INDICE




José María Carbonell nació en Santafé en 1765, contaba entonces veinticinco años y desempeñaba un modesto empleo en la Expedición Botánica, empleo que hubo de aceptar cuando sus escasos recursos no le permitieron continuar los estudios comenzados en el Colegio de San Bartolomé. Carbonell, tenía, no obstante su juventud, una recia personalidad de caudillo, sólo parangonable a la de Nariño - a cuyo partido perteneció más tarde - y su magnífica elocuencia se alimentaba no de esa cultura superficial, bizantina y extranjerizante que hacía las delicias de los principales personajes de la oligarquía criolla, sino de una gran pasión igualitaria y de la emoción profunda que sentía ante los dolores de los humildes y la miseria de los oprimidos.

En aquella histórica tarde del 20 de julio, cuando la revuelta de los oligarcas estaba fracasada, cuando Acevedo luchaba desesperadamente en el Cabildo y el Virrey y sus consejeros se limitaban a aguardar el momento de registrar la realidad de este fracaso, José María Carbonell realizó uno de los actos más trascendentales de nuestra historia: acompañado de un grupo de estudiantes y de amigos se encaminó a los arrabales de Santafé, a las míseras barriadas de extramuros, donde habitaban en guaridas millares de artesanos, de mendigos, de indios y mulatos, de gente desesperadas y míseras, y las invitó, con su extraordinaria elocuencia, a trasladarse al centro de la ciudad para solicitar no una |Junta de Notables, sino |Cabildo Abierto. « Don José María Carbonell - dice el "Diario Político" - joven ardiente y de una energía poco común sirvió a la patria en la tarde y en la noche del 20 de un modo poco común; corría de taller en taller, de casa en casa; sacaba gentes y aumentaba la masa popular... Carbonell ponía fuego por su lado al edificio de la tiranía, y nacido con una constitución sensible y enérgica tocaba en el entusiasmo y se embriagaba con la libertad que renacía entre sus manos. |¡Dichoso si no hubiera padecido vértigos políticos y cometido imprudencias!».

Hacia las siete de la noche, en la pacífica y casi tranquila Santafé, comenzó a oirse un rumor sordo, el rumor de las multitudes en marcha, de las multitudes que desde las afueras de San Victorino y los arrabales de Egipto, Belén y las Cruces avanzaban hacia el centro de la ciudad. Montoneras de hombres y mujeres, la "hez del pueblo", como decían los oligarcas, entraban así en el camino de la historia, se preparaban a cumplir la cita que les había dado Carbonell y a decidir - ellos los míseros, ellos los oprimidos, los plebeyos, la gleba irredenta -, el conflicto en el que habían fracasado los magnates criollos, los "descendientes de don Pelayo", los patricios acaudalados del Reyno. « Los ánimos - dice el "Diario Político" - parecían que tomaban nuevo valor con las tinieblas. |Olas de pueblo armado refluían de todas partes a la Plaza principal; todos se agolpaban al Palacio y no se oye otra voz que ¡Cabildo Abierto! ¡Junta! ».

Desde este momento los acontecimientos adquirieron un cariz distinto, porque habían cambiado también las fuerzas sociales que les imprimían su dirección peculiar. La multitud que colmaba la Plaza Mayor hacia las ocho de la noche no era la misma multitud heterogénea que reaccionó abruptamente cuando a las doce del día se produjo el altercado entre Morales y Llorente. Ya no eran gentes de paso, ni los vecinos y vivanderos de la Sabana, sino el pueblo de los arrabales de Santafé, millares de hombres y mujeres que habían dejado sus míseras cobachas, donde vivían como fieras olvidadas de Dios, para volcarse sobre la ciudad. La pálida luz de las antorchas que portaban, de los escasos faroles del alumbrado público y de la iluminación que se había preparado en el edificio del Cabildo, dejaba entrever las caras de los oprimidos, marcadas por la horrible huella de la miseria, de la desnutrición, de la falta de esperanza, y bajo las ruanas se asomaban las puntas de los puñales y los instrumentos cortantes de los artesanos. Sobre todo en las caras de las mujeres se reflejaba la rebeldía subconsciente que ellas han sentido siempre, como guardianes tutelares de los valores de la especie, ante el horrible drama de tener que procrear hijos para que los devore el infierno de la miseria y de la injusticia.

