Cronicas de Bogota tomo 3

 

CAPÍTULO XL

Toda historia tiene páginas amenas y tiene arideces., como los largos caminos. Los que cruzan a veces bellas comarcas, alegres praderas y florestas fecundas, conducen también a llanuras monótonas y a tierras pobres.

El l.° de enero de 1812 hubo en Santafé fiestas públicas, máscaras a pie y a caballo y popular corrida de toros. La Municipalidad eligió Alcalde a don Juan Tobar. Circuló ese día el almanaque de las Provincias Unidas del Nuevo Reino dé Granada para el año de 1812, calculado por Caldas, semejante al que había publicado el año anterior, tarea que continuaron en tiempos posteriores don José García de la Guardia, quien falleció en 1815, y el bogotano don Benedicto Domínguez. Los militares ofrecieron flores al Presidente, y en sus disfraces ridiculizaron los vestidos de los Oidores y de otros funcionarios del antiguo régimen.

El 10 de enero llegó el Coronel Antonio Baraya a la ciudad, rodeado de los vencedores en Palacé, y fue recibido triunfalmente. Las milicias, de muchas de las poblaciones de la Sabana acompañaban la comitiva. Se solemnizaron los honores de la victoria con salvas de artillería y vivas a los vencedores.

A mediados del mes salió de Bogotá una expedición militar, mandada por el Coronel Joaquín Ricaurte Torrijos y por el Capitán Ignacio Salcedo, con el objeto de cortar las disensiones políticas que se habían suscitado entre los habitantes de las ciudades del Socorro, San Gil y Vélez.

La expedición de Ricaurte tuvo combate con las fuerzas del Socorro, mandadas por Anuario José Arenas y José Vicente Uribe, en los cerros del Gaque y Matar redonda. Ricaurte fue el vencedor en este hecho de armas, muy notable por ser el primero en nuestras guerras civiles.

A la sazón, el 23 de enero, se creaba en España una , Regencia, compuesta por el Duque del Infantado; Joaquín Mosquera y Figueroa, payanés; el conocido Juez de Nariño en 1794, Juan María Villavicencio; Ignacio Rodríguez y el Conde Labisbal.

Esta corporación pretendía gobernar en España y en las Indias, y reemplazó a la Regencia de Cádiz, de la cual era Presidente el bogotano don Pedro Agar, y Regentes los Generales Blake y Císcar.

Agar, benemérito marino, había nacido en Bogotá el 19 de junio de 1763, como consta en su partida de bautismo que se halla en el libro XXII de la parroquia de la Catedral. Desde 1810 había sido electo por las Cortes generales de la Monarquía, miembro del Consejo de Regencia, en asocio de don Joaquín Blake y don Gabriel de Císcar. De don Pedro Agar y Bustillo hablaremos luego con detención, en más de un capítulo, al tratar de los bogotanos ilustres.

Recordaremos que la Regencia presidida por Agar dio decretos en favor de los americanos, y dispuso en enero de 1812 que los dueños de bosques .y plantíos en América estaban facultados para hacer toda clase de cultivos. También se ordenó al Gobierno de Santafé, por esa Regencia, que prohibiera el incremento de la masonería y que castigara a las personas manchadas con este delito. Por demás está decir que dichas órdenes no se cumplieron, pues Santafé había desconocido la jurisdicción de la Regencia.

En esos días escribió don Manuel Pombo la célebre carta dirigida a José María Blanco White, impugnando las opiniones de éste, publicadas en El Español de Londres, sobre independencia de América. Allí demostró Pombo la justicia y necesidad de la insurrección de las colonias españolas.

El pobre caserío de Chapinero, hoy ameno barrio de Bogotá, era en 1812 una miserable aldea, situada cinco kilómetros al norte de la vieja Santafé. Componían la unas pocas casas cubiertas con paja, donde los santafereños hacían frecuentes paseos campestres. En aquel año don Ignacio Forero levantó una bonita capilla, para lo cual recogió limosnas. Allí se tributaba culto especial a la Virgen de Chiquinquirá. Fue esa capilla de pobre, arquitectura, aunque cubierta con teja, y se construyó en área cedida por don Primo Groot para el oratorio de la Concepción. Ignacio Forero era hombre de escasos recursos y habitaba en la hacienda de El Tintal, en vecindario de Fontibón, dedicado a trabajos de agricultura. La musa popular fue autora en aquel tiempo del siguiente cuarteto que no carece de ironía:

Del Tintal a Chapinero;

De Chapinero al Tintal,

Pasa la vida Forero

Sin conseguir medio real.

A fines de enero de 1813 se hicieron pomposas procesiones al oratorio, y en junio de 1815 se construyó un nuevo edificio, destinado para capilla de Chapinero, que aun existe y que nos muestra la infeliz arquitectura de aquellos tiempos.

Para fines de febrero de 1812 la política era ardiente. Nariño hizo renuncia de la Presidencia ante el Colegio Electoral, y no le fue aceptada, aunque el Presidente insistió en ella el 4 de marzo.

El socarrón poeta Caro, realista de corazón, retirado en su hogar, cultivaba las letras. Entre sus producciones se encuentran unas donosas décimas en las cuales con demasiada libertad de expresión y con atrevidas frases pinta a los más distinguidos servidores de la revolución. Las siluetas tienen verdadero chiste, y los personajes están esbozados con sarcasmo y con rasgos dignos de la pluma de Moratín.

