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CAPÍTULO V
Llegó a Santafé, en 1574, el Licenciado
Francisco de Anuncibay, a llenar la silla que en la Audiencia tenía el Oidor Cepeda, y en
años siguientes ocuparon puesto en aquel Tribunal el Licenciado Antonio de Cetina (en la
silla del Oidor Angulo) y el Licenciado Andrés Cortés de Mesa (en la del Oidor
Narváez)- Esta Audiencia ejerció el Gobierno por falta de Presidente, sin que se
recuerden de sus disposiciones alguna en favor del pueblo; en cambio la crónica recogió
y guarda los amores de Anuncibay, estrechamente enlazados con la calzada de Occidente, la
más importante del país hasta que se inauguró el ferrocarril de 1a Sabana, y un crimen,
cometido por el Oidor Cortés de Mesa
Empezó entonces para la joven Santafé
una época singular, que ha pasado a la historia con rasgos novelescos, llena de
aventuras, ya amorosas, ya criminales.
La sociedad iba amoldándose a ciertas
costumbres, mezcla de las usanzas castellanas y andaluzas que subsistieron sin cambio
alguno notable hasta principios del siglo XIX. Ya hoy todo ha cambiado mucho por efecto de
los frecuentes viajes a Europa y en particular a Francia.
En el tiempo de que hablamos no eran ya
tanto las luchas con los naturales lo que conmovía el espíritu público como las riñas
entre los Oidores y los caballeros de le conquista. Refiérese que el Arzobispo Barrios
salía cabalgando en una mula a apaciguar pleitos y a contener a aquellos altivos
señores, que requerían la espada a la menor vislumbre de desacato.
Las aventuras galantes estaban al orden
del día, y era de verse uno de aquellos mozalbetes embozado hasta las narices, rondar
punteando la vihuela en altas horas de la noche, alguna desierta calle, donde le escuchaba
una hermosa sevillana o malagueña, o él mismo, al día siguiente, seguir de lejos a su
amada, cuando esta salía a misa acompañada de su padre o de la dueña. Ostentaba
entonces ancho sombrero, de rica palma adornado, airosa capa corta, calzón hueco y sujeto
arriba de la rodilla, mangas con largas truzas y cuello abierto de encaje.
En ciertas noches reuníanse las damas
santafereñas a bailar el minué o la chacona y por las tardes, asomadas a los balcones,
veían pasar los gallardos mozos que lucían macizos estribos de oro y ronzales de seda.
La Calle de la Carrera era así llamada
porque iban a ella cada tarde los airosos jinetes a mostrar el brío de sus elegantes
bridones. Celebrábanse también allí las apuestas y corridas, los tratos y cambios.
El pueblo gozaba de diversiones que hoy
no tiene. En los días de huelga se reunían en aquella Calle o en la rústica plaza,
ninguna de las cuales estaba entonces empedrada, a gozar de justas y torneos o entregarse
al juego de cañas a que era muy aficionado.
La vida del santafereño entrado en años
era más ordenada y apacible. Se levantaba temprano y oía misa de siete. Dos veces por
semana el barbero iba a afeitarle. A las ocho abría en oficina o almacén. Volvía a
comer entre las doce y la una, para lo cual cerraba el portón de la calle con el palo
corredizo que éste tenía hacia adentro, y además echaba llave. Dormía siesta, y así
salía luego a visitar a alguien, entraba diciendo: 'Dios sea en esta casa."
Faltábale pocas veces el chocolate a las cinco de la tarde y la cena a las nueve o diez
de la noche, después de rezar el rosario. En tiempo de cuaresma iba a las ferias, y en
semana santa concurría a alumbrar en las procesiones. La entrada de un nuevo Arzobispo o
Presidente, la llegada del correo de España, suceso que acontecía tres veces por año,
las fiestas religiosas propias de cada temporada, la solemne publicación de la Bula de la
Santa Cruzada, eran para él grandes acontecimientos. Su espíritu permanecía tan igual
como el clima de estas alturas, y la muerte venía a sorprenderle a una edad avanzada.
