Para justificar el desconocimiento del Consejo de Regencia, que
los vocales juraron acatar en los días 20 y 21, se utilizaron
variadas explicaciones y entre ellas vale la pena mencionar el
empleo acomodaticio que se hizo de las diferencias establecidas,
por Aristóteles y Santo Tomás, entre los conceptos de
|sustancia
y accidente. En el periódico "Aviso al Publico" se resume, de
la siguiente manera, la doctrina empleada por la Junta Suprema para
desconocer sus compromisos anteriores: « El juramento que hemos
hecho - dice - es el de reconocer al señor don Fernando VII por
nuestro Rey: a éste estamos obligados y daremos por él la vida;
esta es la
|sustancia de nuestra promesa y la sostendremos
hasta la muerte. El reconocimiento del Consejo de Regencia es un
puro
|accidente; a éste no estamos obligados, según dice
Santo Tomás... ¿Quién no ve que el Consejo de Regencia y su
reconocimiento son un puro
|accidente respecto de Fernando
VII y del Juramento de fidelidad que le prestamos? El tal Consejo
tiene dependencia de su autoridad (la ley del Rey Fernando); la
autoridad soberana puede existir y existe sin el tal Consejo de
Regencia ».
En los días siguientes la Junta consiguió mantener, con relativa
normalidad el control del orden público, gracias a la vigilancia de
la Caballería y a las actividades de tipo religioso que se
ordenaron en todas las iglesias, con la evidente intención de
frenar la dinámica revolucionaria de la inconformidad popular. Los
destacados eclesiásticos que pertenecían a la Junta y
particularmente el Arcediano Juan Bautista Pey, hermano del
Vicepresidente, lograron que el clero de la Capital prestara su
apoyo a la clase gobernante, de manera que los sermones de los
párrocos, los oficios religiosos y hasta las procesiones, llegaron
a convertirse en instrumentos políticos de los notables, los que
retornaron tan oportunos servicios con despliegues de sumisión ante
los altos prelados, a quienes fue imposible dejar de advertir el
contraste que existía entre la conducta de los antiguos
funcionarios de la Corona, defensores celosos de las prerrogativas
del Patronato Real, y el comportamiento dócil de las nuevas
autoridades, cuyos personeros, comenzando por el Vicepresidente Pey
y don Camilo Torres, no perdían ocasión de postrarse ante los
jerarcas, para besarles la mano o el anillo simbólico de su
dignidad eclesiástica.
Así consiguieron los notables criollos, valiéndose de la vanidad
de algunos sacerdotes mundanos, altamente situados en la Jerarquía
eclesiástica, empujar a la Iglesia granadina al campo de los
privilegiados, con notable perjuicio para su altísima misión de
defensora de oficio de los humildes. Resumiendo las actividades de
la Junta en este sentido, dice el historiador José Manuel Groot:
«El 29 de julio la
|Suprema Junta y el
|Gobierno
|Eclesiástico celebraron una solemne fiesta de acción de
gracias en la Iglesia Catedral Metropolitana, por el feliz éxito de
la transformación política. El Arcediano doctor don Juan Bautista
Pey cantó la Misa, y el doctor don Santiago Torres y Peña pronunció
la oración gratulatoria. La Junta se presentó de gran etiqueta, con
el Cabildo de la ciudad, Tribunales, comunidades religiosas y
colegios; lo mismo que la clase militar que contaba ya con más
oficiales que soldados, porque todos los jóvenes querían serlo, por
andar con vueltas coloradas y sable al cinto».
