INDICE




Prólogo
Introducción

CAPITULO I
Colón descubre las costas del istmo de Panamá...

CAPITULO II
Descubrimiento de las costas de la Nueva Granada desde el cabo Chichibacoa hasta el golfo de Urabá, por Ojeda y Bastidas.

CAPITULO III
Bajo la dirección de Vasco Nunez de Balboa, adquiere la Antigua del Darién mucha importancia.

CAPITULO IV
Desbaratan los Indios á Balboa...

CAPITULO V
Comiénzase el descubrimiento de las Costas del Chocó al sur...

CAPITULO VI
Entrada y crueldades del alemán Alfínger en el valle de Upar...

CAPITULO VII
Combate de Canopote...

CAPITULO VIII
Descubrimiento de Antioquia

CAPITULO IX
Jornada de Jorge Espira desde Coro á los Llanos del Apure, y de allí al Sur, hasta los afluentes del Amazonas

CAPITULO X
El   licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada marcha por los Chimilas hasta Tamalameque...

CAPITULO XI
Extensión y limites del territorio de los Chibchas ó Muíscas...

CAPITULO XII
Prosigue Quesada su descubrimiento...

CAPITULO XIII
Reúne Quesada sus tropas en Bogotá

CAPITULO XIV
Gobierno de Lorenzo de Aldana en el sur...

CAPITULO XV
Fundación de Timaná...

CAPITULO XVI
Mal éxito de las persecuciones de Gonzalo Jiménez de Quesada en España

CAPITULO XVII
Socorre el Adelantado Belalcázar al Gobernador Vaca de Castro, con tropas para reducir a los rebeldes en el Perú, y le despide este desabridamente...

CAPITULO XVIII
Llegada de Armendariz á Santa Fe y sus primeras tropelías...

CAPITULO XIX
Fundación de las villas de Almaguer y la Plata...

CAPITULO XX
Gobierno de la audiencia...
Catálogo
Manuscritos
Documento número siete
Fundación de Timaná, —Combates con los Paeces, Yalcones y otras tribus. y muertes de los capitanes Añasco y Ampudia. —Funda Galiano la ciudad de Vélez: descubrese y sujetase la provincia de Guane, hoy Socorro. —Alzamiento de Savoyá y otros indios de los contornos do Vélez.—Sale el capitán Gonzalo Suárez Rondon á fundar la ciudad de Tunja.—Jornada del licenciado Jerónimo Lebrón desde Santa Marta a Tunja.—Primeras cereales europeas en la planicie de la cordillera orlental de los Andes.—Deguella Hernan Perez de Quesada al ultimo Zaque.—Emprende la jornada del Dorado con mal éxito.—Combate con el cacique Tundama.—Acógense, huyendo de los tributos, los indios de Suta, Tausa, Simijaca, Lupachoque y Ocavita á lugares fuertes, de donde son desalojados con gran mortandad. 

 

” But the South American Indian was quaIified by his
 previous lnstitutions for a more refined legislation than 
could be adapted to the wild hunters of the forest; and, 
had the sovereign been there in person to superintend his 
conquests, he could never have suffered so large a portion 
of his vassals to be wantenly sacrificed to the cupidity 
and cruelty of the handfull of adventurers who subdued them.” 
PRESCOTT, Conquest of Peru. |

  

En la extremidad meridional del valle alto del Magdalena fundó el capitán Pedro de Añasco, por orden de Belalcazar, la villa de Timaná en 1540, en situación que pareció propicia para favorecer las comunicaciones entre Popayán y el río Grande de la Magdalena. Hizo luego Añasco viaje á Popayán, y, reconocida la autoridad de Lorenzo de Aldana, volvió á Timaná con algún auxilio de hombres y armas. Si este oficial hubiera podido dominar sus crueles inclinaciones, la colonia de Timaná, rodeada de numerosas tribus, muchas de ellas agrícolas y laboriosas habría prosperado rápidamente. En efecto, cerca del asiento de la nueva villa se hallaba la tribu de Ynando, cacique de índole pacífica, que permaneció siempre en paz con los españoles ; á esta seguía la muy numerosa de los Yalcones, que contaba cinco mil guerreros, las de los Apiramas, Pinaos, Guanacas, Paeces y demás que habitaban las aldeas y valles de la cordillera central.

