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INDICE
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CAPITULO XVI
LA REVOLUCIÓN DE LOS COMUNEROS
CRIOLLOS y españoles. El poder
político y el poder económico. - La riqueza frondista. - El Marqués
de San Jorge. - Las "sesenta personas". Génesis de una oligarquía.
- Conflictos entre el Virrey y el Visitador. - La presencia del
pueblo. - ¡Viva el Rey y abajo el mal gobierno! - Manuela Beltrán.
- Las coartadas. - Plata y Barbeo. - Los criollos arrepentidos. -
José Antonio Galán, personero de los desheredados. - Indigenismo. -
Cosecheros y campesinos. - Libertad de los esclavos. - Se prepara
la reacción.
AUNQUE la política colonial borbónica afectaba indistintamente a
todas las clases sociales americanas, las primeras manifestaciones
de resistencia a ella se hicieron sentir en el marco de los
estamentos acaudalados, porque el arbitrismo despótico de la
Metrópoli condujo al rápido recrudecimiento del antiguo antagonismo
entre criollos y españoles, antagonismo cuya eficacia perturbadora
dependía de que los dos estamentos representaban, respectivamente,
los poderes más importantes de la sociedad colonial: los españoles
el poder político y los criollos el poder económico.
Las causas de esta dicotomía social se comprenden fácilmente si
se tiene en cuenta que los criollos eran los descendientes de los
conquistadores y encomenderos y de ellos habían heredado sus vastas
propiedades, al tiempo que el núcleo español estaba constituido por
los funcionarios públicos - a quienes la legislación indiana tenía
prohibido emprender negocios en la jurisdicción donde desempeñaban
sus cargos -, y por los emigrantes peninsulares que llegaban
periódicamente al Nuevo Mundo, quienes sólo de manera excepcional
eran poseedores de gran fortuna.
Resulta comprensible, por tanto, el resentimiento que sentían
los criollos al verse sistemáticamente excluidos de los altos
cargos de la administración, no obstante la preeminencia social que
les daba su riqueza, al tiempo que dichos destinos eran
desempeñados por españoles sin los antecedentes sociales ni la
fortuna de que tanto se envanecían los grandes señores de la
oligarquía criolla. «No era esto lo peor, - dicen Jorge Juan y
Antonio Ulloa - la elección de los funcionarios (por la Monarquía)
era todavía más provocadora. El ayuda de cámara de un secretario de
Estado estaba seguro de hallar premiada su adulación con un
gobierno en América; el hermano de una dama cortesana, bajo la
protección de algún grande, iba de intendente a un provincia; el
leguleyo intrigante, que había servido de instrumento para lograr
el deseo de algún favorecido de la Corte, era nombrado Regente u
Oidor de una Audiencia; y el barbero de alguna persona real estaba
seguro de ver a su hijo, hecho, a lo menos, administrador de una
aduana principal».
El antagonismo entre los españoles y los criollos se tradujo
pronto en una sobrevaloración, por parte de los dos estamentos, de
las principales características de que cada uno de ellos podía
ufanarse. Los criollos se vanagloriaban de sus riquezas y
procuraban adquirir carteles de nobleza, al tiempo que los
emigrantes peninsulares se envanecían de la
|pureza de su
sangre española y no desperdiciaban oportunidad para acusar a los
americanos de estar
|manchados por la tierra. «La vanidad de
los criollos dicen los autores de las "Noticias Secretas" de
América - y su presunción en punto de calidad se encumbra tanto,
que cavilan continuamente en la disposición y orden de sus
genealogías, de modo que les parece no tienen que envidiar nada en
nobleza y antigüedad a las primeras casas de España; y como están
de continuo embelezados en este punto, se hace asunto de él en la
primera conversación con los forasteros españoles recién llegados,
para instruirlos en la nobleza de la casa de cada uno; pero,
investigada imparcialmente se encuentra a los primeros pasos tales
tropiezos que es rara la familia criolla donde falte mezcla de
sangre (con indios o con negros) y otros obstáculos de no menor
consideración. Es muy gracioso lo que sucede en estos casos, y es
que ellos mismos (los criollos), se hacen pregones de sus faltas
recíprocamente porque sin necesidad de indagar sobre el asunto, al
paso que cada uno procura dar a entender y hacer informe sobre su
propia prosapia, pintando la nobleza esclarecida de su familia,
para distinguirla de las demás que hay en la misma ciudad, saca a
la luz todas las flaquezas de las otras, los borrones y las tachas
que oscurecen su pureza, de modo que todo sale a la luz ».
La rivalidad entre criollos y españoles tuvo, en las
postrimerías del período de los Austrias, caracteres no poco
ásperos, pero no alcanzó a implicar una amenaza seria para el orden
público, porque el descontento de los magnates americanos contra
las autoridades fue sobreabundantemente compensado por el
entusiasmo y lealtad que otorgaban las masas de la población nativa
a la Corona, en reconocimiento, de la protección que de ella
recibían contra los abusos de la poderosa oligarquía criolla, dueña
de la riqueza. Este equilibrio se encargó de destruirlo la política
colonial de la dinastía borbónica, política que provocó un nuevo
tipo de conflicto en América, conflicto que no entrañaba ya una
controversia entre la Corona y las clases privilegiadas, sino una
divergencia revolucionaria entre la Metrópoli opresora y todas las
zonas de opinión de sus posesiones de Ultramar. En la medida que la
Monarquía perdía su prestigio en la gran base popular de las
sociedades americanas, los criollos adquirían la posibilidad de
defender su riqueza y sus prerrogativas feudales, bajo el cómodo
disfraz de defensores, aparentemente desinteresados, de los
intereses comunes de la población americana.
Comenzaron entonces a producirse en el Virreinato las primeras
fricciones serias entre criollos y españoles. Fue el Marqués de San
Jorge, el más rico y eminente de los personeros de la oligarquía
granadina, quien figuró en la primera línea del conflicto, no sólo
por el poder de que disponía, sino porque su posición económica y
social hizo de él un blanco favorito para los desacatos y
frecuentes ofensas de los españoles.
