INDICE




Prólogo
Introducción

CAPITULO I
Colón descubre las costas del istmo de Panamá...

CAPITULO II
Descubrimiento de las costas de la Nueva Granada desde el cabo Chichibacoa hasta el golfo de Urabá, por Ojeda y Bastidas.

CAPITULO III
Bajo la dirección de Vasco Nunez de Balboa, adquiere la Antigua del Darién mucha importancia.

CAPITULO IV
Desbaratan los Indios á Balboa...

CAPITULO V
Comiénzase el descubrimiento de las Costas del Chocó al sur...

CAPITULO VI
Entrada y crueldades del alemán Alfínger en el valle de Upar...

CAPITULO VII
Combate de Canopote...

CAPITULO VIII
Descubrimiento de Antioquia

CAPITULO IX
Jornada de Jorge Espira desde Coro á los Llanos del Apure, y de allí al Sur, hasta los afluentes del Amazonas

CAPITULO X
El   licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada marcha por los Chimilas hasta Tamalameque...

CAPITULO XI
Extensión y limites del territorio de los Chibchas ó Muíscas...

CAPITULO XII
Prosigue Quesada su descubrimiento...

CAPITULO XIII
Reúne Quesada sus tropas en Bogotá

CAPITULO XIV
Gobierno de Lorenzo de Aldana en el sur...

CAPITULO XV
Fundación de Timaná...

CAPITULO XVI
Mal éxito de las persecuciones de Gonzalo Jiménez de Quesada en España

CAPITULO XVII
Socorre el Adelantado Belalcázar al Gobernador Vaca de Castro, con tropas para reducir a los rebeldes en el Perú, y le despide este desabridamente...

CAPITULO XVIII
Llegada de Armendariz á Santa Fe y sus primeras tropelías...

CAPITULO XIX
Fundación de las villas de Almaguer y la Plata...

CAPITULO XX
Gobierno de la audiencia...
Catálogo
Manuscritos
Documento número siete
Colón descubre las costas del istmo de Panamá—Trata con los naturales.— Carácter de éstos—Obstáculos para la primera colonia que intenta fundar.

 

Mas Cristóbal Colón el almirante,
Que no se contentaba con el hecho, 
Llevo sus velas muy altas adelante 
Pensando de hallar algún estrecho
Que para mar del Sur le diese vía,
Aunque para naves no lo había. 
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(Elegías de varones ilustres de Indias por J. C
ASTELLANOS, |cura de | Tunja), | |

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Cristóbal Colón descubrió la primera tierra del Nuevo Mundo el día 12 de Octubre de 1492. Las extensas, ricas y pobladas islas Antillas absorbieron toda la atención del célebre navegante durante su primero y aun en el segundo viaje, que se verificó el año siguiente de 1493. En el de 1498 emprendió su tercer viaje, que lo condujo al descubrimiento de la isla de Trinidad y costar de Paria, en tierra firme. Diversas circunstancias le impidieron,. por entonces continuar descubriendo hacia el poniente, y desde la isla de Margarita se volvió á la de Santo Domingo | |(1) .     

Por Mayo del año de 1502, después de su prisión y persecuciones, dió Colón la vela desde España para su cuarto y último viaje, con el intento de buscar el estrecho que juzgaba debía existir, á fin de llegar á la porción conocida de la India Oriental. Tocó antes en Santo Domingo sin que se le permitiera guarecerse siquiera en él puerto qué pocos años antes había descubierto, y siguió luego en solicitud de la tierra firme. Llegó primero á la isla Guanaja, frente al cabo Casinas, que hoy llaman de Honduras. El 14 de Septiembre descubrió el cabo Gracias á Dios, que forma la extremidad de las costas de Nueva Granada por esta parte. Navegaba Colón por aquella costa al este con vientos y corrientes contrarios, obligado á fondear todas las noches para no perder en la oscuridad lo que había ganado en el día, cuando, al doblar este cabo, observó con la mayor satisfacción que la dirección de la costa cambiaba del este al sur, lo que le ofrecía la ventaja de poder seguir su exploración con viento favorable. A esta circunstancia debió el cabo su nombre y es uno de los pocos lugares que conservan el que Colón les dio al descubrirlos, pues por una rara fatalidad, no sólo no tomó el nuevo continente el nombre de su descubridor, sino que aun se han cambiado á la mayor parte de los sitios los nombres que el Almirante les impuso en la época del descubrimiento.

