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Mientras el ejército español se retiraba, el grueso de las milicias aborígenes se dirigía, a toda marcha, al campo de operaciones del ejército portugués, donde debían librarse las principales operaciones de guerra. Las crónicas de la época y los mismos informes de Gómez Freyde, dan buena cuenta de la estupefacción que causó a los lusitanos el ataque inesperado no de montoneras de salvajes, sino de las ordenadas formaciones guaraníes, que operaban con la regularidad de un ejército europeo de artillería y cuya estricta disciplina demostraba la influencia de las enseñanzas militares de los jesuítas. En numerosos combates, el ejército de la monarquía portuguesa fue batido y para evitar su completo exterminio, Gómez Freyde  tuvo que ordenar la retirada. De invasores se convirtieron los portugueses en invadidos. Las tropas de Sepee cruzaron entonces la frontera brasilera y comenzaron el arrasamiento sistemático de una extensa zona del Brasil, a fin de dificultar futuras operaciones de invasión. « Los sublevados cada vez más audaces dice don Francisco Bauza - comenzaron a hostilizarlos (a los portugueses), de suerte que no sólo peleaban combates de guerra con ellos sino que invadían y talaban las propiedades de los de su nación hasta las alturas del Río Pardo, causándoles grave perjuicio y no escaso sobresalto... Entonces empezó una serie de choques parciales, en que alternativamente vencedores o vencidos, los portugueses fueron debilitándose hasta el punto de pedir un Armisticio, que se firmó el 18 de noviembre de 1754 >>.

El famoso Armisticio, que mejor calificaríamos de tratado de capitulación del ejército portugués, comprendía las siguientes cláusulas y especificaciones: « 1ª Que ni una ni otra parte se harían daño hasta tanto que se diese la última y definitiva sentencia por los reyes de España y Portugal acerca de las quejas presentadas, por los indios y sobre el indulto y perdón a los indios rebeldes, o hasta tanto que el ejército español no volviese otra vez a la campaña. 2ª Que a partes se volverían a sus tierras, y que ni una ni otra nación pasarían el Rio Grande. 3ª Que los indios serían cautivos si pasasen el río yendo a tierras de la Corona Portuguesa y mutuamente los portugueses lo serían de los indios, si intentaban pasar a las tierras de las Misiones ». El célebre tratado terminaba con la siguiente cláusula, exigida por el mando del ejército indígena: « Cuatro ejemplares se firmarán de este pacto, |dos en lengua portuguesa y dos en lengua guaraní ».

He ahí los resultados de la "sombría teocracia" de los jesuítas; he ahí el comportamiento de una nación aborigen, "embrutecida por la religión" y las malas artes de los misioneros de la Compañía. Por primera vez se contemplaba en América el magnífico espectáculo de ver morder polvo y capitular a los ejércitos regulares de una de las grandes potencias imperiales del mundo ante las milicias de un pueblo aborigen, que dos generaciones atrás encontraron desnudo y comiendo frutos de la selva los misioneros de la Compañía de Jesús. La altiva conducta de los guaraníes, su orgullo, y el dominio que demostraron tener de las artes económicas y militares, no era producto del azar, sino resultado del género de educación recibida, educación que los misioneros jesuitas resumieron en esta sentencia: « Les enseñaremos a ser hombres ». Y así lo hicieron.

Cuando a Buenos Aires y Montevideo llegó la noticia de la doble retirada de los ejércitos portugués y español, la estupefacción no tuvo límites y esta sorprendente muestra de pode. río militar fue causa de general alarma, porque ella venía a sumarse al rápido desalojamiento de la producción colonial por la dinámica actividad del sistema económico de las Reducciones jesuítas. Los desenvolvimientos de la crisis que venía preparándose en los últimos años, se aceleraron peligrosamente y el pueblo, en Buenos Aires, Montevideo y Santafé, contempló con sorpresa cómo al tiempo que los Padres de la Compañía decían misas y elevaban plegarias en sus Iglesias para que Dios "protegiera a nuestros queridos indios", los dominicos y franciscanos se unían al coro de censuras de los Encomenderos y de las autoridades españolas y tanto el obispo de Buenos Aires, como el de Paraguay, ponían en entredicho a las Reducciones uruguayas y calificaban a los indios rebeldes de "herejes", "traidores a su Rey", e "hijos del diablo".

No fue menor el estupor causado en las capitales europeas por las espectaculares victorias de los indios y esas victorias enfocaron la atención del mundo culto sobre el trascendental experimento de las Misiones Jesuítas, lo cual aumentó la humillación de los gobiernos de España y Portugal, cuyos ejércitos habían sido batidos por los indios. El conflicto era tanto más explosivo cuanto que el choque entre la Compañía de Jesús y las principales dinastías europeas no sólo se cumplía en el mundo colonial sino que él presentaba caracteres no menos ásperos en las propias Metrópolis, donde los grandes teólogos jesuitas predicaban abiertamente contra el despotismo de los reyes y defendían la doctrina del origen popular de la Soberanía, formulada por Belarmino, Suárez y Mariana.

Las medulas de represalia no se hicieron esperar. Desde Río de Janeiro y San Pablo se remitieron poderosos refuerzos a Gómez Freyde, y en Buenos Aires, Montevideo, Santafé y Corrientes se decretó la movilización general. Tanto Portugal como España habían decidido aplastar militarmente a las Reducciones jesuítas y el General Viana, nombrado comandante del ejército español, provocó unas de juntas entre los Estados Mayores de las fuerzas españolas y lusitanas, cuyas largas deliberaciones resultaban ridículas, dada la aplastante superioridad de las fuerzas reunidas para sojuzgar a los indios. En esas juntas se decidió, por fin, reunir los ejércitos portugués y español en el Río Sarandí y avanzar conjuntamente sobre las Misiones uruguayas para avasallarlas con el formidable poder de su masa y el fuego nutrido de las numerosas piezas de la artillería, recogidas en todas las provincias vecinas.

