INDICE




Prólogo
Introducción

CAPITULO I
Colón descubre las costas del istmo de Panamá...

CAPITULO II
Descubrimiento de las costas de la Nueva Granada desde el cabo Chichibacoa hasta el golfo de Urabá, por Ojeda y Bastidas.

CAPITULO III
Bajo la dirección de Vasco Nunez de Balboa, adquiere la Antigua del Darién mucha importancia.

CAPITULO IV
Desbaratan los Indios á Balboa...

CAPITULO V
Comiénzase el descubrimiento de las Costas del Chocó al sur...

CAPITULO VI
Entrada y crueldades del alemán Alfínger en el valle de Upar...

CAPITULO VII
Combate de Canopote...

CAPITULO VIII
Descubrimiento de Antioquia

CAPITULO IX
Jornada de Jorge Espira desde Coro á los Llanos del Apure, y de allí al Sur, hasta los afluentes del Amazonas

CAPITULO X
El   licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada marcha por los Chimilas hasta Tamalameque...

CAPITULO XI
Extensión y limites del territorio de los Chibchas ó Muíscas...

CAPITULO XII
Prosigue Quesada su descubrimiento...

CAPITULO XIII
Reúne Quesada sus tropas en Bogotá

CAPITULO XIV
Gobierno de Lorenzo de Aldana en el sur...

CAPITULO XV
Fundación de Timaná...

CAPITULO XVI
Mal éxito de las persecuciones de Gonzalo Jiménez de Quesada en España

CAPITULO XVII
Socorre el Adelantado Belalcázar al Gobernador Vaca de Castro, con tropas para reducir a los rebeldes en el Perú, y le despide este desabridamente...

CAPITULO XVIII
Llegada de Armendariz á Santa Fe y sus primeras tropelías...

CAPITULO XIX
Fundación de las villas de Almaguer y la Plata...

CAPITULO XX
Gobierno de la audiencia...
Catálogo
Manuscritos
Documento número siete
Socorre el Adelantado Belalcázar al Gobernador Vaca de Castro, con tropas para reducir a los rebeldes en el Perú, y le despide este desabridamente.—Hace el Adelantado una entrada á los paeces, y le obligan a desamparar el campo, dejando muerto al Capitán Tóbar.—Pasa de Caly á Anserma, declara á Robledo desertor, y decide que se funde otra población en Arma para sujetar las tribus de Pozo, Carrapa, etc.— Don Pedro de Heredia de vuelta de España, emprende una expedición infructuosa por el Atrato.—Entra en Antioquia, que es abandonada por sus vecinos.—Préndele el Capitán Juan Cabrera, y va luego á Panamá.—De vuelta en Cartagena, sorprenden la ciudad los corsarios y la saquean. —Vuelve Heredia á Antioquia—Despojos alternativos de las autoridades de Antioquia.— Ordena á Belalcázar el Juez de residencia Armendariz que publique las nuevas leyes.—Carácter de estas.— Va Belalcázar con el Virrey á Quito, y es derrotado y herido por las tropas de Pizarro. —Vuelve á Popayán. — Sabe que Jorge Robledo con despachos de Armendriz se había hecho recibir como gobernador en Antioquia, Arma, Anserma y Cartago.—Corre á su encuentro, lo prende y le hace dar garrote.—Vuelve al Perú llamado por el Licenciado La Gasca, y contribuye al restablecimiento del orden.—Es residenciado después por el oidor Briceño, y condenado á muerte, apela y muere en Cartagena en vía para España.—Su carácter y retrato.—Alboroto de los frailes en Cartagena.—Incendio de la ciudad.—Nueva residencia de Heredia.—Vase á España y muere ahogado el fundador de Cartagena. 

 

Cada uno pretendía ser lo que le convenía de su gobernación; y que le competía porque á causa de tan larga distancia, sin respeto ninguno, se prometía salir con su deseo y pretensión, tanta era la fuerza de la ambición en todos los que tenían alguna mano en el Gobierno de Indias.— ANTONIO HERRERA, |Historia general de las Indias. Década 6.a 

 

Al pasar ahora á referir algunos sucesos acaecidos en las provincias del sur, oeste y noroeste, empero coetáneos á los de la época que acabarnos de recorrer históricamente en lo interior de estas regiones, debemos advertir que muy poco se adelantará ya en nuevos descubrimientos ni en el fomento de las colonias establecidas. La reducción de los indígenas, la fundación de otras colonias y la exploración de nuevas vías de comunicación entre las ya planteadas, son objetos que en adelante sólo aparecerán en el segundo plan del cuadro. En el primero veremos las discordias, á veces sangrientas, entre los conquistadores, sus obstinadas competencias y despojos recíprocos.

