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Capítulo
XXIII
Criterios erróneos por apasionados han
juzgado falsamente los progresos de la ilustración en las colonias americanas,
especialmente hasta principiar el ocaso del siglo XVIII. Unos han propagado la idea de que
aquellos eran tiempos da completa oscuridad y de absoluta ignorancia; otros, imbuídos en
prejuicios contrarios, han enseñado que todo lo que existía a este respecto era bueno,
Para los primeros, el Gobierno de la Colonia sostenía por sistema la ignorancia; para los
segundos, el mismo Gobierno difundía con entusiasmo la instrucción pública. Las dos
doctrinas se apartan de 1a verdad de los hechos.
La historia imparcial tiene que aseverar
que después de mediados del siglo XVIII hasta que terminó el Gobierno español en
América, la Corte de España y sus Ministros en el Nuevo Continente protegieron las
ciencias útiles y los estudios serios y prácticos, cambiando la errada política seguida
hasta entonces de mantener a los americanos en completa ignorancia .
Don José Celestino Mutis había nacido
.en el hogar de una familia honrada, que habitaba en Cádiz en 1732. Allí mismo y en
Sevilla cursó medicina y obtuvo la borla de doctor en Madrid; donde regentó la cátedra
de anatomía.
El Virrey Messía de la Zerda lo invitó
para que lo acompañase a América como médico de la familia, con $ 700 anuales. En
unión del Virrey llegó Mutis a Cartagena el 29 de octubre de 1760, y el 24 de febrero
del año siguiente pisó por vez primera el suelo de Bogotá. Fuéra de su amigo el Virrey
Zerda, llegó con Mutis don Jaime Navarro, cirujano de la semicorte, con quien también
cultivaba cordiales y estrechas relaciones. Apenas llegado a la capital, Mutis llevo un
diario que hoy nos suministra radiante luz sobre los talentos del médico botánico, sobre
su vasta instrucción y su interés por el progreso de la Colonia. La falta de Cuerpo
médico suficiente en 1761 en Santafé, corno antes hemos anotado, ocasionó que todos los
enfermos asediaran al facultativo del Virrey en busca de alivio a sus dolencias. Con. este
motivo tuvo relaciones inmediatas con todas las clases sociales y quiso informarse de las
opiniones de los santafereños sobre la medicina empírica, muy en boga en la ciudad de
Quesada. Nosotros también queremos, tomando noticias del diario de Mutis, informar a
nuestros lectores algo de las falsas ideas y supersticiones que reinaban entonces en la
capital de la Colonia, noticias que nos servirán para complementar el cuadro de la
sociedad de aquellos tiempos.
Don José Celestino Mutis.
Mutis, con criterio elevado y con el
especial hábito de observación que desenvuelve el estudio de la medicina, cita en su
diario varios hechos que él llama vulgaridades, que prevalecían en todas las clases
sociales; recuerda que a los europeos que llegaban a Santafé se les decía se guardasen
de humedecerse los pies, pues se creía que el germen de todas las enfermedades era
semejante descuido; anota que a los niños desde el día de su nacimiento hasta los siete
años los bañaban de noche en agua fría, por creer que esta práctica los desarrollaba
sanos y robustos.
Otra vulgaridad, dice Mutis, no menos
extendida, es que el sereno causa muchísimo daño, y que lo más fuerte de dicho sereno
es desde las cinco hasta las ocho de la noche. Tampoco alcanzo estas físicas.
Indica además que creían en la Colonia
que se rompían las muelas adoloridas aplicándoles raíz de verbena machacada con sal, al
aplicar la masa caliente a la caries dental.
Dice Mutis:
Ofrecióse hablar de salamanquesas, y a
esta sazón refirió doña Josefa Rocha, que la picada o mordedura de este animal era
mortal en Mompós, donde elle lo había observado en un negro. Añadió que si la
salamanquesa bebía agua primero que el mordido, vivía aquélla, muriendo éste; pero que
si el hombre lograba beber primero que la salamanquesa después de la picada, se
libertaba, muriendo ésta. Noticia muy semejante a las muchas del país, y que merecen un
eterno desprecio.
Oyendo opiniones de la alta clase social
sobre los secretos que poseían los negros de los valles calientes para preservarse de los
daños de animales venenosos, afirmó don José Rocha que en eso había pacto con el
diablo.