En estas condiciones, nada bueno podía augurarse a la resistencia de las Misiones. Si los indios insistieron en luchar, ello se debió a la resolución que tenían de morir con las armas en la mano, antes que entregarse a los portugueses. Por eso se lanzaron sobre las formidables masas del ejército invasor y si en la primera ofensiva consiguieron numerosos éxitos, al final se impuso la aplastante superioridad de las tropas europeas y el 6 de febrero de 1756, en el curso de una heroica carga de caballería contra el núcleo central de los ejércitos invasores, pereció el gran caudillo de las Reducciones uruguayas: el Cacique Sepee al registrarse su cadáver, después de terminada la acción, se encontraron en los bolsillos de su uniforme español dos cartas destinadas a los indios de San Javier, de cuyos textos tomamos los siguientes apartes: « No queremos la venida de Gómez Freyde, porque él y los suyos nos tienen aborrecimiento... Nosotros en nada hemos faltado al servicio de nuestro Rey (de España); siempre que nos ha ocupado, con toda voluntad hemos cumplido sus mandatos... ¿Por qué no se da a los portugueses Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes o el Paraguay, y sí los pueblos de los pobres indios a quienes se manda que dejen sus casas, Iglesias, y en fin cuanto tienen y Dios les ha dado? .

La muerte de Sepee aceleró el aplastamiento de toda resistencia y los indios, en un acto de desconcierto, eligieron como comandante militar al Cacique Nicolás, hombre amable, cuya afición era tocar el violín, y a quien se había considerado, por los enemigos de la Compañía, como el candidato de los padres jesuítas para ocupar el trono de un fantástico Imperio Paraguayo. Los resultados de semejante elección no tardaron en conocerse; como el buen cacique nada sabía de cuestiones bélicas, los últimos restos del ejército guaraní se fueron desintegrando y la oposición al invasor se redujo a ataques aislados de guerrillas dispersas o a la defensa desesperada de algunos pueblos de las Reducciones. Este último esfuerzo se convirtió en una sórdida carnicería, a la cual los portugueses se encargaron de darle aspectos de increíble barbarie. En los árboles de las Reducciones se veían colgados centenares de cadáveres, que dejaban los lusitanos como huella de su paso.

La innata hidalguía española no tardó en rebelarse contra la inútil crueldad de sus aliados y las relaciones entre Gómez Freyde y Viana se hicieron cada vez más tirantes. Cuando los ejércitos portugués y español llegaron a la Reducción de San Miguel y pudieron contemplar, atónitos las magníficas construcciones de las casas de los indios, las pequeñas industrias, las escuelas, los talleres de oficios, los hornos y grandes fraguas, a Viana y sus oficiales les fue imposible contener por más tiempo su indignación y ocurrió el incidente que el historiador uruguayo Bauza relata así: « Al entrar Viana a San Miguel, de cuya belleza y ornamentación no tenía idea, quedó sorprendido y sin poderse reprimir dijo en voz alta que todos oyeron: ¿Y éste es uno de los pueblos que nos mandan entregar a los portugueses? Debe estar loca esa gente en Madrid para deshacerse de una población que no encuentra rival en todas las del Paraguay. Y así era la verdad. Porque no sabía el gobierno español lo que daba>>.

Cuando los últimos focos de resistencia fueron liquidados, los españoles, no sin secreta vergüenza, iniciaron la evacuación de las Reducciones uruguayas, después de hacer entrega formal de ellas al Alto Comisionado Portugués. Comenzó entonces lo que era inevitable y previsible. Poblaciones enteras fueron trasladadas al Brasil y sus gentes vendidas en los mercados de esclavos, a tiempo que rudos comisarios lusitanos se encargaban de la administración de Ias Misiones, a fin de obtener los máximos rendimientos económicos para la Corona portuguesa. Cuando años después fue anulado el Tratado de Madrid, las autoridades españolas reclamaron en vano a los portugueses sobre el paradero de los indios, cuyos nombres y cantidad constaban en los detallados Censos de Población dejados por los jesuítas. Estos reclamos nunca tuvieron respuesta, porque los pobres indígenas habían sido devorados ya por el inmenso mercado de esclavos del Brasil. Pero eso no fue todo. Como los portugueses no se proponían civilizar a los indios sino explotarlos, las los talleres de oficio, los teatros y las bibliotecas fueron destruidas y saqueadas y los indios echados al campo raso, mientras sus viviendas servían de cuartel a las tropas portuguesas. Refiriéndose concretamente a la suerte que corrieron las bibliotecas de las misiones, dice el protestante Bach: « Ocurrió con aquellas magníficas colecciones igual que con la célebre Biblioteca, de Alejandría. Ningún Omar ni salvajes ningunos del gran Chaco las aniquilaron, sino que fueron cristianos quienes lo hicieron, parientes espirituales de aquel Teodosio que hizo destruir la biblioteca de Alejandría. Hicieron de una gran parte de los escritos jesuítas cartuchos para pólvora, o los utilizaron para cocer bizcochos y para linternas; y me pasó como el historiador Orosio, que sólo encontró los armarios vacíos de aquella Biblioteca ».

Resulta, pues, comprensible que el conflicto entre la Compañía de Jesús y los Déspotas Ilustrados se agudizara después de estos sucesos y su centro de gravedad se trasladara a las mismas Metrópolis europeas. En Portugal, Francia, Nápoles y España ocurrieron grandes levantamientos populares, y sí no puede desconocerse que los jesuitas inspiraron algunas veces esas protestas multitudinarias, sus verdaderas causas no fueron, como se decía, las doctrinas de Suárez y Mariana, sino la política financiera del "Despotismo Ilustrado", política que agravé, hasta extremos increíbles, el hambre y la miseria de las clases populares.

