Cronicas de Bogota tomo uno

 

Capítulo XXIII

Criterios erróneos por apasionados han juzgado falsamente los progresos de la ilustración en las colonias americanas, especialmente hasta principiar el ocaso del siglo XVIII. Unos han propagado la idea de que aquellos eran tiempos da completa oscuridad y de absoluta ignorancia; otros, imbuídos en prejuicios contrarios, han enseñado que todo lo que existía a este respecto era bueno, Para los primeros, el Gobierno de la Colonia sostenía por sistema la ignorancia; para los segundos, el mismo Gobierno difundía con entusiasmo la instrucción pública. Las dos doctrinas se apartan de 1a verdad de los hechos.

La historia imparcial tiene que aseverar que después de mediados del siglo XVIII hasta que terminó el Gobierno español en América, la Corte de España y sus Ministros en el Nuevo Continente protegieron las ciencias útiles y los estudios serios y prácticos, cambiando la errada política seguida hasta entonces de mantener a los americanos en completa ignorancia .

Don José Celestino Mutis había nacido .en el hogar de una familia honrada, que habitaba en Cádiz en 1732. Allí mismo y en Sevilla cursó medicina y obtuvo la borla de doctor en Madrid; donde regentó la cátedra de anatomía.

El Virrey Messía de la Zerda lo invitó para que lo acompañase a América como médico de la familia, con $ 700 anuales. En unión del Virrey llegó Mutis a Cartagena el 29 de octubre de 1760, y el 24 de febrero del año siguiente pisó por vez primera el suelo de Bogotá. Fuéra de su amigo el Virrey Zerda, llegó con Mutis don Jaime Navarro, cirujano de la semicorte, con quien también cultivaba cordiales y estrechas relaciones. Apenas llegado a la capital, Mutis llevo un diario que hoy nos suministra radiante luz sobre los talentos del médico botánico, sobre su vasta instrucción y su interés por el progreso de la Colonia. La falta de Cuerpo médico suficiente en 1761 en Santafé, corno antes hemos anotado, ocasionó que todos los enfermos asediaran al facultativo del Virrey en busca de alivio a sus dolencias. Con. este motivo tuvo relaciones inmediatas con todas las clases sociales y quiso informarse de las opiniones de los santafereños sobre la medicina empírica, muy en boga en la ciudad de Quesada. Nosotros también queremos, tomando noticias del diario de Mutis, informar a nuestros lectores algo de las falsas ideas y supersticiones que reinaban entonces en la capital de la Colonia, noticias que nos servirán para complementar el cuadro de la sociedad de aquellos tiempos.

Don José Celestino Mutis.

Mutis, con criterio elevado y con el especial hábito de observación que desenvuelve el estudio de la medicina, cita en su diario varios hechos que él llama vulgaridades, que prevalecían en todas las clases sociales; recuerda que a los europeos que llegaban a Santafé se les decía se guardasen de humedecerse los pies, pues se creía que el germen de todas las enfermedades era semejante descuido; anota que a los niños desde el día de su nacimiento hasta los siete años los bañaban de noche en agua fría, por creer que esta práctica los desarrollaba sanos y robustos.

Otra vulgaridad, dice Mutis, no menos extendida, es que el sereno causa muchísimo daño, y que lo más fuerte de dicho sereno es desde las cinco hasta las ocho de la noche. Tampoco alcanzo estas físicas.

Indica además que creían en la Colonia que se rompían las muelas adoloridas aplicándoles raíz de verbena machacada con sal, al aplicar la masa caliente a la caries dental.

Dice Mutis:

Ofrecióse hablar de salamanquesas, y a esta sazón refirió doña Josefa Rocha, que la picada o mordedura de este animal era mortal en Mompós, donde elle lo había observado en un negro. Añadió que si la salamanquesa bebía agua primero que el mordido, vivía aquélla, muriendo éste; pero que si el hombre lograba beber primero que la salamanquesa después de la picada, se libertaba, muriendo ésta. Noticia muy semejante a las muchas del país, y que merecen un eterno desprecio.

