INDICE




Prólogo
Introducción

CAPITULO I
Colón descubre las costas del istmo de Panamá...

CAPITULO II
Descubrimiento de las costas de la Nueva Granada desde el cabo Chichibacoa hasta el golfo de Urabá, por Ojeda y Bastidas.

CAPITULO III
Bajo la dirección de Vasco Nunez de Balboa, adquiere la Antigua del Darién mucha importancia.

CAPITULO IV
Desbaratan los Indios á Balboa...

CAPITULO V
Comiénzase el descubrimiento de las Costas del Chocó al sur...

CAPITULO VI
Entrada y crueldades del alemán Alfínger en el valle de Upar...

CAPITULO VII
Combate de Canopote...

CAPITULO VIII
Descubrimiento de Antioquia

CAPITULO IX
Jornada de Jorge Espira desde Coro á los Llanos del Apure, y de allí al Sur, hasta los afluentes del Amazonas

CAPITULO X
El   licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada marcha por los Chimilas hasta Tamalameque...

CAPITULO XI
Extensión y limites del territorio de los Chibchas ó Muíscas...

CAPITULO XII
Prosigue Quesada su descubrimiento...

CAPITULO XIII
Reúne Quesada sus tropas en Bogotá

CAPITULO XIV
Gobierno de Lorenzo de Aldana en el sur...

CAPITULO XV
Fundación de Timaná...

CAPITULO XVI
Mal éxito de las persecuciones de Gonzalo Jiménez de Quesada en España

CAPITULO XVII
Socorre el Adelantado Belalcázar al Gobernador Vaca de Castro, con tropas para reducir a los rebeldes en el Perú, y le despide este desabridamente...

CAPITULO XVIII
Llegada de Armendariz á Santa Fe y sus primeras tropelías...

CAPITULO XIX
Fundación de las villas de Almaguer y la Plata...

CAPITULO XX
Gobierno de la audiencia...
Catálogo
Manuscritos
Documento número siete
Jornada de Jorge Espira desde Coro á los Llanos del Apure, y de allí al Sur, hasta los afluentes del Amazonas.—Sigue sus huellas con más fortuna Nicolás Fredemán.—Descubrimiento de las provincias del sur de Nueva Granada por Sebastián de Belalcázar.  

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Más ya con hambre, ya con alimentos,
Todos con Fredemán iban contentos.
...............................................
Parece que nació para gobierno,
Y en abundancia en necesidades
En su campo jamás reinó discordia.
Ni en su pecho faltó misericordia.

CASTELLANOS, 2. parte.

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La idea falsa de que debían encontrar poblaciones, importantes y grandes riquezas en las llanuras bajas y ardientes que se extienden al oriente de la cordillera de los Andes, engañó á los descubridores que partieron de Venezuela en el año de I535 y 1536, | y de los cuales corresponde tratar en este capítulo., por haber transitado por una vasta extensión del territorio granadino, cuyo descubrimiento en el orden en que se hizo es el objeto de nuestra narración.

El primero fue Jorge de Espira, Gobernador de Venezuela, nombrado por los Belzares ó Welzeres. Salió éste de Coro con trescientos infantes y ciento de á caballo, atravesó la cordillera por los nacimientos del río Tocuyo, cuya hoya había seguido; bajó á los llanos, detúvose algunos meses mientras pasaba la inundación, que es en aquellas regiones periódica, y luego emprendió su marcha hacia el sur. La enumeración de los trabajos de esta jornada sería cosa monótona, y repetir lo que tantas veces hallaremos en esta relación. Temiendo las asperezas y precipicios de la sierra que tantas dificultades ofrecían para el transporte de los caballos, sufrieron obstáculos quizá mayores, que provenían de los ríos caudalosos que tuvieron que atravesar, de la falta de alimentos en tierras despobladas, de los mosquitos y otras plagas, y de la influencia perniciosa del clima. Los combates con las tribus de los Choques, Guaiqueries, Chiscas y Laches, les causaron menos pérdidas que las enfermedades que minoraban su número y les daban entorpecimientos en la marcha. El Capitán Velasco, Teniente de Espira, que incurrió en desgracia, por ciertas expresiones de descontento y de amenaza que se atrevió á proferir, fué despachado con algunos enfermos á Coro, dándole escolta hasta las montañas.

