Jornada de Jorge Espira desde Coro á
los Llanos del Apure, y de allí al Sur, hasta los afluentes del
Amazonas.—Sigue sus huellas con más fortuna Nicolás
Fredemán.—Descubrimiento de las provincias del sur de Nueva
Granada por Sebastián de Belalcázar.
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Más ya con hambre, ya con alimentos,
Todos con Fredemán iban contentos.
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Parece que nació para gobierno,
Y en abundancia en necesidades
En su campo jamás reinó discordia.
Ni en su pecho faltó misericordia.
CASTELLANOS, 2. parte.
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La idea falsa de que debían encontrar poblaciones, importantes y
grandes riquezas en las llanuras bajas y ardientes que se extienden
al oriente de la cordillera de los Andes, engañó á los
descubridores que partieron de Venezuela en el año de I535 y 1536,
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y de los cuales corresponde tratar en este capítulo., por
haber transitado por una vasta extensión del territorio granadino,
cuyo descubrimiento en el orden en que se hizo es el objeto de
nuestra narración.
El primero fue Jorge de Espira, Gobernador de Venezuela,
nombrado por los Belzares ó Welzeres. Salió éste de Coro con
trescientos infantes y ciento de á caballo, atravesó la cordillera
por los nacimientos del río Tocuyo, cuya hoya había seguido; bajó á
los llanos, detúvose algunos meses mientras pasaba la inundación,
que es en aquellas regiones periódica, y luego emprendió su marcha
hacia el sur. La enumeración de los trabajos de esta jornada sería
cosa monótona, y repetir lo que tantas veces hallaremos en esta
relación. Temiendo las asperezas y precipicios de la sierra que
tantas dificultades ofrecían para el transporte de los caballos,
sufrieron obstáculos quizá mayores, que provenían de los ríos
caudalosos que tuvieron que atravesar, de la falta de alimentos en
tierras despobladas, de los mosquitos y otras plagas, y de la
influencia perniciosa del clima. Los combates con las tribus de los
Choques, Guaiqueries, Chiscas y Laches, les causaron menos pérdidas
que las enfermedades que minoraban su número y les daban
entorpecimientos en la marcha. El Capitán Velasco, Teniente de
Espira, que incurrió en desgracia, por ciertas expresiones de
descontento y de amenaza que se atrevió á proferir, fué despachado
con algunos enfermos á Coro, dándole escolta hasta las
montañas.
La segunda estación de las lluvias la pasó Espira acampado en
las barrancas del río Opia, no decidiéndose á subir la cordillera
para buscar al poniente las tierras de los Muíscas, de que comenzó
á tener noticias á las cuales no dió entero crédito, sospechando
que eran estratagema de los indios para desviarlo de su objeto
principal, que lo era buscar al sur un nuevo Perú.
En este invierno sufrieron todavía mayores necesidades, pues en
las sabanas, en tiempo seco, hallaban abundancia de venados que en
ocasiones les procuraban alimento sano y agradable, mientras que
cuando el llano estaba inundado, solo vivían de palmitos, de hojas
y de raíces silvestres. El atrevimiento y ferocidad de los tigres
era tal, que llegaban por la noche, y á la vista de todos mataban
los caballos y aun algunos indios de servicio y soldados. Las
tentativas que hicieron para construir balsas y salir en ellas á
buscar bastimentos, no les produjeron sino tristes desengaños y
pérdidas, pues como semejantes embarcaciones solo sirven para
bajar los ríos mansos, y no se prestan á ser dirigidas á un punto
dado, los indios se burlaban de los ensayos de los castellanos, que
no se atrevían á alejarse mucho del campamento.
