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INDICE
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CAPITULO XVIII
LAS CONTRADICCIONES REVOLUCIONARIAS
DEL RÉGIMEN COLONIAL
|LOS DOMINIOS como mercado de la burguesía española. - El
monopolio mercantil. - Los "Economistas de Indias". -Estructura
económica del Virreynato granadino. - Metales preciosos y frutos
tropicales. - Mentalidad colonial de los comerciantes. -
Deficiencias de la Metrópoli como vendedora única. - La crisis de
abastecimientos. - El contrabando. - Conflictos en la zona agraria.
- La hacienda sustituye a la Encomienda. - Las disponibilidades le
mano de obra. - Conspiración criolla contra los Resguardos de
indios. - La cuestión del salario. - Prevenciones del Virrey
Mendinueta. - Los Gremios de artesanos. - Producción nacional y
comercio colonial. - Deficiencias de la Metrópoli como compradora
única. - En los albores de la independencia granadina.
SI LA REVOLUCION de los comuneros y el levantamiento de Túpac
Amaru indujeron a la Corona a introducir algunos cambios en el
conjunto de su política colonial, dichos cambios tuvieron un
carácter epidérmico y en manera alguna se puede considerarlos como
una rectificación fundamental de esa política. En la medida en que
proseguía el desarrollo de las doctrinas burguesas en el Viejo
Mundo y se desvanecía la influencia de las ideas morales y
religiosas que inspiraron las Leyes de Indias, se acentuaba,
también, la tendencia a transformar los Dominios en una zona
subalterna de la economía española y la burguesía peninsular, mal
equipada para comprometerse en una ofensiva frontal contra el añejo
feudalismo de España, consiguió, en cambio, que la Corona le
permitiera utilizar las posesiones americanas como el mercado
colonial que necesitaba para apresurar su desarrollo y
enriquecimiento en cuanto a la clase económica. La importancia y
alcances de este proceso los explica con singular penetración
Manfred Kossok, quien dice al respecto: «La Corona podía dejarse
arrancar concesiones con facilidad tanto mayor cuando que, a costa
de sus posesiones coloniales, poco explotadas, contaba siempre con
la posibilidad de desarmar el antagonismo fundamental entre nobleza
y burguesía, entre el orden feudal de la sociedad y el Estado y la
difusión de las formas capitalistas. Dado que la burguesía española
contaba en las colonias con un mercado asegurado - dice Kossok - se
conformó durante un tiempo con que en la Metrópoli prevalecieran
las condiciones feudales. Desde el comienzo, el punto central de la
actividad económica de la burguesía comercial, espina dorsal al
mismo tiempo de toda la burguesía no correspondió al mercado
interno, sino al externo, o sea al colonial americano. Con esta
dislocación del centro de gravedad, y más allá de una prosperidad
transitoria, la burguesía aceptó una hipoteca cuyas funestas
repercusiones se harían sentir después de la pérdida de las
colonias... Semejante proteccionismo comercial e industrial, como
contrapartida de la moderna teoría colonial, impuso al Imperio
colonial español una carga funesta,
|puesto que la aparición de
cualquier rama de la manufactura se consideraba como una
competencia desleal a los ojos de la burguesía metropolitana y
también de la Corona. La nueva política económica confirió
nuevo sentido a las leyes que, desde los tiempos de la Conquista,
prohibían la producción y exportación de bienes que debían
producirse en España
|o mejor dicho, les dio por primera vez
aplicación efectiva. Hasta fines del Siglo XVII, las
restricciones se extendían principalmente a las ramas más nobles de
la agricultura (vino, olivetos, etcétera), y sobre todo trataban
del comercio intercolonial. En el Siglo XVIII (bajo la dinastía
borbónica) se trató ante todo de medidas que impidieron el
surgimiento de una manufactura colonial ».
La burguesía española y sus economistas representativos, como
Ulloa, esbozaron el plan de ocupación económica del imperio
colonial, ideando las limitaciones que juzgaron indispensables para
que la América española redujera sus actividades productivas a
aprovisionar la Metrópoli de materias primas y metales preciosos y
servir de mercado comprador de las manufacturas peninsulares.
«España puede, por sí sola - escribía Ulloa - con los productos de
sus manufacturas, satisfacer el consumo de todas sus posiciones
americanas ». Para el logro de este objetivo proponía "prohibir
terminantemente todos los productos extranjeros para el conjunto de
América".
Este tipo de política no hubiera colmado las aspiraciones de la
burguesía española de no haberse él complementado con las
importantes providencias promulgadas por Carlos III, a fin de
permitir la participación, en el monopolio del comercio de América,
de aquellos núcleos de la burguesía peninsular que se habían visto
excluidos de sus beneficios por virtud de los privilegios
concedidos a los puertos de Cádiz y Sevilla. Para terminar tales
restricciones, que obstruían el ensanche del tráfico mercantil, la
Corona procedió a aumentar, tanto en España como en América, él
número de puertos habilitados, a fin de facilitar el canje de
metales preciosos y materias primas por mercancías españolas. « En
1778 - dice Ramos Pérez - se aprecian nuevos e interesantes
progresos con la promulgación del Reglamento de Aranceles Reáles
para el libre comercio de España con Las Indias, para el cual se
abrían trece puertos en la Península, aparte de los de las Baleares
y Canarias, y veinticuatro en América
Una política orientada a forzar el desarrollo de un tipo de
economía subalterna en los Dominios causó no pocos traumatismos en
América, traumatismos cuya intensidad se graduó de acuerdo con las
características de cada zona administrativa del Imperio. Interesa
conocer, por tanto, aquellos tipismos de la estructura económica
del Virreynato granadino que, de manera más tajante, chocaron con
los objetivos centrales de la política colonial borbónica y
determinaron la naturaleza de las doctrinas y soluciones concretas
que emplearían los voceros del descontento para construir, con
acierto o sin él, los fundamentos de una nueva nacionalidad.
