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INDICE
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CAPITULO XIII
EL DESPOTISMO ILUSTRADO
DISTANCIAS entre el ideal y la
realidad. - La Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre. - Crisis de
la Escatología. - La oportunidad perdida. - Insurgencia de la
razón. - Los Mitos racionalistas. - Hacia una nueva coyunda. - Los
filósofos de la Ilustración. - El poder sin frenos éticos. - Los
Borbones. - "El Estado soy yo". - Conflictos entre los désporas y
las doctrinas de Suárez y Mariana. - Comienza la Crisis. -
Represalias en América. - Las fantasías del Obispo Cárdenas. - El
Tratado de Madrid. - Rebelión en las Misiones. - El Cacique Sepee.
- Una de las páginas más bellas de la Historia de América. - Carlos
III. - Motín de Esquilache. - Lluvia de Pragmáticas. - Los
inquisidores de la Edad de las Luces. - La bóveda de los muertos. -
Elección de Clemente XIV. - "Dominus ac Redentor". - Las grandezas
de la clandestinidad. - Precursores de la Independencia. - Llaneros
y gauchos. - La Proclama del jesuita Juan Pablo Vizcardo.
LA CONCEPCION medioeval de la
|Ciudad de Dios fue por
mucho tiempo una fuente generadora de grandes energías morales,
porque ella indujo a los hombres a seguir las normas de una
estricta disciplina etica para esperar confiadamente el próximo
advenimiento de esa
|"Civitas Dei", en la que "ya no habrá
muerte, ni llanto, ni habrá más dolor, porque todas las cosas de
antes son pasadas". Debe reconocerse, no obstante, que la
despreocupación religiosa por las cosas de este mundo, derivada de
esta concepción, inclinó a los creyentes y a la propia Iglesia a
permitir que adquirieran un carácter permanente las transacciones y
compromisos que con las instituciones del mundo clásico y las
costumbres de los pueblos bárbaros, hubo de aceptar el Cristianismo
en sus primeros tiempos. La estabilización de estos compromisos y
el gradual apego de la teología medioeval a ellos, condujo a un
progresivo distanciamiento en el ideal de la Ciudad de Dios y la
realidad de la Ciudad del Hombre, y el mundo medioeval se fue
organizando con notoria carencia de ese dinamismo ético que salva a
las sociedades de estancarse en estratificaciones injustas. El que
la Escolástica hubiera preferido utilizar la filosofía del más seco
y falto de calor humano de los pensadores griegos, Aristóteles,
explica la grave dicotomía que fue estableciéndose entre los
auténticos ideales del Cristianismo y las realidades de la sociedad
medioeval. La ética revolucionaria de Jesús, presentada con los
silogismos de Aristóteles - el filósofo
|statu-quo -, era la
más perfecta versión de una época que había renunciado
prematuramente a transformar el mundo y tendía a acomodarse, con
excesiva facilidad, a los intereses creados.
Este progresivo divorcio entre el ideal y la realidad pudo
mantenerse mientras la convicción escatológica en el próximo
advenimiento de la Ciudad de Dios sirvió de eficaz sustituto a las
realidades, nada halagadoras, de la Edad Media. Pero las premisas
de ese equilibrio precario comenzaron a conmoverse cuando el
alejamiento inevitable de "la consumación de los tiempos" permitió
a los hombres adquirir conciencia de las muchas injusticias que
formaban la materia concreta de su vida terrenal y preguntarse si
acaso no tenían derecho a prestar mayor atención a las condiciones
propias de su existencia en este mundo.
El gran acierto de Ignacio de Loyola se descubre, precisamente,
en su convicción de que la universalidad de la Iglesia sólo podía
salvarse del impacto de estos acontecimientos revolucionarios, si
ella se mostraba capaz de aproximar nuevamente el
|ideal a la
|realidad, de superar la solución de continuidad que se había
establecido, en la Edad Media, entre la Ciudad de Dios y la Ciudad
del Hombre. Así se explican las trascendentales Innovaciones
introducidas por Loyola y sus discípulos en el campo de la
Teología, con la doctrina del libre albedrío; en el de la política,
con la doctrina de la Soberanía Popular, y en el de la Economía,
con el trascendental experimento socialista de las misiones de
América. Desafortunadamente para la Cristiandad, el grandioso
esfuerzo realizado por los discípulos de Loyola chocó
sistemáticamente con las vacilaciones del Vaticano y la agresiva
oposición de todas las fuerzas eclesiásticas vinculadas a las
realidades sociales de la Edad Media. Si hoy, en pleno siglo XX,
quienes profesan las enseñanzas de la escuela tomista hablan de la
"Nueva Edad Media" y le otorgan a este inverosímil regreso al pasad
el carácter de salvadora solución para los problemas del mundo
moderno, fácilmente puede colegirse cuáles serían las dimensiones
de la oposición a que hubieron de enfrentarse los jesuítas en los
siglos XVII y XVIII. Así se comprenden los esfuerzos que realizaron
para conseguir la convocatoria de un nuevo Concilio Ecuménico, que
reconsiderara los problemas que en Trento quedaron indecisos y
dotara a la Iglesia de una doctrina apropiada para tratar las
grandes cuestiones económicas y sociales planteadas por la
explosión del Renacimiento y la ética calvinista de los Elegidos.
