Y el cuello con su daño al yugo inclinan
Y me dan, por salvaras ya la mano,
Y su valor es vano.
Que sus luces cayendo se oscurecen.
Sus fuertes a su muerte ya caminan.
FERNANDO DE HERRERA.
Dejamos al Licenciado Briceño gobernando en Popayán después de
la condenación de Belalcázar en 1551. En este año concedió licencia
á Vasco de Guzmán para fundar una población al sur de la capital en
tierras que llamaban de Guachicono, cuyo nombre tomó entonces la
que se planteó, aunque después se trocó por el de Almaguer. No gozó
mucho Guzmán del gobierno de su nueva villa, que se lo quitó luego
Briceño para dárselo á Alonso de Fuenmayor, sobrino de Belalcázar,
á fin de mostrar imparcialidad, y porque este sujeto era honrado, y
de capacidad y juicio reconocidos. Por este tiempo autorizó el
mismo Gobernador á Sebastián Quintero para hacer entrada á los
Paeces y fundar una población si juzgaba que podía mantenerla.
Quintero no quiso ir á donde los indígenas tenían las poblaciones
más numerosas y posiciones más fuertes á orillas del Páez, sino
que, cargándose al sur, no sin combatir á menudo en el tránsito,
atravesó la cordillera y verificó su fundación en tierra de los
indios Yalcones ó Cambis, á pocas leguas de Timaná, y le puso San
Bartolomé de Cambis, la cual se varió luego cerca del cerro de la
Plata en 1552, tomando el nombre de San Sebastián de la Plata, que
aunque abandonada y quemada diversas veces, subsiste hoy á orillas
del río de la Plata, en paraje cómodo para los viajeros que
tramontan la cordillera de Guanacas, pues allí se halla toda generó
de recursos.
Las chispas de la rebelión. del Perú habían cundido, como hemos
visto, en los países confinantes, y entre los compañeros de
Quintero se hallaba un malvado, reo de varios delitos, á quien ese
Jefe dispensaba amistad, y aun le había dado misión para pesar á
Santa Fe con el fin de obtener dé la Real Audiencia la confirmación
de los privilegios de la nueva villa y de procurarse algunas armas
y municiones para fortalecerse contra las invasiones de los
Paeces, siempre temibles. Alvaro Hoyón, que así se llamaba este
soldado, concibió entonces el proyecto de hacerse dueño del Nuevo
Reino de Granada, apoderándose sucesivamente de cada ciudad antes
que hubiera tiempo, á causa de la distancia, de recibir auxilio.
Comunicó este proyecto á cierto número de confidentes, asesinó
alevosamente á su regreso á su amigo Quintero y á ocho más de la
gente honrada; los demás vecinos siguieron su bandera. Con ellos
logró apoderarse de Timaná y de Neiva, y acrecentando su tropa, se
dirigió sobre Popayán, creyendo sorprender á sus habitantes, que,
habiendo sido avisados de antemano por dos fugitivos de la Plata,
los que lograron en razón de su misma flaqueza, atravesar la
cordillera sin ser atacados por los indios, se prepararon á la
defensa auxiliados por los vecinos de Almaguer y por los indios
Yanaconas, con que, después de un recibido combate, quedó Hoyón
vencido y heridos la mayor parte de sus sesenta y cinco compañeros.
Se hizo justicia de los tiranos, que era el nombre que en aquella
época se daba á todo los que usurpaban abiertamente la
jurisdicción real, aun cuando no cometieran crueldades. Muchos con
en caudillo fueron descuartizados, y azotados los menos culpables. El Obispo de Popayán
se portó con mucho valor en la defensa de su grey
|
|(1)
, y cuando el oidor Montaño,
comisionado por la Audiencia para apaciguar la rebelión llegó á
Popayán, encontró todo el país tranquilo. Sin embargo, se hizo
cargo del gobierno, y comenzó á ejercer rigurosamente las
facultades extraordinarias que el Tribunal le había concedido para
otras circunstancias.
