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INDICE
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CAPITULO IX
EL CONFLICTO ENTRE LA ÉTICA CATÓLICA
Y LA ÉTICA PROTESTANTE
|MESIANISMO y Escatología. - La Edad Media. - Síntesis
Agustino-Tomista. - Doctrina de la Gracia. - Crisis de conciencia
cristiana. - El Renacimiento. - Los valores del mundo. - La
Reforma. - Martín Lutero. - La revolución social alemana. -
Calvino. - Doctrina de la Predestinación. - La Etica de los
Elegidos. - Los "santos visibles". - El burgués puritano. - El
Estado burgués y la moral del fariseo. - "El pueblo es una gran
bestia". - La Contra-reforma. -Ignacio de Loyola. - La Etica del
libre albedrío. - La reforma Social. - Loyola y Lenín. - La
soberanía del pueblo. - Las Misiones y el Teatro. - Desarrollo
económico de los pueblos atrasados. - Oriente y Occidente. - La
exculpación. - Comienza la batalla.
AL TIEMPO que en la América española se cristalizaba, en las Leyes
de Indias, el espíritu de justicia propio del pensamiento católico
tradicional, en Europa comenzaba una revolución que habría de
afectar las bases éticas, económicas y sociales sobre las cuales se
construyó el gran edificio del catolicismo medioeval. Los
historiadores suelen registrar, con actitud de asombro, los
complejos fenómenos del Renacimiento, como si pensaran que ellos
tienen algo de inusitado o de fantástico en la historia humana Nada
justifica este asombro Las energías y pasiones que hicieron su
explosión en el Renacimiento fueron las energías y pasiones del
hombre de todos los tiempos, cuando consigue desembarazarse de las
restricciones de la ética o la religión El que los hombres
aspiraran a enriquecerse ilimitadamente y a disfrutar, sin trabas,
de los bienes de este mundo, nada tenía de extraordinario o de
inusitado. La sorpresa se podría justificar, en cambio, con
respecto a la que vivió el hombre de la Edad Media, cuyos apetitos
de lucro fueron frenados durante siglos hasta el extremo de que la
economía medioeval adquirió las inconfundibles apariencias de una
economía casi estática. Sólo cuando se reconoce la eficacia que
tuvieron los frenos religiosos sobre los instintos económicos del
hombre medioeval, se puede entender la naturaleza de los tres
grandes movimientos ocurridos en los siglos XV y XVI - el
Renacimiento, la Reforma y la Contra- reforma -, cuyas
consecuencias vivimos y padecimos en América, porque al tiempo que
los conquistadores españoles, hombres típicos del Renacimiento,
desataron en nuestro suelo el reinado del espíritu del lucro, fue
también en la América española donde se efectuó uno de los más
trascendentales experimentos de la Contra-reforma: las misiones
jesuítas.
Para comprender estos grandes acontecimientos de la historia
occidental, debemos preguntarnos, primero, cómo fue posible que el
hombre medioeval aceptara durante siglos los frenos que la ética le
impuso a sus instintos más espontáneos, comenzando por la ambición
de riqueza y el afán desmedido de lucro. La respuesta se encuentra
en la naturaleza misma de las grandes religiones mesiánicas, entre
las cuales figura, en primer plano, el cristianismo.
La esencia del mesianismo no es, como frecuentemente se supone,
la simple creencia en la venida futura de un Mesías, sino más bien
la convicción de que ella coincidirá con el fin del mundo y que
este acontecimiento habrá de producirse en un lapso relativamente
próximo. Esta honda vivencia religiosa, llamada en Teología
"conviccion escatológica", domina la vida espiritual de las
primeras comunidades cristianas e imprime su tinte de fervor
característico a las prédicas de los Apóstoles, después de cumplido
el grandioso drama de la vida y el sacrificio de Jesús. «Por lo
demás - dice San Pedro en su Primera Epístola - el fin de todas las
cosas se va acercando. Por tanto sed prudentes y velad en la
oración ». Por su parte, Santiago advierte en su Epístola: «Tened
también vosotros paciencia, confirmad vuestros corazones, porque la
venida del Señor se acerca ». Y San Juan describe, con tremendo
dramatismo, el fin del mundo y presenta a los ojos del creyente "el
nuevo cielo y la nueva tierra" que habrán de emerger del cataclismo
purificador que acompañará la venida del Mesías: «Y vi un cielo
nuevo y tierra nueva - dice porque el primer cielo y la primera
tierra desaparecieron... Ahora, pues, yo, Juan, vi la ciudad santa,
la nueva Jerusalem descender del cielo por la mano de Dios... No
habrá ya muerte ni llanto, ni alarido, ni habrá más dolor, porque
las cosas de antes son pasadas ». (Apocalipsis XX).
La gran expectativa mesiánica engendró una nueva espiritualidad
sobre el cuerpo exánime del escepticismo clásico y condujo a los
hombres de Occidente, estremecidos por la "emoción escatológica", a
adoptar una actitud de total desprendimiento ante los bienes de
este mundo. La vida terrenal adquirió la significación de mera
etapa preparatoria para esperar la próxima llegada del Mesías y la
historia humana halló su símbolo expresivo en la concepción de "Las
Dos Ciudades", de San Agustín. «Está escrito - decía el Obispo de
Hipona - que Caín fundó la ciudad terrenal; pero Abel, verdadero
tipo del peregrino, del viajero, no hizo lo mismo. Porque la ciudad
de los Santos no es de este mundo, aunque hace nacer a sus
ciudadanos en él para que cumplan su fugaz peregrinaje, hasta que
llegue la hora del Reino de Dios ».
