Debemos considerar ahora, siquiera sea someramente, los
principales artículos de las Capitulaciones acordadas en Zipaquirá,
cuyas ventajas para los sublevados fueron el resultado, no de la
eficaz acción de los Capitanes comuneros, sino de la necesidad en
que se vieron, ellos y el Arzobispo, de mostrarse largos y no
parcos, a fin de evitar que las multitudes enfurecidas continuaran
su marcha hacia Santafé. Las dichas concesiones, incorporadas al
Tratado de Zipaquirá, se pueden enumerar de la siguiente manera, de
acuerdo con las materias de que tratan:
En cuanto al impuesto de Armada de Barlovento: se dice en las
Capitulaciones «que jamás se vuelva a oir semejante nombre». (Art.
1º.). Con respecto al estanco del tabaco se declara en ellas que ha
«de extinguirse la renta frescamente impuesta del estanco». (Art.
5°). En cuanto al monopolio del aguardiente se convino en que «sólo
haya de tener el precio de seis pesos por botija de los frascos
bocones y dos reales por botella, precio perpetuo, sobre cuyo pie
se saque a pregón». (Art. 8º). Para la Alcabala se acordó que
«desde ahora y para siempre jamás, no haya de seguir su recaudación
de todos los frutos comestibles, y sí solo se deberá pagar el dos
por ciento de los géneros de Castilla, lienzos, mantas. cacao,
azúcares, conservas, tabacos, cabalgaduras, ventas de tierras,
casas, ganados y demás de comercio». (Art 9º). Con respecto a la
contribución directa para blancos y demás castas, se declara en las
Capitulaciones que «nos denegamos a ellas». (Art. 15). Sobre el
Visitador Gutiérrez de Piñeres, cuyas medidas contribuyeron tan
decisivamente al desencadenamiento de la sublevación se dice: «Que
habiendo sido causa motiva de los circulares disgustos de este
Nuevo Reino y el de Lima, la imprudente conducta de los
Visitadores, pues quisieron sacar jugo de la sequedad... que sea
don Juan Francisco Gutiérrez de todo este Reino para los dominios
de España, en los cuales nuestro Católico Monarca, con reflexión en
los resultado de sus inmoderadas operaciones, dispondrá lo que
corresponda a su persona, y que nunca para siempre jamás se nos
mande tal empleo, ni personas que nos manden y traten con semejante
rigor e imprudencia, pues siempre que otro tal así nos trate,
juntaremos todo el Reino, ligado y confederado, para atajar
cualquier opresión que de nuevo por ningún título ni causa se nos
pretenda hacer». (Art. 16). Esta disposición está ligada con el
artículo 18, en el cual se acordó que debían mantenerse los mandos
militares de los comuneros y se les autorizó para ejercitar, en el
uso de las armas, a los vecinos de las villas y ciudades los días
domingo por la tarde, «por si se pretendiere quebrantar los
concordatos que de presente nos hallamos afrontados a hacer de
buena fe, cuanto por la necesidad en que contemplamos se halla Su
Majestad, necesitada de socorro para batir a sus enemigos». En
cuanto a las Salinas, de las cuales habían sido despojados los
indios de la región de Zipaquirá, el texto de las Capitulaciones
declara que «su fábrica y beneficio debe quedar en sus antiguos
dueños, los indios». (Art. 14). El problema de la antigua rivalidad
entre el Socorro y Tunja se contempló igualmente y Berbeo aprovechó
las Capitulaciones para conseguir que se le diera un alto empleo,
cuyo sueldo él mismo se fijó en el texto del Tratado:
«Que el común del Socorro - dice el artículo 17 - pide que en
aquellas villas haya un Corregidor Justicia Mayor, al cual se le
pague el sueldo de mil pesos.. Y que en este no haya de haber
jurisdicción de la capital de Tunja». Fue en virtud de este
articulo que las autoridades nombraron a Berbeo Corregidor del
Socorro, no bien, ordenó la desmovilización de las montoneras
sublevadas.
No podía faltar en las Capitulaciones la principal
reivindicación exigida por la oligarquía criolla y ella se consigno
en el artículo 22, cuyo texto dice: « Que en los empleos de
primera, segunda y tercera plana, hayan de ser antepuestos y
privilegiados los nacionales de esta América a los europeos, por
cuanto diariamente manifiestan la antipatía que contra las gentes
de acá conservan.. Pues están creyendo, ignoradamente, que ellos
son los amos y los americanos, todos sin excepción, sus criados; y
para que no se perpetúe este ciego discurso, sólo en caso de
necesidad, según su habilidad, y adherencia a los americanos,
puedan ser igualmente ocupados, como que todos los que estamos
sujetos a un mismo Rey y señor debemos vivir hermanablemente». La
más importante de las concesiones otorgadas a la revolución por los
emisarios de la Audiencia está contenida en el numeral referente a
la "demolición" de los Resguardos. Los cinco o seis mil indios
armados que acompañaban a los comuneros exigieron poner término a
dicha "demolición" y otorgarles en plena propiedad las tierras de
los Resguardos. «Que los indios - reza la cláusula séptima - que se
hayan ausentado (los hayan trasladado) del pueblo que obtenían,
cuyo Resguardo no se haya vendido ni permutado, sean devueltos a
sus tierras de inmemorial posesión, y que todos los Resguardos que
de presente posean les queden, no sólo en el uso, sino en cabal
propiedad para poder usar de ellos como tales dueños ».
