Bajo la dirección de Vasco Nunez de Balboa, adquiere la Antigua
del Darién mucha importancia.—Descúbrese una parte del curso
del rio Atrato. y se sujetan los caciques de las orillas del
golfo.—Balboa atraviesa el Istmo y descubre el mar del
Sur.—Vuelve cargado de oro y de
perlas.
El mar profundo.
Naves aventureras,
Un ignorado mundo
A nuestra vista están: y el alta proa
De la velera capitana quilla.
Con el perdón triunfante de Castilla.
saludando al Darién Vasco Balboa.
Duque de Frías
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Acosados de nuevo por el hambre los españoles después de la
partida de Nicueza, y de que hubieron consumido cuantas provisiones
trajo Colmenares, salieron hacia el poniente, en donde sabían
moraba sobre la costa el cacique Careta, de quien exigieron
víveres. Este les contestó como pudo que no tenía á la sazón
ningunos, así porque á consecuencia de la guerra con su vecino el
cacique Poncha ó Ponca, no habían podido coger los sembrados sus
súbditos en tiempo oportuno, como por haber dado cuantos tenía á
los castellanos que habían pasado por la costa en aquellos días.
Nada satisfecho Balboa con esta respuesta, dió sobre el pueblo de
sorpresa en la oscuridad de la noche, asesinó muchos indios que
apenas se defendían, y prendió al cacique sus mujeres y familia.
Era cierto lo que el indio había asegurado, así que poco ó ningún
auxilio lograron, pero Balboa hizo allí un hallazgo que fué el
principio de su ventura, en dos españoles desertores de la
expedición de Nicueza que, refugiándose cerca de Careta, hablan
sido tratados por este con la mayor humanidad, á que tan mal
correspondieron sus compatriotas. Estos desertores, en más de un
año, tuvieron tiempo para aprender el lenguaje de aquellos indios,
y conocer su índole y costumbres, y de ellos recibió Balboa
importantes noticias, entre las cuales se confirmó la de que no
usaban saetas envenenadas, arma que los españoles temían más que
todo, por los estragos hechos en Ojeda, Colmenares y sus
compañeros.
A la sagacidad de Balboa no se ocultó que nada ganaba con
mantener al cacique preso, y que mejor le estaría sacar partido de
él, poniéndolo en libertad bajo la promesa de que obligaría á los
indios de su tribu á hacer grandes sementeras, con cuyo fruto,
cogido que fuese, Balbóa ofrecía, por su parte, ponerse en campaña
contra Poncha, enemigo de Careta, proponiéndose desde entonces
aprovecharse de las enemistades de los indios en cuanto pudiese.
Así lo exigió de Careta por medio de los intérpretes cuya
adquisición le fué tan oportuna.
Puesto en libertad Careta cumplió religiosamente su promesa,
pero mientras crecía el maíz, Balboa, que no podía avenirse
partiendo el mando de la colonia con otros, logró persuadir á su
colega Zamudio que fuese á España á dar cuenta de cómo habían
vencido y sujetado muchas tribus de indígenas; del fin desdichado á
que la incapacidad de Nicueza había traído la expedición, y á
llevar los quintos de oro que hasta entonces habían tocado al
fisco. Con Zamudio envió también á Valdivia á Santo Domingo
provisto de oro para traerle auxilios de víveres, hombres, perros y
armas. También se embarcó en la misma carabela el bachiller Enciso,
á quien Balboa había prendido, y, confiscádole los bienes, so
pretesto de haber ejercido las funciones de juez sin tener
nombramiento real para ello.
Desembarazado de todos sus rivales, temido y respetado, por sus
acciones, de indios y cristianos, Vasco Balboa se dedico á empresas
que le dieran fama con que cubrir los atentados que había cometido
usurpando la autoridad y transformándose de prófugo por deudas que
lo obligaron á salir ocultamente de Santo Domingo, en jefe de una
colonia, gracias á la influencia que le proporcionó la superioridad
de su valor y talentos sobre sus compañeros.
Tres meses del año de 1511 habían apenas transcurrido, cuando
provisto Balboa por Caretá de los víveres necesarios para la
expedición, y acompañado de éste, salió de la Antigua y entró por
el territorio de Poncha, el cual abandonó prudentemente sus
habitaciones, que fueron saqueadas, hallándose algún oro y mucho
maíz y raíces, lo que les sirvió de poco, pues no tuvieron cómo
cargarlo á la villa por estar muy al interior las posesiones de
Poncha. Para obviar este inconveniente, resolvieron visitar y
sujetar primero todos los caciques cuyos pueblos no distaran mucho
de la costa, y como supiesen que uno de los más poderosos era
Comagre, allá se dirigió Balboa con cien soldados y Rodrigo de
Colmenares, que entre los colonos del Darién era el segundo en
fama, por haber militado en las guerras de Nápoles y ser valiente,
robusto, emprendedor y sufrido, calidades esenciales para aquel
país y aquel tiempo.
