Reúne Quesada sus tropas en Bogotá. —Repartimiento del
botín. —Sorprende al Zipa Thisquesuza en los bosques de
Facatativá, y muere este en la fuga.—Sucédele Sagipa, el cual
obliga á los españoles á desamparar á Muequetá ó Bogotá y á
establecer su cuartel general en Bosa—Sometimiento de Sagipa.
—Pide auxilio á Quesada contra sus enemigos.— Segunda
entrada á los Panches, que son batidos por las tropas coligadas de
españoles y chibchas.—Apremian los españoles al Zipa á fin de
que descubra los tesoros de su antecesor.—Muere el
desventurado Sagipa en los tormentos, dejando burlados á sus
verdugos.—Fundase la ciudad de Santa Fe de Bogotá y se da el
nombre de Nuevo Reino de Granada al territorio
descubierto.—Maravilloso encuentro de los tres jefes españoles
Quesada, Belalcázar y Fredemán en la planicie de
Bogotá.—Embárcanse en Guataquí para Cartagena, dejando á
Hernán Pérez de Quesada encargado de fundar las ciudades de Velez y
de Tunja.
Así mi persona
cayó de su solio.
Entre las manos de
los homicidas
Cayeron mis obras
no poco temidas.
Y más que no
siendo mi frente crismada
MI ánima triste se
Vido tragada,
Con las personas
que fueron vencidas.
De la hambrienta
codicia dallada.
CARTUJANO,
TRIUNFO 9o.
Restituido Quesada á la planicie de Bogotá, y reunida toda su
tropa, se decidió á hacer el repartimiento de los tesoros recogidos
desde su entrada en el territorio de los Chibchas. Tocaron al real
Erario, por el derecho de quintos, cuarenta mil pesos de oro fino,
quinientas sesenta y dos esmeraldas, además del oro de baja ley. A
cada soldado de á pié quinientos veinte pesos, el doble á los de á
caballo, el cuádruplo á los oficiales, siete porciones al
licenciado Quesada, nueve al Adelantado Lugo, las que Quesada tomó
para sí luego que se supo su muerte; y además se distribuyeron
algunos premios extraordinarios entre los que más se habían
distinguido en la campaña. Luego que se hizo el repartimiento, los
soldados contribuyeron voluntariamente, á instancias del Capellán
Fray Domingo de las Casas, del orden de Santo Domingo, para fundar
una capellanía de misas que debían decirse que todas las cuaresmas por las almas de los
compañeros muertos antes de llegar á Bogotá.
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|
(1)
De las esmeraldas se hicieron cinco
clases según sus tamaños y calidades, y á cada porción le cupieron
cinco, una de cada suerte.
No dejaban entre tanto los vasallos del Zipa de incomodar con
continuos combates á los castellanos que ocupaban la capital de sus
Estados, aunque siempre llevaban lo peor y tenían que acogerse á la
laguna para no ser atropellados por la caballería en aquellas
llanuras, que entonces, como hoy, estaban privadas de arboledas,
las cuales no se veían sino en las montañas que circuyen por donde
quiera esta extensa planicie. En una de estas del lado del poniente
y en las inmediaciones de Facatativá, vivía retirado Thisquesuza.