Centradas todas las expectativas de la existencia en la Ciudad
de Dios, la vida propiamente terrenal perdió importancia y así pudo
afirmarse, en el marco de la conducta humana, una ética rigurosa,
fundada en un apasionado amor al prójimo y en el repudio categórico
de toda idea que fincara la conquista de la felicidad en el apego a
las riquezas materiales. « El cristiano - decía San Agustín - no
debe abundar sino reconocerse pobre. Si tiene riquezas debe saber
que éstas no son riquezas verdaderas... Seamos pobres y entonces
seremos saciados. Dios no mira el haber sino la codicia y ve que el
mendigo anhela cosas temporales y le juzga según la codicia no
según los haberes que no le ha sido posible conseguir... No te
llames a engaño ni sueñes carnalmente con una tierra que lleva
leche y miel, fincas, amenas, huertos fértiles y sombreados; no
sueñes alcanzar tales cosas, que suele codiciar aquí el ojo de la
avaricia. Pues siendo la codicia raíz de todos los males, hay que
extirparla ».
La gran vivencia religiosa del mesianismo domina toda la Edad
Media y se manifiesta en las concepciones de la Parusia, del
Milenio y tantas otras, que representaban las sucesivas
elaboraciones intelectuales de la creencia en el próximo fin del
mundo. La influencia que ellas tuvieron en el pueblo, explica
suficientemente las numerosas aclaraciones que al respecto hicieron
los Padres de la Iglesia y la necesidad en que se vio todavía el
Pontífice León X, en el quinto Concilio dé Letrán, de amenazar con
la pena de excomunión a quienes anunciaran con "fecha fija" el fin
del mundo.
Hubo también factores, típicamente económicos, que en forma
decisiva contribuyeron al arraigo del ascetismo medioeval. La
tremenda desarticulación introducida en el cuerpo geográfico del
mundo clásico por las invasiones de los bárbaros y la completa
paralización del comercio, a causa de la vio lenta ofensiva del
Islam en el Mediterráneo - la gran vía de comunicación del mundo
clásico -, sitiaron a la Cristiandad y « la Europa occidental -
dice Pirenne - volvió al Estado de región exclusivamente agrícola.
La tierra fue la única fuente de subsistencia y la única condición
de la riqueza... Los bienes muebles ya no tenían uso económico
alguno... ».
En este mundo saturado de tensiones espiritualistas, cuya economía
había perdido toda complejidad, le fue posible a la Iglesia
efectuar un cambio revolucionario en las nociones tradicionales
sobre la riqueza, los medios de conseguirla y la manera de usarla.
El fin de la actividad económica dejó de ser la simple ambición de
lucro para contraerse a la satisfacción de las necesidades
esenciales. El atesoramiento de bienes materiales se miró con
desconfianza, juzgándolo síntoma de avaricia, y se trató de que la
actividad económica se rigiera por la súplica evangélica: «El pan
nuestro de cada día dánosle hoy ». La producción, el uso del
dinero, la propiedad, los contratos, etc., fueron sujetos al fin
superior de la salvación y la economía, como tal, debió someterse a
la ley Moral. La teoría de los precios se vinculó a los costos de
producción y no a la acción de la oferta y la demanda, y se intentó
acomodar el salario a las necesidades de los obreros y no a los
requerimientos de los productores.
El problema central que se debatió en el campo de la ética
económica medioeval fue el de la usuras El ataque masivo realizado
contra los usureros por los teólogos, canonistas y Concilios, se
comprende por el problema de carácter religioso planteado por la
usura. Cobrar por ayudar al prójimo y servirse de la miseria y las
necesidades ajenas para derivar utilidades, se consideró un pecado
capital y los Concilios Ecuménicos de Lyon, en 1274, y de Viena, en
1312, promulgaron la más severa, legislación contra los usureros Se
les excluyó de la comunidad católica y se prohibió su entierro
cristianó. Sus testamentos se declararon nulos y ningún individuo,
ni sociedad, podían arrendarles casas, ni tener comercio alguno con
ellos.
A los magistrados que en las Cortes reconocieran eficacia
jurídica a los contratos de que se servían los prestamistas para
disfrazar sus operaciones, se les conmino con la excomunión. De
acuerdo con las disposiciones del Concilio de Viena, los usureros
sólo podían librarse de las penas pronunciadas contra ello si se
avenían a restituir las ganancias obtenidas por la usura.
No quiere ello decir que los principios normativos reflejaran
exactamente la realidad social de la Edad Media. La continua lucha
de la Iglesia contra las prácticas económicas de la época demuestra
que tales principios se desconocían frecuentemente y la insistencia
de los Concilios , en prohibir la usura a los eclesiásticos,
permite suponer que elles no eran ajenos, como no lo fueron, a una
actividad tan mal mirada por teólogos y canonistas. Se cometería un
error, sin embargo, si de este reconocimiento se pretendiera
deducir que las doctrinas de la Iglesia no tuvieron efecto alguno
sobre la conducta, del hombre medioeval. Todo lo contrario. Los
"bárbaros" que salieron de los bosques del Norte o de las planicies
desérticas del Asia y se precipitaron, como fieras de presa, sobre
el mundo occidental, adoptaron gradualmente, gracias a la profunda
religiosidad de la Edad Media, unos éticos que otorgaban protección
a los humildes contra los abusos de los poderosos. El odio que
profesaba Federico Nietzsche al cristianismo le permitió
comprender, como pocos han comprendido, la profundidad de la obra
realizada por la Iglesia y en su famoso libro, "El Anticristo",
consignó estas brutales sentencias, que constituyen la mejor
defensa de la Iglesia Católica: « Lo que hizo posible él
cristianismo no fue, como se cree, la corrupción de la Antigüedad
noble. Nunca se combatirá bastante la imbecilidad de los sabios que
sostienen semejantes tesis. En la época en que las capas de parias
enfermos y corrompidos se cristianizaron en todo el imperio romano,
el tipo contrario, la distinción, existía en su forma más bella y
acabada. La mayoría se hizo entonces señora; la democracia de los
instintos cristianos obtuvo la victoria... Dios en la cruz, ; no se
comprende la terrible intención que hay detrás de este símbolo?