La simple propuesta de su convocatoria, sin embargo, causó la
indignación de las Ordenes religiosas tradicionales y el mismo
Pontífice, Clemente VIII - como lo anota Ranke -, exclamó airado:
<<Se atreven a todo, a todo ».
Como los discípulos de Loyola no contaron con la colaboración
eclesiástica que necesitaban para realizar una empresa que hubiera
sido salvadora para la Iglesia, y sólo se pensó entonces en la
terca defensa de la teología medioeval, la fuerzas de renovación
que estaban trabajando el piso de la Cultura de Occidente y las
legítimas aspiraciones de la inteligencia humana se vieron
empujadas, poco a poco, a la solución cuyos peligros entrevió San
Ignacio: a construir la Ciudad del Hombre, no con la colaboración
de la Iglesia, sino
|contra ella. Para llevar a cabo este
histórico acto de rebeldía, era indispensable tomar una actitud más
radical que la de la Reforma; era necesario ofrecer una alternativa
distinta a la manera como la teología medioeval se había servido de
la "facultad razonante" del hombre, manera que no entrañaba, como
suele creerse, una ausencia de operaciones racionales, sino la
limitación de la función pensante a comprobar, a posteriori, y por
medio de los silogismos aristotélicos, las grandes síntesis
agustino-tomistas y la Cosmología derivada del Génesis.
Desafortunadamente esta reivindicación de los fueros racionales
del hombre, por tantos motivos legítima y necesaria, se sirvió de
unas premisas, o puntos de partida, que debían establecer una
coyunda sobre la inteligencia no menos restrictiva que las fórmulas
teológicas de la Edad Media. La primera de tales premisas fue la
suposición, nunca verificada por los filósofos, de que el Universo
y la Naturaleza funcionaban de acuerdo con las mismas leyes que
presidían las operaciones de la mente humana y que el hombre podía
entenderlos, como entendía un problema mecánico o matemático. De
este Mito racionalista debían derivarse los errores en que
incurrieron los filósofos, porque el supuesto de que el Universo y
la Razón coincidían siempre, los indujo a creer que bastaba
libertar la inteligencia de todo concepto previo, de carácter
cultural o ético, para que ella arribara a conclusiones no sólo
verídicas sino también
|saludables para la felicidad de los
hombres. Como se creyó que el mecanismo pensante del hombre
conducía necesariamente a las nociones de justicia, fraternidad,
bondad, virtud y solidaridad - conceptos que las religiones habían
utilizado como premisas y no como
|conclusiones del
pensamiento -, sólo tardíamente se vino a descubrir que la Razón,
una vez desembarazada de sus amarras teológicas, había buscado su
nuevo centro de gravedad en el rápido acomodamiento a las más
brutales y egoístas realidades sociales de la época. Los filósofos
de los siglos XVII y XVIII salieron en busca de
|verdades
|universales y regresaron con una pesada carga de compromisos
y transacciones con los intereses creados del mundo en que vivían.
Partieron en busca de la Ciencia del Estado y sólo alcanzaron a
formular la teoría del Estado Burgués; intentaron descubrir las
"leyes naturales" de la Economía y no hicieron cosa distinta de
darle una presentación seudo-científica a los más notorios
intereses de la burguesía; se empeñaron en encontrar los
fundamentos objetivos de una moral emancipada de la Religión y no
consiguieron sino construir los principios de una "moral
utilitarista" designada mañosamente para justificar la conducta
rapaz de las clases acaudaladas. Las causas de este proceso las
describió un gran poeta de la época en la siguiente estrofa:
<<Si sólo la razón abstracta regula la
mente,
en sórdido egoísmo ella se confinará;
se moverá en un vórtice, separada y solitaria,
y sólo sentirá su propio interés ».
A fin de saber a dónde desembocaron los filósofos de la Edad de
las Luces en su intento de libertar la Razón de las antiguas trabas
de la teología, oigamos las opiniones de algunos de ellos con
respecto a las más significativas cuestiones sociales y económicas.
Diderot, uno de los directores de la Enciclopedia, dice en sus
"Obras Filosóficas", al referirse a la propiedad:
<<Los hombres que en sociedad poseen bienes, poseen
una porción de la riqueza general de la que son amos en absoluto,
|sobre la que tienen los poderes de un Rey para
|usarla o
abusar de ella a discreción. Un ciudadano particular puede, a
su antojo, cultivar su tierra o no cultivarla, sin que el gobierno
tenga ningún derecho a inmiscuirse en la cuestión. Pues si media en
los abusos de la propiedad no tardará en mediar también en sus
usos. Toda noción verdadera de propiedad o libertad acaba cuando
esto sucede ».
