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INDICE
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CAPITULO XX
EL 20 DE JULIO DE 1810
CONVOCATORIA de las Cortes. - Los
Comisionados Regios. Antonio Villavicencio. - Pacificación con
nombramientos bien remunerados. Las medidas de persecución de la
Audiencia. - Hacia la Junta de notables. - Historia de un florero.
- El 20 de julio. - Morales y Llorente. - Anarquía y saqueo. - Un
pueblo sin objetivos políticos. - Lucha desesperada de Acevedo
Gómez. - Los notables se esconden. - Fracasa el movimiento de la
oligarquía. - José María Carbonell, el verdadero prócer del 20 de
julio. - El pueblo salva la revolución - Las campanas al aire. -
¿Cabildo Abierto o Junta de Notables? - El Virrey negocia con la
oligarquía. - El vanidoso retórico de la oligarquía. - Los pactos
del 20 de julio. - Gobierno conjunto del Virrey y los patricios
criollos. - Reconocimiento de Fernando VII y el Consejo de
Regencia. - Se trazan las fronteras visibles entre el puebla y la
oligarquía frondista.
LA OCUPACION de Andalucía por los ejércitos franceses obligó a
la Junta Central de Sevilla a desbandarse y parte de sus miembros,
reunidos en la Isla de León bajo amparo de la flota británica,
constituyeron un Consejo de Regencia, compuesto de cinco vocales, y
a continuación convoca
las Cortes del Reyno para que ellas afrontaran la historica crisis
que vivía la Península.
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El estamento criollo constituía el centro del poder económico en
la ciudad y ello explica sus periódicos conflictos con las
autoridades, conflictos que se manifestaban en las frecuentes
discrepancias del Gobernador y el Cabildo, convertido en feudo
político de las familias representativas de la oligarquía criolla:
los García de Toledo, los Díaz Granados, los Ayos, los Castillo y
Rada y los Gutiérrez de Piñeres. Tales discrepancias se acentuaron,
como era fácil prever, al conocerse en Cartagena los adversos
desarrollos de la crisis española y los criollos trataron entonces
de forzar al Gobernador, don Francisco Montes, a compartir el poder
con ellos, a aceptar la asesoría administrativa y política de los
Regidores del Ayuntamiento. Algunos más audaces, llegaron,
inclusive a proponer la constitución de una Junta de Gobierno,
formada por los grandes señores del estamento criollo y el
Gobernador, sin conseguir otra cosa que ahondar el conflicto con
Montes, quien se denegó categóricamente a permitir la limitación de
sus atribuciones jurisdiccionales. Esta negativa obligó a los
criollos a examinar la posibilidad de abrir las puertas a la
colaboración del pueblo en el conflicto, al tiempo que una
fracción, dirigida por Germán Gutiérrez de Piñeres, se inclinaba a
pedir el concurso de la barriada de Getsemaní y de los esclavos
negros. En esta discrepancia influyó la vieja rivalidad que existía
entre Cartagena y la Villa Mompós, Villa a la cual estaban
vinculados los Gutiérrez de Piñeres, pero ello no resta
trascendencia a la aparición de un partido popular en Cartagena,
partido que reflejaba, no obstante la extracción patricia de sus
dirigentes, las aspiraciones de los desposeídos. y que habría de
desempeñar un papel decisivo en la declaración de
Independencia.
Cuando la pugna entre el grupo dominante de la oligarquía
criolla y la fracción que comandaban los Gutiérrez de Piñeres
estaba en sus principios y había restado no poca eficacia a la
oposición contra el Gobernador, llegaron a Cartagena los
Comisionados Regios, cuyas amplias miras en pro de los americanos
les ganaron general simpatía y les otorgaron autoridad bastante
para actuar como jueces en el conflicto entre el Cabildo y el
Gobernador. Villavicencio se sirvió de las amplias facultades de
que estaba investido para promover importantes cambios en favor de
los criollos y obtuvo del Gobernador Montes, no sin grandes
trabajos, que aceptara las exigencias de García Toledo, a fin de
debilitar, por este medio, al partido de Gutiérrez de Piñeres, cuya
evidente peligrosidad no se ocultó al Comisionado Regio. El 22 de
mayo de 1810 se acordó, por tanto, que "el Gobernador continuaría
en la administración de la República en unión del Cabildo" y se
designaron dos miembros del Ayuntamiento para asesorar a Montes en
las cuestiones fundamentales de la Administración. Protocolizado
este acuerdo, se prestó en Cartagena el solemne juramento de
obediencia al Rey don Fernando VII y al Consejo de Regencia.
Satisfecho Villavicencio del éxito dé sus gestiones, procuró
enterarse, por distintos conductos, del estado general del Reyno, y
cuando dispuso de suficientes elementos de juicio, elaboró una
serie de informes para el Consejo de Regencia, en los cuales
formulaba severos cargos a las autoridades coloniales y se
solidarizaba con la inconformidad manifestada por los criollos en
los últimos años. Su informe del 24 de mayo de 1810, por ejemplo,
tenía las características de un Memorial de Agravios y sus
principales recomendaciones se concretaban a pedir el nombramiento,
en los altos cargos de la Administración colonial, del Marqués de
San Jorge, don Camilo Torres, Frutos Joaquín Gutiérrez, Ignacio de
Pombo, Joaquín Camacho, Eloy Valenzuela, José María Castillo y
Rada, Francisco José de Caldas y Miguel Díaz Granados. El
Comisionado Regio juzgaba, indudablemente, que el malestar del
Reyno desaparecería al otorgarse prebendas bien remuneradas a las
personalidades eminentes de la oligarquía criolla.
