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INDICE
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CAPITULO XXV
HACIA LA INDEPENDENCIA
PELIGRO de las soluciones contemporizadoras. - La oposición se
reagrupe. Las libertades públicas convertidas en banderas de corso
- Los ideólogos del "statu quo". - Conflicto entre Nariño y el
patriciado cartagenero. - Don José María García de Toledo. - El
pueblo en acción. - Los hermanos Gutiérrez de Piñeres. - La
aristocracia criolla y el principio de la igualdad. - La hora
decisiva. - El 11 de noviembre de 1811. - "Nosotros, los
representantes del pueblo".. - La Independencia como revolución
social. - Las esperanzas de los humildes. - Destino de los
caudillos populares. - Política tributaria de Nariño. - Carbonell
nombrado Ministro del Tesoro Público. - Comienza la Fronda. - La
Iglesia y la oligarquía. - Dualidades perniciosas. - Dueños de la
Iglesia y el Estado. - Conservatización del alto clero. - El
Montalván. - La Cátedra Sagrada y el borrico de Nariño. - Símbolos
de la Nacionalidad. - Don Camilo y don Pelayo. - La india de
Nariño. "El Estado de Cundinamarca es una República". - Ante la
crisis.
NO DEJA de parecer extraño el que Nariño, al ascender al poder,
se inclinara en favor de una política contemporizadora con los
núcleos sociales a los que el pueblo arrebató el mando en
septiembre de 1811. Exceptuando las medidas de precaución,
indispensables para garantizar la supervivencia del movimiento
revolucionario, no se permitieron ninguna clase de represalias en
Santafé y todos los voceros de la camarilla de puesta gozaron de
completas garantías, de las que se sirvieron, sin demora, para
organizar la oposición al nuevo régimen. Nariño supuso, y en ello
se equivocó, que le sería posible crear, desde el gobierno, una
relativa uniformidad de opiniones en la Capital y en las
provincias, a fin de conseguir la inmediata declaratoria de
Independencia y proceder, una vez resuelta esta vital cuestión, a
modificar la estructura social y política de la comunidad
granadina, por medio de históricos compromisos o acuerdos
negociados, si ello era viable, con los intereses que debían
afectarse necesariamente Ello explica por qué aceptó, e inclusive
solicitó, la colaboración de personas vinculadas, política o
familiarmente a la oligarquía caída y conservó en los mandos
militares, dándoles amplísimas pruebas de con fianza, a don Joaquín
Ricaurte, don Antonio Baraya y Antonio Ricaurte Lozano, quienes
habían sido, desde el 20 de julio, los representantes más
autorizados del patriciado criollo en las Fuerzas Armadas.
Erróneamente creyó Nariño que su extraordinaria capacidad para
atraerse a los hombres, le conquistaría la adhesión y lealtad de
quienes hasta el momento habían figurado en las filas de sus
adversarios o profesaban ideas y representaban intereses difíciles
de armonizar con todo lo que significaba el gran movimiento
político que triunfó el 19 de septiembre en Santafé. Dando
muestras, por ello, de una excesiva confianza, poca atención prestó
a las actividades hóstiles de sus enemigos y limitó los esfuerzos
iniciales de su gobierno a fortalecer las corrientes de opinión que
favorecían la inmediata declaratoria de Independencia y a prestar
discreta ayuda a los partidos populares que, en las provincias,
perseguían el mismo objetivo.
La campaña Política iniciada por Nariño en favor de la ruptura
con la Metrópoli, tuvo su principal órgano de expresión en
"La Bagatela", periódico que Nariño continuó
publicando, después de su ascenso a la Presidencia, para combatir
los argumentos de variada índole, utilizados por los voceros de la
oligarquía depuesta para discutir la
|conveniencia o la
|oportunidad de que la Nueva Granada se independizar
definitivamente de España. El momento culminante del debate llegó
cuando se remitió a Nariño una famosa carta abierta, firmada con el
seudónimo "El Amigo de la Humanidad" en la cual se le planteaban
las reservas y reparos que tenía el grupo conservador y españoliza
dirigido por don Camilo Torres, con respecto a la declaratoria
inmediata de Independencia y al desconocimiento radical de los
derechos de Fernando VII. « Vuestra Merced decía la carta - sabe
cuán varios están los juicios en orden al verdadero estado de
España, opinando unos que aún se sostiene el partido del Rey
Fernando, conservando un gobierno reconocido por algunas naciones
extranjero y especialmente por la Inglaterra, que es una potencia
de primer orden, fuerte e ilustrada, que debe saber a fondo lo que
hay en el caso. Otros dicen que la España, en la parte aspirante a
su libertad y conservación de sus derechos ya no existe; que no hay
ejércitos ni gobierno que puedan llamarse tales; y en una palabra,
que está perdida, y que esta nación murió políticamente, y está
toda o la mayor parte sujeta al partido francés; por cuyo hecho las
pozas provincias libres de la dominación (las americanas) se deben
considerar emancipadas y con derecho a formarse el gobierno que n
les acomode... No puede Ud., pues, dejar de convenir conmigo en que
importa mucho, que al público se le dé una razón exacta de si la
España está, o no, enteramente perdida, sin esperanzas de
recuperación.
|Insertando o citando los documentos que lo
justifiquen, porque nadie en esta materia y en estos tiempos y
circunstancias renunciaría al derecho de la comprobación; y
haciéndose al mismo tiempo cargo de la conducta del Gabinete inglés
para absolver los argumentos que con ella se pueden hacer...
Sentada esta base, se presenta naturalmente sobre ella el tan
importante como curioso problema de la América, o para más
contraemos, si este Reyno ha tenido o tiene razón y derecho para
dar por disuelto el vínculo de unión con la madre Patria y formarse
un gobierno independiente, provisional o absoluto. Si esta cuestión
se resolviese por la afirmativa, se sigue otra no menos interesante
y delicada;
|tal es la de si el Reyno tiene en si los medios
bastantes para constituirse y conservarse en Estado soberano,
porque ya ve Ud. cuán inútil sería a un hijo de familia el derecho
de separarse de la casa paterna si no tenía los medios de subsistir
por sí solo; para lo cual necesitaba luces para gobernarse, caudal
para sostenerse y relaciones con sus vecinos para conservarse.
|Sin estos auxilios el uso de su derecho podía serle funesto
». (27 de octubre de 1811).