Oyendo opiniones de la alta clase social sobre los secretos que poseían los negros de los valles calientes para preservarse de los daños de animales venenosos, afirmó don José Rocha que en eso había pacto con el diablo.

Hallándome en otro congreso, oí contar que el excremento humano era remedio eficaz para extinguir los cotos. Que el agua de arboloco, encerrada en sus canutos, era también muy eficaz. Dudo de la verdad de estas relaciones, pues si fuera cierto, no habría tantos cotos.

Cambiando de asunto, vamos a dar noticia de nuevas costumbres de aquella época, tomándola de los diarios del médico del Virrey. Mutis salió de paseo una tarde acompañado del cirujano Jaime Navarro, y se encaminaron a la entonces desolada plaza de San Diego, donde había campamento popular por celebrarse en la iglesia vecina una fiesta religiosa en honor de la Virgen del Campo, cuya estatua dijimos antes haber sido modelada por el artista Juan de Cabrera. La fiesta consistía en levantar tiendas de campaña que duraban tres días, y en las cuales se expendían abundantes provisiones de boca y grandes cantidades de chicha y otros licores, a numerosísimo concurso.

También refiere Mutis que con frecuencia acompañaba al Virrey a cacerías, y hace mención especial de un día de caza que tuvo por objeto enriquecer la mesa virreinal el día de San Carlos. " Hubo en Palacio un lucidísimo banquete presidido por el señor Virrey y franqueado no solamente a lo más lucido de su familia sino también al Cabildo eclesiástico, representado por su Deán y Arcediano, a toda la Audiencia, Tribunal de Cuentas, Ofíciales reales; Casa de la Moneda y los dos Alcaldes". Los empleados comieron muy bien aquel día para felicitar de una manera práctica al Rey Carlos III en su cumpleaños, y a las dos de la tarde vieron desde los balcones del Palacio la indispensable corrida de toros, y después de ella asistieron al refresco, que duró hasta las diez de la noche, hora demasiado avanzada para los hábitos de aquella sociedad.

El conocido sabio relata que las corridas de toros tenían lugar en la plaza principal del modo que ya hemos descrito, y nos cuenta a propósito el siguiente caso de tauromaquia:

asistí a la fiesta de toros con cuerda, que fue de lo mejor que llevo vistas en este país. Don Jaime Navarro tendrá ocasión de acordarse en adelante de este día. Fue el caso que habiendo querido seguir la costumbre del país, imitando a los orejones (llaman así a los criollos de los pueblos vecinos y tierra adentro), y a los majitos de este pueblo, cuya gala es salir en tales días montados en sus caballos y rodear y seguir al toro; queriendo pues nuestro don Jaime imitar estos usos, se preparó en su caballo, excediendo tanto su valentía, que se proporcionaba muchas ocasiones de éstas, y en ocasión de estar en la plaza un torito guapo, tuvo la mala suerte de hallarse acometido tan da repente, que no tuvo ocasión de escapar. Pasó toda la desgracia en su caballo, que de la herida murió al siguiente día. Nos ha dado a Su Excelencia y a todos los que conocemos su buen humor, abundante materia para divertirnos con el lance por muchos días.

No descuidaba Mutis en medio de estas diversiones y de sus trabajos de médico en ejercicio, serios estudios sobre la vegetación ecuatorial, dando principio a la formación de la célebre flora de Bogotá ,y de la rica y variada vegetación de las regiones superandinas y el atender a su correspondencia científica con sabios europeos y con sociedades entregadas al estudio de estos ramos.

Tenía Mutis altos conocimientos en ciencias físicas y naturales, en matemáticas y en astronomía; había ofrecido a sus compañeros de viaje marino que al llegara Santafé abriría una cátedra para 1a enseñanza de estas ciencias, oferta que tuvo las simpatías del Rector del Colegio del Rosario y de Messía de 1a Zerda. Jamás antes se habían enseñado matemáticas en los Colegios de Lobo Guerrero ,y fray Cristóbal de Torres, y fue el 13 de marzo de 1762 cuando, con presencia del Virrey, abrió Mutis dichos estudios en las aulas del Colegio del Rosario, pronunciando la oración inaugural. Enseñó hasta 1766, año en que tuvo que ausentarse de la capital. Los nuevos progresos de las ciencias en el Virreinato no sólo se debieron a Mutis sino también al Virrey Zerda y al ilustrado Fiscal Moreno y Escandón, quien los había incluido en el plan de estudios que elaboró por mandato del señor Zerda. La luz científica que para entonces renacía en España tuvo reflejo en el Nuevo Reino, en donde habían privado hasta entonces ideas absurdas y extravagantes con relación a las ciencias exactas. La voz autorizada de Mutis va a confirmar nuestro aserto, desnudo de exageración:

Parece increíble que en nuestro tiempo pueda haber país en donde sus individuos piensen tan erradamente. Yo, en tales ocasiones, no hallo otro recurso que tomar sino el silencio, por no exponerme a unas contradicciones insoportables. No hay duda que caigo en otro extremo de consentir tales extravagancias. No es el medio más favorable para mi opinión pero desde luego era el más oportuno, atendidas todas las circunstancias. Oír contar a esta gente algunos efectos de la naturaleza, es pasar el tiempo oyendo delirar e unos locos.... .Que esto sucediera entre viejas ignorantes o entre hombres nada instruidos, no causara mucha admiración; pero que las mismas relaciones oiga un viajero en boca del vulgo que en la de los que se tienen por más racionales en el pueblo.... para esto no hay consuelo --. Instrúyase usted en el modo de pensar de esta gente, y de gracias al cielo de no hallarse en un país donde la racionalidad va tan escasa que corre peligro cualquier entendimiento bien alumbrado.

Refiere Mutis que un día de febrero de 1762 realizó el deseo de subir al cerro de Guadalupe para hacer observaciones barométricas. A las dos y media de la tarde, creyendo poder regresar el mismo día, emprendió el ascenso a pie, acompañado de sus criados y de su barómetro. Herborizó mientras recorría la senda de subida, habiendo encontrado plantas desconocidas en la botánica europea. Coronó la altura a eso del anochecer, en la confianza de que allí encontraría habitaciones dónde poder pasar la noche. Pero encontró todo desierto y tuvo que comer como ermitaño y dormir en austera cama. En la ermita de Guadalupe no se había vuelto a colocar, desde cuando fue derribada por el terremoto de 1743, una piedra que encontró el botánico, con esta inscripción:

ACABOCE ESTA=

CAPILLA AÑ

EN DE 168

"El último número -dice Mutis,- no parecía ya en la piedra," que estaba gastada por aquel lado, pero el yerro es poco, no pasando de nueve años, por donde se ve que la fundación o edificación de aquella capilla no tiene más antigüedad que la de unos setenta a ochenta años. Mutis tradujo las dos primeras letras del último renglón por enero. Le llamó la atención una gran campana, fundida en 1741, con esta inscripción en la circunferencia:

AVE MARIA GRATIA PLENA DOMINUS TECOM.

Ya se ha anotado en varios estudios sobre nuestra literatura que el exagerado sentimiento religioso que reinaba en esos tiempos en la Colonia, extraviaba la conciencia pública

y era causa de numerosas fundaciones conventuales de ambos sexos. En todas las instituciones religiosas de entonces se llevaba una vida contemplativa, y no era raro encontrar en las comunidades numerosos individuos que buscaban al amparo del claustro la evasión de la natural ley del trabajo.

Es una verdad que el Gobierno colonial hizo muy poco por la educación de la juventud masculina; los tres institutos que existían en Santafé: San Bartolomé, El Rosario y la Universidad de Santo Tomás, se debían a la liberalidad de sus tres ilustres fundadores: Lobo Guerrero, fray Cristóbal de Torres y Gaspar Núñez. En cuanto a la educación de la mujer, había sido completamente descuidado. Así, pues, la más bella mitad de la especie humana andaba privada de los goces intelectuales que nacen de la instrucción: las jóvenes de la clase elevada de Santafé tenían que contentarse con manejar la aguja; por excepción aprendían algo de música, de dibujo o de baile, y los padres, temerosos de que sus hijas mantuviesen amoríos por correspondencia, no les permitían que aprendiesen a escribir. No pudiendo cultivar las cualidades del entendimiento y del corazón, que son las únicas "que proporcionan al himeneo una serenidad constante, se relajaban considerablemente los dulces vínculos que debían ligar a los esposos; y la educación física y moral de los hijos, como también las obligaciones domésticas, eran frecuentemente desatendidas para dar rienda a las pasiones criminales".

