INDICE




Prólogo
Introducción

CAPITULO I
Colón descubre las costas del istmo de Panamá...

CAPITULO II
Descubrimiento de las costas de la Nueva Granada desde el cabo Chichibacoa hasta el golfo de Urabá, por Ojeda y Bastidas.

CAPITULO III
Bajo la dirección de Vasco Nunez de Balboa, adquiere la Antigua del Darién mucha importancia.

CAPITULO IV
Desbaratan los Indios á Balboa...

CAPITULO V
Comiénzase el descubrimiento de las Costas del Chocó al sur...

CAPITULO VI
Entrada y crueldades del alemán Alfínger en el valle de Upar...

CAPITULO VII
Combate de Canopote...

CAPITULO VIII
Descubrimiento de Antioquia

CAPITULO IX
Jornada de Jorge Espira desde Coro á los Llanos del Apure, y de allí al Sur, hasta los afluentes del Amazonas

CAPITULO X
El   licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada marcha por los Chimilas hasta Tamalameque...

CAPITULO XI
Extensión y limites del territorio de los Chibchas ó Muíscas...

CAPITULO XII
Prosigue Quesada su descubrimiento...

CAPITULO XIII
Reúne Quesada sus tropas en Bogotá

CAPITULO XIV
Gobierno de Lorenzo de Aldana en el sur...

CAPITULO XV
Fundación de Timaná...

CAPITULO XVI
Mal éxito de las persecuciones de Gonzalo Jiménez de Quesada en España

CAPITULO XVII
Socorre el Adelantado Belalcázar al Gobernador Vaca de Castro, con tropas para reducir a los rebeldes en el Perú, y le despide este desabridamente...

CAPITULO XVIII
Llegada de Armendariz á Santa Fe y sus primeras tropelías...

CAPITULO XIX
Fundación de las villas de Almaguer y la Plata...

CAPITULO XX
Gobierno de la audiencia...
Catálogo
Manuscritos
Documento número siete
El   licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada marcha por los Chimilas hasta Tamalameque.—Naufragio de la flotilla que debía cooperar por el río de la Magdalena al descubrimiento. —Prepara el Adelantado Lugo nuevos buques que entran al Magdalena, y todos juntos continúan penosamente la jornada.—Llegan á Barrancabermeja y desisten de seguir la exploración por el rió Grande.—Suben la cordilla del Opón. 
 

   Lo questos hicieron 
Vereislo, lectores, en cuanto subieron 
Tratando las armas, en las aventuras 
Obrando virtudes. dejaron ascuras 
Roldán y Amadis, que ya perecieron.   |
Palmerin de
MIGUEL FERRER.

 

Díjose en el capítulo 8.0 que el Adelantado Pedro Fernández de Lugo había hecho el mayor esfuerzo para preparar la expedición que llevó por caudillo al licenciado Jiménez de Quesada, el cual dió vuelta á la ciénaga y se internó en las montanas de los Chimilas manteniéndose en las tierras altas para evitar el esguace de los caños y lagunas, y porque el punto de reunión indicado para seguir de conserva con la flotilla que había subido por el río Grande, era la embocadura del río Cesari en el Magdalena, y territorio del cacique Tamalanmeque. Llevaba cada soldado ropa y mantenimientos á cuesta, y por tanto la cantidad de estos artículos no podía ser muy considerable. Comenzaron pues á escasear los alimentos en aquellas selvas despobladas en la dirección que seguían. 

Hicieron alto y salió una partida á buscar provisiones, la cual tuvo la fortuna de hallar algunas sementeras de sorprender á los naturales cosechando el maíz que trajeron al campamento cargado en los mismos indios. Pocas horas después rompió por entre las tropas una mujer desgreñada y llorosa, que sin temor ni asombro de tan extraños huéspedes y animales  desconocidos, llegó al grupo de los prisioneros, y arrojándose en los brazos de un muchacho que allí estaba, lo estrechó con trasporte. Quiso el licenciado Quesada que los intérpretes le explicaran lo que aquella india decía, y supo que el muchacho era su hijo y que venia á constituirse prisionera para no separarse de su lado. Conmovido de esta prueba de ternura maternal, ordenó que no soló le restituyeran su hijo al instante, sino que dió libertad á todos los temas con excepción de un hombre de edad que conservó para guía. Aseguraba el Licenciado que en el curso de su larga vida llena de vicisitudes, jamás pudo olvidar la mirada expresiva de gratitud profunda que aquella simple mujer lo había dirigido al desaparecer con los suyos en las selvas. 

