INDICE




Prólogo
Introducción

CAPITULO I
Colón descubre las costas del istmo de Panamá...

CAPITULO II
Descubrimiento de las costas de la Nueva Granada desde el cabo Chichibacoa hasta el golfo de Urabá, por Ojeda y Bastidas.

CAPITULO III
Bajo la dirección de Vasco Nunez de Balboa, adquiere la Antigua del Darién mucha importancia.

CAPITULO IV
Desbaratan los Indios á Balboa...

CAPITULO V
Comiénzase el descubrimiento de las Costas del Chocó al sur...

CAPITULO VI
Entrada y crueldades del alemán Alfínger en el valle de Upar...

CAPITULO VII
Combate de Canopote...

CAPITULO VIII
Descubrimiento de Antioquia

CAPITULO IX
Jornada de Jorge Espira desde Coro á los Llanos del Apure, y de allí al Sur, hasta los afluentes del Amazonas

CAPITULO X
El   licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada marcha por los Chimilas hasta Tamalameque...

CAPITULO XI
Extensión y limites del territorio de los Chibchas ó Muíscas...

CAPITULO XII
Prosigue Quesada su descubrimiento...

CAPITULO XIII
Reúne Quesada sus tropas en Bogotá

CAPITULO XIV
Gobierno de Lorenzo de Aldana en el sur...

CAPITULO XV
Fundación de Timaná...

CAPITULO XVI
Mal éxito de las persecuciones de Gonzalo Jiménez de Quesada en España

CAPITULO XVII
Socorre el Adelantado Belalcázar al Gobernador Vaca de Castro, con tropas para reducir a los rebeldes en el Perú, y le despide este desabridamente...

CAPITULO XVIII
Llegada de Armendariz á Santa Fe y sus primeras tropelías...

CAPITULO XIX
Fundación de las villas de Almaguer y la Plata...

CAPITULO XX
Gobierno de la audiencia...
Catálogo
Manuscritos
Documento número siete
Descubrimiento de las costas de la Nueva Granada desde el cabo Chichibacoa hasta el golfo de Urabá, por Ojeda y Bastidas.—Nicueza y Ojeda son nombrados gobernadores de este territorio, que se divide en dos porciones.—Nueva Andalucía y Castilla de Oro.—Ojeda es derrotado por los indígenas de Turbaco, y escapa solo.—Fúndase y desampárase la villa de San Sebastián de Urabá. —Tristes sucesos de la expedición de Nicueza.—Fúndase la Antigua del Darién. 

|And.... (here) |the Spaniards, for the first time  were |
taught to dread the inhabitants of the New World.— 

(Robertson, |History |of America, libro 3, p.  219).  

 

El Obispo de Palencia, J. Rodríguez Fonseca, que estaba especialmente encargado en España del Gobierno de las regiones nuevamente descubiertas en América, comunicó al Capitán Alonso de Ojeda, su protegido, la carta y diarios de la navegación de Colón á la costa de Paria, que éste había remitido á la corte desde Santo Domingo. Con tales datos, y animado del espíritu de aventura que caracterizaba á este joven y atrevido soldado, que acompañó á Colón en su segundo viaje á las Antillas, armó y alistó, en Mayo de 1499, cuatro embarcaciones, tomando por compañeros al experto piloto vizcaíno Juan de la Cosa, y á Américo Vespucci, cosmógrafo de Florencia, que vió entonces, por la primera vez el Nuevo Continente que por un extraño concurso de circunstancias debía llevar un día su nombre | |(1) .

Corrieron con viento favorable Ojeda y sus socios, puesto que en sólo veintisiete días se trasladaron á la costa de Paria y bocas del Orinoco, y de allí continuaron su navegación por toda la costa hasta el Cabo de la Vela | | (2) , tocándole así á Ojeda la suerte de descubrir las costas mas orientales del territorio que hoy abraza Nueva Granada, como le tocó en el mismo viaje la de dar también el nombre á Venezuela por la circunstancia de haber visto una población aislada dentro del mar, que le recordó la situación de Venecia.

Siendo el objeto principal de este viaje, no el fundar poblaciones, sino cambiar los avalorios, cascabeles y otras bujerías á que tanta afición habían mostrado los indígenas del Nuevo Mundo, por oro y perlas, no se detuvo Ojeda en cada paraje sino lo muy preciso para hacer su tráfico, é inmediatamente volvió á Santo Domingo y de allí á España en Junio de 1500, con algún oro, perlas y palo Brasil.

En 5 de Junio de 1500 se dió licencia á Rodrigo de Bastidas, natural de Sevilla y de oficio escribano, para ir á descubrir á su costa con dos naves por el mar Océano, y salió en efecto de Cádiz en Octubre, acompañado del piloto Juan de la Cosa, que acababa de volver con Ojeda. Llegó á Venezuela, tocó en el cabo de la Vela, término de los anteriores descubrimientos; fué el primero que recorrió las costas del río de Hacha y de la ensenada de Gaira, rescatando el oro y perlas que hallaba, pero manejándose con prudencia y humanidad, calidades raras en los aventureros que hacían entonces, este tráfico. No se manifestó entonces, dice un historiador, lo belicoso y fiero de los habitantes de aquel distrito, acaso porque no se les dió motivos de temor é desconfianza. Por Marzo de 1501 se vió en peligro de zozobrar en las bocas de un gran río que llamó de la Magdalena, quizás por haberlo descubierto el día en que la Iglesia celebra la conversión de esta Santa. Siguió luego a Galera Zamba, Cartagena, las islas Barú y San Bernardo, la Fuerte y Tortuguilla; entró en la bahía de Zispata y río Sinú, en el golfo de Urabá, dobló después el cabo Tiburón y terminó su viaje en las costas del istmo á donde por opuesto rumbo, hemos visto que más tarde llegó Colón.

