El licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada marcha por los
Chimilas hasta Tamalameque.—Naufragio de la flotilla que debía
cooperar por el río de la Magdalena al descubrimiento.
—Prepara el Adelantado Lugo nuevos buques que entran al
Magdalena, y todos juntos continúan penosamente la
jornada.—Llegan á Barrancabermeja y desisten de seguir la
exploración por el rió Grande.—Suben la cordilla del
Opón.
Lo questos hicieron
Vereislo, lectores, en cuanto subieron
Tratando las armas, en las aventuras
Obrando virtudes. dejaron ascuras
Roldán y Amadis, que ya
perecieron.
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Palmerin de MIGUEL FERRER.
Díjose en el capítulo 8.0 que el Adelantado Pedro Fernández de
Lugo había hecho el mayor esfuerzo para preparar la expedición que
llevó por caudillo al licenciado Jiménez de Quesada, el cual dió
vuelta á la ciénaga y se internó en las montanas de los Chimilas
manteniéndose en las tierras altas para evitar el esguace de los
caños y lagunas, y porque el punto de reunión indicado para seguir
de conserva con la flotilla que había subido por el río Grande, era
la embocadura del río Cesari en el Magdalena, y territorio del
cacique Tamalanmeque. Llevaba cada soldado ropa y mantenimientos á
cuesta, y por tanto la cantidad de estos artículos no podía ser muy
considerable. Comenzaron pues á escasear los alimentos en aquellas
selvas despobladas en la dirección que seguían.
Hicieron alto y salió una partida á buscar provisiones, la cual
tuvo la fortuna de hallar algunas sementeras de sorprender á los
naturales cosechando el maíz que trajeron al campamento cargado en
los mismos indios. Pocas horas después rompió por entre las tropas
una mujer desgreñada y llorosa, que sin temor ni asombro de tan
extraños huéspedes y animales desconocidos, llegó al grupo de los
prisioneros, y arrojándose en los brazos de un muchacho que allí
estaba, lo estrechó con trasporte. Quiso el licenciado Quesada que
los intérpretes le explicaran lo que aquella india decía, y supo
que el muchacho era su hijo y que venia á constituirse prisionera
para no separarse de su lado. Conmovido de esta prueba de ternura
maternal, ordenó que no soló le restituyeran su hijo al instante,
sino que dió libertad á todos los temas con excepción de un hombre
de edad que conservó para guía. Aseguraba el Licenciado que en el
curso de su larga vida llena de vicisitudes, jamás pudo olvidar la
mirada expresiva de gratitud profunda que aquella simple mujer lo
había dirigido al desaparecer con los suyos en las selvas.
Algunos días después llegaron á las orillas de un rió hondo. y
rápido que el guía declaró llamarse Ariguari y que no pudieron
vadear. Los Capitanes y prácticos dispusieron un puente con las
cuerdas de las hamacas para pasar la ropa, armas y municiones. Los
infantes á volapié y los de á caballo nadando. A pesar de esto,
parte del equipaje se ahogó. Continuaron luego la marcha sin
obstáculo hasta Chiriguaná, pequeña población en donde fueron
recibidos de paz, y de allí á las lagunas de Tamalameque gastaron
doce días, perdidos por falta de guías. El nombre de una península
é isla que comunicaba por una lengua de tierra estrecha desde el
centro de una de las lagunas, era Pacabuy, y allí residía el
cacique en la población principal de sus dominios, que se componía
de tres compartimientos triangulares de casas de paja con una plaza
en la mitad, presentando tres calles y aspecto muy gracioso desde
la laguna. Los españoles no se aventuraron á caballo como lo había
hecho Alfinger, sino que acometieron por tierra á los indios, que
defendieron con empeño el desfiladero, pero flanqueados por los
tiros de arcabuz y de ballesta, dejaron por fin libre el paso y se
rindieron.
