paz con las tribus de Gaira, Dorsino, Concha,
Chengua y demás vecinas, para no carecer de los víveres que éstas
les proporcionarían, dándoles mano larga para saltear las más
lejanas de Zaca, Chairama, Guachaca, Origua y otras. Era Palomino
excelente jinete, hombre arrojado, tenaz y sufrido, le secundaban
dos castellanos que desnudándose y pintándose se disfrazaban de
indios y hacían el oficio de espías, penetrando por las poblaciones
sin ser sentidos. Estos preparaban las sorpresas de modo que los
desgraciados indios eran atacados de repente y despojados de cuanto
tenían, llevando á muchos cautivos como esclavos para vender en
Santo Domingo con el pretexto de que eran caribes. Con esto la
colonia comenzó á ser frecuentada de naves de Santo Domingo, y
surtida de armas,. pólvora y toda especie de artículos de necesidad
y aun de lujo. Palomino era temido como el azote de la comarca, y
en su escuela se formaron aquellos famosos prácticos ó
|baquianos que tanto contribuyeron después al descubrimiento
y conquista de todo el país.
La definición de un baquiano es demasiado característica de la
época para que pueda omitirse en esta obra; la daré en las mismas
palabras del P. F. P. Simón: «Son los baquianos los que aconsejan á
propósito, rastrean, caminan y no se cansan, cargan lo que se
ofrece, velan, sufren el hambre, la sed, el sol, agua y sereno,
saben ser espías, centinelas perdidos, echar emboscadas,.
descubrirlas y seguirlas, marchar con cuidado, abrir los caminos;
no les pesan las armas ni huyen del trabajo; buscan y conocen las
comidas silvestres. Hacen la puente y el rancho, el sayo de armas,
la rodela y el alpargate. Pelean al uso de aquellas guerras, sin
que les dé terror ni espanto el horrendo y repentino son de los
fotutos, voces, algazara, tristes aullidos y confusos gritos de los
indios al primer ímpetu de la
|guazabara, y lo que es más, no
están sujetos á enfermedades y llagas de chapetonadas como los
bisoños ó chapetones, los cuales, aunque no les falte tanto ó más
ánimo que á los baquianos al momento de pelear, mientras no lo son,
aciertan lo menos y yerran lo más. Agotadas las gentes de los
terrenos bajos y despejados de aquélla costa, se vió obligado
Palomino á disponer una entrada á la sierra de Bonda, terrenos
ásperos y montuosos adonde no podían penetrar los de á caballo, y
en los cuales los indígenas peleaban con ventajas. Muy pronto
hicieron los españoles la costosa experiencia, y tuvieron que
retirarse maltrechos con pérdida de veintisiete soldados muertos y
muchos heridos. Este fué el primer revés que sufrió Palomino. Los
Bondas triunfantes persiguieron los derrotados hasta lo llano, en
donde una carga de caballería los obligó á retraerse á sus
guaridas.
Entre tanto llegó á Santa Marta el nuevo Gobernador Pedro
Vadillo, provisto por la audiencia de Santo Domingo, luego que se
supo el fallecimiento de Bastidas. Negóse Palomino á entregar el
mando, fundado aparentemente en que tocaba al Consejo proveer el
gobierno de Santa Marta, y en que él era el legítimo Lugarteniente
de Bastidas, pero la realidad era que disponía de buen número de
gente armada enteramente á su devoción, mientras que Vadillo no
traía sino doscientos hombres, con los cuales hubo de abandonar el
puerto luego que Palomino mandó ahorcar á un Capitán portugués
Báez, con quien se había concertado Pedro de Heredia, Teniente de
Vadillo, para hacerse dueño de la ciudad. No pudiendo sin embargo
resolverse á volver á Santo Domingo, desembarcaron y se hicieron
fuertes en la ensenada de Concha, adonde se dirigió Palomino
resuelto á combatirlos. Este escándalo se evitó por fortuna,
gracias á la mediación de los capellanes, y se convino en que se
reunirían las dios tropas y que los dos jefes tendrían mando igual
mientras llegaban los despachos de la Corte, adonde Palomino había
enviado un comisionado solicitando ser confirmado en su destino.