Gómez Fernández, vecino de Anserma, había sido autorizado para
poblar en Caramanta, pero siempre con el pensamiento de tramontar
la cordillera occidental y pasar á descubrir en tierras de los
Chocóes el Dorado de Dabaibe, que no había podido hallarse por
cuantos emprendieron la jornada del lado del mar, de donde dando
por supuesto que existía, pues en esto nadie ponía duda, se infería
que debía estar muy á lo interior y por tanto ser más racional
buscarlo del lado de Antioquia. Obtuvo sin mucha dificultad aquel
capitán el permiso de descubrir, porque la Audiencia deseaba se
verificase un armamento á fin de castigar al Cacique de los Catios,
Toné, que tenía amedrentados á los vecinos de Antioquia desde la
muerte violenta que dio á su encomendero y á ocho españoles mas.
Ordenóse pues á Fernández que, antes de penetrar al Chocó en su
descubrimiento, sujetase á este cacique, que parece habitaba hacia
la sierra de Urrao. Ya para entonces había llegado la resolución
del Consejo declarando que Antioquia pertenecía á la Gobernación de
Popayán, y, poco después la que sujetaba la de Cartagena á la
Audiencia de Santa Fe de Bogotá.
Juntó Fernández ochenta hombres, y pasando por Antioquia vieja
dejó allí algunos con intención de restablecer aquella población.
Entretanto Toné se había prevenido construyendo dos fuertes dé
madera en los pasos más difíciles de la sierra. Estos palenques
eran los más vastos y los más fuertes que hasta allí se habían
visto. El primero detuvo ocho días á los españoles á pesar de no
contener sino como cien indios de pelea, fuera de las mujeres y
muchachos. En los ataques tuvieron mucha pérdida los castellanos,
pues cuando, después de haber combatido largo tiempo, se acercaban
al recinto del palenque, este se desprendía, y las grandes vigas
que de propósito se habían colocado en dos ó más filas de modo que
parecían componer parte del cercado, se desplomaban con grande
estrago y confusión de los sitiadores, de lo que se aprovechaban
los sitiados para flechar desde el piso superior á los invasores,
los cuales recurrieron por fin al incendio, y aunque con largas
astas separaban al principio los indígenas los haces de leña que
se arrimaban al cercado, por último el fuego se comunicó, y cedió
el palenque, en donde mataron á muchos indios, hallaron muchas
provisiones, agua y bebidas fermentadas, como para sostener un
sitio de muchos meses. De los prisioneros cortaron bárbaramente á
algunos las orejas y manos, y era tal el coraje de estos naturales,
que muchos metían al fuego los miembros mutilados, sin manifestar
la menor emoción, y desafiaban á los españoles á sufrir como ellos
con tanta impavidez el dolor. En el segundo fuerte se repitió la
misma escena, y los españoles decían que si este género de defensa
continuaba, tendrían que abandonar la empresa. Al fin continuaron
su descubrimiento desde este valle que llamaban de Penderisco, y,
rompiendo montañas, pasando ríos y ciénagas, perecieron muchos
hasta que, cansado Fernández después de muchos meses de
exploración infructuosa, hizo balsas, y con los pocos compañeros
que le quedaban, se echó por el río de las Redes abajo y de allí al
del Darién ó Atrato, desde cuyas bocas pasó á Cartagena; reunió las
gentes en aquella ciudad, y emprendió de nuevo una jornada de abajo
para arriba; con los mismos resultados de hambres y enfermedades
subió el Atrato, el río de las Redes (Murindó?) ú Oromira. El
Dorado desaparecía siempre, con todas las ilusiones, por más que
se afanaban en buscarlo. Un puñado de estos obstinados españoles
llego por fin a Antioquia, con más apariencia de espectros que de
hombres. Siguió luego Gómez Hernández a Anserma (viejo), y halló
que, si él había perdido el tiempo y la salud, sus esclavos
trabajando las minas le tenían acopiados sesenta mil pesos de oro.
Con este caudal se encamino al Santa Fe y de allí al España, en
donde obtuvo la gobernación de los Chocóes, y regresó a Cartagena, resuelto á
volver a tomar posesión de sus selvas
|
|
|
(2)
, pero la muerte atajó sus intentos, y
se libraron por entonces muchos de ir al perecer en aquellos
bosques.