Tres actores principales aparecerán en la escena; y al referir los hechos notables en que cada uno de ellos tuvo parte, dejaremos al mismo tiempo trazada la serie de los acontecimientos que más importa conocer. El primero de estos es el Adelantado Belalcazar, gobernador de Popayán. Pasó ya, en verdad, la parte más brillante de su carrera, y la que ahora va á ocuparnos está sembrada de desengaños y de calamidades; pero no por esto deja ella de ser ni menos interesante ni menos instructiva. El segundo es don Pedro de Heredia, Adelantado y Gobernador de Cartagena. Los últimos años de su vida son también un tejido de contratiempos y desgracias que sufrió, según veremos, con el valor sereno y la insigne constancia que caracterizaron siempre á este noble madrileño. Últimamente, el Mariscal  Jorge Robledo aparecerá un momento, para acabar después ignominiosamente en el cadalso: muerte violenta, que arrojó una mancha indeleble en la brillante hoja de servicios de Belalcazar, el más distinguido de los conquistadores del territorio granadino, y que causó su desgracia y su fin prematuro.

En el capítulo 14.o mencionamos la vuelta de España de Belalcázar, con el titulo de Adelantado y Gobernador de Popayán, y la autorización que dió á Robledo para continuar sus descubrimientos al norte en el bajo Cauca, en el año de 1541. Poco después que él arribó Vaca de Castro, comisionado regio para arreglar las cosas del Perú, que andaban desconcertadas por los bandos de Almagros y Pizarros. Supo éste el asesinato del Marqués don Francisco Pizarro en Lima y la rebelión de don Diego de Almagro, y comenzó á reunir tropas para presentarse en el Perú á restablecer la autoridad real. Belalcázar fué el primero llamado á Popayán, como era natural, siendo el jefe principal de esta provincia y caudillo militar de tanta fama. Obedeció al instante, y, reuniendo los soldados, de que pudo disponer, marchó en compañía de Váca de Castro á Quito, y de allí á San Miguel, de donde lo despidió éste, luego que se vió al frente de una fuerza suficiente, con el pretexto de que su persona era necesaria en el territorio de la vasta Gobernación de Popayán, cuyos habitantes no estaban bien reducidos, pero en realidad, porque temía no tener la suficiente libertad para mandar, conservando á su lado un jefe de tanta influencia, el cual ciertamente podía decirse que había manifestado alguna parcialidad al partido de Almagro, ayudando á la evasión del capitán Pedroso, uno de los matadores de Pizarro, que, receloso de que no se le impartiese el perdón que solicitaba, obtuvo de Belalcázar un salvoconducto para pasar á su Gobernación. Pudiera ser que en esto siguiera solamente Belalcázar  los dictados de su corazón naturalmente generoso; que debía inclinarse á favorecer á un amigo desgraciado. No sin haber protestado con mucha firmeza contra la desconfianza del comisario, se retiró muy disgustado Belalcázar á Popayán. Halló esta ciudad siempre inquieta por los Paeces en cuyo territorio se resolvió á entrar para sujetarlos, pero no fué más dichoso que Ampudia. Fortificados en un peñón inexpugnable cerca de Tálaga, se burlaron del conquistador de Quito. En el último ataque perdió Belalcázar el bizarro Capitán Tovar y muchos soldados; y fuéle forzoso retirarse poco airoso á Caly, dejando ufanos á los paeces con tantas victorias.

Pasó luego á Cartago para averiguar el paradero de Robledo, cuya conducta comenzaba ya á serle sospechosa. Allí supo la fundación de Antioquia y la partida de Rebledo para España, con las miras de obtener el gobierno de ese territorio. Irritado Belalcázar le declaró desertor, y ordenó que se le considerase como á tal. Observando después cuán difícil era á los vecinos de Cartago sujetar y atender a los repartimientos de las tribus de Carrapa, Paucura, Pozo, etc., decidió que se fundase otra posesión en Arma, segregando de la jurisdicción de Cartago por el norte todo lo que estaba fuera de los límites de la provincia de Quimbaya. A este efecto comisionó al Capitán Miguel Muñoz. Trabajó luego en sujetar á estos indígenas, que se mostraban siempre hostiles y obstinados, valiéndose de las enemistades de las diferentes tribus entre sí, pero no lo consiguió enteramente.