La perla de las damas Santafareñas en
aquellos días, la más notada por sú gracia y donaire, era la hija de don Antón de
Olalla había tenido en su matrimonio con doña María de Orrego. Otras había también
muy hermosas y lozanas, tales como las dos hermanas doña Catalina y doña Casilda
Velásquez; pero doña Jerónima de Orrego y Olalla, que así se Llamaba aquélla,
aventajaba a las demás por la elevada posición en que había nacido, merced a los
servicios de su padre.
Las dos hermanas Velásquez eran hijas de
don Francisco, cuñado de don Francisco Beltrán de Caicedo. Doña Catalina había nacido
del primer matrimonio de su padre con doña Ana de Fonseca, y doña Casilda, del segundo,
con doña María de Cerezo Ortega, viuda del conquistador don Juan de Olmos.
Notábanse además doña Catalina Calvo y
doña Catalina Carrillo. En Verdad que los que no habían perdido ya la cabeza con doña
Jerónima de Orrego, estarían a punto de perderla con una de las tres Catalinas.
Para aquella hermosa juventud femenina
Santafé tenía entonces unos cuantos gallardos mozos, nacidos allí e hijos de los
primeros conquistadores, o venidos de España a desempeñar puestos publicos en alguna
empresa privada. Recordaremos, entre otros, a don Juan Francisco Rodríguez Galeano, de 1a
familia del ilustre fundador de Vélez, que gozaba de la encomienda de Sopó y fue Alcalde
de Santafé en repetidas ocasiones; a don Juan de Olmos, tercero del nombre, nacido del
matrimonio de don Juan, el compañero de Quesada; con doña María de Cerezo Ortega.
Conquistó, como su padre, la sierra Nevada, y también sirvió varias veces la Alcaldía
de la ciudad; finalmente, a los hermanos don Francisco y don Fernando Beltrán de Caicedo,
hijos de don Francisco Beltrán y de doña María Pardo Velásquez Desmariñas. El primero
había nacido en Santafé en 1577.
Celoso don Antón de Olalla de su hija
doña Jerónima, que tenía más hermosa la cara que el nombre, guardábala como un
tesoro, y a menudo la ocultaba a las miradas de aquellos codiciosos galanes. solo en
tiempo de pascuas la traía a la ciudad . a gozar de los paseos a Fucha y al Boquerón, y
así la hermosa santafereña pasaba la mayor parte del año en la hacienda del Novillero,
a la cual no podía irse si un atravesando vastas lagunas y peligrosos fangales.
Aquel continuado encierro y la severidad
de don Antón acrecentaban las amorosas ansias de aquella apasionada juventud, entre 1a
cual se contaba nada menos que don Francisco de Anuncibay, Gobernador del Nuevo Reino.
Encendióse la rivalidad entre éste y don Fernando de Monzón, hijo del Licenciado don
Juan Bautista, lo cual, visto por don Antón, que era enemigo de querellas entre
mandatarios, resolvió guardar a su hija en la sabana hasta que se aquietasen los
pretendientes. Salió pues con ella en una gran balsa, y el fiel Anuncibay les acompañó
hasta Techo; pero a la vuelta encontró tan malos pasos y dio con tantos resbalones y
caídas, que al siguiente día nada más ocurrió a la Audiencia para lamentarse de la
falta de un buen camino y pedir que se construyese una calzada a través de la laguna. El
Real Acuerdo aprobó su demanda y cometió la diligencia al mismo Anuncibay.
Se dio este a la tarea con el mayor
empeño para lograr al fin tener mayores ocasiones de ver a su amada; y fue así como se
construyeron las alcantarillas que hoy existen y forman el camellón de Occidente, las
cuales, sin embargo, no se concluyeron hasta en los tiempos de los Virreyes Pizarro y
Solís.
A pesar de la obra útil que había
emprendido, Anuncibay no vio sus amores recompensados, pues ya sea que doña Jerónima le
desdeñase, ya que se viese forzado a obedeaer la Real orden que le nombró para la
Audiencia de Quito, lo cierto es que dejó a Santafé sin su pretendida, y entretanto su
rival, don Fernando de Monzón, la logró por esposa.