Desde allí dirigía los ataques al campo español, sin presentarse
personalmente, temeroso de que se cumpliera el vaticinio que le
había hecho uno de sus xeques de que había de morir á manos de los
forasteros como en efecto aconteció, quedando burladas sus
precauciones: porque habiendo hecho los españoles dos indios
prisioneros, arrancaron al más joven por medio del tormento la
promesa de conducirlos al lugar en donde moraba el Zipa. El otro
prefirió morir más bien que cometer la bajeza de denunciar la
residencia de su jefe. Salió Quesada en persona con un reducido
número de soldados escogidos, y caminando toda la noche dieron al
amanecer en el campamento de Thisquesuza. Con la sorpresa, los
indígenas no acertaron á defenderse, y no hallando sus armas,
arrojaban tizones encendidos á los agresores á fin de dar tiempo de
salvarse al Zipa, que fue herido por el pasador de la ballesta de
un soldado español que le tiró sin conocerlo, y ni aún se supo
hasta mucho después la triste suerte de Thisquesuza, cuyo cuerpo se
llevaron sus vasallos, mientras que los españoles andaban solícitos
revolviendo cuanto encontraban en la ranchería, para buscar tesoros
que no hallaron. Carnes de monte de toda especie como venados,
conejos y aves, se veían por donde quiera; mantas de algodón y todo
género de abrigos y comodidades no faltaban al Zipa, pero sólo
hubieron á las manos una vasija de oro (totuma de oro) y algunas
alhajillas, que no correspondieron á sus esperanzas. Apresuráronse
á salir á lo llano, porque iban juntándose los indígenas en número
considerable que los atacaban por todas partes, y los ataques
redoblaron de tal manera algunos días después en Bogotá, que no
podían dormir de día ni de noche, por lo que se resolvió Quesada á
salirse á sitio más descampado, en donde pudiera maniobrar su
caballería sin el embarazo de las lagunas y pantanos, y así se
trasladó á Bosa el campamento español.
Súpose después que el motivo de la extraordinaria energía que
habían desplegado los indígenas en hostilizar á los castellanos, se
debía á las órdenes estrechas de Sagipa, por otro nombre
Sacresasigua, pariente del difunto Zipa, valiente guerrero y muy
bien quisto entre los Chibchas, á quien habían levantado como
sucesor de Thisquesuza, porque el heredero legítimo, que era el
cacique de Chía, había manifestado mucha irresolución y aún
cobardía, defectos que no podían disimularse, singularmente en
aquellas circunstancias. Sin embargo, la fortuna se mostró adversa
á Sagipa, cuyos pueblos fueron invadidos por los Panches, y su
autoridad amenazada por algunos usaques descontentos, motivos que
le decidieron á tomar la fatal resolución de someterse á los
españoles. Envió pues mensajeros á Bosa á avisar su intento á
Quesada, y sin esperar respuesta luego se presentó en el
campamento, precedido de indígenas cargados de regalos de mantas,
oro y esmeraldas, y con estos presentes y el agrado y dignidad de sus
modales, se ganó la voluntad de los castellanos.
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(2)
A la intimación de Quesada de que se sometiera al Emperador
Carlos V, que se le explicó largamente por medio de hábil
intérprete, contestó, que siendo cierto que otros reyes sin mengua
le habían jurado obediencia, él también lo haría. Despidióse muy
satisfecho, y á pocos días volvió á solicitar que los españoles lo
auxiliasen para vengarse de los Panches, implacables enemigo del
pueblo Chibcha, que en una entrada que acababan de hacer por
Zipacón se habían llevado gran número de cautivos y habían
devastado sus sementeras. Aprovechó Quesada la ocasión para
manifestar que su amistad era de mucho precio, y así dentro de.
breves días salieron los españoles acompañados de millares de chibchas bajo las órdenes de
Sagipa, y bajaron á las tierras de los Panches.
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|(3)
Hallaron á estos del otro lado de un riachuelo ó quebrada,
ocupando una posición fuerte por naturaleza, en la que sé
defendieron con tanta obstinación y valentía, que rechazaron á los
chibchas y á sus aliados, quedando heridos de flechas envenenadas
diez españoles. La situación de Quesada en la noche que siguió al
día del combate, fue muy crítica, teniendo que precaverse de amigos
y de enemigos. Para el día siguiente se adoptó un plan de ataque
que permitiese hacer uso de la caballería, sin cuyo auxilio se veía
que no podrían vencer á los Panches. Dispúsose que Sagipa con los
chibchas atacase de nuevo á los Panches, en tanto que la mayor
parte de los españoles quedarían formados en el campamento como
reserva, pero en realidad para hacer creer que todos estaban allí,
mientras que la mayor parte de los de á caballo se ocultaron en la
noche misma en el bosque de la orilla de la quebrada. Así se
ejecutó, y después de un falso ataque de los chibchas, se retiraron
estos precipitadamente atravesando un lugar llano en la orilla de
la quebrada, seguidos por los Panches, ansiosos de coger
prisioneros para comerlos después en sus festines cuando de
improviso fueron cortados y cargados por las espaldas por la tropa
de caballería emboscada, que hizo una gran matanza, completando
después el resto del ejercito la derrota. Llamóse este combate de
Tocarema, y á él concurrió el cacique de Siquima. Reunióse el
consejo de los Panches, y acordaron dar la paz á los forasteros que
tan eficaz socorro sabían prestar á los que protegían. Vinieron
pues mensajeros al campo el día siguiente, Trayendo algún oro y
frutas como presentes, entre las cuales se mencionan por la primera vez guamas y
plátanos de diversas especies.