Aunque la conquista y colonización del territorio granadino
fueron fecundas en cambios de orden económico y cultural, debe
reconocerse que poderosas razones de orden geográfico y telúrico
mantuvieron casi inalterables las pautas seguidas por los
aborígenes, en tiempos precolombinos, para determinar el
asentamiento de la población. En un proceso de siglos los indios se
habían retirado de las zonas cálidas y en busca de temperamentos
más suaves se localizaron en los altiplanos fríos de las
cordilleras o en sus vertientes templadas. En ellos crecieron las
grandes civilizaciones indígenas, al tiempo que supervivía el más
crudo primitivismo en aquellas tribus que se resistieron a
abandonar las regiones cálidas. Aunque los españoles no tenían un
plan preconcebido sobre la manera como debían distribuirse
demográficamente en los territorios conquistados y la fiebre del
oro los atrajo a las regiones tropicales del occidente granadino -
donde se hallaban situadas las minas más ricas -, terminaron por
buscar el refugio de los altiplanos fríos del oriente, con tanta
mayor razón, cuanto que en ellos estaba localizada la gran masa de
la población acostumbrada a la vida civil y mejor preparada para
incorporarse al régimen de las Encomiendas. A lo largo de la
Colonia, por tanto, el centro de gravedad económica del Reyno se
desenvolvió en el oriente, al tiempo que las zonas occidentales,
donde se hallaban las mayores riquezas mineras, no consiguieron
superar los estadios de una difícil y precaria vida económica.
No debe, sin embargo, creerse que las considerables
disponibilidades de mano de obra y las benévolas condiciones
telúricas que distinguían a las altiplanicies del oriente, crearon
un tipo, de economía capaz de atender con idoneidad al bienestar de
la numerosa población que se asentó en ellas. La topografía abrupta
de la cordillera aislaba a los altiplanos de los grandes ríos que
podían servir de vías de intercambio y ello condujo a la formación
de centenares de ínsulas económicas, separadas entre sí por las
arriscadas formaciones de la cordillera, cuyos obstáculos sólo
podían vencerse con inversiones considerables, difíciles para una
sociedad cuyas fuentes de capitalización eran precarias. La
estructura de la economía granadina se conformó, por tanto, como un
conjunto de núcleos orientados hacia una relativa autosuficiencia,
particularmente intensa en materia de alimentos esenciales, objeto
principal de la agricultura, y con respecto al vestuario, cuyos
requerimientos dieron impulso a las antiguas industrias textiles
aborígenes. Desde luego, este tipo de autosuficiencia no sobrepasó
los límites de las necesidades propias de las clases populares, y
tanto la población criolla acaudalada como los emigrantes españoles
y los funcionarios alimentaron una demanda de mercancías y
alimentos importados de España o del extranjero. Esta demanda,
originada en los hábitos y refinamientos de las clases dirigentes y
en la necesidad de proporcionar al Reyno las herramientas e
instrumentos de capital difíciles de producir en el medio nativo,
obligó desde temprano a mantener un considerable nivel de
exportaciones, a fin de atender al pago de las mercancías de
obligada importación.
Los pobladores del Nuevo Reyno debieron enfrentarse, por
consiguiente, al complejo problema que se derivaba de su preferente
asentamiento en aquellas áreas cuya producción tenía escasa demanda
en España, como era el caso de los frutos de tierra fría, al tiempo
que se sentía, en forma dramática, la escasez de mano de obra en
las regiones donde abundaban los productos tropicales y los metales
preciosos, únicos objetos de demanda por parte de la Metrópoli.
Basta saber que el trigo y las harinas de la Sabana y de la
provincia de Tunja se vieron tempranamente desplazados de los
mercados de Cartagena y de las poblaciones costaneras por los
trigos extranjeros.
Los efectos que este problema tuvo en el desenvolvimiento de la
economía granadina, se hicieron sentir con explicable intensidad
desde el momento en que las tribus de indios nómades y belicosos
que poblaban las regiones occidentales del Reyno se fueron
disminuyendo, huyeron de las minas o declararon francamente la
guerra a los pobladores españoles y criollos. Las explotaciones
mineras del Chocó, Mariquita, Antioquia y Popayán sufrieron el
deterioro que era de esperarse por la insuficiente previsión de
mano de obra y tal fue una de las principales razones que indujo a
la Corona a adoptar, en el Nuevo Reyno, el régimen de la Mita, que
debía permitir el traslado periódico de cuotas de indios mansos de
la Sabana y provincia de Tunja a las regiones mineras de occidente
y en particular a la provincia de Mariquita. Esta medida produjo
serios desajustes en la estructura agrícola de las regiones
orientales, cuyas disponibilidades de mano de obra se redujeron, y
ello explica los numerosos memoriales y representaciones remitidos
al Consejo de Indias por los Cabildos de Santafé y Tunja,
memoriales en cuyo texto se relataba, con lujo de detalles, los
perjuicios ocasionados a los hacendados por el traslado de los
indígenas a las minas, en las cuales su mortandad era alarmante. «
De tres años a esta parte - decía el Cabildo de Tunja en 1625 - van
los naturales tan a menos y en tanta disminución, que si no se
remedia, en pocos años se acabarán, y juntamente la tierra (el
Reyno), pues su consistencia pende de la preservación de los dichos
naturales...»
No obstante las protestas de los Cabildos, el régimen de la Mita
se prolongó por varias décadas y ello permitió mantener en plena
explotación las minas de occidente y proporcionar al Reyno los
metales preciosos indispensables para el pago de las importaciones
que demandaba el alto nivel de vida de sus clases acaudaladas. Tal
resultado se obtuvo a costa de la elevada mortalidad de los indios
mitayos, cuya suerte y padecimientos describía, en 1729, el
Presidente don Antonio Manso y Maldonado: «Hecha la conducción -
decía - lo que sucede es que salen los indios de sus temples
frigidísimos a las minas de Mariquita, que son caldísimas; trabajan
dentro del agua con el peso de una barra a que no están
acostumbrados, con que de poco enferman, si no mueren muchos a
pocos días de trabajo, se huyen y se aplican a bogar en las canoas
de trajín que hay en el Río de la Magdalena, o se alejan más
distantes, con que es raro que vuelvan a su pueblo. Lo peor es que
en seguimiento del marido se suelen ir la mujer e hijos pequeños
con él a las minas, y perdido él, ninguno de los que salieron
vuelven, y si alguno vuelve es inútil y para todo, porque o viene
azogado o medio tullido y perdida la salud para siempre ».