A éste siguieron otros matrimonios de
personas que ya conocemos. Don Juan de Olmos casó con doña Catalina Velásquez, y la
hermana de esta, doña Casilda, con don Francisco Rodriguez. Galeano.
En enero de 1578 llegó un nuevo Oidor,
el Licenciado Juan Rodríguez de Mora; y en agosto del mismo año el tercer Presidente del
Nuevo Reino, doctor don Lope Díez Aux de Armendáriz, cuarto señor de Cadereita, con
cinco mil ducados de sueldo. Al año siguiente llegaron también el Oidor Pedro Zorrilla y
el Fiscal Miguel Orozco; cuarto individuo que desempeñó el destino, y luego el Oidor
Cristóbal de Axcoeta, con los cuales quedo completo el Tribunal.
Aux de Armendáriz salió de Santa Marta,
según frase del historiador Piedrahita, "tan cargado de hombres como de mujeres, que
las llevaban sus maridos para avecindarse en el Reino, entre quienes iba Alonso Martín
Carrillo y Beatriz de Cuéllar, que los siguieron desde el Valle de Upar, en cuyas
conquistas había servido el Alonso de Martín con crédito de buen soldado; si bien de la
compañía de tantas mujeres se le siguió mucho descrédito al Miguel Diez, que se le
continuó, como se dirá adelante, hasta el fin de su Gobierno. Y habiendo llegado a
Santafé con aquella máxima que observaban todos los gobernadores de Indias, de mostrarse
formidables en sus primeras entradas, tomó la posición de sus oficios en diez y siete de
enero del año de mil quinientos y cuarenta y siete ".
Además, Aux de Armendáriz fue un Juez
parcial e injusto. Les siguió causa a Capitanes tan distinguidos como Luis Lanchero, Lope
Montalvo y Baltasar Maldonado; y condenó a muerte e hizo ejecutar en la horca a Francisco
Palomo, no obstante haber manifestado éste en el suplicio que se había acusado a sí
mismo y a distinguidos Capitanes por el temor del tormento en proceso que se les seguía
por incendio.
Entre las causas notables que ocuparon el
tiempo y la conciencia de aquellos Magistrados, ninguna lo fue más que la seguida a su
compañero de bufete, el Oidor Andrés Cortés de Mesa.
Cortés de Mesa llegó a Cartagena a
principios del año de 1576, y allí contrajo matrimonio con doña Ana de Heredia.
Acompañábalo en el viaje Juan de los Ríos, a quien ofreció protección si contraía
matrimonio con una hermana natural de doña Ana, lo que aceptó Ríos. Llegados a la
capital, el Oidor llevó a vivir a su propia casa los novios protegidos, y en septiembre
del año dicho tomó, posesión del cargo de Oidor. No habiendo cumplido el doctor Mesa lo
ofrecido, se disgustó Ríos y separó casa, acompañándolo su esposa, y herido con el
Oidor, logró promoverle causa, por la cual lo aprisionó la Audiencia en el Cabildo, y
allí permaneció hasta la llegada del Visitador, Licenciado Juan Bautista Monzón, quien
le dio su casa por cárcel mientras estudiaba el expediente.
El Visitador suspendió al Oidor Mora,
amigo del Presidente Armendáriz, lo que dio nacimiento a tres bandos: lo pistas, que
defendían los procederes de don Lope, Presidente; moristas, que apoyaban al Oidor
supuesto, y monzonistas, que aprobaban lo hecho por el visitador. Llegó el tiempo de
tomar la residencia a los Oidores, acto que se verificó en las casas del Cabildo situadas
en la acera occidental de la plaza mayor, en el mismo sitio ocupado hoy por el Palacio
municipal.
