Fue tan evidente el espíritu de casta que inspiró el movimiento
y tan notorio el menosprecio que profesaban al pueblo los
aristócratas quiteños, que no tardaron los autores de la conjura en
enfrentarse a la hostilidad de las clases populares y hasta les fue
imposible reclutar unos cuantos soldados, para defender su causa
contra las fuerzas militares despachadas desde Lima, Pasto y
Popayán. « Su indiferencia e incomprensión - dice el historiador
ecuatoriano Oscar Efrén Reyes - venían a ser factores peligrosos de
aislamiento político e ineficiencia militar, como se comprobó, en
seguida, al organizarse los batallones que fueron despachados para
el norte, a fin de batir las fuerzas represoras que venían de la
Nueva Granada. Estos batallones, sin mucha convicción cívica,
|iban reduciéndose a medio camino a causa de las frecuentes
deserciones ».
Si la rebelión de Quito estaba condenada a fracasar en corto
plazo, ella tuvo, no obstante, extraordinarias repercusiones
políticas en el Virreynato Granadino. No bien se conocieron en
Santafé los despachos remitidos por el Marqués de Selva Alegre para
dar cuenta al Cabildo de la Capital de los sucesos del Sur, los
Oidores Hernández de Alba e Infiesta se dieron cuenta de la
explosiva eficacia del ejemplo ofrecido por los rebeldes de Quito y
temerosos de que algo semejante ocurriera en Santafé, trataron de
convencer al Virrey Amar de que se anticipara a tomar las medidas
indispensables para prevenir posibles perturbaciones del orden
público, empezando por la detención de todos los criollos sobre
cuya lealtad existían fundadas sospechas. Aunque el Virrey estaba
muy lejos de simpatizar con los actos subversivos cumplidos en
Quito, no quiso convenir en las drásticas medidas recomendadas por
los Oidores y prefirió adoptar una conducta contemporizadora, que
lo libraba de un definitivo rompimiento con los criollos y le
permitía mantener la independencia de su gobierno, frente a las
pretensiones de los Oidores, con quienes no estaba en buenos
términos. Procedió, por tanto, a convocar una Junta extraordinaria
del Reyno, integrada por el Cabildo de Santafé, la Audiencia, los
oficiales reales, las autoridades eclesiásticas y "los hacendados y
vecinos nobles de la Capital", Junta a la cual sometió según afirma
Acevedo y Gómez « dos puntos: el uno deliberativo y el otro
consultivo. El deliberativo sobre los términos en que debía
contestar el Cabildo a la "Junta Revolucionaria de Quito"; el
consultivo "sobre los medios que debían adoptarse para sujetar
aquella provincia rebelde"...»
La Junta tuvo dos sesiones tormentosas, de cinco horas cada una,
y en su curso los Oidores y funcionarios, por una parte, y los
Regidores criollos del Cabildo por la otra, se dijeron amargas
verdades, ventilaron en términos desapacibles sus antiguas
querellas y trataron, sin mayores disimulos, el
crítico problema que los dividía. El Regidor Acevedo y González
soltó una verdadera bomba en aquel recinto, cargado de pasiones,
cuando le dijo al Fiscal de la Audiencia, don Diego de Frías: «
Señor Fiscal, para mí no es un caso metafísico la subyugación de
España por Francia; y no me será lícito preguntar: ¿cuál será
entonces la suerte de mi patria? ». El Fiscal comprendió la
gravedad de la pregunta formulada por el autorizado vocero de los
criollos y le respondió sin vacilaciones: «Entonces
|juntaremos y dispondremos lo que convenga». Con aquello de
"juntaremos" quería decir Frías que las autoridades coloniales, o
sea la Audiencia y el Virrey, se constituirían en Junta de Gobierno
en el caso de una victoria de Napoleón, y dispondrían entonces "lo
que convenga". Así lo entendió Acevedo y Gómez y enfrentándose al
Fiscal le dijo con altivez: « ¡Se equivoca Vuestra Señoría, señor
Fiscal; en ese caso los pueblos serán los que dispongan de su
suerte, porque aquí somos pueblos libres como los españoles! ».