El caso de Voltaire es significativo no sólo por lo que él dice
sino por su categoría de jefe indiscutible de los filósofos de la
Ilustración. « Es inevitable - escribió en su Diccionario
Filosófico - que la humanidad debe estar dividida en dos clases,
con muchas subdivisiones: los opresores y los oprimidos.
Afortunadamente, la costumbre, la necesidad y la falta de ocio,
impiden a la mayoría de los oprimidos darse cuenta de su condición.
La guerra civil estalla cuando la sienten, guerra que sólo puede
acabar con la esclavitud del pueblo,
|puesto que el poder
soberano del Estado es el Dinero». Y en su libro "El Siglo de
Luis XIV", agrega: <<El Jornalero y el artesano deben
estar reducidos a lo indispensable, para hacerlos trabajar; ésta es
la naturaleza humana ». La manera como Voltaire concibe a Dios es
típica, por otra parte, de los filósofos de la Ilustración: « Yo
quiero que mi Procurador - dice -, mi. sastre, mi mujer misma,
crean en Dios, para no ser robado ni cornudo ». Con justicia
declara Harold Laski, refiriéndose a los filósofos y
particularmente a Voltaire: « En verdad que el valor de Voltaire
para el negociante fue en este aspecto inconmensurable. Su visión
era la filosofía del sentido común del hombre afortunado, por estar
él mismo empeñado en grandes empresas económicas, ser rico y con
hábitos de negociante... Su entusiasmo, por ejemplo, por esas
libertades inglesas de expresión, de tolerancia religiosa, de la
persona y de la propiedad que garantizaban el proceso judicial, era
también por las libertades que buscaba. En Inglaterra - había
escrito Voltaire - la Bolsa aplica el término de
|infiel sólo
a los que se quiebran. Esa era la moralidad secular que requería la
época... A esto se añadió, en los escritos de Necker, una verdadera
devoción por la religión, en la inteligencia de que se la
mantuviera en su verdadero lugar. Con esto se quería decir dos
cosas: en primer lugar que la época no se proponía permitirle a la
religión que interviniera en el importante negocio de hacer
fortuna; en segundo, que ella necesitaba que de sus principios
subsistiera una función bastante como para mantener a la clase
trabajadora en su propio lugar...
|La religión se convirtió en un
asunto privado entre el ciudadano y su Dios y su Iglesia en el caso
de quienes tenían una posición económica; en el pobre se hizo una
institución con el contenido social de una necesidad para el orden
público ».
El tipo de razones que indujeron a los filósofos de la Edad de
las Luces a renunciar a su inicial y desinteresada búsqueda de la
Verdad, para convertirse en los abogados de los poderes de la
riqueza, se encuentran bien explicados en los "Ensayos", de David
Hume, quien al respecto dice: No es sino muy mal portado el hombre
que emite una teoría, por verdadera que sea, que mueva a costumbres
|peligrosas y
|perniciosas. ¿Para qué hurgar en esos
rincones de la naturaleza, con diseminación de molestias a todo el
ruedo Las verdades perniciosas para la sociedad, si las hubiere,
cederán ante los errores que son saludables y
|ventajosos
».
Es necesario reconocer, no obstante, que el mayor beneficiado
con las especulaciones intelectuales de los filósofos fue,
inicialmente, el Despotismo. Para comprender la naturaleza de este
extraño proceso tenerse en cuenta que las Monarquías tradicionales
no disponían entonces de lo que hoy llamaríamos un Poder Absoluto.
La autoridad de los Reyes estaba limitada no sólo por la existencia
de instituciones soberanas o semisoberanas, como las Cortes, los
fueros, los municipios, etc., sino que ella estaba sujeta,
principalmente, a las normas de una concepción religiosa del mundo,
que había impregnado el clima espiritual de la época y tuvo,
durante la Edad Media, mayor eficacia para limitar los actos
abusivos del poder público, que la que han demostrado tener, en el
mundo moderno, las llamadas Constituciones
|escritas. Nada
tiene, pues, de extraño; que el ataque de los filósofos a la moral,
la teología y la religión tradicionales, se tradujera en el
derrumbe de los principios que habían moderado y limitado el poder
monárquico. Entonces comenzó a sustituirse la vieja idea de que el
Rey era un servidor del Estado por la nueva práctica de convertir a
la autoridad en fin de sí misma, y, de las ruinas de la cultura
medioeval, emergió la realidad descarnada del Poder desprovisto de
todo freno, que Luis XIV definió en su sentencia clásica:
<<El Estado soy yo>>.
A esta concomitancia entre el desbordamiento del poder de los
Reyes y las especulaciones intelectuales de los filósofos se la ha
definido con el calificativo de "Despotismo Ilustrado",
calificativo que resume las dos corrientes que dieron origen a ese
típico fenómeno del siglo XVIII. No es, entonces, curioso que
Voltaire, el más célebre representante de la llamada Edad de la
Razón, fuera, a la vez, el favorito y contemplado de los déspotas
de su tiempo y hasta gozara de pingües pensiones otorgadas por
ellos.
