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INDICE
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CAPITULO XI
LAS MISIONES JESUITAS EN EL NUEVO
REINO
DESMORALIZACIÓN del clero americano.
- Llegada de los jesuitas al Nuevo Reino. - Las lenguas aborígenes.
- Cátedra de chibcha. - Frente a la esclavitud. - El sermón el
Padre Frías. - El libro de Alonso de Sandoval S. - La ética del
libre albedrío frente a la esclavitud. - Pedro Claver, él Apóstol
de los negros. - ¿Revolucionario o santo?. - Las misiones de los
Llanos. - El Padre Gumilla. - Conquista del Meto, el Orinoco y el
Amazonas. - La técnica del des arrollo económico. - Las
Reducciones. - Capitalización socialista. - Consumo e Inversión. -
Las Haciendas jesuitas. - Conflicto entre la economía colonial y la
economía misionera. - El colectivismo frente a la Encomienda.
CUANDO Jorge Juan y Antonio Ulloa, autores de las famosas
"Noticias Secretas de América", llegaron al Nuevo Mundo para
cumplir su misión científica, no fue pequeña la sorpresa qué les
causó la comprobación personal del increíble relajamiento a que
había llegado el clero americano. En sus célebres "Noticias
Secretas" consagran capítulos enteros a describir la conducta
desordenada de los clérigos de los miembros de las Ordenes
religiosas, particularmente los franciscanos y dominicos en esas
páginas se hallan registrados todos los perniciosos, extremos a que
puede llegar el cuerpo sacerdotal, cuando pierde su espíritu de
cruzada y se convierte en rutinario oficiante de los actos
mecanicos de la liturgia. «Los conventos - dicen Jorge Juan y Ulloa
- están sin clausura, y así viven los religiosos en ellos con sus
concubinas dentro de las celdas, como aquéllos que las mantienen en
sus casas particulares, imitando exactamente a los hombres
casados... Todo esto, que parece mucho, es nada en comparación de
lo demás que sucede... Lo que se hace más notable es que los
conventos están reducidos a públicos burdeles, como sucede en los
de poblaciones cortas, y que en las grandes pasan a ser teatro de
abominaciones inauditas y execrables vicios, de suerte que hacen
titubear el ánimo sobre qué opinión tienen formada los clérigos
acerca de la religión o si viven en temor y conocimiento de la fe
católica».
En el Nuevo Reino, a principios del siglo XVII, el estado de
relajamiento moral del clero había llegado ya a límites tan
alarmantes, que el Arzobispo Lobo Guerrero decidió acudir a una
medida excepcional, a fin de prestar atención a las misiones,
completamente abandonadas por los clérigos regulares y las órdenes
monásticas. En carta al Rey, decía el prelado: « El más eficaz y en
nuestro parecer el único remedio para estos naturales, es que
Vuestra Majestad mande enviar la mayor cantidad de padres de la
Compañía de Jesús que se pudiere, que por lo menos sean treinta,
los cuales se dividan de dos en dos, o de tres en tres, en los
pueblos de los indios, donde con diligencia fácilmente aprenden la
lengua que otros en muchos años no han comenzado a aprender, y en
estos pueblos hagan oficio de curas, hasta que los tengan bien
instruidos en la fe y costumbres cristianas, y luego pasen a otro
(pueblo) dejando los primeros a clérigos que se creían en el
Seminario Arzobispal, o a otros de buena vida, que aunque no sean
capaces y suficientes para plantar de nuevo la fe, lo sean para
conservarla donde ya estuviere plantada ».
Esta solicitud del Arzobispo, transmitida por el Consejo de
Indias al General de la Compañía de Jesús, determinó el envío de un
número creciente de misioneros al Nuevo Reino, al que habían
venido, en tareas exploratorias, unos pocos sacerdotes de la Orden.
Los nuevos misioneros y en particular el Padre Dadey se dieron
cuenta bien pronto de que las Doctrinas del Reino estaban montadas
en una base precaria, dado el escaso interés que habían mostrado
las Ordenes religiosas y los clérigos doctrinarios por aprender las
lenguas aborígenes y traducir, a los idiomas nativos, los
principales textos de la fe católica. El Padre Dadey y sus
compañeros empezaron labores en Santa Fe, por tanto, consagrándose
al estudio de la lengua chibcha y cuando ya tuvieron conocimiento
suficiente de ella, fundaron la cátedra de chibcha en el Colegio de
Santa Fe y procedieron a traducir, a dicha lengua, el catecismo y
las principales oraciones cristianas.
No se crea, sin embargo, que los jesuitas realizaron fácil mente
esta labor. A las dificultades a que hubieron de enfrentarse para
dominar una lengua primitiva y verter en ella las nociones
esenciales de la doctrina cristiana, se sumó la oposición de las
Ordenes religiosas rivales, opuestas a la traducción del catecismo
a un idioma pagano, cuya burda estructura deformaba su contenido,
según decían. Con parecidos obstáculos tropezaron los nuevos
misioneros en el curso de todos los esfuerzos que realizaron en la
Doctrinas de la Sabana y en zonas más apartadas de los principales
centros de población, en las cuales e vieron comprometidos en acres
disputas con los Encomenderos y párrocos de las comunidades
indígenas. Así se explica la "Información" que hizo levantar el
padre Prado, a quien la Compañía envió a tierras de los indios
paeces, "Información" que tuvo por objeto dejar constancia, ante
sus superiores, de las razones que no le permitían continuar sus
tareas evangélicas: «Porque ha muchos años - declaraba el padre
Prado - que lo doctrineros de la Compañía de Jesús, corno otros
sacerdotes, no hemos podido conseguir el dicho fin, ni es posible,
por no ayudar antes estorbar, los dichos Encomenderos; y porque
varias veces han salido los padres a buscar remedio, así de los
Encomenderos como de las justicias y no lo han hallado, ni es
posible hallarse, por ser las justicias, de ordinario, o los mismos
Encomenderos o sus hermanos o parientes, ni haber persona que se
atreva a declarar como testigo ante un solo escribano por no
malquistarse con todos los del Cabildo y Justicias, que son los
Encomenderos poderosos, hago esta declaración para que conste a mis
superiores como no ha quedado, por negligencia nuestra, el dar
asiento a esta misión ».
En las doctrinas de la Sabana tocó a los misioneros jesuítas
presenciar los abusos a que se prestaban la
|mita minera y el
|concierto agrario, instituciones cuya naturaleza se había
deformado con el tiempo, de manera que muy poca atención se
prestaba, en la práctica, a las disposiciones que fijaban las
cuotas de los mitayos de cada comunidad indígena y daban las normas
atinentes al tratamiento y salarios de los indios concertados. En
su carta anual al General de la Orden, decía el Jesuíta Gabriel
Melgar: a «Hácense las conducciones de casi todo el Reino,
sacándose indios de los pueblos por sus turnos para la labor de las
minas, que es trabajosísima, porque además de ser hondísimos los
socavones debajo de la tierra, han tenido tendencias esas minas a
dar agua, a pocos estadios de labor, con lo cual los miserables que
las trabajan no tienen sólo el afán de quebrantar los pedernales
que atesoran la plata y estar enterrados en vida debajo de tantos
estadios, sino que están día y noche metidos en el agua... Aquí se
conoce lo que obra la codicia del dinero y lo imposibles que vence
la mal canonizada hambre de plata... Sucede muchas veces, y esto es
frecuentísimo, que por no dejar a sus mujeres e hijos a las
aventuras de un desamparo en sus tierras, cargan los indios con
todas sus familias y en las minas de Santa Ana y Las Lajas viven
las desventuradas mujeres y desdichados hijos en tanta miseria, que
apenas alcanzan el sustento. Han sido estas minas la principal
causa de la mengua de los indios en todo el Reino».
