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INDICE
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CAPITULO XVII
COMO SE DESBANDA UNA REVOLUCION
TUPAC AMARU. - Criollos e indígenas.
- La revolución en los llanos. - Monarcas aborígenes. - Ambrosio
Pizco. - Revolución y reacción. - La desbandada criolla. - El
recurso de la negociación. - Berbeo y el Arzobispo. - Entrevistas
de Nemocón y Zipaquirá. - La oligarquía en acción. - Los tunjanos.
El "berbeísmo". - Conducta de la Real Audiencia. - Tratado de
Zipaquirá. - La hora suprema de Galán. - El caudillo del pueblo
entregado por la oligarquía. - Don Salvador Plata y Juan Rudolfo
Azuero. - "El Túpac Amaru de este Reyno". - Hacia el cadalso. - "Se
dé al olvido su infame nombre". - Las represalias. - Defección de
la oligarquía. - Indulto. - Los aventajados herederos.
LA GRAN sublevación de los comuneros, que tuvo su epicentro en
el Virreinato granadino, no fue el producto de circunstancias
aisladas y casuales, sino una de las manifestaciones del gran
proceso revolucionario que estaba, cumpliéndose en la América
española, profundamente perturbada por el impacto adverso de la
política colonial borbónica. Al Perú, por ejemplo, llegó un
Visitador Regente, José Antonio de Areche, quien despojó al Virrey
Güirior, recientemente trasladado a Lima, de sus tradicionales
atribuciones y se sirvió - como lo hizo Gutiérrez de Piñeres en
Santafé - de los poderes a él otorgados .por don José Galvez para
introducir radicales cambios en la economía del Virreinato, sin
otro objeto que el de provocar el rápido desplazamiento de la
riqueza nativa hacia la Metrópoli.
«El Virrey don Manuel de Güirior - dice Daniel Valcárcel -
gobernó durante el periodo anterior a la rebeldía de Tinta... Le
desesperaba sobremanera que el gobierno español contribuyese a
aumentar los peligros de una conmoción violenta, debido a sus
medidas precipitadas y al empleo de funcionarios desaprensivos...
Lo que Güirior podría haber remediado o mejorado lo deshacía el
nuevo Visitador Régente, don José Antonio de Areche, fiel ejecutor
de terminantes órdenes dirigidas al aumento de las entradas
reales... Fueron aquellas clases carentes de privilegios las que
dieron el ejemplo, participando en los movimientos iniciales. Ya en
1742, Juan Santos se levantaba en las montañas de Tarma y Jauja.
Había logrado adquirir ciertas nociones de la ciencia europea, bajo
la protección de los jesuítas. Las "entradas" en la montaña para
aniquilarlo terminaron por fracasar de manera lastimosa, y el
movimiento sólo va a desaparecer con la muerte del jefe rebelde,
después de catorce años de lucha. Tan grande fue su prestigio que
los indios esperan su retorno hasta el presente. Continuaba todavía
dicha rebelión cuando, a las puertas de Lima, en Huarochirí, se
frustró el levantamiento de Francisco Inda. Cerca del año de 1780
surgen innumerables movimientos locales, mencionados de manera
suscinta en la Relación del Virrey Güirior...».
El descontento se fue acumulando en los distintos estamentos de
la sociedad peruana y finalmente se desbordó por el ancho cauce que
abrieron los sufrimientos de la raza indígena. En el pueblo de
Tinta, en el año 1780, los indios se sublevaron, dirigidos por José
Gabriel Cóndorcanqui, llamado Túpac Amaru, y dieron muerte en el
cadalso al Corregidor de la localidad. La revolución se extendió
entonces por toda la Sierra, hogar de la antigua civilización
aborigen y las milicias de Túpac Amaru pusieron sitio a la Villa
Imperial del Cuzco. Cóndorcanqui, como descendiente de los antiguos
Incas, fue proclamado, por multitudes delirantes de entusiasmo,
Monarca del Perú, con el título de José I.
El tradicional y profundo anego de los indios al
|Ayllú,
la antigua comunidad indígena, dificultó su concentración en
grandes masas, por la tendencia de dichas comunidades a operar
exclusivamente en su hogar ancestral, de manera que Túpac Amaru no
pudo adoptar a tiempo una estrategia de conjunto, ni disponer de
fuerzas suficientes, en un determinado lugar, para dar el golpe
decisivo a las autoridades coloniales. La sublevación sacudió con
terrible violencia el Virreinato, pero se mostró impotente para
ganar una victoria decisiva. Ello explica los serios intentos
realizados por Túpac Amaru para llegar a un entendimiento con los
criollos y conjurar así el peligro de que ellos engrosaran las
fuerzas potenciales de que se servirían las autoridades para
combatirlo. « Ha sido mi ánimo - decía Túpac Amaru en famosa
Proclama - que no se les siga a mis paisanos criollos algún
perjuicio, sino que vivamos como hermanos, y congregados en un
cuerpo, destruyendo a los europeos. Todo lo cual no se opone en lo
más leve a nuestra sagrada religión católica, sino sólo a suprimir
tanto desorden, después de haber tomado por acá aquellas medidas
que han sido conducentes para el amparo, protección y conservación
de los criollos, de los mestizos, zambos e indios, y su
tranquilidad, por ser todos paisanos y compatriotas, como nacidos
en nuestras tierras, y de un mismo origen de los naturales, y de
haber padecido todos igualmente dichas opresiones y tiranías de los
españoles europeos .