Ya el anciano Comagre tenía noticia de la venida de los
forasteros, y estando establecido de asiento en un valle ameno y
cultivado, con aguas corrientes y árboles frutales, le dolía
abandonar sus comodidades para entregarse á la vida de las selvas
como habían hecho otros caciques, antes que tratar con los
españoles. Resolvió, pues, de acuerdo con sus
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hijos, entre
los cuales se señalaba por su cordura y buen entendimiento el
primogénito Panquiaco, salir á recibir de paz á los castellanos y
festejarlos en cuanto pudiera.
Quedaron sorprendidos éstos al llegar á las habitaciones de
Comagre al ver que excedían en comodidad y decencia á cuantas hasta
aquí habían hallado en las islas ó el Continente. La casa del
cacique, separada de las del resto de la población, ocupaba todo el
frente de una gran plaza de ciento cincuenta pasos por cada lado,
rodeada de palmas juntas que ofrecían una sombra continua y muy
grata en tan ardientes climas. La casa fabricada de fuertes maderos
y cubierta de paja, formando al interior artesonados curiosamente
construidos, tenía ochenta pasos de ancho y se componía de un gran
salón que daba entrada por la derecha á la sala del cacique, la
cual comunicaba con el cuarto de sus mujeres, y este con una
espaciosa sala en donde estaban colocados en orden los cuerpos de
los caciques antecesores de Comagre, el último su padre, todos bien
conservados, secos al fuego y suspendidos de cuerdas al arrimo de
la pared. Ningún mal olor se percibía en esta especie de panteón.
Del lado opuesto y simétricamente á los aposentos de oriente, se
entraba del salón común: 1°
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al almacén de víveres, en donde
había abundante provisión de pan de maíz,
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raíces, cocos y
otros frutos secos: 2° á la bodega de depósito de tinajas de barro
llenas de licores fermentados de maíz, de palma y de otros frutos,
y últimamente á la cocina que servía también de vivienda á los
esclavos, cuya capacidad era igual á la de la sala de las momias
del lado opuesto. Sirva esta descripción, quizá demasiado
minuciosa, de ilustración á las costumbres de los jefes indios más
adelantados en cultura de los que se encontraban en el istmo.
La comida, bebida y agasajos con que Comagre y su familia se
esmeraban en contentar á sus huéspedes, no produjeron la mitad de
la satisfacción que les ocasionó la vista de un considerable
presente de cerca de cuatro mil castellanos de oro en pulseras,
narigueras y otros adornos de que se despojaron por complacer á los
españoles. Balboa, con su acostumbrada rectitud, hizo sacar allí
mismo sobre la plaza el quinto del Rey, y distribuir lo demás entre
todos. Una violenta riña se siguió entre los soldados por el modo
de pesar en la balanza, que siempre llevaban de preferencia á
cualquier otra cosa, de lo cual indignado Panquiaco arrojó con
desprecio el oro, diciendo que era una vergüenza que quisieran
matarse por alhajas que no apetecían sino para desbaratarlas,
fundirlas y guardarlas sin adornarse con ellas, pero que si el
ansia de recoger oro era lo que los había sacado de su patria, y la
que los obligaba á andar turbando é inquietando la paz de otros
hombres, él les mostraría países en donde los vasos más comunes
eran hechos de aquel metal, y en donde podrían juntar montones,
capaces de satisfacer el apetito más insaciable, pero que para ello
no bastaba la poca fuerza que llevaban, porque era preciso
atravesar la cadena de montañas que á lo lejos se descubría, y en
la cual habitaban tribus de caribes belicosos. Que sería menester
mil hombres para ir hasta el otro mar, en donde verían gentes que
navegaban á la vela y en buques. grandes. El atrevimiento del indio
le fué fácilmente disimulado con tan alegres nuevas. Vasco Balboa,
trasportado de júbilo, no se cansaba de averiguar la distancia al
otro mar, y se creía ya perdonado y dichoso si lograba descubrirlo.
Apresuróse, pues, á volver á la Antigua con víveres y algún oro de
la parte que, aunque pequeña, siempre reservaban para los enfermos
y para los que se quedaban guardando el fuerte. A su llegada
encontró á Valdivia que había regresado de Santo Domingo en una
pequeña embarcación que, aunque corto, algún auxilio les ofreció, y
le ordenó que se aprestase para volver por otros artículos de
primera necesidad y á dar las lisonjeras noticias que en su última
entrada habían adquirido. Llevó Valdivia quince mil pesos de los
quinientos reales, sin las remesas que todos hicieron á sus
familias en España.