Todo lo que padece, todo lo que está colgado, de la cruz es
divino... El que las razas del Norte de Europa no rechazaran al
Dios cristiano, es cosa que verdaderamente no honra a su don
religioso... El cristianismo se puso del lado de lo débil, de todo
lo bajo, de todo lo fracasado, y formó, ideal en oposición a los
instintos de conservación de la vida fuerte. En el cristianismo
figuran en primera línea los instintos de los esclavos, de los
subyugados y los oprimidos; las castas más bajas son las que buscan
en él su salvación... Otorgar la inmortalidad a Pedro y a Pablo ha
sido el atentado más monstruoso contra la parte noble de la
humanidad... Nadie tiene hoy la osadía de los privilegios, de los
derechos de dominación y del sentimiento de las distancias. El
sentimiento aristocrático ha sido minado subterráneamente por la
mentira de la igualdad de las almas... ».
El ideal de la Edad Media, fundado en el principio de que la
sociedad es una entidad espiritual y no una máquina económica, fue
sistematizado en las trascendentales disposiciones del Derecho
Canónico sobre la usura, y en sus definiciones del "justo precio",
el "salario necesario" y la "ganancia legítima". Este ideal alcanzó
su expresión más completa en el libro monumental de un monje salido
de una de las Ordenes religiosas fundadas por el genio español: el
dominico Tomás de Aquino.
La famosa "Suma Teológica" de Santo Tomás, cuya grandeza
conceptual podía hacer pensar que ella serviría de preludio de una
nueva época, sólo alcanzó a ser el epílogo de la Edad Medial Cuando
el monje dominico resumía toda la experiencia acumulada por la
sabiduría medioeval, ya comenzaban a sentirse esos ruidos sordos y
subterráneos que anuncian la proximidad de las grandes
revoluciones. Tomás de Aquino no los oyó y en la paz de su celda
conventual continué escribiendo el libro que sellaría con singular
magnificencia el final de una gran época. Su obra no tuvo mayor
influencia por la súbita modificación de las condiciones que
mantuvieron durante siglos el delicado equilibrio social de la Edad
Media. Esas condiciones comenzaron a transformarse cuando las
Cruzadas restablecieron el contacto entre Europa y el Oriente, se
redujo la presión del Islam y pudo reanudarse el comercio en el
Mediterráneo. Entonces el espíritu de lucro reapareció con
inusitado vigor y el contacto con el lujo oriental despertó de
nuevo en el hombre europeo la ambición de disfrutar de una
existencia grata y confortable. Un mundo que había estado privado
largamente de la abundancia y del lujo, absorbió con voracidad los
productos de civilizaciones más refinadas y a través de ellos
adquirió un concepto distinto de la riqueza. El precio justo, la
ganancia legítima y el interdicto de la usura perdieron su eficacia
restrictiva y la balanza comercial de Europa con Oriente se tomó
deficitaria y hubo de compensarse con el flujo de metales preciosos
que venían de América. El comercio dio origen a gigantescas
fortunas y los Fúcar, los Welser y los Médicis, para no citar sino
los principales, convirtieron el oficio de los usureros de la Edad
Media en el núcleo central de la actividad económica de la nueva
época. La tierra reseca de la Edad Media, azotada por vientos de
espiritualismo ascético, se vio humedecida, irrigada, por una
corriente de vitalidad hedonística, por una desenfrenada gula de
bienes materiales. Esa tierra reseca se convirtió en selva y de esa
selva emergió de nuevo el hombre sin frenos éticos, la magnífica
bestia de presa, cuyos modelos serían los "condottieros" italianos,
los conquistadores españoles, los piratas ingleses, los negreros
portugueses y los comerciantes y banqueros alemanes e italianos. El
proceso llegó a su culminación cuando un miembro de la familia
Médicis, de esa familia que hizo fortuna y construyó su poderío con
la práctica de la usura, se ciñó la Tiara Pontificia y se sentó en
el trono de San Pedro. Fue Giovanni de Médicis - quien goberné a la
Iglesia como León X - el autor de la famosa Bula, de 1517, en la
que se autorizó la venta de Indulgencias para financiar la
construcción de la Basílica de San Pedro.
El Renacimiento, por eso, presenta dos caras bien distintas para
el historiador, como las presentó para los cronistas de la época:
de un lado se advierte la esplendidez y el lujo de las minorías
enriquecidas en las especulaciones comerciales y en la banca y del
otro se entrevé la extremada miseria de las multitudes. Una miseria
bien distinta de la antigua pobreza de la Edad Media; una miseria
que no era el resultado de la estrechez general de una época sino
de la franca explotación de los desposeídos por los nuevos ricos,
quienes ahora se servían de los remanentes del feudalismo para
acelerar el proceso de concentración y atesoramiento de la
riqueza.