No sobra referir aquí algunos de los antecedentes familiares y
sociales de este personaje en quien se encarnó, con todas sus
virtudes y defectos, el espíritu de fronda de la oligarquía
criolla. El fundador de la familia en el Nuevo Reino fue don Jorge
Miguel Lozano de Peralta, natural de Tarazona, antiguo Oidor de la
Real Audiencia de Santo Domingo, promovido en 1721 a la Real
Cancillería de Santafé, con el cargo de Oidor y Alcalde del Crimen.
De su matrimonio con doña Bernarda Varáez tuvo un hijo, Antonio
Lozano, quien contrajo matrimonio en Santafé con doña Josefa de
Caycedo, uniéndose así el nombre de Lozano al de una de las más
ilustres familias criollas del Reino. De este matrimonio nació don
Jorge Miguel Lozano, futuro Marqués de San Jorge, y su abuelo, el
Oidor, constituyó en su beneficio, por medio de testamento, un
valioso Mayorazgo, vinculado en Tarazona. Como herencia de su madre
recibió don Jorge Miguel el Mayorazgo de la Dehesa de Bogotá, cuyos
orígenes se remontan a las primeras Encomiendas repartidas por
Quesada y confirmadas por el Adelantado Lugo. « Tal vez un
historiador minucioso - dice Camilo Pardo Umaña - pudiera precisar
los términos que ocuparon en la Sabana las primeras Encomiendas.
Pero hay una, la del Alférez Real de la conquista, capitán Antón de
Olalla, tronco que fue de muchas de las principales familias de la
aristocracia bogotana, que merece una explicación a espacio, ya que
de ella nació e Mayorazgo de Bogotá, la primera y más importante
hacienda de la Sabana, de nombre "El Novillero", cuyos términos
abarcaron casi en su totalidad los actuales municipios de Funza,
Serrezuela y Mosquera. El Alférez Real obtuvo su título definitivo
y la Encomienda de Bogotá del Adelantado Alonso Luis de Lugo. Más
tarde contrajo matrimonio con doña María de Orrego y Valdaya, de la
nobleza de Portugal, quien fue una de las primeras damas que vino a
la naciente ciudad de Santa fé y de ellos fue hija la célebre
|encomendera de Bogotá, doña Gerónima de Orrego y Castro, por
quien bebieron los vientos el Oidor don Francisco de Auncibay y don
Fernando de Monzón, hijo del Visitador Real don Juan Bautista de
Monzón... Casáronse don Fernando y doña Gerónima en 1581, y a las
pocas semanas murió aquél, víctima de perniciosa calentura y sin
dejar descendencia. Doña Gerónima soportó corta viudedad y contrajo
de nuevo matrimonio con el Almirante de la armada don Francisco
Maldonado de Mendoza, quien con sus propios bienes y con los
cuantiosísimos de su esposa fundó el Mayorazgo de la Dehesa de
Bogotá, que posteriormente pasó a su hijo Antonio, después a su
nieta María, y así sucesivamente hasta llegar a don Jorge Miguel
Lozano de Peralta y Varáez Maldonado de Mendoza y Olalla, octavo
poseedor del Mayorazgo ».
Desde el año de 1754, fue nombrado el señor Lozano regidor del
Cabildo de Santafé y poco después se le designó Alférez Real.
Durante el desempeño de su cargo de Regidor y aún posteriormente,
don Jorge Miguel tuvo no pocos conflictos con las autoridades por
razón del monopolio de
|abasto de carnes de la ciudad de
Santafé, monopolio que detentaba su famosa hacienda "El Novillero".
La intervención de las autoridades de la esclavitud de la raza
negra; ni las Encomiendas dadas por los conquistadores habían
echado tan hondas raíces que las hicieran resistir a los impulsos
de la libre raza andaluza y a la lógica igualadora de la división
territorial.
|Pero, en cambio, los que en el Socorro se tenían
por hidalgos mostraban acaso más orgullo que en ninguna otra parte,
por lo mismo que veían en la actividad industrial y artesanal del
pueblo y en la división del suelo unos elementos de futura
igualdad, de elevación de los humildes o de ascensión de los
plebeyos. Esta perspectiva de un futuro cambio de situación
social era como una grave provocación y amenaza para los hidalgos,
los que se vengaban con cierto recrudecimiento de altivez, orgullo
y desprecio por los plebeyos ».
En éste relato del señor Samper está bien descrita la grave
contradicción, en cuyo marco se iba a frustrar el magno movimiento
de los Comuneros. Los grandes señores de la oligarquía criolla, lo
mismo en el Socorro que en Santafé, formulaban severas críticas a
las autoridades del Virreinato, pero en manera alguna estaban
dispuestos a fraternizar con la plebe, como llamaban
despectivamente al pueblo, ni a convertirse en los voceros de sus
aspiraciones. Los desheredados querían tierras y esas tierras
habían sido monopolizadas por las grandes familias criollas, tanto
en la Sabana, como en el Socorro, el Saldaña, Neiva, Popayán y
Tunja. Los indios ambicionaban disfrutar de sus Resguardos y evitar
que ellos continuaran "demoliéndodse", y los criollos eran, por el
contrario, los principales favorecidos por esa "demolición", que
les había permitido rematar las tierras de los Resguardos y tener
una masa creciente de campesinos indígenas forzados a alquilar su
trabajo en las grandes haciendas. Los humildes esperaban que las
autoridades, como en otras épocas, los defendieran contra los
abusos de los grandes terratenientes criollos y éstos reducían sus
ambiciones a que se les nombrara en los altos cargos
administrativos y políticos, precisamente para conjurar todo
peligro de que el gobierno otorgara protección a los desposeídos o
defendiera a los indios.