Continuó su viaje la flotilla, que se componía de cuatro embarcaciones pequeñas (carabelas) la mayor de setenta toneladas, evitando los bajos que abundan en aquella costa. El sol del mismo mes de Septiembre envió el Almirante dos botes á la boca de un río para hacer agua y leña, y habiéndose perdido el uno con la reventazón del, mar en la barra del río y ahogándose la gente, le dio el nombre de río de la |Desgracia ó del desastre.

El día 25 fondeó la expedición en cierta isla que los indígenas llamaban Quiriviri y Colón Husita, á más de legua y media dé distancia de Cariay, población que estaba situada á las márgenes de un gran río (probablemente San Juan de Nicaragua). Acudieron en gran número los naturales á la curiosidad de los forasteros. Venían armados de arcos, flechas y dardos de palma negra con espinas fuertes de pescados en las puntas; otros traían picas y macanas, y todos andaban desnudos, excepto hacia la cintura; que llevaban envuelta en telas de algodón blancas y encarnadas. Los hombres con los cabellos crecidos y atados al rededor de la cabeza, y las mujeres con el pelo cortado. Algunos traían planchas de oro bajo (guanin) y otros joyuelas del, mismo metal colgadas a cuello. 

Colón dispuso que fueran los botes á llevar regalos á los indígenas, mas con orden expresa de que ningún castellano saltara en tierra, así por temor de alguna emboscada, como por evitar un choque y consiguiente matanza de naturales lo cual podía retraerlos del trato con los españoles, privándole así de adquirir las noticias que solicitaba de aquellas tierras. También ordeno que nada recibieran de los naturales en cambio de los presentes y temiendo quizá que los vestidos, gorras y cascabeles, etc. Que habían recibido, contuvieran algunos hechizos después de haber consultado entre si, convinieron en volverlo todo, a la orilla del mar, en donde lo encontraron los marineros al día siguiente cuando regresaron a la playa.

No se conformaba,  sin embargo, aquella pobre gente con ver que los españoles se mantuvieran por dos días en sus naves sin desembarcar, á pesar de las señas con que los convidaban desde tierra. Así fue que se decidieron á enviar como en rehenes dos jovencitas á cargo de un anciano que, enarbolando una bandera blanca, las trajo á los botes. Presentadas á Colón, éste los trató con la mayor consideración, y vestidas y ataviadas las hizo desembarcar inmediatamente. Mas al otro día los naturales restituyeron cuanto se dio á las muchachas, y habiendo desembarcado el adelantado Bartolomé Colón, hermano del Almirante, con un escribano para asentar las noticias que se adquirieran y cuestionados por señas algunos naturales, al ver estos sacar el papel y las plumas y comenzar á escribir, pensaron ser aquello todo encantamiento, y huyeron la mayor parte á los bosques.

Bartolomé Colón, internándose para reconocer el país, encontró una casa más grande que las demás, con algunas sepulturas en donde conservaban embalsamados y sin ningún mal olor varios cadáveres. Tenían éstos cubierta cada sepultura con tablas, y esculpidas en ellas imitaciones de animales, y en tina de ellas la figura del difunto. Semejante costumbre, que hasta aquí no había observado Colón en ninguna de sus viajes anteriores, le dió una idea ventajosa de aquellos habitantes. En efecto, el arte con que conservaban los cadáveres en un clima tan caliente y húmedo, en donde, como después veremos, aun las provisiones más secas de los españoles se corrompían, manifestaba un grado de industria algo más adelantado que el de los insulares, Aquí se tomaran dos indígenas á fin de que sirvieran de intérpretes en el resto del país que se proponía recorrer Colón. Mucha consternación causó entre los naturales la noticia de que los españoles se llevaban das de entre ellos. La costa vecina se llenó de individuos que venían á ofrecer armas, joyas, telas y cuanto poseían en rescate de los presos. Cuatro indígenas se presentaron como diputados ó embajadores para tratar del rescate de sus compañeros, llevando á las naves entre otros presentes un cerdo montés vivo, Colón los despidió con presentes de cosas de Castilla, haciéndoles entender como pudo que llevaba aquello dos individuos solo para que le sirvieran de guía por algunos días, y que luego les daría la libertad, é inmediatamente, el |5 de Octubre se partió de aquellos parajes que se conocen ahora con el nombre de costa de los Mosquitos.