Ni las necesidades de la colonia ni el carácter de Balboa le
permitían estar ocioso. Determinóse, pues, á hacer otra correría
para explorar la culata del golfo y los ríos que desaguan en él,
salida tanto más indispensable cuanto que las copiosas lluvias de
Noviembre consiguientes avenidas habían destruido las sementeras,
en cuya cosecha fundaban todas sus esperanzas. Dejando, pues, los
enfermos., y un corto número de soldados para cuidarlos, se
embarcaron Balboa y Colmenares en el único buque que tenían y en
varias canoas de un solo tronco de árbol hechas por los indios, en las que ya estaban
acostumbrándose los españoles á navegar.
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(1)
Balboa entró por una de las bocas del río Grande, que hoy se
llama Atrato, y Çolmenares por otro río más distante, que creemos
fuera el conocido actualmente con el nombre de rio de León ó
Guacuba. A diez leguas de la boca de río Grande estaba situada la
población que gobernaba el cacique Dabaibe, en donde se decía que
se había refugiado Cemaco luego que los españoles lo arrojaron del
sitio en que fundaron la Antigua del Darién. Los pobres indios
pescadores, temerosos de los españoles, cuya fama no muy favorable
les había llevado Cemaco, se escaparon precipitadamente á los
bosques, dejando en poder de ésos cuanto poseían, que estaba
reducido á redes, pescado seco, algunos vasos de barro y muebles
rústicos, con una que otra joyuela de oro, todo lo cual por de
contado fué cogido y embarcado por los castellanos, que se
consideraron burlados no habiendo hallado mucho oro y cantidad de
maíz y otros víveres de que estaban muy escasos. Más afortunado
Colmenares, fué recibido con su gente y provisto de algunos víveres
por el cacique Turui, que no quiso huir. Vuelto al mar Balboa y
asaltado de una borrasca, perdió las canoas y alguna gente, y
reunido con Colmenares, resolvieron penetrar por el río Grande,
divididos en dos partidas por cada orilla.
A la primera isla del río dieron el nombre de isla de la
Cañafístola, por haber encontrado tanta cantidad de ella, que
pensaron morir de haber comido con exceso. No lejos de ella vieron
un río que llamaron río Negro por el color de sus aguas, y es
quizás el que lleva el nombre actualmente de río Sucio. En sus
orillas hallaron un pueblo, cuyos habitantes abandonaron sus casas,
y luego reunidos acometieron á los españoles cuerpo a cuerpo, sin
más armas que macanas y lanzas de piedra, con que en breve
experimentando lo cortante del filo de las espadas toledanas,
fueron deshechos, y su cacique Abenamechey prisionero, á quien un
soldado español, que había sido herido en la refriega, cortó
después de preso un brazo, acción que le fué improbada por todos, y
severamente reprendida por Balboa, que hizo curar al indio, el
cual, luego que pudo, se fugó. Dejando en este pueblo la mitad de
la gente que traía, con el resto en nueve canoas, continuó su viaje
río Grande arriba; llegando por fin después de muchos días al sitio
en donde sobre las copas de altísimos árboles vivía el cacique
Abibeiba con sus súbditos, por hallarse inundada toda aquella
comarca.
Luego que observaron los indios las canoas, levantaron las
escalas y se ocultaron en sus casas. Gritáronle al cacique los
españoles por medio de los intérpretes que bajase con todos los
suyos. Rehusólo diciéndoles que lo dejaran en paz, que él no
perturbaba la de nadie; mas como viese saltar las astillas de los
árboles al golpe de las hachas, bajó con su familia. Pidiéronle oro
los castellanos, á lo que contestó que él no cuidaba de buscar sino
aquello que necesitaba, y que como el oro no le servía para nada,
no lo tenía; pero intimidado con las amenazas, dijo que iría á
sacarlo de un monte vecino, prometiendo volver dentro de algunos
días. Pasado este término, los españoles, viendo que no parecía, y
cansados de remar río arriba, se tornaron río abajo, con las
provisiones que habían tomado á los indios de los árboles.
Entre tanto, confiados los que habían quedado en río Negro en la
debilidad de las armas de los indios, se descuidaron: y los indios
de la tribu del cacique Abraiba mataron á tres, y cogiendo las
armas de los muertos, se admiraban, según dijeron después los
prisioneros, de que hombres que poseían tan resplandecientes
espadas, que servían para la guerra y para tantos otros usos,
anduvieran pasando trabajos en tierras lejanas en busca de oro, que
no era tan útil. Conferenciaron sobre esto los caciques Abraiba,
Abenamechey, que andaba fugitivo y con un brazo menos, y Abibeiba,
y convinieron en deshacerse de tan incómodos vecinos, sorprendiendo
primero á los que habían quedado en rio Negro, que eran menos. Por
fortuna de éstos llegó Balboa la víspera del día señalado para el
ataque, sin ser sentido. Así fué que los indios, hallando á sus
enemigos más numerosos de lo que pensaban, quedaron desconcertados
y vencidos á pocas vueltas, escapando los caciques y cayendo
prisioneros muchos, que fueron llevados al Darién para cargar y
trabajar la tierra. No es posible calcular cuántas leguas del curso
del Atrato descubrieron los españoles esta vez, porque hay
exageración y variantes en las relaciones de los cronistas, y
porque ellos mismos no lo sabían; pero por la descripción de las
ciénagas que rodeaban la población cerca de Abibeiba, parece
probable que no pasaran de la altura de la Vigia de Curbaradó ó de
las inmediaciones de Murindó.
