INDICE




Prólogo
Introducción

CAPITULO I
Colón descubre las costas del istmo de Panamá...

CAPITULO II
Descubrimiento de las costas de la Nueva Granada desde el cabo Chichibacoa hasta el golfo de Urabá, por Ojeda y Bastidas.

CAPITULO III
Bajo la dirección de Vasco Nunez de Balboa, adquiere la Antigua del Darién mucha importancia.

CAPITULO IV
Desbaratan los Indios á Balboa...

CAPITULO V
Comiénzase el descubrimiento de las Costas del Chocó al sur...

CAPITULO VI
Entrada y crueldades del alemán Alfínger en el valle de Upar...

CAPITULO VII
Combate de Canopote...

CAPITULO VIII
Descubrimiento de Antioquia

CAPITULO IX
Jornada de Jorge Espira desde Coro á los Llanos del Apure, y de allí al Sur, hasta los afluentes del Amazonas

CAPITULO X
El   licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada marcha por los Chimilas hasta Tamalameque...

CAPITULO XI
Extensión y limites del territorio de los Chibchas ó Muíscas...

CAPITULO XII
Prosigue Quesada su descubrimiento...

CAPITULO XIII
Reúne Quesada sus tropas en Bogotá

CAPITULO XIV
Gobierno de Lorenzo de Aldana en el sur...

CAPITULO XV
Fundación de Timaná...

CAPITULO XVI
Mal éxito de las persecuciones de Gonzalo Jiménez de Quesada en España

CAPITULO XVII
Socorre el Adelantado Belalcázar al Gobernador Vaca de Castro, con tropas para reducir a los rebeldes en el Perú, y le despide este desabridamente...

CAPITULO XVIII
Llegada de Armendariz á Santa Fe y sus primeras tropelías...

CAPITULO XIX
Fundación de las villas de Almaguer y la Plata...

CAPITULO XX
Gobierno de la audiencia...
Catálogo
Manuscritos
Documento número siete
INTRODUCCIÓN |


Muchos siglos antes de la era cristiana se había admitido la existencia de tierras en el Océano Atlántico que limitaba el antiguo continente desde el estrecho de Hércules ó Gibraltar, y aun algunos creen que el mito de la Atlántida ó gran continente occidental fue transmitido á Grecia de Egipto. La imaginación no es facultad que pueda encadenarse: ella ha debido desde los tiempos más remotos hacer que los hombres salven el espacio y supongan alguna cosa más allá del horizonte que su vista alcanza.

¿Quién no recuerda la famosa profecía de L. Séneca, quien floreció en el siglo de Nerón, y que se ha hecho un adorno indispensable en el frontispicio de toda obra que trate del descubrimiento de América?

   “Venient annis saecula seris                              Sus limites pasará,
     Quibus Oceanus vincula rerum                          Descubrirán grande tierra,
     Laxet, et ingens pateat tellus,                           Verán otro nuevo mundo,
     Tethysque novos detegat orbes                        Navegando el gran profundo
     Neo sic terris ultima Thule.”                              Que agora el paso nos cierra.
                                                                           La Thule tan afamada
     Tras luengos años verná                                  Como del mundo postrera, 
                                                                          Quedara en esta carrera 
     Un siglo nuevo y dichoso                                  Por muy cercana contada.                
     Que al Océano anchuroso                             
                                                                           |(Traducción del Padre JOSÉ ACOSTA)

 

Mas los primeros y los más constantes indicios de las tierras occidentales los acarreaban las corrientes del mar á las islas Británica, á cuyas costas se veían aportar cañas de dimensiones colosales y fragmentos de troncos enormes de palmas, claras señales de otra vegetación. Poco imaginaban entonces los habitantes de aquellas islas que mucha parte de su grandeza y opulencia futuras estribaría en la explotación de los países en donde crecían tales plantas.

El retroceso de la civilización en Europa á consecuencia de la invasión de los bárbaros del Norte, no sólo suspendió el pro­greso de las ciencias que habrían necesariamente promovido y dirigido las empresas de los navegantes en solicitud de nuevas. tierras, sino que hizo perder hasta la memoria de los rumbos que conducían á las islas Afortunadas, hoy Canarias, ya conocidas de los antiguos, y que fue preciso descubrir de nuevo en el siglo decimotercero.

En esta época trabajaban los portugueses por dar la vuelta al África navegando por sus costas á fin de abrir el comercio directo con el Oriente, cuyas preciosas producciones estaban monopolizadas por los negociantes italianos, que solos traficaban con ellas en el Mediterráneo. El infante D. Enrique de Portugal propendió singularmente al adelantamiento de la náutica, ocu­pándose exclusivamente en viajes de descubrimiento, y protegiendo á los astrónomos, matemáticos, pilotos y á todos los que se dedicaban á los ramos accesorios á la ciencia del navegante. El impulso que este príncipe benéfico dio á los descubrimientos. marítimos, procuró á Portugal una importancia y un lustre extraordinarios.

