Cronicas de Bogota tomo uno

 

CAPÍTULO V

Llegó a Santafé, en 1574, el Licenciado Francisco de Anuncibay, a llenar la silla que en la Audiencia tenía el Oidor Cepeda, y en años siguientes ocuparon puesto en aquel Tribunal el Licenciado Antonio de Cetina (en la silla del Oidor Angulo) y el Licenciado Andrés Cortés de Mesa (en la del Oidor Narváez)- Esta Audiencia ejerció el Gobierno por falta de Presidente, sin que se recuerden de sus disposiciones alguna en favor del pueblo; en cambio la crónica recogió y guarda los amores de Anuncibay, estrechamente enlazados con la calzada de Occidente, la más importante del país hasta que se inauguró el ferrocarril de 1a Sabana, y un crimen, cometido por el Oidor Cortés de Mesa

Empezó entonces para la joven Santafé una época singular, que ha pasado a la historia con rasgos novelescos, llena de aventuras, ya amorosas, ya criminales.

La sociedad iba amoldándose a ciertas costumbres, mezcla de las usanzas castellanas y andaluzas que subsistieron sin cambio alguno notable hasta principios del siglo XIX. Ya hoy todo ha cambiado mucho por efecto de los frecuentes viajes a Europa y en particular a Francia.

En el tiempo de que hablamos no eran ya tanto las luchas con los naturales lo que conmovía el espíritu público como las riñas entre los Oidores y los caballeros de le conquista. Refiérese que el Arzobispo Barrios salía cabalgando en una mula a apaciguar pleitos y a contener a aquellos altivos señores, que requerían la espada a la menor vislumbre de desacato.

Las aventuras galantes estaban al orden del día, y era de verse uno de aquellos mozalbetes embozado hasta las narices, rondar punteando la vihuela en altas horas de la noche, alguna desierta calle, donde le escuchaba una hermosa sevillana o malagueña, o él mismo, al día siguiente, seguir de lejos a su amada, cuando esta salía a misa acompañada de su padre o de la dueña. Ostentaba entonces ancho sombrero, de rica palma adornado, airosa capa corta, calzón hueco y sujeto arriba de la rodilla, mangas con largas truzas y cuello abierto de encaje.

En ciertas noches reuníanse las damas santafereñas a bailar el minué o la chacona y por las tardes, asomadas a los balcones, veían pasar los gallardos mozos que lucían macizos estribos de oro y ronzales de seda.

La Calle de la Carrera era así llamada porque iban a ella cada tarde los airosos jinetes a mostrar el brío de sus elegantes bridones. Celebrábanse también allí las apuestas y corridas, los tratos y cambios.

El pueblo gozaba de diversiones que hoy no tiene. En los días de huelga se reunían en aquella Calle o en la rústica plaza, ninguna de las cuales estaba entonces empedrada, a gozar de justas y torneos o entregarse al juego de cañas a que era muy aficionado.

La vida del santafereño entrado en años era más ordenada y apacible. Se levantaba temprano y oía misa de siete. Dos veces por semana el barbero iba a afeitarle. A las ocho abría en oficina o almacén. Volvía a comer entre las doce y la una, para lo cual cerraba el portón de la calle con el palo corredizo que éste tenía hacia adentro, y además echaba llave. Dormía siesta, y así salía luego a visitar a alguien, entraba diciendo: 'Dios sea en esta casa." Faltábale pocas veces el chocolate a las cinco de la tarde y la cena a las nueve o diez de la noche, después de rezar el rosario. En tiempo de cuaresma iba a las ferias, y en semana santa concurría a alumbrar en las procesiones. La entrada de un nuevo Arzobispo o Presidente, la llegada del correo de España, suceso que acontecía tres veces por año, las fiestas religiosas propias de cada temporada, la solemne publicación de la Bula de la Santa Cruzada, eran para él grandes acontecimientos. Su espíritu permanecía tan igual como el clima de estas alturas, y la muerte venía a sorprenderle a una edad avanzada.