Sólo los abusos del Visitador Gutiérrez de Piñeres habían
establecido un esporádico vínculo de solidaridad entre la
oligarquía criolla y el pueblo, porque ambos sufrían las
consecuencias de la política fiscal de la dinastía borbónica. De
resto puede decirse que nada aproximaba los intereses de los
desheredados a las aspiraciones de los grandes magnates criollos y
que la sabiduría popular había definido bien la situación social
del Virreinato, en el siguiente romance de la época:
-
- El rico le tira al pobre;
al indio que vale menos,
ricos y pobres le tiran
a partirlo medio a medio.
A principios del año 1780, cuando la maquinaria fiscal comenzaba
a operar con su máxima eficacia en las provincias de Santafé,
Tunja, Popayán, Pasto y el Socorro, se produjeron las primeras
manifestaciones de la resistencia popular contra los nuevos
tributos y el 21 de octubre de ese año hubo motines, alborotos y
protestas en Mogotes, Simacota, Barichara, Charalá Onzaga y Tunja.
Los informes enviados a las autoridades de Santafé presentaban
caracteres tan alarmantes que el Visitador decidió hacer algunas
concesiones y suprimió los impuestos al algodón y a los hilados. De
poco sirvieron estos modestos paliativos y el 16 de marzo de 1781
ocurrieron en la ciudad del Socorro una serie de actos
revolucionarios, que sirvieron de preludio al definitivo
desencadenamiento del furor popular. Como el 16 era día de mercado,
las autoridades de la Villa juzgaron oportuno fijar en los muros de
la Casa Municipal el Edicto con los nuevos impuestos y ello produjo
airados gritos de protesta de la multitud reunida en la plaza, sin
que el Alcalde, don José Angulo y Olarte, pudiera contener las
expresiones de desacato contra las autoridades ni calmar los
murmullos amenazadores cuya rápida propagación anunciaba el
estallido de la tempestad. Inútiles fueron los esfuerzos que en el
mismo sentido realizó el más acaudalado de los vecinos criollos de
la localidad, don Salvador Plata, quien temía mucho al desenfreno
de la plebe, no obstante su descontento con las providencias del
Visitador. « Este don Salvador - dice Germán Arciniegas - es de los
Platas ricos que hay en la comarca; ellos compran y venden
esclavos, rematan rentas, tienen solares, casas, tiendas, pelean
entre sí como buenos ricos, se hacen traiciones, se rascan la
cabeza cuando pierden unos reales, y la panza cuando ganan muchos
pesos ».
Cuando don Salvador procuraba calmar a la multitud, sirviéndose
de la influencia que tenía sobre ella por sus anteriores protestas
contra los impuestos, entró en el recinto de la plaza un grupo de
vecinos exaltados, tocando tambores y dando gritos contra los
tributos y una mujer humilde, Manuela Beltrán, se aproximó al muro
donde se había fijado el Edicto, lo arrancó violentamente y arrojó
los pedazos al aire con inequívoco ademán de desafío a las
autoridades locales, que atónitas presenciaban la escena.
El gesto de Manuela Beltrán comunicó su propia audacia a la ira
contenida de la multitud y millares de gentes hicieron sentir,
entonces, el terrible poder de un pueblo enfurecido. Los almacenes
de los estancos fueron asaltados; los funcionarios perseguidos por
las calles y sus casas convertidas en objeto de saqueo; las
campanas se echaron al vuelo; los depósitos del Estanco del
aguardiente fueron invadidos y se insultó a los pocos sacerdotes
que trataron, con sus prédicas, de calmar los ánimos. « Desde aquel
día - dice el historiador Restrepo - cesó la obediencia a las
autoridades legítimas y mandaron gentes oscuras de la plebe...
Rotas las vallas del antiguo respeto que los habitantes del Socorro
y San Gil tenían por justicias y autoridades reales, ya no conocen
freno alguno que los contenga. Fuerzan las cárceles y dan libertad
a los presos; se apoderan de las administraciones del tabaco, del
aguardiente, de alcabalas y demás rentas reales... ».
Cuando la energía revolucionaria del pueblo comenzaba a agotarse
en la rutinaria repetición de actos de violencia y saqueo, llegó a
la Villa del Socorro José de Alba, quien traía, con destino a don
Dionisio Plata, un romance de versos mediocres escrito por el
fraile Ciriaco de Arcilla, por encargo del Marqués de San Jorge,
según parece. De tal romance se apoderó el portero del Cabildo,
Juan Manuel Ortiz, y poco después se le vio recitando sus estrofas
en las calles y finalmente en la plaza, ante la multitud que se
congregó para escucharle. La exaltación de los ánimos llegó
entonces al pináculo y de nada sirvió que los magnates criollos se
reunieran en el Cabildo y suspendieran la vigencia de algunos de
los tributos más detestados por el pueblo. En el Socorro no se
durmió esa noche, porque bandas de gentes ebrias recorrían las
calles entonando las estrofas del padre Arcila:
-
- «Viva el Socorro y viva el Reino entero
si socorro al Socorro le prestare ».
La marea de la revolución comenzó a extenderse como un incendio
que avanzaba sobre yerba reseca. Al grito de ¡Viva el Rey y abajo
el mal gobierno! estallaron motines y levantamientos en San Gil,
Simacota, Charalá, Mogotes y fácilmente fueron sojuzgadas las
poblaciones aledañas que intentaron oponer resistencia a la
dinámica expansiva del movimiento popular. Las dimensiones mismas
de la sublevación obligaron a pensar en la necesidad de darle un
comando central y adoptar objetivos de lucha común y para el efecto
se acordó celebrar una reunión en el Socorro, el día 16 de abril, a
la que debían concurrir los representantes de los distintos pueblos
y villas sublevadas.