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|(4)
Obedecieron los Panches, aunque con repugnancia, el mandato de
Quesada, de someterse á Sagipa, y terminada así dichosamente la
expedición, volvieron á Bojacá, que era el primer pueblo
considerable de la planicie que se hallaba en el camino por donde
hicieron la entrada á los Panches. Celebráronse fiestas y
regocijos, y en ellos supieron los españoles, en su frecuente trato
con los indígenas, que Sagipa no era el heredero legítimo de
Thisquesuza, y se prometieron valerse de este pretexto para
descubrir los tesoros del Zipa. Sea porque resistiera Quesada,
porque no se atreviera á cometer espontáneamente una grande
injusticia que lo dejase infamado en la posteridad, se hizo
conminar con un escrito firmado por los principales del ejército,
pidiendo la prisión de Sagipa, á fin de que entregase los tesoros
del. Zipa. Asombro y horror causó en los indígenas el arresto de
su jefe, que con noble confianza se había puesto en manos de los
españoles. Todos abandonaron el campamento, y no volvieron hasta
que se supo que continuaba en ser tratado con la mayor
consideración por sus guardas, entre quienes distribuía
generosamente los regalos que sus súbditos se esmeraban en traerle.
Contestó desde el principio á Quesada que él no poseía oro alguno,
porque aunque el difunto Zipa había tenido suficientes tesoros con
que poder llenar la casa que le servía de cárcel ahora, los había
repartido á la llegada de los españoles entre todos sus vasallos.
Que él los pediría, y que no dudaba que por obtener su rescate no
se apresurasen á traerlos. Esta promesa dio lugar á que los
españoles ya se creyesen dueños de tanto caudal como el que se
trajo á Pizarro para cl rescate del Inca, y para que se esparciesen
diversos rumores dc que los indígenas traían á Sagipa todos los
días una parte del tesoro, y que si no se había encontrado nada en
la prisión, consistía en que lo volvía á sacar ocultamente.
Pasados cuarenta días y creyéndose defraudados, los
conquistadores de su presa, amenazaron al Zipa, el cual se excusaba
diciendo qué los dos
|usaques sus enemigos, que lo habían
denunciado como usurpador, se opondrían probablemente á que sus
vasallos le obedecieran trayendo el oro pedido. Al instante fueron
degollados aquellos dos jefes á pesar de sus protestas de
inocencia, y no pareciendo todavía el oro que con tanta ansia
esperaban los castellanos, comenzaron á dar los más atroces
tormentos al malaventurado Zipa, y á fin de que confesase, mas no
pudieron arrancarle una sola palabra, y expiró después de muchas
semanas de increíbles martirios que la pluma se resiste á recordar
por honor de la especie humana, Me limito á reproducir literalmente
lo que sobre ello escribió el más moderado de los historiadores,
Antonio de Herrera, cronista real, aunque está muy lejos de la
junta indignación con que cuentan los detalles del suplicio de
Sagipa, el señor Piedrahita y el Padre Zamora. Llena de
satisfacción el ver que ninguna consideración de amor propio
nacional fue parte para que estos honrados y humanos escritores
dejaran de pintar el hecho con los más negros colores, y aún uno
de ellos refiere que los más violentos de entre los que
atormentaron al Zipa, perecieron todos de muerte desastrosa y
repentina.