Esta opinión fue apoyada por el Oidor Cortázar y por Camilo
Torres, lo que obligó a don José Leiva, Secretario del Virrey, a
declarar que se discutía una cuestión completamente ociosa, porque
en España estaba ocurriendo algo semejante a lo que sucedió durante
la Guerra de Sucesión, y que los dominios debían, como en aquella
oportunidad, permanecer tranquilos, para seguir las banderas del
vencedor, al decidirse la lucha entre la dinastía borbónica y la
napoleónica. En el extenso escrito que dedicó Acevedo y Gómez a
comentar estos sucesos, resumió así su respuesta a las
declaraciones del señor Leiva: « Esta opinión, la más escandalosa y
contraria a la fidelidad (al Rey Fernando VII), es la de todos los
europeos que hay en esta Capital, que después
|han querido
manchar la reputación de los criollos americanos con la negra nota
de traidores, que sólo ellos han merecido, y hoy la repiten a
sus amigos en confianza, diciendo que este Reyno es un niño en
mantillas que necesita le sirva de tutor una nación poderosa, y que
ninguna mejor que la España,
|aunque la domine Bonaparte. No
estamos en el mismo caso que cuando la Guerra de Sucesión; entonces
se disputaban el trono dos soberanos descendientes de la dinastía
reinante, ahora lo disputa la nación misma a un tirano usurpador,
que no ha sido ni será llamado por nuestras leyes constitucionales
a reinar en la monarquía».
La Junta se disolvió finalmente sin llegar a un acuerdo sobre
los puntos sometidos a su consideración, porque los funcionarios de
la Audiencia insistieron en que se despacharan tropas para castigar
a los rebeldes de Quito y los criollos se pronunciaron en favor de
un entendimiento con ellos. El señor Amar y Borbón decidió, a la
postre, adoptar una solución que dejara parcialmente satisfechos a
los dos partidos: de una parte comisionó a don José María Lozano,
segundo Marqués de San Jorge, para que se trasladara a Quito a
buscar un acuerdo con los miembros de la Junta, y de la otra,
despachó un regimiento bien armado y municionado, al mando del
Coronel José Dupré, con instrucciones de atacar a los rebeldes si
ellos no se sometían, después de oir al señor Lozano, quien tenía
el encargo de prometerles que no se tomarían represalias contra sus
vidas y haciendas. En este entendimiento partió el Marqués de San
Jorge para Quito y pocos días después le siguieron las tropas de
Dupré, las cuales no tendrían la oportunidad de intervenir en el
conflicto porqué los refuerzos militares despachados por el Virrey
del Perú llegaron a Quito primero y la Junta de los marqueses
rebeldes desprovista de todo respaldo popular, se vio precisada a
rendirse. El gobierno de la Audiencia fue restablecido y el Conde
Ruiz de Castilla, como su Presidente, reasumió el mando.
Los notorios desacuerdos que se produjeron entre el Virrey y los
Oidores de la Audiencia en el curso de los acontecimientos que
acabamos de relatar, hicieron concebir a los criollos la esperanza
de un posible entendimiento con el señor Amar y Borbón, y después
de prolongadas deliberaciones en las residencias de Acevedo y Gómez
y Joaquín Ricaurte optaron por comisionar a don Frutos Joaquín
Gutiérrez, quien tenía estrecha amistad personal con el Virrey,
para que le indujera a apoyarse en el partido americano, leal a
Fernando VII, y a romper sus relaciones con la Audiencia, en la
cual existía en concepto de los criollos, el propósito de plegarse
a la dinastía napoleónica, si ella se afianzaba en la Península.
Así lo hizo el señor Gutiérrez y no tardó en conseguir algunos
progresos en su misión, porque el Virrey no era persona difícil de
atraer, dadas las peculiaridades de su carácter. « Tenía - dice
Sergio Elías Ortiz - algo más de sesenta años, que le pesaban, pues
estaba en los linderos de la decrepitud. Sufría, además, de
sordera, con los efectos sicológicos que una deficiencia de esta
clase debía producir en sus actos. De suyo, según se pudo ver de su
conducta en las horas graves del gobierno, era irresoluto y
abúlico. Como todo hombre poltrón gustaba de la buena mesa, del
boato y la tranquilidad del hogar, lo demás lo tuvo sin cuidado
hasta 1808, en que empezó para él la tragedia, excepto la cacería
menor a que era muy aficionado y que practicaba por los lados de
Suba».
