Ricci colocó el mapamundi en la parte más visible de su estudio,
a fin de que no escapara a la mirada curiosa de sus numerosos
visitantes, y en corto lapso se produjeron los más revolucionarios
resultados. «Empezó - dice un cronista - a vacilar una fe de tres
mil años; comenzó para la cultura china una nueva época ». Los
chinos humildes y los mandarines que visitaban al sabio doctor Li
descubrieron, en aquel mapa, que el mundo tenía una fisonomía bien
distinta de la que se habían imaginado y que la China sólo formaba
parte de masas geográficas y culturales que, en conjunto, la
superaban en dimensiones e importancia. «Todos - escribió Ricci a
sus Superiores - se formaron una idea completamente distinta de la
que tenían hasta ahora de nuestros países, pueblos y, ante todo, de
nuestros sabios.
|La exhibición del mapa ha sido la obra más útil
que en estos tiempos ha podido emprenderse en la China».
Para que la influencia de los misioneros jesuítas en la China
alcanzara un carácter definitivo era necesario, como bien lo
comprendió Ricci, que ella se extendiera a la Corte Imperial. Tal
fue lo que se propuso Ricci con su tenacidad característica y si es
verdad que la famosa anécdota del reloj, descrita por los
historiadores, sirvió notablemente a este propósito, ella fue un
simple episodio en el decurso de la gran empresa comenzada por
Ricci y conducida a su sorprendente culminación por los jesuitas
Schall, Verbiets y Martini.
Ricci, como es sabido, le envió al Emperador un reloj cuyo
complejo mecanismo fue causa de sorpresa general en la Corte,
sorpresa que se aumentó cuando la extraña maquinaria, por falta de
cuerda, se detuvo, sin que ninguno de los sabios chinos pudiera
explicarse el fenómeno ni poner de nuevo en marcha el reloj. Hubo
entonces que llamar a Ricci, quien de esta manera pudo penetrar en
el recinto de la Ciudad Sagrada, residencia del Emperador, y
ganarse de manera tan completa la amistad y administración del
Monarca, que poco después se le confió la educación del Príncipe
heredero y se le otorgó el inusitado privilegio de ser el único
mortal al que se permitía permanecer sentado en presencia del
Monarca.
No se crea, sin embargo, que la prudencia manifestada por Ricci
en la iniciación de las tareas propiamente evailgélicas, revelaba
descuido o indiferencia de su parte. El gran misionero había
comprendido que la propagación del catolicismo en una sociedad tan
culta y orgullosa de sus tradiciones, sólo podía cumplirse a través
de un gradual proceso de traducción de las grandes verdades del
credo cristiano al simbolismo propio de las religiones orientales,
como lo habían hecho los primeros Padres de la Iglesia en la
conquista de la cultura helénica. Por inspiración de Ricci se
comenzó a decir la misa en chino y no en latín, a fin de que la
aguda mente de los conversos chinos pudiera captar el profundo
significado del gran rito del catolicismo y Ricci consagró gran
parte de su tiempo a profundizar los problemas teológicos, cuya
solución habría de permitirle presentar con vestiduras orientales,
familiares a la mente china, los dogmas centrales del credo
católico. Ya veremos más adelante las dificultades a que debieron
enfrentarse Ricci y sus sucesores cuando avanzaron audazmente en la
empresa de traducir al simbolismo oriental las verdades cristianas,
empresa que les ocasionó las más duras críticas en Occidente, donde
no se quiso comprender que los jesuitas « estaban,
incuestionablemente dice - Arnold Toynbee - haciendo lo mismo que
los primeros Padres de la Iglesia y lo que todos los misioneros de
cualquier religión externa han hecho en sus empresas de conquista
espiritual. Mateo Ricci prestó a la cristiandad el servicio que
Clemente y Orígenes le prestaron a la misma fe en Alejandría mil
cuatrocientos años atrás. Clemente y Orígenes consiguieron para la
cristiandad el respeto y la atención de los helenos cultivados de
su tiempo por que primero se ganaron su reconocimiento como
consumados filósofos helenistas Ricci, el supremo virtuoso del arte
misionero cristiano, realizó el aún más grande
|tour de force
de tener para él un puesto en el salón de la fama del Lejano
Oriente como versado conocedor de las doctrinas de Confucio».
A Mateo Ricci no se le ocultaron las dificultades que debía
vencer para llevar a cabo esta innovación revolucionaria de las
técnicas misioneras y en sus últimos días presintió las dimensiones
y acerbía del ataque a que sería expuesta su obra y la de sus
sucesores; pero la grandeza de su genio y la tensión apasionada de
su fe religiosa no le dejaron desfallecer y bien pronto dio el
histórico paso que habría de aproximarlo a la culminación de la
gran empresa que se había propuesto llevar a cabo.