El 6 de agosto puede considerarse como un día clave en el
proceso que venimos relatando, porque en esta fecha ordenó la Junta
una extraña ceremonia. « Ese día - refiere el "Diario Político" -
que es el aniversario de la Conquista, se solemnizó con la
asistencia, en cuerpo, de la Suprema Junta. Toda nuestra caballería
y la de la Guardia de honor que fue de los Virreyes, se dejó ver
armada en la carrera. La ceremonia fue de las más solemnes y
lucidas». La conmemoración del "aniversario de la Conquista", a los
quince días del 2 de julio, explica el sentido profundo de la
política criolla, muy poco liberal y nada generoso. ¿Puede alguien
imaginarse, por ejemplo, al pueblo francés celebrando con regocijo,
a los quince días de la toma de la Bastilla, la fundación de la
dinastía de los Capetos? Pero en Santafé era necesario
|conmemorar
|la Conquista, porque el estamento criollo,
cuya capa dirigente se apoderó del Poder el 20 de julio, se
inspiraba en la filosofía de la casta que don Camilo Torres
resumió, en los siguientes términos, en el mal llamado Memorial de
Agravios: «Los naturales (los indios), conquistados y sujetos hoy
al dominio español, son muy pocos o son nada en comparación de los
hijos de europeos que hoy pueblan estas ricas posesiones... Así, no
hay que engañarnos en esta parte;
|tan españoles somos como los
descendientes de don Pelayo y tan acreedores por esta razón a las
distinciones, privilegios y prerrogativas del resto de la nación
española, como los que, salidos de las montañas, expelieron a los
moros». Lo que separaba fundamentalmente a los patricios
criollos de los peninsulares eran las distinciones, privilegios y
prerrogativas" que la Metrópoli se resistió a otorgar a los
primeros con suficiente largueza. Por eso, la revolución terminó
para ellos cuando constituyeron su Junta de Notables y desde
entonces su única preocupación fue impedir que el pueblo, que "los
guarnetas", amenazaran su hegemonía política o pusieran en tela de
juicio las preeminencias sociales a que se juzgaban acreedores, en
su calidad de herederos de los conquistadores y encomenderos.
Explicablemente celebraban, con festejos extraordinarios, la
Conquista y en esos días la Junta encargaba a don Miguel de Pombo
el estudio del problema de los Resguardos y este estudio
desembocaría, como lo veremos en el próximo Capítulo, en la
práctica de una política de despojo de las tierras de los indios,
política cuyas abusivas características habrían hecho sonrojar al
Oidor Moreno y Escandón o a los déspotas de la dinastía
borbónica.
El pueblo de Santafé intuyó, gradualmente, las amenazas que,
para su destino, estaban incubándose en las sesiones de la Junta de
Gobierno, y en los días 7 y 8 de agosto comenzó a levantarse de
nuevo la marejada de la inconformidad popular, sin que bastaran,
para impedirlo, las rondas y el continuo patrullaje de la famosa
Guardia de orejones. Refiriéndose a estas dos fechas dice el
"Diario Político": « Día siete de agosto. La
impetuosidad y energía del pueblo debían sernos sumamente
apreciables, porque sin ella, ¿cómo podríamos haber roto las
cadenas? ; Cómo se hubieran logrado los prodigios de la noche del
20 y de los días posteriores?
|Pero esta fuerza popular se
aumentaba por grados y su expansión podía ser peligrosa... Día
ocho de agosto. La Junta se ocupó en tomar medidas de tranquilidad,
valiéndose de los medios que dictaban la prudencia para calmar las
turbaciones. Hizo comprender a los sujetos que, según noticias,
tenían influjo sobre el pueblo, persuadiéndoles que dirigiesen su
patriotismo a calmar la efervescencia y a evitar las reuniones
populares que impedían a la Junta entregarse a providenciar sobre
los grandes objetos que llamaban su atención.
|Era preciso tentar
todos los caminos de suavidad antes que venir a los medios
rigurosos».