En Enero de 1502 verificó Ojeda su segundo viaje á Costa Firme con intención de poblar, y con título de Gobernador de Coquivacoa, mas ciertas tropelías que le atrajeron las hostilidades de los indígenas, y disputas con sus asociados Vergara y Ocampo, no permitieron que se llevara á efecto la tentativa. Algunos suponen que estos sucesos pasaron en Bahía Honda, y otros más al oriente de la costa de la Guajira; lo cierto es que Ojeda fué conducido con grillos á Santo Domingo por los compañeros, y después á España, en donde se justificó de las acusaciones de sus enemigos.

Siguiendo el orden cronológico, habríamos debido hacer antes mención de estos viajes, que del de Colón, de que se tratado en el capítulo 10, |  mas creímos que era justo dar esta muestra de respeto á la memoria del descubridor de nuestro continente, sin contar con que el Almirante se proponía en su viaje un fin más noble y calculado para promover el bien del género humano.

Muerta la Reina D.a Isabel, á cuyos sentimientos humanos y ánimo generoso la posteridad hace cada día más justicia, | |(3) y escaseando ya los pocos adornos de oro y las perlas que las tribus salvajes de las islas y costas de Tierra Firme poseían, las naves aventureras procedentes de Santo Domingo y otras regiones se dieron al salteamiento de los mismos indígenas, enajenando sus voluntades conactos de piratería inauditos, llevándolos por centonares en esclavitud para trabajar la tierra y las minas de la isla de Santo Domingo. Todo lo descubierto hasta entonces en América se convirtió en un vasto mercado de esclavos, y sólo algunas tribus más belicosas defendieron su libertad con la punta de sus flechas envenenadas. La exuberante y enérgica vegetación de la zona tórrida les ofrecía las únicas armas con que lucharon contra las que la civilización había puesto en manos de los españoles. Así, desobedecidas ó eludidas las sabias y benéficas ordenanzas de la difunta Reina, la obra de la colonización se dilató, y la de despoblación hizo tan rápidos progresos, que al cabo de algunos años desapareció casi enteramente la raza indígena en las islas y costas del Continente, porque parece que la libertad es un elemento esencial para la vida del habitante del Nuevo Mundo. 

No sabía  entonces el docto y elegante escritor que América debía llorar esta Reina con lagrimas de sangre. Así, la vista de la caja de plomo que contiene sus restos en la capilla real de Granada, ha causado la más viva emoción al que escribe estos renglones, y conservará religiosamente una partícula de este féretro, reliquia mas preciosa para un americano que cualquiera recuerdo de Napoleón, Federico II ú otra de las celebridades históricas con que se enriquecen las colecciones de los curiosos. Y es de notarse en honor del carácter de éste, que jamás se vieron las guerras entre las tribus de América que el tráfico de esclavos ha engendrado en África, con el objeto de abastecer los mercados de los europeos.

Pasaron algunos años sin que se pensase en fundar establecimientos en Tierra Firme, hasta que en el de 1508 el mismo capitán Alonso de Ojeda, ayudado de Juan de la Cosa y Diego Nicueza, cortesano rico, avecindado en la isla de Santo Domingo solicitaron simultáneamente que se les permitiese, mediante ciertas concesiones, establecerse de asiento en aquellas costas. A Ojeda se le concedió la Gobernación de toda la costa desde el cabo de la Vela hasta el golfo de Urabá, á la cual se dió la denominación de Nueva Andalucia. Juan de la Cosa debía acompañarle como lugarteniente y alguacil mayor. Ojeda se comprometía á construir cuatro fortalezas en su distrito y á pagar al Rey, él y sus compañeros, el quinto de cuanto ganaran en aquellas regiones, quedándoles la libertad de volver á España á gozar de la fortuna que hubieran adquirido.

A Diego Nicueza le cupo la Gobernación de Castilla de Oro, nombre que se dió á las costas más occidentales desde el golfo de Urabá al cabo de Gracias á Dios, con las mismas cargas y privilegios. Uno y otro trajeron el siguiente requerimiento que debían hacer á los indígenas, el cual fué mandado redactar al doctor Palacios Rubios, recibiendo la aprobación de una Junta de los más doctos teólogos y canonistas de España:

Yo, Alonso de Ojeda, criado de los muy altos y muy poderosos reyes de Castilla y de León, domadores de las gentes bárbaras, su mensajero y capitán, vos notifico y hago saber como mejor puedo, que Dios Nuestro Señor, Uno y Eterno, crió el cielo y la tierra y un hombre y una mujer, de quienes vosotros y nosotros, y todos los hombres del mundo, fueron y son descendientes procreados y todos los que después de nosotros vinieren: Mas por la muchedumbre de generación que de estos ha procedido, desde cinco mil y más años que’ ha que el mundo fué creado, fué necesario que los unos hombres fuesen por una parte y los otros por otra, y se dividiesen por muchos reinos y provincias, porque en una sola no se podían sustentar y conservar. De todas estas gentes, Dios Nuestro Señor dió cargo á uno que fué llamado S. Pedro, para que todos los hombres del mundo fuese Señor y superior, á quien todos obedeciesen y fuese cabeza de todo el linaje humano, do quier que los hombres estuviesen y viviesen, y en cualquier ley, secta ó creencia; y dióle á todo el mundo por su servicio y, jurisdicción; y como quiera que mandó que pusiese su silla en Roma corno en lugar más aparejado para regir él mundo; también le prometió que podía estar y poner su silla en cualquiera otra parte del mundo y juzgar y gobernar todas las gentes, cristianos, moros, judíos, gentiles y de cualquiera otra secta ó creencia que fuesen. A este llamaron. Papa, que quiere decir admirable mayor, padre y guardador, porque es padre y gobernador de todos los hombres. A este santo padre obedecieron y tomaron por señor, rey y superior del universo, los que en aquel tiempo vivían y ansimismo han tenido á todos los otros que después de él fueron al pontificado elegidos, y ansi se ha continuado hasta ahora, y se continuará hasta que el mundo se acabe.

Uno de los pontífices pasados que he dicho, como señor del mundo, hizo donación de estas islas y Tierra Firme del mar Océano á los católicos reyes de Castilla, que eran entonces D. Fernando y D.a | Isabel de gloriosa memoria, y á sus sucesores, nuestros señores, con todo lo que en ellos hay, según se contienes en ciertas escrituras, que sobre ello pasaron, según dicho es, que podéis ver si quisiéredes. Así que Su Majestad es rey y señor de estas islas y Tierra Firme, por virtud de la dicha donación y como a tal rey y señor, algunas islas y casi todas á quien esto ha sido notificado, han recibido á Su Majestad y le han obedecido y servido y sirven como súbditos lo deben hacer, y con buena voluntad y sin ninguna resistencia, y luego sin ninguna dilación, como fueron informados de lo susodicho, obedecieron á los varones religiosos que les enviaba para que les predicasen y enseñasen nuestra santa fe; y todos ellos de su libre y agradable voluntad, sin premio ni condición alguna, se tornaron cristianos y lo son |; y Su Majestad les recibió alegre y benignamente, y ansí los mandó tratar como á los otros sus súbditos y vasallos: y vosotros sois tenidos y obligados a hacer lo mismo. Por ende, como mejor puedo, vos ruego, y requiero, que entendáis bien en esto que os he dicho y toméis para entenderlo y deliberar sobre ello, el tiempo que fuere justo, y reconozcáis á la Iglesia por señora y superiora del universo mundo y al sumo pontífice llamado Papa, en su nombre, y á Su Majestad en su lugar como superior y señor rey de las islas y Tierra Firme por virtud de la dicha donación: y consintáis que estos Padres religiosos os declaren y prediquen lo susodicho: y si ansi lo hiciéredes, haréis bien y aquello que sois tenidos y obligados, y Su Majestad, y yo en su nom­bre, vos recibirán con todo amor y caridad y vos dejarán vues­tras mujeres y hijos libres, sin servidumbre, para que de ellas y de vosotros hagáis libremente todo lo que quisiéredes y por bien tuviéredes, como lo han hecho casi todos los vecinos de las otras islas. Y allende de esto, Su Majestad vos dará muchos privilegios y exenciones y vos hará muchas mercedes; si no lo hiciéredes, ó en ello dilación maliciosamente pusiéredes certificaos que, con el ayuda de Dios, yo entraré poderosamente contra vosotros, y vos haré guerra por todos las partes y maneras que yo pudiere, y vos sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y de Su Majestad, y tomaré vuestras mujeres é hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé y dispondré de ellos como Su Majestad mandare; y vos tomaré vuestros bienes y vos haré todos los males y daños que pudiere, corno á vasallos que no obedecen ni quieren recibir a su Señor y le resisten y contradicen. Y protesto que las muertes y daños que de ello se recrecieren, sean á vuestra culpar y no de Su Majestad ni nuestra, ni de estos caballeros que conmigo vinieron. Y de corno os lo digo y requiero, pido al presente escribano que me lo dé por testimonio signado.

Nos ha parecido conveniente copiar íntegro este importante documento, como lo hicieron Herrera y Robertson, así porque él sirvió de modelo a los futuros conquistadores, como porque da bien a conocer el carácter de la época.

Casi dos años dilataron los aprestos de estas expediciones en España y en la isla de Santo Domingo, contrariadas, en esta última, a cada paso por la autoridad del segundo Almirante D. Diego Colón, hijo del descubridor, que sostenía que con ellas se faltaba á las capitulaciones celebradas por los Reyes católicos con su padre; además de que Ojeda y Nicueza estuvieron á pique de venir á las manos por el señalamiento de los límites de sus respectivos territorios, hasta que Juan de la Cosa los puso de acuerdo conviniendo en dejar el río del Darién por lindero común. Mas Ojeda, envidioso de Nicueza, porque éste, como más rico y destinado á Veragua, tierra que tenía mucha fama de tal, había acertado á reunir doble número de gente y naves, no cesó de provocarle y hostilizarle hasta que dió la vela á primeros de 1510 para Calamar, en donde pensaba fundar la primera población y fortaleza.