A pesar de sus descalabros, juzgaron los indios con acierto que
era preciso hacer un grande esfuerzo para arrojar á los españoles
de su territorio, antes de que, llegando los auxilios de gente y
armas que esperaban, no se hiciese más difícil la empresa. Se
conjuraron, pues, muchos de los caciques, instigados por Cemaco,
que no dormía, y que ya había echado á pique una canoa con veinte
enfermos enviada al Darién por el capitán Hurtado, á quien Balboa
había dejado en la boca del río Negro. Hicieron en Tichirí el
depósito de víveres y armas para el ataque al Darién, para el cual
contaban con cinco mil indios en cien canoas para acometer por mar
y por tierra á un tiempo. La indiscreción del hermano de una india
que servía á Balboa, fué causa de que se descubriera todo, porque
instándole aquél que se escapara para evitar el peligro que
necesariamente correría el día de la batalla, ella, que amaba á
Balboa, le reveló el secreto. Preso el hermano, y dándole tormento,
confesó el infeliz todo el plan y condujo á los españoles á
Tichirí, en donde efectivamente hallaron copia de víveres y licores
fermentados, y algunos indios principales, que hicieron matar para
ejemplar escarmiento. Viéndose, pues, descubiertos los indios y
aterrorizados con la actividad que desplegó Balboa, abandonaron la
empresa y se sujetaron pacientemente al yugo y á los mandatos de
hombres tan superiores en armas como en inteligencia.
Casi dos años hacía que Zamudio había salido para España, y muy
cerca de uno que Valdivia partiera para Santo Domingo, y el auxilio
deseado y esperado con tanta impaciencia y pedido con tanta
instancia, no llegaba. Mil recelos y desconfianzas asaltaban el
ánimo de los colonos del Darién. Algunos sospechaban que los
enviados, alzados con el oro que habían llevado, lo estarían
disfrutando olvidados de sus antiguos camaradas; Balboa, que era
uno de los más atribulados, viendo que el número de compañeros se
disminuía por las enfermedades y accidentes, y que no le era fácil
emprender nada de consideración, anunció su resolución de ir él
mismo á la corte á dar cuenta dé todo y á traer la gente para su
viaje al mar del Sur.
Semejante decisión puso en la mayor consternación á todos los
habitantes de la Antigua, que unidos le representaron que con su
partida daba el golpe de muerte á la colonia, porque á él solo
debía su existencia y fortuna este puñado de hombres colocados
entre el mar y las selvas. Después de una lucha de algunos días, y
reflexionando que si por una parte su presencia en la corte era de
mucha necesidad, por otra su ausencia anulaba la población de la
Antigua y se dispersaban los indios sujetos ya, todo lo cual era
indispensable escala para nuevos descubrimientos, consintió
finalmente en despachar á Juan de Caicedo, tesorero de la Corona, y
elegido porque dejaba en prendas su mujer é hijos y su
destino.
Le dieron por compañero para el caso de muerte ú otro accidente
á Rodrigo Colmenares, y los enviaron en el único buque que les
quedaba, pues que el otro lo había llevado Valdivia, cuyo naufragio
sobre las costas de Cuba con todo el oro que llevaba, se ignoraba
hasta entonces en el Darién. Partió Valdivia en tiempo de brisas,
en un mal bajel, con el cual no pudo remontar, y se perdió como
Nicueza en alguno de los muchos escollos que rodean á Cuba. Los
nuevos enviados reconocieron las reliquias del buque cuando se
vieron obligados también á arribar á aquella isla.
Los repartimientos del oro adquirido en las expediciones y de
los indios, fueron siempre la causa fecunda de disputas y
animosidades entre los castellanos, las que muchas veces acabaron
trágicamente, porque no siendo los méritos susceptibles de medirse
con exactitud, cada uno tiene en más los suyos que los ajenos, y de
aquí el embarazo y la tortura en que se han hallado en todos
tiempos los repartidores de dineros, empleos, gracias y demás cosas
apetecibles en la vida. Reducido por su debilidad Vasco Balboa á la
inacción, comenzaron á fermentar en la colonia las semillas del
descontento. Primero envidiosos del favor que Balboa dispensaba á
Bartolomé Hurtado después de la partida de Colmenares, trataron
algunos de conspirar, diciendo que Balboa no tenía derecho alguno
para mandarlos. Mas este, que no se descuidaba, mantenía siempre
espías, y adelantándose á los conjurados, prendió á un tal Alonso
Pérez, que era el jefe de los descontentos.