Ocupémonos ahora de los sucesos de lo interior de la provincia
de Antioquia, en donde, por muchos años, dos hombres que mostraron
valor, buen entendimiento y suma constancia, hicieron papel
prominente. El primero, Gaspar de Rodas, que ya dimos á conocer por
un rasgo de generosidad, y él otro Andrés de Valdivia, que comenzó
su carrera publica cometiendo un acto dé deslealtad y un abuso de
confianza vituperables en alto grado, porque, habiendo ofrecido ir
al España á solicitar para Lucas Avila, soldado rústico vecino de
Anserma, que se había enriquecido como tantos otros con el
beneficio de las minas, la gobernación de los pueblos de entre los
dos ríos Cauca y Magdalena, desde Arma, negoció en la corte para sí
caudal ajeno, según veremos muy pronto.
Gaspar de Rodas, autorizado por don Alvaro Mendoza, entonces
Gobernador de Popayán en 1568, para fundar una nueva ciudad en
donde lo creyera conveniente al fin de sujetar y reducir las
belicosísimas tribus del territorio de Antioquia, publicó la
jornada, y en consecuencia le acudieron aventureros de todas las
colonias vecinas, y también hombres de bienes y de valor que
deseaban mejorarse; entre estos se le reunió don Francisco Ospina,
fundador de la ciudad de los Remedios. Sacó Rodas de Antioquia
ochenta hombres de todas armas y muchos indios de servicio. Visitó
primero el Valle de Norisco; sus caciques le dijeron, por
desembarazarse de tan incómodos huéspedes que las riquezas,
población y comodidades se hallaban más adelante en tierras de
Ituango, pero no halló sino trabajos, aunque consiguió sujetar
muchas tribus y descubrir grandes poblaciones por las cabeceras del
río Zenú (hoy Zinú). Como dilataba con diversas pretestos la
fundación, de la nueva ciudad, se llegó á pensar que su ánimo no
era de poblar, sino de acrecentar con las tribus descubiertas y
sujetas, su repartimiento y los de los demás vecinos de Antioquia,
por lo que se separó don Francisco Ospina y dió cuenta al
Gobernador Mendoza, el cual desaprobó la conducta de Rodas y le
nombró sucesor. Sin embargo, éste, después de más de un año de
correrías, se resolvió á fundar en ltuango, á dos leguas de
distancia, la villa ó ciudad de San Juan de Rodas, la cual por
haber sido trasplantada á diversos sitios, fué al fin, según se
dirá después, abandonada definitivamente. En una de las excursiones
que hicieron los oficiales de Rodas, halló el capitán Velasco un
puente de bejucos suspendido sobre el río Cauca, que atravesó
hallando en la orilla derecha un extenso valle limpio. Llamaron
este puente los españoles de Abrenunco, y después de Neguerí, por
un cacique vecino que más tarde pareció por allí. Este puente duró
mucho tiempo, y después no se ha vuelto á restablecer en los
tiempos de civilización y de progreso, de suerte que el Cauca,
desde su nacimiento, no tiene en casi doscientas leguas de curso
sino un solo puente, que es el de Popayán. Es cierto que tampoco lo
tiene el Magdalena, que corre por siete provincias, y que es hoy
la principal arteria de Nueva Granada.
En esta expedición de Rodas descubrieron los indígenas un medio
de molestar y hostilizar á los españoles, que consistía en prender
fuego a los pajonales donde acampaban. Con el viento se comunicaban
rápidamente las llamas, y los españoles, huyendo de ser quemados
rodaban por los barrancos y precipicios, pues toda aquella es
tierra quebrada, aunque en parte limpia de bosques. Los naturales
de Tuango devastaron sus sementeras é incendiaron sus casas
retirándose a los montes más apartados. El capitan Rivadeneira, que
se separó de Velasco, con una partida sorprendió una mañana al
valiente y astuto cacique Teco, que estaba a la sazón solo y
desprevenido, y en sus casas hallaron los españoles considerables
botín. Disponianse ya á volver al campamento llevando prisionero al
Teco, más éste le hizo decir al caudillo español, que hacía mal en
abandonar al pueblo, y que con solo esperar veinticuatro horas, les
darían sus vasallos muchísimo oro para obtener su libertad.
