INDICE




CAPITULO XXIV

NARIÑO EN EL PODER

LOS CRIOLLOS se preparan a negociar con la Metrópoli. - Rechazo español. - Los realistas toman la ofensiva. - Se libertan los esclavos. - Impopularidad de la causa criolla. - Hostilidad de los indios y los negros. - Interviene Nariño. - La batalla por libertar a la opinión pública. - Contra un régimen sin válvulas de escape. - "La Bagatela". - El canapé de la Patria Boba. - El Derecho como guardián del espíritu conservador. - La legalidad del "statu quo". - Las renuncias del señor Lozano. La magia de los discursos. - Nariño y Carbonell en acción. - El pueblo y el ejército. - La hora de la democracia. - Levantamiento popular. - La oligarquía cercada. - El 19 de septiembre de 1811. - "Noticias muy gordas". - Conquista revolucionaria del poder. - Nariño Presidente.

PARCIALMENTE conjurado el peligro de una insurrección general del pueblo granadino contra la férrea estructura política forjada por las Juntas de notables, peligro que indujo a dichas Juntas a participar activamente en la disolución del primer Congreso General del Reyno, sólo restaba, a los distintos núcleos regionales del estamento criollo, llegar a un acuerdo de fondo sobre la naturaleza de las futuras relaciones del Reyno con la Metrópoli española. - El problema tenía destacada importancia porque la aristocracia criolla, para estas fechas, todavía continuaba condicionando la cuestión clave de la Independencia a los resultados finales de la guerra que se adelantaba en España contra Napoleón, y en momentos en que el partido realista y españolizante de la Nueva Granada afirmaba que los Dominios debían permanecer unidos a la Metrópoli, cualquiera que fuera la suerte de la guerra - incluyendo el triunfo de Bonaparte -, la oligarquía granadina, los "descendientes de don Pelayo", se declaraban defensores de Fernando VII y sólo contemplaban la posibilidad de una franca declaratoria de Independencia si los "libertinos de Francia" triunfaban en España y pretendían trasladar a los Dominios la doctrina de la igualdad de las razas y la filosofía abolicionista, que implicaban el fin de la esclavitud de los negros y de las distinciones de casta a que se mostraban tan apegados los grandes señores del patriciado criollo. Como la Independencia era, para ellos, una solución desesperada, sólo deseable en la eventualidad de una victoria de los ejércitos napoleónicos, poco o nada se preocuparon los gobiernos criollos por preparar militarmente a la Nueva Granada para resistir al poderoso partido realista que existía en ella y sus empeños, a la postre, se redujeron a tratar de conseguir que las provincias dominadas por los españoles, como Popayán, Pasto y Santa Marta, se hicieran representar en el segundo Congreso del Reyno, cuya misión sería constitucionalizar aquellas garantías y privilegios que los criollos deseaban establecer como bases irrenunciables para pactar con Fernando VII, cuando triunfara su causa, una remodelación del Imperio español, orientada a cederles importantes porciones del poder político y del poder económico y financiero. Crear esas bases y dejar pendiente, hasta el término de la crisis española, el problema de las relaciones futuras con la Metrópoli - por ahora garantizadas con el reconocimiento a Fernando VII -, era el propósito central de la política criolla y así lo declaraba don Jorge Tadeo Lozano, Presidente de Cundinamarca y Vice-Gerente del Rey, en el oficio que dirigió, el 29 de agosto de 1811, al Gobernador realista de Santa Marta: Desde mi ingreso en la Presidencia - le decía - llevado de mi genial amor a la paz y buena armonía, y convencido de que la guerra civil y ruina consiguiente de las provincias de este Reyno nunca pueden mirarse como medio acertado y útil, |sean cuales fueran las opiniones políticas y partido que cada una de los provincias haya abrazado, oficié el 9 de abril próximo pasado con el Gobernador y Juntas anteriores que gobernaban en ésa (Santa Marta), haciéndoles ver la importancia y utilidad que les resultaría de fraternizar con Cundinamarca y manifestar a todo el Reyno el mismo afecto, nombrando un diputado que viniese a tratar con este Gobierno o a ser miembro del Congreso General que va a instalarse, |mayormente cuando las opiniones políticas que nos dividen son de tal naturaleza que de una hora a otra las decidirá la suerte de las armas en Europa, sin necesidad de que nosotros manchemos infructuosamente nuestras manos en la sangre de nuestros parientes, amigos y compatriotas. Las razones aducidas en aquel oficio hicieron tanta impresión, que cuando se contestó, con fecha primero de mayo, se manifestó la resolución de enviar el diputado que se pedía y que para su pronta elección se habían hecho |chasquis a los Cabildos de distrito que debían elegirlo. En este concepto creía la Presidencia (de Cundinamarca) contar entre sus más gloriosos timbres la reunión de Santa Marta a la totalidad del Reyno y haber sido la medianera para que nuestras diferencias políticas se terminaran de un modo amigable, |cual conviene entre personas que tienen un mismo origen, una misma patria, una misma religión y un mismo Rey; pero por desgracia la mudanza de Gobernador y la disolución de la Junta, parece que ha destruido aquellas nacionales y benéficas disposiciones...».