Vamos a hacer conocer algunas de esas décimas, en sus partes menos crudas, a medida que figuren los personajes que retrata el autor. En la Nueva Relación y Curioso Romance, título que dio Francisco Javier Caro a su trabajo, se encuentran en los principios las dos décimas que van en seguida:

Nariño que es Presidente
Y tiene el mando y el palo,
Sobre si es bueno o si es malo
Dividida está la gente.
Mas cualquier hombre prudente
Que su conducta haya visto,
Y quiera hacerse bien quisto
Sin discrepar del nivel,
Lo mismo ha de decir de él
Que de Herodes Jesucristo.
Unos dicen que es villano,
Otros que es usurpador,
Aquéllos que es un traidor,
Estos que es un mal cristiano;
Ya dicen que es un tirano
Y ya que es un francmasón ;
Pero entre tanta opinión
Nos ha dicho don Juan Niño Que don Antonio Nariño
Es un puro Napoleón.

A principios de marzo de 1812 salió con dirección á las Provincias del Norte, a órdenes de Antonio Baraya y de José Ayala, una expedición militar con la misión aparente de defender de los realistas los valles de Cúcuta, pero con el objeto real de detenerse en Tunja y procurar por todos los medios posibles la desorganización de aquel Gobierno y la anexión de esa Provincia a Cundinamarca.

Las decepciones políticas de Caro guiaron su pluma, para pintar con injusticia al bogotano vencedor en Palacé, en los siguientes versos:

Baraya es un botarate
Y un cobarde mequetrefe,
Que quiso meterse a Jefe
Siendo un pobre zaragate,
Este militar-petate
Con su cara de chorote
Y su nariz de virote
Queriendo enderezar tuertos,
Hace entre vivos y muertos
El papel de don Quijote.

El español don Benito Pérez .y Valdelomar fue nombrado Virrey del Nuevo Reino, título que agregó al de Mariscal de Campo del Ejército español. Tomó posesión de su cargo en la ciudad de Panamá el 21 de marzo de 1812. Allí reorganizó la Audiencia, que la revolución del 20 de julio había cerrado en Bogotá. Su Gobierno no se sintió en el interior del país, y sólo fue obedecido en Panamá y en Santa Marta, territorios dominados por los realistas. Pérez renunció el Virreinato y se separó del mando el 18 de junio de 1813. En la ciudad de Panamá murió en el mes de noviembre siguiente.

Para reemplazar a don Benito fue designado, con los títulos de Gobernador y Capitán General, don Francisco de Momtalvo y Ambulodi, Arriola, Casaabante, Ruiz de Alarcón y Valdespino. Este Gobernador era natural de La Habana. Llegó a las costas de Riohacha en mayo de 1813; a Santa Marta el 30 del mismo mes; y ascendido a Virrey, el 28 de abril de 1816 tomó posesión del alto cargo en Cartagena, el 6 de noviembre. Terminó su Gobierno el señor Montalvo el 9 de marzo de 1818, y falleció en La Habana en 1822. Su nombre quedó unido con estela de sangre a los mártires sacrificados en la histórica ciudad de Cartagena, en los tristes días de la reconquista.

El cronista Caballero nos cuenta que el 26 de marzo de 1812, jueves santo, tembló la tierra a las dos y media de la tarde. Este movimiento sísmico destruyó la ciudad de Caracas y otras importantes poblaciones de Venezuela.

Cabe bien aquí el recuerdo de un realista sobre la catástrofe, por tener relación con el Libertador, que a la. sazón iniciaba la gloriosa lucha por la independencia de Venezuela y Nueva Granada.

En lo más elevado (de las ruinas) encontré a don Simón de Bolívar que en mangas de camisa trepaba por ellas. En su semblante estaba pintado el sumo terror, o la suma desesperación. Me vio y me dirigió estas impías y extravagantes palabras: `Si se opone la naturaleza, gritó, lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca. Ese temblor, el cual arrebató innúmeras vidas, se sintió fuertemente en Cúcuta, Pamplona, Tunja y Santafé y en otras poblaciones menos importantes del Nuevo Reino, y el suceso favoreció, como es sabido, la causa realista en Venezuela.

La Constitución de 1811, que ya estudiamos, fue reemplazada por la qué expidió el Colegio Electoral de Cundinamarca el 17 de abril de 1812. Este Cuerpo, como ya dijimos, se había instalado el 23 de diciembre anterior, y había elegido Presidente a don Pedro Croot; Vicepresidente, al fraile agustino Diego Padilla, y Secretarios, a don, . Joaquín Vargas Vesga y a don José Agustín Baraona. El proyecto de nueva Constitución lo redactaron el Presidente Groot, don Luis Eduardo de Azuola y don Miguel de Tobar.

El nuevo Código Político dio el nombre de República de Cundinamarca al territorio en donde iba a regir, y prescindió en absoluto de España y de los pretendidos derechos de Fernando VII; no hizo alusión alguna a las formas monárquica s, y proclamó la soberana del pueblo. En el preámbulo llamó al país Estado de Cundinamarca.

