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CAPITULO XXV

HACIA LA INDEPENDENCIA

PELIGRO de las soluciones contemporizadoras. - La oposición se reagrupe. Las libertades públicas convertidas en banderas de corso -  Los ideólogos del "statu quo". - Conflicto entre Nariño y el patriciado cartagenero. - Don José María García de Toledo. - El pueblo en acción. - Los hermanos Gutiérrez de Piñeres. - La aristocracia criolla y el principio de la igualdad. - La hora decisiva. - El 11 de noviembre de 1811. - "Nosotros, los representantes del pueblo".. - La Independencia como revolución social. - Las esperanzas de los humildes. - Destino de los caudillos populares. - Política tributaria de Nariño. - Carbonell nombrado Ministro del Tesoro Público. - Comienza la Fronda. - La Iglesia y la oligarquía. - Dualidades perniciosas. - Dueños de la Iglesia y el Estado. - Conservatización del alto clero. - El Montalván. - La Cátedra Sagrada y el borrico de Nariño. - Símbolos de la Nacionalidad. - Don Camilo y don Pelayo. - La india de Nariño. "El Estado de Cundinamarca es una República". - Ante la crisis.

NO DEJA de parecer extraño el que Nariño, al ascender al poder, se inclinara en favor de una política contemporizadora con los núcleos sociales a los que el pueblo arrebató el mando en septiembre de 1811. Exceptuando las medidas de precaución, indispensables para garantizar la supervivencia del movimiento revolucionario, no se permitieron ninguna clase de represalias en Santafé y todos los voceros de la camarilla de puesta gozaron de completas garantías, de las que se sirvieron, sin demora, para organizar la oposición al nuevo régimen. Nariño supuso, y en ello se equivocó, que le sería posible crear, desde el gobierno, una relativa uniformidad de opiniones en la Capital y en las provincias, a fin de conseguir la inmediata declaratoria de Independencia y proceder, una vez resuelta esta vital cuestión, a modificar la estructura social y política de la comunidad granadina, por medio de históricos compromisos o acuerdos negociados, si ello era viable, con los intereses que debían afectarse necesariamente Ello explica por qué aceptó, e inclusive solicitó, la colaboración de personas vinculadas, política o familiarmente a la oligarquía caída y conservó en los mandos militares, dándoles amplísimas pruebas de con fianza, a don Joaquín Ricaurte, don Antonio Baraya y Antonio Ricaurte Lozano, quienes habían sido, desde el 20 de julio, los representantes más autorizados del patriciado criollo en las Fuerzas Armadas. Erróneamente creyó Nariño que su extraordinaria capacidad para atraerse a los hombres, le conquistaría la adhesión y lealtad de quienes hasta el momento habían figurado en las filas de sus adversarios o profesaban ideas y representaban intereses difíciles de armonizar con todo lo que significaba el gran movimiento político que triunfó el 19 de septiembre en Santafé. Dando muestras, por ello, de una excesiva confianza, poca atención prestó a las actividades hóstiles de sus enemigos y limitó los esfuerzos iniciales de su gobierno a fortalecer las corrientes de opinión que favorecían la inmediata declaratoria de Independencia y a prestar discreta ayuda a los partidos populares que, en las provincias, perseguían el mismo objetivo.

La campaña Política iniciada por Nariño en favor de la ruptura con la Metrópoli, tuvo su principal órgano de expresión en "La Bagatela", periódico que Nariño continuó publicando, después de su ascenso a la Presidencia, para combatir los argumentos de variada índole, utilizados por los voceros de la oligarquía depuesta para discutir la |conveniencia o la |oportunidad de que la Nueva Granada se independizar definitivamente de España. El momento culminante del debate llegó cuando se remitió a Nariño una famosa carta abierta, firmada con el seudónimo "El Amigo de la Humanidad" en la cual se le planteaban las reservas y reparos que tenía el grupo conservador y españoliza dirigido por don Camilo Torres, con respecto a la declaratoria inmediata de Independencia y al desconocimiento radical de los derechos de Fernando VII. « Vuestra Merced decía la carta - sabe cuán varios están los juicios en orden al verdadero estado de España, opinando unos que aún se sostiene el partido del Rey Fernando, conservando un gobierno reconocido por algunas naciones extranjero y especialmente por la Inglaterra, que es una potencia de primer orden, fuerte e ilustrada, que debe saber a fondo lo que hay en el caso. Otros dicen que la España, en la parte aspirante a su libertad y conservación de sus derechos ya no existe; que no hay ejércitos ni gobierno que puedan llamarse tales; y en una palabra, que está perdida, y que esta nación murió políticamente, y está toda o la mayor parte sujeta al partido francés; por cuyo hecho las pozas provincias libres de la dominación (las americanas) se deben considerar emancipadas y con derecho a formarse el gobierno que n les acomode... No puede Ud., pues, dejar de convenir conmigo en que importa mucho, que al público se le dé una razón exacta de si la España está, o no, enteramente perdida, sin esperanzas de recuperación. |Insertando o citando los documentos que lo justifiquen, porque nadie en esta materia y en estos tiempos y circunstancias renunciaría al derecho de la comprobación; y haciéndose al mismo tiempo cargo de la conducta del Gabinete inglés para absolver los argumentos que con ella se pueden hacer... Sentada esta base, se presenta naturalmente sobre ella el tan importante como curioso problema de la América, o para más contraemos, si este Reyno ha tenido o tiene razón y derecho para dar por disuelto el vínculo de unión con la madre Patria y formarse un gobierno independiente, provisional o absoluto. Si esta cuestión se resolviese por la afirmativa, se sigue otra no menos interesante y delicada; |tal es la de si el Reyno tiene en si los medios bastantes para constituirse y conservarse en Estado soberano, porque ya ve Ud. cuán inútil sería a un hijo de familia el derecho de separarse de la casa paterna si no tenía los medios de subsistir por sí solo; para lo cual necesitaba luces para gobernarse, caudal para sostenerse y relaciones con sus vecinos para conservarse. |Sin estos auxilios el uso de su derecho podía serle funesto ». (27 de octubre de 1811).

