Mal éxito de las persecuciones de Gonzalo Jiménez de Quesada en
España.— Nombrase á D. Luis Alonso de Lugo por Adelantado de
Santa Marta y demás provincias nuevamente
descubiertas.——Desembarca en el Cabo de la Vela, y entra
por el valle de Upar al Magdalena.——Desalentado con los
contratiempos del camino, pretende tres veces abandonar la.
empresa. —Llega por fin á Vélez, luego á Tunja y á Santa
Fe.—-Quita las encomiendas y cobra todos los tributos por su
cuenta.—Prende á G. Suárez Rondón y comete todo género de
desafueros.—El capitán Vanegas descubre las minas de Sabandija
y Venadillo.——Somete á los Panches.—-Funda á
Tocaima.——Abandona Lugo su gobernación, y manda
Armendáriz, Juez de residencia, á su sobrino Pedro de Ursua, á
hacerse cargo del mando.——Visita á Santa Fe el primer
Obispo.
Dais el nombre de paz al desaliento
De la devastación .........................
...................................................
Dejando el mando en tanto por despojos
A un mercenario vil, cuya avaricia,
Mientras más atesora, mas codicia.
QUINTANA.
Queda dicho atrás cómo de los tres Generales que descubrieron el
Nuevo Reino de Granada, el único que logró buen despacho á su
llegada á la Corte que Belalcázar, cuya fama y distinguidos
servicios como conquistador del Perú y de Quito, eran bien
conocidos en España. No hubo, pues, dificultad en concederle el
título de Adelantado y de Gobernador de Popayán comprendiendo en su
demarcación desde Pasto hasta las sierras de Abibe. El Licenciado
Quesada, que podía alegar el merito de primer descubridor de una de
las regiones más importantes de Indias, y hacer valer al mismo
tiempo el número y grado de civilización de los pueblos que había
sujetado al dominio de su soberano, le faltó atrevimiento para
presentarse en la Corte á competir con D. Alonso Luis de Lugo, hijo
del Adelantado D. Pedro Arredráronle quizás las influencias que
daban á su competidor sus nobles enlaces, ó por ventura sentía
tener que entregarle las nueve porciones del botín de Tunja, que se
había apropiado, aunque correspondían legítimamente al Adelantado,
y prefirió pasar muchos años de su vida gastando su caudal en
ruinosos pasatiempos, en Francia é Italia, á emplearlo con
perseverancia en la Corte solicitando el gobierno de los países que
había descubierto. No hubiera faltado modo de compensar á D. Luis
de Lugo por los derechos adquiridos en virtud de la capitulación
celebrada con su padre, sobre todo cuando este se había quejado de
los sinsabores y disgustos graves que la conducta de su hijo le
había procurado, y había solicitado con ahínco su castigo. Mas
Quesada, que no conocía la Corte, desconfió de que sus méritos
apoyados en buen caudal pudieran triunfar, y dejó el campo libre á
su competidor, quien sin mucha dificultad obtuvo la confirmación
del nombramiento de Adelantado hecho en su padre por dos vidas, y
se preparó á salir á tomar posesión de su gobierno. Desvanecido
Quesada con sus riquezas, no hubo linaje de imprudencias que no
cometiera: ignorando los usos y etiqueta de la Corte, se presentó
en Flandes, hallándose esta de luto por la muerte reciente de la
Emperatriz, vestido de grana y franjas de oro, por lo que fué
severamente amonestado y aun incurrió en desgracia. Consolóse
viajando en Portugal, Francia é Italia, gastando en pocos años lo
suyo y lo ajeno, y volviendo á España como demandante pobre y
desvalido á solicitar el galardón de sus servicios, y, por lo
mismo, en la situación menos propia para obtenerlo. Sin embargo, la
importancia que iban adquiriendo los países que había descubierto
era tal, que no pudo denegársele, según veremos á su tiempo, un
razonable premio y condecoraciones que habrían sido más lucrativas
y eficaces si hubiera tenido tacto y habilidad para aprovechar el
momento oportuno de hacer valer sus servicios, como tuvo prudencia,
valor y firmeza para luchar en las Indias contra todo género de
contratiempos hasta lograr dar cima á su empresa.