La segunda estación de las lluvias la pasó Espira acampado en las barrancas del río Opia, no decidiéndose á subir la cordi­llera para buscar al poniente las tierras de los Muíscas, de que comenzó á tener noticias á las cuales no dió entero crédito, sos­pechando que eran estratagema de los indios para desviarlo de su objeto principal, que lo era buscar al sur un nuevo Perú.

En este invierno sufrieron todavía mayores necesidades, pues en las sabanas, en tiempo seco, hallaban abundancia de venados que en ocasiones les procuraban alimento sano y agradable, mientras que cuando el llano estaba inundado, solo vivían de palmitos, de hojas y de raíces silvestres. El atrevimiento y ferocidad de los tigres era tal, que llegaban por la noche, y á la vista de todos mataban los caballos y aun algunos indios de servicio y soldados. Las tentativas que hicieron para construir balsas y salir en ellas á buscar bastimentos, no les produjeron sino tristes desengaños y pérdidas, pues como semejantes embarca­ciones solo sirven para bajar los ríos mansos, y no se prestan á ser dirigidas á un punto dado, los indios se burlaban de los ensayos de los castellanos, que no se atrevían á alejarse mucho del campamento.

Apenas cesaron las lluvias, cuando continuaron los españoles su peregrinación por el pie de la cordillera, cuidando Espira de enviar partidas de cuando en cuando hacia la sierra á sacar provisiones. En una de estas entradas hallaron un pueblo rodeado de una fortísima estacada de palmas espinosas, con su foso al rededor, el cual sitiaron por algunos días, sin haber podido hacerse dueños de él, y se vieron forzados á retirarse sin fruto alguno. Pocos días después trataron los indígenas de sorprenderlos con un ataque nocturno, pero lo que más afligía á Espira, era la diversidad de lenguas que á cada paso encontraba y que inutilizaban los intérpretes que sacaba de cada sitio, de modo que muchas veces, para tomar una noticia, tenía que valerse de seis ú ocho indios de distintas tribus, que se interrogaban unos á otros en su presencia. Es de inferirse cuán alterada llegaría la respuesta pasando por tantas bocas y lenguas semibárbaras, y no hay que maravillarse de que este Jefe caminara así, siempre en la dirección que se había propuesto y en cuyo apoyo hallaba siempre respuestas favorables.

El día 15 de Agosto de |1536 se detuvieron en un pueblo que llamaron de la Asunción de Nuestra Señora por esta circunstancia. Hallaron algunos mantenimientos, y se regocijaron con noticias más positivas que creían haber obtenido de los indios, de la aproximación á tierras más ricas. No está el lugar muy distante de otro que el Capitán Juan de Avellaneda llamó más tarde San Juan de los Llanos. En este lugar vieron un templo pajizo, dedicado al sol y muy espacioso, en que había un móhán ó | sacerdote y gran número de mujeres jóvenes que cuidaban de los sacrificios, y que tenían provisiones abundantes contribuidas por los habitantes de la comarca vecina.

Siguieron luego la mancha hasta las márgenes del río Ariari, que no pudieron vadear por estar crecido. Aparecían en la orilla derecha muchos indios que les traían en sus canoas mantenimientos, pero no los desembarcaban mientras los españoles no se alejaban de las barrancas, y mostraban holgarse mucho con los cascabeles que se dejaban en la ribera para. halagarlos. Por las noches hacían grandes hogueras á fin de no perder de vista á los españoles. En una de estas noches se despertaron sobresaltados por una tremenda grita de los indios, que herían la tierra y los árboles con sus armas, como locos, y manifestaban la mayor indignación. Advirtieron entonces que la luna se eclipsaba, lo que había dado lugar á tales clamores, porque estos indígenas consideraban la ocultación momentánea de la luna sin causa aparente, como indicio de grandes calamidades.