La tremenda mortalidad que padecían los indios de las
altiplanicies orientales al ser transplantados a las climas mal
sanos de las zonas mineras de Occidente, fue reduciendo
gradualmente la utilidad de la Mita, y la Corona se vio precisada a
adoptar la solución que sugirió Las Casas como un recurso
desesperado para salvar, a los indios de su completo exterminio:
permitir la importación, en masa, de esclavos africanos,
importación que hasta el momento había sido muy limitada. Como
sitios obligados para el internamiento de esclavos en las
posiciones españolas fueron designados los puertos de Cartagena,
Veracruz y Portobelo, y este lucrativo tráfico transformó a
Cartagena en uno de los centros cosmopolitas más importantes de
América del Sur. El padre jesuita Carlos de Orta, quien llegó a la
ciudad por esta época, la describe en los siguientes términos: « En
cuanto a forasteros, ninguna ciudad de América tiene tantos como
ésta; es un emporio de casi todas las naciones, que de aquí pasan a
negociar a Quito, México, Perú y otros reinos; hay oro y plata.
Pero la mercancía más en uso en Cartagena de esclavos negros».
El pequeño Colegio de los jesuítas en Cartagena se convirtió
entonces en el centro de una extraordinaria cruzada en defensa de
los infortunados esclavos. En los Archivos del Tribunal de la
Inquisición existe, desgraciadamente incompleto, el proceso seguido
por el Santo Oficio al padre jesuíta Luis de Frías, por razón del
sermón que predicó el primer viernes de cuaresma del año 1614,
sermón en el cual formuló la Declaración revolucionaria que los
autos del proceso sintetizan así: « Dijo el dicho padre Frías que
era mayor pecado dar un bofetón a un moreno (negro) que no a un
Cristo, y volviendo a repetir esta razón, dijo y volvió a decir que
era mayor pecado dar un bofetón a un moreno, por ser hechura e
imagen viva de Dios, que no a aquel Cristo, señalando con la mano
al Santo Cristo que está en la Iglesia de esta ciudad, en su altar
de la mano derecha del Altar Mayor, porque dar un bofetón a un
moreno es dárselo a una imagen viva de Dios y dárselo a un Cristo
es a un pedazo de palo o de madera, imagen muerta que tan solo
significa lo que es ».
Estas palabras fueron calificadas de "sacrílegas" y
"malsonantes" y se ordenó la detención del padre Frías para
someterlo al correspondiente juicio inquisitorial del Santo Oficio.
La perplejidad y disparidad de opiniones que se pusieron de
manifiesto en el Tribunal, determinaron el envío del expediente al
Consejo de Indias, cuyos jueces eclesiásticos «arrojaron sobre
aquellas frases en litigio dice Tejado - tan gran cantidad de citas
en latín del Concilio Tridentino, de Santo Tomás y de los Santos
Padres, que casi llegan a descubrir en el padre Frías un nuevo
Lutero, algún iconoclasta furibundo o un heresiarca de altos vuelos
». Desafortunadamente no ha podido hallarse el proceso completo y
se desconoce, por tanto, la decisión final de los jueces del
Consejo.
Fue al padre jesuíta Alonso de Sandoval, a quien correspondió
dar los primeros pasos para organizar una misión entre los negros y
a él se debe un libro monumental, escrito en Cartagena y publicado
en Sevilla, en el cual realizó un exhaustivo estudio de la
esclavitud, sus antecedentes, las características de las razas
africanas sujetas a servidumbre, y las técnicas misioneras más
adecuadas para evangelizar a los negros. En su obra, titulada
"Naturaleza, Policía Sagrada y Profana, Costumbres, Ritos y
Catecismo Evangélico de todos los Etíopes", se encuentra uno de los
estudios más completos de sociología y etnografía africanas y la
descripción caracteriológica de las distintas razas que los
negreros, después de sus cacerías en el África Central, conducían a
los puertos de Cacheu la isla de Cabo Verde, Sao Thomé y San Pablo
de Loanda, en donde los embarcaban con destino a las Antillas y el
Norte y Sur del Continente Americano.
En Cacheu y Cabo Verde se negociaban los negros de Guinea,
Sierra Leona, Gambia y Senegal. Eran los mandigas, los yolof y los
fulupos, de los cuales dice Sandoval; « Son los negros que más
estiman los españoles, por ser los que más trabajan, los que
cuestan más y los comúnmente llamados de ley, de buenos naturales,
de agudo ingenio, hermosos y bien dispuestos, alegres de corazón y
muy regocijados ». En Sao Thomé se vendían los negros originarios
del Sudán. Eran los lucumíes, los minas y los ardas, «altos,
robustos - dice Sandoval -, de menor valor que los que hemos
nombrado venir de los ríos de Guinea y de mayor valor que los
angolas y congos y para mayor trabajo; resisten más las
enfermedades ». De San Pablo de Loanda venían los negros batús,
procedentes de las tribus malembas, angolas, congos y ángicos.
Estos negros, advierte Sandoval, son los "que menos resisten y los
que más fácilmente mueren".
Se deben también al padre Sandoval verídicos relatos de los
padecimientos de los esclavos en los buques negreros, en las
prisiones de los puertos de asiento y en el curso de su dolorosa
existencia bajo el régimen de la esclavitud. «Cautivos estos negros
- dice -
|con la justicia que Dios sabe, los echan luego en
prisiones asperísimas de donde no salen hasta llegar a este puerto
de Cartagena o a otras partes. Y como en la isla de Loanda pasan
tanto trabajo y en las cadenas aherrojados tanta miseria y
desventura, y el maltratamiento de comida, bebida y pasaría es tan
malo, dales tanta tristeza y melancolía que viene a morir el tercio
en la navegación, que dura más de dos meses; tan apretados, tan
sucios y tan maltratados, que me certifican los mismos que los
traen, que vienen de seis en seis, con argollas por los cuellos y
de dos en dos con los grillos en los pies, de modo que de pies a
cabeza vienen aprisionados debajo de cubierta, cerrados por de
fuera, do no ven ni sol ni luna, que no hay español que se atreva a
poner la cabeza al escotillón sin marearse, ni a perseverar dentro
de una hora sin riesgo de grave enfermedad. Tanta es la hediondez,
apretura y miseria de aquel lugar ».