Si la Junta Suprema se preparaba para emplear "medios
rigurosos", no puede decirse que el Club revolucionario de San
Victorino permaneciera inactivo. José María Carbonell y sus amigos
trabajaban incansablemente y en la primera semana de agosto de 1810
terminaron la organización de los barrios populares de la Capital,
de manera que en cada uno se estableció una Junta, dependiente de
la de San Victorino, encargada de mantener el espíritu de rebeldía
y de movilizar las gentes al centro de la ciudad, cuando así lo
dispusieran los jefes del movimiento. Igualmente se formaron
cuadros de artesanos armados, encargados de enfrentarse a los
|orejones y a las milicias regulares, si la Junta Suprema se
decidía a emplear medios coactivos para hacer cumplir el Bando que
prohibía las manifestaciones públicas. Refiriéndose a estos
críticos días, dicen los redactores del "Diario":
« Días 9, 10, 11 12 de agosto. Crecía la inquietud en los ánimos;
las voces sordas, partidos y amenazas que se traslucían, hacían
temer los sucesos que no tardaron en desenvolverse».
El pueblo de Santafé no había dejado de advertir que los
notables criollos se empeñaban, a fin de defender sus privilegios,
en mantener el aparato y las formas externas del antiguo régimen y
ello explica el odio que se despertó entre las multitudes contra el
señor Amar, odio que no había existido anteriormente, y que el
Virrey, por su temperamento bonachón y su conducta tímida, no
merecía. Don Antonio de Amar era, no obstante, un símbolo y contra
los símbolos suelen estrellarse las multitudes que empujan el
devenir de la historia. El pueblo revolucionario de Francia no
sacrificó a Luis XVI y a María Antonieta por puro espíritu de
crueldad, sino por que ellos representaban el orden monárquico y
tenían la vocería de valores sociales y políticos que era
indispensable destruir. El señor Amar no podía, por tanto, escapar
a su destino, con mayor razón cuando que el pueblo de Santafé le
miraba como el aliado de la oligarquía criolla, como el mandatario
que el 20 de julio se negó a permitir el
|Cabildo Abierto, y
concedió, en cambio, el
|Cabildo Extraordinario, que permitió
la formación de un Gobierno de notables. Explicablemente, en los
días 10 y 11 de agosto, el pueblo exigió con imperio que el Virrey
y la Virreyna fueran conducidos a la cárcel común y a ello
respondió la Junta con evasivas, limitándose a hacer circular el
rumor de que ya había nombrado a don Pedro de la Lastra comandante
de la escolta que debía acompañar al Virrey a Cartagena, donde se
embarcaría para España. Este rumor se difundió por la Capital el
día 12 y lejos de calmar al pueblo aumentó su alarma, porque el
señor de la Lastra era uno de los voceros más destacados de la
oligarquía criolla y contaba con escasas simpatías en los estratos
populares de la población, lo cual dio motivo para que esa tarde se
comenzara a decir en Santafé que los notables tenían el proyecto de
sacar al Virrey de la ciudad, a fin de que buscara apoyo militar en
otras provincias del Reyno. En la noche hubo grandes tumultos, el
estado de la exacerbación de los ánimos llegó a grados críticos y
en la Junta Popular se dieron las últimas órdenes para desatar el
nudo de aquella prolongada crisis con una vasta movilización de
masas el día siguiente. Don José María Carbonell pronunció en el
Club Revolucionario de San Victorino, cuyo local se vio colmado de
artesanos, una de sus más grandes oraciones, que terminó con la
consigna destinada a tener tan decisivas consecuencias: ¡El Virrey
a la cárcel!
|¡La Virreyna al Divorcio!
