Fértiles tiene sus grandes montañas,
Y más los collados y vegas amenas;
De todos metales abundan sus venas,
Y dellos reparte por tierras extrañas.
CARTUJ. TRIUNFO. 5 Sevilla, 1518.
Mientras que estos sucesos pasaban en las regiones de la parte
central del territorio que hoy corre con el nombre de Nueva
Granada, regiones que baña el río Magdalena y sus afluentes, las
comarcas del sur y occidente, que riega el Cauca, eran el teatro de
acontecimientos que importa conocer, y que forman el asunto de este
capítulo.
Cansado Pizarro de esperar noticias de su teniente Belalcázar,
que había cesado de corresponder con él desde la fundación de Caly
y Popayán, y desconfiando de la fidelidad de aquel afamado Capitán,
que supo siempre hacerse querer y seguir de los soldados, despachó
en su alcance al Capitán Lorenzo de Aldana, sujeto dotado de mucha
moderación y prudencia, calidades raras en todos tiempos, y mucho
más en las Indias, en la época á que nos referimos. Llevaba Aldana
poderes ostensibles de Juez de comisión, y otros secretos más
amplios para prender á Belalcázar y subrogarse en el mando de todo
lo descubierto, en el caso que se persuadiese de que este caudillo
se proponía obrar con independencia de Pizarro, y negarle la
obediencia, fundado en el gran poder é influencia que tenía en sus
subordinados, á quienes toleraba que cometiesen todo género de
desafueros respecto de los indígenas.
Llegó á Popayán con cuarenta hombres, y halló á los vecinos, que
ignoraban el paradero de Belalcázar desde qué cruzó la cordillera
de Guanacas, luchando con todos los horrores del hambre y de la
peste, azotes que habían devastado toda la comarca, porque los
indígenas, persuadidos de que no podían vencer por la fuerza á los
españoles, tomaron la resolución desesperada de cesar de cultivar
la tierra, prefiriendo morirse de hambre por arrastrar consigo á
sus opresores, como en efecto lo consiguieran sin la oportuna
llegada de Aldana, que bajó al valle del Cauca al instante y
remitió desde Caly un convoy de víveres a Popayán. En este tránsito
observó la soledad más grande en lugares antes muy poblados, y por
todas partes hallaba osamentas de los naturales que habían perecido
de necesidad ó devorándose los unos á los otros.
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|
(1)
.
Aldana manifestó ánimo conciliador y humano; y á pesar de que no
le faltaban pruebas de las intenciones de Belalcázar y de que los
vecinos lo aclamaban padre y salvador, se contuvo dentro de los
limites de sus despachos ostensibles, no queriendo destituir á
Belalcázar mientras no adquiriese la certidumbre de sus sospechas;
lo que no tardó en suceder luego que llegaron los Capitanes Añasco
y Ampudia, que Belalcázar despachó desde el valle de Neiva á fundar
una población en Timaná. Entonces fué recibido Aldana como
Gobernador sin dificultad, y se ocupó activamente en ordenar y
regularizar los asuntos de estas tres poblaciones y de fundar otras
más lejanas, á cuyo efecto comisionó al Capitán Jorge Robledo, que
despunta aquí en su breve y azarosa carrera que coronó un fin
trágico.
Esto sucedía en la parte alta del curso del Cauca: vamos ahora á
narrar los descubrimientos y aventuras del oidor Vadillo, en la
parte baja.
Dejamos dicho en el capítulo 8.o que Vadillo, juez de
residencia, prendió en Cartagena á los Heredias, les confiscó los
bienes, y estaba resuelto á enviarlos bajo partida de registro á
España, quedando él dueño de vidas y haciendas en la colonia, y
cometiendo todo género de tropelías con los indígenas. Llegaron á
España noticias de la conducta de aquel áspero y codicioso togado;
quejóse Heredia á sus amigos, y se decidió que se enviaría otro
juez á residenciar al mismo juez de residencia, que se hallaba
ejerciendo las funciones de Gobernador. Súpolo este con
anticipación, y fuéle aconsejado por sus amigos de la isla de Santo
Domingo que, pues tenía tropas y dinero, emprendiese algo que
llamase la atención, que ya la experiencia tenía enseñado que no
había atentado ni crimen que no borrase un descubrimiento notable,
y que todavía podía surgir en tan vasto continente. Era Vadillo
hombre atrevido, y, según se infiere de sus hechos, con más
vocación para militar que para letrado; tenía además, bajo sus
órdenes, al Capitán Francisco César, que conocía el camino del
valle de Guaca, y le quedaba la perspectiva de atravesar
descubriendo y enriqueciéndose una gran parte de América hasta el
Perú, adonde lo llevaban sus aspiraciones. Dió, pues, prisa á los
aprestos de una de las más fuertes expediciones que de la costa
partieron hacia lo interior; pues se trataba de cuatrocientos
españoles y otros tantos caballos, sin contar con los indios de
servicio de ambos sexos y muchos negros esclavos. Esta jornada se
organizó en San Sebastián de Urabá; en ella tomaron parte
franceses, portugueses y cuantos aventureros pudieron equiparse á
su costa para seguir á Vadillo. Pedro Cieza de León, el cronista,
era uno de los soldados, y es sensible que no se haya conservado su
Diario, y que sólo toque por incidencia esta expedición en su
primera parte de la
|Crónica del Perú, que es la única de sus
obras que se imprimió.