Mientras esto ocurría en la gobernación de Popayán, el Adelantado don Pedro de Heredia, después dé su regreso de España á Cartagena, gozando ya del real favor, y restablecido en todos sus empleos y títulos, había obrado activamente. En primer lugar pasó á la nueva villa de Mompox, fundada por su hermano, á castigar una rebelión de los vecinos, que habían maltratado al Gobernador y emprendido por su cuenta una expedición á lo interior. Don Pedro Heredia logró darles alcance, prender á unos y dar muerte a otros, aunque Zapata, el principal culpado, prefirió morir en las selvas, pues nunca llegó á descubrirse su paradero. De vuelta á Cartagena se aparejó de nuevo á hacer otra entrada por el río grande del Darién, siempre en solicitud de las riquezas del Dabaibe, que eran el Dorado de la provincia de Cartagena, como  Manoa era el Dorado de las provincias de lo interior. Después de muchos meses de navegación trabajosa por el río, crecido á causa de las lluvias incesantes, y asaltado frecuentemente por los indios, no llegó sino á la isla grande que forma el Atrato  abajo del río Bojayá. En un combate con los indígenas fué allí herido gravemente el hijo del gobernador Heredia; y este, desalentado y no viendo indicio alguno de las riquezas que buscaba, desistió de la empresa y  volvió á San Sebastián de Urabá, en donde según dijimos, halló á Robledo, al cual prendió y remitió á España, como usurpador de ajena juridicción, y con la gente que le había quedado tomó Heredia la vía de Antioquia, esperando indemnizarse aquí de los trabajos y mal éxito de su jornada del Darién. No se verificó la de Antioquia sin las penalidades consiguientes á una marcha por las montañas silvestres de Abibe, de tal suerte, que los soldados llegaron todos enfermos. La mayor parte de los  vecinos amigos de Belalcázar no quisieron sujetarse a Heredia ; otros le reconocieron, y, sin la prudencia de este jefe, habría  habido un combate sangriento que él supo impedir, quedando herido en una mano al interponerse entre los dos bandos. Retiráronse, pues, los vecinos disidentes, mas no tardaron mucho en encontrar al Capitán Juan Cabrera, que con una numerosa partida había destacado Belalcázar á tomar el mando de la nueva colonia. Sabiendo este oficial que Heredia había enviado una parte de la gente sana á explorar el país, es decir, á acopiar oro, y que en la ciudad quedaban sólo algunos inválidos, redoblo sus marchas, y llegando á Antioquia no tuvo dificultad en apoderarse de la persona del Gobernador Heredia, remitiéndolo con suficiente escolta preso á disposición de Belalcázar, y, lo que es más escandaloso, permitió Cabrera el pillaje á su tropa, como si entraran en país enemigo y no fueran todos vasallos del mismo monarca. Armas, ropas, caballos, de todo fueron despojados los soldados de Heredia.  

Hacía ya tres años que estaba instalada la Real Audiencia de Panamá, á cuya jurisdicción se habían sometido las gobernaciones de Cartagena, Popayán y todo el Perú, segregándolas de la Audiencia de Santo Domingo, á la cual quedaba siempre sujetas en el continente las de Santa Marta y Venezuela. Belalcázar permitió á Heredia que pasase á Panamá, embarcándose en el Pacífico, y pidió que la Audiencia prohibiese al Gobernador de Cartagena entrar como lo había hecho á manó armada en ajena jurisdicción. No consta cuál fué la resolución de aquel tribunal, cuyos actos casi nunca fueron justificados; pero sí sabemos que á Heredia se le restituyó la libertad, de que usó, luego que llegó á Cartagena, para preparar una nueva expedición con qué recuperar la provincia de Antioquia, que él per­sistía en suponer pertenecía á su jurisdicción, y en cuya posesión fundaba las esperanzas de riqueza futura, que ya no le brindaba la de Cartagena. 

