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CAPITULO X

LA BATALLA POR EL DOMINIO DEL MUNDO


|CONCILIO de Trento. - El libre albedrío y la doctrina de la Gracia. - Dominicos y jesuítas - Melchor Cano y Diego Laínez. El Decreto Tridentino de la Justificación. - La Soberanía Popular y el Derecho Divino de los Reyes. - Protestantes y Jesuitas. El conflicto entre la "Plebe Cristiana" y la oligarquía burguesa. - Función del Oriente en los conflictos mundiales. - El futuro de los pueblos atrasados. - Papel de China en el conflicto mundial. - San Francisco Javier. - El "Poema de Piedra". - Los yogis jesuítas. - Astrónomos, matemáticos y artilleros. - La conquista espiritual de la China. - Mateo Ricci. - Frente a la Ley del Tao. Los "robots" del Padre Thibauldt. - La orientación del Catolicismo. - El conflicto de los Ritos. - La gran política misional de la Orden. - Juicio de la historiografía moderna.

SOLO con asombro puede registrarse hoy la actitud de aquellos sectores tradicionalistas del Catolicismo que juzgaron la explosión de la Reforma como un mero episodio teológico, susceptible de ser tratado con los procedimientos coactivos que se emplearon, en tiempos pasados, para reducir los alcances de algunas herejías menores. No quisieron ellos reconocer que la Reforma era uno de los productos más dinámicos del mundo nuevo y vigoroso que apareció en el Renacimiento y cuando los calvinistas, aligerados del lastre de una compleja organización eclesiástica, podían acomodar sus decisiones a las cambiantes modalidades de una realidad histórica que se transformaba con rapidez, la Contra-reforma se veía embarazada por el peso muerto de un pasado que trataba de sobrevivirse en el marco de una ortodoxia desprovista ya de sus contenidos vitales y poco idónea para responder a las exigencias legítimas del mundo moderno. El genio de San Ignacio se demuestra, precisamente, por las soluciones revolucionarias que sugirió para evitar que el catolicismo fuera atropellado por la corriente de la vida histórica. En la teología, la política, la ética y la economía, los jesuítas dejaron la huella del grandioso impulso que los condujo a las fronteras del dominio del mundo impulso que, paradojalmente fue detenido por la misma entidad cuyo prestigio ellos trataban de salvar: el Papado. El decurso de esta batalla magnífica inspirada por un genio de nuestra raza, constituye uno de los más notables episodios de la historia occidental y debe figurar en toda historia de los pueblos de habla española, por la actualidad indiscutible que conservan muchas de las soluciones propuestas por los hijos de Loyola en su gran controversia con las plutocracias protestantes y católicas. «Estos superhombres - dice Arnold Toynbee - realizaron una tarea en el mundo occidental la cual aún opera y la cual no ha dado aún los ricos frutos que de ella pueden esperarse ».

La tarea histórica de la Compañía de Jesús comienza en el Concilio de Trento, la magna Asamblea Eclesiástica convocada por Paulo III para tomar las decisiones dogmáticas que parecían indispensables a fin de conjurar la crisis planteada por las innovaciones de la Reforma En los tiempos inmediatamente anteriores a la Convocatoria del Concilio, Ignacio de Loyola se encontraba en Roma, a donde había resuelto establecer el cuartel general de la Compañía, y su preocupación por las trascendentales cuestiones que se decidirían en la Asamblea Ecuménica del Catolicismo, le indujo a empeñarse en que el Pontífice acreditara a tres de los teólogos de la Compañía - Diego Laínez, Salmerón y Bobadilla - como delegados del Papa en Trento. Aunque Loyola consiguió su propósito no debe creerse que el nombramiento de los teólogos jesuitas como "Delegados Pontificios" fuera muestra de una identidad de opiniones entre la Política del Vaticano y los puntos de vista de la Compañía de Jesús. Ese nombramiento fue, casi diríamos, un gesto de desesperación del Pontífice, profundamente alarmado por los esfuerzos que realizaba el Emperadot Carlos V para conseguir que el Concilio llegara a un acuerdo con los protestantes adoptando una serie de reformas en la organización temporal de la Iglesia, las cuales reducían al Pontificado, en la práctica a una dependencia secundaria de los Concilios Universales Como el Pontífice percibió el peligroso espíritu contemporizador  que inspiraba la política de Carlos Y desesperadamente buscó la colaboración de la única Orden religiosa que defendía, sin reservas, la integridad y primacia del Papado. Esta preocupación no le permitió entender que Loyola y su Orden apoyaban al Papado no para que permaneciera apegado a un estado de cosas destinado a desaparecer, sino para situarlo en las avanzadas de una revolución religiosa de proyecciones universales equívoco existió desde el primer momento, se fue agravando con el correr de los tiempos y tuvo su desenlace dramático en el siglo XVIII, cuando el Pontífice Clemente XIV consideró necesario clausurar la Orden fundada por San Ignacio.

Estas discrepancias comenzaron en el Concilio de Trento, cuando los teólogos de la Compañía realizaron su primer ataque de fondo contra el dogma tradicional de la Gracia y formularon la doctrina del Libre Albedrío, mejor equipada para afrontar las realidades complejas del mundo moderno. Un aire fresco penetró en el recinto del Concilio cuando Laínez, Salmerón y Bobadilla, pidieron a la magna Asamblea que no se preocupara tanto de encontrar fórmulas agradables a los protestantes y abocara, en cambio, el problema decisivo de dotar al Catolicismo de una teología que pudiera satisfacer el legítimo anhelo que tenían los hombres de construir un orden de cosas puramente terrenal Un orden emancipado de la creencia medioeval en una supuesta contradicción entre la Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre.