El Visitador tenía un Secretario,
Lorenzo del Mármol, y éste un sobrino que le ayudaba en su trabajo, llamado Andrés de
Escobedo, quien con motivo de la causa tuvo entrada en casa del Oidor Mesa y se enamoró
de doña Ana de Heredia, llegando hasta declararle su pasión. Doña Ana participo al
Oidor lo acaecido, y éste, olvidando los deberes que impone la dignidad y lo sagrado del
hogar, indicó a doña Ana que recibiera al mozo, y con esperanzas y cariño lo obligara a
sustraer el proceso que contra él se levantaba; trató de hacerlo Escobedo, pero salió
mal en su empresa, porque el Secretario, su tío, comprendiendo lo que sucedía, puso en
seguridad el expediente. .
sucedió pues que un día, estándose
paseando el Escobedo y el doctor en el zaguán, junto a la puerta de la calle; pasó por
ella el Juan de los Ríos. Viole por las espaldas el doctor, y por enterarse bien, se
asomó a la puerta, volvió diciendo: "¡Ah, traidor Aquí va aqueste traidor, que
él me tiene puesto en este estado." Asomóse el Escobedo y viólo, y dijo : " A
un pobrecillo como ese quitalle la vida." Respondióle el doctor: " No tengo yo
un amigo de quien fiarme, que ya lo hubiera hecho." Respondió el Escobedo: ' Pues
aquí estoy yo, señor doctor, que yo os ayudare a la satisfacción de vuestra
honra." Este fue el principio por donde se trazó la muerte al Juan de los Ríos :
otras veces lo consultaron, como consta en sus confesiones. Finalmente, el demonio, cuando
quiere romper sus zapatos, lo sabe muy bien hacer. El Juan de los Ríos era jugador y
gastaba loa días y las noches por las tablas de los juegos. Pues sucedió que estando
jugando en una de ellas, un día entró el Andrés de Escobedo y pusole junto al Ríos, a
verle jugar, el cual perdió el dinero que tenía; y queriéndose levantar, le dijo el
Andrés de Escobedo : "No se levante vuestramerced, juegue este pedazo de oro por
ambos." Echóle en la mesa un pedazo de barra, de más de ochenta pesos, con el cual
el Ríos volvió al juego, tuvo desquite de lo que había perdido, hizo buena ganancia,
que partieron entre los dos y de aquí trabaron muy grande amistad, de tal manera, que
andaban juntos y muchas veces comían juntos, y jugaba el uno por el otro. Duró esta
amistad más de seis meses, y al cabo de ellos el doctor Mesa y el Escobedo trataron el
modo como le habían de matar y a dónde. El concierto fue que el doctor Mesa aguardase a
la vuelta de la cerca del convento de San Francisco, donde se hacía un pozo hondo en
aquellos tiempos, que hoy cae dentro de la cerca de dicho convento, y que el Andrés de
Escobedo llevase allí al Juan de los Ríos, donde le matarían. Asentado esto, una noche
oscura, el doctor Mesa tomó una aguja enastada y fuese al puesto, y el Escobedo fue en
busca del Juan de los Ríos. Hallóle en su casa cenando, llamóle, díjole que entrase y
cenarían. Respondióle que ya había cenado, y que lo había menester para un negocio.
Salió el Ríos y díjole: "Qué habéis menester?" Reopondióle el Escobedo:
" Unas mujeres me han convidado esta noche y no me atrevo a ir solo." Díjole el
Ríos : "Pues yo iré con vos." Entró a su aposento, tomó su espada y capa, y
fuéronse juntos hacia San Francisco. Llegando al puente comenzó el Escobedo a cojear de
un pie. Díjole el Ríos : 'Qué tenéis, que vais cojeando?" Respondióle:
"Llevo una piedrezuela metida en una bota y vame matando." " Pues
descalzaos," dijo el Ríos. ,"Ahí adelante lo haré." Pasaron 1a puente,
tomaron la calle abajo hacia donde le esperaban. Llegando cerca de la esquina dijo:
"Ya no puedo sufrir esta bota, quiérome descalzar." Asentóse y comenzó a
tirar de la bota. Díjole el Ríos: " Dad acá, que yo os descalzaré." Puso la
espada en el suelo y comenzó a tirar de la bota. El Escobedo sacó un pañuelo de la
faltriquera, dijo: "Sudando vengo," en alta voz, limpiase el rostro y echó el
pañuelo sobre el sombrero, señal ya platicada. Salió el doctor Mesa, y con la aguja que
había llevado, atravesó al Juan de los Ríos, cosiéndolo con el suelo. Levantose el
Escobedo y diole otras tres o cuatro estocadas, con que le acabaron de matar ; y antes que
muriese, a un grito que dio el de los Ríos a los primeros golpes, le acudió el doctor
Mesa a la boca a quitarle la lengua, y el herido le atravesó un dedo con los dientes.
