José María Carbonell nació en Santafé en 1765, contaba entonces
veinticinco años y desempeñaba un modesto empleo en la Expedición
Botánica, empleo que hubo de aceptar cuando sus escasos recursos no
le permitieron continuar los estudios comenzados en el Colegio de
San Bartolomé. Carbonell, tenía, no obstante su juventud, una recia
personalidad de caudillo, sólo parangonable a la de Nariño - a cuyo
partido perteneció más tarde - y su magnífica elocuencia se
alimentaba no de esa cultura superficial, bizantina y
extranjerizante que hacía las delicias de los principales
personajes de la oligarquía criolla, sino de una gran pasión
igualitaria y de la emoción profunda que sentía ante los dolores de
los humildes y la miseria de los oprimidos.
En aquella histórica tarde del 20 de julio, cuando la revuelta
de los oligarcas estaba fracasada, cuando Acevedo luchaba
desesperadamente en el Cabildo y el Virrey y sus consejeros se
limitaban a aguardar el momento de registrar la realidad de este
fracaso, José María Carbonell realizó uno de los actos más
trascendentales de nuestra historia: acompañado de un grupo de
estudiantes y de amigos se encaminó a los arrabales de Santafé, a
las míseras barriadas de extramuros, donde habitaban en guaridas
millares de artesanos, de mendigos, de indios y mulatos, de gente
desesperadas y míseras, y las invitó, con su extraordinaria
elocuencia, a trasladarse al centro de la ciudad para solicitar no
una
|Junta de Notables, sino
|Cabildo Abierto. « Don
José María Carbonell - dice el "Diario Político" - joven ardiente y
de una energía poco común sirvió a la patria en la tarde y en la
noche del 20 de un modo poco común; corría de taller en taller, de
casa en casa; sacaba gentes y aumentaba la masa popular...
Carbonell ponía fuego por su lado al edificio de la tiranía, y
nacido con una constitución sensible y enérgica tocaba en el
entusiasmo y se embriagaba con la libertad que renacía entre sus
manos.
|¡Dichoso si no hubiera padecido vértigos políticos y
cometido imprudencias!».
Hacia las siete de la noche, en la pacífica y casi tranquila
Santafé, comenzó a oirse un rumor sordo, el rumor de las multitudes
en marcha, de las multitudes que desde las afueras de San Victorino
y los arrabales de Egipto, Belén y las Cruces avanzaban hacia el
centro de la ciudad. Montoneras de hombres y mujeres, la "hez del
pueblo", como decían los oligarcas, entraban así en el camino de la
historia, se preparaban a cumplir la cita que les había dado
Carbonell y a decidir - ellos los míseros, ellos los oprimidos, los
plebeyos, la gleba irredenta -, el conflicto en el que habían
fracasado los magnates criollos, los "descendientes de don Pelayo",
los patricios acaudalados del Reyno. « Los ánimos - dice el "Diario
Político" - parecían que tomaban nuevo valor con las tinieblas.
|Olas de pueblo armado refluían de todas partes a la Plaza
principal; todos se agolpaban al Palacio y no se oye otra voz que
¡Cabildo Abierto! ¡Junta! ».
Desde este momento los acontecimientos adquirieron un cariz
distinto, porque habían cambiado también las fuerzas sociales que
les imprimían su dirección peculiar. La multitud que colmaba la
Plaza Mayor hacia las ocho de la noche no era la misma multitud
heterogénea que reaccionó abruptamente cuando a las doce del día se
produjo el altercado entre Morales y Llorente. Ya no eran gentes de
paso, ni los vecinos y vivanderos de la Sabana, sino el pueblo de
los arrabales de Santafé, millares de hombres y mujeres que habían
dejado sus míseras cobachas, donde vivían como fieras olvidadas de
Dios, para volcarse sobre la ciudad. La pálida luz de las antorchas
que portaban, de los escasos faroles del alumbrado público y de la
iluminación que se había preparado en el edificio del Cabildo,
dejaba entrever las caras de los oprimidos, marcadas por la
horrible huella de la miseria, de la desnutrición, de la falta de
esperanza, y bajo las ruanas se asomaban las puntas de los puñales
y los instrumentos cortantes de los artesanos. Sobre todo en las
caras de las mujeres se reflejaba la rebeldía subconsciente que
ellas han sentido siempre, como guardianes tutelares de los valores
de la especie, ante el horrible drama de tener que procrear hijos
para que los devore el infierno de la miseria y de la
injusticia.