Desde entonces se produjo una profunda descisión en el Concilio y las divisiones de la opinión eclesiástica, que hasta el momento habían seguido la línea de las rivalidades nacionales, adquirieron una conformación de apasionado tipo doctrinario. Los representantes y voceros de la vieja teología, de la sociedad medioeval, pusieron el grito en el cielo y ocurrió en el Concilio el hecho paradójico de que las doctrinas de los jesuitas determinaron un tipo de oposición entre los católicos que en nada o en muy poco se diferenciaba de la oposición de los protestantes. « El catolicismo - había escrito Calvino - lleva al hombre a la perdición con la embriaguez de su propia eficacia; le inspira la creencia, con impía soberbia, de que en fin de cuentas la gloria de la justicia es atribuible a él no menos que a Dios mismo... Admiten con nosotros un pecado original, pero disminuyendo su importancia, ya que suponen que la fuerza del hombre basta para debilitarlo, si no para borrarlo plenamente ». Estas ideas tuvieron, paradojalmente, una extraña repercusión en el Concilio de Trento. Pudo entonces constatarse que la teología medioeval de la Gracia no difería tanto como se pensaba de la interpretación dada por los protestantes a la idea agustiniana de la Predestinación y que las doctrinas de Loyola representaban en realidad, la verdadera innovación a la dogmática medioeval del Catolicismo. A Carlos V no se le escapó esta circunstancia e hizo, por ello todos los esfuerzos posibles para que las delegaciones eclesiásticas sujetas a sus inspiraciones se opusieran a la doctrina del |libre albedrío, doctrina que, de ser aprobada en el Concilio, haría imposible todo entendimiento con los protestantes. Esta tendencia la definió admirablemente el Cardenal Pole cuando declaró en Trento "que no se rechazara una opinión porque Lutero la sostuviera"

Por su parte, los dominicos españoles encabezados por Melchor Cano y Domingo Soto, tomaron decididamente la dirección del partido anti-jesuíta en el Concilio con el regocijo de muchos obispos franceses, ingleses, alemanes e italianos - que consideraban a la, Compañía como una Orden "intrusa" -, se pronunciaron en forma acre contra las doctrinas de Loyola y declararon que su aceptación implicaba el triunfo de la antigua herejía de Pelagio y la disolución revolucionaria de todos los fundamentos del orden, cuya supervivencia dependía del sometimiento del hombre a la Voluntad Divina y al género de sociedad establecida por ella en el mundo. Contra la doctrina de la |soberanía popular, propuesta por los jesuítas, tuvo Cano expresiones manifiestamente hostiles e hizo reflexiones severas acerca del peligro que implicaba para los Reyes legítimos; su ataque contra los hijos de Loyola se distinguió por la arrolladora vehemencia que podía esperarse de su combativa personalidad religiosa. « Sería una impertinencia - dice el jesuíta Cereceda - negarle a Cano rica personalidad ingenio no común, ciencia eximia, arte y elegancia en la expresión de sus ideas... Pero por encima de todo este asombroso y sugestivo tesoro sicológico, flotaba cierta bravía naturaleza, muy española, que en él revistió la forma de hacerse o creerse el vigilante nato de la ortodoxia nacional, que amalgamaba con la de su propia Orden ».

La tensa situación creada en el Concilio por la radical discrepancia entre dominicos y jesuítas se aminoró un tanto cuando el General de los agustinos Sepirando, presentó una solución de compromiso entre las dos posiciones extremas, solución que suponía una doble justificación: una inherente e interna, que se patentizaba en virtudes y en obras y otra consiguiente a los méritos de Cristo, que suplía las deficiencias de la voluntad y convertía al creyente en predestinado. Entre las dos debía preferirse, en concepto de Sepirando, aquélla que se imputaba a los méritos de Cristo, la única segura y completamente grata a los ojos de Dios.

Algunos de los comentaristas del Concilio, Ranke entre ellos, sostienen que "Laínez y Salmerón se habían procurado el discreto privilegio de hablar uno el primero y el otro el último en los debates principales", y aunque la afirmación no tiene una validez general, debe sí reconocerse que los teólogos jesuítas suplieron con su extraordinaria habilidad las desventajosas circunstancias en que se hallaban colocados y la hostilidad con que se les miraba en poderosos sectores de la Asamblea eclesiástica. Es evidente que Laínez, destinado a ser el tercer General de la Compañía, se ingenió para que se le permitiera cerrar, con su histórico discurso, el debate que antecedió a la promulgación del famoso Decreto Tridentino sobre la Justificación. Las doctrinas que formarían la sustancia del Tratado de Luis de Molina sobre el Libre Albedrío fueron expuestas de manera maestra por Laínez y la dialéctica irrebatible de "este joven de 34 años, terrible asimilador, conocedor de Padres y Concilios, de pasmosa serenidad de raciocinio", golpeó en forma demoledora los argumentos de quienes se aferraban a las doctrinas de la Predestinación y la Gracia. De la manera siguiente describe el protestante Leopoldo von Ranke la teología jesuíta, expuesta por Laínez en Trento: « Afirma que la voluntad libre puede producir buenas obras morales sin ayuda de la Gracia, resistir las tentaciones y elevarse a los actos de fe, esperanza y contrición. Cuando el hombre ha llegado a este punto, Dios le concede la Gracia por los méritos de Cristo, gracia mediante la cual experimenta los efectos sobre naturales de la salvación, pero, lo mismo que antes, al recibir esta Gracia, al crecer en ella, su libre voluntad se halla en incesante actividad. Depende de nosotros que la ayuda de Dios sea eficaz o ineficaz. La Justificación es obra conjunta de la voluntad y de la gracia, al igual que dos hombres que reman en la misma barca; se comprende que. Molina y los jesuÍtas no pudieran aceptar el concepto de Predestinación tal como se presenta en San Agustín o en Santo Tomás. |Les parece demasiado duro y cruel... Esta doctrina (la jesuita) es el polo contrario de la calvinista y es la primera que trata de racionalizar el misterio, por decirlo así. Ella se comprende, es aguda y sencilla y, por eso, no puede dejar de impresionar; podemos compararla con la doctrina de la soberanía popular que los jesuitas elaboraron por la misma época ».