Este explosivo contraste entre el lujo y la miseria con lujo a
un estado de malestar general y en extensas zonas de a cultura de
Occidente comenzaron a removerse, con inusitada violencia los
fundamentos tradicionales del orden. Los mes de campesinos crearon
una situación extremadamente tensa y los espíritus más alertas de
la época no dejaron de advertir que los levantamientos de los
campesinos en Alemania, por ejemplo, eran síntoma inequívoco de una
explosiva insurgencia social que, de seguir su lógico curso, iba a
anegar, en una inmensa marejada revolucionaria, todas las
estructuras jerárquicas de la sociedad.
La rebelión general de los hombres del Renacimiento contra el
espíritu de la Edad Media se traduce, por tanto, en dos tipos de
reacciones bien distintas: los estamentos acaudalados pretenden
desembarazarse de las restricciones éticas que durante siglos
encadenaron el espíritu de lucro, y la multitud de los desposeídos
aspira confusamente a crear un orden social en el que reine la
justicia y desaparezca la miseria. La "comunidad de bienes",
atribuida a las sectas primitivas cristianas, se entrevé como una
esperanza por todos los humildes y esa esperanza alcanza a
contagiar a algunos de los teólogos católicos del Renacimiento y da
motivo a obras monumentales, como la "Utopía" de Tomás Moro y la
"Ciudad del Sol" de Campanella. En ellas se describe el modelo de
una sociedad comunista, de la que ha desaparecido la propiedad
privada y se rige por los principios esenciales del
Cristianismo.
Si la Teología medioeval se mostró impotente para oponerse al
doble embate del Renacimiento, ello no quiere decir que el espíritu
renacentista fuera capaz de convencer a los hombres de la
legitimidad de los cambios revolucionarios que estaban
cumpliéndose. La conciencia de frustración que se percibe en todo
el movimiento intelectual renacentista se debe a la incapacidad de
los Humanistas para ofrecer una teoría capaz de legitimar el anhelo
general de disfrutar plena mente de este mundo y de construir en él
una morada amable para el ser humano, en contraposición con el
espíritu ascético de la Edad Media. Como resultado de este fracaso
se introdujo una radical dicotomía entre las convicciones y el
comportamiento. Las actividades económicas de la época se
desenvuelven sin tener en cuenta los antiguos preceptos sobre la
usura el precio justo, el salario necesario o la ganancia legítima,
pero sobre la conducta de los banqueros y comerciantes pesa toda
vía el rechazo público, la sanción moral de las antiguas doctrinas.
Los hombres del Renacimiento se enriquecen, es verdad, pero no
pueden estar orgullosos de su riqueza, ni mucho menos de los medios
empleados para adquirirla.
Destruida la antigua armonía entre la fe y la conducta, los
grandes bastiones de la dogma católica se vieron asediados por una
masa de fuerzas oscuras y repentinamente se cuarteé aquel de los
dogmas de la Iglesia en el que los pensadores cristianos habían
tratado de ofrecer una solución definitiva para el más profundo y
decisivo de los problemas a que deben enfrentarse todas las
religiones: el problema del Mal.
Desde principios de la humanidad el hombre trató siempre de
hallar una explicación satisfactoria para la probada capacidad que
poseen los seres humanos de hacer el mal a sus semejantes y para
todas las formas de desventura que en el mundo se traducen en
dolor, miseria, enfermedad y muerte. En las antiguas religiones de
Oriente se concibió el Mal como una ineludible fatalidad cósmica, a
la que se atribuyó carácter divino, y la historia se asimilé a una
lucha, en el escenario del mundo, entre las potencias divinas del
Bien y las fuerzas, igualmente divinas, del Mal. Esta concepción
dio origen a un credo religioso dualista, que no dejaba al ser
humano otro recurso que el de anular su vida sensible para escapar
hacia la disolución espiritual del Nirvana o resignarse a reconocer
que las injusticias, la miseria- y los dolores del mundo eran el
producto legítimo de uno de los principios divinos que regían,
desde toda la eternidad, la marcha del cosmos.
El genio religioso hebreo se rebeló contra el fatalismo de las
religiones orientales y en lugar de atribuir un carácter eterno e
inmutable al mal, lo interpretó como el producto de un
acontecimiento histórico, la Caída del Hombre, caída que introdujo,
en un mundo inocente y feliz, las dramáticas desventuras del Mal.
Se necesité, sin embargo, de una profunda revolución en el mismo
ámbito de la religión judía para que la humanidad pudiera dar el
paso siguiente, el más decisivo, desembocar en la grandiosa
doctrina de la Redención. La vida y la muerte de Jesús pusieron
término a la idea oriental la inevitabilidad del mal y los primeros
Padres de la Iglesia al reducir a términos teológicos el
significado del sacrificio de Cristo, ofrecieron a la humanidad un
nuevo y grandioso credo religioso, en el cual el gran misterio de
la Redención privó de su carácter fatalista a las injusticias y
viejas formas de opresión que las doctrinas orientales juzgaron
inherentes al orden divino del cosmos.
Como la idea de la Redención abrió campos insospechados a la
esperanza y al optimismo de los hombres, encadena basta el momento
por el pesimismo del Oriente, la Iglesia hubo de enfrentarse a la
inmediata aparición de doctrinas que llegaron a poner en peligro su
unidad dogmática y su estructura temporal. La idea de la Redención
llevó a muchos espíritus a pensar que, una vez emancipado el hombre
de la culpa original por los méritos de Cristo, sobraba la liturgia
sacramental y bastaba, a los creyentes, imitar individualmente la
vida del Salvador para que les fuera dable alcanzar la
bienaventuranza. Tales fueron las doctrinas que predicó Pelagio en
momentos en que la Cristiandad necesitaba de toda la eficacia de su
organización temporal para completar la conquista del mundo clásico
y domeñar a los bárbaros que, en grandes masas, se precipitaban
sobre el cuerpo geográfico de la civilización latina.