Hallándome en otro congreso, oí contar
que el excremento humano era remedio eficaz para extinguir los cotos. Que el agua de
arboloco, encerrada en sus canutos, era también muy eficaz. Dudo de la verdad de estas
relaciones, pues si fuera cierto, no habría tantos cotos.
Cambiando de asunto, vamos a dar noticia
de nuevas costumbres de aquella época, tomándola de los diarios del médico del Virrey.
Mutis salió de paseo una tarde acompañado del cirujano Jaime Navarro, y se encaminaron a
la entonces desolada plaza de San Diego, donde había campamento popular por celebrarse en
la iglesia vecina una fiesta religiosa en honor de la Virgen del Campo, cuya estatua
dijimos antes haber sido modelada por el artista Juan de Cabrera. La fiesta consistía en
levantar tiendas de campaña que duraban tres días, y en las cuales se expendían
abundantes provisiones de boca y grandes cantidades de chicha y otros licores, a
numerosísimo concurso.
También refiere Mutis que con frecuencia
acompañaba al Virrey a cacerías, y hace mención especial de un día de caza que tuvo
por objeto enriquecer la mesa virreinal el día de San Carlos. " Hubo en Palacio un
lucidísimo banquete presidido por el señor Virrey y franqueado no solamente a lo más
lucido de su familia sino también al Cabildo eclesiástico, representado por su Deán y
Arcediano, a toda la Audiencia, Tribunal de Cuentas, Ofíciales reales; Casa de la Moneda
y los dos Alcaldes". Los empleados comieron muy bien aquel día para felicitar de una
manera práctica al Rey Carlos III en su cumpleaños, y a las dos de la tarde vieron desde
los balcones del Palacio la indispensable corrida de toros, y después de ella asistieron
al refresco, que duró hasta las diez de la noche, hora demasiado avanzada para los
hábitos de aquella sociedad.
El conocido sabio relata que las corridas
de toros tenían lugar en la plaza principal del modo que ya hemos descrito, y nos cuenta
a propósito el siguiente caso de tauromaquia:
asistí a la fiesta de toros con cuerda,
que fue de lo mejor que llevo vistas en este país. Don Jaime Navarro tendrá ocasión de
acordarse en adelante de este día. Fue el caso que habiendo querido seguir la costumbre
del país, imitando a los orejones (llaman así a los criollos de los pueblos vecinos y
tierra adentro), y a los majitos de este pueblo, cuya gala es salir en tales días
montados en sus caballos y rodear y seguir al toro; queriendo pues nuestro don Jaime
imitar estos usos, se preparó en su caballo, excediendo tanto su valentía, que se
proporcionaba muchas ocasiones de éstas, y en ocasión de estar en la plaza un torito
guapo, tuvo la mala suerte de hallarse acometido tan da repente, que no tuvo ocasión de
escapar. Pasó toda la desgracia en su caballo, que de la herida murió al siguiente día.
Nos ha dado a Su Excelencia y a todos los que conocemos su buen humor, abundante materia
para divertirnos con el lance por muchos días.
No descuidaba Mutis en medio de estas
diversiones y de sus trabajos de médico en ejercicio, serios estudios sobre la
vegetación ecuatorial, dando principio a la formación de la célebre flora de Bogotá ,y
de la rica y variada vegetación de las regiones superandinas y el atender a su
correspondencia científica con sabios europeos y con sociedades entregadas al estudio de
estos ramos.