Salió Vadillo de San
Sebastián de Urabá á fines de 1537 ó principios de 1538
|
|
(2)
, llevando por Teniente ó segundo cabo
á Francisco César; por maese de campo á Juan Villoria, y por adalid
ó capitán de macheteros ó exploradores á Pablo Fernández, oficial
lleno de recursos, de aliento y de actividad, que con insinto
singular sacó muchas veces al ejército de los trances más apurados.
Caminaron siguiendo las huellas del Capitán César en su primera
jornada, hasta el pueblo de Abibé, al pié de la sierra de este
nombre, pero con más lentitud, á causa del mayor número de caballos
y equipajes, y dificultad de la subsistencia por aquellas selvas,
atravesando varios ríos y siguiendo, no sin escaramuzas con los
indios, el lecho de los torrentes, como sendas más trabajables.
Pero los mayores trabajos les esperaban para cruzar la cordillera,
porque se desviaron de la dirección que había seguido César hacia
el valle de Guaca, suponiendo que llegarían más pronto á tierra
limpia, error que les costó bien caro. Morían los caballos y los
hombres enterrados en el cieno ó despeñados, porque no había otra
alternativa que andar sobre precipicios ó por entre ciénagas. Al
cabo de algunos días volvió P. Fernández, que se había adelantado á
descubrir, y trajo la noticia de haber hallado un valle
pobladoy limpió de malezas, á que dió el nombre de valle de
los Pitos, por la multitud de estos incómodos Insectos.
Marchó Vadillo con los más robustos hasta salir á aquella
región, cuyos habitantes estaban sujetos, como los del valle de
Guaca y otros circunvecinos, al Cacique Nutibara, vencido por César
en la primera refriega del año pasado. No los recibieron de paz los
indígenas por el contrario, sin cesar los atormentaban picando la
retaguardia y asesinando á los que se quedaban atrasados para
comerlos, pues todos estos moradores eran antropófagos. Algunos
días después llegó el resto del ejército con cincuenta y tres
caballos menos y algunos soldados muertos, otros enfermos y muchos
negros esclavos menos, huidos por eximirse de las grandes fatigas á
que los condenaban, cargando los equipajes y construyendo estacadas
y andenes de terraplén en las laderas y escarpes por donde pudieran pasar los
caballos. En este valle de los Pitos
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(3)
hallaron abundancia de
mantenimientos, y en él se detuvieron veinte días reponiéndose de
las fatigas pasadas, sin dejar de enviar partidas á hacer
excursiones. En una de estas bajaron al valle de Mauri, y luego al
valle principal del Guaca. Este cacique, por el conocimiento que de
la fuerza de los caballos había adquirido en la entrada de César,
eligió un sitio escarpado, adonde era imposible que subieran
caballos, y en el había reunido toda su gente, resuelto á
defenderse hasta la muerte. El éxito probó que Nutibara era tan
animoso como cuerdo.
El tesorero Saavedra, de Cartagena, que acompañaba á su amigo
Vadillo en calidad de Capitán de la infantería, fué rechazado con
sesenta soldados que condujo al ataque. César mismo, enviado á
reforzarlo, creyó que era preciso recurrir á un ardid militar.