La grave amenaza que para la expansión del cristianismo acarreó
una doctrina que descartaba la necesidad de los carismas
sacramentales y la mediación del sacerdocio católico, ex plica el
radical cambio que ocurrió en el pensamiento siempre generoso y
benévolo de San Agustín y su apego repentino. a la doctrina de la
Predestinación, doctrina que implicaba un renacimiento, en el mundo
occidental, de muchas de las características del viejo fatalismo
del Oriente. En el desenvolvimiento - dice Bonaiuti - del sistema
que contrapone al moralismo de Pelagio, formula (San Agustín)
aserciones de un pesimismo feroz, que la tradición cristiana debió
repudiar explícitamente más tarde... Pinta con colores tan
tenebrosos las consecuencias de la culpa original, que llega a
suprimir implícitamente toda libertad del albedrío humano
convertido, a causa de la culpa de origen, en un miserable esclavo
del Mal... La Gracia, pues, o sea el sostén divino necesario para
que este paralítico espiritual estire sus miembros contraídos, es
un dón enteramente gratuito y la salvación, el fruto de un decreto
infalible de la bondad Divina. Se salvan o se condenan aquéllos que
Dios quiere misteriosamente que se salven o se condenen... No
obstante las exageraciones agustinianas, inevitables en una áspera
controversia de veinte años, ellas cumplieron una altísima misión
histórica en el proceso del pensamiento cristiano. A través de los
siglos, podemos reconocer fácilmente que, si hubiese prevalecido el
pelagianismo, el organismo eclesiástico, en cuanto medio e
instrumento de distribución de los carismas de los cuales se
alimenta la vida espiritual de los fieles, hubiera quedado cortado
en su raíz.
La doctrina de la Gracia fue, pues, la solución que ofreció la
Teología medioeval para el dramático problema planteado por
Pelagio. De acuerdo con ella, el hombre, marcado por el pecado, no
podía salvarse por sus propias obras sino por la acción de la
Gracia Divina, que, "sin méritos ni proporción", le otorgaba Dios
para alcanzar la bienaventuranza. «Dios escoge a los hombres y no
los hombres a El », decían los teólogos medioevales. La
Escolástica, es verdad, trató de salvar la libertad del hombre y el
valor del albedrío, haciendo la distinción forzada entre Gracia
suficiente, que permitía el con curso del albedrío, y Gracia
eficaz, que disfrutaba de plena operancia sobre la voluntad. Esta
distinción, no obstante, tenía un carácter meramente
intelectualista y el sentido pro fundo de la Teología medioeval se
orientaba a reducir al mínimo la acción de la voluntad en la
economía de la salvación. La contradictoria definición del problema
dada por Tomás de Aquino, muestra que el intento de armonizar la
Omnipotencia de Dios con la libertad del hombre sólo se con siguió
a costa de colocar en plano secundario al albedrío. « De que nada
resiste la voluntad divina - dice Santo Tomás - resulta que no sólo
adviene lo que Dios quiere, sino que adviene, sea libremente, sea
necesariamente ». El dogma de la Gracia, así concebido, se amoldaba
perfectamente a un tipo de sociedad, como el de la Edad Media, en
que la vida terrenal tenía el sentido de mera preparación ascética
para el logro de la bienaventuranza.
El primer ataque de fondo contra el dogma de la Gracia lo
encabezó el monje agustiniano Martín Lutero, quien inició, de esta
manera, el complejo fenómeno histórico de la Reforma. Atormentado
su espíritu por profundas contradicciones, hijas de la exuberancia
vital de su personalidad, Lutero comprendió a medias el problema de
fondo de su tiempo y en su masivo ataque a la doctrina de la Gracia
no se propuso emancipar la voluntad humana sino atarla más
estrechamente a un nuevo tipo de ascetismo. Para negar el dogma de
la Gracia, Lutero se acogió a la tremenda doctrina de la
Predestinación, empleada por San Agustín en su histórica
controversia con Pelagio, y negó, en forma más radical que los
Escolásticos, la acción del albedrío en la economía de la
Salvación. Sólo la fe tenía eficacia salvadora para Lutero. Sólo
ella justificaba. «La fe decía - es cosa completamente distinta del
libre albedrio ».
El hombre no tiene libertad «al igual que un tronco, que una
piedra, que un montón de barro o que una estatua de sal... El
testimonio de nuestra razón nos dice que no puede haber voluntad
libre ni en un hombre, ni en un ángel, ni en un ser viviente
ninguno ».
Si Lutero tornó más dramática la dependencia espiritual del
hombre, cortó, en cambio, los vínculos que lo ataban al cuerpo
material de la Iglesia, porque al negar la eficacia salvadora de la
Gracia, que el creyente obtenía por la práctica de los Sacramentos,
hizo inútil la función del sacerdocio católico y convirtió el
problema de la salvación en un diálogo personal entre Dios y el
creyente. Si el hombre conseguía llegar al éxtasis y renunciamiento
propios del místico, ello le daba derecho para considerarse como
uno de los predestinados por Dios, desde toda la Eternidad, para
salvarse.