En él año de 1542 llegó D. Luis Alonso de Lugo con su gente al
Cabo de la Vela y Ranchería que en aquellas inmediaciones se había
formado para la pesquería de las perlas; y corno estos lugares se
hallaban dentro del territorio de su mando, pidió á los oficiales
reales le diesen el dozavo de lo que existiese en caja, y,
denegándose uno de estos, abrió Lugo violentamente las arcas para
sacar lo que le correspondía, manifestando otra vez aquella ansia
de dinero que lo dominaba. De allí despachó algunos de sus
oficiales á Santa Marta para prevenir los buques que debían entrar
por el río de la Magdalena, mientras que él, quizás avergonzado de
presentarse en aquella ciudad después del escándalo que en ella dió
algunos años antes, defraudando á su padre y compañeros de la parte
del botín que les correspondía y que estaba en su poder, y
huyéndose con él á España, se resolvió, sin pasar por Santa Marta,
á entrar por el valle de Upar y, recorriéndolo, salir á las orillas
del Magdalena á juntarse con los buques en el sitio acostumbrado.
No se ejecutó esta jornada sin diversos combates con los Aruacos,
Guanebucanes y otras tribus que los hostilizaron en el tránsito,
desde el paso de la sierra de la Herrera hasta Tamalameque, ni sin
otros incidentes entre los cuales merece mencionarse el haberse
quedado rezagadas a la salida del valle algunas cabezas del ganado
que llevaban, que se hicieron silvestres y multiplicaron después
por sí mismas. Este fué el primer ganado vacuno que penetró hasta
el interior del Reino por Vélez y que después se propagó
con tal rapidez, gracias á la abundancia de los pastos y benignidad
del clima.
La flotilla tuvo por su parte que sostener una serie de combates
navales que no les permitían un instante de reposo. El indio
Francisquillo, de edad de diez y seis años apenas, y criado en
Santa Marta entre los españoles, era el enemigo más implacable que
estos tenían en el río Grande, y al cual obedecían millares de
indígenas de los que habitaban sus orillas. Dejaron los buques algo
arriba de la boca del Opón, y continuó su marcha Lugo por donde
mismo habían pasado Quesada y Lebrón; y tales eran el hambre, el
cansancio y las enfermedades de sus soldados, que tres veces estuvo
resuelto á volverse á Santa Marta, y la última lo habría verificado
sin duda, á no haber llegado alguna gente de Vélez para servirle de
guía y alentarlo. Aquí resalta el mérito superior de Quesada
respecto de Lugo y de Lebrón, que, pasando por donde mismo había
transitado el primero, y sabiendo que iban á tierra pacífica,
cedieron más de una vez al desaliento, mientras que el primero
jamás manifestó el menor síntoma de recelo ni de incertidumbre,
siendo así que marchaba á la ventura, por tierras nunca antes
holladas por los europeos.
Luego que Lugo llegó á Vélez, y que presentando sus títulos fué
recibido sin contradicción como Gobernador y Adelantado del Nuevo
Reino de Granada, comenzó á hacer las innovaciones que más
convenían á sus propios intereses, sin consultar el bien ó la
prosperidad de las colonias. Anuló los repartimientos hechos por
Galiano en la provincia de Guane, so pretexto que nadie había
podido hacerlos legalmente. El nuevo encomendero de Chianchon
pretendió extorsionar á este cacique, que, siendo de índole poco
sufrida, sacudió el yugo, mató á los tres perceptores que lo
mortificaban, y sublevó toda la provincia, que se aparejó á
conquistar de nuevo el capitán Rivera, usando, no ya de la política
de Galiano, sino de la mayor severidad.
