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INDICE
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CAPITULO XXI
LA BATALLA POR LA INDEPENDENCIA
EL RETRATO de Fernando VII. - Fiesta
de Corte. - El huésped incómodo. - Manifestación permanente. - La
Junta Popular. Prohibidas las reuniones públicas. - La guardia
pretoriana de la oligarquía. - Los "orejones". - El 25 de julio. -
Detención del Virrey. - Desconocimiento de la Regencia. - Se
prepara la reacción. - La Iglesia y los criollos. Conmemoración de
la Conquista. - El 13 de agosto. - Victoria popular. - El Virrey
en la cárcel. - Los notables actúan. - La contrarrevolución. -
Prisión de Carbonell.
LOS COMPROMISOS pactados en la noche del 20 de julio no
implicaron, como suele pensarse, una declaración de Independencia,
sino que ellos se limitaron a institucionalizar el gobierno de
responsabilidad compartida entre el Virrey y los grandes voceros
del estamento criollo. En esa alianza, acordada a espaldas del
pueblo, los dos socios se beneficiaban mutuamente: el Virrey
continuaba de Jefe del Gobierno, previa declaración de que el Nuevo
Reyno reconocía a Fernando VII y al Consejo de Regencia de España,
y los notables criollos ingresaban en la Administración, como
miembros de la Junta Suprema, para compartir el poder con quien
representaba a la Corona y servía de símbolo a las relaciones de
dependencia entre los Dominios y la Metrópoli.
A don José María Carbonell no se le ocultaron las vinculaciones
que existían entre la permanencia del Virrey en el Gobierno y la
consolidación de la hegemonía política de la casta criolla
hegemonía que estorbaba todo cambio de la estratificada sociedad
granadina - y se propuso conseguir, por eso, la destitución de los
funcionarios españoles, comenzando por el Virrey, a fin de que la
nueva nacionalidad, independizada de sus amarras coloniales, se
diera un gobierno que fuera el resultado de airear francamente, en
el ágora pública, los alcances y proyecciones del histórico
conflicto entre la oligarquía y el pueblo.
A las ocho de la mañana del día 21 de julio se presentaron en el
edificio del Cabildo las personas designadas por Acevedo Gómez para
integrar la Junta de Gobierno y procedieron a ocuparse de la
cuestión que tenía, para todos, la mayor importancia: el
reconocimiento oficial de la Junta Suprema, que debía
protocolizarse por medio del Juramento que prestaría el Virrey,
comprometiéndose a obedecer los dictados de una entidad de la cual
era Presidente. Si los vocales del nuevo organismo gubernamental
hubieran deseado asumir una posición de independencia frente al
representante de la Corona, lo natural hubiera sido solicitar al
señor Amar que se trasladara a las Casas Consistoriales a prestar
el juramento. No ocurrió así, porque los notables criollos
necesitaban del Virrey y deseaban ganarse su buena voluntad, lo
cual explica la actitud dócil que siguieron en la mañana del 21.
«Formados en dos alas - dice el "Diario Político" - pasaron al
Palacio » Virrey los recibió en la Sala de Audiencias, con la
ceremonia y pompa acostumbradas, y nadie hubiera imaginado, tales
fueron los homenajes y las venias, que los personajes allí
presentes representaran un nuevo orden. El ceremonioso acatamiento
de los patricios criollos, con sus atuendos domingueros y su
pegajosa etiqueta de burgueses con aspiraciones cortesanas, disipó
todo escrúpulo del Virrey, y ante el Vicepresidente de la Junta,
don José Miguel Pey, prestó juramento de obediencia a ella,
empleando, eso sí, la fórmula acordada la noche del 20 de julio,
que establecía el expreso reconocimiento de Fernando VII y del
Consejo de Regencia. Así se comprende la armonía que reinó durante
la ceremonia y la facilidad con que ella se convirtió en ágape
social cuando la Virreyna dispuso traer vino dulce y bizcochos a la
Sala de Audiencias, a fin de dar un carácter más ameno a aquella
reunión en la que parecían canceladas las antiguas discrepancias
del Virrey con los notables criollos.
La alegría y el regocijo que reinaban en Palacio se
interrumpieron súbitamente cuando se supo que grandes
manifestaciones populares, agrupadas por Carbonell y sus amigos en
San Victorino y los barrios altos, avanzaban sobre el centro de la
ciudad, a lo largo de la Calle de La Moneda y de la Calle Real. La
noticia causó general desconcierto y el ágape mañanero se disolvió.
El señor Amar ordenó cerrar las puertas de la mansión virreynal y
los vocales de la Junta se encaminaron a las Casas Consistoriales,
a fin de actuar, por primera vez, como suprema autoridad del Reyno.
Minutos después de reunirse en la Sala del Cabildo, se enteraron
los vocales de que las oleadas de pueblo en marcha hacia la Plaza
Mayor tenían un carácter impresionante por su volumen y obedecían a
consignas altamente peligrosas para la supervivencia de los pactos
celebrados en la noche del 20 de julio. Conocieron también que la
multitud portaba armas y en ella era general el vocerío contra el
Virrey, los Oidores de la Audiencia y los españoles.