Terminado el debate preliminar, los diferentes puntos de vista y particularmente el proyecto de Sepirando pasaron a la Comisión Examinadora, en la que desempeñé Laínez un papel decisivo. En ella se examinó el problema de manera exhaustiva, se redactaron numerosos textos, pero se progresé con desesperante lentitud en la tarea de llegar a un acuerdo entre los dominicos y los jesuitas o siquiera de conseguir un compro miso satisfactorio entre quienes trataban de elaborar un texto que permitiera un entendimiento con los protestantes y quienes parecían poco dispuestos, como los jesuítas, a una claudicación doctrinaria para mejorar la situación política del Emperador en Alemania.

En estas circunstancias ocurrió un incidente que demostró hasta qué extremos se había ahondado la división de las opiniones en el Concilio. Cuando Ignacio de Loyola se enteró, en Roma, de la intolerante postura adoptada por los dominicos contra la Compañía, escribió a Laínez recomendándole buscar un acercamiento a Melchor Cano, a fin de facilitar la aprobación de los estatutos de la Orden por el Concilio y de hacerle comprender la importancia que tenía para la Iglesia y para España el que se introdujeran, en la dogmática, las modificaciones necesarias para que tanto el Pontificado como el pueblo español pudieran colocarse en las avanzadas del mundo moderno, en lugar de permanecer atados a la Edad Media, condenada irremediablemente a desaparecer. A Laínez le costó un gran esfuerzo cumplir las instrucciones de su superior porque todavía estaba muy reciente la ofensiva de Melchor Cano contra la Compañía, pero se resigné a pedir una entrevista al gran teólogo dominico y hasta convino en que ella se efectuara en la residencia del propio Cano, como éste lo exigió.

Laínez se presentó a la entrevista acompañado de Salmerón y al comenzar las conversaciones el teólogo dominico dejó conocer su actitud "despectiva y molesta". Quienes acompañaban a Cano llegaron a extrañarse de la brusquedad y arrogancia con que interrumpió frecuentemente la cuidadosa y moderada exposición que le hizo Laínez para cumplir las órdenes de Loyola. Cuando el jesuíta, con la discreción del caso, se refirió al delicado tema de las reformas que parecía indispensable adoptar y le manifestó que los jesuítas no aspiraban a demoler, como se decía, la Suma Teológica de Santo Tomás, sino a introducirle las modificaciones requeridas por los nuevos tiempos, Melchor Cano no pudo contenerse por más tiempo y estalló con toda la violencia propia de su temperamento. Le declaró a Laínez, con tono airado, que los jesuítas eran una Orden contra la cual tenía las más graves reservas, por que «sus religiosos andan por esas calles como todos, comen como todos y son ociosos a. Que si el mundo se estaba perdiendo para Dios no era por falta de concesiones sino por ex ceso de ellas y que las teorías democráticas de los jesuítas constituían un peligro para el orden social y el poder temporal de la Iglesia. Le dijo a Laínez, además, que la doctrina del |libre albedrío era una versión de la herejía pelagiana; que Loyola y sus discípulos participaban de los peligrosos errores de los "alumbristas" y de los "erasmianos" y le recordó que Loyola, en los primeros tiempos de su actividad religiosa, había sido citado ante el Tribunal de la Inquisición, encarcelado en España por sus sospechosas ideas teológicas, y que la Inquisición, administrada por los dominicos, podía tomar nuevamente cartas en el asunto.

Estas acusaciones y amenazas despertaron en Laínez su recio temperamento español y su escasa simpatía por los dominicos; tomó entonces de un brazo a Salmerón y se dirigió a la puerta, no sin pronunciar, en presencia de los asistentes, esta violenta interjección: « Estas mierdas ».

Tal género de incidentes explica la inusitada duración de las labores de la Comisión Examinadora y da margen a pensar que el cansancio tuvo mucho que ver en la adopción final del proyecto del famoso Decreto Tridentino sobre la Justificación, aprobado en la sexta sesión plenariá del Concilio, el día 13 de enero de 1547. Sólo así puede comprenderse la falta de unidad doctrinal del decreto, en cuyo texto es dable advertir que, en la imposibilidad de armonizar las dos doctrinas contrapuestas, el Concilio opté por hacerlas figurar ambas en el texto, enlazándolas con argumentos teológicos de sutileza excesiva. Laínez obtuvo una gran victoria al conseguir que en la primera parte del decreto se declarara expresamente: « Quien quiera que diga que el libre albedrío del hombre, a consecuencia del pecado de Adán, se ha perdido, aniquilado y extinguido, sea anatematizado ». Pero, a continuación, el texto Tridentino adoptó igualmente las doctrinas tradicionales de la Edad Media, afirmando que el hombre, no obstante su libre albedrío, sólo puede salvarse por la acción justificante de la Gracia.

Que el decreto no pudo cancelar la controversia, lo indica el debate que se suscitó, poco después de la clausura del Concilio, a propósito de la obra de Luis de Molina. Esa obra fue acremente censurada por los dominicos y después de exhaustivos exámenes y exaltadas controversias, en las que participaron, como jueces, dos Pontífices, Pablo V adoptó una solución semejante a la del Concilio. Aconsejado por San Francisco de Sales, suspendió todo juicio al respecto y prohibió a los jesuítas y dominicanos cualquier género de censuras teológicas contra sus respectivas doctrinas.