Los inconvenientes y dificultades de la ruta que hasta aquí se
había seguido para entrar al Reino, movieron á los cabildos de las
tres ciudades de Vélez, Tunja y Santa Fe, á mandar hacer una
exploración para buscar otro camino, y efectivamente hallaron el
río Carare, en cuyas orillas se construyeron bodegas y se abrió un
camino más corto por tierra á Vélez, el cual sirvió por muchos años
para introducir todas las mercancías de España, con detrimento
considerable de los indios que los encomenderos alquilaban como
bestias de carga, haciéndoles cargar pesos desproporcionados a sus
fuerzas, y obligándoles además á que ellos mismos buscasen y
cargasen sus mantenimientos. Este maltrato, las guerras frecuentes
y de exterminio que se movían cada sublevación, las epidemias de
viruelas y sarampión, disminuyeron de tal modo la población que de
cerca de doscientos mil indígenas que habitaban la hoya del río
Sarasita y sus afluentes en la época del descubrimiento, no
quedaban ochenta años después, según Fray Padre Simón, sino como
mil seiscientos distribuidos en diversas encomiendas.
Persuadió luego Lugo á los demás encomenderos de las ciudades de
Santa Fe y Tunja, á que renunciasen sus encomiendas, ofreciéndose á
restituírselas de nuevo, al verificar legalmente los
repartimientos, usando de facultad que sólo él poseía: medio
ingenioso que le sugirió su codicia para enriquecerse; pues
mientras dilataba con varios pretextos el repartimiento definitivo,
cobraba para sí por medio de sus agentes los tributos de los indios
de todo el Reino; y como la influencia y autoridad de que gozaba
Gonzalo Suárez Rondón le hacia sombra y le inspiraba desconfianza,
fulminó contra él un proceso, lo cargó de prisiones, y le confiscó
los bienes; demasías que podían ejecutar impunemente los
magistrados que tan lejos se hallaban de ser contenidos por la
autoridad real residente en otro hemisferio.
La vista del oro que se iba juntando no podía menos de inspirar
á sujeto tan codicioso como el joven Adelantado el deseo de
averiguar los lugares de donde se sacaba aquel metal; y habiéndose
ofrecido un indígena á conducirlos á las minas, envió Lugo con
cincuenta hombres bien armados al capitán Hernán Vanegas, el cual
se encaminó por Zipacón á tierras de los Panches. Parece que estos
tenían espías muy diligentes, porque no bien hubieron bajado los
españoles á las juntas del río Vituimita con la quebrada de
Síquima, cuando les salió al encuentro el belicoso cacique Síquima
á la cabeza de algunos millares de guerreros que pusieron en
considerable aprieto á los soldados de Vanegas, quedando dos
malamente heridos y un caballo muerto. Sin los mastines, que por
primera vez veían los Panches y que hacían presa en ellos, según
estaban enseñados, por las partes más delicadas, mutilándolos del
modo más lastimoso, la victoria habría sido dudosa; más la
ferocidad de estos animales intimidó á los Panches y les hizo
retirarse á las alturas vecinas. Vanegas envió sus intérpretes á
convidarlos con la paz, y requiriéndolos se sujetasen al Rey, y en
respuesta mandaron como mensajero un gallardo joven, pintado de
negro, que les dijo que su cacique no convenía por ahora en
sujetarse, y que la materia sería considerada despacio; pero que si
lo que pretendían era pasar por sus tierras, sin detenerse en
ellas, les ofrecía que nunca serian molestados, corno no lo habían
sido ni aún las más pequeñas partidas de cristianos que habían
bajado en diversas ocasiones á embarcarse en el río Grande.
Continuó de esta manera su viaje Vanegas hasta el Magdalena, el
cual pasó en canoas que halló abundantemente en la orilla derecha,
y, siguiendo la poniente, el indio guía los condujo á un río que llamaron del Venadillo, por un
ciervo doméstico que criaban algunos indígenas en cierta casa
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(1)
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Más adelante hallaron el sitio en que el indígena les indicó
estaban las minas; y, en efecto, cavando y lavando hallaron
abundantes muestras de oro, y por aquellos indicios se
persuadieron de, que el guía no los engañaba. Determinaron, pues,
devolverse, después de haber pasado el río Sabandija, en que
hallaron también oro, para dar á Lugo tan faustas nuevas, á fin de
que se dispusiese lo conveniente en el laboreo de las minas: y
pensando que el viaje sería más corto por tierra de los Colimas,
enderezaron sus pasos al oriente, aunque bien pronto conocieron que
estos indígenas eran todavía más belicosos y menos corteses que los
Panches; y así, fatigados de sus frecuentes ataques, tuvieron que
volver atrás y tornar al camino por donde habían bajado.