A las doce del día la Plaza Mayor se había convertido en el
epicentro de una vasta conmoción republicana y tanto Carbonell como
numerosos oradores improvisados se dirigieron a la Junta de
Gobierno, pidiendo, en términos altivos, la prisión del señor Amar,
de los Oidores Hernández de Alba y Frías y del Regidor Mancilla.
Solicitaron también la excarcelación de los presos condenados por
las autoridades coloniales y la inmediata libertad del Canónigo
Rosillo, detenido en el convento de los Capuchinos. Enfrentada la
Junta a exigencias que afectaban seriamente las bases del acuerdo
pactado con el Oidor Jurado y el Virrey, trató de calmar los
ánimos, de actuar con parsimonia y prudencia, sin conseguir otro
resultado que aumentar la inconformidad popular. Las turbas,
guiadas por Carbonell, comenzaron a obrar por cuenta propia y
gravísimos hechos se cumplieron en Santafé ante la aterrada e
impotente Junta de Notables. Las casas de los Oidores fueron
asaltadas se las saqueó, y sólo la intervención de las milicias y
de algunos miembros del nuevo gobierno, consiguió salvar la vida de
sus dueños. Simultáneamente, otra porción de la multitud se dirigió
al convento de los Capuchinos, libertó al abate Rosillo y lo llevó
en triunfo a la plaza, donde los amotinados realizaron una
desafiante exhibición de poderío. « Cuando el pueblo llegó a la
Plaza - dice el "Diario" - y vio el Palacio del Virrey sin adornos,
mandó que se colgasen inmediatamente y obligó a la Guardia a
presentar las armas y batir marcha ».
Al pueblo de Santafé no se le ocultó entonces que la deseada
emancipación de la Metrópoli perdería sus efectos libertadores si
ella se traducía en el simple acaparamiento del gobierno por la
poderosa oligarquía criolla, y ello explica el carácter radical de
su comportamiento. La trascendencia de la obra realizada por
Carbonell, en Santafé, se descubre en los pasajes consagrados por
los redactores del periódico de la Junta, a comentar los sucesos
del 21 de julio. « El pueblo - dicen - sostenía su puesto y su
firmeza. A cada momento gustaba más de su libertad, conocía más y
más sus derechos, su dignidad y su
|Soberanía. Tomaba aquel
tono imperioso, libre y de Señor.
|Ya no era ese rebaño de
ovejas, ese montón de bestias de carga que solo existía para
obedecer y para sufrir. Pedía, o casi mandaba a la Suprema
Junta la ejecución de muchos artículos... No todas sus peticiones
eran justas. Muchas respiraban sangre y dureza. La Junta Suprema
concedía unas, olvidaba otras; otras, en fin, negaba con
persuaciones...
|Ya muchos ciudadanos ilustrados preveían las
consecuencias a que darían origen las reuniones frecuentes de un
pueblo numeroso y embriagado con la libertad. Se temía que aquellos
esfuerzos, que al principio habían salvado la patria, le fuesen
funestos en los días consecutivos, y deseaban que la Suprema
Autoridad impidiese las reuniones ».
La preocupación de los notables estaba sobradamente justificada
porque la presencia del pueblo en las calles había creado una
situación revolucionaria, cuyos lógicos desarrollos resultaban
incompatibles con los compromisos pactados el 20 de julio. Ese
mismo día, hacia las cinco y media de la tarde, el pueblo hizo una
nueva demostración de fuerza, tanto más afrentosa para la Junta,
cuanto que la futilidad de los pretextos invocados, indicaba que
Carbonell se proponía poner de relieve el carácter precario de las
nuevas autoridades. El pueblo y sus tribunos exigieron, al
atardecer, no sólo la conducción de los Oidores a la cárcel común
sino también que se les hiciera comparecer en los balcones del
Cabildo, una vez les fueran remachados los grillos. No obstante que
la Junta diputó a varios eclesiásticos para hacer desistir a los
amotinados de tan humillante solicitud, las gentes reunidas en la
plaza permanecieron impasibles y « viendo que era preciso
presentarlos - refiere el "Diario Político" - los
eclesiásticos vocales referidos recomendaron moderación; pidieron
que no se les dijesen palabras injuriosas, ni fuesen a arrojar
piedras... La noche se acercaba, y en efecto, se oscureció en estos
debates. El pueblo pidió que se encendiesen bujías y que se
realizasen cuanto antes sus deseos. En efecto, se expusieron estos
dos ministros desgraciados a los ojos de un pueblo ofendido...
Concluida esta escena dolorosa, fueron conducidos a sus respectivos
calabozos ».
