Llegada de Armendariz á Santa Fe y sus
primeras tropelías.-—Nombran las colonias Procuradores que
pasen á España á representar contra la ejecución de las nuevas
leyes.—Ciudad de los Reyes en el valle de Upar.
—Fundación de Pamplona —Establecimiento de la Real
Audiencia en Santa Fe.—Entrada de Pedro de Urzúa á los
Musos.—Fundación y abandono de la ciudad de
Tudela.—Fundación de Mariquita y de Ibagué—Minas
abundantes de oro, plata y otros metales.—Fundación de
Villeta.—Reducción de los indios Yariguis, confinantes con los
Guanes.— Establecimiento de los conventos de San Francisco y
Santo Domingo en Santa Fe. —Residencia de Armendariz, primero,
por el Licenciado Zurita sin resultado, y después, por el oidor
Montaño con todo rigor. —Nueva entrada á los Musos; fundación
de la Trinidad y descubrimiento de las minas de esmeraldas.
—Costumbres de los Musos y Colimas—Fundación de La
Palma.—Llegada del Obispo Fray Juan de los Barrios á Santa Fe,
y comienzan los religiosos á encargase de doctrinar á los
indios.—Gonzalo Ximénez de Quesada es nombrado Adelantado del
Nuevo Reino de Granada, y emplea tres años en una desastrosa
jornada buscando inútilmente el Dorado.
Volví los ojos al volcán sublime
Que, velado en vapores trasparentes.
Sus inmensos contornos dibujaba
De occidente en el cielo:
Gigantesco Tolima, ¿cómo el vuelo
De las edades rápidas no imprime
Ninguna huella en tu nevada frente?
| Fragmento de un poema americano.
En este capítulo debemos dar cuenta de las fundaciones de lbagué
y Mariquita, situadas al pié de la cadena volcánica central y en la
falda oriental de los nevados del Tolima y del Ruiz; y de la de
Pamplona, sobre la cordillera oriental: y esta será la primera en
orden cronológico. El establecimiento de la Real Audiencia de Santa
Fe de Bogotá y la guerra de los musos, con otros sucesos de no
menor importancia, acabarán de llenar el cuadro.
Despachada la residencia del Gobernador de Cartagena, se
trasladó por fin el Licenciado Armendariz á Bogotá, porque,
necesitándose los servicios de Belalcázar en el Perú, le intimó el
Licenciado Gasca, antes de su partida de Cartagena á Panamá, que no
convenía llevar por entonces á efecto la residencia del Adelantado
de Popayán. Los primeros pasos del visitador Armendariz en la
capital, desdijeron de su carácter, que no era cruel, pues hizo dar
tormento á uno de los vecinos para averiguar los culpados en el
incendio de la casa de Ursua, acaecido el año pasado de 1545, el
cual, apremiado por el dolor, no sólo confesó que era culpable de
un delito de que en realidad estaba inocente, sino que complicó al
Capitán Lanchero y á otros: y aunque después, al tiempo de
conducirle al cadalso, les pidió perdón del agravio y de los
perjuicios que pudiera acarrearles una imputación que su flaqueza y
el dolor le habían arrancado, no por esto se libraron aquellos del
tormento, aunque lo sufrieron con fortaleza. Esta bárbara costumbre
no quedó completamente extinguida en las Indias sino muchos años
después. Publicadas con toda solemnidad las nuevas leyes de que
tratamos en el capítulo anterior, fueron tan mal recibidas en el
Nuevo Reino de Granada como en las demás colonias. Nombráronse
procuradores por los Cabildos, que pasaran á España á pedir su
revocación, especialmente de la que prohibía la sucesión de los
hijos y la mujer en los repartimientos ó encomiendas del esposo y
del padre.
Anticiparémos aquí la noticia del resultado de esta misión que
fué muy favorable á los colonos, los cuales, no sólo obtuvieron la
revocatoria que solicitaban de aquella cláusula, sino que se acordó
por el consejo la creación de una Audiencia Real en Santa Fe,
nombrándose los oidores, de los cuales, como luego veremos, sólo
dos llegaron á su destino, y se concedió á Santa Fe por escudo de
armas el águila imperial con orla de nueve granadas. Los informes
de Armendariz y de los procuradores concurrieron á apoyar las
demandas del Licenciado Quesada, á quien se otorgó entonces
licencia para volver á Santa Fe con el título de Mariscal, de
Regidor perpetuo, permiso para edificar una fortaleza y dos mil
ducados de renta del real tesoro.