Creía él que toda aquella gente que pensaba ganarse, correría
entonces su suerte, y podría emprender más lucrativas expediciones. Entre tanto
se decidió la entrada á Pocigueyca, una de las poblaciones más
considerables de los Taironas en la cabecera de la Ciénaga hacia
las montañas.
|
|(1
|)
|
Segunda vez fué rechazado Palomino; las ciénagas y pantanos
no permitían maniobrar á los jinetes, y los indios flechaban á
mansalva á los castellanos, que muy abatidos se retiraron á Santa
Marta con seis heridos y el caballo de su caudillo muerto. Viendo,
pues, que eran inútiles las tentativas para sujetar las tribus de
los Taironas, convinieron en salir todos, la costa arriba hacia la
Ramada, que era muy poblada entonces, con lugares considerables; esperaban
pues recorrerla y hacer un buen botín.
|
|(2).
Entre las diversas tribus que habitaban aquélla costa,
distinguíanse los Guanebucanes, valientes y hospitalarios, y que
daban espontáneamente sus alhajas de oro y cuanto poseían. Las mujeres eran bien parecidas,
andaban desnudas y se adornaban con planchas de oro
|
|
(3)
.
Partióse Vadillo delante con 300 infantes y 70 de á caballo, y
llego sin estorbo á la Ramada. Seguía Palomino con una escolta de
caballería, y en el paso de uno de aquellos ríos, tomando la
delantera para esguazarlo, perdió el pié el caballo y desapareció
con el jinete; salió luego aquél, pero Rodrigo Palomino no pareció
más ni vivo ni muerto. Tal fué el fin trágico del segundo
Gobernador de Santa Marta. Por su muerte se hicieron grandes duelos
en aquélla ciudad, pues él había logrado hacer prosperar la
colonia, aunque con considerable detrimento de los indígenas. El
único monumento erigirlo á la memoria de este valiente Capitán, es
el nombre que le ha quedado al río en que se ahogó y á ciertos
pasos estrechos de la montaña en que se distinguió
sobremanera.
Al punto que Vadillo se vió libre de su rival, cesó de domar su
carácter duro é imperioso. Los indígenas fueron víctimas de su
rapacidad, y luego que devastó los pueblos de la Ramada, encaminó
su gente al valle de Upar, situado del lado opuesto de la Sierra
Nevada. Una ocupación militar de muchos meses convirtió la dicha de
que disfrutaban estas fértiles comarcas en escenas de desolación y
de miseria. Era el valle de Upar uno de los más ricos y más
poblados de estas tierras, sus habitantes vivían dichosos con los
productos abundantes de la tierra, pesquerías y caza. Halláronse
tambores revestidos de láminas de oro, y gran cantidad de joyas de
este metal, con que Vadillo volvió á Santa Marta después de un año
de ausencia cargado de riquezas y seguido de cuantos esclavos
podían custodiar sus soldados, destinados aquellos infelices á
morir en las islas, en los trabajos de agricultura y minería.
Entendió Vadillo que pronto sería relevarlo del cargo que obtenía,
y se apresuró á vengarse de los partidarios de Palomino, dando
tormento y azotes á algunos, garrote á otros, entre ellos al
Capitán Fernán Bermejo, á quien pretendía despojar de lo que había
ganado en la entrada al valle de Upar, en la cual fué de los que
más se distinguieron, y sirvió á Vadillo descubriendo los
indígenas y sus bienes en lo más oculto de las
selvas.
Ya para entonces había sido nombrado Gobernador de Santa Marta,
García de Lerma, el cual se anticipó á enviar al factor Grajeda á
fin de que tomase residencia á Pedro Vadillo de cuyas crueldades y
robos había cundido la fama. El comisionado fué obedecido al
instante, y procedió á prender á Vadillo y á darle tormento á fin
de averiguar y recobrar las sumas del real erario que éste había
defraudado; siguióse la causa con tanto rigor, que sin la llegada
de Lerma, habría perecido Vadillo en el cadalso. Remitióse á España
para ser juzgado, pero como tuvo la precaución de salvar una parte
del oro que había robarlo, es probable que hubiera quedado impune,
si con el buque que lo llevaba no se hubiera perdido en las costas
de la Península él mismo y el fruto de sus rapiñas. De esta manera
acabó su vida el tercer Gobernador de Santa Marta.