En la famosa "Relación Anónima" de la jornada del 20 de julio, se refiere que "entusiasmado el pueblo con los discursos de don José María Carbonell se juntaron los Capitulares en la sala" y el Cabildo "se llenó de gente, de modo que no sé como ha podido aguantar tanta aquel edificio". Ocurrió la historia de siempre. No bien el pueblo puso la cara la oligarquía corrió a reclamar sus privilegios. Acevedo Gómez había luchado solitario en el Ayuntamiento, había sentido transcurrir, minutos como si fueran siglos, sin que sus amigos y compañeros de conjura dejaran el refugio "de los retretes más recónditos de sus casas". Sólo ahora, cuando la despreciada plebe, cuando los "de ruana" oponían el sólido poder de su masa a las autoridades coloniales, corrían a hacerse presentes en el recinto del Cabildo, no para convertirse en los voceros de ese pueblo que había salvado la revolución, sino para discutir, en junta de notables, las prebendas y privilegios que esperaban derivar de una victoria que no les pertenecía.

Comenzó entonces la primera etapa de la batalla entre la oligarquía y el pueblo, batalla que habría de adquirir características dramáticas en el curso de los días siguientes. Como Acevedo Gómez había designado, para integrar la Junta, a la plana mayor del estamento criollo, Carbonell de modificar esta situación é insistió en que todas las decisiones se tomaran esa noche en Cabildo Abierto, lo cual significaba que el pueblo, en uso de su capacidad deliberante y soberana, habría de nombrar directamente las nuevas autoridades del Reyno. Tal fue la consigna dada a los estudiantes y a las multitudes, de manera que a las ocho de la noche sólo se escuchaba, en la Plaza Mayor, un grito unánime, salido de miles de gargantas: ¡Cabildo Abierto! Esta consigna, a diferencia de lo que suponen muchos historiadores, constituía una advertencia amenazadora, no sólo para las autoridades virreynales, sino muy particularmente para la oligarquía criolla, empeñada en que todas las decisiones las tomara privativamente el Cabildo de Santafé, sin permitir al pueblo desempeñar otra función que la de mudo espectador de la comedia de los notables.

El inquietante vocerío de la multitud obligó al Ayuntamiento a convenir, como transacción, en que se solicitara permiso al Virrey para instalar el Cabildo Abierto y al recibirse la rotunda negativa del señor Amar, Carbonell resolvió actuar por su cuenta y sin contar con el Ayuntamiento de manera que él y sus amigos se dispersaron por la ciudad y acudieron a un expediente que puso en conmoción a la Capital: entraron a las iglesias y con el consentimiento de los párrocos o sin ese consentimiento, echaron las campanas al vuelo. « Hizo el pueblo - dice el "Diario Político" - tocar fuego en la Catedral y en todas las iglesias, para llamar de todos los puestos de la ciudad el que faltaba. Estos clamores, en todo tiempo horrorosos, llevaron la consternación y el espanto a todos los funcionarios del Gobierno. Tembló el Virrey en su Palacio... ».

Según los relatos de la época, hacia las ocho de la noche, había más de nueve mil personas en la plaza, lo cual significaba que cerca de la mitad de la población de Santafé estaba participando en aquella histórica jornada. Respaldado por esa multitud, Carbonell resolvió q pueblo y no el Ayuntamiento de Santafé pidiera el Cabildo Abierto a las autoridades coloniales. « A cada mensaje - dice el "Diario Político" - y a cada negativa (del Virrey), tomaba más vigor este pueblo activo y generoso. En fin, comisionó al doctor don Benedicto Salgar, a don José María Carbonell, don Antonio Malo, don Salvador Cancino y otros, para que concediese (el Virrey) el Cabildo Abierto que solicitaba» . En la entrevista se produjo un violento altercado entre Carbonell y el Virrey y sólo la prudente intervención del Oidor Jurado logró atenuar el carácter desagradable de dicha entrevista y conseguir, de Carbonell y sus compañeros, que se retiraran a esperar, en la plaza, la respuesta del Virrey. Ya solos el señor Amar y el Oidor Jurado, éste le dijo al malhumorado mandatario: « Conceda VE. cuanto pida el pueblo si quiere salvar su vida y sus intereses».