Muerto como tengo dicho, le sacaron el corazón, le cortaron las narices y orejas y los
miembros genitales, y todo esto echaron en un pañuelo; desviaron el cuerpo de la calle
hacia el río, metiéronlo entre las yerbas, y fuéronse a casa del doctor Mesa. El
Escobedo le hizo presente a la señora doña Ana de Heredia de lo que llevaba en el
pañuelo, la cual hizo grandes extremos, afeando el mal hecho. Metióse en su aposento, y
cerró la puerta, dejándolos en la sala. Ellos acordaron de ir a quitar el cuerpo de
donde lo habían dejado, diciendo que sería mejor echarlo en aquel pozo, que con las
lluvias de aquellos días estaba muy hondo ; y para echalle pesgas pidió el doctor a una
negra de su servicio una botija y un cordel. Trajo la botija ; no hallaba el cordel ; su
amo le daba prisa. Tenía en el patio una de cáñamo en que tendía la ropa; quitólo y
dióselo. llamó al doctor a don Luís de Mesa, su hermano, y diole la botija y el cordel
que los llevase, y fuéronse todos tres donde estaba el cuerpo. Hincheronle la botija de
agua, atároncela al pescuezo, y una piedra que trajeron del río a los pies, y echáronlo
al pozo. Las demás cosas que llevaron en el pañuelo lleváronlas y por debajo de la
ermita de Nuestra Señora de Las Nieves, en aquellos pantanos las enterraron. Amanecía ya
el día y el doctor se fue a su casa y el Andrés de Escobedo a casa del Visitador.
Pasados ocho días, una mujer sacaba
barro del pozo y encontró los pies del muerto; asustada dio aviso de lo ocurrido en el
inmediato convento de San Francisco, y luego a la justicia, la cual procedió con
actividad; sacaron el cadáver, y a voz de pregón se ordenó que fuesen a reconocerlo. Un
comerciante llamado Victoria dijo que el cadáver era el de Ríos; la esposa de éste
declaró que hacía ocho días que había salido, de noche, con Escobedo, y que desde
entonces no lo veía; llevada ante el cadáver, levantóle un brazo, fijóse en un lunar
que allí tenía, y sin vacilar dijo: " Este es Juan de los Ríos, mi marido, y el
doctor Mesa lo ha muerto." Ordenóse en la Audiencia la prisión de Mesa, y al
efectuarla dijo al Secretario Juan de Albis: "Dadme por fe y testimonio que este dedo
no me lo mordió el muerto, sino que saliendo de este aposento me le cogió esta
puerta.". Preso Mesa y los habitantes de su casa, y depositada doña Ana de Heredia,
ésta contó el hecho sin reservas, y esa tarde rindió confesión el Oidor declarándose
culpable y comprometiendo a Escobedo. Aprehendido éste, sin querer escapar, también
declaró lo sucedido. Terminado el proceso, fue sentenciado el Oidor Mesa a ser degollado,
y Escobedo a ser arrastrado a cola de caballo y ahorcado en el lugar en que cometieron el
delito.
Es de notarse que las diferencias
nobiliarias de la época llegaban hasta el cadalso. Los hijosdalgo, como Cortés de Mesa,
tenían el privilegio concedido por las leyes de la monarquía española, de no ser
ahorcados ni arrastrados a cola de caballo, sino decapitados; para los de la gleba se
reservaba la horca.