Pasado el término (dice Herrera, década 6., libro 6.0) y no
habiendo dado rnás de cuatro mil pesos, los soldados, insolentes y
codiciosos por la fama de los grandes tesoros del Bogotá, hicieron
requerimiento á Gonzalo Ximénes para que pusiera en hierros á
Sagipa, y le diese tormento, y porque no lo hacía entendiendo ser
injusto, las murmuraciones y quejas de los soldados eran grandes;
diciendo que se entendía con Sagipa, y de muevo volvieron los
requerimientos protestas y dieron poder á Jerónimo dé Ansá para
que pusiese demanda en juicio, y Gonzalo Xirnenes nombró por
defensor de Sagipa su hermano. Hernán Pérez de Quezada con
juramento de que haría bien su oficio; y oídas las partes se llegó
al tormento y allí, bárbaramente le mataron sin que si que
descubriese nada.», Este fue el fin trágico y lamentable del último
Zipa, porque aunque se dijo luego que los Chibchas habían
proclamado otro, nunca se cuidó de averiguarlo, y esta dignidad quedó
extinguida con la independencia de aquel pueblo.
|
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(5)
En esta ocasión desmintió Quesada su acostumbrada mansedumbre y
humanidad, y de los pasajes que de su
|Compendio nos han
trasmitido los historiadores posteriores, se deduce que él mismo se
confiesa más culpable todavía de lo que resulta de las apariencias
y documentos de que formó su juicio el laborioso cronista de
Indias.
Habiendo explorado el licenciado Quesada el país en todas
direcciones, se persuadió de que para emprender nuevos
descubrimientos necesitaba de mayores fuerzas y de nombramiento
directo de la corte, para donde se resolvió á partir por la vía de
Cartagena, ocultando su viaje al Adelantado Lugo, cuyo
fallecimiento parece ignoraba, y con esperanzas de obtener para sí
el gobierno de, la región que había descubierto. Antes de emprender
su jornada, trató de ganarse las voluntades de los usaques de toda
la comarca, haciéndoles esperar que conservarían su independencia
sin ser extorsionados ni vejados; para ello los convocó
nominalmente, y los trató con mucha consideración, despidiéndolos
más satisfechos. Luego envió dos Capitanes hacia el poniente y dos
al oriente con el fin de escoger en la llanura el sitio más á
propósito para fundar una ciudad. Después de discutir las ventajas
é inconvenientes de los diversos sitios, se decidió en favor del
paraje en que había un pequeño pueblo llamado. Teusaquillo,
dependiente del usaque de Tuna, gran población que distaba dos
leguas el valle arriba, aunque no se dice si al sur del lado de
Usme, .ó al norte á la parte de Usaquén. Allí ordenaron á los
indígenas que fabricasen una docena de casas espaciosas y capaces
de contener á todos los españoles, excepto los que el licenciado
pensaba llevar en su compañía. Levantaron una iglesia también de
madera y de paja en donde mismo está hoy edificada la catedral de
Bogotá.
A principios (le Agosto de 1538 se trasladaron los españoles á
su tineva residencia, y estando todos juntos se apeó Quesada de su
caballo, y, arrancando algunas yerbas, dijo que tomaba posesión de
aquel sitio y tierra en nombre del Emperador Carlos V, y, subiendo
luego á caballo, desnudó la espada, diciendo en alta voz que
saliese si había quien contradijese aquella fundación, que él
defendería á todo trance, y como nadie se opuso, envainó la espada
y ordenó al escribano del ejército diese testimonio en instrumento
público. Fué entonces cuando Quesada impuso el nombre de Santa Fe á
la naciente ciudad, y de Nuevo Reino de Granada al
territorio descubierto, y en efecto, aunque el paisaje es aquí más
extenso y más vasta la llanura, la semejanza es grande entre la
planicie elevada que riega el Funza, con la vega deliciosa de
Granada que el Genil fecunda, hasta en la probabilidad de haber
sido una y otra fondo de antiguos lagos. La colina de Suba, para
el que mira al poniente desde la falda de los cerros á cuyo pié
está situada la ciudad de Bogotá (como Granada al pié de sus
collados), queda al noroeste como la sierra de la
Elvira; y la cristiana ciudad de Santa Fe en la Vega ocupa
exactamente la posición que el pueblo de Fontibón, en nuestra
planicie la ilusión es completa, y el pensamiento ha debido
ocurrirse sin dificultad á Quesada, tan familiarizado con los
sitios en que había pasado sus verdes años. Aun las alturas del
lado de Suacha recuerdan por su aspecto y posición el famoso
collado que lleva el nombre de
|Suspiro del moro, por el
llanto de Boabdil, el último rey de Granada, lagrimas que
sugirieron á la heroica Zoraida la hermosa sentencia que la
historia nos ha trasmitido: “Bien hace en llorar como
mujer lo que como hombre no supo defender.