Apenas cesaron las lluvias, cuando continuaron los españoles su
peregrinación por el pie de la cordillera, cuidando Espira de
enviar partidas de cuando en cuando hacia la sierra á sacar
provisiones. En una de estas entradas hallaron un pueblo rodeado de
una fortísima estacada de palmas espinosas, con su foso al rededor,
el cual sitiaron por algunos días, sin haber podido hacerse dueños
de él, y se vieron forzados á retirarse sin fruto alguno. Pocos
días después trataron los indígenas de sorprenderlos con un ataque
nocturno, pero lo que más afligía á Espira, era la diversidad de
lenguas que á cada paso encontraba y que inutilizaban los
intérpretes que sacaba de cada sitio, de modo que muchas veces,
para tomar una noticia, tenía que valerse de seis ú ocho indios de
distintas tribus, que se interrogaban unos á otros en su presencia.
Es de inferirse cuán alterada llegaría la respuesta pasando por
tantas bocas y lenguas semibárbaras, y no hay que maravillarse de
que este Jefe caminara así, siempre en la dirección que se había
propuesto y en cuyo apoyo hallaba siempre respuestas
favorables.
El día 15 de Agosto de
|1536 se detuvieron en un pueblo
que llamaron de la Asunción de Nuestra Señora por esta
circunstancia. Hallaron algunos mantenimientos, y se regocijaron
con noticias más positivas que creían haber obtenido de los indios,
de la aproximación á tierras más ricas. No está el lugar muy
distante de otro que el Capitán Juan de Avellaneda llamó más tarde
San Juan de los Llanos. En este lugar vieron un templo pajizo,
dedicado al sol y muy espacioso, en que había un móhán ó
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sacerdote y gran número de mujeres jóvenes que cuidaban de
los sacrificios, y que tenían provisiones abundantes contribuidas
por los habitantes de la comarca vecina.
Siguieron luego la mancha hasta las márgenes del río Ariari, que
no pudieron vadear por estar crecido. Aparecían en la orilla
derecha muchos indios que les traían en sus canoas mantenimientos,
pero no los desembarcaban mientras los españoles no se alejaban de
las barrancas, y mostraban holgarse mucho con los cascabeles que se
dejaban en la ribera para. halagarlos. Por las noches hacían
grandes hogueras á fin de no perder de vista á los españoles. En
una de estas noches se despertaron sobresaltados por una tremenda
grita de los indios, que herían la tierra y los árboles con sus
armas, como locos, y manifestaban la mayor indignación. Advirtieron
entonces que la luna se eclipsaba, lo que había dado lugar á tales
clamores, porque estos indígenas consideraban la ocultación
momentánea de la luna sin causa aparente, como indicio de grandes
calamidades.
Cansados de esperar el fin de la avenida del Ariari, se
resolvieron los españoles á buscarle paso por muy arriba, como en
efecto lo hallaron, y continuando la marcha dieron en otro río
caudaloso que llamaban los iridios Guayare ó Canicamare, en donde
tuvieron un reñido encuentro, y después con los Guayupes, que se
pintaban de negro el cuerpo, y se presentaban medio ebrios al
combate, con que no les fué difícil vencerlos. Por último llegaron
á las orillas del Papamene, maravillados de ver al pie mismo de la
cordillera bajar tan considerable número de ríos
caudalosos.
Los indígenas de Papamene mostraron sentimientos de paz, y
aunque sorprendidos al principio de ver las barbas de los
castellanos y los caballos, cedieron luego, y les regalaron
mantenimientos y algunas mantas, pero nada de oro, que era el
objeto primario de su peregrinación. Levantaron, pues, el campo, y
á pocos días hallaron á los
|choques, indígenas feroces,
sucios y antropófagos, cuyas armas eran las canillas de sus
enemigos, afiladas y empatadas en astas largas, de que se servían como de lanzas;
usaban también macanas de palma
|
|
(1)
.