Lejos de reducir y pacificar á los indígenas convecinos antes de hacer los repartimientos, comenzó Añasco por citarlos imperiosamente para imponerles los tributos y obligaciones que pretendía cumpliesen. El primer llamado fué un mancebo que mandaba junto con su madre, en una corta parcialidad, el cual temeroso de alguna tropelía, se abstuvo de concurrir el día citado. Determinó Añasco ejecutar en éste desventurado un castigo que sirviese de escarmiento á todos los demás; y sorprendiéndole á media noche en su habitación, lo hizo traer cautivo al campamento, en donde sin consideración por los lamentos y desesperación de su anciana madre, lo mandó quemar vivo á presencia de ésta. Hecho tan atroz produjo sus consecuencias naturales, á saber, la exasperación y alzamiento general de toda la tierra, que recorrió la Gaitana (que así llamaron los españoles á esta cacica) | | (1) , pidiendo venganza.

 Juntáronse de pronto más de seis mil indios, que atacaron de madrugada á Pedro Añasco, el cual con veinte hombres  andaba recorriendo los contornos, y á pesar de los prodigios de valor que ejecutaron estos en su defensa, todos fueron muertos, excepto tres que pudieron llevarse y llegar á Timaná con la noticia del desastre. Añasco cayó vivo en manos de sus enemigos, y, entregado á la Gaitana, esta le hizo sacar los ojos, y lo paseó con un dogal al cuello de pueblo en pueblo, hasta que pereció miserablemente. Y lo que prueba que no era solamente el deseo de vengar la muerte de su hijo lo que impulsaba á la célebre cacica, es que continuó aun después de la derrota de Añasco su predicación, exhortando á los caciques, y sobre todo á Pioanza, jefe principal de los Yalcones, á hacer el último esfuerzo por exterminar á sus opresores. Lograron aquellos en efecto interceptar toda comunicación con Popayán y sorprender y matar una partida de veinte españoles que se dirigían con ganados de cría á Timaná; más, á pesar de los más repetidos y formidables ataques, no pudieron romper ni vencer los ochenta españoles que componían aquella pequeña colonia, y á quienes el convencimiento de la suerte que les esperaba, si caían en manos de sus enemigos, daba fuerzas más que humanas. Por otra parte, su caudillo Juan del Río, que sucedió á Añasco en el mando, era uno de los mejores jinetes y más intrépidos justadores que habían pisado las Indias, especie de paladino que realizaba con sus hazañas cuanto se lee de más maravilloso en los libros de caballería, por la extraordinaria fuerza muscular y por la audacia casi fabulosa que en sus proezas se descubre.  

Entre tanto había llegado á Popayán la noticia del alzamiento de los paeces, y resolvió Juan de Ampudia, que mandaba aquella colonia, salir á lo que llamaban el castigo de las insolencias de los indígenas. Reunió para ello cerca de cien hombres sacando cuantos se hallaron capaces de tomar parte en la expedición en Cali y en Popayán. Mas sucedióle muy al revés de lo que esperaba; los indígenas hicieron valiente resistencia aprovechando la aspereza de su país; Ampudia murió de un lanzazo en el cuello en el último combate, y Francisco Tobar, su segundo, hubo de retirarse á Popayán desengañado. Así acabaron los capitanes Ampudia y Añasco, compañeros de Belalcázar, pagando con tan trágico fin las innumerables crueldades que habían cometido en la última jornada de Belalcázar al Cauca.