Las experiencias de la agitada jornada del 21 de julio, durante
la cual el pueblo consiguió sus primeras victorias contra la Junta
de Notables, demostraron a Carbonell la necesidad de organizar un
Estado Mayor revolucionario, que pudiera competir con los nutridos
cuadros dirigentes del estamento criollo y mantener el entusiasmo
libertario de las multitudes. Para el día 22 fueron convocados, por
él, los jefes de los barrios, los conductores de los artesanos y
los estudiantes de avanzada, a quienes se señaló, como punto de
reunión, un viejo local situado en el barrio de San Victorino. «
Como contrapunto al gobierno paternal que presidía el
Vicepresidente Pey - observa Abello Salcedo - se estableció en el
barrio de San Victorino una
|Junta Popular, bajo la
presidencia del joven y ardoroso patriota don José María Carbonell,
la que se instaló en el patio de una fonda, sin más plan y
actividades que dar rienda suelta a las pasiones que bullían en los
suburbios capitalinos. Esta Junta no era otra cosa que un
|Club
Revolucionario permanente, en donde se pronunciaban las más
disparatadas arengas sobre la
|soberanía popular, el derecho de
los oprimidos, y se esparcían terríficos relatos sobre la vida
y andanzas de los antiguos amos. Allí iniciaron su carrera pública
estudiantes y mozalbetes, quienes más tarde se distinguieron en la
gesta emancipadora, en la magistratura, o rindieron estoicamente la
vida en los patíbulos levantados por los pacificadores en el año 16
».
La Junta Popular se instaló el día 22 y durante toda la tarde y
parte de la noche se debatieron en ella los grandes temas de la
Revolución. Allí combatió Carbonell elocuentemente la solución
pactada el 20 de julio entre la oligarquía criolla y el Virrey,
expuso la necesidad de movilizar al pueblo para conseguir la
inmediata declaratoria de Independencia, la prisión del señor Amar
y el desconocimiento de Fernando VII. En su recinto habló Carbonell
de la "soberanía popular", del "derecho de los oprimidos" e hizo
hincapié en la necesidad de mantener una permanente acción
multitudinaria, a fin de conjurar el peligro de que el movimiento
de Independencia se redujera a un simple traslado del Poder de
manos de los funcionarios de la Corona a la oligarquía de
hacendados, comerciantes y plantadores esclavistas, que andaban
buscando la oportunidad propicia para derogar las Ordenes españolas
que otorgaban alguna protección a los indios y a los desheredados.
Uno de los grandes méritos de Carbonell fue el haber comprendido,
como comprendió, que la nobilísima causa de la Independencia no
tenía para los notables criollos otro sentido que el de una gran
fronda de las clases acaudaladas, empeñadas en desmantelar el
Estado para convertir su libertad de dueños de la riqueza en
abusiva licencia contratos desposeídos y los humildes.
La
|Junta Popular organizada por Carbonell en Santafé
tendría su igual en la famosa
|Sociedad Patriótica de
Caracas, en la cual iniciarían su vida pública los grandes
libertadores. En el Club revolucionario de Caracas, diría Juan
Vicente González: « ¿La anarquía? Esa es la libertad cuando para
huir de la tiranía desata el cinto y desanuda la cabellera ondosa.
¿La anarquía? Cuando los dioses de los débiles, la Desconfianza y
el Pavor, la maldicen, yo caigo de rodillas en su presencia.
Señores: que la anarquía con la antorcha de las furias en la mano,
nos guíe al Congreso para que su humo embriague a los facciosos del
Orden y la sigan por las calles y plazas gritando ¡Libertad! ». En
esa misma Sociedad se levantó el joven Simón Bolívar y situándose
en la oposición a la oligarquía de los "mantuanos"
caraqueños - como lo había hecho Carbonell frente a la oligarquía
criolla santafereña -, pronunció la histórica oración, con la cual
se inaugura su vida pública: « Se discute en el Congreso - dijo -
lo que debía estar decidido. ¿Y qué dicen? Que debemos comenzar con
una Confederación. ¡Como si todos no estuviéramos confederados
contra la tiranía extranjera! ¿Qué nos importa que España venda a
Bonaparte sus esclavos o que los conserve, si estamos resueltos a
ser libres? Estas dudas son tristes efectos de las antiguas
cadenas. Que los grandes proyectos deben prepararse con calma.
¿Trescientos años de calma no bastan? ¿Se quieren otros trescientos
todavía?».
En la Junta Popular de Santafé, como en la Sociedad Patriótica
de Caracas, hicieron su aparición los grandes voceros de la
democracia, los encargados de trasladar al pueblo la soberanía
política y de enfrentarse a las pretensiones de las clases
acaudaladas, a los "descendientes de don Pelayo", a los herederos
criollos de los conquistadores y encomenderos.