A esta carta dio Nariño respuesta en "La Bagatela", el día 3 de
noviembre de 1811 « Está Ud. servido, Señor Amigo de la Humanidad -
escribía Nariño - se han publicado en letras de molde sus
|patrióticos problemas... Usted me parece un sí es no
empecinado por eso de la esclavitud americana. ¡Si me engañaré! No
quisiera ser temerario, porque soy tan amigo de la libertad, que
hasta con estas sospechas me parece que se la quito a Ud. para que
diga francamente su dictamen,
|aunque sea el de atarnos a la popa
de un barco y llevarnos a remolque para España. Mas sea lo que
fuere, voy a cumplir con el encargo que me hace... Primer problema
del Amigo de la Humanidad: ¿La España está o no enteramente perdida
y sin esperanza de recuperación? Resolución: Que Dios le dé mucha
vida y salud; pero que esté viva o muerta nada le importa a la
América para su emancipación, como no obsta al hijo que esté vivo o
muerto el padre cuando cumple la edad.
« Segundo problema: ¿La América ha tenido o tiene razón y
derecho para dar por disuelto el vínculo de unión con la madre
Patria y formar un gobierno independiente? Resolución: la América
ha tenido y tiene la misma razón y derecho para romper las cadenas
de España, que nuestro Gil Blas de Santillana para romper la puerta
de la cueva de los ladrones en que se veía encerrado; tiene el
mismo derecho que un animal oprimido en una jaula para volarse
desde, que encuentre la puerta abierta; tiene el mismo derecho que
Cervantes para romper las cadenas con que los turcos lo tenían
aprisionado... Veamos ahora si el Reyno tiene en sí los medios
bastantes para constituirse y conservarse en Estado soberano, que
es el tercer problema. En el estado de división en que el Reyno se
halla, es imposible conservarse; pero también es imposible
subyugarlo si se une. La naturaleza nos favorece con lo escarpado y
áspero de los caminos, con lo mortífero del clima para los
forasteros, con la diferencia de los alimentos, con su escasez de
los inmensos despoblados, y, finalmente, con el fuego sagrado de la
libertad, que bien o mal entendido, ya arde por todas las
extremidades de nuestro Continente. La población nos da una fuerza
suficiente para defendernos del mundo entero, si sabemos hacer uso
de ella. Sobre un cinco por ciento, podemos poner un ejército de
más de cien mil hombres; y aunque no tenemos las armas de fuego
suficientes, tenemos la gran ventaja de manejo del caballo, quizás
sin igual en la Europa, y la facilidad y conocimiento de los
caminos. No son sólo las armas de fuego las que matan... Que nos
unamos, que haya
|un gobierno fuerte y vigoroso, y que venga
la Europa entera... ¡Almas tímidas y cobardes, gobernantes
ambiciosos y malva dos, hombres estúpidos y empedernidos en la
servidumbre
|dejadnos obrar y desenvolver nuestros recursos
naturales...! ¡Que el cobarde, que el estúpido, el empecinado
sistemático se retiren al fondo de sus casas y dejen obrar al
hombre libre que prefiere la muerte a la esclavitud».
Estas tajantes definiciones deterioraron de manera definitiva,
las relaciones del Gobierno de Nariño con la Junta Suprema de
Cartagena, dominada por las grandes familias de la aristocracia
criolla - los García de Toledo, los Narváez, los Castillo y Rada,
los Díaz Granados y los Ayos -, empeñados en defender, tenazmente,
el reconocimiento de los derechos de Fernando VII y de la Regencia
española, a fin de conjurar el peligro de que una revisión radical
del orden político abriera la puerta a peligrosas situaciones de
cambio en la estructura social del Reyno. En la prensa de
Cartagena, por ello, se acusaba a Nariño, alternativamente, de
demagogo y de tirano, y se sindicaba al pueblo de Santafé de
sedicioso, frenético y de plebe insolente de miserables indios".
Durante todo el mes de octubre de 1811 la controversia periodística
adquirió las más ásperas características y en "La Bagatela"
respondió Nariño a las injurias e hizo defensa de los sectores
populares de la población granadina: « ¿Por qué - escribía - es que
en Cartagena, Santa Marta, Maracaibo y Coro reconocen la Regencia?
La razón es bien sencilla: porque son pueblos
|comerciantes como
Cádiz... los puertos de mar mantienen la esclavitud por conservar
sus caudales y no perder el tráfico. Las cadenas de los puertos de
mar les vienen en los fardos de los traficantes. Obsérvese que
éstos y los malos eclesiásticos son los más obstinados contra
nuestra libertad; los unos por la codicia de sus negociaciones, y
los otros porque del embrutecimiento y la esclavitud sacan su
partido. El eclesiástico justo, desinteresado, sigue las huellas
del Salvador del mundo y no ve en la Independencia de América sino
la mejora y alivio de sus semejantes.¿
|Quien no se enternecerá al
ver la suerte de los pobres indios, la desnudez, la ignorancia y el
abatimiento de América?».
Privada del mando la oligarquía santafereña, solo el núcleo de
la aristocracia criolla cartagenera estaba en capacidad de
enfrentarse al Presidente Nariño y ello explica la prontitud y
beligerancia con que el Gobierno de Cartagena asumió la vocería de
los intereses criollos. Esa beligerancia consiguió, es verdad, el
rápido reagrupamiento del patriciado, disperso y desconcertado por
su reciente derrota en la Capital, pero también sirvió para alertar
a los sectores desposeídos de la sociedad granadina y
principalmente al mismo pueblo de Cartagena. La soberbia de los de
arriba determinó la insurgencia revolucionaria de los de abajo y al
tiempo que el partido de oposición, en Santafé, celebraba
regocijado los ataques de la prensa porteña contra Nariño, en
Cartagena se operaba el fenómeno contrario: los sectores populares,
acaudillados por los hermanos Gutiérrez de Piñeres, se pronunciaban
en favor del Mandatario de Cundinamarca y adoptaban doctrinas
análogas a las que él defendía en escala nacional. En la barriada
de Getsemaní y en los arrabales del puerto era notoria, en esos
días, la popularidad de Nariño y en la medida en que el pueblo
cartagenero se distanciaba de la casta gobernante porteña,
resultaba también más visible su aproximación y su simpatía por los
" ideales que personificaba Nariño en la Nueva Granada.