Estos, por librar á su caudillo, se armaron y estuvieron casi á
punto los colonos de matarse en la plaza de la Antigua unos con
otros, cuando Balboa consintió por el bien de la paz en poner en
libertad á Alonso Pérez, y luego se ausentó expresamente con
pretexto de una cacería, dejando diez mil pesos que aún estaban sin
repartir, á fin de que ellos mismos se los distribuyeran. En
efecto, luego que Balboa salió, prendieron á Bartolomé Hurtado, y
Alonso Pérez hizo la distribución, favoreciendo á la gente más baja
con perjuicio de los más distinguidos. Es de advertir que con
excepción de ciertos oficios de la corona, todos los demás,
cualquiera que fuera su clase, se consideraban como iguales, y solo
después de muchos combates era que se establecía la clasificación
natural de valor y capacidad; entonces los que sobresalían en estas
expediciones eran ya capitanes de hecho. El artificio de Balboa
produjo la reacción prevista por él y el nuevo repartimiento hizo
ver claramente que Balboa obraba con más justicia. Habiendo sido
presos sus enemigos, mandaron llamarle al sitio en donde se
hallaba, según decía, resuelto á irse á España en la primera
oportunidad.
A pocos días de estos disturbios llegaron de Santo Domingo dos
buques con algunos aventureros, armas, viveros, y lo que contentó
mucho á Balboa, una especie de nombramiento que el Tesorero
Pasamonte hacía de él para gobernar aquella tierra fundándose para
ello en facultad que el Rey le había concedido en semejantes casos,
en lo que nadie puso duda, así porque era notorio el favor que
Pasamonte disfrutaba en la Corte, como por ser el nombrado también
el más capaz. En lo sucesivo ninguno osó disputarle la autoridad á
Balboa. Bien conocía él, sin embargo, que esta era precaria, y que
los informes del bachiller Enciso le habían de atraer algún castigo
severo, y así se resolvió á emprender el viaje de descubrimiento al
otro mar con solo ciento noventa hombres, que pudo reunir entre los
antiguos y los recién llegados, y con mil indios de servicio para
cargar provisiones, armas y otros menesteres.
Embarcó su gente en muchas canoas y un buque algo mayor para ir
á Careta, en donde fué recibido con amistad como otras veces, y
desembarcando en aquella costa, se internó al sur hacia las tierras
de Poncha el 1°
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de Septiembre de 1513. Este cacique
huyó como lo había hecho antes, más Balboa se había propuesto no
dejar enemigo ninguno á las espaldas, no ignorando que para
atravesar una comarca habitada de numerosas tribus independientes
con menos de doscientos españoles, le era indispensable guardar una
política amistosa y observar la conducta menos hostil en cuanto le
fuese posible, lo que no siempre era, acaudillando la gente de la
naturaleza que llevaba. Con este ánimo envió mensajeros á Poncha
convidándolo con su amistad y asegurándole que ella sería firme y
duradera, y que viniera á verlo, que nada tenían que temer ni él ni
sus vasallos. Poncha se dejó persuadir, se restituyó á su pueblo, y
sirvió de mucho á Balboa dándole guías que lo condujeron al través
del istmo.
Con grandes trabajos, por senderos fragosos, por tremedalés y
precipicios, caminaron los castellanos hasta casi al pié de las
tierras más altas, en donde encontraron al cacique Quareca ó
Escuarague, que con más de mil indios les vedó pasar más adelante,
amenazándoles que mataría á todos los que quisieran entrar en sus
tierras, y como Balboa no hiciera caso de sus amenazas, le
acometieron con tanto denuedo, que se vió obligado á ordenar á su
tropa que combatiera con orden, sin dispersarse ni desbandarse. El
ruido de la pólvora, el estrago de las balas, lo cortante de las
espadas y picas y los mordiscos de los perros, triunfaron muy
pronto de las macanas y dardos con que combatían los indios
desnudos, que se dieron á huir, quedando muerto el cacique y
seiscientos más, y prisioneros algunos.
En el pueblo que estaba inmediato al lugar del combate,
encontraron algún oro y provisiones, y observando algunos indios
vestidos de mujeres cuidando de las casas, y juzgando, dice
Herrera, «que del pecado nefando eran inficionados, los echaron á
los perros que en un credo los despedazaron. Más de cuarenta
sufrieron esta muerte cruel, entre ellos un hermano del cacique y
otros indios principales. Allí despidió Balboa los indios de
Poncha, y tomó los de Quareca, acariciándolos mucho, y haciendo
caso de ellos porque los halló dóciles, al propio tiempo que habían
mostrado valor para defender su tierra. Dejó también algunos
españoles que ya no podían caminar, en aquel pueblo, y continuó
trepando por aquellas serranías hasta que los indios le mostraron
la cima desde donde podría divisar el otro mar.