Subió pues, una noche, con cierto número de hombres y se ocultó en
la montaña vecina al fuerte de Nutibara, pensando que sorprendidos
los indígenas con una repentina acometida al rayar el día, huirían
despavoridos. Muy de otra suerte sucedió; pues Nutibara y sus
guerreros, no sólo se defendieron con extraordinario vigor, sino
que cargaron en tanto número y con tal coraje, que sin la serenidad
y valor de César, que se quedó atrás defendiendo la entrada de un
desfiladero, por donde se retiraron precipitadamente los españoles,
no quedara uno solo con vida. Con la mayor audacia y desesperación
se arrojaban los indios, pretendiendo asir al Capitán español, y
sin escarmentar al ver los montones de cadáveres que daban
testimonio de los templados filos de su espada. Retiróse después
lentamente hasta el punto en que lo esperaban los de á caballo, y
en donde cesaba todo peligro.
Levantó sus reales Vadillo del valle de los Pitos, y pasó al de
Guaca, en donde lo esperaban sus oficiales, desconfiados ya de
someter á Nutibara. Allí recibió el homenaje del Cacique vecino
Tuatoque, de quien se entendió tener enemistad con Nutibara y haber
sido también vencido, pretendiendo sorprender en su fortaleza
natural á este brioso jefe. Los que acompañaban á Tuatoque vinieron
al campamento vestidos de mantas de algodón, trajeron un presente
de alhajas de oro, y solicitaron la cooperación de los castellanos
para atacar de nuevo. Ofrecióles Vadillo con buena voluntad el
auxilio perdido, pero se retiraron para no volver más, arrepentidos
sin duda de su traición. Aunque el animoso oidor, que había
mostrado paciencia y sufrimiento cual ninguno en los meses que
llevaban de penalidades, pretendía también ser el primero en
marchar contra Nutibara y no dejar el país hasta no sujetarlo,
pudieron más las reflexiones de César y demás oficiales para
disuadirlo de gastar las fuerzas del ejército en tan larga empresa,
en vez de continuar
explorando otras regiones que prometían más riqueza y notan tenaz
resistencia.
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|
(4)
. Se
prepararon, pues, á seguir para otro valle vecino llamado de Nore ó
Nori, dejando ufano y triunfante al valiente y astuto Cacique
Nutibara, de quien no vuelve á hacerse mención en las épocas
posteriores.
En este tránsito hallaron, las mismas breñas y asperezas,
iguales hambres y dificultades. Reconvenidos los guías por la falta
de sendas para comunicarse de unos valles á otros, respondían que
el estado de hostilidad perpetua en que vivían unos con otros, los
obligaba á cerrar las veredas como medida de defensa. El adalid
Fernández llegó el primero á la Ceja del monte, pero, aunque
vencedor del primer escuadrón que salió á impedirle el paso, creyó
más prudente volver por mayor refuerzo. Eran los indígenas de Norí
de alta estatura, esforzados y animosos como los de Guaca, y ya
comenzaban á ver los castellanos que él oro les costaría bien caro,
porque cada tribu de aquella montañosa región parecía dispuesta á
defenderse con valor y obstinación, á lo que se persuadió el oidor
al llegar al campo del combate y contemplar aquella ladera,
ensangrentada y sembrada de cadáveres de dardos y macanas
esparcidas por donde quiera, todo lo cual indicaba que no eran
escaramuzas, sino reñidas peleadas que le aguardaban. Sentó sus
reales en el pueblo más considerable en medio de sementeras y
tierra limpia y de allí salieron las partidas que en todas direcciones escudriñaba el
país buscando oro, objeto principal de sus conatos.
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|
(5)
.
Los que fueron del lado de la cordillera al occidente hallaron á
los tres días un pueblo fundado sobre árboles gruesos, cuyos
habitantes se defendieron arrojando dardos, piedras, agua caliente
y brasas encendidas; pero algunos tiros de arcabuz los hicieron
bajar, y fueron conducidos al campo presos por haber entregado á
las llamas sus habitaciones, defraudando á los conquistadores de
las alhajas que esperaban robar. Entre tanto Nabonuco ó Nabuco,
cacique de Norí, deseoso de apartar á los castellanos de estas
tierras, se presentó á Vadillo, le trajo dos mil pesos de oro,
ofreciéndose á conducirle á la provincia de Buriticá, en donde
aseguraba ser muy abundante este metal. Caminaron algunos días por
selvas impenetrables, y pensando Vadillo que Nabuco lo engañaba, lo
reconvino un día agriamente amenazándole con la. muerte. No se
alteró el jefe indígena; respondió con entereza que él no había
ofrecido llevar á los castellanos por tierra llana y limpia, porque
no la había, y que si ellos pasaban mala vida la suya tampoco era
mejor, y que bastaba que él los sacara dentro de tres días más á
las lomas descubiertas de Buriticá, para cumplir su oferta. Así lo
verificó, y en reconocimiento lo dejó volver Vadillo á sus
hogares.