Cronicas de Bogota tomo 3

Escudo de Cundinamarca

Por estos tiempos se acentuaban las desavenencias entre Nariño v sus antiguos Tenientes Baraya y, Ricaurte. El Congreso, por discordia con Nariño, se reunió en Ibagué, y de allí pasó a la Villa de Leiva. Mediaron entonces algunos patriotas, y el 18 de mayo se firmó un tratado por los señores Fruto Joaquín Gutiérrez y José María del Castillo, como mandatarios del Congreso, y por el mismo Nariño y sus Consejeros Manuel Benito de Castro y José Diago. En este tratado se reconoció a Cundinamarca con las anexiones de las Provincias de Mariquita, Neiva, Socorro y algunos pueblos de la Provincia de Tunja.

Este convenio no alcanzó a calmar los odios y rivalidades, que eran vivas y ardientes. Baraya y Ricaurte adoptaron con sus fuerzas al partido del Congreso. Al recibirse en Santafé esta noticia, renunció el Presidente; pero el Colegio Electoral, en vez de aceptar la renuncia, eligió a Nariño Dictador, en todo lo relativo a la defensa y seguridad de la capital. El Presidente Dictador pidió que se nombrara un Consejo que coadyuvara a su Gobierno, disipando así los temores de una dictadura fuerte; y autorizado para elegir el Cuerpo de Consejeros, designó a los patriotas Marqués de San Jorge, José Gregorio Gutiérrez, Moreno, Domingo Caicedo, Primo Groot y Felipe de Vergara.

El 25 de mayo decepcionaron Baraya y sus Oficiales. Joaquín Ricaurte, que había acusado a Nariño y había sido suspendido por éste, se unió entonces a Baraya. Desligados éstos Jefes del Gobierno de Cundinamarca, fueron ascendidos por el Congreso. Reorganizaron sus tropas y se dirigieron en son de guerra hacia el Socorro, que defendía en nombre de Nariño el viejo militar José Miguel Pey, quien fue sitiado y vencido en el campo de Paloblanco, cerca de San Gil, el 19 de julio. Pey quedó prisionero con su fuerza.

La socarronería santafereña publicó en un periódico llamado El Carraco, papelucho satírico y gracioso, el ofrecimiento de que se preparaba un poema heroico, en alabanza de las glorias de José Miguel Pey, que se llamaría La Peyda, para imitar los versos dé Virgilio, cuando cantó los hechos de Eneas.

También se repitió entonces la décima que la pluma picaresca de Caro consagró al prision Pro de Paloblanco:

El tremendo Miguel Pey,
Que por su mucho poder
En el comer y el beber
Todos le llaman El Buey,
No tiene más Rey ni ley
Que andar siempre con peones,
Beber chicha en bodegones
Cortejar a las.. .. pichonas
Y hartarse en sus comilonas
De mondongo p chicharrones.

Estas apreciaciones violentas y chistosas, comunes en Bogotá desde los tiempos de la Colonia, pues siempre ha existido agilidad y rara aptitud para la sátira acerada y nerviosa en el alma popular, esta vez eran injustas, tratándose del buen patriota que había empuñado por primera vez el bastón de mando en la revolución de julio.

El Gobernador de Tunja, Juan Nepomuceno Niño, improbó los tratados del 18 de mayo e impidió a comisionados de Nariño que llegaran a Tunja, agriando la discordia que a la sazón se reflejaba hasta en la modesta e inofensiva tertulia de familia.

El 4 de junio publicó Nariño un manifiesto; en él explicaba su conducta política y las razones en que la apoyaba . A1 día siguiente; por bando, autorizó a la Representación Nacional para que tomara las medidas convenientes a la salud de la Provincia, y llamó a las armas a todos los ciudadanos hábiles para servir en el ejército, sin distinción de clases sociales ni de peruanos. Estos actos oficiales produjeron entusiasmo en el partido nariñista, y todos concurrieron al alistamiento. Don Manuel B. Alvarez, Representante por Cundinamarca, ya setentón, espontáneamente pidió el vestido de soldado. Yo no puedo decía mirar a mi ancianidad como un privilegio que me exima de padecer y aun de morir entre mis conciudadanos Más singular fue el ofrecimiento de Manuel del Socorro Rodríguez, también anciano, quien pretendió abandonar la Biblioteca y servir en la custodia militar de la ciudad:

Para este efecto -escribió- hago presente a Vuestra
Excelencia que no teniendo más que mi ordinaria espada
de ceremonia, y siendo ésta insuficiente para un servicio
activo de tanta consideración, necesito estar prevenido y
forniturado con fusil cartuchera p sable, de munición, y
al mismo tiempo, recibido en clase de soldado raso.

Y continuaba su bélica solicitud pidiendo que se le colocara en los lugares más peligrosos, hasta rendir la vida, con tal de que fuera dentro de la ciudad, para poder vigilar la Biblioteca. Nuestros lectores ya conocen a este sujeto, y por ello pueden tomarle gusto a. esta original representación de ejemplar patriotismo.

Y mientras los hermanos se armaban contra los hermanos, un Gobernador de Pamplona, el patriota José Gabriel Peña, combatía a orillas del Táchira contra los realistas, con bisoño ejército, el cual fue vencido.