Era ya entrado el año de 1544 , cuando ciertos corsarios franceses, mandados por Roberto Baal, se apoderaron sin resistencia de la ciudad de Santa Marta, que se hallaba indefensa, salvándose al monte los vecinos que pudieron con el Gobernador Luis Manjarrés. A este le enviaron un salvoconducto á fin de que saliera á tratar del rescate de la ciudad; y no pudiéndose juntar la suma que los corsarios exigían, incendiaron estos el pueblo, y aunque las casas eran de paja, siempre se causó un gravísimo perjuicio. Esta fué la primera de la triste serie de depredaciones que los corsarios y piratas cometieron en las costas de la Nueva Granada por más de un siglo; siendo esta una de las causas de no haber prosperado como debieran en el siglo 16o las colonias de la costa granadina. Estos corsarios no solo redujeron á pavesas la ciudad, sino que talaron los huertos de árboles frutales, destrozando cuanto hallaron y llevándose las cuatro piezas de artillería de bronce con que la ciudad contaba para defenderse de los indios. De allí pasaron á Cartagena, en dónde nada se sabia de la toma de Santa Marta, á pesar de haber permanecido ocho días en este puerto los  buques enemigos: saltaron en tierra á media noche y, antes de que amaneciera se habían hecho dueños de la ciudad; quedando herido D. Antonio Heredia, hijo del Gobernador D. Pedro, en cuya casa se hizo alguna resistencia, y muerto un oficial Bejines. Prendieron al Obispo y á los vecinos que no huyeron, saquearon la ciudad, robando cuarenta y cinco mil pesos de las arcas reales, y contentándose des­pués con algún oro que para evitar la destrucción total del lugar les mandó ofrecer el Gobernador Heredia; lo desampararon luego, dejando libre al Obispo y arruinado al Gobernador, cuyos bienes robaron. Esta desgracia le aconteció el mismo día en que iba á celebrarse el matrimonio de su hija con el capitán Mosquera, ceremonia que debía festejarse con regocijos públicos, los cuales se convirtieron  en duelos, llanto y desolación.

No impidió Heredia tan pesada calamidad el llevar á efecto su proyecto de volver á Antioquia, como lo verificó luego, ayudado de algunos vecinos descontentos por el despojo de sus repartimientos, que se habían ya variado cuatro veces, según el favor y la incliriación que cada nuevo Jefe dispensaba á los habitantes, divididos siempre en dos bandos, de cartaginenses y peruleros. El capitán Tapia había favorecido á los primeros; y Alvaro Mendoza, el capitán Cabrera y el Licenciado Madroñero á los segundos; y esta alternativa de despojos se repitió todavía pocas veces. Algunos meses permaneció Heredia en Antioquia, sin sacar todo el fruto que se prometía, y al fin se determinó á regresar y hacer una visita á Cartagena, dejando magistrados nombrados por él, que muy luego fueron depuestos, y reconocida de nuevo la autoridad de Belalcázar. Cuando D. Pedro Heredia llegó á Cartagena, se encontró con el Licenciado Miguel Díaz de Armendáriz, que venía á tomarle residencia y á promulgar las nuevas leyes que tanto escándalo y trastornos causaron  en toda la América Española y cuyo origen fué el de que vamos á tratar con alguna extensión, porque el asunto es importante y de mucha trascendencia.

Los informes unánimes de todos los religiosos y personas imparciales que de Indias pasaban á España,  confirmaban cada día las fervorosas reclamaciones del venerable Obispo de Chiapa Fráy Bartolomé de las Casas. Los trabajos excesivos á que los encomenderos condenaban á los indios, destruían rápidamente la población indígena del Nuevo Mundo; Fray B. de las Casas había dicho en su protesta solemne, el año de 1542: “Si continúan los repartimientos, aquel orbe quedará vaciado de infinitas naciones de que ya han perecido quince cuentos sin ningún sacramento. El daño que de ello resulte á España y á la humanidad, los ciegos lo verán, los sordos lo oirán, los mudos lo clamarán; y porque mi vida no puede ser larga, tomo por testigos á todas las jerarquías y coros de los  ángeles, y á  todos los santos del cielo y á todos los hombres del mundo, y en especial á los  fuesen vivas de aquí á muchos años, de esto testimonio que doy para descargo de mi conciencia. Que si los indios se dan de cualquiera maneta á los españoles, á pesar de cuantas leyes, estatutos y penas se les pongan, sepa V. Majestad que es como si decretase que las Indias queden yermadas y despobladas, como lo están todas las islas, y que por aquellos pecados Dios ha de castigar con horribles castigos y quizá totalmente destruir la España.” Y la experiencia venía sin cesar á mostrar que no eran exageradas las provisiones del apostólico Prelado. Encargada la conciencia del Emperador Carlos V, descontento este de que hasta aquí los pobladores se hubieran burlado de todas las ordenanzas de su augusta abuela la Reina D. a Isabel, y de las expedidas en nombre suyo y de su madre la Reina D. a Juana, hizo convocar una Junta de Prelados, jurisconsultos y otras personas | | (1) que se habían ocupado de los negocios de Indias, la cual en su presencia discutió lo que más convenía al remedio de los escandalosos abusos, y proveyeron una ordenanza que no suprimía enteramente los repartimientos, que era la medida justa y radical, pero imposible de llevar á efecto entonces sin tropas ni magistrados asalariados enviados de España para contener á los conquistadores; sino que consultaba los medios de que fuesen más eficaces las medidas tantas veces ordenadas para proteger á los indios.  Quiso el Emperador que estas leyes se promulgasen con la mayor solemnidad, y esto lo qué justamente lo que más disgustó á los colonos, acostumbrados á no hacer caso ni cuenta de las repetidas órdenes y circulares en favor de los indios. 