Los credos fatalistas, que en Occidente se manifestaron en la
idea de la Predestinación, tenían en China su equivalente en las
antiquísimas doctrinas de Laotsé, el gran genio religioso del
ascetismo chino, para quien el logro de la felicidad humana sólo
era posible si el hombre conseguía conformar su conducta al Tao, la
gran ley cósmica que regía la marcha del universo, determinaba el
movimiento de los astros, los ciclos de la vida y el orden
majestuoso de las estaciones. De acuerdo con la doctrina sagrada
del Tao - palabra que significa camino -, el hombre debía
esforzarse por incorporar su trabajo y su existencia toda a la obra
silenciosa del cosmos, porque sólo cuando lo conseguía le era
posible alcanzar la felicidad, resultado de la armonía de su
comportamiento con el orden divino del mundo.
El Estado derivaba su legitimidad de esta doctrina, por que
suponía al Emperador investido, por los dioses, del encargo de
gobernar al pueblo por medio de leyes que le permitieran amoldar su
comportamiento al orden del Tao, de manera que su función principal
de gobernante, investida de un carácter sagrado, era la de
promulgar anualmente un Calendario exacto, que se publicaba en el
famoso "Libro de Instrucciones para los Tiempos". Las siembras, las
cosechas, las estaciones, las lluvias, etc., debían ser previstas
para que la sociedad, pudiera derivar los mayores beneficios de su
acoplamiento con los grandes ritmos del cosmos. El Calendario era,
pues, el gran instrumento que permitía al Emperador mantener el
orden, pues la obediencia de los ciudadanos a la ley del Tao se
traducía en obediencia a quien había sido encargado, por los
dioses, de la función de dar periódicamente el Calendario que debía
regir las actividades públicas y privadas de los chinos. «Se sabía
desde hacía mucho tiempo - dice un comentarista de la religión
china - que el año tenía trescientos sesenta y cinco días y seis
horas y que diecinueve vueltas del sol coincidían con trescientas
veinticinco de la luna; y, valiéndose de clepsidras se habían
determinado los tiempos de culminación de las estrellas, los de
circunvalación de la luna y de los planetas más importantes. Los
astrónomos chinos tenían, pues, suficiente base para pronosticar
los acontecimiento celestes que habrían de ocurrir cada año, con
bastante precisión. Conforme a un rito especial se editaba
anualmente el nuevo Calendario. Los empleados del Tribunal
Matemático iban en cortejo y traje de gala al Pabellón del Dragón y
depositaban allí los ejemplares destinados al Emperador y sus
esposas; en otros pabellones se depositaban en mesas rojas, los
ejemplares para los príncipes y los más altos dignatarios y al fin
seguía, como señal de reverencia hacia la nueva ley del año, una
pro cesión solemne por todo el Palacio. En el Calendario estaban
fijados exactamente todos los actos y omisiones con arreglo a
puntos de vista macrocósmicos. Con letra roja se anunciaban lo días
favorables y desfavorables, las horas de la labor del campo, para
celebrar matrimonio, para mudarse de casa, para reparaciones de
barcos, para la caza, para el pastoreo de ganado, para los
entierros y para las ejecuciones ».
Durante los últimos años de la vida de Ricci, atravesó la China
por una etapa de calamidades, se perdieron muchas cosechas, el
hambre se extendió por extensas regiones del Imperio y hubo
inundaciones de tal magnitud que la dinastía reinante se vio
amenazada por la creciente desconfianza del pueblo y la
efervescencia que reinaba en el país. Se comenzó a rumorar, en los
palacios y en las chozas de los campesinos que el Imperio marchaba
a la deriva porque la dinastía había perdido el favor de los dioses
y se mostraba incapaz de señalar el camino del Tao a sus
súbditos.
Ricci no ignoraba que muchas de las calamidades de que se
culpaba al gobierno imperial tenían su origen en errores de los
astrónomos chinos, cuyas prácticas rutinarias los habían conducido
a fundar los pronósticos del Calendario, referentes a los tiempos,
lluvias, estaciones, eclipses, etc., en cálculos astronómicos
francamente errados. Con la eficaz ayuda de sus compañeros de
misión, Ricci efectuó entonces las operaciones astronómicas
necesarias para elaborar un nuevo Calendario y sus conclusiones
resultaron, para sorpresa del Emperador y de la Corte, en franca
contradicción con las que habían servido, por muchos años, de base
a los pronósticos oficiales. El que algunas de las predicciones de
Ricci coincidieran, de manera espectacular, con sucesos no
previstos por el Tribunal Matemático del Imperio aumentaron la
influencia del misionero y desde entonces se abrió paso la idea de
que los sacerdotes extranjeros eran superiores a los matemáticos
del Imperio y que la sagrada ley del Tao tenía en ellos mejores
intérpretes.