En este punto descansó Quesada algunos días, pero envió una
partida á orillas del, río Grande de la Magdalena á fin de que lo
esperasen los buques que ya suponía llegando, pues ignorado el
desastre acontecido á la flotilla, de la cual solo dos buques de
los más pequeños que entraron por la boca de sotavento ó de Ceniza
pudieron penetrar hasta Malambo con el Capitán. Chamorro; de los
otros cuatro, dos se perdieron en la costa pretendiendo entrar por
la boca grande estando el rio crecido y con. fuerte brisa; otros
llegaron á Cartagena de arribada, en donde las tripulaciones y
oficiales pasaron al Perú, con excepción del Capitán Manjarrés, que
volvió á dar cuenta al Adelantado de la. desgracia. No decayó este
de ánimo, sino que habilitó dos ó tres buques viejos á fin de que
se juntasen con los que estaban en Malambo y cuyo Capitán había
avisado que no se atrevía á subir con tan pequeña fuerza el río
cuando las poblaciones de sus orillas parecían considerables, según
el número de canoas que sin cesar lo circundaban en actitud
hostil.
Pasaron entre tanto dos meses antes que el nuevo jefe de la
flotilla licenciado Gallegos se aparejase á subir el río después de
reunido con los que esperaban en Malambo, verificándolo con muchas
precauciones para evitar las flechas de los indios en la parte baja
del Magdalena, que era la más poblada. Hubo ocasión en que se
vieron rodeados de hasta des mil pequeñas canoas con indios que
venían á flecharlos, y que no se dispersaban sino á los
tiros de dos pedreros que hacían grande estrago en tan densa masa
de hombres. Subían unas veces á remo ó con cuerdas, cuando la
orilla lo permitía. Cansado de esperar a Quesada en la embocadura
del Cesari la flotilla, determinó subir por la margen derecha del
Magdalena, hasta un sitio que llamaban Sompallón, que se decía
abundante en víveres, y que es
por ventura el actual Tamalamequé en las sabanas dé Chingalé.
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|(1).
Viendo el licenciado Quesada que después de algunos días de
esperar en Sompallón no llegaba la flotilla, y no siendo posible
continuar la marcha por el número de enfermos que no podían ya
caminar por las trochas casi intransitables que se hacían para el
ejército, que había perdido ya cien hombres desde su salida de
Santa Marta, determinó enviar una partida río abajo á dar prisa á
los buques que suponía cercanos, como en efecto lo estaban. Dentro
de breves días llegaron y supo Quesada la causa de detención,
alentando sus tropas cuyo ánimo había decaído con las pérdidas de
sus compañeros y de la ropa y menesteres que cada uno había
embarcado, y de que se veían privados en tan tristes
circunstancias. Embarcáronse los enfermos, y los sanos siguieron
por tierra auxiliados por las barcas para atravesar los ríos, en
cuya operación habían perdido siempre mucho tiempo, pues era
preciso buscar lugares estrechos y cortar árboles que sirvieran al
caer de puentes naturales, siendo algunos soldados que se arrojaban
á nado presa de los caimanes.
Los macheteros, bajo las órdenes del Capitán Insá, abrían la
senda por el bosque espeso y por lugares no hollados jamás por
planta humana, pues los indios se manejaban en canoas, y el límite
superior de las excursiones de los españoles de Santa Marta río
arriba, había sido hasta entonces Sornpallón. En los sitios. en que
la selva era más impenetrable, gastaban los macheteros ocho días en
abrir el camino que debía recorrerse en uno solo. Los buques
solicitaban con trabajo en las dos riberas del río algunas
provisiones con que socorrer las necesidades del ejército, pero
como á medida que subían el río, las poblaciones eran mas raras y
las sementeras más cortas, sufrían mucho por falta de alimentos.
Las avispas, hormigas, mosquitos, reptiles é insectos de toda
especie se cebaban sobre los cuerpos extenuados de nuestros
descubridores, y algunos de estos se ocultaban para morir
tranquilos en el fondo de las selvas, como se tachaba de ver por el
sitio en que se hallaban los cadáveres cuando los compañeros los buscaban. La lluvia continua
aumentaba sus miserias y la causa de las enfermedades.
