Cada uno pretendía ser lo que le convenía de su gobernación; y
que le competía porque á causa de tan larga distancia, sin respeto
ninguno, se prometía salir con su deseo y pretensión, tanta era la
fuerza de la ambición en todos los que tenían alguna mano en el
Gobierno de Indias.— ANTONIO HERRERA,
|Historia general de
las Indias. Década 6.a
Al pasar ahora á referir algunos sucesos acaecidos en las
provincias del sur, oeste y noroeste, empero coetáneos á los de la
época que acabarnos de recorrer históricamente en lo interior de
estas regiones, debemos advertir que muy poco se adelantará ya en
nuevos descubrimientos ni en el fomento de las colonias
establecidas. La reducción de los indígenas, la fundación de otras
colonias y la exploración de nuevas vías de comunicación entre las
ya planteadas, son objetos que en adelante sólo aparecerán en el
segundo plan del cuadro. En el primero veremos las discordias, á
veces sangrientas, entre los conquistadores, sus obstinadas
competencias y despojos recíprocos.
Tres actores principales aparecerán en la escena; y al referir
los hechos notables en que cada uno de ellos tuvo parte, dejaremos
al mismo tiempo trazada la serie de los acontecimientos que más
importa conocer. El primero de estos es el Adelantado Belalcazar,
gobernador de Popayán. Pasó ya, en verdad, la parte más brillante
de su carrera, y la que ahora va á ocuparnos está sembrada de
desengaños y de calamidades; pero no por esto deja ella de ser ni
menos interesante ni menos instructiva. El segundo es don Pedro de
Heredia, Adelantado y Gobernador de Cartagena. Los últimos años de
su vida son también un tejido de contratiempos y desgracias que
sufrió, según veremos, con el valor sereno y la insigne constancia
que caracterizaron siempre á este noble madrileño. Últimamente, el
Mariscal Jorge Robledo aparecerá un momento, para acabar después
ignominiosamente en el cadalso: muerte violenta, que arrojó una
mancha indeleble en la brillante hoja de servicios de Belalcazar,
el más distinguido de los conquistadores del territorio granadino,
y que causó su desgracia y su fin prematuro.
En el capítulo 14.o mencionamos la vuelta de España de
Belalcázar, con el titulo de Adelantado y Gobernador de Popayán, y
la autorización que dió á Robledo para continuar sus
descubrimientos al norte en el bajo Cauca, en el año de 1541. Poco
después que él arribó Vaca de Castro, comisionado regio para
arreglar las cosas del Perú, que andaban desconcertadas por los
bandos de Almagros y Pizarros. Supo éste el asesinato del Marqués
don Francisco Pizarro en Lima y la rebelión de don Diego
de Almagro, y comenzó á reunir tropas para presentarse en el Perú á
restablecer la autoridad real. Belalcázar fué el primero llamado á
Popayán, como era natural, siendo el jefe principal de esta
provincia y caudillo militar de tanta fama. Obedeció al instante,
y, reuniendo los soldados, de que pudo disponer, marchó en compañía
de Váca de Castro á Quito, y de allí á San Miguel, de donde lo
despidió éste, luego que se vió al frente de una fuerza suficiente,
con el pretexto de que su persona era necesaria en el territorio de
la vasta Gobernación de Popayán, cuyos habitantes no estaban bien
reducidos, pero en realidad, porque temía no tener la suficiente
libertad para mandar, conservando á su lado un jefe de tanta
influencia, el cual ciertamente podía decirse que había manifestado
alguna parcialidad al partido de Almagro, ayudando á la evasión del
capitán Pedroso, uno de los matadores de Pizarro, que, receloso de
que no se le impartiese el perdón que solicitaba, obtuvo de
Belalcázar un salvoconducto para pasar á su Gobernación. Pudiera
ser que en esto siguiera solamente Belalcázar los dictados de su
corazón naturalmente generoso; que debía inclinarse á favorecer á
un amigo desgraciado. No sin haber protestado con mucha firmeza
contra la desconfianza del comisario, se retiró muy disgustado
Belalcázar á Popayán. Halló esta ciudad siempre inquieta por los
Paeces en cuyo territorio se resolvió á entrar para sujetarlos,
pero no fué más dichoso que Ampudia. Fortificados en un peñón
inexpugnable cerca de Tálaga, se burlaron del conquistador de
Quito. En el último ataque perdió Belalcázar el bizarro Capitán
Tovar y muchos soldados; y fuéle forzoso retirarse poco airoso á
Caly, dejando ufanos á los paeces con tantas victorias.