El 22 de julio fue un día de aparente calma, de obligada pausa
que ir a la Junta de Notables y al Club Revolucionario de San
Victorino para prepararse, respectivamente, a afrontar el histórico
conflicto que se aproximaba. Al tiempo que en la Junta Popular se
decidía mantener al pueblo en
|manifestación
|permanente hasta conseguir la prisión del Virrey y la
declaratoria de Independencia, los notables criollos, reunidos en
las Casas Consistoriales, acordaban realizar un gran despliegue de
propaganda, a fin de preservar el prestigio de Fernando VII, y
proceder, también, a la organización de unas milicias de confianza
para restablecer el orden. Esta última medida era tanto más
necesaria cuanto que las tropas regulares españolas que el 20 de
julio se pusieron a órdenes de la Junta, contemplaban ahora, no sin
cierto regocijo, los apuros de la oligarquía criolla, que no vaciló
en estimular el desorden cuando él podía convenirle y a la postre
se mostraba aterrada ante los desenvolvimientos lógicos del
movimiento revolucionario de liberación.
Tales antecedentes permiten comprender el curso que siguieron
los acontecimientos el día 23, cuando la Junta de Gobierno,
inspirada por José Miguel Pey y Camilo Torres, tomó la iniciativa,
resuelta a poner término a los "desmanes del pueblo" y a impedir
las actividades revolucionarias de don José María Carbonell. Desde
muy temprano se colocó en los balcones de las Casas Consistoriales,
bajo palio, un enorme retrato del Rey Fernando VII, y se situaron
las milicias regulares en la plaza, como guardia de honor de "la
imagen de nuestro Amado Soberano", según refiere el Diario
Político". Hacia las diez de la mañana se inició la ceremonia,
preparada cuidadosamente, y del Palacio Virreynal salió un desfile,
encabezado por el propio señor Amar, don José Miguel Pey, Camilo
Torres y los vocales principales de la Junta de Gobierno, desfile
que rindió honores al retrato de Fernando VII, mientras una banda
militar tocaba aires marciales de España y las tropas presentaban
las armas. Poco después se dio a conocer, por conducto del
pregonero, el primer Bando de la nueva Junta de Gobierno, cuyo
texto, redactado seguramente por don Camilo Torres, decía: «
Convencido este Cuerpo de los sentimientos con que el pueblo ha
excitado su lealtad en favor de su justa causa, ha resuelto, como
fundamento de la Constitución a que prestará todo el lleno de su
energía, se observen los puntos siguientes: 1º - Sostener y
defender la Religión Católica, Apostólica y Romana, universalmente
recibida por nuestros mayores... 2º - Defender los derechos de
nuestro amable soberano don Fernando VII,
|conservando este Reyno
a su augusta persona hasta que tengamos la feliz suerte de verlo
restituido a un trono de que le arrancó el tirano del mundo
(Napoleón)... 3º - En favor de la tranquilidad pública se prohibe
absolutamente todo espíritu de división como perjudicial en un
tiempo en que la Junta Suprema se ocupa en el reposo y quietud
general;
|exigiendo muy particularmente el amor que debe tener el
pueblo a los españoles europeos, reconociendo en ellos a sus
hermanos conciudadanos, y entendiendo que sobre puntos de tan alta
consideración, la misma Junta tomará las providencias más activas y
vigorosas...
|Con este objeto de la tranquilidad se prohiben
también los toques de campanas extraordinarios, y cualquier otra
alarma que no se haga de orden de la Junta... 4º - El pueblo
pedirá lo que quiera por medio de su Síndico Procurador General en
quien ha puesto su confianza, que aprobará lo que sea justo,
desechando con maduro examen lo que en lugar del beneficio público
engendre la inquietud de los ánimos, o traiga alguna consecuencia
perjudicial... ».
No se crea, sin embargo, que estas precauciones parecieron
bastantes a los vocales de la Junta Suprema. En el mismo Bando, en
su punto sexto, se determinó la creación del Regimiento de
Voluntarios de la Guardia Nacional", cuyo reclutamiento y mandos se
confiaron a don Antonio Baraya y a don Joaquín Ricaurte. Como su
leva organización y disciplina demandaban tiempo y debían someterse
a las ordenanzas militares en vigencia, el mismo día 23 ordenó la
Junta la creación de cuatro Escuadrones de Caballería, compuestos
en su conjunto de seiscientos hombres, los cuales debían reclutarse
entre los hacendados de la Sabana, los famosos "orejones", y sus
mayordomos de confianza, a fin de que custodiaran el orden en la
Capital e impidieran los "desmanes del pueblo". Para comandar esa
famosa Caballería de "Cincinatos que, arrojando el arado volaron a
empuñar la espada" - como dice pomposamente el "Diario Político" -,
fue designado el más respetable y representativo de los grandes
hacendados de la Sabana, don Pantaleón Gutiérrez, casado con la
hija del famoso Oidor Moreno y Escandón, quien en su época propuso,
no obstante su título de Protector de Indios, "demoler" los
Resguardos, y fue uno de los personajes más odiados por los
Comuneros. El principal biógrafo de don Pantaleón, refiriéndose a
su vida familiar en estos días, dice: Aficionados ambos cónyuges a
la quietud campestre, hicieron del predio de
|La Herrera su
morada favorita, estableciendo allí costumbres verdaderamente
patriarcales. En aquella "antigua casa solariega con apariencia de
feudal", como ha dicho un cronista, reclinada en el cerro de
Serrezuela, dominando una hermosa laguna y un valle encerrado entre
pintorescas colinas, hallaban de gracia los transeúntes lecho
cómodo y limpia y bien abastecida mesa ».