Muchos historiadores e intelectuales españoles consideran que el discurso de Laínez en Trento y el mismo Decreto Tridentino constituyen auténticas glorias de la historia española. Ello es verdad, pero no toda la verdad. España tuvo, es cierto, la gloria de que en la gran controversia del Concilio, la que se cumplió a propósito da la doctrina de la Justificación, fueran cuatro españoles, Melchor Cano y Domingo Soto, dominicos, y Diego Laínez y Salmerón, jesuítas, quienes dominaron el panorama intelectual del Concilio y representaron, en forma eximia, las dos posiciones contrarias en que se dividió la magna Asamblea de la Cristiandad. Pero no es rigurosamente cierto que la nación española hubiera acogido el famoso discurso de Laínez en Trento. Para infortunio de España sucedió precisa mente lo contrario. El equilibrio de fuerzas que se produjo en el Concilio, no tuvo su paralelo en España. Cuando el Emperador Carlos V, amargado por los resultados del Concilio, dejó el trono español a su hijo Felipe II, la influencia de que gozaba la Orden Dominica en la Península anuló los esfuerzos de los hijos de Loyola en favor de una reforma de las ideas teológicas y Melchor Cano consiguió, en España, lo que solo parcialmente le fue dable obtener en Trento. Su influencia en el ánimo de Felipe II indujo a la Corona a cometer el magno error histórico de convertir a España en la defensora de oficio de la Edad Media y de las síntesis teológicas agustino-tomistas. El que España, ante la histórica alternativa de escoger entre Tomás de Aquino e Ignacio de Loyola, un genio de su propia raza, se hubiera inclinado por la teología dominica, explica suficientemente la razón por la cual fue atropellada y casi destruida por las realidades del mundo moderno. El ritmo vertical de su decadencia comenzó desde el momento en que los teólogos dominicos, después de Trento, consiguieron que Felipe II prendiera de nuevo las hogueras, casi extinguidas, de la Inquisición, y lo hiciera para defender el orden medioeval y los principios de la teología dominica, sintetizados en la "Suma Teológica" de Santo Tomás. Hoy ya está demostrado que los procedimientos de la  Inquisición española fueron notablemente más benévolos que los de la Inquisición protestante, pero esta benevolencia no puede ocultar el hecho de que la española - administrada por los dominicos se propuso prolongar coactivamente un orden de cosas condenado ya a des aparecer. A los jesuítas ni siquiera les fue dable aislar al Papado de esa funesta tendencia y poco después del Concilio de Trento el Cardenal Caraffa y Alvarez de Toledo "ambos dominicos viejos, de sombrío sentido justiciero, fanáticos de un catolicismo puro e inflexible en sus opiniones", consiguieron que el Vaticano diera plena operancia a la Inquisición General, autorizada desde el 21 de julio de 1542 por una Bula especial.

¡La batalla de la Compañía de Jesús empezó, pues, en las condiciones más adversas, porque en el gran movimiento de la Contra-reforma, que inspiraron los jesuítas,''dominó a la postre la teología y el espíritu de los dominicos. Pero no el espíritu de esas almas de avanzada, de esos audaces reforma dores que se llamaron Montesinos y Las Casas, sino el de hombres inflexibles y apegados fanáticamente a las tradiciones, como Caraffa, Melchor Cano y Alvarez de Toledo. Los jesuitas fueron hostilizados simultáneamente por protestantes y católicos tradicionalistas, cuyo fanatismo tenía el común origen de la doctrina de la Predestinación, que ambos profesaban.

El que los discípulos de Loyola hubieran formulado simultáneamente la ética del |libre albedrío y la doctrina de la |soberanía popular obedeció a razones profundas, que sólo de mane sutil explicó Laínez en Trento. La concatenación de las dos doctrinas es comprensible porque mal podían los jesuítas reivindicar el valor de las obras frente a la omnipotencia de Dios, para dejar al hombre, a continuación, sometido a la omnipotencia de los Reyes y menos aún de los Reyes que se habían sumado o estaban por sumarse a la Reforma protestante.

Si en el problema fundamental de la salvación la doctrina ignaciana otorgaba el valor decisivo al albedrío y no a la Gracia, en el plano político ella confería la facultad decisoria a la voluntad popular. En la teología jesuíta, la política tenía un carácter democrático porque ella partía de una actitud que descartaba |todo autoritarismo en el problema de la Salvación. De la misma manera que el hombre se salvaba por sus actos libres, la sociedad se perfeccionaba por la acción de la voluntad popular, que deliberadamente perseguía realizar en el mundo un orden de cosas temporal, en el que debían satisfacerse las, aspiraciones de justicia y bienestar que durante siglos constituyeron el sueño de los oprimidos y los humildes.

Vamos ahora a considerar el desarrollo práctico de estas doctrinas dentro del marco del gran conflicto que, después del Concilio de Trento, comenzó entre los hijos de Loyola y las burguesías calvinistas de Occidente. A fin de evitar cualquier tacha de parcialidad, rogamos a nuestros lectores que nos permitan utilizar la narración que de ese conflicto hace un historiador protestante de tanta autoridad como Leopoldo von Rañke: « Los jesuítas - dice en su famosa Historia de los Papas - no tuvieron gran reparo en |hacer derivar el poder real del pueblo. Construyeron un sistema fundiendo su doctrina de la supremacía del Papa con la teoría de la soberanía popular... Belarmino trata de fundamentarla expresamente. Encuentra que Dios no ha concedido el poder en particular y de allí se sigue, que lo ha concedido a la multitud; por tanto, el poder descansa en el pueblo y éste lo transfiere unas veces a uno solo y otras veces a varios, |conservando siempre el derecho a cambiar la forma, de arrogarse de nuevo el poder y transferirlo de nuevo. No se crea que ésta es sólo una opinión particular, sino que ella constituyó realmente la doctrina dominante de los jesuítas en esa época... Es el padre Mariana quien, con patente afición; elabora la idea de la soberanía popular. |Plantea todas las cuestiones que pueden presentarse y las resuelve decididamente en favor del pueblo y en contra del poder Real. No duda de que un Príncipe puede ser depuesto y hasta muerto ».

¿Cuál fue, en cambio, la doctrina de los protestantes en este conflicto decisivo? El propio Ranke la describe con singular agudeza y precisión: «Extendido sobre las naciones románicas y profusamente enraizado en ellas, el principado germánico no ha podido ser destruido nunca ni por las pretensiones clericales ni por la ficción de la soberanía popular, que se ha mostrado siempre insostenible a la larga. A la unión aventurada con que se presentan por entonces las dos, se opone, por los protestantes, la |doctrina del Derecho Divino de los Reyes... Afirmaron los protestantes que sólo Dios impone al género humano sus príncipes y se ha reservado para sí el elevar y humillar a los hombres, repartir el poder y moderarlo. Es verdad que no baja desde el cielo para señalar con el dedo a quien ha de ser monarca, pero, gracias a su providencia, en todos los reinos hay leyes y disposiciones especiales que suelen designar al monarca. Si un príncipe sube al trono en virtud de esas leyes, es lo mismo que si la voz de Dios dijera: éste ha de ser vuestro Rey... De estos principios deducen los protestantes la necesidad de someterse a príncipes injustos y reprobables. Nadie es perfecto. Y si se admite una vez que está permitido desviarse de los mandatos de Dios, entonces se vendrá a tomar ocasión en faltas de poca monta para deshacerse de un príncipe. Ni siquiera la herejía, en concepto de los protestantes, libra por completo de la obediencia. El hijo no deberá obedecer al padre en lo que es contra la voluntad del Señor, pero queda obligado a honrarle y obedecerle por el resto ».