En la famosa "Relación Anónima" de la jornada del 20 de julio,
se refiere que "entusiasmado el pueblo con los discursos de don
José María Carbonell se juntaron los Capitulares en la sala" y el
Cabildo "se llenó de gente, de modo que no sé como ha podido
aguantar tanta aquel edificio". Ocurrió la historia de siempre. No
bien el pueblo puso la cara la oligarquía corrió a reclamar sus
privilegios. Acevedo Gómez había luchado solitario en el
Ayuntamiento, había sentido transcurrir, minutos como si fueran
siglos, sin que sus amigos y compañeros de conjura dejaran el
refugio "de los retretes más recónditos de sus casas". Sólo ahora,
cuando la despreciada plebe, cuando los "de ruana" oponían el
sólido poder de su masa a las autoridades coloniales, corrían a
hacerse presentes en el recinto del Cabildo, no para convertirse en
los voceros de ese pueblo que había salvado la revolución, sino
para discutir, en junta de notables, las prebendas y privilegios
que esperaban derivar de una victoria que no les pertenecía.
Comenzó entonces la primera etapa de la batalla entre la
oligarquía y el pueblo, batalla que habría de adquirir
características dramáticas en el curso de los días siguientes. Como
Acevedo Gómez había designado, para integrar la Junta, a la plana
mayor del estamento criollo, Carbonell de modificar esta situación
é insistió en que todas las decisiones se tomaran esa noche en
Cabildo Abierto, lo cual significaba que el pueblo, en uso de su
capacidad deliberante y soberana, habría de nombrar directamente
las nuevas autoridades del Reyno. Tal fue la consigna dada a los
estudiantes y a las multitudes, de manera que a las ocho de la
noche sólo se escuchaba, en la Plaza Mayor, un grito unánime,
salido de miles de gargantas: ¡Cabildo Abierto! Esta consigna, a
diferencia de lo que suponen muchos historiadores, constituía una
advertencia amenazadora, no sólo para las autoridades virreynales,
sino muy particularmente para la oligarquía criolla, empeñada en
que todas las decisiones las tomara privativamente el Cabildo de
Santafé, sin permitir al pueblo desempeñar otra función que la de
mudo espectador de la comedia de los notables.
El inquietante vocerío de la multitud obligó al Ayuntamiento a
convenir, como transacción, en que se solicitara permiso al Virrey
para instalar el Cabildo Abierto y al recibirse la rotunda negativa
del señor Amar, Carbonell resolvió actuar por su cuenta y sin
contar con el Ayuntamiento de manera que él y sus amigos se
dispersaron por la ciudad y acudieron a un expediente que puso en
conmoción a la Capital: entraron a las iglesias y con el
consentimiento de los párrocos o sin ese consentimiento, echaron
las campanas al vuelo. « Hizo el pueblo - dice el "Diario Político"
- tocar fuego en la Catedral y en todas las iglesias, para llamar
de todos los puestos de la ciudad el que faltaba. Estos clamores,
en todo tiempo horrorosos, llevaron la consternación y el espanto a
todos los funcionarios del Gobierno. Tembló el Virrey en su
Palacio... ».