Algunos días después llegaron á las orillas de un rió hondo. y rápido que el guía declaró llamarse Ariguari y que no pudieron vadear. Los Capitanes y prácticos dispusieron un puente con las cuerdas de las hamacas para pasar la ropa, armas y municiones. Los infantes á volapié y los de á caballo nadando. A pesar de esto, parte del equipaje se ahogó. Continuaron luego la marcha sin obstáculo hasta Chiriguaná, pequeña población en donde fueron recibidos de paz, y de allí á las lagunas de Tamalameque gastaron doce días, perdidos por falta de guías. El nombre de una península é isla que comunicaba por una lengua de tierra estrecha desde el centro de una de las lagunas, era Pacabuy, y allí residía el cacique en la población principal de sus dominios, que se componía de tres compartimientos triangulares de casas de paja con una plaza en la mitad, presentando tres calles y aspecto muy gracioso desde la laguna. Los españoles no se aventuraron á caballo como lo había hecho Alfinger, sino que acometieron por tierra á los indios, que defendieron con empeño el desfiladero, pero flanqueados por los tiros de arcabuz y de ballesta, dejaron por fin libre el paso y se rindieron.

En este punto descansó Quesada algunos días, pero envió una partida á orillas del, río Grande de la Magdalena á fin de que lo esperasen los buques que ya suponía llegando, pues ignorado el desastre acontecido á la flotilla, de la cual solo dos buques de los más pequeños que entraron por la boca de sotavento ó de Ceniza pudieron penetrar hasta Malambo con el Capitán. Chamorro; de los otros cuatro, dos se perdieron en la costa pretendiendo entrar por la boca grande estando el rio crecido y con. fuerte brisa; otros llegaron á Cartagena de arribada, en donde las tripulaciones y oficiales pasaron al Perú, con excepción del Capitán Manjarrés, que volvió á dar cuenta al Adelantado de la. desgracia. No decayó este de ánimo, sino que habilitó dos ó tres buques viejos á fin de que se juntasen con los que estaban en Malambo y cuyo Capitán había avisado que no se atrevía á subir con tan pequeña fuerza el río cuando las poblaciones de sus orillas parecían considerables, según el número de canoas que sin cesar lo circundaban en actitud hostil.

Pasaron entre tanto dos meses antes que el nuevo jefe de la flotilla licenciado Gallegos se aparejase á subir el río después de reunido con los que esperaban en  Malambo, verificándolo con muchas precauciones para evitar las flechas de los indios en la parte baja del Magdalena, que era la más poblada. Hubo ocasión en que se vieron rodeados de hasta des mil pequeñas canoas con indios que venían á flecharlos, y que no se dispersaban sino á los tiros de dos pedreros que hacían grande estrago en tan densa masa de hombres. Subían unas veces á remo ó con cuerdas, cuando la orilla lo permitía. Cansado de esperar a Quesada en la embocadura del Cesari la flotilla, determinó subir por la margen derecha del Magdalena, hasta un sitio que llamaban Sompallón, que se decía abundante en víveres, y que es por ventura el actual Tamalamequé en las sabanas dé Chingalé. | |(1).  

Viendo el licenciado Quesada que después de algunos días de esperar en Sompallón no llegaba la flotilla,  y no siendo posible continuar la marcha por el número de enfermos que no podían ya caminar por las trochas casi intransitables que se hacían para el ejército, que había perdido ya cien hombres desde su salida de Santa Marta, determinó enviar una partida río abajo á dar prisa á los buques que suponía cercanos, como en efecto lo estaban. Dentro de breves días llegaron y supo Quesada la causa de detención, alentando sus tropas cuyo ánimo había decaído con las pérdidas de sus  compañeros y de la ropa y menesteres que cada uno había embarcado, y de que se veían privados en tan tristes circunstancias. Embarcáronse los enfermos, y los sanos  siguieron por tierra auxiliados por las barcas para atravesar los ríos, en cuya operación habían perdido siempre mucho tiempo, pues era preciso buscar lugares estrechos y cortar árboles que sirvieran al caer de puentes naturales, siendo algunos soldados que se arrojaban á nado presa de los caimanes.