En Santa Marta, como lo decía el señor Lozano, las autoridades realistas terminaron por adoptar una actitud hostil con las Juntas de notables del Reyno, porque los españoles residentes en América y los gobernantes de la Península no estaban dispuestos a tolerar el ascenso del patriciado criollo a los altos mandos de la Administración colonial, aunque ese ascenso no implicara, como no implicaba entonces, una ruptura con la Metrópoli. Ello explica por qué en Santa Marta y principal mente en Popayán y Pasto, los gobernantes españoles y el partido realista no vacilaron en decretar una medida revolucionaria - la libertad de los esclavos negros -, cuyo natural objetivo era minar el poder económico de la oligarquía criolla, en cuyas filas figuraban los grandes propietarios y mineros esclavistas del Reyno. El historiador José Manuel Restrepo, quien vivió en la época y fue uno de los más eminentes personeros de la oligarquía criolla, dice en su Historia de la Revolución, al referirse al tópico que nos ocupa: « El Cabildo de Popayán, |realista decidido, asociado al pueblo, acordó... que se diera libertad a todos los esclavos que tomaran las armas en defensa del gobierno real; medida impolítica e imprudente en una provincia donde los esclavos eran tan numerosos, la que inmediatamente produjo motines de éstos en todas las minas situadas sobre las costas del Pacífico... El mismo Tacón había puesto en insurrección, |con imprudencia imperdonable en un jefe español, las cuadrillas de esclavos de las minas de Micay y del Raposo, pertenecientes a propietarios de Popayán, en odio de que algunos de éstos eran adictos a la revolución; habíales también puesto las armas en la mano (a los esclavos) a fin de que combatiesen a favor de la causa del Rey ».

Estos procedimientos revolucionarios indujeron a la vacilante aristocracia criolla payanesa a separarse de la causa española y a buscar una rápida aproximación a las Juntas de notables del Reyno, pero ellas afianzaron, también, el poder de los españoles en la misma provincia de Popayán, en el Chocó, Pasto y sobre todo en el Patía, cuyas gentes « eran en la mayor parte - dice Restrepo - negros y mulatos », y provocaron graves traumatismos sociales en la Provincia de Antioquia, en donde las frecuentes rebeliones de esclavos obligaron al momposino Juan del Corral, al encargarse del Gobierno en la provincia antioqueña, a proponer un sistema de abolición gradual de la esclavitud, destinado a contrarrestar la eficaz colaboración que prestaban los esclavos negros a la causa española. Esta propuesta, como habremos de verlo, fue rechazada por la oligarquía criolla granadina y ello contribuyó decisivamente a prolongar el proceso de Independencia y a hacer de él una guerra civil entre granadinos, porque los estratos populares de la población, particularmente los negros y los indios, no regatearon su apoyo al partido peninsular, al verse gravemente lesionados por una política, como la criolla, que se orientaba a disolver sus Resguardos y sólo aceptaba la Independencia como recurso desesperado para aislar a la Nueva Granada de los "libertinos de Francia", cuyas doctrinas favorecían la abolición de la esclavitud y de la trata de negros. Explicablemente el historiador Joaquín Posada Gutiérrez, quien vivió en la época, describía la actitud de los sectores populares de la Nueva Granada en los siguientes términos: He dicho "poblaciones hostiles" porque es preciso que se sepa que la Independencia fue impopular en la generalidad de los habitantes; que... los ejércitos españoles se componían de cuatro quintas partes de los hijos del país; que los indios, en general, fueron tenaces defensores del gobierno del Rey, como que presentían que |tributarios eran más felices que lo que serían como ciudadanos de la República ».

Bien comprendió Nariño, como después lo comprendería Bolívar, que la causa americana no podía continuar identificándose con los intereses y conveniencias de la clase social que, en una época de magnos acontecimientos históricos, sólo ambicionaba crear las condiciones propicias para acentuar la explotación del trabajo de los indios, los esclavos y mestizos que formaban la inmensa masa de la población granadina. Nariño concibió, por ello, el grandioso proyecto, cuya realización le convertiría en el hombre más perseguido de nuestra historia, de expulsar a la oligarquía criolla de los altos mandos políticos, en los cuales se había acampado desde el 20 de julio, y construir un gran Estado Nacional que pudiera recoger las aspiraciones de nuestro pueblo y darle a la sociedad la coherencia que le faltó durante la Colonia, por los privilegios y prerrogativas introducidos en favor de los españoles y de la Metrópoli, coherencia que mal podía lograrse ahora si no se rectificaba el rumbo de una política, como la criolla, orientada a acaparar los beneficios de la nacionalidad para una minoría y a dar a la Nueva Granada la configuración de una Colonia interior, en la cual esa minoría desempeñaba, sin ninguna generosidad, las funciones de nueva Metrópoli.

Para llevar adelante su histórica empresa, debía enfrentarse a la tremenda desigualdad que, en la distribución del poder político, existía en la Nueva Granada, desigualdad en virtud de la cual las mayorías nacionales estaban privadas de todos los medios de expresión, fueran ellos los del sufragio, la representación en los cuerpos colegiados o el uso de los instrumentos de publicidad, porque tales medios habían sido concentrados desde 1810 en manos de una camarilla, que disponía del gobierno a su antojo, controlaba todos los periódicos y había establecido un régimen electoral |ad hoc, que entregaba el completo control del Estado al patriciado criollo.