Con respecto al tratamiento que recibían los negros de parte de
sus dueños, dice el padre Sandoval: « Son sus amos con ellos más
fieras que hombres. El tratamiento que les hacen de ordinario por
pocas cosas y de bien poca consideración es breados, lardarlos
hasta quitarles los cueros y con ellos las vidas con crueles azotes
y gravísimos tormentos... Testigos son las informaciones que acerca
de ello las justicias cada día hacen, y testigo soy yo que lo he
visto algunas veces, haciéndoseme de lástima los ojos fuentes y el
corazón un mar de lágrimas... Si el negro es minero, trabaja de sol
a sol y también buenos ratos de la noche. Cuando ya levantan la
obra, después de haber todo el día cavado al resistidero del sol y
a la inclemencia del agua, descansan si tienen en qué y si los
inoportunos y crueles mosquitos les dejan, hasta las tres de la
mañana que vuelven a la misma tarea. Si el negro es estanciero,
casi es lo mismo, pues después de haber todo el día macheteado al
sol y al agua, expuesto a los mosquitos y tábanos y lleno de
garrapatas, en un arcabuco, que ni aún a comer salen de él, están a
la noche rallando yuca, cierta raíz de la que se hace cazabe, pan
que llaman de pao, hasta las diez o más con un trabajo tan excesivo
que, en muchas partes, para que no lo sientan tanto, les están
entreteniendo todo el tiempo con el son de un tamborcillo, como a
gusanos de seda ».
Aunque el padre Sandoval no trata específicamente en su obra el
problema de la legitimidad de la esclavitud, la condena cuando
defiende la libertad e igualdad de todos los hombres o cuando
refiere la manera como absolvía las consultas que al respecto le
formulaban los negros en Cartagena. «Entre todas las cosas humanas
- dice Sandoval - ninguna posesión es más rica y hermosa que la
libertad... Todo el oro del mundo y todos los haberes de la tierra
no son suficiente precio de la humana libertad... Creó Dios libre
al hombre no sólo en respeto a los demás hombres, sino en respeto
del mismo Dios; pues nos dejó en mano de nuestro libre albedrío
para que hiciésemos lo que se nos antojase, siguiendo el mal, el
vicio, o la virtud. El bien de la libertad en ninguna cosa se echa
más de ver que en los males y trabajos de la servitud...
|Con la
esclavitud se comienzan todos los daños y trabajos, y una como
continua muerte, porque los esclavos viven muriendo y mueren
viviendo ». He ahí, aplicada a la condenación de la esclavitud,
la ética ignaciana del libre albedrío.
Sandoval es aún más categórico cuando trata de absolver las
consultas que le formulan los negreros. En una de ellas le fue
propuesto el siguiente caso por un capitán portugués « Yo voy por
negros al África, paso en el camino muchos trabajos, hago muchos
gastos y corro muchos peligros: ¿satisfago yo la justicia de este
cautiverio con el trabajo, gastos y peligros que tuve que correr?
». A ello contesta Sandoval en su libro: «Vaya usted desde aquí a
la Iglesia de San Francisco que está algo lejos y llegando corte el
cordel de la lámpara y llévesela a su casa, y si cuando la justicia
le prendiere por ladrón y le quisiere ahorcar, le dejare libre por
decirle que no hurtó la lámpara sino que la tomó por satisfacer con
ella el trabajo que había pasado en ir de aquí a allá por ella; si
por esta razón, como digo, la justicia aprobare la justificación de
su trabajo y no le castigare, diré que trae con buena fe a sus
negros y que la razón en que se funda es buena ».
No obstante lo anterior, la más importante obra del padre
Sandoval fue el descubrimiento de la vocación de un joven profeso
de la Compañía de Jesús, quien largamente había vacilado en
pronunciar los votos finales del sacerdocio, porque no se sentía
seguro de la solidez de su vocación. Este joven se llamaba Pedro
Claver y tenía una personalidad completa en la que luchaban grandes
contradicciones espirituales, cuya solución creyó haber encontrado
cuando su maestro en el Colegio Jesuíta de Mallorca, Alonso
Rodríguez, le dijo: « No está la perfección del religioso en tener
el cuerpo encerrado de pare des, sino en tener el alma acompañada
de virtudes ». Pidió entonces que se le enviara a las misiones
indígenas de América, pero su resistencia a ordenarse, como era la
costumbre de los misioneros enviados al Nuevo Mundo, indica que sus
dudas persistían. En Santa Fe y Tunja sus vacilaciones no fueron
menores y ello explica que el Provincial de la Compañía le enviara
a Cartagena, con la intención, posiblemente, de devolverlo a
Europa. Allí se encontraron el teólogo que había protestado contra
la esclavitud y el joven jesuita a quien la posteridad llamaría "El
Apóstol de los Negros". Sandoval adivinó los conflictos del alma
complicada y profunda de Claver y lo situó frente al terrible drama
ante el cual descubriría su vocación: el drama de la esclavitud.
Como ayudante de Sandoval fue a los buques negreros, entró en las
prisiones donde se amontonaban los esclavos antes de ser vendidos y
visitó el hospital de San Lázaro, sitio de reclusión de los negros
leprosos. En medio de aquellos horribles espectáculos de miseria
descubrió Clave; su destino y pidió al padre Sandoval que le
preparara para ordenarse. El día 3 de abril de 1662, al pronunciar
sus Votos solemnes como sacerdote de la Compañía de Jesús, agregó a
ellos la fórmula personalísima que definiría su vida: «Pedro
Claver, esclavo de los negros para siempre».
Sobre la naturaleza contradictoria de esta alma magnífica, los
biógrafos e historiadores se han formulado estas preguntas: «¿Fue
un anormal que sufrió por el placer de sufrir? ¿Fue un
revolucionario social del siglo XVII que se adelantaba dos Cientos
años y clamaba airado por una libertad que excluyera colores y
razas? O, ¿ fue. más bien un santo que sin pretenderlo y
sistematizarlo teóricamente realizó, en un medio cruel, una
transformación sociológica de surcos profundos?». Las discrepancias
que se advierten entre los biógrafos de Claver se deben a la
inclinación que los ha movido a separar lo que es indisoluble en la
personalidad del Apóstol. Los eclesiásticos sólo quieren ver al
Santo canonizado por la Iglesia y los marxistas apenas se fijan en
el revolucionario. En Pedro Claver esas dos categorías del espíritu
se hallan tan entrañablemente mezcladas, que todo intento de
aislarlas se traduce en una deformación de su auténtica
humanidad.
La vida del gran misionero jesuíta de los negros es toda una
protesta revolucionaria contra la esclavitud. Las crónicas de la
época conservan numerosas pruebas de su indignación Contra los
negreros y los dueños de esclavos y ello explica la acusación, que
generalmente se le formuló, de ser "hosco en demasía con las clases
altas, tratándolas con dureza". En los informes enviados por sus
superiores a Roma, se le atribuyes por eso, el defecto de ser
colérico y los historiadores más próxima y conocedores de la época
coinciden en destacar sus conflictos con los dueños de los esclavos
y el odio que ellos le profesaban. «Muchos - dice Fernández -
usaron con el padre de grandes demasías; en unos era vivísimo él
sentimiento por que ocupara a los esclavos tanto tiempo en los
catecismos y confesionales, con que les volvía haraganes y no se
hacían buenos. En otros (Claver) trataba a los esclavos con mucha
caricia, con lo cual no se volvían piadosos, sino que cobraban
bríos para insolencias». Y Andrade, por su parte, agrega: « Le
hacían (los amos) la guerra por las caricias y regalos que les
hacía a los esclavos; le decían oprobios, injurias y palabras
afrentosas, motejándole de imprudente y de que echaba a perder a
los esclavos porque con sus favores tomaban alas y se hacían
insolentes, y como a enemigo suyo le cerraban las puertas de sus
casas y le despedían con desdén».