Túpac Amaru se equivocó al considerar posible un entendimiento
con los criollos y al acompasar el ritmo de sus operaciones
militares a la celebración de esta hipotética alianza. No advirtió
que en el Perú, lo mismo que en el Virreinato granadino, los
criollos dejaron de interesarse en la revolución y procedieron a
borrar las huellas de sus actividades subversivas, cuando sus
riquezas y privilegios se vieron en peligro de ser arrollados por
las exigencias del pueblo amotinado, que reclamaba la distribución
de la tierra, la libertad de los esclavos, la integridad de los
Resguardos y el término de los conciertos y las
|mitas. Los
violentos traumatismos a que se vieron expuestos los magnates
criollos en las primeras fases de la sublevación indígena, les
quitaron todas sus ilusiones y entre ellos se creó un clima de
general hostilidad contra los rebeldes, cuyos matices pueden
advertirse en el siguiente romance criollo, publicado en el Perú
después de la derrota de Túpac Amaru:
Nos hicieron los indios
trabajar
del modo que ellos trabajaban
y cuanto ahora los rebajan, nos hicieron rebajar;
nadie pudiera esperar
casa, hacienda ni esplendores
ninguno alcanzar honores
todos fueran plebeyos
fuéramos los Indios de ellos y ellos
fueran los Señores.
Aunque el conflicto tendría resultados adversos para Túpac
Amaru, durante sus primeras fases, él repercutió en las más
distintas regiones de la América española y en el Virreinato
granadino tuvo resonancias decisivas en el curso de la Revolución
de los Comuneros. Conducidas por "chasquis" llegaron al Nuevo Reino
las proclamas del caudillo peruano y desde Santafé se remitieron
secretamente a distintos lugares. Ello explica por qué el cabecilla
de los indios de Tocaima, durante el movimiento comunero, expidió
la siguiente alocución, que serviría de lema a los sublevados de
esa localidad: «Viva el Rey Inca y mueran los chapetones, que si el
Rey de España tiene calzones, yo también los tengo, y si tiene
vasallos con bocas de fuego, yo también los tengo, con ondas que es
mejor... ».
Fue, no obstante, en el magnífico escenario de los llanos
orientales del Nuevo Reino y principalmente en los pueblos de las
antiguas Misiones jesuítas, donde el movimiento
|indigenista
sus más radicales manifestaciones. El terreno estaba abonado para
la sublevación, no sólo por la ineptitud y abusos de los curas
doctrineros y de las órdenes religiosas que sustituyeron a la
Compañía de Jesús, sino porque las famosas haciendas y los hatos
fundados por los Jesuítas y cuyo usufructo y propiedad
transmitieron a los indios de las Misiones, les fueron arrebatados
al producirse la expulsión de la Compañía e incorporados a la Real
Audiencia bajo la denominación genérica de "Bienes de
Temporalidades" considerable proporción de los cuales adquirieron
por remate, las grandes familias criollas de Santafé. No fue por
una casualidad que la revolución de los comuneros encontró al
Marqués de San Jorge de Administrador de la Encomienda de los
Llanos y a don Luis de Caycedo y Flórez de Gobernador General de
los Llanos.
Bastó, por tanto, que uno de los Capitanes comuneros, al
iniciarse la sublevación, incitara a los indios del pueblo de Silos
a levantarse contra las autoridades, para que el día 14 de junio dé
1781 se produjera una general conmoción y se aprobara, en la plaza,
el acta siguiente: «En el pueblo de Silos se juntaron todos los del
común y en voz alta, con bandera, pífano y tambor se hizo voz: "Que
viva el Rey Inca (Túpac Amaru) y muera el Rey de España y todo su
mal gobierno y quien saliera a la defensa"...».
La rebelión se extendió rápidamente por los pueblos llaneros;
los curas de las misiones fueron agredidos, se les obligó a
abandonar sus parroquias y el mismo Gobernador se vio precisado a
huir, para salvar la vida. Tamara, Pore, Morcotes, Paya y Pisba se
alzaron en armas y mil quinientos indígenas, debidamente montados,
se prepararon a ascender la cordillera y marchar sobre la Capital.
Ya veremos al Marqués de San Jorge costeando, de su propio peculio,
el envío de tropas a los Llanos, a fin de aniquilar la revuelta
indígena.
No puede decirse, sin embargo, que el movimiento indigenista se
circunscribiera a Tocaima y a los Llanos, lugares donde se proclamó
a Túpac Amaru como Soberano. La aproximación de las masas comuneras
a la Sabana determinó reacciones no menos radicales en la población
indígena. Los indios de las Salinas, despojados por el Fiscal
Moreno y Escandón de sus inmemoriales derechos, pronto dieron
muestras de su inconformidad, opusieron serios obstáculos al
transporte de la sal y exigieron con altivez que se les
restableciera en el ejercicio de su antiguo dominio sobre las
minas. Los ánimos se calmaron un tanto por virtud de las promesas
consignadas en las Capitulaciones de Zipaquirá, pero bastó la
primera sospecha de que ellas se desconocerían para que el
descontento saltara sobre las compuertas del orden y se
desencadenara una sublevación, cuyas alarmantes características se
describieron, en los siguientes términos, a la Real Audiencia:
«Están todos (los indios) insolentados, insultando al adminstrador
y Teniente Corregidor don José Raymundo Cabrera, perdiendo
absolutamente el freno de la obediencia y pretendiendo poner fuego
a todo el pueblo, con particularidad a la casa del Administrador,
como lo ejecutaron en la noche del 1º de septiembre, abrazándose la
casa de la Administración, sin que pudiera salvar sino los libros y
papeles... ».
