Desbaratan los Indios á Balboa.—Grande expedición de la
Península, y nombramiento de Pedrarias Dávila como Gobernador de
Castilla de Oro.—Devastan sus oficiales el istmo, y las tribus
indígenas se levantan en masa contra los españoles.—Con
increíbles trabajos Balboa fabrica naves en el mar del Sur, y
estando á punto de emprender su viaje de descubrimiento, lo llama
Pedrarias y lo hace perecer en un cadalso.— Funda Pedrarias á
Panamá.
Appulso ad Darienem Petro Aria gobernatore...
Brevibus absolvam quia
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hórrida omnia, suavia nulla,
nihil alind actum est, nisi perimere et perlmi, trucidarel
ac trucidari.
Pedro Martir, De insulis nuper inventis
La distribución de las riquezas adquiridas en esta memorable
jornada, se hizo á contentamiento de todos. Aun á los lebreles se
les consideró acreedores á una parte según sus hazañas, la cual se
dió á sus respectivos amos. A Leoncillo, perro de Balboa é hijo de
Becerrillo, conocido por haber despedazado tantos indios en la isla
Española, le
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tocaron quinientos pesos. .Estos detalles
serían indignos de la gravedad de la historia, si no fueran
necesarios para entender bien las costumbres de aquella
época.
Bálboa, que no quería tener la gente ociosa, dispuso
dos expediciones compuestas en gran parte de los que no habían
sufrido las anteriores fatigas. La una á órdenes del capitán Andrés
Garavito, fué por tierra á espaldas de la Antigua para buscar un
camino más corto al mar del Sur, sin necesidad de costear el golfo
como había tenido que hacerlo Balboa, navegando hasta la ensenada
de Careta. Garavito subió por las márgenes de un torrente que
llamaban la Trepadera, hasta la cumbre de la Sierra, y desde la
partición de las aguas siguió una quebrada que lo condujo con sus
ochenta hombres al mar Pacífico, sin haber hecho cosa de
consideración en su viaje, sino prender los tres caciques Chaquiná,
Chacucá y Tamahé, por cuyos pueblos pasó, no se sabe si porque le
hicieron resistencia, ó á virtud de orden que llevaba de traer
algunos indios cautivos para las sementeras del Darten. Tamahé fué
puesto en libertad con sus parientes por haber entregado á Garavito
una hija que tenía de mucha hermosura.
Creyendo Balboa que ya había llegado la ocasión de castigar á
los caciques Abenamechey y Abrayba de río Grande, que nunca
quisieron sujetarse, envió al Capitán Hurtado, que cautivase muchos
indios de aquellas tribus, aunque no pudo prender á los
caciques.
Ya para entonces estaban todos restablecidos de las fatigas
pasadas, y en consecuencia resolvió Balboa salir en persona con 300
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hombres hacia las faldas de las Serranías al sur, en donde
aseguraban los indios que moraban las tribus de Caribes que sacaban
de aquellas montañas mucho oro, y aunque otras veces habían entrado
y salido por él río Grande, nunca habían penetrado por las ciénagas
y esteros que abundan en sus márgenes y en una de las cuales, quizá
la de Cacarica, tenían sus poblaciones los Caribes. En dos años de
lidiar con los indios casi indefensos de la banda occidental del
golfo, se habían olvidado los estragos de las flechas envenenadas.
Por tanto partieron muy ufanos en embarcaciones grandes y con mucho
aparato, y entrando por el río Grande en la ciénaga, comenzaron á
encontrar canoas pequeñas de indios que salían de los caños,
disparaban sus flechas y desaparecían sin que fuera posible
perseguirlos. Llegados á la población, situada como otras sobre
árboles altos, los salieron á
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recibir cerca de cuatro mil
indios, que incomodaban y herían a los castellanos desde el monte,
lo cual visto por Balboa desembarcó la mayor parte de su gente y
los atacó vigorosamente hasta ponerlos en fuga, merced á los tiros
de escopeta y de ballesta.
Creyendo los castellanos que ya podían entregarse al pillaje de
las casas, comenzaron a subir á ellas, y los indios,
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sea que
aguardasen esto, á
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fin de que sus enemigos no pudieran
defenderse de las flechas subiendo por las altas escalas, ó que el
peligro que corrían sus mujeres é hijos les diera nuevo aliento,
arremetieron otra vez con tanto coraje, que derrotaron
completamente á los españoles matando ó hiriendo mortalmente á
ciento siete. El mismo Balboa sacó dos heridas, la una en la cara
de un golpe de macana, y un brazo atravesado de un dardo que
afortunadamente no estaba envenenado. Ni aun los que habían quedado
en las embarcaciones escaparon ilesos, pues una partida de indios
les estuvo rociando flechas sin cesar, hasta que Balboa se embarcó,
y dejándose ir río abajo, llegó al Darién, no ya en triunfo, sino
muy mal traído, y con pocas ganas de combatir caribes.