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|
(2)
Estando acampados en las orillas de un río caudaloso de aguas
bermejas, se sacó un tigre á un español de su hamaca; á sus gritos
acudieron los demás, y asustado el animal abandonó su presa.
Colgaron entonces la hamaca mucho más alta, pero al día siguiente
la hallaron vacía, pues el tigre sacó más tarde silenciosamente á
su víctima, cuyos gemidos no pudieron escuchar sus compañeros
adormecidos y cansados, ó por el ruido de la lluvia ó de los
truenos. A este río se le dió el nombre de Serrano, que era el del
soldado, y que actualmente no conserva el río.
Crecían las necesidades y desdichas cuando llegaron á un río de
aguas negras que atravesaron en los botes. Ya entonces no tenían ni
un grano de sal para sazonar los cogollos de plantas con que se
alimentaban. Comenzaron á matar ocultamente los caballos á fin de
que se les distribuyese la carne. Para atajar el daño ordenó
Quesada que se arrojasen al río todos los caballos que murieran,
manifestándoles que, si los mataban, no podrían conquistar las
hermosas regiones que andaban buscando. Dieron por un aviso al
licenciado Quesada que de los buques se avistaba una población en
lo alto de ciertas barrancas bermejas que brillaban con los rayos
del sol poniente. Estaba el jefe español tan desesperado de ver los
estragos que el hambre hacía en su campo, que se resolvió
temerariamente á partir en persona con seis ú ocho oficiales que
cupieron en tres ligeras canoas, las que bogando toda la noche
llegaron poco después de amanecer al pueblo, que se componía de
treinta casas, pero que hallaron desamparado de sus habitantes, los
que huyeron luego que observaron los buques grandes que subían el
río, y percibieron la grita y humos de los que iban por tierra.
Nada hallaron de provecho en las casas; pero la vista de las
sementeras de maíz y yucas en las inmediaciones, los consoló de la
falta de oro, y cuando después de seis días llegó el grueso del
ejército, ya se había establecido un sistema regular de
distribución á favor del cual duraron muchos días aquellas
provisiones. Encontraron también registrando los bosques ciertas
mantas de algodón pintadas a mano de diversos colores, primeros
indicios de civilización próxima de que se valió Quesada para
animar sus tropas.
Antes de moverse de este sitio, que llamaban la Tora ó Cuatro
Bocas, por dos islas paralelas que forma el río, y que hoy está
despoblado y se conoce con el nombre de Barranca—Bermeja, se
ordenó á la flotilla que continuase río arriba hasta descubrir
nuevas poblaciones. Veinte días gastaron los buques en este viaje,
y al fin tornaron á la Tora desconsolados, diciendo que no habían
hallado ni vestigios dé habitantes en las orillas del Magdalena,
que parecían mas agrestes y solitarias á medida que se subía más.
Entre tanto las enfermedades habían cundido en el campo de la Tora,
y eran tantos los que morían, que
ya no daban sepultura á los cadáveres, sino que los arrojaban al
río,
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(3)
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por cuyo motivo el
atrevimiento y los daños que causaban los caimanes eran tales, que
se veían privados de acercarse al río para bañarse, lavar las
ropas; y aun para sacar agua tenían que valerse de largas varas, en
cuyas extremidades se colgaban las vasijas.
Las partidas que fueron por tierra no tuvieron mejor resultado,
de suerte que hasta los más antiguos capitanes, como Céspedes y San
Martín, comenzaron á desesperar enteramente del buen resultado de
la empresa. A este último enviaron las tropas como delegado cerca
de Quesada, el cual había sabido conservar, en los ocho meses que
iban corridos desde que la expedición salió de Santa Marta, y en
circunstancias bien difíciles, los fueros de la autoridad, que
tanto necesita rodearse de respetos para mantener su fuerza y
vigor. El capitán San Martín hizo presente al general que la
opinión dc todos resistía la continuación de una tentativa de
exploración que ya era temeraria después de haber perdido la mitad
de los soldados y de hallarse sin rutas ni dirección para seguirla;
que mejor les estaría regresar á Santa Marta ó por lo menos á
Tamalameque, tierra abundante de víveres, en donde podrían fundar
una población que les sirviera de escala para descubrimientos
posteriores.