En la Sabana de Bogotá, donde los indígenas habían padecido
prolongadamente la opresión y abusos de los grandes hacendados
criollos, donde habían librado una batalla sin pausas para defender
sus Resguardos y disfrutar del tiempo necesario para trabajar sus
tierras, el contagio del espíritu revolucionario no demoró en
prender y los indios, al acercarse los comuneros del Socorro,
cortaron las amarras de su tradicional lealtad a la Corona y
proclamaron como Monarca, no al Inca del Perú, sino a un
descendiente lejano de la antigua dinas tía Chibcha.
El drama de la raza vencida se advierte, precisamente, en la
obligación en que se vieron los indígenas, en aquella hora crítica,
de elevar a la categoría de personero de sus aspiraciones al indio
Atabrosio Pizco, quien carecía de las cualidades indispensables
para desempeñar con lealtad y decoro su papel. Divorciado ya de sus
hermanos de raza e indiferente a su suerte, era Pizco un astuto
comerciante y como tal había tenido gran éxito en los negocios y
podía vanagloriarse de poseer mayor caudal que muchos criollos. Era
dueño de tienda en Moniquirá, de almacén en la Calle Real de
Santafé y de hacienda de ganado y de mulas en Güepsa. Fue, pues,
con sorpresa y sin entusiasmo que Ambrosio Pizco se enteró de que
los indios de la Sabana le habían proclamado "Monarca de Bogotá y
Señor de Chía". Como muchos de los Capitanes comuneros, Pizco
procedió a tomar las medidas del caso para salvar su
responsabilidad en la revuelta y procuró la impresión de que los
rebeldes le habían obligado a aceptar tan engorrosa dignidad. Nada
tiene, pues, de extraño que Berbeo se apresurara a comunicarse con
Pizco y se preparara a utilizarlo para amortiguarlos ímpetus de la
revolución indigenista. En Santafé, sin embargo, la noticia causó
no poco asombro e indignación: «Cuando se sabe en la Audiencia -
dice un comentarista de estos sucesos - que Ambrosio Pizco se ha
proclamado cacique de Bogotá y señor de Chía, y se anuncia que los
indios le reconocen como a su soberano, no diré que haya sorpresa
entre los Oidores y el público a quien llega la noticia, porque el
tiempo no es para sorpresas, pero sí las señoras y los caballeros
se persignan estremecidos de terror, y con aspavientos se miran y
dicen: ¡Es el colmo! ».
Puede afirmarse, por tanto, que el Virreinato ardía por los
cuatro costados en momentos en que los emisarios de la Audiencia
esperaban a los comuneros en Zipaquirá. Con sobrada razón, el
Arzobispo Caballero y Góngora se sentía impotente para evitar la
captura de la Capital, porque la pleamar revolucionaria golpeaba
con terrible violencia en Pasto, Ambalema, Mariquita, Antioquia, la
Sabana, el Socorro, los Llanos, Cúcuta y Mérida, y no era
presumible que los pueblos, una vez arrolladas todas las esclusas
del orden, se contentaran con menos de una victoria total. Menor
habría sido su intranquilidad de haber sospechado hasta qué punto
habían cambiado, en los últimos tiempos, las ideas de los
principales Capitanes comuneros. En el curso de la marcha hacia
Zipaquirá ellos se vieron obligados a afrontar graves dilemas y no
tardaron en descubrir que una cosa era protestar contra los
impuestos y los abusos del Visitador y otra muy distinta
solidarizarse con una revuelta, cuya dinámica había conducido al
levantamiento de los esclavos, la ocupación de los latifundios, la
rebelión de los indios y la proclamación de Monarcas aborígenes en
el Virreinato. Dueños los criollos del poder económico y
usufructuarios principales de la esclavitud de los negros y de la
explotación de los indios, ya no podían ocultar su alarma ante los
inesperados giros que había tomado la sublevación y el mismo
Berbeo, quien había cedido frecuentemente a las exigencias de la
gleba para conservar su influencia sobre ella, miraba con verdadero
temor la posibilidad de que las turbas sublevadas se apoderaran de
Santafé. Ello explica suficientemente por qué Berbeo, al enterarse,
en las proximidades de Zipaquirá, de «que se hallaban en los llanos
de Chía - según sus palabras unos dos mil hombres con el ánimo de
dirigirse a esta Capital (Santafé) y deseando evitar las desgracias
que de este atentado podrían resultar», expidió la famosa orden del
31 de mayo de 1781, cuyo texto, incomprensible en el jefe de una
revolución, se acomoda a la conducta de quien tenía el propósito de
conjurar los naturales desarrollos de esa revolución. La orden
decía: «Juan Francisco Berbeo, Capitán General, Comandante de la
expedición de los comunes: Hago saber a todos los señores
Capitanes, Diputados y Jefes de mi ejército, que le doy comisión a
don Ambrosio Pizco, Cacique llamado de Bogotá, para que pase
personal mente y con gentes hasta las goteras de la ciudad de
Santafé,
|y con todo rigor contendrá las gentes que pretendieren
entrar a la ciudad a insultar y robar. Por lo que, si
necesarios fuere, hará poner dos horcas, una en la entrada de San
Diego y otra en la entrada de San Victorino, para castigo de los
insultores».