Aunque las Capitulaciones fueron revocadas posteriormente por
las autoridades coloniales, el principio contenido en la cláusula
séptima fue uno de los pocos que en forma parcial quedó vigente,
porque si la Audiencia no otorgó a los indios la plena propiedad de
sus tierras de Resguardo, sí suspendió la "demolición" de los
Resguardos. En el informe enviado desde Santafé al General Miranda
se hace el siguiente relato, que evidencia las contradicciones
existentes entre los intereses de la oligarquía criolla y las
aspiraciones de los campesinos indígenas: « Ya aquí se han
experimentado - dice el informe - algunos dimanados (resultados) de
sus mismas Capitulaciones, que se les van convirtiendo en veneno a
los mismos que las propusieron. Con motivo de ellas han ocurrido
todos los indios de los pueblos extinguidos a pedir sus tierras y
Sanas, y se han librado despachos para que se les restituyan las
que no estuviesen vendidas al contado, y de ello ha resultado que
los indios con grande ardor están tratando de desalojar a los
blancos y mestizos que las ocupan, que es bien que lo padezcan
porque ellos mismos se han impuesto la pena. Temerosos de sufrir
ésta, se han presentado todos los rematadores y compradores (de las
tierras de los Resguardos "demolidos") pidiendo se declare que las
enajenaciones deben subsistir, y el señor Fiscal en vista que se le
dio, ha respondido acomodado a la idea de ellos; a mí me han pasado
los expedientes para que en la primera Junta, como Protector,
exponga mi dictamen, y el que daré será todo en contra de los
mestizos y blancos según ya lo tengo premeditado ».
Aceptado por el Arzobispo el texto de las Capitulaciones, las
masas comuneras exigieron a los emisarios de la Audiencia que
juraran cumplirlas "en misa solemne que oficiaría Su Señoría". No
bien se convino en ello, don Eustaquio Galavis, emisario principal
del Real Acuerdo y Junta de Tribunales de Santafé, se presentó
reservadamente ante el escribano público de Zipaquirá, don José
Camacho, e hizo extender un Acta secreta, en la cual dejaba la
siguiente constancia: « Que se halla arrastrado a condescender en
la admisión de dichas Capitulaciones... porque de su negativa no
resultaría otra cosa que encender más el ánimo de los rebeldes y
exponer al Reyno a su total pérdida, mayormente cuando públicamente
vociferan que así lograrán remediar su pobreza con los caudales del
Rey de los particulares. Por lo que, y para que en ningún tiempo le
obste cualquier acto que acerca de este particular practique, desde
ahora para entonces lo reclama,
|protestando su nulidad, como
que sólo lo ejecutará (la firma de las Capitulaciones) precisado
por la fuerza y por ceder a la necesidad,
|sin que sea su ánimo
el que en tiempo alguno tenga efecto; pues antes, por el
contrario, desde luego lo declara de ningún valor, como si nada se
hubiera ejecutado...».
El 8 de junio de 1781 se ofició, por el Arzobispo, una misa
solemne en la Iglesia de Zipaquirá, a la que concurrieron los
Capitanes comuneros, gran parte de las montoneras sublevadas y los
comisionados de la Real Audiencia. En esta misa, «expuesto el
Santísimo Sacramento dice el acta de la ceremonia - Su Señoría
Ilustrísima, teniendo delante una mesa y en ella un misal abierto,
pasaron los citados señores comisionados y puestos de rodillas
(Galavis entre ellos), puestas sus manos en el misal, dijo Su
Señoría Ilustrísima, estando presente yo el infrascrito Escribano
Real, estas palabras: "Usías como comisionados del Real Acuerdo de
Justicia de la Real Audiencia y Cancillería del Nuevo Reino de
Granada y Junta Superior de Tribunales de Santafé, juran por Dios
Nuestro Señor, por su Cruz y por los santos Cuatro Evangelios, en
nombre del Rey nuestro Señor, guardar las Capitulaciones propuestas
y confirmadas por Dicha Real Audiencia y Junta y Usías, a don Juan
Francisco Berbeo, sus Capitanes, oficiales y demás tropa, y de no
ir en tiempo alguno contra ellos?". A que respondieron: "Así
juramos y ofrecemos cumplir en nombre del Rey nuestro señor, de
dicho Real Acuerdo, Junta Superior y nuestro". Su Señoría (el
Arzobispo) prosiguió diciendo: "Si así lo hicieran Usías y
cumplieren, Dios Nuestro Señor los ayude, y de lo contrario se los
demande". A que respondieron: "Amén", Con lo que se concluyó este
acto, y en acción de gracias se cantó el
|Te Deum con repique
general de campanas y bendición de Su Ilustrísima Señoría, y dichos
señores lo firmaron, de lo que doy fe. Antonio, Arzobispo de
Santafé. Joaquín Vasco y Vargas. Eustaquio Galavis. Ante mí,
Manuelde Aranzasogoitia, Escribano Real ».