Si la llegada de Villavicencio a Cartagena disminuyó las graves
tensiones políticas que existían en esa plaza, su retardo en ella
hizo posible que en Santafé tomara inesperadas proporciones el
conflicto que enfrentaba al Cabildo capitalino y a las autoridades
virreinales. Al señor Amar y Borbón y a los Oidores no les causaron
gracia ninguna las condescendencias de Villavicencio con los
americanos y decidieron anticipar las medidas de represión policiva
que habían ideado para reducir a la impotencia al partido criollo.
Su plan, como el plan del Conde Ruiz de Castilla en Quito, fue
procesar, por traidoras a la Corona, a las principales
personalidades del. estamento criollo, a fin de colocar a
Villavicencio y Montúfar ante hechos cumplidos y obligarlos a
asumir la responsabilidad, si insistían en entenderse con los
criollos, de tratar con individuos juzgados por el grave delito de
traición. Para el efecto, los Oidores Alba y Frías elaboraron una
numerosa "lista" de las personalidades que debían ser detenidas y
con el mayor sigilo se comenzaron a instruir los procesos, a fin de
tenerlos listos en el momento oportuno.
Como los criollos ignoraban la conjura que estaba fraguandose
contra ellos en las esferas del Gobierno, esos días daban muestras
de su gran alborozo por la próxima llegada de Villavicencio, cuyas
cartas les permitían esperar confiadamente en que el Comisionado
Regio los apoyaría en sus reclamos contra el Virrey y la Audiencia.
Ello explica por qué en el mes de junio de 1810 se creó en Santafé
una situación bien paradojal: al tiempo que las autoridades
coloniales discutían sobre la validez de las credenciales del
representante de la Metrópoli y ni siquiera pensaban en organizar
los festejos acostumbrados para estos casos, los grandes señores
criollos, sindicados de rebeldes, no disimulaban su regocijo por la
venida del Comisionado y hacían alardes del gran banquete que se
preparaban a ofrecer a Villavicencio en casa de don Pantaleón
Santamaría, la más lujosa residencia particular de Santafé. Hasta
el mismo alojamiento del emisario de la Regencia se convirtió en
materia de disputa, porque los criollos se resistieron a permitir
que fuera huésped de un español, de don Lorenzo Marroquín, y ello
explica la siguiente carta, dirigida por Acevedo Gómez a
Villavicencio: Este pueblo le decía está muy incomodado de que
Vuestra Merced haya resuelto venir a apearse a casa de un
particular. Creo que el Cabildo se verá precisado a suplicar a V.M.
oficialmente que evite semejante comprometimiento y venga a vivir
solo en la que le dispuso Ugarte, o en la que habito yo actualmente
que es bastante regular, pues me la pidió el Alcalde ».
En los primeros días del mes de julio se enteraron los criollos,
por la indiscreción de un funcionario del Real Acuerdo, de la
existencia de la famosa "lista" de las personas que debían
detenerse preventivamente y de los procesos cuya instrucción se
confió a los Oidores Alba y Frías. Aunque sólo conocieron los
primeros nombres de la lista, ello fue bastante para alarmar a
quienes se habían expresado contra las autoridades y tantos se
sintieron amenazados y esperaron escuchar en las puertas de sus
casas los broncos golpes de las alabardas de los alguaciles que
súbitamente se acabó en la capital el optimismo que despertó la
anunciada llegada de Villavicencio. Los más destacados dirigentes
del partido criollo trataron, de establecer la fecha de su arribo a
la Capital y para su desesperación sólo pudieron obtener noticias
confusas de las cuales parecía deducirse que Villavicencio se
encontraba todavía en Cartagena. Si el pánico y el derrotismo no se
apoderaron totalmente de los criollos, ello se debió al oportuno
conocimiento que se tuvo en Santafé de las insurrecciones ocurridas
en Caracas y Pamplona, insurrecciones que terminaron en el
derrocamiento de las autoridades locales y en su reemplazo por
Juntas "conservadoras de los derechos de Fernando
VII". La solución de una Junta de Gobierno en Santafé se
convirtió, para los notables, por tanto, en la única alternativa
que podía salvarlos de las medidas decretadas por la Audiencia, y
esta común aspiración dio, paulatinamente un carácter más definido
a sus actividades políticas. En carta dirigida por Acevedo Gómez a
Villavicencio, el 29 de junio de 1810, le decía:
« Cada instante que corre hace más necesario el establecimiento
de la Junta Superior de Gobierno, a imitación de la de Cádiz y
compuesta de diputados elegidos por las provincias, y
|provisionalmente por el Cuerpo Municipal de la Capital
».
En casa de Acevedo Gómez se celebraron frecuentes reuniones de
los principales personeros del estamento criollo y la consideración
del problema que a todos incumbía, puso entonces de manifiesto las
diferentes opiniones y los distintos temples de carácter. La hija
de Acevedo presenció muchas de las escenas cumplidas en su hogar y
más tarde, valiéndose de sus recuerdos, hizo un relato de ellas,
relato en el cual puso, en labios de su padre, las siguientes
frases: «Muchas conferencias hemos tenido los patriotas, y mil
pareceres contradictorios se han emitido en nuestras juntas.
|El
fogoso Carbonell quería un golpe atrevido; Lozano ha aconsejado
proposiciones al Virrey;
|Camilo Torres quiere que se pidan
terminantes y prontas explicaciones al gobierno español;
Herrera aconsejaba una asonada ruidosa que intimidase a los
gobernantes, y que en caso de correr la sangre de éstos, se mirase
este hecho como un castigo ejemplar y una justa venganza; Benítez
quiere que se indague con más atención la opinión pública, y no
falta quien aconseje un sangriento atentado.