Creyendo sinceras estas promesas, suspendieron la marcha, pero no
tuvieron tiempo de aguardar muchas horas, pues antes de acabarse
aquella misma noche, fué tanto el tropel de indios y tan valiente y
audaz el acometimiento que no sólo libraron al su jefe y
recuperaron el botín que abandonaron los españoles por defender sus
vidas, sino que los estrecharon y persiguieron hasta echarlos de
sus tierras.
Mencionan los cronistas entre las principales tribus que
entonces se conocían en la provincia de Antioquia propiamente
dicha, las de Hebejico, Pequi, Penco, Norisco, Tuango, y las de los
Pubios, Zeracunas, Peberes, Nitanas, Tuines, Ciiiscos, Araques, Guacusecos, Tecos y
Catios. Estos últimos eran los más cultos,
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(3)
que en cuanto a su valor hemos visto
lo que hicieron en las fortalezas que defendieron capitaneados por
Tore cuando pusieron en duros conflictos á Gómez Fernández y á sus
compañeros; y con habérsele dado orden á Gaspar de Rodas de que
tratase de sujetar á los indios mas belicosos, no se atrevió á
comenzar por los Catios, cuyas tierras no le ofrecían, por otra
parte, las esperanzas que las de los valles de
abajo.
En 1571 arribó Andrés Valdivia á Cartagena con los despachos de
Gobernador de las provincias de entre los dos ríos Cauca y
Magdalena, entendiéndose por éstas la península de interior formada
por su confluencia. Sin embargo de que Antioquia y San Juan de
Rodas quedaban á la margen izquierda del Cauca, y que no caían por
lo mismo en el territorio que se le había asignado, tuvo Valdivia
arte para hacerse reconocer como Gobernador, con agravio manifiesto
del de Popayán, y ocupó este puesto mas de dos años, hasta que vino
de España la declaratoria, excluyendo expresamente de su
jurisdicción los pueblos fundados por españoles en la ribera
izquierda del Cauca. Empleóse en algunas entradas por los
territorios de los indios no sujetos, comisionando al capitán Juan
Velasco, á quien hizo su teniente en San Juan de Rodas para salir á
la exploración de las tribus que habitaban en las fuentes del río
Zenú. De los cuarenta soldados que llevó Velasco á esta expedición,
sólo volvieron algo más de la mitad, pues los naturales los
atacaron tantas veces, que al fin se vieron forzados á encerrarse
en una casa de la que salieron de noche con el mayor silencio
fugitivos, y se echaron río abajo en una balsa tan mal formada,
que, desatados los maderos, se ahogaron muchos, y los otros se
salvaron sin ropa ni armas, así cada uno de por si llegó á San Juan
de Rodas en el estado más deplorable, rompiendo monte y guiados por
su propia experiencia.
Es justo decir que la confianza excesiva de Velasco en los
naturales lo perjudicó; él creía que estas tribus lo recibirían de
paz como se lo habían ofrecido, y así desechó el aviso de algunos
soldados que, fundándose en el denuncio de una india que acompañaba
á cierto español, pretendían cogiera á algunos prisioneros en
rehenes. Velasco sostenía que no debía faltar á las leyes de la
hospitalidad y que la delación de una mujer no le haría nunca
romper la paz. No contentos con haber derrotado á los castellanos
los indígenas se propusieron arrojarlos enteramente de sus tierras,
y atacaron con la mayor furia la misma población de San Juan Rodas.
