Prosigue Quesada su
descubrimiento.—Atraviesa el río Saravita, y pasando por
Moniquirá y Tinjacá, suben los españoles la cordillera.—Llegan
á Guachetá, Suesuca y Nemocón.——Primer contacto con las
tropas del Zipa.—Apoderanse de sus almacenes de guerra y
boca.—-Desampara éste su capital.-Residencia de los
españoles en la planicie de Bogotá.--Expedición y combate con los
panches. —Marchan luego en solicitud de las minas de
esmeraldas, y descubren los llanos de oriente.— Entran en los
términos del Zaque de Tunja.—Minas de Somondoco.—.
Exploración de los Llanos. —Entrada en Tunja y prisión del
Zaque.—— Incendio del templo de Sogamoso. --Combate de
Bonza.—Expedición al valle de Neiva.
Nuestros sean su oro
|y sus placeres.
Gocemos de ese campo y ese sol;
!Hurra ! Volad: sus cuerpos, su tesoro
Huellen nuestros caballos con sus pies.
ESPRONCEDA, Poesías
|.
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|
Luego que hubieron reposado algunos días de las fatigas del
penoso viaje del Magdalena, levantaron los españoles el campo de
Cipatá y descendieron al fondo del valle, por donde. corre el río
Saravita, de rápidas corrientes, á que dieron el nombre de Suárez
que hoy conserva, por haber estado á punto de ahogarse, al
esguazarlo, el caballo del Capitán Gonzalo Suárez. Fué tanto el
asombro que la vista del escuadrón europea causó en los habitantes
de aquella comarca, que algunos se quedaban inmóviles y como
pasmados sin poder huir, ni moverse, ni acertar á articular una
sola palabra; otros se prosternaban, y, pegando el rostro contra la
tierra, no lo levantaban ni por golpes ó amenazas, prefiriendo la
muerte á tan espantosa visión. Excepto los naturales del valle de
Aburrá, hoy Medellín, en la provincia de Antioquia, que se
ahorcaban de pesadumbre á la vista de los españoles, en ningún otro
lugar hemos observado que hiciera tan profunda impresión la entrada
de los castellanos y sus caballos.
Después que pasaron. á la orilla derecha del río Saravita, que
sale de la. laguna de Fúquene y va á juntarse con el Sogamoso para
entrar juntos en el Magdalena, subieron a la loma limpia
|y
llegaron en seguida al valle de Ubasá. Hallaron abandonado el
pueblo, pero con muchas provisiones en las casas, y aun venados
muertos y desollados, como si se hubieran preparado adrede, para
alimentar los prodigiosos huéspedes que se temían y se veneraban al
mismo tiempo. Pasaron luego á las tierras de Zorocotá, é hicieron
noche en un pueblo en donde fueron molestados por insectos
desconocidos para ellos, las niguas
|(pulex penetrans), que,
sin la buena voluntad de algunas indias que se las extrajeron de
los pies con los topos ó alfileres con que prendían sus ropas,
habían, cuando menos, detenido su marcha por algunos días. Al
cuarto día llegaron á Turca, que llamaron Pueblo Hondo por estar en
lugar bajo, marchando siempre al sur en demanda de los pueblos en
que se fabricaba la sal. Habían conseguido que algunos indios los
siguieran voluntariamente cargando el bagaje. Pasaron por
Moniquirá, Susa y Tinjacá; hallaron mantas, algunas esmeraldas,
crecida población y temperamentos deliciosos. El día
|12 de
Marzo de 1537 llegaron á Guachetá, á que por esta razón dieron el
nombre de San Gregorio, después de haber pasado el General nueva
revista y prevenido segunda vez estrechamente á su tropa por bando
militar la conducta más pacífica con aquellos moradores, dando por
razón que si los reducían á desesperación por mal tratamiento,
siendo el número tan considerable, en un levantamiento general no
escaparía un solo español con vida, estando á tan larga distancia
de los lugares adonde podían retirarse.