Tenía Mutis altos conocimientos en
ciencias físicas y naturales, en matemáticas y en astronomía; había ofrecido a sus
compañeros de viaje marino que al llegara Santafé abriría una cátedra para 1a
enseñanza de estas ciencias, oferta que tuvo las simpatías del Rector del Colegio del
Rosario y de Messía de 1a Zerda. Jamás antes se habían enseñado matemáticas en los
Colegios de Lobo Guerrero ,y fray Cristóbal de Torres, y fue el 13 de marzo de 1762
cuando, con presencia del Virrey, abrió Mutis dichos estudios en las aulas del Colegio
del Rosario, pronunciando la oración inaugural. Enseñó hasta 1766, año en que tuvo que
ausentarse de la capital. Los nuevos progresos de las ciencias en el Virreinato no sólo
se debieron a Mutis sino también al Virrey Zerda y al ilustrado Fiscal Moreno y
Escandón, quien los había incluido en el plan de estudios que elaboró por mandato del
señor Zerda. La luz científica que para entonces renacía en España tuvo reflejo en el
Nuevo Reino, en donde habían privado hasta entonces ideas absurdas y extravagantes con
relación a las ciencias exactas. La voz autorizada de Mutis va a confirmar nuestro
aserto, desnudo de exageración:
Parece increíble que en nuestro tiempo
pueda haber país en donde sus individuos piensen tan erradamente. Yo, en tales ocasiones,
no hallo otro recurso que tomar sino el silencio, por no exponerme a unas contradicciones
insoportables. No hay duda que caigo en otro extremo de consentir tales extravagancias. No
es el medio más favorable para mi opinión pero desde luego era el más oportuno,
atendidas todas las circunstancias. Oír contar a esta gente algunos efectos de la
naturaleza, es pasar el tiempo oyendo delirar e unos locos.... .Que esto sucediera entre
viejas ignorantes o entre hombres nada instruidos, no causara mucha admiración; pero que
las mismas relaciones oiga un viajero en boca del vulgo que en la de los que se tienen por
más racionales en el pueblo.... para esto no hay consuelo --. Instrúyase usted en el
modo de pensar de esta gente, y de gracias al cielo de no hallarse en un país donde la
racionalidad va tan escasa que corre peligro cualquier entendimiento bien alumbrado.
Refiere Mutis que un día de febrero de
1762 realizó el deseo de subir al cerro de Guadalupe para hacer observaciones
barométricas. A las dos y media de la tarde, creyendo poder regresar el mismo día,
emprendió el ascenso a pie, acompañado de sus criados y de su barómetro. Herborizó
mientras recorría la senda de subida, habiendo encontrado plantas desconocidas en la
botánica europea. Coronó la altura a eso del anochecer, en la confianza de que allí
encontraría habitaciones dónde poder pasar la noche. Pero encontró todo desierto y tuvo
que comer como ermitaño y dormir en austera cama. En la ermita de Guadalupe no se había
vuelto a colocar, desde cuando fue derribada por el terremoto de 1743, una piedra que
encontró el botánico, con esta inscripción:
ACABOCE ESTA=
CAPILLA AÑ
EN DE 168
"El último número -dice Mutis,- no
parecía ya en la piedra," que estaba gastada por aquel lado, pero el yerro es poco,
no pasando de nueve años, por donde se ve que la fundación o edificación de aquella
capilla no tiene más antigüedad que la de unos setenta a ochenta años. Mutis tradujo
las dos primeras letras del último renglón por enero. Le llamó la atención una gran
campana, fundida en 1741, con esta inscripción en la circunferencia:
AVE MARIA GRATIA PLENA DOMINUS TECOM.
Ya se ha anotado en varios estudios sobre
nuestra literatura que el exagerado sentimiento religioso que reinaba en esos tiempos en
la Colonia, extraviaba la conciencia pública
y era causa de numerosas fundaciones
conventuales de ambos sexos. En todas las instituciones religiosas de entonces se llevaba
una vida contemplativa, y no era raro encontrar en las comunidades numerosos individuos
que buscaban al amparo del claustro la evasión de la natural ley del trabajo.
Es una verdad que el Gobierno colonial
hizo muy poco por la educación de la juventud masculina; los tres institutos que
existían en Santafé: San Bartolomé, El Rosario y la Universidad de Santo Tomás, se
debían a la liberalidad de sus tres ilustres fundadores: Lobo Guerrero, fray Cristóbal
de Torres y Gaspar Núñez. En cuanto a la educación de la mujer, había sido
completamente descuidado. Así, pues, la más bella mitad de la especie humana andaba
privada de los goces intelectuales que nacen de la instrucción: las jóvenes de la clase
elevada de Santafé tenían que contentarse con manejar la aguja; por excepción
aprendían algo de música, de dibujo o de baile, y los padres, temerosos de que sus hijas
mantuviesen amoríos por correspondencia, no les permitían que aprendiesen a escribir. No
pudiendo cultivar las cualidades del entendimiento y del corazón, que son las únicas
"que proporcionan al himeneo una serenidad constante, se relajaban considerablemente
los dulces vínculos que debían ligar a los esposos; y la educación física y moral de
los hijos, como también las obligaciones domésticas, eran frecuentemente desatendidas
para dar rienda a las pasiones criminales".