No fueron inútiles los nuevos esfuerzos de la Gaitana, pues logró reunir más de diez mil indígenas para hacer la última tentativa con el fin de arrojar á los españoles de Timaná. Avisaron los indios amigos á Juan del Río, que hacía tres días que la hueste enemiga estaba pasando el río grande; los hombres por vado, las mujeres en canoas, con todos los utensilios necesarios para celebrar la victoria que creían ya segura. Prevenidos, pues, los castellanos y fortificados, esperaron de pie firme el ataque, que se verificó al rayar el día, según la costumbre invariable de los indios. En esta ocasión venían armados de cuantos despojos habían podido adquirir de los españoles: clavos, tijeras, regatones de lanza, y hasta las guarniciones de las espadas afiladas aparecían engastadas á guisa de armas, que los igualaran con sus opresores. Los escuadrones de los indios estaban tan disciplinados, que apenas moría un hombre, era reemplazado al instante por otro; de manera que los de á caballo no podían penetrar, y sin algunos proyectiles encendidos que abrieron campo á Juan del Río y á los demás jinetes, el éxito habría sido dudoso. Una vez, sin embargo, que comenzó la matanza en lo interior de los escuadrones, ya los indios cesaron de resistir con vigor, y fueron atropellados y rotos, quedando el campo cubierto de millares de cadáveres. Esta era la tercera carnicería, y como aquellos indígenas no se desdeñaban de comer la carne de sus hermanos, las casas de los indios amigos y los patios aparecían cubiertos de tasajos de carne humana sacándose al sol. Horrible espectáculo, cuyo relato hace estremecer, y que, aunque con la natural repugnancia é indignación que él inspira, debe consignarse en la historia para manifestar los crímenes y feroces extravíos de que es capaz el hombre, dando ningún principio religioso ni humano lo dirige.

A pesar de la victoria, resolvieron los españoles abandonar aquella colonia, que estaba amenazada de continuas hostilidades de parte de sus belicosos vecinos. Los infantes pretendían volverse á Popayán, y los de á caballo seguir al Nuevo Reino de Granada; más los indios Yanaconas, traídos desde el Perú, que formaban la servidumbre inmediata de estos, cuidaban de los caballos, y de dar realce á las casas de los caballeros, rehusaron acompañarlos, apoyados por los peonés, á quienes estaban resueltos á seguir. Para evitar un rompimiento, tomaron entonces  la determinación de someterse al Capitán Juan Cabrera, que había tratado de fundar con  poca gente una población en Neiva, también por orden de Belalcázar, y del cual se sabía que estaba en vísperas de abandonarla por haberse enfermado sus pocos vecinos. Accedió Cabrera á la propuesta, y se hizo cargó del mando de la colonia de Timaná. Luego que los indígenas supieron que había nuevo jefe, imaginaron en su sencillez que su suerte sería mejor, y que se les guardaría la paz que se les diese. Presentáronse, pues, á Cabrera muchos con regalos de joyas, de oro y de frutas y provisiones: éste los recibió con aparente amistad y les pidió que vinieran en mayor número para construirles grandes y cómodas habitaciones. Trajeron, en efecto, la madera, y el primer día en que estaban ocupados en clavar los estantillos, descuidados y sin armas, los hizo rodear y matar el Juan Cabrera, con la más inaudita felonía, cosa que no sería posible creer si no estuviera atestiguada por todos los cronistas | | (2)

¿Qué maravilla es, pues, que el ánimo de aquellos moradores quedara para siempre enconado, y que en estos valles se originaran las guerras más crudas y más duraderas que los españoles tuvieran que sostener durante su dominación?

Entre tanto había llegado Andagoya á Popayán, y sabiéndose que enviaba á tomar el mando de la villa de Timaná al capitán Tobar, los capitanes Cabrera, Collantes y otros treinta más, todos amigos de Belalcázar, abandonaron el lugar y pasaron á Bogotá, desde donde muchos, y entre ellos Cabrera, volvieron de nuevo al Cauca, luego que supieron el regreso de Belalcázar des­de España, como Adelantado y Gobernador.

Retiráronse los indígenas de las cercanías de Timaná á lugares apartados y fuertes, adonde saliendo á buscarlos Tobar, quedó vencido, de modo que, no atreviéndose los indios á volver á atacar á los ,españoles en lo llano, ni éstos á los indígenas en sus montañas, hubo de hecho una tregua que duró algún tiempo, durante la cual se plantearon algunas haciendas de ganado en Timaná, y se descubrió que las mulas prosperaban singularmente en aquellos buenos pastos.