El elevado porcentaje de mortalidad de la población aborigen que
trabajaba en las minas, obligó a la Corona a expedir la Real Cédula
del 7 de junio de 1729, en la cual se exoneraba a los indios del
servicio de Mita. La encomiable medida causó, no obstante, los
traumatismos económicos que era de esperarse y sus efectos se
reflejaron en la pronta paralización de las minas. « No hay duda -
decía el ingeniero D'Elhuyar que semejante providencia pudo ser en
aquellas circunstancias capaz de la total ruina de las minas, por
que siendo entonces corto el número de las otras castas y nada o
poco ejercitadas en la labor de minas, los dueños de ellas debieron
hallarse de la noche a la mañana sin brazos para trabajarlas ». Más
categórica fue la opinión de don José Celestino Mutis sobre la
Cédula que prohibió el traslado de los indios a las minas: « No
hubieran cesado las labores - escribió - a no haber sobrevenido la
absoluta prohibición de las Mitas, sin haberse antes meditado el
golpe mortal que con esta providencia sufrió todo el Reyno. Esta es
la verdadera causa de haberse extinguido hasta la memoria de las
minas en estos reales de Mariquita y los de Pamplona, deducidas de
irrefragables documentos. A un tiempo cesaron todas (las minas) y
todas se desampararon a consecuencia de aquella prohibición
La rápida deteriorización de la industria minera produjo un
descenso vertical de las exportaciones de metales preciosos, de
manera que para el pago de las importaciones tradicionales fue
necesario acudir a las monedas de oro y plata que constituían los
medios de cambio empleados en las transacciones internas del Reyno.
Ello determinó un agudo proceso de deflación, el escandaloso
encarecimiento de los precios y una drástica escasez del capital
disponible para todas las actividades económicas. En una obra de la
época, titulada "Memoria Anónima del Comercio del Virreynato", se
dice al respecto: «No hay arbitrio para conservar dentro del Reyno
la moneda, por ser la especie necesaria para la compra en el
exterior y no lograrse proporciones para el canje de los géneros
que entran».
Esta crisis, que afectó profundamente a la economía granadina,
sólo pudo aliviarse en la medida en que los
|asientos de
negros permitieron introducir una considerable cantidad de esclavos
africanos, con los cuales se reanudó de manera gradual la
explotación de las minas y se aumentó su productividad. A fin de
acelerar la reconstrucción de la industria minera, la Corona otorgó
a los propietarios una notable rebaja en el impuesto de
|quintos y estableció numerosas facilidades para la
adquisición de esclavos. En 1796 decía el Virrey don José de
Ezpeleta en su Relación de Mando: « Las grandes minas de oro que se
trabajan por sus propietarios con esclavos, cuyo número es
proporcionado a sus facultades. Las demás son propiamente unos
lavaderos, en las que varias gentes se emplean personalmente en
buscar el metal para satisfacer sus necesidades ».
La crisis minera se encargó de demostrar que las energías
económicas del Reyno no eran suficientes para rectificar su
estructura económica mono-exportadora, de manera que la
recuperación de la industria minera significó solamente el regreso
a los antiguos cauces, dentro de los cuales la producción agrícola
y una incipiente industria artesanal atendían al consumo de los
estratos populares, al tiempo que la demanda de mercancías exigidas
por los estamentos acaudalados se saldaba con la exportación de los
metales preciosos extraídos de los ricos veneros del Chocó,
Antioquia y Popayán. De esta situación dan clara cuenta los
documentos e informes de la época, entre los cuales vale la pena
citar lo siguientes conceptos de don Pedro Fermín Vargas, escritos
en 1790: « En el estado presente del Reyno, en que no tenemos
abundancia de frutos que cambiar por los que vienen de Europa, son
necesarios los trabajos de minas para pagar la multitud de
mercaderías que recibimos anualmente ».
La persistencia de una estructura económica que se distinguía
por la exportación de un solo tipo de productos, los metales
preciosos, y la importación de una compleja gama de mercancías de
la Metrópoli, creó en el gremio de los comerciantes granadinos una
mentalidad típicamente colonial, que les tornó alérgicos a todo
esfuerzo encaminado a ampliar los renglones tradicionales de
exportación del Reyno y les indujo a reducir sus actividades a la
introducción, con escandalosas ganancias, de las manufacturas
peninsulares. Importar era lo único que les interesaba, de manera
que todas las dificultades con que tropezaba regularmente la
precaria agricultura del Reyno se multiplicaban por la falta de un
gremio comercial interesado en facilitar la salida de los frutos
nativos para el exterior. « Este renglón (el del comercio) - decía
el Arzobispo Virrey - debe suponerse aún en la cuna en vista de la
maravillosa fecundidad del Reyno en todo género de producciones, el
añil, la cochinilla, la ipecacuana, la zarzaparrilla, el excelente
cacao de Magdalena, a que sólo hace preferencia el de Somondoco, e
infinitos otros frutos que no se encuentran entre los extraídos, o
han sido en muy cortas proporciones, por lo cual debería el
comercio solicitar estos objetos a las provincias donde se producen
con más abundancia, y no estar atenido a los oros que se acuñan en
las Casas de Moneda, de donde salen los doblones por lo común en
derechura a registrarse en la Aduana, sin pasar una vez siquiera
por manos de los labradores... ».
No existía, por tanto, un verdadero conflicto de intereses entre
los grandes comerciantes de la oligarquía granadina y la política
colonial de la dinastía borbónica, orientada a estimular, en los
dominios, la exportación de metales preciosos y materias primas y a
convertirlos en mercado exclusivo para las manufacturas de la
industria peninsular. La armonía de intereses era notoria y ello
explica el regocijo con que los comerciantes se enteraron de las
providencias promulgadas por Carlos III para aumentar, tanto en
España como en Ultramar, el número de los puertos habilitados para
un tipo de comercio colonial que implicaba el canje regular de
manufacturas por metales preciosos y frutos tropicales.