Cierra la bahía de Cartagena, que así habían llamado aquel puerto por su semejanza con el de Cartagena en España, una isla que los naturales llamaban Codego. En sus inmediaciones desembarcó Ojeda. Pero los indios, a pesar del requerimiento hecho por ante escribano, no se mostraban obedientes ni dóciles, sino que rehusaban acercarse á los españoles. Ojeda probó por algunos días los medios suaves sin fruto alguno, pues las violencias y ultrajes de que habían sido víctimas en las visitas de los diversos aventureros, particularmente de Cristóbal Guerra, que en años pasados había tomado á muchos por esclavos, los hacían desconfiados y temerosos de alguna celada. Al fin cedió el nuevo Gobernador á sus naturales inclinaciones; y haciendo un desembarco arremetió á los indios, prendió á sesenta, quemó ocho que se defendían al abrigo de una casa, y corriendo tras del botín y pillaje, se internó persiguiendo á los fugitivos hasta el pueblo de Yurbaco, hoy Turbaco, que encontró desamparado dc sus habitantes, los cuales habían puesto en salvo sus familias y cuanto tenían de más precioso. Los castellanos se dispersaron á merodear, acto en el que fueron sorprendidos por los indios, y después de un combate sangriento en que las mujeres de Turbaco peleaban al lado de sus maridos y padres, quedaron tendidos en el campo setenta castellanos y entre ellos Juan de la Cosa, sin haberse escapado otro que Ojeda, que bajó por entre el bosque á la costa y al que recogieron, casi moribundo del cansancio y de la necesidad, las barcas que andaban en la bahía.

Semejante derrota y mortandad sumergieron en el estupor y ¡a consternación á Ojeda y á los compañeros que le habían quedado. Veían ellos que iban á habérselas con gente más belicosa que la de las islas, y que su tarea no sería tan fácil como se la habían figurado.  En tan tristes circunstancias, dice. Benzoni, |ecce Nicuesa supervenit Liburtúcae unius, septem caravelarum, etc., cum amplius septingentis militíbus, provinciam suam petens. En efecto despachado más tarde Nicueza se presentó en Cartagena con su escuadra, |y temeroso Ojeda de que quisiese vengar agravios pasados, no se atrevió á visitarle. Mas Nicueza, sabedor del desastre de Ojeda, se mostró generoso y le ofreció el auxilio de todas sus tropas, entre las cuales había algunos de á caballo. Los indios de Yurbaco fueron sorprendidos á su turno al amanecer del día siguiente, y rodeado é incendiado el pueblo, muchos prefirieron perecer en las llamas á morir en manos de los castellanos, que no dieron cuartel ni perdonaron la vida á nadie, cualquiera que fuese su sexo ó edad. Removiendo después las cenizas, encontraron algunas alhajas de oro que se distribuyeron, y retirados á las naves, se decidió Ojeda á navegar más al poniente á fin de buscar un sitio más propicio para establecerse. Detúvose en la Isla Fuerte, tomando á los habitantes que encontró como esclavos y quitándoles las alhajas de oro que poseían. En esta vez parece que se omitió la formalidad del requerimiento. Penetrando después en el golfo de Urabá, escogió en la costa oriental la falda de unos cerros para edificar su fortaleza. Allí desembarcó, y en cortos días quedaron las estacadas del fuerte concluidas y hechas treinta habitaciones pajizas. 

Llamóse esta población San Sebastián de Urabá, y como los indígenas de toda esta costa eran de la raza belicosa de los Caribes, comedores de carne humana, la prudencia aconsejaba á Ojeda que procurase ganarlos, tratándolos bien para no exponerse á ser hostilizado permanentemente. El contrario partido se adoptó, y cada día se hacía alguna excursión en el interior para cautivar los indios y robarlos. En una de ellas fué derrotado Ojeda por el jefe de una tribu, llamado Tirufl ó Tiripí, cuyo pueblo atacaron los castellanos. Muchos soldados murieron y los demás se retiraron al fuerte, de donde no atreviéndose ya á salir, comenzaron á sufrir hambre y enfermedades, á pesar de haber recibido una embarcación cargada de víveres que trajo B. Talavera de Santo Domingo y que pronto se consumieron. Conociendo los indios que tenían sitiados á los españoles en su fuerte, que el más temible por su valor y agilidad era el jefe de éstos, le tendieron una emboscada con mucha sagacidad, en la cual fué herido malamente de una flecha envenenada, cosa para la cual los españoles no habían descubierto remedio todavía. 

Ojeda se hizo cauterizar la herida con hierros incandescentes y se salvó después de padecer mucho. En este estado se ofreció á partir para Santo Domingo á buscar auxilios, prometiéndole los compañeros que lo esperarían cincuenta días; pasados éstos, desampararían aquella costa si no volvía. La nave en que iba Ojeda, no pudiendo remontar, arribó á un paraje despoblado y cenagoso de la isla de Cuba. Aquí fué obligado a | abandonar la embarcación y á caminar á pié con increíbles penalidades. Pasó á Santo Domingo algunos meses después, en donde acabó muy pronto su vida en la miseria este antiguo compañero de Colón y uno de los más briosos capitanes de entre cuantos se distinguieron en la época del descubrimiento. Le faltó sin embargo el espíritu de orden y el sentimiento de justicia, sin lo cual no hay organización posible.