Coronadas, con esta solemne ceremonia, las negociaciones de
Zipaquirá, Berbeo ordenó la desmovilización inmediata de las
montoneras sublevadas y aunque hubo algunos focos de resistencia y
no faltaron quienes, presintiendo lo que sucedería, insistieron en
marchar sobre la Capital, la escasez de vituallas que
dramáticamente se hacía sentir, ayudó de manera eficaz a Berbeo a
conseguir la rápida dispersión de las masas comuneras, que formadas
en partidas, de acuerdo con las distintas villas o regiones de
origen, tomaron el camino de regreso a sus hogares. Silenciosos y
aquejados por tristes presentimientos, regresaban los altivos
comuneros que estuvieron a punto de apoderarse de la Capital.
Berbeo partió para Santafé, en compañía del Arzobispo, y allí se
le nombró Corregidor del Socorro, con todos los honores, sueldos y
prebendas que él había previsto tan Oportunamente en las
Capitulaciones. Días después, por insinuación de Caballero y
Góngora, ambos se dirigieron a las provincias más comprometidas en
la sublevación y en ellas contribuyó Berbeo decisivamente a
convencer a los pueblos de que debían someterse a las autoridades
coloniales. Aunque el Arzobispo se hizo acompañar de un cuerpo de
predicadores, encabezado por el famoso padre capuchino Finestrad,
resultaron mucho más eficaces, para la empresa de la pacificación,
las admoniciones de Berbeo que los sermones de dichos
sacerdotes.
Comenzó entonces a conocerse la utilidad de las actas y cartas
reservadas enviadas por los Capitanes comuneros a las autoridades,
en el curso de la sublevación. El mismo Berbeo, don Salvador Plata
y muchos otros, no escatimaron esfuerzo para demostrar que habían
sido "obligados por la fuerza" a aceptar las Capitanías y los
humildes, los millares de comuneros que llegaron hasta las puertas
de la Sabana, contemplaron con sorpresa cómo todos sus jefes los
abandonaban y se adelantaban a ofrecer impúdicas explicaciones para
demostrar que nunca habían sido solidarios con las aspiraciones del
pueblo y que su participación en la revuelta no había tenido otro
objeto que el de "proteger" al gobierno colonial contra la furia de
"las plebes insubordinadas".
En medio de este espectáculo de vergonzosa claudicación y de
general ignominia, se yergue la figura solitaria de José Antonio
Galán, quien con gesto magnífico se apresura a ocupar el puesto del
que desertaron los Capitanes comuneros. Cuando recibió el texto de
las Capitulaciones y la orden de Berbeo de licenciar sus hombres y
poner término a sus actividades revolucionarias, no pudo contener
su sorpresa y su indignación ante este melancólico final, ante esta
solución de opereta. Sus recios instintos de caudillo le indicaban
que la formidable conmoción comunera tenía derecho a esperar
cambios más profundos en la estructura social y económica del Reino
y no entendía que se pusiera término a la insurgencia dejando
intacto y fortalecido el poder de las autoridades, cuya conducta
provocó la sublevación. Las discrepancias entre Galán y Berbeo no
eran atribuibles a una supuesta aspiración de conseguir la
independencia - que algunos historiadores asignan a Galán - sino a
la magnitud de los cambios sociales que los dos trataban de
introducir en la vida colonial. Berbeo, como el Marqués de San
Jorge, defendía los intereses de la oligarquía dueña de la riqueza
y su aspiración se reducía a conseguir para los grandes señores
criollos los privilegios que les permitirían igualarse con los
españoles y ocupar los empleos y distinciones honoríficos propios
del régimen virreynal. Galán, por el contrario, representaba las
aspiraciones de los desheredados y su tarea en la sublevación se
halla indisolublemente ligada al levantamiento de los esclavos, las
reivindicaciones indígenas, la invasión de los latifundios y la
liberación de los cosecheros, largamente oprimidos por los grandes
propietarios criollos. Galán actuaba como el caudillo de los
humildes y en esta calidad no entendía que se prescindiera de tomar
la Capital del Reino y sólo aceptaba una negociación con el Monarca
español o sus representantes cuando todo el Virreinato estuviera
levantado en armas y en los campos, las minas, las ciudades y las
plantaciones, el pueblo pudiera disponer de la oportunidad para
modificar las estructuras sociales, que eran el producto de la
antigua hegemonía de la raza conquistadora y de sus descendientes
criollos sobre las razas vencidas o esclavizadas. Resulta, por
tanto, explicable que José Antonio Galán se negara, sin una
vacilación, a aceptar la validez del Tratado de Zipaquirá, Tratado
que consideró un simple expediente para engañar al pueblo comunero.