La hermosura y lozanía de la vegetación de unas, islas se veían en el ángulo que forma la costa para tomar de nuevo la dirección al poniente, decidieron á Colón á penetrar en el golfo que hoy llaman bocas del Toro. En las ramas de los mangles y hobos de frutos dorados se enredaba la jarcia de los buques, tan profundos y seguros eran los canales que daban entrada al golfo. A los mayores llamaban los naturales Cerabora y Aburema. En uno de los puertos de aquellas islas, (archipiélago de las Bocas del Toro ó bahía de Almirante), estaban surtas veinte canoas y los indígenas andaban desnudos y pintados de colores, con ciertas planchas de oro finó colgadas al cuello. Estas fueron las primeras muestras de oro puro que los españoles vieron en aquella costa, y que les hicieron también cometer la injusticia de prender á dos naturales que rehusaban trocar sus adornos de oro por cosas de Castilla; lo que prueba que, la pretensión de traficar por la fuerza tiene precedentes bien antiguos en la historia de América. Veintidós ducados pesaba el adorno de que fué despojado uno, de aquellos naturales, y catorce el del otro. Todos los habitantes, así de las islas como de la tierra firme, aseguraban sin discrepancia que aquel metal se sacaba de algunos sitios al poniente, á uno de los cuales llamaban Veragua, y tan grabado quedó aquel nombre en las mentes de los descubridores, que prevaleció sobre el recuerdo de las horribles penalidades que sufrieron en este viaje, como adelante se verá, y por las que se. llamó entonces aquella costa |costa de los Contrastes y luego Costa Rica y costa de Veragua, y duque de Veragua es el título con que se reconocen en España los descendientes de Colón.

El 17 de Octubre continuó éste su viaje y llego á la boca del río |Guaiga. Centenares de indígenas se arrojaron al mar blandiendo sus armas para embestir á los botes con los castellanos que iban á desembarcar. Estos se mantuvieron á cierta distancia de la playa para dar lugar á que se aplacara la furia de los indígenas, que arrojaban agua del mar, mascaban yerbas y las escupían á los marineros. Por fin, sin embargo, al ver la conducta pacífica de los castellanos, se aquietaron y redujeron á cambiar, aunque con alguna repugnancia, sus planchas de oro, como patenas, por las frioleras de Castilla de que no hacían mucho caso., Estos indígenas tenían varios instrumentos bélicos como tambores, bocinas y caracoles con que hacían mucho ruido. Al día, siguiente se manifestaron de nuevo los naturales en actitud de guerra, procurando impedir á los castellanos que desembarcaran, mas á los primeros tiros de cañón y de arcabuz que se hicieron de los buques y barcas, se dispersaron y volvieron después sin armas, aunque no trocaron  sino tres planchas, diciendo que rió habían venido preparados á comerciar, sino á pelear.

Impaciente Colón de continuar su viaje de exploración, hizo levar las anclas de la boca de este río, y navegando pocas leguas surgieron las naves cerca de otro río considerable llamado Cateba. Por todos los bosques y playas vecinas se oía el sonido de los instrumentos de guerra que convocaban á los indígenas á defender la tierra, más habiendo venido una canoa á bordo con algunos de estos, y entendido que no se trataba de hostilizarlos consintieron en trocar su oro por cascabeles, cuentas y demás artículos de rescate.