Como las autoridades de Santafé se molestaron por la
autorización dada a Pizco, algunos historiadores han supuesto que
el propósito de Berbeo no fue contener a los sublevados sino
amedrentar, con las horcas, a los círculos oficiales de la Capital.
Semejante hipótesis está en contradicción con el clarísimo texto de
la orden con las declaraciones pertinentes de Berbeo y con su
extraño comportamiento en el curso de las negociaciones de
Zipaquirá. Sólo porque el Arzobispo y Berbeo miraban con idéntica
alarma la posibilidad de que las montoneras sublevadas invadieran a
Santafé, fue posible comenzar unas negociaciones destinadas a
cegar, en sus mismas fuentes, los magníficos ímpetus de la
Revolución.
Los Capitanes del Socorro más devotos a la causa del pueblo,
principalmente Antonio Monsalve y Francisco Rosillo, sospechaban
con fundamento que Berbeo se proponía evitar la captura de la
Capital y por ello juzgaron conveniente remitirle, el 23 de mayo,
una nota de instrucciones al respecto, nota en la cual le
plantearon, con acierto y visión extraordinarios, los verdaderos
objetivos de la revolución. «Nos parece - le decían a Berbeo - que
V.M. sin desatender al Ilustrísimo señor Arzobispo en lo, que
propusiese, se ha de dar modo, en cuanto a que no se condescienda a
que se haya de dejar la empresa de que se entre a la Corte (a
Santafé) y que ésta se levante para que todo el Reino quede liberto
de la pena que se pudiera adoptar, y a más de esto, para que la
Audiencia pueda verdaderamente absolvernos de los pechos y de la
culpa, es precisamente necesario que la Corte (Santafé) esta
levantada,
|pues no siendo así puede suceder que la sus pensión
de pechos sea para mientras pueden tomar arbitrios para
acometernos... Por lo que se infiere de la salida del señor
Arzobispo, es a contener la entrada y que la Corte quede libre, con
lo que no hay que condescender sin el predicho requisito.
|En
caso que imponga excomunión (el Arzobispo) podrá V.M. extrañarlo y
tocar a Sede vacante, que así lo pide este Común ».
Mucho más categórica fue la nota dirigida a Berbeo, el 6 de
junio, por don Antonio Molina: «Ya sabe V.M. - le decía - que el
fin principal es hacer de nuestra parte la Corte de Santafé, la que
debe invadir en caso de que se hallen sus habitantes en contra
nuestra,
|pues en este supuesto deberá desolarse, pues más
vale que así quede y no como enemigo, lo que sería el mayor daño
para todo el Reino y en especial para los de nuestra parte, y sería
necesario mantenernos siempre con arma en mano para nuestra
defensa; y excusar el menor daño es menor inconveniente, por lo que
me parece necesario que por ahora no se propongan más
Capitulaciones, que es de treguas, para en este intermedio unir
todas las fuerzas y hacerlas con acuerdo de todos. Aquí se están
tratando de hacer algunas piezas de artillería, para lo que se
tiene solicitado el metal y artífice, que dentro de breve tiempo se
conseguirán con otros pertrechos de guerra...
|Tenemos fuerzas
para contrarrestar y vencer cualquier ejército, por numeroso que
sea, pues si es necesario dentro de breve tiempo poner en ese sitio
cincuenta mil hombres o más, con su razón se pondrán, pues tenemos
de nuestra parte la mayor del Reino, y hasta la provincia de
Caracas creeré está a nuestro favor, pues ya lo está Pamplona, San
Cristóbal y La Grita... ».
Estas instrucciones constituían precisamente la contrapartida de
las órdenes dadas por las autoridades de Santafé a sus emisarios y
al Arzobispo, las cuales decían: «Se espera que ese pueblo
(Zipaquirá) se acuerde y quede perfeccionado todo
|sin necesidad
de que la multitud de gentes venga a esta ciudad o se acerquen a
ella, que no se les permitirá...».
La captura de la Capital, la cual ha debido ser el objetivo
principal de Berbeo, sólo le sirvió de amenaza para esgrimir ante
el Arzobispo, cuando el prelado y los emisarios de la Audiencia se
le reunieron en Nemocón. Inicialmente aparentó tener pocos deseos
de tratar con los comisionados y se mostró reservado y hostil con
ellos hasta tanto que el Arzobispo, alarmado, le declaró que la
Audiencia estaba resuelta a hacer las concesiones indispensables
para contentar a los pueblos sublevados. Esta oferta satisfizo las
aspiraciones principales de Berbeo, quien deseaba obtener de las
autoridades coloniales las ventajas y privilegios ambicionados por
la oligarquía criolla, pero quien miraba, con inocultable temor, la
posibilidad de que las turbas comuneras invadieran a la Capital,
seguro como estaba de que la sublevación tomaría entonces rumbos
insospechados, escaparía fácilmente de su control y la plebe
victoriosa tendría, en medio del saqueo y de la violencia, la
oportunidad de imponer condiciones incompatibles con los intereses
y las fortunas de los grandes señores de la oligarquía. Bastó, por
tanto, que el Arzobispo le ofreciera a Berbeo reconocer, en
Capitulaciones escritas, las principales exigencias de los pueblos,
para que éste conviniera en detener la marcha de los sublevados y
en dar principio a las negociaciones de Zipaquirá. Así lo confirma
el informe remitido por Caballero y Góngora a don José Galvez,
cuyos apartes pertinentes dicen: « Supe por los mismos que el campo
de Nemocón era el punto de reunión en donde habían de incorporarse
las tropas que venían marchando y que ya con algunas había llegado
a él su jefe principal don Juan Francisco Berbeo. Inmediatamente
fui a aquel pueblo, y por varios recados que le pasé comprendí la
grande repugnancia que él y sus oficiales tenían en avistarse
conmigo. La dificultad era casi insuperable y no podía vencerse sin
temor de consecuencias muy funestas. (La posibilidad de que se
apresara al Arzobispo). Atropellé por todas partes y me les
presenté en su campo con solo uno de sus Capitanes. Tuve con todos
ellos una larga sesión, y aunque al principio reconocí sus ánimos
impersuadibles,
|pude al fin inclinarlos a aceptar mis
proposiciones y acomodarse a una composición regular ».