Los gobiernos europeos consideraron que era suficiente, para acallar el descontento de las glebas, suprimir la Orden religiosa que se había convertido en defensora de los oprimidos en todos los Continentes y entonces comenzaron a publicarse - en Francia, Portugal y España - las famosas |pragmáticas de expulsión, que se justificaron con ridículos pretextos y un gran aparato de propaganda y publicidad, destinado a hacer aparecer como "progresista" lo que era una torva maniobra para liquidar la poderosa milicia religiosa que había tenido la audacia de defender a esas gentes humildes y desposeídas que no tardarían en encender la gran llamarada de la Revolución Francesa, de esa Revolución que estalló, precisamente, contra la Dinastía de los Borbones, fundadora del "Despotismo Ilustrado", y que llevó ante |tribunales revolucionarios filósofos de la Edad de las Luces no fallecidos con anterioridad a aquella magnífica alborada. El que Condorcet tuviera que envenenarse en la prisión para escapar de la guillotina, constituye un significativo símbolo de la |justicia revolucionaria que desempeñan las multitudes cuando, en las grandes crisis, tienen la palabra para juzgar a quienes han asumido la procuraduría de los poderosos bajo el cómodo disfraz de defensores de supuestas causas altruístas.

Si en la época que nos ocupa comenzaban ya a oirse, en el subsuelo de la historia, esos ruidos subterráneos y broncos que anuncian las grandes revoluciones, los instrumentos del poder reposaban todavía en manos de los déspotas y sus aliados y esos instrumentos servirían para asestar el golpe de muerte a la Orden religiosa que había discutido el supuesto derecho de los Reyes a oprimir a sus súbditos y de los ricos a explotar a los pobres.

Como director de orquesta de esta conjura figuraba el Marqués de Pombal, Primer Ministro de Portugal, país cuyas clases dirigentes poseían esa mentalidad de negreros que hizo famosos a los lusitanos y que aceleró su conflicto con la Compañía de Jesús. Un atentado contra la vida del Rey José I y el estallido de grandes motines populares en Lisboa, dieron asidero a Pombal para responsabilizar a los jesuítas del malestar que existía en el Reino y prevaliéndose entonces de la simpatía que ellos inspiraban en las clases pobres, decretó la expulsión de la Compañía de Portugal y sus dominios e hizo condenar a la hoguera, por el Tribunal del Santo Oficio Portugués, al eminente padre jesuita Malagrida. La muerte de este sacerdote en la hoguera ocurrió en plena Edad de las Luces y por instigaciones de un Ministro que se decía inspirado por las enseñanzas de los filósofos.

Para justificar su política inquisitorial, Pombal recurrió a procedimientos que el protestante Fullop Miller describe así: «Inundó toda Europa con una ola de manifiestos y publicaciones anti-jesuítas; era quizá la primera vez, en la historia europea, que un gobierno se servía de la prensa para rehabilitarse ante el extranjero. El Ministro confiaba en que, sobre todo los círculos franceses avanzados, que estaban en enemistad con la Iglesia, saludarían con jubilo la supresión de la Orden jesuita en Portugal. Pero en esto sufrió una equivocación, porque los filósofos expresaron su repugnancia tanto por la antipática impresión que producían las afirmaciones no creíbles de Pombal, como por las medidas inquisitoriales con que el gobierno portugués había llevado el procedimiento contra los jesuítas. Voltaire, que advirtió en seguida el sentido de esta |Ilustración Despótica, dijo, asqueado, que en ella se juntaba un exceso de lo ridículo con un exceso de lo horrible. |En cambio, las cancillerías europeas se dejaron convencer, en su mayor parte sin ulterior examen, por los libelos de Pombal, y admitieron todo lo que en ellos se decía sobre las agitaciones peligrosas para el Estado que causaban los jesuitas>>.

Las mencionadas acusaciones tuvieron particular influencia en el gobierno español, no sólo por lo que acababa de ocurrir en las misiones uruguayas, sino porque ellas coincidieron con graves perturbaciones del orden público, causadas por las medidas financieras de los consejeros extranjeros Esquilache y Grimaldi, que el rey Carlos III trajo de Italia cuando ascendió al trono español. Estas medidas, cuyo único resultado fue el escandaloso encarecimiento de los bienes de consumo popular, particularmente el pan, el aceite y la carne, fueron completadas por los esfuerzos que realizó Carlos III para convertir a Madrid en una ridícula copia de la capital de Luis XIV, a quien este Borbón imbécil trataba obstinadamente de parecerse. Así se explican los edictos promulgados por sus ministros, en los que se prohibía el uso de la capa española y de los chambergos tradicionales y se hacía obligatoria la adopción de la capa corta y el sombrero tricornio de estilo francés. Tales medidas, que revelaban el profundo desprecio profesado por la dinastía reinante a la nación española, determinaron el desencadenamiento de la ira popular y el 26 de marzo de 1776 una multitud enfurecida sitió el Palacio Real, de manera que Carlos III se vio precisado a huir a Aranjuez, mientras el pueblo se dedicaba al asalto, saqueo e incendio de las casas de Esquilache y Grimaldi. En la dirección del motín evidentemente participaron los jesuitas y la paz sólo se restableció, después de tres días de desenfreno popular cuando los jesuitas pidieron a la multitud regresar a sus casas. <<La irritación de los ánimos iba en aumento - dice Cretineau-Joly - y pudo haber tenido consecuencias muy funestas, si los jesuitas, que tanta influencia tenían sobre el espíritu del pueblo, no se hubieran arrojado en medio de la multitud amotinada y con sus ruegos sofocado el tumulto. Los madrileños cedieron a las instancias de los padres y quisieron, al separarse, darles una muestra de su afecto. Por todos los ángulos de la capital resonaba el grito de: "¡Vivan los jesuítas!" >>.