Cansados de esperar el fin de la avenida del Ariari, se resolvieron los españoles á buscarle paso por muy arriba, como en efecto lo hallaron, y continuando la marcha dieron en otro río caudaloso que llamaban los iridios Guayare ó Canicamare, en donde tuvieron un reñido encuentro, y después con los Guayupes, que se pintaban de negro el cuerpo, y se presentaban medio ebrios al combate, con que no les fué difícil vencerlos. Por último llegaron á las orillas del Papamene, maravillados de ver al pie mismo de la cordillera bajar tan considerable número de ríos caudalosos.

Los indígenas de Papamene mostraron sentimientos de paz, y aunque sorprendidos al principio de ver las barbas de los castellanos y los caballos, cedieron luego, y les regalaron mantenimientos y algunas mantas, pero nada de oro, que era el objeto primario de su peregrinación. Levantaron, pues, el campo, y á pocos días hallaron á los |choques, indígenas feroces, sucios y antropófagos, cuyas armas eran las canillas de sus enemigos, afiladas y empatadas en astas largas, de que se servían como de lanzas; usaban también macanas de palma | | (1) .

Aquí sentó Espira sus reales, y despachó á Esteban Martín, el mismo que había salvado los restos de la tropa de Alfínger, con alguna gente, á explorar la tierra al poniente y al sur; No llevaron caballos por ir más expeditos y ligeros, lo que fué causa de que no pudieran romper un escuadrón considerable de Choques, que perfectamente unidos resistieron el impulso de los españoles, y aun hirieron mortalmente á Martín y á su segundo, obligándolos á retirarse al campo y á abandonar algunos de los heridos. Los Choques manifestaban la mayor resolución y serenidad en el combate; luego que los españoles se retiraban, permanecían inmóviles, apoyados en las picas, y defendiendo sus cuerpos de la lluvia con los mismos escudos de madera y pieles con que los habían favorecido de las armas españolas en la batalla. En su retirada abandonaron los castellanos la ropa y cuanto tenían, que los indígenas despedazaban y arrojaban al viento, desdeñando apropiarse cosas que les eran inútiles. Aquí se vio claramente que la falta de armas de fuego y de caballos reducía de tal modo las fuerzas de los españoles, que no era ya difícil rechazarlos, aun á tribus poco numerosas. La pólvora se había acabado, y los arcabuces, que de nada servían, se habían arrojado como peso inútil, en el curso de esta larga jornada.

Afligido Espira con estos contratiempos y enteramente desalentado, viendo su gente enferma y muertos algunos capitanes de los más esforzados, se resolvió á dar de mano á la empresa del descubrimiento, y retirarse á Coro por el mismo camino como lo verificó, llegando al cabo de algunos meses á las márgenes del Apure. En el tránsito perecieron todavía muchos ofi­ciales y soldados, entre otros Murcia de Rondón, que había servido de Secretario al Rey Francisco I de Francia durante su cautiverio en Madrid.

El Gobernador Espira, advirtiendo rastros de españoles, conoció que debía ser la tropa de Fredemán, y envió á darles alcance, aunque no lo consiguió, pues éste se había separado de la dirección que llevaba, por no encontrarse con Espira, según veremos. El Gobernador no llegó á Coro hasta el 15 de Mayo de 1538, y gastó tres años en su expedición. En carta que escribió al Rey, dando cuenta de esta jornada, dice que anduvo “más de quinientas leguas hasta los Choques, y que no estando ya más de veinticinco leguas de lo que buscaba, se halló tan debilitado de gentes, caballos y armas, que hubo de volver á rehacerse para acabar la jornada.”

Fué Espira, dice Herrera, hombre honrado y cristiano; templado y de buena condición. Puede en verdad creerse este testimonio, si se atiende á que en la residencia que le tomó el juez Navarno, no le resultó cargo alguno, y así murió pacíficamente en su Gobernación, bien quisto de todos, en 1545.

Fredemán habría debido seguir mucho antes en alcance de Espira, con mayor número de hombres, armas y caballos, pero quiso antes probar fortuna con la pesquería de las perlas en el cabo de la Vela, siendo el primero que lo intentó, aunque por entonces sin efecto, por ser inadecuadas las máquinas que trajo de Santo Domingo. Era este alemán Teniente general de Jorge Espira; como él, querido también de los soldados, á quienes trató siempre con las consideraciones debidas. Era, además, valiente, audaz y emprendedor. La historia no nos ha transmitido tam­poco crueldad alguna de que se hiciera culpable respecto de los indios, de modo que será éste uno de los pocos descubridores cuya memoria pase á la posteridad libre de toda mancha. Fué hombre de estatura mediana, barba roja, muy ágil y sufrido. 