A fin de conocer las opiniones políticas de don Pantaleón
Gutiérrez, a quien la Junta confió el mando de la Guardia destinada
a custodiar el orden en la Capital, vamos a citar algunos apartes
de la correspondencia de su hijo, el notable patricio don Gregorio
Gutiérrez Moreno, quien le informaba a don Agustín Gutiérrez, en
días posteriores al 20 de julio, de los sucesos de la Capital. « Si
las cosas hubieran seguido como iban y se habían puesto en los días
que yo estuve fuera - escribía el hijo de don Pantaleón -, a la
fecha creo que no habría Junta,
|por que el pueblo amotinado
había tomado tanto ascendiente y estaba tan sobre sí, que a nadie
respetaba, de manera que de un mes a esta parte hemos estado en
perfectísima anarquía... Los principales autores del desorden y los
que conmovían al pueblo, esparcían
|ideas sediciosas, y entre
ellas la detestable máxima de que en el día no hay distinción de
personas, que todos somos iguales; y para autorizar más su
idea, dicen que uno salió vestido de ruana (Carbonell), paseándose
hombro a hombro con los
|guarnetas, que ya te harás cargo le
seguirían muy gustosos. Así fue que no temió insultar a la Junta en
la misma sala, y formar un pedimento de setenta y tantos artículos,
al cual más descabellado y sanguinario » (19 de agosto de
1810).
La Guardia fue reclutada apresuradamente y para completar el
armamento de los "orejones" se tomaron del Palacio Virreynal "las
numerosas medialunas y lanzas que se hicieron para oprimir a la
ilustre provincia del Socorro en 1781 ". Estas armas servirían
ahora para amedrentar al pueblo de Santafé, que había enarbolado,
bajo la dirección de Carbonell, la bandera libertaria que la
oligarquía criolla entregó, en 1781, en las Capitulaciones de
Zipaquirá.
Como consecuencia de las medidas de prevención adoptadas por la
Junta, el día 24 transcurrió en calma y el 25 la ciudad presentaba
el aspecto de una plaza sitiada. « La caballería - dice el "Diario
Político" - velaba en todos los puntos peligrosos, paseaba las
calles, visitaba el Parque, los cuarteles, las entradas y rodeaba
las cárceles... Se notaba cierto grado de tranquilidad en los
movimientos del pueblo, que no se había observado en los días
precedentes, y aún pareció en este momento semejante a un mar
enfurecido que comenzaba a calmar ». Días después efectuó la
Guardia un desfile militar en Santafé y la descripción que de él
hizo el historiador Groot, nos permite apreciar la composición y
apariencias del ejército que garantizaba, en la Capital, el
gobierno de los notables criollos. « Figúrese el lector - dice
Groot - una columna de hombres a caballo de cuatro en fondo,
armados de lanzas y medialunas; en sillas vaqueras de enorme
tamaño, con rejo a la arción, pellón de lana, arretranca,
pendientes y grandes estribetes de cobre que llamaban de baúl, a
manera de los que usan los turcos, que de ellos los tomarían
nuestros padres; y sobre cada una de esas sillas un
|orejón
con gran ruana de lana listada, calzón corto de gamuza, botas de
lana azul, a manera de medias sin pie; zamarros de cafuche, pañuelo
rabogallo en la cabeza, cuyas puntas salían sobre la espalda;
sombrero de lana con media vara de ala, bajo cuya sombra sé veía
una caraza embarboqueada y requemada. Quinientos hombres de esta
calaña, marchando a medio trote calle arriba de San Juan de Dios,
metían tal ruido con las estriberas que se topaban y rozaban unas
con otras, que aquello era de ver y oir ».
No debe creerse, sin embargo, que Carbonell y la Junta Popular
habían perdido su tiempo o se hallaban intimidados. Desde el día 24
por la tarde Carbonell y sus compañeros se dispersaron por los
barrios de Santafé, con la consigna de alertar a sus habitantes
contra una posible traición de los notables y resueltos a promover
una gran conmoción revolucionaria para conseguir la prisión del
señor Amar y de la Virreyna. «Los que se apellidaban tribunos del
pueblo - observa el mismo historiador Groot - que como ya hemos
dicho eran el croquis de los demagogos que más tarde habían de
venir, instigaban a la plebe contra los anteriores gobernantes y
contra todos los españoles, contando a estas gentes ignorantes
patrañas... Los principales directores de la máquina popular eran:
el escribano García, llamado por antonomasia el
|patriota; el
doctor don Francisco Javier Gómez, alias
|Panela; don José
María Carbonell, el doctor Ignacio de Herrera y otros, Así el
pueblo estaba siempre a disposición de los
|chisperos,
quienes se entendían inmediatamente con ciertos gamonales, maestros
de oficios, carniceros, revendedores y pulperos que tenían a su
disposición las masas para conducirlas a gritar donde era menester
».