Lo que no tuvieron en cuenta Ulloa y los economistas de la
burguesía española - llamados paradojalmente "Economistas de
Indias" -, fue la incapacidad de la industria peninsular, ya en
franca decadencia, para abastecer en forma monopolística las
demandas del inmenso mercado de Ultramar. No concedieron, tampoco,
la debida importancia a la pérdida del domino de los mares por
España y al establecimiento, por parte de Inglaterra, Holanda y
Francia, de importantes factorías en las Antillas, las cuales
habrían de utilizarse como bases de penetración comercial en los
dominios americanos. La política colonial del Despotismo Ilustrado
comenzó a flaquear cuando, el monopolio del comercio de América se
tradujo, para los Dominios, en un abastecimiento deficiente de
mercancías, consecuencia lógica de la decadencia de la industria
española. Entonces se descubrió que España carecía de la
potencialidad económica indispensable para actuar, con respecto a
su inmenso Imperio, como compradora y vendedora única y de esta
manera se inició el gradual deterioro de las relaciones entre la
Metrópoli y los poderosos gremios de comerciantes de Ultramar. Para
comprender la naturaleza de este conflicto, que tan decisiva
importancia tendría en el movimiento de emancipación, basta
considerar la magnitud de las deficiencias que, en el siglo XVIII,
impedían a la economía española ejercer, con tolerable idoneidad,
el monopolio del comercio de América.
La función de
|vendedora única, defendida tan
tesoneramente por los "economistas" del Despotismo Ilustrado, sólo
habría podido desempeñarla España si su industria manufacturera
hubiera vivido en una fase de ascenso y no de vertical decadencia,
como era el caso en el siglo XVIII. El rigor con que se intentó
aplicar el monopolio mercantil se tradujo en una crisis endémica de
abastecimiento deficiente de los Dominios, dada la desproporción
que existía entre la capacidad productiva de la industria española
y la magnitud de las demandas del mercado americano. Para atenuar
sus efectos, sin renunciar al monopolio, la Metrópoli se vio
precisada, en la segunda mitad del siglo XVIII, a surtir sus
colonias con mercancías adquiridas en los países europeos,
mercancías que España distribuía por conducto de sus canales
mercantiles.
Esta solución artificial tuvo una eficacia relativa, porque
perdido el dominio de los mares por España y comprometida
simultáneamente en desastrosas guerras con Francia e Inglaterra,
sus naves nunca pudieron recibir adecuada protección, lo que
acentuó los desastrosos resultados del déficit mercantil. El empleo
de
|convoys, para evitar las capturas y hundimientos de los
barcos mercantes, hicieron inevitable la reducción del número de
viajes anuales, de manera que las fallas del abastecimiento, lejos
de disminuirse se aumentaron. La persistencia de la crisis se
tradujo, como era natural que sucediera, en la regularización del
comercio de contrabando con las colonias inglesas y holandesas y el
volumen del mismo adquirió dimensiones que llegaron a sobrepasar la
magnitud del tráfico legal. Una vez demostrada la inhabilidad de la
Metrópoli para satisfacer oportunamente las demandas de sus
Dominios, a los comerciantes importadores de América no les quedó
otro recurso, a fin de mantener sus surtidos, que el de servirse
del comercio clandestino, fomentado desde las Antillas por
Inglaterra, los Estados Unidos y Holanda. « Ocupados los mares por
las escuadras y corsarios enemigos - escribía el Virrey Mendinueta
en 1803 - bloqueados nuestros puertos y empleada en las grandes
operaciones de Europa la Armada Española, ni ésta ha podido
auxiliar el giro entre la matriz y sus colonias, ni los
comerciantes de Cádiz, Barcelona, Málaga y otros puertos en la
Península se han animado a hacer sus expediciones... Acostumbradas
estas gentes al consumo de géneros, efectos y caldos de Europa, y
produciendo el Reyno algunos metales y frutos, era consiguiente que
para adquirir lo que echaban de menos y dar salida a lo que tenían
de más, se aventurasen al comercio clandestino con las colonias
extranjeras vecinas... Una costa dilatadísima y despoblada, con
abundantes surgideros; un corto número de guardacostas, destituidos
de muchos artículos para navegar; una decidida protección de los
extranjeros al comercio ilícito, y otras circunstancias que
dependen de las expresadas, hicieron y harán siempre inútiles las
mejores providencias.
Hasta las medidas promulgadas por los Virreyes para favorecer el
poblamiento y desarrollo de las regiones costaneras se prestaron
para el fomento del contrabando. Tal ocurrió, por ejemplo, con las
providencias que autorizaron la introducción de ciertas mercancías,
a fin de estimular la explotación del palo del Brasil en las costas
de Santa Marta y la Goajira. El permiso solo sirvió para que se
introdujeran clandestinamente, grandes cargamentos de mercancías
extranjeras, destinados a venderse en el interior del Reyno. Igual
cosa ocurrió con la apertura de la vía del Atrato, autorizada para
facilitar la exportación del oro del Chocó y de la provincia de
Popayán. La apertura de esta vía, tan difícil de vigilar por la
naturaleza salvaje del territorio, permitió el incremento del
comercio ilícito de mercancías inglesas y por la vía del Atrato se
comenzó a exportar clandestinamente el oro, a las colonias
extranjeras, sin el correspondiente pago del impuesto de
|quintos. « En la Nueva Granada - escribía Humboldt en 1801 -
la exportación fraudulenta del oro del Chocó se ha aumentado mucho
desde que se declaró libre la navegación del Atrato. En vez de
llevar el oro en polvo, y aún en barras, por Cali o Mompós, a las
Casas de Moneda de Santafé y Popayán, toma directamente el camino
de Cartagena y Portobelo, de donde sale para las colonias inglesas.
Las bocas del Atrato y del Sinú, donde estuve anclado en el mes de
abril de 1801, sirven de depósitos de paso a los contrabandistas...
».
La profundidad estructural de la crisis mercantil terminó por
dividir al mismo Gremio de Comerciantes y en los Consulados, como
ocurrió en el de Cartagena, se produjeron agrias controversias
entre los comerciantes españoles, opuestos a cualquier clase de
tráfico con las colonias extranjeras, y los comerciantes criollos,
inclinados a favorecer el libre comercio, dada la imposibilidad en
que se hallaba la Metrópoli para atender al abastecimiento de sus
posesiones. Presionadas las autoridades por los mercaderes
españoles y canarios, les fue imposible mostrar la indispensable
flexibilidad y terminaron por adoptar, aún en términos más severos,
las drástica medidas que, a su sucesor, sugirió el Virrey Ezpeleta.
« El comercio nacional marítimo - escribió en su Relación de Mando
- debe fomentarse por medios opuestos a los que han influido en su
decadencia; y siendo una verdad demostrada que el numeroso
Resguardo no alcanza para celar el contrabando en las muchas leguas
de costa despoblada a Barlovento y Sotavento de Cartagena, Santa
Marta y Ríohacha,
|es indispensable convencerse de la necesidad
de cerrar nuestros puertos a toda comunicación con los
extranjeros».