Los españoles bajaron á tierra y observaron dos cosas que les parecieron dignas de recuerdo; la primera, que el jefe de estos  indígenas, que aquí como en casi toda esta costa se llamaba Quibí, no se distinguía de los demás sino en que se precavía de la lluvia que no cesaba de caer (era el mes de Octubre) con una grande hoja de árbol en forma de paraguas, y la segunda él haber visto un fragmento de mezcla que parecía hecha de piedra con arena y cal, que fue el primer indicio de edificio de mampostería que se halló en América. No se descuidó Colón en te mar de ello muestras para llevar á España. Continuó luego su viaje tocando en Cobrara y Cubiga, ríos en cuyas bocas no se halló población. En este último río, según decían los indígenas de Cariay, terminaba la tierra de oro. Más Colón ni se detuvo ni quiso volver atrás á visitar cinco pueblos que se habían visto sobre la costa, como se lo pedían sus compañeros ansiosos de traficar con los habitantes. Más noble objeto impulsaba al Almirante en su viaje. 

Pocas leguas después entró á un puerto que por su hermosura y comodidad nombró Portobelo (el nombre le ha quedado), cercado de habitaciones que se levantaban en forma de anfiteatro. Siete días permanecieron allí a causa del mal, tiempo, hasta el día 9 de Noviembre, que se apartaron las naves de tierra por la primera vez, con gusto general porque no habían hallado otra cosa que cambiar sino algunas provisiones y algodón hilado. Solamente ocho leguas navegaron hacia el levante, porque los vientos contrarios y las borrascas los forzaron á volver atrás y á guarecerse cerca de unas islas pequeñas inmediatas á la costa, á fin de reparar las naves abiertas ya por todas partes con la violencia de los temporales. La abundancia de víveres y la multitud de sementeras de maíz que se veían así en las islas como en la tierra firme opuesta, hizo que llamaran este asilo |puerto de los Bastimentos. El 23 de Noviembre salió dé aquí la expedición, navegando otra vez hacia levante por tres días en que sufrieron tanto por el mal tiempo, que Colón se decidió á esperar algunos días en un pequeño puerto en donde se refugiaron y en donde apenas cabían los cuatro buques, pero tan profundo, que no fue necesario echar las anclas, sino que con cables se amarraron á los árboles de tierra. Este puerto recibió el nombre de puerto del |Retrete.

La facilidad para  desembarcar á todas horas, aun sin permiso de los superiores, relajó la disciplina de las tripulaciones durante los nueve días que allí permanecieron, de tal modo, que los indígenas que al principio venían voluntariamente á traer provisiones y á traficaron sus huéspedes, se cansaron finalmente de las rapiñas y violencias de los marineros, y se declararon en abierta hostilidad contra la expedición. Acudieron los habitantes de las tierras comarcanas á combatir á los forasteros, y llegaban hasta cerca de las naves á disparar sus flechas de manera que Colón, que al principio había mandado disparar algunos tiros de cañón solo con pólvora para amedrentarlos viendo que no se lograba el objeto, antes bien crecían los clamores y amenazas, se halló en la necesidad de permitir que les dirigieran algunos tiros con bala. El estrago producido por la artillería retrajo á los indígenas, que según Colón eran de los mejor formados que hasta entonces había encontrado, de alta estatura y sin los vientres crecidos y contrahechos tan comunes en la mayor parte de los habitantes de las islas y costas visitadas antes.

Los vientos constantes de levante, junto con la alta mar, que formaban un  continuo temporal contra el cual no podían luchar tan frágiles embarcaciones, navegando la costa arriba al oriente, arrancaron por fin á Colón la resolución de desistir de su proyecto de buscar el estrecho que él persistía en creer firmemente debía encontrarse. Esta resolución no habría sido tan penosa para el anciano Almirante, al haber sabido que dos años antes, unos aventureros llevados por la codicia de traficar habían llegado hasta estos parajes recorriendo toda la costa desde Paria, como se verá en el capítulo 2.° | |(2).