Los macheteros, bajo las órdenes del Capitán Insá, abrían la senda por el bosque espeso y por lugares no hollados jamás por planta humana, pues los indios se manejaban en canoas, y el límite superior de las excursiones de los españoles de Santa Marta río arriba, había sido hasta entonces Sornpallón. En los sitios. en que la selva era más impenetrable, gastaban los macheteros ocho días en abrir el camino que debía recorrerse en uno solo. Los buques solicitaban con trabajo en las dos riberas del río algunas provisiones con que socorrer las necesidades del ejército, pero como á medida que subían el río, las poblaciones eran mas raras y las sementeras más cortas, sufrían mucho por falta de alimentos. Las avispas, hormigas, mosquitos, reptiles é insectos de toda especie se cebaban sobre los cuerpos extenuados de nuestros descubridores, y algunos de estos se ocultaban para morir tranquilos en el fondo de las selvas, como se tachaba de ver por el sitio en que se hallaban los cadáveres cuando los compañeros los buscaban. La lluvia continua aumentaba sus miserias y la causa de las enfermedades. | | (2)

Estando acampados en las orillas de un río caudaloso de aguas bermejas, se sacó un tigre á un español de su hamaca; á sus gritos acudieron los demás, y asustado el animal abandonó su presa. Colgaron entonces la hamaca mucho más alta, pero al día siguiente la hallaron vacía, pues el tigre sacó más tarde silenciosamente á su víctima, cuyos gemidos no pudieron escuchar sus compañeros adormecidos y cansados, ó por el ruido de la lluvia ó de los truenos. A este río se le dió el nombre de Serrano, que era el del soldado, y que actualmente no conserva el río.

Crecían las necesidades y desdichas cuando llegaron á un río de aguas negras que atravesaron en los botes. Ya entonces no tenían ni un grano de sal para sazonar los cogollos de plantas con que se alimentaban. Comenzaron á matar ocultamente los caballos á fin de que se les distribuyese la carne. Para atajar el daño ordenó Quesada que se arrojasen al río todos los caballos que murieran, manifestándoles que, si los mataban, no podrían conquistar las hermosas regiones que andaban buscando. Dieron por un aviso al licenciado Quesada que de los buques se avistaba una población en lo alto de ciertas barrancas bermejas que brillaban con los rayos del sol poniente. Estaba el jefe español tan desesperado de ver los estragos que el hambre hacía en su campo, que se resolvió temerariamente á partir en persona con seis ú ocho oficiales que cupieron en tres ligeras canoas, las que bogando toda la noche llegaron poco después de amanecer al pueblo, que se componía de treinta casas, pero que hallaron desamparado de sus habitantes, los que huyeron luego que observaron los buques grandes que subían el río, y percibieron la grita y humos de los que iban por tierra. Nada hallaron de provecho en las casas; pero la vista de las sementeras de maíz y yucas en las inmediaciones, los consoló de la falta de oro, y cuando des­pués de seis días llegó el grueso del ejército, ya se había establecido un sistema regular de distribución á favor del cual duraron muchos días aquellas provisiones. Encontraron también registrando los bosques ciertas mantas de algodón pintadas a mano de diversos colores, primeros indicios de civilización próxima de que se valió Quesada para animar sus tropas.

Antes de moverse de este sitio, que llamaban la Tora ó Cuatro Bocas, por dos islas paralelas que forma el río, y que hoy está despoblado y se conoce con el nombre de Barranca—Bermeja, se ordenó á la flotilla que continuase río arriba hasta descubrir nuevas poblaciones. Veinte días gastaron los buques en este viaje, y al fin tornaron á la Tora desconsolados, diciendo que no habían hallado ni vestigios dé habitantes en las orillas del Magdalena, que parecían mas agrestes y solitarias á medida que se subía más. Entre tanto las enfermedades habían cundido en el campo de la Tora, y eran tantos los que morían, que ya no daban sepultura á los cadáveres, sino que los arrojaban al río, | | | (3) | por cuyo motivo el atrevimiento y los daños que causaban los caimanes eran tales, que se veían privados de acercarse al río para bañarse, lavar las ropas; y aun para sacar agua tenían que valerse de largas varas, en cuyas extremidades se colgaban las vasijas.