Mientras que estas cosas pasaban en el Darién, toda España
resonaba con el ruido de las riquezas de Castilla de Oro desde la
llegada de Zamudio y la de Juan Caicedo y Colmenares. Una poderosa
expedición de 1,500 hombres, á las órdenes del Coronel de
infantería española Pedro Arias Dávila, hermano del Conde de
Puñonrostro, vulgarmente llamado Pedrarias el
|Justador por
su destreza en las justas y torneos, se preparaba para salir de la
península con destino al Darién. Parece conveniente describir el
orden, aprestos é instrucciones que trajo esta expedición por haber
sido la primera hecha en grande escala á costa del real erario á
tierra firme. A Pedrarias, primer Jefe y Gobernador de Castilla de
Oro, se le asignaban 366,000 maravedises de sueldo anual y 200,000
para ayuda de costa. Al maese de Campo Hernando de Fuenmayor,
100,000 maravedises por año. Un médico con 50,000, un cirujano y un
boticario, cada uno con 30,000.
Treinta guardas para los fuertes ó peones de fortificación con
11,433 maravedises cada uno. A los capitanes á 4,000 maravedises
por año. A los soldados á 2
| pesos por mes y 3 á los cabos
de escuadra. Venían además cuatro oficiales reales con sueldo
eventual, entre ellos como fundidor ó veedor, el cronista Gonzalo
Fernándezz de Oviedo. Estos cuatro oficiales reales con el Obispo
Fray Juan de Quevedo, debían componer el Consejo del Gobernador con
obligación de dar su dictamen en todos los casos graves. Fué Fray
Juan de Quevedo el primer Obispo de Tierra Firme, religioso de
mucha prudencia y piedad, y trajo algunos eclesiásticos que junto
con el pastor vinieron á ser testigos, aunque no partícipes, de las
violencias y rapiñas con que destruyeron aquella tierra Pedrarias y
sus oficiales. Como teniente del Gobernador venía Juan de Ayora con
6,000 maravedises al mes, hombre violento y codicioso, que fué el
que dió la señal del pillaje que los otros tan bien supieron
imitar.
Sabias fueron las instrucciones escritas que el Consejo de
Indias á nombre del Monarca dio al nuevo Gobernador, y á haberse
cumplido el istmo del Darién hubiera podido ser una comarca
floreciente, mas Pedrarias hizo todo lo contrario de lo que se le
ordenó, como acontecía con todos los que pasaban á Indias,
alentados con la esperanza de la impunidad, é impulsados por la
codicia. Decían las instrucciones: Que procurase por cuanta vías
pudiese que los indios estuviesen con los castellanos en amor y
amistad, que no permitiese ni tolerase que por sí ni por otras
personas se les quebrantase ninguna cosa que se les prometiese,
sino
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se mirase primero si se les podría guardar y si no, que
no se les ofreciese; pero que prometido, se les guardara
religiosamente, de tal manera, que los pusiese en mucha confianza
de su verdad. Que por ningún caso se les hiciese guerra á los.
Indios, no siendo ellos los agresores, y no habiendo hecho ó
intentado hacer daño á la gente castellana, que oyese en estos
casos al Obispo y sacerdotes que, estando con menos pasión y menor
esperanza dc haber interés de los indios, serian votos más
imparciales. Se ordenaba además que no consintiese abogados ni
pleitos, ni juegos de dados o naipes. Sin embargo pasaron á la
Colonia por Alcalde Mayor al Licenciado Gaspar Espinosa y por
Alguacil Mayor al bachiller Enciso.
La expedición se compuso por desgracia de mucha gente que,
habiendo contraído deudas para equiparse costosamente á fin de
pasar á Nápoles con el Gran Capitán, quedó burlada por haberse
ordenado que se suspendiese la jornada. No pudiendo ir pues á lucir
las armas, las sedas y los brocados á Italia, cometieron la
imprudencia de venir al Darién, deslumbrados con las relaciones
exageradas de las riquezas de la tierra. No se excusaron gastos
para cargar las naves de armas ofensivas y defensivas contra las
flechas de los indios, pero se descuidaron las provisiones de boca
para aquel número de gente, y durante algunos meses, lisonjeados
sin duda con la esperanza de que el país era tan fértil que en
menos de un mes habían de coger abundantes cosechas de las semillas
de cereales y hortalizas que traían de España.