Quiso por lo menos, ya que no llevaba á la Corte la noticia de haber encontrado el canal marítimo de comunicación, satisfacer el ansia de riquezas llevando muestras abundantes y una descripción exacta de las minas de Veragua. Con el fin de emprender esta exploración salió del Retrete el día 5 de Diciembre, y volviendo las proas al occidente navegó con viento tan fresco en popa, que aquel mismo día llegó á Portobelo, diez leguas al poniente, y al siguiente continuó su viaje hacia Veragua.

Empero duró poco la fortuna de gozar de viento favorable, porque luego se declaró un torbellino de vientos opuestos, de todos los puntos del compás, y tal era la furia del mar y de las tempestades, tal la oscuridad, que no les permitía verse los unos á los otros, ni acogerse á puerto alguno, ni seguir viaje para ninguna parte. Durante quince días estuvieron los míseros navegantes entre, la vida y la muerte confesando sus pecados á gritos. El estrépito de los truenos era tan cercano, que muchas veces creyeron que algunos buques disparaban su artillería pidiendo. auxilio; la lluvia tan continua y abundante, que no había nada seco á bordo de las embarcaciones. Cierto día observaron una manga de agua que amenazaba echar á pique las naves, la que conjuraron, conforme á la costumbre de aquellos tiempos, recitando el Evangelio de San Juan. Por colmo de desgracias la humedad y el calor habían corrompido de tal manera las provisiones que les quedaban después de un viaje de ocho meses, que algunos marineros esperaban la noche para comer la sopa del bizcocho con el objeto de no ver los gusanos que en ella hervían. Dos días de calma les dieron algún (descanso, y la muchedumbre de tiburones que acudieron al rededor de los buques, les proporcionó pesca abundante.

El día 17 de Diciembre lograron entrar en un puerto y se sorprendieron al ver los habitantes alojados en las copas de los árboles. Atribuyeron esta costumbre al temor de animales feroces ó al de tribus enemigas, y no á su verdadera causa, que era la inundación de los ríos y ciénagas. Salieron de nuevo al mar el 20 á ser otra vez juguete de los vientos y borrascas, que no les dejaron un instante de reposo hasta que llegaron á la boca del río |Belén, que los indígenas llamaban |Kicbra, en las inmediaciones del río de Veragua, el día 7 de Enero del año siguiente de 1503. El Almirante hizo sondear las barras de ambos ríos, y se convenció de que no había agua para que los buques entrasen eh el de Veraguá y sí en el de |Belén, adonde primero envió algunos botes, los cuales entraron á una población situada en las orillas del río á poca distancia de la boca. Allí supieron que no distaban mucho las minas de oro, pero les costó algún trabajo persuadir a los naturales que no venían á hostilizarlos, aunque al fin consiguieron que dejaran tas armas y cambiaran sus alhajas de oro por cuentas, campanillas y por cidra, bebida de que gustaban mucho. También se proveyeron abundantemente de pescado del que se acoge al río en ciertos tiempos.

Fondeados allí, permanecieron todo el mes de Enero, aunque no exentos de peligro, porque el 24 | | creció tan repentinamente el rió y con tanta violencia, que rompieron las amarras los buques y se chocaron los unos contra los otros, sufriendo alguna avería. Colón creyó haberse originado esta creciente súbita en la cadena alta de  montañas que se divisaba en el interior y que él llamó de San Cristóbal. Entre tanto el adelantado D. Bartolomé Colón había subido el rió de Veragua hasta cerca de las habitaciones del Quibio ó jefe de aquellas gentes, el cual salió a recibirle con mucha cortesía y señales de amistad, le trajo algunos presentes y admitió otros que le hizo el Adelantado, regresando este á las naves y aquél á su pueblo. Al día siguiente bajo el Quibio á visitar al Almirante que le hizo algunos presentes y los naturales que con él vinieron recibieron también cascabeles y otras cosillas á trueque de las planchitas de oro que traían para rescatar.