Viciada la educación de la mujer,
olvidaba el Gobierno colonial que las primeras impresiones del niño y las primeras ideas
del adolescente las recibe de la madre, y estando sumida ésta en la ignorancia, fácil es
suponer lo defectuoso de la educación de los hijos.
Durante el Gobierno del señor Messía de
la Lerda se fundó en Santafé el primer establecimiento de educación para la mujer, a la
vez para las de la clase elevada de la sociedad y para las hijas del pueblo. Doña
Clemencia Caicedo, de familia patricia, hija de don José de Caicedo y de doña Mariana
Vélez, nació en la antigua capital del Virreinato en 1707; viuda de don Francisco Javier
Echeverri, y muerto el único hijo de ese matrimonio, casó doña Clemencia con el Oidor
Joaquín Aróstegui, y no habiendo tenido descendencia, resolvió la bella y rica dama,
con la anuencia de su esposo, fundar la casa de educación a que nos referimos. Con tan
laudable fin se dirigió doña Clemencia a la Corte, por intermedio del Virrey, en 1786,
ofreciendo para la obra sus cuantiosos bienes, Atendió el Rey la solicitud, apoyada por
informe del Virrey, y aunque con la desesperante lentitud que acostumbraba el Gobierno
español, se expidió al fin una real Cédula en el Pardo el 8 de febrero de 1770, por la
cual se permitía fundar un convento de religiosas, que en la Península llamaban
vulgarmente de La Enseñanza y que siguen la regla de San Benito bajo la advocación de
Nuestra Señora del Pilar. Los bienes que aportó la fundadora y que el Rey señala en la
Cédula, estaban representados por la mina de oro de Iciaco, en jurisdicción del
Chaparral, con más de treinta esclavos; una ,hacienda de ganado y cacao, inmediata a
dicha mina; una casa grande en Santafé, para que sirviera de convento (hoy edificio
ocupado por la Escuela de Bellas Artes y por la Escuela Normal de Señoritas), y un sitio
anexo a ella, capaz para edificar el templo y demás dependencias del nuevo monasterio.
Además de esto se comprometió la señora de Caicedo a construir la iglesia y demás
adyacentes. El Rey, como única compensación, concedió a 1a fundadora el patronato de la
obra pía a perpetuidad, con derecho ella de traspasarlo, después de sus días, a quien
fuere su voluntad.
En julio de 1770 pidió al Virrey el
célebre Fiscal Moreno y Escandón que se cumpliese lo ordenado por Su Majestad. El día
12 de octubre de ese año se hizo solemne función religiosa en la iglesia de San Felipe,
situada a pocos pasos del área del nuevo templo, con el objeto de trasladar de allí la
imagen de la Virgen del Pilar y el cofre con las monedas que debían colocarse con la
primera piedra, base de la iglesia que desde entonces se llama de La Enseñanza.
Ocupó más alto puesto que el Virrey en
esta fiesta la señora de Caicedo, y desde ese día ella misma vigilaba los trabajos y
pagaba los obreros, logrando ver concluida su benéfica obra, a la cual consagró los
últimos años de su vida que terminó el 2 de octubre de 1779. Su consorte había
fallecido poco antes de ella. Las cenizas de los dos esposos fundadores de la primera casa
de educación para el sexo femenino en Santafé se depositaron provisionalmente en el
templo de Santo Domingo, y en 1783 fueron trasladados con pompa religiosa inusitada a
sendos sepulcros de la iglesia de La Enseñanza, que se conoció también en los primeros
tiempos, con el nombre de Santa Gertrudis. Las criptas que guardan los restos se
encuentran al pie del presbiterio: del lado del Evangelio, la de Aróstegui, y del lado
opuesto, la de doña Clemencia; y tienen estas inscripciones:
Hic Joachin. de Arostegui jacet, sed non
latet totus, latet corpus, sed non opus orbi nam hoc latet patet; iste et illa in hac arce
sunt refugium pro innocentia: omnes pro sua clementia dicant, requiescat in pace, Obit
oct. Kal. Nov. Anno Dom. MDCCLXXV Aetat. suae anno Dom. MDCCVIII.