Entonces exclamaba el Padre Diego Padilla, en periódico que él creó y llamó El Sabatino:

cielos santos, no somos aún libres y ya nos despedazamos! Tenemos sobre nuestras cabezas un enemigo que nos ha devorado por tres siglos, y en vez de atender a él, empleamos el hierro fratricida contra nosotros mismos.. .. Paz, hermanos míos, hagamos la paz y con ella apareceremos grandes a los ojos de nuestros tiranos.

Estas voces de cordura no fueron atendidas. El alarma en Santafé era grande. El Gobierno organizó una fuerte División, la que puso a órdenes del General José Ramón de Leiva, porque el Presidente no podía mandar las tropas personalmente, por prohibición constitucional; sin embargo, como Nariño tenía facultades omnímodas, fue él el Jefe real de esos militares.

A 23 salió la expedición para Tunja, de 1,000 hombres en número, muy lucida y bien puesta, con todos los aparatos de guerra; iban tres capellanes, médico y cirujano. Salió a la frente de dicha expedición el señor Presidente, don Antonio Nariño, asociado de los individuos de las actuales corporaciones, muy enjaezados y decentes. Lo acompañaron hasta el río del Arzobispo.

Acompañaban a Leiva como Jefes militares Lorenzo Ley, Justo Castro y Luis de Ayala. Los centralistas repitieron entonces las décimas o ensaladilla en las cuales se quiso retratar a estos Jefes, por el realista Caro:

Secretario militar
Fue Leiva, y mamó la teta
De Ezpeleta y Mendinueta,
Y mucho más la de Amar:
Supo el tiempo aprovechar,
Pues mamando a dos carrillos,
Rellenó bien sus bolsillos.
Y al fin, con infame nota,
Se quedó aquí esta pelota
A multiplicar chiquillos.

 

El camastrón Luis de Ayala
Que siempre come de gorra,
Si oye decir cachiporra
Pregunta si es cosa mala:
De mojigato hace gala;
Pero es muy tosco y chocante:
Quiere hacer el vergonzante
Y fingiéndose el bobito,
Hace ascos de un mosquito
Y se traga un elefante.

 

El tragón Justo de Castro
Es otro tal que bien baila,
Pues no le basta una paila
Llena de patas de rastro;
Aquí le llaman hijastro
Del gigante Fierabrás ;
Es tramposo hasta no más,
Y como huyen de su vista,
Este pobre petardista
Está dado a Barrabás.

Hería así a beneméritos patriotas una pluma española; y esas heridas eran bien aceptadas por otros patriotas, los cuales pertenecían al bando federalista.

Conocemos ya los honrosos empleos que había desempeñado José Ramón de Leiva, antiguo militar de la infantería española. El prestó largos servicios en Argel y en Buenos Aires, antes de ocupar la Secretaría de los Virreyes del Nuevo Reino. Su inteligencia, su valor y su probidad los había puesto en el campe de la revolución. Don José Ayala era natural de Bogotá, y miembro de familia distinguida; ya vimos su actuación en los motines de julio de 1810. Don Justo Castro, también bogotano, mandaba como Comandante una fuerza que debía unirse a la. de Pey, pero en Charalá fue detenido por las mujeres, y allí se entregó sin hacer un tiro, por delicadeza y consideración al bello sexo. Antes había hecho parte de la Comisión de Policía y Gobierno, creada por el régimen republicano.

También servían como militares o órdenes de Nariño los hermanos Francisco y Bernardo Pardo, Oficiales distinguidos, hijos de Bogotá. El último era segundo de Pey, y con él cayó prisionero. Francisco, nacido en 1797, se afilió a la revolución desde el 20 de julio. De estos dos jóvenes decía la ensaladilla:

Pardo el tuerto en sus miradas
Mestizas de tigre y gato,
Parece que mira al plato
Y no es sino a las tajadas:
El mete su cuarto a espadas
Levantando testimonios
Por tiendas y por telonios.
Y mas bulla esta carroña
Mete con su carantoña
Que una legión de demonios.
Su hermano, según escucho ,
Llamado Bernardo Pardo,
Nada tiene de Bernardo
Y de pardo tiene mucho.
Es un militar muy ducho
En el estrado y la mesa:
Con la labia que profesa
Engañara a cualquier noble,
Y así para espía doble
Vale más de lo que pesa.

Se comprende que estas composiciones satíricas, décimas que por entonces circularon anónimas y manuscritas, que el vulgo apellidaba ensaladilla, eran en realidad libelo infamatorio contra varones eminentes que habían tomado parte en la revolución; unos nativos de la tierra y otros nacidos en España. Perdonables serían las injurias y la maledicencia en lo relativo a la vida pública de esos varones, pero jamás en lo que se refiere a su personalidad privada. Nosotros las reproducimos por primera vez, sin dañada intención, en lejano tiempo y sólo con el objeto de hacer conocer mejor los personajes de esa época. Aceptamos como verdadera la teoría de Plutarco en la Vida de Alejandro, cuando dice:

Muchas veces un hecho del momento, un dicho agudo y una,' niñería sirven más para probar las costumbres, que batallas en que mueren millares de hombres, numerosos ejércitos y sitios de ciudades. Por tanto, así como los pintores toman para retratar las semejanzas del rostro y aquellas facciones en que más se manifiesta la índole y el carácter, cuidándose poco de todo lo demás, de la misma manera debe a nosotros concedérsenos el que atendamos más a los indicios del ánimo, y que por ellos dibujemos la vida de cada uno.