A esta carta dio Nariño respuesta en "La Bagatela", el día 3 de noviembre de 1811 « Está Ud. servido, Señor Amigo de la Humanidad - escribía Nariño - se han publicado en letras de molde sus |patrióticos problemas... Usted me parece un sí es no empecinado por eso de la esclavitud americana. ¡Si me engañaré! No quisiera ser temerario, porque soy tan amigo de la libertad, que hasta con estas sospechas me parece que se la quito a Ud. para que diga francamente su dictamen, |aunque sea el de atarnos a la popa de un barco y llevarnos a remolque para España. Mas sea lo que fuere, voy a cumplir con el encargo que me hace... Primer problema del Amigo de la Humanidad: ¿La España está o no enteramente perdida y sin esperanza de recuperación? Resolución: Que Dios le dé mucha vida y salud; pero que esté viva o muerta nada le importa a la América para su emancipación, como no obsta al hijo que esté vivo o muerto el padre cuando cumple la edad.

« Segundo problema: ¿La América ha tenido o tiene razón y derecho para dar por disuelto el vínculo de unión con la madre Patria y formar un gobierno independiente? Resolución: la América ha tenido y tiene la misma razón y derecho para romper las cadenas de España, que nuestro Gil Blas de Santillana para romper la puerta de la cueva de los ladrones en que se veía encerrado; tiene el mismo derecho que un animal oprimido en una jaula para volarse desde, que encuentre la puerta abierta; tiene el mismo derecho que Cervantes para romper las cadenas con que los turcos lo tenían aprisionado... Veamos ahora si el Reyno tiene en sí los medios bastantes para constituirse y conservarse en Estado soberano, que es el tercer problema. En el estado de división en que el Reyno se halla, es imposible conservarse; pero también es imposible subyugarlo si se une. La naturaleza nos favorece con lo escarpado y áspero de los caminos, con lo mortífero del clima para los forasteros, con la diferencia de los alimentos, con su escasez de los inmensos despoblados, y, finalmente, con el fuego sagrado de la libertad, que bien o mal entendido, ya arde por todas las extremidades de nuestro Continente. La población nos da una fuerza suficiente para defendernos del mundo entero, si sabemos hacer uso de ella. Sobre un cinco por ciento, podemos poner un ejército de más de cien mil hombres; y aunque no tenemos las armas de fuego suficientes, tenemos la gran ventaja de manejo del caballo, quizás sin igual en la Europa, y la facilidad y conocimiento de los caminos. No son sólo las armas de fuego las que matan... Que nos unamos, que haya |un gobierno fuerte y vigoroso, y que venga la Europa entera... ¡Almas tímidas y cobardes, gobernantes ambiciosos y malva dos, hombres estúpidos y empedernidos en la servidumbre |dejadnos obrar y desenvolver nuestros recursos naturales...! ¡Que el cobarde, que el estúpido, el empecinado sistemático se retiren al fondo de sus casas y dejen obrar al hombre libre que prefiere la muerte a la esclavitud».

Estas tajantes definiciones deterioraron de manera definitiva, las relaciones del Gobierno de Nariño con la Junta Suprema de Cartagena, dominada por las grandes familias de la aristocracia criolla - los García de Toledo, los Narváez, los Castillo y Rada, los Díaz Granados y los Ayos -, empeñados en defender, tenazmente, el reconocimiento de los derechos de Fernando VII y de la Regencia española, a fin de conjurar el peligro de que una revisión radical del orden político abriera la puerta a peligrosas situaciones de cambio en la estructura social del Reyno. En la prensa de Cartagena, por ello, se acusaba a Nariño, alternativamente, de demagogo y de tirano, y se sindicaba al pueblo de Santafé de sedicioso, frenético y de plebe insolente de miserables indios". Durante todo el mes de octubre de 1811 la controversia periodística adquirió las más ásperas características y en "La Bagatela" respondió Nariño a las injurias e hizo defensa de los sectores populares de la población granadina: « ¿Por qué - escribía - es que en Cartagena, Santa Marta, Maracaibo y Coro reconocen la Regencia? La razón es bien sencilla: porque son pueblos |comerciantes como Cádiz... los puertos de mar mantienen la esclavitud por conservar sus caudales y no perder el tráfico. Las cadenas de los puertos de mar les vienen en los fardos de los traficantes. Obsérvese que éstos y los malos eclesiásticos son los más obstinados contra nuestra libertad; los unos por la codicia de sus negociaciones, y los otros porque del embrutecimiento y la esclavitud sacan su partido. El eclesiástico justo, desinteresado, sigue las huellas del Salvador del mundo y no ve en la Independencia de América sino la mejora y alivio de sus semejantes.¿ |Quien no se enternecerá al ver la suerte de los pobres indios, la desnudez, la ignorancia y el abatimiento de América?».

Privada del mando la oligarquía santafereña, solo el núcleo de la aristocracia criolla cartagenera estaba en capacidad de enfrentarse al Presidente Nariño y ello explica la prontitud y beligerancia con que el Gobierno de Cartagena asumió la vocería de los intereses criollos. Esa beligerancia consiguió, es verdad, el rápido reagrupamiento del patriciado, disperso y desconcertado por su reciente derrota en la Capital, pero también sirvió para alertar a los sectores desposeídos de la sociedad granadina y principalmente al mismo pueblo de Cartagena. La soberbia de los de arriba determinó la insurgencia revolucionaria de los de abajo y al tiempo que el partido de oposición, en Santafé, celebraba regocijado los ataques de la prensa porteña contra Nariño, en Cartagena se operaba el fenómeno contrario: los sectores populares, acaudillados por los hermanos Gutiérrez de Piñeres, se pronunciaban en favor del Mandatario de Cundinamarca y adoptaban doctrinas análogas a las que él defendía en escala nacional. En la barriada de Getsemaní y en los arrabales del puerto era notoria, en esos días, la popularidad de Nariño y en la medida en que el pueblo cartagenero se distanciaba de la casta gobernante porteña, resultaba también más visible su aproximación y su simpatía por los " ideales que personificaba Nariño en la Nueva Granada.