Dejemos por ahora las cosas del sur, y veamos lo que pasaba en Santa Fe de Bogotá después de la partida de Gonzalo Jiménez de Quesada. Conforme á las órdenes de éste, su hermano Hernán Pérez de Quesada, que en su ausencia gobernaba, apresuró el despacho del capitán Martín Galiano, que debía fundar la ciudad de Vélez en alguno de los sitios que los españoles habían recorrido á su llegada al país. Salieron de Santa Fe á mediados de junio de 1539. A los seis días llegaron á Tinjacá ó pueblo de los olleros, en donde se fabricaba de arcilla gran cantidad de vasijas con que traficaban sus moradores, tan atentos á su industria, que las visitas de los españoles no fueron parte para distraerlos de sus antiguas ocupaciones. Aquí hubo pareceres que debían echarse los fundamentos de la nueva población, por ser país sano, fértil y con abundancia de pescado en la laguna vecina; mas Galiano no lo consintió por quedar muy cerca de Santa Fe. En Suta quisieron también probar que era sitio sano y de delicioso clima; mas quedaba distante de los lugares en que, saliendo los viajeros del Magdalena, necesitarían de recursos y de descanso. Continuaron, pues, hasta el lugar en que la quebrada de Ubasá desagua en el Saravita ó Suárez, y allí, el 3 de Julio del mismo año de 1539, fundaron la ciudad de Vélez, repartiendo solares y eligiendo alcaldes y regidores. | | (3) Este sitio resultó malsano, y por Septiembre de aquel año trasladaron los colonos la cuidad á tierras del cacique Chipatá, en el mismo lugar en que hoy se encuentra. Trabajaron las indios circunvecinos, y los que habían traído de Santa Fe, en construir espaciosas y cómodas habitaciones. Al cacique Saboyá y á sus súbditos les tocó la fábrica de la Iglesia, pero apenas la terminó, se retiró disgustado, y fue siempre enemigo implacable de los castellanos.

No bien establecidos todavía los nuevos colonos, y á pesar de la estación de las lluvias, salió una numerosa partida hacia las serranías, al poniente, cuyos habitantes vivían sujetos á los caciques Agatá y Cocomé. El objeto de esta excursión era buscar las minas de oro que entendieron había en el valle del Sapo. Hallaron buena acogida en los moradores de aquellas tierras, sin cuyo auxilio habrían muchos perecido de sed, trepando aquellos recuestos desprovistos de aguas vivas, y en donde los indios se veían obligados á cavar estanques profundos en que recogían las aguas en la estación lluviosa para usar de ellas en la estación del verano. Debieron corresponder, sin embargo, muy mal los huéspedes á este buen recibimiento, según se colige de que, á la vuelta de su inútil y laboriosa jornada de quince días, por entre los riscos que separan el río Horta del Carare, obligados á trepar muchas veces por maromas de bejucos, los Agatáes y Cocomés los hostilizaron fuertemente, quedando heridos algunos españoles en la guazabara que les dieron los indios al regreso, con lo que llegaron á Vélez estropeados y sin más botín que una u otra alhajuela de oro que habían robado.

Siendo los indígenas que habitaban cerca de las nuevas poblaciones el origen de la riqueza de los colonos, puesto que se los repartían en mayor ó menor número según sus méritos, y éstos, qué llamaban encomenderos, les exigían tributos más ó menos duros, conforme á su prudencia ó á su codicia, no podía consentir Galiano en él alzamiento de los Agatáes. Partióse, pues, con intención de sujetarlos, y por muchos días les hizo cruda guerra, cortando las narices y las orejas á los infelices prisione­ros, á fin de que sirviesen de escarmiento, y trayendo cautivos á la ciudad cuantas mujeres y muchachos logró haber á las manos. Los infelices padres y esposos, impelidos por el coraje ciego que produce la desesperación, se arrojaban sobre las puntas de las espadas españolas, y así perecieron por centenares, pretendiendo quitarles los cautivos. Guiado por consejos más prudentes y humanos, dió luego sin embargo Galiano libertad á éstos, y obtuvo en recompensa promesas de paz y de sujeción.