El nombramiento de García de Lerma para Gobernador de esta
provincia, coincidió con la capitulación de los Beizares ó Welzeres
para colonizar en Venezuela, y ya en esta época se descubren sabias
medidas de buen gobierno, que consultaban á la vez la prosperidad
de la colonia y el buen tratamiento de los indígenas, respecto de
los cuales se ordenó al nuevo Gobernador, no solo que no se
consintiera en que se hicieran esclavos, sino que practicase las
más activas diligencias á fin de descubrir en las islas y otros
puntos, los indígenas que se hubieran sacado de su gobernación, y
los restituyera á sus hogares, mandándose á la Audiencia de Santo
Domingo que le prestara mano fuerte, porque así lo exigía la
justicia y la humanidad. Mas en esta materia desgraciadamente la
voluntad del Soberano se estrelló siempre contra el interés de los
conquistadores. Las órdenes más severas y más terminantes eran
constantemente desobedecidas ó eludidas. García de Lerma concertó
algunos agricultores, portugueses, que llevaran semillas de
cereales, hortalizas y árboles frutales, y varios artesanos corno
albañiles, herreros y carpinteros. Se prohibió por real orden el
trato con las islas sin licencia del Gobernador, del cual se
abusaba escandalosamente hasta entonces, prendiendo los indios y
esclavizándolos. Para protegerlos se les nombró protector y
defensor al Padre Fray Tomás Ortiz, que debía acompañar á Lerma, y
ayudarle en sus pesquisas á fin de restituir la libertad á millares
de desventurados indígenas, y para refrenar la codicia de los
pobladores. No consta, sin embargo, que uno solo se libertara, á
pesar de tan estrechas recomendaciones. Ordénese lo conveniente
para fundar y dotar un hospital en Santa Marta, y se proveyó lo
necesario á la decencia del culto divino.
Es de notar que cuantas expediciones se preparaban en España
para ir directamente á la conquista de las nuevas tierras, tenían
un triste desenlace. Caro pagaban el noviciado los europeos;
cargados de galas y de cosas inútiles y olvidando siempre lo más
necesario. Las lucidas compañías de Nicueza y Pedrarias, y esta de
Lerma, que era también gentil hombre, trinchante y cortesano, son
memorables ejemplos; al paso que los armamentos y aprestos que se
hacían en Santo Domingo, compuestos de gente práctica y aclimatada,
tuvieron generalmente buen resultado. Los hombres de fuerte
temperamento, dotados de energía moral y de un temple poco común,
sobrevivían solamente á tantas calamidades como llovían sobre los
recién llegados, La falta de alimento, de distracciones, otro
ciima, costumbres diversas, jornadas difíciles por selvas espesas
infestadas de insectos y de reptiles, engendraban mil enfermedades
y producían la nostalgia y la desesperación. Vióse frecuentemente
un español dar por una botella de vino ó un pedazo de pan de trigo,
todo el oro que había ganado en un año de trabajos increíbles. Mas
los pocos hombres que se hacían superiores á estas debilidades, y
cuya organización se plegaba al duro género de vida que llevaban en
América, fueron capaces de resistir á las más terribles pruebas á
que los veremos expuestos, porque eran el grano más selecto que
había pasado por el harnero de las más crueles privaciones, y es
preciso recordar constantemente esta circunstancia para no tachar
de fabulosas las relaciones de trabajos bajo los cuales parece que
ningún ser humano hubiera podido dejar de sucumbir.
Desembarcó el nuevo Gobernador su gente en Santa Marta en el año
de 1529,
|
|
espantados de ver las chozas pajizas en que
debían alojarse, cuando por la fama de riqueza, que había adquirido
la ciudad, esperaban por lo menos que habría casas cómodas,
ignorando que hasta aquí se había mirado la población como
campamento improvisado, mas bien que corno habitación definitiva.
El Gobernador dió orden de edificar su casa de mampostería, y fué
la primera fabricada sólidamente, y la única qúe se salvó del
incendio que tres años después devoró la ciudad.