Internóse, como llevamos dicho, hacia los Llanos, desde que tuvo noticia de la vuelta de Espira, á quien no deseaba encontrar, porque se prometía seguir solo su descubrimiento, seguido de poco más de doscientos hombres que llevaba. Las ciénagas de Arechona y Caocao le dieron mucho trabajo, porque al pasarlas se enterraban hombres y caballos. Sustentábanse con el pescado, y hallaban con frecuencia mantas y algodón hilado en enormes ovillos, que los indios escondían en el pajonal para sustraer estos objetos á la rapacidad de los españoles. Luego que estos perdieron de vista la cordillera, comenzaron á escasear las provisiones, y les fué forzoso alimentarse con los caballos que morían de cierta enfermedad desconocida, hasta que llegaron á una región más sana, que regaba un río estrecho, en cuyas márgenes se veían ruinas de grandes poblaciones. Decían los indígenas que una sierpe ó reptil de muchas cabezas que salía del río había devorado á los antiguos habitantes.

Aproximándose el invierno, volvió Fredemán á dirigirse á la cordillera á buscar terreno que no se inundase, para pasar la estación lluviosa, despachando adelante al Capítán Pedro de Limpias, uno de los más activos oficiales que le  acompañaban. En las cabeceras del río Pauto, adonde llegaron dando un rodeo, halló Limpias muchos pueblos y abundancia de comestibles, y envió ocho soldados de á caballo á encontrar y conducir á Fredemán, que marchaba á la ventura. Es de admirar que en aque­llas llanuras cubiertas de altos pajonales, y que hacen horizonte por todas partes, habitadas por tribus que hablaban diferentes idiomas, pudieron hallarse sin biújula estos puñados de españoles, cuando hoy mismo se necesitan buenos prácticos para atravesarlas. En el cúmulo de miserias y de contratiempos con que tuvieron que luchar, les parecieron sin duda poco dignas de mencionarse las pérdidas y los extravíos frecuentes que precisamente sufrieron, y que muy rara vez indican los cronistas.

Pasaron todos juntos el invierno probablemente donde se halla hoy fundada la capital de la provincia de Casanare, y apenas cesó la inundación, continuaron su marcha al sur. A pocos días llegaron á las márgenes del Meta, en su parte alta, en donde descansaron algún tiempo, por haberlas hallado bien pobladas y de indígenas de buena índole que compartían con ellos sus provisiones, sin manifestarles odio ni desconfianza. Aquí supieron que por estos llanos vagaba una tribu nómada de indios ladrones llamados Guaygas, que, como los gitanos del Antiguo Continente, viven robando y se trasladan con maravillosa prontitud de un punto á otro, en donde pueden ejercer con más facilidad sus rapiñas.

Dejando á Ferdemán en su campamento ó en vía para Marvachare, que Espira llamó la Asunción de Nuestra Señora, y los soldados de Fredemán Nuestra Señora de la Fragua, por una que establecieron para herrar los caballos y reparar las armas y herramientas, pasaremos á tratar de los sucesos importantísimos que en estos años de 1536 y I537 ocurrían en el sur y en el poniente.

Luego que Sebastián de Belalcázar | |(2) se hizo dueño de Quito, llegaron á sus oídos ciertas noticias vagas de un monarca poderoso, cuyos dominios demoraban al norte, y dcl cual refería un indígena de Bogotá (que errando muchos años de tribu en tribu, había por fin llegado á territorio del Perú) que poseía grandes riquezas, y que en una grande ceremonia religiosa que se celebraba anualmente, se cubría todo el cuerpo de polvo de oro para bañarse después en una laguna.

No fué menester más para decidir á este intrépido y afortunado descubridor á lanzarse en solicitud de este dorado cacique, atravesando las más vastas y desconocidas regiones.