Pasó luego á Cartago para averiguar el paradero de Robledo, cuya
conducta comenzaba ya á serle sospechosa. Allí supo la fundación de
Antioquia y la partida de Rebledo para España, con las miras de
obtener el gobierno de ese territorio. Irritado Belalcázar le
declaró desertor, y ordenó que se le considerase como á tal.
Observando después cuán difícil era á los vecinos de Cartago
sujetar y atender a los repartimientos de las tribus de Carrapa,
Paucura, Pozo, etc., decidió que se fundase otra posesión en Arma,
segregando de la jurisdicción de Cartago por el norte todo lo que
estaba fuera de los límites de la provincia de Quimbaya. A este
efecto comisionó al Capitán Miguel Muñoz. Trabajó luego en sujetar
á estos indígenas, que se mostraban siempre hostiles y obstinados,
valiéndose de las enemistades de las diferentes tribus entre sí,
pero no lo consiguió enteramente.
Mientras esto ocurría en la gobernación de Popayán, el
Adelantado don Pedro de Heredia, después dé su regreso de España á
Cartagena, gozando ya del real favor, y restablecido en todos sus
empleos y títulos, había obrado activamente. En primer lugar pasó á
la nueva villa de Mompox, fundada por su hermano, á castigar una
rebelión de los vecinos, que habían maltratado al Gobernador y
emprendido por su cuenta una expedición á lo interior. Don Pedro
Heredia logró darles alcance, prender á unos y dar muerte a otros,
aunque Zapata, el principal culpado, prefirió morir en las selvas,
pues nunca llegó á descubrirse su paradero. De vuelta á Cartagena
se aparejó de nuevo á hacer otra entrada por el río grande del
Darién, siempre en solicitud de las riquezas del Dabaibe, que eran
el Dorado de la provincia de Cartagena, como Manoa era el Dorado
de las provincias de lo interior. Después de muchos meses de
navegación trabajosa por el río, crecido á causa de las lluvias
incesantes, y asaltado frecuentemente por los indios, no llegó sino
á la isla grande que forma el Atrato abajo del río Bojayá. En un
combate con los indígenas fué allí herido gravemente el hijo del
gobernador Heredia; y este, desalentado y no viendo indicio alguno
de las riquezas que buscaba, desistió de la empresa y volvió á San
Sebastián de Urabá, en donde según dijimos, halló á Robledo, al
cual prendió y remitió á España, como usurpador de ajena
juridicción, y con la gente que le había quedado tomó Heredia la
vía de Antioquia, esperando indemnizarse aquí de los trabajos y mal
éxito de su jornada del Darién. No se verificó la de Antioquia sin
las penalidades consiguientes á una marcha por las montañas
silvestres de Abibe, de tal suerte, que los soldados llegaron todos
enfermos. La mayor parte de los vecinos amigos de Belalcázar no
quisieron sujetarse a Heredia ; otros le reconocieron, y, sin la
prudencia de este jefe, habría habido un combate sangriento que él
supo impedir, quedando herido en una mano al interponerse entre los
dos bandos. Retiráronse, pues, los vecinos disidentes, mas no
tardaron mucho en encontrar al Capitán Juan Cabrera, que con una
numerosa partida había destacado Belalcázar á tomar el mando de la
nueva colonia. Sabiendo este oficial que Heredia había enviado una
parte de la gente sana á explorar el país, es decir, á acopiar oro,
y que en la ciudad quedaban sólo algunos inválidos, redoblo sus
marchas, y llegando á Antioquia no tuvo dificultad en apoderarse de
la persona del Gobernador Heredia, remitiéndolo con suficiente
escolta preso á disposición de Belalcázar, y, lo que es más
escandaloso, permitió Cabrera el pillaje á su tropa, como si
entraran en país enemigo y no fueran todos vasallos del mismo
monarca. Armas, ropas, caballos, de todo fueron despojados los
soldados de Heredia.