En la mañana del día 13 de agosto de 1810 se palpaba en Santafé
esa tensión eléctrica que suele preceder a las grandes conmociones
revolucionarias. Aunque la Junta tenía fundadas sospechas de que
algo muy serio estaba para suceder, no le fue posible tomar
oportunamente las medidas preventivas del caso, porque sus miembros
no lograron ponerse de acuerdo al discutir la conveniencia de
enviar la Caballería a patrullar los barrios o mantener las fuerzas
militares concentradas en el centro de la ciudad. Cuando los
vocales discutían estas alternativas, se produjo en la plaza un
incidente, cuya naturaleza de el cronista Caballero, testigo
presencial del suceso. « Este día - dice por unas palabras que dijo
el Procurador don Eduardo Pontón,
|sobre que no convenía que
Lastra fuese el conductor para llevar a los ex-virreyes a
Cartagena, le respondió Rica (Joaquín) y se tiraron. El pueblo
se cargó en favor de Pontón, y aunque la Junta lo mandaba a la
cárcel, el pueblo no lo consintió; el tumulto y alboroto fue
grande. En esto don José María Carbonell y otros insistieron al
pueblo para que pidiese que pusiesen al Virrey en la cárcel y le
pusiesen grillos; y a la Virreyna en el Divorcio. Todos lo pedían a
gritos,
|pero es de advertir que los que pedían esto era la gente
baja, pues no se advertía que hubiese gente decente ».
Que la Junta Popular había preparado cuidadosamente la vasta
conmoción social que estalló ese día en Santafé, lo revela la
rapidez con que fue invadido el centro de la ciudad por turbas
exaltadas, que partieron de los barrios de Belén, Las Aguas, San
Victorino y Las Cruces. Carbonell repitió de nuevo la hazaña
política del 20 de julio y hacia el medio día la Plaza estaba
colmada por una gigantesca multitud y las tropas se habían visto
obligadas a replegarse, a fin de proteger las Casas Consistoriales,
los cuarteles, y sobre todo el Tribunal de Cuentas, donde se
encontraba el Virrey. « La fuerza revolucionaria - dice el "Diario
Político" - tomó el mayor incremento en la mañana de este día.
|El pueblo ocupaba toda la gran plaza, no se hablaba sino de
prisiones y arrestos de las personas que parecían sospechosas; todo
se hallaba en la más viva agitación ».
En los primeros momentos la Junta se negó a considerar la
posibilidad de llevar a las cárceles comunes al señor Amar y a la
Virreyna y ello determinó una primera ofensiva de la multitud sobre
el Tribunal de Cuentas, ofensiva que obligó a la Caballería a
efectuar varios simulacros de ataque. para con tener el empuje de
las montoneras populares. Entonces comenzaron a llover piedras
sobre los
|orejones y sus oficiales solicitaron, con urgencia
nuevas instrucciones para afrontar aquella crítica emergencia.
Mientras los vocales deliberaban y el desconcierto se generalizaba
en las Casas Consistoriales una porción de la multitud se aproximó
al edificio del Ayuntamiento, cuyas puertas custodiaban las tropas
con bayoneta calada, y los amotinados comenzaron a lanzar ¡abajos!
a los vocales y regidores de Santafé. Hacia las tres de la tarde la
situación no podía ser más grave, porque ya varios de los soldados
de la Caballería habían sido heridos a piedra y la presión sobre el
Tribunal de Cuentas era insostenible, a menos de permitir a la
Guardia cargar sobre las turbas. Ante la crítica magnitud de la
emergencia, la Junta se vio forzada a ceder por segunda vez y
ordenó a la Caballería trasladar al señor Amar y a su esposa a las
cárceles comunes. « Sacaron al Virrey - dice Caballero - por una
calle formada por un numeroso pueblo y lo condujeron a la cárcel ».
