Llegó el 7 de agosto de 1817. Simón Bolívar
escribía en ese día, en la baja Guayana:
al fin tengo el gusto de ver libre a Guayana! La
capital se me rindió el 18 del pasado, y estas fortalezas el 3 del corriente.. .. En
todas partes adquirimos ventajas. La Nueva Granada está sublevada.
Cuatro años antes., en la misma fecha, Bolívar
fue aclamado en Caracas Libertador. Por afortunada coincidencia, dos años después. en el
mismo día, debía ceñir los laureles de vencedor en Boyacá.
Tan notoria era la sublevación de la Nueva
Granada, que los cronicones de aquel tiempo consignan el hecho de que en Bogotá
recibieron noticias de los campamentos durante el mes de agosto.
Estaban dominadas las llanuras orientales por
Jefes prácticos en el terreno, y tenían esos caudillos prendas de valor e inspiraban
confianza a las huestes republicanas, o sea a los valientes llaneros. Aún subsistían en
poder de los españoles las poblaciones situadas en la Cordillera Oriental y la más rica
parte de los recursos del país. Pero ya en muchas poblaciones del Nuevo Reino había
alzamientos, y Sámano, con ceguedad grande, como la había tenido el Gabinete de Madrid,
engañaba al pueblo y conducía la colonia a un extremo de desesperación que tenía que
producir la independencia o la extinción de los republicanos.
Morillo, que a la sazón estaba en Cumaná
(Venezuela), informaba al Ministerio de Guerra que los ejércitos patriotas que ocupaban a
Guayana tenían franca comunicación con el interior del Nuevo Reino y dominaban los
Llanos de Casanare, del Apure y de San Martín, en inmensos despoblados, y se trasladaban
por loa ríos navegables que los cruzan, embellecen y fertilizan. Con ceguedad, como la de
Sámano, escribía:
No han faltado ya en la Nueva Granada algunas
pequeñas convulsiones, que afortunadamente se han ahogado en su nacimiento, tanto por la
vigilancia y sabias disposiciones de los Jefes que dejé allí, como porque todas ellas
han sido manejadas por hombres sin talento y de infelices recursos.
El Pacificador juzgaba, con criterio erróneo, que
los gérmenes de la nueva insurrección estaban ya dominados; y la verdad fue que los
patriotas oprimidos, aunque carecían de armas, tenían propósito firme y decidido de
luchar contra el opresor español, con vigor y ,constancia. Cada uno de los levantados
aspiraba a ser un ciudadano libre y estaba resuelto a morir en vez de vivir en
servidumbre.
Valor intrépido e indomable, herencia del
conquistador español, y pasiones enardecidas, hicieron que los pueblos lucharan con
inmortal heroísmo. Hombres del campo, bisoños, osaron medirse con las aguerridas tropas
realistas, vencedoras de las que mandó Napoleón el grande.
Además de los jefes de guerrillas que hemos
nombrado, luchaban en las llanuras de San Martín y Casanare fray Ignacio Mariño, Juan
Gales, Nonato Pérez y José Antonio Páez. Obraban en otras partes, al occidente de la
Cordillera Oriental, Juan Nepomuceno Moreno, Manuel Jiménez, Ignacio Calvo y José
Ignacio Ruiz, quien tenía el comando de una guerrilla que se juzgaba fantástica y se
llamaba la Niebla, porque se reunía o dispersaba como las cortinas de niebla que juegan,
movidas por el viento, en las cumbres de las cordilleras andinas.
Los llaneros de Venezuela y de Colombia, a
semejanza de los gauchos argentinos, domaban potros y reses bravías, vivían ausentes de
sus hogares, dormían al aire libre, se alimentaban con carne sin sal y no perdían su
constitución vigorosa. Hacían grandes jornadas con su compañero el caballo, y amaban
con pasión la libertad. Tras de las lanzas de esa caballería heroica se abrigaban los
pueblos del Llano, entonces habitados por numerosos emigrantes.
Un poeta bogotano, que viste la sotana del
jesuita, pintó al centauro, llamado en Colombia y Venezuela el llanero :
Despierto el ojo, la nariz hinchada, La frente
erguida, trémula la crin, Tascando el freno. el suelo golpeando, La oreja atenta al eco
del clarín;
Tal el noble caballo; y el llanero Mal vestido,
tostado por el sol,
Sacudiendo la lanza y con la vista Clavada en el
ejército español.
Al frente un cuadro ve; la señal oye, Hace sentir
la espuela a su corcel, Encórvase en la silla, centellean
Sus dos ojos de rabia y de placer.
i Un instante no más ! Sangre chorrea La roja
banderola, en sangre está Tinto el desnudo brazo, y el caballo Sangre hace con su casco
palpitar.
Para dar idea de los sufrimientos que padecían
las familias emigradas, citamos lo ocurrido a la del Oficial Pedro Fortoul, de familia
distinguida del Rosario de Cúcuta, más tarde General de la República. El tuvo que
emigrar, con . su familia, y buscar abrigo en el ejército de Casanare y compartir
sufrimientos y privaciones con su esposa, doña Manuela Ramírez, dama linajuda y gentil,
y tres niños de tierna edad. Un biógrafo de Fortoul refiere que tuvo que pasar las
llanuras inundadas, haciendo a pie largas jornadas y descasando de ellas a la intemperie,
rodeado de toda especie de penalidades y peligros.
Los emigrados sufrieron la miseria, que había
llegado a su colmo, y algunos de ellos murieron de hambre. José Antonio Páez refiere en
su Autobiografía las penalidades que soportaron loa emigrados en los desiertos de
Casanare, y cuenta que el Coronel Francisco Olmedilla, oriundo de Pore y también jefe de
guerrilla, se vio obligado en aquellos días a alimentares con el cadáver de un hijo
suyo, para satisfacer la horrible necesidad del hambre que le apremiaba, después de verse
sujeto a las mayores miserias Y expuso el célebre caudillo su veracidad cuando refirió
este suceso atroz.
En la ciudad de Bogotá se conspiraba. Soldados
forzados y patriotas beneméritos estaban de acuerdo con Francisco y Ambrosio Almeida para
iniciar una contrarrevolución en la capital. Tenían correspondencia con proscritos y
emigrados para ganar prosélitos. Ellos tuvieron la imprudencia de buscar apoyo en la
tropa española, y fueron denunciados y reducidos a prisión.
En la noche del 19 de agosto de 1817 un Capitán
del Batallón Numancia, Manuel Pérez Delgado, tuvo denuncio de que tres granaderos,
Santiago Lara, Pablo Corona y Bernabé Pulido estaban comprometidos en una sedición, de
acuerdo con paisanos, 5 los hizo arrestar. Los granaderos habían servido en la, filas
patriotas, y como castigo, desde 1816, se les había incorporado en el ejército del Rey.