Hacía ya tres años que estaba instalada la Real Audiencia de
Panamá, á cuya jurisdicción se habían sometido las gobernaciones de
Cartagena, Popayán y todo el Perú, segregándolas de la Audiencia de
Santo Domingo, á la cual quedaba siempre sujetas en el continente
las de Santa Marta y Venezuela. Belalcázar permitió á Heredia que
pasase á Panamá, embarcándose en el Pacífico, y pidió que la
Audiencia prohibiese al Gobernador de Cartagena entrar como lo
había hecho á manó armada en ajena jurisdicción. No consta cuál fué
la resolución de aquel tribunal, cuyos actos casi nunca fueron
justificados; pero sí sabemos que á Heredia se le restituyó la
libertad, de que usó, luego que llegó á Cartagena, para preparar
una nueva expedición con qué recuperar la provincia de Antioquia,
que él persistía en suponer pertenecía á su jurisdicción, y en
cuya posesión fundaba las esperanzas de riqueza futura, que ya no
le brindaba la de Cartagena.
Era ya entrado el año de 1544 , cuando ciertos corsarios
franceses, mandados por Roberto Baal, se apoderaron sin resistencia
de la ciudad de Santa Marta, que se hallaba indefensa, salvándose
al monte los vecinos que pudieron con el Gobernador Luis Manjarrés.
A este le enviaron un salvoconducto á fin de que saliera á tratar
del rescate de la ciudad; y no pudiéndose juntar la suma que los
corsarios exigían, incendiaron estos el pueblo, y aunque las casas
eran de paja, siempre se causó un gravísimo perjuicio. Esta fué la
primera de la triste serie de depredaciones que los corsarios y
piratas cometieron en las costas de la Nueva Granada por más de un
siglo; siendo esta una de las causas de no haber prosperado como
debieran en el siglo 16o las colonias de la costa granadina. Estos
corsarios no solo redujeron á pavesas la ciudad, sino que talaron
los huertos de árboles frutales, destrozando cuanto hallaron y
llevándose las cuatro piezas de artillería de bronce con que la
ciudad contaba para defenderse de los indios. De allí pasaron á
Cartagena, en dónde nada se sabia de la toma de Santa Marta, á
pesar de haber permanecido ocho días en este puerto los buques
enemigos: saltaron en tierra á media noche y, antes de que
amaneciera se habían hecho dueños de la ciudad; quedando herido D.
Antonio Heredia, hijo del Gobernador D. Pedro, en cuya casa se hizo
alguna resistencia, y muerto un oficial Bejines. Prendieron al
Obispo y á los vecinos que no huyeron, saquearon la ciudad, robando
cuarenta y cinco mil pesos de las arcas reales, y contentándose
después con algún oro que para evitar la destrucción total del
lugar les mandó ofrecer el Gobernador Heredia; lo desampararon
luego, dejando libre al Obispo y arruinado al Gobernador, cuyos
bienes robaron. Esta desgracia le aconteció el mismo día en que iba
á celebrarse el matrimonio de su hija con el capitán Mosquera,
ceremonia que debía festejarse con regocijos públicos, los cuales
se convirtieron en duelos, llanto y desolación.
No impidió Heredia tan pesada calamidad el llevar á efecto su
proyecto de volver á Antioquia, como lo verificó luego, ayudado de
algunos vecinos descontentos por el despojo de sus repartimientos,
que se habían ya variado cuatro veces, según el favor y la
incliriación que cada nuevo Jefe dispensaba á los habitantes,
divididos siempre en dos bandos, de cartaginenses y peruleros. El
capitán Tapia había favorecido á los primeros; y Alvaro Mendoza, el
capitán Cabrera y el Licenciado Madroñero á los segundos; y esta
alternativa de despojos se repitió todavía pocas veces. Algunos
meses permaneció Heredia en Antioquia, sin sacar todo el fruto que
se prometía, y al fin se determinó á regresar y hacer una visita á
Cartagena, dejando magistrados nombrados por él, que muy luego
fueron depuestos, y reconocida de nuevo la autoridad de Belalcázar.
