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INDICE
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CAPITULO XXIV
NARIÑO EN EL PODER
LOS CRIOLLOS se preparan a negociar con la Metrópoli. - Rechazo
español. - Los realistas toman la ofensiva. - Se libertan los
esclavos. - Impopularidad de la causa criolla. - Hostilidad de los
indios y los negros. - Interviene Nariño. - La batalla por libertar
a la opinión pública. - Contra un régimen sin válvulas de escape. -
"La Bagatela". - El canapé de la Patria Boba. - El Derecho como
guardián del espíritu conservador. - La legalidad del "statu quo".
- Las renuncias del señor Lozano. La magia de los discursos. -
Nariño y Carbonell en acción. - El pueblo y el ejército. - La hora
de la democracia. - Levantamiento popular. - La oligarquía cercada.
- El 19 de septiembre de 1811. - "Noticias muy gordas". - Conquista
revolucionaria del poder. - Nariño Presidente.
PARCIALMENTE conjurado el peligro de una insurrección general
del pueblo granadino contra la férrea estructura política forjada
por las Juntas de notables, peligro que indujo a dichas Juntas a
participar activamente en la disolución del primer Congreso General
del Reyno, sólo restaba, a los distintos núcleos regionales del
estamento criollo, llegar a un acuerdo de fondo sobre la naturaleza
de las futuras relaciones del Reyno con la Metrópoli española. - El
problema tenía destacada importancia porque la aristocracia
criolla, para estas fechas, todavía continuaba condicionando la
cuestión clave de la Independencia a los resultados finales de la
guerra que se adelantaba en España contra Napoleón, y en momentos
en que el partido realista y españolizante de la Nueva Granada
afirmaba que los Dominios debían permanecer unidos a la Metrópoli,
cualquiera que fuera la suerte de la guerra - incluyendo el triunfo
de Bonaparte -, la oligarquía granadina, los "descendientes de don
Pelayo", se declaraban defensores de Fernando VII y sólo
contemplaban la posibilidad de una franca declaratoria de
Independencia si los "libertinos de Francia" triunfaban en España y
pretendían trasladar a los Dominios la doctrina de la igualdad de
las razas y la filosofía abolicionista, que implicaban el fin de la
esclavitud de los negros y de las distinciones de casta a que se
mostraban tan apegados los grandes señores del patriciado criollo.
Como la Independencia era, para ellos, una solución desesperada,
sólo deseable en la eventualidad de una victoria de los ejércitos
napoleónicos, poco o nada se preocuparon los gobiernos criollos por
preparar militarmente a la Nueva Granada para resistir al poderoso
partido realista que existía en ella y sus empeños, a la postre, se
redujeron a tratar de conseguir que las provincias dominadas por
los españoles, como Popayán, Pasto y Santa Marta, se hicieran
representar en el segundo Congreso del Reyno, cuya misión sería
constitucionalizar aquellas garantías y privilegios que los
criollos deseaban establecer como bases irrenunciables para pactar
con Fernando VII, cuando triunfara su causa, una remodelación del
Imperio español, orientada a cederles importantes porciones del
poder político y del poder económico y financiero. Crear esas bases
y dejar pendiente, hasta el término de la crisis española, el
problema de las relaciones futuras con la Metrópoli - por ahora
garantizadas con el reconocimiento a Fernando VII -, era el
propósito central de la política criolla y así lo declaraba don
Jorge Tadeo Lozano, Presidente de Cundinamarca y Vice-Gerente del
Rey, en el oficio que dirigió, el 29 de agosto de 1811, al
Gobernador realista de Santa Marta: Desde mi ingreso en la
Presidencia - le decía - llevado de mi genial amor a la paz y buena
armonía, y convencido de que la guerra civil y ruina consiguiente
de las provincias de este Reyno nunca pueden mirarse como medio
acertado y útil,
|sean cuales fueran las opiniones políticas y
partido que cada una de los provincias haya abrazado, oficié el
9 de abril próximo pasado con el Gobernador y Juntas anteriores que
gobernaban en ésa (Santa Marta), haciéndoles ver la importancia y
utilidad que les resultaría de fraternizar con Cundinamarca y
manifestar a todo el Reyno el mismo afecto, nombrando un diputado
que viniese a tratar con este Gobierno o a ser miembro del Congreso
General que va a instalarse,
|mayormente cuando las opiniones
políticas que nos dividen son de tal naturaleza que de una hora a
otra las decidirá la suerte de las armas en Europa, sin
necesidad de que nosotros manchemos infructuosamente nuestras manos
en la sangre de nuestros parientes, amigos y compatriotas. Las
razones aducidas en aquel oficio hicieron tanta impresión, que
cuando se contestó, con fecha primero de mayo, se manifestó la
resolución de enviar el diputado que se pedía y que para su pronta
elección se habían hecho
|chasquis a los Cabildos de distrito
que debían elegirlo. En este concepto creía la Presidencia (de
Cundinamarca) contar entre sus más gloriosos timbres la reunión de
Santa Marta a la totalidad del Reyno y haber sido la medianera para
que nuestras diferencias políticas se terminaran de un modo
amigable,
|cual conviene entre personas que tienen un mismo
origen, una misma patria, una misma religión y un mismo Rey;
pero por desgracia la mudanza de Gobernador y la disolución de la
Junta, parece que ha destruido aquellas nacionales y benéficas
disposiciones...».