Entonces mandó hacer alto á su gente, y adelantándose solo, se
prosternó al contemplar la inmensa extensión del océano Pacifico,
dándose por recompensado de todos sus trabajos, pues la Providencia
le había concedido el favor de ser el primer habitante del Viejo
Mundo que viera aquel mar. Dando fervientes gracias á Dios por
haberle dispensado tan señalada merced, llamó á sus compañeros y
todos hicieron demostraciones tales de regocijo, que los indios se
miraban atónitos los unos á los otros sin saber qué pensar. No hubo
castellano que no ofreciera á Balboa respeto, obediencia y gratitud
eternas por haberlos conducido hasta allí, y sin reparar ya en la
fatiga, andaban solícitos buscando piedras para amontonarlas en
forma de pirámides, colocando cruces encima, según Balboa lo había
ordenado, como señal de posesión, grabando el nombre de Castilla en
las cortezas de cuantos árboles hallaban á la mano. Esto pasó el
día 25
|
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de Septiembre del año de 1513
|, poco
antes de medio día, y forma una de las épocas notables en el
descubrimiento de América.
Cumplida así la primera promesa de Panquiaco, el hijo de
Comagre, se creían los castellanos en vísperas de recoger á manos
llenas el oro y las riquezas de los países anunciados por el mismo,
así fué que se precipitaron de la sierra como un torrente hacia el
otro mar, llevándose por delante al cacique Chiape, que pretendió
oponérseles, y se llevaron legiones mucho más numerosas según el
ánimo que les había entrado. No era Balboa hombre que por
entusiasmo omitiera el continuar la ejecución del plan que se había
propuesto. Hizo, pues, detener á su gente en Chiape, y poner en
libertad á los indios prisioneros en el combate, cargándolos de
presentes para aquel cacique, al que mandó rogar que se presentase
y que nada temiera, y en corroboración de que sabía cumplir sus
promesas, envió con ellos algunos indios de Cuareca á fin que
dijesen el modo cómo eran tratados. Chiape se presentó luego y
trajo como presente cuatrocientos castellanos de oro. Despedidos
los cuarecuanos, Chiape quiso con los suyos acompañar
voluntariamente á los castellanos hasta el mar, mas antes y
mientras llegaban los cansados de Cuareca, envió Balboa tres
partidas de doce hombres cada una á explorar el camino más breve
para caer al mar.
La que mandaba el Capitán Alonso Martín de D. Benito, fué la que
llegó en el corto término de dos días, y el mismo Martín el primer
castellano que entró en el mar, no sin haber experimentado grande
asombro por hallar canoas en seco en medio de la selva amarradas á
los palos, asombro que se aumentó cuando vieron crecer la marea y
que pudieron embarcarse y salir al mar, pues ignoraban que en
aquella costa la marea deja en seco una grande extensión de tierra,
mientras que en la opuesta del Darién apenas se siente el crecer y
el menguar. Fué la partida que mandaba Francisco Pizarro,
conquistador después del Perú, la segunda que llegó al mar. En
seguida el mismo Balboa bajo con ochenta hombres, y se entró
vestido y con espada desnuda y rodela dentro del mar, tomando
solemne posesión de aquel mar del Sur y de todas sus orillas y
cuanto en él se encontraba en nombre de los Reyes de Castilla y de
León, y diciendo que aquella posesión defendería contra cuantos se
la contradijeran. Gastaron los españoles todo el mes de Septiembre
en atravesar el istmo desde la ensenada de Careta, no lejos del
cabo Tiburón en el Atlántico, hasta las orillas del golfo que ellos
llamaron de San Miguel, en el mar Pacífico, por haber sido
descubierto el día en que la Iglesia celebra esta festividad, y que
aún conserva su nombre.
Con el auxilio de Chiape y en canoas que éste proporcionó,
Balboa atravesó un río considerable que desagua en el golfo, y
sujetó al cacique Cocure ó Coquera, que contribuyó con algún oro, y
luego se embarcó en las mismas canoas con el designio de pasar del
otro lado del golfo, á pesar de que los indios le aseguraban que se
exponía á una tormenta por ser estas muy comunes en el mes de
Octubre. Sin embargo, Chiape no quiso abandonar á sus huéspedes, á
quienes había cobrado cariño, y prefirió correr todos las peligros
que él sabía eran seguros, así fué que en breve comenzó el mar á
encresparse, y sin la destreza de los indios que se apresuraron á
atar unas canoas con otras, se habrían ahogado los españoles,
porque tan frágiles leños no podían resistir al ímpetu de las olas.
Ni aun este arbitrio les hubiera valido, si no hallaran una pequeña
isla en la que se refugiaron, pasando una ansiosa noche, pues la
marea la cubrió y quedaron sumergidos en el agua hasta la
cinta.