Al nordeste del asiento de la nueva ciudad se descubría un valle extenso, que algunos de los compañeros de Alfínger, ya entonces vecinos de Vélez, suponían y con razón, ser el mismo á que habían dado vista por el lado opuesto, cuando subieron á los páramos de Pamplona. Era esta, en efecto, la fértil, industriosa y pobladísima provincia de Guane, á cuya conquista se preparo el capitán Galiano. El suelo de esta provincia es un plano inclinado al poniente, desde la cresta de la cordillera oriental de los Andes, regado de ríos caudalosos que forman valles y quiebras de una maravillosa feracidad, porque todo es de formación caliza, que sólo en donde faltan las aguas deja de producir los más suculentos frutos, granos y raíces. Todos estos ríos desaguan en el Suárez, que forma al pie de la cordillera de Gachas, la cual divide este valle del Magdalena, un torrentoso canal, a cuya margen izquierda la tierra, aunque igualmente fértil, es estrecha y de corta extensión. El Suárez entra en el Sogamoso á la extremidad de la provincia, y juntos se abren paso por la serranía occidental para precipitarse en el Magdalena. Aunque el clima es en lo general caliente, por la profundidad del valle y por estar defendido de los vientos fríos del éste, y aunque en temples análogos y aun más fríos, habían hallado los españoles á las tribus indígenas desnudas, las que habitaban la provincia de Gua­ne se hallaban ya en un grado de civilización bastante avanzado para usar vestidos. Fabricaban curiosas telas de algodón, hamacas, fajas, etc. Ceñíanse una manta y se cobijaban con otra, atadas las puntas sobre el hombro izquierdo, corno el legislador de los Chibchas, su maestro.

El primer pueblo que los Españoles pisaron en aquella provincia fué el de Poasaquie, cuyo cacique, llamado Corbaraque huyó con todos los moradores. Lograron los españoles descubrir el lugar de su retiro, y con buenos tratamientos reducir y ganarse estas gentes dóciles, que volvieron á su pueblo. Luego pasaron más al norte, á otro valle llamado Poyma, quizás lo que hoy llamamos Oiba, | | (4) y como habían sabido el buen trato que die­ron á los de Poasaque, les salieron de paz y les regalaron mantas, provisiones y algunas joyas de oro fino. 

  No les aconteció  así en Chalalá, pues los habitantes mostraron querer defender la entrada de sus tierras, en cuya porfía, tratando los españoles de evitar un rompimiento á la entrada de tan populosa provincia, gastaron ocho días en parlamentos y persuasiones, hasta que se vieron obligados á atacarlos, prendiendo muchas familias, y observando que toda aquella gente era más lucida y de tez más blanca que la que hasta allí habían visto, sobre todo las mujeres, que eran her­mosas, aseadas, y hablaban con mucha gracia y donaire. | | ( | |5) | |

 Siguieron luego por las orillas del río, en donde hallaron grandes caseríos abandonarlos por sus moradores, que habían dejado en ellos lo que poseían, apropiándose los castellanos sin escrúpulo las mantas y otros efectos que les convinieron.

Supieron los españoles que hacia la derecha, e’ lugares altos y peñascosos, habitaba el cacique Macaregua, rico y belicoso, y determinaron ir á buscarlo, aunque les costó caro, porque hallaron una porfiada resistencia. En el combate murió de una lanzada de macana tostada al fuego un soldado, y otro quedó mal herido. Los indios fueron desalojados por fin, pero nada hallaron de las riquezas que buscaban. Se infiere, sin embargo, que el botín habido hasta entonces no era muy escaso, porque aquí herraron con oro bajo, á falta de hierro, los pocos caballos que llevaban, prefiriendo hacer este sacrificio á dejarlos despeados en aquellos recuestos pedregosos. Digiéronse luego á la parte que les habían asegurado quedaba la gran población cíe Guanentá, cuyos moradores, sorprendidos, se fugaron sin hacer resistencia, seguidos por los españoles, que se dividieron en dos trozos, uno de los cuales se detuvo á orillas de una quebrada, en donde combatieron los naturales fugitivos con mucho valor: vencidos al fin y muertos, se hallaron en los cadáveres varias chagualas y otros adornos de oro. Marchaban los castellanos sin cesar, temerosos de que se congregase la infinita población que por todas partes se descubría, | |(6) pues no siendo sino cincuenta infantes y algunos de á caballo, los inquietaba aquel gentío tan considerable. 