La perla de las damas Santafareñas en aquellos días, la más notada por sú gracia y donaire, era la hija de don Antón de Olalla había tenido en su matrimonio con doña María de Orrego. Otras había también muy hermosas y lozanas, tales como las dos hermanas doña Catalina y doña Casilda Velásquez; pero doña Jerónima de Orrego y Olalla, que así se Llamaba aquélla, aventajaba a las demás por la elevada posición en que había nacido, merced a los servicios de su padre.

Las dos hermanas Velásquez eran hijas de don Francisco, cuñado de don Francisco Beltrán de Caicedo. Doña Catalina había nacido del primer matrimonio de su padre con doña Ana de Fonseca, y doña Casilda, del segundo, con doña María de Cerezo Ortega, viuda del conquistador don Juan de Olmos.

Notábanse además doña Catalina Calvo y doña Catalina Carrillo. En Verdad que los que no habían perdido ya la cabeza con doña Jerónima de Orrego, estarían a punto de perderla con una de las tres Catalinas.

Para aquella hermosa juventud femenina Santafé tenía entonces unos cuantos gallardos mozos, nacidos allí e hijos de los primeros conquistadores, o venidos de España a desempeñar puestos publicos en alguna empresa privada. Recordaremos, entre otros, a don Juan Francisco Rodríguez Galeano, de 1a familia del ilustre fundador de Vélez, que gozaba de la encomienda de Sopó y fue Alcalde de Santafé en repetidas ocasiones; a don Juan de Olmos, tercero del nombre, nacido del matrimonio de don Juan, el compañero de Quesada; con doña María de Cerezo Ortega. Conquistó, como su padre, la sierra Nevada, y también sirvió varias veces la Alcaldía de la ciudad; finalmente, a los hermanos don Francisco y don Fernando Beltrán de Caicedo, hijos de don Francisco Beltrán y de doña María Pardo Velásquez Desmariñas. El primero había nacido en Santafé en 1577.

Celoso don Antón de Olalla de su hija doña Jerónima, que tenía más hermosa la cara que el nombre, guardábala como un tesoro, y a menudo la ocultaba a las miradas de aquellos codiciosos galanes. solo en tiempo de pascuas la traía a la ciudad . a gozar de los paseos a Fucha y al Boquerón, y así la hermosa santafereña pasaba la mayor parte del año en la hacienda del Novillero, a la cual no podía irse si un atravesando vastas lagunas y peligrosos fangales.

Aquel continuado encierro y la severidad de don Antón acrecentaban las amorosas ansias de aquella apasionada juventud, entre 1a cual se contaba nada menos que don Francisco de Anuncibay, Gobernador del Nuevo Reino. Encendióse la rivalidad entre éste y don Fernando de Monzón, hijo del Licenciado don Juan Bautista, lo cual, visto por don Antón, que era enemigo de querellas entre mandatarios, resolvió guardar a su hija en la sabana hasta que se aquietasen los pretendientes. Salió pues con ella en una gran balsa, y el fiel Anuncibay les acompañó hasta Techo; pero a la vuelta encontró tan malos pasos y dio con tantos resbalones y caídas, que al siguiente día nada más ocurrió a la Audiencia para lamentarse de la falta de un buen camino y pedir que se construyese una calzada a través de la laguna. El Real Acuerdo aprobó su demanda y cometió la diligencia al mismo Anuncibay.

Se dio este a la tarea con el mayor empeño para lograr al fin tener mayores ocasiones de ver a su amada; y fue así como se construyeron las alcantarillas que hoy existen y forman el camellón de Occidente, las cuales, sin embargo, no se concluyeron hasta en los tiempos de los Virreyes Pizarro y Solís.

A pesar de la obra útil que había emprendido, Anuncibay no vio sus amores recompensados, pues ya sea que doña Jerónima le desdeñase, ya que se viese forzado a obedeaer la Real orden que le nombró para la Audiencia de Quito, lo cierto es que dejó a Santafé sin su pretendida, y entretanto su rival, don Fernando de Monzón, la logró por esposa.