Envió primero Belalcázar al Capitán Pedro de Añasco como explorador y para domar los Quillacingas, nación numerosa que habitaba una alta y destemplada planicie, que hoy conocemos con el nombre de provincia de los Pastos Poco después, y en su auxilio, salió de Quito en 1535 el Capitán Juan de Ampudia. Juntos marcharon luego hacia el norte, por el camino más elevado y con grandes trabajos. Hicieron alto para descansar en ciertas poblaciones, desde donde salió una partida á buscar terreno más. llano, y volvió al campo con la noticia de haber descubierto un valle profundo y lleno de habitantes que se dejaban ver adornados con planchas de oro en sus morriones. Ya puede calcularse el efecto que esta nueva produjo en los españoles, que marcharon precipitadamente hacia aquellos lugares y asentaron sus reales en el valle de Patía. Reconocido por sus habitantes el corto número de españoles, que no pasaban de doscientos se reunieron para atacarlos en número de tres á cuatro mil, con lanzas y dardos de palma, y adornados de plumas y de pieles de diversos animales. A fin de que ninguno de los invasores se escapase, tendieron sus lazos y trampas en todas las sendas y caminos por donde pudieran huir los vencidos. Duro fue el combate, pero los aceros y las cargas de caballería rompieron y atropellaron á los indígenas, que tuvieron que recogerse á las alturas, en donde dos jinetes que pretendieron seguirlos, recibieron una tremenda paliza de manos de algunos indios, que asiéndolos por las lanzas y á los caballos por las colas, los hubieran acabado, si no fueran socorridos oportunamente. 

Siguió Ampudia recorriendo el valle, cuyos lugares hallaba desiertos, aunque con abundancia de mantenimientos. Todo lo incendiaba y talaba este bárbaro oficial, que dejó fama de crueldad inaudita, y ha merecido una mención del venerable F. Bartolomé de las Casas, que lo dejará infamado en las generaciones venideras. El acabó sus días, según referiremos después, de una manera desastrosa.

No tardaron en llegar al territorio del cacique Popayán, tierra fresca y amena, cubierta de habitantes y de sementeras | | (3) . Lo primero que llamó su atención, fué una especie de fortaleza, cercada de media cuadra por cada lado, de gruesas guaduas, de la cual salieron como tres mil hombres armados y engalanados, en son de combate. Muchos de los que parecían jefes, llevaban diademas de oro, y en ellas plumas de diversos colores, petos y brazaletes del mismo metal, irresistible tentación que doblaba las fuerzas de los españoles. Arremetieron, pues, sin detención, aunque tuvieron alguna en romper los escuadrones ordenados de los naturales, por haberse replegado detrás de un terreno cenagoso, difícil de atravesar á los caballos. Luego que estos pasaron, atropellaron á los indios, aunque no sin resistencia. El mismo Ampudia recibió un golpe de macana en la cabeza. Entraron en el cercado por dos estrechas puertas, la una que miraba al oriente y al poniente la otra. Allí hallaron víveres abundantes y esperaron á Pedro de Añasco, que se había quedado en Patía con parte de la gente.

Esto pasaba en el mes de Noviembre de 1535 | | (4) . A cuatro leguas de la fortaleza, dieron vista á una gran población, compuesta de casas espaciosas bien construidas y cubiertas de paja. Una de ellas parecía un templo (y lo era en efecto, aunque consagrado á Baco), por sus vastas dimensiones, pues estaba sostenido por cuatrocientos estacones de cada lado, que eran gruesos árboles de más de una vara de diámetro. Aquí celebraban sus fiestas y borracheras. Todos los españoles y sus caballos, equipajes y servicio, se alojaron en un rincón de aquel inmenso tambo, cuya altísima techumbre no cesaban de admirar. Esta ciudad se hallaba enteramente desamparada de sus habitantes, que dejaron á las pulgas y á las niguas el cuidado de arrojar á los invasores | |(5) | | No tardaron, en efecto, en verse obligados por estas plagas á abandonar las casas y á buscar sosiego en un campamento que hicieron más cerca del Cauca. Desde las alturas vecinas les daban grita los indígenas, pero no llegaban á las manos; así resolvieron continuar su marcha por la orilla izquierda del Cauca, descendiendo á un extenso y risueño valle, sin hallar resistencia, hasta las orillas del río de Jamundí, en donde les presentaron batalla los naturales, en crecido número. Vencidos éstos, y despojados los cadáveres de sus adornos, se dieron á bus­car alhajas de oro en las chozas, hallando en una enterrados más de cinco mil pesos en diferentes joyas.