Pronto descubrieron los participantes en dichas juntas que la
casa de Acevedo estaba vigilada y ello los forzó a buscar un lugar
de reunión menos expuesto. Como don Francisco José de Caldas
desempeñaba el cargo de Director del Observatorio Astronómico y de
él nada sospechaban las autoridades, se consiguió que autorizara la
reunión de los jefes del partido criollo en la torre del
Observatorio, y ello explica por qué, en los días 17 y 18 de junio
de 1810, se efectuaron en la oficina de Caldas, en medio de
herbarios, libros de cálculo matemático e instrumentos de
observación astronómica, las célebres juntas en las cuales se
decidió la suerte del Nuevo Reyno. De ellas fueron cuidadosamente
excluidos quienes no compartían la idea de reducir el movimiento a
la simple captura del poder por los notables del Cabildo de
Santafé, y el problema tratado exhaustivamente en el Observatorio
fue el de encontrar la manera de utilizar al pueblo de la Capital,
cuyo concurso se juzgaba necesario, para contrarrestar una posible
intervención de las milicias, sin tener que adelantar campañas de
agitación social, que los magnates criollos, recordando la
experiencia de los Comuneros, juzgaban singularmente peligrosas, y
sin adquirir compromisos políticos con la "plebe", tan
menospreciada por ellos. Libres del estorbo de Nariño, quien
insistió siempre en la necesidad de deponer a las autoridades con
un auténtico levantamiento popular, los principales personeros de
la oligarquía criolla, - José Miguel Pey, Camilo Torres, Acevedo
Gómez, Joaquín Camacho, Jorge Tadeo Lozano, Antonio Morales, etc. -
pudieron consagrarse a idear la táctica política de que se servían
para provocar una
|limitada y transitoria perturbación del
orden público, que habría de permitir al Cabildo capturar el poder
por sorpresa y tomar a continuación las providencias indispensables
para el pronto restablecimiento del orden, de manera que el pueblo
no pudiera desviar el movimiento de los rumbos que la oligarquía,
pensando sólo en sus intereses, trataba de darle anticipadamente.
La ocasión era propicia para este género de proyectos, porque los
abusos de poder cometidos por las autoridades habían deteriorado
considerablemente su prestigio y los patricios criollos, en su
calidad de víctimas, se ganaron una simpatía transitoria, con que
no contaron en épocas anteriores y que les sería de gran utilidad
en las jornadas decisivas que se aproximaban.
Fue don Antonio Morales quien se encargó de sugerir la manera de
utilizar, en favor de la causa, la visible impopularidad del
Gobierno, y a propuesta suya se decidió promover un incidente con
los españoles, a fin de crear una situación conflictiva que diera
salida al descontento potencial que existía en Santafé contra los
Oidores de la Audiencia. Morales manifestó a sus compañeros que ese
incidente podía provocarse con el comerciante peninsular don José
González Llorente y se ofreció gustoso a intervenir en el
altercado, porque profesaba, por cuestiones de negocios, una franca
animadversión al español. Como los notables criollos no disponían
de muchas alternativas, la sugerencia de Morales fue aceptada y. se
decidió ejecutar el proyecto el próximo viernes, 20 de julio, fecha
en que la Plaza Mayor estaría colmada de gentes de todas las clases
sociales, por ser el día habitual de mercado. Para evitar la
sospecha de provocación deliberada se convino en que don Luis Rubio
fuera el veinte de julio a la tienda de Llorente a pedirle prestado
un florero o adorno para decorar la mesa del anunciado banquete a
Villavicencio y que en el caso de una negativa desobligante, los
hermanos Morales procedieran a agredir al español. A fin de
garantizar el éxito del plan si Llorente convenía en facilitar el
florero o se negaba de manera cortés, se acordó que don Francisco
José de Caldas pasara a la misma hora por frente del almacén de
Llorente y le saludara, lo cual daría oportunidad a Morales para
reconvenirle por dirigir la palabra a un "chapetón" enemigo de los
americanos y dar así comienzo al incidente.
Tal era, sin embargo, la parte secundaria del plan, como se
encargaron de advertirlo don José Acevedo Gómez y Camilo Torres.