Fueron aprehendidos, en esa noche, don Joaquín Castro y sus dos hijos, que habitaban en
la hacienda de la Cantera, en jurisdicción de Cota, Pedro Acero y José Amaya; y con
ellos fueron llevados a prisión Ambrosio y Vicente Almeida, jefes de la conspiración.
Don Juan Gregorio Almeida, caballero distinguido y
acaudalado, murió en Cúcuta, en mayo de 1802; su viuda, doña Rosalía Zumalave,
residía en Bogotá en 1817, con sus hijas Trinidad, Gabriela, Teresa y Rafaela. El 22 de
septiembre lograron fugarse los Almeidas de las prisiones del Colegio de San Bartolomé,
que custodiaba el Batallón Tambo. Los dos Almeidas sobornaron al Cabo de guardia Pedro
Torneros, éste apagó la luz del cuerpo de guardia y ordenó al centinela que fuera a
encenderla, y aprovechando el momento huyeron Torneros y los Almeidas. Se hicieron
exquisitas diligencias para detener a los prófugos, y fueron puestas en prisión doña
Rosalía Zumalave y sus cuatro hijas.
Fue perseguido en esos días el militar don
Domingo Caicedo, no obstante las influencias realistas de su suegro, el Oidor don Juan
Jurado; en su hacienda de Saldaña en las llanuras del Tolima, se hicieron numerosas
requisas, buscando prófugos y conspiradores, que resultaron baldías.
Se sabía que en Saldaña el Coronel Domingo
Caicedo daba hospitalidad generosa a muchos patriotas comprometidos en los sucesos de la
guerra.
En el mes de septiembre de 181i los Oidores Juan
Jurado y Francisco de Mosquera y Cabrera únicos Magistrados que actuaban en la Real
Audiencia, se quejaron ante el Rey de las autorizaciones que Morillo confería a don Juan
Sámano, Gobernador político y militar, para revivir el Concejo permanente de Guerra, y
por medio de juicios verbales condenar por delitos de incidencia, con prescindencia de la
autoridad del Virrey Francisco de Montalvo.
Decían los golillas:
La Comisión de suyo es susceptible de toda
arbitrariedad; y recayendo en don Juan Sámano y en los Oficiales que tiene a sus
órdenes, se renovarán las escenas de sangre y de terror con que el General Morillo
desterró la paz de este desolado Reino, durante al menos la presente generación.
A principios de octubre fue condenada a muerte una
anciana, por el delito pasional de celos. Ella mató a su rival; y en lugar apartado la
colgó de un árbol, la ahorcó y mutiló; quemó el cadáver y el de un niñito de
pechos, que se decía ser hijo del. marido de la criminal. La justicia ordinaria era
todavía muy cruel en ese tiempo; refiere un testigo de vista que arcabucearon a la
anciana el 3 de octubre, en la Plaza Mayor, y después la colgaron en la horca y después
le cortaron la cabeza y la mandaron a Cáqueza, de donde era natural.
Por entonces ocupó el Libertador a Angostura,
después Ciudad Bolívar, y la declaró capital provisoria con Tribunal de Justicia,
Consejo Provisional de Estado y Consejo de Gobierno, entidades a las que delegó algunas
facultades, durante su ausencia en la campaña.
Morillo informaba al Ministerio de Guerra el 1°
de noviembre de 1.81'7, desde su Cuartel General de Valencia, que en las Provincias de la
Nueva Granada los rebeldes habían obtenido ventajas trascendentales y que él no podía
enviarles auxilios de hombres ni recursos.
El Pacificador empezaba a ver Claro.
Desde junio de 1816 comunicó el Ministro de
Gracia y Justicia, don Pedro Ceballos, a la Real Audiencia de Santafé, que Fernando VII
había derogado la pragmática sanción dictada en 1767 por Carlos III, por la cual fueron
extrañados de los dominios españoles los jesuitas, los que quedaban restablecidos en
España, en las Indias y en las islas Filipinas. La real disposición fue obedecida en
Cartagena por el Virrey Montalvo y los Oidores en enero de 1817, y hasta el mes de
noviembre la puso la Audiencia en vigor en Santafé.
El Papa Bernabé Charamonte, que con el nombre de
Pío VII gobernaba la Iglesia desde 1806, restableció la Compañía de Jesús, por lo
cual hubo fiestas en Roma, en agosto de 1814. Estas disposiciones reales y pontificias
fueron en realidad baldías en América; a Bogotá no volvieron los jesuitas hasta pasados
muchos años, o sea en 1844. Antes, la restauración de la Compañía de Jesús no pudo
tener efecto.
Consignamos las noticias referentes a los jesuitas
y las de su expulsión del Nuevo Reino en las páginas 349 a 358 del volumen I de estas
Crónicas.
El 9 de noviembre de 1817 hubo alarma en Santafé.
Se fugaran doce insurgentes de la Real Cárcel de Corte. Los militares realistas,
divididos en patrullas, allanaron. los hogares de los patriotas santafereños, y cerraron
los puentes y caminos, sin resultado favorable. Los presos fueron interrogados. y la
vigilancia llegó al extremo.
Las mujeres de ese mundo todo exuberante y
magnífico, que tanto se distinguieron durante la emancipación y que aceptaron y
sufrieron con admirable abnegación el destierro, la soledad y la pobreza, ilustres
revolucionarias, fueron representadas en esta vez por una heroína de alto renombre en los
anales americanos. En esta época de sangre regida por Juan Sámano, Policarpa
Salavarrieta, sacrificada por el Gobernador militar, ocupó puesto al lado de Rosa
Zárate, de Mercedes Abrego y de Carlota Armero en el martirologio de la patria. Sámano,
imitando al Duque de Alba, don Fernando Alvarez de Toledo, que en los tiempos de Felipe a:
pensó apagar la rebelión de los Países Bajos por medio del terror y de la sangre,
estableció tribunales terribles.
Del matrimonio de don Joaquín Salavarrieta y de
doña Mariana Ríos, vecinos de la ciudad de Guaduas, nació Policarpa, en 1795. Ella se
afilió con entusiasmo desde 1810, a la causa de la revolución, y para servirla se
trasladó a Bogotá en ese año, y habitó en la casa honorable de la familia Herrán y
Zaldúa. Pasó luego a una casucha de la Calle Honda, hoy carrera 13, en las inmediaciones
de la Huerta de Jaime. En esa humilde casa se reunían, en tiempo del terror, varios
patriotas conspiradores. El Oficial José Hilario López, que debía presidir más tarde
los destinos de la República, dice a propósito de esta conspiración:
Yo era uno de tantos patriotas que concurrían a
la casa de la Pola, en donde se comunicaban las noticias que se tenían de los de
Venezuela y Casanare, y se celebraban cuando ellas eran buenas, pues esa mujer, valiente y
entusiasta por la libertad, se sacrificaba para adquirir con qué obsequiar a los
desgraciados patriotas, y no pensaba ni hablaba otra cosa que de venganza y del
restablecimiento de la Patria.