Nariño comprendió que había llegado el momento de comenzar a proclamar las grandes verdades que se veían condenadas al anonimato, porque el régimen político ideado por los abogados criollos carecía de válvulas de escape y había tapo nado sistemáticamente todos los canales que podían permitir la expresión de la inconformidad popular. Su glorioso pasado de luchador y el hecho de pertenecer a la misma oligarquía que detentaba el poder, le daban una autoridad excepcional y su intervención en la controversia pública iba a provocar, explicablemente, una profunda división de la clase gobernante, parte de la cual acompañaría a Nariño en su generoso intento de representar a la gleba anónima del pueblo granadino, cuyas aspiraciones se habían querido silenciar en aquella hora decisiva de la nacionalidad.

Para romper ese silencio convencional, para denunciar las intimidades de esa mentirosa Arcadia cuyas delicias y virtudes cantaban los de arriba, fundó Nariño el primer órgano periodístico de combate de nuestra historia, "La Bagatela", editada en la Imprenta de Espinosa y cuyo número inicial se entregó al público el día 14 de julio de 1811. « Fue "La Bagatela" - dice Groot - periódico satírico y burlón que redactaba Nariño |y que hacía las delicias del pueblo; y como fue lo primero que se escribió aquí en este género, causó tal impresión en el genio de los santafereños, tan inclinado a la burla, que los viejos, hasta ahora, recuerdan aquella producción como sin igual en su género ».

A partir de este momento la controversia periodística perdió el carácter bobalicón que había sido su distintivo desde 1810 y en Santafé se interrumpió el coro de alabanzas que, al régimen vigente, entonaba una prensa sumisa. Si la situación política dejó de dibujarse con colores de rosa, a los santafereños, en cambio, les fue posible ver de bulto los grandes problemas de la nacionalidad, problemas que no habían desaparecido porque la prensa de la oligarquía fingiera ignorarlos. Nariño comenzó por pedir, en su periódico, la inmediata declaratoria de Independencia y el desconocimiento de Fernando VII, porque él no estaba resuelto a permitir que aquella extraordinaria coyuntura histórica se malbaratara y sus efectos se redujeran a la simple ocupación de los empleos de la Administración colonial por los patricios criollos. «No hay medio - escribió en "La Bagatela" -; querer ser libres dependiendo de otro gobierno, es una contradicción; con que, o decretar de una vez nuestra independencia, o declarar que hemos nacido para ser eternamente esclavos ». No menos categóricas fueron sus apreciaciones con respecto a la transformación política iniciada por los notables el 20 de julio de 1810: « Nuestra revolución - decía Nariño - no sólo fue necesaria, fue justa, justísima; |pero la justicia de la causa no prueba que las cosas vayan justamente ». Y en la sección, deliciosamente irónica de "La Bagatela", que Nariño titulaba "Carta del filósofo sensible a una dama su amiga", agregaba Nariño: «Les parece (a los gobernantes de la oligarquía) que esto de la libertad es una fiesta de toros, o una buena cosecha a donde todos han de coger sin haber hecho antes ningunos sacrificios... |Parece que lo que hemos querido conquistar no es la libertad sino el mando ». El ataque de Nariño al gobierno de los notables se acentúa con el transcurso de los días, como lo demuestran los siguientes juicios, consignados en la sección "Carta del filósofo sensible a un amigo": «Yo he comparado varias veces, a mis solas -
escribía Nariño -, estos tiempos de revolución a un baile de máscaras: unos vestidos de filósofos, otros de militares, éste con la capa de la virtud, aquél con el traje del patriotismo; la revolución les quita la máscara y vemos todo lo contrario de lo que nos parecía... Todos los días oirás hablar de intrigas, de divisiones, de partidos, de desvergüenzas, y apenas oimos una acción mediana de virtud y patriotismo. Vaya más claro, ni aún lo conocemos. No te puedo citar una sola acción de aquéllas que han hecho producir las antiguas repúblicas... |Pero silos oyeras ¡Cielos Santos! se comen al mundo cuando están fumando en un canapé; todos los grandes hombres del mundo quizá no han hecho la mitad de lo que cacarean estos fumadores... Me avergüenzo, te confieso la verdad, que cuando no te puedo citar un ejemplo de generosidad y desinterés, te pudiera citar un millón de enredos, de chismes, de divisiones, de raterías, |de bravadas envueltas en los lugares comunes del amor a la patria, de sacrificios de sus vidas, de valor guerrero, etc. Mata más enemigos uno de nuestros pisaverdes en una hora con el tiple, o conversando con su mujer, que Gengis Kan en las campañas de la India, o Julio César en la Guerra de las Galias ». Más categóricas aún son las opiniones de Nariño en su editorial "Dictamen sobre el Gobierno de la Nueva Granada", en el cual dice: « |Nada hemos adelantado, hemos mudado de amos, pero no de condición. Las mismas leyes, el mismo gobierno con algunas apariencias de libertad, pero en realidad con los mismos vicios... Los mismos títulos, dignidades, preeminencias y quijotismo en los que mandan; en una palabra, conquistamos nuestra libertad para volver a ser lo que antes éramos ».