Pedro Claver, el gran apóstol, cuya "blanca mano se
posó sobre trescientas mil cabezas negras" luchó y se
martirizó durante toda su vida para que su amor por los esclavos
fuera más grande que su odio por quienes se beneficiaban del
abominable tráfico. Esta lucha de sentimientos le indujo a tratar
de vencer el pecado del odio con actos de sacrificio casi
inverosímiles y su voto de "ser el esclavo de los negros para
siempre" le condujo a identificarse tanto con ellos, que sus mismas
convicciones religiosas terminaron por saturarse de un formidable
tinte revolucionario, que le daba el carácter de radical protesta
contra la sociedad en que vivía. El altar que empleaba Claver para
los bautizos y la catequesis de los negros, era toda una
representación de su alma y de la misión que se había pro puesto
cumplir. Sobre una tela roja colocaba un Cristo doloroso y
dramático, todo cubierto de sangré, y a su alrededor situaba unos
ángeles negros, símbolos mudos del derecho que, a la
bienaventuranza, tenían los negros esclavos. No faltaron, por ello,
quiénes le acusaron de prohijar una liturgia negra, como a sus
hermanos de la Orden lo acusaron, en Pekín, de inventar una
liturgia china, y a los jesuitas del Paraguay los culparon de
pronunciar una liturgia guaraní. Pero hubo más; cuando la fama de
Santo, de Claver, hizo que su confesionario en la Iglesia de la
Compañía se convirtiera en el más solicitado, de la ciudad, no
vaciló en dar una significativa lección a la sociedad esclavista de
Cartagena. « Su confesionario - dice Manuel Pacheco S. J. - estaba
reservado para los negros. Altos personajes como el Regidor don
García de Zerpa y Loaysa y doña Jerónima de Urbina, debían esperar
a que pasasen antes todos los esclavos si querían confesar con
él».
Relatar la totalidad de los sacrificios que realizó Claver para
defender a los negros y penetrar en el mundo espiritual del
esclavo, sobrepasaría la naturaleza de este estudio y nos vamos a
limitar, por eso, a referir unos pocos casos de su extra ordinaria
abnegación, casos que se conservan en las relaciones de los
hermanos de la Orden y de los intérpretes negros que le acompañaban
en sus diarias tareas. El hermano Nicolás González dice: «No usaba
ningún preservativo, aún en las enfermedades infecciosas; entraba a
las casas o a los hospitales de los negros con el rostro alegre
como si penetrase en un jardín delicioso; decía que el olor lo
confortaba...». Y el mismo hermano agrega: «Yo lo acompañé a un
cuarto oscuro donde estaba una enferma negra, en medio de un calor
terrible y un olor insoportable. A mí se me alborotó el estómago y
me caí por tierra. El Padre Claver, aparentando no sentir nada, me
dijo: Hermano mío, retírese. La enferma estaba sobre unos sacos. La
viruela había invadido su cuerpo, excepto los ojos. El Padre Claver
se arrodilló cerca, sacó de su seno el Cristo e madera que llevaba
siempre consigo, y sentado en el suelo la confesó y dio la
extremaunción y viendo que la pobre esclava se quejaba por la
dureza de los sacos sobre los que yacía, alzó a la negra y la puso
sobre el manteo con sus propias manos, le aplicó esencias
aromáticas, arregló el lecho y la volvió a poner en su lugar». Por
su parte, el médico Adán Lobo relata el siguiente caso: «Era el año
de 1645. Estaba de visita en la casa de don Francisco Manuel, en el
barrio de Getsemaní. De pronto se oyó en la pieza vecina un grito
de mujer: ¡No... no, mi padre, déjeme, no hagáis eso! Un mal
pensamiento me atravesó mi espíritu, pues era amigo de Pedro
Claver, su admirador, pero me dio una curiosidad malsana. Entré en
la pieza rápidamente y algo como un rayo cayó sobre mi alma: vi al
Padre Claver lamiéndole las heridas pútridas a una pobre esclava
negra. Ella no había podido soportar tanta postración del Padre y
ese fue su grito de angustia ». Con respecto a las visitas de
Claver al espantoso hospital de San Lázaro, donde estaban recluidos
los esclavos leprosos, dice Valtierra S. J.: «Sentado en una piedra
oía las confesiones y cuando era fuerte la brisa del mar, cubría a
los leprosos con la mitad del manteo, quedando sus rostros juntos.
El no tenía miedo a la enfermedad y ellos lo sabían había uno
deforme, todos le huían, y él le solía poner sobre sus rodillas y
así le confesaba. Esto no era difícil. Allá dentro le esperaban los
más miserables. Algunos los tenían, por intolerables, recluidos en
un rincón del piso alto, o también en unos bohíos de la huerta;
éstos eran precisamente los íntimos de Claver ». Con sobrada razón
dice uno de los biógrafos del Santo: «Había que llenar el abismo de
miseria con el de la caridad... Era duro, pero aquellos enfermos
estaban recién desembarcados y tenían el alma llena de dolor. El
blanco era para ellos el flagelador de su vida, el enemigo que les
había arrebatado la libertad. Era difícil penetrar en su mundo
espiritual lleno de rencor. Sólo ante un hombre de la raza blanca
que se entregara a ellos de este modo podían doblegarse».
Nada define mejor la plenitud con que Pedro Claver cumplió su
misión, que el suceso acaecido poco después de su muerte, a
propósito de la estatua, de mármol blanco, que se le erigió en
sitio próximo a las murallas de Cartagena. Como el clima y los
vientos salobres del mar la oscurecieron rápidamente, todos los
negros que iban a verla solían decir con pro funda emoción: «
|El
Padre Claver debió ser negro, porque un blanco jamás nos hubiera
amado tanto ».
En la época que nos ocupa empieza ya a evidenciar la decadencia
del ímpetu reformador de la Monarquía española y se advierte
también que la sociedad granadina ha comenzado a perder el
dinamismo y fluidez que la libró, inicialmente, de estancarse en
una férrea e injusta estratificación social. Por ello, la acción
fresca e idealista de los misioneros jesuítas se miraba como una
amenaza, como la actividad intrusa de un cuerpo extraño, que venía
a interrumpir el regocijo con que los Encomenderos y propietarios
registraban el gradual debilitamiento de la política indigenista de
la Corona. Los grandes planteles de educación de los jesuítas,
benéficos para la pode rosa oligarquía criolla, eran objeto de
unánimes elogios; pero sus empresas misioneras y sus esfuerzos por
defender a los indios y a los esclavos tropezaban invariablemente
con una barrera de tácita hostilidad. Ello explica por qué, tanto
en el Nuevo Reino como en México, el Perú y Buenos Aires, los
jesuítas se vieron obligados a retirarse gradualmente hacia las
fronteras geográficas de la civilización colonial, hacia los
territorios que, por sus características salvajes y la belicosidad
de los indios - como California, Mamas, el Amazonas y el Paraguay
-, no habían despertado todavía el interés de los pobladores
españoles y criollos. En el caso concreto del Nuevo Reino, las
misiones de la Compañía de Jesús fueron empujadas hacia los Llanos
Orientales, poco codiciados por los pobladores blancos y en los
cuales era bien reducida el área ocupada por las Encomiendas. Esta
localización, aparentemente desventajosa, constituyó una
circunstancia afortunada para los misioneros jesuítas, porque en
los vastísimos territorios en que se les dejó asentarse, les sería
posible disfrutar, por fin, de la libertad de acción que
necesitaban para proyectar en el Nuevo Mundo un régimen social
destinado a conseguir el desarrollo económico de los sin
introducir, en los mecanismos de ese desarrollo, conceptos como el
de "clases elegidas" o el de "razas predestinadas" propios de la
ática calvinista.