Algunos hechos bastarán para hacerse cargo de que los combates con
los naturales de esta provincia de Antioquia no eran juego para los
españoles, ni sus armas de desdeñar. En esta acción murió Velasco
de dos heridas penetrantes de flecha; a su segundo, Leonel de
Ovalle, le pasó un dardo las armas, encolchadas de algodón, los
bastos de madera en la silla, y penetró bastante en el caballo para
dejarlo muerto en el acto; un solo golpe de macana privó de la vida
á varios españoles. Retiráronse los indios dejando muchos de los
suyos muertos de bala, ó mutilados por los perros, ó alanceados por
los de á caballo, pero la refriega mostró á los españoles que
quedaban, que no era prudente esperar un nuevo ataque y,
abandonando la ciudad, se retiraron del valle de Ituango, en donde
estaba fundada al de Norisco, pero Valdivia, que había marchado en
su auxilio á la primera noticia del alzamiento de la tierra, los
hizo volver al sitio antiguo, no sin repugnancia. No tuvieron mejor
éxito las otras expediciones de Valdivia. Entre tanto llegó el año
de 1572, y con él la resolución del Consejo, declarando que la
Gobernación de Valdivia no comprendía las ciudades pobladas antes
de su llegada y sus distritos. Apresuróse Valdivia á pasar de Santa
Fe de Antioquia, que así se llamaba la principal ciudad, á San Juan
de Rodas, antes de que los vecinos de estas ultimas supieran la
noticia fatal que anulaba su gobernación, pues no podía ir solo á
hacerse reconocer por los indios. Convocólos, y ponderándoles las
incomodidades y asechanzas á que sin cesar estarían expuestos en
medio de tribus tan hostiles y belicosas, los convidó a despoblar
la ciudad y buscar en la orilla derecha del Cauca un sitio más á
propósito para poblar. Gustosos accedieron, y aun se ocuparon en
construir un puente en el Cauca, con cuerdas y maromas de cuero y
de bejucos, á imitación del de Abrerunco, obra de los indios, y,
aunque al esguazar este río perdieron una parte del ganado que
sacaron de San Juan de Rodas, llegaron por fin al un valle ameno,
limpio y espacioso, que los naturales llamaban de Guarcama, los
cuales recibieron de paz y aun dieron espontáneamente provisiones á
los españoles. Los caciques de las tribus principales que habitaban
en este valle eran, fuera de Guarcama, Cuerpia, Papimón, Ozeta,
Maquira y Aguazizí, y en las montañas vecinas, Omágá, Neguerí, Yusca, Acuataba, Abanique, Taquiburi,
Cuerime, Cuerquisime, Moscataco.
|
|(4)
.
Aquí declaró Valdivia su intento á los que lo habían seguido, y,
á pesar de que ya estaban muy comprometidos, algunos se volvieron á
Antioquia, y quedó este Gobernador
|in partibus infidelium,
con cuarenta y seis soldados españoles, veinte negros esclavos, y
poco más de quinientos indios de servicio, para conquistar, sujetar
y poblar su gobernación de entre los dos ríos, cuyos habitantes
eran demasiado belicosos para permitirlo.
En cuanto á la fundación de un pueblo, la ceremonia de posesión
nominal no costaba nada; unos pocos bujíos de madera que en
veinticuatro horas cortaban en el monte los indios de servicio,
algunos bejucos para asegurar las varas, y paja ó palma para
cubrirlos, una horca que se erigía en la plaza, y un pliego de
papel en que se extendía la diligencia de posesión, lo cual era en
ocasiones más difícil que el resto. Mas después de establecida la
nueva ciudad, que está vez llamaron de Ubeda, lo trabajoso era
mantenerla, sujetar los indios vecinos y obligarlos á que hicieran
sementeras y buscaran oro para alimentar los nuevos amos y para
satisfacer su codicia, y á los naturales de Antioquia no les
sobraba la paciencia para someterse á estas exigencias, si no eran
compelidos por la fuerza. Así que, á pesar de un auxilio de treinta
y seis españoles, que á Valdivia trajo de Santa Fe de Antioquia
Pedro Pinto Vellorino, uno de sus oficiales, sus excursiones
tuvieron mal éxito, y disgustado por otros motivos, comenzó á
maltratar su gente de tal suerte, que, por huir de su opresión y
violencias, dos ó tres individuos tuvieron el atrevimiento de
embarcarse solos en una pequeña canoa en el Cauca, y librándose
milagrosamente de ser detenidos por los indios del tránsito,
salieron al Magdalena, y de allí pasaron á quejarse á la Audiencia
en Santa Fe, la cual nombró de juez de residencia á Mateo
Acosta, portugués, vecino de Santa Fe, el cual tuvo lugar de
llegar para morir al mismo tiempo que Valdivia á manos de los
indios de aquellos valles, los cuales se concertaron, á fin de
atacar á los españoles, que se hallaban divididos en tres partidas.