Cuando Ricci obtuvo esta magna victoria, que situó a los
jesuitas en las puertas del mismo centro nervioso del Imperio y les
ofreció la posibilidad de llegar a ser los encargados de elaborar
el Calendario sagrado, del cual dependía la vida social y política
de China, le vino a Ricci la mortal enfermedad que le condujo a la
tumba. ¡Las exequias del "Santo Doctor Li", como le llamaban
familiarmente los chinos, constituyeron un verdadero acontecimiento
y la conmoción que su fallecimiento produjo en el pueblo y en la
Corte pusieron en evidencia la histórica labor realizada por este
misionero genial, en quien se encarnaron, de manera eximia, las
mejores virtudes de los discípulos de Ignacio de Loyola. Como la
fastuosidad de sus exequias, sumada a la influencia de que
disfrutaban los misioneros en China, dieron materia para
murmuraciones y protestas por parte de los letrados y mandarines
que habían sido desplazados por ellos en los últimos años, el
Emperador ordenó al Primer Ministro expedir un decreto,
verdaderamente inusitado en la vida oficial china, cuyo texto
mostraba las dimensiones de la hazaña cumplida por Ricci: « El
Maestro Li - rezaba el decreto - ha sido el primero que ha venido
del Lejano Oeste a China para enseñar aquí el cristianismo. El
Emperador lo ha acogido como su huésped, le ha señalado una pensión
y ha pagado su entierro... Los príncipes y ministros, los virreyes,
gobernadores y jefes de distrito veneran a los sacerdotes
extranjeros y los toman por modelos. Vosotros, habitantes del país,
¿os tenéis quizá por más sabios que el Emperador iluminado del
cielo, que los maestros y discípulos de Confucio? Creed que en el
pecho de estos sabios sacerdotes del Lejano Oeste no anidan ni el
apetito de la gloria ni la codicia... Os digo, pues, sabios y
pueblo, que desistáis de vuestros prejuicios, venzáis toda
aversión, toméis los libros de los blancos del Oeste y los estudiés
a fondo. Sacaréis enseñanza de ellos y entonces os producirán
repugnancia vuestros pasados errores».
La tarea de continuar la obra de Ricci fue asignada al Padre
Adam Schall, astrónomo eminente, quien se propuso llevar a su
completa realidad el sueño, apenas iniciado, do Mateo Ricci: la
conquista del 'Tribunal Matemático. «Los padres - dice Fulop Miller
- meditaron largo tiempo, tomaron medidas, cubrieron largas tiras
de papel con cálculos de toda clase y, por fin, comprobaron que el
Tribunal Matemático se había equivocado groseramente en la
elaboración de los Calendarios; desde hacía mucho tiempo todos los
cálculos astronómicos del Tribunal estaban errados y el Imperio del
Cielo llevaba varias décadas gobernado de acuerdo con un Calendario
falso. Estas afirmaciones produjeron en el Palacio consternación.
Naturalmente se levantaron, por de pronto, dignos mandarines y
tronaron, como guardianes de la gran tradición, contra el hecho de
que los sacerdotes extranjeros se atrevieran a censurar sus viejas
tradiciones; pero bien pronto el cielo mismo vino a dar razón a los
jesuitas. En China se tenían los eclipses de sol como
acontecimiento muy importante y el Emperador debía ser informado de
ellos un mes antes y todos los altos mandarines debían reunirse en
tiempo oportuno, portando las insignias de su dignidad, en el patio
del Tribunal Matemático. Los jesuítas habían pronosticado para un
día determinado un eclipse e indicado hasta la hora exacta del
fenómeno, por más que en el Calendario oficial nada se dijera.
Cuando a la hora pronosticada el disco del sol comenzó a
oscurecerse; cuando todos los signatarios reunidos, respondiendo al
rito fijado, se echaron al suelo, y pegaron la frente a la tierra
cuando sonó por toda la ciudad el ruido de tambores y timbales,
habían ganado los jesuítas la partida, porque se había evidenciado
que los métodos de cálculo de los astrónomos chinos no valían nada
y que el Calendario con arreglo al cual era gobernado el país
resultaba falso. El Emperador ordenó en seguida, que en el porvenir
el Tribunal Matemático no trabajara con arreglo a los métodos
mahometanos, usados hasta entonces, sino con arreglo a los métodos
europeos. El padre jesuita Adam Schall fue e encargado de llevar a
cabo la reforma del Calendario...
