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CAPITULO IX

EL CONFLICTO ENTRE LA ÉTICA CATÓLICA Y LA ÉTICA PROTESTANTE


|MESIANISMO y Escatología. - La Edad Media. - Síntesis Agustino-Tomista. - Doctrina de la Gracia. - Crisis de conciencia cristiana. - El Renacimiento. - Los valores del mundo. - La Reforma. - Martín Lutero. - La revolución social alemana. - Calvino. - Doctrina de la Predestinación. - La Etica de los Elegidos. - Los "santos visibles". - El burgués puritano. - El Estado burgués y la moral del fariseo. - "El pueblo es una gran bestia". - La Contra-reforma. -Ignacio de Loyola. - La Etica del libre albedrío. - La reforma Social. - Loyola y Lenín. - La soberanía del pueblo. - Las Misiones y el Teatro. - Desarrollo económico de los pueblos atrasados. - Oriente y Occidente. - La exculpación. - Comienza la batalla.


AL TIEMPO que en la América española se cristalizaba, en las Leyes de Indias, el espíritu de justicia propio del pensamiento católico tradicional, en Europa comenzaba una revolución que habría de afectar las bases éticas, económicas y sociales sobre las cuales se construyó el gran edificio del catolicismo medioeval. Los historiadores suelen registrar, con actitud de asombro, los complejos fenómenos del Renacimiento, como si pensaran que ellos tienen algo de inusitado o de fantástico en la historia humana Nada justifica este asombro Las energías y pasiones que hicieron su explosión en el Renacimiento fueron las energías y pasiones del hombre de todos los tiempos, cuando consigue desembarazarse de las restricciones de la ética o la religión El que los hombres aspiraran a enriquecerse ilimitadamente y a disfrutar, sin trabas, de los bienes de este mundo, nada tenía de extraordinario o de inusitado. La sorpresa se podría justificar, en cambio, con respecto a la que vivió el hombre de la Edad Media, cuyos apetitos de lucro fueron frenados durante siglos hasta el extremo de que la economía medioeval adquirió las inconfundibles apariencias de una economía casi estática. Sólo cuando se reconoce la eficacia que tuvieron los frenos  religiosos sobre los instintos económicos del hombre medioeval, se puede entender la naturaleza de los tres grandes movimientos ocurridos en los siglos XV y XVI - el Renacimiento, la Reforma y la Contra- reforma -, cuyas consecuencias vivimos y padecimos en América, porque al tiempo que los conquistadores españoles, hombres típicos del Renacimiento, desataron en nuestro suelo el reinado del espíritu del lucro, fue también en la América española donde se efectuó uno de los más trascendentales experimentos de la Contra-reforma: las misiones jesuítas.

Para comprender estos grandes acontecimientos de la historia occidental, debemos preguntarnos, primero, cómo fue posible que el hombre medioeval aceptara durante siglos los frenos que la ética le impuso a sus instintos más espontáneos, comenzando por la ambición de riqueza y el afán desmedido de lucro. La respuesta se encuentra en la naturaleza misma de las grandes religiones mesiánicas, entre las cuales figura, en primer plano, el cristianismo.

La esencia del mesianismo no es, como frecuentemente se supone, la simple creencia en la venida futura de un Mesías, sino más bien la convicción de que ella coincidirá con el fin del mundo y que este acontecimiento habrá de producirse en un lapso relativamente próximo. Esta honda vivencia religiosa, llamada en Teología "conviccion escatológica", domina la vida espiritual de las primeras comunidades cristianas e imprime su tinte de fervor característico a las prédicas de los Apóstoles, después de cumplido el grandioso drama de la vida y el sacrificio de Jesús. «Por lo demás - dice San Pedro en su Primera Epístola - el fin de todas las cosas se va acercando. Por tanto sed prudentes y velad en la oración ». Por su parte, Santiago advierte en su Epístola: «Tened también vosotros paciencia, confirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor se acerca ». Y San Juan describe, con tremendo dramatismo, el fin del mundo y presenta a los ojos del creyente "el nuevo cielo y la nueva tierra" que habrán de emerger del cataclismo purificador que acompañará la venida del Mesías: «Y vi un cielo nuevo y tierra nueva - dice porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron... Ahora, pues, yo, Juan, vi la ciudad santa, la nueva Jerusalem descender del cielo por la mano de Dios... No habrá ya muerte ni llanto, ni alarido, ni habrá más dolor, porque las cosas de antes son pasadas ». (Apocalipsis XX).

La gran expectativa mesiánica engendró una nueva espiritualidad sobre el cuerpo exánime del escepticismo clásico y condujo a los hombres de Occidente, estremecidos por la "emoción escatológica", a adoptar una actitud de total desprendimiento ante los bienes de este mundo. La vida terrenal adquirió la significación de mera etapa preparatoria para esperar la próxima llegada del Mesías y la historia humana halló su símbolo expresivo en la concepción de "Las Dos Ciudades", de San Agustín. «Está escrito - decía el Obispo de Hipona - que Caín fundó la ciudad terrenal; pero Abel, verdadero tipo del peregrino, del viajero, no hizo lo mismo. Porque la ciudad de los Santos no es de este mundo, aunque hace nacer a sus ciudadanos en él para que cumplan su fugaz peregrinaje, hasta que llegue la hora del Reino de Dios ».