Para ellos, como para la mayoría de los asistentes a las juntas del
Observatorio, lo importante era conseguir que el Virrey, presionado
por una intensa perturbación del orden, constituyera ese mismo día
la Junta Suprema de Gobierno, presidida por el mismo señor Amar e
integrada por los Regidores del Cabildo de Santafé. Todos los
esfuerzos de los conjurados debían dirigirse, por tanto, a evitar
que dicha perturbación se prolongara más de lo indispensable, para
no correr el riesgo de que el pueblo adquiriera conciencia de su
fuerza, como la adquirió durante la revolución de los Comuneros, y
pretendiera imponer un orden político difícil de controlar por los
procuradores de la oligarquía criolla. Como se contaba, por
anticipado, con el endeble carácter del Virrey, la principal
preocupación de los conjurados fue la posible resistencia de las
milicias de la Capital y por ello se ordenó al Capitán Antonio
Baraya, pariente de los principales conjurados, estorbar cualquier
intervención de dichas milicias durante la asonada y se le advirtió
que debía estar listo para contribuir al restablecimiento del
orden, no bien accediera el Virrey a autorizar la constitución de
la Junta de Gobierno. El propio don Camilo Torres se encargó de
definir el sentido de la decisión tomada por los patricios criollos
en aquella hora crítica: « En tal conflicto - escribió Torres -
recurrimos a Dios, a este Dios que no deja perecer la inocencia, a
este nuestro Dios que defiende la causa de los humildes; nos
entregamos en sus manos; adoramos sus inescrutables decretos;
|le
protestamos que nada habíamos deseado sino defender su santa Fe,
oponernos a los errores de los libertinos de Francia, conservarnos
fieles a Fernando, y procurar el bien y libertad de la patria».
(Motivos... septiembre 25 de 1810).
El 19 de julio transcurrió en aparente calma y los conjurados se
limitaron a esperar, con intensa ansiedad, la hora decisiva. Don
José Acevedo Gómez se encerró en su casa y ese mismo día escribió
una carta a Villavicencio, en la cual le decía: « Dios quiera que
llegue Vuestra Merced a tiempo de poder conjurar la tempestad, que
lo dudo, así como desconfío de tener el gusto de abrazarle, pues mi
vida está acechada por todas partes, como las de otros
ciudadanos... Dígnese V.M. echar una mirada de interés y compasión
sobre mi desgraciada familia, que ha sido víctima del bárbaro y
despótico sistema colonial en que nos han tenido. Ciento veinte mil
pesos, fruto de veinte años de trabajo, fatigas y peligros, me hizo
perder el Gobierno a principio de la guerra con Inglaterra, porque
no hubo arbitrio de que este Virrey nos permitiese ni aún el
comercio de cabotaje, y en tres años las quinas se perdieron y se
cayó su estimación en Europa; los cacaos se pudrieron, y los
algodones que el monopolio peninsular me obligaba a mandar a Cádiz,
fueron presa de un enemigo poderoso en el mar ». (19 de julio de
1810).
La Capital del Nuevo Reyno de Granada debía transformarse en
pocas horas, en el escenario de magnos acóntecimientos políticos y
conviene conocer, por tanto, las características urbanas y la vida
de la vieja Santafé, de la Santafé de 1810, en la cual iba a
decidirse, en un histórico conflicto, el destino futuro de nuestro
pueblo. « Pequeña - dice Raymundo Rivas - es aún el área que ocupa
Santafé de Bogotá que apenas si mide una milla de norte a sur. Por
el oriente, al pie de los montes que la defienden de las brisas
heladas de los páramos, y donde nacen los ríos San Agustín y San
Francisco y las quebradas el Chuncal, el Manzanares, San Bruno y
Monserrate, que la surten de aguas cristalinas, principian las
calles en las que se extiende al costado de la iglesia de la
Candelaria, cortada realmente en sus extremos por los dos citados
riachuelos. Una docena de manzanas se prolonga hacia el poniente,
cuyo límite, pasando por la carnicena y la Huerta de Jaimes, en
cuyo extremo principal las ubérrimas praderas de la Estanzuela,
termina en la plaza de San Victonino, en la cual se ofrece la
iglesia consagrada al mártir, y se tiende el puente, punto inicial
de donde arranca la amplia calzada que iniciara un oidor de amores
desgraciados, y se prolonga a través de la sabana melancólica que
brinda dos cosechas anuales. Siguen las escasas mansiones por la
vía de la Alameda hasta dar con el templo de Nuestra Señora de Las
Nieves - por cuanto la plazuela queda excluida del perímetro
oficial - templo cuya espadaña, por sobre las campiñas y otro
angosto puente, mira a lo lejos, ya en el camino que lleva a Tunja,
la Recoleta de San Diego con su capilla de la Virgen del Campo...
La corriente del San Agustín cierra en verdad la capital por el
sur, si bien algunas mansiones quieren formar barrio en torno de la
iglesia de Santa Bárbara, cuyas campanas saludan a las del
monasterio de San Miguel del sabio obispo de Hipona, y a las más
humildes de las ermitas de Egipto, Belén y Las Cruces... Cuatro
plazas cortan la monotonía de las calles tiradas a cordel. La de
San Francisco aparece recortada por la capilla del Humilladero. En
la Mayor, el chorro parlanchín del Mono de la Pila interrumpe el
silencio casi habitual; levanta la casona de la Real Audiencia su
pesada arquitectura, con los tres ventanales de la sala mayor sobre
el ancho portón coronado de inscripción latina sentenciosa y
balcones sobrepuestos; busca amparo a su lado la cárcel grande,
desde una de cuyas ventanillas piden limosna al transeúnte los
presos que aguardan el fallo de los jueces y, profanando la
seriedad de sus vecinos, plebeya chichería se acurruca a su lado, y
se interpone entre la mansión donde los señores Oidores llenan sus
obligaciones y el cuartel de milicias ampara a los escogidos para
servir al Rey. En los otros costados de la plaza, la Catedral que
empieza a surgir de sus escombros, el Sagrario, la casa de correos,
los pilares del incendiado palacio de los virreyes y unas cuantas
casas particulares cierran el espacio en donde alternan los ruidos
del mercado semanal, el aparato de las ejecuciones y castigos que
se cumplen con teatral solemnidad, los gritos de regocijo de
quienes participan en las diversiones, aristocráticas unas como las
cuadrillas de caballos, populares otras como las tradicionales
fiestas de toros.