Aunque el vocerío en la plaza era amenazador, el señor Amar se negó rotundamente a autorizar el Cabildo Abierto, que prácticamente transfería el poder al pueblo, y ya en retirada y dándose cuenta de la gravedad de la situación, decidió acudir al mal menor, o sea a negociar con la oligarquía criolla y no con Carbonell Para el efecto ordenó a Jurado trasladarse al Ayuntamiento e informar a los Regidores que autorizaba un |Cabildo Extraordinario, pero no |Cabildo Abierto. Lo cual quería decir que el Virrey convenía en que el Cabildo de Santafé, dominado por la oligarquía criolla, se reuniera en |sesión extraordinaria, a fin de tomar las medidas adecuadas para afrontar aquella gravísima emergencia. En los últimos apuros - dice el "Diario Político" - se concedió un Cabildo Extraordinario, pero no Abierto ». No era, pues, el pueblo, el que tendría la decisión, como en el caso de Cabildo Abierto, sino los actuales Regidores del Ayuntamiento santafereño, quienes en los últimos meses habían solicitado la constitución de una Junta de Gobierno presidida por el Virrey e integrada por los Capitulares de dicho Cabildo. Puede así comprenderse por qué el Ayuntamiento de Santafé no se solidarizó con las solicitudes del pueblo reunido en la plaza y recibió con singular beneplácito la comisión del Oidor Jurado. Al aceptar Cabildo Extraordinario convenía el Virrey, implícitamente, en compartir el poder con los notables criollos y les ofrecía la oportunidad de legalizar la Junta de Gobierno nombrada esa tarde por Acevedo. Ello explica por qué no existe, en los relatos que se conocen sobre estos acontecimientos, indicio ninguno de que los Regidores criollos opusieran la menor resistencia a la decisión del Virrey.

Comenzaron entonces en la Sala del Ayuntamiento, y, a espaldas del pueblo, las deliberaciones entre el delegado del Virrey y los principales dirigentes del estamento criollo. Como la multitud, agolpada en la plaza, daba muestras de evidente desconfianza contra el Regimiento de Artillería, en cuyo cuartel esperaba el Coronel Sámano, y considerables grupos de hombres y mujeres exaltados, dirigidos por Carbonell, se habían aproximado a los cuarteles y pedían a la oficialidad, con gritos desafiantes, que rindieran las armas, tanto Acevedo Gómez como algunos de los Regidores, temerosos de que se produjera un choque sangriento, decidieron pedir al Oidor Jurado y al Virrey que pusieran las guarniciones de la Capital a órdenes del Cabildo, para protección de los Regidores y del mismo Virrey. « Mientras iban y venían diputaciones - dice el "Diario Político" - el pueblo hacía movimientos de arrojo y de valor contra el Parque. Decían: Aunque no lo tomemos, a lo menos impediremos sacar los cañones contra los que se organizan en la plaza. Una mujer, cuyo nombre ignoramos y que sentimos no inmortalizar en este "Diario", reunió a muchas de su sexo, y a su presencia tomó de la mano a su hijo, le dio la bendición y dijo: ¡Ve a morir con los hombres! Nosotras las mujeres (volviéndose a las que la rodeaban) marchemos delante; presentemos nuestros pechos al cañón; que la metralla descargue sobre nosotras, y los hombres que nos siguen, y a quienes hemos salvado de la primera descarga, pasen sobre nuestros cadáveres; que se apoderen de la Artillería y libren la patria! ». El Oidor Jurado, a fin de evitar un choque entre el pueblo y las fuerzas armadas, recomendó al Virrey aceptar la solución propuesta por los patricios criollos, quienes despacharon, a su vez, emisarios encargados de explicar al señor Amar que su autoridad de gobernante estaría mejor garantizada si las tropas recibían órdenes del Cabildo y no de oficiales por quienes el pueblo tenía manifiesta desconfianza « Se mandó una diputación - dice el acta del Cabildo - compuesta de los señores doctor Miguel Pey, don José María Modelo y don Camilo Torres, pidiéndole mandase poner dicho Parque (el de Artillería) a órdenes de don José de Ayala. Impuesto S.E. del mensaje, contestó que lejos de dar providencia ninguna contraria a la salud del pueblo, había prevenido que la tropa no hiciese el menor movimiento, |y que bajo de esta confianza viese el Cabildo qué nuevas medidas quería tomar en esta parte. Se le respondió que los individuos del mismo descansaban con la mayor confianza en la verdad de S.E., pero que el pueblo no se aquietaba, sin embargo de habérsele repetido varias veces desde los balcones por su diputado (Acevedo) que no tenían que temer en esta parte, y que era preciso, para lograr su tranquilidad (la del pueblo) que fuese a encargarse y cuidar de la Artillería una persona de su satisfacción, que tal era el referido don José de Ayala. En cuya virtud previno dicho Excelentísimo señor Virrey que fuese el Mayor de la Plaza don Rafael de Córdoba con el citado Ayala a dar esta orden al Comandante de Artillería, y así se ejecutó ». De esta manera consiguió el Cabildo el control de las guarniciones de la Capital, lo que fortaleció extraordinariamente su posición. En los días siguientes se descubrirían las ominosas consecuencias que, para el pueblo, tendría la captura del poder militar por los mandatario de la oligarquía criolla.