En la mañana del día 25, Carbonell y sus amigos hicieron
circular el rumor de que en Palacio se estaban alistando las tropas
y cargando los cañones y esta especie actuó como el fulminante que
puso en combustión los materiales explosivos acumulados en los días
anteriores. Los redactores del "Diario Político" nos dejaron un
adecuado relato de los sucesos del 25 y de la sorpresa que se llevó
la Junta Suprema ante una súbita conmoción popular, que juzgó
imposible después de las drásticas medidas adoptadas para conjurar
el peligro de este tipo de perturbaciones. « En todos los ángulos
de la ciudad - dice el "Diario" - reinaba silencio y tranquilidad.
|De repente se difunde con una velocidad increíble la voz de
que la guardia de honor que aún se conservaba al Virrey Amar, había
cargado con balas sus fusiles; que había muchas armas ocultas en
Palacio; que había también cañones, y que habían oido los golpes
precisos para cargarlos... Un pueblo inmenso se deja ver en las
agitaciones más vivas. Una parte acude al Parque de Artillería,
otra avanza a Palacio, otra, en fin, pide urgentemente a la Junta
el registro de las armas y la seguridad de Amar y de su mujer... La
Junta dudaba, pero conocía que la perplejidad en estas
circunstancias podía tener las más funestas consecuencias y
resolvió acceder a los deseos del pueblo ».
El gobierno ordenó a dos de sus vocales trasladarse a Palacio, a
fin de verificar si eran ciertos los cargos formulados al Virrey, y
los dichos vocales, después de "registrar todos los departamentos
de Palacio, que se franquearon por el Secretario del Virreynato,
don José de Leyva, no hallaron las armas, ni los cañones que se
creía". No obstante que el mismo Vicepresidente Pey informó al
pueblo del carácter infundado de sus temores, los ánimos no se
aquietaron y la multitud, azuzada por Carbonell y sus amigos,
realizó el primer intento de asaltar la mansión virreynal. La Junta
se halló entonces ante la misma crítica alternativa que hubo de
afrontar el señor Amar el 20 de julio. O cedía ante la presión del
pueblo enfurecido u ordenaba a la Caballería despejar la plaza. En
tan apuradas circunstancias, la Junta optó finalmente, por
claudicar y el mismo Virrey convino, de buena gana, en que se le
trasladara al edificio del Tribunal de Cuentas. En todo caso, antes
de sacar al señor Amar de Palacio, la Junta tomó la precaución de
situar la caballería y las tropas regulares en los alrededores de
Palacio y los Comandantes Baraya y Lastra dieron orden de hacer
fuego, a la primera orden, si se intentaba agredir al Virrey. « Un
silencio majestuoso y amenazador - dicen los redactores del
"Diario Político" - reinaba en toda la plaza...
Conducido (Amar) por los tres primeros vocales que hemos nombrado
salió de Palacio y atravesó por medio de las filas del pueblo
armado hasta llegar al Tribunal de Cuentas. La Virreyna le siguió,
acompañada de los tres últimos vocales; manifestando al mismo
tiempo serenidad y firmeza de ánimo, atravesó por entre las filas y
fue conducida al convenio de monjas de Santa Gertrudis... ».
Cuando la multitud, satisfecha de su victoria, comenzó a
dispersarse, la Junta de Gobierno se declaró en sesión permanente,
a fin de considerar las medidas indispensables para evitar, en los
días siguientes, la repetición de sucesos revolucionarios de tanta
gravedad. Se produjeron entonces en su seno las primeras
divisiones, "el choque de opiniones, las dilatadas disputas y otros
desórdenes", de que habla don Ignacio de Herrera. Estas disputas se
originaron en las drásticas medidas propuestas por don Camilo
Torres y el señor Pey para impedir que las manifestaciones y actos
multitudinarios continuaran deteriorando las bases del acuerdo
pactado con el Virrey el 20 de julio. El señor Herrera y don
Emigdio Benítez se negaron a convenir en esta clase de providencias
y declararon francamente que ellos no estaban resueltos a imitar la
conducta de los Oidores Alba y Frías, conducta que los miembros de
la Junta censuraron en otras épocas. Sus argumentos, sin embargo,
no encontraron eco, porque los acuciosos procuradores de la
oligarquía ya habían comenzado a echar por la borda los ideales
políticos que utilizaron cuando se hallaban enfrentados a las
autoridades coloniales. A lo que ayer llamaron Revolución, lo
calificaban ahora de motín subversivo; al Virrey, acusado y
denostado implacablemente por ellos antes del 20 de julio. lo
colmaban ahora de elogios y hacían constar en documentos públicos
"las virtudes y nobles cualidades que adornan a ese distinguido
militar". Quienes en la noche del 20 impusieron una Junta
prefabricada de Gobierno, ahora acusaban a José María Carbonell de
tomarse, sin derecho, la personería del pueblo, y el Vicepresidente
Pey declaraba, en Proclama dada a la publicidad en la tarde del 25:
« Retiraos y que no se oigan más en adelante las tumultuosas voces
|que el pueblo pide; el pueblo dice; el pueblo quiere, cuando
tal vez no es más que un individuo, una pequeña fracción, un
partido, que se aprovecha de vuestra reunión para usurpar vuestro
nombre ».