Cuando D. Pedro Heredia llegó á Cartagena, se encontró con el
Licenciado Miguel Díaz de Armendáriz, que venía á tomarle
residencia y á promulgar las nuevas leyes que tanto escándalo y
trastornos causaron en toda la América Española y cuyo origen fué
el de que vamos á tratar con alguna extensión, porque el asunto es
importante y de mucha trascendencia.
Los informes unánimes de todos los religiosos y personas
imparciales que de Indias pasaban á España, confirmaban cada día
las fervorosas reclamaciones del venerable Obispo de Chiapa Fráy
Bartolomé de las Casas. Los trabajos excesivos á que los
encomenderos condenaban á los indios, destruían rápidamente la
población indígena del Nuevo Mundo; Fray B. de las Casas había
dicho en su protesta solemne, el año de 1542: “Si continúan
los repartimientos, aquel orbe quedará vaciado de infinitas
naciones de que ya han perecido quince cuentos sin ningún
sacramento. El daño que de ello resulte á España y á la humanidad,
los ciegos lo verán, los sordos lo oirán, los mudos lo clamarán; y
porque mi vida no puede ser larga, tomo por testigos á todas las
jerarquías y coros de los ángeles, y á todos los santos del cielo
y á todos los hombres del mundo, y en especial á los fuesen vivas
de aquí á muchos años, de esto testimonio que doy para descargo de
mi conciencia. Que si los indios se dan de cualquiera maneta á los
españoles, á pesar de cuantas leyes, estatutos y penas se les
pongan, sepa V. Majestad que es como si decretase que las Indias
queden yermadas y despobladas, como lo están todas las islas, y que
por aquellos pecados Dios ha de castigar con horribles castigos y
quizá totalmente destruir la España.” Y la experiencia venía
sin cesar á mostrar que no eran exageradas las provisiones del
apostólico Prelado. Encargada la conciencia del Emperador Carlos V,
descontento este de que hasta aquí los pobladores se hubieran
burlado de todas las ordenanzas de su augusta abuela la Reina D. a
Isabel, y de las expedidas en nombre suyo y de su madre la Reina D.
a Juana, hizo convocar una Junta de
Prelados, jurisconsultos y otras personas
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(1)
que se habían ocupado de los negocios
de Indias, la cual en su presencia discutió lo que más convenía al
remedio de los escandalosos abusos, y proveyeron una ordenanza que
no suprimía enteramente los repartimientos, que era la medida justa
y radical, pero imposible de llevar á efecto entonces sin tropas ni
magistrados asalariados enviados de España para contener á los
conquistadores; sino que consultaba los medios de que fuesen más
eficaces las medidas tantas veces ordenadas para proteger á los
indios. Quiso el Emperador que estas leyes se promulgasen con la
mayor solemnidad, y esto lo qué justamente lo que más disgustó á
los colonos, acostumbrados á no hacer caso ni cuenta de las
repetidas órdenes y circulares en favor de los indios.
A fin de que se vea con cuántas consideraciones eran tratados
los colonos, y cuán infundadas eran sus quejas, por lo menos en lo
que toca á la Nueva Granada, vamos á copiar las disposiciones que
excitaron mayor clamor.
<Que las Audiencias tengan particular cuidado del buen
tratamiento de los indios, y cómo se guarden las ordenanzas hechas
en su favor, y castiguen los culpados, y que no se dé lugar á que
los pleitos entre indios y con ellos, se hagan pleitos ordinarios,
sino que sumariamente se determinen guardando sus usos y
costumbres.>
<Que por ninguna causa, de guerra, rebelión ú otra, ni
rescate, ni de otra manera, no se pueda hacer esclavo indio alguno,
sino que sean tratados como personas libres y como vasallos Reales
que son de la corona de Castilla.>
<Que ninguna persona se pueda servir de los indios por
vía de naborias ni de otro modo alguno, contra su
voluntad.>
<Que las Audiencias, llamadas las partes, sin tela de
juicio, sola la verdad sabida, pagan en libertad á los indios que
fueren esclavos, si las personas que los tuviesen no mostrasen
título, cómo los poseen legítimamente; y que las Audiencias pongan
personas de diligencia que hagan la parte de los indios, y los
paguen de penas de cámara.>
<Que los indios no se carguen, y si en alguna parte no se
pudieran excusar, sea la carga moderada, sin peligro de su vida y
salud, y que se les pague su trabajo y lo hagan voluntariamente.