Las decisivas cuestiones que constituían la materia y razón de este litigio, empujaron gradualmente al Gobierno de Santafé y al de Cartagena a adoptar actitudes defensivas y ofensivas, cuya naturaleza radical se encargó de acelerar la dinámica de la crisis. Tal ocurrió, por ejemplo, con el llamado problema de los "situados", que tanta importancia tenía para Cartagena, porque el sostenimiento de las tropas de dicha plaza se había costeado tradicionalmente con fondos, o "situados", remitidos desde Santafé y otras jurisdicciones administrativas del Imperio español, y la Junta de notables que se apoderó del gobierno de la plaza en 1810, se creyó autorizada, en virtud de esa tradición, para exigir a Santafé el pago de dichos "situados", no obstante que Cartagena había proclamado su Independencia de la capital del Reyno e insistía, en abierto desacuerdo con Cundinamarca, en mantener el reconocimiento del Consejo de Regencia de España. Nariño no quiso aceptar que tan equívoca situación se conservara y consolidara con dineros provenientes del Tesoro de Santafé y ordenó suspender la remisión de los "situados" hasta tanto que las autoridades de Cartagena definieran su actitud con respecto al problema de la Independencia. La medida causó grande indignación en los círculos oficiales de Cartagena y a ella se respondió con un beligerante acto de represalia. Como en esos días arribó al puerto un cargamento de armas, principalmente fusiles, que el anterior gobierno de Cundinamarca había adquirido en los Estados Unidos, la Junta de notables de Cartagena ordenó su inmediato incautamiento, para compensarse, según decía, de los perjuicios sufridos por la renuencia del Gobierno de Nariño a continuar el pago regular de los "situados". Refiriéndose a esta providencia confiscatoria, decía Nariño en "La Bagatela": « Si como se anuncia ya, es cierto que el Gobierno de Cartagena ha resuelto quedarse con mil cuatrocientos fusiles de Santafé contra la voluntad de sus dueños, esta acción despótica y contraria a la sana moral va a descorrer el velo y echar un nuevo borrón sobre los gobernantes de aquella plaza... Se dirá que Santafé no ha dado plata a Cartagena.. |No es mismo negar lo propio que quedarse con lo ajeno... Esta acción (la de Cartagena) comprueba lo acertado de su previsión (la de Santafé) |para no dar ni auxiliar a unos hombres que, obstinados en reconocer los gobiernos de Cádiz, no pedían (dinero) para sostener nuestra santa causa, sino para destruirla ».

La confiscación de las armas de Santafé produjo efectos bien distintos de los que esperaban notables de Cartagena, quienes se vieron enfrentados, inesperadamente, a la conmoción popular que venía preparándose desde 1810 y cuyos desarrollos se aceleraron en la medida que se ahondaba el conflicto con el Presidente Nariño. En las barriadas populares del puerto ocurrieron, en esos días, numerosos motines y el pueblo comenzó a exigir, con tono amenazador, que las autoridades criollas de Cartagena se pronunciaran en favor de la Independencia con la misma franqueza y coraje con que lo hacía Nariño en Santafé.

El fervor que mostraban los humildes por la causa de la Emancipación se fundaba en que esa causa, para ellos, no tenía el precario carácter de un mezquino litigio con la Metrópoli, sino que se confundía, en el alma popular, con una gran esperanza de redención, con el principio de un nuevo orden de cosas en el que desaparecerían las viejas injusticias, atribuibles no solamente a los funcionarios españoles, sino también al despotismo económico y social de la oligarquía criolla, dueña de la riqueza, principal beneficiada con la esclavitud de los negros y la explotación de los indios y en cuyos cuadros se hallaba concentrada la propiedad de las minas y de todas las tierras utilizables del Reyno. « El objeto de la Independencia - dice el historiador cartagenero Jiménez Molinares - no era sentido con una misma urgencia por todos los cartageneros y los americanos. Las clases bajas de la sociedad, sumidas en la ignorancia, envilecidas por la política colonial, fueron despertadas en Cartagena precozmente a las nociones de la dignidad humana, y este fenómeno lo favorecieron antecedentes etnológicos e históricos. Las clases bajas de Cartagena eran el último resultado de aquellos indios caribes llamados |Turbacos y |Malembúes que durante treinta y cinco años mantuvieron a raya a los conquistadores, venciéndolos una y otra vez en desiguales batallas; de aquellos negros de Africa, de las castas "Mina" y "Caboverde", que por su indomable carácter fue prohibida finalmente su importación, y de los altivos castellanos que mezclaron a los de unos y los otros su sangre belicosa... Los Gutiérrez de Piñeres buscaban prosélitos en donde era más fácil encontrarlos y había más gente: entre los que estaban más urgidos de la Independencia; en las clases populares, entre la gente de color... Ellos (los Gutiérrez de Piñeres) amaban sin duda la Independencia y aborrecían el poder español; mas eran republicanos peligrosos, insaciables de mando y semejantes a los jacobinos que agitaron a París y a la Francia entera durante la República... Proponían una política definida, que consistía en declarar inmediatamente la Independencia de España y de todo otro poder... Para lograr esta finalidad se necesitaba una carrera vertiginosa, porque luego sería tarde; atropellar, usar la violencia contra toda resistencia
Los radicales motivos de discrepancia que separaban al pueblo de Cartagena, dirigido por los Gutiérrez de Piñeres, del patriciado criollo, inspirado por don José María García de Toledo, demostraron pronto que el gobierno de Nariño estaba menos expuesto a sufrir el impacto de la ofensiva desatada contra él desde las playas del Caribe, de lo que estaba, en esos momentos, el gobierno de los notables de Cartagena, amenazado por el rápido avance de una formidable revolución de los humildes, que Nariño veía sin temores y no vacilaba en estimular en "La Bagatela": « Generoso pueblo de Cartagena - escribía ¿en dónde tenéis la razón y vuestra perspicacia natural? ¿Para qué tantos sacrificios, tanto entusiasmo y tantos sufrimientos como estáis experimentando, |si hemos de volver al antiguo yugo con que vuestros actuales gobernantes nos amenazan? Pero no, mis queridos compatriotas, no creáis ni por un momento que Santafé os abandone en medio de vuestro dolor, ni que su gobierno se niegue a socorreros, aunque sea con las lámparas de sus Iglesias, |cuando de buena fe se trate de sostener la misma causa ».