No es otro nuestro propósito que el de revivir en estas crónicas el colorido característico de aquella sociedad ya muera.

Cuando Nariño salió de la ciudad, dejó encargados del mando al doctor Manuel Benito de Castro y a don Luis de Ayala, en calidad de primeros Consejeros (25 de junio de 1812).

Don Manuel Benito había sido novicio de los jesuitas, por lo cual se le llamaba comúnmente El Padre Manuel. Más tarde estudió medicina en la atrasada Escuela de antaño, y largos años ejerció 5u profesión. Era hombre de costumbres egóticas.

Vestía -dice el historiador Groot- en 1812 como en 1767: casaca redonda; chaleco largo; calzón corto de terciopelo con charreteras; media blanca; zapato puntiagudo de oreja y grandes hebillas de plata; capa larga de grana colorada, con aleta galoneada; sombrero de tres picos con escarapela colorada.

Su figura era distinguida y siempre aseada, no obstante los polvos carmelitas del rapé sevillano que caían sobre su rizada gola. En cambio se veían los polvos blancos de almidón en el peinado de coleta y los bucles que caían sobre las sienes. En cuarto a lo moral, era hombre de costumbres austeras, de pocas palabras, habitaba en un cuarto de un viejo caserón situado frente al Palacio arzobispal, y en ese cuarto tenía la mesa de comedor, donde tomaba chocolate en pocillo de plata a horas determinadas y fijas. Nadie se explicaba qué móviles tuviera Nariño para encargar el Poder Ejecutivo al Padre Manuel en circunstancias tan difíciles. Ya vimos cómo pintaba la ensaladilla al militar Justo de Castro.

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Don Manuel Benito de Castro.

 

Del galeno decía:

Pero su hermano Manuel,
Que es alumno de Esculapio,
nunca come más que apio
Y albóndigas de laurel:
De este médico doncel
No hay quien los empleos cuente;
Es protector, intendente,
Consejero de lisonjas,
Calificador de monjas
Y de beatas asistente.

El periódico EL Carraco, órgano político de los federalistas, hería constantemente a los partidarios de Nariño y llamaba por mofa a José Miguel Pey y a Justo de Castro, Murat y Soult. El ardiente centralista José María Carbonell arrebató de un corrillo un número de este periódico, y con vehementes bravatas lo despedazó y pisoteó, en sitio central de la ciudad. Este hecho dio la etimología de los nombres que recibieron los .dos bandos contendores: pateadores y carracos.

Modifica la versión que trae el historiador Groot un folleto intitulado: El sobrino Matías /; a su amado tío Tomás de Montalván y / Fonseca / Impreso en Bogotá en la Imprenta patriótica de don Nicolás Calvo, el 20 de febrero de 1812. Allí refiere el autor anónimo, que escribe como testigo presencial, que el domingo anterior, 19 del citado mes, vio en la esquina de la Plaza, es decir, al pié de la torre norte de la Catedral, arder una candelada y a su rededor muchos hombres, unos soplando y atizando el fuego, otros arrojando papeles dentro de ella y a otros dos rompiéndolos y pateándolos. Cuenta también que luego colgaron ese papel a la cola de un borrico al que llevaron en procesión por las calles principales, con este pregón: Esta es la justicia que la serenísima señora Bagatela manda hacer de esta carta, por haberse atrevido a estampar proposiciones injuriosas contra su alteza serenísima.

Parece que las escenas violentas de quemar papeles públicos en las calles, fueron múltiples en aquellos días. En la ciudad reinaba la anarquía.' El Canónigo Baltasar Miñano y el clérigo don Francisco Javier Gómez (alias Panela) habían conmovido al populacho en contra de los federalistas. Para el mes de julio el pueblo soberano obtuvo que el Senado nombrara Personero Público al Canónigo, y con ese carácter pidió la prisión de muchas personas respetables. A la cárcel fueron llevados don José Santamaría, don Francisco J. Cuevas, don Miguel Pombo, don Pedro Ricaurte y otros muchos federalistas. A1 Personero prestaba mano fuerte el Alcaide don Juan Tobar

El Presidente Castro dictó un bando de buen Gobierno, el 29 de julio, y el mismo día escribió a Nariño, refiriéndole la agitación que había en la capital. Probablemente esta noticia decidió a Nariño a firmar el tratado de Santa Rosa, no muy favorable a sus pretensiones, el cual quedó concluido el 30 de julio, y con él terminada la primera guerra civil.

Al pie del pacto figuran, como plenipotenciarios dei Gobierno, Domingo Caicedo, Tiburcio Echeverría y José Miguel Montalvo; y en nombre del Congreso, el Gobernador Niño y cinco Senadores, centralistas.

Terminadas las desavenencias y urgido Nariño por los tumultos de la capital, se trasladó a su palacio en veintinueve horas, y llegó el 5 de agosto. A1 día siguiente reunió la Representación Nacional, ante la cual renunció las facultades extraordinarias de que estaba investido, y su Alteza Serenísima, aceptada la renuncia, declaró de nuevo vigente el orden constitucional y ordenó por bando que se pusiera en libertad a todos los presos políticos.