Transcurridos dos meses después de la partida de Ojeda, los sesenta españoles que habían quedado bajo el mando de Francisco Pizarro (el mismo que después adquirió tanta nombradía como conquistador del Perú) resolvieron embarcarse para Santo Domingo en dos pequeñas embarcaciones que tenían; la una zozobró cerca de la Isla Fuerte, pereciendo cuantos la tripulaban á vista de los de la otra, que no pudieron socorrerlos. A poca distancia de Cartagena hallaron dos naves del bachiller Enciso, que venía de Santo Domingo á auxiliar á Ojeda con gente, armas y vituallas. Este, á pesar de sus ruegos y de que le ofrecían dejarle cuanto oro habían podido recoger en tantos meses de trabajos, con tal que los dejara seguir su viaje, los obligó á volver atrás y á servirle de guías para tomar posesión de la fortaleza que había construido Ojeda.

Con el fin de reparar una barca entraron en la bahía de Cartagena, y habiendo adquirido los indios la certidumbre de que no venían allí Ojeda ni Nicueza, por medio de un castellano que había aprendido algunas palabras del idioma de aquella costa, y dícholes que no traían intento de hostilizarlos, corno que solo se ocupaban en adobar su bote sin desembarcar sino la gente necesaria para aquel objeto, no solo no los molestaron, sino que les llevaron voluntariamente maíz y otros víveres, sin recibir nada en cambio, lo que manifiesta bien claro que el natural de aquellas gentes no era tan feroz como se quiso hacer creer para cohonestar las violencias de algunos traficantes. Si Ojeda, como tenía valor y actividad, hubiera tenido también paciencia y método para manejar los indios, y firmeza para impedir las rapiñas de sus subordinados, no hay duda que desde entonces hubiera fundado permanentemente una población en Cartagena que habría servido de escala para el descubrimiento de lo interior, como sirvió diez y seis años más tarde Santa Marta.

Siguió el bachiller Enciso la costa abajo y aportó á las inmediaciones del río Zenu, en donde las muestras abundantes de oro que traían los indios colgadas como adornos, le hicieron olvidar la política de conciliación adoptada en Cartagena; ordenó, pues, al mismo intérprete que le había servido antes, que les hiciese y explicase á los indígenas reunidos el consabido requerimiento. Gomara, uno de los historiadores primitivos, inserta en su libro la respuesta de los indios que es la siguiente: Que les parecía bien lo de un Dios; más que no querían disputar ni dejar su religión; que debía ser muy franco de lo ajeno el Sauto Padre, pues daba lo que no era suyo, y que el Rey debía ser muy | pobre, pues enviaba á pedir desde tan lejos lo poco que ellos tenían, y muy atrevido, pues amenazaba á quienes no conocía. Requirióles muchas veces que lo recibiesen y entrasen en comunicación con él, que de no, los matarla é tomaría por esclavos, y no haciéndole caso los acometió, saqueó el pueblo y cautivó muchos, aunque no sin pérdida, pues murieron flechados dos Españoles. Algunos sostienen que esta entrada del bachiller Enciso al Zenu no aconteció hasta  el año de | 1514, por orden de Pedrarias Dávila.

Llegado Enciso á San Sebastián de Urabá halló que los indios habían arrasado la fortaleza y casas, y para aumento de desgracia perdió la nave más grande, que encalló á la entrada del puerto, ahogándose los animales de cría, semillas, armas y mantenimientos de que venía cargada. Allí permanecieron algunos días alimentándose con palmitos y cerdos monteses. Probaron á hacer una entrada en la tierra, mas el arrojo de tres Indios que los acometieron disparando sus saetas y huyendo alternativamente, burlándose así de las armas de los españoles en aquellos bosques, les hizo conocer que, si Ojeda con trescientos soldados no había podido mantenerse allí, mucho menos ellos, puesto que los indios permanecían hostiles; y por consejo de Vasco Núñez de Balboa, que había recorrido antes con Rodrigo Bastidas toda aquella costa, acordaron, pasarse al otro lado del golfo, en donde aseguraban que la tierra era más abundante y los indios menos belicosos. De este modo fué abandonada definitivamente San Sebastián de Urabá, la segunda población que se intentó establecer en la costa firme, como lo había sido la que quiso fundar el almirante Colón en Veraguas. Trescientos cuarenta años han trascurrido desde entonces, y sin embargo, las tribus salvajes que habitan las márgenes del golfo del Darien y las de la costa de la Goajira, son las únicas que han conservado su independencia. La degradación, la servidumbre y la mezcla con las otras razas han destruido las demás. En estas se conservan con el lenguaje muchos rasgos del carácter primitivo y de las creencias y hábitos de los antiguos habitantes, como nos los describen los historiadores. Hoy todavía los indios Cunas y Caimanes, que así se llaman ahora los que habitan el golfo, tienen sus sacerdotes, que son médicos y adivinos, y aun se pintan el cuerpo de diversos colores, hombres y mujeres, mas han reemplazado casi enteramente el arco y las flechas con las escopetas inglesas que adquieren en cambio del carey, que con el cacao forman sus artículos principales de comercio. De todas las palabras que el autor de este |Compendio oyó á los indios durante una residencia de algunos días en aquellos parajes en 1820, ninguna ha encontrado en los pocos nombres propios, de que hacen mención los cronistas. Con excepción de |Careta, nombre que se conserva á un río y á un cacique en la costa occidental del golfo, las demás denominaciones son posteriores á la época del descubrimiento | | (4) .