Pero antes de que la corrección de los anteriores cálculos
pudiera terminarse, cayó sobre la dinastía de los Emperadores Ming
el desastre que necesariamente tenía que originar, según la
creencia popular, un gobierno con Calendarios falsos. Las revueltas
interiores no cedieron y los tártaros, en el norte y en el oeste
del Imperio, las aprovecharon para una invasión de la muralla
china. Nuevamente los jesuitas probaron su fiel amistad al
Emperador, mostrándose tan versados en asuntos de guerra como en
astronomía. Cuando ministros y generales ya no sabían como
sostenerse ante el ataque de los tártaros, se dedicó el padre
Schall a enseñar a los chinos el arte de fundir cañones y de
instalar a toda prisa un arsenal, según la técnica europea. Bajo la
dirección del padre se fundieron activamente cañones y los
misioneros fueron encargados de la instrucción de las tropas que
habían de servirlos. Así se pudo oponer a los tártaros un ejército
chino con artillería superior y, finalmente, los enemigos tuvieron
que retirarse al Otro lado de la gran muralla.
A partir de este momento los misioneros jesuítas avanzaron
seguramente en la grandiosa empresa de la conquista espiritual de
China, y el padre Verbiest, sucesor de Schall, pudo ver realizado
el gran sueño de Mateo Ricci: sobre una colina, próxima al Palacio
Imperial, se levantó el gran Observatorio Astronómico de los
jesuítas en Pekín, desde el cual los misioneros cristianos, los
discípulos de Ignacio de Loyola, debían actuar, en adelante, como
los intérpretes autorizados de la sagrada doctrina del Tao, cuyas
leyes regían toda la vida social y política de China. Al morir el
padre Verbiest, «el emperador dice uno de sus biógrafos - ordenó
las ceremonias solemnes del entierro, que sólo correspondían a los
más altos dignatarios del Imperio. Nobles mandarines, entre ellos
el cuñado del Emperador, el comandante en jefe del ejército y el
comandante de Palacio, tuvieron que acompañar a caballo el ataúd.
Los, cristianos de la capital y de los alrededores caminaban
delante con velas encendidas y banderas; les seguían los misioneros
vestidos de blanco y cerraba la comitiva el pueblo y cincuenta
jinetes de la guardia imperial».
Tan resonantes éxitos de los misioneros jesuitas en la China
fueron posibles porque ellos supieron desligarse de la política
imperialista de las naciones europeas e introdujeron oportunas
reformas en la liturgia católica, a fin de traducir las grandes
verdades del cristianismo al ritual propio de los credos asiáticos.
Fue tan profunda la influencia que llegaron a adquirir los jesuitas
en la China, que ella culminé espectacularmente en la misiva
enviada por el Emperador al Papa Clemente XI en la cual le
solicitaba, por evidente inspiración de los misioneros, la mano de
una de sus sobrinas. « A ti, Clemente - decía el Emperador al
Pontífice -, el más bendito y grande de todos los Papas, señor de
los Reyes de Europa y amigo de Dios... El más poderoso de todos los
poderosos de la tierra, que es más grande que todos los grandes
bajo el Sol y la Luna, que ocupa el trono de esmeralda del Imperio
de la China, elevado sobre cien escalones de oro; que ejerce el
derecho de vida y muerte sobre ciento quince reinos y ciento
setenta islas, escribe esta carta con la pluma virgen del avestruz.
Salvación y larga vida.
«Ha llegado la época en que la flor de nuestra real juventud
haga madurar el fruto de nuestra vida en que, a la vez, el deseo de
nuestros fieles súbditos se cumpla y les sea dado, para su
protección, un sucesor del trono. Hemos decidido, por tanto,
casarnos con una doncella hermosa y noble, que haya mamado la leche
de una brava leona y de un tierno corzo. Como vuestro pueblo romano
siempre ha sido patriarca de mujeres valientes, castas e
insuperables, queremos extender nuestra poderosa mano y tomar una
de ellas por esposa. Esperamos que sea alguna de vuestras sobrinas
o la sobrina de algún otro gran sacerdote, a la cual Dios mire
desde su altura con el ojo derecho... Accediendo vosotros, padre y
amigo, a nuestro deseo, estableceréis alianza y eterna amistad
entre nuestros reinos y vuestro poderoso país... Os declaramos que
esta carta ha sido lacrada con el Sello de nuestro imperio, en
nuestra capital del mundo, en el tercer día de la octava luna, en
el cuarto año de nuestro gobierno».
El prolongado proceso de negociaciones a que dio origen, en El
Vaticano, la solicitud del Emperador Chino, como la circunstancia
casi concomitante de la caída de la dinastía Ming y su reemplazo
por los llamados Reyes Manchúes, hizo forzoso el aplazamiento de
este proyecto de alianza y acarreó a los jesuítas no pocas
dificultades en Pekín. El cambio de dinas. tía les obligó a
comenzar de nuevo la conquista de los núcleos gobernantes del
Imperio, la cual sólo consiguieron por la extra ordinaria habilidad
que demostraron como directores de las negociaciones del tratado de
comercio con Rusia, en cuyo curso se revelaron los padres de la
Compañía tan hábiles diplomáticos como consumados economistas. Las
ventajosas condiciones que obtuvieron para la China en el Tratado,
les ganaron la admiración y simpatía del Emperador manchú
You-tsching y de esta manera pudieron vencer los obstáculos
interpuestos por la nueva dinastía a sus tareas evangelizadoras.