Las decisivas cuestiones que constituían la materia y razón de
este litigio, empujaron gradualmente al Gobierno de Santafé y al de
Cartagena a adoptar actitudes defensivas y ofensivas, cuya
naturaleza radical se encargó de acelerar la dinámica de la crisis.
Tal ocurrió, por ejemplo, con el llamado problema de los
"situados", que tanta importancia tenía para Cartagena, porque el
sostenimiento de las tropas de dicha plaza se había costeado
tradicionalmente con fondos, o "situados", remitidos desde Santafé
y otras jurisdicciones administrativas del Imperio español, y la
Junta de notables que se apoderó del gobierno de la plaza en 1810,
se creyó autorizada, en virtud de esa tradición, para exigir a
Santafé el pago de dichos "situados", no obstante que Cartagena
había proclamado su Independencia de la capital del Reyno e
insistía, en abierto desacuerdo con Cundinamarca, en mantener el
reconocimiento del Consejo de Regencia de España. Nariño no quiso
aceptar que tan equívoca situación se conservara y consolidara con
dineros provenientes del Tesoro de Santafé y ordenó suspender la
remisión de los "situados" hasta tanto que las autoridades de
Cartagena definieran su actitud con respecto al problema de la
Independencia. La medida causó grande indignación en los círculos
oficiales de Cartagena y a ella se respondió con un beligerante
acto de represalia. Como en esos días arribó al puerto un
cargamento de armas, principalmente fusiles, que el anterior
gobierno de Cundinamarca había adquirido en los Estados Unidos, la
Junta de notables de Cartagena ordenó su inmediato incautamiento,
para compensarse, según decía, de los perjuicios sufridos por la
renuencia del Gobierno de Nariño a continuar el pago regular de los
"situados". Refiriéndose a esta providencia confiscatoria, decía
Nariño en "La Bagatela": « Si como se anuncia ya, es cierto que el
Gobierno de Cartagena ha resuelto quedarse con mil cuatrocientos
fusiles de Santafé contra la voluntad de sus dueños, esta acción
despótica y contraria a la sana moral va a descorrer el velo y
echar un nuevo borrón sobre los gobernantes de aquella plaza... Se
dirá que Santafé no ha dado plata a Cartagena..
|No es mismo
negar lo propio que quedarse con lo ajeno... Esta acción (la de
Cartagena) comprueba lo acertado de su previsión (la de Santafé)
|para no dar ni auxiliar a unos hombres que, obstinados en
reconocer los gobiernos de Cádiz, no pedían (dinero) para sostener
nuestra santa causa, sino para destruirla ».
La confiscación de las armas de Santafé produjo efectos bien
distintos de los que esperaban notables de Cartagena, quienes se
vieron enfrentados, inesperadamente, a la conmoción popular que
venía preparándose desde 1810 y cuyos desarrollos se aceleraron en
la medida que se ahondaba el conflicto con el Presidente Nariño. En
las barriadas populares del puerto ocurrieron, en esos días,
numerosos motines y el pueblo comenzó a exigir, con tono
amenazador, que las autoridades criollas de Cartagena se
pronunciaran en favor de la Independencia con la misma franqueza y
coraje con que lo hacía Nariño en Santafé.
El fervor que mostraban los humildes por la causa de la
Emancipación se fundaba en que esa causa, para ellos, no tenía el
precario carácter de un mezquino litigio con la Metrópoli, sino que
se confundía, en el alma popular, con una gran esperanza de
redención, con el principio de un nuevo orden de cosas en el que
desaparecerían las viejas injusticias, atribuibles no solamente a
los funcionarios españoles, sino también al despotismo económico y
social de la oligarquía criolla, dueña de la riqueza, principal
beneficiada con la esclavitud de los negros y la explotación de los
indios y en cuyos cuadros se hallaba concentrada la propiedad de
las minas y de todas las tierras utilizables del Reyno. « El objeto
de la Independencia - dice el historiador cartagenero Jiménez
Molinares - no era sentido con una misma urgencia por todos los
cartageneros y los americanos. Las clases bajas de la sociedad,
sumidas en la ignorancia, envilecidas por la política colonial,
fueron despertadas en Cartagena precozmente a las nociones de la
dignidad humana, y este fenómeno lo favorecieron antecedentes
etnológicos e históricos. Las clases bajas de Cartagena eran el
último resultado de aquellos indios caribes llamados
|Turbacos y
|Malembúes que durante treinta y cinco años
mantuvieron a raya a los conquistadores, venciéndolos una y otra
vez en desiguales batallas; de aquellos negros de Africa, de las
castas "Mina" y "Caboverde", que por su indomable carácter fue
prohibida finalmente su importación, y de los altivos castellanos
que mezclaron a los de unos y los otros su sangre belicosa... Los
Gutiérrez de Piñeres buscaban prosélitos en donde era más fácil
encontrarlos y había más gente: entre los que estaban más urgidos
de la Independencia; en las clases populares, entre la gente de
color... Ellos (los Gutiérrez de Piñeres) amaban sin duda la
Independencia y aborrecían el poder español; mas eran republicanos
peligrosos, insaciables de mando y semejantes a los jacobinos que
agitaron a París y a la Francia entera durante la República...
Proponían una política definida, que consistía en declarar
inmediatamente la Independencia de España y de todo otro poder...
Para lograr esta finalidad se necesitaba una carrera vertiginosa,
porque luego sería tarde; atropellar, usar la violencia contra toda
resistencia
Los radicales motivos de discrepancia que separaban al pueblo de
Cartagena, dirigido por los Gutiérrez de Piñeres, del patriciado
criollo, inspirado por don José María García de Toledo, demostraron
pronto que el gobierno de Nariño estaba menos expuesto a sufrir el
impacto de la ofensiva desatada contra él desde las playas del
Caribe, de lo que estaba, en esos momentos, el gobierno de los
notables de Cartagena, amenazado por el rápido avance de una
formidable revolución de los humildes, que Nariño veía sin temores
y no vacilaba en estimular en "La Bagatela": « Generoso pueblo de
Cartagena - escribía ¿en dónde tenéis la razón y vuestra
perspicacia natural? ¿Para qué tantos sacrificios, tanto entusiasmo
y tantos sufrimientos como estáis experimentando,
|si hemos de
volver al antiguo yugo con que vuestros actuales gobernantes nos
amenazan? Pero no, mis queridos compatriotas, no creáis ni por
un momento que Santafé os abandone en medio de vuestro dolor, ni
que su gobierno se niegue a socorreros, aunque sea con las lámparas
de sus Iglesias,
|cuando de buena fe se trate de sostener la
misma causa ».
