” But the South American Indian was quaIified by his
previous lnstitutions for a more refined legislation
than
could be adapted to the wild hunters of the forest;
and,
had the sovereign been there in person to superintend
his
conquests, he could never have suffered so large a
portion
of his vassals to be wantenly sacrificed to the
cupidity
and cruelty of the handfull of adventurers who subdued
them.”
PRESCOTT, Conquest of
Peru.
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En la extremidad meridional del valle alto del Magdalena fundó
el capitán Pedro de Añasco, por orden de Belalcazar, la villa de
Timaná en 1540, en situación que pareció propicia para favorecer
las comunicaciones entre Popayán y el río Grande de la Magdalena.
Hizo luego Añasco viaje á Popayán, y, reconocida la autoridad de
Lorenzo de Aldana, volvió á Timaná con algún auxilio de hombres y
armas. Si este oficial hubiera podido dominar sus crueles
inclinaciones, la colonia de Timaná, rodeada de numerosas tribus,
muchas de ellas agrícolas y laboriosas habría prosperado
rápidamente. En efecto, cerca del asiento de la nueva villa se
hallaba la tribu de Ynando, cacique de índole pacífica, que
permaneció siempre en paz con los españoles ; á esta seguía la muy
numerosa de los Yalcones, que contaba cinco mil guerreros, las de
los Apiramas, Pinaos, Guanacas, Paeces y demás que habitaban las
aldeas y valles de la cordillera central.
Lejos de reducir y pacificar á los indígenas convecinos antes de
hacer los repartimientos, comenzó Añasco por citarlos
imperiosamente para imponerles los tributos y obligaciones que
pretendía cumpliesen. El primer llamado fué un mancebo que mandaba
junto con su madre, en una corta parcialidad, el cual temeroso de
alguna tropelía, se abstuvo de concurrir el día citado. Determinó
Añasco ejecutar en éste desventurado un castigo que sirviese de
escarmiento á todos los demás; y sorprendiéndole á media noche en
su habitación, lo hizo traer cautivo al campamento, en donde sin
consideración por los lamentos y desesperación de su anciana madre,
lo mandó quemar vivo á presencia de ésta. Hecho tan atroz produjo
sus consecuencias naturales, á saber, la exasperación y alzamiento
general de toda la tierra, que
recorrió la Gaitana (que así llamaron los españoles á esta cacica)
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(1)
, pidiendo venganza.
Juntáronse de pronto más de seis mil indios, que atacaron de
madrugada á Pedro Añasco, el cual con veinte hombres andaba
recorriendo los contornos, y á pesar de los prodigios de valor que
ejecutaron estos en su defensa, todos fueron muertos, excepto tres
que pudieron llevarse y llegar á Timaná con la noticia del
desastre. Añasco cayó vivo en manos de sus enemigos, y, entregado á
la Gaitana, esta le hizo sacar los ojos, y lo paseó con un dogal al
cuello de pueblo en pueblo, hasta que pereció miserablemente. Y lo
que prueba que no era solamente el deseo de vengar la muerte de su
hijo lo que impulsaba á la célebre cacica, es que continuó aun
después de la derrota de Añasco su predicación, exhortando á los
caciques, y sobre todo á Pioanza, jefe principal de los Yalcones, á
hacer el último esfuerzo por exterminar á sus opresores. Lograron
aquellos en efecto interceptar toda comunicación con Popayán y
sorprender y matar una partida de veinte españoles que se dirigían
con ganados de cría á Timaná; más, á pesar de los más repetidos y
formidables ataques, no pudieron romper ni vencer los ochenta
españoles que componían aquella pequeña colonia, y á quienes el
convencimiento de la suerte que les esperaba, si caían en manos de
sus enemigos, daba fuerzas más que humanas. Por otra parte, su
caudillo Juan del Río, que sucedió á Añasco en el mando, era uno de
los mejores jinetes y más intrépidos justadores que habían pisado
las Indias, especie de paladino que realizaba con sus hazañas
cuanto se lee de más maravilloso en los libros de caballería, por
la extraordinaria fuerza muscular y por la audacia casi fabulosa
que en sus proezas se descubre.