A toda prisa abandonó las regiones occidentales, teatro de sus
hazañas, y se encaminó a la provincia del Socorro, para realizar su
último esfuerzo en favor de la revolución. Cuando consiguió llegar
a Mogotes, después del más azaroso de los viajes, porque la Real
Audiencia había remitido la orden de capturarlo a todos los
alcaldes y autoridades de las localidades, escribió al Consejo de
Capitanes de Guerra del Socorro una carta, fechada el 23 de
septiembre de 1781, cuyos principales apartes decían: «Hacemos
saber a Vmds. que esta parroquia y su Común nos hallamos en una
confusa Babilonia con el sonido general de tantas amenazas con las
que vivimos, con el desconsuelo de no haber tenido hasta ahora una
Instrucción de esa Villa y sus Comunes, que nos sirva de consuelo
para aplicar el más conveniente remedio a la ruina
|con que nos
amenaza la Corte de Santafé y todo el Reyno, por el malogrado
avance de la vez pasada, con que nos han dejado vendidos
avariciosos, pícaros, traidores, a lo que no hallamos otro remedio
que volver a acometer con más maduras reflexiones, como ya
experimentados... Esto supuesto, señores, ¿qué es lo que
hacemos? ¿A qué esperamos? ¿A que Santafé se abaste de todos los
surtimientos y que lleguen las tropas de abajo (de Cartagena), que
están al salir, y vengan y nos aniquilen sin reserva, ni aún de los
inocentes, como lo tienen prometido? Alentémonos pues, y veamos si
a costa de nuestras vidas atajamos este pernicioso cáncer, que
amenaza nuestra ruina... y cuando no las vidas,
|el infame borrón
y sucesivo reato de una sonrojada esclavitud»
Si las autotidades coloniales consiguieron su primera victoria
con la firma de las Capitulaciones de Zipaquirá el desconocimiento
de dichas Capitulaciones que constituía la segunda etapa de la
política de la Audiencia - dirigida entonces por el Oidor Decano
don Juan Francisco Pey y Ruiz - sólo podía llevarse a efecto cuando
se dispusiera de fuerzas militares suficientes en Santafé. Ello
explica la ansiedad con que se esperaban los refuerzos militares
solicitados urgentemente al Virrey, cuyo envío se retardó por los
numerosos obstáculos con que tropezó en Cartagena el señor Flórez,
obstáculos que describe, de la siguiente manera, el Arzobispo
Caballero y Góngora en su Relación de Mando: « Después de largas
discusiones y dificultades, finalmente hubo de determinarse (por el
Virrey Flórez) que no habiendo en Cartagena otro cuerpo veterano de
qué echar mano que el Regimiento "Fijo" y no siendo éste apto para
la empresa por estar compuesto de reclutas de los mismos pueblos
sublevados, se destinasen quinientos hombres de las Milicias que
estaban a sueldo y se encargase de la expedición al Coronel don
José Bernet. Así quedó sentado, pero faltaba dinero y la Plaza
quedaba expuesta con tan notable baja de su guarnición.
Inmediatamente se despachó una fragata a La Habana, reiterando sus
instancias al Comandante General de operaciones, representándole
(el Virrey) los terribles aprietos en que se veía y pidiéndole
expresamente dos Regimientos veteranos y quinientos mil pesos. Para
suplir lo largo del curso pidió al Comercio (de Cartagena) la misma
cantidad; y fuera de toda esperanza este cuerpo,
|a cuyas manos
tarde o temprano viene a parar toda la sustancia del Estado, se
denegó a socorrerlo en su mayor aprieto, con varios pretextos y
soluciones, con que agotada la paciencia del señor Flórez hubo de
usar de su autoridad y negándose a oir más representaciones, mandó
se hiciese un repartimiento a prorrata de los principales que
prudencialmente se creyera manejaban los comerciantes, e hizo
exigir de cada individuo la cantidad que le cupo ».
Los efectivos militares comandados por Bernet sólo llegaron a
Santafé después de la firma de las Capitulaciones, de manera que su
función se redujo a poner término a una serie de brotes subversivos
que ocurrieron en la Capital y a proporcionar a la Audiencia el
respaldo coactivo que necesitaba para desconocer impunemente los
compromisos adquiridos por sus emisarios en Zipaquirá se pensó en
movilizar dichas tropas a la provincia del Socorro cuando llegó a
Santafé la noticia de que Galán trataba de provocar un nuevo
alzamiento popular, la medida resultó, a la postre, innecesaria,
porque don Salvador Plata se encargó de contrarrestar las
actividades del caudillo comunero, tomando contra él medidas más
eficaces que las previstas apresuradamente por el Real Acuerdo.
Así como el Marqués de San Jorge procuró congraciarse con el
gobierno dando cuantiosos donativos y participando activamente en
la formación de Milicias destinadas a combatir a los comuneros, el
señor Plata supuso, no sin fundamento, que la captura de Galán
destruiría todas las sospechas que pudieran tener las autoridades
sobre su conducta y en compañía de Juan Bernardo Plata y Juan
Rudolfo Azuero se preparó a emprender, con la ayuda de nutrida
tropa, reclutada a su propia costa, la inicua cacería del gran
caudillo del pueblo granadino.