Quien sucedió en el trono a You-tsching, el príncipe Kieng-long, se
encargó, involuntariamente, de ofrecer a los jesuítas una nueva
oportunidad para aumentar su influencia en el Imperio. Por ser muy
aficionado a la mecánica, Kieng-long planteó a los mineros la
discusión teológica en términos científicos, declarándoles que la
cultura china, en cuyo ámbito la ciencia y el dominio de la
naturaleza habían avanzado mucho, no podía adoptar la religión de
los pueblos "bárbaros" y atrasados de Occidente. Los jesuítas
debieron, en consecuencia, enfrentarse de nuevo al orgullo de la
vieja cultura china, orgullo que supo atemperar Ricci con su famoso
mapa. En esta oportunidad le correspondió aceptar el reto al padre
jesuita Thihauldt, a quien el Emperador desafió a que le demostrara
la eficacia de la ciencia occidental; para hacerlo, el misionero no
se sirvió de un mapa, como Ricci, sino que se ingenió para
construir lo que hoy llamaríamos un "robot", o sea un artefacto
mecánico, en la forma de un león del tamaño natural, que se movía
por la acción de un mecanismo de relojería. El famoso autómata
mecánico fue fabricado por el misionero en el curso de pocos meses
y el Emperador se llevó un gran susto cuando un día se encontró, en
el jardín del Palacio, con un león - de tamaño natural - que
avanzaba hacia él. «Es verdaderamente asombroso - escribía el padre
Amyot a Roma - como nuestro querido hermano Thibauldt ha sabido
construir con los principios más simples del arte de relojería un
autómata que representa un hallazgo portentoso de la mecánica.
Hablo como testigo de vista, porque yo mismo he visto correr el
animal artificial.
Este experimento espectacular indujo al Emperador Manchú a
formular un nuevo desafío a los misioneros jesuítas, exigiéndoles
la fabricación de un hombre mecánico capaz de caminar. Thibauldt
aceptó el reto y ofreció presentar su obra para las fiestas del
próximo cumpleaños de la Emperatriz. Utilizando la experiencia
adquirida en la construcción del mecanismo de relojería que le dio
movimiento al león mecánico, se propuso el misionero no sólo
fabricar un "robot" sino varios.
«Si el padre logra esta obra de arte - escribía Amyot a Roma -
no tardará el Emperador en decirle: "Ya que le has hecho andar
hazle también que hable". Yo mismo he recibido de él el encargo de
hacer los hombres que lleven un jarro de flores y anden con él
llevo trabajando en ello ya siete meses, y necesitaré aún más de un
año para terminar la obra de arte».
En medio de una gran expectativa llegó la fecha fijada por el
Padre Thibauldt para cumplir lo prometido y las calles de Pekín
fueron engalanadas para las festividades, reservándose los jesuítas
la decoración de la calle Tocuming en la cual se proponían
presentar el célebre espectáculo que relatan los historiadores
aunque sin atribuirle la importancia que él tenía para la
propagación de la fe en China. Uno de los misioneros, en su informe
a Roma, describe así el triunfo que obtuvo el padre Thibauldt ante
la Corte y la enorme multitud que lo presenció: «La tribuna de Gala
(situada en la calle Tocuming-yoen) tenía de cada lado tres
escenarios en perspectiva; al fondo había una figura vestida a la
china, que tenía en las manos una felicitación escrita para la
Emperatriz. Además, delante de cada escenario se pusieron estatuas
chinas sosteniendo en la mano derecha una palangana de cobre y en
la izquierda un pequeño martillo... Delante de la Tribuna de los
espectáculos había un estanque de agua fingida con espejos, en cuya
orilla había una esfera con signos europeos y chinos. En el agua se
movía un ganso artificial. Todo ello entraba en movimiento por
resortes escondidos y un imán que corría alrededor de la esfera y
arrastraba tras de sí el ganso, de modo que marcaba la hora. A cada
hora, la estatua con la felicitación escrita en sus manos avanzaba
del fondo de la tribuna y se inclinaba, y acto continuo las otras
seis estatuas tocaban, golpeando sucesivamente con el martillo sus
palanganas de cobre. Acabada la música, la estatua con la
inscripción se regresaba lentamente a su sitio».