« Con sus ocho barrios: Catedral, El Príncipe, Palacio, San
Jorge, Oriental, Occidental, San Victonino y Santa Bárbara,
separados en algunos de sus límites por cinco puentes de sencilla
fábrica, la Capital del Nuevo Reino de Granada presenta modesta
apariencia, y su prestigio se sustenta sólo en el lustre que le
imprime la escogida sociedad. En sus veinte mil almas escasas, cuya
mitad no alcanza a blancos a quienes califica un geógrafo de la
Corte de hábiles e ingeniosos, de buena estatura y aspecto, pero
flemáticos y pausados, quinientos religiosos de ambos sexos ponen
con sus hábitos una nota de austeridad en el ambiente, y
ochocientos esclavos, sobre cuyo abatido caminar se cierne el peso
de la miseria,
|proclaman la rígida separación, constante e
infranqueable, de las clases sociales ».
El 20 de julio de 1810, hacia las once de la mañana, la plaza
mayor estaba colmada por una heterogénea concurrencia, compuesta de
tratantes y vivanderos, indios de los Resguardos de la Sabana y
gentes de todas las clases sociales de la Capital. Aunque los
conjurados tenían la resolución de correr todos los riesgos, hacia
las diez de la mañana convocaron el Cabildo, y, a propuesta de
algunos Regidores, que insistían en recomendar una conducta
prudente y en que se agotaran las medidas conciliatorias antes de
acudir a hechos revolucionarios, se decidió comisionar a don
Joaquín Camacho para que, a nombre del Ayuntamiento, se trasladara
al Palacio Virreynal y solicitara a don Antonio de Amar la
formación de una Junta de Gobierno, presidida por él e integrada
por el Cabildo y los patricios designados por el mismo Cuerpo
Capitular. El desarrollo y resultados de esta gestión los describe,
el mismo señor Camacho en el "Diario Político": « Cansado el
ilustre Ayuntamiento - dice - de pasarle oficios respetuosos (al
Virrey) en pie hacía ver la desconfianza de los pueblos para con
los funcionarios del gobierno, de recordarle las medidas que habían
tomado las provincias de Cartagena, Pamplona, y últimamente la del
Socorro con sus gobernadores y corregidores, y de pedir a una Junta
compuesta de los diputados de los Cabildos del Reyno, le mandó el
día 20 de julio, entre 10 y 11 de la mañana, una diputación para
convenir verbalmente sobre las medidas que debían tomarse en
circunstancias tan urgentes y tan críticas. El asesor del Cabildo,
don José Joaquín Camacho fue el encargado de sostener esta
conferencia. Así que se impuso Amar del objeto de esta misión se
denegó abiertamente; instado por segunda vez con razones
victoriosas, se indignó y con un aire feroz respondió:
|
"Ya he dicho ».
El rechazo de una gestión "que habría salvado a este Virrey",
según agrega Camacho, privó de sus último escrúpulos a los
vacilantes y los Regidores se dispersaron discretamente, a fin de
cumplir las consignas que se les habían asignado en las juntas del
Observatorio. Poco antes de las doce del día, como estaba previsto,
se presentó don Luis de Rubio en el almacén de Llorente y después
de hablarle del anunciado banquete a Villavicencio, le pidió
prestado el florero para adornar la mesa. Todo parece indicar que
Llorente se negó a facilitar el objeto pedido, pero no existe
prueba de que su negativa hubiera sido dada en términos despectivos
o groseros. El comerciante español era un hombre de avanzada edad y
de muy mala salud, y ello hace más verosímil la versión de quienes
afirman que se limitó a explicar su negativa, diciendo que "por
haber prestado la pieza otras veces se iba maltratando y perdía su
valor". Sólo la intervención de Caldas, quien pasó por frente del
almacén y saludó a Llorente, permitió a don Antonio Morales tomar
la iniciativa y formular duras críticas a Caldas por dirigir la
palabra a "este sastrezuelo que ha dicho mil cosas contra los
criollos". Morales y sus compañeros comenzaron entonces a gritar
que el comerciante español había dicho a Rubio: «Me c... en
Villavicencio y en los americanos », afirmación que Llorente negó
categóricamente, al tiempo que se dirigía al interior del almacén
para evitar un altercado. Morales "le siguió hasta dentro del
mostrador y hartó de palos a Llorente, que por pura casualidad
escapó vivo de entre las manos de éste", según afirma un relato de
la época».
Mientras el comerciante peninsular era golpeado por Morales, los
principales conjurados se dispersaron por la plaza gritando: ¡Están
insultando a los americanos! ¡Queremos Junta! ¡Viva el Cabildo!
¡Abajo el mal gobierno Mueran los bonapartistas! era de preverse,
los primeros tumultos se formaron en los alrededores del almacén de
Llorente y sólo la oportuna intervención del Coronel José María
Moledo, Comandante de uno de los Regimientos de la Capital,
consiguió salvar la vida al español. Con gran trabajo logró Moledo
llevarlo a la casa de don Lorenzo Marroquín, mientras la conmoción
se intensificaba en la plaza.