|
|
(6)
."
Fray Pedro Simón al dar cuenta de esta fundación, dice: “No
nombró sin embargo entonces el General Quesada justicia ni
regimiento, no estableció
|horca ni
|cuchillo ni las
|demás cosas importantes al gobierno de una ciudad, ni para
la iglesia cura,” á fin de que continuase el régimen militar
que le permitía atender sin contradicción á sus proyectos. Es digno
de notarse cuán arraigados estaban los privilegios y fueros de las
municipalidades entre los castellanos en aquella época, pues los
mismos hombres que se manifestaban obedientes y sumisos á todos los
mandatos y aun caprichos de su jefe, luego que este creaba de entre
ellos mismos un regimiento, se constituían en un cuerpo respetable
que tenía sus acuerdos y formaba la unidad civil y comunal que
resistía enérgicamente á cuanto no era legal y racional. La primera
misa se dijo en la iglesia nueva el 6 de Agosto de 1538, y esta es
la época legal de la primera fundación de Bogotá. La obra de la
conquista estaba, por decirlo así, finalizada, y la de ¡a
colonización iba á comenzar; en la predicación del Evangelio y
civilización de los indígenas no se pensaba todavía, y después del
bautismo solemne del Usaque de Suba, no consta que se verificase
otra nueva conversión.
Acababa de salir una partida de Santa Fe, de orden de Quesada,
hacia el poniente, para descubrir lo que pudieran del otro lado de
la Sierra Nevada del Tolima, cuando llegó á oídos del General la
noticia de que por el valle de Neiva bajaban de la parte del sur
muchos españoles, no ya vestidos de tejidos del país, como la tropa
de Santa Marta, sino de ricas telas, con armas resplandecientes, y
seguidos de innumerable hueste de indios de servicio. Alarmado con
esta noticia mandó á su hermano que fuese á reconocer estas gentes,
cuyo encuentro. se consideraba como una calamidad, por los choques
y disgustos que se originaban entre los diferentes conquistadores
sobre el limite de sus territorios respectivos, como porque
aumentándose los partícipes en los despojos y en los repartimientos
de los indígenas, se disminuían los beneficios de cada partida.
Belalcázar había recorrido todo el valle de Neiva por la orilla
izquierda del Magdalena. Las divisiones y sangrientos combates
entre los yaporogos que habitaban el fondo del valle, y los pijaos,
que vivían en los valles de la cordillera central, le
proporcionaron la fácil reducción de aquellos pueblos, que reunidos
hubieran podido resistirle. Ningún detalle nos ha quedado de los
sucesos de esta expedición; sólo sabemos que llamó al río Saldaña
por haberse ahogado en él, ó haber muerto los indios en sus orillas
un criado de Belalcázar que tenía este apellido. Ya habían llegado
las tropas de Belalcázar á las inmediaciones del río Sabandija,
cuando Hernán Pérez de Quesada atravesó el Magdalena en la
dirección que los indígenas le indicaban, para cumplir con su
comisión. Antes de llegar al grueso de las traspaso trató de coger
por sorpresa alguno de los soldados, para averiguar las intenciones
del jefe, pero no pudiendo conseguirlo, se presentó atrevidamente á
Belalcázar aparentando confianza; fué de este acogido muy
cortésmente, y, recibiendo alguna vajilla de plata corno presente,
en retorno de las piezas de oro que el licenciado Quesada había
enviado á regalarle, se despidió con las seguridades que le dió
Belalcázar de que no venía á turbar posesiones ajenas, y que sólo
se proponía continuar su jornada en solicitud del Dorado.