Según los relatos de la época, hacia las ocho de la noche, había
más de nueve mil personas en la plaza, lo cual significaba que
cerca de la mitad de la población de Santafé estaba participando en
aquella histórica jornada. Respaldado por esa multitud, Carbonell
resolvió q pueblo y no el Ayuntamiento de Santafé pidiera el
Cabildo Abierto a las autoridades coloniales. « A cada mensaje -
dice el "Diario Político" - y a cada negativa (del Virrey), tomaba
más vigor este pueblo activo y generoso. En fin, comisionó al
doctor don Benedicto Salgar, a don José María Carbonell, don
Antonio Malo, don Salvador Cancino y otros, para que concediese (el
Virrey) el Cabildo Abierto que solicitaba» . En la entrevista se
produjo un violento altercado entre Carbonell y el Virrey y sólo la
prudente intervención del Oidor Jurado logró atenuar el carácter
desagradable de dicha entrevista y conseguir, de Carbonell y sus
compañeros, que se retiraran a esperar, en la plaza, la respuesta
del Virrey. Ya solos el señor Amar y el Oidor Jurado, éste le dijo
al malhumorado mandatario: « Conceda VE. cuanto pida el pueblo si
quiere salvar su vida y sus intereses».
Aunque el vocerío en la plaza era amenazador, el señor Amar se
negó rotundamente a autorizar el Cabildo Abierto, que prácticamente
transfería el poder al pueblo, y ya en retirada y dándose cuenta de
la gravedad de la situación, decidió acudir al mal menor, o sea a
negociar con la oligarquía criolla y no con Carbonell Para el
efecto ordenó a Jurado trasladarse al Ayuntamiento e informar a los
Regidores que autorizaba un
|Cabildo Extraordinario, pero no
|Cabildo Abierto. Lo cual quería decir que el Virrey convenía
en que el Cabildo de Santafé, dominado por la oligarquía criolla,
se reuniera en
|sesión extraordinaria, a fin de tomar las
medidas adecuadas para afrontar aquella gravísima emergencia. En
los últimos apuros - dice el "Diario Político" - se concedió un
Cabildo Extraordinario, pero no Abierto ». No era, pues, el pueblo,
el que tendría la decisión, como en el caso de Cabildo Abierto,
sino los actuales Regidores del Ayuntamiento santafereño, quienes
en los últimos meses habían solicitado la constitución de una Junta
de Gobierno presidida por el Virrey e integrada por los Capitulares
de dicho Cabildo. Puede así comprenderse por qué el Ayuntamiento de
Santafé no se solidarizó con las solicitudes del pueblo reunido en
la plaza y recibió con singular beneplácito la comisión del Oidor
Jurado. Al aceptar Cabildo Extraordinario convenía el Virrey,
implícitamente, en compartir el poder con los notables criollos y
les ofrecía la oportunidad de legalizar la Junta de Gobierno
nombrada esa tarde por Acevedo. Ello explica por qué no existe, en
los relatos que se conocen sobre estos acontecimientos, indicio
ninguno de que los Regidores criollos opusieran la menor
resistencia a la decisión del Virrey.
