Mientras el ejército español se retiraba, el grueso de las
milicias aborígenes se dirigía, a toda marcha, al campo de
operaciones del ejército portugués, donde debían librarse las
principales operaciones de guerra. Las crónicas de la época y los
mismos informes de Gómez Freyde, dan buena cuenta de la
estupefacción que causó a los lusitanos el ataque inesperado no de
montoneras de salvajes, sino de las ordenadas formaciones
guaraníes, que operaban con la regularidad de un ejército europeo
de artillería y cuya estricta disciplina demostraba la influencia
de las enseñanzas militares de los jesuítas. En numerosos combates,
el ejército de la monarquía portuguesa fue batido y para evitar su
completo exterminio, Gómez Freyde tuvo que ordenar la retirada. De
invasores se convirtieron los portugueses en invadidos. Las tropas
de Sepee cruzaron entonces la frontera brasilera y comenzaron el
arrasamiento sistemático de una extensa zona del Brasil, a fin de
dificultar futuras operaciones de invasión. « Los sublevados cada
vez más audaces dice don Francisco Bauza - comenzaron a
hostilizarlos (a los portugueses), de suerte que no sólo peleaban
combates de guerra con ellos sino que invadían y talaban las
propiedades de los de su nación hasta las alturas del Río Pardo,
causándoles grave perjuicio y no escaso sobresalto... Entonces
empezó una serie de choques parciales, en que alternativamente
vencedores o vencidos, los portugueses fueron debilitándose hasta
el punto de pedir un Armisticio, que se firmó el 18 de noviembre de
1754 >>.
El famoso Armisticio, que mejor calificaríamos de tratado de
capitulación del ejército portugués, comprendía las siguientes
cláusulas y especificaciones: « 1ª Que ni una ni otra parte se
harían daño hasta tanto que se diese la última y definitiva
sentencia por los reyes de España y Portugal acerca de las quejas
presentadas, por los indios y sobre el indulto y perdón a los
indios rebeldes, o hasta tanto que el ejército español no volviese
otra vez a la campaña. 2ª Que a partes se volverían a sus tierras,
y que ni una ni otra nación pasarían el Rio Grande. 3ª Que los
indios serían cautivos si pasasen el río yendo a tierras de la
Corona Portuguesa y mutuamente los portugueses lo serían de los
indios, si intentaban pasar a las tierras de las Misiones ». El
célebre tratado terminaba con la siguiente cláusula, exigida por el
mando del ejército indígena: « Cuatro ejemplares se firmarán de
este pacto,
|dos en lengua portuguesa y dos en lengua guaraní
».
He ahí los resultados de la "sombría teocracia" de los jesuítas;
he ahí el comportamiento de una nación aborigen, "embrutecida por
la religión" y las malas artes de los misioneros de la Compañía.
Por primera vez se contemplaba en América el magnífico espectáculo
de ver morder polvo y capitular a los ejércitos regulares de una de
las grandes potencias imperiales del mundo ante las milicias de un
pueblo aborigen, que dos generaciones atrás encontraron desnudo y
comiendo frutos de la selva los misioneros de la Compañía de Jesús.
La altiva conducta de los guaraníes, su orgullo, y el dominio que
demostraron tener de las artes económicas y militares, no era
producto del azar, sino resultado del género de educación recibida,
educación que los misioneros jesuitas resumieron en esta sentencia:
« Les enseñaremos a ser hombres ». Y así lo hicieron.
Cuando a Buenos Aires y Montevideo llegó la noticia de la doble
retirada de los ejércitos portugués y español, la estupefacción no
tuvo límites y esta sorprendente muestra de pode. río militar fue
causa de general alarma, porque ella venía a sumarse al rápido
desalojamiento de la producción colonial por la dinámica actividad
del sistema económico de las Reducciones jesuítas. Los
desenvolvimientos de la crisis que venía preparándose en los
últimos años, se aceleraron peligrosamente y el pueblo, en Buenos
Aires, Montevideo y Santafé, contempló con sorpresa cómo al tiempo
que los Padres de la Compañía decían misas y elevaban plegarias en
sus Iglesias para que Dios "protegiera a nuestros queridos indios",
los dominicos y franciscanos se unían al coro de censuras de los
Encomenderos y de las autoridades españolas y tanto el obispo de
Buenos Aires, como el de Paraguay, ponían en entredicho a las
Reducciones uruguayas y calificaban a los indios rebeldes de
"herejes", "traidores a su Rey", e "hijos del diablo".
No fue menor el estupor causado en las capitales europeas por
las espectaculares victorias de los indios y esas victorias
enfocaron la atención del mundo culto sobre el trascendental
experimento de las Misiones Jesuítas, lo cual aumentó la
humillación de los gobiernos de España y Portugal, cuyos ejércitos
habían sido batidos por los indios. El conflicto era tanto más
explosivo cuanto que el choque entre la Compañía de Jesús y las
principales dinastías europeas no sólo se cumplía en el mundo
colonial sino que él presentaba caracteres no menos ásperos en las
propias Metrópolis, donde los grandes teólogos jesuitas predicaban
abiertamente contra el despotismo de los reyes y defendían la
doctrina del origen popular de la Soberanía, formulada por
Belarmino, Suárez y Mariana.
Las medulas de represalia no se hicieron esperar. Desde Río de
Janeiro y San Pablo se remitieron poderosos refuerzos a Gómez
Freyde, y en Buenos Aires, Montevideo, Santafé y Corrientes se
decretó la movilización general. Tanto Portugal como España habían
decidido aplastar militarmente a las Reducciones jesuítas y el
General Viana, nombrado comandante del ejército español, provocó
unas de juntas entre los Estados Mayores de las fuerzas españolas y
lusitanas, cuyas largas deliberaciones resultaban ridículas, dada
la aplastante superioridad de las fuerzas reunidas para sojuzgar a
los indios. En esas juntas se decidió, por fin, reunir los
ejércitos portugués y español en el Río Sarandí y avanzar
conjuntamente sobre las Misiones uruguayas para avasallarlas con el
formidable poder de su masa y el fuego nutrido de las numerosas
piezas de la artillería, recogidas en todas las provincias
vecinas.