Nariño estaba persuadido de que los rápidos progresos realizados por los españoles en la reconquista de la opinión pública granadina sólo podían contrarrestarse eficazmente si se procedía a declarar la Independencia absoluta de España, pero no una Independencia que se tradujera en el simple traspaso del poder al patriciado criollo, odiado por los sectores populares, sino en un auténtico movimiento de liberación, que emancipara al pueblo granadino no sólo de su antigua Metrópoli, sino también de la nueva tiranía de los "descendientes de don Pelayo" y de sus abogados, cuya recortada noción de la patria se había revelado en la conducta seguida por las Juntas de notables desde 1810.

Para derribar el gobierno de la oligarquía le era preciso a Nariño enfrentarse a una serie de |tabús políticos, de los cuales se servían los procuradores de la clase patricia para impedir la revisión de las premisas políticas del régimen vigente. Tal ocurría, por ejemplo, con las nociones de |legalidad y |juridicidad, a las que tempranamente se dio en nuestra, historia una interpretación mágica, a fin de convertirlas en tutoras del espíritu conservador y en centinelas alertas del |statu quo social. Así sucedió desde 1810, porque los criollos no sustituyeron el orden colonial por un orden jurídico que permitiera a la sociedad granadina efectuar los cambios exigidos por los desequilibrios e injusticias heredados de la Colonia, sino que construyeron un andamiaje legal estrictamente acoplado a sus intereses de clase y a continuación procedieron a |propagar el Mito de la sagrada invulnerabilidad de la Ley, a fin de evitar toda modificación de las normas promulgadas por ellos para apuntalar una estructura económica y política en cuyo ámbito se habían tomado la parte del león.

Esta interpretación acomodaticia de la |legalidad sólo perjuicios podía acarrear en una sociedad que, como la granadina, estaba plagada de injusticias, las cuales requerían no la perpetuación del |statu quo, sino el impulso dinámico de una mentalidad progresista y la creación de un marco jurídico flexible que facilitara, en lugar de obstruír, aquellos cambios indispensables para corregir los contrastes sociales que impedían la formación de una recia unidad nacional. « La Ley sola - escribía Nariño - no es bastante si no se facilitan también los remedios contra los asaltos del oro y del valimiento ».

La clase gobernante criolla no quiso, sin embargo, otorgar al orden jurídico el alcance de un conjunto de reglas imparciales de juego, en cuyo ámbito se ofrecían iguales oportunidades a los distintos estratos de la sociedad, sino que prefirió convertirlo en baluarte de un |statu quo en el que se sobrevivían aquellas injusticias del régimen colonial que favorecían el enriquecimiento y la desmedida influencia política del patriciado criollo. A nuestro pueblo y a sus conductores no les quedó, desde entonces, otro recurso que el de rebelarse contra una |legalidad dictada por los poderosos y cuya misión no era garantizar "un gobierno de leyes y no de hombres", como decían pintorescamente sus defensores, sino apuntalar el predominio de la oligarquía más rapaz de Hispanoamérica.

Con Antonio Nariño aparece en la historia nacional el primero de nuestros grandes conductores que no se deja intimidar por el mito de esa legalidad engañosa. Bajo su dirección nuestro pueblo se prepara a conquistar revolucionariamente el poder, y para esa gran batalla cuenta Nariño con la eficaz colaboración de los antiguos Comandos populares organizados por Carbonell, a quien se acababa de excarcelar, por la imposibilidad en que se vieron las autoridades judiciales de seguirle ningún proceso. Don Pedro Groot, Manuela García, don Ignacio de Herrera y Carbonell trabajaron activamente en el mes de agosto de 1811 para restablecer en la Capital el clima revolucionario que determinó la caída del Virrey en las históricas jornadas del 25 de julio y el 13 de agosto de 1810 y las prédicas de estos destacados personeros del pueblo, como los editoriales de "La Bagatela", renovaron en la ciudad el entusiasmo por la Independencia, aletargado en los últimos meses por la equívoca conducta política de la oligarquía criolla. Ellos alertaron al pueblo contra los visibles progresos realizados, en la conquista de la opinión pública, por el partido español, partido que desde Popayán, Pasto, Santa Marta y Maracaibo, estaba preparándose a lanzar una gran ofensiva militar contra las regiones centrales del Reyno, en las cuales imperaban todavía los desprestigiados gobiernos de lo notables.