Empezó entonces a tratarse, entre los Regidores y el delegado del Virrey, la cuestión más conflictiva, aquélla que podía conducir al entendimiento o a la total ruptura: la constitución de una Junta Suprema de Gobierno, compuesta por los miembros del Cabildo y las personalidades designadas esa tarde por Acevedo Gómez. Cuando el problema le fue planteado a Jurado por don Camilo Torres, el Oidor no se sintió con autorizaciones bastantes para decidir una cuestión de tanta trascendencia y así lo manifestó con franqueza al Cabildo, agregando que él simpatizaba con la solución, pero que le era imposible aceptarla sin recibir instrucciones expresas del Virrey. Solicitó, en consecuencia, se le permitiera trasladarse a Palacio para tratar el asunto con el señor Amar, y ello interrumpió la armonía que hasta el momento había reinado entre el Oidor y los Capitulares. La mayoría de los presentes, encabezados por Acevedo Gómez, se opuso a la salida de Jurado del Cabildo, por comprender que su presencia constituía el símbolo del reconocimiento, hecho por el Virrey, de la legitimidad del Cabildo Extraordinario y, por tanto, se hizo constar en el Acta "que ninguna persona salga del Congreso (el Cabildo Extraordinario), antes de que quede instalada la Junta". Como el vocerío del pueblo en la plaza se tornaba cada vez más amenazador y muchos de los Regidores temían que Carbonell empujara a la multitud a tomar el Palacio Virreynal por asalto se adoptó una medida de transacción y se designó a don Antonio Morales para que se entrevistase con el Virrey, le expusiera la gravedad de la situación y obtuviera de él las autorizaciones indispensables para que el Oidor Jurado pudiera instalar la Junta. Morales pasó inmediatamente a Palacio y allí hubo de enfrentarse a las conocidas vacilaciones del señor Amar y a la franca resistencia de la Virreyna, quien se oponía con tenacidad a la autorización de la Junta. Cansado de ofrecer garantías y de explicar al Virrey que los criollos eran los más leales y celosos defensores del Trono, Morales se vio precisado a forzar una decisión, porque la dramática velocidad de los acontecimientos no permitía nuevas demoras, y le dijo lacónicamente al Virrey: «Tres partidos se presentan a Vuestra Excelencia: salir en persona a sosegar un pueblo enfurecido; pasar personalmente a las Casas Consistoriales; o aumentar las facultades de Jurado ».

Temeroso el señor Amar de que el pueblo se desbordara y la dirección del movimiento pasara definitivamente a manos de Carbonell, cuya peligrosidad había advertido en la entrevista de esa tarde, renunció a sus últimos escrúpulos y, en pleno acuerdo con Morales, envió instrucciones al Oidor Jurado para que autorizara la Junta, siempre que se reconocieran expresamente por el Cabildo, los derechos  de la corona y las relaciones de dependencia entre los Dominios y la Metrópoli.

