INTRODUCCIÓN
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Muchos siglos antes de la era cristiana se había admitido la
existencia de tierras en el Océano Atlántico que limitaba el
antiguo continente desde el estrecho de Hércules ó Gibraltar, y aun
algunos creen que el mito de la Atlántida ó gran continente
occidental fue transmitido á Grecia de Egipto. La imaginación no es
facultad que pueda encadenarse: ella ha debido desde los tiempos
más remotos hacer que los hombres salven el espacio y supongan
alguna cosa más allá del horizonte que su vista
alcanza.
¿Quién no recuerda la famosa profecía de L. Séneca, quien
floreció en el siglo de Nerón, y que se ha hecho un adorno
indispensable en el frontispicio de toda obra que trate del
descubrimiento de América?
“Venient annis saecula
seris Sus limites pasará,
Quibus Oceanus vincula rerum
Descubrirán grande tierra,
Laxet, et ingens pateat tellus,
Verán otro nuevo mundo,
Tethysque novos detegat orbes
Navegando el gran profundo
Neo sic terris ultima
Thule.” Que agora el paso nos
cierra.
La Thule tan afamada
Tras luengos años verná Como
del mundo postrera,
Quedara en esta carrera
Un siglo nuevo y dichoso Por
muy cercana contada.
Que al Océano anchuroso
|(Traducción del Padre JOSÉ ACOSTA)
Mas los primeros y los más constantes indicios de las tierras
occidentales los acarreaban las corrientes del mar á las islas
Británica, á cuyas costas se veían aportar cañas de dimensiones
colosales y fragmentos de troncos enormes de palmas, claras señales
de otra vegetación. Poco imaginaban entonces los habitantes de
aquellas islas que mucha parte de su grandeza y opulencia futuras
estribaría en la explotación de los países en donde crecían tales
plantas.
El retroceso de la civilización en Europa á consecuencia de la
invasión de los bárbaros del Norte, no sólo suspendió el progreso
de las ciencias que habrían necesariamente promovido y dirigido las
empresas de los navegantes en solicitud de nuevas. tierras, sino
que hizo perder hasta la memoria de los rumbos que conducían á las
islas Afortunadas, hoy Canarias, ya conocidas de los antiguos, y
que fue preciso descubrir de nuevo en el siglo
decimotercero.
En esta época trabajaban los portugueses por dar la vuelta al
África navegando por sus costas á fin de abrir el comercio directo
con el Oriente, cuyas preciosas producciones estaban monopolizadas
por los negociantes italianos, que solos traficaban con ellas en el
Mediterráneo. El infante D. Enrique de Portugal propendió
singularmente al adelantamiento de la náutica, ocupándose
exclusivamente en viajes de descubrimiento, y protegiendo á los
astrónomos, matemáticos, pilotos y á todos los que se dedicaban á
los ramos accesorios á la ciencia del navegante. El impulso que
este príncipe benéfico dio á los descubrimientos. marítimos,
procuró á Portugal una importancia y un lustre
extraordinarios.
A estas circunstancias se debió el viaje á Lisboa de Cristóbal
Colón, natural de Génova y marinero distinguido. Allí contrajo
matrimonio con la hija de un antiguo y experto oficial de marina
que había sido gobernador de Porto Santo, isla recién descubierta.
El examen de los mapas, diarios de navegación y otros papeles de
Perestrello, su suegro, que ya era muerto, acabó de decidir de la
vocación del ilustre genovés. Hizo Colón algunos viajes á la costa
de Guinea, y con sus ganancias y las. cartas de marear que trazaba,
vivía honradamente con su familia. Este trabajo y sus estudios lo
familiarizaron con las cuestiones más arduas de la cosmografía, y
arraigaron en su ánima el convencimiento de que, navegando
directamente liada el Occidente, debía encontrarse el Continente
asiático. Un viaje que untes había hecho á Islandia, y las
observaciones que su constante práctica de navegar le sugerían,
confirmaban cada día sus opiniones.