En Santa Marta, como lo decía el señor Lozano, las autoridades
realistas terminaron por adoptar una actitud hostil con las Juntas
de notables del Reyno, porque los españoles residentes en América y
los gobernantes de la Península no estaban dispuestos a tolerar el
ascenso del patriciado criollo a los altos mandos de la
Administración colonial, aunque ese ascenso no implicara, como no
implicaba entonces, una ruptura con la Metrópoli. Ello explica por
qué en Santa Marta y principal mente en Popayán y Pasto, los
gobernantes españoles y el partido realista no vacilaron en
decretar una medida revolucionaria - la libertad de los esclavos
negros -, cuyo natural objetivo era minar el poder económico de la
oligarquía criolla, en cuyas filas figuraban los grandes
propietarios y mineros esclavistas del Reyno. El historiador José
Manuel Restrepo, quien vivió en la época y fue uno de los más
eminentes personeros de la oligarquía criolla, dice en su Historia
de la Revolución, al referirse al tópico que nos ocupa: « El
Cabildo de Popayán,
|realista decidido, asociado al pueblo,
acordó... que se diera libertad a todos los esclavos que tomaran
las armas en defensa del gobierno real; medida impolítica e
imprudente en una provincia donde los esclavos eran tan numerosos,
la que inmediatamente produjo motines de éstos en todas las minas
situadas sobre las costas del Pacífico... El mismo Tacón había
puesto en insurrección,
|con imprudencia imperdonable en un jefe
español, las cuadrillas de esclavos de las minas de Micay y del
Raposo, pertenecientes a propietarios de Popayán, en odio de que
algunos de éstos eran adictos a la revolución; habíales también
puesto las armas en la mano (a los esclavos) a fin de que
combatiesen a favor de la causa del Rey ».
Estos procedimientos revolucionarios indujeron a la vacilante
aristocracia criolla payanesa a separarse de la causa española y a
buscar una rápida aproximación a las Juntas de notables del Reyno,
pero ellas afianzaron, también, el poder de los españoles en la
misma provincia de Popayán, en el Chocó, Pasto y sobre todo en el
Patía, cuyas gentes « eran en la mayor parte - dice Restrepo -
negros y mulatos », y provocaron graves traumatismos sociales en la
Provincia de Antioquia, en donde las frecuentes rebeliones de
esclavos obligaron al momposino Juan del Corral, al encargarse del
Gobierno en la provincia antioqueña, a proponer un sistema de
abolición gradual de la esclavitud, destinado a contrarrestar la
eficaz colaboración que prestaban los esclavos negros a la causa
española. Esta propuesta, como habremos de verlo, fue rechazada por
la oligarquía criolla granadina y ello contribuyó decisivamente a
prolongar el proceso de Independencia y a hacer de él una guerra
civil entre granadinos, porque los estratos populares de la
población, particularmente los negros y los indios, no regatearon
su apoyo al partido peninsular, al verse gravemente lesionados por
una política, como la criolla, que se orientaba a disolver sus
Resguardos y sólo aceptaba la Independencia como recurso
desesperado para aislar a la Nueva Granada de los "libertinos de
Francia", cuyas doctrinas favorecían la abolición de la esclavitud
y de la trata de negros. Explicablemente el historiador Joaquín
Posada Gutiérrez, quien vivió en la época, describía la actitud de
los sectores populares de la Nueva Granada en los siguientes
términos: He dicho "poblaciones hostiles" porque es preciso que se
sepa que la Independencia fue impopular en la generalidad de los
habitantes; que... los ejércitos españoles se componían de cuatro
quintas partes de los hijos del país; que los indios, en general,
fueron tenaces defensores del gobierno del Rey, como que presentían
que
|tributarios eran más felices que lo que serían como
ciudadanos de la República ».
Bien comprendió Nariño, como después lo comprendería Bolívar,
que la causa americana no podía continuar identificándose con los
intereses y conveniencias de la clase social que, en una época de
magnos acontecimientos históricos, sólo ambicionaba crear las
condiciones propicias para acentuar la explotación del trabajo de
los indios, los esclavos y mestizos que formaban la inmensa masa de
la población granadina. Nariño concibió, por ello, el grandioso
proyecto, cuya realización le convertiría en el hombre más
perseguido de nuestra historia, de expulsar a la oligarquía criolla
de los altos mandos políticos, en los cuales se había acampado
desde el 20 de julio, y construir un gran Estado Nacional que
pudiera recoger las aspiraciones de nuestro pueblo y darle a la
sociedad la coherencia que le faltó durante la Colonia, por los
privilegios y prerrogativas introducidos en favor de los españoles
y de la Metrópoli, coherencia que mal podía lograrse ahora si no se
rectificaba el rumbo de una política, como la criolla, orientada a
acaparar los beneficios de la nacionalidad para una minoría y a dar
a la Nueva Granada la configuración de una Colonia interior, en la
cual esa minoría desempeñaba, sin ninguna generosidad, las
funciones de nueva Metrópoli.