La gente que cupo en las dos pequeñas embarcaciones que quedaron al bachiller Enciso, y que fueron como cien hombres, se dirigió, como hemos dicho, á la banda occidental del golfo, dejando ochenta españoles en Urabá, mientras mandaban á llevarlos. A las inmediaciones del río del Darién descubrieron un pueblo considerable. Los habitantes, poniendo en salvo sus familias, acudieron á la playa en número de 500, armados de arco y flechas y en actitud hostil. Resolvió Enciso arriesgarlo todo, antes que | exponerse á perecer de hambre, y haciendo un solemne voto á Santa María la Antigua de Sevilla, de diputarle un peregrino, que á nombre de todos visitase su santuario, y edificarle además una capilla en la casa del cacique que se distinguía de todas las demás, desembarcaron en buen orden, y amparados de grandes y sólidos escudos de madera que la experiencia les hacia llevar para guarecerse de las flechas envenenadas, de cuyas heridas, por pequeñas que fuesen, nadie escapaba, dieron sobre los indios, que viendo que sus armas arrojadizas no ofendían á los invasores, sin mayor resistencia se dieron á huir, abandonando las casas en las que hallaron los hambrientos españoles suficiente provisión de maíz, yucas y granos de cacao. Al día siguiente salieron río arriba, y con gran contento encontraron, en un cañaveral á orillas del río, cuantos muebles y alhajas los Indios habían llevado á esconder, y que consistían en vasos y utensilios de barro y madera, ropa de algodón perteneciente á las mujeres que no acostumbraban aquí andar enteramente desnudas, y prendas de oro fino, sobre cuya suma varían mucho los historiadores; algunos hablan de dos mil libras, otros de cincuenta mil castellanos, y finalmente Herrera con menos exageración dice que todo pesó diez mil pesos, cuya opinión adoptamos, pues no es probable que en una pequeña población, sin gran comercio con el interior del Chocó, se hubieran podido reunir considerables riquezas, sobre todo cuando el oro sólo se usaba en adornos. Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que, satisfechos los españoles con el botín y la hartura después de tanta necesidad y pobreza, acordaron establecerse en aquel pueblo que, en cumplimiento del voto hecho, llamaron Santa María la Antigua del Darién, de que hoy no quedan ni vestigios, á pesar de haber permanecido muchos años habitada por españoles que se vieron obligados á abandonarla también con el tiempo por la insalubridad de su situación en terreno bajo y pantanoso. El cacique Cemaco, con toda la tribu que habitaba aquella población, se refugió en los bosques.

Las embarcaciones trajeron á los que habían quedado en San Sebastián, y ya se preparaban para nuevas entradas en la tierra, á tiempo que la discordia se introdujo en la pequeña colonia. Vasco Balboa acaudilló un motín, y Enciso fué privado del mando, eligiéndose regidores y alcaldes, empleos que recayeron en Balboa, Samudio y otros. Sin embargo, algunos opinaban que debían sujetarse á Nicueza, dentro de cuya gobernación se hallaban, y otros que á falta de Ojeda el bachiller Enciso debía gobernar mientras se proveyese por el Rey. Entretanto que por la irritación de los ánimos, y por estar los partidos equilibrados, nada podía resolverse, comenzaron á escasear de nuevo los alimentos, y habrían pasado las mismas necesidades que antes, sin la llegada de otra embarcación que en auxilio de Nicueza aprestó Rodrigo Colnienares, el cual salió por octubre del mismo año de 1510 de Santo Domingo con víveres y sesenta hombres, arribó á Gaira,.en donde desembarcando sin precaución cuarenta y siete españoles para hacer agua y leña, fueron sorprendidos por los indios, que se | habían emboscado, no escapando sino uno solo que se salvó nadando por haber hecho pedazos los indios los botes. 

Temeroso Colmenares de ser asaltado sin poder defenderse con los pocos soldados que le quedaban, dió la vela en la misma noche, y sin tocar en parte alguna llegó al sitio de Urabá pocos días después. Viendo destruido el fuerte y casas, rodeado de incertidumbre, hizo disparar la artillería de su nave y encendió en la noche grandes hogueras para avisar á los españoles si acaso estaban en alguna orilla del golfo, medida que le produjo buen resultado, pues los colonos de la Antigua respondieron con las mismas señales, por las que se siguió para ir á buscarlos y llevarles el oportuno socorro de provisiones de que estaban tan necesitados. 

La generosidad con que Colmenares distribuyó gratuitamente los víveres dió más peso á su voto, que era porque cesasen las disensiones y se sometieran á Nicueza, en cuya solicitud ofreció partir personalmente, como lo verificó luego que el mayor número así lo decidió, aunque contra el parecer de Balboa, que creyéndose superior á todos, repugnaba el sujetarse á otro. No pasó mucho tiempo sin que Colmenares y los dos diputados de la Antigua, que lo fueron el bachiller Corral y Diego Albites, observaran una pequeña embarcación que se les acercó y les dió noticias de las desgracias y paradero de Nicueza. Este desventurado cortesano, después de que salió de Cartagena, recorrió la costa del poniente del golfo, y á pocos días lo asaltó una tempestad que dispersó todas sus embarcaciones. La mayor parte se refugiaron en la boca del río Chagres, que entonces llamaban dc los Lagartos, por la multitud de caimanes que Colón había visto en él, mas la capitana corrió con viento en popa hasta más allá de la laguna de Chiriquí, en donde habiendo tomado lengua de que habían dejado á Veragua atrás, se resolvió Nicueza á volver sobre sus pasos con la esperanza de hallar el resto de la expedición cuya suerte le tenía cuidadoso. Quiso su desgracia y su falta de experiencia que entrara en un río, y que pasando la avenida que había ofrecido agua suficiente á | la carabela para entrar, la dejase en seco sobre la arena en medio del río, de donde á duras penas y por una cuerda pudo salvarse la gente con lo encapillado, abandonando la embarcación y caminando por la costa en busca de Veragua, sin saber donde quedaba, vadeando con trabajo los arroyos, ciénagas y lodazales que entraban en el mar, sin más auxilio que el bote que les servía para pasar en los lugares más profundos. 