Mientras que estos procuradores negociaban en la Corte con tan
buen éxito, no lo tuvieron menos feliz las empresas de nuevos
descubrimientos y poblaciones. Nombró Armendariz á su sobrino Pedro
de Ursúa, (joven que reunía á una educación distinguida la
amabilidad y dulzura de los modales, el valor más probado y la
destreza en los ejercicios militares) de compañero de Ortún Velasco
en el mando de una expedición que debía encaminarse hacia la Sierra
Nevada del Norte, que Espira y Fredemán habían visto de lejos,
pasando por el pié de la cordillera oriental, y todavía de más
cerca Alfínger en la jornada en que rindió la vida. Muchas
riquezas, y no sin algún fundamento, se prometían los promovedores
de esta empresa. Los vecinos de Vélez que recorrieron la provincia
de Guane decían que por la extremidad septentrional de esta región
corría un río que arrastraba arenas de oro, y aunque la fundación
de un pueblo con el nombre de Málaga en las inmediaciones de
Tequia, que debía servir de escala para el futuro descubrimiento,
no llegó á tener efecto, según se había propuesto mucho antes, sí
logró un español Deza, con cierta partida, entrar hasta el río de
Girón, y, lavando sus arenas, hallar que no era mentirosa la fama
de su riqueza.
Con estas esperanzas y el deseo de servir á las órdenes del
noble mancebo que había sabido captarse la aceptación general, se
juntaron bajo la bandera de Ursua y de Velasco ciento cuarenta
hombres, con los cuales se partieron estos dos caudillos de Tunja,
ya entrado el año de 1548. Luego que pasaron el río Sogamoso y
entraron en tierras de los Laches, acordaron dividirse en dos
partidas iguales que debían reunirse en la región fría que
habitaban los Chitareros. Uno y otro capitán atravesaron sin
resistencia grandes poblaciones, y se juntaron en un valle elevado,
rodeado de altas sierras, que llamaron del Espíritu Santo. El deseo
de someter y repartir los muchos pueblos que habían hallado, los
decidió á fundar aquí una población con el nombre de Pamplona, en
recuerdo de la ciudad de este nombre en España, de cuyas
inmediaciones era natural Ursua. Trazóse con regularidad,
dividiéndola en ciento treinta y seis solares, que se dieron á
igual número de pobladores. Nombráronse Alcaldes y regidores y practicáronse las demás
formalidades usadas en semejantes casos
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(1)
.
Esta es una de las pocas ciudades de Nueva Granada que ha
permanecido en el mismo lugar en que se fundó, como á setenta
leguas al nordeste de Bogotá, sobre la cordillera oriental, clima
frío y desapacible, pero suelo muy á propósito para el cultivo de
los cereales, y rodeada de terrenos auríferos y argentíferos. A la
época del descubrimiento había en Pamplona y valles circunvecinos,
como el de Condarmenda, Ravicha, Micer Ambrosio, Chitagá, valle de
los Locos, Balegra, etc., más de cincuenta mil indios de macana, lo
que supone una población de doscientas mil almas por lo menos,
según consta de la relación dirigida por los vecinos á Armendariz
en 1550. Hasta aquélla época permaneció Ursua gobernando esta
colonia, y pacificando á los Chitareros, lo cual poco le costó, por
haber sido los indígenas de más blanda índole de cuantos se
hallaron en la Nueva Granada. Luego le sucedió Ortún Velasco, que,
en calidad de Justicia Mayor, gobernó veinte años, y en cuyo tiempo
se fundó, en 1560, la villa de San Cristóbal, y en 1561 la de
Ocaña. Comenzaron á trabajarse las minas de plata de la Montuosa, y
se sacó prodigiosa cantidad de finísimo oro de aluvión de los
alrededores de Suratá, particularmente de una meseta alta que se
llamó el
|Páramo rico, porque el polvo de oro estaba
abundantemente mezclado con las arenas que cubrían la superficie de
este terreno, que, siendo de corta extensión, pronto se agotó. La
provincia de Pamplona comprendía entonces por el río Zulia hasta el
lago de Maracaibo, y por esta vía se surtió de las mercancías de
Castilla, hasta que el alzamiento de los indios Quiriquíes, que
permanecieron muchos años dueños de las costas de la Laguna y ríos
afluentes, atajó esta navegación.