La conducta del señor Plata ha sido generalmente condenada y
sólo el distinguido historiador don Horacio Rodríguez Plata ha
mostrado menos acerbía con el personaje, afirmando que la fidelidad
sin eclipses, que profesaba el magnate del Socorro a las
autoridades coloniales, le excusan de la tacha de desleal. « Nació
don Salvador Plata González - dice - en el Socorro en 1725 y
falleció en la misma ciudad el 28 de agosto de 1802... Fue hombre
inmensamente rico, como que, según documentos de la época y por lo
que reza su testamento otorgado en la Notaría del Socorro, eran
suyas "todas las tierras que moran de la plaza de la Villa por el
Occidente hasta encontrar el río Suárez"... El 16 de marzo de 1781,
sus paisanos, prevalidos de las riquezas y de la prestancia de don
Salvador en toda la antigua comarca del Socorro, tuvieron una
deplorable equivocación al aclamarlo Capitán de la Revolución...
Fiel vasallo del Rey e individuo que por sus vinculaciones mal
podía tener un espíritu revolucionario, se prestó a la prisión de
Galán e intervino con su ascendiente para que el movimiento
revolucionario se sosegase ».
Aún suponiendo que la lealtad profesada por don Salvador Plata a
las autoridades no padeciera eclipses ni soluciones de continuidad,
la historia no podrá perdonarle a este orondo Capitán de los
Comuneros del Socorro, la sevicia que desplegó para perseguir y
capturar a José Antonio Galán, en momentos en que no desempeñaba
cargo oficial que le obligara a cumplir esta triste tarea de
polizonte, la cual ejecutó de oficio y sin otro motivo que borrar
las sospechas que pudieran tener las autoridades con respecto a su
comportamiento en el curso de la revolución comunera. Al enterarse
de que Galán había regresado a la provincia del Socorro, Plata y
sus familiares, incluyendo los Azuero, se convirtieron en los
personeros del odio de los criollos acaudalados contra el caudillo
de los humildes y a costa de sus fortunas reclutaron y equiparon la
tropa necesaria para capturarle, en momentos en que Galán se
preparaba a librar la última y desesperada batalla por la
revolución.
La hora era propicia para los proyectos de don Salvador porque
Galán, en su marcha de regreso a la provincia del Socorro, tropezó
con numerosos obstáculos en todos los intentos que realizó para
reunir de nuevo a las multitudes comuneras. Ya era demasiado tarde.
La dispersión de los subleva dos estaba muy avanzada y el
entusiasmo revolucionario que condujo a los comuneros a las puertas
de la Sabana, había sido sustituido por una inmensa apatía. Las
luchas que necesitó librar el pueblo en Zipaquirá - porque los
Capitanes sólo actuaban como sus personeros cuando la multitud se
amotinaba en las calles y en la plaza -, aumentaron el pesimismo de
los humildes y fue la conciencia de un completo desamparo, la
sensación de soledad que experimenta un pueblo sin jefes, la única
prenda que llevaron los rebeldes del Común cuando se les ordenó
dispersarse. En las caras de los Comuneros que regresaban a sus
hogares era difícil descubrir la alegría de la victoria y en ellas
sólo se percibía la triste resignación de uncirse nuevamente a los
yugos tradicionales, porque los grandes poderes contra los cuales
se habían sublevado resultaron invulnerables a los coletazos
caóticos de un pueblo abandonado por sus Capitanes.
Cuando Galán comenzaba a constatar el rápido desmoronamiento de
la revolución, supo también que don Salvador Plata, acompañado de
numerosa y bien armada tropa, le seguía los pasos y trató de
dirigirse, con sus hermanos y algunos amigos fieles, a tierras de
los indios guanes o a los llanos, donde tenía la esperanza de
burlar la persecución. Desafortunadamente fue alcanzado por Plata
en las proximidades de Onzaga, y después de una corta escaramuza,
en la que Galán resultó herido, se le capturó y cargado de cadenas
fue remitido por Plata a Santafé. En el capítulo dedicado a la
Revolución de los Comuneros del Nuevo Reyno, por el más penetrante
de los biógrafos de Túpac Amaru - Boeslao Lewin -, se encuentran
los siguientes conceptos, referentes a la captura de José Antonio
Galán: « Cabe señalar que fue Galán quien levantaba los esclavos
donde llegaba con su gente. Con este antecedente importante -
porque aún después de la independencia los negros seguían siendo
esclavos - no resultará tan extraño el hecho de que dos Capitanes
Generales de los comuneros fueran los que tomaran la tarea de
entregarlo, cuando se puso al frente de los que reaccionaron contra
la traición de la Real Audiencia. Es cierto que uno de estos
Capitanes Generales era el miserable don Salvador Plata; pero no
menos cierto es que le ayudaron en la vil tarea de entregar al
heroico caudillo popular, Capitanes de los comuneros de tan
destacada actuación, como Pedro Alejandro de la Prada y Juan
Bernardo Plata. A todos ellos no sólo les movía el deseo de
demostrar palmariamente su fidelidad al gobierno español, para
librarse del castigo por sus pecados anteriores,
|sino también el
rencor profundo del vecino criollo hacia la plebe y su Capitán,
libertador de esclavos. Creemos oportuno volver a recalcar
esto, porque después de decenas de años de vida independiente,
lograda al calor de las ideas igualitarias, en la parte
septentrional y austral del Continente, en las antiguas colonias
inglesas y españolas, los negros seguían siendo esclavos... Para
completar esta característica, ciertamente muy escueta, de Galán,
nos permitimos citar las palabras con las que acompañó Salvador
Plata la entrega del Caudillo: "...