Pudieron entonces apreciarse, con todo su dramatismo, las
radicales divergencias que separaban a las masas del pueblo de los
orgullosos magnates de la oligarquía criolla, a quienes el dominio
de las calles y de las plazas por las multitudes enfurecidas llenó
de temor, de manera que comenzaron a reconsiderar su tímida
participación en las primeras fases de la revuelta y a retroceder
ante los desarrollos de aquel movimiento de inconformidad, cuyo
rumbo estaba jalonado de peligrosas incógnitas. Fue Juan Francisco
Berbeo quien demostró, en aquellos días, menos temores y reservas
ante los actos desafiantes de la multitud y ello explica su
popularidad y la manera unánime como, el 16 de abril de 1781, fue
designado por los representantes de los pueblos Capitán General del
Común. « Por la declaración de don Fernando Pabón y Gallo,
distinguido miembro de la nobleza criolla de la ciudad de Tunja -
dice el historiador Cárdenas Acosta - nos hemos informado de que el
cura del Socorro, doctor don Francisco de Vargas, afirmaba que
Berbeo residía de ordinario en su casa del paraje de Las Monjas, en
el distrito de la Villa del Socorro; que con motivo de sus
frecuentes visitas a Santafé se hallaba, mejor que otros, informado
de los progresos de la rebelión incásica; que se suponía fuese en
el Socorro el cabecilla principal de la insurrección, por ser
hombre resuelto y valeroso, a la par que diestro en el manejo de
las armas, como se mostró en las expediciones contra los indios
|carares y
|yarenguíes; que ejercía gran influjo en la
plebe; que había recorrido el territorio de las provincias de
Tunja, Santafé y los Llanos; que había viajado, por el Zulia, a la
ciudad de Maracaibo y de allí a la isla de Curazao; que en el Istmo
de Panamá visitó las ciudades de Chagres y Portobelo, de donde
regresó a Cartagena y subió por el río de la Magdalena hasta la
boca del Lebrija, por donde salió a la ciudad de Girón. Era, pues,
Berbeo, hombre resuelto y valeroso y conocía, a lo menos en parte,
el territorio donde había de desarrollarse la revolución ».
Como Berbeo estaba bien enterado de las dudas y temores que
aquejaban a los principales magnates del Socorro, exigió como
condición para aceptar la jefatura que se le designara una junta
asesora, de la cual formara parte don Salvador Plata, la
perrsonalidad más destacada de la oligarquía criolla socorrana, con
lo cual pretendía comprometer en la revuelta a la clase dominante
de la provincia. Desde entonces comenzó Berbeo a demostrar que no
estaba dispuesto a acaudillar una revolución popular sino a
representar, ante las autoridades, los intereses de la oligarquía
criolla. Ello explica la impasibilidad con que contempló cómo la
multitud rodeaba la casa de don Salvador Plata y obligaba al
aterrado magnate a aceptar una de las Capitanías de la revolución.
«Vienen en tropel los sublevados a nuestras casas - diría Plata - y
enfurecidos hasta el exceso nos ponen a la tortura de admitir sus
Capitanías o de morir con nuestras mujeres y nuestros hijos.
Resistimos como es notorio, y lo es también que no pudimos
disuadirlos ni con ruegos ni lágrimas de que todos nos valimos, ni
yo con la gratificación de quinientos pesos que les ofrecí para que
me excusaran».
Reforzado el comando comunero con el señor Plata, José Monsalve,
Francisco Rosillo, Ramón Ramírez, Antonio Molina y Manuel Ortiz,
procedió Berbeo a comunicar a sus compañeros los planes que, en su
concepto, podían servir mejor para conseguir de la Corona las
concesiones ambicionadas por los criollos y contener, al mismo
tiempo, los ímpetus del populacho, manifestados en forma tan
peligrosa en los últimos días. Fruto de este cambio de ideas,
fueron las comunicaciones enviadas por Berbeo y los regidores del
Socorro al Virrey Flórez para informarle de la gravedad de la
situación y solicitarle que accediera a algunas de las peticiones
del pueblo, a fin de que a éllos les fuera posible calmar los
ánimos e inducir a las gentes a acatar de nuevo las autoridades.
«Por el informe que va de los capitulares de esta Villa - decía
Berbeo al Virrey - conocerá V .E - en el estrecho en que nos
hallamos, y que violentados hemos admitido el nombramiento que se
nos hizo de capitanes, y con el fin de contener los desarreglados
procedimientos que se habían experimentado, y ver si por medios de
prudencias se puede conseguir la tranquilidad de estas repúblicas,
mediante a que no podemos tratar, sin pérdida de nuestras vidas y
pocos bienes de impedirles el intento, pues ni aún consienten en
que se trate en ningún término, al menos que no sea el fin que
ellos pretenden de quitar todo pecho y consumir a quien se los
impida. Por lo que esperamos que la real piedad lo pacifique por
medio de informe de V.E.,
|y sin que se entienda que haber
admitido las capitanías tenga en nosotros asomos de infidelidad a
nuestro Monarca, Rey y señor, pues antes por fieles vasallos nos
hemos sujetado a padecer las molestias que son de considerar en tan
crítica circunstancia y ver que no han negado la soberanía y
potestad de su Majestad, pues si así lo fuera, hubiéramos rendido
la vida que admitir ese nombramiento. Por todo lo cual esperamos de
la piedad de S.M. el remedio que se solicita».
Al tiempo que Berbeo se dirigía en estos términos al Virrey, las
multitudes comuneras presionaban a sus jefes para que organizaran
seriamente la sublevación y de la entraña del pueblo brotó el grito
decisivo: ¡A Santafé! Fue ésta la consigna que espontáneamente se
dio el pueblo en momentos en que sus jefes, representantes de la
oligarquía criolla, sólo pensaban en servirse del temor que podían
ocasionar a las autoridades los sucesos del Socorro, para conseguir
ventajas personales y dirimir sus litigios con los
peninsulares.