Las bases del sistema fueron entrevistas en las Reducciones del
Paraguay y el Uruguay, donde los jesuítas advirtieron la fragilidad
del sistema misionero tradicional, en cuyo ámbito la evangelización
no libertaba al indio, ni mejora su situación, sino que servía de
antesala ceremonial para su completo sojuzgamiento. Ellos indujo a
los jesuítas, de acuerdo con el espíritu de la ética ignaciana, a
introducir una audaz innovación en el arte misionero cristiano, la
cual se encaminaba a vincular las tareas evangélicas con el rápido
mejoramiento de las condiciones de vida de los nativos. Así
pudieron los jesuítas descubrir y aplicar, en los siglos XVII y
XVIII, los principios del desarrollo económico de los pueblos
atrasados y en sus misiones en América consiguieron el resultado
admirable de hacer coincidir la propagación de la fe con un
sorprendente proceso de crecimiento, que permitía a los pueblos
aborígenes superar los estadios de la pobreza y entrar de lleno en
las etapas de la civilización y la independencia económica.
Nada tiene, pues, de extraño, que los jesuítas, al comenzar su
labor misionera en los Llanos Orientales del Nuevo Reino,
formularan la siguiente advertencia a los Encomenderos y pobladores
blancos, advertencia cuyos términos coincidían con la que hicieron
los misioneros de la Orden cuando se internaron en las selvas para
dar comienzo a las célebres Reducciones guaraníes: «Nosotros no
pretendemos - decían los jesuitas oponernos a los aprovechamientos
que por las vías legítimas podéis sacar de los indios; pero
vosotros sabéis que la intención del Rey jamás ha sido que los
miráis como a esclavos, y que la Ley de Dios os lo prohibe.
|En
cuanto a aquéllos que nos hemos propuesto ganar para Jesucristo, y
sobre los que vosotros no tenéis ningún derecho, pues que jamás
fueron sometidos por las armas, nosotros vamos a trabajar para
hacerlos hombres... Nosotros no creemos que sea permitido atentar
contra la libertad, a la que tienen su derecho natural, que ningún
título alcanza a controvertir; pero les haremos comprender que
por el abuso que hacen de ella, les viene a ser perjudicial, y les
enseñaremos a contenerla en sus justos límites ».
La gigantesca empresa de civilizar a las numerosas tribus que
habitaban los Llanos Orientales del Nuevo Reino, tenía dos etapas
obligadas: la exploración de esos vastos territorios salvajes y la
reunión de los indígenas en pueblos o Reducciones, en cuya órbita
debían adquirir los hábitos de la vida civilizada e ingresar a un
tipo de organización económica, designada para emanciparlos de su
miseria.
Partiendo de sus bases en Chita, Támara y Pauto, los jesuítas
comenzaron la explotación de los llanos de Casanare, avanzaron por
el Meta, y siguiendo el curso del Orinoco hasta su desembocadura en
el Atlántico. Estas exploraciones en las que se hicieron famosos
los misioneros José Gumilla, Monte verde, Neira, Román y Rivero,
fueron continuadas por la reunión, en "pueblos" de una crecida
población indígena, cuyas simpatías supieron ganarse los jesuítas,
porque su conducta se inspiro en el principio que el padre Gumilla
sintetizaba así: « Para conquistar almas hay que andar con el
rostro alegre en las revueltas; todo ha de ser amor y por amor con
chicos y grandes y nada de castigos, no sólo de obra, pero ni aún
de palabra que sea áspera».
En concordancia con la ocupación del Meta y el Orinoco, los
discípulos de Loyola se lanzaron, desde Popayán y Quito, a la
conquista del Caquetá, el Putumayo y el Amazonas. En esta empresa,
cuyas dificultades nunca se ponderarán bastante, descollaron los
misioneros jesuitas Juan Lorenzo Lucero, «el mayor hombre - dice
Velasco - que en el siglo XVII vio el Reino de Quito », y el padre
Samuel Fritz, quien «dejó a la posteridad - anota el notable
historiador Daniel Ortega Ricaurte - su admirable mapa del
Amazonas, su precioso diario lleno de detalles curiosos y murió en
Quito a los 71 años de edad, 42 de los cuales fueron empleados por
él en las misiones amazónicas, en la más agitada de las obras de la
catequesis del Nuevo Mundo. Fue llamado con toda justicia el
Apóstol del Amazonas. De tal manera pudieron los jesuítas realizar
descubrimientos geográficos tan sensacionales como el de la
comunicación, por agua, entre el Orinoco y el Amazonas y sus
Misiones se convirtieron en una gigantesca frontera móvil que
custodiaba los intereses de España frente al ambicioso e
inteligente imperialismo portugués». «Fácil le hubiera sido España
- escribe Hipólito Jerez - quedarse con todo el curso del Amazonas,
descubierto por Gonzalo Pizarro, estudia do por Orellana y
misionado y colonizado por los jesuitas españoles, hasta las bocas
del Río Negro. Allí fundó el padre Fritz, bohemio de nación, hasta
treinta y ocho pueblos... Las calumnias contra la Compañía de Jesús
fueron la raíz y el origen de que un tercio del Brasil actual no
hable castellano y que gran parte de ese tercio de la Amazonía
media no sea colombiano ».
Los alcances de este plan civilizador no eran el producto de una
desmedida voluntad de dominio geográfico o de un apetito de
espacios ilimitados, sino que en él se cumplía el emarcamiento
gradual del vasto escenario en el cual iba a efectuarse el grán
experimento social que los jesuítas comenzaron en el Paraguay y que
en los Llanos Orientales, de haber contado con tiempo suficiente,
habría adquirido dimensiones extraordinarias.
¿Cómo podría definirse este experimento? Su naturaleza puede
apreciarse mejor en las misiones guaraníes, donde él alcanzó su
máximo esplendor, pero el estudio de sus desarrollos en los Llanos
Orientales permite seguir más detalladamente sus primeras etapas,
todavía no desdibujadas por sus brillantes éxitos finales, éxitos
que habremos de considerar en el capítulo siguiente, al describir
las famosas Reducciones guaraníes.