El día 12 de Abril de 1514. dió la vela la armada de Pedrarias,
compuesta de quince naves y en ellas 1,500 hombres, sin las mujeres
y tripulaciones. El Gobernador mismo llevaba su esposa. Los
aprestos de esta expedición costaron al Real Erario más de 50,000
ducados. Tocando primero en las Canarias y después en la isla
Domínica, arribaron á fines de Mayo al puerto de Santa Marta. Era
tanto el odio que habían engendrado las violencias de los
aventureros españoles en aquella costa, y tal la avilantez de los
indios después de la derrota de Colmenares, que no se intimidaron
ni con el número de las naves que llenaron el puerto, ni con la
multitud de gentes armadas que cubrían los puentes de estas. Por el
contrario, se arrojaban al mar los unos con el agua á la cinta y
los otros nadando para disparar sus flechas envenenadas, que tenían
ya experiencia hacían buen efecto en los españoles. Estos perdieron
dos hombres heridos por las flechas al ejecutar el desembarco, pero
bien pronto el ruido de la artillería, y el estrago de las balas
despejaron la ribera del mar. Los españoles ocuparon el pueblo,
cautivaron algunas mujeres y muchachos y rechazaron los indios, que
renovaron el combate para rescatar sus familias, aunque fueron
siempre batidos y perseguidos por un valle ameno, cubierto de casas
y sementeras de maíz, yuca y ajíes, trazadas regularmente y con
riego sacado del río con mucha inteligencia.
Las calles de la población eran rectas como tiradas á cordel, y
en las casas les llamaron la atención las urnas de
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barro en
que depositaban las cenizas de sus parientes difuntos; las esteras
de juncos y espartos teñidas de colores vivísimos. imitando en
ellas varias figuras de animales como tigres y águilas, y mantas de
tejidos de algodón fuertes y finos con las mismas figuras todo lo
cual venia del interior del país. Vieron también algunos grandes
fragmentos de mármol blanco no lejos de la orilla del mar, que
decían los prisioneros ser traído de muy lejos en sus canoas.
Permanecieron allí algunos días, y con intento de visitar á
Cartagena salieron de Santa Marta á mediados de Junio, más las.
corrientes burlaron los cálculos de los pilotos, y cuando quisieron
arribar á la costa se encontraron casi en las aguas del golfo de
Urabá, en el que entraron y arrojaron las anclas á poca distancia
del río del Darién, hoy Tarena, en cuyas orillas, aunque á alguna
distancia del mar, se hallaba situada la población de Santa María
la Antigua. Sorprendieron á Balboa los mensajeros de Pédriarias
trabajando con los indios en empajar su casa, pues él se ocupaba
siempre personalmente ya en dirigir las sementeras ó en cualquier
trabajo, cuando no andaba en descubrimientos, y aun no faltaron
entre los. colonos quienes opinasen qué debían oponerse por la
fuerza al desembarco de Pedrarias, creyendo que 400 soldados á toda
prueba que tenían bastaban para defenderse de los 1,500 reclutas
que llegaban. Vasco Bálboa con su influencia los hizo callar, y
juntos todos y cantando
|Te Deum laudamus, fueron hasta la
ribera del mar á recibir á Pedrarias. Este se manifestó muy
satisfecho de la relación que le hizo Balboa del descubrimiento del
otro mar, y sé decidió establecer tres presidios en las tierras de
Comagre ó Comogre, Tumananá y Pocorosa con el objeto de que
sirvieran de escala á las partidas que se enviasen al otro mar y
mantuvieran Libre y desembarazado el camino y con abundancia de
provisiones.
El Alcalde Mayor Licenciado Espinosa pregonó la residencia de
Vasco Balboa, y éste absuelto de muchos cargos respecto a muerte y
desconocimiento de Nicueza, sólo fué condenado en la restitución de
algunos millares de pesos que por su orden habían sido confiscados
á Énciso. La residencia que se tomaba á los empleados á la
terminación dé sus períodos de mando, según las leyes españolas, es
una institución tan antigua en Indias como sabia y habría sido la
única responsabilidad eficaz para ellos, si muchas veces no se
hubiera eludido convirtiéndola en asunto de pura formalidad. Está
averiguación y pesquisa de las acciones de los presidentes, Oidores
y altos empleados en Indias, dice Solórzano, ha sido un freno para
que ellos sean más atentos y ajustados en el cumplimiento de sus
obligaciones, y para que se moderen en los excesos é insolencias
que en provincias tan remotas puede y suele ocasionar la mano
poderosa de los que se
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hallan tan lejos de la real.