Sabía la heroína que era perseguida, y cambió
de morada y se ocultó en la casa de doña Andrea Ricaurte, esposa del patriota don José
Lozano. Señoras distinguidas, doña Carmen Rodríguez de Gaitán, hermana del guerrillero
José Ignacio Rodríguez, llamado El Mosca; doña Petronila Nava de García Hevia, viuda,
desde su destierro de Cogua, y otras damas de igual distinción, prestaban sus servicios a
los jefes de guerrillas. El hogar de la señora Ricaurte de Lozano estaba situado en la
calle l0, cerca de la antigua Plaza de Egipto, ahora de Maza, en un barrio silencioso y
tranquilo, donde vivía en la mayor reserva posible. Allí se enviaban y se recibían
postas y se les daba auxilio a los que lograban salir para incorporarse en las guerrillas,
que tanto atormentaban a Sámano y a sus tenientes.
La Pola tenía un hermano menor, entonces niño,
Bibiano Salavarrieta, bautizado en la parroquia de Santa Bárbara de Bogotá, que moraba
con ella en la casa de la señora Ricaurte de Lozano, y era el medio de comunicación con
los patriotas. Sámano había encargado, como agente secreto, al Sargento Anselmo
Iglesias, perro de presa, astuto, sagaz y sacerdote de Baco, para inquirir el refugio de
Policarpa. Frente al portalón del Colegio de San Bartolomé, entonces cuartel del
Batallón Tambo, existía. venta de licores, donde el Sargento Iglesias tomaba sus copas
departiendo con la ventera. Confió a ésta su secreta misión, cubriendo sus aviesas
miras con la especie de que uno de sus Jefes se había prendado de la belleza de Policarpa
y deseaba visitarla.
Eso es fácil, replicó la maritornes; por aquí
pasa un hermanito, que por cierto es el retrato de la Pola.
Pasó el niño y lo siguió el Sargento, hasta que
lo vio entrar en casa de la señora Ricaurte ;3e Lozano, y al cerrar la noche, Iglesias,
al frente de una partida de soldados, violó la casa y apresó a la joven.
Un testigo presencial; don Camilo Sánchez,
natural de Bogotá, el cual murió muy anciano al principiar el último cuarto del siglo
XlX, refería que la noche de la prisión de la Pola se hallaban en la sala de la casa
doña Andrea Ricaurte de Lozano, la Pola, su hermano Bibiano y el mismo don Camilo,
también conspirador, que logró ocultarse en aquellos momentos. El refería que la
señora Ricaurte, aprovechando el tiempo en que era interrogada la Pola, logró arrojar al
fuego de la cocina varios papeles, y que merced a estar doña Andrea amamantando a un
niño, quedó confinada en la casa en vez de ser llevada a prisión.
Llevó Iglesias presos solamente a Policarpa y a
su hermanito, quien al tercer día volvió a la casa, después de haber sido cruelmente
azotado.
Estos hechos los relató el literato don José
Caicedo Rojas, y refiriéndose a Bibiano Salavarrieta, escribió:
Conocí al joven cuando ya era hombre. Había
seguido la carrera eclesiástica, y se había ordenado. De mis relaciones de amistad con
él conservo como estimable recuerdo un bello crucifijo de madera.
Estas investigaciones históricas están
confirmadas por un manuscrito que existe en la Biblioteca Nacional, obra de la señora
Andrea Ricaurte de Lozano, que se guarda en la sección Biblioteca Pierda, volumen VIII,
Biógrafas. La Pola, mujer de carácter enérgico y de clara inteligencia, había dedicado
su vida a conspirar contra el duro Gobierno militar de los españoles. Ella escribía con
frecuencia a los patriotas que luchaban por la independencia en guerrillas, en los Llanos
de San Martín y de Casanare; auxiliaba a los individuos que querían marchar a
incorporarse a las guerrillas; ponía en conocimiento de los republicanos que estaban
ocultos en la ciudad o que servían forzados en las tropas del Rey, las noticias que
recibía, valiéndose para ello de las matronas Carmen Rodríguez de Gaitán, Petronila
Nava de García Hevia, Eusebia Caicedo de Valencia v Andrea Ricaurte de Lozano; hablaba
con los militares forzados, y hacía circular en copias las cartas que recibía de fray
Ignacio Mariño, Juan José Neira, Ignacio Rodríguez y de otros jefes de guerrillas.
Además, compraba con el mayor sigilo, con dinero que le daban las familias republicanas,
elementos de guerra que enviaba a los campamentos, venciendo graves dificultades.
La Pola tuvo dos pasiones: amor a la Patria y amor
al joven Alejo Sabaraín, Subteniente del Ejército republicano, que fue vencido en el sur
de la República. Prisionero en la Cuchilla del Tambo y quintado en Popayán, fue llevado
hasta el patíbulo, y ahora estaba condenado a presidio, del que logró fugar para apoyar
los sueños de independencia de su prometida.
Una partida de patriotas qué marchaba para los
Llanos llevando correspondencia de la heroína, era comandada por Alejo Sabaraín, y en
ella iban ocho republicanos, que veremos sacrificar con la ilustre joven.
El cronista Caballero cuenta que el día 10 de
noviembre se reunió el Consejo de Guerra que juzgó a la Pola y a quince revolucionarios,
y agrega que era esta muchacha muy desprendida, arrogante y de bellos procederes, y sobre
todo muy patriota; buena moza, bien parecida y de buenas prendas.
Ese Consejo de Guerra se reunió en la casa que
habitaba el Jefe Carlos Tolrá, y rompió las leyes españolas; y aunque los Oidores
protestaron y levantaron expediente.
Sámano, autócrata militar, pasó sobre la
jurisprudencia y apoyó el procedimiento de cuartel.
El proceso militar fue breve; la Pola a nadie
comprometió en sus declaraciones. Fueron condenados a muerte Policarpa Salavarrieta y
ocho de sus amigos v cómplices: Alejo Sabaraín, Francisco Arellano, José María Arcos,
Jacobo Marufú, Manuel Díaz, José Manuel Díaz, Joaquín Suárez y Antonio Galeano.
Todos fueron llevados a capilla en los claustros del Colegio del Rosario, donde tantas
víctimas habían pasado sus últimos momentos.