Muchos historiadores se han sentido tentados a comparar al señor
Amar y Borbón con Luis XVI y no puede negarse que su carácter y
comportamiento presentan algunas semejanzas. El Virrey y su esposa,
doña María Francisca de la Paz Borbón, eran vástagos rezagados de
la famosa dinastía francesa y la gran personalidad de la Virreyna,
quien "dominaba a su marido", agregaba otra semejanza al paralelo
que ha dado motivos de reflexión a nuestros historiadores. La
Virreyna carecía, es verdad, de los encantos y la femineidad de
María Antonieta, pero su conducta, en las horas críticas, presenta
no pocos parecidos e igual puede decirse de la dignidad y altivez
con que supo soportar el infortunio. Según Carrión y Moreno, la
Virreyna no ocultaba su antipatía por los Oidores de la Real
Audiencia y decía públicamente que "los golillas hostigaban a su
marido"; no era menor su hostilidad contra los criollos y
constantemente alertaba al Virrey contra ellos y le estimulaba a
tomar las precauciones de orden público necesarias para prevenir
"graves amenazas contra la tranquilidad del Reyno Fue la Virreyna
quien logró frustrar las hábiles gestiones de don Frutos Joaquín
Gutiérrez, quien nada consiguió, a la postre, del señor Amar. La
idea de constituir en Santafé una Junta Suprema de Gobierno,
presidida por el Virrey, proyecto favorito de los criollos, sacaba
de sus casillas a doña María Francisca y a dicho proyecto se opuso
en todos los momentos en que notó que los, argumentos del señor
Gutiérrez hacían mella en el vacilante ánimo del Virrey.
Ello explica, posiblemente, la extraña gestión realizada por el
Canónigo Andrés Rosillo y Meruelo, quien resolvió, tentar a la
Virreyna con una oferta que creyó bastante para decidirla a
inclinarse, e inclinar al señor Amar, en favor de los criollos.
Este famoso Canónigo figuraba, en 1809, en la primera plana de la
oligarquía criolla y de él ha dicho el distinguido historiador
Rodríguez Plata: « Rosillo fue el tipo perfecto de un abate
renacentista con todas sus cualidades y defectos... Fue un
auténtico Fouché americano, identificado con el Duque de Otranto no
solamente por sus condiciones biosíquicas, por su "admirable y
persistente falta de carácter", sino también porque ambos nacieron
y vivieron en los mismos años. Fouché en el Nuevo Reyno de Granada
hubiera sido un Rosillo, y Rosillo en Francia hubiera sido un
Fouché... A ambos les importaba estar siempre con el vencedor y
nunca con el vencido... Y, por último, bástenos saber que por esta
época, ya poseía don Andrés Rosillo y Meruelo varias casas en la
Capital del Virreynato y otras en la Villa del Socorro que le
producían magníficos cánones de arrendamiento y no pocos pleitos y
contrariedades. Igualmente era por entonces el más acaudalado
prestamista de la Capital, al módico interés del veinte por ciento,
naturalmente imposible de pagar para los infortunados deudores que
tenían que sufrir las consecuencias, mediante los juicios que el
mismo Canónigo les seguía ante las autoridades judiciales cuando
quiera que no cumplían las estipulaciones de los respectivos
préstamo».
Tal era el personaje que un día del mes de septiembre de 1809 se
presentó, con gran sigilo, en el Palacio Virreynal y después de
obtener una audiencia privada con doña María Francisca, « mirando -
dice el expediente - con extraordinario cuidado a las puertas de la
alcoba y gabinete por si alguno estaba o escuchabá, muy zozobroso y
azorado se expresó (ante la Virreyna) en estos y equivalentes
términos: El señor Fernando VII ya habrá muerto por el acero, por
el veneno o por la cuerda, y es preciso tomar aquí partido; Vuestra
Excelencia y el señor Virrey están amados y queridos
extremadamente, el pueblo o el Reyno los adora y no tendrían
inconvenientes en proclamar al señor Virrey soberano de este Reyno.
Que para esto contaban con cuarenta mil hombres, armas y
artillería...».