El Licenciado Espinosa se acreditó de prudente y caritativo en
la residencia de Bálboa á riesgo de descontentar á Pedrarias, que
quisiera perder al que ya envidiaba por sus méritos, y consideraba
con razón como un rival poderoso en la Corte. Vengóse el Gobernador
fingiendo olvidarse de Balboa enteramente y no empleándole ni
contando con él para nada, ni aun en los embarazos en que se vio
colocado luego por escasez de provisiones y epidemia de calenturas,
que hicieron perecer como á setecientos soldados en menos de dos
meses. Se veían los hijos dalgo en las calles de la Antigua,
ofrecer sus ricos vestidos de brocado y sedas en cambio de un
pedazo de pan de maíz. Al mismo Pedrarias le fué preciso salir de
la villa á un paraje más sano para reestablecerse, y por compasión
conceder permiso á muchos para volver á España.
Antes que se le disipara la fuerza enteramente, ordenó Pedrarias
varias entradas á la tierra, no ya con el objeto de descubrir, sino
de buscar oro de cualquiera manera para pagar los salarios de
tantos empleados y oficiales. Aquí comenzó la larga serie de
depredaciones que en pocos años arruinaron este país. Todo el
trabajo de Balboa para ganar la amistad y el afecto de los indios
quedó destruido en poco tiempo. Cada, capitán se convirtió en un
bandido salteador, que robaba cuanto encontraba sin reparo ni
consideración alguna de la fé prometida, hasta arrancar los
andrajos de tejidos de algodón con que cubrían una parte de sus
cuerpos las indias, y después mandar á vender como esclavos cuantos
infelices, indígenas podían haber á las manos. Horroriza leer las
relaciones de los cronistas respecto de esta época. El mismo Pedro
Mártir, que era entonces protonotario del Consejo de Indias, se
abstiene de entrar en tan tristes detalles, y en el texto que
encabeza el presente capítulo pinta con tanta energía como
concisión sus impresiones.
El cacique Careta, él amigo más antiguo de los españoles, hizo
una visita á Pedrarias trayéndole como presente entre otras cosas
una colcha bordada de plumas de diversos colores como las que
fabrican todavía los indios de Maynas, cosa que aún no se había
visto en el Darién. En pago de esto y de su fiel amistad; lo
saquearon y cautivaron á sus vasallos.
Juan de Ayora fué el primero que entró por las tierras de
Poncha, Comagre, Pocorosa y Tumanamá, los cuales en la fé de la
amistad prometida por Balboa salieron á recibirle con presentes,
más Ayora tomó los presentes, saqueó después los pueblos y cautivó
cuantos indios pudo, de lo que indignado Tumanamá lo atacó con
cuantas fuerzas logró reunir, obligándolo á construir un fuerte
para defenderse. Dos poblaciones emprendieron fundar los
castellanos: la de los Ánades y Santa Cruz, pero una y otra fueron
abandonadas luego, porque la iniquidad con que se condujeron los
pobladores levantó á todos los habitantes contra ellos y no
encontraron seguridad sino en los fuertes de la Antigua. El cacique
Pocorosa sorprendió y degolló á los habitantes de Santa Cruz sin
perdonar sino á una mujer, diciendo que puesto que los castellanos
se apropiaban las indias, él quería reservarse una castellana. El
cacique Secativa rechazó también una partida que envíaba á pillar
su pueblo Juan de Ayora, el cual viendo que ya no era tan fácil
aumentar su tesoro como cuando comenzó sus correrías, se vino á la
costa y secretamente se embarcó para España con cuanto había
robado.
Ya era entrado el año de 1,515, y concluida la residencia civil
y criminal de Balboa, resolvió Pedrarias para acallar las
murmuraciones darle alguna comisión. Sabiendo que los indios del
río Grande eran los más belicosos, lo envió contra ellos con el
pretexto de que ninguno mejor que él podría encontrar el ídolo de
oro de Dobaybe, que era entonces el Dorado del Darién. Con
doscientos hombres y el capitán Luis Carrillo salió Balboa, mas los
indios Gugures le dieron tan vigoroso ataque y sorpresa, que
haciendo zozobrar la mayor parte de las canoas en que subían el río
los castellanos poco diestros en conducirlas, se ahogaron muchos y
el resto saltó en tierra, y después de mil trabajos llegaron á la
Antigua rompiendo monte y comiendo raíces.