Apenas había vuelto Hernán Pérez de Quesada á Bogotá, é
informado á su hermano de las intenciones ostensibles de los
peruleros, que así llamaban á los procedentes del Perú, cuando
recibió el General español una carta escrita con achiote ó bija, en
una piel de venado, desde Pasca, por el Capitán Lázaro Fonte, que,
habiendo incurrido en la indignación de Quesada, estaba sufriendo
un destierro en aquel pueblo solitario. En ella le avisaba que
corrían rumores de que por la parte de oriente atravesando los
páramos de Sumapaz, venían españoles y caballos, aunque unos y
otros en estado lamentable por la fatiga y las privaciones. Envióse
otra partida á reconocerlos, y á pocos días volvieron con un
soldado de los que venían de Venezuela con Fredemán; este dijo que
después de una larga y desastrosa peregrinación de tres años, se
habían resuelto á cruzar la cordillera, escalándola justamente por
la parte más ancha y más escarpada, por donde hoy mismo los más
audaces cazadores apenas se atreven á andar. Ni antes ni después de
Fredemán han trepado caballos por las ásperas cimas de Pascote, á
salir á Sumapaz y descender después á Pasea, que está en el valle
de Fusagasugá. Temeroso Quesada de que reunido Fredemán con
Belalcázar, que habiendo ya variado de camino se dirigía hacia
Bogotá, no le dictasen condiciones de avenimiento demasiado duras,
se esforzó en celebrar sus arreglos con Fredemán, antes que éste se
entendiera con los del Perú, y en efecto, lo consiguió mediante
diez mil pesos dados al caudillo alemán, con lo cual ofreció este
irse á España acompañando á Quesada y dejando sus soldados que
debían entrar á disfrutar desde aquel día de todos los derechos de
descubridores y conquistadores, aunque sujetos á
Quesada.
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(1)
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En la relación de los Capitanes San Martín y Lebrija, que es el
documento más auténtico que poseemos de los sucesos del
descubrimiento de Bogotá, y que en estas materias debían tener mas
conocimientos, como que eran oficiales reales y á su cargo estaba
el tesoro, se advierten sin embargo algunas contradicciones. Dicen
que después de la entrada á Tunja y Sogamoso se pesó todo el oro
que se habla recogido hasta entonces, y se hallaron 191,294 pesos
de oro fino, 37,288 de oro de menos ley y 18,390 de oro todavía más
bajo, y además 1815 esmeraldas. Esta misma suma se vuelve á hallar
algunos meses después de las correrías á la provincia de Neiva y de
otras en que se menciona haberse encontrado algunas cantidades de
oro de consideración. Es probable que los jefes y soldados
ocultaban grandes sumas que no entraron en el repartimiento
ostensible, porque de otro modo no habría podido hacer Quesada los
gastos exorbitantes que verificó á su regreso á Europa, en Francia,
España ó Italia. No creo que so aventura nada en estimar en el
doble de lo que aparece en el texto, el oro hallado en la época á
que aludimos. (Regresar a 1)
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(2)
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EI General lo recibió con mucho gusto, acrecentándosele á él y
á los demás españoles con ver su compostura gallarda, gracia y
disposición de su persona, de que cualquiera buen entendimiento
juzgara ser bien empleado el señorío de que gozaba, del que no
desdecía la riqueza del presente que metió delante, sin el cual
bien pienso no parecieran bien sus gracias naturales. (F. P. Simón,
2.a parte). Por la buena gracia y majestad de palabras con que se
expresaba de suerte que ninguno pudiera juzgarlos según las
apariencias por indigno de la grandeza que representaba Piedrahita
1.a parte, libro 5., capitulo 6. (Regresar a
2)
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(3)
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