Antes de seguir á los oidores que por este tiempo desembarcaron
en Santa Marta y siguieron á Santa Fe á instalar solemnemente la
Audiencia, no debemos omitir la mención de dos sucesos importantes
acaecidos en las provincias del litoral. El primero fué la
traslación de la Ranchería de las Perlas al sitio que ocupa
actualmente la ciudad de Río de Hacha, y este puede decirse que fué
su principio, aunque no consta que entonces se hubiesen creado
autoridades municipales. El otro es la fundación de la ciudad de
los Reyes en el valle de Upar, en las orillas del río Guatapori,
que en idioma de los indígenas quiere decir
|río frío, porque
baja de la Sierra Nevada de Tairona, y entra á una legua de la
ciudad en el César, ó Zazari, llamado también por los naturales
Pompatao, ó Señor de los ríos, y, en efecto, es el principal y más
caudaloso de este hermoso valle, que es tan abundante en
producciones vegetales como en minerales de cobre, plomo y plata,
manantiales de aguas termales y de asfalto, de que usaban los
naturales para barnizar sus redes de pescar. Fundóla el capitán
Hernando Santana, que, habiendo hecho gente en Santa Marta para
sujetar ciertos negros esclavos, no quiso volver sin haber poblado,
para lo cual dicen que estaba autorizado por el visitador
Armendariz.
De los tres oidores que debían instalar la Audiencia, murió en
Mompox, subiendo por el río, el Licenciado Mercado, que era el más
antiguo, y como tal, debía presidir el tribunal, y tomar la
residencia á Armendariz. Este era el único que entendía del
despacho y etiqueta de los tribunales: los otros dos, Góngora y
Galarza, eran jóvenes abogados que nada sabían de estas prácticas,
pero en compensación manifestaron el espíritu más conciliador, la
más acrisolada probidad, y lejos de promover pleitos, se
interponían para evitarlos y transigir amigablemente toda
discordia. Esta fué la edad de oro de la justicia española en
Santa Fe, y estos don togados, dotados de las más amables
cualidades, y de los más humanos sentimientos, ejercieron en efecto el oficio que mejor
correspondía á una colonia naciente, el de Jueces de paz
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(2)
.
Por real cédula despachada en Valladolid el 17 de 1549, se mandó
que se hiciera en Santa Fé de Bogotá al Real Sello de la Audiencia
el mismo recibimiento que al Emperador, llevándolo en procesión
bajo palio, en caballo enjaezado ricamente, como se verificó,
saliéndole á recibir á la entrada por la parte de San Diego el
cabildo y los oidores, teniendo los regidores las varas del palio y
acompañado por los dos oidores de uno y otro lado
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(3)
.
Cuando estos togados, en quienes resignó Armendariz la autoridad
superior, llegaron á Santa Fe, el principal cuidado de las
colonias, especialmente de los vecinos de Vélez, consistía en el
alzamiento de los Saboyáes, que tenían aterrada aquella población,
sin que nadie se atreviese á salir á visitar los repartimientos; y
en las depredaciones de los Musos, que, á favor de la victoria que
no hacía mucho habían conseguido sobre el capitán Valdés, al cual
mataron veinte soldados, y forzaron á desamparar sus tierras,
salían en tropas á la planicie y se llevaban por centenares los
indios chibchas reducidos. La buena reputación de que gozaba Pedro
de Ursua, y las acertadas disposiciones que había tomado en la
fundación de Pamplona y sujeción de las tribus circunvecinas,
determinaron á los oidores á poner en él los ojos para encomendarle
la conquista de los Musos y la fundación de una ciudad en sus
términos; más como sabían que esta empresa daría más trabajo que
gloria, que era á lo que aspiraba el bravo caudillo navarro, le
ofrecieron, luego que llegó á Santa Fe, que una vez sujetos los
Musos, le autorizarían para la jornada en solicitud del Dorado, que
fué siempre el más brillante blanco de todas las aspiraciones.