Murió de un golpe de macana en el pecho el capitán Carrillo, y
Balboa salió herido y muy maltratado, de lo que manifestó Pedrarias
un indecoroso regocijo. Un sobrino de este á la cabeza de 400
hombres fué destinado al Zenú, y en aquella costa cautivó al pié de
500 indios que fueron remitidos á Santo Domingo y vendidos como
esclavos. Por aquel tiempo no regresaba buque de Costa Firme, á
Santo Domingo sin llevar esclavos, á pesar de las protestas del
Obispo, según él lo afirmó cuando, cansado de ser testigo de tantas
iniquidades, se volvió á España y presentó un memorial al Emperador
contra Pedrarias, Por orden de éste salió Gaspar Morales con
sesenta soldados á fin de que, reuniéndose con Francisco Becerra,
despachado antes, pasaran al mar del Sur y visitaran la isla Grande
de las perlas, cuya expedición había reservado Balboa para estación
más propicia, privando así á este de un descubrimiento que le
pertenecía bajo todos títulos, y sobre todo porque el Rey acababa
de concederle el de Adelantado del mar del Sur, aunque con
dependencia de Pedrarias, al cual recomendaba encarecidamente
tratase con las mayores consideraciones á Balboa.
Becerra volvía cargado del pillaje que había hecho, cuando fué
obligado á contramarchar. Llegado Morales á Tutibar ó Tutibrá, y
bien recibido, así por este cacique como por el de Tunaca, se
embarcó con la gente que le cupo en las canoas que pudo conseguir,
y recorriendo algunas islas desembarcó en
|
Tararequi la
mayor, y acometiendo los españoles al cacique, que se defendió en
la playa, lo batieron, y con el auxilio de los indios que traían de
la costa gobernando las canoas, le persuadieron hiciese amistad.
Esta expedición les produjo buena cantidad do perlas y algún oro.
Entre tanto, Peñalosa, que había quedado en Tutibrá, se entregaba á
|
todo género de atrocidades, de lo cual exasperados los
indios, se reunieron y resolvieron hacer un grande esfuerzo para
destruir á sus opresores; mas sabido esto por Morales á su regreso,
sea que la conjuración fuese cierta ó fingida, cómo la mayor parte
de las conspiraciones que fraguaban y que eran pretexto para
prender y matar á los indios, hizo llamar con mucho artificio á los
caciques vecinos, y los fué prendiendo, y luego dando sobre los
indios reunidos en las inmediaciones, en la oscuridad de la noche
asesinó á setecientos.
Los diez y ocho caciques presos fueron entregados á los perros.
Semejante atrocidad produjo un levantamiento general, y cuando
Morales regresó con su gente de una expedición á la banda oriental
del golfo de San Miguel, en tierras del cacique Birú, el cual se
tendió animosamente, le hostilizaron tanto los indios, que resolvió
retirarse al Darién, y atravesó el istmo peleando sin cesar, porque
los indios no le daban descanso ni día ni de noche; sin guías. sin
víveres, obligado á recurrir á todo género de expedientes, unas
veces dejando encendidos los fuegos de noche para escaparse
secretamente, otras matando los indios cautivos, á fin de que sus
perseguidores se entretuvieran á llorarlos. Les acontecía que
después de dos ó tres días de marcha volvían al mismo punto de
donde habían partido. La desesperación les dio valor para romper
por entre millares de indios, y hubo español que se ahorcase por no
caer herido en manos de los enemigos, viendo que los compañeros
tenían que abandonarle para continuar su penosa marcha, unas veces
por hondos pantanos, otras muertos de sed por las crestas de las
peñas hasta que llegaron al golfo, y de aquí en corto número á la
Antigua. Muy diferente era el trato que Balboa había dado á los
indios, y que ellos le pagaron con dones voluntarios y con
servicios de todo género.
Mas no era tan fácil cautivar los indios flecheros del otro lado
del golfo de Urabá. Allá fué primero Francisco Vallejo con setenta
hombres, y perdió cuarenta y ocho, obligado á bajar en balsas un
río que, como eran hechas de guaduas amarradas, sueltas las
cuerdas, éstas se desbarataban, y para mantenerlas flotantes tenían
que abrazarse con ellas. Muchos se ahogaron y otros se colgaban de
las ramas de los árboles que acertaban á coger, y morían flechados
por los indios que los seguían. Irritado Pedrarias, envió después
á Francisco Becerra con una expedición de ciento ochenta hombres y
cuatro pedreros; debía desembarcar en la costa opuesta, y
castigando á los vencedores de Vallejo, penetrar hasta el río Zenú,
y traer cuanto oro pudiera de las sepulturas de aquellas
poblaciones que tenían fama de muy ricas.