Presentóse Colón al rey de Portugal solicitando se equipara una
expedición exploradora que bajo sus órdenes navegaría al Occidente
hasta encontrar la tierra firme; pero sea que se hallasen
exorbitantes las condiciones y los honores que solicitaba para el
caso de que la empresa tuviera un éxito feliz, como él firmemente
lo esperaba, ó que preocupada enteramente la corte con la
circunnavegación del África, no se querían arriesgar fondos en
otros descubrimientos que se estimaban menos seguros, lo cierto es
que las proposiciones de Colón no fueron atendidas, ó sólo
produjeron el envío clandestino y sin suceso de una nave por los
rumbos que él había indicado. Esta nave, privada de la dirección
inmediata del autor del proyecto, no sirvió sino para hacer patente
la mala fe con que fue tratado este negocio, por parte de los
consejeros de la Corona de Portugal, y para mostrar que no basta
saber la dirección en que ha de andarse, si se carece del ánimo
firme y persuadido que vence los estorbos y dificultades, tan
frecuentes en todas las sendas poco trilladas y. especialmente en
las de nuevos descubrimientos.
Tampoco estuvo al alcance de los miembros del Senado de Génova,
su patria, á quienes después se dirigió Colón, el juzgar con
acierto de su propuesta, que fue desechada igualmente. Trasladóse
por último á España, en donde, después de largos años de
negociaciones infructuosas, logró por fin ser escuchada y triunfar
de las preocupaciones escolásticas que le opusieron al principio
los mayores obstáculos. Demasiado vilipendio ha arrojada el mundo
culto sobre los claustros de España para que sea permitido en
estricta justicia dejar de recordar que del fondo de un oscuro
monasterio salieron los más fieles amigos de Colón, y los más
constantes favorecedores de su atrevida empresa, que los sabios del
siglo consideraban como visionaria.
Fray Juan Pérez Marchena
de la orden de San Francisco,
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|(1)
guardián del convento de la Rábida
en Andalucía
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(2)
, y Fray Diégo
Deza, religioso dominicano, confesor de la antigua reina D.a Isabel
la Católica, secundados por Alonso de Quintanilla y Luis de San
Ángel fueron los que decidieron el ánimo generoso de la ilustre
soberana de Castilla á no dejar partir á Colón, que ya se retiraba
desconfiando de obtener auxilios en España, y á tomar á su cargo y
expensas la expedición, con tan fervoroso anhelo, luego que estuvo
persuadida de su importancia, que ofreció empeñar sus joyas si de otro modo no podía hallarse el dinero
necesario para los aprestos
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(3)
.
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Nadie ignora que fue en este viaje, verificado Agosto de 1492,
cuando Cristóbal Colón rasgó el velo que cubría una vasta porción
de la superficie de nuestro planeta, y cuando una flotilla de tres
navichuelos en los que hoy mismo nadie osaría atravesar el océano
se lanzo con tanta seguridad en un piélago desconocido y
misterioso, como pudiera hacerse para navegar entre las dos costas
del Mediterráneo. Pocos son los que no han reflexionado en los
beneficios que el género humano reporté de este descubrimiento, que
puso en claro la verdadera figura de la tierra desmintió las
opiniones erróneas respecto de la no existencia de los antípodas,
la inhabitabilidad de la zona tórrida e incomunicación de las dos
templadas. Desde aquella época no hay mar que no sea navegable, ni
región inaccesible.
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Este inmenso continente extendido de Norte á Sur casi de polo á
polo, presentó al naturalista una multitud de seres nuevos del
reino vegetal y animal; al físico y al geólogo cadenas colosales de
montañas levantadas por el fuego subterráneo y abundantes en
metales preciosos con que se ha enriquecido el mundo, y los climas
y las producciones reunidos de las zonas más diversas; al filósofo,
la raza humana y las lenguas en los grados y situaciones más
favorables para el estudio de la especie. La astronomía náutica, la
geografía física, la geología de los volcanes, las ciencias todas
cambiaron de aspecto entonces; y puede decirse que nunca, desde el
establecimiento de las sociedades, la esfera. de ideas relativas al
mundo exterior se había engrandecido tanto. No hay exageración en
asegurar que fue en aquella época cuando el hombre acabó de tomar
posesión de los dominios que el Creador le señaló en la tierra, y
que, por tanto, el descubrimiento de América puede considerarse
como el más grande acontecimiento de los tiempos modernos.
No entra en nuestro plan seguir á Colón en los tres primeros
viajes, ni escribir su vida, tan llena de vicisitudes; sólo nos
ocuparemos, después de haber echado esta rápida ojeada á aquella
época memorable, en narrar lo que dice relación con el
descubrimiento del territorio que hoy comprende la República de
Nueva Granada, que ocupa la posición más importante de la América
meridional, y que se extiende de las orillas del Orinoco á las
costas del grande Océano por diez y siete grados de longitud, y
desde uno á trece grados de latitud, con cerca de doscientas leguas
de costas en el Atlántico.