En estas condiciones, nada bueno podía augurarse a la
resistencia de las Misiones. Si los indios insistieron en luchar,
ello se debió a la resolución que tenían de morir con las armas en
la mano, antes que entregarse a los portugueses. Por eso se
lanzaron sobre las formidables masas del ejército invasor y si en
la primera ofensiva consiguieron numerosos éxitos, al final se
impuso la aplastante superioridad de las tropas europeas y el 6 de
febrero de 1756, en el curso de una heroica carga de caballería
contra el núcleo central de los ejércitos invasores, pereció el
gran caudillo de las Reducciones uruguayas: el Cacique Sepee al
registrarse su cadáver, después de terminada la acción, se
encontraron en los bolsillos de su uniforme español dos cartas
destinadas a los indios de San Javier, de cuyos textos tomamos los
siguientes apartes: « No queremos la venida de Gómez Freyde, porque
él y los suyos nos tienen aborrecimiento... Nosotros en nada hemos
faltado al servicio de nuestro Rey (de España); siempre que nos ha
ocupado, con toda voluntad hemos cumplido sus mandatos... ¿Por qué
no se da a los portugueses Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes o el
Paraguay, y sí los pueblos de los pobres indios a quienes se manda
que dejen sus casas, Iglesias, y en fin cuanto tienen y Dios les ha
dado? .
La muerte de Sepee aceleró el aplastamiento de toda resistencia
y los indios, en un acto de desconcierto, eligieron como comandante
militar al Cacique Nicolás, hombre amable, cuya afición era tocar
el violín, y a quien se había considerado, por los enemigos de la
Compañía, como el candidato de los padres jesuítas para ocupar el
trono de un fantástico Imperio Paraguayo. Los resultados de
semejante elección no tardaron en conocerse; como el buen cacique
nada sabía de cuestiones bélicas, los últimos restos del ejército
guaraní se fueron desintegrando y la oposición al invasor se redujo
a ataques aislados de guerrillas dispersas o a la defensa
desesperada de algunos pueblos de las Reducciones. Este último
esfuerzo se convirtió en una sórdida carnicería, a la cual los
portugueses se encargaron de darle aspectos de increíble barbarie.
En los árboles de las Reducciones se veían colgados centenares de
cadáveres, que dejaban los lusitanos como huella de su paso.
La innata hidalguía española no tardó en rebelarse contra la
inútil crueldad de sus aliados y las relaciones entre Gómez Freyde
y Viana se hicieron cada vez más tirantes. Cuando los ejércitos
portugués y español llegaron a la Reducción de San Miguel y
pudieron contemplar, atónitos las magníficas construcciones de las
casas de los indios, las pequeñas industrias, las escuelas, los
talleres de oficios, los hornos y grandes fraguas, a Viana y sus
oficiales les fue imposible contener por más tiempo su indignación
y ocurrió el incidente que el historiador uruguayo Bauza relata
así: « Al entrar Viana a San Miguel, de cuya belleza y
ornamentación no tenía idea, quedó sorprendido y sin poderse
reprimir dijo en voz alta que todos oyeron: ¿Y éste es uno de los
pueblos que nos mandan entregar a los portugueses? Debe estar loca
esa gente en Madrid para deshacerse de una población que no
encuentra rival en todas las del Paraguay. Y así era la verdad.
Porque no sabía el gobierno español lo que
daba>>.
Cuando los últimos focos de resistencia fueron liquidados, los
españoles, no sin secreta vergüenza, iniciaron la evacuación de las
Reducciones uruguayas, después de hacer entrega formal de ellas al
Alto Comisionado Portugués. Comenzó entonces lo que era inevitable
y previsible. Poblaciones enteras fueron trasladadas al Brasil y
sus gentes vendidas en los mercados de esclavos, a tiempo que rudos
comisarios lusitanos se encargaban de la administración de Ias
Misiones, a fin de obtener los máximos rendimientos económicos para
la Corona portuguesa. Cuando años después fue anulado el Tratado de
Madrid, las autoridades españolas reclamaron en vano a los
portugueses sobre el paradero de los indios, cuyos nombres y
cantidad constaban en los detallados Censos de Población dejados
por los jesuítas. Estos reclamos nunca tuvieron respuesta, porque
los pobres indígenas habían sido devorados ya por el inmenso
mercado de esclavos del Brasil. Pero eso no fue todo. Como los
portugueses no se proponían civilizar a los indios sino
explotarlos, las los talleres de oficio, los teatros y las
bibliotecas fueron destruidas y saqueadas y los indios echados al
campo raso, mientras sus viviendas servían de cuartel a las tropas
portuguesas. Refiriéndose concretamente a la suerte que corrieron
las bibliotecas de las misiones, dice el protestante Bach: «
Ocurrió con aquellas magníficas colecciones igual que con la
célebre Biblioteca, de Alejandría. Ningún Omar ni salvajes ningunos
del gran Chaco las aniquilaron, sino que fueron cristianos quienes
lo hicieron, parientes espirituales de aquel Teodosio que hizo
destruir la biblioteca de Alejandría. Hicieron de una gran parte de
los escritos jesuítas cartuchos para pólvora, o los utilizaron para
cocer bizcochos y para linternas; y me pasó como el historiador
Orosio, que sólo encontró los armarios vacíos de aquella Biblioteca
».
Resulta, pues, comprensible que el conflicto entre la Compañía
de Jesús y los Déspotas Ilustrados se agudizara después de estos
sucesos y su centro de gravedad se trasladara a las mismas
Metrópolis europeas. En Portugal, Francia, Nápoles y España
ocurrieron grandes levantamientos populares, y sí no puede
desconocerse que los jesuitas inspiraron algunas veces esas
protestas multitudinarias, sus verdaderas causas no fueron, como se
decía, las doctrinas de Suárez y Mariana, sino la política
financiera del "Despotismo Ilustrado", política que agravé, hasta
extremos increíbles, el hambre y la miseria de las clases
populares.