Hizo Lugo muchas demostraciones de regocijo con la noticia de
las minas, se celebraron justas y torneos en Santa Fe, que era la
mayor y más costosa diversión que podía imaginarse en aquella
época, y de la que no pocas veces se siguieron heridas graves y aun
muertes. Mas como la dificultad mayor consistía en hallarse las
minas en tierras de indios no reducidos, se pensó ya seriamente en
sujetar á los Panches y en fundar una ciudad que sirviese de escala
para las futuras conquistas. Comisionó Lugo al mismo Vanegas, que
tenía todo el valor que era menester, sin faltarle la prudencia y
discreción para ablandar á los indígenas con buenas palabras y
regalos cuando así le convenía. Saco este Jefe de Santa Fe setenta
hombres de á pie y de á caballo, y no es de extrañarse que sólo
pudiera reunir tan corto número de soldados, si se atiende á que
Lugo perdió mucho más de la mitad de la gente que trajo de España
en su larga jornada del Magdalena, y á que con él llegaron menos de
cien soldados á Vélez, y si se recuerda que Hernán Pérez de Quesada
había llevado á la expedición del Dorado toda la gente que se halló
disponible en el Reino.
Avisados los Panches, se prepararon á defender sus tierras.
Repitiése el mismo combate con el Siquima que la vez pasada, y,
habiendo cometido Vanegas la falta de destacar al capitán Salinas
con cuarenta hombres hacia Vituima, con orden de buscar un sitio
cómodo para la fundación de la nueva colonia, fué este atacado
vigorosamente por hueste tan crecida, y los Panches acudieron en
tal número, que levantaron en peso á dos soldados en sus caballos,
y se los llevaran, á pesar de los esfuerzos de hombres y brutos, si
no hubiera ocurrido oportunamente el capitán con auxilio que
dispersó á los indios. Pero espantados. los españoles de tal
audacia y valor, se replegaron todos al campo de Vanegas; y éste
viendo qué no podía reducir al Siquima, ni por las armas ni por las
negociaciones, se determino á pasar adelante, al sur, á tierras del
cacique Lachimí, y como había tenido la fortuna de ganarse la
voluntad de un indio principal de los Panches con dádivas y
halagos, éste le sirvió de mucho para persuadir á Lachimí á que
concluyese la paz.
Recordemos que la nación de los Panches ocupaba tanto los valles
y quiebras como la falda occidental de la cordillera, desde lo que
hoy se llama Villeta, que era la frontera de los Colimas hasta la
sierra de Tibacuy, que los dividíá de los Sutagáos. Según el
testimonio de los cronistas, en este espacio de menos de treinta
leguas de largo y diez de ancho, habitaban más de cincuenta mil
indios, y parecían más fieros é indómitos, mientras más áspero era
el territorio que ocupaban. Así los más civilizados, y de índole
más pacífica, eran los Tocaimas, que vivían en terreno casi llano,
á orillas del Pati y del Magdalena: á estos seguían los Anapuimas,
los Suitamas, Lachimies, y, últimamente, los Siquimas, que eran los
más guerreros. Después venían los Colimas, cuyo centro era la
Palma, mucho más feroces que los Panches, y, finalmente, los Musos,
que fueron los últimos conquistados, y los que dieron más que hacer
á los españoles de todas las tribus que ocupaban como una cintura
la falda de la cordillera sobre cuyo lomo extenso, llano y
cultivado, habitaba la nación de los Chibchas, la más civilizada de
Nueva Granada, y la primera que
sujetó permanentemente la cerviz al yugo de la dominación
española.