Esta sorpresa se verifico el 16 de Octubre de 1574. El Gobernador
Valdivia y sus pocos compañeros, que componían la partida menos
numerosa, perecieron todos en el sitio en que después se fundó el
antiguo Cáceres. De las otras dos secciones algunos murieron
también, y los otros escaparon á Antioquia y se pusieron bajo la
protección de Gaspar de Rodas, que gobernaba en aquélla ciudad por
el Gobernador de Popayán. Así acabó Valdivia, más conocido por su
fin trágico que por haber ejecutado cosas notables en la conquista
y descubrimiento del país. Atnibuyóse en parte el alzamiento de
Los indios á sugestiones de un encomendero vecino de Antioquia, que
gozaba de un lucrativo repartimiento en los Tahamies, tribu
confinante con las que dependían de Valdivia. Parece que sus
ganancias disminuían con la ocupación de la orilla derecha del
Cauca por españoles, por lo cual los Nutabés no acudían al tráfico
acostumbrado, y no vaciló en sacrificar á sus compatriotas por el
vil interés. La viuda de Valdivia consiguió que la Audiencia
hiciera prender á Bartolomé Sánchez Torreblanca, que era el nombre
del que la opinión pública acusaba de tan inhumano hecho, que nunca
pude averiguarse, por la dificultad de tomar declaraciones á
indios incultos.
Por muerte de Valdivia nombró la audiencia Gobernador de las
provincias de entre los dos ríos á Gaspar de Rodas, sujeto muy
superior á Valdivia en educación, espíritu de orden y de
organización y buena política, aunque igual en valor y constancia,
virtudes comunes á casi todos los españoles que pasaron á América.
Pasó Rodas el Cauca. con la gente que pudo reunir, en el año de
1576, después de haber sosegada á los indios de Hebejico, que
desertaron todos en cierto día a las cumbres más elevadas,
esperando el diluvio que sus agoreros habían anunciado, y en el
cual debían ahogarse los españoles, aunque, siendo el pronóstico
para un plazo de seis días, pronto se falsificó, y el alzamiento no
tuvo consecuencias. Dirigióse Rodas al valle de San Andrés y sitios
de la matanza de Valdivia, con intenciones que disimuló, de
castigar severamente á los naturales. Estos, al principio
desconfiados, se dejaron engañar con fingidas palabras del nuevo
Gobernador, que decía no ser Valdivia ni pariente suyo ni amigo, y
por tanto no tener motivo de vengar su muerte, con que, desechando
todo temor, vinieron incautamente los caciques del valle á
construir las casas y á traerles provisiones á los Castellanos;
prendió ocho ó nueve de los principales caciques, entre ellos á
Guarcama; y les hizo matar después de practicar algunas
averiguaciones y de bautizarlos el Padre Collantes; habiendo
precedido, dice un cronista, el catecismo bastante: á otros les
cortaron las manos, los dedos y aun los pies, dejándolos mutilados
para servir de escarmiento. Después de tan cruel venganza,
ejecutada quizás en inocentes, todavía se quejaban los españoles de
la obstinación de los indios de Antioquia en no querer sujetar la
cerviz al yugo.
En la loma limpia de Cacami, cerca del lugar mismo en que
Valdivia fué muerto por los indios, fundó Rodas la ciudad de Cáceres, como recuerdo de la
ciudad de este nombre en Extremadura;
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|(5)
poco después la varió de
posición dos ó tres veces, acercándola siempre al Cauca.