A estas circunstancias se debió el viaje á Lisboa de Cristóbal Colón, natural de Génova y marinero distinguido. Allí contrajo matrimonio con la hija de un antiguo y experto oficial de marina que había sido gobernador de Porto Santo, isla recién descubierta. El examen de los mapas, diarios de navegación y otros papeles de Perestrello, su suegro, que ya era muerto, acabó de decidir de la vocación del ilustre genovés. Hizo Colón algunos viajes á la costa de Guinea, y con sus ganancias y las. cartas de marear que trazaba, vivía honradamente con su familia. Este trabajo y sus estudios lo familiarizaron con las cuestiones más arduas de la cosmografía, y arraigaron en su ánima el convencimiento de que, navegando directamente liada el Occidente, debía encontrarse el Continente asiático. Un viaje que untes había hecho á Islandia, y las observaciones que su constante práctica de navegar le sugerían, confirmaban cada día sus opiniones.

Presentóse Colón al rey de Portugal solicitando se equipara una expedición exploradora que bajo sus órdenes navegaría al Occidente hasta encontrar la tierra firme; pero sea que se hallasen exorbitantes las condiciones y los honores que solicitaba para el caso de que la empresa tuviera un éxito feliz, como él firmemente lo esperaba, ó que preocupada enteramente la corte con la circunnavegación del África, no se querían arriesgar fondos en otros descubrimientos que se estimaban menos seguros, lo cierto es que las proposiciones de Colón no fueron atendidas, ó sólo produjeron el envío clandestino y sin suceso de una nave por los rumbos que él había indicado. Esta nave, privada de la dirección inmediata del autor del proyecto, no sirvió sino para hacer patente la mala fe con que fue tratado este negocio, por parte de los consejeros de la Corona de Portugal, y para mostrar que no basta saber la dirección en que ha de andarse, si se carece del ánimo firme y persuadido que vence los estorbos y dificultades, tan frecuentes en todas las sendas poco trilladas y. especialmente en las de nuevos descubrimientos.

Tampoco estuvo al alcance de los miembros del Senado de Génova, su patria, á quienes después se dirigió Colón, el juzgar con acierto de su propuesta, que fue desechada igualmente. Trasladóse por último á España, en donde, después de largos años de negociaciones infructuosas, logró por fin ser escuchada y triunfar de las preocupaciones escolásticas que le opusieron al principio los mayores obstáculos. Demasiado vilipendio ha arrojada el mundo culto sobre los claustros de España para que sea permitido en estricta justicia dejar de recordar que del fondo de un oscuro monasterio salieron los más fieles amigos de Colón, y los más constantes favorecedores de su atrevida empresa, que los sabios del siglo consideraban como visionaria. Fray Juan Pérez Marchena de la orden de San Francisco, | |(1) guardián del convento de la Rábida en Andalucía | | (2) , y Fray Diégo Deza, religioso dominicano, confesor de la antigua reina D.a Isabel la Católica, secundados por Alonso de Quintanilla y Luis de San Ángel fueron los que decidieron el ánimo generoso de la ilustre soberana de Castilla á no dejar partir á Colón, que ya se retiraba desconfiando de obtener auxilios en España, y á tomar á su cargo y expensas la expedición, con tan fervoroso anhelo, luego que estuvo persuadida de su importancia, que ofreció empeñar sus joyas si de otro modo no podía hallarse el dinero necesario para los aprestos | | (3) . | 

Nadie ignora que fue en este viaje, verificado Agosto de 1492,  cuando Cristóbal Colón rasgó el velo que cubría una vasta porción de la superficie de nuestro  planeta, y cuando una flotilla de tres navichuelos en los que hoy mismo nadie osaría atravesar el océano  se lanzo con tanta seguridad en un piélago desconocido y misterioso, como pudiera hacerse para navegar entre las dos costas del Mediterráneo. Pocos son los que no han reflexionado en los beneficios que el género humano reporté de este descubrimiento, que puso en claro la verdadera figura de la tierra desmintió las opiniones erróneas respecto de la no existencia de los antípodas, la inhabitabilidad de la zona tórrida e incomunicación de las dos templadas. Desde aquella época no hay mar que no sea navegable, ni región inaccesible.     | |

Este inmenso continente extendido de Norte á Sur casi de polo á polo, presentó al naturalista una multitud de seres nuevos del reino vegetal y animal; al físico y al geólogo cadenas colosales de montañas levantadas por el fuego subterráneo y abundantes en metales preciosos con que se ha enriquecido el mundo, y los climas y las producciones reunidos de las zonas más diversas; al filósofo, la raza humana y las lenguas en los grados y situaciones más favorables para el estudio de la especie. La astronomía náutica, la geografía física, la geología de los volcanes, las ciencias todas cambiaron de aspecto entonces; y puede decirse que nunca, desde el establecimiento de las sociedades, la esfera. de ideas relativas al mundo exterior se había engrandecido tanto. No hay exageración en asegurar que fue en aquella época cuando el hombre acabó de tomar posesión de los dominios que el Creador le señaló en la tierra, y que, por tanto, el descubrimiento de América puede considerarse como el más grande acontecimiento de los tiempos modernos.