Las burguesías calvinistas nunca fueron ni han sido defensoras del sistema democrático. En la primera etapa de su desarrollo defendieron con entusiasmo el Derecho Divino de los Reyes, a fin de emanciparse, por conducto de Monarcas despóticos, de las restricciones que el cristianismo y el Derecho Canónico impusieron al espíritu desmedido de lucro y a la explotación inmisericorde d los pobres. Cuando consiguieron este objetivo, las burguesías calvinistas dieron el segundo paso de su programa histórico, el cual conducía al desmantelamiento del Estado, para que no existiera en la sociedad ningún poder capaz de constituirse en personero y defensor de los humildes. Entonces clamaron hipócritamente contra los peligros del despotismo que defendieron mientras les convino, y repudiaron la monarquía, no para entregar el poder al pueblo, sino para establecer el Estado, de los Elegidos. A fin de conseguir que el gobierno sólo representara los intereses de los estamentos acaudalados, acudieron a los dos procedimientos que distinguen históricamente al llamado Estado Burgués de Derecho: la división del Poder Público, a fin de hacerlo incapaz de luchar contra la fronda de los poderes de la riqueza, y la restricción del sufragio a quienes poseían |propiedad y renta. La pretendida aspiración de "secularizar" la Cultura, de que se dicen autores los protestantes no fue otra cosa que la cortina de humo que tendieron, ante las naciones de Occidente, para disfrazar el verdadero propósito que los inspiraba: el de "secularizar" la Economía. Su ambición era alejar la moral del campo de los "negocios" para convertir a los pueblos de Occidente y a los Continentes llamados de |color, en el coto de caza de la sórdida burguesías cuyas hazañas económicas y financieras legitimó Calvino con su "moral de la avaricia".

La decisiva participación de la Compañía de Jesús en los desenvolvimientos de la política europea durante los siglo XVI y XVII no puede, por eso, considerarse como el objetivo central de sus esfuerzos. Entre los muchos atisbos geniales que aparecen en el pensamiento de Ignacio de Loyola, figura en plano eminente, su intuición de que la gran batalla entre la democracia católica - |la plebe Cristiana - y las burguesías calvinistas de Occidente, no se decidiría en Europa sino en los llamados continentes atrasados, es decir, el Asia, Africa y América. Así se explican las modalidades revolucionarias de las |Misiones Jesuítas, que los historiadores más adversos a la Orden reconocen como una de las mayores hazañas de la cultura occidental.

El gran genio misionero de la Orden, San Francisco Javier, siguiendo las instrucciones de Loyola, trazó en el terreno, después de recorrer la India y el Japón, las bases de esa empresa gigantesca cuyo objetivo central sería la catolización de China., En mensaje dirigido, desde el japón, a sus superiores, les decía: « China tiene que ser ganada como antaño lo fue el Imperio Romano ». No recomendaba Francisco Javier en esta misiva una simple tarea proselitista; invitaba, por el contrario, a una empresa decisiva, a la que entendía  la supervivencia de la cultura católica, de la misma manera que, en los tiempos primitivos del cristianismo, esa supervivencia dependió de la evangelización del Imperio Romano.

La importancia del Oriente y en general de los continentes despectivamente llamados "de color" por los ideólogos de la burguesía  protestante, la comprendieron después, lo mismo que San Ignacio algunas de las figuras cimeras de la Cultura Occidental. Juan Jacobo Rousseau nos ofrece observaciones impresionantes sobre esta vital cuestión al referirse, en el "Contrato Social", a la obra realizada por Pedro el Grande en Rusia para someter a las inmensas masas de la Rusia Asiática a la hegemonía de los esclavos blancos occidentalizados. « Pedro - dice Rousseau - tenía el genio imitativo. Algunas de las cosas que hizo estaban bien; la mayor parte, fuera de lugar... Quiso hacer de los rusos alemanes e ingleses, cuando era preciso comenzar por hacer rusos; impidió a sus súbditos llegar a lo que podían ser, persuadiéndolos de que eran lo que no son. Así es como un preceptor francés educa a su alumno para brillar un momento de la infancia y para no ser luego nada. El Imperio Ruso querrá sojuzgar a Europa y será sojuzgado. |Los tártaros y sus vecinos asiáticos, llegarán a ser sus dueños y los nuestros: esa revolución me parece infalible ».

A Napoleón tampoco se le ocultó la importancia del Oriente en los conflictos mundiales y ello explica su inclinación a rebasar las fronteras occidentales y su conocida sentencia: «Europa es una ratonera ». Pero quien comprendió mejor, por una intuición semejante a la de San Ignacio, la influencia que tendría el Oriente en el desenlace final del conflicto entre la democracia y las burguesías calvinistas, fue Lenín: « Los verdaderos pueblos avanzados decía - son los de Asia. Europa es un Continente atrasado... Moscú debe ser un puente indestructible entre el Oriente y el Occidente, entre las cumbres del proletariado ruso y las masas profundas del Asia y el Africa, destinadas a barrer el Universo »