Las severas restricciones impuestas en las Aduanas, la
terminante prohibición del comercio de cabotaje y la clausura de la
vía del Atrato, causaron unánime indignación entre los comerciantes
criollos del Reyno, y de ella quedó constancia en el extenso
documento escrito por Camilo Torres en 1810, bajo el título
"
|Motivos... para reasumir los derechos de soberanía". En el
texto de esta exposición dice Torres: « La pública utilidad se
quejaba también de que el gobierno había obstruido todos los
canales de la felicidad del Reyno... Cuando España no podía
suministrar géneros ni efectos para el consumo, vio que se cerraron
los puertos al comercio de las potencias neutrales, a pesar de las
reclamaciones del Consulado de Cartagena, dando lugar al
contrabando, y causando al Erario la pérdida de muchos millones de
pesos en los derechos de aduana; que se prohibió la salida de las
canoas para el Chocó, causando la pérdida de los comerciantes que
tenían acopios de quinas y frutos, con improbación del Consulado;
que cuando a repetidas instancias del comercio se abrieron los
puertos, se recargó un derecho de un cuarenta y cinco por ciento a
los efectos, dejando seguir el contrabando, y fomentando la mala
fe, y la inmoralidad de las costumbres... ».
En momentos en que se acentuaban las tensiones propias de la
crisis mercantil, nuevos factores de conflicto, originados en el
campo agrario, se encargaron de multiplicar los motivos de fricción
entre el gobierno colonial y los estamentos acaudalados del
Virreinato. Ya el agro granadino no estaba dominado por los
Encomenderos y en él había surgido un nuevo tipo de poder social,
empeñado en emanciparse de las restricciones que, en reemplazo del
antiguo régimen de la Encomienda, se habían promulgado por la
Corona para organizar la distribución y el empleo de la mano de
obra indígena.
En el Nuevo Reyno la Encomienda había perdido ya su importancia,
porque las autoridades no se vieron forzadas, ante las presiones de
una aristocracia estrechamente vinculada a la nobleza española -
como ocurrió en México y el Perú -, a adjudicar nuevamente las
Encomiendas que revertían a la Corona al vencerse los respectivos
plazos de "una vida" o "dos vidas". En la segunda mitad del siglo
XVII y en el curso del siglo XVIII se produjo, por tanto, el
gradual traslado de las grandes Encomiendas de manos de los
particulares a cabeza de la Corona y los indios encomendados se
transformaron paulatinamente en indios de Resguardo, que habitaban
en sus propias tierras y pagaban a la Real Hacienda los tributos
que anteriormente daban a los Encomenderos.
En la medida que se reducía el número de las personas
beneficiadas con la merced de Encomienda, desaparecían también las
modalidades impuestas por dicho régimen a la estructura económica
del Reyno y adquiría mayor importancia el llamado "concierto
agrario", institución por cuya virtud los indios de Resguardo o de
Comunidad estaban obligados a proporcionar, para el cultivo y
laboreo de las haciendas, una cuota de trabajadores asalariados,
fijada en el cuarto o en el quinto de la población de cada
Resguardo. Se puede decir, por consiguiente que el tipo de
organización agraria que sustituyó a la Encomienda fue el régimen
de las grandes haciendas, formadas por las mercedes de tierras o
los remates de realengos, haciendas que sus propietarios
trabajaban, de manera principal, con indios
|concertados.
Como la cuantía de los dichos indios se reducía a las cuotas
autorizadas por el régimen del "concierto", el cual sólo permitía
el
|cuarto o el
|quinto, no puede' decirse que en el
Nuevo Reyno existiera un
|exceso de mano de obra disponible
para la economía privada, sino una relativa escasez de ella, lo que
obligaba a los grandes propietarios a ofrecer salarios atractivos a
los indígenas, siempre que deseaban obtener una mayor cantidad de
trabajadores de la autorizada por las cuotas mi limitadas del
"concierto".
Ello explica suficientemente la aversión que los grandes
magnates de la oligarquía criolla profesaban a los Resguardos y los
numerosos intentos que realizaron, en el último tercio del siglo
XVIII, para destruirlos. Convencidos de que sólo cuando los indios
carecieran de tierra podrían los hacendados disponer de abundancia
de mano de obra e imponer a los dichos indígenas las condiciones
del alquiler de su trabajo, no hubo recurso a que no acudieran para
lograr la quiebra de los Resguardos. Primero se valieron, como ya
lo vimos, del Oidor criollo, Moreno y Escandón, a fin de conseguir
que las autoridades "demolieran" gradualmente los Resguardos del
Reyno. Como esta tentativa les falló gracias a la decisiva
participación de los indios en el movimiento comunero, pronto se
ingeniaron el hábil recurso de proponer a las autoridades la venta
de los llamados "sobrantes", a sea de aquellas extensiones de
tierra de los Resguardos que no estaban en explotación y se
ultilizaban como reservas para el porvenir. Tales "sobrantes" eran
entonces considerables porque al adjudicarse, en el siglo XVIII,
las tierras a los Resguardos se contempló la necesidad de
otorgarles extensiones suficientes no sólo para la labranza y los
ensanches futuros, sino también para garantizar a los indios el
dominio de las aguas y de los bosques indispensables para proveerse
de leña y maderas de construcción. Ello explica por qué en los
documentos de la época se habla frecuentemente de la "legua
cuadrada", al referirse a la extensión mínima de las tierra de cada
Resguardo.
Como la vigencia de este criterio permitió la existencia regular
de "sobrantes", el nuevo ataque contra los Resguardos se efectuó
por el procedimiento de solicitar a la Audiencia la venta o el
arrendamiento de los dichos "sobrantes", lo que implicaba dar el
primer paso para conseguir, como se lograría en el futuro, la total
enajenación de las tierras de los indios. A las autoridades no se
les escaparon los móviles de esta solicitud y ello explica la
resistencia que opusieron a ella y la doctrina sentada en 1809 por
el Fiscal en lo Civil en contra del arrendamiento "porque pueden
resultar graves inconvenientes de proceder a arrendar las tierras
de los Resguardos contra la voluntad de los indios; o porque
resentidos causen daños a los arrendatarios y éstos a los mismos
indios". Con respecto a la venta de los "sobrantes" dijo el Fiscal
Protector en 1809: « Que siendo tan justo como lo es, que ninguno
sea despojado de la propiedad, uso y usufructo de sus cosas, si no
es por deudas o débito, se sigue que no concurriendo tales causas
respecto de los indios, sería hacerles de peor condición que otros
cualesquiera propietarios...