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De Lachimí pasaron á Sutaima, que también les dió la paz, luego
que se persuadió que no se detendrían en sus tierras, y,
últimamente, á las que ocupaba el cacique Guacana, el más poderoso
y respetado de los Jefes comarcanos. Convocó éste el Consejo de los
Acaymas, que eran los individuos de más autoridad en la tribu, y
con su parecer se resolvió á recibir de paz á los castellanos. Vino
pues al campo español, adornado de sartales de cuentas de varios
colores en brazos, tobillos y sienes, y de fajas de oro, seguido de
gran número de sus vasallos, cargados de maíz, frutas, calabazos de
miel de abejas, y con semblante jovial y desembarazado abrazó á
Vanegas y repartió algunas joyas de oro entre los principales
castellanos, que con singular perspicacia acertó á reconocer entre
los demás á primera vista. Se le hizo una larga plática sobre los
misterios de la religión cristiana, obediencia al Emperador, y
sobre la voluntad que tenían los españoles de fundar una ciudad en
un terreno llano ameno á orillas del río Patiá que es el mismo
Funza que, después de precipitarse por la cascada de Tequendama,
corre presuroso á confundir las aguas que le quedan con las del
caudaloso Magdalena. Contestó Guacana, respecto de lo primero, que
no podía comprender nada, y que se difiriesen las explicaciones
para después; á lo segundo que no tenía dificultad en reconocer la
superioridad del Emperador, siendo tan grande príncipe como se
decía, y que tan poco se opondría á la fundación de la nueva
ciudad, y aun ayudaría por su parte á la construcción de las casas,
con tal que los otros caciques contribuyesen también con gente;
pues no era justo que todo el trabajo se recargase á sus vasallos.
Respuesta que miraron los españoles como muy racional, y que
aumentó el respeto y consideración que se había granjeado aquel
cacique, que tan solicitó se mostraba por sus súbditos.
A fines de Abril de 1544 se tomó, pues, posesión de aquella
tierra á nombre del Emperador Carlos V, y se celebraron las
ceremonias acostumbradas en la fundación de las ciudades, poniendo
á esta el nombre de Tocaima, eligiendo alcaldes y cabildo y dando
prisa á la construcción de la iglesia y casas. A poco tiempo dc
fundada, se hallaron minas de oro abundantes en sus inmediaciones,
á cuyo trabajo se condenaron los indios y se comenzaron á edificar
sólidos edificios de teja y conventos, aunque, por la mala elección
del sitio, las frecuentes inundaciones los destruyeron; y en 1621
fué preciso trasladarla al lugar en que hoy se encuentra, en
terreno más elevado, aunque los
edificios actuales no corresponden al lujo de las primeras
construcciones.
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(3)
Invitado Lachimí por una parte y Calandaima, cacique de Anapoima
por otra, para que ayudaran á los trabajos del desmonte y
construcción de las primeras casas, se denegaron con arrogancia.
Auxiliados los españoles entonces de los Tocaimas, que tenían
interés en no sufrir solos el peso de los nuevos huéspedes,
atacaron estos á los Lachimíes, y, después de un sangriento y
obstinado combate, en el que Guacana mostró mucho valor, los
Lachimíes fueron obligados á ceder al saber de sus enemigos.