Entre tanto había llegado á Popayán la noticia del alzamiento de
los paeces, y resolvió Juan de Ampudia, que mandaba aquella
colonia, salir á lo que llamaban el castigo de las insolencias de
los indígenas. Reunió para ello cerca de cien hombres sacando
cuantos se hallaron capaces de tomar parte en la expedición en Cali
y en Popayán. Mas sucedióle muy al revés de lo que esperaba; los
indígenas hicieron valiente resistencia aprovechando la aspereza de
su país; Ampudia murió de un lanzazo en el cuello en el último
combate, y Francisco Tobar, su segundo, hubo de retirarse á Popayán
desengañado. Así acabaron los capitanes Ampudia y Añasco,
compañeros de Belalcázar, pagando con tan trágico fin las
innumerables crueldades que habían cometido en la última jornada de
Belalcázar al Cauca.
No fueron inútiles los nuevos esfuerzos de la Gaitana, pues
logró reunir más de diez mil indígenas para hacer la última
tentativa con el fin de arrojar á los españoles de Timaná. Avisaron
los indios amigos á Juan del Río, que hacía tres días que la hueste
enemiga estaba pasando el río grande; los hombres por vado, las
mujeres en canoas, con todos los utensilios necesarios para
celebrar la victoria que creían ya segura. Prevenidos, pues, los
castellanos y fortificados, esperaron de pie firme el ataque, que
se verificó al rayar el día, según la costumbre invariable de los
indios. En esta ocasión venían armados de cuantos despojos habían
podido adquirir de los españoles: clavos, tijeras, regatones de
lanza, y hasta las guarniciones de las espadas afiladas aparecían
engastadas á guisa de armas, que los igualaran con sus opresores.
Los escuadrones de los indios estaban tan disciplinados, que apenas
moría un hombre, era reemplazado al instante por otro; de manera
que los de á caballo no podían penetrar, y sin algunos proyectiles
encendidos que abrieron campo á Juan del Río y á los demás jinetes,
el éxito habría sido dudoso. Una vez, sin embargo, que comenzó la
matanza en lo interior de los escuadrones, ya los indios cesaron de
resistir con vigor, y fueron atropellados y rotos, quedando el
campo cubierto de millares de cadáveres. Esta era la tercera
carnicería, y como aquellos indígenas no se desdeñaban de comer la
carne de sus hermanos, las casas de los indios amigos y los patios
aparecían cubiertos de tasajos de carne humana sacándose al sol.
Horrible espectáculo, cuyo relato hace estremecer, y que, aunque
con la natural repugnancia é indignación que él inspira, debe
consignarse en la historia para manifestar los crímenes y feroces
extravíos de que es capaz el hombre, dando ningún principio
religioso ni humano lo dirige.
A pesar de la victoria, resolvieron los españoles abandonar
aquella colonia, que estaba amenazada de continuas hostilidades de
parte de sus belicosos vecinos. Los infantes pretendían volverse á
Popayán, y los de á caballo seguir al Nuevo Reino de Granada; más
los indios Yanaconas, traídos desde el Perú, que formaban la
servidumbre inmediata de estos, cuidaban de los caballos, y de dar
realce á las casas de los caballeros, rehusaron acompañarlos,
apoyados por los peonés, á quienes estaban resueltos á seguir. Para
evitar un rompimiento, tomaron entonces la determinación de
someterse al Capitán Juan Cabrera, que había tratado de fundar con
poca gente una población en Neiva, también por orden de Belalcázar,
y del cual se sabía que estaba en vísperas de abandonarla por
haberse enfermado sus pocos vecinos. Accedió Cabrera á la
propuesta, y se hizo cargó del mando de la colonia de Timaná. Luego
que los indígenas supieron que había nuevo jefe, imaginaron en su
sencillez que su suerte sería mejor, y que se les guardaría la paz
que se les diese. Presentáronse, pues, á Cabrera muchos con regalos
de joyas, de oro y de frutas y provisiones: éste los recibió con
aparente amistad y les pidió que vinieran en mayor número para
construirles grandes y cómodas habitaciones. Trajeron, en efecto,
la madera, y el primer día en que estaban ocupados en clavar los
estantillos, descuidados y sin armas, los hizo rodear y matar el
Juan Cabrera, con la más inaudita felonía, cosa que no sería posible creer si no estuviera
atestiguada por todos los cronistas
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|
(2)
.