Fue con el propósito de defender el disfrute de un poder
|sin
limites, que los déspotas del siglo XVIII se coaligaron con la
clase social que andaba en busca de un desenfreno similar: la
burguesía. La alianza fue posible porque el apetito hegemónico de
los nuevos socios operaba en campos distintos: los Reyes querían el
poder político sin limitaciones y los burgueses el poder absoluto
sobre el
|trabajo de los pobres. Así se estableció, con la
bendición de los filósofos, la nefasta alianza entre el Despotismo
y la Plutocracia. Ambos se garantizaron "manos libres" en sus
respectivas esferas: la burguesía se comprometió a respetar y
defender, como lo hizo, el llamado "Derecho Divino de los Reyes", y
éstos a prescindir de las tradiciones de las Monarquías clásicas,
para dar plena vigencia á la fórmula de Voltaire: «
|El jornalero
y el artesano deben estar reducidos a lo indispensable, para
hacerlos trabajar ».
Conocidos estos antecedentes, nada tiene de inusitado el magno
conflicto que, en el siglo XVIII, se produjo entre los Déspotas
Ilustrados y la Compañía de Jesús. Si para combatir a los jesuitas
se necesitó acudir a medidas-excepcionales de persecución, ello se
debió a que los discípulos de Loyola tenían una posición
enteramente nueva ante los problemas del mundo moderno, posición
que no era tan fácil de desprestigiar, con las burlas de los
filósofos, como lo habían sido las doctrinas de la Edad Media.
Gracias al genio de Loyola, los jesuítas se desembarazaron de las
nociones discutibles o faltas de actualidad de la Escolástica y en
el problema clave de la época, el de la Riqueza, levantaron las
censuras de que ella había sido objeto por parte de los teólogos y
canonistas y reivindicaron el derecho del hombre a construir un
orden terrenal, designado para conseguir su bienestar en este
mundo. «Los jesuítas - dice Bernhard Groethuysen - previeron el
orto del hombre nuevo; fueron en muchas cosas, como en él fondo les
reprochaban una y otra vez los jansenistas, precursores de un
tiempo nuevo. Trataron de hacer justicia, en formas teológicas,
|al nuevo espíritu... Los jesuitas reconocen el hombre profano
como tal, adjudicándole una esfera de la vida en la que es su
propio señor ».
Debe, sin embargo, reconocerse que no se ha comprendido bien,
como no lo comprendió Groethuysen en su celenre obra "La Conciencia
Burguesa", la diferencia profunda que separa la reivindicación de
la Riqueza hecha por los jesuitas, de aquella que es típica de los
protestantes. Ambos están de acuerdo en que la Riqueza es uno de
los elementos indispensables y más legítimos de la vida social y
que el hombre tiene derecho a prestar toda su atención a la vida en
este mundo, lo cual los separa por igual del espíritu de la Edad
Media; pero los jesuítas, penetrados por la ética revolucionaria
del Cristianismo, se niegan a dar el salto nefasto de Calvino,
salto que estableció, como condición indispensable de la creación y
desarrollo de la Riqueza, el que ella se constituyera en privilegio
exclusivo de una minoría, cuyo éxito económico se suponía, por
anticipado, en completo acuerdo con la felicidad de la especie
humana. Los jesuitas, por el contrario, prefieren explorar vías
distintas, porque no confían en que la concentración de la riqueza
en pocas manos pueda servir para beneficio de la sociedad. El
experimento de las Misiones de América no fue una cuestión casual,
sino que él obedeció a la tendencia que empujaba a la Orden a
buscar las normas que habrían de permitirle colocar la Riqueza al
servicio de la comunidad y no de sus privilegiadas. Nada tuvo de
inusitado el que el padre jesuita Paramás escribiera su célebre
obra "La República de Platón y los Guaraníes", en la cual registró
las similitudes del experimento guaraní y de la sociedad soñada por
Platón, con el propósito evidente de situar, en el plano de los
valores universales, la naturaleza y características del ensayo
realizado por la Compañía en las Misiones de América. De ahí que
frecuentemente se acusara a los jesuitas, en el siglo XVIII, de
pretender organizar el mundo como habían organizado los pueblos
aborígenes y que un historiador tan destacado, como Oliveira
Martíns, no vacilara en repetir, en época reciente, esta
afirmación: «Convertir - dice - al mundo en un Paraguay; he ahí el
propósito de los padres jesuítas ».