El sentido que espontáneamente tomó la ira de la multitud,
compuesta de indios y blancos, patricios y plebeyos, ricos y
pobres, indica los extremos de impopularidad en que habían caído
las autoridades y particularmente los Oidores de la Audiencia. Las
turbas se precipitaron sobre las casas de los Oidores Alba y Frías
y del Regidor Infiesta y "rompieron a pedradas las vidrieras,
forzaron las puertas y todo lo registraron", dice el "Diario
Político". Sus dueños sólo pudieron salvarse refugiándose en los
zarzos ó saltando por las tapias a las residencias vecinas.
El Virrey, las autoridades militares y los españoles,
contemplaron atónitos ese súbito y violento despertar de un pueblo
al que se habían acostumbrado a menospreciar, y la maquinaria del
Estado se inmovilizó desde el momento en que la magnitud de la
emergencia hizo imprescindible que fuera el Virrey quien tomara las
decisiones para afrontarla. Mientras la marejada popular adquiría
las dimensiones de una tormenta revolucionaria, el señor Amar y
Borbón escuchaba en Palacio, sin poder resolverse, las opiniones de
la Virreyna, quien le solicitaba ordenar la salida inmediata de las
tropas a la plaza y los juicios del Oidor Jurado, recientemente
llegado a Santafé, quien le aconsejaba buscar un compromiso con la
oligarquía criolla y romper francamente con los Oidores Alba y
Frías. Como todos los hombres débiles, el Virrey sólo trató
entonces de evitar que sus subalternos tomaran decisiones que
pudieran echar sobre sus espaldas la sombra de alguna
responsabilidad. Cuando el Coronel Sámano le pidió permiso para
sacar las tropas y los cañones a la plaza, agregando que se
comprometía a dominar en pocos minutos el tumulto, el Virrey le
respondió con la prohibición expresa de tomar ninguna medida de
carácter militar, negativa que desmoralizó a la oficialidad
española y le comunicó el complejo de temor que dominaba al
mandatario. De esta manera se facilitó la tarea del Capitán Baraya,
quien en el Batallón Auxiliar y en el Parque de Artillería, pudo
fácilmente ganarse a muchos de los oficiales, arguyendo, como lo
hacían los patricios criollos en la plaza, no era ésta una
insurrección contra España, sino un acto de legítima defensa de la
patria española contra unas autoridades corrompidas, que tenían el
proyecto de entregar el Reyno a Napoleón y a los "libertinos de
Francia".
Como a la heterogénea multitud, cuya ira se desató el 20 de
julio, no se le señalaron objetivos políticos ni un programa de
acción revolucionaria, sino que repentinamente se estimularon sus
resentimientos contra las autoridades, fue inevitable el rápido
desborde de la violencia vindicativa contra las personas y
propiedades de los Oidores, y esa violencia adquirió caracteres
dramáticos en la medida en que las turbas se daban cuenta de que no
se les ofrecía resistencia por parte de las tropas. Después de
saquear las casas de los principales funcionarios de la Audiencia,
los amotinados se dirigieron contra las tiendas y almacenes de los
comerciantes españoles, y al cabo de una hora de desenfreno eran
pocas las puertas, ventanas y vidrieras del comercio peninsular que
no mostraban las huellas de la piedra y el garrote. Hacia las tres
de la tarde la situación tomó visos más alarmantes, porque las
multitudes comenzaron a olvidarse de las autoridades y la dinámica
de la miseria y de la injusticia las indujo a prescindir de toda
distinción, de manera que los magnates criollos de la Capital
temieron, con sobrada razón, que pronto les llegaría el turno de
sufrir el impacto de la inconformidad popular. Hacia las cuatro de
la tarde los patricios criollos habían renunciado a permanecer en
las calles y se habían ocultado en sus casas, pensando los unos en
salvar sus vidas y los más en proteger sus bienes.
La violencia de las turbas no tuvo entonces las proyecciones
revolucionarias que era de esperarse, porque gran parte de La gleba
que intervino en esta primera fase del conflicto estaba formada por
indios y vivanderos de las poblaciones de la Sabana, que debían
regresar a sus pueblos al atardecer. Ello explica por qué, hacia
las cinco de la tarde, la presión multitudinaria había cedido y
tanto en la plaza como en las calles era menor la concurrencia.
Después de asaltar las residencias y almacenes, los indios y
vivanderos comenzaron a dejar la ciudad y en las vías de salida se
advertía la aglomeración que anteriormente tuvo su epicentro en la
Plaza Mayor y calles adyacentes. « Todo dice Acevedo Gómez en su
relato de los sucesos del 20 de julio era confusión a las cinco y
media:
|los hombres más ilustres patriotas, asuztados por un
espectáculo tan nuevo, se habian retirado a los retretes más
recónditos de sus casas. Yo preví que aquella tempestad se iba a
calmar, después de que el pueblo saciase su venganza derramando
la sangre de los objetos de su odio y que a manera del que
acalorado por la bebida cae luego en languidez y abatimiento, iba
|a proceder un profundo y melancólico silencio, precursor de
la sanguinaria venganza de un gobierno que por menores ocurrencias
mandó cortar las cabezas del cadete Rosillo y de Cadena ».
La convicción de que el movimiento estaba a punto de fracasar,
de quedar reducido a "un profundo y melancólico silencio", indujo a
Acevedo Gómez, quien era el más firme y valeroso de los jefes de la
oligarquía criolla, a salir de su casa « dejando - dice - a mi
desolada familia sumergida en el llanto y en el dolor ».