Quejáronse algunos de los descubridores de los repartimientos
hechos por Gaspar de Rodas, y la Audiencia los alteró, por lo que
Rodas compareció personalmente en Santa Fe para justificarse, y los
documentos é informes que presentó obraron de tal modo en el ánimo
de los oidores, que aprobaron su conducta y restablecieron las
cosas en el pie que él las había dejado, confirmándole su
autoridad, de la que muy pronto le vinieron los despachos de
España, separando de Popayán la ciudad de Santa Fe de Antioquia, y
formando una sola provincia de todo aquel territorio. Algunos
pensaron entonces que las consideraciones que la Audiencia mostró á
Rodas dependieron de la necesidad que tenían de su persona, como
tan versado en las guerras de los indios, para reprimir el
alzamiento de los Gualies y tribus vecinas que llenaban de terror
la ciudad de Mariquita, y en efecto Rodas hizo una entrada en los
términos de estos indios con buen éxito, y luego volvió á su
gobernación, en donde se sentía la necesidad de este caudillo,
porque los vecinos de Cáceres se hallaban hostilizados por el
cacique Omagá y por su sobrino Negueri, que se levantaron fatigados
de los tributos y exacciones de los encomenderos. La llegada del
Gobernador con refuerzo aplacó esta insurrección, pero, como habían
de darse repartimientos á los recién venidos, y le convenía á
Gaspar de Rodas fundar nuevas poblaciones para acrecentar la
importancia de su gobernación y sus ganancias, salió de Antioquia
en solicitud de otras tierras con setenta soldados, la mitad que
había traído de la villa de los Remedios Hernán Sánchez, á quien
nombró maese de campo, y, pasando el Cauca, dió vista á las Sabanas
de Aburrá, siguiendo después la orilla izquierda del río que de
ellas sale y al que los indígenas llamaban Porce, y los españoles
Aburrá, (el primer nombre ha prevalecido), siguieron sus aguas
caudalosas, que por aquel tiempo serpenteaban por entre oscuras
montañas en dirección del norte, por cuarenta días, con muchos
trabajos y falta de mantenimientos por ser escasas de habitantes
estas regiones, hasta que llegaron á un paraje limpio desde el cual
se descubrían en la ribera opuesta anchos caminos y vastas
sementeras, indicios seguros de grandes poblaciones. Mas no pasaron
el río con la facilidad que creían, pues diversos y numerosos
escuadrones de indígenas se lo estorbaron, é hicieron encallar
todas las tentativas por ocho días; en el último Rodas á fin de dar
ejemplo, se disponía él mismo para arrojarse á nado, cuando algunos
de sus oficiales pasaron en balsas por diferente punto, y con esto
cesó la resistencia en el paso principal.
Llamábanse Yamecies estos indios; eran belicosos, pero no
sacrificaban á los prisioneros, pues no comían carne humana, sin
embargo parecían más estúpidos que las damas tribus conocidas, de
las cuales tenían muchos esclavos que les servían, Guamocoes,
Aburraés y aun Malibues de las imediaciones de Mompox, en la orilla
del río Grande. Se alimentaban con maíz, yucas, ñames y diversas
frutas, pescado fresco ó tostado y hecho harina, cerdos monteses,
venados y aves que cazaban. Rodas conoció al instante que le
convenía hacer todos los sacrificios para ganarse las voluntades de
estos indios, que se hallaron poseedores de más piezas de oro que
ninguna otra tribu de la provincia. Despidió, pues, con regalos á
las familias que había cogido en la espaciosa habitación del
cacique Cucuba, y prohibió, bajo severas penas, que se tomase cosa
alguna á los naturales sin darles algo en cambio para
acostumbrarlos al tráfico y obligarlos á que buscasen oro con que
hacer sus truecos. Esta política surtió el mejor efecto, y en
breve, en los juegos de suerte á que eran tan aficionados los
españoles, corrían en el campamento hasta veinte mil pesos de oro,
pues los indios daban setenta pesos por una hacha, seis por una
aguja, y en esta proporción; pero de lo que se mostraban más
ansiosos era de la sal: por una libra daban treinta pesos de oro.
Ya se deja ver que en esta tierra tan rica no podía tardar en
fundarse una población española, á la que dió Gaspar de Rodas el nombre de Zaragoza de las
Palmas, por la abundancia de estas.
|
|
(6)
En este valle, solo de Vitue á orillas del Porce había cerca de
dos mil indígenas, de los que llamaban tributarios, que se
distribuyeron entre los descubridores, pero que, dentro de breves
años, perecieron en los trabajos de las minas de oro corrido.