A doña María Francisca no le molestó, posiblemente, la oferta de
la Corona, pero la alarmó, en cambio, la declaración de que los
conspiradores "contaban con cuarenta mil hombres, armas y
artillería". A fin de no despertar las sospechas de Rosillo, le
contestó con evidente humor, que "no deseaba más Reyno que el de
los cielos" y se despidió de él en términos cordiales, dándole a
entender que tendría en cuenta su sugerencia. Cuando el abate salió
del Palacio, estaba lejos de sospechar que la Virreyna poco pensaba
en su oferta y la preocupaban, en cambio, los preparativos
conspiradores y la posibilidad de que la Audiencia descubriera la
gestión de Rosillo y se sirviera de ella para iniciar un proceso
por "traición" al señor Amar, a fin de deponerlo del mando. Para no
correr los riesgos de estas peligrosas eventualidades, doña María
Francisca llamó al Provisor Vicario del Arzobispado, don Domingo
Duquesne, y le relató los términos de su conversación con Rosillo,
a fin de que "hecho cargo de la gravedad del asunto no lo
despreciase y diese forma de comunicarlo a quien corresponda».
Los temores de la Virreyna eran sobradamente justificados,
porque en estos días, precisamente, los Oidores de la Real
Audiencia, molestos por la dubitativa conducta del Virrey durante
la rebelión de Quito y temerosos de que el señor Amar se entendiera
con los criollos, decidieron seguirle un proceso judicial y
destituirle del mando, a fin de que la Audiencia asumiera el
gobierno del Virreynato. El Oidor Hernández de Alba fue encargado
de instruir secretamente un sumario en que se culpaba al Virrey de
varios delitos y se le sindicaba del mismo crimen que los criollos,
con mejores fundamentos, enrostraban a los Oidores: de fraguar la
entrega del Reyno a Napoleón.
Para llevar a efecto este proceso, que suponía un verdadero
golpe de Estado de la Audiencia contra el Virrey, los Oidores se
cuidaron de tomar las medidas que les permitirían dominar
militarmente a los criollos, si ellos intentaban, como era
verosímil, defender al Virrey. Para esta empresa - relata Acevedo
Gómez - contaban los Oidores con más de cuatro cientos hombres
españoles y americanos, y habían prevenido ya al pueblo de antemano
por medio de veintidós pasquines que aparecieron en diversos
parajes públicos de esta ciudad, con la circunstancia de estar
todos puestos con una goma que los identificaba a la pared, a
excepción de los que se colocaron en las puertas de las casas de
los Oidores, que sólo tenían una oblea. El contenido de los
pasquines era sindicar al Virrey de "partidario de los franceses
como que era hechura de Godoy, de injusto, venal, y dirigido por
sus criados, que eran todos ladrones y los más franceses de
origen"... »
Parece que la indiscreción de un funcionario subalterno de la
Audiencia puso en conocimiento de don Joaquín Ricaurte la
naturaleza del sumario que secretamente se estaba instruyendo
contra el señor Amar y ello le indujo a convocar, en su casa, una
junta de las principales personalidades de la oligarquía criolla, a
fin de comunicarles lo que ocurría y acordar conjuntamente la
manera de oponerse al proyecto de los Oidores. En esta junta se
decidió, después de prolongadas deliberaciones, que el Alcalde
Ordinario de Santafé, don Luis de Caycedo, acusara a los Oidores,
ante el Virrey y las autoridades judiciales, de "conspirar" contra
el gobierno legítimo y pidiera « que se pase inmediatamente a la
casa del Oidor de Alba y allí se encontrará en un escritorio o
armario de madera, un secreto, que se descubre de tal modo, y en él
una sumaria seguida por el mismo Oidor, de orden de la Audiencia,
contra el Virrey... ». Con esta gestión trataban los criollos de
salvar al señor Amar, a fin de evitar que el mando cayera en poder
de la Audiencia, la cual sólo esperaba esta oportunidad para
iniciar la persecución contra el partido criollo.
Cuando el Virrey se enteró, por la gestión del señor Caycedo,
del proyecto de los Oidores, renunció a su habitual apatía, ordenó
rodear el Palacio de tropas y por consejo de doña María Francisca,
dispuso que se preparara la orden de arresto del Oidor Hernández de
Alba. Los criollos miraron con extraordinario regocijo los
preliminares de un conflicto que afectaba, profundamente, la unidad
de las autoridades del Reyno y enviaron a don Frutos Joaquín
Gutiérrez a ofrecerle al Virrey el apoyo incondicional de los
patricios de Santafé y a solicitarle armas, de los parques
oficiales, para defender, la autoridad virreynal en el caso que la
Audiencia intentara un golpe de fuerza.