Las partidas que fueron por tierra no tuvieron mejor resultado, de suerte que hasta los más antiguos capitanes, como Céspedes y San Martín, comenzaron á desesperar enteramente del buen resultado de la empresa. A este último enviaron las tropas como delegado cerca de Quesada, el cual había sabido conservar, en los ocho meses que iban corridos desde que la expedi­ción salió de Santa Marta, y en circunstancias bien difíciles, los fueros de la autoridad, que tanto necesita rodearse de respetos para mantener su fuerza y vigor. El capitán San Martín hizo presente al general que la opinión dc todos resistía la continuación de una tentativa de exploración que ya era temeraria después de haber perdido la mitad de los soldados y de hallarse sin rutas ni dirección para seguirla; que mejor les estaría regresar á Santa Marta ó por lo menos á Tamalameque, tierra abundante de víveres, en donde podrían fundar una población que les sirviera de escala para descubrimientos posteriores. 

El licenciado respondió con firmeza que la perdición era más segura volviendo atrás, porque, no cabiendo todos en los buques, moriría el resto de la gente en el curso de una vergonzosa retirada, emprendida justamente cuando ya comenzaban á ver indicios de las tierras más cultas que buscaban, y de las cuales, según se decía en la costa, venía el oro que ya habían agotado en lo descubierto; que el Adelantado había empleado toda su hacienda y sus recursos en los aprestos de esta jornada, la que, por su parte, no pensaba abandonar sino con la vida, porque en la tardanza estaba el peligro, y otros descubridores más tenaces cogerían el fruto si ellos, por falta de constancia, desistían; y por último, que tendría por enemigo al que en adelante le propusiera partido tan pusilánime y tan ajeno del valor castellano. Sometiéronse sin replicar los hombres de guerra á la decisión de un abogado que por la primera vez mandaba las armas, y esto en el fondo de un desierto, en donde tan fácil, les habría sido quitarle el mando, porque en todas las condiciones de estados la grandeza de alma y la resolución imponen silencio y demandan obediencia de los que vacilan. Creen estos que el que con tanta entereza persiste en alguna decisión, es porque ve más lejos que ellos, y se inclinan delante de una inteligencia superior. De la conducta digna y firme del licenciado Quesada en estas circunstancias, dependió el suceso con que fué coronada esta empresa, y las riquezas y honores de que el mismo fué colmado.

Adoptó Quesada un término medio entre seguir la exploración por el río Grande y por tierra. Veíanse á la izquierda los contrafuertes de la cordillera que se acercan al río Grande, y por entre los cuales baja el río Opón. En tres canoas pequeñas y con doce hombres escogidos se despachó al capitán San Martín por este río Arriba. En la primera jornada no vieron nada que les llamara la atención; en la segunda, en un estrecho de más rápidas corrientes, se encontraron repentinamente con una canoa en que bajaban dos indios, los cuales se arrojaron á nado y huyeron á los bosques, dejando en poder de los españoles la canoa, en la cual hallaron algunas mantas coloradas muy finas, y lo que les causó mayor alegría, ciertas moyas de sal blanca y dura, muy diferente de la del mar. Esta fué la primera sal de Zipaquirá que vieron a los europeos, y que decidió del descubrimiento. Siguió el capitán San Martín su camino, ansioso de hallar otras noticias con que volver al campamento, y en efecto, vió dos casas abandonadas en las márgenes del río, pero llenas de moyas de sal, y reconoció que aquel era el puerto de depósito de este artículo, que sin duda se traía de lo interior para el consumo de los habitantes de aquellos parajes, pues desde aquí  se observaba camino trillado hacia la sima. Vararon las canoas, dejándolas en custodia de tres soldados, y el capitán marchó con los nueve restantes, hasta que comenzó á observar en las alturas vecinas humaredas, campos cultivados y otros indicios claros de grandes poblaciones. Juzgó que era temeridad avanzarse más con tan corto número de soldados, y retrocedió sin parar hasta que les cogió la noche. Detuviéronse por ser ésta muy oscura, pero con la ma­yor vigilancia, temiendo haber sido descubiertos y seguidos por los indios, que tan sutiles se mostraban siempre para observar los movimientos de los españoles, sin dejarse ver.