Viciada la educación de la mujer, olvidaba el Gobierno colonial que las primeras impresiones del niño y las primeras ideas del adolescente las recibe de la madre, y estando sumida ésta en la ignorancia, fácil es suponer lo defectuoso de la educación de los hijos.

Durante el Gobierno del señor Messía de la Lerda se fundó en Santafé el primer establecimiento de educación para la mujer, a la vez para las de la clase elevada de la sociedad y para las hijas del pueblo. Doña Clemencia Caicedo, de familia patricia, hija de don José de Caicedo y de doña Mariana Vélez, nació en la antigua capital del Virreinato en 1707; viuda de don Francisco Javier Echeverri, y muerto el único hijo de ese matrimonio, casó doña Clemencia con el Oidor Joaquín Aróstegui, y no habiendo tenido descendencia, resolvió la bella y rica dama, con la anuencia de su esposo, fundar la casa de educación a que nos referimos. Con tan laudable fin se dirigió doña Clemencia a la Corte, por intermedio del Virrey, en 1786, ofreciendo para la obra sus cuantiosos bienes, Atendió el Rey la solicitud, apoyada por informe del Virrey, y aunque con la desesperante lentitud que acostumbraba el Gobierno español, se expidió al fin una real Cédula en el Pardo el 8 de febrero de 1770, por la cual se permitía fundar un convento de religiosas, que en la Península llamaban vulgarmente de La Enseñanza y que siguen la regla de San Benito bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar. Los bienes que aportó la fundadora y que el Rey señala en la Cédula, estaban representados por la mina de oro de Iciaco, en jurisdicción del Chaparral, con más de treinta esclavos; una ,hacienda de ganado y cacao, inmediata a dicha mina; una casa grande en Santafé, para que sirviera de convento (hoy edificio ocupado por la Escuela de Bellas Artes y por la Escuela Normal de Señoritas), y un sitio anexo a ella, capaz para edificar el templo y demás dependencias del nuevo monasterio. Además de esto se comprometió la señora de Caicedo a construir la iglesia y demás adyacentes. El Rey, como única compensación, concedió a 1a fundadora el patronato de la obra pía a perpetuidad, con derecho ella de traspasarlo, después de sus días, a quien fuere su voluntad.

En julio de 1770 pidió al Virrey el célebre Fiscal Moreno y Escandón que se cumpliese lo ordenado por Su Majestad. El día 12 de octubre de ese año se hizo solemne función religiosa en la iglesia de San Felipe, situada a pocos pasos del área del nuevo templo, con el objeto de trasladar de allí la imagen de la Virgen del Pilar y el cofre con las monedas que debían colocarse con la primera piedra, base de la iglesia que desde entonces se llama de La Enseñanza.

Ocupó más alto puesto que el Virrey en esta fiesta la señora de Caicedo, y desde ese día ella misma vigilaba los trabajos y pagaba los obreros, logrando ver concluida su benéfica obra, a la cual consagró los últimos años de su vida que terminó el 2 de octubre de 1779. Su consorte había fallecido poco antes de ella. Las cenizas de los dos esposos fundadores de la primera casa de educación para el sexo femenino en Santafé se depositaron provisionalmente en el templo de Santo Domingo, y en 1783 fueron trasladados con pompa religiosa inusitada a sendos sepulcros de la iglesia de La Enseñanza, que se conoció también en los primeros tiempos, con el nombre de Santa Gertrudis. Las criptas que guardan los restos se encuentran al pie del presbiterio: del lado del Evangelio, la de Aróstegui, y del lado opuesto, la de doña Clemencia; y tienen estas inscripciones:

Hic Joachin. de Arostegui jacet, sed non latet totus, latet corpus, sed non opus orbi nam hoc latet patet; iste et illa in hac arce sunt refugium pro innocentia: omnes pro sua clementia dicant, requiescat in pace, Obit oct. Kal. Nov. Anno Dom. MDCCLXXV Aetat. suae anno Dom. MDCCVIII.