Aquí sentó Espira sus reales, y despachó á Esteban Martín, el
mismo que había salvado los restos de la tropa de Alfínger, con
alguna gente, á explorar la tierra al poniente y al sur; No
llevaron caballos por ir más expeditos y ligeros, lo que fué causa
de que no pudieran romper un escuadrón considerable de Choques, que
perfectamente unidos resistieron el impulso de los españoles, y aun
hirieron mortalmente á Martín y á su segundo, obligándolos á
retirarse al campo y á abandonar algunos de los heridos. Los
Choques manifestaban la mayor resolución y serenidad en el combate;
luego que los españoles se retiraban, permanecían inmóviles,
apoyados en las picas, y defendiendo sus cuerpos de la lluvia con
los mismos escudos de madera y pieles con que los habían favorecido
de las armas españolas en la batalla. En su retirada abandonaron
los castellanos la ropa y cuanto tenían, que los indígenas
despedazaban y arrojaban al viento, desdeñando apropiarse cosas que
les eran inútiles. Aquí se vio claramente que la falta de armas de
fuego y de caballos reducía de tal modo las fuerzas de los
españoles, que no era ya difícil rechazarlos, aun á tribus poco
numerosas. La pólvora se había acabado, y los arcabuces, que de
nada servían, se habían arrojado como peso inútil, en el curso de
esta larga jornada.
Afligido Espira con estos contratiempos y enteramente
desalentado, viendo su gente enferma y muertos algunos capitanes de
los más esforzados, se resolvió á dar de mano á la empresa del
descubrimiento, y retirarse á Coro por el mismo camino como lo
verificó, llegando al cabo de algunos meses á las márgenes del
Apure. En el tránsito perecieron todavía muchos oficiales y
soldados, entre otros Murcia de Rondón, que había servido de
Secretario al Rey Francisco I de Francia durante su cautiverio en
Madrid.
El Gobernador Espira, advirtiendo rastros de españoles, conoció
que debía ser la tropa de Fredemán, y envió á darles alcance,
aunque no lo consiguió, pues éste se había separado de la dirección
que llevaba, por no encontrarse con Espira, según veremos. El
Gobernador no llegó á Coro hasta el 15 de Mayo de 1538, y gastó
tres años en su expedición. En carta que escribió al Rey, dando
cuenta de esta jornada, dice que anduvo “más de quinientas
leguas hasta los Choques, y que no estando ya más de veinticinco
leguas de lo que buscaba, se halló tan debilitado de gentes,
caballos y armas, que hubo de volver á rehacerse para acabar la
jornada.”
Fué Espira, dice Herrera, hombre honrado y cristiano; templado y
de buena condición. Puede en verdad creerse este testimonio, si se
atiende á que en la residencia que le tomó el juez Navarno, no le
resultó cargo alguno, y así murió pacíficamente en su Gobernación,
bien quisto de todos, en 1545.
Fredemán habría debido seguir mucho antes en alcance de Espira,
con mayor número de hombres, armas y caballos, pero quiso antes
probar fortuna con la pesquería de las perlas en el cabo de la
Vela, siendo el primero que lo intentó, aunque por entonces sin
efecto, por ser inadecuadas las máquinas que trajo de Santo
Domingo. Era este alemán Teniente general de Jorge Espira; como él,
querido también de los soldados, á quienes trató siempre con las
consideraciones debidas. Era, además, valiente, audaz y
emprendedor. La historia no nos ha transmitido tampoco crueldad
alguna de que se hiciera culpable respecto de los indios, de modo
que será éste uno de los pocos descubridores cuya memoria pase á la
posteridad libre de toda mancha. Fué hombre de estatura mediana,
barba roja, muy ágil y sufrido.
Internóse, como llevamos dicho, hacia los Llanos, desde que tuvo
noticia de la vuelta de Espira, á quien no deseaba encontrar,
porque se prometía seguir solo su descubrimiento, seguido de poco
más de doscientos hombres que llevaba. Las ciénagas de Arechona y
Caocao le dieron mucho trabajo, porque al pasarlas se enterraban
hombres y caballos. Sustentábanse con el pescado, y hallaban con
frecuencia mantas y algodón hilado en enormes ovillos, que los
indios escondían en el pajonal para sustraer estos objetos á la
rapacidad de los españoles. Luego que estos perdieron de vista la
cordillera, comenzaron á escasear las provisiones, y les fué
forzoso alimentarse con los caballos que morían de cierta
enfermedad desconocida, hasta que llegaron á una región más sana,
que regaba un río estrecho, en cuyas márgenes se veían ruinas de
grandes poblaciones. Decían los indígenas que una sierpe ó reptil
de muchas cabezas que salía del río había devorado á los antiguos
habitantes.