Centradas todas las expectativas de la existencia en la Ciudad de Dios, la vida propiamente terrenal perdió importancia y así pudo afirmarse, en el marco de la conducta humana, una ética rigurosa, fundada en un apasionado amor al prójimo y en el repudio categórico de toda idea que fincara la conquista de la felicidad en el apego a las riquezas materiales. « El cristiano - decía San Agustín - no debe abundar sino reconocerse pobre. Si tiene riquezas debe saber que éstas no son riquezas verdaderas... Seamos pobres y entonces seremos saciados. Dios no mira el haber sino la codicia y ve que el mendigo anhela cosas temporales y le juzga según la codicia no según los haberes que no le ha sido posible conseguir... No te llames a engaño ni sueñes carnalmente con una tierra que lleva leche y miel, fincas, amenas, huertos fértiles y sombreados; no sueñes alcanzar tales cosas, que suele codiciar aquí el ojo de la avaricia. Pues siendo la codicia raíz de todos los males, hay que extirparla ».

La gran vivencia religiosa del mesianismo domina toda la Edad Media y se manifiesta en las concepciones de la  Parusia, del Milenio y tantas otras, que representaban las sucesivas elaboraciones intelectuales de la creencia en el próximo fin del mundo. La influencia que ellas tuvieron en el pueblo, explica suficientemente las numerosas aclaraciones que al respecto hicieron los Padres de la Iglesia y la necesidad en que se vio todavía el Pontífice León X, en el quinto Concilio dé Letrán, de amenazar con la pena de excomunión a quienes anunciaran con "fecha fija" el fin del mundo.

Hubo también factores, típicamente económicos, que en forma decisiva contribuyeron al arraigo del ascetismo medioeval. La tremenda desarticulación introducida en el cuerpo geográfico del mundo clásico por las invasiones de los bárbaros y la completa paralización del comercio, a causa de la vio lenta ofensiva del Islam en el Mediterráneo - la gran vía de comunicación del mundo clásico -, sitiaron a la Cristiandad y « la Europa occidental - dice Pirenne - volvió al Estado de región exclusivamente agrícola. La tierra fue la única fuente de subsistencia y la única condición de la riqueza... Los bienes muebles ya no tenían uso económico alguno... ».
En este mundo saturado de tensiones espiritualistas, cuya economía había perdido toda complejidad, le fue posible a la Iglesia efectuar un cambio revolucionario en las nociones tradicionales sobre la riqueza, los medios de conseguirla y la manera de usarla. El fin de la actividad económica dejó de ser la simple ambición de lucro para contraerse a la satisfacción de las necesidades esenciales. El atesoramiento de bienes materiales se miró con desconfianza, juzgándolo síntoma de avaricia, y se trató de que la actividad económica se rigiera por la súplica evangélica: «El pan nuestro de cada día dánosle hoy ». La producción, el uso del dinero, la propiedad, los contratos, etc., fueron sujetos al fin superior de la salvación y la economía, como tal, debió someterse a la ley Moral. La teoría de los precios se vinculó a los costos de producción y no a la acción de la oferta y la demanda, y se intentó acomodar el salario a las necesidades de los obreros y no a los requerimientos de los productores.

El problema central que se debatió en el campo de la ética económica medioeval fue el de la usuras El ataque masivo realizado contra los usureros por los teólogos, canonistas y Concilios, se comprende por el problema de carácter religioso planteado por la usura. Cobrar por ayudar al prójimo y servirse de la miseria y las necesidades ajenas para derivar utilidades, se consideró un pecado capital y los Concilios Ecuménicos de Lyon, en 1274, y de Viena, en 1312, promulgaron la más severa, legislación contra los usureros Se les excluyó de la comunidad católica y se prohibió su entierro cristianó. Sus  testamentos se declararon nulos y ningún individuo, ni sociedad, podían arrendarles casas, ni tener comercio alguno con ellos.

A los magistrados que en las Cortes reconocieran eficacia jurídica a los contratos de que se servían los prestamistas para disfrazar sus operaciones, se les conmino con la excomunión. De acuerdo con las disposiciones del Concilio de Viena, los usureros sólo podían librarse de las penas pronunciadas contra ello si se avenían a restituir las ganancias obtenidas por la usura.