El Presidente disolvió el Cuerpo militar de Pateadores, y entonces la musa popular de los carracos imprimió en hoja volante unos versos, de los cuales insertamos a continuación fragmentos:

Se dice que ya murió
El Cuerpo de Pateadores
De una muerte repentina:
Pónganse luto señores.
 
GLOSA
 
Ese Cuerpo tan robusto,
Tan esforzado y valiente,
Tan famoso y tan caliente,
Que a todos causaba susto,
No sé si de algún disgusto
O mal aire que le dio,
Después que tanto lució Con valor y bizarría,
De una fuerte apoplejía, Se dice que ya murió.

Para estos tiempos llegaron numerosos emigrados de Venezuela, en verdadera indigencia, y encontraron generoso apoyo en el Gobierno de Cundinamarca.

Los partidos no habían desaparecido. La exagerada concepción de autonomismo lugareño, explotada por caciques regionales, impedía que se desenvolviera un verdadero espíritu nacional. Y no obstante el epitafio en verso que hemos visto, existían los bandos de jaleadores y carracos, pues el incendio no había sido bien apagado.

Nariño, con verdadero patriotismo, renunció entonces la Presidencia el día 20 de agosto, y de nuevo entre a desempeñarla don Manuel Benito de Castro.

El Gobierno de Castro carecía de energía, y en esas circunstancias circuló la noticia de que los enemigos de la Independencia preparaban una contrarrevolución para reconocer la Cortes de Cádiz. Entonces llegó un oficio de Baraya en el cual ofrecía las fuerzas que comandaba, para impedirla. En el pueblo se extendió el rumor de que Baraya marchaba ya sobre Santafé, de acuerdo con el Presidente Castro. El 10 de septiembre hubo tumultos. El populacho y algunos militares exigieron al Ejecutivo que Nariño fuese restituido al ejercicio del Poder, aunque éste se excusaba de venir a la ciudad, mientras no lo llamara el Senado, pues prefería la tranquilidad de la vida del campo, en el retiro de su quinta de Fucha.

En momentos en que se reunía el Senado, los amotinados se habían trasladado a :a mencionada quinta y traían' al célebre caudillo a la ciudad en medio de vivas y aclamaciones.

Sea éste el lugar de consignar algunos recuerdos sobre la casa de campo que a la sazón pertenecía a Nariño, a la cual fuimos con nuestros lectores cuando el predio rural se llamaba La Milagrosa, en tiempos en que se fundó la iglesia ,de La Tercera; con el Virrey Cerda y su esposa, cuando allí hubo novilladas, carreras de caballos y comedias (página 343 del primer volumen), y con otros gobernantes coloniales. A este viejo caserón volveremos con el General domingo Caicedo, con Bolívar en sus días de desgracia y con otros militares en nuestras guerras civiles.

En ese casón de antaño, en tiempos de Nariño tenían lugar veladas literarias en las cuales se hacían agradables lecturas, se conversaba sobre los grandes acontecimientos de la política. exterior y Nariño mismo escribía en ella su célebre periódico La Bagatela.

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Esa vieja casa, de aspecto pintoresco y anticuado, quedó olvidada por los bogotanos durante mucho tiempo, y al correr de los años se convirtió en ruinas, cuando ya era conocida con el nombre de quinta de Ramos, que recibió de un acaudalado propietario.

Así, de su apacible retiro en las márgenes del Fucha, y desde su tranquilo gabinete y librería, donde sólo se alcanzaba a percibir el murmullo de la corriente, el rumor del viento entre los coposos árboles y el mugir de una que otra vaca que pacía en el vecino prado; pasó súbitamente al estruendo de cornetas y tambores con que, en fuerza de la antigua costumbre, le hacían los honores militares, y a las ruidosas exclamaciones de la muchedumbre que lo llevaba en brazos al antiguo Palacio de los Virreyes, para sentarlo de nuevo bajo el dosel de damasco, 5~ ceñirle la espada con que algún tiempo después había de triunfar en las afueras de la capital del numeroso ejército que por el norte venía a invadiría.

En la quinta histórica existía una amplia sala de un solo piso y de pobrísima arquitectura, antigua capilla de la casa señorial, donde oraron las Virreinas. En el mismo sitio en que estaba edificado el caserón colonial, se ha construido una alquería de gusto moderno; y la prolongación do las calles de la ciudad hacia el sur, corta los antiguos prados que pertenecieron a La Milagrosa.

Nariño quedó plenamente autorizado para ejercer el Poder Ejecutivo y acordar medidas para la seguridad del Estado; y don Manuel Benito de Castro, con su capa colorada, volvió a la tranquilidad del hogar, aliviado de la pesada carga del Gobierno.

Por medio de bando se hizo saber el día 12 que los empleados debían jurar el nuevo Gobierno, que los hombres útiles debían alistarse en el Ejército y que los que apoyaran la Regencia española sufrirían pena capital.

Un patriota, don José Gregorio Gutiérrez Moreno, escribía lo siguiente el día 17, líneas en que, condensó la situación política:

Se le concedieron (a Nariño) las facultades de un sultán sin otra ley a qué sujetarse que su voluntad y capricho. Desapareció el Senado, que mejor hubiera sido que jamás lo hubiese, habido el pie en que estaba. Murió mi segunda Cámara, y me tienes con mucho gusto mío de ex-Presidenta. Se acabó también el Poder Judicial ....