Carlos III, a fin de restablecer la normalidad, convino en destituir a Esquilache, pero su orgullo ofendido por aquella asonada popular le indujo a acercarse a los enemigos de la Compañía de Jesús y a llevar al gabinete al Conde de Aranda, uno de los más connotados adversarios de la Orden. A fin de decidir a Carlos III a que ordenara la expulsión de la Compañía, como lo habían hecho los gobiernos de Francia y Portugal, Aranda y sus amigos falsificaron una carta y se la atribuyeron al General de la Orden, carta en la cual el padre Lorenzo Ricci hacía, desde Italia, una supuesta y malévola relación del nacimiento adulterino de Carlos III, documento que los autores de la maniobra cometieron el error de escribir en papel de fabricación española y no italiana, lo que permitió más tarde descubrir la superchería. Cuando Aranda entregó la carta apócrifa a Carlos III, carta en que se le presentaba como hijo adulterino del Cardenal Alberoni, el Monarca se desprendió de todos sus escrúpulos y dictó la famosa Pragmática de Expulsión, acompañada de amplísimas instrucciones para que su Ministro le diera el "más efectivo y pronto cumplimiento".

Como acababan de pasar el motín de Esquilache y las perturbaciones de las Misiones uruguayas, Aranda no podía equivocarse sobre las repercusiones que, en las clases populares, tendría el cumplimiento de la Pragmática de Carlos III y ello le indujo a remitir a todas las autoridades españolas y particularmente a las de América y Filipinas una detallada minuta de instrucciones, cuyo texto demostraba el temor que le dominaba ante la posibilidad de una insurgencia popular. « Abierta esta instrucción cerrada y secreta - decía Aranda a los Virreyes y Capitanes Generales - en la víspera del día asignado para su cumplimiento, el ejecutor se enterará bien de ella, con reflexión de sus capítulos, y disimuladamente echará mano de la tropa presente e inmediata, o en su defecto se reforzará de otros auxilios a su satisfacción, procediendo con presencia de ánimo y precaución, tomando desde antes del día fijado las avenidas del colegio o colegios (de los jesuítas), para lo cual él mismo, el día antecedente, procurará enterarse, en persona, de su situación interior y exterior, porque este conocimiento práctico le facilitará el modo de impedir que nadie entre y salga sin su conocimiento y noticia. |No revelará sus fines a persona alguna, hasta que por la mañana, antes de abrirse las puertas del Colegio, a la hora regular, se anticipe con algún pretexto, distribuyendo las órdenes para que su tropa o auxilio tome por el lado de adentro todas las avenidas, por que no dará lugar a que abran las puertas del templo, pues éste debe quedar cerrado todo el día y los siguientes, mientras los jesuítas se mantengan dentro del colegio. La primera diligencia será que se junte la Comunidad, sin exceptuar ni el hermano cocinero, requiriendo para ello al Superior, en  nombre de Su Majestad, haciéndose el toque de la campana interior privada, de que se valen para los actos de comunidad; y en esta forma, presenciándolo el escribano actuante, con testigos seculares abonados, leerá el Real Decreto de extrañamiento y ocupación de temporalidades, expresando en la diligencia los nombres y clases de los jesuítas concurrentes ».

Las acuciosas instrucciones expedidas para efectuar el asalto a los establecimientos eclesiásticos, pedagógicos y misioneros de la Compañía de Jesús fueron fiel y detalladamente cumplidos por los Virreyes y Capitanes Generales. El Virrey Mesía de la Zerda se encautó de los Colegios, Iglesias y establecimientos misioneros de los jesuitas en el Nuevo Reino, y Bucarelli, en Buenos Aires, de las famosas Reducciones guaraníes. Los grandes establecimientos de las misiones pasaron primero a manos de corregidores ineptos y posteriormente a las Ordenes religiosas rivales que no fueron capaces, ni siquiera, de conservarlos en el estado en que las dejaron los misioneros de la Compañía. Tanto los indios de los llanos como los guaraníes, sometidos de nuevo a toda clase de extorsiones por parte de los Encomenderos y comerciantes, comenzaron a dispersarse, a huir al refugio primitivo de la selva, y las Misiones decayeron en corto tiempo, porque la razón que hizo posible su sensacional ascenso no fue la simple presencia de unos sacerdotes; o la existencia de unas casas y unas tierras, sino el funcionamiento de un sistema de organización social que vinculaba los principios de la equidad con los imperativos de un proceso de desarrollo económico en marcha. Como ese sistema se abandonó, para volver a las viejas rutinas, y como los indios no encontraron quién defendiera sus tierras y sus pueblos, rápidamente perdieron la |mística de creación económica que habían sabido inspirarles los jesuítas y lo que un día fueron las prósperas Reducciones que asombraron al mundo, se redujeron, finalmente, a un conjunto de pueblos abandonados y en ruinas. «Tan pronto como se hubieron marchado los padres jesuítas - dice Jules Mancini -, las misiones comenzaron a periclitar. Los dominicos y los franciscanos las administraron de una manera deplorable. En el Paraguay, los indios se dispersaron rápidamente y las Reducciones cayeron en decadencia. El Gobernador Morphi creyó deber dar parte a Madrid de lo que ocurría. Recibió la orden de poner en venta los bienes confiscados a la Compañía; pero se presentaron pocos compradores; aquello fue una ruina completa. No más feliz suerte tuvieron las misiones de California. Los establecimientos tan prósperos, en los que los jesuítas gobernaban a todo un pueblo de indios hostiles, en quienes habían conseguido borrar su odio al nombre español, decayeron y acabaron por desaparecer. Lo mismo ocurrió en Casanare y en los Llanos del Orinoco. Fue menester sustituir, en estos sitios, la nefasta gestión de los dominicos por la de los agustinos y capuchinos, que no dio mejores resultados. Estos religiosos aplicaron, en cada uno de los pueblos que administraban, sistemas distintos y caprichosos, aprobados a ciegas por la inexperiencia y la apatía de sus Superiores... Los indios huyeron a los bosques olvidando el uso de sus instrumentos de trabajo, en tanto que los rebaños de bueyes y de caballos, dispersos, volvían, como ellos, al estado salvaje. |En los mismos sitios en que centenares de aldeas habían vivido felices, no hubo, a fines del siglo, mas que la selva virgen o el desierto ».