<Que ningún empleado del Rey, ni los monasterios,
religiones, hospitales, cofradías, etc., tengan indios
encomendados, y que los que tuvieren, luego sean puestos en la
corona real, y que aunque digan que quieren dejar los oficios y
quedatre con los indios, no les valga.>
<Que á todas las personas que tuvieren indios sin tener
títulos, sino que por su autoridad se han entrado en ellos, se los
quiten y pongan en la corona.>
<Y porque se ha entendido que los repartimientos dados á
algunos son excesivos, las Audiencias los reduzcan á una honesta y
moderada cantidad, y los demás se pongan en la corona, sin embargo
de cualquiera apelación, y á los primeros conquistadores que no
tienen repartimientos, se les den entretenimientos en los tributos
de los indios que se quitasen.>
<Que mereciendo los encomenderos ser privados de sus
repartimientos por los malos tratamientos hechos á los indios, se
pongan en la corona real.>
Que por ninguna vía ni causa, ningún Visorrey, Audiencia ni otra
persona pueda encomendar indios, sino que en muriendo la persona
que tuviese los dichos indios, sean puestos en la corona real, y si
entre tanto pareciese por los servicios del muerto que conviene dar
á la mujer é hijos algún sustentamiento, lo puedan hacer las
Audiencias, de los tributos que pagaren los indios.
Que las Audiencias tengan mucha cuenta que los indios que se
quedaren y vacaren sean bien tratados y doctrinados en las cosas de
nuestra Santa Fe Católica.
Que los que están descubriendo hagan la tasación moderada de los
tributos que han de pagar los indios, teniendo atención á su
conservación, y con el tal tributo se acuda al encomendero; de
manera que los castellanos no tengan mano, ni entrada, ni poder con
los indios, ni mando alguno, y que así se estipule expresamente en
todo nuevo descubrimiento.»
Descúbrese claramente por el extracto anterior, que el
pensamiento que dominaba en el ánimo de los miembros de la Asamblea
que sancionaron estas disposiciones, era el amortizar las
encomiendas, sometiendo á los indígenas á un tributo moderado que
debieran pagar á la Corona; y es preciso confesar que á pesar de
haber sido estas leyes desobedecidas, y modificadas ó reformadas
en mucha parte todavía el sacudimiento que ellas imprimieron en las
Indias fué en extremo saludable, y á ellas se debe en mucha parte
la conservación de la raza original, aunque el interés privado, que
sabe adoptar toda clase de disfraces, pudo todavía saquear, oprimir
y degradar á los indígenas bajo el régimen de los tributos reales,
según veremos en la segunda parte.
El Licenciado Armendáriz remitió al Adelantado Belalcázar copia
de estas leyes á fin de que las hiciese promulgar y cumplir en su
Gobernación. Superfluo es decir que ellas fueron tan mal recibidas
por los colonos del Cauca como por los demás de las Indias; más
Belalcázar los aplacó, haciéndoles presente las consecuencias
fatales de desobedecer al Monarca, los excitó á que después de
publicadas y acatadas como correspondía á tales vasallos, nombrasen
procuradores que pasarían á la Corte á solicitar su revocación, y
él, por su parte, con la mayor frescura, tomó sobre su
responsabilidad el suspender su ejecución, lo que es verosímil
contribuiría más á calmarlos que todas las reflexiones que les hizo
sobre los deberes de súbditos leales de la Corona. Entonces comenzó
en el Nuevo Mundo español á campear la fórmula irrisoria de
|se
obedece, pero no se cumple; con que se eludían las órdenes que
no les convenía ejecutar á los funcionarios de aquellas apartadas
comarcas. Belalcázar escribió desde Cali al Rey en 1544 una carta
en lenguaje bastante libre para un vasallo, improbando las nuevas
leyes, y quejándose al mismo tiempo del desaire que le había hecho
Vaca de Castro en el Perú, cuando por injuriosas sospechas le había
vedado continuar, en su compañía.