Escaseando ya los alimentos á pocas semanas después del arribo
de Lerma, determinó éste salir á reconocer el país con 500
|
hombres de á pié y de á caballo, comenzando por la sierra de
Bonda, cuyos naturales estaban de paz y aún traían algún oro á la
ciudad según lo había exigido Palomino; de allí por Buritaca bajó á
la Ramada, haciendo que se buscasen minas de oro en todo el
tránsito, y dio la vuelta á Santa Marta después de haber visitado
dos grandes pueblos, Bosingua y Alaringua, que los habitantes
abandonaron. Recorrió luego el valle ameno de Coto, á dos leguas de
la marina y tierras de Pocigueyca. Durante estas expediciones, los
indígenas no solo no hostilizaron á los castellanos, sino que les
facilitaron mantenimientos y algún oro. No podían, pues, ser más
favorables las circunstancias para que Lerma, valiéndose de los
religiosos que lievaba consigo, y apoyado en la voluntad del Rey,
emprendiese la obra de la civilización y de la colonización
agrícola. Lejos de esto, comenzó por hacer los repartimientos de
los indios entre los pobladores, nombrando para ello una comisión
compuesta de tres de los más antiguos capitanes que podían juzgar
del mérito que había cada uno contraído, para tener derecho á
servirse de mayor número de indios que debían rendir cierto
tributo. En el repartimiento hubo muchos quejosos; los agraciados
salieron en cuadrillas á tomar posesión de sus respectivos
territorios, los unos hacia la Ramada, los otros al valle de
Tairona, seis á siete leguas de Santa Marta, tierra rica de donde
trajeron de manifiesto setenta mil castellanos de oro. Los
indígenas de Mongay, menos sufridos, rechazaron con pérdida á los
que venían á tomar posesión de la tierra.
El Gobernador en persona se trasladó á Pocigueyca, cuyo partido
como más numeroso y rico se había reservado. Plantó su tienda,
dispuso muebles y desplegó su vajilla con todo el aparato de un
jefe amigo de sus comodidades, que piensa residir largo tiempo en
aquellos parajes. Retiráronse los naturales á las montañas vecinas,
indicio seguro, según los que conocían la índole de aquellos, de
que se preparaban á combatir. Aconsejaban, pues, á Lerma, se
saliese del lugar, que por estar situado en una hondura rodeada de
montañas, presentaba muchas ventajas á los indios. No sólo no hizo
caso de aquella advertencia, sino que mandó partidas armadas á
provocar las hostilidades incendiada los pueblos, con lo cual,
agotado el sufrimiento de los naturales, cargaron con tal fuerza á
sus enemigos, que no sólo arrollaron los capitanes de Lerma, sino
que á él mismo lo pusieron en tal aprieto, que para salvarse
abandonó tienda, equipaje y cuanto tenía en Pocigueyca, tornando
mohíno á Santa Marta, herido y con pérdida de cerca de cien
hombres.
|
(1)
|
Se recogieron más de
setecientos,
Y ansi con muchos delIos Palomino
Hizo para
| la Ciénaga camino.
Cuyos términos son al mediodía
La costa abajo hacia Cartagena,
Recodo de crecida pesquería
Cerca del río de la Magdalena,
Y de tan gran valor la granjería,
Que al morador le da la bolsa llena;
Y el compás que la Ciénaga rodea
Contiene mucha gente de pelea.
Pocigueyca la cerca por un
canto,
Provincia que contiene gran altura,
De nuestros Españoles tal espanto
Que nunca se vengó la sepultura.
De los que solemniza tiérno llanto
Muertos á
|
manos de esta gente dura
Y es hasta hoy allí cosa notoria,
Que ningún español cantó victoria.
J. DE CASTELLANOS, 2da parte, canto 1.o (Regresar a 1)
|
|
|
(2)
|
Aquel es un compás de tierras
llanas
De largo veinte leguas, y de anchura
No menos, a las tierras comarcanas,
Aunque por parte hay más angostura
Contiene grandes montes y sabanas,
Y es tierra de grandísima cultura
Entre la mar y sierras de Herrera
Y el río de la Hacha por frontera.
Poblaciones cercanas á los ríos
Con sus calles bien puestas y ordenadas,
Fuertes y potentísimos bujios
Ya. las puertas grandísimas ramadas
Para gozar del fresco de los fríos
Vientos, en las calores destempladas,
Y por ser general aqueste uso
El nombre de Ramada se le puso. (Regresar a 2)
|
|
(3)
|
No parecían mal los blancos
dientes,
Y el torcido mirar con ojos bellos
De las desnudas ninfas destas gentes,
Y las peinadas crenchas de cabellos
Con las preseas ricas que pendientes
Van de nariz, orejas y de cuellos;
Muñecas y molledos rodeados
De brazaletes de oro mal labrados.
J. DE CASTELLANOS, canto 1 parte 2.’ (Regresar a 3)
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