A éste siguieron otros matrimonios de personas que ya conocemos. Don Juan de Olmos casó con doña Catalina Velásquez, y la hermana de esta, doña Casilda, con don Francisco Rodriguez. Galeano.

En enero de 1578 llegó un nuevo Oidor, el Licenciado Juan Rodríguez de Mora; y en agosto del mismo año el tercer Presidente del Nuevo Reino, doctor don Lope Díez Aux de Armendáriz, cuarto señor de Cadereita, con cinco mil ducados de sueldo. Al año siguiente llegaron también el Oidor Pedro Zorrilla y el Fiscal Miguel Orozco; cuarto individuo que desempeñó el destino, y luego el Oidor Cristóbal de Axcoeta, con los cuales quedo completo el Tribunal.

Aux de Armendáriz salió de Santa Marta, según frase del historiador Piedrahita, "tan cargado de hombres como de mujeres, que las llevaban sus maridos para avecindarse en el Reino, entre quienes iba Alonso Martín Carrillo y Beatriz de Cuéllar, que los siguieron desde el Valle de Upar, en cuyas conquistas había servido el Alonso de Martín con crédito de buen soldado; si bien de la compañía de tantas mujeres se le siguió mucho descrédito al Miguel Diez, que se le continuó, como se dirá adelante, hasta el fin de su Gobierno. Y habiendo llegado a Santafé con aquella máxima que observaban todos los gobernadores de Indias, de mostrarse formidables en sus primeras entradas, tomó la posición de sus oficios en diez y siete de enero del año de mil quinientos y cuarenta y siete ".

Además, Aux de Armendáriz fue un Juez parcial e injusto. Les siguió causa a Capitanes tan distinguidos como Luis Lanchero, Lope Montalvo y Baltasar Maldonado; y condenó a muerte e hizo ejecutar en la horca a Francisco Palomo, no obstante haber manifestado éste en el suplicio que se había acusado a sí mismo y a distinguidos Capitanes por el temor del tormento en proceso que se les seguía por incendio.

Entre las causas notables que ocuparon el tiempo y la conciencia de aquellos Magistrados, ninguna lo fue más que la seguida a su compañero de bufete, el Oidor Andrés Cortés de Mesa.

Cortés de Mesa llegó a Cartagena a principios del año de 1576, y allí contrajo matrimonio con doña Ana de Heredia. Acompañábalo en el viaje Juan de los Ríos, a quien ofreció protección si contraía matrimonio con una hermana natural de doña Ana, lo que aceptó Ríos. Llegados a la capital, el Oidor llevó a vivir a su propia casa los novios protegidos, y en septiembre del año dicho tomó, posesión del cargo de Oidor. No habiendo cumplido el doctor Mesa lo ofrecido, se disgustó Ríos y separó casa, acompañándolo su esposa, y herido con el Oidor, logró promoverle causa, por la cual lo aprisionó la Audiencia en el Cabildo, y allí permaneció hasta la llegada del Visitador, Licenciado Juan Bautista Monzón, quien le dio su casa por cárcel mientras estudiaba el expediente.

El Visitador suspendió al Oidor Mora, amigo del Presidente Armendáriz, lo que dio nacimiento a tres bandos: lo pistas, que defendían los procederes de don Lope, Presidente; moristas, que apoyaban al Oidor supuesto, y monzonistas, que aprobaban lo hecho por el visitador. Llegó el tiempo de tomar la residencia a los Oidores, acto que se verificó en las casas del Cabildo situadas en la acera occidental de la plaza mayor, en el mismo sitio ocupado hoy por el Palacio municipal.