San Ignacio presintió, genialmente, que los llamados puebos atrasados serían el escenario grandioso donde se ganaría o se perdería la batalla contra las plutocracias calvinistas y desde el momento en que formó el primer núcleo de la Compañía, comenzó el planteamiento y desarrollo de la grandiosa labor misional de la Orden, labor que tendría sus eximios ejecutores en los jesuítas Francisco Javier, Mateo Ricci, Adam Sehail, Roberto Nobili, Verbiest, Da Costa, Pedro Claver, Martini, Sandoval, etc. No se trataba ya de obtener "conversiones", ni de efectuar en forma ligera, bautismos en masa - como lo hacían las órdenes tradicionales - sino de seguir el principio ignaciano que vinculaba la propagación de la fe con el aporte, a los pueblos convertidos, de aquellos elementos de la civilización de Occidente - fueran ellos científicos, culturales o económicos - que podían contribuir a mejorar su presente condición, su acervo de conocimientos y su bienestar. Las misiones, por ello, no fueron para los jesuítas una simple avanzada del imperialismo de Occidente, sino que ellas implicaron el más serio esfuerzo para contener ese imperialismo y situar las relaciones entre el Este y el Oeste en el plano de un nuevo tipo de entendimiento cultural "sin pueblos escogidos", ni "plutocracias predestinadas". Cuando Francisco Javier llegó a la India y conoció el tratamiento que recibían los nativos de las colonias portuguesas escribió altivamente al Monarca Portugués: «Si no amenazáis a vuestros empleados con cadena, cárcel y confiscación de bienes y aún ponéis por obra la amenaza, cualquier empeño para hacer que prospere el cristianismo en la India será inútil. Es un martirio tener que contemplar pacientemente cómo vuestros capitanes y demás empleados mal tratan a los nuevos convertidos ».

Para penetrar espiritualmente en los cuerpos de las antiquísimas culturas orientales, los jesuítas estaban particularmente capacitados porque la gran política misional de la Orden - elaborada por sus primeros Generales Loyola, Borja, Laínez y Aquaviva - no perseguía la destrucción de las culturas orientales sino la incorporación de los grandes valores del cristianismo a los símbolos rituales de las religiones asiáticas. « Desde que tenemos el Veda en nuestras manos - escribía el jesuíta Calmutte a sus Superiores - hemos entresacado de él fragmentos que nos sirven para convencer a quienes no son cristianos de aquellas verdades fundamentales que vienen a destruir su adoración de ídolos; pues la unidad de Dios, los atributos del verdadero Dios, el estado de santidad y de condenación todo está contenido en los Vedas ».

La gran empresa de las misiones en el Asia fue precedida de la extraordinaria capacitación que, en los seminarios de la Orden, se dio a los misioneros jesuitas en lenguas orientales, comenzando por el sánscrito, y la instrucción de que se les dotó con respecto a las cosmogonías asiáticas. Las obras clásicas del Oriente, como los Vedas y los libros sagrados del hinduísmo, fueron objeto de particular estudio por los misioneros, a fin de capacitarse para comenzar la gran empresa de propagar la fe católica en zonas geográficas cuyas culturas ante cedían, en miles de años, a la cristiana. El heraldo de esta empresa fue Francisco Javier, cuyos logros iniciales en el Japón describe así Will Durant « El cristianismo llegó al Japón 1549 en la persona de San Francisco Javier, uno de los rimeros y más nobles jesuítas. La pequeña comunidad que había establecido creció tan rápidamente, que dentro de la generación siguiente a su llegada había en el imperio setenta jesuítas y ciento cincuenta mil conversos. Eran tantos los Nagasaki, que convirtieron a este puerto comercial en una ciudad cristiana».

Fue, sin embargo, el biznieto de Tamerlán, el famoso Rey Akbar, llamado el Gran Mongol, quien se encargó de ofrecer a los jesuítas la primera oportunidad de entrar seriamente en contacto con las grandes religiones de Oriente de presentar, ante los sacerdotes asiáticos, los principios fundamentales del cristianismo. El imperio del Gran Mongol, situado en el norte de la India, tenía su capital en Futipur-Sikri, donde el Monarca mandó construir el famoso Palacio llamado el "Poema Piedra", en el cual había una gigantesca sala de debates destinada para que los voceros de todas las religiones vivas expusieran, en presencia del Monarca, los principios cosmogónicos y litúrgicos de sus respectivos credos. Cuando el Mongol se enteró de que los jesuítas habían establecido una misión en Goa y supo de las numerosas conversiones conseguidas por Francisco Javier entre los parias de la India, los invitó a su residencia para que discutieran el cristianismo con los brahmanes hindúes, los "sufis" persas y los "mullas" musulmanes. La invitación fue aceptada en el entendimiento de que los jesuítas se tomarían el tiempo necesario para que llegara el grupo de teólogos versados en orientalismo que fueron solicitados al General de la Orden. Los jesuítas enviados por el Colegio Romano fueron Rodolfo de Aquaviva, Jerónimo Javier, sobrino del gran santo, Emanuel Pinheiro y Benedecto Goes, todos los cuales se harían famosos en el Asia. No bien comenzaron las deliberaciones en la sala de debates del "Poe de Piedra" «los- dice un cronista - demostraron su superioridad los brahmanes, mahometanos y parsis, pues eran versadísimos tanto en los Vedas como en las doctrinas de Buda, el Corán y los legendarios proverbios de Zoroastro. Se las arreglaban siempre de modo que cuando debatían con los parsis éstos les hacían amables señas con la cabeza; sonaba todo lo decían los misioneros cristianos como una confirmación de la religión parsi. Si el discurso de los jesuitas se dirigía a los mahometanos, sus explicaciones parecían también de acuerdo con las enseñanzas del Profeta y los mullás sonreían satisfechos. Hasta los brahmanes encontraban que jamás nadie había presentado tan bellamente y con tanta claridad como aquellos sacerdotes de raza blanca el contenido de sus libros sagrados».

Aquel debate fue decisivo para la obra de la Compaña en el Asia porque los jesuítas conocieron, por boca de los mejores teólogos orientales, los obstáculos que habrían de encontrar en el curso de sus tareas evangélicas. El monarca Mongo y los sacerdotes asiáticos no ocultaron a los misioneros el disgusto que les inspiraba la concepción católica del Dios Trinitario, la humanización del Hijo de Dios y su muerte en la Cruz. La sensibilidad de Oriente, como lo advirtieron los jesuítas, rechazaba con horror la simple posibilidad de que Dios hubiera padecido la muerte de los malhechores. Particularmente los brahmanes hindúes, representantes de una sociedad fundada en un riguroso sistema de castas, manifestaron su hostilidad por el espíritu igualitario de la religión cristiana. Su alarma era bien comprensible porque el Sermón de la Montaña, predicado por Francisco Javier en la India, tenía un terrible potencial revolucionario en una sociedad organizador por el Código de Manú.