Estas dramáticas realidades convierten en cruel ironía la frase pronunciada por Carlos III cuando se enteró del fiel cumplimiento de su Pragmática: « He reconquistado un mundo », exclamó. Lo mismo habrían podido decir la selva y el desierto.

Pero el drama no había terminado. El peligro que representaban los jesuítas para los déspotas y las plutocracias de Occidente, explica el inicuo tratamiento que recibieron, hasta en los mismos Estados papales, los millares de sacerdotes de la Orden que fueron capturados en el Asia y el Brasil por los portugueses, y en América por los españoles. «El gabinete de Madrid - dice Bauza - había sido inhumano hacinando sobre barcos, allegados a toda prisa, seis mil jesuítas españoles y enviándolos a los Estados romanos de cuyos puertos fueron rechazados, porque la escasez de comestibles y la higiene impedían alojar tantas gentes en pueblos mal preparados y pobres. Mientras los expulsados corrían así los mares en busca de un local dónde reposarse, diezmados como iban en los barcos por las epidemias y los sufrimientos de todo género, llegaron hasta la sede romana peticiones de palabra y por escrito, ya del episcopado católico, ya de corporaciones y personas sin distinción de clases, pidiendo por ellos ».

Hay que reconocer, sin embargo, que los jesuítas capturados por la Corona española, fueron los mejor librados. La peor suerte le correspondió a los padres capturados por los portugueses, cuya clase gobernante los odiaba por sus valientes campañas contra la esclavitud y la heroica resistencia de los indios en las Misiones del Uruguay. La Corona lusitana y el marqués de Pombal no se contentaron con expulsar a los jesuítas de sus dominios, sino que encarcelaron, durante dieciocho largos años, a centenares de misioneros de la Compañía en la tenebrosa fortaleza de San Julián, donde los sometieron a toda clase de vejaciones y torturas. Algunas de las Cancillerías europeas, a las que llegaron rumores de las bellaquerías que ocurrían en San Julián, comisionaron a sus Embajadores en Lisboa para que investigaran el paradero de los jesuítas nacionales suyos y así pudo el mundo enterarse, con horror, de los crímenes que estaban cometiéndose en aquella prisión, crímenes cuyos detalles describe Plattner en los siguientes términos: <<Hay milagros en este mundo, y uno de ellos es la resurrección de los muertos de San Julián ». |« He visto sus calabozos - escribe el Embajador imperial, el caballero de Lebzltern - y sólo podré dar una débil idea de tan grandes sufrimientos, pues superan todos los cuadros que la imaginación pudiera producir; el solo verlo hace que se le congele la sangra a uno por el horror que causa. Hoyos de cuatro palmos cuadrados que se abren hacia un gran patio forman el triste lugar donde estos desdichados padres han vivido, vivido por milagro, durante dieciocho años ». La fortaleza de San Julián se levanta sobre una roca en el mar, en la desembocadura del Tajo, a tres horas de distancia de Lisboa. Sus casamatas subterráneas, tumbas oscuras como la noche, húmedas y mal olientes, fueron destinadas a los jesuítas portugueses y extranjeros, sin que éstos hayan sabido siquiera la causa de esta sepultura en vida. Y ello por orden de Pombal, profeta de su éra esclarecida y tolerante. Pero algunos de esos muertos resucitaron y hablaron. Sus declaraciones coinciden en lo principal y se complementan en los pormenores con las relaciones de los Embajadores. ¿Qué saben decir sobre su estada en las tumbas de San Julián? «Imagínense - dice el padre Du Gad - bóvedas subterráneas con muros extremadamente gruesos. La mía tenía veinte palmos, es decir, unos cuatro metros de largo, trece palmos de ancho y ocho palmos de altura. Los muros no tienen ventanas, sino sólo una tronera ». - Nuestro sótano - confirma el hermano Muller - medía de largo diecinueve palmos y catorce de ancho. El respiradero tenía un palmo y medio de ancho y cuatro dedos de alto, de manera que todo estaba oscuro cuando se apagaba el velón. Cuando en octubre avanzaban las fuertes lluvias, el agua corría constantemente a través de la bóveda a nuestros calabozos, así que apenas se encontraba un sitio seco para sentarse y no había lugar para moverse. Todo el paseo posible era el largo de la cama. De tres lados el muro estaba siempre lleno de agua. Había tan poco aire que estábamos sentados allí como alguien que se está ahogando. Mucho contribuía a ello la lámpara siempre encendida y cuyo humo no tenía escape alguno. No quiero hablar del horrible olor ni de las sabandijas. La causa de ello era el hecho de que los calabozos nunca habían sido limpiados y que había muchas enfermedades ». « Ya muy desde principio me atacó una asma sumamente penosa - así prosigue el padre Thoman - con la que tuve que luchar durante catorce años. Estábamos allí sentados sin luz natural de día y sin aire, pues la abertura arriba, en la pared, tenía sólo cuatro dedos de ancho. La humedad constante, especialmente en días de lluvia, hizo que se pudriera todo. El Comandante decía a menudo: Todo se pudre, sólo los padres no quieren pudrirse ». « Sí, efectivamente - así resume su declaración el padre Eckart -, nos parecemos más a muertos que a vivos y hemos encontrado nuestra tumba antes de la muerte ». Sólo los partidos revolucionaríos rusos, durante la época de los Zares, fueron objeto de persecuciones tan innobles. Sólo las prisiones de Siberia, donde pudo escribirse "El Sepulcro de los Vivos", pueden compararse con el tenebroso castillo de San Julián, que Plattner llama, con razón: "La de los muertos".