No es fácil darse cuenta de cómo aquellos patricios, tan amigos de la libertad civil y que gozaban de vida independiente, profesaran tal devoción a una dictadura sin límites, que provocaba la guerra civil.

El Dictador era una mezcla de travesura y de seriedad: grave en las ocupaciones de Gobierno, cuya responsabilidad aceptaba, asumía en el hogar y en la sociedad el carácter festivo y alegre, tan común en la juventud bogotana: Y la suavidad insinuante de su trato social y su distinción en los salones explican en parte el influjo que ejerció sobre los hombres de su tiempo.

El Dictador disminuyó los sueldos, creó un Tribunal de Seguridad Pública, expidió bandos y proclamas y atendió a la organización militar para combatir con los federalistas.

Los Senadores don Joaquín Malo y don Cayetano Vásquez recibieron la comisión de percibir donativos y empréstitos.

Conmovieron la sociedad en esos días el suicidio del Ayudante de artillería Domingo Ardila, y las dificultades que se presentaron para sepultarlo en el templo de San Carlos, como entonces se usaba; dijeron que por ceremonia y que después lo sacaron y lo tiraron al camposanto dice el cronista. También ocurrió entonces la muerte del médico Honorato Vila, el 6 de octubre de 1812. Este español, de quien ya hablamos, había llegado a Santafé en 1784, y desde entonces ejerció su profesión y el cargo de Visitador de boticas. En varios períodos fue el único esculapio para una población de 20,000 habitantes. A1 principiar el siglo XIX casó con doña Isabel Rojas, y con ella vivía lleno de comodidades. La sal bogotana recordó que en el Libro de los Proverbios se lee: Honora médium propter necessitatem, y con zumba cambió esas palabras por este latinajo: Honoratus est medicus propter necessitatem. Es curioso consignar que este Hipócrates se levantaba antes del alba, oía misa a las cinco de la mañana; ya en su casa, tomaba unas copas de viejo vino español, él mismo ensillaba una mula que lo conducía a sus visitas profesionales, y se sabía en la ciudad cuál era su método: visita hecha, visita pagada: cuatro reales en mano, ni más ni menos, lo mismo al pobre que al rico.

La correspondencia entre Nariño y Baraya se agriaba diariamente, hasta llegar a un incidente curioso que vamos a citar. El Jefe de los federalistas dictó órdenes terminantes para que no se dejaran transitar pasajeros por los caminos del Norte, sin registrarlos e interrogarlos; y a la vez ordenó que en manera alguna se dejara llegar a los cuarteles revolucionarios a las vivanderas que salían de Santafé, por ser éste el conducto de que se había valido el pícaro de Nariño para seducirle los soldados.

El 4 de octubre de 1812 se reunió en la Villa de Leiva el Congreso de las Provincias Unidas, al cual concurrieron don Manuel Bernardo Alvarez y don Luis Eduardo Azuola, por la Provincia de Cundinamarca. El Congreso eligió a Camilo Torres Presidente de las Provincias Unidas. Mientras que en el sur de Colombia y en las costas de Venezuela perdían terreno los patriotas, en Leiva y en Bogotá se agitaban en estériles contiendas centralistas y federalistas, y eran vejados en el Congreso los Representantes de Cundinamarca. Nariño rehusó sujetarse a las condiciones que le imponía el Congreso, conminado con declaratoria de guerra, y proclamó a Cundinamarca libre del pacto federal y, por consiguiente, emancipada del Congreso, de acuerdo con la Representación Nacional y con la opinión de una Asamblea popular que él mismo había convocado para deliberar sobre estos gravísimos sucesos. Además, supo Nariño que Baraya y Ricaurte habían apresado a los Diputados de Cundinamarca, con aquiescencia del Congreso, y que éste había expedido decreto en el cual lo declaraba traidor, usurpador y tirano, Justamente irritado se aprestó a la defensa, v se puso a la cabeza de una expedición militar numerosa.

E16 de octubre Nariño publicó bando en que hacía sabe r que las tropas del Congreso marchaban sobre Santafé, y fortificó la ciudad con la artillería. Nos cuenta el cronista que en estas graves circunstancias también hubo revolución en un convento. En la misma noche del día 6 se levantaron los frailes de San Juan de Dios contra su Provincial, el médico fraile Juan José Merchán, realista entusiasta, y en son de guerra hicieron pedazos su retrato.

EL boletín de Noticias del mismo día 6 avisaba que Baraya había llamado a los socorranos para que vinieran con él a invadir a Santafé; que les había ofrecido la Salina de Zipaquirá y tres días de saqueo en la capital, con lo cual quedaría destruida. En el boletín del día ? se dijo que la separación de Mariquita no tendría ya lugar, merced a los buenos oficios del Subpresidente Antonio Viana.

Se había organizado una conspiración para matar al Dictador. Uno de los comprometidos, miembro de familia patricia, debía solicitar una audiencia reservada para darle muerte. Enterado Nariño, con pormenores, de estos sucesos, guardó silencio. Una tarde llegó a Palacio el conspirador; solicitó la audiencia, que le fue inmediatamente concedida, y los dos solos entraron en una sala. El Presidente, con serenidad, cerró con su propia mano las puertas, recogió las llaves y las puso en manos del presunto asesino. Lleno éste de asombro, preguntó al Dictador el motivo de su conducta.