A fin de que se vea con cuántas consideraciones eran tratados los colonos, y cuán infundadas eran sus quejas, por lo menos en lo que toca á la Nueva Granada, vamos á copiar las disposiciones que excitaron mayor clamor.

<Que las Audiencias tengan particular cuidado del buen tratamiento de los indios, y cómo se guarden las ordenanzas hechas en su favor, y castiguen los culpados, y que no se dé lugar á que los pleitos entre indios y con ellos, se hagan pleitos ordinarios, sino que sumariamente se determinen guardando sus usos y costumbres.>

<Que por ninguna causa, de guerra, rebelión ú otra, ni rescate, ni de otra manera, no se pueda hacer esclavo indio alguno, sino que sean tratados como personas libres y como vasallos Reales que son de la corona de Castilla.>



<Que ninguna persona se pueda servir de los indios por vía de naborias ni de otro modo alguno, contra su voluntad.>

<Que las Audiencias, llamadas las partes, sin tela de juicio, sola la verdad sabida, pagan en libertad á los indios que fueren esclavos, si las personas que los tuviesen no mostrasen título, cómo los poseen legítimamente; y que las Audiencias pongan personas de diligencia que hagan la parte de los indios, y los paguen de penas de cámara.>

<Que los indios no se carguen, y si en alguna parte no se ­pudieran excusar, sea la carga moderada, sin peligro de su vida y salud, y que se les pague su trabajo y lo hagan voluntariamente.

<Que ningún empleado del Rey, ni los monasterios, religiones, hospitales, cofradías, etc., tengan indios encomendados, y que los que tuvieren, luego sean puestos en la corona real, y que aunque digan que quieren dejar los oficios y quedatre con los indios, no les valga.>

<Que á todas las personas que tuvieren indios sin tener títulos, sino que por su autoridad  se han entrado en ellos, se los quiten y pongan en la corona.>

<Y porque se ha entendido que los repartimientos dados á algunos son excesivos, las Audiencias los reduzcan á una honesta y moderada cantidad, y los demás se pongan en la corona, sin embargo de cualquiera apelación, y á los primeros conquistadores que no tienen repartimientos, se les den entretenimientos en los tributos de los indios que se quitasen.>  

<Que mereciendo los encomenderos ser privados de sus repartimientos por los malos tratamientos hechos á los indios, se pongan en la corona real.>

Que por ninguna vía ni causa, ningún Visorrey, Audiencia ni otra persona pueda encomendar indios, sino que en muriendo la persona que tuviese los dichos indios, sean puestos en la corona real, y si entre tanto pareciese por los servicios del muerto que conviene dar á la mujer é hijos algún sustentamiento, lo puedan hacer las Audiencias, de los tributos que pagaren los indios.

Que las Audiencias tengan mucha cuenta que los indios que se quedaren y vacaren sean bien tratados y doctrinados en las cosas de nuestra  Santa Fe Católica. 

Que los que están descubriendo hagan la tasación moderada de los tributos que han de pagar los indios, teniendo atención á  su conservación, y con el tal tributo se acuda al encomendero; de manera que los castellanos no tengan mano, ni entrada, ni poder con los indios, ni mando alguno, y que así se estipule expresamente en todo nuevo descubrimiento.» 

Descúbrese claramente por el extracto anterior, que el pensamiento que dominaba en el ánimo de los miembros de la Asamblea que sancionaron estas disposiciones, era el amortizar las encomiendas, sometiendo á los indígenas á un tributo moderado que debieran pagar á la Corona; y es preciso confesar que á  pesar de haber sido estas leyes  desobedecidas, y modificadas ó reformadas en mucha parte todavía el sacudimiento que ellas imprimieron en las Indias fué en extremo saludable, y á ellas se debe en mucha parte la conservación de la raza original, aunque el interés privado, que sabe adoptar toda clase de disfraces, pudo todavía saquear, oprimir y degradar á los indígenas bajo el régimen de los tributos reales, según veremos en la segunda parte.