Ya para entonces había resuelto Colón dejar á su hermano con la mayor parte de la gente á fin de que fundaran una colonia y volver á España á dar cuenta de sus descubrimientos y á enviar auxilios y más pobladores al establecimiento. La violencia de los temporales en el mar afuera no permitieron al Adelantado salir con los botes á reconocer por la costa y ríos dé las inmediaciones, el sitio más á propósito para fundar la población, hasta el 6 de Febrero, en que con sesenta y ocho hombres embarcados en los botes, salió, costeando una legua al occidente, y entrando por el río Veragua como legua y media, hallaron una población en donde desembarcaron, y tomando noticias y guías se dirigieron á ciertas minas de oro, para llegar á las cuales hubieron de vadear un río cuarenta y cuatro veces, á pesar de no distar este sitio sino como tres leguas de la población. Dos horas solamente permanecieron en el lugar en donde les indicaron los indios sacaban el oro, y en tan corto espacio de tiempo, sin más instrumento que las manos, cada castellano encontró, buscando entre las raíces de árboles altísimos que allí había, algunos granos del metal en cuya solicitud andaban pasando tantos trabajos y necesidades. Deseosos de participar á sus compañeros tan alegres nuevas, volvieron á dormir el mismo día al pueblo de Veragua y al siguiente á las, naves. Entendieron después que las minas que habían visitado no eran las de Veragua, que estaban más cerca y adonde no quisieron conducirlos los naturales, que por orden de su Quibio los habían llevado á las minas de |Urirá con cuyas gentes estaban enemistados.

Descubiertas las minas, no quedaba otra cosa que hacer sino elegir el sitio más cómodo para el establecimiento de la colonia. Con este objeto emprendió una nueva expedición el Adelantado el 26 de Febrero por la costa al occidente con más de sesenta hombres por tierra y catorce en un bote. A siete leguas de distancia de la boca del río Belén y por consiguiente después de pasado el Veragua, hallaron la embocadura del Urirá, en cuyas cabeceras habían visto las minas. Los españoles fueron recibidos de paz por los naturales que mascaban cierta yerba seca y un polvo terroso mientras duró la entrevista | | (3) . 

El Quibio de Urirá con los veinte indios que le acompañaban condujo los españoles á su pueblo en donde fueron alojados en una casa capaz y con suficiente provisión de mantenimientos. Allí vino á visitarlos el Quibio de |D |ururí, jefe de una tribu numerosa. Todos los naturales cambiaron á la gente del Adelantado el oro que poseían, y por medio de los intérpretes le dieron razón de que toda aquella tierra estaba poblada hacia el interior, y que á mucha distancia había gente vestida y armada como los castellanos. Estas noticias inducían á Colón á pensar que se hallaba en el continente de ¡a India oriental. Es probable que estas noticias vagas de pueblos más civilizados se referían á los mexicanos ó quizá á los peruanos. D. Bartolomé Colón despachó la mayor parte de su gente á las naves en vista de la acogida pacífica y hospitalaria que se le hacía, y continuó su viaje con solo treinta hombres, hasta Cateba, muy cerca de las Bocas del Toro, pasando por los extensos campos cultivados de Yubraba, en donde viajaron seis leguas por entre sementeras de maíz.

Como mientras más se alejaban de Veragua, más escaseaba el oro y que en toda aquella costa no vio el Adelantado río más considerable que el de Belén, resolvió volver á ponerlo en conocimiento del Almirante, como lo hizo, tornando por el mismo camino que había traído, cargada su escolta de bastante oro del que habían cambiado en el tránsito á los naturales. Lo que hizo sin duda decir al Almirante, en la carta que escribió á los Reyes á su regreso desde Jamaica, que había visto más oro en la costa de Veragua en dos días que en la isla Española ó Santo Domingo en cuatro años.