El licenciado respondió con firmeza que la perdición era más
segura volviendo atrás, porque, no cabiendo todos en los buques,
moriría el resto de la gente en el curso de una vergonzosa
retirada, emprendida justamente cuando ya comenzaban á ver indicios
de las tierras más cultas que buscaban, y de las cuales, según se
decía en la costa, venía el oro que ya habían agotado en lo
descubierto; que el Adelantado había empleado toda su hacienda y
sus recursos en los aprestos de esta jornada, la que, por su parte,
no pensaba abandonar sino con la vida, porque en la tardanza estaba
el peligro, y otros descubridores más tenaces cogerían el fruto si
ellos, por falta de constancia, desistían; y por último, que
tendría por enemigo al que en adelante le propusiera partido tan
pusilánime y tan ajeno del valor castellano. Sometiéronse sin
replicar los hombres de guerra á la decisión de un abogado que por
la primera vez mandaba las armas, y esto en el fondo de un
desierto, en donde tan fácil, les habría sido quitarle el mando,
porque en todas las condiciones de estados la grandeza de alma y la
resolución imponen silencio y demandan obediencia de los que
vacilan. Creen estos que el que con tanta entereza persiste en
alguna decisión, es porque ve más lejos que ellos, y se inclinan
delante de una inteligencia superior. De la conducta digna y firme
del licenciado Quesada en estas circunstancias, dependió el suceso
con que fué coronada esta empresa, y las riquezas y honores de que
el mismo fué colmado.
Adoptó Quesada un término medio entre seguir la exploración por
el río Grande y por tierra. Veíanse á la izquierda los
contrafuertes de la cordillera que se acercan al río Grande, y por
entre los cuales baja el río Opón. En tres canoas pequeñas y con
doce hombres escogidos se despachó al capitán San Martín por este
río Arriba. En la primera jornada no vieron nada que les llamara la
atención; en la segunda, en un estrecho de más rápidas corrientes,
se encontraron repentinamente con una canoa en que bajaban dos
indios, los cuales se arrojaron á nado y huyeron á los bosques,
dejando en poder de los españoles la canoa, en la cual hallaron
algunas mantas coloradas muy finas, y lo que les causó mayor
alegría, ciertas moyas de sal blanca y dura, muy diferente de la
del mar. Esta fué la primera sal de Zipaquirá que vieron a los
europeos, y que decidió del descubrimiento. Siguió el capitán San
Martín su camino, ansioso de hallar otras noticias con que volver
al campamento, y en efecto, vió dos casas abandonadas en las
márgenes del río, pero llenas de moyas de sal, y reconoció que
aquel era el puerto de depósito de este artículo, que sin duda se
traía de lo interior para el consumo de los habitantes de aquellos
parajes, pues desde aquí se observaba camino trillado hacia la
sima. Vararon las canoas, dejándolas en custodia de tres soldados,
y el capitán marchó con los nueve restantes, hasta que comenzó á
observar en las alturas vecinas humaredas, campos cultivados y
otros indicios claros de grandes poblaciones. Juzgó que era
temeridad avanzarse más con tan corto número de soldados, y
retrocedió sin parar hasta que les cogió la noche. Detuviéronse por
ser ésta muy oscura, pero con la mayor vigilancia, temiendo haber
sido descubiertos y seguidos por los indios, que tan sutiles se
mostraban siempre para observar los movimientos de los españoles,
sin dejarse ver.
Al rayar el día siguiente fueron acometidos estos diez hombres
por un crecido número de indios, de quienes se defendieron
valerosamente, haciéndoles conocer el temple de las armas europeas
y la diferencia de éstas á la flechas, dardos y macanas.