Acamparon luego en una barranca del Cauca, cercándola del lado de tierra, por temor de las sorpresas de los Jamundíes, que no cesaban de hostilizarlos. El asiento principal de estos era, sin embargo, en los nacimientos de este río Jamundí, que recibió su nombre del de un cacique á quien obedecían aquellos pueblos. Los que vivían en la orilla derecha del Cauca vinieron en canoas á la curiosidad de los forasteros, pero, según se colige, sin intenciones hostiles, porque haciéndoles señas amistosas, establecieron su tráfico de frutas y algunas joyuelas en cambio de cuentas de vidrio y herramientas que les daban los españoles. Por Visitarlos se venían las indias cabalgando en guaduas que flotaban á merced de la corriente, sin dejar de hilar, mientras duraba aquel extraño modo de navegar, lo que divertía mucho á los castellanos. Cara les habría costado su sencilla confianza al haber estado sus huéspedes en circunstancias de aprovecharse de esta pobre gente, haciéndolos esclavos como acontecía en todos los puertos de mar. 

Salió Francisco de Cieza con cien hombres á recorrer el valle, y llegó hasta las inmediaciones del sitio en donde después se fundó á Cartago. Pretendían pasar del otro lado de los nevados que á lo lejos divisaban, pero la multitud de tribus guerreras, con quienes tuvieron que combatir, en treinta leguas de tierra que pasaron, les impuso el deber de volver á dar cuenta á Ampudia, y á traer algunos compañeros heridos | | (6) . La única explicación que puede darse de haber salido vencedores tan reducido número de castellanos, de entre tan innumerable gentío, consiste en que las tribus eran independientes, y en que no se unieron para resistir la invasión. Calcúlase que la población del valle del Cauca, desde Caloto hasta Anserma Viejo, no bajaba entonces de un millón de habitantes. Ya veremos cuáles fueron las causas de su rápida disminución, en parte las mismas, en parte diferentes, de las que hicieron desaparecer, casi enteramente, los seis á ocho millones de indígenas que habitaban el territorio de Nueva Granada en la época de su descubrimiento.

Mudó Ampudia su campo á mayor distancia del río, por haber sobrevenido fiebres, de que murieron algunos castellanos y muchos indios de servicio, y al nuevo asiento condecoraron con el nombre de villa, que atacaron los Gorrones con furia grande, pero fueron rechazados. Eran estos indios guerreros y pescadores, y recibieron este nombre del que ellos daban al pescado. Tenían sus casas circulares cubiertas de paja, y reunidas por grupos de quince á veinte, en las faldas de la cordillera occidental, y particularmente por Bijes y los nacimientos del río Frío, y bajaban á pescar al Cauca y á la laguna de Buga, en ciertos períodos del año. Estos indios eran feroces, desollaban sus enemigos y henchían las pieles de ceniza colgándolas en sus estancias, en gúiza de trofeos, y aun en los alares de las casas se veían pies, manos y cabezas de indios muertos en las guerras. Las mujeres peleaban como los hombres, y seguían la suerte común, sirviendo sus restos de manjar y de trofeo. 