El principal asiento de los moradores de Buriticá estaba en
paraje inaccesible, pero la fama de su riqueza y el temor de que la
escondiesen les dió ánimo para emprender el ataque sin tardanza por
aquellos precipicios. Murió allí atravesado de un dardo un valiente
caudillo francés llamado Noguerol, mas Vadillo detuvo el desaliento
que tal pérdida inspiraba, y animando su tropa, logró coronar la
altura en donde se hallaba el cacique encerrado en un palenque que
no pudo defender, y dentro del cual quedó prisionera, de los
españoles, su mujer y su familia. Hallaron algunas alhajas de oro,
aunque no tanto como esperaban, pero vieron aquí por la primera vez
las hornillas, moldes y demás utensilios que indicaban ser estos
indígenas artífices en el deseado metal. Al día siguiente se
presentó el cacique ofreciendo traer mucho oro y señalar el lugar
de donde lo extraían en rescate de su joven esposa la cual fué
puesta en libertad, constituyéndose prisionero este jefe en su
lugar; y como pasaron los plazos en que debían traer el rescate, le
pusieron los castellanos una collera de. hierro, y apremiándolo,
ofreció llevarlos á las. minas. Cuatro soldados lo conducían bien
custodiado, pero este cacique se arrojó por un precipicio, aunque
de, poco le valió porque arrastrando consigo los guardas estos,
aunque maltratados de la caída lo sacaron á presencias del cruel y
vengativo Vadillo, que lo hizo quemar vivo por mas de sus esclavos
á pesar de los ruegos é instancias de todo el ejército, que se
interesaba en la suerte de este generoso indígena
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(6)
que se había sacrificado por su
familia.
Desengañado el jefe español, continuó su trabajosa jornada hasta
encontrar con un caudaloso río que creyeron ser el Magdalena, pero
que era el Cauca. No pudiendo atravesarlo, y estrechados por el
hambre en aquellos bosques, se movieron hacia el occidente,
abriendo penosamente lasciva hasta que llegaron á la región llamada
por los naturales Iraca. Sabeilbres estos de la invasión
extranjera, quemaron sus pueblos y salieron al encuentro de los
españoles, que no tuvieron trabajo en desbaratarlos y en apoderarse
del país, que hallaron abundante de provisiones y principalmente de
sal, que fabricaban evaporando las aguas de ciertos pozos, con cuyo
artículo contrataban en los países vecinos. Aquí se detuvo Vadillo
por consideración á los enfermos que no podían caminar. Muchos
españoles encontraron su sepultura en Iraca en lugar de los tesoros
que buscaban, entre ellos Pablo Fernández, el intrépido baquiano,
pérdida gravísima para el ejército, que siguió luego su penosa
marcha por Naratupe hasta llegar al río Garú, siempre hostilizados
por los naturales, que atacaban á cuantos se desviaban del cuerpo
principal en corto número, y así mataron á muchos. En la población
de Cori, más adelante al sur, siguiendo siempre la ribera izquierda
del Cauca, aunque á bastante distancia, en lugar del oro que se
prometían, hallaron la más obstinada resistencia de parte de los
indígenas. Enfermo ya y quebrantado por los combates y aspereza de
los caminos, rindió allí su último aliento el bizarro Francisco
César, á quien solo faltó otro teatro y mejor fortuna para ser uno
de los más ilustres conquistadores, pero no le faltaron las
lágrimas de cuantos le sobrevivieron. Su muerte sumergió en el
estupor y en la consternación el campo español. Los soldados
comenzaron á pedir que se emprendiera la retirada á la costa del
mar antes de que acabaran los demás ó de enfermedades ó ámanos de
los indígenas.
El Oidor no podía empero escuchar con paciencia estos clamores,
sabiendo que al llegar á Cartagena lo esperaba la más dura prisión.