Para llevar adelante su histórica empresa, debía enfrentarse a
la tremenda desigualdad que, en la distribución del poder político,
existía en la Nueva Granada, desigualdad en virtud de la cual las
mayorías nacionales estaban privadas de todos los medios de
expresión, fueran ellos los del sufragio, la representación en los
cuerpos colegiados o el uso de los instrumentos de publicidad,
porque tales medios habían sido concentrados desde 1810 en manos de
una camarilla, que disponía del gobierno a su antojo, controlaba
todos los periódicos y había establecido un régimen electoral
|ad
hoc, que entregaba el completo control del Estado al patriciado
criollo.
Nariño comprendió que había llegado el momento de comenzar a
proclamar las grandes verdades que se veían condenadas al
anonimato, porque el régimen político ideado por los abogados
criollos carecía de válvulas de escape y había tapo nado
sistemáticamente todos los canales que podían permitir la expresión
de la inconformidad popular. Su glorioso pasado de luchador y el
hecho de pertenecer a la misma oligarquía que detentaba el poder,
le daban una autoridad excepcional y su intervención en la
controversia pública iba a provocar, explicablemente, una profunda
división de la clase gobernante, parte de la cual acompañaría a
Nariño en su generoso intento de representar a la gleba anónima del
pueblo granadino, cuyas aspiraciones se habían querido silenciar en
aquella hora decisiva de la nacionalidad.
Para romper ese silencio convencional, para denunciar las
intimidades de esa mentirosa Arcadia cuyas delicias y virtudes
cantaban los de arriba, fundó Nariño el primer órgano periodístico
de combate de nuestra historia, "La Bagatela", editada en la
Imprenta de Espinosa y cuyo número inicial se entregó al público el
día 14 de julio de 1811. « Fue "La Bagatela" - dice Groot -
periódico satírico y burlón que redactaba Nariño
|y que hacía las
delicias del pueblo; y como fue lo primero que se escribió aquí
en este género, causó tal impresión en el genio de los
santafereños, tan inclinado a la burla, que los viejos, hasta
ahora, recuerdan aquella producción como sin igual en su género
».
A partir de este momento la controversia periodística perdió el
carácter bobalicón que había sido su distintivo desde 1810 y en
Santafé se interrumpió el coro de alabanzas que, al régimen
vigente, entonaba una prensa sumisa. Si la situación política dejó
de dibujarse con colores de rosa, a los santafereños, en cambio,
les fue posible ver de bulto los grandes problemas de la
nacionalidad, problemas que no habían desaparecido porque la prensa
de la oligarquía fingiera ignorarlos. Nariño comenzó por pedir, en
su periódico, la inmediata declaratoria de Independencia y el
desconocimiento de Fernando VII, porque él no estaba resuelto a
permitir que aquella extraordinaria coyuntura histórica se
malbaratara y sus efectos se redujeran a la simple ocupación de los
empleos de la Administración colonial por los patricios criollos.
«No hay medio - escribió en "La Bagatela" -; querer ser libres
dependiendo de otro gobierno, es una contradicción; con que, o
decretar de una vez nuestra independencia, o declarar que hemos
nacido para ser eternamente esclavos ». No menos categóricas fueron
sus apreciaciones con respecto a la transformación política
iniciada por los notables el 20 de julio de 1810: « Nuestra
revolución - decía Nariño - no sólo fue necesaria, fue justa,
justísima;
|pero la justicia de la causa no prueba que las cosas
vayan justamente ». Y en la sección, deliciosamente irónica de
"La Bagatela", que Nariño titulaba "Carta del filósofo sensible a
una dama su amiga", agregaba Nariño: «Les parece (a los gobernantes
de la oligarquía) que esto de la libertad es una fiesta de toros, o
una buena cosecha a donde todos han de coger sin haber hecho antes
ningunos sacrificios...
|Parece que lo que hemos querido
conquistar no es la libertad sino el mando ». El ataque de
Nariño al gobierno de los notables se acentúa con el transcurso de
los días, como lo demuestran los siguientes juicios, consignados en
la sección "Carta del filósofo sensible a un amigo": «Yo he
comparado varias veces, a mis solas -
escribía Nariño -, estos tiempos de revolución a un baile de
máscaras: unos vestidos de filósofos, otros de militares, éste con
la capa de la virtud, aquél con el traje del patriotismo; la
revolución les quita la máscara y vemos todo lo contrario de lo que
nos parecía... Todos los días oirás hablar de intrigas, de
divisiones, de partidos, de desvergüenzas, y apenas oimos una
acción mediana de virtud y patriotismo. Vaya más claro, ni aún lo
conocemos. No te puedo citar una sola acción de aquéllas que han
hecho producir las antiguas repúblicas...
|Pero silos oyeras
¡Cielos Santos! se comen al mundo cuando están fumando en un
canapé; todos los grandes hombres del mundo quizá no han hecho
la mitad de lo que cacarean estos fumadores... Me avergüenzo, te
confieso la verdad, que cuando no te puedo citar un ejemplo de
generosidad y desinterés, te pudiera citar un millón de enredos, de
chismes, de divisiones, de raterías,
|de bravadas envueltas en
los lugares comunes del amor a la patria, de sacrificios de sus
vidas, de valor guerrero, etc. Mata más enemigos uno de
nuestros pisaverdes en una hora con el tiple, o conversando con su
mujer, que Gengis Kan en las campañas de la India, o Julio César en
la Guerra de las Galias ». Más categóricas aún son las opiniones de
Nariño en su editorial "Dictamen sobre el Gobierno de la Nueva
Granada", en el cual dice: «
|Nada hemos adelantado, hemos mudado
de amos, pero no de condición. Las mismas leyes, el mismo
gobierno con algunas apariencias de libertad, pero en realidad con
los mismos vicios... Los mismos títulos, dignidades, preeminencias
y quijotismo en los que mandan; en una palabra, conquistamos
nuestra libertad para volver a ser lo que antes éramos ».