Mientras en la provincia del Socorro y aledañas se desarrollaban
estos sucesos, las autoridades de la Capital no demostraban haber
comprendido la crítica gravedad de la situación. Igual cosa puede
decirse de las grandes familias criollas de Santafé, que no habían
presenciado todavía el espectáculo del pueblo en las calles, y no
economizaban esfuerzo para difundir noticias alarmantes «atizando
el incendio - dice José Fulgencio Gutiérrez - por medio de
pasquines que amanecían fijados en esquinas de parajes concurridos
». Mal informada la Audiencia de la magnitud e importancia de los
acontecimientos, decidió enviar al Socorro al Oidor Osorio con la
ridícula fuerza de cincuenta alabarderos bisoños y treinta soldados
de la guardia del Virrey, portadores de doscientos fusiles antiguos
destinados a armar a los vasallos leales que pudieran reclutar en
la marcha.
Cuando la noticia de la expedición de Osorio llegó al campo
comunero se trastornaron todos los planes de los oligarcas del
Socorro, porque ella desató nuevamente el furor popular y las
calles de la Villa se colmaron de turbas airadas que acusaban a los
Capitanes de negligencia o de traición y les exigían ordenar la
marcha inmediata de las multitudes sobre la Capital. A fin de
evitar que la dirección del movimiento se les escapara de las manos
y que las formidables montoneras sublevadas tomaran espontáneamente
el camino de Santafé, Berbeo convino en que batallones formados por
gentes de Oiba, Moniquirá y Mogotes salieran al encuentro del
destacamento de Osorio y designé para dirigir esta operación a los
Capitanes Rubio, Molina, Calviño y Araque. Igualmente ordenó Berbeo
que se recogieran armas en todas las regiones sublevadas, se
alistaran batallones, se les disciplinara diariamente y se pusiera
término a la quema de los tabacos, a fin de reanudar las ventas y
recolectar fondos para la revolución.
Las avanzadas del movimiento comunero, compuestas
aproximadamente de unos cuatro mil hombres mal armados, se movieron
con rapidez hacia el sur en busca del Oidor Osorio y consiguieron
encerrar a las tropas de la Audiencia en el sitio denominado Puente
Real. Después de algunas escaramuzas y de muchas deserciones,
Osorio no tuvo más remedio que rendirse a discreción. « Las armas
del Rey - dice Briceño - el pendón real, se abatieron por primera
vez ante el pueblo».
Cuando uno de los ayudantes de Osorio, que logró escapar,
condujo la noticia de la derrota a Santafé, el optimismo inicial de
las autoridades desapareció y los relatos del ayudante con respecto
al estado de ánimo de "la plebe alzada", atemorizaron a los
magnates criollos de Santafé, pues todos se imaginaron que sus
bienes estaban en peligro. Entonces el Marqués de San Jorge y el
clan de grandes familias criollas de la capital corrieron a ofrecer
sus servicios a la Audiencia, a sumarse a las fuerzas que protegían
a la ciudad y a formar, por cuenta propia, algunos batallones. El
Marqués de San Jorge se comprometió a reclutar hombres entre los
trabajadores de sus haciendas y de "El Novillero" hizo traer
cuatrocientos caballos para montar a las tropas que debían proteger
a la Capital de la amenaza comunera. En el informe anónimo enviado
desde Santafé al General Miranda se dice: « Se han juntado las
tropas, acuartelado las milicias, alistado todo el Comercio,
gremios y gentes del campo, y sobre todo lo más florido de la
nobleza de esta Corte, siendo digno de una eterna alabanza el
honor, la fidelidad, la alegría, con que a competencia se han
presentado, alistado y. concurrido con la mayor puntualidad,
constancia y brío todos los caballeros de esta muy noble y leal
ciudad ».
Atemorizado el Visitador Gutiérrez de Piñeres al saber, por boca
del ayudante de Osorio, que los sublevados pedían su cabeza en
Puente Real, tomó apresuradamente el camino de Honda, con la
intención de dirigirse a Cartagena, para que allí le protegieran
las tropas del Virrey Flórez, cuyas prudentes observaciones nunca
quiso tener en cuenta. Entonces el Cabildo y la Audiencia, reunidos
en Junta de Tribunales, se encargaron del gobierno y las
disposiciones que tomaron reflejan el pesimismo que dominaba a las
autoridades en momentos en que todas las noticias daban por segura
la solidaridad de los pueblos del Reino con la revolución y en la
misma capital se sentían los efectos del movimiento comunero, como
consta en el informe remitido desde Santafé al General Miranda: «Lo
que sabemos - dice ese informe - es que la plebe en Santafé se
halla contentísima y muy alegre con la venida de estos hombres (los
comuneros), llamándolos sus redentores y amigos y porque la vienen
a libertar de tantos pechos e impuestos que se les hacen ya
imposibles».
Este conjunto de adversas circunstancias, decidieron a la Junta
de Tribunales a convenir a que se entrara en conversaciones con los
sublevados y se hiciera lo posible para dilatar, esas
conversaciones hasta tanto que llegaran a la capital los refuerzos
militares solicitados urgentemente al Virrey. Con seguido este
objetivo, se pensaba, las autoridades se encargarían de revocar, en
el futuro, los compromisos pactados en tan anormales
circunstancias. Para el efecto se designaron como negociadores al
Alcalde de Santafé, don Eustaquio Galavis, al Oidor Joaquín Vasco y
Vargas y el propio Arzobispo de Santafé don Antonio Caballero y
Góngora, de cuya pericia diplomática lo esperaban todo las
autoridades de la Capital. A fin de facilitar las tareas de la
comisión negociadora, la Junta de Tribunales decretó la rebaja del
precio del tabaco elaborado, del aguardiente, y mandó «suprimir -
dice Restrepo - el derecho de Armada de Barlovento y ordenó que la
Alcabala se pagase, como antes, al dos por ciento ».