Inmediatamente se encaminó al edificio del Ayuntamiento, con la
intención de invitar a los Regidores a reunirse en Cabildo y
resuelto a arengar al pueblo para evitar su total dispersión. Ya en
el edificio del Cabildo, sólo consiguió reunir a don Miguel de
Pombo, a don Manuel de Pombo, don Luis de Rubio, el secretario
Meruelo y el Coronel José María Moledo y, en un esfuerzo
desesperado por salvar el movimiento, salió al balcón del Cabildo,
llamado "La Cazueleta", y pronunció una elocuente arenga pidiendo
al pueblo no olvidar que "la suerte de todo el Reyno dependía del
resultado que tuviese este movimiento de la Capital". De esta
manera trataba de ganar tiempo y de mantener reunidos a algunos
grupos de gentes en la plaza, pues no se le ocultaba que el Virrey
y las autoridades sólo esperaban el momento en que acabara de
desbandarse la gente para reasumir el control del orden público. La
difícil situación a que se hallaba enfrentado Acevedo hacia las
seis y media de la tarde la describe el español don Manuel María
Fardo, testigo ocular, en su famosa relación de los Sucesos del 20
de julio: «En medio de la oscuridad de la hora - dice - me pareció
ver al Regidor don José Acevedo, tan acérrimo revolucionario como
V.S. sabe, dando fuertes palmadas sobre la baranda
|para llamar
la atención de algunos pocos de la plebe que habían quedado por
allí y se iban retirando ya; les gritaba que no se fueran, pues
importaba más que antes su reunión y permanencia para lo que aún
faltaba. Seguidamente, con el breve intermedio de completar el
alumbrado del balcón y de hacer agolpar debajo a los referidos
plebeyos, entre quienes se veían andar algunos individuos de poca
mayor esfera, como tenderos y revendedores, amagando y conteniendo
a los que intentaban dejar el puesto, o pasando rehusaban tomarlo
en el montón, principió Acevedo desde arriba a perorarles... ».
El tribuno comprendió que debía aprovechar el resto de
entusiasmo que aún se advertía entre el limitado grupo de gentes
situadas en las proximidades del Cabildo y procedió a poner en
ejecución la parte vital del proyecto acordado en las juntas del
Observatorio. Se declaró investido del carácter de "tribuno del
pueblo", carácter que le habían otorgado pequeños grupos de amigos
suyos cuando salió de su casa y desde el balcón de "La Cazueleta"
comenzó a designar las personas que debían formar parte de la nueva
Junta del Gobierno del Reyno. « Principió Acevedo desde arriba -
relata Fardo - a perorarles y proclamar una caterva de
|sujetos
de viso para miembros o vocales de la Junta que dijo debía e
iba a establecerse y a encargarse del Supremo Gobierno, nombrando
uno por uno y esperando que los del pelotón, precedidos y guiados
de las voces sobresalientes de algunos que después me dijeron había
entre ellos confabulados con el proclamador y sus comitentes,
prestasen, levantando como levantaban una confusa, indistinta y
destemplada gritería, su aprobación y con descendencia sobre cada
proclamado ».
Tal fue el procedimiento que se empleó el 20 de julio para
constituir la famosa Junta de Gobierno, Junta integrada por
Acevedo, en su mayoría, con personas que no se habían aproximado
siquiera al lugar de los acontecimientos. Por exclusiva voluntad
suya y de acuerdo con lo decidido en las Juntas del Observatorio
fueron nombrados para vocales de dicha Junta, don José Miguel Pey,
entonces Alcalde ordinario de primer voto, don José Sanz de
Santamaría, Tesorero de la Real Casa de Moneda; don Manuel de
Pombo, Contador de la misma; don Camilo Torres, Luis Caycedo y
Flórez, Miguel de Pombo, Juan Bautista Pey, Arcediano de la
Catedral; don Frutos Joaquín Gutiérrez, Joaquín Camacho, Francisco
Morales, Juan Gómez, Luis Azuola, Manuel Alvarez, Ignacio de
Herrera, Emigdio Benítez, Capitán Antonio Baraya, Fray Diego
Badilla, Coronel José María Moledo, Pedro Groot, Sinforoso Mutis,
José Martín París, Antonio Morales, Juan Francisco Serrano Gómez y
Nicolás Mauricio de Omaña.
Como la oligarquía criolla necesitaba justificar la
|legitimidad de la Junta así nombrada, en los días siguientes
se trató de disimular su origen arbitrario y su composición de
casta, y los historiadores, guiados por los documentos parciales de
la misma Junta, se encargaron de prolongar el equívoco. Existen, no
obstante, valiosos documentos de la época, los cuales permiten
establecer que las aclamaciones no fueron unánimes y que, en la
selección de los vocales, no hubo verdadera consulta al pueblo,
sino la más franca y deliberada imposición. En "La Constitución
Feliz", primer periódico cuya publicación ordenó la Junta, dice su
director, al relatar los sucesos del 20 de julio: Omito referir las
alteraciones acaloradas
|que hubo entre varios individuos de la
nobleza y del pueblo relativas a la elección de vocales, porque
sería necesario escribir un tomo en folio, y yo me he propuesto ser
muy lacónico en esta relación ».