La peor suerte correspondió a doña María Francisca de Amar y
Borbón, por que ella debía recorrer, desde el Convento de la
Enseñanza, un camino más largo para llegar al Divorcio y la
multitud consiguió avasallar la escolta. Cerca de seiscientas
mujeres del pueblo se apoderaron de la Virreyna y se encargaron de
conducirla al Divorcio, la cárcel destinada para las mujeres de la
plebe y de vida alegre. La turba que se adueñó de doña María
Francisca estaba dirigida por Rosalía Contreras, la
|Reimunda, Manuela Camero, Rosa Delgadillo, Juana María,
mujer de Francisco Reyes, Luisa Neusa, Toribia Muñoz, Bárbara
Sánchez, mujer de Pedro Monje, y María, llamada "la
cómica". Se sucedieron entonces las dramáticas escenas
descritas por los cronistas que la presenciaron: « La infame plebe
de mujeres - dice Caballero - se juntaron y pidieron la prisión de
la Virreyna en el Divorcio. Formaron éstas una calle desde el
convento de la Enseñanza hasta la Plaza, que pasaría de seiscientas
mujeres. Como a las cuatro y media la sacaron y aunque la iban
custodiando algunos clérigos y personas de autoridad, no le valió,
pues por debajo se metían las mujeres, y le rasgaron la saya y el
manto, de suerte que se metió en bastante riesgo, porque como las
mujeres, y más atumultadas, no guardan ningún respeto, fue milagro
que llegase viva al Divorcio. Las insolencias que le decían era
para tapar los oidos ». Otro de los testigos presenciales refiere
así la escena: «El Virrey y su esposa fueron insultados de una
manera baja e indigna principalmente la última, de quien se
apoderaron sin respeto por el doctor Rosillo las mujeres más
insolentes de la plebe, llevándola a empellones y puñadas hasta la
prisión, después de haberla hecho caer en el caño de la calle de la
Catedral. Cuando la señora fue encerrada en la prisión, se dio por
bien servida, viéndose libre de las garras de aquellas furias, que
la dejaron con varias contusiones en la cara y brazos ».
Conseguida la prisión del Virrey y de la Virreyna, el pueblo se
dedicó a celebrar en las calles su triunfo, mientras los patricios
criollos y los españoles se ocultaban en sus residencias. Hacia el
atardecer las manifestaciones comenzaron a disolverse y a las nueve
de la noche reinaba en la ciudad un profundo silencio. Sólo en las
Casas Consistoriales se trabajaba activamente, porque allí la Junta
de Gobierno y los jefes de los distintos cuerpos armados,
deliberaban sobre la conducta que debía seguirse después de la
amenazadora exhibición de fuerza realizada por el pueblo ese día.
Las voces que en ocasiones pasadas abogaron por una conducta
prudente, fueron ahogadas entre las protestas y recriminaciones de
quienes solicitaban poner término, de una vez por todas, a la
"intolerante dictadura de los guarnetas insubordinados" y la Junta
resolvió, finalmente, actuar sin contemplaciones. Hasta este
momento la oligarquía criolla había disimulado el espíritu de casta
que informaba al gobierno constituido el 20 de julio, pero los
acontecimientos del 13 de agosto se encargaron de desprestigiar las
actitudes contemporizadoras y la Junta decidió llevar a cabo, al
día siguiente, una gran manifestación de "la nobleza criolla", a
fin de dar respuesta a la inusitada exhibición de poderío realizada
por el "populacho". Esta decisión se complementó, naturalmente, con
las correspondientes órdenes de reforzar la Guardia y ocupar la
Plaza Mayor con las tropas de línea, desde las primeras horas de la
mañana siguiente.
Hacia las once de la mañana del 14 de agosto de 1810 « se juntó
refiere Caballero -
|toda la nobleza en la plaza y pidió a la
Junta que sacara a los ex-virreyes de la prisión y
|los llevara a
Palacio». Si en el día anterior esa misma plaza se había visto
colmada por millares de gentes, hoy la concurrencia era
visiblemente escasa, porque las tropas, ésas sí muy numerosas,
habían ocupado las esquinas, con instrucciones de no permitir la
entrada sino a personas de la alta clase social de Santafé. Los
vocales de la Junta recibieron la manifestación de los notables
desde los balcones del Ayuntamiento y desde ellos habló el
Vicepresidente Pey para aceptar la solicitud de la nobleza y hacer,
como lo hizo, un gran elogio del señor Amar y de la Virreyna.
Después del discurso del Vicepresidente, los miembros de la Junta
descendieron a la Plaza y allí se formaron dos cortejos, como
estaba convenido: uno de ellos, encabezado por el señor Pey, don
Camilo Torres, los vocales de la Junta y los "caballeros
de la nobleza", se dirigió a la cárcel para libertar al
Virrey y presentarle las disculpas del Gobierno y de la sociedad de
la Capital por el "afrentoso atentado" cometido el día anterior.