Los indígenas de Guachetá desampararon sus casas y se refugiaron
en un lugar fuerte, desde el cual, notando que habían dado libertad
los españoles á un indio viejo que dejaron atado, y creyendo que no
lo comían por esta razón les arrojaron algunos niños, y, observando
que tampoco los sacrificaban, les enviaron algunos venados, y
finalmente bajaron de su fuerte perdiendo el terror que la
presencia de los españoles les inspiró al principio. No se sabe por
qué estos indígenas concibieron la idea de que los españoles debían
alimentarse con carne humana, puesto que ellos mismos no eran
antropófagos. ¿Creerían acaso que siendo hijos del sol, que era la
denominación que les daban, (suegagua) habían de complacerse en los
bárbaros holocaustos que hacían á este astro?. Calcularon los
españoles como mil casas en este valle de Guachetá, dispersas
entre las sementeras, y vieron el pueblo y habitación del Cacique
situados en un lugar elevado al pié de un peñón que. les servia de
fortaleza. Parece que los gachetáes no estaban sujetos
inmediatamente al zaque de Tunja.
De Guachetá pasaron á Lenguasaque, y por todo el camino que
seguían los españoles humeaban los braseros de resina que en su
honor y por vía de homenaje quemaban los indígenas, y se hallaba algún oro, mantas y
esmeraldas depositados con el mismo objeto.
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(1)
.
Admiraron en el boquerón de Peña Tajada, por donde sale el río
de Lenguasaque, las altísimas rocas cortadas á pico é inaccesibles
por parte de la laguna, uno de los paisajes más grandiosos de
aquella comarca, tan abundante en pruebas del esfuerzo violento con
que se levantaron los estratos horizontales para formar estás
montañas que ofrecen al geólogo todas las proporciones apetecibles
para estudiar la formación casi homogénea de arenisca de que se
componen. Si los españoles eran capaces de gozar de las emociones
que ofrece la contemplación de las maravillas de la naturaleza,
¡cuán sorprendidos no han debido estar pasando por estos sitios
testigos de las más espantosas convulsiones de la corteza
terrestre, y al verse solos en hueste reducida lanzados en el
corazón de un mundo nuevo tan extraordinario corriendo las más
desesperadas aventuras! Por su parte los indios no acertaban á
comprender de donde venían estos seres desconocidos, y como ya
habían llegado al periodo del crepúsculo de la civilización, se
observa en ellos el primer síntoma de este estado, es decir, todas
las señales de la más viva y ardiente curiosidad. Las tribus
salvajes no abrigan sino sentimientos hostiles, y á cuanto turbe
sus dominios le hacen la guerra sin averiguar qué cosa es, como el
cazador que tira, mata y sepulta en su saco cuantas aves divisa,
mientras que el naturalista examina atentamente los animales que
encuentra. Así en los Chibchas el sentimiento que predominaba era
la admiración y el
vehemente deseo de salir de sus dudas respecto del origen de
aquellos forasteros
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|
(2)
|. Su propia defensa y la de sus
tierras fué un sentimiento posterior.
El pueblo de Lenguasaque estaba situado en tierra llana y
fértil; sus moradores salieron á recibir á los castellanos á las
puertas de sus casas y á ofrecerles cuanto tenían. La buena
política de Quesada iba produciendo sus felices efectos, y al haber
persistido en ella, la colonia granadina habría sido una colonia
modelo. Un solo hombre culto en siglos anteriores había sacado al
pueblo chibcha de la barbarie; la docilidad de estas gentes era,
pues, un hecho probado. ¡Cuánto no habrían obrado en esta ocasión
en favor de este mismo pueblo, algunos centenares de europeos
civilizados, si hubieran tenido voluntad para ello, en vez
|
de oprimirlo y exasperarlo!
Caminaron luego la vuelta de Suesuca (hoy Suesca), que quiere
decir
|cola de guacamaya, por ser esta población una reunión
colecticia de indígenas de diversas provincias, belicosos y de poca
reputación de moralidad. Un soldado español quebrantó el bando del
ejército tornando por la fuerza unas mantas á ciertos indios, que
se quejaron de ello. No quiso el licenciado Quesada que quedara
impune el delito, y mandó aplicar al culpable todo el rigor de las
penas militares, con que fué condenado á muerte y ejecutado á pesar
de la intercesión de los capitanes y capellanes. Critican los
cronistas la severidad del jefe, fundándose en qué esta muerte
manifestó á los indígenas que los españoles no eran inmortales y
seres divinos, como si á cada paso no vinieran ellos dando señales
nada equívocas de flaqueza humana.