Tan manifiesto era el desgano de Barbeo de proseguir adelante y
tan poco se cuidó de tomar las medidas indispensables para
garantizar la ocupación de Santafé, que el Arzobispo pudo crear, en
el propio campo comunero, factores de resistencia a la posible
prosecución del avance hacia la Capital. Conociendo el antagonismo
que existía entre las Villas de Tunja y el Socorro, antagonismo que
se derivaba de la pretensión de los tunjanos de mantener al Socorro
sometido indefinidamente a su jurisdicción, el Arzobispo se sirvió
de esta rivalidad lugareña para convencer a los Capitanes comuneros
de Tunja de que la captura de Santafé por una multitud compuesta,
en tan importante proporción, por gentes de la provincia del
Socorro, haría inevitable la supremacía de dicha Villa sobre Tunja.
De esta manera consiguió el Arzobispo que los tunjanos miraran con
hostilidad la posible invasión de la Capital y que sus Capitanes,
flor y nata de la oligarquía criolla y ya suficientemente alarmados
par "el desenfreno y desmanes de la plebe comunera", lo respaldaran
y respaldaran a Berbeo en los esfuerzos que ambos realizaron para
que las Capitulaciones se firmaran en Zipaquirá y se descartara el
asalto a Santafé. Nada tiene, pues, de extraño, que la considerable
masa de las fuerzas tunjanas abandonaran tranquilamente el pueblo
de Nemocón, cruzaran la Villa de Zipaquirá y terminaran acampándose
en el camino que conducía a la Capital, con la evidente intención
de cerrar el paso al resto del ejército, si Berbeo y el Arzobispo
no conseguían con tenerlo.
Suponer, como lo hacen algunos historiadores, que un
acontecimiento tan importante como la movilización de las fuerzas
tunjanas podía cumplirse contra la voluntad de Berbeo y sin que él
tomara ninguna medida para evitarlo o para contrarrestar sus obvios
efectos políticos y militares, no pasa de ser una conjetura difícil
de creer. Berbeo no era un tonto y tenía, como lo reconocen sus
defensores, indiscutible dón de mando, lo cual no se compagina con
la creencia de que el Arzobispo, acompañado de cuatro o cinco
personas, pudo impunemente robarle, en sus propios ojos, la tercera
parte del ejército comunero. La hipótesis resulta tanto más
inverosímil cuando se sabe ciertamente que Berbeo, pudiendo
hacerlo, no realizó esfuerzo alguno, por pequeño que él fuera, para
evitarlo.
Si existiera alguna duda con respecto al acuerdo entre Berbeo y
el Arzobispo y a la solidaridad del mismo Berbeo con los Capitanes
de Tunja en el importante asunto de la invasión de la Capital, ella
se desvanece con aquellos apartes del Informe del Arzobispo a don
José Galvez, en que se refiere a las negociaciones llevadas a cabo
en Zipaquirá, después de que las masas comuneras, por orden de
Berbeo, se acamparon en las proximidades de la villa. «
|Nos
lisonjeaba la estipulada paz - dice - y sólo restaba que los
jefes de los tumultuantes y acampados en las inmediaciones de
Zipaquirá formasen sus representaciones para concluirla, pero al
tercer día se conmovieron de nuevo las gentes con tanto ardor, que
se disiparon todas nuestras esperanzas y nos vimos en la última
consternación. Algunas compañías pasearon por la plaza en acción de
guerra y no contentas con insultar mi dignidad al tiempo que
pasaban por mi habitación (en Zipaquirá), publicaron en las cuatro
esquinas las sangrientas ideas que los encaminaban a Santafé. Dio
motivo a esto, o una carta que me comunicó don Juan Francisco
Berbeo, por medio de un eclesiástico, dirigida a él por los otros
nombrados Capitanes de la Villa del Socorro, en que lo interesaban
y empeñaban vivamente a no omitir la entrada a la Capital y a
extrañarme del Reyno, tocando a Sede vacante si fuese necesario a
sus intentos, o una voz vaga, que esparcieron los mal
intencionados, de haber yo ganado a Berbeo con quince mil pesos,
suposición que los irritó, de manera que no dudó uno en decir:
"todo se compone con dos balas, una al Arzobispo y otra al
General"; expresión que castigó su Capitán (Berbeo) arrestándolo en
la cárcel, pero pocas horas después lo extrajeron sus mismos
compañeros. Viéndolos yo resueltos a marchar a Santafé y temiendo
verificasen sus ideas de pasar de allí a Popayán y Quito, poniendo
en combustión todo el Continente, determiné volver a verme con los