A Hernández de Alba e Infiesta no se les escaparon las graves
implicaciones de este conflicto, de cuyos desarrollos sólo ventajas
podían obtener los criollos, y decidieron vistarse inmediatamente
con el Virrey y buscar un miento que pusiera a salvo los intereses
del partido peninsular. La Audiencia se reunió con el señor Amar
poco después del denuncio de Caycedo y « aquella noche la pasó el
Virrey - dice Acevedo Gómez - hasta las tres de la mañana en
Acuerdo con los Oidores ». Las intimidades de esta Junta se
desconocen, pero sus resultados permiten colegir lo que ocurrió en
ella. Al día siguiente se ordenó amunicionar la tropa, proteger
debidamente las casas de los Oidores Alba e Infiesta y el señor
Amar se dirigió al Cabildo para manifestarle que los cargos
formulados contra el Oidor Hernández de Alba eran infundados y
declararse satisfecho con respecto a la lealtad de la Audiencia.
También sugirió al Cabildo que se trasladara, en corporación o por
medio de representantes, a la casa de Hernández de Alba, a fin de
verificar si existía o no la sumaria que había dado motivo a la
denuncia del señor Caycedo. Nada se halló, como era de preverse,
porque el expediente se había destruido u ocultado después de que
los Oidores llegaron a un acuerdo con el Virrey, acuerdo por virtud
del cual el señor Amar continuaba desempeñando tranquilamente su
cargo, pero se obligaba a adelantar, en forma conjunta con la
Audiencia, una política de severa represión contra los criollos,
política que Hernández de Alba e Infiesta consideraban
indispensable para garantizar el predominio de los españoles en el
Virreinato.
Comenzaron entonces a ejecutarse, con el asentimiento del
Virrey, las medidas de represión recomendadas por los Oidores. «Se
declararon - dice Camilo Torres - sospechosos todos los
|patricios, y se les miraba con ojo amenazador. Se sumariaron
los hombres de bien, las sospechas se graduaron de realidades, las
denuncias de pruebas, las apariencias de principios, la posibilidad
de testimonio. El terrorismo se dejó ver en su propia figura; la
tropa se mantuvo siempre sobre las armas; se difundieron por las
calles patrullas diarias y nocturnas; se llenó todo el Reyno de
espías vigilantes y aguardaban los hombres sensatos una próxima
ruina ».
La situación llega a su estado de mayor tensión cuando se
conoció en Santafé, por la llegada de algunas gacetas inglesas, que
las fuerzas francesas se preparaban a ocupar las últimas zonas de
España donde aún se les ofrecía una débil resistencia y se rumoró,
también, que el Emperador había despachado emisarios y espías al
Nuevo Mundo, con la misión de ofrecer a los americanos la
|completa independencia, a cambio de que interrumpieran toda
clase de relaciones, fueran ellas comerciales o políticas, con la
Gran Bretaña. Estos rumores no estaban desprovistos de fundamento,
y así se encargó de demostrarlo el mismo Bonaparte, quien anunció
oficialmente esta trascendental decisión, sin contar para nada con
su hermano José, Rey de España. « Napoleón - dice Carlos Villa
nueva - descontento de la actitud asumida por el Rey José, cuando
éste quiso mantener independiente su Reyno del dominio del Imperio,
y preocupándose más de su gigantesca lucha con Inglaterra, de cuyo
desenlace dependía la suerte de la Corona Imperial y el definitivo
afianzamiento de la de su hermano, sintió que eran las colonias
americanas las que alimentaban con sus donativos la desesperada
resistencia de la Península y de los dos ejércitos ingleses.