Para apreciar la magnitud de la obra realizada por los
discípulos de Loyola en los Llanos Orientales, debemos comenzar por
conocer el estado en que se hallaban los aborígenes.Los jesuitas no
encontraron una población nativa dotada de un relativo grado de
sociabilidad, sino tribus dispersas, que vivían en los estadios de
la más cruda barbarie, cuyas lenguas y dialectos eran
increíblemente primitivos y sus precarios usos económicos se
reducían a la pesca y recolección de frutos. Los achaguas, los
giraras, los tunebos, los caribes, los sálivas y chiricoas, andaban
desnudos y poseían un ánimo generalmente belicoso, que costó la
vida a muchos misioneros. El padre Gumilla hace la siguiente
descripción de algunas de las tribus del Orinoco: «La primera
noticia que las naciones retiradas tienen de que los hombres se
visten, es cuando un misionero entra por primera vez en sus
tierras, acompañado de algunos indios ya cristianos y vestidos al
uso que requieren aquellos excesivos calores... Todas las naciones
de aquellos países, a excepción de muy pocas, se untan desde la
coronilla de la cabeza hasta las puntas de los pies, con aceite y
achiote Los caberres y muchos caribes usan por gala muchas sartas
de dientes y muelas de gente, para dar a entender que son
valientes, por ser los despojos que así ostentan de sus enemigos
que mataron; con estos adornos y su macana en una mano y la flauta,
llamada fatuto en la otra, salen los indios engalanados para los
días ordinarios».
Enfrentados los misioneros a este dramático primitivismo, no se
limitaron a familiarizar a los indígenas con las formas externas
del culto católico, ni se propusieron quebrar su indómita
independencia para sojuzgados a los pobladores blancos, sino que
dieron comienzo a la difícil tarea de construir, con aquellos
precarios materiales humanos, las bases de un nuevo tipo de
sociedad. El padre jesuíta Gumilla sintetizaba, en los términos
siguientes los principios elementales, de carácter social y
económico, que debían seguirse para abrir las puertas de la
civilización a los aborígenes: Al principio - dice en su obra "El
Orinoco Ilustrado" - parte pagando y parte rogando, consiga el
misionero
|que la colectividad de los indios, en forma con junta,
haga una sementera cuantiosa, y en ella un platanal grande para los
muchachos de la escuela, porque es cosa muy importante, y no sólo
sirve para los chicos de la escuela, sino también para las viudas
pobres, para los huérfanos y para los enfermos; y sucede que viendo
los indios cuán bien se emplean aquellos frutos, renuevan con gusto
la sementera común en adelante.
«El atractivo más eficaz para establecer un pueblo nuevo y
afianzar en él las familias salvajes, es buscar un herrero y armar
una fragua porque es mucha la afición que tienen los indios a este
oficio,
|por la grande utilidad que les da el uso de las
herramientas que antes ignoraban. Todos quisieran aprender el
oficio y muchos se aplican y le aprenden muy bien.
«
|No importa menos buscar uno o más tejedores de los pueblos
ya establecidos para que tejan allí el hilo que traen de ellos,
porque la curiosidad los atrae a ver urdir y tejer, y el ver
vestidos a los oficiales y a sus mujeres les va excitando el deseo
de vestirse y se aplican a hilar algodón, que abunda, y del que
finalmente se visten ».
«La fábula de Orfeo, de quien fingió la Antigüedad que con la
música atraía las piedras, se verifica con ventaja en las misiones
de estos hombres, porque es cosa reparable cuanto les encanta y
embelesa la música... Así, una de las primeras diligencias de la
fundación del nuevo pueblo, ha de ser conseguir un maestro de
solfeo de otro pueblo antiguo, y establecer escuela de música para
dicho fin».
En estas frases, en forma elemental y somera, están con tenidos
los principios orgánicos del régimen económico de las misiones
jesuítas. Su punto de partida, desde el cual se originaba toda la
dinámica de su desarrollo, residía en el cultivo en común de una
vasta zona de los territorios de cada misión, cuyos productos
debían destinarse a satisfacer las necesidades de la colectividad,
a proveer de lo necesario a las viudas, los niños y los incapaces,
y a venderse sus remanentes, en las áreas externas de la misión, a
fin de adquirir, en forma gradual, los elementos indispensables
para la vida civilizada. Por ello las tierras fueron divididas, en
las Reducciones jesuitas, en dos grandes porciones: una primera, la
más extensa, se llamada Campo de Dios, debía trabajarse en común y
sus frutos se guardaban en los graneros de la comunidad, para
destinados a fines de beneficio colectivo. La otra zona, más
pequeña, se denominaba Campo del Hombre, y estaba dividida en
lotes, que detentaban individualmente los miembros de la Comunidad,
sin derecho a venderlos o negociar con ellos, aunque sus frutos les
pertenecían.
En las primeras etapas de la organización de las Misiones, los
indios debieron consagrar gran parte de su tiempo al cultivo de los
Campos de Dios, porque sus productos constituían la base del
capital social que habría de permitir las inversiones exigidas por
e! proceso de desarrollo económico. Esos productos se almacenaban
en enramadas, llamadas Graneros Públicos, y en considerable
proporción se vendían en el área de la economía colonial o en el
extranjero, a fin de adquirir las telas, vestidos, sombreros,
semillas, herramientas de labranza y construcción que se requerían
para incorporar a los indios a los usos de la vida civilizada.
Lo que podríamos llamar los "instrumentos de producción" - como
los arados, las bestias de carga y las yuntas de bueyes -, se
consideraban de propiedad pública y para su empleo de un orden de
prioridades, fijado por los misioneros. Todos los indios recibían,
a su vez, una cantidad igual de bienes de consumo, normalmente
superior a la que conocieron en su anterior vida salvaje, cantidad
que fue aumentándose en la medida que lo permitió el incremento de
la riqueza social de las Misiones. « La institución social del
comunismo de bienes en las misiones jesuítas dice el historiador
Plaza - consultaba el genio indolente de los indios, que abrigando
una aversión casi invencible al trabajo y a las artes pacíficas,
les preparaba el medio de ir desarraigando en ellos la pereza
consuetudinaria y de adquirir hábitos de laboriosidad a la
presencia de las ventajas que ésta les reportaba... Los trabajos y
afanes de estos operarios (los misioneros) en los inmensos
desiertos y bosques del Meta, del Orinoco, del Marañón y otros, son
casi portentosos. Sin recursos, sin auxilios de parte de las
autoridades, que los miraban con concentrada ojeriza, ellos con la
cruz civilizadora triunfaron de la naturaleza y de los hombres. Los
indios se les presentaban desnudos, sin tener que ofrecer nada,
antes solicitando dádivas. En poco tiempo se regulariza la
asociación, la tribu pierde sus instintos de ferocidad, adquiere
hábitos de trabajo y de fraternidad. Se descuajan los bosques, se
levantan nuevas plantaciones la naturaleza se anima, sonríe y
cambia de aspecto; a la desnudez se sucede la industria fabril que
teje los vestidos; a la privación de buenos alimentos, el campo
labrado ofrece rica y abundante cosecha; y al espíritu de
independencia cerril y las costumbres de sangre, sobreviene el
sentimiento de asociación humana ».