Después de este decisivo triunfo del ingenio y la habilidad
mecánica de los misioneros, pudieron los jesuitas disfrutar de
amplia libertad para sus tareas evangélicas en China y siguiendo
las orientaciones trazadas por el padre Ricci, avanzaron audaz
mente en el proceso de orientalizar el ritual del catolicismo. No
sólo aceptaron muchas de las ceremonias religiosas de los cultos
chinos, sino que se hicieron algunas concesiones a la teología
oriental, al traducir los textos cristianos al idioma chino. De
ello es una muestra - muestra que causó gran escándalo en Occidente
- su traducción de la palabra
|Deus por el vocablo T'ien, que
significa
|Cielo. La rápida expansión del catolicismo en
China fue el resultado de estas concesiones indispensables, de la
misma manera que la propagación del cristianismo primitivo en el
mundo clásico lo fue de las concesiones oportunas que hicieron los
padres de la Iglesia a la cultura helénica.
En momentos en que la conquista espiritual de la China
progresaba en esta forma segura y lograba espectaculares
resultados, las potencias europeas que habían visto obstaculizados,
por los jesuítas, todos sus esfuerzos comerciales en China, y las
Ordenes rivales de la Compañía de Jesús, principalmente los
dominicos y los franciscanos, comenzaron su gran ofensiva contra la
obra misionera de los hijos de Loyola y sirviéndose de las
concesiones que la Orden había hecho a los cultos asiáticos,
asediaron al Papado y al Supremo Tribunal de la Inquisición con
graves y repetidas denuncias contra los misioneros. jesuítas, en
las cuales les calificaban de herejes, ocultistas, paganos y
atribuían todos sus éxitos a u voluntaria y perniciosa deformación
del credo católico. «Se culpaba a los padres que actuaban en la
Corte de Pekín dice un historiador de la época - de haberse
entregado, en su calidad de miembros del Tribunal Matemático, a la
determinación de días felices y días aciagos, lo que representaba
una superstición reprobable y era inadmisible. Se afirmaba que al
decir la misa llevaban, en contra de todas las prescripciones
eclesiásticas, un gorro según el estilo del antiguo birrete de los
sabios chinos; no leían, como estaba prescrito, en lengua latina
sino en lengua china, la liturgia, las misas y el breviario; en el
bautizo de mujeres ponían los óleos en las ventanas de la nariz,
los hombros y el pecho, con la liviana justificación de que los
chinos no que rían tolerar que tocaran el cuerpo femenino manos
extranjeras. Gran indignación producía en los enemigos de los
jesuítas el hecho de que los misioneros permitieran a sus
bautizados seguir participando en los ritos acostumbrados en honor
de sus difuntos. Aquellas ceremonias de los muertos, en las cuales
se quemaban tiras de papel y se ponían en mesas carne y vino para
las almas de los difuntos, eran, en opinión de los dominicos y
franciscanos, ceremonias paganas, cuyo ejercicio representaba un
pecado para todo cristiano. Los jesuítas en cambio, no sólo
permitían tales usos, sino que aún los practicaban ellos mismos
».
Estas denuncias, la mayor parte de las cuales eran ciertas,
fueron coreadas por las principales potencias cristianas, cuyo
tráfico comercial con Oriente había sido obstaculizado por los
misioneros jesuítas, que, a diferencia de otras órdenes religiosas,
actuaban como defensores de los pueblos del Asia, y, mientras
persistió su influencia, fueron el obstáculo decisivo para la
expansión del imperialismo colonial. Así se explica la completa
uniformidad de la oposición que los gobiernos europeos desataron
contra las Misiones jesuitas en Oriente, oposición que tuvo mayor
eficacia por las objeciones de carácter teológico presentadas al
Papado por las órdenes rivales de la Compañía. El Vaticano cometió
entonces el histórico error, fatal para la Iglesia y la cultura de
Occidente, de ceder ante las formidables presiones de que se le
hizo objeto y sin atender a las brillantes defensas que presentaron
los jesuitas de su tarea misional, ordenó a Monseñor Maigrot,
Vicario Papal en Funkien, tomar las disposiciones del caso para
poner término a aquellas actividades de los misioneros jesuítas que
no encajaran dentro de la ortodoxia tradicional. El error de tales
instrucciones se agravó por las peculiaridades del carácter del
Vicario, uno de esos sacerdotes que habían ascendido en la carrera
eclesiástica por influencias familiares y políticas y cuya
ignorancia de la mentalidad oriental era de unas dimensiones que
hoy todavía asombran a los historiadores. No bien llegó a Pekín,
trató despectivamente a los misioneros y expidió un Edicto
increíble, en el cual ponía en tela de juicio la autoridad del
Emperador sobre las comunidades cristianas de China, amenazaba con
excomuniones a los sacerdotes y conversos que no se sometieran a
las rutinas de la liturgia tradicional y con tono altanero
irrespetaba las tradiciones chinas. Los efectos de la conducta de
Maigrot fueron catastróficos. El Vicario fue llamado, un tiempo
después, a Palacio y al final de una vio lenta escena con el
Emperador, se le expulsó del Imperio y el partido de mandarines y
letrados que no simpatizaba con los jesuítas consiguió que se
decretaran medidas francamente hostiles contra todas las
actividades misioneras cristianas. Las tareas adelantadas durante
un siglo por Ricci y sus sucesores fueron desbaratadas de una
plumada por este Obispo perfumado e imprudente, a quien el
Pontífice, en mala hora, confió la tarea de intervenir en el
delicado litigio entre los jesuítas y las Ordenes religiosas
rivales. «El cristianismo - dice el gran historiador Will Durant -
perdió su oportunidad a principios del siglo XVIII, al surgir un
conflicto entre los jesuitas y otras Ordenes católicas en China.