Entonces fue que, a fin de destruir tan importante concurso
material,
|decidió adoptar una política propia americana, sin
cuidarse de manera alguna de José. Esta la expuso claramente el día
12 de diciembre, de 1809 ante el Cuerpo Legislativo, cuando declaró
que él no se opondría nunca a la emancipación de las colonias
españolas de América,
|porque esta independencia estaba en el
orden necesario de los sucesos, en la justicia y en el bien
entendido interés de todas las potencias,
|y que ayudaría a
proclamarla con tal de que las dichas colonias cerraran sus
mercados a los ingleses ». A principios de 1810 los
peninsulares, ya en retirada, hicieron circular en Santafé y
Popayán un plan de gobierno provisional, destinado a permitir la
supervivencia, en aquella hora de crisis, de los vínculos entre
España y sus Dominios, plan que el realista don Marcelo Tenorio
comunicó a su sobrino. Camilo Torres, con la esperanza de que éste
lo apoyara. Los principios básicos del proyecto eran los
siguientes:
« 1° - Que se establezca un Gobierno Supremo, elegido por el
voto de los Reynos y provincias de toda América, para que gobierne
a nombre del señor don Fernando VII y que este Gobierno sea una
Regencia compuesta de tres o cinco personas.
« 2º - Que mientras se forma la Regencia, se establezcan
provisionalmente en los Reynos y provincias de América, Juntas
Supremas compuestas de los Diputados de las provincias y partidos
de sus territorios y que ellas tengan a su cabeza al Virrey o
Capitán General de cada Reyno o provincia.
« 3º - Que mientras se elige dicha Junta Suprema se forme una
representación legítima de los pueblos que teniendo la confianza de
éstos, pueda tomar su voz y continuar a nombre de Fernando VII
todas las autoridades ».
Afortunadamente para los granadinos no todos los conductores del
gran movimiento de liberación que estaba incubándose en el subsuelo
político del Reyno, se demostrarían desconfiados del pueblo y
cautelosos ante su posible intervención en aquel movimiento
decisivo. Hubo quienes comprendieron - y por ello serían
calumniados y perseguidos -, que la empresa de formar una nación no
podía limitarse a una conjura de notables o al reemplazo de la
hegemonía española por la hegemonía de una casta soberbia, que se
preparaba a cerrarle al pueblo todas las vías de acceso a los
beneficios de la nacionalidad. A Simón Bolívar y a Antonio Nariño
les correspondería representar a la democracia frente a la
oligarquía y ser los voceros de los desvalidos y de los humildes en
la alborada magnífica de la emancipación.
Desde que Nariño comenzó a conspirar contra las autoridades
coloniales, concibió un tipo de estrategia política, en la que poca
importancia se atribuía a los Cabildos, y cuyo objetivo era
provocar un vasto levantamiento popular en aquellas zonas del Reyno
donde la sociedad estaba menos estratificada y era posible esperar,
por consiguiente, una más activa participación de las clases
desvalidas, si se sabía despertar su entusiasmo con un auténtico
programa revolucionario. Significativamente optó Nariño por
comenzar su empresa libertadora en las provincias que
constituyeron, en 1781, el epicentro de la Revolución de los
Comuneros, y el sentido y naturaleza de la tarea que se proponía
realizar las describió él mismo en la indagatoria rendida ante las
autoridades, cuando se le capturó en 1797. «Mi idea - dijo - era la
que tengo indicada en mi relación:
|no contar sino con el
pueblo, y no aventurarme sino a un solo paso que decidiese de
mi vida o de mi suerte. Así pensaba retirarme hacia los pueblos
inmediatos al Socorro y en un sitio que llaman Palogordo, entre
Barichara y Simacota, juntar un corto número de hombres y,
escoltado con ellos, presentarme en un día de fiesta en uno de los
pueblos que están al otro lado del río, que divide a San Gil del
Socorro, y
|hablar al pueblo en medio de la plaza. De este
paso, a mi ver, dependía el éxito de la empresa... El conocimiento
y las noticias que había adquirido en mi viaje, me daban una
probabilidad de que el pueblo me seguiría, y en este caso
apoderándome de las cabuyas del río quedaba atrincherado de la
parte de allá, para poder con más seguridad
|juntar y ordenar las
gentes de los pueblos inmediatos, que a distancia de medio día hay
más de setenta mil habitantes...