No quiere ello decir que los principios normativos reflejaran exactamente la realidad social de la Edad Media. La continua lucha de la Iglesia contra las prácticas económicas de la época demuestra que tales principios se desconocían frecuentemente y la insistencia de los Concilios , en prohibir la usura a los eclesiásticos, permite suponer que elles no eran ajenos, como no lo fueron, a una actividad tan mal mirada por teólogos y canonistas. Se cometería un error, sin embargo, si de este reconocimiento se pretendiera deducir que las doctrinas de la Iglesia no tuvieron efecto alguno sobre la conducta, del hombre medioeval. Todo lo contrario. Los "bárbaros" que salieron de los bosques del Norte o de las planicies desérticas del Asia y se precipitaron, como fieras de presa, sobre el mundo occidental, adoptaron gradualmente, gracias a la profunda religiosidad de la Edad Media, unos éticos que otorgaban protección a los humildes contra los abusos de los poderosos. El odio que profesaba Federico Nietzsche al cristianismo le permitió comprender, como pocos han comprendido, la profundidad de la obra realizada por la Iglesia y en su famoso libro, "El Anticristo", consignó estas brutales sentencias, que constituyen la mejor defensa de la Iglesia Católica: « Lo que hizo posible él cristianismo no fue, como se cree, la corrupción de la Antigüedad noble. Nunca se combatirá bastante la imbecilidad de los sabios que sostienen semejantes tesis. En la época en que las capas de parias enfermos y corrompidos se cristianizaron en todo el imperio romano, el tipo contrario, la distinción, existía en su forma más bella y acabada. La mayoría se hizo entonces señora; la democracia de los instintos cristianos obtuvo la victoria... Dios en la cruz, ; no se comprende la terrible intención que hay detrás de este símbolo? Todo lo que padece, todo lo que está colgado, de la cruz es divino... El que las razas del Norte de Europa no rechazaran al Dios cristiano, es cosa que verdaderamente no honra a su don religioso... El cristianismo se puso del lado de lo débil, de todo lo bajo, de todo lo fracasado, y formó, ideal en oposición a los instintos de conservación de la vida fuerte. En el cristianismo figuran en primera línea los instintos de los esclavos, de los subyugados y los oprimidos; las castas más bajas son las que buscan en él su salvación... Otorgar la inmortalidad a Pedro y a Pablo ha sido el atentado más monstruoso contra la parte noble de la humanidad... Nadie tiene hoy la osadía de los privilegios, de los derechos de dominación y del sentimiento de las distancias. El sentimiento aristocrático ha sido minado subterráneamente por la mentira de la igualdad de las almas... ».

El ideal de la Edad Media, fundado en el principio de que la sociedad es una entidad espiritual y no una máquina económica, fue sistematizado en las trascendentales disposiciones del Derecho Canónico sobre la usura, y en sus definiciones del "justo precio", el "salario necesario" y la "ganancia legítima". Este ideal alcanzó su expresión más completa en el libro monumental de un monje salido de una de las Ordenes religiosas fundadas por el genio español: el dominico Tomás de Aquino.

La famosa "Suma Teológica" de Santo Tomás, cuya grandeza conceptual podía hacer pensar que ella serviría de preludio de una nueva época, sólo alcanzó a ser el epílogo de la Edad Medial Cuando el monje dominico resumía toda la experiencia acumulada por la sabiduría medioeval, ya comenzaban a sentirse esos ruidos sordos y subterráneos que anuncian la proximidad de las grandes revoluciones. Tomás de Aquino no los oyó y en la paz de su celda conventual continué escribiendo el libro que sellaría con singular magnificencia el final de una gran época. Su obra no tuvo mayor influencia por la súbita modificación de las condiciones que mantuvieron durante siglos el delicado equilibrio social de la Edad Media. Esas condiciones comenzaron a transformarse cuando las Cruzadas restablecieron el contacto entre Europa y el Oriente, se redujo la presión del Islam y pudo reanudarse el comercio en el Mediterráneo. Entonces el espíritu de lucro reapareció con inusitado vigor y el contacto con el lujo oriental despertó de nuevo en el hombre europeo la ambición de disfrutar de una existencia grata y confortable. Un mundo que había estado privado largamente de la abundancia y del lujo, absorbió con voracidad los productos de civilizaciones más refinadas y a través de ellos adquirió un concepto distinto de la riqueza. El precio justo, la ganancia legítima y el interdicto de la usura perdieron su eficacia restrictiva y la balanza comercial de Europa con Oriente se tomó deficitaria y hubo de compensarse con el flujo de metales preciosos que venían de América. El comercio dio origen a gigantescas fortunas y los Fúcar, los Welser y los Médicis, para no citar sino los principales, convirtieron el oficio de los usureros de la Edad Media en el núcleo central de la actividad económica de la nueva época. La tierra reseca de la Edad Media, azotada por vientos de espiritualismo ascético, se vio humedecida, irrigada, por una corriente de vitalidad hedonística, por una desenfrenada gula de bienes materiales. Esa tierra reseca se convirtió en selva y de esa selva emergió de nuevo el hombre sin frenos éticos, la magnífica bestia de presa, cuyos modelos serían los "condottieros" italianos, los conquistadores españoles, los piratas ingleses, los negreros portugueses y los comerciantes y banqueros alemanes e italianos. El proceso llegó a su culminación cuando un miembro de la familia Médicis, de esa familia que hizo fortuna y construyó su poderío con la práctica de la usura, se ciñó la Tiara Pontificia y se sentó en el trono de San Pedro. Fue Giovanni de Médicis - quien goberné a la Iglesia como León X - el autor de la famosa Bula, de 1517, en la que se autorizó la venta de Indulgencias para financiar la construcción de la Basílica de San Pedro.

El Renacimiento, por eso, presenta dos caras bien distintas para el historiador, como las presentó para los cronistas de la época: de un lado se advierte la esplendidez y el lujo de las minorías enriquecidas en las especulaciones comerciales y en la banca y del otro se entrevé la extremada miseria de las multitudes. Una miseria bien distinta de la antigua pobreza de la Edad Media; una miseria que no era el resultado de la estrechez general de una época sino de la franca explotación de los desposeídos por los nuevos ricos, quienes ahora se servían de los remanentes del feudalismo para acelerar el proceso de concentración y atesoramiento de la riqueza.