En los últimos días de octubre de 1811 se empeoró la situación
del orden público en Cartagena y el candente debate sobre la
declaración de Independencia aumentó la dinámica revolucionaria del
conflicto. «En Cartagena combatían -dice el historiador criollo
José Manuel Restrepo - dos partidos que aspiraban al poder: el de
García Toledo y el de los Gutiérrez de Piñeres. El primero reunía
la parte de los hombres de educación, riqueza y probidad que había
en Cartagena y se le llamaba
|Aristócrata. El segundo amaba
la libertad, así como las medidas revolucionarias; era mucho su
poder, porque dominaba a la multitud y la ponía en movimiento
cuando se le antojaba, teniendo igualmente a su devoción el pueblo
de Mompós, de donde eran naturales, y en que gozaban de un grande
influjo, los tres hermanos Celedonio, Germán y Gabriel Gutiérrez de
Piñeres. Este (Gabriel) era el más popular de los tres y el que
ejecutaba los planes trazados por el abogado Germán Gutiérrez de
Piñeres. Gabriel predicaba por todas partes la igualdad absoluta,
|ese dogma destructor del orden social. Siempre se le veía
cercado de negros y mulatos sin educación, y quería que los demás
ciudadanos ejecutaran lo mismo, bajo la pena de ser tenidos por
aristócratas ».
Con la tolerancia y la discreta colaboración de sus hermanos,
Gabriel Gutiérrez de Piñeres empezó, desde mediados de octubre de
1811, a preparar la gran conmoción social que habría de cambiar, en
forma mucho más decisiva que los sucesos del 20 de julio, el
destino político de la Nueva Granada, y tanto él como sus agentes
organizaron cuadros directivos y brigadas de choque en los barrios
populares y suburbios de Cartagena, actividades que recuerdan a las
de Carbonell en Santafé. Cuando estuvieron seguros de que les sería
posible obtener la pronta movilización del pueblo, se pusieron en
contacto con los batallones Primero y Segundo del famoso Regimiento
de Lanceros de Getsemaní, compuesto en gran parte de soldados
negros y mulatos, y lograron ganarse su voluntad y comprometerlos a
participar en el movimiento revolucionario. El desarrollo de los
históricos acontecimientos lo refiere, en los siguientes términos,
el historiador Jiménez Molinares, nada inclinado a simpatizar con
los Gutiérrez de Piñeres: «El golpe debió darse el domingo 10 de
noviembre (de 1811) a fin de obtener la mayor asistencia posible de
pueblo, pero el no poder participar en ese día el doctor Joaquín
de Viliamil, sujeto de gran prestancia e influencia entre los
artesanos y la gente de Getsemaní y a quien convenía comprometer
visiblemente para aprestigiar el movimiento, obligó a aplazarlo
para el siguiente día en que reglamentariamente debía sesionar la
Junta,
|comprometiéndose los artesanos de todos los barrios y los
vecinos de Getsemaní a no trabajar el lunes. Los conspiradores
comprometieron a las milicias patriotas denominadas Lanceros de
Getsemaní, batallones Primero y Segundo, el último mandado por
Pedro Romero, para que apoyase las demandas que el pueblo
formularía a la Junta. El pueblo se reunió desde temprano en el
arrabal de Getsemaní, en la plaza de la Trinidad, hoy de La
Libertad, capitaneado por Gabriel Gutiérrez de Piñeres, por el
doctor Ignacio Muñoz, por Pedro Romero, suegro de Muñoz, y por sus
hijos Mauricio, José, Tomás y Sebastián Romero... El Comando de
esta rebelión tenía cuartel en casa de Pedro Romero, ubicada a la
entrada de la Calle Larga, en la esquina derecha, entrando por el
mercado actual, y emisarios de ellos seguían el curso de los
debates que la Junta Suprema, en sesión plena, adelantaba en la
Sala Capitular del Palacio de Gobierno, en la mañana del 11 de
noviembre. Cuando los emisarios comunicaron que la declaratoria de
Independencia (propuesta por los Gutiérrez de Piñeres) no se votaba
y era evidente que se levantaría la sesión dejando insoluta la
cuestión,
|se dio la orden de marchar sobre la ciudad.
«Los lanceros de Getsemaní se interpusieron entre el cuartel del
"Fijo" y el Palacio de Gobierno y se apoderaron de los principales
baluartes de la muralla haciendo retumbar el cañón
|y el pueblo
en espesa muchedumbre y en actitud belicosa se movió de la plaza de
la Trinidad hacia la Calle Larga, en donde estaba el mando del
movimiento y de ahí, por la plaza del Matadero, hoy de la
Independencia a la ciudad, entrando por la Boca del Puente. De paso
por él frente del Convento de San Francisco, advirtieron la
presencia del presbítero don Nicolás de Omaña y el pueblo lo invitó
a servirle de vocero, a lo que accedió el religioso.
|Omaña
estaba en Cartagena en compañía de don Pedro de la Lastra, de
regreso de los Estados Unidos, de donde había traído, por cuenta de
la Provincia de Cundinamarca, mil cuatrocientos fusiles que el
Gobierno de Cartagena retuvo arbitrariamente.
« El Parque o Arsenal de Armas, hoy Estado Mayor, fue asaltado y
las armas, "fusiles, lanzas y puñales, puestos en manos de los
revoltosos". Llegados al frente del Palacio de Gobierno, subieron a
él los Comisionados del Pueblo, quienes manifestaron que el Pueblo
exigía que se proclamara la Independencia absoluta...
|La
cuestión propuesta de la Independencia irritó al pueblo, dirigido
por Gabriel Gutiérrez de Piñeres, el que invadió el recinto de
sesiones y fueron agraviados sin miramiento alguno los que se sabía
eran opuestos... García de Toledo fue maltratado de obra, arrojado
con violencia y luego aprisionado... El Acta de Independencia
fue aprobada y firmada por todo el gobierno, inclusive por García
de Toledo.
|Quien hubiera persistido en cualquier forma de
oposición, hubiera arriesgado, sin duda, la existencia ».