Comenzaron entonces en la Sala del Ayuntamiento, y, a espaldas
del pueblo, las deliberaciones entre el delegado del Virrey y los
principales dirigentes del estamento criollo. Como la multitud,
agolpada en la plaza, daba muestras de evidente desconfianza contra
el Regimiento de Artillería, en cuyo cuartel esperaba el Coronel
Sámano, y considerables grupos de hombres y mujeres exaltados,
dirigidos por Carbonell, se habían aproximado a los cuarteles y
pedían a la oficialidad, con gritos desafiantes, que rindieran las
armas, tanto Acevedo Gómez como algunos de los Regidores, temerosos
de que se produjera un choque sangriento, decidieron pedir al Oidor
Jurado y al Virrey que pusieran las guarniciones de la Capital a
órdenes del Cabildo, para protección de los Regidores y del mismo
Virrey. « Mientras iban y venían diputaciones - dice el "Diario
Político" - el pueblo hacía movimientos de arrojo y de valor contra
el Parque. Decían: Aunque no lo tomemos, a lo menos impediremos
sacar los cañones contra los que se organizan en la plaza. Una
mujer, cuyo nombre ignoramos y que sentimos no inmortalizar en este
"Diario", reunió a muchas de su sexo, y a su presencia tomó de la
mano a su hijo, le dio la bendición y dijo: ¡Ve a morir con los
hombres! Nosotras las mujeres (volviéndose a las que la rodeaban)
marchemos delante; presentemos nuestros pechos al cañón; que la
metralla descargue sobre nosotras, y los hombres que nos siguen, y
a quienes hemos salvado de la primera descarga, pasen sobre
nuestros cadáveres; que se apoderen de la Artillería y libren la
patria! ». El Oidor Jurado, a fin de evitar un choque entre el
pueblo y las fuerzas armadas, recomendó al Virrey aceptar la
solución propuesta por los patricios criollos, quienes despacharon,
a su vez, emisarios encargados de explicar al señor Amar que su
autoridad de gobernante estaría mejor garantizada si las tropas
recibían órdenes del Cabildo y no de oficiales por quienes el
pueblo tenía manifiesta desconfianza « Se mandó una diputación -
dice el acta del Cabildo - compuesta de los señores doctor Miguel
Pey, don José María Modelo y don Camilo Torres, pidiéndole mandase
poner dicho Parque (el de Artillería) a órdenes de don José de
Ayala. Impuesto S.E. del mensaje, contestó que lejos de dar
providencia ninguna contraria a la salud del pueblo, había
prevenido que la tropa no hiciese el menor movimiento,
|y que
bajo de esta confianza viese el Cabildo qué nuevas medidas quería
tomar en esta parte. Se le respondió que los individuos del mismo
descansaban con la mayor confianza en la verdad de S.E., pero que
el pueblo no se aquietaba, sin embargo de habérsele repetido varias
veces desde los balcones por su diputado (Acevedo) que no tenían
que temer en esta parte, y que era preciso, para lograr su
tranquilidad (la del pueblo) que fuese a encargarse y cuidar de la
Artillería una persona de su satisfacción, que tal era el referido
don José de Ayala. En cuya virtud previno dicho Excelentísimo señor
Virrey que fuese el Mayor de la Plaza don Rafael de Córdoba con el
citado Ayala a dar esta orden al Comandante de Artillería, y así se
ejecutó ». De esta manera consiguió el Cabildo el control de las
guarniciones de la Capital, lo que fortaleció extraordinariamente
su posición. En los días siguientes se descubrirían las ominosas
consecuencias que, para el pueblo, tendría la captura del poder
militar por los mandatario de la oligarquía criolla.
Empezó entonces a tratarse, entre los Regidores y el delegado
del Virrey, la cuestión más conflictiva, aquélla que podía conducir
al entendimiento o a la total ruptura: la constitución de una Junta
Suprema de Gobierno, compuesta por los miembros del Cabildo y las
personalidades designadas esa tarde por Acevedo Gómez. Cuando el
problema le fue planteado a Jurado por don Camilo Torres, el Oidor
no se sintió con autorizaciones bastantes para decidir una cuestión
de tanta trascendencia y así lo manifestó con franqueza al Cabildo,
agregando que él simpatizaba con la solución, pero que le era
imposible aceptarla sin recibir instrucciones expresas del Virrey.