Para incrementar la productividad de la economía misionera, los
jesuitas introdujeron pronto una conveniente división del trabajo
entre las tres grandes zonas en que se dividían las Misiones
llaneras: al tiempo que las de Casanare comenzaron a especializarse
en la producción de textiles, los cuales llegaron a dominar el
comercio del Reino, en las del Meta se acentuó la importancia de la
producción de alimentos y se fundaron grandes hatos de ganado
vacuno, cuyas carnes se destinaron a abastecer el consumo de las
provincias de Santa Fe y Tunja; por su parte, las Reducciones del
Orinoco se especializaron gradualmente en la explotación de frutos
tropicales, como el cacao, la canela, la vainilla, los aceites y
grasas vegetales, que se exportaban por el curso del río al
extranjero, a fin de adquirir, con su venta, los elementos
requeridos para acelerar el desarrollo económico. Los avances
logrados por los misioneros de la Compañía en este sentido fueron
revolucionarios, no sólo por la explotación intensiva de los
cacaotales salvajes, los bosques de quina, el añil y la tagua, sino
por la aclimatación de plantas que tendrían un papel decisivo en la
historia nacional. Por ejemplo, las primeras matas de café
plantadas en territorio del Nuevo Reino de. Granada, lo fueron por
el misionero jesuíta José Gumilla, quien las sembró en la región
comprendida entre los ríos Guárico y Apure, desde donde se extendió
al Brasil. «El café - dice Gumilla en "El Orinoco Ilustrado" -,
fruto tan apreciable, yo mismo lo sembró y creció de modo que se
vio ser en aquella tierra muy a propósito para dar copiosas
cosechas de ese fruto».
Una de las primeras preocupaciones de los misioneros jesuitas
fue la de familiarizar a los indios con las artes mecánicas, a fin
de capacitarlos para el manejo de los artefactos de la pequeña
industria. Desde temprano se establecieron, en las, Reducciones,
escuelas y talleres de oficios, donde los indios aprendían a
manejar tornos, sierras, fraguas, telares y se hacían expertos en
carpintería, escultura, fundición y sastrería. La industria de
textiles, que tuvo su centro en las misiones de Morcote y Támara,
constituyó, por ejemplo, una verdadera innovación dentro de la
rutina de la economía colonial; sus productos abastecieron el
consumo de extensas regiones y desplaza ron gradualmente del
comercio a los con importadores de géneros españoles, lo que
explica su hostilidad contra los misioneros de la Compañía de
Jesús. De esta industria quedó, como recuerdo, la famosa copla que
cantaban los indios hiladores de las misiones llaneras:
«En Morcote y Támara nacidos
para hilar con trabajo el tafetán,
hoy somos reyes de la industria unidos
que hilamos seda más rica que el olán».
En la medida que la capacitación del personal humano do
permitió, comenzaron a mejorarse las primitivas construcciones de
los pueblos y en algunas de las Misiones se sentaron las bases para
un progreso urbano, cuyo desarrollo, de no haberse interrumpido,
habría permitido avances semejantes a los que se vieron en las
Reducciones guaraníes En la plaza central de los pueblos se
levantaba la Iglesia, de materiales débiles pero bien ornamentada;
a su lado estaban la Casa Municipal, los graneros públicos, y la
residencia de los misioneros. Las calleran generalmente rectas y
las casas de habitación de los indios, dé construcción regular,
edificadas con los materia les de la región y en algunas ocasiones
dispuestas de manera que pudieran ser habitadas colectivamente por
varias familias. Existían, además, una policía indígena encargada
de la guarda del orden público y la custodia de las más estrictas
normas de higiene, porque los misioneros atribuían gran importancia
a la sanidad general de las poblaciones. Como los misioneros
jesuítas conocían los principales dialectos aborígenes, la
catequesis, la enseñanza y las funciones teatrales se efectuaban
generalmente en los idiomas nativos. « Entre pampas y maniguas -
dice un cronista - el padre jesuita Neira escribía catecismos
achaguas, comedias y autos sacramentales en los idiomas aborígenes
».
Con sobrada razón decía el jesuíta Jerez, al comentar los
sorprendentes progresos de las misiones orientales en el siglo
XVIII: « El arado había transformado en belios granales la bravía
naturaleza del bosque; en las laderas verdeguean las mieses; hay
industria que explota fibras nuevas para el vestido; los sálivas y
chíricoas han fijado su hogar, y el trabajo constante e industrioso
les ha elevado a la categoría de tribus productoras; tienen la
noción del pequeño capital y del ahorro... Lo que los socialistas
siguen soñando siempre en sus modernos falansterios, se ha
realizado allí, como un milagro de amor y sin necesidad de palabras
utópicas... Esa era la realidad de una nueva y pequeña democracia
llanera, inventada por los misioneros, que son su cabeza y su
corazón »
El rápido aumento de la productividad económica de las misiones
y las perspectivas ilimitadas que ofrecían los llanos, en la medida
que sus potencialidades humanas y económicas se incorporaban al
proceso de desarrollo, indujo a los padres de la Compañía a
concebir el grandioso proyecto que el historiador Plaza describe
así : El portento de estas creaciones era la obra del espíritu de
asociación y de un sistema económico y filantrópico conducido por
la mano firme de la inteligencia y de la prudencia:
|La idea de
establecer una escala de comunicaciones mercantiles desde las
márgenes del Meta hasta las posesiones portuguesas y las aguas del
Atlántico, surcando el Orinoco y el Amazonas, proyectada por los
jesuítas, espantó al Gabinete de Madrid y aceleró la muerte del
Instituto. Este plan portentosamente civilizador, hubiera variado
la faz del continente sudamericano».
Como ocurre en toda empresa de desarrollo económico, los
misioneros jesuítas se vieron obligados a tomar difíciles
decisiones sobre los porcentajes del capital social de las misiones
que debían destinarse al consumo y mejoramiento de las condiciones
de vida de los indios, por una parte, y las inversiones requeridas
para acelerar y diversificar el desarrollo, por la otra. Se trataba
concretamente de determinar en qué pro porción los productos de los
llamados Campos de Dios, trabajados colectivamente por los indios,
debían emplearse como capital de inversión o como bienes de
consumo. Aunque una fría apreciación de los hechos aconsejara dar
preferencia a la inversión, los jesuítas no se limitaron a
considerar el problema desde un punto de vista estrictamente
pragmático, incompatible con la esencia de un sistema misionero que
establecía un vínculo estrecho entre la propagación de la fe y el
mejoramiento de las condiciones de vida de los indígenas. Ello
explica, por ejemplo, la sencillez de las Iglesias en las
Reducciones del Nuevo Reino y el Paraguay, sencillez que ha servido
a los enemigos de la Orden para restarle magnitud a sus tareas
misioneras. El argumento no puede ser más peregrino; si los
jesuítas no hicieron grandes inversiones en las Iglesias
Misionales, ello se debió a su decisión de emplear el mayor volumen
de capital, social en inversiones destinadas al desarrollo
económico. Y debe advertirse, también, que los misioneros de la
Compañía se resistieron a deprimir, radicalmente, en beneficio del
desarrollo, el nivel de vida de los indios y trataron de encontrar
eficaces sucedáneos para aumentar el volumen de las inversiones sin
interrumpir el aumento gradual del con sumo de los aborígenes. Tal
fue el origen de las famosas "Haciendas" de los jesuítas, haciendas
que operaban dentro del área de la economía colonial, seguían sus
leyes y derivaban de ella sus ganancias, aunque sus utilidades se
destinaban a mantener los Colegios de la Orden, donde se daba
enseñanza gratuitamente, y sobre todo a "prestar" a las misiones el
capital que requerían para acelerar el proceso de crecimiento.