¿Qué maravilla es, pues, que el ánimo de aquellos moradores
quedara para siempre enconado, y que en estos valles se originaran
las guerras más crudas y más duraderas que los españoles tuvieran
que sostener durante su dominación?
Entre tanto había llegado Andagoya á Popayán, y sabiéndose que
enviaba á tomar el mando de la villa de Timaná al capitán Tobar,
los capitanes Cabrera, Collantes y otros treinta más, todos amigos
de Belalcázar, abandonaron el lugar y pasaron á Bogotá, desde donde
muchos, y entre ellos Cabrera, volvieron de nuevo al Cauca, luego
que supieron el regreso de Belalcázar desde España, como
Adelantado y Gobernador.
Retiráronse los indígenas de las cercanías de Timaná á lugares
apartados y fuertes, adonde saliendo á buscarlos Tobar, quedó
vencido, de modo que, no atreviéndose los indios á volver á atacar
á los ,españoles en lo llano, ni éstos á los indígenas en sus
montañas, hubo de hecho una tregua que duró algún tiempo, durante
la cual se plantearon algunas haciendas de ganado en Timaná, y se
descubrió que las mulas prosperaban singularmente en aquellos
buenos pastos.
Dejemos por ahora las cosas del sur, y veamos lo que pasaba en
Santa Fe de Bogotá después de la partida de Gonzalo Jiménez de
Quesada. Conforme á las órdenes de éste, su hermano Hernán Pérez de
Quesada, que en su ausencia gobernaba, apresuró el despacho del
capitán Martín Galiano, que debía fundar la ciudad de Vélez en
alguno de los sitios que los españoles habían recorrido á su
llegada al país. Salieron de Santa Fe á mediados de junio de 1539.
A los seis días llegaron á Tinjacá ó pueblo de los olleros, en
donde se fabricaba de arcilla gran cantidad de vasijas con que
traficaban sus moradores, tan atentos á su industria, que las
visitas de los españoles no fueron parte para distraerlos de sus
antiguas ocupaciones. Aquí hubo pareceres que debían echarse los
fundamentos de la nueva población, por ser país sano, fértil y con
abundancia de pescado en la laguna vecina; mas Galiano no lo
consintió por quedar muy cerca de Santa Fe. En Suta quisieron
también probar que era sitio sano y de delicioso clima; mas quedaba
distante de los lugares en que, saliendo los viajeros del
Magdalena, necesitarían de recursos y de descanso. Continuaron,
pues, hasta el lugar en que la quebrada de Ubasá desagua en el
Saravita ó Suárez, y allí, el 3 de Julio del mismo año de 1539, fundaron la ciudad de Vélez,
repartiendo solares y eligiendo alcaldes y regidores.
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|
(3)
Este sitio resultó malsano, y por
Septiembre de aquel año trasladaron los colonos la cuidad á tierras
del cacique Chipatá, en el mismo lugar en que hoy se encuentra.
Trabajaron las indios circunvecinos, y los que habían traído de
Santa Fe, en construir espaciosas y cómodas habitaciones. Al
cacique Saboyá y á sus súbditos les tocó la fábrica de la Iglesia,
pero apenas la terminó, se retiró disgustado, y fue siempre enemigo
implacable de los castellanos.