Explicablemente, las voces de protesta de Herrera y de Benítez
fueron ahogadas en medio de aquella camarilla de notables,
convertida en Junta de Gobierno, y esa misma tarde se acordó
promulgar un nuevo Bando, escrito y firmado por don Camilo Torres y
sancionado por el Vicepresidente Pey. Los apartes principales de
dicho Bando decían: « Convencida la Suprema Junta de que al paso
que nada es más justo que escuchar los clamores del público en la
crisis importante en que nos hallamos, nada es más perjudicial
tampoco que el que se abuse de su nombre respetable... y deseando
conciliar el justo interés que tiene el verdadero público y los
ciudadanos bien intencionados en manifestar cualesquiera medidas
que crean convenientes a su seguridad, con la tranquilidad publica,
que no se puede obtener por medio de tumultos y facciones, y que
antes bien se turba por esas mismas reuniones,
|ha acordado y
ordena se prevenga a toda clase de gente se tranquilicen y retiren
a sus ocupaciones domésticas... Y para que sus clamores y
cualquiera especie de solicitudes que quieran hacer, lleguen a sus
oidos (de la Junta) de un modo decoroso y conveniente, dándoles el
lugar de preferencia que merezcan en medio de las graves atenciones
que hoy llaman su cuidado, determina se entiendan precisamente en
cada barrio, los de su respectivo distrito, con los sujetos que se
van a nombrar; en el de Las Nieves con su párroco y con el vecino
don Ignacio de Umaña; en el de Santa Bárbara con su párroco y con
el doctor don Manuel Ignacio Camacho y Rojas; en San Victorino con
su párroco y con el doctor Felipe Vergara; en la Catedral con su
párroco doctor don Pablo Plata y con el doctor don Domingo
Camacho...
|Bien entendido que las solicitudes que no se dirijan
en estos términos no podrán ser atendidas... Y para que llegue
a noticia de todos se publicará por Bando en el día de mañana y se
fijarán copias de él en las ya dichas parroquias y lugares
acostumbrados. Sala Consistorial de la Junta Suprema de la Capital
del Nuevo Reyno de Granada, julio 25 de 1810. Doctor José Miguel
Pey, Vocal Vicepresidente. Doctor Camilo Torres, Vocal
secretario».
El estamento criollo, que deliberadamente provocó el altercado
entre Morales y Llorente para desatar una conmoción que obligara al
Virrey a cederle parte de su poder, declaraba ahora, por boca de
sus procuradores, que el pueblo no podía pedir en las calles y en
la plaza la declaratoria de Independencia y la destitución de las
autoridades coloniales, sino que
|estas magnas cuestiones de la
nacionalidad debían tratarse como un chico pleito, por medio de
memoriales ante un párroco o un funcionario de confianza de la
Junta!
El 26 de julio transcurrió en relativa quietud, no obstante ser
día de mercado, porque la detención del Virrey apaciguó
considerablemente los ánimos y el pueblo aceptó, con aparente
conformidad, los mandatos del último Bando, leído por el pregonero
en los principales sitios de la ciudad. « Una proclama y un Bando -
dice el "Diario" - restituyeron al campo sus labradores y a los
talleres sus artistas ». Durante la tarde y noche del día 26 pudo
la Junta ocuparse en escuchar, con alguna tranquilidad, el informe
de la comisión designada para visitar los archivos de la Real
Audiencia, como prestar la debida atención a los problemas
planteados por la próxima llegada del Comisionado Regio, don
Antonio Villavicencio, quien había salido de Honda y estaba
aproximándose a Santafé. Por el informe de la Comisión que visitó
los archivos del Acuerdo conoció la Junta el texto de algunas
órdenes reservadas, remitidas por el Consejo de Regencia a las
autoridades del Nuevo Reyno, órdenes que indicaban la hostilidad
del Consejo con respecto a las Juntas de Gobierno constituidas por
los criollos en América y las condenaban como actos subversivos,
que debían sancionarse sin contemplaciones. Igualmente se enteró de
la comunicación "reservadísima" enviada a las autoridades
virreynales por don Antonio Villavicencio, el 20 de mayo de 1810,
comunicación en que les notificaba el nombramiento de don Fran
cisco Javier Venegas como nuevo Virrey del Reyno Granadino, en
reemplazo del señor Amar. Estas informaciones plantearon a la Junta
una serie de complejos e inesperados problemas y acentuaron las
discrepancias que se habían suscitado, en su seno, a propósito de
las medidas de orden público decretadas el día anterior.