Desaparecieron los indígenas dejando varios muertos y un prisionero
en manos de los españoles, de los cuales algunos fueron levemente
heridos. Interrogaron por señas al preso, que era un indio muy ágil
é inteligente; éste les dió, según imaginaron, noticia de que
presto llegarían á tierras abundantes de oro, de víveres, con
innumerable gente vestida, campiñas limpias y extendidas; en una
palabra, todo aquello que deseaban con más ahínco. Embarcáronse,
pues, en las canoas que los esperaban en las márgenes del Opón, y
partieron á boga arrancada, engalanándose con los plumajes y otros
adornos que habían hallado, las mantas flotantes en guisa de
banderas, y gritando al acercarse á los reales de la Tora estas ó
semejantes palabras, que Castellanos puso en verso, y que
manifiestan bien que era lo que más deseaban y lo que en efecto
encontraron después:
Diciendo: ¡ Tierra buena! ¡ tierra buena!
Tierra que pone fin á nuestra pena.
Tierra de oro, tierra bastecida,
Tierra para hacer perpetua casa,
Tierra con abundancia de comida,
Tierra de grandes pueblos, tierra rasa,
Tierra donde se ve gente vestida,
Y á su tiempo no sabe mal la brasa;
Tierra de bendición, clara y serena;
¡Tierra que pone fin á nuestra penal
¡Tierra do se destierran las malicias
De todas estas vivas pestilencias,
Y sus valles y cumbres son propicias
A nobles y generosas influencias !
De rodillas recibieron los del campo tan alegres nuevas, y la
sal, que llevaron en triunfo al General. Al día siguiente, después
de haber oído devotamente la misa que dijo Fray Domingo de las
Casas, uno de los dos capellanes, levantaron el campo y se entraron
en la montaña de la izquierda á orillas del Opón; los buques por
este río, aunque con gran dificultad, por la fuerza de las
corrientes y palos. Como marchaban por la vega, una noche la
avenida del Opón fue tan súbita, que les fué forzoso subirse á los
árboles para no ahogarse, amaneciendo los caballos cubiertos de
cieno y perdidas las pocas provisiones que llevaban, Para
satisfacer el hambre desnudaron las espadas y comieron las vainas,
correas y cuanto tenían de cuero. Luego que llegaron al puerto de
la Sal, advirtieron que desde allí no tenía el río agua suficiente
para los barcos, y que era preciso dejarlos con los enfermos,
expuestos á morir de hambre, ó despacharlos á Santa Marta.
Este último partido fué el que adoptó el General, y eligiendo
doscientos hombres de los más alentados para continuar el
descubrimiento hacia la sierra, encargó al licenciado Gallegos que
condujese los ciento sesenta inválidos á Santa Marta, ofreciéndoles
con las mayores veras que no se olvidaría de sus fatigas, y que
entre todos se distribuirían las riquezas que se ganasen. La suerte
desastrosa que tuvieron estos desdichados debe imputarse al
licenciado Gallego, que en vez de bajar rápidamente, se entretuvo
en los pueblos del río haciendo algún botín, basta que cansados los
indios de Mompós, Tamalameque, Chingalé, Simití, Tamalaguataca,
Chiquitoque y Talaigua, se reunieron y atacaron á los enfermos,
echaron á pique tres embarcaciones, escapando solo Gallegos en una,
y eso mal herido y privado de un ojo.
Entre tanto, caminaba Quesada por lugares inaccesibles para los
caballos, con tiempo lluvioso y escasez de alimentos. Por tanto,
determinó adelantarse con pocos á las sierras de Atun, en donde
había visto el capitán San Martín las sementeras, á fin de poder enviar algún auxilio á la retaguardia,
que marchaba con mil dificultades.