No tardó mucho, empero, en ponerse de nuevo la fidelidad de
Belalcázar á prueba. Arrojado del Perú el Virrey Blasco Nuñez Vela,
sucesor de Vaca, por los rebeldes, se retiró á la provincia de
Popayán, perseguido hasta Pasto por Gonzalo Pizarro. Desde allí
escribió al Gobernador pidiéndole auxilio para restablecer el
Gobierno real, excitación que se circuló á todas las autoridades de
las Indias. Acudió al punto y sin vacilar el Adelantado Belalcázar
al llamamiento, y se halló con el Virrey en Popayán en este año de
1545, y allí organizaron la expedición, con la cual marchó
Belalcázar, el valiente Capitán Juan Cabrera, y otros soldados de
nombradía, hasta el número de 400. Salieron de Popayán el 1° de
Enero de 1546, y el 17 avistaron las tropas de Pizarro en número
doble, ocupando una buena posición militar á las inmediaciones de
Quito, en el paso del río Guallabamba. Como parecía difícil el
forzar este paso, se determinó el Virrey en la noche, dejando los
fuegos encendidos, á marchar por su flanco izquierdo, y rodeando
por Yaruquí y Alangasí, ocupar á Quito, privando así de sus
recursos al enemigo. Pero esta maniobra excelente, si el circuito
no hubiera sido por campos tán ásperos, y á disposición de los l
ánimos en Quito no tan hostil á rígido magistrado, fué quizá la
causa principal de su ruina. Decayó en primer lugar el espíritu de
los soldados al ver á los vecinos de Quito tan favorables á
Pizarro, á quien consideraban como defensor de sus bienes y
derechos sobre los indios, de que iban á ser privados si triunfaban
las armas reales, y, lo que es peor, cansados los caballos de tan
penosa jornada. Esta fuerte razón por que los jinetes, en quienes
consistía la esperanza principal de la escasa fuerza del Virrey,
por ser todos caballeros de reputación y de grande destreza en el
manejo de las armas, aunque cargaron con la mayor gallardía al
principio de la acción del mismo día 18 de Enero en que se presentó
Pizarro en Añaquito, no pudieron conservar la ventaja adquirida, y
es muy verosímil que al haber tenido caballos descansados, la
victoria señalada que alcanzó Pizarro, hubiera favorecido los
pendones leales. Belalcazar regó con su sangre los ejidos de Quito,
y el cadáver del conquistador y fundador de Quito
habría sido vilipendiado por sus calles, sin la devoción del
Capitán Alvarado, amigo fiel hasta en la desgracia. Esté oficial,
que seguía el bando de Pizarro, le protegió, le conservó la vida,
y obtuvo del General victorioso que le concediera permiso para
volver á su Gobernación. Quizá Pizarro reconoció que el Adelantado
no había podido menos que seguir al Virrey, ó recordó los grandes
servicios que este ilustre caudillo había prestado en la conquista
del Perú. Esta gracia es tanto más de notarse cuanto que entonces
se vieron los actos de la más brutal y salvaje venganza. Asesinado
el Virrey en el campo de batalla, después de haber peleado
valientemente, algunos soldados miserables arrancaron sus barbas
canas y venerables para adornar con ellas sus gorras, mientras que
paseaban por la ciudad su cabeza mutilada en la punta de una
lanza. Pizarro, más político ó más caballero y humano, hizo
celebrar en su honor solemnes exequias, á las que asistió vestido
de luto.
Otros disgustos se reservaban á Belalcázar al volver á su
provincia. Supo en Cali que el Capitán Jorge Robledo había sido
nombrado en España Mariscal, y que Armendáriz lo destinaba como su
Teniente á las provincias del Sur, y resolvió, antes que sufrir
este abuso de autoridad, de parte del Juez de residencia, correr
todos los azares de la guerra y rechazar por la fuerza las
tentativas de Robledo. Este se
encaminó desde San Sebastián de Urabá á Antioquia. En el camino
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(2)
halló una partida de
españoles en colleras de hierro, que conducía una fuerte escolta á
Cartagena.