La mañana siguiente, menguando el mar y aprovechando la calma,
se embarcaron en los trozos de canoas que pudieron aderezar, y
arribaron á la primera tierra que encontraron, en donde salió á
recibirlos en son de combate el cacique Tumaco. Vencido y roto este
con los suyos, y prisionero uno de sus hijos, Balboa le hizo
vestir, adornar con sartas de cuentas de vidrio de diversos
colores, y poner en libertad, instruyéndolo para que buscase y
tranquilizase á su padre y demás fugitivos. La política de Balboa
no dejó de producirle los favorables efectos que en otras
ocasiones. Tumaco se presentó, aunque con alguna desconfianza que
en breve se disipó con el trato afable de Balboa, y sabiendo ya
cuáles eran los objetos más agradables á sus vencedores, hizo traer
una cantidad considerable de oro, y lo que más llenó el ojo á los
españoles, doscientas cuarenta perlas.
Balboa comisionó siete de sus compañeros, los principales, á fin
de que fueran á ver cómo y en dónde se pescaban las perlas; al cabo
de algunos días volvieron con doce marcos que á su vista se habían
sacado, y sabiendo que en una isla más distante que poseía un
cacique Tetarequi, se cogían en más cantidad y de mayor tamaño, se
preparaba á embarcarse si los indios y la experiencia no le
hubieran persuadido que era empresa loca en la estación de las
borrascas. Dejándolo, pues, para otra ocasión más favorable porque
era ya el 5 de Noviembre y las lluvias y tempestades no cesaban en
aquellas riberas, atravesó otro río, y despidiéndose de Tumaco y de
Chiape, que le dieron indios para cargar y señalarle los senderos,
determinó volver al Darién por camino distinto, á fin de conocer
mejor aquellos países y aumentar su tesoro; que ya podía darse este
nombre á la cantidad de oro que llevaban. El cacique Teoca ó
Teoachan fue el primero que los salió á recibir de paz, dándoles
oro y algunas perlas y provisiones. Este les piió que devolvieran á
los indios de Chiape, que él haría el servicio necesario con los
suyos, y así se practicó, aunque los chiapeses iban voluntarios.
Teoca ordenó á su hijo que fuera á la cabeza de los indios y que no
permitiera que ninguno se volviera sin permiso de Balboa.
Comenzaron á subir aquellas ásperas cuestas y á experimenar
escasez de agua para beber, lo que los traía afligidos, hasta que
llegaron al asiento del cacique Pacra ó Poncra, el cual desamparó
precipitadamente sus casas, dejando lo que poseía, que solo en oro
alcanzó á pesar más de dos mil pesos. Esta vez Balboa desmintió su
acostumbrada fidelidad á las promesas que hacía á los indios, pues
habiéndose presentado Poncra en virtud de las seguridades que le
dieron, fué preso, se le dió tormento á fin de que descubriese de
dónde sacaba el oro que le habían encontrado, y de que confesara
feos pecados de que le acusaban, y habiendo negado con firmeza
todo, mandó Balboa que lo entregasen á los perros con otros tres, á
fin de que los devoraran.
Este Poncra era el indio de figura más desapacible que hasta
aquí habían encontrado, y por su severidad tenía muchos enemigos,
lo que impidió, sin duda, que la felonía que con él se usó tuviera
el efecto de retraer á los demás indios de la amistad de los
españoles. Treinta días descansaron en los estados de Poncra, que
llamaron Todos Santos. Allí se incorporaron los enfermos que habían
quedado al cuidado de Chiape, y llegaron acompañados del cacique
Bononiama, por cuyo pueblo habían pasado, atravesando por camino
más corto. Este Bononiama resultó ser hombre muy racional, que
confirmó á Balboa las noticias vagas que Tumaco le dió por la
primera vez de pueblos ricos y adelantados que vivían en la otra
orilla del mar, y que se servían de animales de carga. Bononiama
también les regaló algún oro, y les indicó el camino para atravesar
la cordillera. Mucho sufrieron por aquellas espesuras y cenagales,
y sobre todo del hambre, obligados á sustentarse con raíces y
frutas silvestres. Algunos indios de los de Teoaca perecieron de
necesidad.
En la parte mas elevada y de buen temperamento hallaron dos ó
tres pueblos miserables sujetos á los caciques Catoche, Zuirisa y
Buquebuca; este último se ocultó en los montes,
|y mandándole
llamar Balboa contestó que no teniendo nada que darle de
consideración, no había creído que podía salirle al encuentro. Sin
embargo, todos estos indios se despojaron, por contentar á los
españoles, de sus planchuelas de oro en forma de patenas que traían
colgadas al cuello, y las dieron á Balboa. Continuaron los
castellanos su viaje por aquellas asperezas, desfalleciendo de
hambre, hasta una población grande del cacique Pocorosa, en la que
hallaron mucho maíz, y aunque los indios dejaron al principio solas
las casas, luego, persuadidos por los intérpretes, volvieron y
trajeron el consabido pasaporte a saber: las patenas, narigueras y
otros adornos que pesados al instante, rindieron cuatro mil y más
pesos.