Al poniente de la nueva villa había un ameno y florido valle que llamaban dé Lili, nombre que sé dió después á la población española, el cual se cambió posteriormente en el de Cali. En este valle dominaba el cacique Petecui, el cual sé retiró cuando vió acercarse una partida de españoles que Ampudia había enviado como exploradores, mas convocando sus fuerzas puso luego en tal aprieto á los treinta infantes y seis jinetes, que tuvieron que tocar retirada, y con algunos heridos, y sin pillaje, volvieron á los reales, que estando situados en lo llano, no se atrevieron á acometer los indios. A este sitio llegó Belalcázar, que salió en alcance de sus oficiales, y siguiendo sus huellas devastadoras, bien fáciles de reconocer, los encontró celebrando los misterios de la Semana Santa, con anticipación de una semana, por error de cómputo, circunstancia que caracteriza bien el grado de ilustración de estos enviados de la civilización para predicar el Evangelio. Renovó Belalcázar sus excursiones en el valle del Cauca, distinguiéndose en ellas el Capitán Miguel Muñoz, que no poco acrecentó la masa común de oro, objeto, como sabemos, de toda su solicitud. Solamente á una india anciana que sorprendieron en las orillas de un hermoso y cristalino río que se desprendía de la cordillera central, le quitaron en joyas y en. adornos de oro cerca de ochocientos pesos, nombrando al río de la Vieja, á consecuencia de este hallazgo. En sus márgenes está hoy situada la ciudad de Cartago, rodeada de frescos verjeles y abundante en todos los frutos. de’la zona tórrida. Este mismo Muñoz fué el que escogió el sitio y fundó el 25 de Julio de 1536, por orden de Belalcázar, la ciudad de Cali, en donde mismo existe hoy, siendo el primer Alcalde Pedro de Ayala, y Antonio Redondo Regidor. Cali es, pues, no solo una de las mejor situadas y más pintorescas ciudades de Nueva Granada, sino también de las más antiguas, cediendo solo la primacía á Panamá, Santa Marta y Cartagena.

Hízose una tentativa para descubrir el mar, aunque infructuosamente, por la aspereza de las serranías y la dificultad de procurarse guías. Volvió Belalcázar á Popayán en donde fundó en Diciembre de este año una ciudad en el mismo lugar que ocupaban los indígenas, cercándolo y fortaleciéndolo, para dejar en él una colonia, mientras iba á Quito á traer más tropas con que proseguir sus descubrimientos al norte, y ver si podía descubrir un puerto en el mar de las Antillas, para irse á España á solicitar para sí el gobierno de las ricas comarcas que había visitado solo, como dependiente de Pizarro. Ignorando éste las in­tenciones de Belalcázar, dió orden de que se le facilitasen todos los auxilios en Quito; pero en los aprestos y marcha transcurrió todo el año de 1537 dé modo que no llegó á Popayán hasta él mes de Mayo de 1538, seguido de más de mil yanaconas ó indios de servicio y del fausto y comodidades con que ya  para entonces inarchaban los conquistadores del Perú.

Antes de seguir  á Belalcázar en el paso de la cordillera, diremos lo poco que con certeza nos han transmitido los cronistas al respecto de las costumbres de los antiguos habitantes de Popayán, que tan tenaces se mostraron en defensa de su patria, profiriendo, como ya había acontecido en Haití, morirse de hambre, más bien que sujetarse á cultivar la tierra, creyendo que de esta manera morirían también los españoles por falta de alimentos.

Los hombres no usaban de otro vestido que de una pequeña manta de algodón con que en ocasiones se ceñían el cuerpo, pero las mujeres las traían de continuo, y unos y otras llevaban collares de joyuelas de oro bajo. Creían algunos que las almas de los que morían entraban á animar los cuerpos de los recién nacidos. Sepultaban á los principales con sus bienes, mantenimientos y bebidas. Generalmente reducían á cenizas los cadáveres, ó los sometían á un fuego lento hasta que se secaban, para conservarlos. De los productos de la tierra solo se menciona el maíz y patatas (papas), además de las frutas. Eran supersticiosos y agoreros, pero no tenían culto público; los castellanos hallaron alguas figuras de metal y de madera en las casas, que suponían ser ídolos. Los Coconucos y otras tribus que habitaban el declive de la Sierra Nevada, á cuyo pie está situada la ciudad de Popayán, con un templo admirable, participaban de las mismas costumbres, pero no eran antropófagos como los Gorrones, los Patías y otros de los valles calientes.

No sin algún pesar de abandonar regiones de tan dulce clima salió Belalcázar con sus trescientos compañeros y todo el tren, y comenzó el ejército á trepar las empinadas cuestas de los Andes, sin camino seguro y dando con innumerables trabajos mil rodeos, como se colige de haber empleado cuatro meses en atravesar la cordillera para salir al valle de Neiva. | | | (7) |

El orden cronológico de los sucesos del descubrimiento nos  llama á la costa del Océano, y á referir lo que por allá pasaba, mientras que Fredemán y Belalcázar hicieron las marchas de que nos hemos ocupado tan sucintamete.

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