Este explosivo contraste entre el lujo y la miseria con lujo a un estado de malestar general y en extensas zonas de a cultura de Occidente comenzaron a removerse, con inusitada violencia los fundamentos tradicionales del orden. Los mes de campesinos crearon una situación extremadamente tensa y los espíritus más alertas de la época no dejaron de advertir que los levantamientos de los campesinos en Alemania, por ejemplo, eran síntoma inequívoco de una explosiva insurgencia social que, de seguir su lógico curso, iba a anegar, en una inmensa marejada revolucionaria, todas las estructuras jerárquicas de la sociedad.

La rebelión general de los hombres del Renacimiento contra el espíritu de la Edad Media se traduce, por tanto, en dos tipos de reacciones bien distintas: los estamentos acaudalados pretenden desembarazarse de las restricciones éticas que durante siglos encadenaron el espíritu de lucro, y la multitud de los desposeídos aspira confusamente a crear un orden social en el que reine la justicia y desaparezca la miseria. La "comunidad de bienes", atribuida a las sectas primitivas cristianas, se entrevé como una esperanza por todos los humildes y esa esperanza alcanza a contagiar a algunos de los teólogos católicos del Renacimiento y da motivo a obras monumentales, como la "Utopía" de Tomás Moro y la "Ciudad del Sol" de Campanella. En ellas se describe el modelo de una sociedad comunista, de la que ha desaparecido la propiedad privada y se rige por los principios esenciales del Cristianismo.

Si la Teología medioeval se mostró impotente para oponerse al doble embate del Renacimiento, ello no quiere decir que el espíritu renacentista fuera capaz de convencer a los hombres de la legitimidad de los cambios revolucionarios que estaban cumpliéndose. La conciencia de frustración que se percibe en todo el movimiento intelectual renacentista se debe a la incapacidad de los Humanistas para ofrecer una teoría capaz de legitimar el anhelo general de disfrutar plena mente de este mundo y de construir en él una morada amable para el ser humano, en contraposición con el espíritu ascético de la Edad Media. Como resultado de este fracaso se introdujo una radical dicotomía entre las convicciones y el comportamiento. Las actividades económicas de la época se desenvuelven sin tener en cuenta los antiguos preceptos sobre la usura el precio justo, el salario necesario o la ganancia legítima, pero sobre la conducta de los banqueros y comerciantes pesa toda vía el rechazo público, la sanción moral de las antiguas doctrinas. Los hombres del Renacimiento se enriquecen, es verdad, pero no pueden estar orgullosos de su riqueza, ni mucho menos de los medios empleados para adquirirla.

Destruida la antigua armonía entre la fe y la conducta, los grandes bastiones de la dogma católica se vieron asediados por una masa de fuerzas oscuras y repentinamente se cuarteé aquel de los dogmas de la Iglesia en el que los pensadores cristianos habían tratado de ofrecer una solución definitiva para el más profundo y decisivo de los problemas a que deben enfrentarse todas las religiones: el problema del Mal.

Desde principios de la humanidad el hombre trató siempre de hallar una explicación satisfactoria para la probada capacidad que poseen los seres humanos de hacer el mal a sus semejantes y para todas las formas de desventura que en el mundo se traducen en dolor, miseria, enfermedad y muerte. En las antiguas religiones de Oriente se concibió el Mal como una ineludible fatalidad cósmica, a la que se atribuyó carácter divino, y la historia se asimilé a una lucha, en el escenario del mundo, entre las potencias divinas del Bien y las fuerzas, igualmente divinas, del Mal. Esta concepción dio origen a un credo religioso dualista, que no dejaba al ser humano otro recurso que el de anular su vida sensible para escapar hacia la disolución espiritual del Nirvana o resignarse a reconocer que las injusticias, la miseria- y los dolores del mundo eran el producto legítimo de uno de los principios divinos que regían, desde toda la eternidad, la marcha del cosmos.

El genio religioso hebreo se rebeló contra el fatalismo de las religiones orientales y en lugar de atribuir un carácter eterno e inmutable al mal, lo interpretó como el producto de un acontecimiento histórico, la Caída del Hombre, caída que introdujo, en un mundo inocente y feliz, las dramáticas desventuras del Mal. Se necesité, sin embargo, de una profunda revolución en el mismo ámbito de la religión judía para que la humanidad pudiera dar el paso siguiente, el más decisivo, desembocar en la grandiosa doctrina de la Redención. La vida y la muerte de Jesús pusieron término a la idea oriental la inevitabilidad del mal y los primeros Padres de la Iglesia al reducir a términos teológicos el significado del sacrificio  de Cristo, ofrecieron a la humanidad un nuevo y grandioso  credo religioso, en el cual el gran misterio de la Redención privó de su carácter fatalista a las injusticias y viejas formas de opresión que las doctrinas orientales juzgaron inherentes al orden divino del cosmos.
Como la idea de la Redención abrió campos insospechados a la esperanza y al optimismo de los hombres, encadena basta el momento por el pesimismo del Oriente, la Iglesia hubo de enfrentarse a la inmediata aparición de doctrinas que llegaron a poner en peligro su unidad dogmática y su estructura temporal. La idea de la Redención llevó a muchos espíritus a pensar que, una vez emancipado el hombre de la culpa original por los méritos de Cristo, sobraba la liturgia sacramental y bastaba, a los creyentes, imitar individualmente la vida del Salvador para que les fuera dable alcanzar la bienaventuranza. Tales fueron las doctrinas que predicó Pelagio en momentos en que la Cristiandad necesitaba de toda la eficacia de su organización temporal para completar la conquista del mundo clásico y domeñar a los bárbaros que, en grandes masas, se precipitaban sobre el cuerpo geográfico de la civilización latina.