La Corona y sus autoridades delegadas no se mostraron
dispuestas, como lo demuestran estos documentos, a permitir que los
grandes propietarios del Reyno resolvieran sus problemas de mano de
obra por el fácil sistema de despojar a los indios de sus tierras,
a fin de obligarlos, ya reducidos a la miseria, a alquilar su
trabajo en las condiciones fijadas por los hacendados. En franca
discrepancia con los magnates criollos, las autoridades del Reyno
se empeñaron en preservar, para los indios, las tierras de sus
Resguardos, lo cual sólo dejaba a los hacendados el recurso de
aumentar los salarios si deseaban contar con una adecuada provisión
de mano de obra. « Son generales las quejas contra la ociosidad -
decía el Virrey Mendinueta en 1803 -; todos se lamentan de la falta
de aplicación al trabajo;
|pero yo no he oido ofrecer un aumento
de salario y tengo entendido que se paga en la actualidad el mismo
que ahora cincuenta años o más, no obstante que ha subido el
valor de todo lo necesario para la vida, y que por lo mismo son
mayores las utilidades que produce la agricultura y otras
haciendas, en que se benefician o trabajan los artículos de preciso
consumo. Esta es una injusticia que no puede durar mucho tiempo, y
sin introducirme a calcular probabilidades,
|me parece que
llegará el día en que los jornales impongan la ley a los dueños de
haciendas, y éstos se vean precisados a hacer partícipes de sus
ganancias a los brazos que ayudan a adquirirlas ». (Relaciones
de Mando, pág. 476).
Tensiones de intensidad parecida se presentaban en el sector de
la pequeña manufactura y artesanía, cuya organización siguió desde
temprano, el modelo de los Gremios medioevales españoles. En los
Gremios se refugiaron los indios desplazados de sus tierras y los
"oficios" permitieron la supervivencia, en el Nuevo Reyno, de
algunos aspectos vitales de la antigua economía indígena. En las
etapas iniciales de organización de los Gremios, primó el aporte de
la población indígena y por ello las clásicas jerarquías de
Maestro, Oficial y Aprendiz sólo se utilizaron relativamente para
establecer estratificaciones de tipo clasista. Esta situación se
modificó, en el siglo XVIII, por el ingreso, a los oficios, de los
sectores de desecho de la población criolla y española, que
intentaron adueñarse de las altas jerarquías de los Gremios y hasta
trataron de introducir una división permanente entre "oficios
nobles" - como el de los plateros y armeros - y "oficios bajos",
como los de zapatería, sastrería, mueblería, curtiembres, etc. Este
conflicto se tradujo en la formación de asociaciones parciales o
cofradías de ciertos gremios, las cuales adoptaron, para
distinguirse, usos y ceremonias peculiares y sus respectivos santos
y patronos.
La frecuente interrupción del comercio entre la Metrópoli y los
dominios constituyó un eficaz estímulo para el desarrollo y
ensanche de las pequeñas manufacturas y la artesanía nativas, a
cuyos productos debieron acudir los pobladores del Reyno por virtud
de las permanentes soluciones de continuidad que ocurrían en el
comercio de importación de mercancías españolas. Los "oficios"
adquirieron, por consiguiente, una inusitada importancia y la
Corona hubo de enfrentarse, por primera vez, a los complejos
problemas que se derivan de la existencia de una considerable masa
de trabajadores urbanos, cuyo sentido de clase y organización en
Gremios, se prestaba admirablemente para la formación de una fuerza
social revolucionaria. Este peligro se presentó con características
semejantes en los distintos Dominios de América y ello explica la
similitud de los principios adoptados por las autoridades, a fin de
reglamentar el funcionamiento de los Gremios. En 1777 se promulgó,
en el Nuevo Reyno, la llamada "Instrucción General para los
Gremios", la cual perseguía dos objetivos fundamentales: someterlos
a un eficaz control por parte del Estado y "poner las artes en el
mejor estado posible".
Para evitar que el desarrollo del movimiento artesanal
desembocara en la creación de una fuerza popular revolucionaria, la
"Instrucción" adoptó una serie de precauciones, destinadas a
impedir que los gremios adquirieran la fisonomía de organizaciones
independientes, y siguieran prácticas políticas susceptibles de
estimular en sus gentes la conciencia de esa independencia. « Los
Gobernadores, Corregidores y Justicias - dice el artículo 20 de la
Instrucción - no permitirán que los gremios por sí mismos y sin su
noticia y aprobación hagan juntas ni cofradías, formándose
estatutos y estableciéndose convenciones que cedan en su perjuicio
y en el de la autoridad real ».
Condenaron también las autoridades el establecimiento de
privilegios en los Gremios y la exclusión de los indios, los
mulatos y mestizos del derecho, a incorporarse a ellos. « Tampoco
permitirán las autoridades - decía el artículo 21- que se fije
número determinado de los individuos que deben profesarle (el
oficio respectivo), sino que en cada gremio entre todo el que
quisiere y se juzgare a propósito... ». « Procurando los artesanos
observar este orden y método - agrega el artículo 37 - tendrán
estimación con el resto del vecindario, sin que se crea haber entre
los oficios la menor diferencia, tomada regularmente por la materia
del trabajo, ni que los profesores de un Gremio sean menos honrados
que los de otro, pues que el acero o metal, madera o lana sobre que
cada uno trabaja no deben constituirle de peor o más baja condición
».
Este tipo de mandatos fueron complementados con oportunas
definiciones sobre la importancia de la artesanía, a fin de
contrarrestar los prejuicios de criollos y españoles contra las
distintas formas de trabajo manual. « Se hace forzoso desterrar -
decía el artículo 41 - el error con que las gentes de otra
jerarquía o empleados en las carreras de armas y letras, desprecian
a los artesanos, teniéndolos en concepto de hombres de baja esfera,
sin dignarse en su compañía y constituyéndolos en un abatido
comercio, reducido al trato entre sí mismos, sin atreverse a
ingerirse en las concurrencias o corrillos de aquéllos ni aún en
sus diversiones y paseos».