Pero no se crea que los Déspotas Ilustrados y sus Ministros quedaron satisfechos con este primer asalto, a mano armada, contra la Compañía de Jesús. « De la persecución a los jesuitas - dice Ranke - pasaron las Cortes Borbónicas al ataque contra la Santa Sede y se hizo la propuesta de invadir a Roma y hacerla rendir por hambre... El ánimo de Clemente XIII se quebrantó. A principios del año 1769 aparecieron los enviados de las Cortes Borbónicas, unos tras otros: el napolitano, luego el español, por fin el francés, para reclamar la disolución irrevocable de la Orden Jesuita. El Papa Clemente XIII convocó, el 3 de febrero, a un Consistorio en el que parecía que quería tomar en consideración el asunto. |Pero el destino no le reservaba una humillación tan grande. La noche anterior tuvo unos ataques convulsivos que acabaron con su vida ».

Este inesperado suceso situó el conflicto en el propio Cónclave Elector, cuyo control se convirtió en el gran objetivo de los Embajadores borbónicos. Si consiguieron lo que se proponían, ello se debió a la existencia, en el Vaticano, de un poderoso partido eclesiástico anti-jesuíta, formado por altos prelados y las Ordenes dominica, agustina y franciscana, partido que gustosamente se prestó a facilitar las intrigas de los Borbones. Como se trataba de conseguir la elección de un Pontífice que se sumara a la persecución general contra los jesuítas, se candidatizó, para el efecto, al Cardenal Lorenzo Ganganelli, de la Orden franciscana, y este Prelado, sobrepasando los límites de la discreción a que estaba obligado, hizo gala ante los Embajadores extranjeros, en los preliminares del Cónclave, de sus opiniones adversas a la Compañía de Jesús, de su adhesión a las doctrinas de la Predestinación y de la Gracia y hasta se manifestó interesado en el "Jansenismo" francés. El propósito de esta actitud era obvio: conseguir los votos de los Cardenales pertenecientes a las naciones que se guían la política anti-jesuíta de las Monarquías borbónicas. No tienen razón, por tanto, los historiadores que acusan a Gánganelli de haber efectuado este tipo de diligencias electorales |dentro del Cónclave, cosa que nunca podrá demostrarse pero sí la tienen quienes le sindican de hacerlo en los prolegómenos del Cónclave. « El asunto más importante a decidir - dice Ranke - era el de los jesuítas. Sus partidarios han sostenido que Ganganelli prometió en el Cónclave suprimir la Orden; su elección fue el precio de esa promesa y su exaltación estaba manchada con el crimen de simonía. No han podido aportar la prueba de tan grave acusación. |Pero tampoco hay que negar que Ganganelli se expresó en forma que hizo creer a los ministros del Borbón que obraría de acuerdo con ellos. Pertenecía a la Orden de los franciscanos, que había combatido siempre a los jesuítas en las misiones; se mantuvo en la doctrina agustiniana y tomista, en oposición a la Compañía de Jesús, y no estaba completamente libre de opiniones jansenistas ».

Nada tiene, pues, de extraño que el Cardenal Ganganelli, al ser electo, comenzara su Pontificado, para el cual adoptó el nombre de Clemente XIV, ordenando iniciar investigaciones hostiles contra la Compañía de Jesús y que tanto los Embajadores españoles como los franceses informaran regocijados a sus gobiernos sobre las "buenas disposiciones" del nuevo Pontífice. El conde de Floridablanca, quien por su habilidad llevaba la voz cantante entre los Embajadores borbónicos refiere, de la manera siguiente a su gobierno, los argumentos presentados por él al Papado para exigirle la disolución de la Compañía de jesús. <<De éstas y otras especies que vertió Su Santidad, me valí para exponerle con bastante eficacia la necesidad que había de |romper el lazo que unía a los perseguidores de los Papas y de las Testas Coronadas. Añadí que estaba admirado de la detención en un punto que, con ser importante, era de fácil ejecución... A estas persuaciones, que yo hice con el modo más vigoroso pude, |respondió Su Santidad que todo re que ría tiempo, secreto y confianza ». A fin de apresurar las diligencias del Vaticano y de proporcionar a Clemente XIV armas suficientes contra los jesuitas, Carlos III ordenó a su Gabinete, redactar una exposición destinada a Clemente XIV, en la cual se enumeraban las causas que hacían imperativa, en concepto del monarca español, la inmediata liquidación de la Orden jesuíta por parte de la Santa Sede. De esta exposición, enviada por Carlos III, vamos a citar algunos apartes y a subrayarlos, a fin de que nuestros lectores puedan apreciar las razones que, en concepto de los déspotas europeos, hacían imperativa la destrucción de la gran Orden revolucionaria fundada por Ignacio de Loyola: « Los desórdenes decía la exposición - |causados por la Compañía llamada de Jesús en los dominios españoles, y sus repetidos y ya antiguos excesos contra toda autoridad legítima, obligaron al Rey Católico, en virtud del poder que ha recibido de Dios para castigar y reprimir los delitos, a destruir en sus Estados tan continuo foco de inquietudes; pero si así ha llenado las obligaciones de padre de sus pueblos, aún le resta mucho por hacer como hijo de la Iglesia... No cabe hoy poner en duda la corrupción de la moral especulativa y práctica de estos regulares, diametralmente opuesta a las doctrinas de Jesucristo; |tampoco hay quién no esté convencido de los tumultos y atentados de que se les acusa, y de la relajación de su gobierno, desde que, perdido de vista el fin propuesto por su santo fundador |, se han adherido a un sistema político y mundano contrario a todas las potestades que Dios ha establecido sobre la tierra, enemigo de las personas que ejercen la autoridad soberana, audaz en inventar y sostener sanguinarias opiniones (léase tiranicidio) perseguidor de los prelados y de los hombres virtuosos. Ni aún la Santa Sede se ha visto libre de las persecuciones, calumnias, amenazas y desobediencias de los jesuitas; y la historia de varios Sumos Pontífices suministra pruebas abundantes de lo mucho que han tenido que sufrir por su culpa... |Mientras existan los jesuitas no habrá posibilidad de atraer al seno de la Iglesia a los príncipes disidentes (los protestantes) quienes, viendo cómo estos regulares perturban los Estados católicos, insultan las sacras personas de los Rey amotinan a los pueblos y combaten la autoridad pública, evitarán, con su alejamiento, los peligros de tales infortunios. Movido el Rey Católico (Carlos III) de estas razones, harto notorias... y deseando, en fin, cumplir con lo que se debe a la religión, al Padre Santo, a sí mismo y a sus vasallos, suplica con la mayor instancia a Su Santidad que extinga absoluta y totalmente la Compañía llamada de Jesús, secularizando a todos sus individuos y sin permitir que formen congregación o comunidad, bajo ningún título de reforma o de nuevo Instituto ». Este Memorial de Agravios, presentado por Carlos III al Papa Clemente XIV, en nada se diferencia del informe de un jefe de Policía Secreta de cualquier despotismo moderno, con relación a las actividades de un partido revolucionario.