Fueron estas tan abundantes, que desde Veragua trajeron muchos sus
cuadrillas de esclavos, para emplearlos en el lucrativo laboreo de
este terreno de aluvión. No tenemos datos para calcular el producto
de los primeros veinte años, que debieron ser los más productivos,
mas Fray Pedro Simón, que para estos sucesos debe considerarse como
escritor contemporáneo, pues conoció á varios de los pobladores
primitivos de Zaragoza, dice que desde 1602 á 1620 entraron en las
cajas reales por derechos de quintos, que, según los privilegios
concedidos á aquellos moradores, se habían reducido al veinteno, ó
cinco por ciento, mas dé trescientos mil pesos de oro, sin lo que
se sacaba sin pagar; pues añade que el oro era tan puro y
aquilatado, que no necesitaban fundirlo para que tuviera su valor,
con que puede imaginarse cuánto se eximiría de los derechos. De
aquí se deduce que no bajaban de quinientos mil pesos de oro los
que se sacaban cada año en este solo cantón, mas en compensación
era la tierra tan malsana, que
morían la mayor parte de los chapetones ó recién llegados.
|
|
(7)
Trasladóse, después de su fundación, Zaragoza á un sitio más
abajo de las juntas del río Nechí con el Porce; Rodas volvió á
Antioquia, dispuso lo conveniente para la fundación de otras
poblaciones, y gobernó muchos años, según veremos en la segunda
parte, con mucha prudencia y autoridad.
|
(1)
|
“ Las mujeres y niños se encerraron
en la iglesia tomándolos bajo su amparo el obispo D. Juan de
Ovalle, que, armado de todas armas y toda su clarecería de lo
mismo, estuvieron a la puerta para hacer frente al tirano si la
ocasión lo pidiese.” F. P. Simón, 4.a noticia 3.a parte. (Regresar a
1)
|
|
(2)
|
Y haber faltado por la tierra
della
Buena comodidad para poblalla
A causa de ser toda montuosa
Húmeda, pluviosa, desgraciada,
De pocos naturales aunque ricos,
Porque la tierra toda va sembrada
De venas caudalosas de buen oro,
Vistas y cateadas por los nuestros
En diferentes ríos y quebradas.
CASTELLANOS,
|Descubriendo el Chocó
|
(Regresar a
2)
|
|
(3)
|
Eran los Catios gente bien vestida y
de más despabilado entendimiento; escribian sus historias en
jeroglíficos pintados en mantas. Usaban de peso y medida. No usaban
veneno en sus flechas y dardos. Querían mucho á sus hijas y
mujeres, que eran mas blancas que ellos y de buen parecer, y se
adornaban con arracadas y otras joyas de oro. No tenían santuarios,
adoraban las estrellas, y tenían confusa idea del diluvio. Creían
en un dios, en la inmortalidad del alma, algunos en la
metempsicosis. Sus alimentos eran raíces nutritivas, pero sus
tierras eran estériles para el maíz, de que hacían sus bebidas,
etc.—F. P Simón, 4.a nota, 3.a parte manus.(Regresar a
3)
|
|
(4)
|
Es muy probable, que la mayor
parte de estos nombres propios hayan pasado estropeados á la
posteridad; ¿quién reconocería, por ejemplo Marqueta en Mariquita?
El presbítero Castellanos alteró también voluntariamente algunos,
para someterlos á la rima en sus octavas.(Regresar a 4)
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Fueron primeros Alcaldes el
capitán Pedro Pinto Vellorino y Hernán Martín, regidores Luis de
Betancur, Alonso Rodríguez de Villamizar, Juan Meléndez Valdés,
Francisco Tapia, Juan Fernández de Erazo y Luis Céspedes de Vargas.
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5)
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Año de 1581. Fueron primeros
Alcaldes don Antonio Osorio de Paz y Pedro Jaramillo, que fue el
primer español que, bajando después al Magdalena, dió noticias de
las riquezas de Zaragoza, y con él vinieron muchos vecinos de
Tenerife con esclavos para el beneficio de las minas. Alguacil
mayor, Antonio Mancipe; regidores, Gonzalo Bolívar de Arce, Miguel
de Iriarte y el capitán Francisco de Arce(Regresar a
6)
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Como los chapetones que venían á buscar fortuna á la fama del
oro, no tenían más riqueza que su vestido, este servia para pagar
el entierro, de manera que apenas desembarcaba algún español nuevo,
cuando ya iban otros á preguntar al cura cuanto pedía por el
vestido del pobre aventurero, que venia á buscar oro y dejaba sus
huesos. (Regresar a 7)
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