Igual interés mostraron las autoridades en la reglamentación de
aquellos aspectos de la conducta habitual de los artesanos, en los
que se deseaba conseguir una mejora de las costumbres y utilizar
los Gremios para mejorar las condiciones de vida de sus miembros.
Veamos algunos ejemplos: en el artículo 42 de la Instrucción se
reglamentó de la siguiente manera, el funcionamiento de los
Montepíos y se promulgaron las normas del caso para colectar las
cuotas destinadas a constituir su capital. «Como todos los Gremios
- dice - por lo regular su tener algunos gastos comunes con que por
repartimiento se carga a sus individuos, siéndoles muy gravosa tal
contribución por no poder los más de pronto y de una vez dar
cuatro, seis o más pesos que les corresponde, se prohibe para en
adelante semejante método y para subsanar estos gastos que en parte
son indispensables y ocurrir a ellos con menos detrimento de los
artesanos, se formará en cada gremio un Montepío con cuyo caudal se
asista a los citados fines y su sobrante se invierta en el
mantenimiento de algunas miserables vidas de los mismos artesanos,
dotes de sus hijas huérfanas y alimento del que por su miserable
fortuna o vejez quedase imposibilitado para trabajar.. Para fondo y
creación de tal Montepío contribuirá cada Maestro de los que
quedaren con ejercicio de tales en el padrón que verifiquen los
Cabildos con $ 4 por una vez, y en lo sucesivo todo maestro que
tuviere tienda, con cuatro reales mensuales, y el que se examinase
de maestro dejará cuatro pesos para tal fondo». Tienen igual
interés las disposiciones contenidas en los artículos 29, 32 y 35,
cuyos textos dicen: « El uso de las ruanas en estos Reynos es parte
muy principal del desaseo; ellas cubren la parte superior del
cuerpo y nada le importa al que se tapa ir aseado o sucio en el
interior; descalzos de pie y pierna se miran todas las gentes y
sólo con la cubierta de la ruana, que aunque en efecto es mueble
muy al propósito para cuando se encamina a caballo, debería
extinguirse para todos los demás usos, y así los Maestros y padres
han de procurar quitarla enteramente a sus discípulos e hijos,
haciéndolos calzar y vestir de ropas como sayos, aguarinas o
casacas... Habituados los artesanos a la bebida de la chicha o
guarapo en estos Reynos, abandonan las obligaciones de su oficio o
trabajan en él de mala gana prefiriendo la chichería y el juego de
naipes que comúnmente se les proporciona en ella. De ahí redunda no
sólo la falta en el cumplimiento de su oficio sino que en sus casas
renacen querellas por el mal trato que dan a sus mujeres y peor
ejemplo a sus propios hijos. No permitirán, pues, los Maestros ni
padres que sus discípulos e hijos frecuenten las chicherías...
Prohíbese absolutamente el reprensible abuso que tienen algunos
oficios de holgar en días festivos como común dicen
|guardar el
lunes, por ser corruptela introducida por los Maestros y
perjudicial a cada uno de los artesanos».
La Instrucción de 1777 otorgó, también, especial importancia a
la protección de las escalas inferiores de los oficios, integradas
por los oficiales y aprendices. A fin de evitar los frecuentes
abusos de los Maestros se les prohibió expresamente exigir a los
aprendices, en pago de la enseñanza del oficio, cualquier clase de
trabajo gratuito, al final del período del aprendizaje. «Por los
vendedores de cada Gremio - decía el artículo 63 - se tasará el
salario que debe tirar el aprendiz luego que empiece a trabajar de
oficial, y su paga se obligará al Maestro ». Este tenía, como único
privilegio al respecto, el derecho de exigir al aprendiz que
trabajara su período de oficialía en el taller de quien le enseñó
el oficio. « Todo este tiempo - dice el artículo 61 - ha de estar
con el mismo Maestro que lo enseñó...».
Debe reconocerse, sin embargo, que la verdadera hostilidad con
los Gremios no provino de las autoridades coloniales, sino de la
poderosa oligarquía de comerciantes importadores de mercancías
españolas y extranjeras, decididamente opuesta a que las gentes del
Reyno se acostumbraran al consumo de los productos de la pequeña
manufactura y artesanía nativas y se limitara así la posibilidad de
ampliar la demanda de mercancías importadas. «En los siglos XVI y
XVII - dice Manfred Kossok - el comercio, legal e ilegal, había
tendido principalmente a satisfacer las necesidades del estrato
social superior, mientras que la masa dé la población americana
dependía de la fuerza productiva de la manufactura local; pero
ahora se produjo un vuelco: el capitalismo europeo comenzó a
penetrar en el mercado colonial en toda su extensión, con lo cual
atacaba las raíces mismas de la manufactura textil de la América
española... Una invasión de textiles, en su mayoría ingleses y
alemanes, de Silesia, superó todas las proporciones conocidas hasta
entonces... Ya en 1782 exigió el Gobernador de Quito que se
suprimiera la importación de un setenta y cinco por ciento y se
doblaran sus impuestos, para salvar de la ruina la producción
autóctona de paños ». El poderoso núcleo de comerciantes
importadores del Nuevo Reyno inició su ataque frontal contra la
organización gremial de la artesanía y la pequeña manufactura,
utilizando los argumentos allegados contra los Gremios medioevales
por los ideologos de la burguesía europea. El uso de este tipo de
doctrinas se prestó desde entonces para crear los más graves
confusionismos sobre la naturaleza y los objetivos económicos que
realmente se perseguían, de manera que aun hoy los historiadores se
inclinan a considerar el proceso de eliminación de los Gremios en
la América española como un fenómeno equiparable al que permitió,
en Euro la destrucción de los Gremios medioevales. Esta hipótesis
no concuerda con la realidad histórica y las dos situaciones, en
manera alguna, pueden parangonarse. Los Gremios del Viejo Mundo
fueron liquidados porque ellos llegaron a constituir un obstáculo
por su control de la mano de obra y sus regulaciones monopolísticas
de los oficios - para el desarrollo de una economía industrial,
centrada en la
|fábrica. Ello justifica suficientemente la
eliminación de los Gremios europeos, los cuales fueron sustituidos
por un tipo de organización superior de las fuerzas productivas.