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(4)
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A ciertos trechos hallaban
tambos en que los indios que bajaban con la sal ó subían con el
pescado, hacían noche, y al sexto día llegaron á las labranzas, en
donde hicieron alto para esperar los caballos, que en parte era
preciso sacar en peso, con maromas de bejucos por aquellos riscos,
por donde hoy mismo, después de tres siglos, no pueden transitar
bestias, y parece imposible que las tres expediciones que por allí
subieron en los primeros años del descubrimiento, hubieran podido
pasar tantas caballerías con tan corto número de brazos, puesto que
sólo Quesada llevó sesenta caballos, de los cuales uno solo se
despeñó. Ya comenzaban á sentir algún frío, carecían de abrigo, y
viviendo en el monte no podían por la lluvia continua encender
fuego, teniendo que comer algunos granos de maíz crudos por toda
ración. En este penoso tránsito para subir á la sierra, murieron
veinte españoles, y un indio para siempre el juicio. (Juan
Duarte).
El alférez Olalla, que había sido despachado adelante á
descubrir con los más ágiles, tuvo varios encuentros con los indios
en el valle que llamaron, á causa de está circunstancia, del
Alférez, y después de la Grita, por la que les dieron los indios
desde las curnbres. Quedaba por vencer al resto de la tropa la
última cuesta de la gran sierra de Opón, de más de dos mil metros
de altura absoluta sobre el nivel del mar, sobre la cual los
esperaba la guardia avanzada. Con inexplicable alegría se vieron
por fin todos reunidos en lo más alto, desde donde se descubrían tierras limpias,
grandes poblaciones, caminos trillados, vastas sementeras.
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(5)
Todo lo que veían era
indicio seguro de que el fin de sus trabajos se acercaba, y de que
no tendrían en adelante que luchar con la naturaleza, con el
hambre, ni con las enfermedades, sino con los hombres, en combates,
para los cuales, sin embargo, no estaban tampoco prevenidos, pues
las armas oxidadas se rompían al limpiarlas, la grasa de las pieles
de iguanas con que habían pretendido reemplazar las vainas de las
espadas, las había corroído; de pólvora no poseían un grano
seco.
Hizo Quesada reseña de toda su gente, que había quedado reducida
á ciento sesenta y seis hombres y sesenta caballos. Los cronistas
nos han trasmitido los nombres de casi todos estos descubridores,
cuyo valor heroico, que los impulsó á entrarse sin vacilar por las
comarcas pobladísimas que se divisaban, sin armas que pudiesen
equilibrar la enorme inferioridad del número, merece ciertamente
esta distinción. Muchos de los apellidos de los primeros descubridores existen todavía en las
diferentes provincias de Nueva Granada.
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|6)
Aunque flaca, alguna resistencia opusieron las tribus de
aquellos valles, pero fueron motas y atropelladas por los caballos,
á los cuales cobraron tal terror, que estando una noche acampados
los españoles frente á un pequeño caserío situado al lado opuesto
de un riachuelo, en donde se habían reunido en actitud hostil los
súbditos de Sacreque, cacique de Chipatá, dos ó tres caballos que
se soltaron y pasaron retozando la quebrada, fueron suficientes
para dispersar los Chipatáes, que se imaginaron que estos animales
debían morder como los perros. Si tan pequeños animales, decían,
hacen tal estrago, ¿ qué no harán los grandes? Al siguiente día
hallaron los caballos apoderados de las casas de los indios, en las
que habían entrado para abrigarse ó para devorar las provisiones
que en ellas se guardaban.
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(1)
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Me hallé muchas veces perplejo en mis lecturas antiguas
respecto del sitio de Tamalameque, hasta que encontré la clave en
la Floresta de Santa Marta escrita por el Ajferez D. Nicolás de la
Rosa, que el señor Joaquín Mier con laudable generosidad ha hecho
reimprimir á sus expensas, y que contiene á vuelta de muchas cosas
inútiles ó inexactas, una ú otra noticia curiosa y datos que
merecen conservarse, tal es esta: “La ciudad de Tamalameque
fué fundada tres veces en diferentes sitios: la primera en la misma
orilla del río Grande, frontero da la villa de Mompox, y esto
consta de la ley 11, libro 5.o, título 1.o de las de Indias; la
segunda un poco mas arriba en las sabanas que hoy se llaman de
Tamalameque Viejo; y la tercera en las sabanas de Chingalé, en
donde hasta hoy permanece desde 1680. La razón de estas mutaciones,
la oí á aquellos vecinos antiguos, y fue que tenían por cura un
licenciado Bartolomé Balzera, que era de natural intrépido, y
cuando se enojaba con los regidores porque no le daban gusto,
hacía cargar las imágenes de la parroquia y las campanas, levantaba
altar portátil para celebrar, colgaba las campanas de algún árbol y
mandaba repicar la víspera de fiesta, y los vecinos se veían
obligados a trasladar sus viviendas para cumplir con el precepto,
Como los paramentos de la iglesia eran cortos, esta y las casas de
los vecinos de paja, se perdía poco en la intrepidez del cura y la
cortedad de los vecinos, que con facilidad se movían por no
contender con su párroco ni desgraciarlo.”