No bien establecidos todavía los nuevos colonos, y á pesar de la
estación de las lluvias, salió una numerosa partida hacia las
serranías, al poniente, cuyos habitantes vivían sujetos á los
caciques Agatá y Cocomé. El objeto de esta excursión era buscar las
minas de oro que entendieron había en el valle del Sapo. Hallaron
buena acogida en los moradores de aquellas tierras, sin cuyo
auxilio habrían muchos perecido de sed, trepando aquellos recuestos
desprovistos de aguas vivas, y en donde los indios se veían
obligados á cavar estanques profundos en que recogían las aguas en
la estación lluviosa para usar de ellas en la estación del verano.
Debieron corresponder, sin embargo, muy mal los huéspedes á este
buen recibimiento, según se colige de que, á la vuelta de su inútil
y laboriosa jornada de quince días, por entre los riscos que
separan el río Horta del Carare, obligados á trepar muchas veces
por maromas de bejucos, los Agatáes y Cocomés los hostilizaron
fuertemente, quedando heridos algunos españoles en la guazabara que
les dieron los indios al regreso, con lo que llegaron á Vélez
estropeados y sin más botín que una u otra alhajuela de oro que
habían robado.
Siendo los indígenas que habitaban cerca de las nuevas
poblaciones el origen de la riqueza de los colonos, puesto que se
los repartían en mayor ó menor número según sus méritos, y éstos,
qué llamaban encomenderos, les exigían tributos más ó menos duros,
conforme á su prudencia ó á su codicia, no podía consentir Galiano
en él alzamiento de los Agatáes. Partióse, pues, con intención de
sujetarlos, y por muchos días les hizo cruda guerra, cortando las
narices y las orejas á los infelices prisioneros, á fin de que
sirviesen de escarmiento, y trayendo cautivos á la ciudad cuantas
mujeres y muchachos logró haber á las manos. Los infelices padres y
esposos, impelidos por el coraje ciego que produce la
desesperación, se arrojaban sobre las puntas de las espadas
españolas, y así perecieron por centenares, pretendiendo quitarles
los cautivos. Guiado por consejos más prudentes y humanos, dió
luego sin embargo Galiano libertad á éstos, y obtuvo en recompensa
promesas de paz y de sujeción.
Al nordeste del asiento de la nueva ciudad se descubría un valle
extenso, que algunos de los compañeros de Alfínger, ya entonces
vecinos de Vélez, suponían y con razón, ser el mismo á que habían
dado vista por el lado opuesto, cuando subieron á los páramos de
Pamplona. Era esta, en efecto, la fértil, industriosa y pobladísima
provincia de Guane, á cuya conquista se preparo el capitán Galiano.
El suelo de esta provincia es un plano inclinado al poniente, desde
la cresta de la cordillera oriental de los Andes, regado de ríos
caudalosos que forman valles y quiebras de una maravillosa
feracidad, porque todo es de formación caliza, que sólo en donde
faltan las aguas deja de producir los más suculentos frutos, granos
y raíces. Todos estos ríos desaguan en el Suárez, que forma al pie
de la cordillera de Gachas, la cual divide este valle del
Magdalena, un torrentoso canal, a cuya margen izquierda la tierra,
aunque igualmente fértil, es estrecha y de corta extensión. El
Suárez entra en el Sogamoso á la extremidad de la provincia, y
juntos se abren paso por la serranía occidental para precipitarse
en el Magdalena. Aunque el clima es en lo general caliente, por la
profundidad del valle y por estar defendido de los vientos fríos
del éste, y aunque en temples análogos y aun más fríos, habían
hallado los españoles á las tribus indígenas desnudas, las que
habitaban la provincia de Guane se hallaban ya en un grado de
civilización bastante avanzado para usar vestidos. Fabricaban
curiosas telas de algodón, hamacas, fajas, etc. Ceñíanse una manta
y se cobijaban con otra, atadas las puntas sobre el hombro
izquierdo, corno el legislador de los Chibchas, su
maestro.