Fue su audaz y arrogante negativa a reconocer la legitimidad del
cuerpo material de la Iglesia, y no su Teología, el motivo que
provocó el estallido revolucionario de la Reforma. El guante de
desafío lanzado por él a la Silla Pontificia, ocupada entonces por
un miembro de la familia Médicis, y su rechazo rotundo a permitir
la venta de Indulgencias, provocaron la revuelta social que venía
incubándose en Alemania. Los campesinos se levantaron en masa y se
dio comienzo al asalto sistemático de los Castillos medioevales. El
odio entre siervos y barones empapé de sangre el suelo germano y,
como lo advierten los cronistas de la época, en las noches podían
verse las campiñas iluminadas por inmensas hogueras en las que se
consumían las fortalezas de los señores feudales. Los siervos,
formados en ejércitos improvisados - como acaeció después de la
Revolución Francesa y en la Revolución Rusa -, tomaron cruenta
verganza de sus antiguos señores y los jefes de los campesinos,
Karlstadt y Tomás Munster - confiados en el apoyo de Lutero -,
propusieron soluciones que lindaban prácticamente con el comunismo.
Sobre este escenario de gigantesca ebullición se agrandó la figura
del monje agustino y con ella el movimiento de insurgencia contra
el Papado. « Lutero - dice uno de sus biógrafos - procedía
realmente de abajo; era una fuerza eruptiva salida de la tierra, un
cráter que estalló súbitamente, y que vertió su lava ígnea sobre
Alemania, incendiándola; era un volcán que arrojó rabiosamente sus
piedras contra la lejana Roma; y que, con sus erupciones, causó
incendios en el resto de Europa ».
La lealtad de Lutero al movimiento de inconformidad desatado por
su exaltada pasión de místico, tuvo corta duración. Los
levantamientos de los campesinos le aterraron y terminó por
entregarse a los Príncipes Electores y a los barones, traicionando
a las multitudes que le veneraban y creían en él. Era lo
suficientemente prudente - dice su panegirista Alfred Weber - para
saber que su nueva fe sólo podría conseguir un apoyo y más tarde
una forma eclesiástica, mediante la protección y los intereses de
los poderes estatales que entonces surgian ». Con la bendición y
estímulo de Lutero, los señores feudales de Alemania masacraron en
forma brutal a los campesinos y la revuelta luterana se redujo,
desde entonces al saqueo de las tierras de la Iglesia por los
Príncipes Electores y su cauda de voraces barones. El luteranismo
dejó de representar la gran esperanza de redención humana que había
encarnado en su alborada y de el sólo quedó, en realidad, lo que
necesitaban las clases dirigentes alemanas: la repudiación del
Papado. Fue principalmente una religión de los alemanes y para los
alemanes.
Si la Reforma se hubiera reducido a las doctrinas luteranas, sus
alcances habrían sido menores. Pero la insurgencia iniciada por
Lutero se transformó en una doctrina demoledora cuando la dirección
del movimiento reformista pasó a manos de un hombre excepcional,
dotado de un genio frío e implacable y quien poseía, es verdad, una
gran versación teológica, pero carecía de verdadero espíritu
religioso: Juan Calvino. El comprendió, mejor que Lutero, las
potentes fuerzas que se agitaban en el subfondo de la cultura
occidental y se propuso utilizar la Teología no para apaciguar los
conflictos de su espíritu, sino para dar a la revolución económica
del Renacimiento la justificación moral que le faltaba. En su obra
monumental "Las Instituciones Cristianas", el penetrante genio de
Calvino salvó a la Reforma de ser un mero episodio y la convirtió
en un movimiento formidable, que habría de transformar
profundamente el mundo. Su aspiración fue justificar, con la
religión, el derecho de los lobos a andar, sin ningún género de
trabas, en medio del rebaño de las ovejas. Para conseguir este fin,
Calvino ancló en el centro de su Teología la tremenda doctrina de
la Predestinación, como lo hizo Lutero, y de ella. de dujo
consecuencias éticas que darían origen a un tipo de sociedad, en la
cual sería difícil reconocer los valores clásicos del cristianismo.
« Dios no sólo previó - escribió Calvino - la caída del primer
hombre.., sino que lo determiné todo por su propia voluntad...
Ciertos individuos que El escoge como sus Elegidos, están
predestinados a salvarse desde toda la eternidad, por merced
gratuita e independiente de todo mérito; los demás han sido
destinados a la condenación eterna por un justo e irreprochable,
aunque incomprensible, juicio divino ». No se limitó Calvino a
fundar su Teología en un principio que dividía tajantemente a la
humanidad entre los elegidos y los réprobos, sino que dio, a
continuación, el paso revolucionario en que consistía su aporte a
la idea de la Predestinación: la doctrina de la Comprobación. Con
esta doctrina se propuso Calvino satisfacer el explicable anhelo,
de los hombres, de conocer si pertenecían o no al grupo de los
Elegidos y formular una nueva ética, contraria y distinta a la
medioeval.