|presento a los pies de V.A.
el Túpac Amaru de nuestro Reyno" ».
Vino entonces el proceso en que acusaron a Galán de traidor,
rebelde, culpable de amores incestuosos con su hermana, a todo lo
cual agregó el Arzobispo que « era hombre de oscurísimo nacimiento,
exaltado por desgracia suya y por una especie de fanatismo hasta el
ridículo concepto de jefe invulnerable». El juicio culminó con una
sentencia condenatoria, cuya horrible severidad no dio motivo para
una sola protesta por parte de los antiguos jefes Comuneros. «
Condenamos - decía el fallo - a José Antonio Galán a que sea sacado
de la cárcel, arrastrado y llevado al lugar del suplicio donde sea
puesto en la horca hasta que naturalmente muera; que bajando se le
corte la cabeza, se divida su cuerpo en cuatro partes y pasado el
resto por las llamas, para lo que se encenderá una hoguera delante
del patíbulo, su cabeza será conducida a Guaduas, teatro de sus
escandalosos insultos; la mano derecha puesta en la plaza del
Socorro; la izquierda en la Villa de San Gil; el pie derecho en
Charalá y el pie izquierdo en el lugar de Mogotes; declarada por
infame su descendencia, ocupados todos sus bien y aplicados al Real
Fisco; asolada su casa y sembrada de sal, para que de esta manera
se dé al olvido su infame nombre... ». Esta sentencia fue firmada
por Juan Francisco Pey y Ruíz, Juan Antonio Mon y Velarde, Joaquín
Vasco y Vargas, Pedro Catani y Francisco Javier Serna.
Por falta de verdugo idóneo, el fallo no pudo ejecutarse como
estaba previsto y a Galán, según los relatos de la época, no se le
ahorcó sino que fue fusilado antes de descuartizarlo. Luego se
remitieron sus miembros a los sitios ordenados, de manera que el
dos de febrero de 1782, el Alcalde de Facatativá pudo expedir la
siguiente certificación: « Como a la una de la tarde, poco más o
menos recibí un cajón clavado que me entregó el cabo Juan Pérez y
dos soldados el que habiéndolo abierto, como se me previene, hallé
la cabeza de José Antonio Galán, y volviéndolo a clavar
inmediatamente le remití a la justicia de Villeta, según y como Ud.
me lo previene, cuya razón se servirá darla a ese Real
Acuerdo».
Los magnates de la oligarquía criolla granadina, a diferencia de
lo que suele afirma sólo motivos de satisfacción derivaron de la
trágica muerte de Galán. El libertador de los esclavos, el amigo de
los indios y defensor de los campesinos sin tierra, no era para
ellos sino un "ladrón", un "infame y rencoroso plebeyo" que se
había atrevido a manchar, con horrendos crímenes, un movimiento
nobilísimo en el que no han debido discutirse, según pensaban, sino
las "libertades" de los grandes señores del Reino, amenazadas por
las demasías del Visitador Gutiérrez de Piñeres. En el
desconocimiento de las Capitulaciones participó activamente la
oligarquía criolla y las autoridades no necesitaron realizar
mayores esfuerzos para que fueran sus "patricios", y el propio
Consejo de Capitanes de Guerra del Socorro, los que solicitaran la
revocatoria del Tratado de Zipaquirá. El conflicto entre los
intereses del pueblo y los de la oligarquía criolla, puede seguirse
en las actas levantadas en distintas parroquias para pedir
oficiosamente la anulación de las Capitulaciones, medio de que se
sirvió la Audiencia para disimular su flagrante violación de
compromisos solemnemente adquiridos. Una de tales actas, la de
Chiquinquirá, reza: «Quieren y dicen los principales vecinos que
sin embargo de haber ejecutado la plebe, en tiempo de la sedición
tumultuada, los estragos y decadencias que son notorios en todos
los pueblos, y de hallarnos sin fuerza para resistir sus impetuosos
arranques y no tener medios para poderla contener, sintiendo
siempre como leales sus apasionados despechos, ahora... quieren los
buenos vecinos y honrados patricios obligarse voluntaria y
gustosamente a cubrir las pérdidas y perjuicios causados en esta
parroquia en tiempo de la calamidad ». Era obvio que la oferta de
pagar los perjuicios causados por la plebe no la hacían los
españoles sino los patricios criollos de las distintas parroquias,
quienes así pretendían excusar sus complicidades con la revuelta
comunera. Para que no quedara duda sobre su lealtad a las
autoridades coloniales, pedían "voluntaria y gustosamente" que se
derogaran los principales artículos de las Capitulaciones
especialmente los que afectaban a la Real Hacienda y se
comprometían a "no resistir a las disposiciones del Monarca y de
sus ministros, que su real nombre gobiernan, y a ofrecer todos sus
individuos, sus fuerzas, personas e intereses en defensa y servicio
de su Rey, y estar prontos a tomar las armas, a contener la
disolución de los pueblos que audaces intentaren desobedecer a
S.M., cuya obligación es debida no sólo por el temor de la pena
sino de la conciencia".