Resolvió el Almirante, de acuerdo con su hermano, que se fundase la población en las orillas del río de Belén, á poca distancia de su embocadura en el mar, y comenzó á trabajarse activamente en cortar la madera para levantar las casas y la palma para cubrirlas. Fabricaron diez casas grandes para habitaciones y una mayor que debía servir de almacén de guerra y de boca. Entré los ciento cuarenta hombres que tripulaban los cuatro buques, se escogieron ochenta para fundar la primera colonia que se intentó establecer en la tierra firme del Nuevo Continente y que un acto inaudito de violencia y de injusticia debía hacer abortar. Por jefe de ella dejó el Almirante á su hermano D. Bartolomé Colón, el cual temeroso de que, en la ausencia de las naves lo atacaran los naturales, recurrió para precaverse á un estratagema escandaloso y repugnante en vez de emplear los más suaves y más seguros de que solía usar el Almirante. Este arbitrio, puesto en práctica después con buen resultado por los castellanos en México, Perú y Bogotá, tuvo esta vez consecuencias fatales á los pobladores europeos. Consistía en prender al jefe á fin de desconcertar y someter á los súbditos. El día 30 de Marzo fué personalmente el Adelantado con setenta y cuatro hombres á las casas del Cacique ó Quibio, y lo prendió sin resistencia alguna con más de cincuenta personas de su familia entre mujeres, hombres y niños. Dejó atrás su gente oculta en la selva, y se adelanto solo con cinco hombres so pretexto de visitar al Quibio.  Este salió á recibirlo á la puerta de su  habitación sin sospecha alguna.  Allí fué asido, por el Adelantado y entregado á los suyos, que acudieron de tropel y rodearon las casas á fin de que no se escapase nadie. Conducidos á los botes á pesar de los gritos y lágrimas de | las mujeres, y de que ofrecían traer cuanto oro pudieran recoger para rescatarse, y atados de pies y manos  las argollas de las barcas, remaron apresuradamente los marineros con su presa hacia las naves que debían llevar a España esta desdichada familia.

Como el Adelantado permaneció recogiendo cuantas alhajas de oro tenía el Quibio en su casa, y que pesaron 300 ducados | |(4) , | y dando las órdenes consiguientes para perseguir á los fugitivos, encomendó los presos y particularmente el Quibio al piloto Juan Sánchez, que prometió dejarse pelar las barbas si le permitía es­caparse. Acercábase ya la noche, y los botes á la boca del río, y de tal modo se lamentaba el Quibio por el dolor que le causaba la estrechez de las cuerdas que lo ligaban al bote, que Sánchez movido á compasión lo desató, quedándose sin embargo con la extremidad de la cuerda en las manos, á tiempo que el Cacique se precipitó con tanta fuerza al río, que temiendo el piloto ser arrastrado, hubo de soltarlo. Inútiles fueron las diligencias que se hicieron en solicitud del Quibio, que no es probable que atado como estaba, hubiera podido nadar hasta la orilla. Recibidos los demás á bordo de las naves, y habiendo crecido el río Belén, salieron estas desalijadas mar afuera á fin de recibir provisiones, leña y agua con qué emprender su viaje de vuelta á la Española. Entre tanto, indignados los naturales por el acto insigne de felonía de sus huéspedes, ó incitados por el Quibio si acaso salvó, cosa que no llegó á averiguarse, atacaron de sorpresa las casas de la colonia, favorecidos por la espesura de la selva que no se había tenido la precaución de desmontar, y aunque rechazados por el Adelantado, que quedó herido con siete castellanos más en la refriega, no se dispersaron los indígenas ni huyeron a mucha distancia, sino que permanecieron en las inmediaciones en actitud hostil.