Los gobiernos europeos consideraron que era suficiente, para
acallar el descontento de las glebas, suprimir la Orden religiosa
que se había convertido en defensora de los oprimidos en todos los
Continentes y entonces comenzaron a publicarse - en Francia,
Portugal y España - las famosas
|pragmáticas de expulsión,
que se justificaron con ridículos pretextos y un gran aparato de
propaganda y publicidad, destinado a hacer aparecer como
"progresista" lo que era una torva maniobra para liquidar la
poderosa milicia religiosa que había tenido la audacia de defender
a esas gentes humildes y desposeídas que no tardarían en encender
la gran llamarada de la Revolución Francesa, de esa Revolución que
estalló, precisamente, contra la Dinastía de los Borbones,
fundadora del "Despotismo Ilustrado", y que llevó ante
|tribunales revolucionarios filósofos de la Edad de las Luces
no fallecidos con anterioridad a aquella magnífica alborada. El que
Condorcet tuviera que envenenarse en la prisión para escapar de la
guillotina, constituye un significativo símbolo de la
|justicia
revolucionaria que desempeñan las multitudes cuando, en las
grandes crisis, tienen la palabra para juzgar a quienes han asumido
la procuraduría de los poderosos bajo el cómodo disfraz de
defensores de supuestas causas altruístas.
Si en la época que nos ocupa comenzaban ya a oirse, en el
subsuelo de la historia, esos ruidos subterráneos y broncos que
anuncian las grandes revoluciones, los instrumentos del poder
reposaban todavía en manos de los déspotas y sus aliados y esos
instrumentos servirían para asestar el golpe de muerte a la Orden
religiosa que había discutido el supuesto derecho de los Reyes a
oprimir a sus súbditos y de los ricos a explotar a los pobres.
Como director de orquesta de esta conjura figuraba el Marqués de
Pombal, Primer Ministro de Portugal, país cuyas clases dirigentes
poseían esa mentalidad de negreros que hizo famosos a los lusitanos
y que aceleró su conflicto con la Compañía de Jesús. Un atentado
contra la vida del Rey José I y el estallido de grandes motines
populares en Lisboa, dieron asidero a Pombal para responsabilizar a
los jesuítas del malestar que existía en el Reino y prevaliéndose
entonces de la simpatía que ellos inspiraban en las clases pobres,
decretó la expulsión de la Compañía de Portugal y sus dominios e
hizo condenar a la hoguera, por el Tribunal del Santo Oficio
Portugués, al eminente padre jesuita Malagrida. La muerte de este
sacerdote en la hoguera ocurrió en plena Edad de las Luces y por
instigaciones de un Ministro que se decía inspirado por las
enseñanzas de los filósofos.
Para justificar su política inquisitorial, Pombal recurrió a
procedimientos que el protestante Fullop Miller describe así:
«Inundó toda Europa con una ola de manifiestos y publicaciones
anti-jesuítas; era quizá la primera vez, en la historia europea,
que un gobierno se servía de la prensa para rehabilitarse ante el
extranjero. El Ministro confiaba en que, sobre todo los círculos
franceses avanzados, que estaban en enemistad con la Iglesia,
saludarían con jubilo la supresión de la Orden jesuita en Portugal.
Pero en esto sufrió una equivocación, porque los filósofos
expresaron su repugnancia tanto por la antipática impresión que
producían las afirmaciones no creíbles de Pombal, como por las
medidas inquisitoriales con que el gobierno portugués había llevado
el procedimiento contra los jesuítas. Voltaire, que advirtió en
seguida el sentido de esta
|Ilustración Despótica, dijo,
asqueado, que en ella se juntaba un exceso de lo ridículo con un
exceso de lo horrible.
|En cambio, las cancillerías europeas se
dejaron convencer, en su mayor parte sin ulterior examen, por los
libelos de Pombal, y admitieron todo lo que en ellos se decía sobre
las agitaciones peligrosas para el Estado que causaban los
jesuitas>>.
Las mencionadas acusaciones tuvieron particular influencia en el
gobierno español, no sólo por lo que acababa de ocurrir en las
misiones uruguayas, sino porque ellas coincidieron con graves
perturbaciones del orden público, causadas por las medidas
financieras de los consejeros extranjeros Esquilache y Grimaldi,
que el rey Carlos III trajo de Italia cuando ascendió al trono
español. Estas medidas, cuyo único resultado fue el escandaloso
encarecimiento de los bienes de consumo popular, particularmente el
pan, el aceite y la carne, fueron completadas por los esfuerzos que
realizó Carlos III para convertir a Madrid en una ridícula copia de
la capital de Luis XIV, a quien este Borbón imbécil trataba
obstinadamente de parecerse. Así se explican los edictos
promulgados por sus ministros, en los que se prohibía el uso de la
capa española y de los chambergos tradicionales y se hacía
obligatoria la adopción de la capa corta y el sombrero tricornio de
estilo francés. Tales medidas, que revelaban el profundo desprecio
profesado por la dinastía reinante a la nación española,
determinaron el desencadenamiento de la ira popular y el 26 de
marzo de 1776 una multitud enfurecida sitió el Palacio Real, de
manera que Carlos III se vio precisado a huir a Aranjuez, mientras
el pueblo se dedicaba al asalto, saqueo e incendio de las casas de
Esquilache y Grimaldi. En la dirección del motín evidentemente
participaron los jesuitas y la paz sólo se restableció, después de
tres días de desenfreno popular cuando los jesuitas pidieron a la
multitud regresar a sus casas. <<La irritación de los
ánimos iba en aumento - dice Cretineau-Joly - y pudo haber tenido
consecuencias muy funestas, si los jesuitas, que tanta influencia
tenían sobre el espíritu del pueblo, no se hubieran arrojado en
medio de la multitud amotinada y con sus ruegos sofocado el
tumulto. Los madrileños cedieron a las instancias de los padres y
quisieron, al separarse, darles una muestra de su afecto. Por todos
los ángulos de la capital resonaba el grito de: "¡Vivan los
jesuítas!" >>.