Por irrisión de la suerte fue la guardia de
aquella antecámara de la muerte una compañía del Batallón Numancia, en la que servían
varios patriotas prisioneros, entre ellos el futuro General y Presidente de la República
José Hilario López, quintado en Popayán y llevado con Sabaraín y otros a los
banquillos levantados en la plaza de San Camilo.
En capilla común quedaron Sabaraín, Arellano y
Arcos, los tres restos del Ejército del Sur y compañeros de López. Por suerte
despiadada tocó a éste hacer guardia en esa capilla y recibir los adioses y
recomendaciones de los que iban a morir. Sabaraín dice el centinela, me agregó en los
términos más sentimentales que al fin la suerte había querido que muriese después del
milagroso escape de Popayán.
Estaba reservado a don Juan Sámano dar el
espectáculo horrible del suplicio de una joven, sacrificada con todo descanso y aun
haciéndose lujo de iniquidad. Moza elegante en denuedo, hermosa, de honestas costumbres,
de palabras y de condición blanda y recatada, era Policarpa Salavarrieta entusiasta por
la independencia .
El Oficial que comandaba la guardia de capilla fue
el , Teniente Manuel Pérez Delgado, y José Hilario I.ópez fue colocado en sitio donde
podía ver y oír lo que decía y hacía la Pola. Exhortada por varios sacerdotes para que
aplacase su ira, les replicó:
En vano se molestan, Padres míos : si la
salvación de mi alma consiste en perdonar a los verdugos míos y de mis compatriotas, no
hay remedio; ella será perdida, porque no puedo perdonarlos, ni quiero consentir en
semejante idea.
Bien, Padres, acepto el consejo de ustedes a
condición de que se me fusile en este instante, pues de otra manera me es del todo
imposible guardar silencio en vista de los tiranos de mi Patria y asesinos de tantos
americanos ilustres.
Pasó por la puerta de la capilla el Teniente
Coronel José María Herrera, americano, Jefe de Estado Mayor de la División realista
acantonada en la ciudad, quien dijo a Policarpa :
Hoy es tigre; mañana será cordero.
Se lanzó la Pola sobre él con grande ira, y tuvo
que contenerla por la fuerza un centinela:
Vosotros- le dijo a Herrera, -viles, miserables,
medís mi alma por las vuestras; vosotros sois los tigres, y en breve seréis corderos.
Escenas semejantes ocurrieron durante el día, y
sólo la fatiga, en las horas avanzadas de la noche, calmó la exaltación de la víctima.
Las nueve de la mañana del 14 de noviembre fue la
hora señalada para la ejecución. La heroína pudo repetir en esos momentos las palabras
que Juan Wolfgano Goethe puso en boca de la simbólica Margarita:
Cielos ! Ya. vienen por mí. cuán amargo es el
morir en la flor de la vida! . . . .
Morillo, el implacable Pacificador, llevó al
patíbulo a un padre en presencia de su hijo, como sucedió a don Francisco Morales
Fernández y a su hijo don Francisco Morales Galavis; separó a un presidiario y a una
víctima, como ocurrió con don Pantaleón Gutiérrez y su hijo José Gregorio, y envió
al cadalso a los Grillos, padre e hijo. sacrificados con la misma descarga. Pero tocó a
Juan Sámano dar prueba de execrable crueldad cuando llevó a la muerte a dos amantes.
La Pola iba a la cabeza del fúnebre grupo de
condenados; a su lado estaban dos frailes franciscanos. Al dar el primer paso fuera del
portalón del Colegio del Rosario, vio al Mayor de plaza encargado de las ejecuciones, y
exclamó en alta voz :
por Dios, ruego que se me fusile aquí mismo si
ustedes quieren que mi alma no se pierda! Cómo puedo yo ver con ojos serenos a un
americano ejecutando estos asesinatos?
Se refería al militar Rafael Córdoba, que había
firma. do el acta de independencia en 1810. La Pola marchó airada hasta el lugar del
suplicio, no cesaba de maldecir a los españoles y de encarecer la venganza de las
víctimas. A1 entrar a la Plaza Mayor exclamó:
pueblo indolente! cuán diversa sería hoy vuestra
suerte si conocieseis el precio de la libertad! Pero no es tarde. Ved que aunque mujer y
joven, me sobra valor para sufrir la muerte y mil muertes más, y no olvidéis este
ejemplo.
Pidió la mártir un vaso de agua; con piadosa
solicitud se apresuró a ofrecérselo un español, y al notar que era peninsular quien se
lo brindaba, lo rehusó con energía :
Ni un vaso de agua quiero merecer a los verdugos
de mi Patria.
Los nueve banquillos se habían levantado al
frente de la antigua Casa consistorial. Los ocuparon las víctimas, oyendo las oraciones
que rezaban los numerosos frailes que las acompañaban. El tañido siniestro de la campana
de mano de los Hermanos de La Veracruz; los fúnebres clamores de las torres de las
iglesias de la ciudad, y la efigie de' Cristo levantada en un mástil, hacían solemne la
escena. A1 llorar la Pola al asiento que se le destinaba, dijo en alta voz:
miserable pueblo, yo os compadezco! algún día
tendréis más dignidad!
Quiso obligarla el Oficial que mandaba la escolta
a que cabalgase en el banquillo, pues debía ser fusilada por la espalda:
No es propio ni decente en una mujer semejante
posición; pero sin montar daré la espalda, si esto es lo que se quiere.
Medio arrodillada sobre el banquillo se la vendó
y sujetó con cuerdas, lo mismo que a sus compañeros. La Pola aturdió con su firmeza aun
a sus mismos verdugos. No hubo corazón sensible que no deplorase la muerte prematura de
esta mujer, sacrificada por la libertado.
El Sargento Arcos dijo al ocupar el banquillo:
No temo la muerte, Desprecio la vida, Lamento la
suerte De la Patria mía.
Un minuto después las víctimas eran cadáveres,
y fueron suspendidos en horcas los de Sabaraín, Arcos, Arellano y Manuel Díaz.
El Subteniente Alejo Sabaraín, prometido de
Policarpa, había compartido con otros Oficiales las amarguras de la capilla en Popayán.
El Subteniente Francisco Arellano, oriundo de Popayán, fue compañero de Sabaraín en la
campaña del Sur, y como éste, prisionero en la Cuchilla del Tambo. El Sargento José
María Arcos fue de los vencidos en esa desgraciada batalla.
El patriota Antonio Galeano, derrotado en La Plata
a órdenes de García Rovira, logró ocultarse algún tiempo en las montañas del sur del
Tolima; capturado en camino para los Llanos, vino á rendir la vida el 14 de noviembre.