El famoso documento, que bajo el título de "Acta de la
Independencia", se firmó ese histórico día en Cartagena, declaraba
en su aparte central: «Nosotros, los representantes del buen pueblo
de Cartagena de Indias, con su expreso y público consentimiento,
poniendo por testigo al Ser Supremo de la rectitud de nuestra
causa, declaramos solemnemente, a la faz de todo el mundo, que la
Provincia de Cartagena de Indias es desde hoy, de hecho y por
derecho Estado libre, soberano e independiente; que se halla
absuelto de toda sumisión, vasallaje, obediencia, o todo otro
vínculo, de cualquier clase y naturaleza que fuese, que
anteriormente lo ligare con la Corona y Gobierno de España y que,
como tal Estado libre y absolutamente independiente, puede hacer
todo lo que hacen las naciones libres e independientes ». Este
documentó y las Actas firmadas anteriormente en Mompós, fueron las
primeras e inequívocas Declaraciones de independencia absoluta
pronunciadas en la Nueva Granada y tales Declaraciones, que
excluían, definitivamente el reconocimiento de Fernando VII y de la
Regencia española, se debieron, tanto en el caso de Mompós como en
el de Cartagena, a los hermanos Celedonio, Germán y Gabriel
Gutiérrez de Piñeres. Si nuestra Historia se hubiera escrito con
criterio justiciero, si no hubiera primado en ella el deseo de
exagerar los méritos de los servidores de la oligarquía gobernante
y de callar las obras y las virtudes de los personeros auténticos
de nuestro pueblo, los hermanos Gutiérrez de Piñeres encabezarían,
por derecho propio, la lista de los próceres de nuestra
Independencia nacional. Pero a ellos les ocurrió lo mismo que a don
José María Carbonell: como no quisieron acondicionar su conducta a
los intereses de los poderosos, ni ser los acuciosos voceros de
"los descendientes de don Pelayo", se les arrinconó en la penumbra
de un deliberado anonimato y para ellos no hubo estatuas, ni
panegíricos académicos. Tal fue el precio que debieron pagar por
haber predicado « por todas partes - como dice el historiador
Restrepo - la igualdad absoluta, ese dogma destructor del orden
social, y por haber sido "republicanos peligrosos y semejantes a
los jacobinos que agitaron a París", según observa Jiménez
Molinares.
El 12 de noviembre, continuaron en Cartagena los movimientos
multitudinarios contra la Junta de notables y el orden sólo se
restableció parcialmente cuando dicha Junta convino, ante la
presión airada de las turbas, en devolver a los emisarios de
Cundinamarca el cargamento de armas confiscado. «El generoso pueblo
de Cartagena - relata "La Gaceta" - en medio de las expresiones de
su alegría buscaba al doctor Omaña y demás vecinos de Santafé,
congratulándose con ellos de que ya se habían acabado las
competencias de Santafé y Cartagena, y prorrumpiendo en los más
agradables transportes, decían: ¡Viva la Independencia! ¡Viva
Santafé! ¡Viva Cartagena!».
Cuando se conocieron en la Capital los sucesos del 11 de
noviembre, la alegría fue inmensa y el pueblo de Santafé, con
grandes manifestaciones de regocijo celebró como propia aquella
histórica victoria. El Gobierno participó activamente en los
festejos y Nariño escribió, con profunda emoción, en "La Bagatela":
« Salve mil veces pueblo generoso de Cartagena! Yo os saludo con el
ósculo de la fraternidad.
|Puedan las cadenas que acabáis de
romper formar un tazo que os una para siempre con Cundinamarca!
».
No obstante la trascendencia indiscutible de los sucesos del 11
de noviembre en Cartagena, de ellos no se derivaron los buenos
resultados que era justo esperar, porque el entusiasmo consagrado
por las multitudes y sus dirigentes a obtener la declaratoria de
Independencia absorbió todas sus energías y no les permitió
atribuir la importancia debida, en el curso de la sublevación, al
indispensable derrocamiento, como se hizo en Santafé, del Gobierno
de la oligarquía criolla. La gran con moción del 11 de noviembre
obligó a la Junta de notables a adoptar la política del partido
popular y a declarar la independencia pero dejó en pie las
instituciones construidas por el patriciado y toleró, por un
espíritu de absurda y equivocada contemporización que continuara en
ejercicio del gobierno la misma Junta de notables. Es verdad que
los miembros de dicha Junta estaban intimidados y que en los días
siguientes se resignaron a aceptar las exigencias del pueblo y se
sometieron prácticamente a la voluntad de Germán Gutiérrez de
Piñeres. Pero en la medida que se calmaban los ánimos y se
atenuaba, por ello, la eficacia de la acción política del pueblo,
la aristocracia criolla comenzó a recobrar la iniciativa y lo hizo
con tanta mayor eficacia cuando que todavía conservaba el control
de las palancas del mando. Pronto se reanudó la ofensiva contra
Nariño y en el periódico "El Argos", que seguía las inspiraciones
de García de Toledo, se le acusé de "tirano imprudente, que no
reconoce más ley que su voluntad"
Como la gran campaña periodística adelantada por "La Bagatela",
había desprestigiado la postura de quienes todavía discutían la
|conveniencia o la
|oportunidad de una inmediata
ruptura con la Metrópoli, a partir de este momento la oposición
renunció a defender, francamente, las doctrinas españolizantes, y
todos sus esfuerzos se orientaron a conseguir la caída del Gobierno
de Nariño, acusándolo de tirano, de dictador y ambicioso y fundando
estos cargos en el empleo, por lo demás moderado, que había hecho
el Presidente de las facultades conferidas a él, el 19 de
septiembre, para suspender los artículos de la Constitución que
juzgara incompatibles con el espíritu del movimiento popular
triunfante en esa fecha y con la necesidad de preparar a la Nueva
Granada para oponer una resistencia eficaz a cualquier intento de
reconquista española. La supuesta defensa de las
|libertades
|públicas y de los
|derechos ciudadanos se utilizó
entonces para disfrazar - con la misma insinceridad con que habrá
de hacerse tantas veces a lo largo de nuestra historia republicana
- los intereses y la ambición de mando de la oligarquía reinante y
a don Camilo Torres correspondió asumir el papel de ideólogo de esa
oligarquía, encargado de encubrir con su retórica amanerada y su
erudición de golilla las aspiraciones incontenibles de una casta
soberbia, que suponía otorgarle un honor al pueblo granadino al no
renunciar al
|sacrificio de gobernarlo.