Después de una etapa de intensa agitación, Nariño y los dirigentes del partido popular pudieron impartir, el 15 de septiembre de 1811, las últimas consignas y las correspondientes instrucciones para llevar a cabo la movilización en masa de todas las gentes de los suburbios de la Capital hacia la Plaza Mayor, y el día 17 se sucedieron graves motines en San Victorino, lo mismo que en Calle Caliente, de manera que la Compañía de Challerde, cuerpo militar compuesto en su mayor parte por españoles, se vio precisada a contener, en el puente de Honda, una manifestación de artesanos que intentaba dirigirse al centro de la ciudad. Algunos de los miembros del Cuerpo Legislativo del Reyno de Cundinamarca y los Ministros del Presidente Lozano le solicitaron, por ello, ordenar la inmediata detención preventiva de Carbonell y de Nariño, suspender las garantías constitucionales y asumir la dictadura a fin de defender las instituciones contra el complot preparado por "los demagogos", y prevenir las amenazas implícitas en la actitud insubordinada de "los guaches", como decían.

Estas solicitudes le fueron reiteradas al señor Lozano por una Comisión especial del Cuerpo Legislativo y ante ella dio el Presidente muestras de su carácter vacilante, de su tendencia a evadir las responsabilidades y a resolver todos los problemas con discursos. Declaró a la Comisión que él carecía de ambiciones y no estaba dispuesto a emplear medios violentos para perpetuarse en el mando, por lo cual había decidido enviar esa misma tarde su dimisión al Congreso. Agregó que tanto él como su familia - la famosa dinastía de los marqueses de San Jorge - habían sido objeto de malévolas insinuaciones; que en la calle se le llamaba "Jorge I", no obstante su despego por los honores y su deseo de retornar pronto a su gabinete de estudio, del cual se le sacó contra su voluntad, por considerarse que sólo él podía unir las voluntades y acallar las pasiones partidistas. Que habiendo fracasado en este empeño, se debía proceder a nombrarle un sucesor capaz de comprender, mejor que él, las tendencias políticas del momento y de con jurar los gravísimos peligros que, para el orden social, se percibían ya en el horizonte.

La decisión del señor Lozano, como los términos en que ella fue presentada, causaron general desconcierto y los principales voceros de la camarilla gobernante, con don Camilo Torres a la cabeza, declararon al Presidente que su renuncia aceleraría el desencadenamiento del desorden y facilitaría el triunfo de Nariño y de Carbonell, porque en circunstancias tan críticas era imposible hallar una persona qué reuniera, como reunía el ilustre vástago del marquesado, todas las voluntades de la clase gobernante. Insistentemente se le pidió, por eso, aplazar el envío de su dimisión al Congreso y después de prolongados debates y no pocos ruegos se obtuvo, que el señor Lozano no diera curso a la anunciada renuncia, aunque fue imposible llegar a acuerdo ninguno con respecto a las medidas de seguridad que convenía decretar para atender a la oportuna defensa del orden público en la Capital.

La confusión y el desconcierto que reinaba en el Gobierno facilitaron los proyectos del partido popular y ofrecieron nuevos estímulos a la creciente inconformidad del pueblo de Santafé, convencido ya de que nada bueno debía esperar de la conducta política del patriciado criollo. Nariño y Carbonell prestaron, en consecuencia, particular atención a las ventajosas condiciones que existían en las Fuerzas Armadas de la Capital, profundamente divididas por la equívoca conducta del Gobierno, inclinado a favorecer a los oficiales españoles del antiguo régimen y mantener bajo su mando a los cuerpos militares claves de la ciudad. Ello explica por qué no les fue difícil a Manuel García, Pedro Groot y Carbonell obtener de los oficiales patriotas la promesa de que se mantendrían neutrales en los acontecimientos próximos o intervendrían en favor del pueblo, con las tropas a su mando, si las Compañías de oficialidad española intentaban actuar en defensa del Gobierno. Conseguida esta garantía, que restaba toda eficacia represiva a la guarnición de la Capital, se acordó, en junta celebrada en casa de Nariño, señalar la fecha del 19 de septiembre para efectuar la gran movilización del pueblo, movilización cuyo objeto sería provocar el definitivo derrumbe del régimen de casta establecido en Santafé desde el 20 de julio. De igual manera se decidió que en dicha fecha se publicaría una edición extraordinaria de "La Bagatela" y en ella denunciaría Nariño la equívoca conducta del Gobierno con respecto del partido español y su indiferencia culpable ante los rápidos progresos que él venía realizando para reconquistar la opinión pública granadina.

El comportamiento vacilante del señor Lozano, quien se reveló entonces como el eslabón débil del sistema imperante, y la visible división de las Fuerzas Armadas, explican la facilidad con que el día 19 de septiembre, desde las ocho de la mañana, se inició la rápida movilización de los habitantes de los barrios populares de Santafé hacia la Plaza Mayor y el regocijo con que fue recibida la edición extraordinaria de "La Bagatela", distribuida entre la multitud por los artesanos, fijada desde la madrugada en los muros de las principales esquinas de la Capital y leída por oradores improvisados a los grupos que avanzaban hacia el centro de la ciudad, a la manera de innumerables afluentes que ensanchaban la gran masa de un pueblo, resuelto a defender su derecho, a participar en los beneficios de la nacionalidad. El cronista Caballero, en las anotaciones que consignó en su Diario sobre los sucesos de este día, dice: « Se llenó la plaza de gente ».