Solicitó, en consecuencia, se le permitiera trasladarse a Palacio
para tratar el asunto con el señor Amar, y ello interrumpió la
armonía que hasta el momento había reinado entre el Oidor y los
Capitulares. La mayoría de los presentes, encabezados por Acevedo
Gómez, se opuso a la salida de Jurado del Cabildo, por comprender
que su presencia constituía el símbolo del reconocimiento, hecho
por el Virrey, de la legitimidad del Cabildo Extraordinario y, por
tanto, se hizo constar en el Acta "que ninguna persona salga del
Congreso (el Cabildo Extraordinario), antes de que quede instalada
la Junta". Como el vocerío del pueblo en la plaza se tornaba cada
vez más amenazador y muchos de los Regidores temían que Carbonell
empujara a la multitud a tomar el Palacio Virreynal por asalto se
adoptó una medida de transacción y se designó a don Antonio Morales
para que se entrevistase con el Virrey, le expusiera la gravedad de
la situación y obtuviera de él las autorizaciones indispensables
para que el Oidor Jurado pudiera instalar la Junta. Morales pasó
inmediatamente a Palacio y allí hubo de enfrentarse a las conocidas
vacilaciones del señor Amar y a la franca resistencia de la
Virreyna, quien se oponía con tenacidad a la autorización de la
Junta. Cansado de ofrecer garantías y de explicar al Virrey que los
criollos eran los más leales y celosos defensores del Trono,
Morales se vio precisado a forzar una decisión, porque la dramática
velocidad de los acontecimientos no permitía nuevas demoras, y le
dijo lacónicamente al Virrey: «Tres partidos se presentan a Vuestra
Excelencia: salir en persona a sosegar un pueblo enfurecido; pasar
personalmente a las Casas Consistoriales; o aumentar las facultades
de Jurado ».
Temeroso el señor Amar de que el pueblo se desbordara y la
dirección del movimiento pasara definitivamente a manos de
Carbonell, cuya peligrosidad había advertido en la entrevista de
esa tarde, renunció a sus últimos escrúpulos y, en pleno acuerdo
con Morales, envió instrucciones al Oidor Jurado para que
autorizara la Junta, siempre que se reconocieran expresamente por
el Cabildo, los derechos de la corona y las relaciones de
dependencia entre los Dominios y la Metrópoli.
Por las correcciones y entrerreglonaduras que se hicieron en el
Acta del Cabildo esa noche, ha podido establecerse que su redacción
inicial fue modificada en el sentido de hacer más expreso el
reconocimiento de Fernando VII y del Consejo de Regencia y dar
importancia especial al nombramiento del Virrey como Presidente de
la Junta Suprema. Tales fueron las bases sobre las que se llegó a
un acuerdo entre el Oidor Jurado y los patricios criollos, quienes
no deseaban la Independencia sino compartir el poder con el Virrey.
Tal era la doctrina de Camilo Torres y los principales juristas de
Santafé, para quienes los vínculos de dependencia entre la
Metrópoli y los Dominios se mantendrían incólumes si España
permitía a "los descendientes de don Pelayo", a los herederos de
los conquistadores y encomenderos, participar en el gobierno de lo
Dominios, en igualdad de condiciones con los españoles. En general,
para las oligarquías criollas de América, la Independencia era una
alternativa sembrada de peligros, y sólo deseable en el caso de que
España fuera dominada por los "libertinos de Francia" y se tratara
de imponer, a las posesiones de Ultramar, las "detestables"
doctrinas de la Revolución Francesa. Por ello, las revueltas que
dirigieron las oligarquías criollas, en 1810, en las capitales
americanas, coincidieron en su adhesión a Fernando VII y al Consejo
de Regencia de Cádiz. Si en México, la única excepción a esta
regla, el movimiento tuvo un sentido claramente separatista e
implicó una franca ruptura con España, ello se debió al carácter
popular de su revolución. Allí el levantamiento no fue un golpe de
Estado dado por la oligarquía desde los Cabildos, sino una
insurrección revolucionaria del pueblo, de los indios, contra las
autoridades coloniales. El 16 de septiembre de 1810 - dice Luis
Alberto Sánchez - en circunstancia de que se hallaba en su iglesia,
subió Hidalgo al púlpito, y, desde ahí, - vivo contraste con los
demás movimientos americanos -, pronunció una encendida arenga
incitando a los feligreses a desconocer la autoridad de España,
exaltando sus sentimientos nacionales, de raza, y de odio a los
españoles. Y al grito de ¡Viva Nuestra Señora de Guadalupe! y
¡Abajo los gachupines!, como se apodaba a los peninsulares, se
inició la rebelión. Fue una verdadera mesnada irregular, pero llena
de fuerza y de arrojo. Nada de Junta conservadora de los derechos
del Rey: antiespañolismo liso y llano. Nada de conspiración de
terratenientes criollos: insurgencia de la gleba indígena y
mestiza. Nada de parlamentos con el Virrey: desconocimiento
absoluto. Nada de laicismo y libertad de cultos: catolicidad
completa. Estas características, tan diferentes, correspondientes a
la realidad mexicana, sorprenden a algunos historiadores, que
califican de manera despectiva las fuerzas de Hidalgo. Pero el
contagio fue tan súbito, el ansia de, libertad tan incontenible,
que pronto fueron ganando una a una sus batallas... De otro lado,
el gran arrastre del cura Hidalgo, hombre de empresa y de fe, se
vio amenazado por la excomunión de que lo hizo víctima el Obispo de
Valladolid, Abad y Queipo, la cual fue repetida en todas las
diócesis del tránsito, así como con la mentirosa pero lesiva
versión
|de que el insurrecto obedecía las órdenes de Napoleón y
estaba vendido a Francia ».