Los jesuitas con su política peculiar, habían hallado fórmulas
mediante las cuales podía darse forma cristiana a los elementos
esenciales de la piedad china - el culto a los antepasados y la
adoración del Cielo - sin atacar arraigadas instituciones ni poner
en peligro la estabilidad moral de la China; pero los dominicos y
franciscanos exigieron una interpretación más estricta y atacaron
toda la teología y el ritual chinos como invenciones diabólicas. El
ilustrado Emperador K'ang-hsi se mostraba propicio al cristianismo;
confió sus hijos a preceptores jesuitas y ofreció, con ciertas
condiciones, convertirse, en cristiano. Al adoptar oficialmente la
Iglesia Católica la rígida actitud de los dominicos y franciscanos,
K'ang-hsi retiró su apoyo al cristianismo y sus sucesores
decidieron oponerse a él activamente.
|En días posteriores, el
voraz imperialismo de Occidente amenguó la fuerza persuasiva de las
prédicas cristianas de los jesuitas y precipitó la aparición del
apasionado anticristianismo de los chinos revolucionarios
».
La tarea de reivindicar la histórica obra de los jesuitas,
sistemáticamente calumniada, correspondió al más grande de los
historiadores del siglo XX, a Arnod Toynbee, quien en sus obras
monumentales "Study of History" y "Civilization on Trial" hizo
justicia, finalmente, a la tarea cumplida por los hijos de Loyola
para incorporar la China a la comunidad universal católica, no como
una zona de plantaciones coloniales sino como un pueblo soberano,
respetable por su cultura milenaria y que podía hacer parte de la
vida espiritual de Occidente sin perder su fisonomía ni tener que
sacrificarse a la voracidad de la plutocracia cuyas piraterías
económicas y financieras legitimó Calvino. «En China - dice Toynbee
- los prospectos del catolicismo fueron obstruidos por la acción de
un poder foráneo, aunque en este caso el poder que intervino, con
tan desastrosos resultados, fue de carácter eclesiástico. La acción
fatal fue la negativa, de parte del Vaticano y sus representantes,
a permitir a los misioneros jesuitas en China que prosiguieran su
labor de traducir el credo católico al lenguaje de la filosofía y
el ritual del Lejano Oriente. Este veto le infirió un golpe mortal
a la propagación de la católica en China, porque el proceso de
traducción cultural y religiosa es una de las condiciones
indispensables para la propagación de cualquiera "alta religión"
foránea... En la sociedad afiliada al Lejano Oriente, a final del
siglo XVII y en el siglo XVIII de la era cristiana, los misioneros
jesuitas causaron una, verdadera tormenta cuando, en su anhelo de
traducir las doctrinas de la cristiandad a términos familiares para
los conversos chinos, emplearon la palabra china
"T´ien" que significa Cielo, para traducir el
vocablo latino Deus. En 1693 el Vicario General del Papa en la
provincia de Fukien, Obispo Maigrot, promulgó un edicto
prescribiendo que Deus no debía entenderse con el significado de la
palabra china T'ien - Cielo - sino que debía traducirse con la
frase T'ien Chum, que significa Señor del Cielo. El edicto del
Obispo Maigrot fue confirmado por Decreto del Pontífice. Clemente
XI y los prospectos del catolicismo en China fueron comprometidos
más allá de toda posible rehabilitación, cuando en diciembre de
1706 el Obispo Maigrot recibió orden de comparecer ante el
Emperador K'ans-hsi y fue despedido y expulsado del Imperio por su
impertinente pretensión de discutir con el Hijo del Cielo (El
Emperador) el significado del vocablo chino T'ien, aunque fue
convicto, en su coloquio con el Monarca, de ignorar completamente
la filosofía cínica y desconocer hasta el lenguaje chino. Algunas
de las concesiones de los jesuítas a los credo orientales no podían
menos de espantar a las mentes latinas,
|las cuales no habían
sido compelidas, por el reto y las exigencias de la vida y el
trabajo misionero, a enfrentarse al problema decisivo de distinguir
las esencias sacrosantas de la Cristiandad de sus accidentes
locales y temporales de carácter sirio, helénico u occidental.