La grave amenaza que para la expansión del cristianismo acarreó una doctrina que descartaba la necesidad de los carismas sacramentales y la mediación del sacerdocio católico, ex plica el radical cambio que ocurrió en el pensamiento siempre generoso y benévolo de San Agustín y su apego repentino. a la doctrina de la Predestinación, doctrina que implicaba un renacimiento, en el mundo occidental, de muchas de las características del viejo fatalismo del Oriente. En el desenvolvimiento - dice Bonaiuti - del sistema que contrapone al moralismo de Pelagio, formula (San Agustín) aserciones de un pesimismo feroz, que la tradición cristiana debió repudiar explícitamente más tarde... Pinta con colores tan tenebrosos las consecuencias de la culpa original, que llega a suprimir implícitamente toda libertad del albedrío humano convertido, a causa de la culpa de origen, en un miserable esclavo del Mal... La Gracia, pues, o sea el sostén divino necesario para que este paralítico espiritual estire sus miembros contraídos, es un dón enteramente gratuito y la salvación, el fruto de un decreto infalible de la bondad Divina. Se salvan o se condenan aquéllos que Dios quiere misteriosamente que se salven o se condenen... No obstante las exageraciones agustinianas, inevitables en una áspera controversia de veinte años, ellas cumplieron una altísima misión histórica en el proceso del pensamiento cristiano. A través de los siglos, podemos reconocer fácilmente que, si hubiese prevalecido el pelagianismo, el organismo eclesiástico, en cuanto medio e instrumento de distribución de los carismas de los cuales se alimenta la vida espiritual de los fieles, hubiera quedado cortado en su raíz.

La doctrina de la Gracia fue, pues, la solución que ofreció la Teología medioeval para el dramático problema planteado por Pelagio. De acuerdo con ella, el hombre, marcado por el pecado, no podía salvarse por sus propias obras sino por la acción de la Gracia Divina, que, "sin méritos ni proporción", le otorgaba Dios para alcanzar la bienaventuranza. «Dios escoge a los hombres y no los hombres a El », decían los teólogos medioevales. La Escolástica, es verdad, trató de salvar la libertad del hombre y el valor del albedrío, haciendo la distinción forzada entre Gracia suficiente, que permitía el con curso del albedrío, y Gracia eficaz, que disfrutaba de plena operancia sobre la voluntad. Esta distinción, no obstante, tenía un carácter meramente intelectualista y el sentido pro fundo de la Teología medioeval se orientaba a reducir al mínimo la acción de la voluntad en la economía de la salvación. La contradictoria definición del problema dada por Tomás de Aquino, muestra que el intento de armonizar la Omnipotencia de Dios con la libertad del hombre sólo se con siguió a costa de colocar en plano secundario al albedrío. « De que nada resiste la voluntad divina - dice Santo Tomás - resulta que no sólo adviene lo que Dios quiere, sino que adviene, sea libremente, sea necesariamente ». El dogma de la Gracia, así concebido, se amoldaba perfectamente a un tipo de sociedad, como el de la Edad Media, en que la vida terrenal tenía el sentido de mera preparación ascética para el logro de la bienaventuranza.

El primer ataque de fondo contra el dogma de la Gracia lo encabezó el monje agustiniano Martín Lutero, quien inició, de esta manera, el complejo fenómeno histórico de la Reforma. Atormentado su espíritu por profundas contradicciones, hijas de la exuberancia vital de su personalidad, Lutero comprendió a medias el problema de fondo de su tiempo y en su masivo ataque a la doctrina de la Gracia no se propuso emancipar la voluntad humana sino atarla más estrechamente a un nuevo tipo de ascetismo. Para negar el dogma de la Gracia, Lutero se acogió a la tremenda doctrina de la Predestinación, empleada por San Agustín en su histórica controversia con Pelagio, y negó, en forma más radical que los Escolásticos, la acción del albedrío en la economía de la Salvación. Sólo la fe tenía eficacia salvadora para Lutero. Sólo ella justificaba. «La fe decía - es cosa completamente distinta del libre albedrio ».

El hombre no tiene libertad «al igual que un tronco, que una piedra, que un montón de barro o que una estatua de sal... El testimonio de nuestra razón nos dice que no puede haber voluntad libre ni en un hombre, ni en un ángel, ni en un ser viviente ninguno ».

Si Lutero tornó más dramática la dependencia espiritual del hombre, cortó, en cambio, los vínculos que lo ataban al cuerpo material de la Iglesia, porque al negar la eficacia salvadora de la Gracia, que el creyente obtenía por la práctica de los Sacramentos, hizo inútil la función del sacerdocio católico y convirtió el problema de la salvación en un diálogo personal entre Dios y el creyente. Si el hombre conseguía llegar al éxtasis y renunciamiento propios del místico, ello le daba derecho para considerarse como uno de los predestinados por Dios, desde toda la Eternidad, para salvarse.