Eran los presos: el Licenciado Madroñero, ex Gobernador de
Antioquia, Gaspar de Ródas y otros Peruleros, que abusando dé su
autoridad, provocaron una conjuración de Tapia y los Cartaginenses.
Sorprendieron éstos á los del bando opuesto en el silencio de la
noche, y se descartaban de ellos despachándolos cargados de
prisiones para Cartagena. Alegróse Robledo de una ocasión que le
permitía tomar el mando en Antioquia sin oposición. Dejó que
continuasen los presos la marcha á su destino, exceptuando á Gaspar
de Rodas, á quien dió libertad y lo hizo regresar, por ser
antiguos amigos. Recibieron como Gobernador los vecinos de
Antioquia á Robledo, y poco después siguió éste su derrota para
tomar posesión de los demás pueblos, en los cuales, según se vio,
la opinión era más favorable á Belalcázar que lo que él creía; En
Arma el Cabildo se negó á recibir á Robledo, y tuvo que usar de
violencia quebrando la vara á uno de los Regidores. Tampoco lo
recibieron en Cartago como Gobernador sin protesta de haber cedido
solo á la fuerza. En Anserma los Oficiales reales se negaron á
entregarle los fondos existentes, y rompió las arcas para sacarlos;
medidas todas que le hacían odioso, y que, referidas al Adelantado
Belálcazar residente entonces en Cali, le pusieron espuelas para
salir á verse con quien tan sin ceremonia se portaba dentro de su
Gobernación. Enviáronse recíprocamente mensajeros, Belacázar negó
la autoridad que hubiera tenido Armendáriz para nombrarle Teniente
sin haberle antes residenciado, y requirió á Robledo para que
restituyese los fondos que había tomado violentamente del real
erario en Anserma, y le desocupase el territorio que le tenía
usurpado.
El Adelantado marchaba con ciento cincuenta soldados, y Robledo
no contaba sino con setenta. Así, se retiró á un sitio fuerte en la
toma del Pozo, al lado derecho del Cauca. De allí envió nuevos
mensajeros al Adelantado, que había contestado á los últimos con
palabras que dejaban alguna esperanza de aveniento. Mas aquí cesó
su fingimiento; temiendo que se le escapase el confiado Robledo,
prendió cerca de Carrapa á los últimos enviados, á fin de que no
llegara á noticia del mariscal su marcha, y, redoblándola,
sorprendió descuidado á Robledo en la noche del 1o. de Octubre del
año de 1546. Viendo éste que era inútil toda resistencia, en vez de
recurrir á la fuga, salió voluntariamente á presentarse á
Belalcázar, muy ajeno de la suerte que le esperaba. Este le
reconvino agriamente, llamándole desertor, traidor y usurpador;
pero dudando todavía si le mandaría matar, convoco á sus oficiales,
que estimaron que este era el partido más seguro. Diósele pues
garrote á este distinguido oficial, el 5 de Octubre, á pesar de que
reclamaba morir decapitado, como caballero. Fueron también
ajusticiados el comendador Sousa y tres oficiales mas. Sepultaron
sus cuerpos en una casa, que quemaron antes de abandonar aquel
lugar, á fin de borrar toda huella de las sepulturas, pero nada
valió, pues los indios de las inmediaciones las
descubrieron, y desenterraron los cuerpos para comérselos con aquel
apetito voraz y desenfrenado do carne humana que caracterizaba á
estas tribus casi salvajes. Así el cráneo del mariscal Robledo
verosímilmente adornaría por mucho tiempo uno de aquellos palenques
de guaduas situados en lagares testigos de sus primeras hazañas.
Despacho luego Belalcázar al capitán Coello á tomar posesión de la
ciudad de Antioquia y á castigar con el último suplicio á los
vecinos que habían depuesto á su teniente el licenciado Madroñero:
acompañaba á Coello Gaspar de Rodas, que debía quedar mandando en
el distrito. Este buen español, olvidando pasadas injurias, y
acordándose sólo de que era hombre y cristiano, despachó secreta y
anticipadamente un mensaje á sus mismos enemigos, previniéndoles de
la suerte que les esperaba si no se ponían en salvo, corno lo
hicieron, disponiendo de sus bienes y retirándose á Cartagena, y
pasando luego al Perú con el licenciado Gasca. Noble venganza de
Rodas, de que no hemos tenido la fortuna de encontrar muchos
ejemplos para recordarlos.