Probablemente los vecinos actuales de Tamalameque no serían de
le opinión del Alferez de la Rosa, si llegara hoy el caso. (Regresar a 1)
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|
(2)
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Cuando Castellanos escribió, aún vivían muchos de los que
habían sufrido aquellos trabajos. El Padre Simón sigue en mucha
parte la relación del cura de Tunja, de que copiaremos uno ú otro
verso que pintan al natural la situación.Cubiertos van de
llagas y de granos,
Cansados de las dichas ocasiones,
En vida los comían los gusanos.
Que nacen por espaldas y pulmones.
*Nuches*
Llovía sin cesar y no podían prender fuego;
Y ansi para secar la pobre tela
El flaco cuerpo servía de candela.
No tienen do llevar hombres enfermos,
Y ansí quedaban muchos por los yermos.
......................................................
Porque jamás se rompió tal aspereza
Desde que la crió naturaleza.
! Ah cuantos se quedaron escondidos
Por no verse vivir con tanta muerte.
Tomando por grandísimo regalo
Acabar de morirse tras un palo.
.....................................................
Montaña tenebrosa y asombrada
Tanto que los humanan sobresalta
De sucios animales toda llena
Cuya memoria solo causa pena.
Un continuo llover, un triste cielo
Truenos, oscuridad, horror eterno,
Con otras semejanzas del infierno.
2.a parte, elegía 4.a
(Regresar a 2)
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(3)
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Pues por estar sin fuerzas y sin brío,
Usaba de sepulcros indecentes,
Porque viendo quedar el cuerpo frío
|,
Los vitales espíritus absentes.
Echaban á los muertos en el río
Donde los devoraban las serpientes,
Y asímal cebados en aquel sustento
Iban sus osadías en aumento.
CASTELLANOS. (Regresar a 3)
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(4)
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Espesa breña, cenagoso sulo
Y creo que es el peor del Nuevo Mundo,
Do nunca se vé luz que dé consuelo,
Y es el rigor de pluvias sin segundo:
Parécles subir al alto cielo,
Y al bajar que descienden al profundo.
(Regresar a 4)
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(5)
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Llegaron llenas de regocijo las entrañas
Por ser aquel el fin de las montanas;
Alégranse de ver alegre suelo,
Contemplan otras muchas maravillas,
Alaban los verdores y elegancia,
Y al sabio general de su constancia.
Y cuanto más encumbran las laderas,
Más á placer se ven las rasas cumbres,
Llenas de cultivadas sementeras
Que quitan atrasadas pesadumbres,
Fertilísimos valles y riberas
Con los humanos usos y costumbres;
Vense los pueblos, hierven los caminos,
Con tratos y contratos de vecinos
(Regresar a 5)
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(6)
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La lista general de los nombres de los primeros
pobladores, descubridores y conquistadores de los territorios del
Interior de Colombia la encontraría el curioso lector en la obra
titulada
|Biografías de hombres ilustres ó notables,
“relativas á la época del Descubrimiento, Conquista y
Colonización,” por Soledad Acosta de Samper. Por ese motivo no
se inserta en esta 2da edición del
|Compendio el
|Apéndice en que se hallan los nombres de los descubridores
compañeros de Jiménez de Quesada. (Nota de los editores de la 2.
edición.) (Regresar a 6)
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