En los últimos días de octubre de 1811 se empeoró la situación del orden público en Cartagena y el candente debate sobre la declaración de Independencia aumentó la dinámica revolucionaria del conflicto. «En Cartagena combatían -dice el historiador criollo José Manuel Restrepo - dos partidos que aspiraban al poder: el de García Toledo y el de los Gutiérrez de Piñeres. El primero reunía la  parte de los hombres de educación, riqueza y probidad que había en Cartagena y se le llamaba |Aristócrata. El segundo amaba la libertad, así como las medidas revolucionarias; era mucho su poder, porque dominaba a la multitud y la ponía en movimiento cuando se le antojaba, teniendo igualmente a su devoción el pueblo de Mompós, de donde eran naturales, y en que gozaban de un grande influjo, los tres hermanos Celedonio, Germán y Gabriel Gutiérrez de Piñeres. Este (Gabriel) era el más popular de los tres y el que ejecutaba los planes trazados por el abogado Germán Gutiérrez de Piñeres. Gabriel predicaba por todas partes la igualdad absoluta, |ese dogma destructor del orden social. Siempre se le veía cercado de negros y mulatos sin educación, y quería que los demás ciudadanos ejecutaran lo mismo, bajo la pena de ser tenidos por aristócratas ».

Con la tolerancia y la discreta colaboración de sus hermanos, Gabriel Gutiérrez de Piñeres empezó, desde mediados de octubre de 1811, a preparar la gran conmoción social que habría de cambiar, en forma mucho más decisiva que los sucesos del 20 de julio, el destino político de la Nueva Granada, y tanto él como sus agentes organizaron cuadros directivos y brigadas de choque en los barrios populares y suburbios de Cartagena, actividades que recuerdan a las de Carbonell en Santafé. Cuando estuvieron seguros de que les sería posible obtener la pronta movilización del pueblo, se pusieron en contacto con los batallones Primero y Segundo del famoso Regimiento de Lanceros de Getsemaní, compuesto en gran parte de soldados negros y mulatos, y lograron ganarse su voluntad y comprometerlos a participar en el movimiento revolucionario. El desarrollo de los históricos acontecimientos lo refiere, en los siguientes términos, el historiador Jiménez Molinares, nada inclinado a simpatizar con los Gutiérrez de Piñeres: «El golpe debió darse el domingo 10 de noviembre (de 1811) a fin de obtener la mayor asistencia posible de pueblo, pero el  no poder participar en ese día el doctor Joaquín de Viliamil, sujeto de gran prestancia e influencia entre los artesanos y la gente de Getsemaní y a quien convenía comprometer visiblemente para aprestigiar el movimiento, obligó a aplazarlo para el siguiente día en que reglamentariamente debía sesionar la Junta, |comprometiéndose los artesanos de todos los barrios y los vecinos de Getsemaní a no trabajar el lunes. Los conspiradores comprometieron a las milicias patriotas denominadas Lanceros de Getsemaní, batallones Primero y Segundo, el último mandado por Pedro Romero, para que apoyase las demandas que el pueblo formularía a la Junta. El pueblo se reunió desde temprano en el arrabal de Getsemaní, en la plaza de la Trinidad, hoy de La Libertad, capitaneado por Gabriel Gutiérrez de Piñeres, por el doctor Ignacio Muñoz, por Pedro Romero, suegro de Muñoz, y por sus hijos Mauricio, José, Tomás y Sebastián Romero... El Comando de esta rebelión tenía cuartel en casa de Pedro Romero, ubicada a la entrada de la Calle Larga, en la esquina derecha, entrando por el mercado actual, y emisarios de ellos seguían el curso de los debates que la Junta Suprema, en sesión plena, adelantaba en la Sala Capitular del Palacio de Gobierno, en la mañana del 11 de noviembre. Cuando los emisarios comunicaron que la declaratoria de Independencia (propuesta por los Gutiérrez de Piñeres) no se votaba y era evidente que se levantaría la sesión dejando insoluta la cuestión, |se dio la orden de marchar sobre la ciudad.

«Los lanceros de Getsemaní se interpusieron entre el cuartel del "Fijo" y el Palacio de Gobierno y se apoderaron de los principales baluartes de la muralla haciendo retumbar el cañón |y el pueblo en espesa muchedumbre y en actitud belicosa se movió de la plaza de la Trinidad hacia la Calle Larga, en donde estaba el mando del movimiento y de ahí, por la plaza del Matadero, hoy de la Independencia a la ciudad, entrando por la Boca del Puente. De paso por él frente del Convento de San Francisco, advirtieron la presencia del presbítero don Nicolás de Omaña y el pueblo lo invitó a servirle de vocero, a lo que accedió el religioso. |Omaña estaba en Cartagena en compañía de don Pedro de la Lastra, de regreso de los Estados Unidos, de donde había traído, por cuenta de la Provincia de Cundinamarca, mil cuatrocientos fusiles que el Gobierno de Cartagena retuvo arbitrariamente.

« El Parque o Arsenal de Armas, hoy Estado Mayor, fue asaltado y las armas, "fusiles, lanzas y puñales, puestos en manos de los revoltosos". Llegados al frente del Palacio de Gobierno, subieron a él los Comisionados del Pueblo, quienes manifestaron que el Pueblo exigía que se proclamara la Independencia absoluta... |La cuestión propuesta de la Independencia irritó al pueblo, dirigido por Gabriel Gutiérrez de Piñeres, el que invadió el recinto de sesiones y fueron agraviados sin miramiento alguno los que se sabía eran opuestos... García de Toledo fue maltratado de obra, arrojado con violencia y luego aprisionado... El Acta de Independencia fue aprobada y firmada por todo el gobierno, inclusive por García de Toledo. |Quien hubiera persistido en cualquier forma de oposición, hubiera arriesgado, sin duda, la existencia ».