El primer pueblo que los Españoles pisaron en aquella provincia
fué el de Poasaquie, cuyo cacique, llamado Corbaraque huyó con
todos los moradores. Lograron los españoles descubrir el lugar de
su retiro, y con buenos tratamientos reducir y ganarse estas gentes
dóciles, que volvieron á su pueblo. Luego pasaron más al norte, á otro valle llamado
Poyma, quizás lo que hoy llamamos Oiba,
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(4)
y como habían sabido el
buen trato que dieron á los de Poasaque, les salieron de paz y les
regalaron mantas, provisiones y algunas joyas de oro
fino.
No les aconteció así en Chalalá, pues los habitantes
mostraron querer defender la entrada de sus tierras, en cuya
porfía, tratando los españoles de evitar un rompimiento á la
entrada de tan populosa provincia, gastaron ocho días en
parlamentos y persuasiones, hasta que se vieron obligados á
atacarlos, prendiendo muchas familias, y observando que toda
aquella gente era más lucida y de tez más blanca que la que hasta
allí habían visto, sobre todo las
mujeres, que eran hermosas, aseadas, y hablaban con mucha gracia y
donaire.
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(
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|5)
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Siguieron luego por las orillas del río, en donde hallaron
grandes caseríos abandonarlos por sus moradores, que habían dejado
en ellos lo que poseían, apropiándose los castellanos sin escrúpulo
las mantas y otros efectos que les convinieron.
Supieron los españoles que hacia la derecha, e’ lugares
altos y peñascosos, habitaba el cacique Macaregua, rico y belicoso,
y determinaron ir á buscarlo, aunque les costó caro, porque
hallaron una porfiada resistencia. En el combate murió de una
lanzada de macana tostada al fuego un soldado, y otro quedó mal
herido. Los indios fueron desalojados por fin, pero nada hallaron
de las riquezas que buscaban. Se infiere, sin embargo, que el botín
habido hasta entonces no era muy escaso, porque aquí herraron con
oro bajo, á falta de hierro, los pocos caballos que llevaban,
prefiriendo hacer este sacrificio á dejarlos despeados en aquellos
recuestos pedregosos. Digiéronse luego á la parte que les habían
asegurado quedaba la gran población cíe Guanentá, cuyos moradores,
sorprendidos, se fugaron sin hacer resistencia, seguidos por los
españoles, que se dividieron en dos trozos, uno de los cuales se
detuvo á orillas de una quebrada, en donde combatieron los
naturales fugitivos con mucho valor: vencidos al fin y muertos, se
hallaron en los cadáveres varias chagualas y otros adornos de oro.
Marchaban los castellanos sin cesar, temerosos de que se congregase la infinita
población que por todas partes se descubría,
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|(6)
pues no siendo sino cincuenta
infantes y algunos de á caballo, los inquietaba aquel gentío tan
considerable.