Afortunadamente Nariño no era hombre fácil de intimidar y frente
al oportunismo e insinceridad de las consignas y banderas
enarboladas por la oposición, se adelantó a desenmascarar su
equívoco carácter. El 29 de diciembre de 1811, en el número de "La
Bagatela" consagrado a dar respuesta a los cargos del periódico "El
Argos", cargos que coreaban en Santafé don Camilo Torres, Camacho,
Acevedo y Lozano, respondió con su estilo tajante e irónico: « Te
remito, estimado amigo, "El Argos", para que veas el lenguaje de la
rabia contra el gobierno de Cundinamarca. Cómo les ha dolido que se
descubra la trampa. La armaron y cayeron en ella; ¿qué han de hacer
sino morder la cadena y ladrar? Dicen que el hombre de bien, vejado
y perseguido en Santafé, llora en su retiro los horrorosos
desastres y servidumbre que le amenazan. Que no oculten su llanto
estos hombres oprimidos que levanten el grito a la faz del cielo y
de la tierra contra el malvado que los oprime; libre está la
imprenta y la Constitución los garantiza para poder hablar con la
última libertad. No creo que este Gobierno (el de Santafé) les
impida ese precioso derecho del ciudadano tan justamente
recomendado por la Constitución, y silo hiciere, entonces no sólo
Cartagena sino todo hombre de bien tendrá un derecho para decir,
como el autor de "El Argos", que un tirano imprudente no reconoce
más ley que su voluntad; que la ambición se ha quitado la máscara
para llevar a efecto sus miras ambiciosas. Yo también excito en
este caso a los Torres, a los Gutiérrez, a los Camachos y Castillos
a que con el sagrado fuego de la Patria desconcierten los planes de
los ambiciosos. Pero si el Gobierno (de Santafé) no se opone a la
libertad de Imprenta, si por ella no se manifiesta que gimen bajo
el yugo de un tirano imprudente, y si esto no se verifica a
satisfacción del público
|es preciso convenir en que la rabia ha
sido por la Declaración de Independencias y que se excita a los
Torres, a los Gutiérrez, Camachos y Castillos a que manifiesten al
Reyno sus verdaderos intereses de someterse al Gobierno de Cádiz, y
a abandonar el "diabólico" sistema de libertad, que el "infernal"
Gobierno de Santafé ha abrazado ».
A los factores de desacuerdo que hasta el momento habían
alimentado la pugnas controversia entre el Presidente Nariño y los
núcleos directivos del estamento criollo, se sumó a última hora, un
nuevo elemento de discordia, el cual aceleró la polarización de las
fuerzas comprometidas en el histórico litigio. Nos referimos a la
inequívoca definición, hecha por Nariño, de la política fiscal y
tributaria de su Gobierno, definición que contrariaba las doctrinas
consideradas, por los voceros de la oligarquía criolla, como bases
insustituibles de toda nueva organización económica y financiera de
la nación granadina. La profundidad del conflicto puede
comprenderse cuando se tiene en mente que los criollos, con
impresionante unanimidad, identificaban entonces, las virtudes y el
carácter progresista de cualquier nuevo orden de cosas con la
radical reducción del número y cuantía de los impuestos,
particularmente de aquéllos que gravaban a las clases acaudaladas,
porque suponían, entre otras cosas, que las actividades del
Gobierno debían reducirse a aquellas funciones de policía
indispensables para proteger las fortunas y la seguridad de los
poderosos contra las posibles manifestaciones de descontento de los
desposeídos. Resulta fácil de comprender, por tanto, la
inconformidad de los patricios de Santafé cuando se anunció
oficialmente que el Gobierno de Nariño no convenía en la reducción
de las contribuciones y lo que es aún más importante, que no
compartía el criterio de quienes identificaban el carácter
|progresista y la
|modernidad de un Estado, con el bajo
nivel de los tributos exigibles por dicho Estado a sus ciudadanos.
La notificación fue hecha por Nariño, en "La Bagatela", en los
términos siguientes: « Las contribuciones que hacen los miembros de
un Estado son lo mismo que los desembolsos de una familia o de un
particular para su manutención.
|Todo el secreto de un buen
Gobierno está no en que las contribuciones sean cortas, sino en
que el que contribuya disfrute de los beneficios de la
contribución...
|Mientras más libre es un Gobierno, más
contribuciones exige. Ya veo aquí a algunos arrugar las cejas y
preguntar:
|¿en qué está, pues, la libertad, si nos hemos de ver
más gravados que en un Gobierno tiránico? Poco a poco, todo se
aclarará, si tenemos paciencia de seguir hasta el fin.
|La
tiranía de un Gobierno no consiste en que haya muchas
contribuciones, sino en el modo de exigirlas y en su
aplicación».
Estas declaraciones, sumadas al nombramiento de don José María
Carbonell como Contador de Hacienda primero y como Ministro del
Tesoro Público después, aumentaron el descontento de los estamentos
acaudalados de la Capital y les dieron motivos adicionales para
temer la inmediata ruptura con la Metrópoli, la cual podía
traducirse no en la disminución de los impuestos sino en el aumento
considerable de ellos, como previsiblemente lo demandaría la
financiación de la guerra con España y la atención de las
exigencias de extensos sectores de la sociedad granadina, a los que
una revisión radical de las instituciones vigentes iba a otorgar
desusada importancia política.
Cuando estas dudas producían los efectos sociales que de ellas
era dable esperar, un nuevo tipo de conflicto agregó frescos
materiales de discordia a la histórica controversia y ofreció a la
camarilla depuesta el 19 de septiembre una excepcional oportunidad
para explotar el sentimiento religioso del país en sus campañas
contra Nariño. El conflicto se planteé con motivo de las
actividades del arzobispo Juan Bautista, designado para la Sede
Episcopal granadina con anterioridad a los sucesos 20 de julio y
cuyo arribo a Cartagena, poco después de esta fecha, dio origen a
candentes debates, porque se tenían fundados motivos para sospechar
de sus convicciones realistas y de su beligerante adhesión al
Gobierno de la Regencia española. Ello explica la resistencia que,
a su reconocimiento, se opuso en Santafé, no obstante los esfuerzos
realizados por Camilo Torres, como consta en el "Breve Manifiesto"
de Miguel de Pombo, a fin de conseguir que las autoridades
establecidas el 20 de julio lo aceptaran en su calidad de Arzobispo
del Nuevo Reyno y autorizaran su traslado a la Capital. Esta
situación se mantuvo indecisa desde entonces y el Prelado
permaneció en Cartagena con la tolerancia y contentamiento de la
Junta de notables de ese puerto Junta que no vaciló, cuando Nariño
ascendió al poder, en utilizar el nombre y la investidura del
Arzobispo para atacar al gobierno de Cundinamarca.