Pocorosa les habló muy mal de su enemigo el cacique Tumanamá, de
cuyo nombre y
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riquezas oyeron tanto los castellanos en su
visita á Comagre,y creyendo Balboa que se le podría ir una presa de
tanta consideración si no empleaba el mayor secreto y sagacidad,
escogió sesenta españoles de los más adelantados con todos los
perros, que fueron el azote de los indios en aquella expedición, y
caminando sin cesar logró sorprender á Tumanamá dentro de sus casas
á prima noche, mas no halló las inmensas riquezas que se prometía,
de lo que irritado habría mandado, arrojar al río al infeliz
cacique, si este no hubiera suplicado que esperasen, mientras que
sus mujeres, reuniendo todo el oro que tenían, trajeron mil
quinientos pesos, y al día siguiente dos mil más. Muy pronto
conoció Balboa que el odio de los caciques vecinos á Tumanamá nacía
de que este era hombre belicoso, que tenía sus vasallos
acostumbrados á las armas, poseía una casa fuerte y muchas armas
con lo cual era temido de Pocorosa, que habitaba sobre las alturas,
y de Comagre, que vivía mas abajo en el valle y amena llanura que
describimos antes.
Aunque importunado, Tumanamá nunca quiso declarar en sus tierras
había minas de oro. Los españoles catearon, en diferentes lugares y
hallaron, lavando las tierras, algunos granos como lentejas
delgadas y polvo fino, pues el que habían visto hasta entonces
estaba en piezas fundidas por los indios. Tumanamá insistió
diciendo que el que tenía no lo había sacado en sus tierras, sino
adquirido en las comarcanas. Suponían los españoles que su intento
era que no vinieran ellos al amor del oro á establecerse en sus
términos. Aquí pasaron los españoles los últimos días de Diciembre
de 1513, y luego se encaminaron, al valle de Comagre; muerto ya
este anciano, su hijo y sucesor Panquiaco salió á recibir á sus
amigos y los hospedó y regaló en sus casas. Bien lo necesitaba
Balboa, que acometido de calenturas había sido traído en hamaca por
los indios desde Tumanamá y los otros que venían cada uno apoyado
en dos indios para poder caminar.
Restablecidos del estropeo y males, con el cariño y regalos de
los comagres, caminaron por la vuelta de las tierras de Poncha á la
Antigua. Allí los esperaban cuatro mensajeros con la agradable
noticia dé haber llegado varias embarcaciones de Santo Domingo
cargadas de víveres y otras cosas. Balboa se adelanté con diez y
seis compañeros, y entró en triunfo en su colonia después de una
expedición de cuatro meses, la más lucrativa de
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las que se.
habían ejecutado hasta entonces en el continente, cargado con más
de cien mil pesos de oro, fuera de las perlas, todo lo que
equivalía entonces á casi un millón de pesos, de nuestros días; sin
haber perdido un solo hombre, habiendo descubierto el mar del Sur y
asegurado el paso para futuras expediciones por haber ganado la
amistad de los naturales, inspirándoles al mismo tiempo grande
opinión de la fuerza de los castellanos y confianza en sus
promesas. Que mucho, pues, que todos, grandes y pequeños, salieran
en procesión á recibir á Balboa; que los buques se empavesaran y
descargasen su artillería, y que los trasportes de alborozo de la
colonia hicieran que el descubridor del mar del Sur mirase este día
como uno de los más dichosos de su vida.
Reunidos todos, se apresuró Balboa á enviar á España a Pedro
Arbolancha con los quintos reales del oro y perlas, y con la
noticia del descubrimiento del otro mar, y á solicitar la
Gobernación de Castilla de Oro; mas cuando este mensajero, llegó á
la Corte, por Mayo de 1514
|, no sólo estaba ya provisto el
destino,. sino que había salido el agraciado con una numerosa
expedición para venir á tomar posesión, como se verá en él capítulo
IV. Se equivocó pues Robertson al asegurar que, á pesar del
servicio importante de Balboa en descubrir el Océano Pacifico, la
antipatía del Obispo de Burgos lo privó de la recompensa merecida,
cuando por el contrarío la sensación que produjo la llegada de
Arbolancha á la Corte con el oro y perlas, y la noticia del otro
mar, no había tenido igual desde el primer regreso de Colón, y el
entusiasmo por Balboa fué tal, que se revocó la sentencia que lo
condenaba por sus primeras usurpaciones, nombrándole el Rey
Adelantado del mar del Sur, con otras mercedes como adelante se
verá.
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(1)
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Aun hoy los bongos que fabrican los indios de aquella
costa son muy estimados, tienen quilla, y
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en ellos se
aventuran mar afuera, á pescar tortugas en los bajos é islotes. (Regresar a 1)
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