Llamóles la atención el pueblo de Burtaregua, situado cerca de la cordillera alta del oriente, y cuyas sementeras, regadas por medio de acequias, ofrecían agradable aspecto. Los naturales habían puesto en cobro sus haciendas, y se habían retirado á hondas cavernas que presentan aquí por todas partes aquellas peñas, en lugares inaccesibles para todos, menos para la codicia de los españoles, que consiguieron trepar por varias sendas. Furiosos los indios, se precipitaron tan ciegamente sobre los castellanos, que los que no morían al filo de las espadas de éstos en lo bajo de las gradas, se despeñaban, pues no podían volver atrás por el número de sus compañeros que empujaban hacia abajo en aquellos estrechos senderos. Los pocos indígenas que quedaron, movidos de las persuasiones de los intérpretes, se sujetaron tristemente á los españoles, que los enviaron á que solicitasen de los demás la paz y amistades. Acudió Macaregua á la invitación, trajo los vestidos y armas del español muerto en su pueblo, y algún oro, con lo que fué perdonado. Estos sucesos influyeron en la sumisión de los habitantes de otros dos pueblos, por donde transitaron luego Bocaré y Choaquete, pero no en el cacique Chianchon, que prefirió correr la suerte de las armas, y defendió con cuarenta hombres su pueblo con tal valor, que casi todos perecieron, y el cacique, maniatado, fué conducido á presencia del capitán Galiano, el cual lo persuadió que debía prestar obediencia, y lo hizo poner en libertad. En los demás pueblos que reco­rrieron los castellanos, á saber: Siscota, Cotisco, Caraheta, el valle de Sancoteo y Cispainata, todos grandes y prósperos por su agricultura y población, fueron muy bien acogidos. Hicieron aquí un cálculo aproximado de la población, para hacer los repartimientos á su regreso á Vélez, de cuya minuta desgraciadamente no nos han conservado memoria los cronistas, y caminando al sur, después de cuatro meses de haber salido, volvieron á Vélez á mediados de este año de 1540.

Estaban aquellos vecinos apretados con la sublevación general de los indios de toda la comarca, capitaneados por Savoyá, y habían tenido que ocurrir á Santa Fe por auxilio. Empleóse Galiano, en perseguir por los riscos y cavernas á los naturales, no sin peligros, pues las púas envenenadas que éstos dejaban en loa senderos trillados, mataron algunos hombres y caballos. Aquí lo dejaremos para dar cuenta de la fundación de Tunja.

Más tarde que Galiano se despachó Gonzalo Suárez Rondón para salir á fundar la ciudad de Tunja, á pesar de estar previsto el sitio y ser más corta la distancia á Santa Fe. Verificóse la partida á fines de Julio de 1539, y el 6 de Agosto del mismo año aniversario de la fundación de Santa Fe, se practicaron las ceremonias prescritas en semejantes casos: se instaló el cabildo, nom­bráronse alcaldes, escribano y Alguacil Mayor, y se repartieron los solares, despojando á Aquiminzaque sucesor del viejo zaque Quemunchatocha, de su cercado, pues la ciudad se fundó en el mismo sitio descampado rodeado de barrancas y de lomas limpias, en donde los Zaques tenían su residencia, como á veinticinco leguas al nordeste de Bogotá, y como esta ciudad sobre la misma planicie elevada de la cordillera oriental. | |(7) .

Salió luego el capitán Baltazar Maldonado, Alguacil Mayor á hacer las demarcaciones de límites de la nueva población y la minuta de los pueblos para poder verificar el repartimiento entre los fundadores; y Hernán Pérez de Quesada pasó á Tunja á ejecutarlo, no sin graves quejas, atribuyéndosele que había aventajado indebidamente á los soldados de Belalcázar, que habían logrado captarse su agrado con presentes, halagos y otros medios ilícitos y aun criminales.