La naturaleza de los temas tratados esa noche explica por qué la
sesión se prolongó hasta la madrugada. ¿Se aceptaría al nuevo
Virrey, don Francisco Javier Venegas? Y en caso de hacerlo, ¿en qué
calidad? ¿Como Virrey o como Presidente de la Junta constituida el
20 de julio? Posiblemente se le hubiera reconocido en una de tales
calidades, de no haber mediado los gravísimos motines del día
anterior, que forzaron a la Junta a ordenar la detención del señor
Amar. Tales motines demostraron la imposibilidad de llevar,
pacíficamente, al pueblo de Santafé a reconocer un nuevo Virrey, «
pues no tanto se observa en el pueblo - dice el Acta de ese día -
su detestación hacia las personas de los funcionarios del último
gobierno, cuanto hacia sus dignidades y representaciones, siendo
constante que aborrece hasta los nombres que se daban a los empleos
y trajes con que se condecoraban » La Junta se vio precisada por
tanto, a abocar el problema de fondo, "a resolver si debía o no
continuar esta Junta Suprema en el reconocimiento del Consejo de
Regencia". La cuestión tenía trascendentales implicaciones, porque
el reconocimiento de la Regencia, tal como se había jurado
solemnemente en los días 20 y 21 de julio, conllevaba la aceptación
de la plena autoridad del Comisionado Regio, don Antonio
Villavicencio, y obligaba a recibir, en calidad de tal, al Virrey
Veneges, muy poco parecido a don Antonio de Amar. Como ello
implicaba una posible limitación del poder absoluto de que
actualmente gozaba la Junta, la mayoría de sus vocales se inclinó
en favor de la ruptura con la Regencia, aunque fue imposible
obtener la unanimidad, según lo declara el Acta y se colige de las
declaraciones consignadas por el vocal don Manuel de Pombo en el
llamado "Breve Manifiesto", que su autor redactó en agosto de 1816.
En el punto sexto de dicho Manifiesto dice el señor Pombo:
«Habiéndose propuesto en aquella Junta la moción de que, si había o
no de continuar dependiente del Supremo Consejo de Regencia
establecido en Cádiz y por consiguiente admitirse o no el Virrey
don Francisco Javier Venegas que había nombrado la misma Regencia,
fue mi opinión por la afirmativa; e hice en consorcio de los
doctores don Tomás Tenorio y don Camilo de Torres muchos esfuerzos
en favor de esto, y de que fuese también admitido el Ilustrísimo
señor Arzobispo don Juan Bautista Sacristán, que se hallaba en
Cartagena ». (Archivo Nacional, Guerra y Marina, Biblioteca
Nacional, Tomo 135, págs. 87 y ss).
Aunque esta discrepancia de opiniones versaba sobre materias
graves, la cuestión no provocó un serio conflicto en el seno de la
Junta, porque en ella no se descuidaron los intereses de la
oligarquía criolla, y ninguno de los vocales, incluyendo los
disidentes, dejaron de advertir la conveniencia de no comprometerse
con el Consejo de Regencia, hasta no conocer los resultados de la
crisis española y la manera como se resolvía el conflicto con
Napoleón. En la noche del 26 no primó la idea de la Independencia,
sino que se resolvió mantener la intangibilidad de los vínculos con
la Metrópoli a través del expreso reconocimiento de Fernando VII, y
organizar en el Nuevo Reyno un Gobierno con plena representación
del estamento criollo, Gobierno que exigiría al Rey Fernando,
cuando su causa triunfara en España, la idónea representación en
Cortes deseada por los criollos, y la amplia autonomía, en
cuestiones sociales y económicas, que ellos ambicionaban para la
administración local. En la madrugada del 27 se acordó, por
mayoría, que no estaba ya la Junta ni ninguno de sus vocales ligado
con aquel juramento, en cuanto a continuar esta Junta Suprema y el
pueblo que representa,
|subordinados al citado Consejo de
Regencia, o a cualquier otro cuerpo o persona que en defecto de la
de su legítimo Soberano el señor don Fernando VII no sea
proclamado por el voto libre, unánime y general de la nación ». Con
fundamento en esta declaración se dispuso que «se oficie al muy
ilustre Cabildo y señores asociados del Cabildo de Cartagena, para
que haciendo en tender al citado don Francisco Javier Venegas, el
estado de las cosas en esta Capital, según la gradación con que se
han ido encadenando los sucesos, le detenga decorosamente en
aquella plaza ». En el mismo sentido se decidió el caso de
Villaviencio y en el acta se hicieron constar sus cualidades de «
ciudadano de las primeras familias de esta ciudad y hombre ilustre
... Que con estas consideraciones se le haga un recibimiento
correspondiente a ellas,
|al mismo tiempo que diverso del que se
le preparaba... »
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