La ignorancia del Vaticano y su falta de imaginación fueron
perdonables y quizá, aún inevitables, pero esas faltas veniales de
la cabeza y el corazón resultaron desastrosas pata las perspectivas
del catolicismo en Asia, porque ellas tuvieron el efecto de herir
profundamente las susceptibilidades chinas, que los jesuítas
procuraron siempre no ofender... Inicialmente y por cerca de
doscientos años nuestros enérgicos antepasados occidentales
llevaron a cabo la valerosa tentativa de propagar por el mundo
nuestra herencia cultural, incluyendo en ella su núcleo religioso y
su corteza externa tecnológica. En ello no se equivocaron, porque
la Cultura un "todo", cuyas partes son interdependientes y exportar
corteza sin el grano es tanto como provocar la irradiación de los
electrones satélites del átomo, con prescindencia de su núcleo.
Entonces sobreviene la explosión.
|Desafortunadamente, a mediados
del siglo XVII y en el siglo XVIII de la éra cristiana, pasó algo
que, me aventuro a profetizar, va a aparecer, en retrospecto, como
uno de los eventos claves de la historia occidental, no bien esa
historia pueda ser vista en perspectiva, como una parte de la
historia de la Humanidad... Ese evento decisivo fue la
concomitancia del fracaso de los misioneros jesuítas en el Asia con
el éxito de la Royal Society. (El símbolo del imperialismo inglés).
Los jesuitas fracasaron en convertir a los chinos y a los hindúes
no obstante que tenían el dominio y el secreto del arte misionero,
porque cuando llegó el momento decisivo ni el Papa, ni el Hijo del
Cielo, ni los brahmanes lo tenían. Porque los contemporáneos -
católicos y protestantes - de los trágicamente frustrados
misioneros jesuitas llegaron a la peligrosa conclusión de que una
religión, dividida y discutida, en cuyo nombre se venía librando la
inconclusa guerra de los cien años, era un elemento inoportuno e
innecesario de nuestra herencia cultural. ¿Por qué no llegar,
se preguntaron, a un acuerdo tácito para terminar las guerras de
religión, acabando con la religión misma, a fin de concentrar todas
las energías humanas en la aplicación de la ciencia física a los
problemas de orden práctico, aspiración ésta que no ocasionaba
controversias y prometía ser muy lucrativa? Este cambio de rumbo
del progreso occidental ocurrió en el siglo XVII y tuvo enormes
consecuencias; la civilización occidental se extendió como un
incendio voraz alrededor del mundo, pero .no se propagó en su
totalidad, sino que se limitó a exportar su corteza tecnológica,
desprovista de todas sus esencias espirituales... Su más obvio
ingrediente fue la técnica, pero el hombre no puede vivir solamente
de técnica... Las civilizaciones del pretérito fueron creadas y
usufructuadas por una escasa minoría sofisticada, que acampaba
sobre las espaldas de un campesinado neolítico se campesinado ha
sido el último y poderoso durmiente que el Oeste ha despertado.
Aunque el despertar de esa inmensa, pasiva e industriosa masad la
humanidad ha sido lento, el proceso ha ido ganando en intensidad...
Su despertar sólo es cuestión de tiempo y cuando esto ocurra, los
números comenzarán a hablar ».
Ya comenzaron a hablar; ya despertaron, como lo preveía Toynbee,
las enormes multitudes del Lejano Oriente, largamente oprimidas por
las plutocracias calvinistas. Una dramática conmoción
revolucionaria, que tiene uno de sus epicentros en la China, se
levanta hoy como una inmensa marejada contra nuestra cultura,
porque en el siglo XVIII se rechazaron las soluciones que hubieran
permitido construir un nuevo tipo de relaciones entre Oriente y
Occidente. Como entonces se prefirieron las nefastas prácticas del
imperialismo protestante, la ideología revolucionaria de Lenín vino
a ocupar, finalmente, el gran vacío que dejó el fracaso de los
jesuítas en el Este. sólo resta esperar que no sea demasiado
costoso el precio que habrá de pagar Occidente por el histórico
error que le indujo a tratar de convertir al mundo en una gran
factoría colonial de los mezquinos negociantes que Calvino
convirtió en Elegidos de Dios.
Nos hemos visto precisados a hacer este largo relato de la
batalla que de dos siglos se libró entre el espíritu de Loyola y el
espíritu de Calvino, porque esa batalla forma el marco dentro del
cual adquirieron su fisonomía característica las famosas Misiones
Jesuítas de la América Española. Vamos, pues, a asistir a los
desarrollos del trascendental experimento socialista que realizaron
los hijos de Loyola en el Nuevo Mundo.