El Licenciado Armendáriz remitió al Adelantado Belalcázar copia de estas leyes á fin de que las hiciese promulgar y cumplir en su Gobernación. Superfluo es decir que ellas fueron tan mal recibidas por los colonos del Cauca como por los demás de las Indias; más Belalcázar los aplacó, haciéndoles presente las consecuencias fatales de desobedecer al Monarca, los excitó á que después de publicadas y acatadas como correspondía á tales vasallos, nombrasen procuradores que pasarían á la Corte á solicitar su revocación, y él, por su parte, con la mayor frescura, tomó sobre su responsabilidad el suspender su ejecución, lo que es verosímil contribuiría más á calmarlos que todas las reflexiones que les hizo sobre los deberes de súbditos leales de la Corona. Entonces comenzó en el Nuevo Mundo español á campear la fórmula irrisoria de |se obedece, pero no se cumple; con que se eludían las órdenes que no les convenía ejecutar á los funcionarios de aquellas apartadas comarcas. Belalcázar escribió desde Cali al Rey en 1544 una carta en lenguaje bastante libre para un vasallo, improbando las nuevas leyes, y quejándose al mismo tiempo del desaire que le había hecho Vaca de Castro en el Perú, cuando por injuriosas sospechas le había vedado continuar, en su compañía.

No tardó mucho, empero, en ponerse de nuevo la fidelidad de Belalcázar á prueba. Arrojado del Perú el Virrey Blasco Nuñez Vela, sucesor de Vaca, por los rebeldes, se retiró á la provincia de Popayán, perseguido hasta Pasto por Gonzalo Pizarro. Desde allí escribió al Gobernador pidiéndole auxilio para restablecer el Gobierno real, excitación que se circuló á todas las autoridades de las Indias. Acudió al punto y sin vacilar el Adelantado Belalcázar al llamamiento, y se halló con el Virrey en Popayán en este año de 1545, y allí organizaron la expedición, con la cual marchó Belalcázar, el valiente Capitán Juan Cabrera, y otros soldados de nombradía, hasta el número de 400. Salieron de Popayán el 1° de Enero de 1546, y el 17 avistaron las tropas de Pizarro en número doble, ocupando una buena posición militar á las inmediaciones de Quito, en el paso del río Guallabamba. Como parecía difícil el forzar este paso, se determinó el Virrey en la noche, dejando los fuegos encendidos, á marchar por su flanco izquierdo, y rodeando por Yaruquí y Alangasí, ocupar á Quito, privando así de sus recursos al enemigo.  Pero esta maniobra excelente, si el circuito no hubiera sido por campos tán ásperos, y á disposición de los l ánimos en Quito no tan hostil á rígido magistrado, fué quizá la causa principal de su ruina. Decayó en primer lugar el espíritu de los soldados al ver á los vecinos de Quito tan favorables á Pizarro, á quien consideraban como defensor de sus bienes y derechos sobre los indios, de que iban á ser privados si triunfaban las armas reales, y, lo que es peor, cansados los caballos de tan penosa jornada. Esta fuerte razón por que los jinetes, en quienes consistía la esperanza principal de la escasa fuerza del Virrey, por ser todos caballeros de reputación y de grande destreza en el manejo de las armas, aunque cargaron con la mayor gallardía al principio de la acción del mismo día 18 de Enero en que se presentó Pizarro en Añaquito, no pudieron conservar la ventaja adquirida, y es muy verosímil que al haber tenido caballos descansados, la victoria señalada que alcanzó Pizarro, hubiera favorecido los pendones leales. Belalcazar regó con su sangre los ejidos de Quito, y el cadáver del conquistador  y fundador de Quito habría sido vilipendiado por sus calles, sin la devoción del Capitán Alvarado, amigo fiel hasta en la desgracia. Esté oficial, que seguía el bando de Pizarro, le protegió,  le conservó la vida, y obtuvo del General victorioso que le concediera permiso para volver á su Gobernación. Quizá Pizarro reconoció que el Adelantado no había podido menos que seguir al Virrey, ó recordó los grandes servicios que este ilustre caudillo había prestado en la conquista del Perú. Esta gracia es tanto más de notarse cuanto que entonces se vieron los actos de la más brutal y salvaje venganza. Asesinado el Virrey en el campo de batalla, después de haber peleado valientemente, algunos soldados miserables arrancaron sus barbas canas y venerables para adornar con ellas sus gorras, mientras que paseaban  por la ciudad su cabeza mutilada en la punta de una lanza. Pizarro, más político ó más caballero y humano, hizo celebrar en su honor solemnes exequias, á las que asistió vestido de luto.