No hacía muchos meses que había vuelto Belalcázar á Popayán,
cuando recibió las órdenes del licenciado La Gasca para pasar al
Perú con el mayor número de tropas que le fuera posible juntar, á
fin de contribuir á castigar los rebeldes, vengar la muerte del
Virrey y restablecer el dominio dcl monarca español. Púsose pues en
camino por tercera vez hacia el Perú, alcanzó las tropas reales en
Huamanga, y tuvo la fortuna de hallarse á principios de 1548 en la
batalla de Xaquixaguana, en que terminó con su prisión y muerte el
alzamiento de Gonzalo Pizarro. El Adelantado Belalcázar mandaba la
caballería de Gasca, y aunque no llegó la ocasión de que esta se
empeñara, por la defección de las tropas de Pizarro desde el
principio del combate, sin embargo, el comisario regio despidió á
Belalcázar colmándole de elogios por su lealtad y la puntualidad
con que había concurrido desde tan remotas regiones al real
servicio.
Pocos meses después del retorno de Belalcázar á Popayán, llegó
también el oidor Briceñó con la misión de tomarle residencia que
fué rigurosa, particularmente respecto de la muerte de Robledo,
sobre cuyo castigo instaba sin cesar su viuda doña María Carbajal.
Aunque estamos muy lejos de pretender justificar A Belalcázar, no
es posible dejar de suponer que su juez, condenándole á muerte, no
obrara con alguna parcialidad, cuando vemos que no mucho después se
desposó el mismo con la viuda de Robledo. Otorgóse sin embargo al
Adelantado la apelación ante el Rey dando fianzas, y ciertamente
parece difícil que hubiera sido posible hallar en todo el reino
quien se prestase á dar la muerte á un caudillo tan querido y
popular como Belalcázar. Púsose éste tristemente en camino para la
corte, y la idea desconsoladora de presentarse como reo en España
se apoderó de tal modo de su ánimo, que murió de pena en Cartagena
el año de 1550 con general sentimiento de aquellos vecinos, los
cuales le hicieron suntuosas exequias en que no tuvo poca parte el
Gobernador. En efecto, don Pedro Heredia no había cesado de
dispensarle desde su llegada todas las consideraciones debidas á su rango y á su
desgracia, y los mayores cuidados durante su enfermedad.
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|(3)
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(1)
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“Mandó juntar personas de todos estados. así
prelados, caballeros y religiosos, como Ministros del Consejo,
porque las Republicas se han de gobernar con el consejo de muchos,
y, después de haber platicado y maduramente altercado y conferido,
en presencia del Rey diversas veces, visto el parecer de todos, sé
resolvió que, ya que estaban las cosas seguras en las Indias, bien
se podían comenzar á quitar y reformar las costumbres y abusos
pasados.” —Herrera, etc. Década 1. A. (Regresar a 1)
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(2)
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Decimos “camino,” que bien podía ya darse
el nombre de tal, á una senda que conducía de Antioquia al golfo
del Darién, por la que había transitado Cesar dos veces, una
Vadillo, luego Bernal, más tarde Robledo, Heredia cuatro veces, sin
contar con los mensajeros que iban y venían por la senda trillada
por estos hombres robustos, entre selvas y asperezas, las cuáles
hoy mismo parece que no han permitido ser exploradas por sus
sucesores, que son, sin duda, ó más delicados ó menos
emprendedores. (Regresar a
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El don Pedro de Heredia puso
luto
Con los demás vecinos principales.
Haciéndole sepulcro bies instruto,
Honrosos y cumplidos funerales,
Y encima de la tumba do yacía
Pusieron una letra que decía:
Ista Belalcázar potuit concludere tumba
Ipsins ad famam claudare non valuit.
Succubuit fatis, quae passim candida
turbant,
Gesta tamea calarno sunt celebranda pio.
CASTELLANOS parte 3.a(Regresar a
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