Las Haciendas de los jesuitas se montaren, por lo general, sobre
la base de grandes adjudicaciones de tierras realengas y en no
pocas ocasiones fueron el fruto de legados recibidos por la
Compañía. Esas Haciendas sólo se distinguían de las propiedades de
los españoles y criollos por su elevada productividad, resultado de
la introducción de los más modernos métodos de cultivo. Las
haciendas situadas en los llanos se trabajaban, durante períodos
limitados de tiempo, por los indios de las Reducciones, los cuales
percibían sus correspondientes salarios, de acuerdo con los
mandatos de las Leyes de Indias. Las utilidades de las Haciendas
pertenecían a la Orden, eran administradas por su Procuraduría y
servían de fondo móvil para conceder préstamos a las misiones,
préstamos que se contabilizaban estrictamente y que ellas estaban
obligadas a devolver cuando sus condiciones económicas lo
permitieran. Como proporcionar esos fondos a las Reducciones era
una de las finalidades esenciales de las Haciendas de los llanos,
los jesuítas adoptaron, al final, el sistema de traspasar a
propiedad de ellas a las distintas Reducciones. Cuando se decretó
la expulsión de la Compañía de los dominios americanos, el
Gobernador de los Llanos, Francisco Domínguez, hizo la siguiente
relación, en su informe a las autoridades, de la naturaleza y
funciones de las Haciendas jesuítas en los Llanos: «El Hato de
Beyotes - dice como los otros de su naturaleza en los demás pueblos
de la misión de Casanare, que estuvo al cuidado de los extinguidos
jesuítas, lo fundaron éstos con cortos fondos propios, destinando
sus productos indistintamente, y según ocurría, para bienes de los
indios en común, adorno de las iglesias, gastos de fábrica, etc.,
reservando en sí, dichos extinguidos jesuítas, el derecho de
propiedad de los citados hatos, hasta que determinaron cederlos a
cada pueblo respectivamente como lo hicieron antes, y lo repitieron
en el año pasado de 1739, siendo Provincial el Padre Tomás
Casanova. Fueron aumentándose dichos hatos considerablemente, a
diligencias del prolijo cuidado de los curas jesuítas y trabajo de
los indios que servían de mayordomos, vaqueros, etc. De los mismos
productos (de los hatos) se proveyó a los pueblos para el común, de
carpinteros, herreros, escuelas y música, y al propio tiempo se les
asistía a los enfermos con lo necesario, y a los sanos con ropa y
utensilios para sus labores, manteniéndose de carne de dichos hatos
cuando trabajaban en alguna obra común, a beneficio del pueblo
».
Las demandas propias del acelerado proceso de desarrollo de las
misiones orientales sobrepasaron pronto las disponibilidades de
capital de las mencionadas Haciendas, y los jesuítas, para mantener
su ritmo de desarrollo sin deprimir el consumo de los indígenas,
acudieron a un nuevo procedimiento. el cual les suscitó la más
pugna oposición por parte de la oligarquía territorial del Reino y
los gobernantes españoles: con estímulos oportunos lograron
canalizar los ahorros de la economía colonial hacia las empresas de
la Orden que operaban en el área de dicha economía. De esta manera,
una considerable masa de capitales ociosos vino a incrementar los
recursos financieros de que podía disponer la Compañía para
acelerar el desarrollo de las misiones de los Llanos. En el famoso
Informe Secreto del Mariscal Alvarado, informe que se utilizó como
una de las piezas justificativas de la Pragmática de expulsión,
afirmaba el Mariscal: «Apenas habrá en las indias veinte sujetos
que no prefieran las cajas de la Procuraduría de los padres
jesuítas a la casa de comercio más acreditada, y quieran mejor
tener su dinero sin usufructuario en la Compañía de Jesús,
que con utilidad en otros. El fenómeno que el Mariscal Alvarado,
predispuesto notablemente contra los jesuítas, trataba de relevar
en su Informe era el rápido desplazamiento de las disponibilidades
de capital desde el marco de la ineficiente economía colonial,
fundador en la Encomienda y el latifundio improductivo, hacia el
área dinámica de la economía misionera. Este traslado de recursos
de un sistema productivo al otro causó sorpresa e indignación en
muchos sectores sociales de la Colonia, porque él carecía de
antecedentes y desde entonces no ha tenido sucesores.
En la medida en que las Misiones pudieron asentarse sólidamente
en las márgenes del Meta y el Orinoco, les fue preciso enfrentarse
a la amenaza de las belicosas tribus caribes y a las incursiones
constantes de los piratas holandeses, qué regularmente se
internaban por el curso del Orinoco en busca de cueros, frutos
tropicales y lucrativos cambios con los indígenas. Este tipo de
amenazas externas obligó a los misioneros, a la postre, a organizar
milicias indias permanentes, uniformadas y sujetas a un riguroso
entrenamiento militar. Su principal núcleo lo formaban cuerpos de
caballería volante, de gran movilidad, cuya oficialidad recibió
instrucción especial en cuestiones de táctica y estrategia. Este
pequeño ejército de la democracia llanera, fue dividido, en sus
distintos acantonamientos, en dos partidos, que lidiaban entre sí,
en las maniobras y festividades religiosas, espectaculares
simulacros de batalla, en medio del entusiasmo y regocijo de la
población de las Reducciones. Tales milicias fueron equipadas
también con artillería, en cuya fabricación se puso de patente el
ingenio de los discípulos de Loyola. Los cañones se fabricaban en
las Misiones con grandes cañas de guaduas, forradas de cuero de res
para darles consistencia, y no obstante que tales materiales no
soportaban más de diez disparos, su extraordinaria abundancia en
los llanos hacía fácil y nada costoso su reemplazo continuo. En las
Reducciones y en los célebres fortines de San Ignacio y San Javier,
construidos en el Bajo Orinoco por los misioneros, existían grandes
depósitos de esas guaduas forradas en cuero, las cuales se montaban
sobre los armazones de madera, provistos de ruedas, cuando los
tubos usados estaban a punto de resquebrajarse.
Tales fueron, a grandes rasgos, las realizaciones de las
misiones jesuitas en los Llanos, cuyo desarrollo natural se truncó
por la expulsión de la Compañía de los dominios americanos. Esas
realizaciones constituyen un notable esfuerzo para conseguir el
desarrollo económico de pueblos que vivían en esta dios del mayor
primitivismo y sus resultados sólo fueron superados por los éxitos
de las Reducciones guaraníes de la Orden, que dieron comienzo a sus
actividades con medio siglo de anterioridad las Misiones de los
Llanos puede seguirse la naturaleza del experimento jesuita en sus
etapas iniciales, cuando se enfrentaba a la naturaleza bravía y la
ignorancia y completo primitivismo de los aborígenes... Sus
limitaciones son las limitaciones propias de todo comienzo y sus
balbuceos revelan las dificultades tremendas que debe vencer todo
proceso de desarrollo para romper el círculo de hierro de la
miseria y el atraso. En cambio, en las Reducciones Guaraníes vamos
a presenciar el funcionamiento del sistema en sus etapas más
elaboradas, etapas que nos permitirán comprender hasta dónde
avanzaron los misioneros jesuítas en su audaz búsqueda de las
soluciones más adecuadas para el doble problema de la justicia
social y el desarrollo económico de los pueblos atrasados.
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