Hac sunt infosa M. Clementiae ossa~
cessit e vita bonis moribus insígnita pro fovenda innocentia; hanc domum fecit Clementia
consortio Joaquim struxit cum quo pactavit dum nupsit. D. Maria Clementia Cuycedo Obit
sext. non. oct. Anno Dom. MDCCLXXIX, Aetat. I.XXII: Ann, deposita in Eccl. R. R. P. P.
Praedic. et huc Transl. Oct. kal. Oct. Anno Dom. MDCCLXXXIII.
Que vertidas por el doctor Roberto
Cortázar, dicen:
Aquí yace Joaquín de Aróstegui, pero
no oculto del todo; su cuerpo no se ve; pero resplandece su obra. El y su es posa dieron
aquí un refugio a la inocencia. Todos piadosamente digan: descanse en paz. Murió el 25
de Octubre de 1775, y nació en 1708.
En esta fosa se guardan los retos de
María Clemencia; dejó la vida adornada de grandes virtudes y señalándose por haber
dejado esta casa a la inocencia. En unión de su esposo pactó esta donación. Doña
Clemencia Caicedo murió el 2 de octubre de 1779, a la edad de setenta y dos años.
Depositadas sus cenizas en el templo de Santo Domingo, se trasladaron a este lagar en 24
de Septiembre de 1783.
Es cierto que hasta el reinado de Carlos
III rigió con grandes defectos el Gobierno de la Península en todo lo relativo a
instrucción pública, no sólo en sus colonias de América, sino en la misma España;
pero también es verdad que los colegios que hemos citado obtuvieron protección o
patronato real, y que también existían, fundados por Ordenes religiosas, el de San
Buenaventura en la de San Francisco, el de San Nicolás en la de San Agustín y el de la
Recoleta de La Candelaria. Estos tres últimos en realidad carecían de valor porque no se
aprovechaban de su instrucción sino los miembros de las mismas Ordenes. También se
fundaron numerosas escuelas populares.
Como documento indiscutible, del cual
vamos a tomar algunas noticias, y como una muestra de la forma notarial con que se
otorgaban las últimas voluntades a fines del siglo XVIII, insertamos una parte del
testamento de la fundadora de La Enseñanza, que tenemos a la vista:
Testamento. En el nombre de Dios
Todopoderoso, amén. Yo, doña María Clementina Gertrudís de Caicedo, vecina de este
ciudad y corte de Santafé, hija legítima del señor Teniente Coronel don José de
Caicedo y Pastrana y de doña María Vélez Ladrón de Guevara, vecinos que fueron de esta
ciudad, estando en mi sano y entero juicio, cual Dios Nuestro Señor fue servido darme y
hallándome enferma aunque en pie, temiéndome el morir, que es natural a todo viviente, y
deseando dejar todas mis cosas dispuestas por el presente y la vía y forma que más haya
lugar, otorgo este mi testamento en la forma siguiente: primeramente confieso y creo en el
inefable misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas
distintas y un solo Dios verdadero, y en los demás misterios que tiene, oree y confiesa
nuestra Santa Madre Iglesia católica, apostólica, romana, en cuya fe he vivido y
protesto morir, confesando y venerando el misterio de la Concepción en gracia de María
Santísima Nuestra Señora, a quien invoco por intercesora y abogada con el santo ángel
de mi guarda y de mi nombre, a el Patriarca Señor San José y señor San Joaquín y mi
Señora santa Ana, los Patriarcas Santo Domingo y mi Seráfico Padre san Francisco, San
Ignacio y San Francisco Javier, San Antonio de Padua y San Francisco de Paula, San Pascual
Bailón, Señora Santa Gertrudis, señora Santa Teresa de Jesús y Santa Coleta y demás
de la corte celestial. Encomiendo mi alma a Dios Nuestro señor que la crió y redimió
con la preciosísima sangre de su Santísimo Hijo, mi Señor Jesucristo, y el cuerpo a la
tierra de que fue formado, etc. etc.