El famoso documento, que bajo el título de "Acta de la Independencia", se firmó ese histórico día en Cartagena, declaraba en su aparte central: «Nosotros, los representantes del buen pueblo de Cartagena de Indias, con su expreso y público consentimiento, poniendo por testigo al Ser Supremo de la rectitud de nuestra causa, declaramos solemnemente, a la faz de todo el mundo, que la Provincia de Cartagena de Indias es desde hoy, de hecho y por derecho Estado libre, soberano e independiente; que se halla absuelto de toda sumisión, vasallaje, obediencia, o todo otro vínculo, de cualquier clase y naturaleza que fuese, que anteriormente lo ligare con la Corona y Gobierno de España y que, como tal Estado libre y absolutamente independiente, puede hacer todo lo que hacen las naciones libres e independientes ». Este documentó y las Actas firmadas anteriormente en Mompós, fueron las primeras e inequívocas Declaraciones de independencia absoluta pronunciadas en la Nueva Granada y tales Declaraciones, que excluían, definitivamente el reconocimiento de Fernando VII y de la Regencia española, se debieron, tanto en el caso de Mompós como en el de Cartagena, a los hermanos Celedonio, Germán y Gabriel Gutiérrez de Piñeres. Si nuestra Historia se hubiera escrito con criterio justiciero, si no hubiera primado en ella el deseo de exagerar los méritos de los servidores de la oligarquía gobernante y de callar las obras y las virtudes de los personeros auténticos de nuestro pueblo, los hermanos Gutiérrez de Piñeres encabezarían, por derecho propio, la lista de los próceres de nuestra Independencia nacional. Pero a ellos les ocurrió lo mismo que a don José María Carbonell: como no quisieron acondicionar su conducta a los intereses de los poderosos, ni ser los acuciosos voceros de "los descendientes de don Pelayo", se les arrinconó en la penumbra de un deliberado anonimato y para ellos no hubo estatuas, ni panegíricos académicos. Tal fue el precio que debieron pagar por haber predicado « por todas partes - como dice el historiador Restrepo - la igualdad absoluta, ese dogma destructor del orden social, y por haber sido "republicanos peligrosos y semejantes a los jacobinos que agitaron a París", según observa Jiménez Molinares.

El 12 de noviembre, continuaron en Cartagena los movimientos multitudinarios contra la Junta de notables y el orden sólo se restableció parcialmente cuando dicha Junta convino, ante la presión airada de las turbas, en devolver a los emisarios de Cundinamarca el cargamento de armas confiscado. «El generoso pueblo de Cartagena - relata "La Gaceta" - en medio de las expresiones de su alegría buscaba al doctor Omaña y demás vecinos de Santafé, congratulándose con ellos de que ya se habían acabado las competencias de Santafé y Cartagena, y prorrumpiendo en los más agradables transportes, decían: ¡Viva la Independencia! ¡Viva Santafé! ¡Viva Cartagena!».

Cuando se conocieron en la Capital los sucesos del 11 de noviembre, la alegría fue inmensa y el pueblo de Santafé, con grandes manifestaciones de regocijo celebró como propia aquella histórica victoria. El Gobierno participó activamente en los festejos y Nariño escribió, con profunda emoción, en "La Bagatela": « Salve mil veces pueblo generoso de Cartagena! Yo os saludo con el ósculo de la fraternidad. |Puedan las cadenas que acabáis de romper formar un tazo que os una para siempre con Cundinamarca! ».

No obstante la trascendencia indiscutible de los sucesos del 11 de noviembre en Cartagena, de ellos no se derivaron los buenos resultados que era justo esperar, porque el entusiasmo consagrado por las multitudes y sus dirigentes a obtener la declaratoria de Independencia absorbió todas sus energías y no les permitió atribuir la importancia debida, en el curso de la sublevación, al indispensable derrocamiento, como se hizo en Santafé, del Gobierno de la oligarquía criolla. La gran con moción del 11 de noviembre obligó a la Junta de notables a adoptar la política del partido popular y a declarar la independencia pero dejó en pie las instituciones construidas por el patriciado y toleró, por un espíritu de absurda y equivocada contemporización que continuara en ejercicio del gobierno la misma Junta de notables. Es verdad que los miembros de dicha Junta estaban intimidados y que en los días siguientes se resignaron a aceptar las exigencias del pueblo y se sometieron prácticamente a la voluntad de Germán Gutiérrez de Piñeres. Pero en la medida que se calmaban los ánimos y se atenuaba, por ello, la eficacia de la acción política del pueblo, la aristocracia criolla comenzó a recobrar la iniciativa y lo hizo con tanta mayor eficacia cuando que todavía conservaba el control de las palancas del mando. Pronto se reanudó la ofensiva contra Nariño y en el periódico "El Argos", que seguía las inspiraciones de García de Toledo, se le acusé de "tirano imprudente, que no reconoce más ley que su voluntad"

Como la gran campaña periodística adelantada por "La Bagatela", había desprestigiado la postura de quienes todavía discutían la |conveniencia o la |oportunidad de una inmediata ruptura con la Metrópoli, a partir de este momento la oposición renunció a defender, francamente, las doctrinas españolizantes, y todos sus esfuerzos se orientaron a conseguir la caída del Gobierno de Nariño, acusándolo de tirano, de dictador y ambicioso y fundando estos cargos en el empleo, por lo demás moderado, que había hecho el Presidente de las facultades conferidas a él, el 19 de septiembre, para suspender los artículos de la Constitución que juzgara incompatibles con el espíritu del movimiento popular triunfante en esa fecha y con la necesidad de preparar a la Nueva Granada para oponer una resistencia eficaz a cualquier intento de reconquista española. La supuesta defensa de las |libertades |públicas y de los |derechos ciudadanos se utilizó entonces para disfrazar - con la misma insinceridad con que habrá de hacerse tantas veces a lo largo de nuestra historia republicana - los intereses y la ambición de mando de la oligarquía reinante y a don Camilo Torres correspondió asumir el papel de ideólogo de esa oligarquía, encargado de encubrir con su retórica amanerada y su erudición de golilla las aspiraciones incontenibles de una casta soberbia, que suponía otorgarle un honor al pueblo granadino al no renunciar al |sacrificio de gobernarlo.