Jacobo Marufú figura en varios martirologios. En documento oficial que citaremos después
se le llama Manuel. Es él uno de los héroes casi ignotos. A Joaquín Suárez se le llama
Antonio en el documento citado. José Manuel Díaz, peninsular, y Manuel Díaz, americano,
son apenas mencionados en los matirólogios de la República.
Con otro propósito escribe un autor coetáneo:
En todo calvario hay sangre, pero de esa sangre,
cálida y fecunda, brota la buena nueva que redime; en el árbol que el rudo invierno
deshoja, savias frescas aparecen a su tiempo que ponen vivos retoños en el tronco
ennegrecido, y hojas que ríen al labrador con la dulzura de una tranquila esperanza.
Las predicciones de la Pola no tardaron en
cumplirse. Los nueve cadáveres fueron recogidos por el Monte de Piedad y sepultados en la
humilde iglesia de La Veracruz, hoy panteón nacional. En los archivos de la Hermandad se
encuentra la siguiente partida:
Por cuatro pesos cuatro reales para que pagasen
los peones que cargaron y enterraron a los nueve que pasaron por las armas. e1 14 de
noviembre de 1817.
Este documento borra la errada versión de que la
Pola fue sepultada en la iglesia de agustinos calzados, donde vistieron la cogulla dos
hermanos de Policarpa.
La muerte de esta mujer, que verdaderamente ha
podido denominarse heroína, causó grande exaltación en los ánimos, y su nombre,
reducido al anagrama, produjo el mayor entusiasmo entre los patriotas.. .. El día de esta
ejecución fue día de consternación y día de ardor y de entusiasmo patriótico al mismo
tiempo.
El mismo día 14 de noviembre se reunió la Real
Audiencia y dejó constancia, con presencia del Fiscal interino, de que se habían
levantado nueve banquillos y dos horcas en el frente norte de las casas del Tribunal, y
que habían sido ejecutados ocho hombres y una mujer por la jurisdicción militar, la cual
no dio noticia a la Real Audiencia, como era acostumbrado y estaba prevenido por el
Derecho y las leyes del Reino. Se quejaban los Oidores de que los reos, que debían haber
sido juzgados por la Sala del Crimen, lo fueron en Consejo de Guerra permanente que
presidió don Juan Sámano.
Ordenó ?a Audiencia que el Escribano de Cámara,
con la debida reserva, se informara del número y de la calidad del crimen que había sido
castigado, en nueve individuos, con el objeto de dar cuenta al Rey y de evitar
arbitrariedades. Firmaron los Oidores Jurado, Cabrera y Navas, y el doctor Francisco José
Aguilar, Secretario de Cámara.
Este extendió diligencia, y en ella nombró a las
siguientes víctimas : José Manuel Díaz, Antonio Galeano, José María Arcos, Antonio
Suárez y Manuel Maurufus (sic), militares; Alejo Sabaraín, Francisco Arellano, Manuel
Díaz y Policarpa o Pola Salavarrieta. Los cinco primeros habían sido condenados a servir
de soldados en las tropas del Rey; los otros, Oficiales patriotas, sufrían pena de
presidio, y no se consideraban militares por no estar incorporados en el Ejército
pacificador. Todos ellos fueron apresados en el camino para los Llanos, llevando papeles
que enviaba la Pola
Un Oficial patriota oriundo de Bogotá, Joaquín
Monsalve, sufría prisión por sus compromisos políticos, y fue el autor del bello
anagrama de Polycarpa Salavarrieta:
YACE POR SALVAR LA PATRIA
El anagrama circuló clandestinamente y no se
publicó hasta 1820 en los días de triunfo, en el Correo del Orinoco, que aparecía en la
ciudad de Angostura. Un distinguido publicista, Próspero Pereira Gamba, viajaba por el
Perú en 1859 en compañía del profesor de medicina doctor Marcos Manzanares, y los dos
se alojaron en la ciudad de Lambaye que en el hogar de Joaquín Monsalve, benemérito
soldado de la Independencia, que frisaba en os sesenta y cinco años. Monsalve refería
sus proezas como Ayudante de Hermógenes Maza, a quien acompañó en el combate de
Tenerife. Testigo del suplicio de la Pola, pues se hallaba preso en la cárcel de Corte
por circular libelos, hizo en su honor canciones y sonetos, porque picaba de poeta sin
sobresalir por su numen Inspirándose en el trágico fin de la Pola hizo el mejor anagrama
conocido en Hispano América, en honor de la preclara heroína.
Monsalve creía que Policarpa, como nombre
helénico, se escribe con y griega, por lo cual acomodó dicha letra en la palabra yace. y
que Salavarrieta era apellido que había llevado siempre la S, hasta que alguien
corrompió el vocablo escribiéndolo indebidamente con Z, por cuya razón no tuvo que
hacer cambio de letras en el verbo salvar, como supusieron los que ignoraban la
ortografía de aquel apellido.
La prisión del Oficial Monsalve está comprobada
en documentos que hacen parte del Archivo anexo a la Biblioteca Nacional, Historia,
volumen 32. El hizo las campaña del Sur, del Pacífico y del Ecuador; se casó en Cuenca
y ya Coronel, estableció su residencia en Lambayeque, donde fundó La Estrella del Norte,
que redactó hasta su muerte, acaecida en 1812.
Sobre las huellas del versificador Monsalve muchas
liras de patriotas americanos cantaron a esta heroína. El Correo a el Orinoco publicó un
soneto en su loor en 1820.
Una canción fúnebre, con música apropiada, es
popular en América: .
Granadinos, la Pola no existe, Por la Patria su
muerte llorad, Por la Patria a morir aprendamos O juremos su muerte vengar.
Por las calles y al pie del suplicio, Asesinos,
gritaba, temblad! Consumad vuestro horrible atentado! ya vendrá quien me sepa vengar!
Del poeta bogotano José María Pinzón Rico:
sublime Policarpa! tu senda era de flores!
Crepúsculos tus horas de perdurable abril;
Y por salvar la Patria, tu amor de los amores.
Doblaste en el cadalso tu frente juvenil.
Dijo el Obispo poeta colombiano Rafael Celedón:
Mirad cómo se apresta tranquila al sacrificio.
Pisando del cadalso las gradas sin temor, La heroica, generosa, sublime Policarpa....!
Tuviera en este instante del Rey profeta el arpa, Para cantar su noble, su heroica
abnegación!
Miradla entre la turba de pérfidos esbirros, Cual
tierna cervatilla que en círculo infernal
De perros se contempla!.. .. Mirad cómo la
obligan Con dádivas y ofertas! Asústanla, la instigan Queriéndole el secreto del pecho
arrebatar.
Y en vano las ofertas. en vano las astucias, Y del
cadalso en vano la pompa funeral
Ostentan los verdugos, que firme cual la roca
Mantiénese su pecho, y entreábrese su boca Para clamar en alto tan sólo Libertad!