Asesorada de la corte celestial, dispuso
que agregaba al edificio de La Enseñanza una casa vecina que compró a doña Magdalena
García, otra fronteriza, calle de por medio; y que la mina del Citará, rica propiedad
del Chocó, la destinaba a mandas particulares que constan en dicho testamento.
Nombró patronos de su benéfica
fundación a los Arzobispos y Prelados y a su sobrina doña María Magdalena Caicedo, que
fue la primera Priora de La Enseñanza; designó como Capellán del convento a otro
sobrino suyo, hermano de la Priora, don Fernando Caicedo y Flórez, a quien nombraremos
muchas veces por la celebridad de su nombre.
Terminados el colegio, el convento y la
iglesia, edificios que existen todavía en la carrera 6a y en la calle 11, o de La
Enseñanza, se dio principio a la educación de las hijas del pueblo y a las nobles no
sólo de Bogotá sino de diferentes ciudades del Virreinato.
Allí vivieron tranquilas y dedicadas al
cultivo de las mejores rosas en botón de nuestra sociedad las religiosas de La
Enseñanza, hasta aquella noche de salvajes escenas -8 de febrero de 1883- en que cayó
sobre ese nido de palomas, obsequiado a la instrucción por el capital privado, la
soldadesca triunfante
de una de nuestras guerras civiles. Hoy,
por dicha, y debido a los esfuerzos de Alberto Urdaneta (1888), artista e historiógrafo,
se ostenta en el portal del antiguo monasterio el busto de Vásquez Ceballos, y sus
salones y corredores dan abrigo a la Escuela Nacional de Bellas Artes: hase verificado
así una especie de restitución, y ríndese allí culto a la belleza como en otro tiempo
a la inocencia.
También por fortuna, y por otra especie
de restitución, el Gobierno General ha destinado con acierto el edificio del antiguo
colegio de la señora Caícedo para Escuela Nacional de señoritas.
El Capellán Caicedo y Flórez tributa
merecidos elogios al Arzobispo Martínez Compañon, de quien hablaremos más tarde, por la
munificencia con que hizo a su costa varias obras complementarias en la primitiva casa de
educación femenina, a lo cual añadió la suma de cerca de $60.000, destinando su
producto a alumnas becadas.
Para nosotros data de esa época de
verdadero progreso educacionista la aurora de nuestra independencia. Ya se ha dicho con
elevado criterio filosófico, refiriéndose a los hombres de la revolución de 1810, que
no seria posible que los desiertos de Arabia fueran alumbrados por el sol de cualquier
día, no ya cubiertos por arenas abrasadoras, sino por bosques opulentos, nacidos como por
encanto. Creemos con don Florentino Vesga que "antes que las grandes revoluciones
aparezcan en forma de pronunciamientos y ,de batallas, existen en las cabezas de los
hombres de genio en forma de ideas, así como en un indescriptible grano de polen se
contienen en forma de rudimentos, todos los materiales orgánicos de un árbol
corpulento." Desde entonces los Colegios de San Bartolomé y del Rosario fueron
verdaderos centros de luz donde se enseñaron, en vez de filosofía escolástica y
rudimentarias lecciones de latín, ciencias físicas y matemáticas y algunos cursos de
medicina, lecciones de verdadera utilidad, que hicieron ver a los colonos horizontes
desconocidos.
Generalmente se ha creído que la
revolución francesa fue la causa primordial de los orígenes de nuestra independencia,
dejando en olvido que los grandes reformadores y especialmente Florida, Aranda y Pombal, y
los Reyes de ideas avanzadas Carlos III, Federico de Prusia, José II de Austria y María
Cristina de Suecia, brillaron antes del cataclismo francés.
Confirma lo dicho el hecho de que Carlos
III en Cédula de 18 de marzo de 1783, después de haber protegido la instrucción
pública y el comercio, dio apoyo a las artes, industrias y oficios, declarando que la
preocupación vulgar de vileza que se les atribuía a los artistas y menestrales, era una
preocupación errónea que debía borrarse. "Tuvo a bien Su Majestad de declarar,
como se declara, que no sólo el oficio de curtidor, sino también las demás artes y
oficios de herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros de este modo, son honestos y
honrados; que el uso de ellos no envilece a la familia, ni la persona del que lo ejerce,
ni inhabilita para ejercer los empleos municipales de la República, en que están
avecindados los artesanos y menestrales que los ejerciten".