Aproximándose el invierno, volvió Fredemán á dirigirse á la
cordillera á buscar terreno que no se inundase, para pasar la
estación lluviosa, despachando adelante al Capítán Pedro de
Limpias, uno de los más activos oficiales que le acompañaban. En
las cabeceras del río Pauto, adonde llegaron dando un rodeo, halló
Limpias muchos pueblos y abundancia de comestibles, y envió ocho
soldados de á caballo á encontrar y conducir á Fredemán, que
marchaba á la ventura. Es de admirar que en aquellas llanuras
cubiertas de altos pajonales, y que hacen horizonte por todas
partes, habitadas por tribus que hablaban diferentes idiomas,
pudieron hallarse sin biújula estos puñados de españoles, cuando
hoy mismo se necesitan buenos prácticos para atravesarlas. En el
cúmulo de miserias y de contratiempos con que tuvieron que luchar,
les parecieron sin duda poco dignas de mencionarse las pérdidas y
los extravíos frecuentes que precisamente sufrieron, y que muy rara
vez indican los cronistas.
Pasaron todos juntos el invierno probablemente donde se halla
hoy fundada la capital de la provincia de Casanare, y apenas cesó
la inundación, continuaron su marcha al sur. A pocos días llegaron
á las márgenes del Meta, en su parte alta, en donde descansaron
algún tiempo, por haberlas hallado bien pobladas y de indígenas de
buena índole que compartían con ellos sus provisiones, sin
manifestarles odio ni desconfianza. Aquí supieron que por estos
llanos vagaba una tribu nómada de indios ladrones llamados Guaygas,
que, como los gitanos del Antiguo Continente, viven robando y se
trasladan con maravillosa prontitud de un punto á otro, en donde
pueden ejercer con más facilidad sus rapiñas.
Dejando á Ferdemán en su campamento ó en vía para Marvachare,
que Espira llamó la Asunción de Nuestra Señora, y los soldados de
Fredemán Nuestra Señora de la Fragua, por una que establecieron
para herrar los caballos y reparar las armas y herramientas,
pasaremos á tratar de los sucesos importantísimos que en estos años
de 1536 y I537 ocurrían en el sur y en el poniente.
Luego que Sebastián de Belalcázar
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|(2)
se hizo dueño de Quito, llegaron á sus oídos ciertas
noticias vagas de un monarca poderoso, cuyos dominios demoraban al
norte, y dcl cual refería un indígena de Bogotá (que errando muchos
años de tribu en tribu, había por fin llegado á territorio del
Perú) que poseía grandes riquezas, y que en una grande ceremonia
religiosa que se celebraba anualmente, se cubría todo el cuerpo de
polvo de oro para bañarse después en una laguna.
No fué menester más para decidir á este intrépido y afortunado
descubridor á lanzarse en solicitud de este dorado cacique,
atravesando las más vastas y desconocidas regiones.
Envió primero Belalcázar al Capitán Pedro de Añasco como
explorador y para domar los Quillacingas, nación numerosa que
habitaba una alta y destemplada planicie, que hoy conocemos con el
nombre de provincia de los Pastos Poco después, y en su auxilio,
salió de Quito en 1535 el Capitán Juan de Ampudia. Juntos marcharon
luego hacia el norte, por el camino más elevado y con grandes
trabajos. Hicieron alto para descansar en ciertas poblaciones,
desde donde salió una partida á buscar terreno más. llano, y volvió
al campo con la noticia de haber descubierto un valle profundo y
lleno de habitantes que se dejaban ver adornados con planchas de
oro en sus morriones. Ya puede calcularse el efecto que esta nueva
produjo en los españoles, que marcharon precipitadamente hacia
aquellos lugares y asentaron sus reales en el valle de Patía.