Consiguió Ursua juntar ciento cinco hombres para bajar á los
Musos y la Audiencia tomó las más estrechas medidas para proveerlos
de municiones, pues, aunque pólvora no faltaba, el plomo era tan
escaso, que se fundieron los utensilios que de este metal pudieron
hallarse en todo el país, porque se sabia que los Musos no temían
ya sino al estrago de los arcabuces y escopetas. Comenzó Ursua por
situarse en Saboyá, y á fuerza de correrías, empleando más bien la
maña y la suavidad que el rigor, logró pacificar á estos indios,
que no convenía dejar hostiles á sus espaldas. Luego se internó,
lentamente y con cautela, en el territorio de los Musos, y,
escogiendo un lugar cómodo para formar un campamento permanente en
qué custodiar con seguridad los ganados y bagajes que llevaban los
nuevos pobladores, se dedico á recorrer el país, como lo había
verificado en Saboyá; pero los Musos eran más belicosos, y sus
lomas, barrancos, desfiladeros y precipicios, más á propósito para
defenderse y hostilizar á los castellanos. En una de las correrías
que hizo al valle de Pauna, se vió Ursua en gran riesgo, y le fué
forzoso retirarse, aunque jamás sufrió revés, porque en ningún caso
dividía su fuerza, sino que obraba siempre con toda ella reunida.
Cansados los Musos de tantos combates, se resolvieron á ofrecer á
Ursua que si los dejaba tranquilos en sus habitaciones, vendrían á
hacerle una sementera tan considerable, que pudieran vivir con sus
frutos sin necesidad de saltearles sus provisiones.
Aseguran que esta oferta era maliciosa, y que esperaban asaltar
el campo de los españoles cuando estuvieran descuidados; pero,
fuera de que no era difícil precaverse ya advertidos, no parece
probable que los Musos tuvieran semejante proyecto, cuando, á
virtud de invitación de Ursua, y en la fe de la buena paz,
celebraron una feria muy concurrida en las inmediaciones del campo
castellano. Llamados los jefes principales á las barracas,
acudieron sin desconfianza y recibieron la muerte inmediatamente,
terminando así con un acto de felonía indigno de un militar de
honor como Ursua, la primera tregua con los Musos, que se
retrajeron indignados y bien decididos, con razón, á no transigir
jamás con quienes tan mal guardaban su palabra. Bajo estos
sangrientos auspicios se fundó inmediatamente una población que se
denominó Tudela. Ursua volvió á Santa Fe á dar cuenta á la
Audiencia de esta fundación, y entró después con nuevos auxilios á
los Musos por distinto camino. Mas poco permaneció en aquellos
ásperos terrenos, hostilizado constantemente por sus habitantes.
Los vecinos de la ciudad de Tudela se vieron forzados á
desampararla en 1552, perseguidos con la mayor obstinación y
encarnizamiento por los Musos, quienes quemaron el pueblo casi á
vista de los españoles, del mismo modo que incendiaban sus casas y
sementeras cuando no podían defenderlas, para privar de este modo
de todo recurso á sus invasores. El plan adoptado por los Musos, es
el que han seguido todos los pueblos antiguos y modernos, cuando se
han resuelto a no someterse á ajeno yugo, y es receta infalible,
aunque parece dura, para conservar la independencia. Durante cinco
años nadie se atrevió á emprender la conquista de estos valientes
indios, hasta que se verificó la expedición del capitán Lanchero,
de que trataremos en el próximo capítulo.