Otros disgustos se reservaban á Belalcázar al volver á su provincia. Supo en Cali que el Capitán Jorge Robledo había sido nombrado en España Mariscal, y que Armendáriz lo destinaba como su Teniente á las provincias del Sur, y resolvió, antes que sufrir este abuso de autoridad, de parte del Juez de residencia, correr todos los azares de la guerra y rechazar por la fuerza las tentativas de Robledo. Este se encaminó desde San Sebastián de Urabá á Antioquia. En el camino | | (2) halló una partida de españoles en colleras de hierro, que conducía una fuerte escolta á Cartagena.  

Eran los presos: el Licenciado Madroñero, ex Gobernador de Antioquia, Gaspar de Ródas y otros Peruleros, que abusando dé su autoridad, provocaron una conjuración de Tapia y los Cartaginenses. Sorprendieron éstos á los del bando opuesto en el silencio de la noche, y se descartaban de ellos despachándolos cargados de prisiones para Cartagena. Alegróse Robledo de una ocasión que le permitía tomar el mando en Antioquia sin oposición. Dejó que continuasen los presos la marcha á su destino, exceptuando á Gaspar de  Rodas, á quien dió libertad y lo hizo regresar, por ser antiguos amigos. Recibieron como Gobernador los vecinos de Antioquia á Robledo, y poco después siguió éste su derrota para tomar posesión de los demás pueblos, en los cuales, según se vio, la opinión era más favorable á Belalcázar que lo que él creía; En Arma el Cabildo se negó á recibir á Robledo, y tuvo que usar de violencia quebrando la vara á uno de los Regidores. Tampoco lo recibieron en Cartago como Gobernador sin protesta de haber cedido solo á la fuerza. En Anserma los Oficiales reales se negaron á entregarle los fondos existentes, y rompió las arcas para sacarlos; medidas todas que le hacían odioso, y que, referidas al Adelantado Belálcazar residente entonces en Cali, le pusieron espuelas para salir á verse con quien tan sin ceremonia se portaba dentro de su Gobernación. Enviáronse recíprocamente mensajeros, Belacázar negó la autoridad que hubiera tenido Armendáriz para nombrarle Teniente sin haberle antes residenciado, y requirió á Robledo para que restituyese los fondos que había tomado violentamente del real erario en Anserma, y le desocupase el territorio que le tenía usurpado. 

El Adelantado marchaba con ciento cincuenta soldados, y Robledo no contaba sino con setenta. Así, se retiró á un sitio fuerte en la toma del Pozo, al lado derecho del Cauca. De allí envió nuevos mensajeros al Adelantado, que había contestado á los últimos con palabras que dejaban  alguna esperanza de aveniento. Mas aquí cesó su fingimiento; temiendo que se le escapase el confiado Robledo, prendió cerca de Carrapa á los últimos enviados, á fin de que no llegara á noticia del mariscal su marcha, y, redoblándola, sorprendió descuidado á Robledo en la noche del 1o. de Octubre del año de 1546. Viendo éste que era inútil toda resistencia, en vez de recurrir á la fuga, salió voluntariamente á presentarse á Belalcázar, muy ajeno de la suerte que le esperaba. Este le reconvino agriamente, llamándole desertor, traidor y usurpador; pero dudando todavía si le mandaría matar, convoco á sus oficiales, que estimaron que este era el partido más seguro. Diósele pues garrote á este distinguido oficial, el 5 de Octubre, á pesar de que reclamaba morir decapitado, como caballero. Fueron también ajusticiados el comendador Sousa y tres oficiales mas. Sepultaron sus cuerpos en una casa, que quemaron antes de abandonar aquel lugar, á fin de borrar toda huella de las sepulturas, pero nada valió,  pues los indios de las inmediaciones las descubrieron, y desenterraron los cuerpos para comérselos con aquel apetito voraz y desenfrenado do carne humana que caracterizaba á estas tribus casi salvajes. Así el cráneo del mariscal Robledo verosímilmente adornaría por mucho tiempo uno de aquellos palenques de guaduas situados en lagares testigos de sus primeras hazañas. Despacho luego Belalcázar al capitán Coello á tomar posesión de la ciudad de Antioquia y á castigar con el último suplicio á los vecinos que habían depuesto á su teniente el licenciado Madroñero: acompañaba á Coello Gaspar de Rodas, que debía quedar mandando en el distrito. Este buen español, olvidando pasadas injurias, y acordándose sólo de que era hombre y cristiano, despachó secreta y anticipadamente un mensaje á sus mismos enemigos, previniéndoles de la suerte que les esperaba si no se ponían en salvo, corno lo hicieron, disponiendo de sus bienes y retirándose á Cartagena, y pasando luego al Perú con el licenciado Gasca. Noble venganza de Rodas, de que no hemos tenido la fortuna  de encontrar muchos ejemplos para recordarlos. 