Al rayar el día siguiente fueron acometidos estos diez hombres por un crecido número de indios, de quienes se defendieron valerosamente, haciéndoles conocer el temple de las armas europeas y la diferencia de éstas á la flechas, dardos y macanas. Desaparecieron los indígenas dejando varios muertos y un prisionero en manos de los españoles, de los cuales algunos fueron levemente heridos. Interrogaron por señas al preso, que era un indio muy ágil é inteligente; éste les dió, según imaginaron, no­ticia de que presto llegarían á tierras abundantes de oro, de víveres, con innumerable gente vestida, campiñas limpias y extendidas; en una palabra, todo aquello que deseaban con más ahínco. Embarcáronse, pues, en las canoas que los esperaban en las márgenes del Opón, y partieron á boga arrancada, engalanándose con los plumajes y otros adornos que habían hallado, las mantas flotantes en guisa de banderas, y gritando al acercarse á los reales de la Tora estas ó semejantes palabras, que Castellanos puso en verso, y que manifiestan bien que era lo que más deseaban y lo que en efecto encontraron después: 

Diciendo: ¡ Tierra buena! ¡ tierra buena!
Tierra que pone fin á nuestra pena.
Tierra de oro, tierra bastecida,
Tierra para hacer perpetua casa,
Tierra con abundancia de comida,
Tierra de grandes pueblos, tierra rasa,
Tierra donde se ve gente vestida,
Y á su tiempo no sabe mal la brasa;
Tierra de bendición, clara y serena;
¡Tierra que pone fin á nuestra penal
¡Tierra do se destierran las malicias
De todas estas vivas pestilencias,
Y sus valles y cumbres son propicias
A nobles y generosas influencias !

 

De rodillas recibieron los del campo tan alegres nuevas, y la sal, que llevaron en triunfo al General. Al día siguiente, después de haber oído devotamente la misa que dijo Fray Domingo de las Casas, uno de los dos capellanes, levantaron el campo y se entraron en la montaña de la izquierda á orillas del Opón; los buques por este río, aunque con gran dificultad, por la fuerza de las corrientes y palos. Como marchaban por la vega, una noche la avenida del Opón fue  tan súbita, que les fué forzoso subirse á los árboles para no ahogarse, amaneciendo los caballos cubiertos de cieno y perdidas las pocas provisiones que llevaban, Para satisfacer el hambre desnudaron las espadas y comieron las vainas, correas y cuanto tenían de cuero. Luego que llegaron al puerto de la Sal, advirtieron que desde allí no tenía el río agua suficiente para los barcos, y que era preciso dejarlos con los enfermos, expuestos á morir de hambre, ó despacharlos á Santa Marta.

Este último partido fué el que adoptó el General, y eligiendo doscientos hombres de los más alentados para continuar el descubrimiento hacia la sierra, encargó al licenciado Gallegos que condujese los ciento sesenta inválidos á Santa Marta, ofreciéndoles con las mayores veras que no se olvidaría de sus fatigas, y que entre todos se distribuirían las riquezas que se ganasen. La suerte desastrosa que tuvieron estos desdichados debe imputarse al licenciado Gallego, que en vez de bajar rápidamente, se entretuvo en los pueblos del río haciendo algún botín, basta que cansados los indios de Mompós, Tamalameque, Chingalé, Simití, Tamalaguataca, Chiquitoque y Talaigua, se reunieron y atacaron á los enfermos, echaron á pique tres embarcaciones, escapando solo Gallegos en una, y eso mal herido y privado de un ojo.