Informó el usaque de Suesca al Zipa del número de hombres y del
camino que llevaban hacia Nemocón. Resolvióse éste á no dejarlos
acercar á su corte, sino atacarlos sin perder tiempo. Marchó, pues,
inmediatamente con seiscientos soldados escogidos, creyendo que
éstos bastarían para derrotar á los forasteros. Llegó la tropa del
Zipa al pie de la colina que divide la rinconada de Nemocón de la
de Suesca del lado del oriente, cuando ya Quesada había pasado con
la vanguardia. En la. retaguardia marchaban los enfermos escoltados
por una guardia de caballería á la que acometieron los bogotáes con
mucha brío, llevando por enseña y bandera la momia de uno de sus
valientes guerreros, según la costumbre establecida. Los dardos,
tiraderas y armas arrojadizas de los indios, no podían hacer mucha
mella en los castellanos, que se defendieron vigorosamente
protegiendo el hospital, mientras llegó el refuerzo pedido al
General, en el cual venían los más guapos capitanes y los mejores
caballos, que arremetiendo al escuadrón indígena lo arrollaron con
gran mortandad, arrojando el esqueleto de su antepasado y buscando
la salud en la fuga. Siguieron los castellanos al alcance hasta la
fortaleza de Cajicá, llamada Sumungotá por los indios, donde se
encerraron los fugitivos. Estaba esta cercada de doble fila de
fuertes maderos hincados en tierra con una cubierta de paja que
servía para proteger á los defensores de las armas arrojadizas, y
dentro se contenían los almacenes de armas y vituallas. Estaba
situada á media legua de Cajicá, al pie de la sierra, y parecía de fácil defensa, que los
españoles hicieron alto en la persecución.
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(3)
.
Mientras que la caballería perseguía á los soldados del Zipa,
Quesada había llegado á Nemocón
|(lamento de león) así
llamado por los ecos de las peñas á cuyo pié estaba situado junto á
las fuentes de agua salada en donde mismo se ve hoy. Allí estaba la
fábrica de sal en tiestos y hornos rústicos como se usan todavía.
Luego que Quesada recibió el parte del éxito del combate y de la
existencia de la fortaleza y almacenes de Sumungotá, marchó con el
resto de su gente y bagajes. Ya se encontraban en la planicie de
Bogotá, y por todas partes se veían las sementeras y los pueblos
dominados por las altas habitaciones de los caciques, que se
distinguían por el cercado que las rodeaba y el mástil pintado de
encarnado y adornado de una gabia en la parte superior, y por la
carrera ancha y perfectamente alineada que partía del cercado hasta
alguna distancia, y en la cual se celebraban las ceremonias
religiosas relacionadas con su calendario y épocas de sus cosechas.
Llamó Quesada esta llanura, por su apariencia de jardín sembrado de
torres, el valle de los Alcázares. Perdió este nombre luego que
desaparecieron las casas, y que la raza indígena, sujeta y
degradada, no pudo reedificar sus habitaciones con el primor y el
aseo que antes del descubrimiento.
Detuviéronse los españoles algunos días en el cercado de Cajicá
rodeados de la mayor abundancia de provisiones y regalos de toda
especie; pasaron luego en Chía el tiempo de la Semana Santa. El
Cacique de este pueblo huyó, y aun se les dijo que había ocultado
sus tesoros en unos altos peñascos situados al oriente del pueblo,
es decir á la orilla izquierda del Funza, por la Yerbabuena, mas
nunca pudieron hallarse. Algún semblante de hostilidad mostraron
los indígenas enviados por el Zipa á observar los extranjeros, con
grita y otras demostraciones, mas evidentemente el terror
supersticioso que había proporcionado á los españoles una recepción
tan benévola en todos los pueblos chibchas, desmoralizó
completamente las tropas del Zipa, y les hizo caer las armas de las
manos. La unanimidad de la resistencia, á pesar de la diferencia de
las armas, habría sido suficiente para destruir ciento sesenta
hombres, cuando los habitantes de la planicie se contaban con
centenares de miles, pero, en lugar de resistencia, se veían venir
las gentes de los pueblos con braseros en que quemaban moque y
otras resinas delante de los españoles, á cuyos pies depositaban
sus. mantas, diferentes aves y provisiones, pero muy poco oro y
esmeraldas, por lo que se manifestaban estos descontentos. El Zipa
mismo enviaba á Quesada todos los días mensajeros cargados de
venados y otras carnes,