Decíales que ya estaban al llegar á Caramanta, tierra rica, y que
no era justo que volviesen pobres y desmedrados de tan trabajosa
jornada. Siguiéronle pues, aunque con mucha repugnancia, que
creció luego que atravesando las selvas que dividían una provincia
dé otra, llegaron á Caramanta sin la riqueza ofrecida. En ella
pudieron prender algunos naturales que les parecieron mucho más
inteligentes que los que hasta allí habían encontrado. Estos les
dijeron que más adelante hallarían oro en abundancia en territorio
de Cucuy. Con este engaño fueron llevando los indígenas de
provincia en provincia á los codiciosos huéspedes. Si cabe, todavía
era más áspero el terreno que separaba la provincia de Caramanta de
la vecina. Desesperados los soldados, hicieron otra representación
á Vadillo para que volviese á Urabá, mas este, indignado. por toda
respuesta se arrojó al bosque con su espada en la mano y acompañado
de los guías, diciendo que tornase el que quisiera, que él solo
continuaría hasta hallar mejor ventura. No le abandonaron empero,
porque aunque cruel y obstinado, no le fataba prudencia y tino para
mandar: agasajaba á las tropas y no tomaba otra acción que la de
simple soldado, participando de todas las privaciones, secreto
infalible para acallar murmuraciones, porque el que no sufre como
los demás, no tiene derecho de impedirlas.
Después de muchos días de penosa marcha llegaron á la provincia
de Umbra ó Umbia, limpia y poblada; los habitantes se retiraron á
las más escarpadas eminencias después de haber ensayado sin fruto
combatir con los españoles. Aquí supieron que la provincia de
Cucuy, que después llamaron Arma, quedaba del otro lado del río
Cauca, y que la dejaban muy atrás. La que pisaban nombraron
Anserma: en idioma del país
|anser quiere decir
|sal.
Alegráronse de ver joyas de oro en más abundancia, y después de
haber descansado algunas semanas, pasaron adelante, al sur,
anhelando siempre por ricos y poblados reinos. Llegaron á Guacuma ó
Quinchía, en las inmediaciones del sitio en donde está hoy Anserma
viejo. Allí vieron una fortaleza cercada de guaduas coronadas de
cráneos humanos, algunas guaduas de este palenque, horadadas y
dispuestas de modo que el aire se introducía en ellas y despedían
sonidos melancólicos; música, cementerio y feroces trofeos que
aumentaron sus recelos de internarse en tan apartadas y salvajes
regiones. Caminaron todavía una semana y hallaron por fin, no con
placer sino con el mayor disgusto y consternación, claros vestigios
de plantas españolas, rastros de caballos y el esqueleto de uno: la
provincia de Nacor era esta, devastada ya por manos europeas.
Llegaban pues tarde; otros habían cogido las primicias: estaban ya
en ajeno territorio. Las huellas que habían visto eran de las
tropas de Belalcázar, que habían bajado hasta estos sitios desde
CaIy, y vuelto por la orilla derecha del Cauca, mientras que
nuestros aventureros no habían cesado de caminar por las sierras de
la margen izquierda. Desde este momento ya su camino fué por
tierras más cultivadas, valle más ancho, espacioso y ameno. Iban admirados de ver tan grandes
poblaciones, pero sin tocar el metal que buscaban.
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|(7)
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Llegaron por fin á Lile ó Caly después de algo más del año
transcurrido de una de las expediciones más laboriosas que se han
acometido en Indias, por cerca de cien leguas de terreno
fragosísimo, peleando sin cesar con tribus marciales y luchando
contra la inclemencia del clima, el hambre y las enfermedades.
Aunque reducidos á casi la mitad del número con que salieron de
Cartagena, quisiera Vadillo volver á poblar y tomar posesión de las
tierras que había descubierto; pero sus tropas lo abandonaron. Al
tiempo de ir á hacerse el repartimiento del oro que habían juntado,
se halló que la maleta que lo contenía había desaparecido. Fuése
pues Vadillo para Popayán, solo y desesperado de su poca fortuna, y
lo que todavía es peor, calumniado, porque suponían que había
escondido el tesoro. Hallóse sin embargo el ladrón poco tiempo
después de su partida, distribuyéronse los dos mil y seiscientos
castellanos de oro, y cupieron á cinco castellanos por cada porción
sencilla de infante. Este fue el fruto material de la primera
expedición á la provincia más aurífera de Nueva Granada; mas debe
reflexionarse que en realidad ella fue de mucha utilidad é hizo
conocer el país, dió luz sobre la dirección y curso del Cauca, y
abrió la vía de comunicación con Cartagena. Jorge Robledo, de quien
vamos á ocuparnos ahora, completó la exploración de la región montañosa que hoy conocemos con
el nombre de Antioquia, y de la ribera derecha del Cauca.