El histórico editorial de Nariño en "La Bagatela" se titulaba "Noticias muy gordas" y en él invitaba al pueblo de Santafé a reasumir la personería del magno movimiento de la Independencia, gravemente frustrado por la política hostil de la camarilla gobernante, política que se orientaba a esperar el desenlace de la crisis española para negociar con Femando VII un compromiso favorable a los criollos. «De Cartagena - decía Nariño en su edición extraordinaria - escriben que se han recibido allí varias cartas de La Habana exhortándolos a la esclavitud; que los oidores de Santafé se están reuniendo en Audiencia y aguardan al Virrey Pérez para venir a Santa Marta; que mantienen correspondencia con aquellas dos plazas y esta ciudad (Santafé). Entre tanto nosotros estamos divididos sutilizando y disputando puntos subalternos, |ambicionando empleos, queriendo preeminencias, y animando a nuestros enemigos con nuestras escolásticas conclusiones. ¡Herederos pródigos, no sabemos hacer uso de un bien que se nos ha venido a las manos sin trabajo! Mientras nuestros enemigos afilan la espada para degollarnos, los diputados al Congreso se entretienen en buscar el lugar donde deben figurar, ventilan cuestiones teológicas y registran los autores que tratan de Cisma... Por el norte sabemos que Cúcuta está resuelta a unirse a Maracaibo, y la toma de Pamplona y de Girón será el resultado de las primeras operaciones de nuestros enemigos por aquel lado. De Popayán por el sur, ningún aspecto favorable presentan las cosas. Se ignora el estado de Quito y sólo se sabe que Tacón ha tomado las medidas más enérgicas para hacerse a dinero, ganado y tropas... Y nosotros ¿cómo estamos? Dios lo sabe; |cacareando y alborotando el mundo con un solo huevo que hemos puesto. ¿Qué medidas, qué providencias se toman en el estado de peligro en que se halla la patria? Fuera paños calientes y discusiones pueriles; fuera esperanzas quiméricas, hijas de la pereza y de esa confianza estúpida que nos va a envolver de nuevo en las cadenas... La patria no se salva con palabras ni con alegar la justicia de nuestra causa. La hemos emprendido, ¿la creemos justa y necesaria? Pues a ello; vencer o morir, y contestar los argumentos con las bayoneta ¿Habrá todavía almas tan crédulas que piensen escapar del cuchillo si volvemos a ser subyugados? Que no se engañen; somos insurgentes, rebeldes, traidores; y a los traidores, insurgentes y rebeldes se les castiga como a tales. |Desengáñense los hipócritas que nos rodean; caerán sin misericordia bajo la espada de la venganza española, porque nuestros conquistadones no vendrán a disputar con palabras como nosotros... No hay, pues, más esperanzas que la energía y firmeza del Gobierno. Al americano, al europeo, al demonio que se oponga a nuestra libertad, tratarlo como nos han de tratar si la perdemos. Que no haya fueros, privilegios ni consideraciones; al que no se declare abiertamente con sus opiniones, con su dinero y con su persona a sostener nuestra causa, se debe declarar enemigo público y castigarlo como tal. Esos egoístas, esos tibios, esos embrolladores son mil veces peores que los que abiertamente se declaren en contra. Al que no quiera ser libre con nosotros, que se vaya; pero al que se quede y no sostenga nuestra causa con calor, que le caiga encima todo el peso de la ley».

Hacia las once de la mañana la conmoción popular había adquirido caracteres verdaderamente revolucionarios y en la plaza una densa multitud exigía, con voces airadas, la inmediata renuncia del señor Lozano, al tiempo que partidas de artesanos armados ocupaban los centros claves de la Capital. Carbonell y numerosos oradores pidieron al pueblo mantener paralizada la ciudad hasta tanto se cayera el gobierno de los notables, y grupos de exaltados comenzaron a recorrer las calles dando ¡vivas! a Nariño y ¡abajos! a los explotadores del pueblo, lo cual determinó el rápido cierre de los almacenes, casas y tiendas y obligó a los patricios, como ocurrió el 20 de julio, a ocultarse en sus residencias. Refiriéndose a los principales jefes del motín dice el historiador Restrepo: «Don Pedro Groot, don José María Carbonell, don Manuel Pardo, y otros que eran amigos y partidarios de Nariño, hicieron gran papel en las escenas revolucionarias del 19 de septiembre».

Hacia las doce del día la situación adquirió mayor gravedad porque las primeras filas de la multitud reunida en la plaza iniciaron el ataque al llamado Palacio de los Virreyes, donde se suponía que estaba el señor Lozano -aunque éste se encontraba encerrado en su casa- y ello indujo a los más decididos miembros del Gabinete Ejecutivo, justamente alarmados, a trasladarse a los Cuarteles, a fin de conseguir que las tropas despejaran la plaza y pusieran término al motín. Allí les esperaba la sorpresa de ver a los soldados y oficiales granadino deliberando y se les acusó de estar vendidos a los españoles y de ser |regentistas. «Con el rifle al hombro -dice el historiador Vejarano-. los regimientos llamados Nacionales, Patriotas, Artillería y Milicias aclaman sin cesar a Nariño, mientras que a Lozano lo sostiene.., su guardia personal».