El Visitador tenía un Secretario, Lorenzo del Mármol, y éste un sobrino que le ayudaba en su trabajo, llamado Andrés de Escobedo, quien con motivo de la causa tuvo entrada en casa del Oidor Mesa y se enamoró de doña Ana de Heredia, llegando hasta declararle su pasión. Doña Ana participo al Oidor lo acaecido, y éste, olvidando los deberes que impone la dignidad y lo sagrado del hogar, indicó a doña Ana que recibiera al mozo, y con esperanzas y cariño lo obligara a sustraer el proceso que contra él se levantaba; trató de hacerlo Escobedo, pero salió mal en su empresa, porque el Secretario, su tío, comprendiendo lo que sucedía, puso en seguridad el expediente. .

sucedió pues que un día, estándose paseando el Escobedo y el doctor en el zaguán, junto a la puerta de la calle; pasó por ella el Juan de los Ríos. Viole por las espaldas el doctor, y por enterarse bien, se asomó a la puerta, volvió diciendo: "¡Ah, traidor Aquí va aqueste traidor, que él me tiene puesto en este estado." Asomóse el Escobedo y viólo, y dijo : " A un pobrecillo como ese quitalle la vida." Respondióle el doctor: " No tengo yo un amigo de quien fiarme, que ya lo hubiera hecho." Respondió el Escobedo: ' Pues aquí estoy yo, señor doctor, que yo os ayudare a la satisfacción de vuestra honra." Este fue el principio por donde se trazó la muerte al Juan de los Ríos : otras veces lo consultaron, como consta en sus confesiones. Finalmente, el demonio, cuando quiere romper sus zapatos, lo sabe muy bien hacer. El Juan de los Ríos era jugador y gastaba loa días y las noches por las tablas de los juegos. Pues sucedió que estando jugando en una de ellas, un día entró el Andrés de Escobedo y pusole junto al Ríos, a verle jugar, el cual perdió el dinero que tenía; y queriéndose levantar, le dijo el Andrés de Escobedo : "No se levante vuestramerced, juegue este pedazo de oro por ambos." Echóle en la mesa un pedazo de barra, de más de ochenta pesos, con el cual el Ríos volvió al juego, tuvo desquite de lo que había perdido, hizo buena ganancia, que partieron entre los dos y de aquí trabaron muy grande amistad, de tal manera, que andaban juntos y muchas veces comían juntos, y jugaba el uno por el otro. Duró esta amistad más de seis meses, y al cabo de ellos el doctor Mesa y el Escobedo trataron el modo como le habían de matar y a dónde. El concierto fue que el doctor Mesa aguardase a la vuelta de la cerca del convento de San Francisco, donde se hacía un pozo hondo en aquellos tiempos, que hoy cae dentro de la cerca de dicho convento, y que el Andrés de Escobedo llevase allí al Juan de los Ríos, donde le matarían. Asentado esto, una noche oscura, el doctor Mesa tomó una aguja enastada y fuese al puesto, y el Escobedo fue en busca del Juan de los Ríos. Hallóle en su casa cenando, llamóle, díjole que entrase y cenarían. Respondióle que ya había cenado, y que lo había menester para un negocio. Salió el Ríos y díjole: "Qué habéis menester?" Reopondióle el Escobedo: " Unas mujeres me han convidado esta noche y no me atrevo a ir solo." Díjole el Ríos : "Pues yo iré con vos." Entró a su aposento, tomó su espada y capa, y fuéronse juntos hacia San Francisco. Llegando al puente comenzó el Escobedo a cojear de un pie. Díjole el Ríos : 'Qué tenéis, que vais cojeando?" Respondióle: "Llevo una piedrezuela metida en una bota y vame matando." " Pues descalzaos," dijo el Ríos. ,"Ahí adelante lo haré." Pasaron 1a puente, tomaron la calle abajo hacia donde le esperaban. Llegando cerca de la esquina dijo: "Ya no puedo sufrir esta bota, quiérome descalzar." Asentóse y comenzó a tirar de la bota. Díjole el Ríos: " Dad acá, que yo os descalzaré." Puso la espada en el suelo y comenzó a tirar de la bota. El Escobedo sacó un pañuelo de la faltriquera, dijo: "Sudando vengo," en alta voz, limpiase el rostro y echó el pañuelo sobre el sombrero, señal ya platicada. Salió el doctor Mesa, y con la aguja que había llevado, atravesó al Juan de los Ríos, cosiéndolo con el suelo. Levantose el Escobedo y diole otras tres o cuatro estocadas, con que le acabaron de matar ; y antes que muriese, a un grito que dio el de los Ríos a los primeros golpes, le acudió el doctor Mesa a la boca a quitarle la lengua, y el herido le atravesó un dedo con los dientes. Muerto como tengo dicho, le sacaron el corazón, le cortaron las narices y orejas y los miembros genitales, y todo esto echaron en un pañuelo; desviaron el cuerpo de la calle hacia el río, metiéronlo entre las yerbas, y fuéronse a casa del doctor Mesa. El Escobedo le hizo presente a la señora doña Ana de Heredia de lo que llevaba en el pañuelo, la cual hizo grandes extremos, afeando el mal hecho. Metióse en su aposento, y cerró la puerta, dejándolos en la sala. Ellos acordaron de ir a quitar el cuerpo de donde lo habían dejado, diciendo que sería mejor echarlo en aquel pozo, que con las lluvias de aquellos días estaba muy hondo ; y para echalle pesgas pidió el doctor a una negra de su servicio una botija y un cordel. Trajo la botija ; no hallaba el cordel ; su amo le daba prisa. Tenía en el patio una de cáñamo en que tendía la ropa; quitólo y dióselo. llamó al doctor a don Luís de Mesa, su hermano, y diole la botija y el cordel que los llevase, y fuéronse todos tres donde estaba el cuerpo. Hincheronle la botija de agua, atároncela al pescuezo, y una piedra que trajeron del río a los pies, y echáronlo al pozo. Las demás cosas que llevaron en el pañuelo lleváronlas y por debajo de la ermita de Nuestra Señora de Las Nieves, en aquellos pantanos las enterraron. Amanecía ya el día y el doctor se fue a su casa y el Andrés de Escobedo a casa del Visitador.