Carlos III, a fin de restablecer la normalidad, convino en
destituir a Esquilache, pero su orgullo ofendido por aquella
asonada popular le indujo a acercarse a los enemigos de la Compañía
de Jesús y a llevar al gabinete al Conde de Aranda, uno de los más
connotados adversarios de la Orden. A fin de decidir a Carlos III a
que ordenara la expulsión de la Compañía, como lo habían hecho los
gobiernos de Francia y Portugal, Aranda y sus amigos falsificaron
una carta y se la atribuyeron al General de la Orden, carta en la
cual el padre Lorenzo Ricci hacía, desde Italia, una supuesta y
malévola relación del nacimiento adulterino de Carlos III,
documento que los autores de la maniobra cometieron el error de
escribir en papel de fabricación española y no italiana, lo que
permitió más tarde descubrir la superchería. Cuando Aranda entregó
la carta apócrifa a Carlos III, carta en que se le presentaba como
hijo adulterino del Cardenal Alberoni, el Monarca se desprendió de
todos sus escrúpulos y dictó la famosa Pragmática de Expulsión,
acompañada de amplísimas instrucciones para que su Ministro le
diera el "más efectivo y pronto cumplimiento".
Como acababan de pasar el motín de Esquilache y las
perturbaciones de las Misiones uruguayas, Aranda no podía
equivocarse sobre las repercusiones que, en las clases populares,
tendría el cumplimiento de la Pragmática de Carlos III y ello le
indujo a remitir a todas las autoridades españolas y
particularmente a las de América y Filipinas una detallada minuta
de instrucciones, cuyo texto demostraba el temor que le dominaba
ante la posibilidad de una insurgencia popular. « Abierta esta
instrucción cerrada y secreta - decía Aranda a los Virreyes y
Capitanes Generales - en la víspera del día asignado para su
cumplimiento, el ejecutor se enterará bien de ella, con reflexión
de sus capítulos, y disimuladamente echará mano de la tropa
presente e inmediata, o en su defecto se reforzará de otros
auxilios a su satisfacción, procediendo con presencia de ánimo y
precaución, tomando desde antes del día fijado las avenidas del
colegio o colegios (de los jesuítas), para lo cual él mismo, el día
antecedente, procurará enterarse, en persona, de su situación
interior y exterior, porque este conocimiento práctico le
facilitará el modo de impedir que nadie entre y salga sin su
conocimiento y noticia.
|No revelará sus fines a persona alguna,
hasta que por la mañana, antes de abrirse las puertas del Colegio,
a la hora regular, se anticipe con algún pretexto, distribuyendo
las órdenes para que su tropa o auxilio tome por el lado de adentro
todas las avenidas, por que no dará lugar a que abran las puertas
del templo, pues éste debe quedar cerrado todo el día y los
siguientes, mientras los jesuítas se mantengan dentro del colegio.
La primera diligencia será que se junte la Comunidad, sin
exceptuar ni el hermano cocinero, requiriendo para ello al
Superior, en nombre de Su Majestad, haciéndose el toque de la
campana interior privada, de que se valen para los actos de
comunidad; y en esta forma, presenciándolo el escribano actuante,
con testigos seculares abonados, leerá el Real Decreto de
extrañamiento y ocupación de temporalidades, expresando en la
diligencia los nombres y clases de los jesuítas concurrentes ».
Las acuciosas instrucciones expedidas para efectuar el asalto a
los establecimientos eclesiásticos, pedagógicos y misioneros de la
Compañía de Jesús fueron fiel y detalladamente cumplidos por los
Virreyes y Capitanes Generales. El Virrey Mesía de la Zerda se
encautó de los Colegios, Iglesias y establecimientos misioneros de
los jesuitas en el Nuevo Reino, y Bucarelli, en Buenos Aires, de
las famosas Reducciones guaraníes. Los grandes establecimientos de
las misiones pasaron primero a manos de corregidores ineptos y
posteriormente a las Ordenes religiosas rivales que no fueron
capaces, ni siquiera, de conservarlos en el estado en que las
dejaron los misioneros de la Compañía. Tanto los indios de los
llanos como los guaraníes, sometidos de nuevo a toda clase de
extorsiones por parte de los Encomenderos y comerciantes,
comenzaron a dispersarse, a huir al refugio primitivo de la selva,
y las Misiones decayeron en corto tiempo, porque la razón que hizo
posible su sensacional ascenso no fue la simple presencia de unos
sacerdotes; o la existencia de unas casas y unas tierras, sino el
funcionamiento de un sistema de organización social que vinculaba
los principios de la equidad con los imperativos de un proceso de
desarrollo económico en marcha. Como ese sistema se abandonó, para
volver a las viejas rutinas, y como los indios no encontraron quién
defendiera sus tierras y sus pueblos, rápidamente perdieron la
|mística de creación económica que habían sabido inspirarles
los jesuítas y lo que un día fueron las prósperas Reducciones que
asombraron al mundo, se redujeron, finalmente, a un conjunto de
pueblos abandonados y en ruinas. «Tan pronto como se hubieron
marchado los padres jesuítas - dice Jules Mancini -, las misiones
comenzaron a periclitar. Los dominicos y los franciscanos las
administraron de una manera deplorable. En el Paraguay, los indios
se dispersaron rápidamente y las Reducciones cayeron en decadencia.
El Gobernador Morphi creyó deber dar parte a Madrid de lo que
ocurría. Recibió la orden de poner en venta los bienes confiscados
a la Compañía; pero se presentaron pocos compradores; aquello fue
una ruina completa. No más feliz suerte tuvieron las misiones de
California. Los establecimientos tan prósperos, en los que los
jesuítas gobernaban a todo un pueblo de indios hostiles, en quienes
habían conseguido borrar su odio al nombre español, decayeron y
acabaron por desaparecer. Lo mismo ocurrió en Casanare y en los
Llanos del Orinoco. Fue menester sustituir, en estos sitios, la
nefasta gestión de los dominicos por la de los agustinos y
capuchinos, que no dio mejores resultados. Estos religiosos
aplicaron, en cada uno de los pueblos que administraban, sistemas
distintos y caprichosos, aprobados a ciegas por la inexperiencia y
la apatía de sus Superiores... Los indios huyeron a los bosques
olvidando el uso de sus instrumentos de trabajo, en tanto que los
rebaños de bueyes y de caballos, dispersos, volvían, como ellos, al
estado salvaje.
|En los mismos sitios en que centenares de aldeas
habían vivido felices, no hubo, a fines del siglo, mas que la selva
virgen o el desierto ».