Salud, salud mil veces, oh mártir granadina, Que
muerte recibiste por noble, por leal!
Si acaso aquí en tu Patria renace el despotismo,
Renazca en tus hermanos también el patriotismo, Y sepan generosos tus hechos imitar. .
En la escena se rindieron homenajes a Policarpa; a
su representación asistiremos en años posteriores. Don José María Domínguez. Roche,
bogotano y patriota distinguido, escribió una tragedia en cinco actos dedicada al General
Santander, Vicepresidente de Colombia; el doctor Constancio Franco publicó el drama
.Sámano, en 1887; el publicista bogotano doctor Medardo Rivas dio a luz el drama La Pola,
en 1871; el payanés Carlos Albán fue autor de Policarpa Salavarrieta, drama en cinco
actos y un epílogo; Jenaro Santiago Tanco, que murió en Guaduas en 1880, escribió otro
drama : La Pola, en verso y prosa: La víctima de la libertad. por Lisandro Ruedas, se
imprimió y subió a la escena en Valencia de Venezuela, en abril de 1850. En el Congreso
de Angostura, en 18z0, en grandilocuente oración mencionó a Policarpa Francisco Antonio
Zea; e1 doctor Angel J. Carranza argentino, narró la tragedia con el título El suplicio
de la Pola. Los historiadores venezolanos Ramón Azpurúa y Felipe Larrazábal hicieron
biografía de la heroína, y en varios libros sobre la historia americana se anota la
escena del 14 de noviembre de 1817. Alcanzó Policarpa renombre eterno de mártir de la
tierra americana, antes adquirido en las comarcas colombianas por las matronas Roas
Zárate de Peña y Mercedes Abrego de Reyes y por la joven Carlota Armero.
En 1895, centenario del nacimiento de la Pola, se
erigió en Guaduas un monumento en honor de la heroína, oriunda de esa ciudad, según
respetables opiniones, contradichas sin documentos. Es una columna, obra del arquitecto
español Lorenzo Murat, iniciada por una Junta que se reunió en Bogotá. Cerca de la
puerta de la iglesia de Guaduas, hacia la derecha, existe una inscripción sobre mármol,
que hizo grabar en París el historiador Joaquín Acosta, oriundo de esa ciudad:
A la memoria de Policarpa Salavarrieta, natural de
esta villa ele Guaduas,
la heroína de la libertad e independencia de la
Nueva Granada.
El Congreso de 1894, por la Ley 15, donó dinero
para el monumento, y la Asamblea de Cundinamarca, reunida el mismo año, auxilió la
construcción de la columna por la Ordenanza número 31. Se expidieron acuerdos con el
mismo fin por las Municipalidades de Bogotá y de Guaduas, y en la capital hubo fiestas
civiles en los días 25 y 26 de enero de 1895. La antigua plaza de Las Aguas, situada al
pie del cerro de Guadalupe, se llamó Plaza de Policarpa Salavarrieta por acuerdo
municipal, y se ordenó en él que en una columna de las antiguas Galerías se pusiera
inscripción sobre mármol con el nombre de las víctimas en letras de oro, lápida que
existió hasta el pavoroso incendio que destruyó el edificio en la noche del 20 de mayo
de 1900.
El 25 de enero de l911, en pomposas fiestas
civiles, se inauguró en Guaduas una estatua de Policarpa, obra artística de arrogante
apostura, que recuerda las levantadas en Francia en honor de Juana de Arco. Es obra del
arista colombiano Silvano Cuéllar, quien supo interpretar la gentileza de la virgen
calentana.
En la Plaza de Policarpa Salavarrieta, en Bogotá,
se erigió una estatua el 29 de julio de 1910, modelada por el artista colombiano Dionisio
Cortés M. En el frente occidental se esculpió el admirable anagrama. Llevó la palabra
la poetisa doña Agripina Montes del Valle; de su oración tomamos una frase:
Vuestra memoria vive por todos los tiempos en el
recuerdo de vuestros compatriotas. en el alma de las hermosas hijas de Colombia, que se
congregan a saludaros en el día de la Patria.
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La
Pola
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El 17 de noviembre escribía Sámano al Virrey
Francisco de Montalvo, quien residía en Cartagena:
Han sido pasadas por las armas. nueve personas,
entre ellas una mujer, por sentencia del Consejo de Guerra. Sus delitos fueron el de
espionaje y el de deserción de cuatro soldados, comprendidos en los nueve: uno
Escribiente de la Mayoría del Tambo, que entregó a los espías y desertores
un estado de la fuerza de ese Cuerpo, de su letra.
Hallándose además preso el Cura de Gachetá por haber` auxiliado hasta con dinero a los
desertores y a Sabaraín. uno de los fusilados, indultado que fue por la Real Audiencia, y
el señor Montes (según tengo escrito a Vuestra Excelencia, al acto de ir al cadalso;
pues era de los Oficiales que aprehendió en la Cuchilla del Tambo, y precisamente fue el
aprehendido con los papeles, habiendo confesado se los dio la mujer.
Fue esta la necrología del autócrata militar.
El generoso Cura de Gacheta, citado por Sámano,
fue don salvador José Sánchez.
De la veneración piadosa del pasado iremos a
buscar los guerrilleros que con atrevimiento y energía tenían otra vez el idea1 de la
Patria independiente. La célebre guerrilla de La Niebla fue apoyada por la formada por
los hermanos Ambrosio y Vicente Almeida, que vimos escaparse el día 9 del cuartel del
Batallón Tambo y huir con el Cabo de guardia Pedro Torneros. Unos días permanecieron en
Machetá, donde los Almeidas y Juan José Neira organizaron una caballería, en la cual se
afiliaron desertores de las tropas del Rey. El odio que habían inspirado los españoles
en todos los pueblos acrecía fácilmente las guerrillas. El 19 de noviembre de 1817 se
levantaron los republicanos en Ubaté, y Pedro Guzmán gritó viva la Patria! ; Viva
nuestro Generalísimo Bolívar! , Mueran los chapetones, godos ladrones!; aclamación que
lo llevó después al patíbulo. Dos días después Ambrosio Almeida ocupó a Chocontá,
distante siete miriámetros de Bogotá, y de allí avanzaron partidas armadas a Suesca,
Nemocón, Ventaquemada y Ubaté. Estas noticias alarmaron a los realistas de la capital, y
hubo familias de españoles que tomaron el camino de la emigración para buscar amparo en
Cartagena. Los patriotas combatieron con fortuna en Tibirita y Nemocón, y alarmado
Sámano hizo marchar al. Coronel Carlos Tolrá con mil hombres escogidos, o sean los
Batallones Del Rey y 2° de Numancia. La hábil pluma de doña Josefa Acevedo de Gómez en
e1 romance Los guerrilleros, hizo la silueta de Ambrosio Almeida Buen mozo, pálido,
flaco, de cara fresca y risueña, Alto de cuerpo, delgado, Y con nariz aguileña.