Algunos soldados españoles quedaron heridos; pero los Tocaimas se
regalaron por muchos días con la carne de los Lachimíes sus
vecinos: horrenda costumbre, general en estos Panches, de comerse
los unos á los otros. También se sujetaron por la fuerza los
Anapuimas. El cacique Conchima, que habitaba los valles que rodean
hoy la Mesa de J. Díaz, se presentó voluntariamente; y al de
Iqueima, que se resistía, y cuyos estados comenzaban en la ribera
izquierda del río Fusagasuga, en donde éste entra al Magdalena, se
le dió una sorpresa que lo redujo á la obediencia, con lo cual
quedó sujeta á mediados del año de 1544 toda la tierra de los
Panches, y remitida al Adelantado la minuta de los indígenas
repartidos en encomiendas entre los vecinos de Tocaima, para su
aprobación. Esta pacificación, que fué lo único notable que se
ejecutó durante el período de
Gobierno de Lugo, se debe enteramente al Capitán Vanegas
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(4)
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Mas si Lugo se mostró lento y descuidado en promover los
intereses de las nuevas colonias, no lo fué en cometer todo género
de tropelías, robos y desafueros. Apropióse, como hemos visto, los
bienes del Capitán Gonzalo Suárez Rondón, que ascendían á cincuenta
mil ducados, y continuamente andaban sus agentes sacando santuarios
y violando sepulturas para acopiar oro. Luego que llegó Hernán
Pérez de Quesada de su malograda expedición del Dorado, lo encerró
el Adelantado Lugo en estrecha prisión, así como á otro hermano
menor de éste, recién llegado del Perú. Atropelló á los oficiales
reales que rehusaban entregarle el dozavo de las existencias en el
real Erario. Estos funcionarios lograron, sin embargo, escaparse de
la prisión, y reunidos á la tropa que en su alcance despachó Lugo,
se embarcaron en el Magdalena, cerca de Guataquí, bajaron á la
costa, y presentaron después sus quejas á la real Audiencia de
Santo Domingo. Para vengarse este Magistrado de un escribano que
había dado testimonio de ciertas declaraciones en su contra, inició
contra él una sumaria, y comisionó á un Alcalde ignorante, á fin de
que siguiese la causa. Este procedió tan expeditivamente, que la
misma noche en que recibió los autos, mandó dar garrote en la
prisión al desventurado escribano, y éste fué el primer asesinato
jurídico perpetrado en Santa Fé.
Por último, temeroso del Juez de residencia, que no podía tardar
ya en enviarse contra él, se dió tanta prisa, que para fines de
este año de 1544 se puso en camino hacia el Magdalena, después de
haber desterrado de antemano de todas las Indias á los Quesadas.
Sacó del Reino trescientos mil ducados en valores de oro y
esmeraldas, y llegó á Santa Marta llevando consigo presos á los
fundadores de Tunja y Vélez, Rondón y Galiano. Allí compró una nave
y se embarcó para España. tocando antes en la Ranchería de las
Perlas (Cabo de la Vela), en donde las autoridades detuvieron el
bajel, en virtud de Real Orden, hasta que restituyó el valor de las
perlas que había sacado violentamente de las arcas á su entrada en
el Reino. Púsose igualmente en libertad á los oficiales presos,
temiendo que este hombre, que no guardaba respeto humano alguno,
los mandara matar en el viaje de mar. Fué detenido después en la
Habana, pero tuvo astucia para escaparse, sobornando al juez con
tal arte, que logró que se le devolviese después,. en tela de
juicio, la suma del cohecho. Y, lo que es más, este facineroso
llegó á España, supo sacrificar oportunamente algunas sumas,
restituir una pequeña parte de la fortuna de Gonzalo Suárez Rondón,
pues los apoderados de éste, conociendo las intrigas de Lugo y las
influencias de que disponía, se conformaron con una transacción, y
obtuvo, por último, el nombramiento de Coronel y el mando de una
lucida tropa con que pasó á hacer la guerra en Italia. Falleció en
Milán de enfermedad, asaltado por las más espantosas visiones, pero
sus delitos quedaron impunes, y su vida sería siempre un ejemplo
de lo que puede el hombre audaz en una sociedad mal organizada.
Despreciado y mal quisto de casi cuantos le conocieron no reparando
en medios para conseguir la satisfacción de su pasión dominante,
dotado de una rara perseverancia, logró hacer casi siempre su
voluntad sin miramientos por los deberes de hijo, de amigo y de
magistrado.
Apenas había Lugo abandonado las costas de Nueva Granada, cuando
arribó á Cartagena Miguel Díaz de Armendáriz, encargado por el
Consejo de tomar á un tiempo residencia á los Gobernadores de
Cartagena, Popayán, San Juan y Santa Marta, en el cual se
comprendían todavía las colonias de lo interior, por no haberse
adoptado aún la denominación de Nuevo Reino de
Granada.