Muy pronto terminó el Licenciado Jerónimo Lebrón, Gobernador de Santa Marta, los aprestos de la expedición con la que se proponía tomar posesión del mando del Nuevo Reino de Granada. En siete barcas salieron de Santa Marta cien hombres, á cargo del capitán Alonso Martín, que debía cooperar por el río con los doscientos que por tierra sacó el Gobernador, para encontrarse en la boca del río Cesare, punto que había servido de reunión á Quesada. Los buques atravesaron, no sin peligro, la barra del río, después de haberse visto obligados á echar al agua parte de la carga; otros entraron por la Ciénaga, y con mil penalidades salieron al Magdalena, después de cortar bajo las aguas, con infinitas penas, las raíces de mangles y otros obstáculos que embarazaban los caños. Así el temor de zozobrar en las bocas del Magdalena hizo hallar un camino más corto y que entonces se transitó por la primera vez. Reunidos los siete buques, tuvieron que sufrir una serie de guazabaras navales, desde Menchiquejo y Talahigua hasta Sompallon; pues los indios no escarmentaban con sus frecuentes derrotas, ni con los estragos que hacían los tiros de Pedrero en las masas densas de canoas bajas, llenas de indios desnudos, con que se cubrían las aguas del rió á cada nuevo ataque. No podían ellos imaginar que siete barcos tripulados con cien hombres, dejaran de sucumbir bajo los esfuerzos repetidos de millares de hombres, y de flotillas que se renovabán sin cesar. 

A mediados del año de 1540 llegó Lebrón por tierra á la embocadura del Cesare, y continuó su jornada sin que nada ocurriera digno de mencionarse en la subida del río. Hacer una reseña de los sucesos ocurridos, sería repetir la monótona narración del que aconteció á Quesada. Traía Lebrón las primeras mujeres españolas que entraron al Reino, y también semillas de cereales y de hortalizas. Llegados al Barranca Bermeja ó La Tora, supieron que á las orillas de un vasto lago que comunicaba con el río, y que quedaba al oriente, había muchas poblaciones que no descubrió el Licenciado Quesada en su primer viaje. Una pequeña partida visitó algunas, cautivando ciertos indígenas | | (8) que sirvieron de guías para mostrar las trochas, ya casi borradas en el bosque, por donde habían transitado los descubridores cuatro años antes.

 