Aunque don Manuel del Socorro Rodríguez, director de esta
publicación no quiso escribir el "tomo en folio" que juzgaba
necesario para referir las "acaloradas alteraciones" que hubo entre
patricios criollos y el pueblo "relativas a la elección de los
vocales", el hilo de los acontecimientos puede seguirse en el
Manifiesto publicado, en enero de 1811, por don Ignacio de Herrera,
uno de los personajes a quien Acevedo nombró vocal de la Junta. «
Reunido el pueblo en la Plaza Mayor - dice Herrera - insiste en la
instalación de la Junta; era preciso que nombrara vocales que la
compusieran; pero el desorden, los diversos objetos a que debía
atender, no le permitieron detenerse en la elección;
|aprueba el
pueblo lo que propone un individuo; y esta buena fe ha sido el
principio de sus desgracias. El favor y la intriga colocaron a
muchos que no tenían un verdadero mérito. Este vicio era preciso
que ocasionara tristes consecuencias; hombres que no tenían más
conocimientos que los que presta el miserable manejo de un ramo de
la Real Hacienda; otros educados en el comercio, y algunos abogados
sin más estudio que el necesario al foro, compusieron el mayor
número de los vocales... De ahi el choque de opiniones, las
dilatadas disputas el desorden y otros mil vicios que apartaban las
miras del Gobierno
|de la utilidad común ».
Aunque la oligarquía había nombrado, hacia las seis y media de
la tarde, su propia Junta de Notables, el hecho tenía todas las
características de una victoria fugaz. Los grupos de gente que
rodeaban el Cabildo eran cada vez más escasos y al mismo Acevedo
Gómez le había sido imposible conseguir que los Regidores y la
mayoría de los vocales nombrados se trasladaran al lugar de los
acontecimientos. En el Palacio Virreynal las caras se habían
alegrado de nuevo y el señor Amar, demostrando unos bríos que no se
le conocieron durante toda la tarde, lanzaba puyas a la Virreyna y
a quienes le habían sugerido medidas drásticas. Con esa
peculiaridad propia de los temperamentos débiles y bonachones, el
señor Amar pasaba fácilmente de un estado de completo abatimiento a
otro de euforia y ahora se ufanaba, ante sus consejeros y la
Virreyna, de la intuición que le permitió anticiparse a prever que
el "bochinche" no tendría mayores consecuencias y se extinguiría,
al cabo de unas horas de retozo popular, con la misma facilidad con
que comenzó.
Debe reconocerse que los razonamientos del Virrey no andaban del
todo descaminados, porque a las seis y media de la tarde el
movimiento proyectado por los magnates criollos estaba tocando los
linderos del más completo fracaso. Cada minuto que transcurría era
menor la concurrencia en los alrededores del Cabildo y mayor la
resistencia que demostraban los Regidores y vocales a comprometerse
en una aventura que tenía escasas perspectivas de éxito. Acevedó
Góméz, dando muestras de un coraje extraordinario, trataba de
evitar que las gentes se dispersaran y luchaba, prácticamente solo,
por salvar su causa del desastre inevitable. Entre él y el Virrey
se libraba un duelo silencioso y dramático, de cuyo desenlace
dependería la suerte futura del Nuevo Reyno. El señor Amar,
siguiendo las tendencias de su carácter abúlico, se limitaba a
esperar sonriente, seguro de que el tiempo era su aliado y obraba
en su favor, mientras Acevedo, aprisionado en las redes de
estrategia política de la oligarquía criolla - fundada en la
desconfianza por el pueblo y en el deseo de limitar, al mínimo
posible, su participación en el movimiento - se veía precisado a
realizar desesperados esfuerzos para conseguir, con ruegos y
discursos, que los grupos de gentes cada vez más escasos, que
permanecían en la plaza, no se desbandaran. « Si perdéis este
momento de efervescencia y calor - clamaba Acevedo desde el balcon
del Cabildo -; si dejais escapar esta ocasión única y feliz, antes
de doce horas seréis tratados como insurgentes; ved (señalando las
cárceles) los calabozos, los grillos y las cadenas que os esperan
».
Estas vibrantes sentencias, citadas por los historiadores como
prueba de la elocuencia de Acevedo, constituyen, más bien, la
demostración palpable de la dramática encrucijada a que se hallaba
enfrentado en esos momentos. La derrota del movimiento hubiera sido
inevitable de no haber intervenido, entonces, esos imponderables
que tan frecuentemente varían el curso de la historia. El
desequilibrio que estaba deteriorando, minuto a minuto, la posición
de Acevedo en el Cabildo, fue contra pesado, inesperadamente, por
la participación de nuevas fuerzas en el conflicto, gracias a la
actividad política de un hombre extraordinario, del verdadero
prócer del 20 de julio, de José María Carbonell, a quien nuestra
historia oficial ha tratado de arrinconar en los modestos desvanes
que se reservan para los personajes de secundaria importancia. Nada
tiene ello de sorprendente, porque esa historia sólo ha otorgado el
apelativo de "prócer" a los servidores sumisos de la oligarquía, y
para los defensores del pueblo y los voceros de sus intereses, ha
reservado invariablemente los calificativos de "demagogos",
"agitadores" y "tiranos". Si nuestra historia republicana se inicia
con la persecución del hombre que salvó el movimiento del 20 de
julio, ello se comprende al conocer los procedimientos de que se
sirvió Carbonell para rescatar la causa americana del fracaso a que
la habían conducido esa tarde los patricios criollos. Carbonell no
desconfió de nuestro pueblo, ni quiso limitar, al mínimo
indispensable, su intervención, en aquellos sucesos, decisivos,
sino que lo invitó, sin reticencias ni reservas mentales, a llenar
con sus aspiraciones y esperanzas el magno escenario a donde iba a
cumplirse el nacimiento de la nacionalidad.
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