Mientras tanto las damas distinguidas de Santafé, encabezadas por
doña Francisca Prieto Ricaurte de Torres, esposa de don Camilo,
doña Rafael Isasi de Lozano, Marquesa de San Jorge, doña Mariana
Mendoza de Sanz de Santamaría, doña Antonia Vergara y doña Ventura
Quijano y Venegas de Rivas, se dirigieron a la cárcel del Divorcio,
portando ramos de flores para la Virreyna y, después de libertarla,
acompañaron «ceremoniosamente - dice Abello Salcedo - como en los
tiempos de la Corte, a doña María Francisca de Villanova, del
Divorcio a Palacio. En el trayecto, la numerosa concurrencia que
presenciaba el desfile, batía palmas para acreditar la general
complacencia ». Por su parte, el cronista Caballero, testigo
presencial del homenaje de desagravio a los Virreyes, lo refiere
así: « Fue la Junta a la cárcel y lo sacaron (al Virrey) con una
solemnidad no vista; las señoras fueron al Divorcio y sacaron a la
Virreyna y la condujeron al mismo Palacio.
|Todo el día se
mantuvo la Plaza cercada de tropas de a pie y a caballo sin dejar
entrar a nadie ».
Instalado el señor Amar nuevamente en la residencia de los
mandatarios de España, se le hizo objeto de significativos
homenajes y los vocales de la Junta le insistieron en que se
quedara en Santafé y en Palacio. El Virrey no mostró mucho
entusiasmo en cuanto a su posible permanencia en Santafé, puesto
que ya había sido relevado de su cargo por el mismo Consejo de
Regencia, pero trató, en cambio, de conseguir el desembargo de sus
bienes y una declaración que le libertara de todo cargo, para
emprender inmediatamente su viaje de regreso a España. Los vocales
ofrecieron considerar el asunto próximamente, pero su buena
voluntad no tardó en verse expuesta a las más duras pruebas. Esa
misma noche hubo graves motines en San Victorino y los barrios
altos y la Junta se enteró de que Carbonell había ordenado una gran
manifestación para el día 16, a fin de sacar al Virrey y a la
Virreyna de Palacio reducirlos nuevamente a prisión. Convencidos
los vocales de que la permanencia del señor Amar en Santafé servía
a Carbonell de pretexto para mantener la exaltación de los ánimos,
decidieron reconocer, aunque de mala gana, los hechos cumplidos e
irremediables, y convinieron en la partida del Virrey y de su
esposa, compensándoles con una cuantiosa suma de dinero, como se
ordenó, la inseguridad en que que daban sus bienes embargados. «
Nuestra partida dice el señor Amar en su informe al gobierno
español - se promovió antes de las veinticuatro horas de nuestra
salida de las cárceles para Palacio, y con reserva particular, y
poco antes se nos previno tomásemos este temperamento y las
disposiciones de efectuarlo,
|para evitar una cruel
revolución».
El 15 de agosto, mientras se efectuaba la procesión de Nuestra
Señora del Tránsito, el señor Amar y doña María Francisca salieron
sigilosamente de la Capital y ya libre la Junta de las resistencias
que se había ganado por sus visibles vinculaciones con el Virrey,
pudo consagrarse a afrontar la gran crisis política que amenazaba
la misma estabilidad del gobierno de notables. Las medidas de
represalia, en consecuencia, no se hicieron esperar. El local donde
funcionaba el Club de San Victorino fue ocupado por la Caballería,
su puerta se condenó y el día 16 de agosto, refiere el cronista
Caballero, « se pusieron presos a don José María Carbonell, al
escribano don Manuel García y a don Joaquín Eduardo Pontón
|, por
haber hablado con imperio y haber sido causa que pusieran al Virrey
en la cárcel y a la ex-virreyna en el Divorcio ».