Llamóles la atención el pueblo de Burtaregua, situado cerca de
la cordillera alta del oriente, y cuyas sementeras, regadas por
medio de acequias, ofrecían agradable aspecto. Los naturales habían
puesto en cobro sus haciendas, y se habían retirado á hondas
cavernas que presentan aquí por todas partes aquellas peñas, en
lugares inaccesibles para todos, menos para la codicia de los
españoles, que consiguieron trepar por varias sendas. Furiosos los
indios, se precipitaron tan ciegamente sobre los castellanos, que
los que no morían al filo de las espadas de éstos en lo bajo de las
gradas, se despeñaban, pues no podían volver atrás por el número de
sus compañeros que empujaban hacia abajo en aquellos estrechos
senderos. Los pocos indígenas que quedaron, movidos de las
persuasiones de los intérpretes, se sujetaron tristemente á los
españoles, que los enviaron á que solicitasen de los demás la paz y
amistades. Acudió Macaregua á la invitación, trajo los vestidos y
armas del español muerto en su pueblo, y algún oro, con lo que fué
perdonado. Estos sucesos influyeron en la sumisión de los
habitantes de otros dos pueblos, por donde transitaron luego Bocaré
y Choaquete, pero no en el cacique Chianchon, que prefirió correr
la suerte de las armas, y defendió con cuarenta hombres su pueblo
con tal valor, que casi todos perecieron, y el cacique, maniatado,
fué conducido á presencia del capitán Galiano, el cual lo persuadió
que debía prestar obediencia, y lo hizo poner en libertad. En los
demás pueblos que recorrieron los castellanos, á saber: Siscota,
Cotisco, Caraheta, el valle de Sancoteo y Cispainata, todos grandes
y prósperos por su agricultura y población, fueron muy bien
acogidos. Hicieron aquí un cálculo aproximado de la población, para
hacer los repartimientos á su regreso á Vélez, de cuya minuta
desgraciadamente no nos han conservado memoria los cronistas, y
caminando al sur, después de cuatro meses de haber salido,
volvieron á Vélez á mediados de este año de 1540.
Estaban aquellos vecinos apretados con la sublevación general de
los indios de toda la comarca, capitaneados por Savoyá, y habían
tenido que ocurrir á Santa Fe por auxilio. Empleóse Galiano, en
perseguir por los riscos y cavernas á los naturales, no sin
peligros, pues las púas envenenadas que éstos dejaban en loa
senderos trillados, mataron algunos hombres y caballos. Aquí lo
dejaremos para dar cuenta de la fundación de Tunja.
Más tarde que Galiano se despachó Gonzalo Suárez Rondón para
salir á fundar la ciudad de Tunja, á pesar de estar previsto el
sitio y ser más corta la distancia á Santa Fe. Verificóse la
partida á fines de Julio de 1539, y el 6 de Agosto del mismo año
aniversario de la fundación de Santa Fe, se practicaron las
ceremonias prescritas en semejantes casos: se instaló el cabildo,
nombráronse alcaldes, escribano y Alguacil Mayor, y se repartieron
los solares, despojando á Aquiminzaque sucesor del viejo zaque
Quemunchatocha, de su cercado, pues la ciudad se fundó en el mismo
sitio descampado rodeado de barrancas y de lomas limpias, en donde
los Zaques tenían su residencia, como á veinticinco leguas al
nordeste de Bogotá, y como esta
ciudad sobre la misma planicie elevada de la cordillera oriental.
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|(7)
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Salió luego el capitán Baltazar Maldonado, Alguacil Mayor á
hacer las demarcaciones de límites de la nueva población y la
minuta de los pueblos para poder verificar el repartimiento entre
los fundadores; y Hernán Pérez de Quesada pasó á Tunja á
ejecutarlo, no sin graves quejas, atribuyéndosele que había
aventajado indebidamente á los soldados de Belalcázar, que habían
logrado captarse su agrado con presentes, halagos y otros medios
ilícitos y aun criminales.
Muy pronto terminó el Licenciado Jerónimo Lebrón, Gobernador de
Santa Marta, los aprestos de la expedición con la que se proponía
tomar posesión del mando del Nuevo Reino de Granada. En siete
barcas salieron de Santa Marta cien hombres, á cargo del capitán
Alonso Martín, que debía cooperar por el río con los doscientos que
por tierra sacó el Gobernador, para encontrarse en la boca del río
Cesare, punto que había servido de reunión á Quesada. Los buques
atravesaron, no sin peligro, la barra del río, después de haberse
visto obligados á echar al agua parte de la carga; otros entraron
por la Ciénaga, y con mil penalidades salieron al Magdalena,
después de cortar bajo las aguas, con infinitas penas, las raíces
de mangles y otros obstáculos que embarazaban los caños. Así el
temor de zozobrar en las bocas del Magdalena hizo hallar un camino
más corto y que entonces se transitó por la primera vez. Reunidos
los siete buques, tuvieron que sufrir una serie de guazabaras
navales, desde Menchiquejo y Talahigua hasta Sompallon; pues los
indios no escarmentaban con sus frecuentes derrotas, ni con los
estragos que hacían los tiros de Pedrero en las masas densas de
canoas bajas, llenas de indios desnudos, con que se cubrían las
aguas del rió á cada nuevo ataque. No podían ellos imaginar que
siete barcos tripulados con cien hombres, dejaran de sucumbir bajo
los esfuerzos repetidos de millares de hombres, y de flotillas que
se renovabán sin cesar.