La observación es evidentemente exagerada, porque a ningún
jesuita se le ocurrió aplicar a los pueblos europeos, sin
discriminaciones, las pautas y normas sociales que hicieron posible
el rápido desarrollo económico de las misiones guaraníes; pero ella
tiene un aspecto cierto en cuanto resalta la manera como los
jesuítas se inclinaban a prohijar un género de organización social
en el que la Riqueza asumía una función distinta de la de servir
para solo beneficio de los burgueses, con vertidos por Calvino en
Elegidos de Dios. De ahí que los predicadores de la Compañía de
Jesús no demostraran muchas reservas mentales cuando se referían a
los comerciantes, especuladores y usureros de la época: «De todo
decía el jesuíta Croiset - se busca sacar provecho: de los
préstamos, de los socorros, de lo beneficios, hasta de las plagas
que Dios manda a su pueblo... En cuanto se preve una buena
ganancia, se pierde todo delicado sentimiento moral. Se quisiera
que todo estuviera permitido, porque se abriga el deseo de que todo
sirva, por fuerza, para enriquecerse ». Y el jesuíta Bourdalone,
agregaba: «Para enriquecerse en breve tiempo, se abandona la
inocencia, sin más preocuparse de los principios de la honradez; se
llega, inclusive, a despojarse de todo sentimiento de humanidad,
aprovechándose de la necesidad del pobre y condenando a muerte a
viudas y huérfanos ».
Resulta fácil comprender, por tanto, la naturaleza del conflicto
que se planteó, en el siglo XVIII, entre los Reyes de la Casa de
Borbón - franceses, españoles y napolitanos - y quienes, como los
jesuítas, defendían, la doctrina del origen popular de la
Soberanía. Decirles a los Monarcas que su poder venía del pueblo, y
que el pueblo podía recobrarlo en cualquier momento, era lanzar un
desafío intolerable a estos Déspotas que habían comenzado, gracias
a los filósofos, a saborear las dimensiones del poder absoluto.
Ello explica por qué la famosa obra del padre Mariana sobre el
"tiranicidio" fue prohibida en Francia, como lo sería después en
España y Portugal, y se ordenó quemarla por mano de los verdugos,
en las plazas de las principales capitales europeas.
Tales fueron los prolegómenos de la conspiración organizada
contra los jesuitas por los Borbones, sus Ministros, las
plutocracias católicas y las Ordenes monásticas. Mientras en China
se provocaba, artificialmente, el llamado Conflicto de los Ritos, a
fin de liquidar las misiones de la Compañía y abrir las puertas del
Asia al voraz imperialismo de Occidente, en Europa se condenaban
las obras de sus teólogos y en las Misiones de la América española
se buscaba un conflicto que sirviera de pretexto para expulsarlos
del Nuevo Mundo. El camino estaba expedito para la colaboración de
tan heterogéneos intereses, porque España había tenido el
infortunio de que la dinastía de los Borbones se ciñera la Corona
que un día honraron Isabel la Católica y Carlos V.
Las medidas de persecución contra la Compañía de Jesús
comenzaron con una serie de Cédulas, expedidas por la Monarquía
española, en las cuales se ordenaba, a las autoridades del Río de
la Plata, visitar las Misiones guaraníes, con el pretexto de
proteger a los indios de una supuesta opresión de los jesuitas.
Como el Gobernador de Buenos Aires, Pedro Esteban Dávila, conocía
la situación real de las Reducciones, nada hizo para cumplir
providencias fundadas en tan falsas premisas, y ello dio motivo
para que las Ordenes religiosas y los Encomenderos se sirvieran del
Obispo del Paraguay, Fray Bernardino de Cárdenas, irreconciliable
enemigo de los jesuítas, para embarcar a las autoridades del Plata
en una política hostil contra las Misiones guaraníes. El Obispo
Cárdenas comenzó su campaña declarando que la prosperidad de tales
Misiones no se debía a los esfuerzos de los jesuítas ni a la
naturaleza del sistema adoptado por ellos, sino a la existencia, en
el territorio de las mismas, de una riquísima mina de oro, que
ocultaban celosamente los padres de la Compañía de Jesús.
Esta denuncia, con era de preverse, alertó a las autoridades
españolas, las cuales despacharon una comisión visita dora a las
misiones, a fin de localizar la supuesta mina de oro. Cuando fue
posible verificar, tras acuciosas pesquisas, que en ellas no
existía ni rastro de materiales auríferos, las autoridades,
molestas por la burla de que habían sido objeto, pidieron al Obispo
Cárdenas que se trasladara a las Reducciones a sustanciar
personalmente sus cargos. El Prelado se negó y el texto de su
respuesta sirve para apreciar los propósitos reales que lo
indujeron a formular esta falsa acusación: « Las piedras que tienen
tapado el oro - decía Cárdenas - son los padres de la Compañía de
Jesús que existen en aquellas misiones:
|hasta que salgan de
ellas no podrá surtir efecto el descubrimiento ».