Consecuencias bien distintas tuvo en el campo comunero la
noticia de lo ocurrido en Puente Real. La alegría fue inmensa y
tanto en el Socorro como en las poblaciones vecinas se produjeron
demostraciones de regocijo multitudinario y en aquella extensa zona
sólo se escuchó el grito que sintetizaba las unánimes aspiraciones
del pueblo: ¡A Santafé! Berbeo se dio cuenta de que sólo poniéndose
al frente de los sublevados podía mantener el ascendiente que tenía
sobre ellos, tanto más necesario cuando que entonces se supo en el
Socorro que las avanzadas comuneras, se proponían continuar su
marcha sobre la capital. En consecuencia dio la orden de
movilización general y escribió al Oidor Osorio, como lo advierte
Briceño, anunciándole que tomaba el camino de Santafé para
" contener las gentes que querían invadir la Corte
".
Comenzó entonces uno de los más espléndidos espectáculos de
nuestra historia. De las villas, las aldeas y las campiñas brotaron
millares de personas, armadas de palos, viejos fusiles o
instrumentos de labranza, que a lo largo de caminos y veredas se
encaminaron a los acantonamientos principales de la masa comunera.
Lo que en un principio fue delgada fila de insurgentes se convirtió
pronto en inmensa avalancha humana, sobre la cual flotaba, como una
bandera, el sordo rumor de las quejas nunca oidas, de los
sufrimientos no comprendidos de los desheredados, de las viejas
frustraciones de un pueblo que marchaba, en apretadas montoneras,
en busca de su destino. El río de la revolución acrecentaba su
caudal con las aguas de millares de riachuelos tributarios. «Los
amotinados - dice un comentarista de estos sucesos - andan con el
lodo a los tobillos, metidos entre pantanos, aguantando agua, frío
y hambre... Cada cual ha traído para las jornadas cuanto ha podido.
En mochilas y en zurrones vienen panelas, quesitos, botellas de
aguardiente, terrones de sal, mazos de tabaco, maíz tostado,
chicha. Los capitanes proveen de cualquier modo a los
mantenimientos. En el Socorro, de la plata de los diezmos se
sacaron mil pesos. Luego, en cada pueblo se toma de las Cajas,
Reales lo que es preciso, ocupando los estancos a nombre dél común.
De todo llevan los capitanes cuenta y razón. Pero la verdad es que
la tropa se sostiene a sí misma, y menos con víveres que con
entusiasmo. A veces duermen en las plazas de los pueblos, o debajo
de los árboles con las ropas mojadas. Las mujeres van y vienen por
pueblos y estancias, por trochas y caminos, llevando lo que sus
manos diligentes pueden coger para que los rebeldes no mueran de
hambre. Cuando no llueve, y el alto se hace a campo abierto, se
prenden hogueras a cuyo amor los huesos se calientan y sueltan la
lengua los menos tímidos echando al aire coplas obscenas, o
simplemente picarescas, sin faltar nunca ni la alusión indecente al
Visitador, ni los pomposos versos de la Cédula del Pueblo en donde
se pone de tan mal color a Moreno y Escandón... ».
Berbeo tuvo el talento de comprender que no podía oponerse a
aquella gran voluntad colectiva y contagiado también por el inmenso
fervor popular, procuró ganarse a todos los pueblos que circundaban
la ruta de la histórica marcha. En carta dirigida a los capitanes
de Cerinza, les decía: « ¡Ya estamos en el empeño! ¡Animo,
esforzados vecinos! Salga el cautivo pueblo del poder del Faraón!
(Gutiérrez de Piñeres) ¡Viva nuestra Santa Fe Católica! ¡Viva
nuestro católico Rey de España!».
En la medida en que la multitud avanzaba hacia Zipaquirá y
engrosaba su caudal con el aporte de innumerables afluentes
humanos, las aspiraciones de sus gentes adquirían nuevas
dimensiones y en el interior de la masa comunera el espíritu del
pueblo se radicalizaba hasta extremos insospechados. La rebeldía de
los oprimidos tomaba la forma de protesta contra la miseria y de
anhelo profundo, revolucionario, de cambiar las antiguas
estructuras sociales. Este proceso de radicalización habría de
adquirir extraordinarias resonancias políticas por la simultánea
ocurrencia de sublevaciones semejantes en otras regiones del
Virreinato y de la América española, las cuales acelerarían la
dinámica social del movimiento comunero.
En los primeros meses del año 1781, el Gobernador de Popayán
comisionó a don Ignacio Peredo para establecer en las provincias de
Pasto y Barbacoas el Estanco del aguardiente y comenzar la
construcción de la fábrica de elaboración del licor. Desde su
llegada a Pasto, Perede "fue hostilizado en forma ruin por los
vivanderos", según decía, y el Cabildo se mostró renuente a
colaborar con el nuevo funcionario. Convencido Peredo de que
ninguna ayuda le prestarían los Regidores, decidió efectuar la
promulgación le los nuevos impuestos y del régimen del estanco por
su propia cuenta y valiéndose del pregonero, hizo conocer al pueblo
de Pasto las nuevas normas del estanco y la naturaleza y cuantía de
los tributos decretados por el Visitador Gutiérrez de Piñeres. «
Desgraciadamente para el comisionado - dice el notable historiador
Sergio Elías Ortiz - la publicación del bando se hizo en el día
menos oportuno, es decir en vísperas de la sonada fiesta de San
Juan, patrono de la ciudad, que entonces se festejaba rumbosamente
con misa solemne, paseo de estandarte Real, peleas de gallos,
corridas de toros y otros regocijos públicos, con bebidas
embriagantes y sus consecuencias. La ciudad estaba por ello
rebosante de gentes de todos los pelajes y diversas regiones. Los
indígenas de los alrededores habían acudido... y seguramente algún
agitador anónimo de la época prendió la chispa en el pueblo con la
noticia del estanco, de suerte que en el momento de darse lectura
al Decreto estalló la protesta colectiva con gritos, brazos
levantados y amenazas de muerte. El doctor Peredo, que presenciaba
la lectura del bando para dar más autoridad al acto, apenas tuvo el
tiempo justo para huir del tumulto por la Calle de Las Monjas y
refugiarse en la casa, medio ruinosa, del antiguo Colegio de la
Compañía, herido de una pedrada en la cabeza. Ya en el refugio supo
con espanto que los soldados que lo acompañaban no tenían
cartuchos... El motín, en que el grueso de los manifestantes lo
componían los indios, iba creciendo por momento, en forma cada vez
más amenazante, frente al vetusto edificio, en actitud de asaltar
el refugio del doctor Peredo para echarlo de la ciudad, según era
el grito de los tumultuarios, que en tanto habían prendido fuego al
edificio, sin que la pequeña escolta pudiera hacer nada para
defender al cuitado, pues fue literalmente arrollada por la plebe;
ni los vecinos protegerlo, ya que todos de miedo cerraron sus
puertas, ni las autoridades de la ciudad fueron capaces de hacer
valer su prestigio para libertarlo, porque nadie entendía a nadie y
la multitud enfurecida nada respetaba. Es lo cierto que el doctor
Peredo apenas pudo sostenerse en su refugio la noche del 23, pues,
al día siguiente por la mañana, la multitud ebria que había estado
vigilando la cuadra para que el refugiado no se le escapase hacia
Popayán, lo sacó a la fuerza, y como intentase la fuga por el
camino de Catambuco, fue alcanzado en este pueblo, al pasar una
quebrada, por los indígenas enloquecidos de rabia y el indio
Naspirán, que era un gigantón que hacía de cabecilla, le dio muerte
violenta con una púa y luego a garrotazos la chusma sació sus
instintos feroces sobre el cadáver ».