En los planteles de educación que hemos
nombrado y en los libros que la relativa libertad de comercio permitía introducir
clandestinamente, se formaron los colonos que veremos figurar con brillo inesperado en los
días. tormentosos de la revolución.
Por este mismo tiempo recibió Cédula el
Virrey Zerda, de 10 de mayo de 1783, en que se prohibió absolutamente el uso de los
dialectos de los indios, y se ordenó obligar a los naturales de América a hablar el
castellano; y asimismo se acordó cerrar las escuelas de idiomas indígenas. Cabe aquí
anotar que los laboriosos trabajos filológicos sobre los idiomas de América, entre los
cuales merecen mención especial el del fraile bogotano Bernardo de Lugo y los del Padre
italiano Dadey, quedaron olvidados por el querer del Rey, y que hoy se conocen merced al
servicio que prestó a las letras colombianas otro distinguido filólogo bogotano, don
Ezequiel Uricoechea, quien los reimprimió en 1871 con importantes notas y comentarios. La
cohesión que da a un pueblo la religión, había desaparecido para los chibchas con la
perdida de sus dioses ; el otro vínculo que aún hacía vivir la nacionalidad de
Tisquesusa, lo borró la voluntad absoluta de Carlos III.
Después de extinguidas las comunidades
religiosas y de terminada la revolución, quedó el templo de La Enseñanza a cargo del
Arzobispado de Bogotá. El edificio, de cal y canto, tiene sencilla ornamentación de yeso
en la única nava que lo forma. Allí falta la riqueza de dorados de las viejas iglesias
de Bogotá, y no se ven columnas con vides ni artesonados en los techos con florones
dorados. Los coros de la iglesia estaban separados de la nave principal por rejas de
madera que conservaban el gusto árabe, En 1897 el Capellán, presbítero Tomás Escobar,
suprimió el coro bajo para ampliar el templo; disminuyó la extensión del coro alto,
adonde no volvería la comunidad de monjas de la Orden de San Benito; levantó algunos
altares para dar armonía a la ornamentación; cerró la puerta secundaria, y construyó
al lado oriental una modesta mansión para la capellanía.
La inserción de las siguientes
inscripciones da idea clara de las últimas modificaciones y destino del antiguo templo de
Santa Gertrudis.
En el frontís, esculpido en piedra,
sobre la puerta, se lee:
IGLESIA DE SAN VICENTE DE PAÚL
Y a los lados de ésta las fechas:
1770-1910
En el lado izquierdo del arco toral, en
plancha de mármol, se lee:
El Rvmo. Señor Bernardo Herrera Restrepo
arzobispo De Bogotá, en atención a los piadosos deseos de la Sociedad de Seglares que
con el nombre de San Vicente de Paúl florece en Bogotá, ha suplicado Humildemente a
nuestro Santísimo Señor el Papa Pio X, que se honre en adelante con el titulo del Dicho
San Vicente, un templo recientemente Restaurado, que no ha sido ni será consagrado y en
el cual no se tributa culto a ningún santo. Su Santidad oída la relación que le hizo el
infrascrito Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación
De Ritos, se dignó acceder benignamente
a las Súplicas del Rvmo. Arzobispo. No obstante Cualesquiera cosas en contrario.
Abril 13 de 1910.
FR. CARDINAL MARTINELLI
Prefecto.
L. S.
Pedro La Fontaine, Obispo de Carysto
Secretario
.
Concuerda con el original.
Bogotá 8 de Junio de 1910.
BERNARDO
Arzobispo de Bogotá.
Al lado derecho se lee la siguiente:
La Sociedad Central de S. Vicente de
Paúl Al cumplirse en 1907 el año 60° de su fundación Acordó erigir un altar
A Su Santo y venerado patrono
Acogidas benignamente por la Santidad de
Pío X Felizmente reinante
Las preces que al efecto le fueron
dirigidas Y Decorada esta Iglesia
Con el glorioso nombre y titula Del padre
de los pobres Inaugurése en ella su culto
El día 24 de julio de 1910 con solemne
festividad Que presidió
EL Ilmo. Sr. Dr. Dn. Bernardo Herrera
Restrepo Arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia
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