Entre tanto, caminaba Quesada por lugares inaccesibles para los caballos, con tiempo lluvioso y escasez de alimentos. Por tanto, determinó adelantarse con pocos á las sierras de Atun, en donde había visto el capitán San Martín las sementeras, á fin de poder enviar algún auxilio á la retaguardia, que marchaba con mil dificultades. | | | (4) | A ciertos trechos hallaban tambos en que los indios que bajaban con la sal ó subían con el pescado, hacían noche, y al sexto día llegaron á las labranzas, en donde hicieron alto para esperar los caballos, que en parte era preciso sacar en peso, con maromas de bejucos por aquellos riscos, por donde hoy mismo, después de tres siglos, no pueden transitar bestias, y parece imposible que las tres expediciones que por allí subieron en los primeros años del descubrimiento, hubieran podido pasar tantas caballerías con tan corto número de brazos, puesto que sólo Quesada llevó sesenta caballos, de los cuales uno solo se despeñó. Ya comenzaban á sentir algún frío, carecían de abrigo, y viviendo en el monte no podían por la lluvia continua encender fuego, teniendo que comer algunos granos de maíz crudos por toda ración. En este penoso tránsito para subir á la sierra, murieron veinte españoles, y un  indio para siempre el juicio. (Juan Duarte).

El alférez Olalla, que había sido despachado adelante á descubrir con los más ágiles, tuvo varios encuentros con los indios en el valle que llamaron, á causa de está circunstancia, del Alférez, y después de la Grita, por la que les dieron los indios desde las curnbres. Quedaba por vencer al resto de la tropa la última cuesta de la gran sierra de Opón, de más de dos mil metros de altura absoluta sobre el nivel del mar, sobre la cual los esperaba la guardia avanzada. Con inexplicable alegría se vieron por fin todos reunidos en lo más alto, desde donde se descubrían tierras limpias, grandes poblaciones, caminos trillados, vastas sementeras. | | (5) Todo lo que veían era indicio seguro de que el fin de sus trabajos se acercaba, y de que no tendrían en adelante que luchar con la naturaleza, con el hambre, ni con las enfermedades, sino con los hombres, en combates, para los cuales, sin embargo, no estaban tampoco prevenidos, pues las armas oxidadas se rompían al limpiarlas, la grasa de las pieles de iguanas con que habían pretendido reemplazar las vainas de las espadas, las había corroído; de pólvora no poseían un grano seco.

Hizo Quesada reseña de toda su gente, que había quedado reducida á ciento sesenta y seis hombres y sesenta caballos. Los cronistas nos han trasmitido los nombres de casi todos estos descubridores, cuyo valor heroico, que los impulsó á entrarse sin vacilar por las comarcas pobladísimas que se divisaban, sin ar­mas que pudiesen equilibrar la enorme inferioridad del número, merece ciertamente esta distinción. Muchos de los apellidos de los primeros descubridores existen todavía en las diferentes provincias de Nueva Granada. | | | ( | |6)

Aunque flaca, alguna resistencia opusieron las tribus de aquellos valles, pero fueron motas y atropelladas por los caballos, á los cuales cobraron tal terror, que estando una noche acampados los españoles frente á un pequeño caserío situado al lado opuesto de un riachuelo, en donde se habían reunido en actitud hostil los súbditos de Sacreque, cacique de Chipatá, dos ó tres caballos que se soltaron y pasaron retozando la quebrada, fueron suficientes para dispersar los Chipatáes, que se imaginaron que estos animales debían morder como los perros. Si tan pequeños animales, decían, hacen tal estrago, ¿ qué no harán los grandes? Al siguiente día hallaron los caballos apoderados de las casas de los indios, en las que habían entrado para abrigarse ó para devorar las provisiones que en ellas se guardaban. 