Y alabó a esos valientes, que combatían con
escasos elementos el fuerte poder militar:
...Y la guerrilla de Almeida, Con su constancia y
vigor, Sirvió de eficaz apoyo
Al héroe Libertador . Y en ella lección tomaron
De sufrimiento y valor, Muchos patriotas que dieron A Colombia prez y honor.
La guerrilla de Almeida venció en el puente de
Sisga, el 21 de noviembre, a: segundo de Tolrá, Coronel Simón a Sicilia. En ese
encuentro Juan José Neira, con sable en mano, se arrojó sobre el Teniente de caballería
español Gregorio Alonso, quien murió como valiente. En la tarde de ese día la fuerza
comandada por Tolrá, venció a los guerrilleros cerca de Chocontá; seis sublevados
quedaron muertos y diez fueron hechos prisioneros y pasados por las armas por orden verbal
de Carlos Tolrá, sin hacer nómina de ellos.
Más afortunados los Almeidas y veintiséis
compañeros, escaparon para unirse con los republicanos en los llanos de Casanare. Juan
José Neira, prisionero, no fue fusilado; Carlos Tolrá. lo envió como rico presente a su
Jefe Juan Sámano para que fuera sacrificado en la capital. Lo conducía fuerte escolta,
montado en sillón, con los brazos amarrados y lo acompañaba un soldado que cabalgaba en
las ancas de la bestia. A1 pasar por un empinado despeñadero, el Volador de Machetá,
Neira, de ánimo altivo, prefirió morir despeñado a ser fusilado por los españoles, y
con sorprendente agilidad se arrojó al precipicio. La escolta lo creyó muerto y dio
parte de la trágica defunción. Por casualidad quedó el guerrillero apenas estropeado, y
con el auxilio de unos labriegos de Tensa pudo volver a la guerra, y la hizo con más
audacia.
Sámano había autorizado a Tolrá para castigar a
los sublevados de manera ejemplar, y este Jefe supo cumplir bien las órdenes del
Gobernador militar.
Tolrá siguió la persecución de los patriotas en
aquellos pueblos, en que hizo fusilar más de cien campesinos sin formarles causa. No
quiso perdonar en Chocontá, Machetá; Tibirita y Tensa a ningún individuo: fueron
sacrificadas más de cien víctimas e infelices indios y campesinos.
Y don Carlos Tolrá le escribía a Sámano:
Queda en mi poder el oficio en que Vuestra
Señoría me faculta para castigar a los sublevados, y ejecutaré lo que Vuestra Señoría
me previene con los que caigan en mi poder.
Con otra comunicación fechada en Chocontá el 22
de noviembre de 181i, envió Tolrá la declaración que hizo José Garzón, alias el
Diablo, momentos antes de ser fusilado; en la cual comprometió a Ramón Forero como
auxiliador de la guerrilla de los Almeidas; creía el Jefe español que Forero se hallaba
en las prisiones de la capital. Investigaciones activas dejaron en claro que el sindicado
preso era Narciso Forero, juzgado por insurgente. De Ramón Forero decía el Jefe
español: Por cuya conducta merece, como todos, el último suplicio, que Vuestra Señoría
puede imponérselo. El Cura de Chocontá, fray Emigdio Camacho, patriota, bendijo la
humilde sepultura del Diablo, o sea el cadáver de José Garzón.
En martirologios y relaciones históricas ha
figurado entre las víctimas de Carlos Tolrá el Sargento Pedro Torneros, o sea el Cabo de
la guardia del Batallón Tambo que facilitó la fuga de los hermanos Almeidas y de otros
patriotas el día 9 de noviembre. Pero Torneros no fue fusilado el 21 de noviembre en el
puente de Sisga; él con los Almeidas y veinticinco compañeros buscaron refugio en
Casanare por el camino de Miraflores, y poco tiempo después los jefes de la guerrilla y
el Sargento Torneros fueron ahorcados en estatua.
El Cabo desertor debió pagar con la. vida su
delito, según el Tratado VIII, Título X, de las Ordenanzas vigentes; pero Torneros, ya
Ayudante de Cazadores, rindió la vida vencedor en Pantano de Vargas, el 25 de julio de
1819.
El día 26 de noviembre fusiló Tolrá en Tibirita
al Alcalde republicano Enrique Ruiz, y el día 27 hizo pasar por las armas en Machetá al
Capitán Blas Ramírez.
También se levantaron patíbulos en aquel tiempo
en Aratoca, y en ellos fueron sacrificados Manuel A darme y Miguel Prada, vecinos de
Cepitá, ambos guerrilleros. Había sido compañero de estas víctimas como soldado de la
renombrada guerrilla de La Niebla, N. Cardoso, oriundo de Concepción, el que también fue
víctima de los pacificadores en Aratoca.
Figura en las cronologías de mártires de la
República , N. Mantilla, como víctima sacrificada en Paya en 1817. José Hilario López,
entonces soldado forzado en las filas de Batallón 2° de Numancia, como testigo
presencial cuentan en el capítulo XI de sus Memorias, que su Compañía, destinada a
guardar la posición de Paya, en las cumbres de la Cordillera Oriental de los Andes, la
comandaba el Teniente Coronel Isidro de la Barrada. quien tenía secuestrada en su casa a
una señorita de Caracas, doña Francisca Negroni, de quien era verdugo y marido in
nomine. López refiere que los realistas aprehendieron en Támara y Nunchía al patriota
N. Mantilla, de raza blanca, antiguo Vocal del Consejo Electoral de Casanare, y a cuatro
indios que lo acompañaban y que fueron llevados a Paya, lugar en donde se fusilaban a
diario cuantos militares caían en poder de los españoles. Estos eran interrogados
inquisitorialmente, para cortarles luego las cabezas, ejecución que se confiaba a un Cabo
llamado Genovés, hombre de talla y fuerzas atléticas.
Loa sacrificados por orden de Barrada morían en
las orillas del río Paya en las primeras horas de la noche.
López amparó la fuga de Mantilla y de sus
compañeros, la que fue feliz.
No podemos cerrar la relación de los mártires de
1817 sin recordar que las señoritas Micaela, Nicolasa y María Ignacia Gutiérrez de
Piñeres, de familia ilustre de Mompós, y sus padres, don Celedonio Gutiérrez de
Piñeres y doña María Ignacia Vásquez, abandonaron su hogar y sufrieron los horrores
del sitio de Cartagena y las penalidades de la emigración en 1815.