Hac sunt infosa M. Clementiae ossa~ cessit e vita bonis moribus insígnita pro fovenda innocentia; hanc domum fecit Clementia consortio Joaquim struxit cum quo pactavit dum nupsit. D. Maria Clementia Cuycedo Obit sext. non. oct. Anno Dom. MDCCLXXIX, Aetat. I.XXII: Ann, deposita in Eccl. R. R. P. P. Praedic. et huc Transl. Oct. kal. Oct. Anno Dom. MDCCLXXXIII.

Que vertidas por el doctor Roberto Cortázar, dicen:

Aquí yace Joaquín de Aróstegui, pero no oculto del todo; su cuerpo no se ve; pero resplandece su obra. El y su es posa dieron aquí un refugio a la inocencia. Todos piadosamente digan: descanse en paz. Murió el 25 de Octubre de 1775, y nació en 1708.

En esta fosa se guardan los retos de María Clemencia; dejó la vida adornada de grandes virtudes y señalándose por haber dejado esta casa a la inocencia. En unión de su esposo pactó esta donación. Doña Clemencia Caicedo murió el 2 de octubre de 1779, a la edad de setenta y dos años. Depositadas sus cenizas en el templo de Santo Domingo, se trasladaron a este lagar en 24 de Septiembre de 1783.

Es cierto que hasta el reinado de Carlos III rigió con grandes defectos el Gobierno de la Península en todo lo relativo a instrucción pública, no sólo en sus colonias de América, sino en la misma España; pero también es verdad que los colegios que hemos citado obtuvieron protección o patronato real, y que también existían, fundados por Ordenes religiosas, el de San Buenaventura en la de San Francisco, el de San Nicolás en la de San Agustín y el de la Recoleta de La Candelaria. Estos tres últimos en realidad carecían de valor porque no se aprovechaban de su instrucción sino los miembros de las mismas Ordenes. También se fundaron numerosas escuelas populares.

Como documento indiscutible, del cual vamos a tomar algunas noticias, y como una muestra de la forma notarial con que se otorgaban las últimas voluntades a fines del siglo XVIII, insertamos una parte del testamento de la fundadora de La Enseñanza, que tenemos a la vista:

Testamento. En el nombre de Dios Todopoderoso, amén. Yo, doña María Clementina Gertrudís de Caicedo, vecina de este ciudad y corte de Santafé, hija legítima del señor Teniente Coronel don José de Caicedo y Pastrana y de doña María Vélez Ladrón de Guevara, vecinos que fueron de esta ciudad, estando en mi sano y entero juicio, cual Dios Nuestro Señor fue servido darme y hallándome enferma aunque en pie, temiéndome el morir, que es natural a todo viviente, y deseando dejar todas mis cosas dispuestas por el presente y la vía y forma que más haya lugar, otorgo este mi testamento en la forma siguiente: primeramente confieso y creo en el inefable misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, y en los demás misterios que tiene, oree y confiesa nuestra Santa Madre Iglesia católica, apostólica, romana, en cuya fe he vivido y protesto morir, confesando y venerando el misterio de la Concepción en gracia de María Santísima Nuestra Señora, a quien invoco por intercesora y abogada con el santo ángel de mi guarda y de mi nombre, a el Patriarca Señor San José y señor San Joaquín y mi Señora santa Ana, los Patriarcas Santo Domingo y mi Seráfico Padre san Francisco, San Ignacio y San Francisco Javier, San Antonio de Padua y San Francisco de Paula, San Pascual Bailón, Señora Santa Gertrudis, señora Santa Teresa de Jesús y Santa Coleta y demás de la corte celestial. Encomiendo mi alma a Dios Nuestro señor que la crió y redimió con la preciosísima sangre de su Santísimo Hijo, mi Señor Jesucristo, y el cuerpo a la tierra de que fue formado, etc. etc.