Como el Virrey Flórez, una vez revocadas las Capitulaciones,
insistió en presentar su dimisión ante la Corona, y la persona
nombrada para sucederle falleció inesperadamente fue designado como
Virrey el Arzobispo Caballero y Góngora y el Presidente del Consejo
de Indias, don José Galvez, le ordenó proceder sin contemplaciones
contra los comprometidos en la sublevación. Previendo los
escrúpulos morales que podían asaltar al Arzobispo, por su
participación en la Jura de las Capitulaciones - participación que
se redujo a tomar el juramento a los emisarios de la Audiencia -,
don José Galvez informó al Prelado que la Corona solicitaría de la
Santa Sede las dispensas del caso, a fin de que pudiera actuar con
la conciencia tranquila. «Deponga V.E. - escribía Galvez al
Arzobispo - todo escrúpulo y proceda con libertad, poniendo en
ejecución las reales órdenes que se le han comunicado para el
condigno castigo de los delincuentes en las pasadas alteraciones de
ese Reino, en el seguro supuesto de que con esta fecha se pide a Su
Santidad la dispensa y habilitaciones necesarias para que V.E.
pueda conocer con toda amplitud, directa o indirectamente, en los
autos criminales y sus incidencias, sin recelo de que esto deje de
conseguirse ».
Las represalias no se hicieron esperar y de ellas fueron
víctimas algunos de los flamantes Capitanes comuneros, que tan
notorios esfuerzos habían realizado para congraciarse con las
autoridades. Berbeo fue destituido de su cargo de Corregidor del
Socorro, para regocijo de don Salvador Plata, quien pudo así
adueñarse de los remates de las rentas y de los mejores negocios de
la provincia. En marzo de 1783 recibió Plata del Arzobispo-Virrey,
que bien lo conocía, la recompensa por sus hazañas contra los
comuneros. « Teniendo a la vista - le escribía el prelado - los
documentos con que ha hecho constar su fidelidad al Rey en aquellos
calamitosos tiempos, he venido a elegirle y nombrarle por Juez
Subdelegado de las Reales Rentas de Tabaco, Alcabalas, Aguardientes
y demás ramos que las componen, en las jurisdicciones del Socorro,
San Gil y Tequia».
Las poblaciones y villas que más activamente participaron en la
revolución padecieron entonces el régimen de una verdadera
ocupación militar y por instrucciones del padre Finestrad se
realizaron, en ellas, verdaderos destierros en masa a las
insalubres regiones del Darién; con el pretexto de fomentar la
colonización de dicha costa. Cuando pasó don Antonio Nariño, en el
año de 1796, por las regiones que fueron el epicentro del
movimiento comunero, pudo advertir los efectos de las medidas de
seguridad tomadas contra los sublévados y constatar en qué escasa
medida se había prestado atención a las solicitudes de los pueblos,
consignadas en el articulado de las Capitulaciones. De ello hizo
Nariño una relación a las autoridades, cuyos apartes principales
son los siguientes « En la provincia de Giron, que es una de las
factorías principales que abastece de tabaco,
se me aseguro que las violencias que cometen los dependientes de
las rentas en la recepción de este ramo, es la causa de que la
Dirección se haya visto este año en estado de proveer, a las
administraciones, del tabaco de Ambalema, porque los cosecheros han
preferido abandonar las siembras. Se me refirió que llegaba un
cosechero con dos cargas de tabaco de igual naturaleza, que le
admitían la una, y le desechaban la otra, que las de desecho no se
las devolvían ni las quemaban, sino que las encerraban en una pieza
o almacén que llaman el cuarto del olvido, y que después la
cargaban en cuenta como tabaco útil. Que además de quitarles el
tabaco los trataban muy mal si querían alegar alguna cosa en su
favor.
«La providencia que tomó el Excelentísimo señor Caballero y
Góngora, después de los alborotos del año de 1782, de purgar
algunos pueblos, enviando una colonia a la provincia del Darién, no
dudo que sería muy acertada; pero el modo como se verificó tiene
los ánimos muy irritados, por el abuso que hizo de su comisión y
ministerio el referido capuchino encargado por el gobierno. Aseguro
que el nombre del padre Finestrad es bastante para poner en
movimiento una casa entera en los pueblos donde estuvo.