Pasados ocho días, una mujer sacaba barro del pozo y encontró los pies del muerto; asustada dio aviso de lo ocurrido en el inmediato convento de San Francisco, y luego a la justicia, la cual procedió con actividad; sacaron el cadáver, y a voz de pregón se ordenó que fuesen a reconocerlo. Un comerciante llamado Victoria dijo que el cadáver era el de Ríos; la esposa de éste declaró que hacía ocho días que había salido, de noche, con Escobedo, y que desde entonces no lo veía; llevada ante el cadáver, levantóle un brazo, fijóse en un lunar que allí tenía, y sin vacilar dijo: " Este es Juan de los Ríos, mi marido, y el doctor Mesa lo ha muerto." Ordenóse en la Audiencia la prisión de Mesa, y al efectuarla dijo al Secretario Juan de Albis: "Dadme por fe y testimonio que este dedo no me lo mordió el muerto, sino que saliendo de este aposento me le cogió esta puerta.". Preso Mesa y los habitantes de su casa, y depositada doña Ana de Heredia, ésta contó el hecho sin reservas, y esa tarde rindió confesión el Oidor declarándose culpable y comprometiendo a Escobedo. Aprehendido éste, sin querer escapar, también declaró lo sucedido. Terminado el proceso, fue sentenciado el Oidor Mesa a ser degollado, y Escobedo a ser arrastrado a cola de caballo y ahorcado en el lugar en que cometieron el delito.

Es de notarse que las diferencias nobiliarias de la época llegaban hasta el cadalso. Los hijosdalgo, como Cortés de Mesa, tenían el privilegio concedido por las leyes de la monarquía española, de no ser ahorcados ni arrastrados a cola de caballo, sino decapitados; para los de la gleba se reservaba la horca.