Reconocido por sus habitantes el corto número de españoles, que no
pasaban de doscientos se reunieron para atacarlos en número de tres
á cuatro mil, con lanzas y dardos de palma, y adornados de plumas y
de pieles de diversos animales. A fin de que ninguno de los
invasores se escapase, tendieron sus lazos y trampas en todas las
sendas y caminos por donde pudieran huir los vencidos. Duro fue el
combate, pero los aceros y las cargas de caballería rompieron y
atropellaron á los indígenas, que tuvieron que recogerse á las
alturas, en donde dos jinetes que pretendieron seguirlos,
recibieron una tremenda paliza de manos de algunos indios, que
asiéndolos por las lanzas y á los caballos por las colas, los
hubieran acabado, si no fueran socorridos oportunamente.
Siguió Ampudia recorriendo el valle, cuyos lugares hallaba
desiertos, aunque con abundancia de mantenimientos. Todo lo
incendiaba y talaba este bárbaro oficial, que dejó fama de crueldad
inaudita, y ha merecido una mención del venerable F. Bartolomé de
las Casas, que lo dejará infamado en las generaciones venideras. El
acabó sus días, según referiremos después, de una manera
desastrosa.
No tardaron en llegar al territorio del cacique Popayán, tierra fresca y amena, cubierta
de habitantes y de sementeras
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|
(3)
. Lo primero que llamó su atención,
fué una especie de fortaleza, cercada de media cuadra por cada
lado, de gruesas guaduas, de la cual salieron como tres mil hombres
armados y engalanados, en son de combate. Muchos de los que
parecían jefes, llevaban diademas de oro, y en ellas plumas de
diversos colores, petos y brazaletes del mismo metal, irresistible
tentación que doblaba las fuerzas de los españoles. Arremetieron,
pues, sin detención, aunque tuvieron alguna en romper los
escuadrones ordenados de los naturales, por haberse replegado
detrás de un terreno cenagoso, difícil de atravesar á los caballos.
Luego que estos pasaron, atropellaron á los indios, aunque no sin
resistencia. El mismo Ampudia recibió un golpe de macana en la
cabeza. Entraron en el cercado por dos estrechas puertas, la una
que miraba al oriente y al poniente la otra. Allí hallaron
víveres abundantes y esperaron á Pedro de Añasco, que se había
quedado en Patía con parte de la gente.
Esto pasaba en el mes de Noviembre de 1535
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|
(4)
. A
cuatro leguas de la fortaleza, dieron vista á una gran población,
compuesta de casas espaciosas bien construidas y cubiertas de paja.
Una de ellas parecía un templo (y lo era en efecto, aunque
consagrado á Baco), por sus vastas dimensiones, pues estaba
sostenido por cuatrocientos estacones de cada lado, que eran
gruesos árboles de más de una vara de diámetro. Aquí celebraban sus
fiestas y borracheras. Todos los españoles y sus caballos,
equipajes y servicio, se alojaron en un rincón de aquel inmenso
tambo, cuya altísima techumbre no cesaban de admirar. Esta ciudad
se hallaba enteramente desamparada de sus habitantes, que dejaron á las pulgas y á las
niguas el cuidado de arrojar á los invasores
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|(5)
|.
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No tardaron, en
efecto, en verse obligados por estas plagas á abandonar las casas y
á buscar sosiego en un campamento que hicieron más cerca del Cauca.
Desde las alturas vecinas les daban grita los indígenas, pero no
llegaban á las manos; así resolvieron continuar su marcha por la
orilla izquierda del Cauca, descendiendo á un extenso y risueño
valle, sin hallar resistencia, hasta las orillas del río de
Jamundí, en donde les presentaron batalla los naturales, en crecido
número. Vencidos éstos, y despojados los cadáveres de sus adornos,
se dieron á buscar alhajas de oro en las chozas, hallando en una
enterrados más de cinco mil pesos en diferentes
joyas.