Estas dramáticas realidades convierten en cruel ironía la frase
pronunciada por Carlos III cuando se enteró del fiel cumplimiento
de su Pragmática: « He reconquistado un mundo », exclamó. Lo mismo
habrían podido decir la selva y el desierto.
Pero el drama no había terminado. El peligro que representaban
los jesuítas para los déspotas y las plutocracias de Occidente,
explica el inicuo tratamiento que recibieron, hasta en los mismos
Estados papales, los millares de sacerdotes de la Orden que fueron
capturados en el Asia y el Brasil por los portugueses, y en América
por los españoles. «El gabinete de Madrid - dice Bauza - había sido
inhumano hacinando sobre barcos, allegados a toda prisa, seis mil
jesuítas españoles y enviándolos a los Estados romanos de cuyos
puertos fueron rechazados, porque la escasez de comestibles y la
higiene impedían alojar tantas gentes en pueblos mal preparados y
pobres. Mientras los expulsados corrían así los mares en busca de
un local dónde reposarse, diezmados como iban en los barcos por las
epidemias y los sufrimientos de todo género, llegaron hasta la sede
romana peticiones de palabra y por escrito, ya del episcopado
católico, ya de corporaciones y personas sin distinción de clases,
pidiendo por ellos ».
Hay que reconocer, sin embargo, que los jesuítas capturados por
la Corona española, fueron los mejor librados. La peor suerte le
correspondió a los padres capturados por los portugueses, cuya
clase gobernante los odiaba por sus valientes campañas contra la
esclavitud y la heroica resistencia de los indios en las Misiones
del Uruguay. La Corona lusitana y el marqués de Pombal no se
contentaron con expulsar a los jesuítas de sus dominios, sino que
encarcelaron, durante dieciocho largos años, a centenares de
misioneros de la Compañía en la tenebrosa fortaleza de San Julián,
donde los sometieron a toda clase de vejaciones y torturas. Algunas
de las Cancillerías europeas, a las que llegaron rumores de las
bellaquerías que ocurrían en San Julián, comisionaron a sus
Embajadores en Lisboa para que investigaran el paradero de los
jesuítas nacionales suyos y así pudo el mundo enterarse, con
horror, de los crímenes que estaban cometiéndose en aquella
prisión, crímenes cuyos detalles describe Plattner en los
siguientes términos: <<Hay milagros en este mundo, y
uno de ellos es la resurrección de los muertos de San Julián ».
|« He visto sus calabozos - escribe el Embajador imperial, el
caballero de Lebzltern - y sólo podré dar una débil idea de tan
grandes sufrimientos, pues superan todos los cuadros que la
imaginación pudiera producir; el solo verlo hace que se le congele
la sangra a uno por el horror que causa. Hoyos de cuatro palmos
cuadrados que se abren hacia un gran patio forman el triste lugar
donde estos desdichados padres han vivido, vivido por milagro,
durante dieciocho años ». La fortaleza de San Julián se levanta
sobre una roca en el mar, en la desembocadura del Tajo, a tres
horas de distancia de Lisboa. Sus casamatas subterráneas, tumbas
oscuras como la noche, húmedas y mal olientes, fueron destinadas a
los jesuítas portugueses y extranjeros, sin que éstos hayan sabido
siquiera la causa de esta sepultura en vida. Y ello por orden de
Pombal, profeta de su éra esclarecida y tolerante. Pero algunos de
esos muertos resucitaron y hablaron. Sus declaraciones coinciden en
lo principal y se complementan en los pormenores con las relaciones
de los Embajadores. ¿Qué saben decir sobre su estada en las tumbas
de San Julián? «Imagínense - dice el padre Du Gad - bóvedas
subterráneas con muros extremadamente gruesos. La mía tenía veinte
palmos, es decir, unos cuatro metros de largo, trece palmos de
ancho y ocho palmos de altura. Los muros no tienen ventanas, sino
sólo una tronera ». - Nuestro sótano - confirma el hermano Muller -
medía de largo diecinueve palmos y catorce de ancho. El respiradero
tenía un palmo y medio de ancho y cuatro dedos de alto, de manera
que todo estaba oscuro cuando se apagaba el velón. Cuando en
octubre avanzaban las fuertes lluvias, el agua corría
constantemente a través de la bóveda a nuestros calabozos, así que
apenas se encontraba un sitio seco para sentarse y no había lugar
para moverse. Todo el paseo posible era el largo de la cama. De
tres lados el muro estaba siempre lleno de agua. Había tan poco
aire que estábamos sentados allí como alguien que se está ahogando.
Mucho contribuía a ello la lámpara siempre encendida y cuyo humo no
tenía escape alguno. No quiero hablar del horrible olor ni de las
sabandijas. La causa de ello era el hecho de que los calabozos
nunca habían sido limpiados y que había muchas enfermedades ». « Ya
muy desde principio me atacó una asma sumamente penosa - así
prosigue el padre Thoman - con la que tuve que luchar durante
catorce años. Estábamos allí sentados sin luz natural de día y sin
aire, pues la abertura arriba, en la pared, tenía sólo cuatro dedos
de ancho. La humedad constante, especialmente en días de lluvia,
hizo que se pudriera todo. El Comandante decía a menudo: Todo se
pudre, sólo los padres no quieren pudrirse ». « Sí, efectivamente -
así resume su declaración el padre Eckart -, nos parecemos más a
muertos que a vivos y hemos encontrado nuestra tumba antes de la
muerte ». Sólo los partidos revolucionaríos rusos, durante la época
de los Zares, fueron objeto de persecuciones tan innobles. Sólo las
prisiones de Siberia, donde pudo escribirse "El Sepulcro de los
Vivos", pueden compararse con el tenebroso castillo de San Julián,
que Plattner llama, con razón: "La de los muertos".