No entra en nuestro plan seguir á Colón en los tres primeros viajes, ni escribir su vida, tan llena de vicisitudes; sólo nos ocuparemos, después de haber echado esta rápida ojeada á aquella época memorable, en narrar lo que dice relación con el descubrimiento del territorio que hoy comprende la República de Nueva Granada, que ocupa la posición más importante de la América meridional, y  que se extiende de las orillas del Orinoco á las costas del grande Océano por diez y siete grados de longitud, y desde uno á trece grados de latitud, con cerca de doscientas leguas de costas en el Atlántico.

Este país abraza dentro de sus límites el istmo de Panamá, y. su agricultura produce los frutos de todas las zonas y de todos los climas. En él existen los únicos criaderos de platina conocidos en América, las minas más importantes de oro, y la sola mina de esmeraldas que hoy se explota en el mundo. Goza de paz y de las instituciones más liberales. El respetó más profundo y más arraigado de la propiedades un dogma reconocido por sus habitantes, que brindan la hospitalidad á los que quieran trasladar su capital y su Industria á aquellas regiones afortunadas, cuyos moradores están resueltos á rechazar toda reforma que inscriba la fuerza brutal en sus banderas; y á no admitir sino las mejoras que se introduzcan por medios legales y pacíficos.

Es de esperar que éste ensayo sirva de estimulo á algún escritor distinguido que quiera dedicarse más tarde á ofrecernos la historia antigua completa de este territorio, que hasta aquí no ha tocado ningún historiador moderno.

(1) Según Tomas Rodríguez Pinilla |(Colón en España) y otros muchos autores que en los últimos años han estudiado seriamente la vida y los hecho’ de Colón y la época del descubrimiento de América, en los Ar­chivos de Indias, |Fray |Juan Perez, Guardian del Convento de la Rábida, era persona muy distinta de |Fray Antonio Marchena |. El primero protegió a Colón, no cuando llegó de Portugal. sino cuando se retiraba, de España, en | |  1491, desalentado con el mal éxito do mus peticiones en la Corte. El segundo era un sabio |astrólogo, (como llamaban entonces a los astrónomos) que acompañó á Colón en su segundo viaje, por orden de los Reyes Católicos. Herrera, Muñoz, Navarrete, Humboldt, Irving y muchos otros historiadores españoles y extranjeros, confundieron estos dos religiosos. No es, pues, extraño que Acosta (en 1847) hiciese esta equivocación, cuando autores modernos, como Roselly de Lorgues y otros, repiten la especie á pesar de los recientes descubrimientos  históricos. —Nota de |Soledad Ácosta de Samper- 
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(2)  Mr. W. Irving, el célebre autor de la |Vida de Colón, hizo en 1828 una romería al convento de Nuestra Señora de la Rábida, que existe aunque muy deteriorado. “Bajamos del coche, dice, en la misma portería adonde llegó Colón á pie y en clase de peregrino á pedir un pedazo de pan y un jarro de agua. para su hijo. Mientras subsista el convento, añade, éste será siempre un lugar que causará la más viva emoción. La portería pare­ce en el mismo estado que en tiempo de Colón, sólo que no hay portero socorra las necesidades de los viandantes. Atravesamos los claustros vacíos y silenciosos; todo parecía devastado. El único ser viviente que percibimos fue un gato que huyó aterrorizado al eco triste de nuestros pasos en aquellos corredores abandonados.” Es de esperar que después de la supresión de los conventos, el Gobierno español haya dictado algunas providencias para conservar este monumento histórico. (En 1892 el Gobierno español no sólo restauró completamente el convento, sino que mandó levantar un monumento que conmemora el descubrimiento de América..- S.A.S.). (Regresar a 2)  
(3) Luis de Sant—Ángel anticipó los veinticinco mil florines que se gastarón en equipar los buques y proveerlos de lo necesario. No podemos ciertamente dejar de hacer tristes reflexiones respecto de los pocos progresos que el buen gobierno ha hecho en España, si consideramos, que en 1492 fue preciso un grande esfuerzo a la heroica princesa española que entonces gobernaba la monarquía, para hacer salir esta pequeña expedición con objeto tan importante, y que no ha mucho se han empleado millones, producto del sudor y trabajo de los españoles, en preparar una armada que se dirigió también á América, sin más objeto que satisfacer el capricho una extranjera, que logro sentarse por algún tiempo en el trono de la magnánima Isabel, y que pretendía fundar otro para una descendencia de equívoco y casi espurio origen. (Regresar a 3)

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