Mèsa salió con prisiones de las casas reales al cadalso, adonde lo acompañaron el Arzobispo Zapata de Cárdenas y el cirujano Juan Suárez o Sánchez, quien tenía la misión de dirigir la mano del verdugo. Pidió Mesa que un negro que desempeñaba este humillante cargo fuese reemplazado, porque había sido su esclavo, a lo que se accedió; declaró que la muerte de Juan Rodríguez de los Puertos, quien había sido ajusticiado, como responsable de haber fijado libelos infamatorios, fue injusta, pues los libelos habían sido fijados por él (Mesa). Separóse el Arzobispo del cadalso, levantado frente a las casas de la Audiencia (hoy esquina sudoeste del Capitolio Nacional), después de haber absuelto al reo, y se dirigió a la Catedral, acompáñado de los prebendados. Cumplida la justicia, el cadáver fue llevado al templo Metropolitano, donde se le hicieron exequias fúnebres. Los testigos de aquel suplicio convinieron en la justicia de él, pues el Oidor, a más del crimen por que fue sentenciado, asesinato aleve, confeso la responsabilidad de los pasquines, que llevaron a la horca a un inocente, y la intención que había tenido de dar muerte a Escobedo y al Presidente Armendáriz; al primero, la noche que cometieron el asesinato, y al segundo, estando ya en la cárcel. En la Plaza de Bolívar, en el mismo lugar en que fue degollado el Oidor Mesa, por justa sentencia dictada con ejemplar firmeza, se fijó una columna de piedra como recuerdo del suceso, la cual fue enterrada en 1816, cuando el Pacificador Morillo hizo empedrar la Plaza. La superficie circular de la columna la hace distinguir de las piedras que forman el pavimento.

En 1898 se rodeó el capitel de la columna con un círculo de adoquines por orden del Ministro de Fomento don Ricardo Becerra y del Alcalde de Bogotá, don Higinio Cualla. Este círculo está inmediato a la verja del parque de la Plaza de Bolívar, hacia el costado sur.

La cabeza de Escobedo fue colocada en la picota o árbol de la justicia, que se levantaba en el centro de la Plaza, símbolo que era una amenaza muda y constante para los criminales.

La muerte del Oidor Axcoeta y la promoción de Anuncibay, Cetina y Mora, dejaron el Real Acuerdo compuesto por el Presidente Armendáriz, el Oidor Zorrilla y el Fiscal Orozco; el Visitador Monzón suspendió al primero, quien murió en la prisión, de manera que los dos últimos formaban la Audiencia y sostenían lucha contra Monzón.

Llegaron luego a Santafé un nuevo Visitador, don Juan Prieto de Orellana, y tres Oidores: Alonso Pérez de Salazar, Gaspar de Peralta y Francisco Guillén Chaparro. Súspendidos Zorrilla y Orozco, y libre el Visitador Monzón, que había sido aprisionado por el último, los primeros fueron enviados a España, y Santafé quedó tranquila.

En 1579 Diego de Ortega dejó fundada obra pía para dar estado a doncellas, en las casas cercanas a la Catedral, que fueron de Alonso de Olalla, dejando por patrono al Cabildo.

Durante el Gobierno del Licenciado don Juan Bautista de Monzón, en 1580, acordaron los miembros de la Cofradía de Nuestra Señora de Belén levantar una ermita para dar culto a la Virgen, en sitio todavía despoblado, al oriente de la Parroquia de Santa Bárbara, en una árida colina conocida entonces con el nombre de El Pedregal. El edificio fue de humilde construcción, y sirvió para el culto hasta 1700, año en que veremos cómo fue reconstruida.

Entonces se creó el patronato del Juzgado de Difuntos, institución nueva en la capital de la colonia Alonso Pérez de Salazar, Juez severo, ahorcaba con frecuencia indígenas en la plaza mayor, y azotaba todas las semanas, en la de Mercado, que tenía lugar cada cuatro días, a los ladrones. " Desorejó y desnarigó dos mil personas -dice un testigo presencial, don Pedro Ordóñez Ceballos- e hizo otras justicias grandísimas, sin reparar en nadie ni aunque interviniese la intervención de cualquiera persona por principal que fuese, ni era bastante para detener su justicia, como se vido cuando degolló a dos caballeros, que aunque intercedieron muchos principales y daban por cada uno doce mil ducados al Rey, nada bastó para que no lo hiciese."