Como a los criollos no les importaba la Independencia sino
compartir el poder con las autoridades coloniales, en el Cabildo de
Santafé pudo el Oidor Jurado, la noche del 20 de julio conseguir
que en el Acta de ese día se dejaran registrados y a salvo los
intereses de la Metrópoli. Fue don Camilo Torres quien se encargó
de defender la jurisdicción del Consejo de Regencia y los derechos
de Fernando VII, dando muestras, desde aquella noche, de la
conducta equívoca que mantendría a lo largo del proceso de
emancipación, conducta a la cual habremos de referirnos
extensamente en los próximos capítulos. « Era don Camilo Torres -
dice Rafael Abello Salcedo en su notable estudio "La Primera
República" - hombre de hogar, de costumbres austeras y hábitos
modestos, no obstante su desahogada posición económica. La leyenda
lo hace aparecer como persona pobre, siendo así que podía dar a
rédito (préstamo con interés) cantidades importantes para la época,
como la de los $ 8.485 que don José González Llorente (el del
florero), cuando abandonó a Santafé, en 1815, ordenó devolverle en
las instrucciones que dejó a su apoderado don Pedro Casís.
|Era
el doctor Torres de carácter retraído sin ser sombrío; hacía gala
de desprendimiento y menosprecio de los honores, pero era sardónico
con quinquiera los alcanzara. Instruido y elocuente en alto
grado, enseñoreaba el foro con su prestigio... Los precursores
Nariño y Alvarez recibieron los dardos de su oratoria y de su
pluma.
|Gran retórico, llegó a convencerse, con sus propios
argumentos, ser él quien poseía la razon en toda
controversia... ».
Fue don Camilo Torres quien, en la noche del 20 de julio, más
eficazmente ayudó al Oidor Jurado a impedir que se tomara cualquier
decisión que pudiera parecerse a una declaración de Independencia,
y fue él, con Frutos Joaquín Gutiérrez y Acevedo Gómez, quienes
impusieron la elección del Virrey como Presidente de la Junta
Suprema. « Recordaron - dice el Acta del 20 de julio - los vocales
Camilo Torres y el señor Regidor don José Acevedo, que en su voto
habían propuesto que se nombrase Presidente de esta Junta Suprema
del Reyno al Excelentísimo señor Teniente General don Antonio Amar
y Borbón; y habiéndose vuelto a discutir el negocio, le hicieron
ver al pueblo con la mayor energía, por el doctor Frutos Joaquín
Gutiérrez, las virtudes y nobles cualidades que adornan a este
distinguido y condecorado militar, y más particularmente
manifestadas en este día y noche,
|en que por la consumada
prudencia se ha terminado una revolución que amenazaba las mayores
catástrofes, atendida la misma multitud del pueblo que ha
concurrido a ella, que pasa de nueve mil personas que se hallan
armadas ».