(1)   ..............Llamada la Gaitana 
o  fuese nombre propio manifiesto, 
O que por españoles fuese puesto.
Con esto se partió dando clamores
Todas las horas sin cerrar la boca;
Los extremos que hace son mayores,
Y de más furia que de mujer loca;
A todos los caciques y señores
Se queja, y á venganza los provoca,
Hasta tasto que ya ganó los votos
De los cercano. y de los remotos.
CASTELLANOS, parte 3.a(Regresar a 1)   
(2) Y estando todo ellos descuidados 
En asentar los palos embebidos, 
Del Juan Cabrera fueron asaltado. 
Y de los que con él eran venidos. 
CASTELLANOS , parte 8.a  
“Llegaron con esta llaneza, á quienes acarició Cabrera fingiendo más amistad de la que les hizo, pues estando todos poniendo la madera de la casa, hizo dar Santiago sobre ellos á sus soldados (temeridad indigna  de pecho cristiano, etc.)”Fray Pedro  Simón 2.a noticia, 3.a parte. (Regresar a 2)  
(3)     Fueron los primeros alcaldes J. Alonso de la Torre y Alonso Gascon, que murió poco después á causa de sus crueldades, á manos de los indios; regidores, Marcos Fernández, Antonio Pérez, Juan del Prado y Francisco Fernández, y escribano Pedro Salazar. Por Justicia mayor el capitán  Martín Galiano, hidalgo valenciano que había servido con honra en los tercios españoles que militaron en Italia con el General Antonio de Leiva, según llevamos dicho.(Regresar a 3)
(4)   Hay, es verdad, un sitio que se llama Poima, pero que no está en la dirección que seguían actualmente los Españoles.(Regresar a 4)
(5)  “Las mujeres de la provincia de Guane, dice Fray P. Simón, son de muy buen parecer, blancas y bien dispuestas, y más amorosas de lo que es menester.” Los españoles se maravillaban de la extraordinaria facilidad con que estas indias aprendían el castellano, pues en dos ó tres meses lo hablaban con tanta propiedad como cualquier hijo de un mercader de Toledo. Esta disposición contrastaba con la torpeza que siempre manifestaron los españoles para aprender las lenguas de los indios. Los que trajo Quesada, naturales de la costa de Santa Marta, á pesar de no saber una palabra del idioma de los Chibchas, y de no tener relación con el suyo propio, fueron los que primero lo aprendieron, y servían de intérpretes. Así esta raza americana manifestaba entendimiento más despejado que el de sus conquistadores, que la creían incapaz de civilización.(Regresar a 5)
 (6)  “La tierra estaba ya tan alborotada, que no había cumbre ni ladera que no se pareciese cubierta de indios, dando mil gritos y voces, con la boca y con sus caracoles y bocinas que hacían de cañas huecas, porrque la gente era tanta, que parecía sola la provincia de Guane un mananantial de indios, y que las peñas y breñas los brotaban, pues el la poca tierra qué hemos dicho tenían, había más de treinta mil casas, y en cada una todo un linaje o parentela, con que hervía toda la gente. F .P. SIMÓN.—5.’ nota, parte 2’, manuscrito |Apud me.(Regresar a 6)  
(7)    Fueron Juan de Pineda y Jorge de Olmedo los primeros alcaldes y regidores el capitán Juan del Junco, Gómez del Corral, Diego Segura, Pedro Colmenares, Fernán Banegas, Antonio Bermudez y Fernando Escalante. Gonzalo Suárez Rondón, el fundador de Tunja, era también segundo jefe del Reino, por la ausencia de Quesada, y había militado en Italia y hallándose en la batalla de Pavía y en África. El Rey don Sancho armó caballero y dió el apellido de Rodón á uno de sus progenitores, por una carga brillante ejecutada contra los moros en Algecira. El 23 de Julio de 1819 otro bravo militar del mismo apellido, el Coronel Rondón, rindió su vida en campo glorioso, no lejos de Tunja, combatiendo por la República. Ningún monumento se ha erigido á la memoria de este valiente oficial, y su nombre mismo se ha omitido al hablar de aquella batalla en la historia de las campañas del Libertador por un distinguido escritor venezolano. Sería de desear que la tacha de ingratitud no pudiera, aplicarse con justicia á las Republicas.(Regresar a 7)
(8) Quiero copiar aquí lo que refiere F. P. Simón como ocurrido en esta ocasión en la primera refriega con los indios que habitaban las márgenes de aquella ciénaga, porque muestra bien á que brutales impulsos obe­decían muchos de los descubridores. “Defendianse los indios cuanto era menester para dar lugar á que se pusiese en cobro su hacienda, hijos y mujeres, cuando Francisco Muñoz, soldado valiente, codicioso de haber á las mano. una moza do buen pare­cer, rompió por entre los que hacían resistencia, y apartándose de sus com­pañeros, la asió de los cabellos. La cual, resistiendo el cautiverio, daba vo­ces a su marido, que no fué perezoso para llegarle al socorro; y como halló tan ocupado y embebido al soldado en sujetar la bárbara hermosura, y que habia dejado caer la rodela en la refriega, tuvo lugar y buena ocasión de dispararle una flecha envenenada, con que lo hirió en un hombro, y ya iba á secundar otra, cuando llegó Pedro Niño, y de una cuchillada le cortó el arco y lo hirió en una mano, con que se embraveció más el indio fiero, y fiado en sus fuerzas, embistió con el Pedro Niño á brazo partido, con que anduvieron ambos bregando buen espacio de tiempo, haciendo cada cual lo que podía, hiriendo á su contrario con la cabeza, rodilla, palma y mojicones, hasta que ambos juntamente cayeron al pie de una palma de que salieron tantas avispas, que cubrieron el desnudo cuerpo del Indio y ayudaron á rendirlo con sus aguijones. La mujer, que ya había desamparado el Francisco Muñoz con el dolor del flechazo, aunqe pudiera huir, no le pareció ser esto de mujeres honradas sino ayudar á su marido en cuanto pudo, y así ambos quedaron cautivos, y no fueron de poca importancia como guías en el camino de la montaña que entonces emprendieron.(Regresar a 8)  

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