No hacía muchos meses que había vuelto Belalcázar á Popayán, cuando recibió  las órdenes del licenciado La Gasca para pasar al Perú con el mayor número de tropas que le fuera posible juntar, á fin de contribuir á castigar los rebeldes, vengar la muerte del Virrey y restablecer el dominio dcl monarca español. Púsose pues en camino por tercera vez  hacia el Perú, alcanzó las tropas reales en Huamanga, y tuvo la  fortuna de hallarse á principios de 1548 en la batalla de Xaquixaguana, en que terminó con su prisión y muerte el alzamiento de Gonzalo Pizarro. El Adelantado Belalcázar mandaba la caballería de Gasca, y aunque no llegó la ocasión de que esta se empeñara, por la defección de las tropas de Pizarro desde el principio del combate, sin embargo, el comisario regio despidió á Belalcázar colmándole de elogios por su lealtad y la puntualidad con que había concurrido desde tan remotas regiones al real servicio.

Pocos meses después del retorno de Belalcázar á Popayán, llegó también el oidor Briceñó con la misión de tomarle residencia que fué rigurosa, particularmente respecto de la muerte de Robledo, sobre cuyo castigo instaba sin cesar su viuda doña María Carbajal. Aunque estamos muy lejos de pretender justificar A Belalcázar, no es posible dejar de suponer que su juez, condenándole á muerte, no obrara con alguna parcialidad, cuando vemos que no mucho después se desposó el mismo con la viuda de Robledo. Otorgóse sin embargo al Adelantado la apelación ante el Rey dando fianzas, y ciertamente parece difícil que hubiera sido posible hallar en todo el reino quien se prestase á dar la muerte á un caudillo tan querido y popular como Belalcázar. Púsose éste tristemente en camino para la corte, y la idea desconsoladora de presentarse como reo en España se apoderó de tal modo de su ánimo, que murió de pena en Cartagena el año de 1550 con general sentimiento de aquellos vecinos, los cuales le hicieron suntuosas exequias en que no tuvo poca parte el Gobernador. En efecto, don Pedro Heredia no había cesado de dispensarle desde su llegada todas las consideraciones debidas á su rango y á su desgracia, y los mayores cuidados durante su enfermedad. | |(3) |   

(1)  “Mandó juntar personas de todos estados. así prelados, caballeros y religiosos, como Ministros del Consejo, porque las Republicas se han de gobernar con el consejo de muchos, y, después de haber platicado y maduramente altercado y conferido, en presencia del Rey diversas veces, visto el parecer de todos, sé resolvió que, ya que estaban las cosas seguras en las Indias, bien se podían comenzar á quitar y reformar las costumbres y abusos pasados.” —Herrera, etc. Década 1. A. (Regresar a 1)
(2)  Decimos “camino,” que bien podía ya darse el nombre de tal, á una senda que conducía de Antioquia al golfo del Darién, por la que había transitado Cesar dos veces, una Vadillo, luego Bernal, más tarde Robledo, Heredia cuatro veces, sin contar con los mensajeros que iban y venían por la senda trillada por estos hombres robustos, entre selvas y asperezas, las cuáles hoy mismo parece que no han permitido ser exploradas por sus sucesores, que son, sin duda, ó más delicados ó menos emprendedores. (Regresar a 2)
(3) El don Pedro de Heredia puso luto 
Con los demás vecinos principales. 
Haciéndole sepulcro bies instruto, 
Honrosos y cumplidos funerales, 
Y encima de la tumba do yacía 
Pusieron una letra que decía: 
Ista Belalcázar potuit concludere tumba 
Ipsins ad famam claudare non valuit. 
Succubuit fatis, quae passim candida turbant, 
Gesta tamea calarno sunt celebranda pio. 
CASTELLANOS parte 3.a(Regresar a 3)
 

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