No se olvidaban entre tanto las muestras de oro que el capitán
Vanegas había traído de las faldas de la Sierra Nevada del
poniente, y como sea porque los vecinos de Tocaima se habían
contentado con gozar de sus repartimientos, y de las minas más
inmediatas, ó porque no tenían las fuerzas suficientes, no se
habían movido á nuevas exploraciones, se dió al capitán Andrés
Galarza, vecino de Santa Fe, el encargo de reunir gente con que
atravesar el río grande de la Magdalena y fundar otro pueblo más al
poniente é inmediato á los terrenos ricos. Por Junio de 1550 salió
este oficial de Santa Fe, pasó por Tocaima el Magdalena, y, sin
dejar de combatir con los indios de la orilla izquierda de aquel
río, llegó por fin á un valle en donde vieron escuadrones de
naturales armados de lanzas, y no de armas arrojadizas, macanas y hondas como los
anteriores, por lo que se le puso Valle de las Lanzas
|
|
(4)
.
De poco sirvieron estas para impedir que los españoles,
satisfechos con el clima y la apariencia del país, no determinasen
fundar el pueblo en la misma meseta alta en donde estaba situado el
del cacique Ibaqué, y es de suponer que Galarza no tenía
predilección particular por el nombre de ninguna ciudad de España,
puesto que se le conservó el nombre primitivo. Este asiento se hizo
en el mes de Octubre del mismo año de 1550, pero provisionalmente,
porque hallando que la tierra era de difícil acceso, y no
suficientemente cálida para producir pronto el maíz (principal
recurso de subsistencia de los descubridores), con la brevedad que
deseaban, la trasladó Galarza,
en Febrero de 1551, algunas leguas más abajo
|
|(5)
, en el sitio que hoy ocupa á las
orillas de un hermoso río, lugar el más ameno, más apacible y más
delicioso de toda la Nueva Granada, según el testimonio de uno de los más célebres
viajeros europeos de este siglo y el pasado
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|
(6)
.
Poco después de fundada la ciudad, comenzaron á laborearse las
minas de plata que llamaron del cerro de San Antón, á pocas leguas
del poblado, las cuales tuvieron al principio mejor reputación y
más provechos que las de Mariquita, y aseguran que la lámpara que
se conservó muchos años en la iglesia Mayor, y que no es imposible
que exista aún, se hizo con las primicias de la plata de esta mina,
hoy enteramente olvidada. También se trabajó la mina de oro de
Miraflores, y otra en las fuentes de Chipalo; pero la guerra de los
Pijáos, que asoló y empobreció el
lugar, detuvo también el vuelo de estas empresas.
|
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(7)
De diez y ocho mil indios tributarios
que se repartieron en aquella época, no quedaban, menos de sesenta
años después, en 1610, sino seiscientos, que las viruelas, el
trabajo de las minas y la melancolía, los consumieron en medio
siglo. Parece también que las indias tomaban brebajes para no
concebir ó para abortar, porque decían que no querían parir
esclavos.
Aunque el capitán Francisco Núñez Pedroso había recibido mucho
antes que Galarza la autorización de Armendariz, confirmada más
tarde por la Audiencia de Santa Fe, para fundar una ciudad á la
banda izquierda del Magdalena, en las inmediaciones de las minas
descubiertas por el capitán Vanegas, por Venadillo y Sabandija, no
pudo terminar sus preparativos hasta Febrero de 1551, justamente á
tiempo que se fundaba definitivamente la ciudad de Ibagué. Torció
Pedroso con sus compañeros el camino más al poniente en demanda de
los sitios visitados por Vanegas, y después de un prolijo
reconocimiento del terreno, escogió para poblar un lugar alto, en
donde tenía su asiento el cacique Marqueta, por donde se llamaron
aquellos naturales marquetones, y más tarde, por corrupción del
nombre primitivo, Mariquita la ciudad misma, la cual tuvo
principio, con las ceremonias del caso, el viernes 28 de Agosto
de 1551, bajo la advocación de San Sebastián,
|
|
(8)
á quien solían encomendarse los
heridos de flechas venenosas de que los Panches usaban, y las demás
tribus de tierras calientes.