Como la India no era una sociedad, sino dos sociedades separadas por barreras milenarias de orden religioso - la de los parias y la de los nobles y brahmanes -, los jesuitas decidieron, después del debate en el Palacio de Akbar, actuar por separado y con distintos métodos en cada uno de los dos extremos del complejo social índico. Misioneros jesuítas, especialmente preparados ingresaron en la famosa secta de los yogis indios, la única autorizada por las tradiciones religiosas y las leyes para tener contacto con todas las castas sin perder el respeto que inspiraban por su santidad. Aparecieron entonces en la India los famosos "yogis jesuítas" cuya tarea sería dirigir las misiones entre los parias y los desposeídos. Con traje de penitentes y dirigidos por el padre Da Costa comenzaron los "yogis jesuítas" su tarea evangelizado entre los parias, entre las multitudes miserables, sin que fuera a distinguir a los nuevos misioneros de los famosos santos de la secta sagrada de la India. Simultáneamente se presentó en Madrás el famoso misionero jesuíta Roberto Nobili, sobrino del Cardenal Belarmino, a quien la Orden encargó la tarea de dirigir las misiones que estaban en contacto con la nobleza india y la antiquísima casta religiosa. «Fue Nobili el primero - dice Fulop Miller - que se dedicó a convertir a los brahmanes haciéndose él brahman también. Cuando, después de larga preparación, apareció en la ciudad del sur indio, Madrás, no se parecía en nada a sus hermanos de la Orden, que vagaban por el país con hábitos andrajosos, recibían la confesión de pobres y esclavos en los hospitales y andaban con la campanilla por los pueblos de pescadores. Como los indios de la alta casta, llevaba una larga túnica de lino amarillo, turbante en la cabeza y sandalias de madera en los pies... Igual que ellos, nunca comía pescado, ni tocaba el vino, y vivía exclusivamente de arroz, leche, legumbres y agua... Con verdadero recogimiento escuchaban al misionero, si con la entonación de un sabio, aje no al mundo, recitaba frases de los Vedas, de los ApastambasSutras y los Puranas; además, él mismo llegó a redactar escritos de confortación en sánscrito y a dibujarlos en hojas de palmeras. Había dado tan indudables pruebas de su ilustración extraordinaria, que los brahmanes no osaban ya dudar, ni por un momento, de la verdad de sus palabras cuando, como de paso, habló un día de las concordancias entre las santas escrituras de la India y las de la doctrina cristiana. En el fondo, explicaba, se trataba de la misma fe, sólo que el cristianismo tenía mayor organización y más perfeccionamiento que el sistema brahman. Pronto no quedó, apenas, brahman en Madure que no viera en Nobili a su igual, y aún opinaban bastantes que aquel extranjero era, en realidad, más perfecto que todos ellos. Los que así pensaban se prestaban gustosos a seguir el ejemplo de hombre tan religioso e instruido, y a hacerse |brahmanes cristianos. Así logró Nobili lo que antes de él no había conseguido ningún misionero. Un numerosísimo grupo de hindúes nobles, de la casta más alta, se dejó bautizar... »

Al tiempo que las misiones jesuítas conseguían estos notables resultados en la India, la gran comunidad cristiana del Japón, fruto de la rápida expansión del pequeño núcleo organizado por Francisco Javier, se vio expuesta a la más grave amenaza. Como los jesuítas llegaron al Imperio en la época en que la sociedad japonesa sufría los males del feudalismo, su labor misional hubo de vincularse a las provincias del sur de la isla, cuyos príncipes ofrecieron menores resistencias a las prácticas evangélicas. La Orden no pudo librarse, por tanto, de las implicaciones del conflicto que finalmente se presentó entre los Principados del norte y los del sur, conflicto en el cual venció el hombre fuerte de las provincias norteñas, Hideyoschi Taikosama, quien para consolidar su poder en el Imperio, se propuso aislar al Japón del resto del mundo y extirpar  todos los elementos que pudieran contrariar sus empeños. La expulsión de los jesuítas fue decretada después de la victoria de Taikosama y el credo cristiano fue declarado fuera de la ley y sus fieles condenados a muerte por consideráseles un peligro para la seguridad del Estado. Como los misioneros se negaron a abandonar la isla y continuaron actuando en la clandestinidad, se dispuso la captura de todos y se ordenó que fueran torturados para obligarles a apostatar de su religión. « En 1633 - dice Plattner - llegó a usarse un nuevo castigo, que trajo a los esbirros del gobierno japonés el éxito anhelado hacía ya tanto tiempo: el 18 de octubre, el padre Cristóbal Ferreira, entonces Superior de los jesuitas sobrevivientes, fue detenido junto con varios compañeros japoneses y condenado a la "letrina". Los esbirros colgaron sus víctimas de los pies en un cadalso y los bajaron lentamente a un pozo lleno de agua de estiercol. Para prolongar la tontura habían encordelado los cuerpos de los prisioneros de manera tal, que la circulación de la sangre fuera impedida. Una sangría practicada en la frente debía disminuir el aflujo de sangre a la cabeza y con ello el peligro de un derrame cerebral. Durante cinco horas el padre Ferreira soportó las torturas y la terribles angustias de este refinado tormento. Pero entonces lo abandonaron sus fuerzas. A una señal los verdugos lo desataron y compró su vida con la apostasía. El Superior de los jesuitas se había convertido en apóstata!».