Por las correcciones y entrerreglonaduras que se hicieron en el Acta del Cabildo esa noche, ha podido establecerse que su redacción inicial fue modificada en el sentido de hacer más expreso el reconocimiento de Fernando VII y del Consejo de Regencia y dar importancia especial al nombramiento del Virrey como Presidente de la Junta Suprema. Tales fueron las bases sobre las que se llegó a un acuerdo entre el Oidor Jurado y los patricios criollos, quienes no deseaban la Independencia sino compartir el poder con el Virrey. Tal era la doctrina de Camilo Torres y los principales juristas de Santafé, para quienes los vínculos de dependencia entre la Metrópoli y los Dominios se mantendrían incólumes si España permitía a "los descendientes de don Pelayo", a los herederos de los conquistadores y encomenderos, participar en el gobierno de lo Dominios, en igualdad de condiciones con los españoles. En general, para las oligarquías criollas de América, la Independencia era una alternativa sembrada de peligros, y sólo deseable en el caso de que España fuera dominada por los "libertinos de Francia" y se tratara de imponer, a las posesiones de Ultramar, las "detestables" doctrinas de la Revolución Francesa. Por ello, las revueltas que dirigieron las oligarquías criollas, en 1810, en las capitales americanas, coincidieron en su adhesión a Fernando VII y al Consejo de Regencia de Cádiz. Si en México, la única excepción a esta regla, el movimiento tuvo un sentido claramente separatista e implicó una franca ruptura con España, ello se debió al carácter popular de su revolución. Allí el levantamiento no fue un golpe de Estado dado por la oligarquía desde los Cabildos, sino una insurrección revolucionaria del pueblo, de los indios, contra las autoridades coloniales. El 16 de septiembre de 1810 - dice Luis Alberto Sánchez - en circunstancia de que se hallaba en su iglesia, subió Hidalgo al púlpito, y, desde ahí, - vivo contraste con los demás movimientos americanos -, pronunció una encendida arenga incitando a los feligreses a desconocer la autoridad de España, exaltando sus sentimientos nacionales, de raza, y de odio a los españoles. Y al grito de ¡Viva Nuestra Señora de Guadalupe! y ¡Abajo los gachupines!, como se apodaba a los peninsulares, se inició la rebelión. Fue una verdadera mesnada irregular, pero llena de fuerza y de arrojo. Nada de Junta conservadora de los derechos del Rey: antiespañolismo liso y llano. Nada de conspiración de terratenientes criollos: insurgencia de la gleba indígena y mestiza. Nada de parlamentos con el Virrey: desconocimiento absoluto. Nada de laicismo y libertad de cultos: catolicidad completa. Estas características, tan diferentes, correspondientes a la realidad mexicana, sorprenden a algunos historiadores, que califican de manera despectiva las fuerzas de Hidalgo. Pero el contagio fue tan súbito, el ansia de, libertad tan incontenible, que pronto fueron ganando una a una sus batallas... De otro lado, el gran arrastre del cura Hidalgo, hombre de empresa y de fe, se vio amenazado por la excomunión de que lo hizo víctima el Obispo de Valladolid, Abad y Queipo, la cual fue repetida en todas las diócesis del tránsito, así como con la mentirosa pero lesiva versión |de que el insurrecto obedecía las órdenes de Napoleón y estaba vendido a Francia ».

Como a los criollos no les importaba la Independencia sino compartir el poder con las autoridades coloniales, en el Cabildo de Santafé pudo el Oidor Jurado, la noche del 20 de julio conseguir que en el Acta de ese día se dejaran registrados y a salvo los intereses de la Metrópoli. Fue don Camilo Torres quien se encargó de defender la jurisdicción del Consejo de Regencia y los derechos de Fernando VII, dando muestras, desde aquella noche, de la conducta equívoca que mantendría a lo largo del proceso de emancipación, conducta a la cual habremos de referirnos extensamente en los próximos capítulos. « Era don Camilo Torres - dice Rafael Abello Salcedo en su notable estudio "La Primera República" - hombre de hogar, de costumbres austeras y hábitos modestos, no obstante su desahogada posición económica. La leyenda lo hace aparecer como persona pobre, siendo así que podía dar a rédito (préstamo con interés) cantidades importantes para la época, como la de los $ 8.485 que don José González Llorente (el del florero), cuando abandonó a Santafé, en 1815, ordenó devolverle en las instrucciones que dejó a su apoderado don Pedro Casís. |Era el doctor Torres de carácter retraído sin ser sombrío; hacía gala de desprendimiento y menosprecio de los honores, pero era sardónico con quinquiera los alcanzara. Instruido y elocuente en alto grado, enseñoreaba el foro con su prestigio... Los precursores Nariño y Alvarez recibieron los dardos de su oratoria y de su pluma. |Gran retórico, llegó a convencerse, con sus propios argumentos, ser él quien poseía la razon en toda controversia... ».