Una vez electo el señor Amar, se designó Vicepresidente de la
Junta a don José Miguel Pey, hijo del famoso Oidor que ordenó el
desconocimiento de las Capitulaciones otorgadas a los Comuneros y
redactó la famosa Sentencia de muerte contra Galán. A continuación
el Oidor Jurado procedió a instalar solemnemente la Junta de
Gobierno y los vocales presentes juraron no "abdicar los derechos
imprescriptibles de la soberanía del pueblo a otra persona que a la
de su augusto y desgraciado Monarca don Fernando VII" y sujetar
"este nuevo Gobierno a la Superior Junta de Regencia, ínterin
exista en la Península". Para terminar la ceremonia, se recomendó «
muy particularmente al pueblo - dice el Acta - la persona del
Excelentísimo señor don Antonio de Amar ».
Pactado, en el Acta del 20 de julio, el gobierno conjunto de las
autoridades coloniales y los patricios criollos, se produjo
automáticamente un nuevo encuadramiento de fuerzas y sobre las
viejas disputas, que se declararon aquella noche canceladas,
comenzaron a dibujarse las fronteras del conflicto entre una
oligarquía triunfante y un pueblo que buscaba confusamente su
liberación y confiaba en que aquella profunda crisis del orden
colonial no habría de reducirse a simple oportunidad para que las
clases acaudaladas se apoderaran de los centros nerviosos del
Estado.
Hacia las tres de la mañana las notabilidades criollas
celebraban regocijadas su victoria y el pueblo, fatigado por ocho o
nueve horas de espera, comenzaba a retirarse, con la seguridad de
que apenas había comenzado la batalla y de que en los días
siguientes se pondría en juego su destino. Al tiempo que la Junta
de Gobierno declaraba terminada la revolución y consideraba, con
apremio, las precauciones indispensables para imponer el orden en
los próximos días, don José María Carbonell tomaba las medidas del
caso para que el pueblo se mantuviera en
|manifestación
permanente desde las once de la mañana del día 21 de julio.
Carbonell no estaba dispuesto a dejar sin definir el problema
básico de la Independencia, ni a tolerar que aquella batalla,
ganada por el pueblo, no tuviera alcances distintos de un simple
traslado del poder, de manos del Virrey y a la poderosa oligarquía
criolla de grandes hacendados, comerciantes, plantadores
esclavistas y abogados, que constituían la verdadera clase opresora
de la sociedad granadina, la clase cuyas divergencias con la
Metrópoli no tenían otro sentido que su deseo de derogar aquellas
instituciones de la legislación española que otorgaban alguna
protección a los indios y a los desposeídos, para lo cual trataban
de adueñarse del Estado.
Como los notables criollos comprendieron que Carbonell
constituía el verdadero obstáculo para sus proyectos y que el
pueblo había dejado, bajo su dirección, de ser el rebaño con cuya
pasividad e ignorancia contaban, se procuró excluirlo
cuidadosamente de las deliberaciones del Cabildo en la noche del 20
de julio y no se le nombró en la Junta de Gobierno, no obstante que
a él se debía el éxito de aquella histórica jornada. Todas estas
precauciones no bastaron, sin embargo, para tranquilizar a los
notables. La misma Junta, dominada por José Miguel Pey y Camilo
Torres, habría de condenarle, días después, a la pena de cárcel y
su arresto sería ordenado por el hijo del Oidor que redactó la
sentencia de muerte de Galán. Nada tiene, pues, de extraño, que la
figura histórica de José María Carbonell sea hoy poco conocida
entre nosotros y que, apenas, un modesto busto recuerde su memoria
a los colombianos, cuando él merecía la estatua mucho más que los
retóricos y próceres acartonados a quienes se ha otorgado la
inmortalidad con tanta largueza, para convertirlos en símbolo de
una historia que el pueblo colombiano ha padecido y en la cual se
le ha negado hasta el derecho de colocar a sus auténticos voceros
en las primeras planas de los Anales de la nacionalidad.