La ola revolucionaria llevó a esta familia a
Barcelona de Venezuela. Encerrada en 1817 en la Casa Fuerte, sitiada por tropas del Rey
comandadas por el español Juan Aldana, vieron perecer al Coronel don Celedonio, jefe de
ella, y a don Gabriel Gutiérrez de Piñeres', luchando como buenos. Vencidos los
patriotas, las atribuladas jóvenes Gutiérrez de Piñeres presenciaron la muerte trágica
de su madre y la de dos de sus hermanos, asesinados por soldados' españoles. El día 7 de
abril tuvieron lugar estos sucesos.
Ni un hombre, ni una mujer, ni un niño de cuantos
se encontraron en la Casa Fuerte se escapó de aquella salvaje y promiscua matanza para
maldecir al infame Aldana.
El ingeniero español Domingo Esquiaqui, oriundo
de Nápoles, prestó servicios en la ingeniería civil. En 1791 levantó un plano de la
ciudad de Santafé de Bogotá; construyó el viejo Coliseo, de sólida mampostería;
reconstruyó la casa de la Aduana, que aún existe, en el atrio de la Catedral, con
elegantes áticos en los extremos de su fachada; construyó la torre de San Francisco,
destruida por terremoto; en tiempos de Ezpeleta levantó un Puente sobre el río
Serrezuela; dirigió las obras notables del Puente del Común y de la sacristía del
templo metropolitano, y dejó su nombre vinculado a los progresos arquitectónicos de la
capital. Domingo Esquiaqui, como otros empleados del Rey, siguió las banderas de la
República, y octogenario,:, fue perseguido por Morillo y Sámano; quienes llenaron de
amargura sus postreros días. El vio triunfante a la República, pues duró su vida hasta
fines de 1820. Su hijo Mateo Esquiaqui, natural de Bogotá, figuró con honor entre los
primeros institutores de la República; ya había servido desde 1810 como comandante de
artillería.
Bajo la vara de hierro del Gobierno militar de
Sámano y de sus tenientes, miles de patriotas, hombres, mujeres y niños, se vieron
forzados a abandonar sus hogares para huir a la ventura por todos los caminos, buscando el
amparo de las florestas vírgenes. Fue un éxodo sin rumbo y. sin esperanza.
Citamos con dolorosos detalles algunos casos de
esas penas. El respetable abogado doctor José Francisco Pereira se ocultó con un hermano
y tres proscritos más, todos hijos de Cartago, en las ruinas de la ciudad primitiva, hoy
Pereira floreciente, cubiertas por solitaria y frondosa selva desde principios del siglo
XVII. En esa soledad, entre los ríos Consota y Otún, estuvo Pereira durante tres años
con su hermano don Manuel. Por el denuncio de una india se aumentaron las penalidades de
aquellos proscritos voluntarios, que tuvieron que abandonar las chozas que les servían de
hogar y vivir en plena montaña, en compañía de las fieras.
Un sacerdote comprometido en la revolución; Juan
Nepomuceno Azuero Plata, cuyo hermano don Vicente Azuero estaba en las prisiones del
Colegio del Rosario, emigró a Casanare y luego se refugió en las montañas de .la
Provincia del Socorro, de donde era oriundo. Huyó solo y desamparado durante dos años,
se alimentó con plantas silvestres y habitó en grutas naturales o bajo los árboles.
Aprehendido, fue enviado a Bogotá, y de aquí remitido a los presidio de Africa. Pero
como el clérigo era hombre de pelo en pecho logró escaparse en la ciudad de La Mesa y
volver con disfraz a la capital, 'donde permaneció oculto en casa amiga hasta el triunfo
de la República.
Otro presbítero oriundo del valle del Cauca, Juan
María Céspedes, botánico distinguido, fue sorprendido en las montañas de los
Andaquíes, donde se arrojó a un abismo y salvó la vida por casualidad. Cuatro meses
peregrinó por tierras deshabitadas y abruptas, manteniéndose con frutas silvestres,
hasta que logró incorporarse a las fuerzas patriotas dueñas de las llanuras de Casanare.
El día 19 de diciembre de 1817 Fernando VII
expidió una Real Cédula, generosa y de vital importancia para las colonias de América.
Por ella abolió el comercio de esclavos de Africa en todas las provincias de ultramar,
bajo de graves penas. La Cédula fue dictada en virtud de tratado solemne con la Gran
Bretaña, y ella hace honor a la filantropía de los que la promovieron y decretaron.
Llegaron los días de Navidad, pero no alegres
como en años anteriores. Hondas eran las angustias de las familias confinadas y las de
los Emigrados; recordaban el hogar lejano y enlutado en contraste doloroso con pasadas
alegrías.
La clemencia, que es una de las virtudes más
recomendables en los vencedores, era desconocida en aquellos tribunales militares, y por
eso vino la reacción vigorosa. Las ideas y sentimientos de la sociedad de aquellos días
flotaban por encima de la ola sangrienta. EL alma patriota repetía las palabras de Jorge
Tadeo Lozano:
Todo pueblo que quiere ser libre lo consigue si
tiene constancia y energía en el sostenimiento de su causa.
Las letras estaban muertas en. esos tiempos
aciagos. Durante el año de 1817 no se publicó en Santafé de Bogotá sino la célebre
Gaceta de Santafé, redactada con pasión y servilismo por el presbítero poeta bogotano
Juan Manuel García Tejada. En ella se elogiaba a los soldados de Fernando VII, se
ultrajaba a los patriotas y se reproducían artículos del periodismo español. Ni una
página de amenidad ni un concepto de justicia para los vencidos.
Fue Rector nominal del Colegio de San Bartolomé a
fines de 1817, el doctor José Ramón Amaya, oriundo de Barichara. El edificio del
histórico plantel, cuna de mártires y próceres, estaba arruinado; había sido cuartel
realista durante dos años.
En ese tiempo desempeñaba la rectoría del
Colegio del Rosario don Domingo Tomás de Burgos, presbítero, oriundo de Pamplona. El
edificio y las rentas fueron entregados al Ejército real por orden verbal de don Pablo
Morillo. Largo fue el litigio que sostuvo el Rector Burgos para obtener la devolución del
claustro. En el asunto tuvieron que ver Morillo, el Virrey Montalvo, el Contador Martín
de Urdaneta, don Juan Sámano y la Real Audiencia. Burgos abrió aulas de Derecho
Canónico y de Derecho Público, cuando los presos políticos fueron trasladados a la
cárcel de Corte, situada en la Plaza Mayor y al cuartel del Batallón Tambo.
La oración de estudios del Colegio de San Bartolomé, como se decía en las
postrimerías de 181'l, se le confió al estudiante don Rufino Cuervo, distinguido por sus
talentos.