Fue don Camilo Torres quien, en la noche del 20 de julio, más eficazmente ayudó al Oidor Jurado a impedir que se tomara cualquier decisión que pudiera parecerse a una declaración de Independencia, y fue él, con Frutos Joaquín Gutiérrez y Acevedo Gómez, quienes impusieron la elección del Virrey como Presidente de la Junta Suprema. « Recordaron - dice el Acta del 20 de julio - los vocales Camilo Torres y el señor Regidor don José Acevedo, que en su voto habían propuesto que se nombrase Presidente de esta Junta Suprema del Reyno al Excelentísimo señor Teniente General don Antonio Amar y Borbón; y habiéndose vuelto a discutir el negocio, le hicieron ver al pueblo con la mayor energía, por el doctor Frutos Joaquín Gutiérrez, las virtudes y nobles cualidades que adornan a este distinguido y condecorado militar, y más particularmente manifestadas en este día y noche, |en que por la consumada prudencia se ha terminado una revolución que amenazaba las mayores catástrofes, atendida la misma multitud del pueblo que ha concurrido a ella, que pasa de nueve mil personas que se hallan armadas ».

Una vez electo el señor Amar, se designó Vicepresidente de la Junta a don José Miguel Pey, hijo del famoso Oidor que ordenó el desconocimiento de las Capitulaciones otorgadas a los Comuneros y redactó la famosa Sentencia de muerte contra Galán. A continuación el Oidor Jurado procedió a instalar solemnemente la Junta de Gobierno y los vocales presentes juraron no "abdicar los derechos imprescriptibles de la soberanía del pueblo a otra persona que a la de su augusto y desgraciado Monarca don Fernando VII" y sujetar "este nuevo Gobierno a la Superior Junta de Regencia, ínterin exista en la Península". Para terminar la ceremonia, se recomendó « muy particularmente al pueblo - dice el Acta - la persona del Excelentísimo señor don Antonio de Amar ».

Pactado, en el Acta del 20 de julio, el gobierno conjunto de las autoridades coloniales y los patricios criollos, se produjo automáticamente un nuevo encuadramiento de fuerzas y sobre las viejas disputas, que se declararon aquella noche canceladas, comenzaron a dibujarse las fronteras del conflicto entre una oligarquía triunfante y un pueblo que buscaba confusamente su liberación y confiaba en que aquella profunda crisis del orden colonial no habría de reducirse a simple oportunidad para que las clases acaudaladas se apoderaran de los centros nerviosos del Estado.

Hacia las tres de la mañana las notabilidades criollas celebraban regocijadas su victoria y el pueblo, fatigado por ocho o nueve horas de espera, comenzaba a retirarse, con la seguridad de que apenas había comenzado la batalla y de que en los días siguientes se pondría en juego su destino. Al tiempo que la Junta de Gobierno declaraba terminada la revolución y consideraba, con apremio, las precauciones indispensables para imponer el orden en los próximos días, don José María Carbonell tomaba las medidas del caso para que el pueblo se mantuviera en |manifestación permanente desde las once de la mañana del día 21 de julio. Carbonell no estaba dispuesto a dejar sin definir el problema básico de la Independencia, ni a tolerar que aquella batalla, ganada por el pueblo, no tuviera alcances distintos de un simple traslado del poder, de manos del Virrey y a la poderosa oligarquía criolla de grandes hacendados, comerciantes, plantadores esclavistas y abogados, que constituían la verdadera clase opresora de la sociedad granadina, la clase cuyas divergencias con la Metrópoli no tenían otro sentido que su deseo de derogar aquellas instituciones de la legislación española que otorgaban alguna protección a los indios y a los desposeídos, para lo cual trataban de adueñarse del Estado.

Como los notables criollos comprendieron que Carbonell constituía el verdadero obstáculo para sus proyectos y que el pueblo había dejado, bajo su dirección, de ser el rebaño con cuya pasividad e ignorancia contaban, se procuró excluirlo cuidadosamente de las deliberaciones del Cabildo en la noche del 20 de julio y no se le nombró en la Junta de Gobierno, no obstante que a él se debía el éxito de aquella histórica jornada. Todas estas precauciones no bastaron, sin embargo, para tranquilizar a los notables. La misma Junta, dominada por José Miguel Pey y Camilo Torres, habría de condenarle, días después, a la pena de cárcel y su arresto sería ordenado por el hijo del Oidor que redactó la sentencia de muerte de Galán. Nada tiene, pues, de extraño, que la figura histórica de José María Carbonell sea hoy poco conocida entre nosotros y que, apenas, un modesto busto recuerde su memoria a los colombianos, cuando él merecía la estatua mucho más que los retóricos y próceres acartonados a quienes se ha otorgado la inmortalidad con tanta largueza, para convertirlos en símbolo de una historia que el pueblo colombiano ha padecido y en la cual se le ha negado hasta el derecho de colocar a sus auténticos voceros en las primeras planas de los Anales de la nacionalidad.

anterior | índice | siguiente