   

(1) Gonzalo Fernández de Oviedo, Gomara y Castellanos, historiadores primitivos, aseguran que en este viajo llegó Colón basta el |cabo |de la Vela, al cual dicen puso este nombre por haber visto por vez en sus inmediaciones una | canoa de naturales ala vela. Mas ni  D. Fernando Colón, que escribió la vida de su padre ton los manuscritos y diarios de sus navegaciones á la vista ni Pedro Mártir, escritor contemporáneo y | de mucha fé, ni el cronista Herrera, que copió á Fray Bartolomé de las Casas, hacen mención de tal circunstancia. Todos ellos convienen, por el contrario, en que el almirante Colón terminó sus descubrimientos de este viaje en Margarita. Esta opinión ha sido adoptada por los más graves historiadores de los tiempos modernos, Robertson, D. Juan B. Muñoz, que tubo a a su disposición los archivos de la monarquía española, D. Martín Fernández Navarrete  y últimamente Mr. Irving, en su vida de Colón. No carece de interés para los granadinos el esclarecimiento de este punto histórico. (Regresar a 1)
(2)  No sin fuertes razones me he decidido á adoptar una opinión contraria en este punto á la del señor Navarrete, respetable autoridad que ha hecho vacilar á Mr. Irving en su Historia de Colón. 1.° El único navegante que había llegado antes que Colón hasta esta costa por opuesto camino, que fué Rodrigo Bastida, no volvió á España hasta después de la salida de Colón para su cuarto y último viaje, y aunque en Santo Domingo podía saberse el derrotero de Bastida, á Colón no e le permitió desembarcar en aquella isla ni entrar en el puerto. 2.a Según D. Fernando Colón, hijo del Almirante, que acompañó á su padre en este viaje, él no renunció á continuar la exploración en solicitud del canal, sino porque sus bajeles no podían ya remostar por la costa, por estar comidos de broma. No es probable que hubiera omitido anotar una razón tan plausible que bacía inútil toda investigación ulterior. 3.a. Porras, que se rebeló contra Colón en este viaje cuando llegaron á Jamaica, y cuya relación, parcial y errónea en muchas circunstancias, ha mido, sin duda, el fundamento de Oviedo para emitir la opinión que combato y que el señor Navárrete adoptó. dice: “En algunas cartas de navegar de algunos marineros juntaba esta tierra con la que había descubierto Ojeda y Bastidas” Si esto fuera vedad, ¿por qué el clamor general cuando más tarde Colón, para echar la travesía a la Española, hizo remontar hasta San Blas su nave? Todos ellos decían que ya saldrían del otro lado de Santo Domingo, y que trataba de llevarles directamente á España, cuando apenas pudieron arribar á Jamaica. 4.a. | Colón dice, en la carta en que de cuenta á los Reyes de su viaje, que se habría quedado en Veragua sin el temor de que nunca más aportarían navíos por allí. Al haber sabido que Bastida había llegado hasta estas inmediaciones, no debía dudar que sobrarían naves que continuarían aquella exploración. Colón añade: “Ninguno, hay que diga debajo cuál parte del ciclo está Veragua, cuando yo partí de ella para volver á la Española. Los polotos creían venir a parar  a la isla de San Juan, y fue en tierra de Mango 400 leguas mas al poniente de donde decían. Respondan si saben a donde es el sitio de Veragua.”  Fácil habría sido hallarlo y no se hubiera el almirante a lanzar este reto si hubiera sabido el termino del viaje de Bastidas. Pudiera añadir otras consideraciones para aclarar este punto si no creyera que son suficientes las que llevo expuestas. (Regresar a 2)  
(3) Quizás es esta la vez primera que observaron los españoles la costumbre de estimular los órganos del gusto con una materia alcalina mineral y una sustancia vegetal astringente y aromática, costumbre que después se halló tan extendida en todo el nuevo continente, y que aun se conserva entre muchos indígenas. (Regresar a 3)
(4)    Un ducado de aquel tiempo es equivalente, según el señor Clemente, á cerca de ocho pesos fuertes, y un castellano seria equivalente á once pesos de hoy. Recuérdese que según Robertsón, en el siglo XVI el valor efectivo del peso fuerte, es decir, la cantidad de trabajo que el representa o que puede representar o que puede comprarse con él, era de cinco á seis veces mayor que en nuestros días. Según Mr. | Irving, por una onza de oro solo se tenia entonces tres veces mas trabajo ó alimento que hoy, y | cuatro veces mas por una onza de plata. Entonces una onza de oro valía solamente doce onzas de plata. (Regresar a 4)   

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