A mediados del año de 1540 llegó Lebrón por tierra á la
embocadura del Cesare, y continuó su jornada sin que nada ocurriera
digno de mencionarse en la subida del río. Hacer una reseña de los
sucesos ocurridos, sería repetir la monótona narración del que
aconteció á Quesada. Traía Lebrón las primeras mujeres españolas
que entraron al Reino, y también semillas de cereales y de
hortalizas. Llegados al Barranca Bermeja ó La Tora, supieron que á
las orillas de un vasto lago que comunicaba con el río, y que
quedaba al oriente, había muchas poblaciones que no descubrió el
Licenciado Quesada en su primer
viaje. Una pequeña partida visitó algunas, cautivando ciertos
indígenas
|
|
(8)
que sirvieron de
guías para mostrar las trochas, ya casi borradas en el bosque, por
donde habían transitado los descubridores cuatro años antes.
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(1)
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..............Llamada la
Gaitana
o fuese nombre propio manifiesto,
O que por españoles fuese puesto.
Con esto se partió dando clamores
Todas las horas sin cerrar la boca;
Los extremos que hace son mayores,
Y de más furia que de mujer loca;
A todos los caciques y señores
Se queja, y á venganza los provoca,
Hasta tasto que ya ganó los votos
De los cercano. y de los remotos.
CASTELLANOS, parte 3.a(Regresar a
1)
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|
(2)
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Y estando todo ellos
descuidados
En asentar los palos embebidos,
Del Juan Cabrera fueron asaltado.
Y de los que con él eran venidos.
CASTELLANOS , parte 8.a
“Llegaron con esta llaneza, á
quienes acarició Cabrera fingiendo más amistad de la que les hizo,
pues estando todos poniendo la madera de la casa, hizo dar Santiago
sobre ellos á sus soldados (temeridad indigna de pecho cristiano,
etc.)”Fray Pedro Simón 2.a noticia, 3.a parte. (Regresar a 2)
|
|
(3)
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Fueron los primeros alcaldes J.
Alonso de la Torre y Alonso Gascon, que murió poco después á causa
de sus crueldades, á manos de los indios; regidores, Marcos
Fernández, Antonio Pérez, Juan del Prado y Francisco Fernández, y
escribano Pedro Salazar. Por Justicia mayor el capitán Martín
Galiano, hidalgo valenciano que había servido con honra en los
tercios españoles que militaron en Italia con el General Antonio de
Leiva, según llevamos dicho.(Regresar a
3)
|
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(4)
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Hay, es verdad, un sitio que se
llama Poima, pero que no está en la dirección que seguían
actualmente los Españoles.(Regresar a
4)
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(5)
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“Las mujeres de la provincia de
Guane, dice Fray P. Simón, son de muy buen parecer, blancas y bien
dispuestas, y más amorosas de lo que es menester.” Los
españoles se maravillaban de la extraordinaria facilidad con que
estas indias aprendían el castellano, pues en dos ó tres meses lo
hablaban con tanta propiedad como cualquier hijo de un mercader de
Toledo. Esta disposición contrastaba con la torpeza que siempre
manifestaron los españoles para aprender las lenguas de los indios.