La Iglesia, como organismo eclesiástico venía dando muestras, desde el Renacimiento, de un prematuro envejecimiento, de un cansancio, casi biológico, frente al ritmo revolucionario de los acontecimientos y la desesperada lucha de los discípulos de Loyola contra las fuerzas de inercia que habían desactualizado el organismo eclesiástico del Catolicismo, tocaba a su fin. Todo lo que habían hecho se les censuraba, y ni siquiera se comprendía por qué lo habían hecho. Mientras ellos combatían en todos los frentes del mundo, a sus espaldas sentaba reales, en el Vaticano, la política de los que se cansan prematuramente, de los que carecen de la imaginación indispensable para ofrecer soluciones nuevas para los problemas nuevos, de aquéllos cuya ambición se reduce a someterse a los vencedores de turno y dejarse llevar, a la deriva, por la corriente de la historia, que de antemano han renunciado a dirigir. Como culminación de este proceso melancólico y como resumen de todas sus extrañas debilidades, el Pontífice Clemente XIV, el 21 de julio de 1773, firmó la Bula "Dominus ac Redentor", cuyo texto decía: « Inspirados por el Espíritu Santo, según confiamos; |movidos por el deber de restablecer la concordia de la Iglesia, convencidos de que la Compañía de Jesús no puede ya prestar los servicios para los que fue fundada, y movidos también por otras razones de prudencia y de gobierno, que guardamos en el interior de nuestro ánimo, suprimimos y extirpamos la Compañía de Jesús, sus cargos, casas e institutos ».

De esta manera terminó la primera época de la gran Orden Religiosa fundada por Ignacio de Loyola. Fue ésta una época que hizo historia, que colocó a la Iglesia a la ofensiva en todos los frentes del mundo y cuya grandeza no ha vuelto a repetirse, para infortunio del Catolicismo y de la misma Compañía de Jesús. El General de la Orden, Padre Lorenzo Ricci, fue reducido a prisión como consecuencia de las medidas inquisitoriales tomadas en Roma contra la Compañía proscrita, y desde la cárcel, donde murió, escribió su último documento, algo así como su testamento político, en el cual decía, dando respuesta a la Bula de Clemente XIV: «Declaro y protesto que la extinguida Compañía de Jesús no ha dado motivo alguno para su |supresión eclesiástica. Lo declaro y protesto con la certidumbre que puede tener moralmente un Superior bien informado de lo que pasa en su Orden ».

Devastador como fue el golpe dado a la Compañía por el Breve Pontificio, esa extraña injusticia sirvió para que los jesuítas, ya secularizados, pudieran precisar, con hechos más concretos y durante una etapa transitoria, la aspiración profunda que los guió en su gran batalla contra los Déspotas Ilustrados y las plutocracias protestantes. Para la historia de la América Española tienen particular importancia las actividades de la Orden después de la Bula "Dominus ac Redentor", porque los jesuítas mostraron especial predilección por el destino del Nuevo Mundo, en cuyo ámbito avanzaron revolucionariamente en el camino de resolver el gran problema del desarrollo económico de los pueblos atrasados. Las labores de los jesuitas secularizados, particularmente los españoles e hispanoamericanos, se extiende desde entonces a una variada gama de problemas decisivos para nuestros pueblos. Que lo diga su participación en el debate científico a que dieron origen, en Europa, las afirmaciones de sabios ingleses y franceses en el sentido de que todas las especies vegetales, animales y el hombre mismo, eran en el Nuevo Mundo "productos degenerados" Esta afirmación de la ciencia europea coincidía, naturalmente, con la definitiva elaboración de la política imperialista de las grandes potencias, que se preparaban a comenzar el ignominioso saqueo de todos los Continentes llamados de |color. En momentos en que se intentaba convertir en "verdad científica" esa abusiva filosofía, fueron los etnólogos, los botánicos y los zoólogos jesuitas quienes levantaron su voz en defensa del Nuevo Mundo y rechazaron abiertamente la teoría de la "degeneración" de las especies y del hombre en el Continente Americano.