Capitanes. Fueron incomparables los trabajos, indecibles los
insultos que en esta segunda conferencia sufrí de aquellas gentes,
las más de infame extracción y aún más infames pensamientos; pero,
en fin, a costa de una inalterable paciencia logré no sólo
aquietarlos y admitir Capitulación,
|sino también que don Juan
Francisco Berbeo me prometiese se reglaría ésta en el mismo
Zipaquirá, sin mover su campamento, contra el dictamen de muchos,
que acaso para poner en ejecución sus siniestros fines, intentaban
que fuese en Santafé. En esta ocasión fui testigo de la
numerosa multitud de gentes que formaban aquel ejército formidable
sin duda, no sólo a la Capital sino a todo el Reyno, por lo poco
poblado que se halla en su extensión. Todo el campo que media entre
los pueblos de Zipaquirá y Nemocón, distante entre sí tres horas de
camino, estaba cubierto de tiendas. Se reguló el número de
combatientes en el de quince a diez y seis mil, sin hacer cuenta de
los indios
|, a quienes miraban con desprecio. Los de la
comprensión de Tunja y Sogamoso, que componían el considerable
número de cinco a seis mil hombres,
|adhirieron a mi estipulación
con Berbeo y la hicieron valer contra el sentimiento del partido
contrario; pues aunque éste les excedía en el número de gentes,
ellos les llevaban otras tantas ventajas, cuando que era la tropa
más lúcida de aquel ejército, la más esforzada más subordinada a
sus jefes... Hallándolos así divididos por sus propios intereses me
aproveché con felicidad de su misma división, a fin de contener con
su respeto a los otros, si intentasen pasar adelante; y tener a
ellos siempre a raya bajo mis órdenes, para que se efectuasen las
Capitulaciones en Zipaquirá... ».
Algunos historiadores han supuesto que la conducta blanda y
contemporizadora de Berbeo en Zipaquirá fue el resultado de la
equívoca actitud de los tunjanos, a los cuales atribuyen la
intención de ofrecer resistencia armada, si Berbeo insistía en
proseguir a la Capital. Del informe del prelado se colige
claramente que las divergencias decisivas no se presentaron entre
Berbeo y los Capitanes de Tunja, sino entre estos últimos y la
mayoría de los comuneros, que se mostraban resueltos a ocupar a
Santafé. Los de la comprensión de Tunja y Sogamoso « adhirieron -
dice el Arzobispo - a mi estipulación con Berbeo y la hicieron
válida contra el sentimiento del partido contrario » Si en Nemocón
o en Zipaquirá Berbeo hubiera gritado ¡A Santafé! los débiles
factores de resistencia construidos por el Arzobispo se habrían
visto arrollados fácilmente por la impetuosa voluntad de las
multitudes.
Berbeo, por el contrario, ordenó a las masas comuneras acamparse
en las proximidades de Zipaquirá y todos sus empeños se redujeron a
tomar extrañas medidas para diluir sus responsabilidades frente a
las autoridades con las cuales se preparaba a negociar. Cuando se
le pidió, por el Arzobispo, que presentara, por escrito, las
solicitudes de los sublevados, no quiso hacerlo personalmente y
comisionó a los Capitanes de Tunja para que las redactaran. De
igual manera, insistió en que el Marqués de San Jorge y los
Regidores criollos del Cabildo de Santafé participaran en las
negociaciones de Zipaquirá, lo cual indicaba que Berbeo, enterado
como estaba de las pasadas actividades subversivas del Marqués y de
las principales familias de la Capital, no se resignaba a permitir
que los magnates criollos se colocaran en la cómoda posición de
beneficiarse con las ventajas que pudieran conseguirse en las
negociaciones y hacer gala, simultáneamente, de una pérfida lealtad
a las autoridades coloniales. No fue pequeño el predicamento en que
se vio colocado don Jorge Lozano y Peralta, cuando, como resultado
de las exigencias de Berbeo, hubo de trasladarse a Zipaquirá y dar
motivo, con su presencia, a que las multitudes comuneras le
ovacionaran, después de que él había tratado de borrar, en Santafé,
las huellas de sus actividades contrarias al orden con rumbosos
donativos, destinados a pagar las tropas que debían combatir la
Revolución. El Arzobispo Caballero y Góngora observó en silencio
los homenajes que rindieron los sublevados al Marqués y tomó atenta
nota de ellos para cuando llegara la oportunidad de exigirle
cuentas por su conducta equívoca.