Acamparon luego en una barranca del Cauca, cercándola del lado
de tierra, por temor de las sorpresas de los Jamundíes, que no
cesaban de hostilizarlos. El asiento principal de estos era, sin
embargo, en los nacimientos de este río Jamundí, que recibió su
nombre del de un cacique á quien obedecían aquellos pueblos. Los
que vivían en la orilla derecha del Cauca vinieron en canoas á la
curiosidad de los forasteros, pero, según se colige, sin
intenciones hostiles, porque haciéndoles señas amistosas,
establecieron su tráfico de frutas y algunas joyuelas en cambio de
cuentas de vidrio y herramientas que les daban los españoles. Por
Visitarlos se venían las indias cabalgando en guaduas que flotaban
á merced de la corriente, sin dejar de hilar, mientras duraba aquel
extraño modo de navegar, lo que divertía mucho á los castellanos.
Cara les habría costado su sencilla confianza al haber estado sus
huéspedes en circunstancias de aprovecharse de esta pobre gente,
haciéndolos esclavos como acontecía en todos los puertos de
mar.
Salió Francisco de Cieza con cien hombres á recorrer el valle, y
llegó hasta las inmediaciones del sitio en donde después se fundó á
Cartago. Pretendían pasar del otro lado de los nevados que á lo
lejos divisaban, pero la multitud de tribus guerreras, con quienes
tuvieron que combatir, en treinta leguas de tierra que pasaron, les
impuso el deber de volver á dar
cuenta á Ampudia, y á traer algunos compañeros heridos
|
|
(6)
. La única explicación que puede darse
de haber salido vencedores tan reducido número de castellanos, de
entre tan innumerable gentío, consiste en que las tribus eran
independientes, y en que no se unieron para resistir la invasión.
Calcúlase que la población del valle del Cauca, desde Caloto hasta
Anserma Viejo, no bajaba entonces de un millón de habitantes. Ya
veremos cuáles fueron las causas de su rápida disminución, en parte
las mismas, en parte diferentes, de las que hicieron desaparecer,
casi enteramente, los seis á ocho millones de indígenas que
habitaban el territorio de Nueva Granada en la época de su
descubrimiento.
Mudó Ampudia su campo á mayor distancia del río, por haber
sobrevenido fiebres, de que murieron algunos castellanos y muchos
indios de servicio, y al nuevo asiento condecoraron con el nombre
de villa, que atacaron los Gorrones con furia grande, pero fueron
rechazados. Eran estos indios guerreros y pescadores, y recibieron
este nombre del que ellos daban al pescado. Tenían sus casas
circulares cubiertas de paja, y reunidas por grupos de quince á
veinte, en las faldas de la cordillera occidental, y
particularmente por Bijes y los nacimientos del río Frío, y bajaban
á pescar al Cauca y á la laguna de Buga, en ciertos períodos del
año. Estos indios eran feroces, desollaban sus enemigos y henchían
las pieles de ceniza colgándolas en sus estancias, en gúiza de
trofeos, y aun en los alares de las casas se veían pies, manos y
cabezas de indios muertos en las guerras. Las mujeres peleaban como
los hombres, y seguían la suerte común, sirviendo sus restos de
manjar y de trofeo.
Al poniente de la nueva villa había un ameno y florido valle que
llamaban dé Lili, nombre que sé dió después á la población
española, el cual se cambió posteriormente en el de Cali. En este
valle dominaba el cacique Petecui, el cual sé retiró cuando vió
acercarse una partida de españoles que Ampudia había enviado como
exploradores, mas convocando sus fuerzas puso luego en tal aprieto
á los treinta infantes y seis jinetes, que tuvieron que tocar
retirada, y con algunos heridos, y sin pillaje, volvieron á los
reales, que estando situados en lo llano, no se atrevieron á
acometer los indios. A este sitio llegó Belalcázar, que salió en
alcance de sus oficiales, y siguiendo sus huellas devastadoras,
bien fáciles de reconocer, los encontró celebrando los misterios de
la Semana Santa, con anticipación de una semana, por error de
cómputo, circunstancia que caracteriza bien el grado de ilustración
de estos enviados de la civilización para predicar el Evangelio.