No se crea, sin embargo, que el Obispo Cárdenas se contentó con
estos actos hostiles, tan contrarios a su alta dignidad
eclesiástica; temeroso de que las autoridades ya no prestaran fe a
sus palabras, comisionó al cura Agustín de Carmona, familiar suyo,
para que acusara a los jesuítas de enseñar a los neófitos guaraníes
"cosas ridículas, vergonzosas y sucias y otras dignas de gran
sentimiento y lágrimas, por sus herejías gravísimas, incluidas en
los rezos y oraciones". Estos cargos se referían, en particular, a
la traducción del Catecismo a la lengua guaraní efectuada por el
padre Montoya, para la cual se sirvió de versiones anteriores de
otros eclesiásticos, incluyendo un franciscano. Carmona objetaba,
concretamente, la traducción de la palabra
|Dios por el
vocablo
|Tupá, que, al decir suyo, significaba
|hechicero en guaraní, y de la palabra
|Cristo por los
vocablos
|Taira y
|Membirí, equivalentes, según su
denuncia, a "nacido de la unión sexual de una pareja".
Como puede advertirlo el lector, en las Reducciones guraníes se
repetía exactamente el mismo conflicto que se presentó en las
misiones de China. Las Ordenes religiosas y los Obispos daban
comienzo a una campaña que, a la postre, serviría a los Ministros
del "Despotismo Ilustrado" y a los intereses creados de la economía
colonial para impugnar la conveniencia de las Misiones jesuitas en
los dominios españoles. El padre Díaz Taño, jesuíta residente en el
Plata - dice el historiador Bauza -, tomó la pluma para defender a
su Orden, en un estudio nutrido y hábilmente redactado que aplastó
a sus enemigos. Con una claridad magistral planteó la cuestión en
el terreno de la historia, de la etimología y de la tradición;
desenvolvió sus tesis bajo la autoridad de los Padres de la
Iglesia, de los Sínodos de diversos obispados americanos, y de los
lingüistas más famosos; y por último, coronó su demostración con un
certificado que el mismo obispo, Fray Bernardino de Cardenas había
escrito algunos años antes visitando ciertas Reducciones de su
Diócesis,
|y en el cual hacía grandes elogios de la piedad, buena
doctrina y sabiduría con que los misioneros jesuitas instruían a
sus neófitos ».
Poca importancia habrían tenido estas escaramuzas, de no formar
ellas parte, como formaban, de una extensa conjura, cuyas
dimensiones se descubrieron al publicarse el llamado Tratado de
Madrid, celebrado entre los Borbones Españoles y la Casa Reinante
de Portugal. Aunque el objeto del Tratado era la demarcación de
fronteras entre las posesiones españolas y portuguesas en el Nuevo
Mundo, sus términos se tradujeron en la inverosímil cesión, por
España, de vastísimas zonas territoriales a Portugal, zonas que
coincidían, precisamente, con los principales focos de localización
de las Misiones jesuítas en el Orinoco, el Amazonas y el Uruguay. «
Fuertes trabajos - dice el uruguayo Bauza - se hacían en Europa en
pro y en contra del Tratado. Tenía gran mano en el asunto, como su
defensor y partidario, Keene, embajador inglés en Madrid,
estrechamente unido a don Ricardo Wall, Ministro novel del Rey
Español Fernando VI ».
Sería un error, no obstante, juzgar este Tratado desde el único
punto de vista de las cesiones territoriales que él implicaba, o de
los perjuicios que sus cláusulas acarreaban a la obra misionera de
la Compañía de Jesús. Lo que él tenía de increíble y digno de
objetarse, era su complacencia con el hecho, en manera alguna
ignorado por Fernando VI y sus Ministros, de que en Brasil, a cuya
jurisdicción se iban a incorporar las poblaciones de los
territorios cedidos, estaba oficializada no solo la esclavitud de
los negros sino también la de los indios y que constituía, por
tanto, un acto imperdonable, ceder, como se cedió en el Tratado de
Madrid, tanto las misiones del Amazonas como parte considerable de
las famosas Reducciones guaraníes. Sólo la hostilidad de lo
"Déspotas Ilustrados" contra la Compañía de Jesús y la total
indiferencia que los distinguía con respecto a las clases
populares, podía explicar la tranquilidad con que decidieron
entregar a los negreros portugueses, a los "mamelucos" y tratantes
de esclavos del Brasil los millares de indios que los jesuítas
habían conducido al grado de civilización que hemos visto.
No bien se conocieron en Buenos Aires y en el Uruguay los
increíbles términos del Tratado, los jesuitas enviaron un memorial
al Rey, memorial en el que protestaban por la suerte a que se
condenaba a los indios de sus Misiones y señalaban los peligros de
una rebelión general "porque la memoria de los males causados por
los portugueses hacía odiosa a los indígenas hasta la sombra de su
poder". No obstante que los jesuítas se vieron acompañados, en su
protesta, por eminentes personalidades del Reino, a las que causó
asombro e indignación la magnitud de las cesiones territoriales que
implicaba el Tratado, Fernando VI y sus Ministros insistieron en
ponerlo en vigencia, y mostrando la más vergonzosa sumisión ante el
Embajador británico, procedieron, de acuerdo con la Corte
Portuguesa, al nombramiento de las comisiones demarcadoras de las
nuevas fronteras. Por parte de España fueron designados el Marqués
de Valdelirios y el jefe de Escuadra don José de Iturriaga, y
Portugal nombró a Gómez Freyde de Andrade, futuro conde de
Bobadela, y a don Antonio Rolín de Moure. ¡A estas comisiones se
adhirieron, en calidad de asesores, un número considerable de
militares y geógrafos ingleses!