Nariño estaba persuadido de que los rápidos progresos realizados
por los españoles en la reconquista de la opinión pública granadina
sólo podían contrarrestarse eficazmente si se procedía a declarar
la Independencia absoluta de España, pero no una Independencia que
se tradujera en el simple traspaso del poder al patriciado criollo,
odiado por los sectores populares, sino en un auténtico movimiento
de liberación, que emancipara al pueblo granadino no sólo de su
antigua Metrópoli, sino también de la nueva tiranía de los
"descendientes de don Pelayo" y de sus abogados,
cuya recortada noción de la patria se había revelado en la conducta
seguida por las Juntas de notables desde 1810.
Para derribar el gobierno de la oligarquía le era preciso a
Nariño enfrentarse a una serie de
|tabús políticos, de los
cuales se servían los procuradores de la clase patricia para
impedir la revisión de las premisas políticas del régimen vigente.
Tal ocurría, por ejemplo, con las nociones de
|legalidad y
|juridicidad, a las que tempranamente se dio en nuestra,
historia una interpretación mágica, a fin de convertirlas en
tutoras del espíritu conservador y en centinelas alertas del
|statu quo social. Así sucedió desde 1810, porque los
criollos no sustituyeron el orden colonial por un orden jurídico
que permitiera a la sociedad granadina efectuar los cambios
exigidos por los desequilibrios e injusticias heredados de la
Colonia, sino que construyeron un andamiaje legal estrictamente
acoplado a sus intereses de clase y a continuación procedieron a
|propagar el Mito de la sagrada invulnerabilidad de la Ley, a
fin de evitar toda modificación de las normas promulgadas por ellos
para apuntalar una estructura económica y política en cuyo ámbito
se habían tomado la parte del león.
Esta interpretación acomodaticia de la
|legalidad sólo
perjuicios podía acarrear en una sociedad que, como la granadina,
estaba plagada de injusticias, las cuales requerían no la
perpetuación del
|statu quo, sino el impulso dinámico de una
mentalidad progresista y la creación de un marco jurídico flexible
que facilitara, en lugar de obstruír, aquellos cambios
indispensables para corregir los contrastes sociales que impedían
la formación de una recia unidad nacional. « La Ley sola - escribía
Nariño - no es bastante si no se facilitan también los remedios
contra los asaltos del oro y del valimiento ».
La clase gobernante criolla no quiso, sin embargo, otorgar al
orden jurídico el alcance de un conjunto de reglas imparciales de
juego, en cuyo ámbito se ofrecían iguales oportunidades a los
distintos estratos de la sociedad, sino que prefirió convertirlo en
baluarte de un
|statu quo en el que se sobrevivían aquellas
injusticias del régimen colonial que favorecían el enriquecimiento
y la desmedida influencia política del patriciado criollo. A
nuestro pueblo y a sus conductores no les quedó, desde entonces,
otro recurso que el de rebelarse contra una
|legalidad
dictada por los poderosos y cuya misión no era garantizar "un
gobierno de leyes y no de hombres", como decían pintorescamente sus
defensores, sino apuntalar el predominio de la oligarquía más rapaz
de Hispanoamérica.
Con Antonio Nariño aparece en la historia nacional el primero de
nuestros grandes conductores que no se deja intimidar por el mito
de esa legalidad engañosa. Bajo su dirección nuestro pueblo se
prepara a conquistar revolucionariamente el poder, y para esa gran
batalla cuenta Nariño con la eficaz colaboración de los antiguos
Comandos populares organizados por Carbonell, a quien se acababa de
excarcelar, por la imposibilidad en que se vieron las autoridades
judiciales de seguirle ningún proceso. Don Pedro Groot, Manuela
García, don Ignacio de Herrera y Carbonell trabajaron activamente
en el mes de agosto de 1811 para restablecer en la Capital el clima
revolucionario que determinó la caída del Virrey en las históricas
jornadas del 25 de julio y el 13 de agosto de 1810 y las prédicas
de estos destacados personeros del pueblo, como los editoriales de
"La Bagatela", renovaron en la ciudad el entusiasmo por la
Independencia, aletargado en los últimos meses por la equívoca
conducta política de la oligarquía criolla. Ellos alertaron al
pueblo contra los visibles progresos realizados, en la conquista de
la opinión pública, por el partido español, partido que desde
Popayán, Pasto, Santa Marta y Maracaibo, estaba preparándose a
lanzar una gran ofensiva militar contra las regiones centrales del
Reyno, en las cuales imperaban todavía los desprestigiados
gobiernos de lo notables.