La noticia causó dolorosa sorpresa en las filas de la Orden y tanto en Occidente como en Asia se introdujo el desconcierto y el más negro pesimismo con respecto al futuro de las misiones en Oriente. Ocurrió entonces algo sorprendente. «En los primeros días de diciembre del mismo año de 1633 - agrega Plattner -, es decir, pocas semanas después de la apostasía de Ferreira, el padre Marcellus. Mastrill, en Nápoles, resultó gravemente herido en la sien derecha por el golpe de un martillo caído desde gran altura. El 2 de enero el estado del enfermo había empeorado a causa de una paralización progresiva, por lo que estaba casi sin conocimiento. Los médicos contaban con que moriría esa misma noche, cuando de repente se produjo una inmediata y completa curación... El hecho de esta súbita curación está bien documentado. El Padre Mastrilli mismo la explicó por la aparición del gran misionero de la Orden, San Francisco Javier, quien, en esta visión, le había hecho prometer "que iría al Asia para verter allí su sangre". Sea como fuere, el Padre Mastrilli obtuvo el permiso del General de la Orden para viajar al Japón, no obstante la furiosa persecución. Ya en abril de 1634, el Padre emprendió el viaje y fue recibido triunfalmente en todas partes... Ante la tumba abierta de San Francisco Javier (en Goa), Mastrilli firmó un voto ante testigos: "No existe martirio en el Japón que mi alma no deseare, ni verdugo al que ella no ofreciere la vida, ni cadena, ni cárcel, ni sufrimiento que pudiere bastar"... Todo su cedió como tenía que suceder. Ya en la costa del Japón el padre Mastrilli fue descubierto, llevado ante un tribunal en Nagasaki, interrogado acerca de sus intenciones y condenado. Tres días duró la tortura; comenzaron por llenar de agua a la víctima y sacársela luego apretándola violentamente. Después los verdugos torturaron su cuerpo con hierros puestos al rojo "en lo que la vergüenza lo atormentaba más que los dolores". El mártir tuvo aún la fuerza de reprochar a los jueces, que se quedaron boquiabiertos, el que antes los japoneses no habían tenido la costumbre de someter a seres humanos a tan desvergonzada tortura y que él tenía otros miembros que podrían mutilar si quisieran. Ante esto le dejaron en paz. A la mañana siguiente, Mastrilli fue conducido a la "letrina". Y como, contra toda esperanza, su cuerpo juvenil resistió este tormento," acabaron por darle muerte con la espada. Tal cosa acontecio el 14 de octubre de 1637, casi el mismo día y en el mismo lugar donde, cuatro años atrás, Ferreira había sucumbido en la, lucha».

Las actividades misioneras de la India y el Japón fueron solamente un primer paso, o si se quiere, un grandioso entrenamiento preliminar para la tarea que constituía la verdadera meta de los hijos de Loyola en el Asia: la conquista espiritual de China. Las experiencias iniciales de Francisco Javier y todas las que pudieron acumular posteriormente los misioneros, proporcionaron a la Compañía los elementos de juicio necesarios para dar comienzo a esta audaz hazaña, la cual se confió a un grupo selecto de sacerdotes jesuitas, dirigidos por el padre Mateo Ricci, llamado justamente por Arnold Toynbee "el supremo virtuoso del arte misionero cristiano".

Los obstáculos de esta formidable tarea son difíciles de ponderar y ellos se hicieron palpables para Ricci desde el momento en que trató de penetrar en China. En el viejo Imperio, cuyo símbolo era la célebre Muralla, se sentía tanta antipatía por los extranjeros, que para el pueblo y las clases cultas el resto del mundo sólo les merecía el calificativo de "bárbaro".

Mateo Ricci conocía el idioma y la cultura del país al que iba a dedicar su vida y ello explica su decisión de prescindir, no bien llegó a Cantón, de sus hábitos sacerdotales y de renunciar a las costumbres de Occidente. «Con los chinos - escribía Ricci a sus Superiores - hay que guardarse de precipitaciones indiscretas; si no, puede ocurrir que la puerta que Dios Nuestro Señor nos ha abierto en la China, vuelva a cerrarse de un golpe ». Ricci procedió por tanto, con la mayor prudencia. Tomó el nombre de Li-Maten, llevó rigurosamente la vida de los bonzos budistas, cuyo hábito adoptó, y como ellos, pidió limosna en las puertas de los templos y discutió las doctrinas religiosas con los sacerdotes asiáticos. A estas actividades consagró Ricci muchos meses y si bien no consiguió mayores frutos proselitistas adquirió un completo dominio de las costumbres del país, de sus distintos dialectos y ello explica la radical transformación que se operó en su conducta un tiempo después. Un día dejó el hábito de bonzo, se vistió ricamente de seda, como los letrados y los sabios chinos, y se instaló en una casa confortable que «transfiguró - dice uno de sus biógrafos - en un verdadero estudio de sabio veíanse en ella instrumentos de matemáticas, física y astronomía; prismas de cristal, a través de los cuales se veían los rayos del arco iris; compases, instrumentos de música, infolios, estampas y mapas. Pronto se extendió por Cantón la noticia de que un hombre muy sabio había llegado del extranjero y poseía las cosas más raras; se llamaba Li, hablaba el dialecto de los mandarines e iba vestido como un hombre de letras. No pasó mucho tiempo sin que la casa del |santo doctor Li, como se llamaba ahora ordinariamente, se viera verdaderamente asediada por los chinos ».

Ricci tuvo entonces la genial intuición de comprender que sus futuras relaciones con la cultura china dependían de la manera como le fuera posible modificar la impresión despectiva que los chinos tenían sobre la importancia geográfica y cultural del resto del mundo, impresión que estaba sintetizada en los mapas chinos, en los cuales la masa del Imperio aparecía enclavada en el centro del mundo, con magnitud que presentaba tajante contraste con las reducidas dimensiones atribuidas a los Continentes restantes, considerados por los chinos como último refugio de la barbarie. Para modificar esta idea, Ricci se valió del mismo símbolo en que se había personificado el desmedido orgullo de los chinos: el mapa. Versado en cartografía, como lo era en matemáticas y astronomía, Ricci elaboró un monumental mapamundi, en el cual la China no figuraba como el "Imperio de Enmedio", sino como una nación comparativamente pequeña, rodeada de grandes imperios, que comprendían la mayor parte de la tierra.

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