¿Cuáles eran los síntomas infalibles que consideraba Calvino
como "comprobación" de que una persona formaba parte del grupo de
los Elegidos de Dios? El Reformador juzgaba que las virtudes
salvadoras eran la sobriedad, el ahorro, la diligencia, la
frugalidad, el repudio de los placeres sensuales y, en completo
acuerdo con el espíritu del Renacimiento, miraba el éxito económico
como señal característica de los predestinados. Así la adquisición
de riqueza se convirtió para el creyente en el más elevado deber
moral y en auténtico requisito de la salvación. Uno de los
principales teólogos calvinistas, Richard Báxter, en su famoso
"Directorio Cristiano", definía, de la siguiente manera, el ideal
de la ética calvinista: « Si Dios os muestra un camino que os va a
proporcionar más riqueza que siguiendo, camino distinto y lo
rechazáis para seguir él que os enriquecerá menos, ponéis
obstáculos a uno de los fines de vuestra vocación y os negáis a ser
administradores de Dios y a aceptar sus dones para utilizarlos en
su servicio cuando El os lo exigiese. Debéis trabajar para ser
ricos, no para poner vuestra riqueza al servicio de vuestra
sensualidad y vuestros pecados, sino para honrar con ella a Dios
»
El enriquecimiento como vocación del creyente y la práctica de
las virtudes que conducían al atesoramiento de dinero, como
exigencia para pertenecer al grupo de los Elegidos, he ahí la
esencia de la ética calvinista, designada admirablemente para
transformar a la naciente burguesía occidental en una fuerza activa
y disciplinada. A fin de que nadie se equivocara sobre los
objetivos perseguidos por el nuevo credo, Calvino dio a
continuación el paso revolucionario que sería la decisiva razón de
sus éxitos proselitistas: rompiendo con todas las tradiciones
canónicas, declaró legítima la usura.
Su Iglesia se ensanchó entonces con las conversiones
"repentinas" de los grandes banqueros, comerciantes y especuladores
de la época - de la alta y media burguesía del Renacimiento -, que
largamente habían esperado una doctrina moral que legitimará sus
riquezas y los medios empleados para adquirirlas. « El capitalismo
- dice Henri Pirenne - estorbado por las restricciones que puso la
Iglesia al comercio del dinero y a la especulación, le procuró a
los calvinistas la adhesión de un buen número de negociantes y de
empresarios. Es preciso no olvidar aquí que Calvino había
reconocido la legitimidad de los préstamos con interés, que Lutero,
fiel esto como en tantas otras cosas a la teología tradicional,
condenaba todavía. Los primeros recursos puestos a la disposición
de la nueva Iglesia para cubrir sus gastos de propaganda - si se
nos permite emplear una expresión harto moderna pero que responde
perfectamente a la naturaleza de las cosas - le fueron anticipados
por comerciantes enriquecidos. Hacia 1550 es ya considerable en la
plaza de Amberes el número de los recientemente convertidos entre
el mundo de la Bolsa. Los católicos se quejan de que aquéllos se
aprovechan de su influjo sobre los obreros para obligarlos, por lo
menos aparentemente, a adherirse a su fe. También la nobleza
suministra desde el principio un numeroso contingente de adeptos ».
Este entusiasmo estaba sobradamente justificada porque Calvino, con
su Religión, convirtió a los ricos en "santos visibles", como desde
entonces comenzaron a llamarse los burgueses de Londres, de
Ginebra, los Países Bajos y Alemania. « No es totalmente caprichoso
afirmar - escribe Tawriy - que en un escenario menor, pero con
armas no menos formidables, Calvino hizo por la burguesía del siglo
XVI lo que Marx realizó por el proletariado en el siglo XIX; la
doctrina de la Predestinación otorgó la ansiada seguridad de que
las fuerzas del universo estaban del lado de los Elegidos, como en
una época diferente y posterior haría el materialismo histórico con
el proletariado ».
Como el fin de toda ética, digna de ese título, es la "crianza"
de un tipo de hombre, debemos considerar, así sea someramente, las
cualidades del tipo humano criado por la moral calvinista: el
burgués puritano.
Para modelar su arquetipo histórico sobre la frágil masa de la
arcilla humana, Calvino organizó en Ginebra, y lo mismo hicieron
sus continuadorés en Inglaterra y Norte América, una verdadera
Inquisición, cuya finalidad era imprimir a los creyentes las
virtudes que Calvino situé en el céntro de su sistema moral: la
sobriedad, el ahorro, la diligencia y el repudio de los placeres de
los sentidos. En Ginebra, como después en la Nueva Inglaterra, se
estableció una feroz "policía de las costumbres" y todas las
acciones de los particulares fueron objeto de acuciosa vigilancia y
de sanciones draconianas. El presupuesto familiar, los gastos
menores, las diversiones, el modo de vestir, el atuendo de las
mujeres, las oraciones y los deberes conyugales, fueron sometidos a
la permanente y alerta intervención de la nueva Iglesia. En sus
observaciones sobre este aspecto del calvinismo dice Max Weber: «
La concuspicencia aneja al coito, es considerada como pecaminosa,
inclusive en el matrimonio y, según opinión de Spener, es
consecuencia del pecado, que convierte un hecho natural y querido
por Dios en algo indisolublemente unido con sensaciones pecaminosas
y por tanto en un pudendum ». El teatro fue también motivo de
particular aversión por parte de los calvinistas y por su
influencia se cerraron, en masa, los teatros de los países
occidentales donde dominaron sus sectas. Hasta el famoso teatro de
Stratford, donde se presentaban regularmente las obras de
Shakespeare, fue clausurado por los puritanos, lo cual explica el
odio que profesaba Shakespeare a los sórdidos hijos de Calvino.
Pero no se crea que la "crianza" del burgués puritano se efectué
por medios suaves o tolerantes. Para anclar la moral burguesa en el
alma de los creyentes, Calvino prendió las hogueras de la
Inquisición protestante. Su alma de moralista sádico gozaba
presenciando los castigos que decretaban los "santos" contra los
infractores de las severas restricciones exigidas por su "moral de
la avaricia". Centenares de victimas fueron torturadas en las
cárceles de Ginebra y llevadas a la hoguera, bajo la mirada febril
del nuevo Papa de los protestantes. El caso del sabio español
Miguel Servet, a quien se debe el descubrimiento de la circulación
de la sangre, fue uno entre tantos, famoso apenas por la celebridad
de la víctima. Servet fue quemado en Ginebra por orden de Calvino,
quien se complació visiblemente, durante el horrible espectáculo,
porque la mala calidad de la leña prolongó la tortura del gran
sabio español. ¡Causan risa, por tanto, los escándalos farisaicos
de los historiadores protestantes contra la Inquisición
española!