Cuando el Marqués de Valdelirios llegó a Buenos Aires se
encontró con una situación en extremo delicada porque ya los indios
de las Reducciones uruguayas se habían enterado de la suerte que
les esperaba y sus Cabildos habían participado oficialmente a las
autoridades que los indígenas estaban dispuestos a morir con las
armas en la mano antes que someterse a los portugueses. El mismo
Provincial de la Compañía de Jesús en Buenos Aires informó a
Valdelirios, en comunicación reservada, "que teniendo los indios de
su parte las ventajas del número y el conocimiento de los lugares,
era posible que batiesen las fuerzas reunidas de españoles y
portugueses".
Sólo el dramático clima de rebelión que reinaba en las
Reducciones explica por qué Valdelirios hizo algunas concesiones y
convino en permitir a los indios, desposeídos por el Tratado, que
se retirasen a territorios situados en los dominios españoles. Pero
la importancia de esta concesión se encargó de desvirtuarla el
mismo Valdelirios al señalar a los indios unas tierras estériles y
nada atractivas y negarse a conceder a los misioneros el tiempo
necesario para organizar aquel inmenso éxodo. Cuando el comisionado
de los jesuítas le solicitó un plazo de tres años para hacer el
traslado, le dijo con insolente grosería: « No daré tres meses
»
Valdelirios y el Jefe de la Comisión portuguesa, Gómez Freyde,
ordenaron entonces a sus asesores, ingenieros y geógrafos dar
comienzo a la demarcación de límites y ello provocó la crisis que
venía preparándose en los últimos tiempos. No bien se aproximaron
los comisionados con sus respectivas escoltas militares, ocurrió un
hecho sorprendente: se produjo una huelga general, de brazos
caídos, en las Misiones afectadas por el Tratado. Como complemento
de esta silenciosa y amenazadora protesta, todos los alimentos y
frutos consumibles fueron ocultados; las siembras se destruyeron y
se escondieron las embarcaciones y las bestias de carga, de manera
que las comisiones y sus escoltas castrenses no encontraron quién
las ayudara en sus trabajos y se vieron privadas de las vituallas
que necesitaban y de los medios de conseguirlas. <<La
desobediencia de los misioneros jesuítas - escribía el Obispo de
Pará al Gabinete de Lisboa - llegó a tal grado, que en todas las
poblaciones de la orilla del Tapajoz prohibieron terminantemente el
cultivo del trigo. Por orden suya no podían vender los indios ni lo
más mínimo a los blancos ». Y Fullop Miller, siguiendo los informes
de las autoridades de la época, agrega: <<Cuando la
comisión de rectificación de la frontera quiso ponerse en camino
por el Río Negro, en Pará, se declararon en huelga los obreros
indios para impedir la partida de la Comisión. No se encontraron
remeros para los barcos, y cuando se les hubo reclutado por
fuerzas, se vio que los indios, en todas partes, por orden de los
jesuítas, habían abandonado sus poblados llevándose todos los
víveres ».
En tan apurada circunstancia, al jefe de la comisión portuguesa,
Gómez Freyde, no le quedó otro recurso que desahogar su rabia con
Valdelirios, a quien responsabilizó por los sucesos de las
Misiones, colocadas bajo la jurisdicción española.
<<Mientras no se arranquen - le escribía - los
pueblos a esos
|santos padres, como los indios los llaman, no
se logrará otro resultado que rebeliones, insolencias y desprecios
».
El provincial de la Compañía en Buenos Aires, alarmado por el
giro que tomaban los acontecimientos, quiso realizar un último
esfuerzo para evitar un conflicto de mayores proporciones y se
dirigió a los misioneros de las distintas Reducciones,
aconsejándoles prudencia, solicitándoles informes exactos sobre el
estado de ánimo de los indígenas y preguntándoles si consideraban
posible que los naturales aceptaran su traslado inmediato a las
tierras asignadas por las autoridades españolas. Las respuestas de
los misioneros y de los Cabildos indígenas se encargaron de
demostrar que ya era tarde para este género de gestiones. El pueblo
de San Juan respondió: « Que así como los animales se hallan bien
en su querencia y cuando tratan de echarlos acometen, ellos con más
razón acometerán forzados, púes no quieren dar sus tierras a los
portugueses ». La respuesta del pueblo de San Luis fue la
siguiente: <<Que no querían la guerra; pero si la
hubiere dirían a los suyos y a sus parientes que se previnieran a
ella, componiendo bien las armas; que siendo aquella tierra donde
habían nacido, se habían criado y bautizado, en ella querían morir
». Y el de Santa Rosa contestó con estas notables palabras: «
Cuando puesta la mano sobre los Santos Evangelios juramos fidelidad
a Dios y al Rey, sus sacerdotes y gobernadores nos prometieron, en
nombre de él, paz y protección perpetua, y ahora quieren que
abandonemos la patria. ¿Será creíble que tan poco estables sean las
promesas, la fe y la amistad de los españoles?".