Pasar del
|taller a la
|fábrica implicaba un progreso
real, el cual fue posible por la existencia previa de una clase
económica, capaz de crear una auténtica
|industria
nacional.
Distinto era el caso en la América española. En ella no se
trataba de sustituir el taller por la fabrica, los oficios por la
gran industria, sino de eliminar los focos de la producción nativa,
a fin de ampliar la demanda de mercancías extranjeras. Las
consecuencias, por tanto, serían diametralmente opuestas. En Europa
la eliminación de los gremios y la consiguiente formación de una
poderosa industria significaron auténticos factores de liberación
nacional; en la América española, la quiebra, provocada
deliberadamente, de la pequeña manufactura y de la artesanía, sólo
serviría para aumentar su dependencia colonial de los mercados
mundiales. Los comerciantes importadores, que durante la etapa de
dependencia de España fueron el instrumento operativo de una
economía colonial, debían cumplir idéntica función al producirse la
Independencia, con la sola variante de que ya no actuarían como
servidores del monopolio español sino como vehículo, igualmente
eficaz, del monopolio mercantil y financiero de las potencias
anglosajonas. Su interés, con respecto al fomento de la economía
nativa, se reducía a estimular la exportación de metales preciosos
y materias primas tropicales, a fin de aumentar los medios de pago
internacional requeridos para mantener el ritmo del comercio de
importación. Ello permite comprender por qué, en los últimos
lustros del siglo XXVIII los comerciantes más destacados del Nuevo
Reyno, como don José Acevedo y Gómez - quien era Diputado del
Comercio de Santafé - realizaron visibles esfuerzos para ensanchar
la exportación de materias primas tropicales, como quinas, cacao,
algodón, palo del Brasil, añil, etc., esfuerzos que los pusieron en
contacto con las deficiencias que aquejaban a la Metrópoli, ya no
en su carácter de
|vendedora, sino de
|compradora.
Los precios en España no eran muy atractivos en comparación con
las cotizaciones ofrecidas por los comerciantes o contrabandistas
ingleses y holandeses de las Antillas, y a ello se sumaban los
riesgos que corrían los frutos tropicales embarcados en la marina
mercante española, cuyos barcos estaban sujetos a los frecuentes
ataques de los piratas y de las naves de guerra de las potencias
rivales. Tales circunstancias no constituían, propiamente, un
estímulo para que los comerciantes granadinos se decidieran a
enviar sus cargamentos a la Metrópoli, cuando podían. venderlos
clandestinamente, con mayores beneficios, a las colonias
extranjeras. Así se comprende que los renglones de exportación del
Reyno aumentaron pronto el margen del comercio de contrabando,
obligando a las autoridades a multiplicar las medidas restrictivas
y a llegar hasta el extremo de prohibir terminantemente el comercio
de cabotaje en las costas del Caribe. Nada tiene, pues, de extraño
que los núcleos dirigentes de la oligarquía mercantil criolla se
inclinaran, paulatinamente, a considerar la dependencia de España
no como un beneficio sino como una fuente de intolerables
limitaciones, como una asociación forzada que ofrecía escasas
compensaciones a los americanos. Basta saber que don José Acevedo y
Gómez el 19 de julio de 1810, víspera del día en que habría de
asumir el papel de "tribuno" del pueblo", le decía a don Antonio
Villavicencio en carta personal: « Ciento veinte mil pesos, fruto
de veinte años de trabajo, me hizo perder el gobierno a principio
de la guerra con Inglaterra por que no hubo arbitrio de que este
Virrey nos permitiese ni aún el comercio de cabotaje, y en tres
años las quinas se perdieron y se cayó su estimación en Europa; los
cacaos se pudrieron, y los algodones que el monopolio peninsular me
obligaba a mandar a Cádiz, fueron presa de un enemigo poderoso en
el mar ».
Debe reconocerse no obstante, que la inconformidad manifestada
por los núcleos dirigentes de la oligarquía criolla, estaba muy
lejos de ser el reflejo de un sentimiento unánime. Una lucha sorda,
subterránea, se libraba entre los distintos estamentos de la
sociedad granadina, los cuales no mostraban idéntico entusiasmo
ante la eventualidad de una inmediata y tajante ruptura con la
nación española. Al tiempo que los comerciantes y hacendados
juzgaban ventajosa esa ruptura, entendiendo que ella les permitiría
establecer el comercio libre, liquidar los Resguardos de indios y
adoptár un tipo de instituciones políticas, como las anglosajonas,
designado admirablemente para garantizar el monopolio del poder por
una oligarquía económica, en, los estratos populares de la
población eran notorias las dudas, porque los indios tenían
sobrados motivos para mirar con temor la captura del Estado por los
grandes propietarios criollos y los artesanos no ocultaban su
alarma ante la perspectiva de una futura hegemonía de los
comerciantes importadores de manufacturas extranjeras. Por su
parte, los esclavos, los mestizos, los mulatos y, en general, las
clases desvalidas del Reyno se resistían a creer que su propia
miseria y los males que aquejaban al Virreynato tendrían su cura
milagrosa cuando el poder de
|mandar y
|legislar cayera
en manos de los patricios criollos, quienes sólo aguardaban la
oportunidad propicia para entrar a saco en el complejo andamiaje
construido por las Leyes de Indias para proteger a los humildes y a
los desvalidos.
Sólo así pueden comprenderse las razones profundas que
indujeron, a la postre, a los estratos populares de las sociedades
americanas a combatir, en las primeras fases de la guerra de
Independencia, tan decididamente en defensa de la Corona. Este
hecho, mal comprendido por los historiadores hispanistas y por los
republicanos, se explica como la legítima reacción del pueblo ante
los francos esfuerzos que realizó la oligarquía criolla, hasta el
momento en que apareció Simón Bolívar, para reducir el movimiento
emancipador a la calidad de un chico pleito, destinado a convertir
sus negocios en leyes y sus intereses en política nacional.
En la medida que se tambaleaban los pilares del orden antiguo,
el piso social de la América española adquiría esa movilidad
dinámica en la que se engendran las grandes revoluciones. Todo era
posible en aquella atmósfera de crisis en cuyo ámbito el estamento
criollo se disponía a discutir a los españoles el monopolio del
poder político, pero también a no tolerar que el pueblo les
discutiera a los grandes señores de la oligarquía criolla el
monopolio del poder económico.
|