Entró Becerra cautivando algunos indios y perdiendo parte de su
gente, y nada se supo de él hasta algunos meses después que llegó
al Darién un muchacho indio criado de uno de los compañeros de
Becerra, que refirió cómo habían llegado hasta las orillas del gran
río Zenú, á cuyo lado opuesto se divisaba la población; que allí,
ya lejos de hostilizarlos los indios, les ofrecieron canoas para
pasar al otro lado, mas que cuando había pasado la mitad de los
castellanos, fueron acometidos simultáneamente en las dos orillas,
pereciendo todos sin excepción, y que á él lo perdonaron por ser
indio. Pedrarias no dió entero crédito al muchacho, mas resolvió ir
á socorrer á Becerra, empresa que no era fácil, pues ya nadie
quería ir á la batida oriental del golfo; tal era el terror que
inspiraban las flechas envenenadas. Recurrió, pues, al artificio, y
publicando que iba personalmente á una expedición lucrativa, salió
con trescientos hombres, y én la noche enderezó las proas á
Caribana, en donde acabó de persuadirse de la triste suerte de
Becerra, que pagó lo que había hecho con los indios pacíficos de la
costa del mar del Sur.
Tello de Guzmán y Diego de Albites hicieron una entrada. El
primero socorrió á Meneses, á quien tenían los indios puesto cerco
apretado en Tubanamá, y luego dando muerte al cacique Chepo, que lo
había recibido en su casa y colmado de regalos, fué á parar al mar
del Sur en un lugar de la costa abundante de almejas y de pescado,
que los indios llamaban por esta razón Panamá, en donde no había
sino chozas de pescadores. De aquí se separó Diego de Albites, que
con pocos soldados fué y volvió á la Provincia de Chagre sin ser
molestado por los indios, á quienes trató con humanidad y dulzura.
En este corto viaje, y por medio de semejante comportamiento,
adquirió Albites suficiente caudal para despachar á su costa a
España procurador que le solicitara una gobernación en el mar del
Sur. Incorporado de nuevo Albites con Guzmán, la conducta de éste
hizo renovar las hostilidades á los indios, que los acometían
flameando, como banderas, camisas ensangrentadas de españoles
muertos en anteriores peleas. En la retirada de Tello de Guzmán al
Darién desde el territorio del cacique Pacorá, inventaron los
indios un curioso medio de quitarles á los españoles parte del oro
que llevaban: Este consistía en no darles agua sino á trueco de
oro, obligándolos así, para no morir, á restituirles algo del oro
que les habían quitado.. Por fin llegó Guzmán con los suyos á la
Antigua, seguido por los indios que ya se atrevían á venir hasta
las inmediaciones de la villa, cosa que llenó de consternación á
los vecinos que maldecían el mal gobierno de Pedrarias y clamaban
por Balboa.
Pasado cierto tiempo y recobrado algún tanto del temor de los
indios, acordó Pedrarias enviar á Gonzalo Badajós al puerto de
Nombre de Dios, para que desde allí se dirigiese al mar del Sur,
confiado en que serían menos hostiles los indios mientras más
distantes estuviesen de la colonia, aunque era de preverse que, no
mudando de conducta, los resultados habrían de ser forzosamente los
mismos; mas ellos de nada se curaban con tal que pudieran adquirir
algún oro y buen número de esclavos para mandar á las islas.
Sobrecogidos de terror los españoles al ver en la playa las
pirámides de huesos de los compañeros de Nicueza que perecieron
allí de hambre y de fiebres, quisieron volverse, mas Badajós, que
era caudillo animoso y de autoridad, mandó salir la nave
inmediatamente, dejándolos sin más alterativa que seguirlo; y
trepando las sierras de Capira, comenzaron un viaje que, si bien
fué fecundo en descubrimientos de grandes poblaciones, pues que
quedó de esta vez explorado enteramente el istmo hasta Veraguas, no
lo fué menos en aventuras, que redujeron á muy corto número el de
los que escaparon con vida de la empresa. La primera víctima fué el
cacique Totonagua, sorprendido y saqueado en su pueblo. A éste
siguió Tatacherubí, que no tuvo otro medio para venganse que
denunciarles que en las inmediaciones vivía un cacique rico, pero
con pocos vasallos.
Allá destacó Badajós una partida de treinta hombres, que se
encontraron al amanecer en medio de grandes poblaciones, y siendo
ya más peligroso retrogradar que avanzar, determinaron, según el
sistema general seguido por los españoles en América, apoderarse á
todo trance del cacique, á fin de contener con sus respetos á los
vasallos. Así lo lograron por fortuna, y aunque muchos millares de.
indios acudieron pasada la sorpresa á rescatar á su jefe, tuvieron
por su orden que deponer las armas. Este cacique se llamaba Natá,
en cuya casa pasó Badajós la estación de las lluvias,
abundantemente provisto de víveres y acopiando oro. Luego
sorprendieron al cacique Escolia con todas sus mujeres; la misma
suerte corrió el cacique Táracurí. El de Panonomé se escapó á los
bosques. Los de Tabor y Cherú les salieron á recibir con .presentes
de oro, que junto con el que anteriormente habían reunido, ascendía
ya á la suma de ochenta mil pesos, cantidad apenas inferior á la
que Balboa recogió en su descubrimiento del otro mar. Caminaban
entonces los españoles seguidos de tropas de indios de servicio que
cargaban él tesoro y los pertrechos de guerra y de boca, y se
calculaba que la racion diaria de un español bastaba para alimentar
cuatro indios.