Pero no se crea que los Déspotas Ilustrados y sus Ministros
quedaron satisfechos con este primer asalto, a mano armada, contra
la Compañía de Jesús. « De la persecución a los jesuitas - dice
Ranke - pasaron las Cortes Borbónicas al ataque contra la Santa
Sede y se hizo la propuesta de invadir a Roma y hacerla rendir por
hambre... El ánimo de Clemente XIII se quebrantó. A principios del
año 1769 aparecieron los enviados de las Cortes Borbónicas, unos
tras otros: el napolitano, luego el español, por fin el francés,
para reclamar la disolución irrevocable de la Orden Jesuita. El
Papa Clemente XIII convocó, el 3 de febrero, a un Consistorio en el
que parecía que quería tomar en consideración el asunto.
|Pero el
destino no le reservaba una humillación tan grande. La noche
anterior tuvo unos ataques convulsivos que acabaron con su vida
».
Este inesperado suceso situó el conflicto en el propio Cónclave
Elector, cuyo control se convirtió en el gran objetivo de los
Embajadores borbónicos. Si consiguieron lo que se proponían, ello
se debió a la existencia, en el Vaticano, de un poderoso partido
eclesiástico anti-jesuíta, formado por altos prelados y las Ordenes
dominica, agustina y franciscana, partido que gustosamente se
prestó a facilitar las intrigas de los Borbones. Como se trataba de
conseguir la elección de un Pontífice que se sumara a la
persecución general contra los jesuítas, se candidatizó, para el
efecto, al Cardenal Lorenzo Ganganelli, de la Orden franciscana, y
este Prelado, sobrepasando los límites de la discreción a que
estaba obligado, hizo gala ante los Embajadores extranjeros, en los
preliminares del Cónclave, de sus opiniones adversas a la Compañía
de Jesús, de su adhesión a las doctrinas de la Predestinación y de
la Gracia y hasta se manifestó interesado en el "Jansenismo"
francés. El propósito de esta actitud era obvio: conseguir los
votos de los Cardenales pertenecientes a las naciones que se guían
la política anti-jesuíta de las Monarquías borbónicas. No tienen
razón, por tanto, los historiadores que acusan a Gánganelli de
haber efectuado este tipo de diligencias electorales
|dentro del
Cónclave, cosa que nunca podrá demostrarse pero sí la tienen
quienes le sindican de hacerlo en los prolegómenos del Cónclave. «
El asunto más importante a decidir - dice Ranke - era el de los
jesuítas. Sus partidarios han sostenido que Ganganelli prometió en
el Cónclave suprimir la Orden; su elección fue el precio de esa
promesa y su exaltación estaba manchada con el crimen de simonía.
No han podido aportar la prueba de tan grave acusación.
|Pero
tampoco hay que negar que Ganganelli se expresó en forma que hizo
creer a los ministros del Borbón que obraría de acuerdo con
ellos. Pertenecía a la Orden de los franciscanos, que había
combatido siempre a los jesuítas en las misiones; se mantuvo en la
doctrina agustiniana y tomista, en oposición a la Compañía de
Jesús, y no estaba completamente libre de opiniones jansenistas
».
Nada tiene, pues, de extraño que el Cardenal Ganganelli, al ser
electo, comenzara su Pontificado, para el cual adoptó el nombre de
Clemente XIV, ordenando iniciar investigaciones hostiles contra la
Compañía de Jesús y que tanto los Embajadores españoles como los
franceses informaran regocijados a sus gobiernos sobre las "buenas
disposiciones" del nuevo Pontífice. El conde de Floridablanca,
quien por su habilidad llevaba la voz cantante entre los
Embajadores borbónicos refiere, de la manera siguiente a su
gobierno, los argumentos presentados por él al Papado para exigirle
la disolución de la Compañía de jesús. <<De éstas y
otras especies que vertió Su Santidad, me valí para exponerle con
bastante eficacia la necesidad que había de
|romper el lazo que
unía a los perseguidores de los Papas y de las Testas
Coronadas. Añadí que estaba admirado de la detención en un
punto que, con ser importante, era de fácil ejecución... A estas
persuaciones, que yo hice con el modo más vigoroso pude,
|respondió Su Santidad que todo re que ría tiempo, secreto y
confianza ». A fin de apresurar las diligencias del Vaticano y
de proporcionar a Clemente XIV armas suficientes contra los
jesuitas, Carlos III ordenó a su Gabinete, redactar una exposición
destinada a Clemente XIV, en la cual se enumeraban las causas que
hacían imperativa, en concepto del monarca español, la inmediata
liquidación de la Orden jesuíta por parte de la Santa Sede. De esta
exposición, enviada por Carlos III, vamos a citar algunos apartes y
a subrayarlos, a fin de que nuestros lectores puedan apreciar las
razones que, en concepto de los déspotas europeos, hacían
imperativa la destrucción de la gran Orden revolucionaria fundada
por Ignacio de Loyola: « Los desórdenes decía la exposición -
|causados por la Compañía llamada de Jesús en los dominios
españoles, y sus repetidos y ya antiguos excesos contra toda
autoridad legítima, obligaron al Rey Católico, en virtud del
poder que ha recibido de Dios para castigar y reprimir los delitos,
a destruir en sus Estados tan continuo foco de inquietudes; pero si
así ha llenado las obligaciones de padre de sus pueblos, aún le
resta mucho por hacer como hijo de la Iglesia... No cabe hoy poner
en duda la corrupción de la moral especulativa y práctica de estos
regulares, diametralmente opuesta a las doctrinas de Jesucristo;
|tampoco hay quién no esté convencido de los tumultos y atentados
de que se les acusa, y de la relajación de su gobierno, desde
que, perdido de vista el fin propuesto por su santo fundador
|, se
han adherido a un sistema político y mundano contrario a todas las
potestades que Dios ha establecido sobre la tierra, enemigo de las
personas que ejercen la autoridad soberana, audaz en inventar y
sostener sanguinarias opiniones (léase tiranicidio) perseguidor de
los prelados y de los hombres virtuosos. Ni aún la Santa Sede se ha
visto libre de las persecuciones, calumnias, amenazas y
desobediencias de los jesuitas; y la historia de varios Sumos
Pontífices suministra pruebas abundantes de lo mucho que han tenido
que sufrir por su culpa...