El marqués de Valdelirios decidió emplear entonces medidas
radicales. Consiguió del Arzobispo de Buenos Aires, cosa inaudita,
que lanzara la excomunión sobre los indios de las Reducciones y
ordenó al Provincial de la Compañía en el Plata, exhibiendo una
Cédula Real que hasta el momento había mantenido en estricto
secreto, sacar a los misioneros de las zonas territoriales que
debían traspasarse a la Corona Portuguesa. Entonces pudo
comprobarse que si la rebelión no había sobrepasado los linderos de
la protesta silenciosa, ello se debía, precisamente, a la presencia
de los padres jesuítas en las Misiones. No bien las abandonaron,
los indígenas se decidieron a defender "su patria" y comenzaron a
escribir una de las páginas más bellas de la Historia de
América.
Que las Reducciones no eran una "sombría teocracia", donde los
jesuítas habían "imbecilizado" a los indios - como decían los
enemigos de la Orden - se supo en Buenos Aires cuando llegaron los
sobrevivientes de una de las compañías españolas que se habían
internado en las Misiones con la Comisión demarcadora de límites.
Ellos refirieron que la tropa había sido diezmada por poderosas
escuadrillas de caballería indígena, que operaban en perfecta
formación, estaban uniformadas y disponían de los célebres "cañones
de tacuara", fabrica dos según las enseñanzas de los jesuítas.
Agregaron que el ejército indio estaba comandado por el Cacique
Sepee, a quien habían rodeado de un Estado Mayor que operaba según
los modelos europeos y se servía de mapas y de correos
regulares.
La hora histórica del Cacique Sepee comenzó en el momento en que
las autoridades españolas, cediendo a las exigencias y reclamos del
Alto Comisionado portugués, decidieron aplastar militarmente la
rebelión de las Misiones, a fin de entregar a los lusitanos las
extensas zonas geográficas adjudicadas a ellos por el Tratado de
Madrid. Para el efecto se llevó a cabo, en la isla de Martín
García, una conferencia entre Valdelirios y Gómez Freyde, y en ella
se acordó la acción coordinada de dos ejércitos uno portugués y el
otro español que avanzarían respectivamente desde Buenos Aires, por
el sur, y desde las fronteras del Brasil, por el Norte. Gómez
Freyde movilizó todos los recursos disponibles en la provincia de
San Pablo y las autoridades españolas tomaron caballerías y
soldados en las provincias de Montevideo, Buenos Aires, Santa Fe y
Corrientes. El mando del ejército español fue confiado al hábil
General Andoanegui, y se exigió a Gómez Freyde que llevara en su
Estado Mayor a algunos oficiales españoles, con el evidente
propósito de controlar el comportamiento de las tropas lusitanas en
las Misiones. Este escrúpulo revelaba la preocupación que tenían
los españoles con respecto a los bárbaros tratamientos que solían
dar los portugueses a los indios.
A fin de vencer los inconvenientes de una lucha simultánea en
dos frentes, el Cacique Sepee respondió al plan del mando enemigo
con una estrategia igualmente. efectiva: partidas de caballería y
batidores indígenas talaron los campos y arrasaron la extensa zona
por donde debía pasar el ejército español y el grueso de las
milicias guaraníes fue movilizado al frente portugués, dejando la
custodia de la "zona arrasada" a cargo de partidas volantes,
comandadas por el Cacique Rafael, cuya misión sería hostilizar la
marcha de las tropas de Andoanegui.
La estrategia adoptada por el gran caudillo de las Reducciones
uruguayas, consiguió sorprendentes resultados. El avance de los
españoles fue lento y a las hostilidades de la caballería indígena,
se sumaron pronto las inclemencias de la estación invernal y el no
encontrar <<en el camino - dice Bauza - recursos de
ningún género, por haber los indígenas talado los campos y arreado
los ganados . Después de un reñido encuentro con las guerrillas
indígenas, encuentro que ocurrió en el sitio de Dayman, el General
español se vio precisado a ordenar la retirada y a abandonar el
territorio de las Reducciones, porque el invierno, la falta de
vituallas y los ataques continuos de los indígenas habían
desmoralizado completamente las tropas españolas. Su único trofeo
de guerra fue la captura, en el encuentro de Dayman, del Cacique
Rafael, a quien el General español envió preso a Buenos Aires con
un mensaje en que lo calificaba de "grandísimo pícaro y uno de los
movedores de los pueblos".
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