Después de Natá en aquellas comarcas, el cacique más poderoso
era Pariba ó Pariza, llamado por los españoles París. Este tampoco
quiso verse con los castellanos, más movido por sus instancias y
amenazas, y sabiendo qué era lo que más apetecían, les mandó en
ciertas petacas de caña forradas en pieles de venado una cantidad
considerable de planchas, narigueras, pectorales, etc, de oro, que
todo pesó más de treinta mil pesos. Esta vez sí que pudo decirse
con propiedad que la codicia rompió el saco, porque la vista de
tanto oro les hizo creer que Pariza debía poseer tesoros inmensos,
é incitó á Badajós á cometer un acto de perfidia que le costó bien
caro. Manifestóse muy agradecido del regalo, y prometió una firme
amistad á Pariza. Restituido este á sus hogares bajo la fe
prometida, fué sorprendido por los españoles, y aunque logró
escaparse, sus casas fueron saqueadas y cautivas sus mujeres y
familias. Juró Pariza vengarse, y juntando cuanta gente pudo,
dispuso una estratagema con que logró dividir á los españoles, y
acometiéndolos separadamente en dos tropas, mató á muchos y los
habría acabado, sin la llegada de los otros que oyeron la
|guazabara, que así llamaban á los combates con los indios en
imitación de las voces que estos daban.
Acosaron los indios á los españoles y los forzaron á recogerse á
la plaza del lugar en donde los cercaban de leña que incendiaban, y
ellos hacían para defenderse grandes trincheras con los cadáveres
de los indios y españoles que habían muerto. En semejante aprieto
resolvieron, para no perecer de hambre ó quemados, abrirse camino
con las armas en la mano; dejando, pues, con dolor, el tan costoso
como suspirado tesoro, que ya pesaba muchas arrobas, arremetieron á
los indios, y haciendo prodigios de valor, lograron alcanzar la
orilla del río, y de aquí los heridos en balsas y los sanos
caminando por la playa, llegaron al mar ochenta hombres, habiendo
perdido setenta soldados en la refriega, y muchos de. los que se
salvaron heridos, algunos hasta con once heridas; Por de contado
que de los cuatrocientos indios de servicio, ninguno los siguió. El
cacique Natá salió á hostilizanlos al camino, y el cacique Chame
les hizo una raya para que no entrasen en su territorio, ofreciendo
proveerlos de alimentos si seguían por la costa sin detenerse.
Sometiéronse los españoles á esta condición por no morir de hambre,
y Chame cumplió generosamente con su oferta, manteniendo el campo
provisto de víveres, y mientras se curaban los heridos pasó Badajós
á una isla, y prendiendo al cacique, le tomó algún oro y perlas, y
luego siguiendo la costa en canoas, sorprendió al cacique de la
isla de Taboga, y determinó permanecer allí un mes, mientras se
curaban enteramente los heridos. Luego que pasaron los treinta
días, desembarcó en Costa Firme, y habiendo cautivado algunos
súbditos del cacique Chepo, sobrevino éste y obligó á los españoles
á soltar los indios y á seguir tristemente su camino hacia la
Antigua, en donde entró Badajós mohino y deshalijado con menos de
la mitad de la gente que había sacado. Aquí comenzó á brillar el
valor y la constancia con que el valiente Pariza se distinguió
siempre después.
Pedrarias, por no sufrir la suerte de Becerra, había regresado
con sus 300 hombres á la banda del poniente del golfo, y en una
ensenada espaciosa mandó construir un fuerte y población que llamó
Acla, A fin de que la tropa que á las órdenes del licenciado
Espinosa mandaba á combatir á Pocorosa tuviera donde refugiarse en
caso de un revés. A pocos días regresó á la Antigua, y sabiendo los
sucesos de Badajós, ordenó á Espinosa que sin pérdida de tiempo
marchara á rescatar á todo trance el oro que Pariza había perdido.