El espíritu de rebelión, que a la manera de un agitado pleamar
revolucionario caminaba sobre la geografía del Reino, adquirió sus
mayores dimensiones cuando los comuneros del Socorro, en su avance
hacia Zipaquirá, se enteraron de la partida del Visitador para
Honda y sospecharon que pretendía llegar al Magdalena para reunirse
con el Virrey en Cartagena. A fin de detenerlo, Berbeo designó un
contingente de tropas comuneras y acatando las exigencias de los
sublevados le otorgó su mando a un joven charaleño, quien se había
distinguido en los últimos tiempos por su vigorosa personalidad de
caudillo y la devoción con que defendía las aspiraciones de los
desheredados: José Antonio Galán.
Quien así comenzaba su trágica carrera de personero del pueblo,
era hijo del gallego Martín Galán y de Paula Francisca Zorro,
nativa de la tierra. Prácticamente nada se sabe con respecto a su
infancia y juventud y todavía se discute si Galán era mulato o
mestizo. Cuando en los Archivos del Colegio de San Bartolomé, que
fuera regentado por los jesuítas, se halló un registro con el
nombre de José Antonio Galán, se supuso inmediatamente que se
trataba de un homónimo, porque el origen racial de Galán no
permitía convenir en que se le hubiera admitido en un
establecimiento para cuyo ingreso se requería, de acuerdo con las
costumbres y regulaciones oficiales de la época, presentar el
debido expediente de "limpieza de sangre". No se tuvo en cuenta, a
fin de efectuar una investigación más cuidadosa, que dichas
regulaciones se burlaban con frecuencia, como lo prueba el caso de
algunos próceres de la República, quienes ingresaron en el Colegio
de San Bartolomé, en los últimos años del régimen colonial,
hallándose en las mismas circunstancias de Galán.
La personalidad del jefe comunero constituye, curiosamente, algo
así como una brújula que permite seguir el sentido de orientación
de nuestros estudios históricos. Esta particularidad puede
apreciarse en el hecho, bien significativo, de que al tiempo que
nuestros cronistas e historiadores tradicionales han realizado
esfuerzos exhaustivos para investigar los antecedentes de una
cantidad de personajes sin mayor importancia para la nacionalidad,
la infancia y juventud de Galán, después de tantos años, se
desconoce por completo y sólo en épocas relativamente recientes se
le comenzó a tratar con respeto y a otorgar la debida importancia a
su participación en el movimiento comunero. Todavía los
historiadores clásicos de la época republicana, como José Manuel
Restrepo y José Manuel Groot, se refieren a Galán despectivamente y
como si se tratase de un bandido. De esta manera consiguió
perpetuarse por mucho tiempo en nuestra historia el odio de la
oligarquía criolla contra el caudillo que en el curso de la
revolución comunera, como vamos a verlo, se negó a permitir que el
magno acontecimiento se redujera a una controversia sin importancia
entre los magnates criollos y las autoridades coloniales y le dio
al conflicto los alcances y desarrollos de una revolución social.
Por eso va a subir al cadalso en medio del silencio y de la
complicidad de los magnates de la oligarquía criolla, quienes
estaban dispuestos a exigir "libertades" para ellos, pero no
toleraban que se discutieran, como lo hizo Galán, sus derechos de
dueños de los esclavos, de poseedores de los grandes latifundios y
de únicos beneficiados con la explotación del trabajo de los
indios.
Como nuestra historia escrita se ha mostrado tan poco interesada
en los sufrimientos de nuestro pueblo y son tan escasas las páginas
que ha dedicado a las hazañas de sus voceros, hoy sólo se sabe, de
la juventud de Galán, que por su carácter indisciplinado y los
conflictos que provocó en Charalá, su pueblo nativo, fue reclutado
forzadamente y enviado a Cartagena, donde se le incorporó al famoso
batallón de "pardos", denominado "Fijo". En sus filas obtuvo lo
galones de cabo y de sus cuarteles se escapó cuando comenzaban a
producirse las primeras manifestaciones de descontento de los
pueblos contra las medidas fiscales del Visitador Gutiérrez de
Piñeres. Sus conocimientos en materias militares, el hecho de saber
leer y escribir y la manera resuelta como solía defender los
intereses de los indios y de todos os oprimidos, explican el rápido
ascenso de su popularidad, no bien estalló, en la provincia del
Socorro, la revolución comunera.