Mas aquí, como en Ibagué, el sitio no pareció tener la
suficiente comodidad, porque dos años después la trasladaron más
abajo á orillas del hermoso río Gualí, de frías y cristalinas
aguas, al principio de una llanura que forma un plano ligeramente
inclinado hacia el río Grande de la Magdalena, de cuya margen sólo
dista poco más de dos leguas. Entre las tribus vecinas de
Mariquita, al tiempo de su fundación, que eran los Pantagoros,
Panches, Panchiguas, Lumbies, Chapaimas, Calamoimas, Hondas,
Gualíes, Bocanemes, etc., se contaban más de treinta mil hombres en
estado de tomar las armas. A principios del siglo 17 sólo quedaban
dos mil quinientos, repartidos entre treinta encomenderos, algunos
de estos retirados de las ciudades de la Victoria y Santa Agueda,
que se fundaron en ¡as orillas del río Guarinó y en las faldas de
la sierra, pero que no subsistieron largo tiempo.
La tierra es fertilísima en todas las producciones vegetales
propias al clima, y aun se cogió trigo en las faldas de la
serranía; mas lo que al principio contribuyó á la prosperidad de
aquélla población, fueron las minas de oro y plata que se
trabajaron con provecho por muchos años en las inmediaciones,
especialmente la mina de plata de Manta. Antes del descubrimiento
los naturales sólo sacaban el oro que trocaban con los chibchas por
sal y mantas. Desde esta época se establecieron las bodegas en el
río Magdalena, cerca de las célebres pesquerías de Purnio, en donde
se embarcaban los que iban á España. En estos sitios habitaba la
tribu de los Hondas, que ya hacían su tráfico con pescado seco.
Aquí se estableció un Alcalde dependiente de Mariquita, hasta que
más tarde se fundó la ciudad de Honda, que con el tiempo vino á ser
una de las más prosperas del Nuevo Reino de Granada.
También se fundó en este año de 1551, consultando la comodidad
de los viajeros, en la mitad del camino del río Magdalena á Santa
Fe, una población con el título de Villeta de San Miguel, á alguna
distancia del camino, río Vituimita abajo, y no muy lejos de la
única venta que entonces existía en todo el tránsito. En sus
inmediaciones celebraban los indios Panches su mercado, pues
siempre se observó que los Chibchas temían menos bajar á la tierra
caliente que los Panches subir á la cordillera.
Los vecinos de la ciudad de Vélez también procuraban ensanchar
sus conquistas, y con este fin Bartolomé Hernández, encomendero de
Chianchón, bajó á las tierras de los Yariguíes, que estaban
situadas entre los ríos Sogamoso y Opón, los cuales se dividían en
diversas parcialidades, conocidas con los nombres de Guamacáes,
Arayas, Tolomeos y Topoyos, que se hacían cruda guerra unos á otros
por el goce exclusivo de ciertos lugares de pesquería y otros
motivos semejantes. Este español fué el primero que, lejos de
servirse de sus disensiones á fin de sujetarlos, empleó la buena
maña y los regalos para ganarse las voluntades de aquellos
indígenas, y luego trató de amistarlos, y lo consiguió. Bajo tan
felices auspicios fundó la ciudad de León en aquel país ardiente y
malsano, y lo hizo sin permiso de la Audiencia de Santa Fe. Ya sea
porque este tribunal improbó el acto y prohibió á Hernández que
volviera á la nueva población, ó por otras causas, ésta se acabó
luego, quedándose entre aquellos naturales un solo soldado español
viejo, el cual vivió pacíficamente por muchos años, dejando así de
manifiesto cuán buenos efectos había producido una conquista
pacífica, hasta que los sucesos de que más tarde habremos de
ocuparnos turbaron por muchísimos años la paz de estas
regiones.
Con los primeros oidores pasaron á Santa Fe algunos religiosos
de las órdenes de San Francisco y Santo Domingo, autorizados por el
consejo para fundar conventos con las limosnas de los fieles, y á
los cuales el real erario sólo debía contribuir con el aceite para
la lámpara y el vino para celebrar. Desde Abril de 1551 presentaron
al Cabildo sus peticiones, y al cabo de algunos meses obtuvieron
los Franciscanos el permiso para establecer un convento, el cual se
negó por entonces á los de la orden de Predicadores, fundándose el
Ayuntamiento en que para tan corta población bastaba un sólo
convento; pero, en realidad, en que sabían los encomenderos que la
misión principal de los religiosos era catequizar á los naturales,
lo que consiguientemente habría de distraerlos de los trabajos á
que los condenaban, pues á la mayor parte les importaba poco que
fueran los indios cristianos, con tal que les contribuyeran con más
crecido tributo. Pocos meses después se concedió, sin embargo, el
permiso, el cual se les retiró de nuevo al cabo de tres años, cuando ya tenían bien adelantada la
construcción de su iglesia de mampostería.