Así aconteció en la laguna Chiriquí, en donde pasando de una tierra á otra, hallaron ser la segunda una isla, en la cual, desprovista de agua y casi de vegetación, los abandonaron cuatro marineros que robaron la barca y en ella se fueron á buscar el resto de las naves. Puede comprendese bien cuál sería la situación del desgraciado Nicueza y sus compañeros, alimentándose de los pocos mariscos que la resaca dejaba en las playas, y bebiendo agua de pozos salobres, durante cerca de tres meses que permanecieron allí, tiempo en el cual murieron muchos y los restantes andaban arrastrándose de debilidad y fiebres, cuando fueron socorridos por una embarcación que mandó Lope de Olano desde Chagres á virtud del aviso de los marineros de la barca, que llegaron allí al cabo de | algún tiempo.

Era Lope de Olano el segundo ó lugarteniente de Nicueza, el cual, pasada la borrasca y reunidas las naves, no se curó de buscar al Gobernardor, sino de hacerse jefe de la colonia, y con éste fin tomó una barca grande y salió á explorar la costa. En ella naufragó, ahogándose catorce hombres y escapando Olano y otros á nado. Por fin entraron en el río de Belén y se establecie­ron en el mismo sitio de donde fué arrojado D. Bartolomé Colón. Lope de Olano dejó que las embarcaciones acabaran de perderse para quitar la tentación á sus compañeros de volver á la Española, tentación de que observaba ya señales tan claras, como que había sobrepujado á la codicia en una partida que, entrando al río de Veragua á traer muestras de oro, volvieron diciendo que nada habian podido encontrar, y que mejor les estaba tornarse á España, que perecer por el hambre y enferme­dades en tierras tan desabridas.

No pudiendo ya desentenderse Lope de Olano de socorrer al Gobernador Nicueza, después del aviso de los marineros que habían perecido en la barca, los hizo salir en una carabela que había construido con la mejor madera de las otras, y en ella se embarcó Nicueza con el corto número de los que habían sobrevivido á tanta miseria. Llegado al río de Belén, hizo prender y juzgar como traidor á Lope de Olano, y le matara, sino fuera por los ruegos de los demás. Permaneció Nicueza algún tiempo en el río de Belén sin emprender cosa de consideración para descubrir en el interior, si ya no era enviar partidas á robar las sementeras de los indios y saquearlos, castigando con gran severidad á los que volvían al campo con las manos vacías. Acosados por la miseria y por las privaciones, expuestos al sol ardiente de los trópicos y á las emanaciones de los pantanos de que abunda aquella costa, las enfermedades hicieron estragos en esta mísera gente, que en breve quedó reducida á menos de la cuar­ta parte. Afligido Nicueza con tantos contratiempos, resolvió irse á buscar fortuna por la costa arriba, con los que cupieran en la carabela y dos embarcaciones más, dejando los otros bajo el mando de Alonso Núñez, su alcalde mayor. 

Errando por la costa desembarcaron en Portobelo, y tanto allí como en otros patajes, pelearon con los indios á quienes pretendían robar, y en estas refriegas murieron veinte. Al llegar al cabo de Mármol, última punta que descubrió Colón por esta Costa, y observando que con facilidad podría hacerse una casa fuerte, cansado por otra parte de vagar, y estando ya las embarcaciones para irse á pique, comidas de la broma, se determinó Nicueza á fundar en el Nombre de Dios, y así se llamó este lugar, que después se hizo célebre como punto de escala para el Océano Pacifico.

Por mudar de sitio no mudó la condición de los españoles, antes bien crecieronlas miserias en tierra despoblada, obligados á traer los escasos víveres que podían procurarse desde Portobelo y á trabajar así descaecidos y enfermos en la construcción del fuerte, porque irritado el Gobernador con tan adversa suerte, se había convertido en tirano insoportable, que no guardaba consideración alguna. Mandó por los que habían quedado en el río de Belén, y reunidos todos, no pasaban de cien hombres. Algunos de estos fueron los que abordaron ahora la carabela de Colmenares y le refirieron largamente y con mucho llanto y aflicción cuanto hemos compendiado en pocos renglones, acortando la triste relación de los extremos á que se vieron reducidos hasta alimentarse con los cadáveres de los indios que solían encon­trar, porque de esto se verán muchos ejemplos en el curso de esta historia.