Después de una etapa de intensa agitación, Nariño y los
dirigentes del partido popular pudieron impartir, el 15 de
septiembre de 1811, las últimas consignas y las correspondientes
instrucciones para llevar a cabo la movilización en masa de todas
las gentes de los suburbios de la Capital hacia la Plaza Mayor, y
el día 17 se sucedieron graves motines en San Victorino, lo mismo
que en Calle Caliente, de manera que la Compañía de Challerde,
cuerpo militar compuesto en su mayor parte por españoles, se vio
precisada a contener, en el puente de Honda, una manifestación de
artesanos que intentaba dirigirse al centro de la ciudad. Algunos
de los miembros del Cuerpo Legislativo del Reyno de Cundinamarca y
los Ministros del Presidente Lozano le solicitaron, por ello,
ordenar la inmediata detención preventiva de Carbonell y de Nariño,
suspender las garantías constitucionales y asumir la dictadura a
fin de defender las instituciones contra el complot preparado por
"los demagogos", y prevenir las amenazas implícitas en la actitud
insubordinada de "los guaches", como decían.
Estas solicitudes le fueron reiteradas al señor Lozano por una
Comisión especial del Cuerpo Legislativo y ante ella dio el
Presidente muestras de su carácter vacilante, de su tendencia a
evadir las responsabilidades y a resolver todos los problemas con
discursos. Declaró a la Comisión que él carecía de ambiciones y no
estaba dispuesto a emplear medios violentos para perpetuarse en el
mando, por lo cual había decidido enviar esa misma tarde su
dimisión al Congreso. Agregó que tanto él como su familia - la
famosa dinastía de los marqueses de San Jorge - habían sido objeto
de malévolas insinuaciones; que en la calle se le llamaba "Jorge
I", no obstante su despego por los honores y su deseo de retornar
pronto a su gabinete de estudio, del cual se le sacó contra su
voluntad, por considerarse que sólo él podía unir las voluntades y
acallar las pasiones partidistas. Que habiendo fracasado en este
empeño, se debía proceder a nombrarle un sucesor capaz de
comprender, mejor que él, las tendencias políticas del momento y de
con jurar los gravísimos peligros que, para el orden social, se
percibían ya en el horizonte.
La decisión del señor Lozano, como los términos en que ella fue
presentada, causaron general desconcierto y los principales voceros
de la camarilla gobernante, con don Camilo Torres a la cabeza,
declararon al Presidente que su renuncia aceleraría el
desencadenamiento del desorden y facilitaría el triunfo de Nariño y
de Carbonell, porque en circunstancias tan críticas era imposible
hallar una persona qué reuniera, como reunía el ilustre vástago del
marquesado, todas las voluntades de la clase gobernante.
Insistentemente se le pidió, por eso, aplazar el envío de su
dimisión al Congreso y después de prolongados debates y no pocos
ruegos se obtuvo, que el señor Lozano no diera curso a la anunciada
renuncia, aunque fue imposible llegar a acuerdo ninguno con
respecto a las medidas de seguridad que convenía decretar para
atender a la oportuna defensa del orden público en la Capital.
La confusión y el desconcierto que reinaba en el Gobierno
facilitaron los proyectos del partido popular y ofrecieron nuevos
estímulos a la creciente inconformidad del pueblo de Santafé,
convencido ya de que nada bueno debía esperar de la conducta
política del patriciado criollo. Nariño y Carbonell prestaron, en
consecuencia, particular atención a las ventajosas condiciones que
existían en las Fuerzas Armadas de la Capital, profundamente
divididas por la equívoca conducta del Gobierno, inclinado a
favorecer a los oficiales españoles del antiguo régimen y mantener
bajo su mando a los cuerpos militares claves de la ciudad. Ello
explica por qué no les fue difícil a Manuel García, Pedro Groot y
Carbonell obtener de los oficiales patriotas la promesa de que se
mantendrían neutrales en los acontecimientos próximos o
intervendrían en favor del pueblo, con las tropas a su mando, si
las Compañías de oficialidad española intentaban actuar en defensa
del Gobierno. Conseguida esta garantía, que restaba toda eficacia
represiva a la guarnición de la Capital, se acordó, en junta
celebrada en casa de Nariño, señalar la fecha del 19 de septiembre
para efectuar la gran movilización del pueblo, movilización cuyo
objeto sería provocar el definitivo derrumbe del régimen de casta
establecido en Santafé desde el 20 de julio. De igual manera se
decidió que en dicha fecha se publicaría una edición extraordinaria
de "La Bagatela" y en ella denunciaría Nariño la equívoca conducta
del Gobierno con respecto del partido español y su indiferencia
culpable ante los rápidos progresos que él venía realizando para
reconquistar la opinión pública granadina.
El comportamiento vacilante del señor Lozano, quien se reveló
entonces como el eslabón débil del sistema imperante, y la visible
división de las Fuerzas Armadas, explican la facilidad con que el
día 19 de septiembre, desde las ocho de la mañana, se inició la
rápida movilización de los habitantes de los barrios populares de
Santafé hacia la Plaza Mayor y el regocijo con que fue recibida la
edición extraordinaria de "La Bagatela", distribuida entre la
multitud por los artesanos, fijada desde la madrugada en los muros
de las principales esquinas de la Capital y leída por oradores
improvisados a los grupos que avanzaban hacia el centro de la
ciudad, a la manera de innumerables afluentes que ensanchaban la
gran masa de un pueblo, resuelto a defender su derecho, a
participar en los beneficios de la nacionalidad. El cronista
Caballero, en las anotaciones que consignó en su Diario sobre los
sucesos de este día, dice: « Se llenó la plaza de gente ».