Afortunadamente Nariño no era hombre fácil de intimidar y frente al oportunismo e insinceridad de las consignas y banderas enarboladas por la oposición, se adelantó a desenmascarar su equívoco carácter. El 29 de diciembre de 1811, en el número de "La Bagatela" consagrado a dar respuesta a los cargos del periódico "El Argos", cargos que coreaban en Santafé don Camilo Torres, Camacho, Acevedo y Lozano, respondió con su estilo tajante e irónico: « Te remito, estimado amigo, "El Argos", para que veas el lenguaje de la rabia contra el gobierno de Cundinamarca. Cómo les ha dolido que se descubra la trampa. La armaron y cayeron en ella; ¿qué han de hacer sino morder la cadena y ladrar? Dicen que el hombre de bien, vejado y perseguido en Santafé, llora en su retiro los horrorosos desastres y servidumbre que le amenazan. Que no oculten su llanto estos hombres oprimidos que levanten el grito a la faz del cielo y de la tierra contra el malvado que los oprime; libre está la imprenta y la Constitución los garantiza para poder hablar con la última libertad. No creo que este Gobierno (el de Santafé) les impida ese precioso derecho del ciudadano tan justamente recomendado por la Constitución, y silo hiciere, entonces no sólo Cartagena sino todo hombre de bien tendrá un derecho para decir, como el autor de "El Argos", que un tirano imprudente no reconoce más ley que su voluntad; que la ambición se ha quitado la máscara para llevar a efecto sus miras ambiciosas. Yo también excito en este caso a los Torres, a los Gutiérrez, a los Camachos y Castillos a que con el sagrado fuego de la Patria desconcierten los planes de los ambiciosos. Pero si el Gobierno (de Santafé) no se opone a la libertad de Imprenta, si por ella no se manifiesta que gimen bajo el yugo de un tirano imprudente, y si esto no se verifica a satisfacción del público |es preciso convenir en que la rabia ha sido por la Declaración de Independencias y que se excita a los Torres, a los Gutiérrez, Camachos y Castillos a que manifiesten al Reyno sus verdaderos intereses de someterse al Gobierno de Cádiz, y a abandonar el "diabólico" sistema de libertad, que el "infernal" Gobierno de Santafé ha abrazado ».

A los factores de desacuerdo que hasta el momento habían alimentado la pugnas controversia entre el Presidente Nariño y los núcleos directivos del estamento criollo, se sumó a última hora, un nuevo elemento de discordia, el cual aceleró la polarización de las fuerzas comprometidas en el histórico litigio. Nos referimos a la inequívoca definición, hecha por Nariño, de la política fiscal y tributaria de su Gobierno, definición que contrariaba las doctrinas consideradas, por los voceros de la oligarquía criolla, como bases insustituibles de toda nueva organización económica y financiera de la nación granadina. La profundidad del conflicto puede comprenderse cuando se tiene en mente que los criollos, con impresionante unanimidad, identificaban entonces, las virtudes y el carácter progresista de cualquier nuevo orden de cosas con la radical reducción del número y cuantía de los impuestos, particularmente de aquéllos que gravaban a las clases acaudaladas, porque suponían, entre otras cosas, que las actividades del Gobierno debían reducirse a aquellas funciones de policía indispensables para proteger las fortunas y la seguridad de los poderosos contra las posibles manifestaciones de descontento de los desposeídos. Resulta fácil de comprender, por tanto, la inconformidad de los patricios de Santafé cuando se anunció oficialmente que el Gobierno de Nariño no convenía en la reducción de las contribuciones y lo que es aún más importante, que no compartía el criterio de quienes identificaban el carácter |progresista y la |modernidad de un Estado, con el bajo nivel de los tributos exigibles por dicho Estado a sus ciudadanos. La notificación fue hecha por Nariño, en "La Bagatela", en los términos siguientes: « Las contribuciones que hacen los miembros de un Estado son lo mismo que los desembolsos de una familia o de un particular para su manutención. |Todo el secreto de un buen Gobierno está no en que las contribuciones sean cortas, sino en que el que contribuya disfrute de los beneficios de la contribución... |Mientras más libre es un Gobierno, más contribuciones exige. Ya veo aquí a algunos arrugar las cejas y preguntar: |¿en qué está, pues, la libertad, si nos hemos de ver más gravados que en un Gobierno tiránico? Poco a poco, todo se aclarará, si tenemos paciencia de seguir hasta el fin. |La tiranía de un Gobierno no consiste en que haya muchas contribuciones, sino en el modo de exigirlas y en su aplicación».

Estas declaraciones, sumadas al nombramiento de don José María Carbonell como Contador de Hacienda primero y como Ministro del Tesoro Público después, aumentaron el descontento de los estamentos acaudalados de la Capital y les dieron motivos adicionales para temer la inmediata ruptura con la Metrópoli, la cual podía traducirse no en la disminución de los impuestos sino en el aumento considerable de ellos, como previsiblemente lo demandaría la financiación de la guerra con España y la atención de las exigencias de extensos sectores de la sociedad granadina, a los que una revisión radical de las instituciones vigentes iba a otorgar desusada importancia política.

Cuando estas dudas producían los efectos sociales que de ellas era dable esperar, un nuevo tipo de conflicto agregó frescos materiales de discordia a la histórica controversia y ofreció a la camarilla depuesta el 19 de septiembre una excepcional oportunidad para explotar el sentimiento religioso del país en sus campañas contra Nariño. El conflicto se planteé con motivo de las actividades del arzobispo Juan Bautista, designado para la Sede Episcopal granadina con anterioridad a los sucesos 20 de julio y cuyo arribo a Cartagena, poco después de esta fecha, dio origen a candentes debates, porque se tenían fundados motivos para sospechar de sus convicciones realistas y de su beligerante adhesión al Gobierno de la Regencia española. Ello explica la resistencia que, a su reconocimiento, se opuso en Santafé, no obstante los esfuerzos realizados por Camilo Torres, como consta en el "Breve Manifiesto" de Miguel de Pombo, a fin de conseguir que las autoridades establecidas el 20 de julio lo aceptaran en su calidad de Arzobispo del Nuevo Reyno y autorizaran su traslado a la Capital. Esta situación se mantuvo indecisa desde entonces y el Prelado permaneció en Cartagena con la tolerancia y contentamiento de la Junta de notables de ese puerto Junta que no vaciló, cuando Nariño ascendió al poder, en utilizar el nombre y la investidura del Arzobispo para atacar al gobierno de Cundinamarca.