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(9)
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Ordenó entonces el Cabildo destruir la fachada que avanzaba
sobre la plaza, y poco después suspender enteramente la obra, y
retiró la autorización para el establecimiento del convento, hasta
que, renovado el Cabildo en 1556, prevalecieron otras influencias,
y se fundó definitivamente. De la orden de San Francisco se
establecieron inmediatamente otros dos conventos, uno en Tunja y
otro en Vélez, á que contribuyó eficazmente el capitán Juan Angulo,
uno de los vecinos más respetables de esta última ciudad, del cual
se conserva aún la descendencia.
Poco tiempo después que los dos oidores Galarza y Góngora, llegó
también el Licenciado Zurita, encargado de tomar la residencia de
Miguel Díaz de Armendariz, contra quien no faltaban quejas en la
Corte, no por codicia y peculado, como casi todos los demás
funcionarios de Indias, sino por otros abusos, consecuencia de la
sensualidad, pasión que lo dominaba, y que le hizo cometer muchos
desaciertos ajenos de su carácter humano y desinteresado. Protegido
por los oidores y por las personas de más influencia en Santa Fe,
logró Armendariz burlarse del visitador, quien, viendo que no le
era posible llevar á cabo su residencia y averiguaciones, dictó un
auto y se retiró. Antes que él, lo habían hecho secretamente el
capitán Lanchero y los demás quejosos, los que no tardaron en
informar de todo al Consejo, el cual despachó al oidor Montaño,
hombre de carácter severo, con orden de prender á Armendariz, que
se dirigía á España, donde quiera que lo hallase, y de llevarlo á
Santa Fe para responder á los cargos en el mismo lugar en que se
cometieran las faltas, como en efecto se verificó con todo rigor.
Sea dicho en honor del capitán Lanchero que, perseguido como había
sido por Armendáriz, luego que lo vió en desgracia tal, que los
alguaciles le quitaron hasta la capa para pagarse de sus
honorarios, lo auxilió generosamente con vestidos y dinero para su
viaje á España, en donde consiguió justificarse, y, no teniendo ya
nada que esperar del siglo, se ordenó de presbítero y murió, siendo
canónigo en Sigüenza este tercer jefe del Nuevo Reino de
Granada.
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(1)
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Primeros Alcaldes fueron Alonso Escobar y Juan Vásquez:
Regidores Juan de Alvear y Acevedo, Hernando de Mescua, Juan de
Tolosa, Sancho Villanueva, Juan Rodríguez, Pedro Alonso, Juan de
Torres y Beltrán de Unsueta. Pamplona se fundó en Abril de 1549. (Regresar a 1)
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(2)
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Respecto de la Constitución de las Audiencias, nos
contentaremos en esta parte con reproducir el siguiente párrafo de
un célebre escritor. “Pusieron los Reyes Católicos, dice D..
Diego de Mendosa, el Gobierno de la justicia y cosas públicas en
manos de letrados, cuya profesión eran letras legales,
comedimiento secreto, verdad, vida llana y sin corrupción de
costumbres; no visitar, no recibir dones, no profesar estrechez de
amistades, no vestir ni gastar suntuosamente, blandura y humanidad
en su trato, juntarse á horas señaladas para oír causas ó para
determinarlas y tratar del bien público. A su cabeza llaman
presidente, mas porque preside á lo que se trata y ordena lo que se
ha de tratar y prohíbe cualquiera desorden, que porque los manda. A
la suprema congregación llaman Consejo Real, y á las demás
chanchillerías, etc.” Es difícil trazar con mas concisa
elegancia los deberes y obligaciones de los miembros de aquellos
tribunales que lo hizo nuestro clásico historiador, muy diferente
en esto de los escritores modernos, que desatan un pensamiento
propio ú ajeno en dos páginas de reflexiones, propias ó copiadas.