Asesorada de la corte celestial, dispuso que agregaba al edificio de La Enseñanza una casa vecina que compró a doña Magdalena García, otra fronteriza, calle de por medio; y que la mina del Citará, rica propiedad del Chocó, la destinaba a mandas particulares que constan en dicho testamento.

Nombró patronos de su benéfica fundación a los Arzobispos y Prelados y a su sobrina doña María Magdalena Caicedo, que fue la primera Priora de La Enseñanza; designó como Capellán del convento a otro sobrino suyo, hermano de la Priora, don Fernando Caicedo y Flórez, a quien nombraremos muchas veces por la celebridad de su nombre.

Terminados el colegio, el convento y la iglesia, edificios que existen todavía en la carrera 6a y en la calle 11, o de La Enseñanza, se dio principio a la educación de las hijas del pueblo y a las nobles no sólo de Bogotá sino de diferentes ciudades del Virreinato.

Allí vivieron tranquilas y dedicadas al cultivo de las mejores rosas en botón de nuestra sociedad las religiosas de La Enseñanza, hasta aquella noche de salvajes escenas -8 de febrero de 1883- en que cayó sobre ese nido de palomas, obsequiado a la instrucción por el capital privado, la soldadesca triunfante

de una de nuestras guerras civiles. Hoy, por dicha, y debido a los esfuerzos de Alberto Urdaneta (1888), artista e historiógrafo, se ostenta en el portal del antiguo monasterio el busto de Vásquez Ceballos, y sus salones y corredores dan abrigo a la Escuela Nacional de Bellas Artes: hase verificado así una especie de restitución, y ríndese allí culto a la belleza como en otro tiempo a la inocencia.

También por fortuna, y por otra especie de restitución, el Gobierno General ha destinado con acierto el edificio del antiguo colegio de la señora Caícedo para Escuela Nacional de señoritas.

El Capellán Caicedo y Flórez tributa merecidos elogios al Arzobispo Martínez Compañon, de quien hablaremos más tarde, por la munificencia con que hizo a su costa varias obras complementarias en la primitiva casa de educación femenina, a lo cual añadió la suma de cerca de $60.000, destinando su producto a alumnas becadas.

Para nosotros data de esa época de verdadero progreso educacionista la aurora de nuestra independencia. Ya se ha dicho con elevado criterio filosófico, refiriéndose a los hombres de la revolución de 1810, que no seria posible que los desiertos de Arabia fueran alumbrados por el sol de cualquier día, no ya cubiertos por arenas abrasadoras, sino por bosques opulentos, nacidos como por encanto. Creemos con don Florentino Vesga que "antes que las grandes revoluciones aparezcan en forma de pronunciamientos y ,de batallas, existen en las cabezas de los hombres de genio en forma de ideas, así como en un indescriptible grano de polen se contienen en forma de rudimentos, todos los materiales orgánicos de un árbol corpulento." Desde entonces los Colegios de San Bartolomé y del Rosario fueron verdaderos centros de luz donde se enseñaron, en vez de filosofía escolástica y rudimentarias lecciones de latín, ciencias físicas y matemáticas y algunos cursos de medicina, lecciones de verdadera utilidad, que hicieron ver a los colonos horizontes desconocidos.

Generalmente se ha creído que la revolución francesa fue la causa primordial de los orígenes de nuestra independencia, dejando en olvido que los grandes reformadores y especialmente Florida, Aranda y Pombal, y los Reyes de ideas avanzadas Carlos III, Federico de Prusia, José II de Austria y María Cristina de Suecia, brillaron antes del cataclismo francés.

Confirma lo dicho el hecho de que Carlos III en Cédula de 18 de marzo de 1783, después de haber protegido la instrucción pública y el comercio, dio apoyo a las artes, industrias y oficios, declarando que la preocupación vulgar de vileza que se les atribuía a los artistas y menestrales, era una preocupación errónea que debía borrarse. "Tuvo a bien Su Majestad de declarar, como se declara, que no sólo el oficio de curtidor, sino también las demás artes y oficios de herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros de este modo, son honestos y honrados; que el uso de ellos no envilece a la familia, ni la persona del que lo ejerce, ni inhabilita para ejercer los empleos municipales de la República, en que están avecindados los artesanos y menestrales que los ejerciten".