Galán se separó, en las proximidades de Zipaquirá, del grueso de
las fuerzas comuneras y seguido del contingente que le había
confiado Berbeo, se encaminó a la villa de Facatativá. Aunque la
captura del Visitador era su misión oficial, Galán perseguía
objetivos de mayor alcance y la perspectiva de apresar a Gutiérrez
de Piñeres, para que fuese ultimado por las multitudes, no
despertaba realmente su entusiasmo. El tenía la convicción de que
el movimiento comunero sólo podía triunfar si se transformaba en
una
|revolución social que despertara de su letargia a los
sectores populares de la sociedad colonial, y ello explica su poca
inclinación a permitir que los sublevados agotaran sus energías en
fáciles empresas de represalia. En el estandarte que portaba su
pequeña tropa hizo la divisa que resumía sus aspiraciones y sería
símbolo de su conducta a lo largo de la revolución comunera: «
¡Unión de los oprimidos contra los opresores!».
El caudillo comunero dominó fácilmente la resistencia que le
ofrecieron las autoridades en Facatativá y dueño de la villa
convocó a los indios de las vecindades y los incitó a rebelarse
contra el gobierno, a fin de recobrar las tierras de sus Resguardos
y no pagar tributos. El
|indigenismo adquirió en boca de
Galán el sentido de una protesta revolucionaria de la raza oprimida
y al conjuro de su voz los indígenas recobraron el orgullo de su
sangre y se aprestaron a sacudir el yugo centenario. Así lo
demostraron cuando se aproximó a Facatativá un destacamento militar
enviado por las autoridades de Santafé para contrarrestar las
actividades de Galán. En el informe enviado al General Miranda se
relata que, al encuentro de ese destacamento, "les salieron todos
los indios, indias, mestizos, mulatos y hasta los muchachos,
armados de piedras, palos y cuantos instrumentos toparon y
estrechándolos entre dos vallas los obligaron a una sangrienta
defensa".
Victorioso Galán en esta acción y dueño de las armas que
portaban las tropas de la capital, confió el mando de la Villa a
autoridades populares y partió para Villeta, donde fácil mente
arrolló la escasa resistencia que se intentó oponerle. En Guaduas
hizo repartir, entre el pueblo, los bienes de los principales
señores de la oligarquía local, sin excluir los del alcalde don
José Acosta, y a continuación avanzó hacia el valle del Magdalena,
su futuro campo de operaciones.
Galán no se esforzó, sino todo lo contrario, por capturar al
Visitador, de manera que éste pudo escapar de Honda mientras el
comunero, perseguía objetivos distintos de los señalados por Berbeo
en sus instrucciones. A lo largo de su marcha hacia Ambalema, los
pueblos se levantan y una estela de grandes conmociones marca la
ruta libertadora del Comunero. La gleba de los campesinos
desposeídos se apodera de las tierras de las grandes haciendas, los
cosecheros se amotinan contra los administradores de los
latifundios tabacaleros y el asalto a los depósitos del estanco del
aguardiente es seguido por orgías populares, inevitables en todo
proceso de insurgencia democrática. La revolución social, con sus
grandezas y sus crueldades, sus virtudes y sus delitos, ilumina con
sus llamas rojas la ruta triunfal del gran caudillo de los
desheredados.
La sublevación llega a su momento culminante cuando Galán toma
la ruta del norte y en la provincia de Mariquita, el gran centro
minero, lanza el grito que va a conmover a todo el Virreinato: ¡Se
acabó la esclavitud! La conmoción revolucionaria es inmensa; los
negros se rebelan, las cadenas se rompen, las minas se paralizan,
los depósitos de plata son asaltados por los esclavos y los
capataces y los propietarios tienen que huir para salvarse. Después
de algunos días de desenfreno, la innata alegría de la raza negra
consigue suavizar las violencias de la revolución y los gritos de
venganza se pierden entre los festivos aires del "currulao", a
cuyo son bailan centenares de negros embriagados por la alegría de
la libertad.
Las noticias de lo ocurrido en Mariquita vuelan hacia Antioquia
y allí los mineros criollos y españoles deben enfrentarse a las
primeras manifestaciones de rebeldía de sus cuadrillas de esclavos.
En informe, destinado a las autoridades de Rionegro, dice el
alcalde de Medellín, don Juan Callejas: «Habiéndose dado aviso de
que los negros esclavos de esta ciudad intentan sublevarse y
proclamar la libertad, usando de la fuerza por medios bárbaros y
crueles, he procurado indagar la certeza de sus intentos y habiendo
logrado saberlos, también pude averiguar que los de la jurisdicción
de esta villa con los de Ríonegro habían sido solicitados para el
mismo fin, y que todos tienen acordado día para unirse y ejecutar
sus designios... El proyecto de estos malvados es matar a sus amos,
y de consiguiente a todos los blancos, quemar los papeles de los
archivos del Cabildo, proclamar la libertad y hacerse dueños de
todo... Así, no dudo procederá con aquel celo y vigilancia que
piden tan urgente necesidad; y porque no tengo lugar para más, se
ha de servir V.M. pasar inmediatamente esta noticia de mi orden a
las justicias de Ríonegro y Marinilla».
En su avance hacia occidente Galán ha regado la semilla de la
revolución y en millares de surcos, abonados por los dolores del
pueblo, ha comenzado a brotar una eflorescencia de selva
primaveral. La sublevación se ensancha como un inmenso incendio y
el nombre de Galán corre de boca en boca y adquiere, en labios de
los humildes, la mágica resonancia de una esperanza de redención.
En su dramático informe a la Real Audiencia, dice el gobernador de
Mariquita: « ¡Han enarbolado bandera! Vuestras reales armas, a
machetazos, hechas astillas! Las reales administraciones robadas,
yo perseguido, mi hacienda robada, la cuadrilla de negros
sublevada, mi familia dispersa ».
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