Debe reconocerse, sin embargo, que éste fue un aspecto tangencial de las labores a que se consagraron los padres de la Compañía después de la decisión de Clemente XIV. La dinámica de la ética ignaciana los impulsó a tomar pronto la ofensiva contra los poderes que los habían proscrito. Ya en 1772 se publicó el famoso libro jesuíta titulado "Año 2440", en el cual se presentaba el cuadro de una futura sociedad socialista, libre ya de despotismos monárquicos, obra que causó un gigantesco escándalo "por las doctrinas y teorías sediciosas y antimonárquicas que contenía", como anota el historiador colombiano Cárdenas Acosta.

Mientras los jesuítas libraban estas batallas en el plano de la teoría política, el núcleo español e hispanoamericano de la Orden, que residía principalmente en Italia, daba comienzo a la más importante de las empresas de la Compañía en su nueva y transitoria etapa clandestina: su audaz contribución a la independencia de la América Española. En esta empresa llegaron « hasta desear ardientemente - dice Jules Mancini en su biografía de Bolívar - qué la Corona de España quedara desposeída de aquellos dominios y los, jesuítas se convirtieron, en Europa, en decididos propagandistas de la Revolución. |Desde entonces, en todas las conspiraciones que se traman contra la dominación colonial, se ve la instigación de los jesuítas. Se han afiliado a los emisarios de los Comuneros, y el Ministro de España en Londres, al informar a su Gobierno de los manejos de Vidalle, declara que este perturbador está de acuerdo con algunos antiguos jesuitas... ».

El jesuita Juan Pablo Vizcardo, escribió, por su parte, el documento más importante de los prolegómenos de la independencia, redactado en la forma de una Proclama a los americanos. Como los límites de este estudio no nos permiten reproducirlo en su totalidad, vamos a citar sus apartes más esenciales y significativos. En su Proclama comienza el padre Vizcardo, nacido en la ciudad de Arequipa, por fijar la posición de los jesuitas hispanoamericanos y dice: « El nuevo mundo es nuestra patria. Su historia es la nuestra. Puede ella resumirse en cuatro palabras: ingratitud, injusticia, esclavitud, desolación... Una prueba más de esa crueldad de carácter que tantas veces ha sido reprochada a la nación española, aunque en realidad tal reproche no debe recaer sino sobre el despotismo de su gobierno ». A continuación se refiere Vizcardo al tema central de su Proclama - la independencia de la América española - y dice: « Bajo cualquier aspecto que se considere nuestra dependencia de España |se verá que todos nuestros deberes nos obligan a terminarla... Semejante a un tutor perverso que se ha acostumbrado a vivir en el fasto y la opulencia, a expensas de su pupilo, la Corte de España ve con el mayor pavor aproximarse el momento |que la naturaleza, la razón y la justicia han prescrito para emanciparse de una tutela tan tiránica... El valor con que las colonias inglesas de América han combatido por la libertad, de que ahora gozan gloriosamente, |cubre de vergüenza nuestra indolencia... Aquel valor acusa nuestra insensibilidad; que sea ahora el estímulo de nuestro honor, |provocado con ultrajes que han durado trescientos años ». Para terminar, la proclama del Padre Vizcardo tiene una referencia concreta a nuestra Patria, a la Revolución de los Comuneros, respecto de la cual dice: « Generosos americanos del Nuevo Reino de Granada: si la América Española os debe el noble ejemplo de la intrepidez que conviene oponer a la tiranía, y el resplandor que acompaña a su gloria será en los fastos de la humanidad que se verá grabado, con caracteres inmortales, |que vuestras armas protegieron a los pobres indios, nuestros compatriotas... Pueda vuestra conducta magnánima servir de lección útil al género humano ».

Este documento no fue, como tantos otros, simple tema de discusión para las tertulias de los conspiradores chocolateros, sino que fue la primera Proclama revolucionaria que los ejércitos patriotas, al mando del General Francisco Miranda, distribuyeron entre los americanos, al desembarcar por primera vez en las costas del Caribe. Esta circunstancia nada tenía de inusitado, porque Miranda contaba, en su Estado Mayor europeo, con numerosos consejeros jesuítas y como es sabido, en su célebre nota al Ministro británico Pitt, le propuso concretamente, como una de las medidas indispensables para conseguir la independencia de la América española, el traslado clandestino, al Nuevo Mundo, de los jesuítas hispano americanos que residían en Italia, cuyos nombres le remitió en una extensa lista. El que un jacobino y libre pensador como Miranda considerara necesaria la contribución jesuíta, se explica por la inmensa popularidad de que gozaban los padres de la Compañía entre los indios y los estratos populares de las sociedades hispanoamericanas, en cuya defensa trabajaron con tan notable eficacia. No sobra anotar que durante el levantamiento de Tupac Amarú, en el Perú, hubo también varios personajes que se |disfrazaron de jesuítas, a fin de conseguir que se les permitiera incorporarse en el Estado Mayor de la Revolución.

Se cometería, sin embargo, un grave error, si se pensara que el prestigio de los jesuítas en la América Española se fundaba solamente en lo que hicieron en sus Misiones. Debe reconocerse, por el contrario, que las razones de la gran simpatía que inspiraron, después de la expulsión, tenían mucho que ver con las consecuencias que, para los humildes y los oprimidos, se siguieron de la desaparición de la Compañía del escenario. <<Las bajas clases sudamericanas - dice Jules Mancini - recayeron casi en todas partes, en el. embrutecimiento del que, a cierto momento, pareció que iban a salir y para siempre, |gracias a los jesuítas. En las ciudades mismas, las escuelas indias desaparecieron. |El pueblo se volvió de nuevo más que nunca, una masa inerte, estupida y disoluta, pronta a sufrir todas las influencias. Y, singular regreso de las cosas, de toda aquella gente inferior, fue precisamente la que había estado directamente sometida a los jesuítas - los gauchos de las antiguas misiones de Buenos Aires y los llaneros de los establecimientos jesuítas de la Nueva Granada - la que constituyó más tarde el elemento decisivo de la victoria de los independientes... ».

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