Por ausencia del Adelantado Lugo, había quedado gobernando en
Santa Fé el Capitán Lope Montalvo de Lugo, pariente de aquél. En
este tiempo hizo el cacique de Guatavita su tentativa de
alzamiento, que fué comprimida con muerte de muchos indios, y salió
derrotado de los Musos el Capitán
Martínez, á quien Lugo había encomendado su conquista
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(5)
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Vencido Armendáriz por las instancias de los vecinos de Santa
Fé, Vélez y Tunja, que se hallaban fuera de sus casas, y despojados
de sus bienes por el Adelantado Lugó, los que no se resolvían á
volver á lo interior mientras gobernar a Montalvo, y la acción de
los Caquecios, que así llamaban al bando opuesto al de los
Quesadas, por componerse en la mayor parte de los que entraron en
el Reino con Fredemán, atravesando el territorio de los indios
caquecios, despachó á su sobrino Pedro de Ursúa á Santa Fé, á
encargarse del mando, mientras él se desocupaba de sus residencias
en la costa. Embarcóse Ursúa con Gonzalo Suárez Rondón y los demás
desterrados en canoas ligeras que con brevedad los condujeron á la
boca del Carare, y luego por tierra á Vélez, en donde presentó sus
títulos y fué reconocido como Gobernador interino, siendo en
aquella época tan raras las comunicaciones entre las tres ciudades,
que llegó después á Tunja sin que allí se tuviera noticia de su
venida, y lo propio aconteció en Santa Fé, conque desconcertados
los amigos de Montalvo de Lugo, no opusieron resistencia y quedaron
desposeídos del mando. Un incendio acaecido en la casa que habitaba
Ursúa sirvió de pretexto para estrechar la prisión de Montalvo, del
Capitán Lanchero y de sus adherentes, con lo que se desmintió
pronto la promesa que había hecho el Ursúa de Gobernar con
imparcialidad y sin reacción; más este oficial era, aunque bien
intencionado, demasiado joven y sin experiencia para dejar de
aceptar el apoyo y consejos interesados de uno de los dos bandos en
que estaban divididas las colonias.
En el viaje de Ursúa por el Magdalena no se hace mención ni de
la villa de Mompox, fundada algunos años antes, ni de la de
Tamalameque, que en la orilla derecha del Magdalena había fundado
el año anterior de 1544 el Capitán Juan de Céspedes, por orden del
Adelantado Lugo, en una barranca alta, algunas leguas arriba de la
embocadura del río Cesari, en el sitio que se llamaba Sompallon,
que después se trasladó frente á Mompox, y mas tarde se restituyo
al punto de su primitiva fundación.
Cuando Ursúa llegó á Santa Fé, se preparaba Montalvo, sin
embargo de haber acompañado á Hernán Pérez de Quesada en su
desastrosa expedición á los Llanos, á emprender una nueva, en pos
del Dorado, asociado al Capitán Juan Cabrera, con quien debía
reunirse en Timaná, y juntos bajar la cordillera por los
Andaquíes. !Tánto llega á arraigarse en el ánimo de los hombres una
leyenda fabulosa, que es capaz de luchar por mucho tiempo con los
más tristes y costosos desengaños de la realidad!. Algunos de los
vecinos, alborotados ya y prevenidos para esta jornada, fueron
alistados poco después por el Capitán Valdés, para ir á socorrer al
Virrey del Perú, Blasco Núñez Vela, arrojado de su gobierno por el
usurpador Pizarro, aunque no llegaron á tiempo, por haber muerto el
Virrey á manos de los rebeldes en los campos de Añaquito, antes que
la compañía levantada en el Reino alcanzase á
Popayán.