Esta vez fué la primera que llevaron caballos los españoles, y
creyendo los indios que mordían como los perros que tanto temían,
no se atrevían á resistir. Así fué que aunque al encuentro de
Espinosa salieron muchos millares de indios desde Comagre y
Pocorosa hasta Natá, casi no halló obstáculo, manejándose algunas
veces con una crueldad innecesaria, pues ahorcó é hizo cortar las
narices y las manos á muchos de los Indios prisioneros. Rendido
Natá y sorprendido y cautivo Escolia, siguió su marcha hacia el
territorio de Pariza, que le resistió valerosamente, á pesar de
que para entonces ya se le había reunido el capitán Valenzuela, á
quien Pedrarias envió á que entrase con más de cien hombres por
Portobelo en auxilio de Espinosa. Algunos españoles murieron en la
refriega, y adoptando Albites y Espinosa con los prisioneros las
vías de la dulzura, lograron descubrir el lugar donde tenía Pariza
oculto el oro cogido A Badajós, pues sus mujeres le habían rogado
que no dispusiese de él, porque los españoles del Darién no habían
de parar ni dejarle en reposo mientras no lo recobrasen.
Pasó el bachiller con su gente la estación de las lluvias del
año de 1516, que era ya entrado, en Chicatotia, á causa de la
abundancia de mantenimientos que halló, más los indios de las
comarcas vecinas se juntaron en gran número; Herrera dice que
fueron veinte mil, y los atacaron con mucho empeño, pero fueron
rechazados y se dispersaron. Hernán Ponce y Bartolomé Hurtado, por
orden de Espinosa, navegaron con alguna gente la costa abajo,
costeando toda la provincia de Veragua y desembarcando en algunas
islas.
A fines de Julio volvió Espinosa al Darién trayendo dos mil
indios esclavos y mucho oro. Los colonos del Darién con el ejemplo
de su Gobernador, y sin el freno que imponen los hábitos, de orden
y de decencia que naturalmente se establecen en las sociedades
antiguas, se entregaban á todo género de vicios, especialmente al
juego. Refiérese que Pedrarias perdió cien esclavos de un envite.
Así los indios eran de todos modos el juguete de los españoles.
Entre tanto, y merced á los buenos oficios del Obispo, se habían
reconciliado Vasco Balboa y Pedrarias. Este había ofrecido á Balboa
por mujer su hija mayor, que se hallaba en Castilla. Pensaba el
Obispo que los vínculos de tan estrecho parentesco extinguirían el
odio de Pedrarias alimentado con las murmuraciones y censuras que
no cesaba de hacerle Balboa, y así sucediera probablemente, si el
enlace se hubiera verificado. Entonces, lejos de perecer
ignominiosamente Vasco Balboa, habría sido el conquistador del
Perú. Al instante que obtuvo el permiso Balboa, se embarcó para
Acla con destino á pasar después al mar del Sur con ochenta
hombres, que voluntariamente lo siguieron; halló el fuerte casi
despoblado, y trató inmediatamente de hacer sementeras, nombró
regidores y puso los fundamentos de una población que él creía
necesaria en aquel punto, como escala para sus futuros
descubrimientos en el otro mar, que eran el objeto de sus más
halagüeñas esperanzas.
Habiendo observado la escasez de buenas maderas de construcción
del otro lado de la cordillera, se propuso cortar toda la necesaria
para construir grandes embarcaciones en las inmediaciones de Acla,
y desde allí llevarlas al río de las Balsas, que desagua en el otro
mar. Considérense las dificultades de esta empresa, teniendo que
subir á brazo, y ayudado solo de treinta negros esclavos traídos de
la Española, y de pocos indios, por aquellas ásperas sierras,
pesados maderos para mástiles, quillas y curvas de las
embarcaciones, jarcia, áncoras, clavazón y demás aparejos para
poderse lanzar hacia las opulentas regiones que él se imaginaba en
las opuestas costas, y que efectivamente existían, pero que la
suerte, adversa para él, tenía destinado á otros su
descubrimiento.
Por colmo de desgracia, y para probar la paciencia y la fuerza
de alma de Balboa, la madera cortada en mala estación se agorgojó,
y así fué menester comenzar de nuevo el trabajo, con la mitad de
los indios, pues los otros habían muerto de fatiga. Las avenidas
del río de las Balsas arrastraron é inutilizaron parte de la madera
acarreada á sus orillas, y al fin, después de infinitas penas, no
alcanzó la madera sino para dos embarcaciones, en las cuales no
cabían más de cien hombres. Sin embargo, mientras podía fabricar
otras, dió la vela al oriente del golfo de San Miguel, así por la
fama de las riquezas que tenía entre los indios aquella costa, como
porque no estaba explorada aún. Alcanzó hasta el puerto y punta de
Piñas, mas atemorizados los marineros con las muchas ballenas que
poblaban entonces aquellos mares, y que parecían peñascos
movedizos, y siéndoles contrarios el viento y las corrientes,
determinó Balboa volver á Terarequi, ó la isla mayor de las Perlas,
en la que pensaba establecer su punto de partida para las futuras
navegaciones.