|Mientras existan los jesuitas no
habrá posibilidad de atraer al seno de la Iglesia a los príncipes
disidentes (los protestantes) quienes, viendo cómo estos regulares
perturban los Estados católicos, insultan las sacras personas de
los Rey amotinan a los pueblos y combaten la autoridad pública,
evitarán, con su alejamiento, los peligros de tales
infortunios. Movido el Rey Católico (Carlos III) de estas
razones, harto notorias... y deseando, en fin, cumplir con lo que
se debe a la religión, al Padre Santo, a sí mismo y a sus vasallos,
suplica con la mayor instancia a Su Santidad que extinga absoluta y
totalmente la Compañía llamada de Jesús, secularizando a todos sus
individuos y sin permitir que formen congregación o comunidad, bajo
ningún título de reforma o de nuevo Instituto ». Este Memorial de
Agravios, presentado por Carlos III al Papa Clemente XIV, en nada
se diferencia del informe de un jefe de Policía Secreta de
cualquier despotismo moderno, con relación a las actividades de un
partido revolucionario.
La Iglesia, como organismo eclesiástico venía dando muestras,
desde el Renacimiento, de un prematuro envejecimiento, de un
cansancio, casi biológico, frente al ritmo revolucionario de los
acontecimientos y la desesperada lucha de los discípulos de Loyola
contra las fuerzas de inercia que habían desactualizado el
organismo eclesiástico del Catolicismo, tocaba a su fin. Todo lo
que habían hecho se les censuraba, y ni siquiera se comprendía por
qué lo habían hecho. Mientras ellos combatían en todos los frentes
del mundo, a sus espaldas sentaba reales, en el Vaticano, la
política de los que se cansan prematuramente, de los que carecen de
la imaginación indispensable para ofrecer soluciones nuevas para
los problemas nuevos, de aquéllos cuya ambición se reduce a
someterse a los vencedores de turno y dejarse llevar, a la deriva,
por la corriente de la historia, que de antemano han renunciado a
dirigir. Como culminación de este proceso melancólico y como
resumen de todas sus extrañas debilidades, el Pontífice Clemente
XIV, el 21 de julio de 1773, firmó la Bula "Dominus ac Redentor",
cuyo texto decía: « Inspirados por el Espíritu Santo, según
confiamos;
|movidos por el deber de restablecer la concordia de
la Iglesia, convencidos de que la Compañía de Jesús no puede ya
prestar los servicios para los que fue fundada, y movidos también
por otras razones de prudencia y de gobierno, que guardamos en el
interior de nuestro ánimo, suprimimos y extirpamos la Compañía
de Jesús, sus cargos, casas e institutos ».
De esta manera terminó la primera época de la gran Orden
Religiosa fundada por Ignacio de Loyola. Fue ésta una época que
hizo historia, que colocó a la Iglesia a la ofensiva en todos los
frentes del mundo y cuya grandeza no ha vuelto a repetirse, para
infortunio del Catolicismo y de la misma Compañía de Jesús. El
General de la Orden, Padre Lorenzo Ricci, fue reducido a prisión
como consecuencia de las medidas inquisitoriales tomadas en Roma
contra la Compañía proscrita, y desde la cárcel, donde murió,
escribió su último documento, algo así como su testamento político,
en el cual decía, dando respuesta a la Bula de Clemente XIV:
«Declaro y protesto que la extinguida Compañía de Jesús no ha dado
motivo alguno para su
|supresión eclesiástica. Lo declaro y
protesto con la certidumbre que puede tener moralmente un Superior
bien informado de lo que pasa en su Orden ».
Devastador como fue el golpe dado a la Compañía por el Breve
Pontificio, esa extraña injusticia sirvió para que los jesuítas, ya
secularizados, pudieran precisar, con hechos más concretos y
durante una etapa transitoria, la aspiración profunda que los guió
en su gran batalla contra los Déspotas Ilustrados y las
plutocracias protestantes. Para la historia de la América Española
tienen particular importancia las actividades de la Orden después
de la Bula "Dominus ac Redentor", porque los jesuítas mostraron
especial predilección por el destino del Nuevo Mundo, en cuyo
ámbito avanzaron revolucionariamente en el camino de resolver el
gran problema del desarrollo económico de los pueblos atrasados.
Las labores de los jesuitas secularizados, particularmente los
españoles e hispanoamericanos, se extiende desde entonces a una
variada gama de problemas decisivos para nuestros pueblos. Que lo
diga su participación en el debate científico a que dieron origen,
en Europa, las afirmaciones de sabios ingleses y franceses en el
sentido de que todas las especies vegetales, animales y el hombre
mismo, eran en el Nuevo Mundo "productos
degenerados" Esta afirmación de la ciencia europea
coincidía, naturalmente, con la definitiva elaboración de la
política imperialista de las grandes potencias, que se preparaban a
comenzar el ignominioso saqueo de todos los Continentes llamados de
|color. En momentos en que se intentaba convertir en "verdad
científica" esa abusiva filosofía, fueron los etnólogos, los
botánicos y los zoólogos jesuitas quienes levantaron su voz en
defensa del Nuevo Mundo y rechazaron abiertamente la teoría de la
"degeneración" de las especies y del hombre en el Continente
Americano.