El histórico editorial de Nariño en "La Bagatela" se titulaba
"Noticias muy gordas" y en él invitaba al pueblo de Santafé a
reasumir la personería del magno movimiento de la Independencia,
gravemente frustrado por la política hostil de la camarilla
gobernante, política que se orientaba a esperar el desenlace de la
crisis española para negociar con Femando VII un compromiso
favorable a los criollos. «De Cartagena - decía Nariño en su
edición extraordinaria - escriben que se han recibido allí varias
cartas de La Habana exhortándolos a la esclavitud; que los oidores
de Santafé se están reuniendo en Audiencia y aguardan al Virrey
Pérez para venir a Santa Marta; que mantienen correspondencia con
aquellas dos plazas y esta ciudad (Santafé). Entre tanto nosotros
estamos divididos sutilizando y disputando puntos subalternos,
|ambicionando empleos, queriendo preeminencias, y animando a
nuestros enemigos con nuestras escolásticas conclusiones.
¡Herederos pródigos, no sabemos hacer uso de un bien que se nos ha
venido a las manos sin trabajo! Mientras nuestros enemigos afilan
la espada para degollarnos, los diputados al Congreso se
entretienen en buscar el lugar donde deben figurar, ventilan
cuestiones teológicas y registran los autores que tratan de
Cisma... Por el norte sabemos que Cúcuta está resuelta a unirse a
Maracaibo, y la toma de Pamplona y de Girón será el resultado de
las primeras operaciones de nuestros enemigos por aquel lado. De
Popayán por el sur, ningún aspecto favorable presentan las cosas.
Se ignora el estado de Quito y sólo se sabe que Tacón ha tomado las
medidas más enérgicas para hacerse a dinero, ganado y tropas... Y
nosotros ¿cómo estamos? Dios lo sabe;
|cacareando y alborotando
el mundo con un solo huevo que hemos puesto. ¿Qué medidas, qué
providencias se toman en el estado de peligro en que se halla la
patria? Fuera paños calientes y discusiones pueriles; fuera
esperanzas quiméricas, hijas de la pereza y de esa confianza
estúpida que nos va a envolver de nuevo en las cadenas... La patria
no se salva con palabras ni con alegar la justicia de nuestra
causa. La hemos emprendido, ¿la creemos justa y necesaria? Pues a
ello; vencer o morir, y contestar los argumentos con las bayoneta
¿Habrá todavía almas tan crédulas que piensen escapar del cuchillo
si volvemos a ser subyugados? Que no se engañen; somos insurgentes,
rebeldes, traidores; y a los traidores, insurgentes y rebeldes se
les castiga como a tales.
|Desengáñense los hipócritas que nos
rodean; caerán sin misericordia bajo la espada de la venganza
española, porque nuestros conquistadones no vendrán a disputar con
palabras como nosotros... No hay, pues, más esperanzas que la
energía y firmeza del Gobierno. Al americano, al europeo, al
demonio que se oponga a nuestra libertad, tratarlo como nos han de
tratar si la perdemos. Que no haya fueros, privilegios ni
consideraciones; al que no se declare abiertamente con sus
opiniones, con su dinero y con su persona a sostener nuestra causa,
se debe declarar enemigo público y castigarlo como tal. Esos
egoístas, esos tibios, esos embrolladores son mil veces peores que
los que abiertamente se declaren en contra. Al que no quiera ser
libre con nosotros, que se vaya; pero al que se quede y no sostenga
nuestra causa con calor, que le caiga encima todo el peso de la
ley».
Hacia las once de la mañana la conmoción popular había adquirido
caracteres verdaderamente revolucionarios y en la plaza una densa
multitud exigía, con voces airadas, la inmediata renuncia del señor
Lozano, al tiempo que partidas de artesanos armados ocupaban los
centros claves de la Capital. Carbonell y numerosos oradores
pidieron al pueblo mantener paralizada la ciudad hasta tanto se
cayera el gobierno de los notables, y grupos de exaltados
comenzaron a recorrer las calles dando ¡vivas! a Nariño y ¡abajos!
a los explotadores del pueblo, lo cual determinó el rápido cierre
de los almacenes, casas y tiendas y obligó a los patricios, como
ocurrió el 20 de julio, a ocultarse en sus residencias.
Refiriéndose a los principales jefes del motín dice el historiador
Restrepo: «Don Pedro Groot, don José María Carbonell, don Manuel
Pardo, y otros que eran amigos y partidarios de Nariño, hicieron
gran papel en las escenas revolucionarias del 19 de
septiembre».
Hacia las doce del día la situación adquirió mayor gravedad
porque las primeras filas de la multitud reunida en la plaza
iniciaron el ataque al llamado Palacio de los Virreyes, donde se
suponía que estaba el señor Lozano -aunque éste se encontraba
encerrado en su casa- y ello indujo a los más decididos miembros
del Gabinete Ejecutivo, justamente alarmados, a trasladarse a los
Cuarteles, a fin de conseguir que las tropas despejaran la plaza y
pusieran término al motín. Allí les esperaba la sorpresa de ver a
los soldados y oficiales granadino deliberando y se les acusó de
estar vendidos a los españoles y de ser
|regentistas. «Con el
rifle al hombro -dice el historiador Vejarano-. los regimientos
llamados Nacionales, Patriotas, Artillería y Milicias aclaman sin
cesar a Nariño, mientras que a Lozano lo sostiene.., su guardia
personal».