Nariño evadió por algún tiempo el litigio, pero la crisis
inevitable se precipitó a finales del año de 1811, cuando llegaron
a la Capital unos pliegos sellados, remitidos por el Gobierno
español al padre Sacristán, pliegos que contenían significativas
instrucciones para el Prelado, y cuyo texto indicaba cuán estrechas
eran las relaciones que el Arzobispo mantenía con las autoridades
peninsulares y cómo era de inequívoca su hostilidad contra la
independencia americana. « Al finalizar los tres meses de mi
presidencia - decía Nariño en Manifiesto destinado al público -
recibí del gobierno de Cartagena unos pliegos rotulados por la
Regencia de Cádiz para el Reverendo Arzobispo don Juan Bautista
Sacristán, y a pesar de que podía abrirlos y providenciar sobre su
contenido en virtud de los artículos suspensos de la Constitución,
no quise hacer ni lo uno ni lo otro. Llamé a los Gobernadores del
Arzobispado y ellos los abrieron, los leyeron, y me los entregaron;
|contenía uno de ellos, como se ha visto, los sentimientos del
Reverendo Arzobispo contrarios a nuestra causa. Convoqué la
Representación Nacional, como para un asunto de tanta gravedad y
trascendencia y lo que ésta resolvió fue lo que comuniqué al
Gobierno de Cartagena, para que se embarque (el Arzobispo)».
La orden de reembarcar al Arzobispo Sacristán, expedida por la
Representación Nacional de Cundinamarca a solicitud de Nariño,
sirvió al patriciado criollo para dar un cariz religioso a la
campaña que se adelantaba contra el Presidente y a esta empresa se
prestó un grupo de altos prelados granadinos, porque en la esfera
eclesiástica se estaba operando entonces un fenómeno parecido al
que venía ocurriendo en el campo civil y en el político. Así como
la crisis española facilitó la formación, en 1810, de gobiernos
oligárquicos, de Juntas de notables en América, esa misma crisis,
que implicó una solución de continuidad en las relaciones de los
Dominios españoles con la Santa Sede, sirvió para que prelados,
pertenecientes a las grandes dinastías de la aristocracia criolla,
se apoderaran insensiblemente del gobierno de la Iglesia granadina
y así pudo verse el curioso fenómeno de que unas pocas familias,
como fue el caso de los Pey, los Caycedo y los Mosquera, pudieron
desempeñar, por turno, la dirección simultánea del Estada y de la
Iglesia. Estas perniciosas dualidades, que comenzaron a operar
tempranamente en nuestra historia republicana, fueron posibles por
que nuestro pueblo, en 1810, no estaba preparado para
contrarrestar, con la firmeza y regularidad indispensables, el
poder social y económico de la tribu de grandes familias criollas,
cuyo peso específico se hizo sentir con intensidad parecida en la
esfera civil y en la eclesiástica. De esta manera la Iglesia
granadina se convirtió rápidamente, para su infortunio, en un
instrumento de resonancia de las tendencias mercantiles,
retardatarias y conservadoras de la oligarquía criolla, lo cual
tuvo efectos tanto más graves cuando que los bienes territoriales y
los recursos económicos a disposición de dicha Iglesia eran
cuantiosísimos y la conservatización del organismo eclesiástico se
encargó de crear, con prontitud, una explosiva desproporción entre
la riqueza de que disponía el clero granadino y las funciones de
utilidad común y los servicios de beneficio social que ese clero
estaba dispuesto a desempeñar efectivamente.
Ello explica la facilidad con que el organismo eclesiástico,
principalmente en sus altas esferas, fue incorporado a los cuadros
de la conjura frondista contra Nariño y el hecho inaudito de que
pronto comenzaran a utilizarse los púlpitos, empezando por el de la
Catedral Metropolitana, para censurar al Presidente y corear desde
la Cátedra Sagrada, comó lo hicieron el Canónigo Caycedo y Flórez,
el Magistral Rosillo y el cura Azuero, las consignas políticas de
la oligarquía depuesta por el pueblo. Pero eso no fue todo. El
célebre fraile Agustino Diego Francisco Padilla, quien tan
estrechos vínculos había tenido con la primera Junta de notables de
Santafé, dio comienzo ala publicación de un periódico, "El
Montalván", en cuyas columnas se pintaba a Nariño con los más
negros colores, se le acusaba de ateo y jacobino y se le atribuía
el propósito secreto de destruir la fe católica, para imponer en la
Nueva Granada los métodos y doctrinas de la Revolución Francesa.
Como en aquellos tiempos todavía no se hablaba de "la defensa de la
Civilización Occidental", nuestro aguerrido fraile y no pocos
predicadores, se limitaron a invitar a los buenos santafereños a
que salieran a la defensa de la Cultura Católica contra los
discípulos agentes de los "libertinos de Francia".
La dinámica acumulativa del conflicto llegó a su grado de más
peligrosa intensidad, cuando Nariño y don José María Carbonell
indicaron la conveniencia de que se exigiera a la Iglesia Granadina
y a las Corporaciones Eclesiásticas una contribución, proporcionada
a sus riquezas. y posesiones territoriales, a fin ,de preparar la
defensa de la Nueva. Granada contra todo intento de reconquista
española. Entonces se intensificó el ataque contra el Presidente y
ese ataque tuvo caracteres tan irrespetuosos y agresivos, que
Nariño se resolvió a abandonar la actitud de prudente cautela que
había guardado frente al clero y en el número 29 de "La Bagatela",
publicado el 12 de enero de 1812, respondió a las agresiones que se
le disparaban desde los cuarteles de la oscura alianza pactada
entre la oligarquía criolla y la oligarquía clerical. «Prevente, mi
querido amigo - escribía Nariño - a oir cosas muy curiosas. Pues ni
más ni menos: un eclesiástico de los muchos que se han salido de la
esfera de su ministerio sagrado,
|que son ciudadanos cuando les
conviene y eclesiásticos cuando se les quiere tocar el pellejo,
que insultan en el nombre del Dios de la Paz a todo el que no
aplaude sus ideas ambiciosas, que quieren gobernar todo a su
antojo, por un espíritu de dominación, ha desenvainado la espada...