En los planteles de educación que hemos nombrado y en los libros que la relativa libertad de comercio permitía introducir clandestinamente, se formaron los colonos que veremos figurar con brillo inesperado en los días. tormentosos de la revolución.

Por este mismo tiempo recibió Cédula el Virrey Zerda, de 10 de mayo de 1783, en que se prohibió absolutamente el uso de los dialectos de los indios, y se ordenó obligar a los naturales de América a hablar el castellano; y asimismo se acordó cerrar las escuelas de idiomas indígenas. Cabe aquí anotar que los laboriosos trabajos filológicos sobre los idiomas de América, entre los cuales merecen mención especial el del fraile bogotano Bernardo de Lugo y los del Padre italiano Dadey, quedaron olvidados por el querer del Rey, y que hoy se conocen merced al servicio que prestó a las letras colombianas otro distinguido filólogo bogotano, don Ezequiel Uricoechea, quien los reimprimió en 1871 con importantes notas y comentarios. La cohesión que da a un pueblo la religión, había desaparecido para los chibchas con la perdida de sus dioses ; el otro vínculo que aún hacía vivir la nacionalidad de Tisquesusa, lo borró la voluntad absoluta de Carlos III.

Después de extinguidas las comunidades religiosas y de terminada la revolución, quedó el templo de La Enseñanza a cargo del Arzobispado de Bogotá. El edificio, de cal y canto, tiene sencilla ornamentación de yeso en la única nava que lo forma. Allí falta la riqueza de dorados de las viejas iglesias de Bogotá, y no se ven columnas con vides ni artesonados en los techos con florones dorados. Los coros de la iglesia estaban separados de la nave principal por rejas de madera que conservaban el gusto árabe, En 1897 el Capellán, presbítero Tomás Escobar, suprimió el coro bajo para ampliar el templo; disminuyó la extensión del coro alto, adonde no volvería la comunidad de monjas de la Orden de San Benito; levantó algunos altares para dar armonía a la ornamentación; cerró la puerta secundaria, y construyó al lado oriental una modesta mansión para la capellanía.

La inserción de las siguientes inscripciones da idea clara de las últimas modificaciones y destino del antiguo templo de Santa Gertrudis.

En el frontís, esculpido en piedra, sobre la puerta, se lee:

IGLESIA DE SAN VICENTE DE PAÚL

Y a los lados de ésta las fechas:

1770-1910

En el lado izquierdo del arco toral, en plancha de mármol, se lee:

El Rvmo. Señor Bernardo Herrera Restrepo arzobispo De Bogotá, en atención a los piadosos deseos de la Sociedad de Seglares que con el nombre de San Vicente de Paúl florece en Bogotá, ha suplicado Humildemente a nuestro Santísimo Señor el Papa Pio X, que se honre en adelante con el titulo del Dicho San Vicente, un templo recientemente Restaurado, que no ha sido ni será consagrado y en el cual no se tributa culto a ningún santo. Su Santidad oída la relación que le hizo el infrascrito Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación

De Ritos, se dignó acceder benignamente a las Súplicas del Rvmo. Arzobispo. No obstante Cualesquiera cosas en contrario.

Abril 13 de 1910.

FR. CARDINAL MARTINELLI

Prefecto.

L. S.

Pedro La Fontaine, Obispo de Carysto

Secretario

.

Concuerda con el original.

Bogotá 8 de Junio de 1910.

BERNARDO

Arzobispo de Bogotá.

Al lado derecho se lee la siguiente:

La Sociedad Central de S. Vicente de Paúl Al cumplirse en 1907 el año 60° de su fundación Acordó erigir un altar

A Su Santo y venerado patrono

Acogidas benignamente por la Santidad de Pío X Felizmente reinante

Las preces que al efecto le fueron dirigidas Y Decorada esta Iglesia

Con el glorioso nombre y titula Del padre de los pobres Inaugurése en ella su culto

El día 24 de julio de 1910 con solemne festividad Que presidió

EL Ilmo. Sr. Dr. Dn. Bernardo Herrera Restrepo Arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia

 

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