Renovó Belalcázar sus excursiones en el valle del Cauca,
distinguiéndose en ellas el Capitán Miguel Muñoz, que no poco
acrecentó la masa común de oro, objeto, como sabemos, de toda su
solicitud. Solamente á una india anciana que sorprendieron en las
orillas de un hermoso y cristalino río que se desprendía de la
cordillera central, le quitaron en joyas y en. adornos de oro cerca
de ochocientos pesos, nombrando al río de la Vieja, á consecuencia
de este hallazgo. En sus márgenes está hoy situada la ciudad de
Cartago, rodeada de frescos verjeles y abundante en todos los
frutos. de’la zona tórrida. Este mismo Muñoz fué el que
escogió el sitio y fundó el 25 de Julio de 1536, por orden de
Belalcázar, la ciudad de Cali, en donde mismo existe hoy, siendo el
primer Alcalde Pedro de Ayala, y Antonio Redondo Regidor. Cali es,
pues, no solo una de las mejor situadas y más pintorescas ciudades
de Nueva Granada, sino también de las más antiguas, cediendo solo
la primacía á Panamá, Santa Marta y Cartagena.
Hízose una tentativa para descubrir el mar, aunque
infructuosamente, por la aspereza de las serranías y la dificultad
de procurarse guías. Volvió Belalcázar á Popayán en
donde fundó en Diciembre de este año una ciudad en el mismo lugar
que ocupaban los indígenas, cercándolo y fortaleciéndolo, para
dejar en él una colonia, mientras iba á Quito á traer más tropas
con que proseguir sus descubrimientos al norte, y ver si podía
descubrir un puerto en el mar de las Antillas, para irse á España á
solicitar para sí el gobierno de las ricas comarcas que había
visitado solo, como dependiente de Pizarro. Ignorando éste las
intenciones de Belalcázar, dió orden de que se le facilitasen
todos los auxilios en Quito; pero en los aprestos y marcha
transcurrió todo el año de 1537 dé modo que no llegó á Popayán
hasta él mes de Mayo de 1538, seguido de más de mil yanaconas ó
indios de servicio y del fausto y comodidades con que ya para
entonces inarchaban los conquistadores del Perú.
Antes de seguir á Belalcázar en el paso de la cordillera,
diremos lo poco que con certeza nos han transmitido los cronistas
al respecto de las costumbres de los antiguos habitantes de
Popayán, que tan tenaces se mostraron en defensa de su patria,
profiriendo, como ya había acontecido en Haití, morirse de hambre,
más bien que sujetarse á cultivar la tierra, creyendo que de esta
manera morirían también los españoles por falta de alimentos.
Los hombres no usaban de otro vestido que de una pequeña manta
de algodón con que en ocasiones se ceñían el cuerpo, pero las
mujeres las traían de continuo, y unos y otras llevaban collares de
joyuelas de oro bajo. Creían algunos que las almas de los que
morían entraban á animar los cuerpos de los recién nacidos.
Sepultaban á los principales con sus bienes, mantenimientos y
bebidas. Generalmente reducían á cenizas los cadáveres, ó los
sometían á un fuego lento hasta que se secaban, para conservarlos.
De los productos de la tierra solo se menciona el maíz y patatas
(papas), además de las frutas. Eran supersticiosos y agoreros, pero
no tenían culto público; los castellanos hallaron alguas figuras de
metal y de madera en las casas, que suponían ser ídolos. Los
Coconucos y otras tribus que habitaban el declive de la Sierra
Nevada, á cuyo pie está situada la ciudad de Popayán, con un templo
admirable, participaban de las mismas costumbres, pero no eran
antropófagos como los Gorrones, los Patías y otros de los valles
calientes.
No sin algún pesar de abandonar regiones de tan dulce clima
salió Belalcázar con sus trescientos compañeros y todo el tren, y
comenzó el ejército á trepar las empinadas cuestas de los Andes,
sin camino seguro y dando con innumerables trabajos mil rodeos,
como se colige de haber empleado
cuatro meses en atravesar la cordillera para salir al valle de
Neiva.
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(7)
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El orden cronológico de los sucesos del descubrimiento nos
llama á la costa del Océano, y á referir lo que por allá pasaba,
mientras que Fredemán y Belalcázar hicieron las marchas de que nos
hemos ocupado tan sucintamete.