Cuando Nariño supo que la multitud había comenzado el asalto al
Palacio de los Virreyes, creyó llegado el momento de proponer una
solución que facilitara el cambio de Gobierno sin una sangrienta
hecatombe social y por conducto de Carbonell y de Groot dio la
consigna de que se estimulara al pueblo a solicitar la inmediata
convocatoria de la Representación Nacional, prevista por la
Constitución vigente para casos de extremada gravedad. « Los
demagogos numerosos que había entonces en la Capital -dice el
historiador Restrepo- pidieron al Senado Conservador que convocara
la Representación Nacional, o reunión de los poderes legislativo,
ejecutivo judicial».
El se Lozano y los principales miembros del Senado de
Cundinamarca fueron consultados por los Ministros que habían
tratado, vanamente, de obtener la salida del ejército a la plaza y
no bien conoció Lozano la situación anómala que reinaba en los
cuarteles, convino en la convocatoria de la Representación Nacional
y anunció a su Gabinete, reunido en la casa de los Marqueses de San
Jorge, que asistiría a la Asamblea de los Poderes Públicos para
explicar su conducta y justificarse de los cargos que se le
formulaban.
Aunque los jefes del partido popular se esforzaron por mantener
el orden en la plaza, a fin de permitir la entrada tranquila, en el
Palacio de los Virreyes, de los miembros de la Asamblea de los
Poderes Públicos, sólo consiguieron su propósito en forma muy
relativa, dada la exaltación de los ánimos, y tanto el señor Lozano
como los principales abogados de la oligarquía fueron recibidos con
amenazas y un insultante vocerío cuando se aproximaron, hacia las
dos de la tarde, a las puertas de la antigua mansión de los
Reyes.
Aunque la propuesta de Nariño había interrumpido
transitoriamente el asalto al edificio del Gobierno, la tormenta
revolucionaria se renovó en la plaza cuando se supo que la llamada
Representación Nacional pretendía deliberar a puerta cerrada, en
Junta de notables, y que a don José María Carbonell y a don Pedro
Groot se les había impedido la entrada a la sala del Palacio, donde
estaba reunida la plana mayor de la clase gobernante criolla. La
ira popular se desbordó entonces, la multitud impidió cerrar las
puertas del edificio e invadió el primer piso, de manera que
algunos minutos después grupos exaltados, dirigidos por Pedro
Groot, irrumpieron en el recinto donde estaba reunida la
Representación Nacional, exigieron la inmediata dimisión del
Presidente y acallaron con grandes gritos al mismo señor Lozano,
quien acababa de comenzar su discurso de explicaciones. Nuestros
historiadores clásicos refieren la dramática escena con distinto
énfasis, pero en sus relatos se conservan, no obstante, los
elementos esenciales de estos decisivos acontecimientos. Don José
Manuel Restrepo, notoriamente hostil a Nariño, dice al respecto: «
Los corifeos del movimiento se apoderaron del salón en que se
reunían los miembros de los tres poderes, lo que se verificaba en
el antiguo Palacio de los Virreyes. En vez de pedir medidas para
salvar la patria, entre ellas la instalación del Congreso del
Reyno, los que sé titulaban
|pueblo soberano comenzaron un
furioso ata que contra la administración del Presidente Lozano,
acusándolo públicamente de que no miraba por la prosperidad de la
Capital, y haciéndole otros varios cargos infundados; sólo uno era
cierto: su debilidad. Allí acabó de confirmarla; pues en vez de dar
órdenes a los militares de que disipasen el tumulto, aún por la
fuerza (ya vimos por qué no lo hizo), para que la Representación
Nacional pudiera deliberar con libertad y decoro, se abatió a
contestar las acusaciones que le hicieron algunos del pueblo, entre
ellos don Pedro Groot, tan brusca e incivilmente que habló desde la
puerta con sombrero puesto y embozado en su capa. Animados con la
impunidad de tan pernicioso ejemplo,
|los demagogos aumentaron
los insultos, de modo que Lozano repitió la renuncia que antes
había hecho de la Presidencia ». El historiador José Manuel
Groot refiere la escena en estilo más lacónico, pero su relato
registra los factores reales que determinaron la caída del Gobierno
el 19 de septiembre: «La Representación Nacional - dice - admitió
la renuncia del Presidente,
|intimidada por el populacho y por
los militares, todos dirigidos por los jefes del partido
nariñista ».
Aunque la Asamblea se vio forzada a aceptar la renuncia del hijo
del Marqués de San Jorge, trató de salvar, no obstante, el régimen
de casta que imperaba en la Capital y solicitó al Vicepresidente,
don José María Domínguez, asumir inmediatamente el mando. Esta
decisión dio motivo para que e reno varan las demostraciones de
descontento y la multitud, ya prácticamente dueña del edificio,
exigió también la dimisión de Domínguez, amenazando, de lo
contrarió, con disolver violentamente la Asamblea Parece que los
artesanos mostraron sus cuchillo y que muchos de los presentes
fueron agredidos de palabra por la turba exaltada. Aterrados los
miembros de la Representación Nacional por la amenaza que los
cercaba, aceptaron la renuncia presentada por el Vicepresidente y
entonces se comenzó a escuchar, tanto en el recinto como en la
plaza, el grito unánime ¡Nariño Presidente! ¡Nariño Presidente! En
medio de este tumulto ensordecedor « fue preciso comenta el
historiador Groot nombrar por Presidente al ídolo del
|pueblo
soberano, traductor de
|Los Derecho del Hombre y autor de
"La Bagatela" ».