Cuando Nariño supo que la multitud había comenzado el asalto al Palacio de los Virreyes, creyó llegado el momento de proponer una solución que facilitara el cambio de Gobierno sin una sangrienta hecatombe social y por conducto de Carbonell y de Groot dio la consigna de que se estimulara al pueblo a solicitar la inmediata convocatoria de la Representación Nacional, prevista por la Constitución vigente para casos de extremada gravedad. « Los demagogos numerosos que había entonces en la Capital -dice el historiador Restrepo- pidieron al Senado Conservador que convocara la Representación Nacional, o reunión de los poderes legislativo, ejecutivo judicial».

El se Lozano y los principales miembros del Senado de Cundinamarca fueron consultados por los Ministros que habían tratado, vanamente, de obtener la salida del ejército a la plaza y no bien conoció Lozano la situación anómala que reinaba en los cuarteles, convino en la convocatoria de la Representación Nacional y anunció a su Gabinete, reunido en la casa de los Marqueses de San Jorge, que asistiría a la Asamblea de los Poderes Públicos para explicar su conducta y justificarse de los cargos que se le formulaban.

Aunque los jefes del partido popular se esforzaron por mantener el orden en la plaza, a fin de permitir la entrada tranquila, en el Palacio de los Virreyes, de los miembros de la Asamblea de los Poderes Públicos, sólo consiguieron su propósito en forma muy relativa, dada la exaltación de los ánimos, y tanto el señor Lozano como los principales abogados de la oligarquía fueron recibidos con amenazas y un insultante vocerío cuando se aproximaron, hacia las dos de la tarde, a las puertas de la antigua mansión de los Reyes.

Aunque la propuesta de Nariño había interrumpido transitoriamente el asalto al edificio del Gobierno, la tormenta revolucionaria se renovó en la plaza cuando se supo que la llamada Representación Nacional pretendía deliberar a puerta cerrada, en Junta de notables, y que a don José María Carbonell y a don Pedro Groot se les había impedido la entrada a la sala del Palacio, donde estaba reunida la plana mayor de la clase gobernante criolla. La ira popular se desbordó entonces, la multitud impidió cerrar las puertas del edificio e invadió el primer piso, de manera que algunos minutos después grupos exaltados, dirigidos por Pedro Groot, irrumpieron en el recinto donde estaba reunida la Representación Nacional, exigieron la inmediata dimisión del Presidente y acallaron con grandes gritos al mismo señor Lozano, quien acababa de comenzar su discurso de explicaciones. Nuestros historiadores clásicos refieren la dramática escena con distinto énfasis, pero en sus relatos se conservan, no obstante, los elementos esenciales de estos decisivos acontecimientos. Don José Manuel Restrepo, notoriamente hostil a Nariño, dice al respecto: « Los corifeos del movimiento se apoderaron del salón en que se reunían los miembros de los tres poderes, lo que se verificaba en el antiguo Palacio de los Virreyes. En vez de pedir medidas para salvar la patria, entre ellas la instalación del Congreso del Reyno, los que sé titulaban |pueblo soberano comenzaron un furioso ata que contra la administración del Presidente Lozano, acusándolo públicamente de que no miraba por la prosperidad de la Capital, y haciéndole otros varios cargos infundados; sólo uno era cierto: su debilidad. Allí acabó de confirmarla; pues en vez de dar órdenes a los militares de que disipasen el tumulto, aún por la fuerza (ya vimos por qué no lo hizo), para que la Representación Nacional pudiera deliberar con libertad y decoro, se abatió a contestar las acusaciones que le hicieron algunos del pueblo, entre ellos don Pedro Groot, tan brusca e incivilmente que habló desde la puerta con sombrero puesto y embozado en su capa. Animados con la impunidad de tan pernicioso ejemplo, |los demagogos aumentaron los insultos, de modo que Lozano repitió la renuncia que antes había hecho de la Presidencia ». El historiador José Manuel Groot refiere la escena en estilo más lacónico, pero su relato registra los factores reales que determinaron la caída del Gobierno el 19 de septiembre: «La Representación Nacional - dice - admitió la renuncia del Presidente, |intimidada por el populacho y por los militares, todos dirigidos por los jefes del partido nariñista ».

Aunque la Asamblea se vio forzada a aceptar la renuncia del hijo del Marqués de San Jorge, trató de salvar, no obstante, el régimen de casta que imperaba en la Capital y solicitó al Vicepresidente, don José María Domínguez, asumir inmediatamente el mando. Esta decisión dio motivo para que e reno varan las demostraciones de descontento y la multitud, ya prácticamente dueña del edificio, exigió también la dimisión de Domínguez, amenazando, de lo contrarió, con disolver violentamente la Asamblea Parece que los artesanos mostraron sus cuchillo y que muchos de los presentes fueron agredidos de palabra por la turba exaltada. Aterrados los miembros de la Representación Nacional por la amenaza que los cercaba, aceptaron la renuncia presentada por el Vicepresidente y entonces se comenzó a escuchar, tanto en el recinto como en la plaza, el grito unánime ¡Nariño Presidente! ¡Nariño Presidente! En medio de este tumulto ensordecedor « fue preciso comenta el historiador Groot nombrar por Presidente al ídolo del |pueblo soberano, traductor de |Los Derecho del Hombre y autor de "La Bagatela" ».