La moral calvinista tuvo dramáticas consecuencias para el
destino de la humanidad. Por ella, el espíritu de lucro se
convirtió en sinónimo de santidad y la pobreza en síntoma
anticipado de reprobación. «Un cristiano - reza un proverbio
calvinista - no puede, ser un mozo de cuerda o un holgazán, y ser
bienaventurado ». « Si el hombre - agrega otro - es grande y rico,
él hará una armonía más dulce y melodiosa en los oidos de Dios, que
si fuese pobre y de baja condición » Las naciones, cuyas clases
dirigentes se impregnaron de la ética puritana, dejaron de
considerar la explotación del pobre como hecho censurable y la
juzgaron como una virtud del rico « Ya Calvino - observa Weber -
había dicho que "el pueblo", es decir, la masa de los trabajadores
y artesanos, sólo obedece a Dios cuando se mantiene en la pobreza;
esta afirmación sería "secularizada" por los holandeses en el
sentido de que los hombres sólo trabajan cuando la necesidad los
impulsa a hacerlo, y la formulación de ese leit-motiv de la
economía capitalista condujo más tarde a construir la teoría de la
"productividad" de los salarios bajos ».
Del concepto de los ricos predestinados se pasó pronto al de los
pueblos y las razas predestinadas. Las grandes colonizaciones
anglosajonas en los siglos XVI y XVII se efectuaron por adeptos de
las sectas calvinistas y los crímenes y depredaciones que
cometieron los famosos "peregrinos" puritanos contra los nativos se
justificaron con citas de la Biblia, que oportunamente invocaban
sus Pastores Biblia, sin embargo, no fue aceptada por los puritanos
en su integridad y secuencia lógicas. Calvino y sus sucesores
comprendieron que el Nuevo Testamento representaba una revolución
contra el espíritu de la casta de negociantes judíos - simbolizada
por los fariseos, los publicanos y los rabinos - y sus
predilecciones fueron, por tanto, para el Antiguo Testamento.
Jehová, el Dios terrible, el Dios del "pueblo escogido", reemplazó
en la mente del puritano a la figura amable de Jesús, quien no
tenía Elegidos, había venido a redimir a todos los hombres y arrojó
a los mercaderes del templo, porque «:mi casa es casa de oración y
no cueva de ladrones ». En el alma del puritano se repitió el drama
del Calvario; Jesús no triunfé sobre Jehová, sino Jehová sobre
Jesús y la ética dio un salto atrás de dos mil años.
Renació entonces en el mundo, como era natural que su. cediera,
la esclavitud, institución que la Iglesia casi había lo. grado
extinguir. Los continentes de color se vieron asaltados por las
"naciones predestinadas", por los "pueblos elegidos", los cuales
reanudaron la monstruosa piratería de la trata de negros. Y como si
todo esto fuera poco, en el curso de corto lapso, las naciones
occidentales pasaron de la ética que prohibía la usura a la
institucionalización de la prisión por deudas. Así se resolvió, en
parte, el problema de la escasez de mano de obra en las colonias
puritanas de Norte América. Los deudores de la plutocracia
calvinista inglesa fueron enviados a los dominios, encadenados como
esclavos, para pagar las sumas adeudadas, con el producto de su
venta, como siervos, a los plantadores del Nuevo Mundo.
Sólo en un país dominado por la ética puritana, como Inglaterra,
podía concebirse la posibilidad de que se dictaran leyes llamadas
"de pobres", para perseguir deliberadamente a los pobres. Sólo ese
tipo de ética podía explicar la existencia, en las ciudades
inglesas, de esas infames bastillas, llamadas Casas del Trabajo, en
las que se amontonaban los desocupados no para recibir un alivio
sino para ser "castigados" por estar sin trabajo. Sólo bajo el
régimen de la burguesía puritana podían explicarse las doctrinas
que, en los siguientes términos, des cribe el historiador inglés
Tawny: «Se quejaban los empresarios de que, en comparación con los
holandeses, los obreros ingleses eran indulgentes y vagos... Que de
ello se deducía la conveniencia de los altos precios, los cuales no
eran una desgracia sino una fortuna, porque de esta forma se
compelía a los asalariados a ser más industriosos; que los altos
salarios, lejos de ser una bendición, eran una desgracia, porque
ellos conducían a las "orgías semanales". Cuando estas doctrinas se
aceptaron generalmente, fue natural que los rigores de la
explotación económica se predicaran como un deber público y, con
pocas excepciones, los escritores de la época difieren solamente en
los métodos por los cuales la severidad debía ser ventajosamente
organizada... Todos estaban de acuerdo en que, tanto en el campo
moral como en el económico, era vital que los salarios fueran
reducidos... Cuando los filantropistas se preguntaron si sería
conveniente, como les parecía, restablecer la esclavitud, nadie
esperaba que los sufrimientos de los desposeídos despertaran en sus
corazones un sentimiento de compasión. El rasgo más curioso de todo
este debate, fue la absoluta negativa admitir que la sociedad tenía
alguna responsabilidad en las causas de la miseria general ».
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