Los que trajo Quesada, naturales de la costa de Santa Marta, á
pesar de no saber una palabra del idioma de los Chibchas, y de no
tener relación con el suyo propio, fueron los que primero lo
aprendieron, y servían de intérpretes. Así esta raza americana
manifestaba entendimiento más despejado que el de sus
conquistadores, que la creían incapaz de civilización.(Regresar a
5)
|
|
(6)
|
“La tierra estaba ya tan
alborotada, que no había cumbre ni ladera que no se pareciese
cubierta de indios, dando mil gritos y voces, con la boca y con sus
caracoles y bocinas que hacían de cañas huecas, porrque la gente
era tanta, que parecía sola la provincia de Guane un mananantial de
indios, y que las peñas y breñas los brotaban, pues el la poca
tierra qué hemos dicho tenían, había más de treinta mil casas, y en
cada una todo un linaje o parentela, con que hervía toda la gente.
F .P. SIMÓN.—5.’ nota, parte 2’, manuscrito
|Apud
me.(Regresar a 6)
|
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(7)
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Fueron Juan de Pineda y Jorge de
Olmedo los primeros alcaldes y regidores el capitán Juan del Junco,
Gómez del Corral, Diego Segura, Pedro Colmenares, Fernán Banegas,
Antonio Bermudez y Fernando Escalante. Gonzalo Suárez Rondón, el
fundador de Tunja, era también segundo jefe del Reino, por la
ausencia de Quesada, y había militado en Italia y hallándose en la
batalla de Pavía y en África. El Rey don Sancho armó caballero y
dió el apellido de Rodón á uno de sus progenitores, por una carga
brillante ejecutada contra los moros en Algecira. El 23 de Julio de
1819 otro bravo militar del mismo apellido, el Coronel Rondón,
rindió su vida en campo glorioso, no lejos de Tunja, combatiendo
por la República. Ningún monumento se ha erigido á la memoria de
este valiente oficial, y su nombre mismo se ha omitido al hablar de
aquella batalla en la historia de las campañas del Libertador por
un distinguido escritor venezolano. Sería de desear que la tacha de
ingratitud no pudiera, aplicarse con justicia á las
Republicas.(Regresar a 7)
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(8)
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Quiero copiar aquí lo que refiere F.
P. Simón como ocurrido en esta ocasión en la primera refriega con
los indios que habitaban las márgenes de aquella ciénaga, porque
muestra bien á que brutales impulsos obedecían muchos de los
descubridores.
“Defendianse los indios cuanto
era menester para dar lugar á que se pusiese en cobro su hacienda,
hijos y mujeres, cuando Francisco Muñoz, soldado valiente,
codicioso de haber á las mano. una moza do buen parecer, rompió
por entre los que hacían resistencia, y apartándose de sus
compañeros, la asió de los cabellos. La cual, resistiendo el
cautiverio, daba voces a su marido, que no fué perezoso para
llegarle al socorro; y como halló tan ocupado y embebido al soldado
en sujetar la bárbara hermosura, y que habia dejado caer la rodela
en la refriega, tuvo lugar y buena ocasión de dispararle una flecha
envenenada, con que lo hirió en un hombro, y ya iba á secundar
otra, cuando llegó Pedro Niño, y de una cuchillada le cortó el arco
y lo hirió en una mano, con que se embraveció más el indio fiero, y
fiado en sus fuerzas, embistió con el Pedro Niño á brazo partido,
con que anduvieron ambos bregando buen espacio de tiempo, haciendo
cada cual lo que podía, hiriendo á su contrario con la cabeza,
rodilla, palma y mojicones, hasta que ambos juntamente cayeron al
pie de una palma de que salieron tantas avispas, que cubrieron el
desnudo cuerpo del Indio y ayudaron á rendirlo con sus aguijones.
La mujer, que ya había desamparado el Francisco Muñoz con el dolor
del flechazo, aunqe pudiera huir, no le pareció ser esto de mujeres
honradas sino ayudar á su marido en cuanto pudo, y así ambos
quedaron cautivos, y no fueron de poca importancia como guías en el
camino de la montaña que entonces emprendieron.(Regresar a 8)
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