Las anteriores precauciones, adoptadas por Berbeo para forzar a
otros a compartir sus responsabilidades políticas, no le parecieron
suficientes y al recibir el proyecto de las Capitulaciones,
redactado por los Capitanes tunjanos, se apresuró a dejar la
siguiente constancia escrita, en la parte final del proyecto: «
Este borrador de estas Capitulaciones lo formaron el doctor Juan
Bautista de Vargas y don Agustín Justo de Medina, y concurrieron a
ellas don Fernando Pabas, don Joaquín del Castillo y don Juan
Salvador de Lagos. Lo cual son sabedores don Pedro Nieto, don Pedro
García y don José Ignacio de Ardua;
|y por lo que el tiempo
ofrece, pongo esta razón en quince mil hombres con que se
halla dicho Berbeo, incomparablemente mayores que las que se han
adquirido y hay en esta ciudad;
|y por otra de la disposición que
se ha advertido en el numeroso vulgo para seguir el mal ejemplo de
los rebeles, uniéndose a su llegada y aumentando o engrosando su
cuerpo infinitamente. De suerte que si por el medio de acceder
a todas sus irregularidades y reprensibles ideas no se hubiera
evitado el asalto a esta Capital, sin duda alguna se habrían
apoderado de todos los intereses reales, que ha sido el principal
objeto con que principalmente han dirigido todos sus desórdenes;
|habrían saqueado y arruinado todas las casas y conventos, y lo
que es peor, habrían no sólo abatido la Real Autoridad, sino que se
habrían negado a toda subordinación y reconocimiento del vasallaje
al Monarca, cuya conservación, a costa de toda pérdida ha sido
la mira que ha gobernado a esta Junta, en tan críticas
circunstancias; y por lo que no se detuvo a franquear su
condescendencia a tan descomunales propuestas, mayormente, cuando
sólo la corta dilación que hubo en que se precediese a la judicial
aprobación causó el tumulto y conmoción que consta en la diligencia
remitida por los señores Comisionados, y por lo mismo, recelosa
esta Junta, de que a la menor repugnancia que hubiera manifestado,
habría sufrido el insulto esta ciudad, consiguiéndose por violencia
y con absoluta destrucción de la Real Autoridad lo que se les
negaba,
|procedió a la admisión, aprobación y confirmación de las
dichas proposiciones, bajo el seguro concepto de su nulidad,
pues al no haber intervenido tan poderosos motivos, lejos de
convenir en ellas, ni dispensar su aprobación, habría procedido a
escarmentar el execrable delito de la mera proposición, con las
penas más severas... ».
El texto del acta demuestra que los Oidores, encabezados por don
Juan Francisco Pey y Ruíz, estaban de antemano resueltos a no
cumplir las Capitulaciones y que su confirmación, dada esa noche,
no tuvo otro objeto que prevenir el asalto de la Capital, mientras
llegaban las tropas solicitadas al Virrey. Por eso hicieron constar
en el acta que las aceptaban "bajo el seguro concepto de su
nulidad". Tal era, precisamente, lo que sospechaban todos los
humildes comuneros en Zipaquirá, aunque otra cosa pensaran sus
orondos Capitanes, quienes preferían, como buenos criollos, correr
el riesgo de ser engañados, a. permitir el desencadenamiento, con
la toma de Santafé, de una vasta revolución social en todo el
Reino.
Se ha dicho y se dijo entonces que Berbeo aceptó una dádiva de
quince mil pesos del Arzobispo como precio de la entrega de la
revolución y de los obvios esfuerzos que realizó para evitar que
los comuneros invadieran la Capital. No han faltado tampoco,
historiadores que le califiquen de felón y traidor por haber
solicitado y recibido los dineros que le dio Caballero y Góngora en
Zipaquirá. No creemos que sea justo explicar la conducta de Berbeo
por motivos venales. Como ya lo advertimos, el Capitán de los
comuneros era un criollo por los cuatro costados, y su lealtad a la
sublevación se mantuvo inalterable mientras ella no sobrepasó los
linderos de una revuelta compatible con los intereses de la
oligarquía criolla. Su comportamiento cambió, y no por razones de
indelicadeza personal, cuando la dinámica revolucionaria que
empujaba a las multitudes hacia Santafé, se tradujo en actos
contrarios a esos intereses, como la invasión de las tierras, los
levantamientos indígenas, la proclamación de monarcas aborígenes y
la rebelión de los esclavos. Desde entonces el ardoroso caudillo de
los comuneros del Socorro, el hombre que había sacrificado su
considerable fortuna y su tranquilidad personal para ponerse al
frente del descontento que alentaba en el Reyno contra las
providencias de Gutiérrez de Piñeres, perdió el entusiasmo de los
primeros días y sintiéndose extraño al espíritu radical que
alentaba en el pueblo, fincó todas sus esperanzas en celebrar, con
las autoridades, un convenio que clausurara rápidamente un
conflicto sembrado de tan peligrosas incógnitas.
Debemos, desde luego, convenir en que era extraño que el jefe de
una revolución le aceptara especies venales al representante del
poder contra el cual se había desatado sa revolución y se sirviera
de ese dinero para amortiguar el entusiasmo y la fe de quienes le
habían confiado la personería de las aspiraciones del pueblo. «
Acabándosele el dinero en Zipaquirá - declaró el mismo Berbeo - y
no pudiendo contener la gente, lo manifestó al Ilustrísimo señor
Arzobispo, quien le dio otros mil pesos, que repartió entre todos
». La extrañeza se aminora, no obstante, si se tiene en cuenta que
Berbeo se consideraba poco solidario con las esperanzas de los
desvalidos y sólo pensaba en salvaguardiar los intereses de la
clase criolla, gravemente amenazados por la rápida radicalización
de las aspiraciones populares. Ello explica su estrecha
colaboración con el Arzobispo y la plena confianza con que, un
tiempo después, solicitó de Caballero y Góngora un certificado
sobre su buena conducta en Zipaquirá, certificado que debía
absolver las siguientes preguntas, formuladas por Berbeo a don
Antonio Caballero y Góngora:
«1º - Si es igualmente cierto que aún después de aquellos
alborotos (los del Socorro) parecí yo en las inmediaciones de
Zipaquirá en calidad de Comandante de la numerosa tropa de
tumultuantes en número de más de dieciocho mil bien lejos de que
éstos se sujetasen a mis órdenes, venía ceñido al arbitrio de
todos, sin poder excusarme por las amenazas con que en cada
instante me intimidaban, de practicar todo aquello que
tumultuariamente me sugerían? ».