Debe reconocerse, sin embargo, que éste fue un aspecto
tangencial de las labores a que se consagraron los padres de la
Compañía después de la decisión de Clemente XIV. La dinámica de la
ética ignaciana los impulsó a tomar pronto la ofensiva contra los
poderes que los habían proscrito. Ya en 1772 se publicó el famoso
libro jesuíta titulado "Año 2440", en el cual se presentaba el
cuadro de una futura sociedad socialista, libre ya de despotismos
monárquicos, obra que causó un gigantesco escándalo "por las
doctrinas y teorías sediciosas y antimonárquicas que contenía",
como anota el historiador colombiano Cárdenas Acosta.
Mientras los jesuítas libraban estas batallas en el plano de la
teoría política, el núcleo español e hispanoamericano de la Orden,
que residía principalmente en Italia, daba comienzo a la más
importante de las empresas de la Compañía en su nueva y transitoria
etapa clandestina: su audaz contribución a la independencia de la
América Española. En esta empresa llegaron « hasta desear
ardientemente - dice Jules Mancini en su biografía de Bolívar - qué
la Corona de España quedara desposeída de aquellos dominios y los,
jesuítas se convirtieron, en Europa, en decididos propagandistas de
la Revolución.
|Desde entonces, en todas las conspiraciones que
se traman contra la dominación colonial, se ve la instigación de
los jesuítas. Se han afiliado a los emisarios de los Comuneros,
y el Ministro de España en Londres, al informar a su Gobierno de
los manejos de Vidalle, declara que este perturbador está de
acuerdo con algunos antiguos jesuitas... ».
El jesuita Juan Pablo Vizcardo, escribió, por su parte, el
documento más importante de los prolegómenos de la independencia,
redactado en la forma de una Proclama a los americanos. Como los
límites de este estudio no nos permiten reproducirlo en su
totalidad, vamos a citar sus apartes más esenciales y
significativos. En su Proclama comienza el padre Vizcardo, nacido
en la ciudad de Arequipa, por fijar la posición de los jesuitas
hispanoamericanos y dice: « El nuevo mundo es nuestra patria. Su
historia es la nuestra. Puede ella resumirse en cuatro palabras:
ingratitud, injusticia, esclavitud, desolación... Una prueba más de
esa crueldad de carácter que tantas veces ha sido reprochada a la
nación española, aunque en realidad tal reproche no debe recaer
sino sobre el despotismo de su gobierno ». A continuación se
refiere Vizcardo al tema central de su Proclama - la independencia
de la América española - y dice: « Bajo cualquier aspecto que se
considere nuestra dependencia de España
|se verá que todos
nuestros deberes nos obligan a terminarla... Semejante a un
tutor perverso que se ha acostumbrado a vivir en el fasto y la
opulencia, a expensas de su pupilo, la Corte de España ve con el
mayor pavor aproximarse el momento
|que la naturaleza, la razón y
la justicia han prescrito para emanciparse de una tutela tan
tiránica... El valor con que las colonias inglesas de América
han combatido por la libertad, de que ahora gozan gloriosamente,
|cubre de vergüenza nuestra indolencia... Aquel valor acusa
nuestra insensibilidad; que sea ahora el estímulo de nuestro honor,
|provocado con ultrajes que han durado trescientos años ».
Para terminar, la proclama del Padre Vizcardo tiene una referencia
concreta a nuestra Patria, a la Revolución de los Comuneros,
respecto de la cual dice: « Generosos americanos del Nuevo Reino de
Granada: si la América Española os debe el noble ejemplo de la
intrepidez que conviene oponer a la tiranía, y el resplandor que
acompaña a su gloria será en los fastos de la humanidad que se verá
grabado, con caracteres inmortales,
|que vuestras armas
protegieron a los pobres indios, nuestros compatriotas... Pueda
vuestra conducta magnánima servir de lección útil al género humano
».
Este documento no fue, como tantos otros, simple tema de
discusión para las tertulias de los conspiradores chocolateros,
sino que fue la primera Proclama revolucionaria que los ejércitos
patriotas, al mando del General Francisco Miranda, distribuyeron
entre los americanos, al desembarcar por primera vez en las costas
del Caribe. Esta circunstancia nada tenía de inusitado, porque
Miranda contaba, en su Estado Mayor europeo, con numerosos
consejeros jesuítas y como es sabido, en su célebre nota al
Ministro británico Pitt, le propuso concretamente, como una de las
medidas indispensables para conseguir la independencia de la
América española, el traslado clandestino, al Nuevo Mundo, de los
jesuítas hispano americanos que residían en Italia, cuyos nombres
le remitió en una extensa lista. El que un jacobino y libre
pensador como Miranda considerara necesaria la contribución
jesuíta, se explica por la inmensa popularidad de que gozaban los
padres de la Compañía entre los indios y los estratos populares de
las sociedades hispanoamericanas, en cuya defensa trabajaron con
tan notable eficacia. No sobra anotar que durante el levantamiento
de Tupac Amarú, en el Perú, hubo también varios personajes que se
|disfrazaron de jesuítas, a fin de conseguir que se les
permitiera incorporarse en el Estado Mayor de la Revolución.
Se cometería, sin embargo, un grave error, si se pensara que el
prestigio de los jesuítas en la América Española se fundaba
solamente en lo que hicieron en sus Misiones. Debe reconocerse, por
el contrario, que las razones de la gran simpatía que inspiraron,
después de la expulsión, tenían mucho que ver con las consecuencias
que, para los humildes y los oprimidos, se siguieron de la
desaparición de la Compañía del escenario. <<Las
bajas clases sudamericanas - dice Jules Mancini - recayeron casi en
todas partes, en el. embrutecimiento del que, a cierto momento,
pareció que iban a salir y para siempre,
|gracias a los
jesuítas. En las ciudades mismas, las escuelas indias
desaparecieron.
|El pueblo se volvió de nuevo más que nunca, una
masa inerte, estupida y disoluta, pronta a sufrir todas las
influencias. Y, singular regreso de las cosas, de toda aquella
gente inferior, fue precisamente la que había estado directamente
sometida a los jesuítas - los gauchos de las antiguas misiones de
Buenos Aires y los llaneros de los establecimientos jesuítas de la
Nueva Granada - la que constituyó más tarde el elemento decisivo de
la victoria de los independientes... ».