(Regresar a 2)
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(3)
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Este sello de la Real Audiencia, que es de plata y de grandes
dimensiones, existía en el Museo Nacional de Bogotá, como una
curiosidad. !Ojalá se conserve con otros objetos antiguos á que el
tiempo añade cada día mayor precio.! (Regresar
a 3)
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(4)
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El señor Piedrahita dice que este nombre le fué impuesto por
Belalcázar, pero según los datos que hemos podido recoger, este
caudillo no se separó de la orilla del Magdalena en su viaje el año
de 1538, y, además, los escritores anteriores le atribuyen á
Galarza la primera visita á este valle. (Regresar a 4)
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(5)
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Fueron primeros Alcaldes el capitán Juan Bretón y Francisco
Trejo, y regidores Juan de Mendoza. Pedro Salcedo, Diego López y
Domingo Cuello. Alguacil Mayor, Pedro Gallegos; Procurador general,
Bartolorné Talaverano; Escribano, Francisco Iñiguez. (Regresar a 5)
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(6)
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El barón de Humboldt.—F. P. Simón, que visitó á Ibagué
hace más de dos siglos, dice así “Su temperamento es tal, que
andan parece á porfía, la serenidad del cielo, grato y benévolo
resplandor de las estrellas, templanza de los aires, frescura de
los jardines y huertas; pues en ellos se dan todas las frutas de
Castilla y las naturales de aquel país, bendecido del cielo con una
eterna primavera.” Añade después que era tal la feracidad de
los pastos, que el ganado vacuno se había propagado con mucha
abundancia, en términos que ya solo se mataban las reses para
sacarles el sebo, y, cuando más, la lengua; lo demás se abandonaba
á los buitres y gallinazos. Entre los metales de que me habían
registrado minas en lea alrededores habla este religioso, que
escribió en 1025, del oro, plata, plomo y azogue. (Regresar a 6)
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(7)
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De la que estaba situada al origen del río Chipalo, llamada
Juan de Leuro, por el que la halló, sacaba á veces por valor de
cien pesos al día, cada trabajador; mas como era, do aluvión ú oro
corrido, no tardó en agotarse tan prodigiosa riqueza. (Regresar a 7)
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(8)
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Primeros alcaldes fueron Gonzalo Díaz y Alonso Vera, y
regidores Pedro Salcedo, Antonio Silva, Pedro Barrios, Melchor
Sotomayor, y procurador General don Antonio Toledo. (Regresar a 8)
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(9)
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No carece de interés para los
habitantes de Bogotá el conocimiento de las primeras vicisitudes de
estos dos conventos, que tanto influyeron al principio sobre la
conversión de los indios de provincia, y mas tarde, sobre las
costumbres, los hábitos, etc., de la sociedad colonial, á la cual
dieron un giro que habremos de apreciar en la segunda parte de este
|Compendio. El convento de San Francisco se fundó cerca de la
iglesia parroquial actual de Las Nieves, y el de Santo Domingo en
la cabecera del lado del oriente de la plaza, entonces del Mercado,
conocida hoy con el nombre de plazuela de San Francisco, y en donde
parece que se tiene hoy otra vez el marcado principal de la ciudad,
como para justificar el dicho de que “después de los años mil,
vuelve el agua á su carril.” Mas no tardó mucho el
Ayuntamiento en disponer que el convento de San Francisco se
variara á la otra banda de la ciudad, á fin de que no estuvieran
ambos del mismo lado, y así se trasladó al sitio en donde hoy está
el convento de San Agustín. Cuando el convento de Santo Domingo se
trasladó á la calle principal de la ciudad, el de San Francisco
pasó á ocupar la orilla derecha del riachuelo de su nombre, en los
solares del capitán Muñoz Collantes, en donde subsiste hoy. Por el
modo con que se fabricaban estos edificios, veinte años después de
la fundación de Bogotá, se infiere que en aquella época no se había
descubierto todavía la cal en las inmediaciones de dicha ciudad. El
autor de este
|Compendio observó, cuando se ocupaba en
reparar la casa de sus padres, cuyas paredes son las mismas del
antiguo convento de Santo Domingo, que las piedras de sillería
estaban sentadas sobre barro, y no en mezcla de cal, que en ninguna
parte se descubre. (Regresar a 9)
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