« 2º - Si lo es también que el más principal de todos sus
proyectos era entrar a la Capital de Santafé; y si esto lo
meditaban con tanto ardor que me pareció imposible disuadirlos, de
suerte que sin duda me hubieran quitado la vida
|si yo me les
hubiera opuesto a cara descubierta? ».
« 3º - Si no obstante lo dicho, propendí con la mayor actividad
que me fue posible a desvanecer sus ideas, no permitiendo que de
suerte alguna se insultase a la Capital, y accediendo cuanto estuvo
de mi parte a las proposiciones de paz, que así en conferencias
privadas, como por medio de diferentes comisarios me comunicaba
Vuestra Señoría Ilustrísima y los señores Comisionados? ».
« 4º - Si estas conferencias las repugnaban siempre los
tumultuantes y se les hicieron mucho más sospechosas después
|que
reconocieron mi abierta y declarada oposición a sus intentos?
»-
El certificado del Arzobispo está concebido en términos que
jamás habría podido esperar, por ejemplo, José Antonio Galán, u
otra persona menos acreedora a la gratitud de don Antonio Caballero
y Góngora. Los motivos de esa gratitud los puede descubrir el
lector en el texto mismo del certificado, uno de cuyos apartes
dice: « El contenido Berbeo hallándose en el campo de Zipaquirá dio
las providencias más justas y oportunas entonces
|para contener
los insultos de algunas tropas que del mismo campamento se
dispersaban, obrando en conformidad con José Antonio Galán y otros
que a la sazón se hallaban levantando varios pueblos, haciendo
en ellos, según los avisos que se tenían, los mayores excesos; y
que igualmente,
|aunque allí le encontramos (a Berbeo)
|inclinado siempre a nuestros pensamientos, conforme pedían
aquellas críticas circunstancias, reconocíamos, sin embargo, que no
pendía de su solo arbitrio la regular composición (negociación) de
que se trataba,
|para contener las ideas fijas de todo el cuerpo
de sus tropas en atacar a la Capital, entrar en ella y apoderarse
de sus intereses, así reales como particulares, con lo demás que a
esto sería consiguiente, pues le era preciso ceder muchas veces a
la insolencia de su mismo ejército, el que no guardaba
subordinación ni respeto a sus oficiales. Y en el tiempo que ha
estamos en esta Villa, hemos confirmado en el citado don Juan
Francisco Berbeo el buen concepto que se merece su honradez
manifiesta en las presentes circunstancias, propenso e inclinado en
ellas al mejor servicio del Rey, subordinación y sosiego de estos
habitantes... ».
Nadie puede suponer válidamente que el Arzobispo Caballero y
Góngora, después de terminada la rebelión, le iba a expedir este
elogioso certificado a Berbeo, de no haberle constado, como le
constaba, la eficacia de los servicios prestados por él en
Zipaquirá para salvar la Capital. Las diferencias que establece el
Arzobispo entre la conducta contemporizadora de Berbeo y el
comportamiento revolucionario y radical de Galán, explican por qué
se frustró el movimiento. La revolución fracasó no porque las
autoridades desconocieran posteriormente las Capitulaciones, sino
porque su ímpetu y energías fueron tronchados en Zipaquirá, cuando
la oligarquía criolla y sus representantes se negaron a seguir
vinculados al curso que había tomado la sublevación comunera. En
tierras santandereanas se ha acuñado recientemente el término
"berbeísmo" para designar la conducta política de quienes entregan
las grandes revoluciones cuando en su curso emergen a la superficie
los dolores del pueblo y el espectáculo sombrío de la miseria de
los humildes irrumpe, dramáticamente, en el banquete de los
privilegiados. Debemos advertir, sin embargo, que este fenómeno no
se presenta exclusivamente en la revolución de los Comuneros. Con
Berbeo se inicia entre nosotros una tradición política que habrá de
tener una rigurosa continuidad en nuestra historia. El pueblo dará
los grandes coletazos sociales, empujará, con el acuerdo de sus
anhelos insatisfechos, el ritmo de la vida nacional, pero en la
hora decisiva aparecerá siempre el "berbeísmo" de nuestras
oligarquías, que se encargarán de amortiguar el impulso popular y
de frustrar las grandes revoluciones, reduciéndolas a un sórdido
regateo sobre sus exclusivos intereses, que abusivamente presuponen
identificados con las conveniencias públicas. Ya veremos cómo el
sistema, que hace su amorfa aparición con Berbeo, se perfecciona el
20 de julio de 1810 y desde entonces se prende, como una planta
parásita, al tronco de nuestra historia republicana. La oligarquía
gobernante y sus ideólogos se encargarán de elaborar la literatura
y de ponerle la música al "berbeísmo" destinado a
convertir al pueblo colombiano en la víctima de una continuada
serie de trágicas frustraciones.
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