Nariño evadió por algún tiempo el litigio, pero la crisis inevitable se precipitó a finales del año de 1811, cuando llegaron a la Capital unos pliegos sellados, remitidos por el Gobierno español al padre Sacristán, pliegos que contenían significativas instrucciones para el Prelado, y cuyo texto indicaba cuán estrechas eran las relaciones que el Arzobispo mantenía con las autoridades peninsulares y cómo era de inequívoca su hostilidad contra la independencia americana. « Al finalizar los tres meses de mi presidencia - decía Nariño en Manifiesto destinado al público - recibí del gobierno de Cartagena unos pliegos rotulados por la Regencia de Cádiz para el Reverendo Arzobispo don Juan Bautista Sacristán, y a pesar de que podía abrirlos y providenciar sobre su contenido en virtud de los artículos suspensos de la Constitución, no quise hacer ni lo uno ni lo otro. Llamé a los Gobernadores del Arzobispado y ellos los abrieron, los leyeron, y me los entregaron; |contenía uno de ellos, como se ha visto, los sentimientos del Reverendo Arzobispo contrarios a nuestra causa. Convoqué la Representación Nacional, como para un asunto de tanta gravedad y trascendencia y lo que ésta resolvió fue lo que comuniqué al Gobierno de Cartagena, para que se embarque (el Arzobispo)».

La orden de reembarcar al Arzobispo Sacristán, expedida por la Representación Nacional de Cundinamarca a solicitud de Nariño, sirvió al patriciado criollo para dar un cariz religioso a la campaña que se adelantaba contra el Presidente y a esta empresa se prestó un grupo de altos prelados granadinos, porque en la esfera eclesiástica se estaba operando entonces un fenómeno parecido al que venía ocurriendo en el campo civil y en el político. Así como la crisis española facilitó la formación, en 1810, de gobiernos oligárquicos, de Juntas de notables en América, esa misma crisis, que implicó una solución de continuidad en las relaciones de los Dominios españoles con la Santa Sede, sirvió para que prelados, pertenecientes a las grandes dinastías de la aristocracia criolla, se apoderaran insensiblemente del gobierno de la Iglesia granadina y así pudo verse el curioso fenómeno de que unas pocas familias, como fue el caso de los Pey, los Caycedo y los Mosquera, pudieron desempeñar, por turno, la dirección simultánea del Estada y de la Iglesia. Estas perniciosas dualidades, que comenzaron a operar tempranamente en nuestra historia republicana, fueron posibles por que nuestro pueblo, en 1810, no estaba preparado para contrarrestar, con la firmeza y regularidad indispensables, el poder social y económico de la tribu de grandes familias criollas, cuyo peso específico se hizo sentir con intensidad parecida en la esfera civil y en la eclesiástica. De esta manera la Iglesia granadina se convirtió rápidamente, para su infortunio, en un instrumento de resonancia de las tendencias mercantiles, retardatarias y conservadoras de la oligarquía criolla, lo cual tuvo efectos tanto más graves cuando que los bienes territoriales y los recursos económicos a disposición de dicha Iglesia eran cuantiosísimos y la conservatización del organismo eclesiástico se encargó de crear, con prontitud, una explosiva desproporción entre la riqueza de que disponía el clero granadino y las funciones de utilidad común y los servicios de beneficio social que ese clero estaba dispuesto a desempeñar efectivamente.

Ello explica la facilidad con que el organismo eclesiástico, principalmente en sus altas esferas, fue incorporado a los cuadros de la conjura frondista contra Nariño y el hecho inaudito de que pronto comenzaran a utilizarse los púlpitos, empezando por el de la Catedral Metropolitana, para censurar al Presidente y corear desde la Cátedra Sagrada, comó lo hicieron el Canónigo Caycedo y Flórez, el Magistral Rosillo y el cura Azuero, las consignas políticas de la oligarquía depuesta por el pueblo. Pero eso no fue todo. El célebre fraile Agustino Diego Francisco Padilla, quien tan estrechos vínculos había tenido con la primera Junta de notables de Santafé, dio comienzo ala publicación de un periódico, "El Montalván", en cuyas columnas se pintaba a Nariño con los más negros colores, se le acusaba de ateo y jacobino y se le atribuía el propósito secreto de destruir la fe católica, para imponer en la Nueva Granada los métodos y doctrinas de la Revolución Francesa. Como en aquellos tiempos todavía no se hablaba de "la defensa de la Civilización Occidental", nuestro aguerrido fraile y no pocos predicadores, se limitaron a invitar a los buenos santafereños a que salieran a la defensa de la Cultura Católica contra los discípulos agentes de los "libertinos de Francia".