Mèsa salió con prisiones de las casas
reales al cadalso, adonde lo acompañaron el Arzobispo Zapata de Cárdenas y el cirujano
Juan Suárez o Sánchez, quien tenía la misión de dirigir la mano del verdugo. Pidió
Mesa que un negro que desempeñaba este humillante cargo fuese reemplazado, porque había
sido su esclavo, a lo que se accedió; declaró que la muerte de Juan Rodríguez de los
Puertos, quien había sido ajusticiado, como responsable de haber fijado libelos
infamatorios, fue injusta, pues los libelos habían sido fijados por él (Mesa). Separóse
el Arzobispo del cadalso, levantado frente a las casas de la Audiencia (hoy esquina
sudoeste del Capitolio Nacional), después de haber absuelto al reo, y se dirigió a la
Catedral, acompáñado de los prebendados. Cumplida la justicia, el cadáver fue llevado
al templo Metropolitano, donde se le hicieron exequias fúnebres. Los testigos de aquel
suplicio convinieron en la justicia de él, pues el Oidor, a más del crimen por que fue
sentenciado, asesinato aleve, confeso la responsabilidad de los pasquines, que llevaron a
la horca a un inocente, y la intención que había tenido de dar muerte a Escobedo y al
Presidente Armendáriz; al primero, la noche que cometieron el asesinato, y al segundo,
estando ya en la cárcel. En la Plaza de Bolívar, en el mismo lugar en que fue degollado
el Oidor Mesa, por justa sentencia dictada con ejemplar firmeza, se fijó una columna de
piedra como recuerdo del suceso, la cual fue enterrada en 1816, cuando el Pacificador
Morillo hizo empedrar la Plaza. La superficie circular de la columna la hace distinguir de
las piedras que forman el pavimento.
En 1898 se rodeó el capitel de la
columna con un círculo de adoquines por orden del Ministro de Fomento don Ricardo Becerra
y del Alcalde de Bogotá, don Higinio Cualla. Este círculo está inmediato a la verja del
parque de la Plaza de Bolívar, hacia el costado sur.
La cabeza de Escobedo fue colocada en la
picota o árbol de la justicia, que se levantaba en el centro de la Plaza, símbolo que
era una amenaza muda y constante para los criminales.
La muerte del Oidor Axcoeta y la
promoción de Anuncibay, Cetina y Mora, dejaron el Real Acuerdo compuesto por el
Presidente Armendáriz, el Oidor Zorrilla y el Fiscal Orozco; el Visitador Monzón
suspendió al primero, quien murió en la prisión, de manera que los dos últimos
formaban la Audiencia y sostenían lucha contra Monzón.
Llegaron luego a Santafé un nuevo
Visitador, don Juan Prieto de Orellana, y tres Oidores: Alonso Pérez de Salazar, Gaspar
de Peralta y Francisco Guillén Chaparro. Súspendidos Zorrilla y Orozco, y libre el
Visitador Monzón, que había sido aprisionado por el último, los primeros fueron
enviados a España, y Santafé quedó tranquila.
En 1579 Diego de Ortega dejó fundada
obra pía para dar estado a doncellas, en las casas cercanas a la Catedral, que fueron de
Alonso de Olalla, dejando por patrono al Cabildo.
Durante el Gobierno del Licenciado don
Juan Bautista de Monzón, en 1580, acordaron los miembros de la Cofradía de Nuestra
Señora de Belén levantar una ermita para dar culto a la Virgen, en sitio todavía
despoblado, al oriente de la Parroquia de Santa Bárbara, en una árida colina conocida
entonces con el nombre de El Pedregal. El edificio fue de humilde construcción, y sirvió
para el culto hasta 1700, año en que veremos cómo fue reconstruida.
Entonces se creó el patronato del
Juzgado de Difuntos, institución nueva en la capital de la colonia Alonso Pérez de
Salazar, Juez severo, ahorcaba con frecuencia indígenas en la plaza mayor, y azotaba
todas las semanas, en la de Mercado, que tenía lugar cada cuatro días, a los ladrones.
" Desorejó y desnarigó dos mil personas -dice un testigo presencial, don Pedro
Ordóñez Ceballos- e hizo otras justicias grandísimas, sin reparar en nadie ni aunque
interviniese la intervención de cualquiera persona por principal que fuese, ni era
bastante para detener su justicia, como se vido cuando degolló a dos caballeros, que
aunque intercedieron muchos principales y daban por cada uno doce mil ducados al Rey, nada
bastó para que no lo hiciese."