Este país abraza dentro de sus límites el istmo de Panamá, y. su
agricultura produce los frutos de todas las zonas y de todos los
climas. En él existen los únicos criaderos de platina conocidos en
América, las minas más importantes de oro, y la sola mina de
esmeraldas que hoy se explota en el mundo. Goza de paz y de las
instituciones más liberales. El respetó más profundo y más
arraigado de la propiedades un dogma reconocido por sus habitantes,
que brindan la hospitalidad á los que quieran trasladar su capital
y su Industria á aquellas regiones afortunadas, cuyos moradores
están resueltos á rechazar toda reforma que inscriba la fuerza
brutal en sus banderas; y á no admitir sino las mejoras que se
introduzcan por medios legales y pacíficos.
Es de esperar que éste ensayo sirva de estimulo á algún escritor
distinguido que quiera dedicarse más tarde á ofrecernos la historia
antigua completa de este territorio, que hasta aquí no ha tocado
ningún historiador moderno.
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(1)
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Según Tomas Rodríguez Pinilla
|(Colón en España) y otros
muchos autores que en los últimos años han estudiado seriamente la
vida y los hecho’ de Colón y la época del descubrimiento de
América, en los Archivos de Indias,
|Fray
|Juan Perez,
Guardian del Convento de la Rábida, era persona muy distinta de
|Fray Antonio Marchena
|. El primero protegió a Colón,
no cuando llegó de Portugal. sino cuando se retiraba, de España, en
|
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1491, desalentado con el mal éxito do mus peticiones
en la Corte. El segundo era un sabio
|astrólogo, (como
llamaban entonces a los astrónomos) que acompañó á Colón en su
segundo viaje, por orden de los Reyes Católicos. Herrera, Muñoz,
Navarrete, Humboldt, Irving y muchos otros historiadores españoles
y extranjeros, confundieron estos dos religiosos. No es, pues,
extraño que Acosta (en 1847) hiciese esta equivocación, cuando
autores modernos, como Roselly de Lorgues y otros, repiten la
especie á pesar de los recientes descubrimientos históricos.
—Nota de
|Soledad Ácosta de Samper-
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(2)
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Mr. W. Irving, el célebre
autor de la
|Vida de Colón, hizo en 1828 una romería al
convento de Nuestra Señora de la Rábida, que existe aunque muy
deteriorado. “Bajamos del coche, dice, en la misma portería
adonde llegó Colón á pie y en clase de peregrino á pedir un pedazo
de pan y un jarro de agua. para su hijo. Mientras subsista el
convento, añade, éste será siempre un lugar que causará la más viva
emoción. La portería parece en el mismo estado que en tiempo de
Colón, sólo que no hay portero socorra las necesidades de los
viandantes. Atravesamos los claustros vacíos y silenciosos; todo
parecía devastado. El único ser viviente que percibimos fue un gato
que huyó aterrorizado al eco triste de nuestros pasos en aquellos
corredores abandonados.” Es de esperar que después de la
supresión de los conventos, el Gobierno español haya dictado
algunas providencias para conservar este monumento histórico. (En
1892 el Gobierno español no sólo restauró completamente el
convento, sino que mandó levantar un monumento que conmemora el
descubrimiento de América..- S.A.S.). (Regresar a
2)
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(3)
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Luis de Sant—Ángel anticipó los veinticinco mil
florines que se gastarón en equipar los buques y proveerlos de lo
necesario. No podemos ciertamente dejar de hacer tristes
reflexiones respecto de los pocos progresos que el buen gobierno ha
hecho en España, si consideramos, que en 1492 fue preciso un grande
esfuerzo a la heroica princesa española que entonces gobernaba la
monarquía, para hacer salir esta pequeña expedición con objeto tan
importante, y que no ha mucho se han empleado millones, producto
del sudor y trabajo de los españoles, en preparar una armada que se
dirigió también á América, sin más objeto que satisfacer el
capricho una extranjera, que logro sentarse por algún tiempo en el
trono de la magnánima Isabel, y que pretendía fundar otro para una
descendencia de equívoco y casi espurio origen. (Regresar a 3)
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