«El concepto que se tiene de Plata (don Salvador) no deja de
influir en la materia. Me acuerdo haber oido en una de las casas
inmediatas al Socorro, que si hubiera ahora una novedad, el primero
que la pagaría sería Plata, y que muchos entrarían sólo por
vengarse de él ».
Si el pueblo fue la verdadera víctima de las represalias
oficiales y de las severas medidas de seguridad tomadas para
prevenir nuevos levantamientos, no puede decirse lo mismo de la
oligarquía criolla, que logró salvarse por su oportuna defección
del movimiento comunero. El Indulto General decretado por el
Arzobispo-Virrey tuvo como objeto libertar a los magnates criollos
del castigo a que eran acreedores, de acuerdo con el texto de las
leyes, y los problemas que intentó resolver Caballero y Góngora con
el otorgamiento de este indulto, seguido de la necesaria
habilitación para que los criollos arrepentidos pudieran desempeñar
cargos públicos, los describe el propio Arzobispo Virrey en su
comunicación enviada a la Corte, el 15 de octubre de 1783: «Además
de que esta habilitación me pareció consecuencia forzosa del
Indulto - dice - tuve para ello el poderoso motivo de la constante
pacificación de los pueblos. Como en estos países, ni en los que
tengo vistos de América, hay amor al prójimo, están continuamente
calumniándose por los más ligeros motivos. Con el de la sublevación
y con ocasión de la elección de Alcaldes en el presente año, han
sido tantos los recursos que se hicieron a la Real Audiencia para
excluir a los electos, que se vio precisada a mandar por punto
general siguieran los Alcaldes del año anterior. Estas
consideraciones y la de evitar en adelante innumerables ofensas a
Dios y a los prójimos, que veía como precisas y que tal vez podrían
llegar a perturbar la tranquilidad de los pueblos,
|como que
habiendo escogido por Capitanes a los sujetos que son los
principales hacendados y sujetos distinguidos de ellos (los
pueblos y ciudades),
|y quedando éstos incapaces de obtener los
primeros empleos de la república, recaerían precisamente en
gente rústica e incapaz de administrar recta justicia, me incliné a
concederles esta habilitación como medio único de lograr el
servicio de ambas Majestades ».
De esta manera se estableció un tácito tratado de paz,
sustitutivo de las Capitulaciones de Zipaquirá, entre la oligarquía
criolla y las autoridades coloniales. Ello explica la decisiva
contribución prestada por las grandes familias criollas de Santafé
- los Lozanos, Barayas, Caycedos y Ricaurtes -, a la formación de
las Milicias encargadas de proteger la Capital contra un nuevo
levantamiento comunero, como lo anota atinadamente Raimundo Rivas.
El acuerdo, establecido sobre el común temor de un "nuevo
alzamiento de las plebes", perduraría hasta tanto que ese peligro
se desvaneciera y después se reanudaría la vieja controversia entre
criollos y españoles, entre el poder económico y el poder político,
la cual tendría su histórica culminación el 20 de julio de 1810. En
esta fecha, sin embargo, se reabrirá también el conflicto entre la
oligarquía criolla y el montón anónimo de los humildes y los
desheredados, cuyos personeros serán Antonio Nariño y Simón
Bolívar. Aleccionados los magnates criollos por la experiencia del
movimiento comunero, tendrán buen cuidado de no obrar con la
ligereza que lo hicieron sus padres y dirigirán sus esfuerzos a
impedir. que sus desacuerdos con las autoridades españolas se
transformen en una revolución social, como ocurrió en 1781.
Por algo la oligarquía criolla estará representada, en 1810, por
los descendientes directos de los personajes que entregaron la
Revolución de los Comuneros y sacrificaron fríamente a Galán. En
sus primeras plantas figurarán quienes formaron, en sus juventudes,
los mandos de las Milicias destinadas a combatir el peligro de una
nueva revolución comunera; al frente del Poder Ejecutivo, como
cabeza de la Primera Junta Suprema establecida en Santafé el 20 de
julio, colocará la oligarquía criolla a don José Miguel Pey, hijo
del Oidor Juan Francisco Pey y Ruiz, personaje central de la
Audiencia que burló las Capitulaciones y quien fuera autor
principal de la sentencia de muerte contra Galán. Y el cuadro habrá
de completarse con la despiadada persecución de que serán objeto
los grandes voceros de nuestro pueblo. Nariño y Bolívar, por parte
de don Vicente Azuero Plata y don Diego Fernando Gómez Plata,
familiares de ese Salvador Plata que entregó a Galán a las
autoridades españolas. De esta manera hará su aparición la llamada
Patria Boba, merecedora del título por las mediocres aspiraciones
históricas de muchos de sus personajes representativos, pero cruel
y despiadada con las reivindicaciones y anhelos de nuestro pueblo y
con los desesperados esfuerzos que realizaron sus grandes voceros a
fin de darle a la República, desde los primeros días, un contenido
social generoso y más acorde con las necesidades de la nacionalidad
en formación.