La dinámica acumulativa del conflicto llegó a su grado de más peligrosa intensidad, cuando Nariño y don José María Carbonell indicaron la conveniencia de que se exigiera a la Iglesia Granadina y a las Corporaciones Eclesiásticas una contribución, proporcionada a sus riquezas. y posesiones territoriales, a fin ,de preparar la defensa de la Nueva. Granada contra todo intento de reconquista española. Entonces se intensificó el ataque contra el Presidente y ese ataque tuvo caracteres tan irrespetuosos y agresivos, que Nariño se resolvió a abandonar la actitud de prudente cautela que había guardado frente al clero y en el número 29 de "La Bagatela", publicado el 12 de enero de 1812, respondió a las agresiones que se le disparaban desde los cuarteles de la oscura alianza pactada entre la oligarquía criolla y la oligarquía clerical. «Prevente, mi querido amigo - escribía Nariño - a oir cosas muy curiosas. Pues ni más ni menos: un eclesiástico de los muchos que se han salido de la esfera de su ministerio sagrado, |que son ciudadanos cuando les conviene y eclesiásticos cuando se les quiere tocar el pellejo, que insultan en el nombre del Dios de la Paz a todo el que no aplaude sus ideas ambiciosas, que quieren gobernar todo a su antojo, por un espíritu de dominación, ha desenvainado la espada... ¡Cuánto diera yo porque el Gobierno les hiciera conocer de bulto que son mortales y que el mal eclesiástico, como Judas, debe estar colgado de una higuera...! Como yo no he leído, según dijo el sabio predicador, más libritos de los que no leen ni entienden los Doctores como él, tampoco entiendo su Doctrina, |aunque sé muy a fondo la Cristiana que es muy diferente de la que ellos nos dan ejemplo. No quiero que me tengas por temerario: tócales al bolsillo y verás la pobreza evangélica sonando en ello; sólo los eclesiásticos tienen qué comer, y pregunta; ¿qué donativo, qué sacrificio han hecho en nuestra Revolución, no digo por amor a la Patria, pero ni aún para socorrer a los infelices que han quedado sin un pan qué comer? Tócales a la humildad y verás los truenos del monte Sinaí descargar sobre tu cabeza... Dicen que, gozan de todos los derechos de ciudadanos en lo favorable y se llaman eclesiásticos en lo adverso; así es que los vemos mezclados en los empleos del gobierno, revolviendo el mundo, y cuando se trata de imponerles alguna pena pecuniaria o personal, se llaman a fuero... ¿Se hace lo que ellos quieren? Justo y santo gobierno. ¿Se aparta un solo punto de su capricho, de su ignorancia o de su interés? Allá va la máscara y sin detenerse a examinar las consecuencias que se pueden seguir en el orden público, montan en la Cátedra del Espíritu Santo, como yo monto sobre mi borrico, y comienzan a rebuznar como él... ¿Qué te parece? ¿No dan ganas de ser eclesiástico? Una impunidad absoluta y una absoluta libertad de hacer cuanto les diere la gana, son una tentacioncilla para que tú y yo nos vamos a ordenar, aunque tengamos que hacer viaje a Roma; porque según creo por acá no nos absolverán si conocen nuestra intención ».

No obstante el agresivo tono de la controversia entre Nariño y el alto clero granadino, la oposición no pudo conseguir la finalidad que perseguía, porque el pueblo de Santafé, no obstante la arraigada firmeza de sus creencias, se dio cuenta, en aquella oportunidad, de que era el destino de los oprimidos y de los humildes, y no esas creencias, el que estaba amenazado por la conducta de unos prelados que olvidándose del profundo sentido de la religión de Cristo y de las enseñanzas evangélicas, se habían sumado a la conjura fraguada por una oligarquía frondista contra el Mandatario que había tenido el coraje de personificar, desde el Gobierno, las aspiraciones y anhelos de la gleba anónima y oprimida del pueblo granadino. Con sorpresa presenció el clan directivo de la casta criolla la escasísima influencia que sobre el pueblo tuvo la campaña desatada por el alto clero contra Nariño y esa sorpresa se trasluce en el amargo comentario que a estos sucesos consagró el historiador conservador don José María Groot: « Una cosa hay que admirar - dice Groot pues raya en inexplicable y es que, escribiendo Nariño de la manera que escribía contra el clero, |tuviera tanto partido en el pueblo de Santafé en aquel tiempo; y aún más, cuando en los escritos de los Canonigos Caycedo y Rosillo y del padre Padilla se daba muy claro a entender que era enemigo de todo lo eclesiástico. |Ya se ve, entonces las gentes estaban como en el estado de inocencia política y era muy fácil alucinarlas ».

Nariño comprendió, a partir de este momento, que no le iba a ser posible, como había sido su deseo, aplazar la solución de los grandes problemas sociales y políticos de la Nueva Granada hasta tanto que se decidiera, de manera definitiva la cuestión clave de la Independencia, y procedió a expedir, en consecuencia, el Decreto en el que convocaba a elecciones populares para integrar un Colegio Constituyente, encargado de revisar la Constitución elaborada por don Jorge Tadeo Lozano y sancionada en 1811 por los voceros y abogados del patriciado santafereño. En "La Bagatela" señaló Nariño los principios normativos de la Constitución que debían revisarse - comenzando por las mezquinas atribuciones señaladas al Gobierno en materias tributarias - y el 2 de enero de 1812 instaló el Colegio Revisor, en medio de una ceremonia cuyos detalles y símbolos estaban cuidadosamente calculados para hacer resaltar, ante los legisladores, el significado del gran movimiento nacionalista y popular que acaudillaba Nariño en la Nueva Granada. « Siguieron los electores - dice el historiador Groot - para el salón que se les había destinado en las aulas altas del Colegio de San Bartolomé, donde se había colocado un solio con un cuadro en que estaba pintada la Libertad americana |figurada en una joven india con adornos de plumas en la cabeza, carcaj y flechas en la espalda. Estaba sentada sobre un caimán y a un lado el cuerno de la abundancia con frutas del país ».

La personificación de la nacionalidad en la figura de una india, de un miembro de la raza oprimida por "los descendientes de don Pelayo", era el anuncio de toda una revolución social en perspectiva y así lo entendieron los voceros de la oligarquía criolla. Se comprende, por tanto, el violento incidente que se suscité entre don Camilo Torres y el Presidente Nariño cuando este último ordenó efectuar, días después, una emisión de moneda metálica y dispuso que la cara de las monedas se sellara no con las Armas Reales de España sino con la figura de una india.

El conflicto se ahondó en la medida que transcurrían los días y los dos partidos se comprometieron insensiblemente, en una carrera de mutuas hostilidades, cuya pugnacidad era alimentada por la explosiva naturaleza de las discrepancias sociales y políticas que los distanciaban. Así fueron rompiéndose, uno por uno, los delgados hilos que de manera precaria habían mantenido, en el pasado, la cohesión epidérmica de la sociedad granadina, y ella se aproximó, rápidamente, al terreno de las soluciones desesperadas y comenzó familiarizarse con la idea de que aquel histórico litigio no tenía solución distinta de la Guerra Civil.

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