(1) Me hallé muchas veces perplejo en mis lecturas antiguas respecto del sitio de Tamalameque, hasta que encontré la clave en la Floresta de Santa Marta escrita por el Ajferez D. Nicolás de la Rosa, que el señor Joaquín Mier con laudable generosidad ha hecho reimprimir á sus expensas, y que contiene á vuelta de muchas cosas inútiles ó inexactas, una ú otra noticia curiosa y datos que merecen conservarse, tal es esta: “La ciudad de Tamalameque fué fundada tres veces en diferentes sitios: la primera en la misma orilla del río Grande, frontero da la villa de Mompox, y esto cons­ta de la ley 11, libro 5.o, título 1.o de las de Indias; la segunda un poco mas arriba en las sabanas que hoy se llaman de Tamalameque  Viejo; y la tercera en las sabanas de Chingalé, en donde hasta hoy permanece desde 1680. La razón de estas mutaciones, la oí á aquellos vecinos antiguos, y fue que tenían por cura un licenciado Bartolomé Balzera, que era de natural in­trépido, y cuando se enojaba con los regidores porque no le daban gusto, hacía cargar las imágenes de la parroquia y las campanas, levantaba altar portátil para celebrar, colgaba las campanas de algún árbol y mandaba repicar la víspera de fiesta, y los vecinos se veían obligados a trasladar sus viviendas para cumplir con el precepto, Como los paramentos de la iglesia eran cortos, esta y las casas de los vecinos de paja, se perdía poco en la intrepidez del cura y la cortedad de los vecinos, que con facilidad se movían por no contender con su párroco ni desgraciarlo.”  Probablemente los vecinos actuales de Tamalameque no serían de le opinión del Alferez de la Rosa,  si llegara hoy el caso. (Regresar a 1)  
(2) Cuando Castellanos escribió, aún vivían muchos de los que habían sufrido aquellos trabajos. El Padre Simón sigue en mucha parte la relación del cura de Tunja, de que copiaremos uno ú otro verso que pintan al natural la situación.Cubiertos van de llagas y de granos,
Cansados de las dichas ocasiones,
En vida los comían los gusanos.
Que nacen por espaldas y pulmones.       
*Nuches*
Llovía sin cesar y no podían prender fuego;
 
Y ansi para secar la pobre tela
El flaco cuerpo servía de candela.
No tienen do llevar hombres enfermos,
Y ansí quedaban muchos por los yermos.
......................................................
Porque jamás se rompió tal aspereza 
Desde que la crió naturaleza.
! Ah cuantos se quedaron escondidos 
Por no verse vivir con tanta muerte. 
Tomando por grandísimo regalo
Acabar de morirse tras un palo.
 .....................................................                            
Montaña tenebrosa y asombrada
Tanto que los humanan sobresalta
De sucios animales toda llena
Cuya memoria solo causa pena.
Un continuo llover, un triste cielo
Truenos, oscuridad, horror eterno, 
Con otras semejanzas del infierno.
2.a parte, elegía 4.a
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(3) Pues por estar sin fuerzas y sin brío,
 Usaba de sepulcros indecentes,
 Porque viendo quedar el cuerpo frío |
 Los vitales espíritus absentes.
 Echaban á los muertos en el río
 Donde los devoraban las serpientes,
 Y asímal cebados en aquel sustento
 Iban sus osadías en aumento.

     CASTELLANOS.  (Regresar a 3)
 
(4) Espesa breña, cenagoso sulo
Y creo que es el peor del Nuevo Mundo,
Do nunca se vé luz que dé consuelo,
Y es el rigor de pluvias sin segundo:
Parécles subir al alto cielo,
Y al bajar que descienden al profundo.
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 (5) Llegaron llenas de regocijo las entrañas
Por ser aquel el fin de las montanas;
Alégranse de ver alegre suelo,
Contemplan otras muchas maravillas,
Alaban los verdores y elegancia,
Y al sabio general de su constancia.
Y cuanto más encumbran las laderas,
Más á placer se ven las rasas cumbres,
Llenas de cultivadas sementeras
Que quitan atrasadas pesadumbres,
Fertilísimos valles y riberas
Con los humanos usos y costumbres;
Vense los pueblos, hierven los caminos, 
Con tratos y contratos de vecinos
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(6) La lista general de los nombres de los primeros pobladores, descubridores y conquistadores de los territorios del Interior de Colombia la encontraría el curioso lector en la obra titulada |Biografías de hombres ilustres ó notables, “relativas á la época del Descubrimiento, Conquista y Colonización,” por Soledad Acosta de Samper. Por ese motivo no se inserta en esta 2da edición del |Compendio el  |Apéndice en que se hallan los nombres de los descubridores compañeros de Jiménez de Quesada. (Nota de los editores de la 2. edición.) (Regresar a 6)
 

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