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|(8)
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Detrás de Vadillo y en su alcance, despachados por el Juez de
residencia licenciado Santa Cruz para prenderlo, partieron de
Cartagena el Teniente Greciano y el Capitán Bernal. Estos dos
oficiales riñeron en el tránsito, y su gente se dividió en dos
bandos que estuvieron muchas veces á pique de venir á las manos,
hasta que llegaron á Umbra, en donde acababa de fundarse la villa
de San Juan ó Santana de los Caballeros, conocida hoy con el nombre
de Anserma, aunque en distinto paraje. Allí se incorporaron
aquellos soldados entre los de Robledo. Súpose que Vadillo pasó á
Panamá; preso allí y conducido á Cartagena, fué remitido á España
con el proceso, y murió pobre en Sevilla, sin terminarse su
causa.
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(1)
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Toda es tierra muy hermosa de campiñas (dice el licenciado
Anda goya que la visitó algunos meses después de Aldana) y ríos de
mucha pesquería y alguna caza de venados y conejos. Esta tierra, en
obra de treinta leguas que es la que se despobló, era la más bien
poblada, fértil y abundosa de maíz y de frutas y de patos; y cuando
yo llegué, estaba y la hallé tan despoblada, que no se halló en
toda la tierra un pato para poder criar; y donde había en estas
treinta leguas sobre cien mil casas, no hallé diez mil hombres por
visitación. Y la principal causa de su destrucción fué que se les
hicieron tantos malos tratamientos sin les guardar verdad ni paz
que con ellos se asentase. Y como en Popayán los cristianos no
sembrasen en todo el tiempo que allí estuvieron, teniendo loe
indios sus maíces para coger, los cristianos se los iban á coger y
tomar, y echar los caballos y puercos con ellos, determinaron dé
no sembrar; y como allí tarda en venir el maíz ocho meses, hubo
tanta hambre, que se comieron unos á los otros ó murieron de ella,
fuera de los que Belalcázar llevó en servicio del
ejército.(Colección de Navarrete, tomo 3° p 440.)
Hoy, como en casi toda región caliente de América en donde se
extinguió la raza indígena, predomina la raza africana en este
espacio á que alude el licenciado Andagoya. (Regresar a 1)
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(2)
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Castellanos dice que la salida de Vadillo
fué en 1589; Herrera, y Piedrahita que copia á este, aseguran que
la expedición se verificó en Febrero, fecha que no cuadra ni con la
llegada de Vadillo á Caly, en 1539, después de 1537, de un año de
viaje, en que todos convienen, ni con el tiempo de la residencia
de Vadillo en Cartagena, duración de la expedición de César, y
período necesario para que el nombramiento de juez de residiencia
llegase á los oídos de Vadillo. La opinión de Fray Pedro Simón es
la que me parece más racional, porque no está en contradicción con
ninguno de los sucesos que inmediatamente precedieron y siguieron
esta trabajosísima jornada. Algunas semanas después de su salida
celebraron la fiesta de la Purificación que es casi seguro fue la
del 2 de febrero de 1538. (Regresar a
2)
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(3)
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Era valle de grande circuito
De espesas y bien puestas poblaciones;
Mas número de chinches infinito
Hay por allí contrarios en faicoines.
Llámense pitos, tienen las costumbres
De chinches, y aun mayores pesadumbres.
CASTELLANOS. (Regresar a
3)
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(4)
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Decia César a Vadillo:
Ansí que, como falten los caballos
Tengo por imposible subyectarlos.
Y es esta que tenemos retraída
Según por experiencia vimos antes
Gente desesperada y atrevida.
Con miembros y estaturas de gigantes
Tienen una feroz arremetida,
Y en ella firmes, fuertes y constantes;
Son sobre doce mil, á lo que pienso,
Y el número de tiros es inmenso
CASTELLANOS.(Regresar a
4)
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(5)
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Y por diversas partes los
caudillos
Buscaban los metales amarillos.
CASTELLANOS. (Regresar a
5)
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(6)
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Y el indio mostró grave
continente.
Era de grandes miembros, Gentilhombre,
Y ninguno se acuerda do su nombre.
CASTELLANOS. (Regresar a
6)
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(7)
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La tierra por do van
es abundante,
Y dan tercera vez en el gran río,
De muchas sementera y de villas
Crecida población en las orillas.
Graciosa vista y espacioso seno,
Do vieron tantos campo cultivados
Que quedaron confusos y
admirados.
CASTELLANOS(Regresar a 7)
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(8)
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No hemos podido averiguar en donde se dió por la primera vez el
nombre de Cauca a este caudaloso río, que Cieza llama de Santa
Marta. F. P. Simón cree que es probable haya tomado origen en el
nombre de algún cacique de sus orillas; mas todo esto es
conjetura.(Regresar a
8)
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