Mientras el pueblo de Santafé obligaba a aquella Asamblea de notables aterrorizados a elegir a Nariño Presidente de Cundinamarca don José María Carbonell, seguido por un considerable grupo de artesanos, se encaminó a la residencia del Precursor y un tiempo después se presentó Nariño, escoltado por Carbonell y sus amigos, en la Plaza Mayor, donde fue recibido con una de las más formidables ovaciones populares que registra nuestra historia. En la personalidad Política de Nariño se sintetizaban, en ese glorioso momento, todas las aspiraciones de un pueblo que había contemplado atónito, desde el 20 de julio, cómo una casta soberbia se empeñaba en frustrar el magno movimiento de la Independencia nacional y en servirse del poder político para conservar las injustas instituciones de la Colonia que la favorecían y derogar aquellas otras que ofrecían alguna protección a los humildes y a los desheredados. ¡Nariño! ¡Nariño! era el grito que pronunciaban emocionadas miles de gargantas cuando el gran luchador y el más grande de los próceres colombianos caminaba hacia el. Palacio de Gobierno por la estrecha calle que le abrió la multitud. Todas las amarguras y padecimientos que sufrió Nariño en las sombrías prisiones españolas encontraban ahora su suprema compensación en el delirante homenaje de un pueblo, en la emoción que advertía en las miradas de los humildes artesanos y en la ternura con que lo vivaban las mujeres de "la chusma", muchas de las cuales se le aproximaban para abrazarlo devotamente.

Una escena muy distinta debía representarse en el interior del Palacio Virreynal, cuando Nariño acompañado por Carbonell, Manuel García y Manuel Pardo, entró en la sala donde estaba reunida la Asamblea de los Poderes Públicos Allí se hallaban congregados todos sus antiguos enemigos; allí le esperaban quienes prolongaron deliberadamente su prisión en Cartagena y pretendieron reabrir los procesos que le siguieron las autoridades españolas; allí estaba la plana mayor de la oligarquía, por fin vencida y acorralada por un pueblo que había dado un audaz paso en el camino de su liberación. Gracias a Nariño, el poder político había abandonado el recinto de las tertulias de notables para descender al ágora popular y recoger allí las esperanzas y los anhelos de la gleba anónima, sin cuya comprensión la nacionalidad resulta una sarcástica burla y la Patria se parece a un coto de caza para minorías rapaces. Entre Nariño y ese Colegio de Procuradores de la oligarquía se interponía la frontera trazada por un gran conflicto social y en aquel reducido recinto se enfrentaron, a la manera de dos poderes hostiles, el caudillo del pueblo y los personeros de esa casta privilegiada que había intentado convertir la libertad en sórdido salvoconducto para oprimir a los desheredados.

No quiso Nariño, ni por un momento, permitir que se le supusiera identificado con la legalidad dictada por los "descendientes de don Pelayo" y en medio de atronadores aplausos declaró a la Asamblea que sólo aceptaría el mando si se le facultaba ampliamente para derogar los artículos de la Constitución del Reyno de Cundinamarca que juzgara incompatibles con aquel magno movimiento popular, del cual era simple intérprete y vocero. Mal pedía Nariño resignarse a quedar atado por una Constitución que establecía la Monarquía de Fernando VII, privaba al pueblo de toda ingerencia en la administración pública y cuya estructura impedía al Gobierno efectuar oportuna y eficazmente los preparativos militares indispensables para organizar la resistencia contra España y convertía a un grupo de privilegiados en una potencia superior al Estado, dotando a ese grupo de poderes jurídicos eficaces para frustrar cualquiera acción del Gobierno en defensa de los humildes. La exigencia de Nariño, que por su naturaleza implicaba el desmoronamiento de los baluartes construidos desde el 20 de julio para garantizar el monopolio del poder a la aristocracia criolla, causó tenaces resistencias en la Asamblea y sólo la actitud amenazadora de las turbas y el temor de los notables ante las previsibles consecuencias de un súbito desborde revolucionario, vencieron la oposición y obligaron a la Asamblea a convenir en las medidas que así describe el historiador Restrepo: « Fuéle concedido (a Nariño) cuanto pidió, y la Representación Nacional echó por tierra la Constitución ».

No bien obtuvo Nariño las amplísimas autorizaciones que había solicitado, abandonó el recinto y seguido de la multitud se encaminó a los principales cuarteles de la Capital, donde los soldados, no siempre en completo acuerdo con la oficialidad le recibieron con grandes ovaciones y le ofrecieron su irrestricta adhesión. Pudo, por ello, remover a los comandantes cuyos vínculos con la causa española eran más notorios y disponer, como lo hizo, la disolución inmediata de la famosa Compañía de Challerde, «la que se quitó ese mismo día - dice el cronista Caballero - y pasaron la mitad (de sus efectivos) a Nacionales y los otros al Regimiento Provincial ». Con sobrada razón escribió don Bernardo J. Caycedo: «Esa Patria fue Boba no por Nariño, sino a pesar de Nariño »

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