Llegado Colmenares á Nombre de Dios, revivió Nicueza las provisiones que le llevaron y sobre todo con la noticia del establecimiento de la Antigua, que era llamado á gobernar. Sin embargo, lejos de usar de la prudencia y circunspección que demandaban las circunstancias, declaró que todo el oro que habían adquirido las colonos de la Antigua era mal ganado, y que pretendía privarlos de riqueza que habían tomado sin su consentimiento dentro de los límites de su gobernación, lastimando así inconsultamente y para su perdición el lado más flaco de los Castellanos, sin reflexionar que á individuos que eran capaces de sufrir tan increíbles penalidades en solicitud de aquel metal, no les sería difícil sacudir los lazos de la subordinación por conservar el que habían adquirido. Ocho días anduvo Nicueza por el archipiélago de San Blas, cautivando y robando á los pocos indios que vivían en las islas y ejerciendo otros actos de soberanía en su gobernación, llevando la imprevisión hasta enviar delante de sí algunos de los que tanto había maltratado en Portobelo y Nombre de Dios, los cuales dieron la alarma en la Antigua manifestando las intenciones del nuevo gobernador y asegurando que era muy capaz de ponerlas por obra. Arrepentidos los habitantes de la Antigua de su resolución, acordaron no recibir á Nicueza. Así que cuando este apareció con sus sesenta compañeros, le fué intimado que no desembarcara, y á pesar de sus instancias y de que ofreció llegar, no como jefe, sino sometido como el último soldado, con tal de que no lo expusieran á una muerte segura á manos de los indios ó lanzado en el mar en embarcaciones podridas y sin víveres para la navegación de remontada hasta Santo Domingo, sordos á sus ruegos lo prendieron y ultrajaron, y al fin lo obligaron á embarcarse con diez y seis hombres que le fueron fieles en tamaña adversidad y quisieron correr con él un riesgo tan inminente de perecer. Como sucedió en efecto, pues, ó los tragaron las olas, como es probable, atendida la calidad de la embarcación, ó fueron muertos por los indios ó de hambre en alguna isla desierta, puesto que no volvió á saberse nada de ellos.

Tal fué el triste fin de una expedición de setecientos ochenta hombres, más numerosa que aquella con que Hernán Cortés se hizo dueño del vasto imperio de México. Diego Nicueza manifestó claramente su ineptitud en | esta empresa. El | cronista Herrera dice que Nicueza era hombre noble y había servido de trinchante de D. | Enrique Enriquez, tío del Rey Católico, y que pasaba además por gran cortesano, de buenos dichos, hombre de á caballo y tañedor de vihuela. No tuvo, como se ha visto, ocasión de ejercitar ninguna de estas habilidades en la costa silvestre y cenagosa del istmo, bautizada con el dulce nombre para los españoles, de |Castilla de oro. | En todo el año de 1510 | perecieron más de mil hombres de Cartagena á Veragua del modo lamentable que hemos referido. Nicueza, Ojeda y Juan de la Cosa tuvieron igual fin |, sin quedar en Santa Maria la Antigua sino cerca de doscientos castellanos, la mayor parte de los que condujeron Enciso y Colmenares posteriormente, pero en este puñado de hombres descollaban dos destinados á brillar por su temple de alma, su valor y su perseverancia entre los descubridores del Nuevo Continente; quiero hablar de Vasco Núñez de Balboa y Francisco Pizarro, cuyas hazañas se referirán en los capítulos siguientes.

(1)  El Barón de Humboldt, en el 5 ° tomo de su |Historia de la Geografía del Nuevo Continente,  discute con profunda erudición y con aquella sagacidad que lo caracteriza, la inocencia ó culpabilidad da Américo Vespuchi (Vespuci ó Vespucci), respecto del nombre de  |América dado al Nuevo Continente, y creemos que no es posible resistir á la evidencia de los hechos que aduce, y que prueban que cl cosmógrafo florentino no tuvo parte en la injusticia que el mundo hizo a Colón. Ocho años después de la muerte de Vespucci apareció la primera carta, con la denominación de |América dada al Nuevo Continente. Según algunos años antes lo habla propuesto un oscuro matemático de Lorena. Hylacomilo; y no hay prueba alguna de que en sus cartas y viajes originales se hubiera atribuido Vespucci el título de primer descubridor. Hoy ó los habitantes de la   América antes inglesa se llaman exclusivamente americanos, y con este nombre comienzan á reconocerse en Europa. Gustosos debemos abandonarles los demás habitantes del Nuevo Mundo este título, porque basta que haya sospecha de usurpación en él para que no se lo disputemos. (Regresar a 1)
(2) Aunque el Padre Juan de Castellanos atribuye falsamente á Colón el descubrimiento de este cabo, son dignos de citarse sus versos en relación con el descubrimiento, porque dan razón del nombre:   Al tiempo que venían navegando
Y de la costa con algún desvío,
Vieron aqueste cabo blanqueando
Que parecía vela de navío.
Después que ya se fueron allegando
Al desangaño de él y de su bajío,
El c |abo de la Vela se le puso
Por la similitud de aquel uso.
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(3) Esta célebre Reina falleció el miércoles 20 de Noviembre de 15O4. En carta escrita por Pedro Mártir al Obispo de Granada el mismo dia de su muerte, se lee lo siguiente: “La pluma se me cae de las manos al dar a |V. S. esta triste nueva. El mundo ha perdido su más noble joya. España, que ha sido conducida en la carrera de la gloria tantos años por nuestra difunta Reina, no es la única nación que debe llorar su pérdida, sino toda la cristiandad, que ha perdido en ella el espejo de todas las virtudes, el amparo de los inocentes y la espada que castigaba á los criminales. No conozco ninguna persona de su sexo, en los tiempos antiguos o modernos, que pueda parangonarse con esta mujer incomparable.” (Regresar a 3).
(4)  Estos indios tienen palabras en su lengua para contar hasta ocho y son quencheco, pogua, pagua, paquegua, atale, nergua, anvege, cogule. (Regresar a 4) 

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