Este plan revolucionario le valió a Nariño seis años de cárcel y
sólo a fines de 1803 fue libertado por las autoridades. Cuando se
agudizó, en 1809, el conflicto entre criollos y españoles, de nuevo
insistió Nariño, en franca discrepancia con los patricios de la
casta criolla, en que se depusiera a las autoridades españolas no
por un golpe palaciego o una conspiración de notables en los
Cabildos, sino por un auténtico miento popular. « No contar sino
con el pueblo era su consigna, y en 1809 se propuso repetir, en el
Nuevo Reyno, la hazaña de los Comuneros. Con la ayuda del abate
Rosillo, del Oidor de Quito Míñano y de don Luis Caycedo, dio
Nariño los pasos preliminares para desatar una revolución popular
en el Socorro y en Zípaquirá y un alzamiento de los esclavos en la
región del Saldaña y la provincia de la Mesa. En estas zonas, de
acuerdo con su proyecto, debían formarse los núcleos de las
montoneras populares que avanzarían sobre la Capital, ensanchándose
en la marcha, como ocurrió en tiempos de los Comuneros. Cuando el
proyecto estaba en sus fases iniciales y apenas comenzaba a dar sus
primeros frutos, la indiscreción del joven Jorge Salgar, a quien
Rosillo puso en antecedentes del plan, permitió a las autoridades
descubrirlo.
Nariño fue detenido el 23 de noviembre de 1809 y poco después lo
fueron Rosillo y Miñano. Como las autoridades consideraban a Nariño
el más peligroso caudillo de los americanos, se ordenó su inmediato
traslado a las fortalezas de Cartagena, donde fue sometido a un
severo régimen carcelario. Desde este momento el pueblo granadino
fue condenado a carecer de un autorizado vocero de sus intereses en
los históricos. a que se aproximaban. El campo quedó libre para los
grandes señores de la oligarquía criolla, quienes pudieron
consagrarse, sin estorbos, a la preparación de su proyecto
favorito: la toma del poder por los Cabildos, cuya composición
plutocrática les garantizaba la debida protección de la riqueza
criolla contra una posible insurgencia popular. El más inteligente
y prestigioso de los abogados de Santafé, el personaje cuyas
vinculaciones familiares y profesionales con el estamento criollo
le destinaban a actuar como su más autorizado representante, don
Camilo Torres, resumió el punto de vista de los patricios criollos
al dar respuesta, al 29 de mayo de 1810, a la carta en que su tío,
don Marcelo Tenorio, le recomendaba la solución política
provisional que los españoles juzgaban aceptable para el caso de la
total ocupación de la Península por los ejércitos franceses. En su
respuesta declaraba Torres que el poder debían asumirlo los
Cabildos y, en franco con traste con las ideas de Nariño, rechazaba
toda posible participación del pueblo en la elección de las
autoridades provisionales: « Como sus deliberaciones (las del
pueblo) serían hechas - decía - en medio del tumulto y el desorden,
y como, por otra parte, la voluntad de una ciudad o de una
provincia sola no puede explicar la voluntad general de todo el
Reyno, es preciso, para evitar aquellos inconvenientes, y mientras
se organiza una verdadera representación nacional, que los
Cabildos, por lo menos los que lo son de las cabezas de provincias,
levanten la voz y convoquen a los padres de familia y a los hombres
de luces de sus respectivos distritos. Estas Juntas así formadas
serán otros tantos cuerpos representativos de cada provincia o
distrito, que deben subsistir hasta que se haga la instalación de
un Congreso general en la Capital del Reyno...
|Convengo con
usted en que los individuos que hoy componen nuestros Cabildos no
son unos verdaderos representantes de los pueblos, porque éstos no
los han nombrado y deben sus oficios a la compra que han hecho de
ellos, o a la elección de los demás capitulares. Sin embargo,
aquí es preciso olvidar el origen de la cosa y atender solamente a
sus efectos...
El derrumbe de la Monarquía española comenzaba a producir en
América sus naturales resultados. La autoridad había quedado
prácticamente vacante y este hecho revolucionario constituía una
excepcional coyuntura histórica para que los americanos
conquistaran su autonomía política y decidieran, en el magno
escenario de un mundo convulsionado, si la nacionalidad sería un
hogar amable, cuyos beneficios estarían abiertos a todos sus hijos,
o apenas el coto de caza de una oligarquía vanidosa y simuladora de
cultura, que desconfiaba del pueblo y despreciaba sus valores
espirituales. ¡América se aproximaba, pues a la hora de las grandes
decisiones!