Fue su audaz y arrogante negativa a reconocer la legitimidad del cuerpo material de la Iglesia, y no su Teología, el motivo que provocó el estallido revolucionario de la Reforma. El guante de desafío lanzado por él a la Silla Pontificia, ocupada entonces por un miembro de la familia Médicis, y su rechazo rotundo a permitir la venta de Indulgencias, provocaron la revuelta social que venía incubándose en Alemania. Los campesinos se levantaron en masa y se dio comienzo al asalto sistemático de los Castillos medioevales. El odio entre siervos y barones empapé de sangre el suelo germano y, como lo advierten los cronistas de la época, en las noches podían verse las campiñas iluminadas por inmensas hogueras en las que se consumían las fortalezas de los señores feudales. Los siervos, formados en ejércitos improvisados - como acaeció después de la Revolución Francesa y en la Revolución Rusa -, tomaron cruenta verganza de sus antiguos señores y los jefes de los campesinos, Karlstadt y Tomás Munster - confiados en el apoyo de Lutero -, propusieron soluciones que lindaban prácticamente con el comunismo. Sobre este escenario de gigantesca ebullición se agrandó la figura del monje agustino y con ella el movimiento de insurgencia contra el Papado. « Lutero - dice uno de sus biógrafos - procedía realmente de abajo; era una fuerza eruptiva salida de la tierra, un cráter que estalló súbitamente, y que vertió su lava ígnea sobre Alemania, incendiándola; era un volcán que arrojó rabiosamente sus piedras contra la lejana Roma; y que, con sus erupciones, causó incendios en el resto de Europa ».

La lealtad de Lutero al movimiento de inconformidad desatado por su exaltada pasión de místico, tuvo corta duración. Los levantamientos de los campesinos le aterraron y terminó por entregarse a los Príncipes Electores y a los barones, traicionando a las multitudes que le veneraban y creían en él. Era lo suficientemente prudente - dice su panegirista Alfred Weber - para saber que su nueva fe sólo podría conseguir un apoyo y más tarde una forma eclesiástica, mediante la protección y los intereses de los poderes estatales que entonces surgian ». Con la bendición y estímulo de Lutero, los señores feudales de Alemania masacraron en forma brutal a los campesinos y la revuelta luterana se redujo, desde entonces al saqueo de las tierras de la Iglesia por los Príncipes Electores y su cauda de voraces barones. El luteranismo dejó de representar la gran esperanza de redención humana que había encarnado en su alborada y de el sólo quedó, en realidad, lo que necesitaban las clases dirigentes alemanas: la repudiación del Papado. Fue principalmente una religión de los alemanes y para los alemanes.

Si la Reforma se hubiera reducido a las doctrinas luteranas, sus alcances habrían sido menores. Pero la insurgencia iniciada por Lutero se transformó en una doctrina demoledora cuando la dirección del movimiento reformista pasó a manos de un hombre excepcional, dotado de un genio frío e implacable y quien poseía, es verdad, una gran versación teológica, pero carecía de verdadero espíritu religioso: Juan Calvino. El comprendió, mejor que Lutero, las potentes fuerzas que se agitaban en el subfondo de la cultura occidental y se propuso utilizar la Teología no para apaciguar los conflictos de su espíritu, sino para dar a la revolución económica del Renacimiento la justificación moral que le faltaba. En su obra monumental "Las Instituciones Cristianas", el penetrante genio de Calvino salvó a la Reforma de ser un mero episodio y la convirtió en un movimiento formidable, que habría de transformar profundamente el mundo. Su aspiración fue justificar, con la religión, el derecho de los lobos a andar, sin ningún género de trabas, en medio del rebaño de las ovejas. Para conseguir este fin, Calvino ancló en el centro de su Teología la tremenda doctrina de la Predestinación, como lo hizo Lutero, y de ella. de dujo consecuencias éticas que darían origen a un tipo de sociedad, en la cual sería difícil reconocer los valores clásicos del cristianismo. « Dios no sólo previó - escribió Calvino - la caída del primer hombre.., sino que lo determiné todo por su propia voluntad... Ciertos individuos que El escoge como sus Elegidos, están predestinados a salvarse desde toda la eternidad, por merced gratuita e independiente de todo mérito; los demás han sido destinados a la condenación eterna por un justo e irreprochable, aunque incomprensible, juicio divino ». No se limitó Calvino a fundar su Teología en un principio que dividía tajantemente a la humanidad entre los elegidos y los réprobos, sino que dio, a continuación, el paso revolucionario en que consistía su aporte a la idea de la Predestinación: la doctrina de la Comprobación. Con esta doctrina se propuso Calvino satisfacer el explicable anhelo, de los hombres, de conocer si pertenecían o no al grupo de los Elegidos y formular una nueva ética, contraria y distinta a la medioeval.