El temido Alonso Pérez de Salazar dejó
su nombre en Santafé unido a una mejora material de grande importancia: fue él quien
quitó el rollo o picota, de que tanto uso había hecho, del centro de la plaza, y colocó
allí una fuente publica de piedra, ornamentada con escudos de armas de España, Santafé
y su blasón, y coronada con una estatua de San Juan Bautista.
Esta fuente merece que nos detengamos un
momento en describirla; la taza inferior carecía de ornamentación, y la segunda, que se
levantaba bastante, reposaba en una columna estriada con elegantes relieves. Del centro de
ella se alzaba una base adornada con lacerías y follajes, sobre la cual descasaba un
globo en forma de elipsoide, en que hay grabado cuatro blasones; al Sur, que era el
frente, el de Pérez de Salazar, partido en pal, con una cruz de San Andrés y nueve
estrellas; al Oriente, una granada, símbolo del Nuevo Reino; al Norte, las armas de
España, y al Occidente, las de Santafé de Bogotá, con su águila negra en fondo dorado,
orlada de granada de oro en fondo blanco. Coronaba la fuente una tosca escultura, cuyo
brazo izquierdo está roto.
Esta estatua, en que el artista quiso
representar una efigie de San Juan Bautista, fue conocida en Santafé con el nombre de
mono de la pila Hoy se conservan las ornamentaciones y la estatua en el Museo Nacional.
Pronto vínieron desavenencias entre el
nuevo Visitador Prieto y los Oidores, que dieron por resultado el que aquél partiera para
España llevando presos a Peralta y Pérez de Salazar; Guillén Chaparro ejerció el
Gobierno mientras volvió Peralta, quien fue restituido a su puesto; p tomó posesión del
cargo de Fiscal, en 1584, el Licenciado Bernardino de Albornoz.
Prieto de Salazar fue casado con doña
María de Rosales, que murió en Santafé el año de 1583; su hijo mayor, don Alonso
Pérez de Salazar, bogotano, fue Presidente de Quito y de Charcas, hoy Bolivia, merced a
que su padre llegó a desempeñar los altos cargos de Fiscal y miembro del Consejo de
Indias. Guillén Chaparro, Oidor decano, gobernó el Nuevo Reino durante tres años por
las vacantes y anarquías de tantos cambios.
Corría el año de 1587 cuando la
aflictiva epidemia de viruela volvió a extenderse en Santafé y principales poblaciones
del Reino; según los historiadores fue tan violenta, que destruyó poblaciones
florecientes, pues mató hasta el 90 por 100 de la raza indígena, tristemente
privilegiada para ser ' preferida por la cruel enfermedad. Sepultábase entonces en las
iglesias y altozanos, pero siendo los templos insuficientes, hubo necesidad de inhumar en
los campos. No obstante los filantrópicos esfuerzos del Arzobispo Zapata de Cárdenas,
para proteger y aislar a los enfermos, la epidemia se extendió y duró tres años.
Durante ella prestó importantes servicios el Licenciado Alvaro de Auñón, primor médico
titulado que vino a la capital, quien carecía de los medios profilácticos y curativos
que el posterior descubrimiento de la vacuna y los progresos de la medicina dieron a sus
sucesores.
EL terrible exantema se desarrolló en
España en el siglo XI, y pasó al Nuevo Mundo con los conquistadores. En Bogotá se
desarrolló con temible intensidad en 1566, setenta y cuatro años después del
descubrimiento del Continente y veintiocho después de la fundación de la ciudad. La
población indígena, por fatalidad étnica de raza, fue afligida por la epidemia en mayor
escala, hasta el extremo de quedar deshabitadas villas florecientes de origen indígena y
casi extinguirse la población americana en Bogotá y Tunja.
Es de lamentarse que los cronistas no
hubieran recogido datos estadísticos sobra estas epidemias de viruela, y se hubieran
limitado a consignar a grandes pinceladas el estrago producido por este azote, hasta
entonces desconocido de la robusta y numerosa población que habitaba las altiplanicies
andinas.
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