Con Ursúa llegó también don Fray Martín Calatayud, monje
Jerónimo, quinto Obispo de Santa Marta y sucesor de don Juan
Fernández de Angulo; el cual tenía en Santa Fe, como su provisor,
al doctor Matamoros. No bien había puesto el pié en la nueva
colonia el Obispo, cuando comenzaron las competencias entre las
autoridades civiles y la eclesiástica. Pretendieron primero los
Cabildos que no debía permitirse al obispo nombrar Alguacil ni
establecer su tribunal mientras no estuviera consagrado; y habiendo
determinado pasar á Lima á consagrarse, y esperando que con su
autoridad podría templar los bandos civiles que despedazaban
entonces el Perú, y hacerse recomendable al monarca por un servicio
tan importante, lo requirieron los Cabildos á fin de que no hiciese
viaje tan dilatado, indicándole que convendría más á los intereses
de la Colonia que fuese á España á consagrarse y á hacer presentes
las necesidades y el desgobierno de las nuevas fundaciones. En una
palabra, pretendían enviar así un procurador autorizado á la Corte.
Allanóse por fin el Obispo, no sin haber previamente protestado
para mantener su independencia y sus derechos, con tal de que
contribuyesen con dos mil ducados las cuatro ciudades ya fundadas;
suma que se consideraba necesaria para los costos del viaje á
España, de ida y vuelta; pero esta cantidad no llegó á recogerse,
pues los Cabildos y regimientos eran más pródigos en requerimientos
que en limosnas. Así fué que el Obispo Cálatayud se dirigió á Lima
por tierra, verificando tan largo viaje á costa de la piedad de los
vecinos de los países por donde transitó en su prolongada
peregrinación. Se consagró efectivamente en Lima, y volvió a Santa
Marta, en donde murió.
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(1)
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Piedrahita supone que dos años antes había explorado el
capitán Baltasar Maldonado por orden de Quesada las faldas de la
Sierra Nevada de Tolima, entrando por el ameno valle de las Lanzas,
en donde después se fundó la ciudad de Ibagué y que halló pueblos
atrincherados en fuertes palenques, por lo que nombró esta región
provincia de los Palenques, y que en la expugnación de uno perdió
veintidós hombres; mas ninguna mención de esta circunstancia se
halla en los otros cronistas. (Regresar a
1)
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(2)
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Los Chibchas, sin embargo; no eran cobardes ni
inconstantes. Hoy mismo, después de trescientos años del régimen
más calculado para embrutecer y degradar una raza, hemos visto en
el Ejército de Nueva Granada batallones enteros compuesto. casi
exclusivamente de Indígena de raza chibcha dar los más brillantes
ejemplos de valor, serenidad, constancia y subordinación, y aun
de facilidad para adquirir la disciplina militar. (Regresar a 2)
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(3)
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Refiere el Padre Zamora, y también Piedrahita, que
habiendo descubierto los esclavos de un vecino de Tocaima, llamado
Juan Díaz Xaramillo, una mina de oro abundantísima, llegó éste á
ser uno de los más ricos propietarios del Reino, é hizo traer de
España, para la suntuosa casa de mampostería que construyó,
pavimentos de losa fina, los más ricos artesonados y otros adornos
cuyos despojos sirvieron después para enriquecer varios templos é
iglesias, entre ellos el monasterio de la Concepción de gótico. (Regresar a 3)
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(4)
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No ayudó poco á la sujeción de los Panches la falta total
de sal de Zipaquira de que se hallaban privados desde que los
castellanos, dueños de la llanura, estorbaban este tráfico. Así el
indio de Síquima, que sirvió á Vanegas de intermediario en todas
sus negociaciones, sacaba partido de esta circunstancia para
persuadirlos que se sometiesen, y siempre se observó que lo primero
que tomaban con ansia de entre los regalos que les hacía Vanegas,
de preferencia á los cascabeles, abalorios y bonetes colorados eran
los pedazos de sal. (Regresar a 4)
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(5)
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Era tanta la afición que los indígenas tenían a la cría de
aves domesticas, que aún las tribus no domadas habían logrado
procurarse por cambios, algunas gallinas. Dícese que en las
entrañas de una de las que encontró el Capitán Martínez en las
poblaciones de los Musos, se descubrieron las primeras muestras de
esmeraldas de aquella región; pues antes solo se conocían las de
Somondoco. (Regresar a 5)
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