¿Cuáles eran los síntomas infalibles que consideraba Calvino como "comprobación" de que una persona formaba parte del grupo de los Elegidos de Dios? El Reformador juzgaba que las virtudes salvadoras eran la sobriedad, el ahorro, la diligencia, la frugalidad, el repudio de los placeres sensuales y, en completo acuerdo con el espíritu del Renacimiento, miraba el éxito económico como señal característica de los predestinados. Así la adquisición de riqueza se convirtió para el creyente en el más elevado deber moral y en auténtico requisito de la salvación. Uno de los principales teólogos calvinistas, Richard Báxter, en su famoso "Directorio Cristiano", definía, de la siguiente manera, el ideal de la ética calvinista: « Si Dios os muestra un camino que os va a proporcionar más riqueza que siguiendo, camino distinto y lo rechazáis para seguir él que os enriquecerá menos, ponéis obstáculos a uno de los fines de vuestra vocación y os negáis a ser administradores de Dios y a aceptar sus dones para utilizarlos en su servicio cuando El os lo exigiese. Debéis trabajar para ser ricos, no para poner vuestra riqueza al servicio de vuestra sensualidad y vuestros pecados, sino para honrar con ella a Dios »

El enriquecimiento como vocación del creyente y la práctica de las virtudes que conducían al atesoramiento de dinero, como exigencia para pertenecer al grupo de los Elegidos, he ahí la esencia de la ética calvinista, designada admirablemente para transformar a la naciente burguesía occidental en una fuerza activa y disciplinada. A fin de que nadie se equivocara sobre los objetivos perseguidos por el nuevo credo, Calvino dio a continuación el paso revolucionario que sería la decisiva razón de sus éxitos proselitistas: rompiendo con todas las tradiciones canónicas, declaró legítima la usura.

Su Iglesia se ensanchó entonces con las conversiones "repentinas" de los grandes banqueros, comerciantes y especuladores de la época - de la alta y media burguesía del Renacimiento -, que largamente habían esperado una doctrina moral que legitimará sus riquezas y los medios empleados para adquirirlas. « El capitalismo - dice Henri Pirenne - estorbado por las restricciones que puso la Iglesia al comercio del dinero y a la especulación, le procuró a los calvinistas la adhesión de un buen número de negociantes y de empresarios. Es preciso no olvidar aquí que Calvino había reconocido la legitimidad de los préstamos con interés, que Lutero, fiel esto como en tantas otras cosas a la teología tradicional, condenaba todavía. Los primeros recursos puestos a la disposición de la nueva Iglesia para cubrir sus gastos de propaganda - si se nos permite emplear una expresión harto moderna pero que responde perfectamente a la naturaleza de las cosas - le fueron anticipados por comerciantes enriquecidos. Hacia 1550 es ya considerable en la plaza de Amberes el número de los recientemente convertidos entre el mundo de la Bolsa. Los católicos se quejan de que aquéllos se aprovechan de su influjo sobre los obreros para obligarlos, por lo menos aparentemente, a adherirse a su fe. También la nobleza suministra desde el principio un numeroso contingente de adeptos ». Este entusiasmo estaba sobradamente justificada porque Calvino, con su Religión, convirtió a los ricos en "santos visibles", como desde entonces comenzaron a llamarse los burgueses de Londres, de Ginebra, los Países Bajos y Alemania. « No es totalmente caprichoso afirmar - escribe Tawriy - que en un escenario menor, pero con armas no menos formidables, Calvino hizo por la burguesía del siglo XVI lo que Marx realizó por el proletariado en el siglo XIX; la doctrina de la Predestinación otorgó la ansiada seguridad de que las fuerzas del universo estaban del lado de los Elegidos, como en una época diferente y posterior haría el materialismo histórico con el proletariado ».

Como el fin de toda ética, digna de ese título, es la "crianza" de un tipo de hombre, debemos considerar, así sea someramente, las cualidades del tipo humano criado por la moral calvinista: el burgués puritano.

Para modelar su arquetipo histórico sobre la frágil masa de la arcilla humana, Calvino organizó en Ginebra, y lo mismo hicieron sus continuadorés en Inglaterra y Norte América, una verdadera Inquisición, cuya finalidad era imprimir a los creyentes las virtudes que Calvino situé en el céntro de su sistema moral: la sobriedad, el ahorro, la diligencia y el repudio de los placeres de los sentidos. En Ginebra, como después en la Nueva Inglaterra, se estableció una feroz "policía de las costumbres" y todas las acciones de los particulares fueron objeto de acuciosa vigilancia y de sanciones draconianas. El presupuesto familiar, los gastos menores, las diversiones, el modo de vestir, el atuendo de las mujeres, las oraciones y los deberes conyugales, fueron sometidos a la permanente y alerta intervención de la nueva Iglesia. En sus observaciones sobre este aspecto del calvinismo dice Max Weber: « La concuspicencia aneja al coito, es considerada como pecaminosa, inclusive en el matrimonio y, según opinión de Spener, es consecuencia del pecado, que convierte un hecho natural y querido por Dios en algo indisolublemente unido con sensaciones pecaminosas y por tanto en un pudendum ». El teatro fue también motivo de particular aversión por parte de los calvinistas y por su influencia se cerraron, en masa, los teatros de los países occidentales donde dominaron sus sectas. Hasta el famoso teatro de Stratford, donde se presentaban regularmente las obras de Shakespeare, fue clausurado por los puritanos, lo cual explica el odio que profesaba Shakespeare a los sórdidos hijos de Calvino. Pero no se crea que la "crianza" del burgués puritano se efectué por medios suaves o tolerantes. Para anclar la moral burguesa en el alma de los creyentes, Calvino prendió las hogueras de la Inquisición protestante. Su alma de moralista sádico gozaba presenciando los castigos que decretaban los "santos" contra los infractores de las severas restricciones exigidas por su "moral de la avaricia". Centenares de victimas fueron torturadas en las cárceles de Ginebra y llevadas a la hoguera, bajo la mirada febril del nuevo Papa de los protestantes. El caso del sabio español Miguel Servet, a quien se debe el descubrimiento de la circulación de la sangre, fue uno entre tantos, famoso apenas por la celebridad de la víctima. Servet fue quemado en Ginebra por orden de Calvino, quien se complació visiblemente, durante el horrible espectáculo, porque la mala calidad de la leña prolongó la tortura del gran sabio español. ¡Causan risa, por tanto, los escándalos farisaicos de los historiadores protestantes contra la Inquisición española!