El temido Alonso Pérez de Salazar dejó su nombre en Santafé unido a una mejora material de grande importancia: fue él quien quitó el rollo o picota, de que tanto uso había hecho, del centro de la plaza, y colocó allí una fuente publica de piedra, ornamentada con escudos de armas de España, Santafé y su blasón, y coronada con una estatua de San Juan Bautista.

Esta fuente merece que nos detengamos un momento en describirla; la taza inferior carecía de ornamentación, y la segunda, que se levantaba bastante, reposaba en una columna estriada con elegantes relieves. Del centro de ella se alzaba una base adornada con lacerías y follajes, sobre la cual descasaba un globo en forma de elipsoide, en que hay grabado cuatro blasones; al Sur, que era el frente, el de Pérez de Salazar, partido en pal, con una cruz de San Andrés y nueve estrellas; al Oriente, una granada, símbolo del Nuevo Reino; al Norte, las armas de España, y al Occidente, las de Santafé de Bogotá, con su águila negra en fondo dorado, orlada de granada de oro en fondo blanco. Coronaba la fuente una tosca escultura, cuyo brazo izquierdo está roto.

Esta estatua, en que el artista quiso representar una efigie de San Juan Bautista, fue conocida en Santafé con el nombre de mono de la pila Hoy se conservan las ornamentaciones y la estatua en el Museo Nacional.

Pronto vínieron desavenencias entre el nuevo Visitador Prieto y los Oidores, que dieron por resultado el que aquél partiera para España llevando presos a Peralta y Pérez de Salazar; Guillén Chaparro ejerció el Gobierno mientras volvió Peralta, quien fue restituido a su puesto; p tomó posesión del cargo de Fiscal, en 1584, el Licenciado Bernardino de Albornoz.

Prieto de Salazar fue casado con doña María de Rosales, que murió en Santafé el año de 1583; su hijo mayor, don Alonso Pérez de Salazar, bogotano, fue Presidente de Quito y de Charcas, hoy Bolivia, merced a que su padre llegó a desempeñar los altos cargos de Fiscal y miembro del Consejo de Indias. Guillén Chaparro, Oidor decano, gobernó el Nuevo Reino durante tres años por las vacantes y anarquías de tantos cambios.

Corría el año de 1587 cuando la aflictiva epidemia de viruela volvió a extenderse en Santafé y principales poblaciones del Reino; según los historiadores fue tan violenta, que destruyó poblaciones florecientes, pues mató hasta el 90 por 100 de la raza indígena, tristemente privilegiada para ser ' preferida por la cruel enfermedad. Sepultábase entonces en las iglesias y altozanos, pero siendo los templos insuficientes, hubo necesidad de inhumar en los campos. No obstante los filantrópicos esfuerzos del Arzobispo Zapata de Cárdenas, para proteger y aislar a los enfermos, la epidemia se extendió y duró tres años. Durante ella prestó importantes servicios el Licenciado Alvaro de Auñón, primor médico titulado que vino a la capital, quien carecía de los medios profilácticos y curativos que el posterior descubrimiento de la vacuna y los progresos de la medicina dieron a sus sucesores.

EL terrible exantema se desarrolló en España en el siglo XI, y pasó al Nuevo Mundo con los conquistadores. En Bogotá se desarrolló con temible intensidad en 1566, setenta y cuatro años después del descubrimiento del Continente y veintiocho después de la fundación de la ciudad. La población indígena, por fatalidad étnica de raza, fue afligida por la epidemia en mayor escala, hasta el extremo de quedar deshabitadas villas florecientes de origen indígena y casi extinguirse la población americana en Bogotá y Tunja.

Es de lamentarse que los cronistas no hubieran recogido datos estadísticos sobra estas epidemias de viruela, y se hubieran limitado a consignar a grandes pinceladas el estrago producido por este azote, hasta entonces desconocido de la robusta y numerosa población que habitaba las altiplanicies andinas.

 

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