¡Cuánto diera yo porque el Gobierno les hiciera conocer de bulto
que son mortales y que el mal eclesiástico, como Judas, debe estar
colgado de una higuera...! Como yo no he leído, según dijo el sabio
predicador, más libritos de los que no leen ni entienden los
Doctores como él, tampoco entiendo su Doctrina,
|aunque sé muy a
fondo la Cristiana que es muy diferente de la que ellos nos dan
ejemplo. No quiero que me tengas por temerario: tócales al
bolsillo y verás la pobreza evangélica sonando en ello; sólo los
eclesiásticos tienen qué comer, y pregunta; ¿qué donativo, qué
sacrificio han hecho en nuestra Revolución, no digo por amor a la
Patria, pero ni aún para socorrer a los infelices que han quedado
sin un pan qué comer? Tócales a la humildad y verás los truenos del
monte Sinaí descargar sobre tu cabeza... Dicen que, gozan de todos
los derechos de ciudadanos en lo favorable y se llaman
eclesiásticos en lo adverso; así es que los vemos mezclados en los
empleos del gobierno, revolviendo el mundo, y cuando se trata de
imponerles alguna pena pecuniaria o personal, se llaman a fuero...
¿Se hace lo que ellos quieren? Justo y santo gobierno. ¿Se aparta
un solo punto de su capricho, de su ignorancia o de su interés?
Allá va la máscara y sin detenerse a examinar las consecuencias que
se pueden seguir en el orden público, montan en la Cátedra del
Espíritu Santo, como yo monto sobre mi borrico, y comienzan a
rebuznar como él... ¿Qué te parece? ¿No dan ganas de ser
eclesiástico? Una impunidad absoluta y una absoluta libertad de
hacer cuanto les diere la gana, son una tentacioncilla para que tú
y yo nos vamos a ordenar, aunque tengamos que hacer viaje a Roma;
porque según creo por acá no nos absolverán si conocen nuestra
intención ».
No obstante el agresivo tono de la controversia entre Nariño y
el alto clero granadino, la oposición no pudo conseguir la
finalidad que perseguía, porque el pueblo de Santafé, no obstante
la arraigada firmeza de sus creencias, se dio cuenta, en aquella
oportunidad, de que era el destino de los oprimidos y de los
humildes, y no esas creencias, el que estaba amenazado por la
conducta de unos prelados que olvidándose del profundo sentido de
la religión de Cristo y de las enseñanzas evangélicas, se habían
sumado a la conjura fraguada por una oligarquía frondista contra el
Mandatario que había tenido el coraje de personificar, desde el
Gobierno, las aspiraciones y anhelos de la gleba anónima y oprimida
del pueblo granadino. Con sorpresa presenció el clan directivo de
la casta criolla la escasísima influencia que sobre el pueblo tuvo
la campaña desatada por el alto clero contra Nariño y esa sorpresa
se trasluce en el amargo comentario que a estos sucesos consagró el
historiador conservador don José María Groot: « Una cosa hay que
admirar - dice Groot pues raya en inexplicable y es que,
escribiendo Nariño de la manera que escribía contra el clero,
|tuviera tanto partido en el pueblo de Santafé en aquel
tiempo; y aún más, cuando en los escritos de los Canonigos
Caycedo y Rosillo y del padre Padilla se daba muy claro a entender
que era enemigo de todo lo eclesiástico.
|Ya se ve, entonces las
gentes estaban como en el estado de inocencia política y era muy
fácil alucinarlas ».
Nariño comprendió, a partir de este momento, que no le iba a ser
posible, como había sido su deseo, aplazar la solución de los
grandes problemas sociales y políticos de la Nueva Granada hasta
tanto que se decidiera, de manera definitiva la cuestión clave de
la Independencia, y procedió a expedir, en consecuencia, el Decreto
en el que convocaba a elecciones populares para integrar un Colegio
Constituyente, encargado de revisar la Constitución elaborada por
don Jorge Tadeo Lozano y sancionada en 1811 por los voceros y
abogados del patriciado santafereño. En "La Bagatela" señaló Nariño
los principios normativos de la Constitución que debían revisarse -
comenzando por las mezquinas atribuciones señaladas al Gobierno en
materias tributarias - y el 2 de enero de 1812 instaló el Colegio
Revisor, en medio de una ceremonia cuyos detalles y símbolos
estaban cuidadosamente calculados para hacer resaltar, ante los
legisladores, el significado del gran movimiento nacionalista y
popular que acaudillaba Nariño en la Nueva Granada. « Siguieron los
electores - dice el historiador Groot - para el salón que se les
había destinado en las aulas altas del Colegio de San Bartolomé,
donde se había colocado un solio con un cuadro en que estaba
pintada la Libertad americana
|figurada en una joven india con
adornos de plumas en la cabeza, carcaj y flechas en la espalda.
Estaba sentada sobre un caimán y a un lado el cuerno de la
abundancia con frutas del país ».
La personificación de la nacionalidad en la figura de una india,
de un miembro de la raza oprimida por "los descendientes de don
Pelayo", era el anuncio de toda una revolución social en
perspectiva y así lo entendieron los voceros de la oligarquía
criolla. Se comprende, por tanto, el violento incidente que se
suscité entre don Camilo Torres y el Presidente Nariño cuando este
último ordenó efectuar, días después, una emisión de moneda
metálica y dispuso que la cara de las monedas se sellara no con las
Armas Reales de España sino con la figura de una india.
El conflicto se ahondó en la medida que transcurrían los días y
los dos partidos se comprometieron insensiblemente, en una carrera
de mutuas hostilidades, cuya pugnacidad era alimentada por la
explosiva naturaleza de las discrepancias sociales y políticas que
los distanciaban. Así fueron rompiéndose, uno por uno, los delgados
hilos que de manera precaria habían mantenido, en el pasado, la
cohesión epidérmica de la sociedad granadina, y ella se aproximó,
rápidamente, al terreno de las soluciones desesperadas y comenzó
familiarizarse con la idea de que aquel histórico litigio no tenía
solución distinta de la Guerra Civil.
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