La moral calvinista tuvo dramáticas consecuencias para el destino de la humanidad. Por ella, el espíritu de lucro se convirtió en sinónimo de santidad y la pobreza en síntoma anticipado de reprobación. «Un cristiano - reza un proverbio calvinista - no puede, ser un mozo de cuerda o un holgazán, y ser bienaventurado ». « Si el hombre - agrega otro - es grande y rico, él hará una armonía más dulce y melodiosa en los oidos de Dios, que si fuese pobre y de baja condición » Las naciones, cuyas clases dirigentes se impregnaron de la ética puritana, dejaron de considerar la explotación del pobre como hecho censurable y la juzgaron como una virtud del rico « Ya Calvino - observa Weber - había dicho que "el pueblo", es decir, la masa de los trabajadores y artesanos, sólo obedece a Dios cuando se mantiene en la pobreza; esta afirmación sería "secularizada" por los holandeses en el sentido de que los hombres sólo trabajan cuando la necesidad los impulsa a hacerlo, y la formulación de ese leit-motiv de la economía capitalista condujo más tarde a construir la teoría de la "productividad" de los salarios bajos ».
Del concepto de los ricos predestinados se pasó pronto al de los pueblos y las razas predestinadas. Las grandes colonizaciones anglosajonas en los siglos XVI y XVII se efectuaron por adeptos de las sectas calvinistas y los crímenes y depredaciones que cometieron los famosos "peregrinos" puritanos contra los nativos se justificaron con citas de la Biblia, que oportunamente invocaban sus Pastores Biblia, sin embargo, no fue aceptada por los puritanos en su integridad y secuencia lógicas. Calvino y sus sucesores comprendieron que el Nuevo Testamento representaba una revolución contra el espíritu de la casta de negociantes judíos - simbolizada por los fariseos, los publicanos y los rabinos - y sus predilecciones fueron, por tanto, para el Antiguo Testamento. Jehová, el Dios terrible, el Dios del "pueblo escogido", reemplazó en la mente del puritano a la figura amable de Jesús, quien no tenía Elegidos, había venido a redimir a todos los hombres y arrojó a los mercaderes del templo, porque «:mi casa es casa de oración y no cueva de ladrones ». En el alma del puritano se repitió el drama del Calvario; Jesús no triunfé sobre Jehová, sino Jehová sobre Jesús y la ética dio un salto atrás de dos mil años.

Renació entonces en el mundo, como era natural que su. cediera, la esclavitud, institución que la Iglesia casi había lo. grado extinguir. Los continentes de color se vieron asaltados por las "naciones predestinadas", por los "pueblos elegidos", los cuales reanudaron la monstruosa piratería de la trata de negros. Y como si todo esto fuera poco, en el curso de corto lapso, las naciones occidentales pasaron de la ética que prohibía la usura a la institucionalización de la prisión por deudas. Así se resolvió, en parte, el problema de la escasez de mano de obra en las colonias puritanas de Norte América. Los deudores de la plutocracia calvinista inglesa fueron enviados a los dominios, encadenados como esclavos, para pagar las sumas adeudadas, con el producto de su venta, como siervos, a los plantadores del Nuevo Mundo.

Sólo en un país dominado por la ética puritana, como Inglaterra, podía concebirse la posibilidad de que se dictaran leyes llamadas "de pobres", para perseguir deliberadamente a los pobres. Sólo ese tipo de ética podía explicar la existencia, en las ciudades inglesas, de esas infames bastillas, llamadas Casas del Trabajo, en las que se amontonaban los desocupados no para recibir un alivio sino para ser "castigados" por estar sin trabajo. Sólo bajo el régimen de la burguesía puritana podían explicarse las doctrinas que, en los siguientes términos, des cribe el historiador inglés Tawny: «Se quejaban los empresarios de que, en comparación con los holandeses, los obreros ingleses eran indulgentes y vagos... Que de ello se deducía la conveniencia de los altos precios, los cuales no eran una desgracia sino una fortuna, porque de esta forma se compelía a los asalariados a ser más industriosos; que los altos salarios, lejos de ser una bendición, eran una desgracia, porque ellos conducían a las "orgías semanales". Cuando estas doctrinas se aceptaron generalmente, fue natural que los rigores de la explotación económica se predicaran como un deber público y, con pocas excepciones, los escritores de la época difieren solamente en los métodos por los cuales la severidad debía ser ventajosamente organizada... Todos estaban de acuerdo en que, tanto en el campo moral como en el económico, era vital que los salarios fueran reducidos... Cuando los filantropistas se preguntaron si sería conveniente, como les parecía, restablecer la esclavitud, nadie esperaba que los sufrimientos de los desposeídos despertaran en sus corazones un sentimiento de compasión. El rasgo más curioso de todo este debate, fue la absoluta negativa admitir que la sociedad tenía alguna responsabilidad en las causas de la miseria general ».

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