Mientras el pueblo de Santafé obligaba a aquella Asamblea de
notables aterrorizados a elegir a Nariño Presidente de Cundinamarca
don José María Carbonell, seguido por un considerable grupo de
artesanos, se encaminó a la residencia del Precursor y un tiempo
después se presentó Nariño, escoltado por Carbonell y sus amigos,
en la Plaza Mayor, donde fue recibido con una de las más
formidables ovaciones populares que registra nuestra historia. En
la personalidad Política de Nariño se sintetizaban, en ese glorioso
momento, todas las aspiraciones de un pueblo que había contemplado
atónito, desde el 20 de julio, cómo una casta soberbia se empeñaba
en frustrar el magno movimiento de la Independencia nacional y en
servirse del poder político para conservar las injustas
instituciones de la Colonia que la favorecían y derogar aquellas
otras que ofrecían alguna protección a los humildes y a los
desheredados. ¡Nariño! ¡Nariño! era el grito que pronunciaban
emocionadas miles de gargantas cuando el gran luchador y el más
grande de los próceres colombianos caminaba hacia el. Palacio de
Gobierno por la estrecha calle que le abrió la multitud. Todas las
amarguras y padecimientos que sufrió Nariño en las sombrías
prisiones españolas encontraban ahora su suprema compensación en el
delirante homenaje de un pueblo, en la emoción que advertía en las
miradas de los humildes artesanos y en la ternura con que lo
vivaban las mujeres de "la chusma", muchas de las cuales se le
aproximaban para abrazarlo devotamente.
Una escena muy distinta debía representarse en el interior del
Palacio Virreynal, cuando Nariño acompañado por Carbonell, Manuel
García y Manuel Pardo, entró en la sala donde estaba reunida la
Asamblea de los Poderes Públicos Allí se hallaban congregados todos
sus antiguos enemigos; allí le esperaban quienes prolongaron
deliberadamente su prisión en Cartagena y pretendieron reabrir los
procesos que le siguieron las autoridades españolas; allí estaba la
plana mayor de la oligarquía, por fin vencida y acorralada por un
pueblo que había dado un audaz paso en el camino de su liberación.
Gracias a Nariño, el poder político había abandonado el recinto de
las tertulias de notables para descender al ágora popular y recoger
allí las esperanzas y los anhelos de la gleba anónima, sin cuya
comprensión la nacionalidad resulta una sarcástica burla y la
Patria se parece a un coto de caza para minorías rapaces. Entre
Nariño y ese Colegio de Procuradores de la oligarquía se interponía
la frontera trazada por un gran conflicto social y en aquel
reducido recinto se enfrentaron, a la manera de dos poderes
hostiles, el caudillo del pueblo y los personeros de esa casta
privilegiada que había intentado convertir la libertad en sórdido
salvoconducto para oprimir a los desheredados.
No quiso Nariño, ni por un momento, permitir que se le supusiera
identificado con la legalidad dictada por los "descendientes de don
Pelayo" y en medio de atronadores aplausos declaró a la Asamblea
que sólo aceptaría el mando si se le facultaba ampliamente para
derogar los artículos de la Constitución del Reyno de Cundinamarca
que juzgara incompatibles con aquel magno movimiento popular, del
cual era simple intérprete y vocero. Mal pedía Nariño resignarse a
quedar atado por una Constitución que establecía la Monarquía de
Fernando VII, privaba al pueblo de toda ingerencia en la
administración pública y cuya estructura impedía al Gobierno
efectuar oportuna y eficazmente los preparativos militares
indispensables para organizar la resistencia contra España y
convertía a un grupo de privilegiados en una potencia superior al
Estado, dotando a ese grupo de poderes jurídicos eficaces para
frustrar cualquiera acción del Gobierno en defensa de los humildes.
La exigencia de Nariño, que por su naturaleza implicaba el
desmoronamiento de los baluartes construidos desde el 20 de julio
para garantizar el monopolio del poder a la aristocracia criolla,
causó tenaces resistencias en la Asamblea y sólo la actitud
amenazadora de las turbas y el temor de los notables ante las
previsibles consecuencias de un súbito desborde revolucionario,
vencieron la oposición y obligaron a la Asamblea a convenir en las
medidas que así describe el historiador Restrepo: « Fuéle concedido
(a Nariño) cuanto pidió, y la Representación Nacional echó por
tierra la Constitución ».
No bien obtuvo Nariño las amplísimas autorizaciones que había
solicitado, abandonó el recinto y seguido de la multitud se
encaminó a los principales cuarteles de la Capital, donde los
soldados, no siempre en completo acuerdo con la oficialidad le
recibieron con grandes ovaciones y le ofrecieron su irrestricta
adhesión. Pudo, por ello, remover a los comandantes cuyos vínculos
con la causa española eran más notorios y disponer, como lo hizo,
la disolución inmediata de la famosa Compañía de Challerde, «la que
se quitó ese mismo día - dice el cronista Caballero - y pasaron la
mitad (de sus efectivos) a Nacionales y los otros al Regimiento
Provincial ». Con sobrada razón escribió don Bernardo J. Caycedo:
«Esa Patria fue Boba no por Nariño, sino a pesar de Nariño »
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