Favorecer la fuga del que me va a matar, contestó el Presidente. No quiero que usted vaya a sufrir por mi causa. Y dicho esto, tomó un asiento tranquilamente.

Al momento el conspirador, que estaba ofuscado por la pasión política, le manifestó a Nariño que creía que venía a matar a un tirano y que hallaba a un gobernante generoso y caballero. Puso las llaves y un puñal sobre la mesa, y los dos actores de esta extraña escena departieron por largo rato como buenos amigos.

Apenas reunido el Congreso de Leiva, creó una Comisión militar. Fue su presidente el General Antonio Baraya, y miembros los Coroneles Dionisio Tejada y Jorge Tadeo Lozano, algunos ingenieros y otros oficiales de menor graduación. El Congreso pidió también al Gobierno de Bogotá la imprenta que pertenecía a Francisco José de Caldas, quien la había cedido al mismo Congreso, aceptando éste la responsabilidad de los créditos con .que pudiera estar gravada a favor del Gobierno.

Antes anotamos el hecho de que cuando fundaron el Diario Público Caldas y Camacho, en 1810, la Junta Suprema les confió una cantidad de dinero, a la cual hace referencia lo resuelto por el Congreso de Leiva.

Para entonces la correspondencia que venía del Cuerpo Soberano era dirigida al Gobierno de la Provincia de Cundinamarca, con presidencia del nombre y títulos del Dictador.

Este había desterrado al Canónigo Rafael Lasos de la Vega, natural de Panamá y conocido partidario del Gobierno español; tal medida no asustó a las gentes piadosas, cuyas simpatías se había sabido granjear Nariño, no obstante sus opiniones emitidas en La Bagatela contra el clero y las beatas, y aun era felicitado por los conventos de monjas. La Abadesa de Santa Inés se congratulaba por su elección, le daba plácemes y enhorabuenas, y hablando por la comunidad, le decía: nos ofrecemos de nuevo a su disposición para que nos mande Y la Abadesa de la Concepción repetía los ardientes votos, en oficio especial.

Nariño, hábil político y conocedor del pueblo que gobernaba, dictó medidas para ganarse al clero, y aprovechó una manifestación de los padres de familia, que dormía en su mesa de despacho hacía meses, en la cual se quejaban de la ausencia de Prelado, para resolverla favorablemente. Atendía con esta resolución, idéntica solicitud hecha por el apoderado del Cabildo eclesiástico. Dispuso que no oponiéndose el Arzobispo Sacristán, que se hallaba detenido en La Habana, a reconocer la transformación política,, ordenaba se le diese pasaporte y si le suministraran las cantidades necesarias para su viaje.

Existen documentos en los archivos del Gobierno civil . , anexos a la Biblioteca Nacional, volumen XXI, relacionados con la causa que se seguía a la sazón con motivo de la separación de los Gobiernos de Bogotá y Tunja, confiada a don Ignacio Ricaurte; también están allí los documentos contra los vecinos de Guatavita, por conservarse neutrales en la contienda entre centralistas y federalistas.

El 26 de noviembre publicó Nariño un manifiesto en que exponía la necesidad que tenía de separarse del Gobierno y de crear una Junta formada por cinco individuos de conocidos patriotismo, probidad y luces.

En este concepto, he nombrado a don Felipe de Vergara, actual Secretario de Estado y Guerra, que será e1 Presidente de ella; a don Juan Dionisio Gamba, Secretario de Hacienda; .a don José Ignacio Sanmiguel, que lo es de Gracia y Justicia; a don Manuel Camacho Quesada, y a don José María Arrubla.

Don Felipe Vergara y Caicedo, bogotano nacido en 1745 e hijo del Colegio del Rosario, abogado, ex-Contador del Tribunal de Cuentas; había servido durante la República los cargos de Alcalde de barrio y de Representante al Congreso.

A don Juan Dionisio Gamba, también antiguo Alcalde de barrio y miembro del Consejo de gobierno, lo retrataba así la pluma satírica de Caro, el español:

Gamba si usara muletas
No hay duda que lo acertara,
Y con eso se excusara
De andar haciendo gambetas:
Este viudo cuyas tretas
Son chismear en secreto,
Este uncionado esqueleto
descarnado y asqueroso,
Sobre baboso y gangoso
Es alcahuete completo.

Don José Ignacio Sanmiguel, de quien ya hemos hablado en el volumen II de esta obra, fue el abogado defensor de José Antonio Ricaurte en agosto de 1795, miembro de la Sociedad Patriótica de Amigos del .País, Alcalde que le tributó honores al Virrey Amar y· a su esposa, y, Corregidor de Neiva, puesto de que fue destituido por el mismo

Amar. Como Síndico Procurador General en 1801 apoyó la creación de cátedras de Química y Mineralogía en el Colegio del Rosario. La poesía realista le castiga sus servicios a la Patria, así:

Sanmiguel, por lo que veo,
A todos les echa el gallo
Con su cara de caballo
Y entrañas de fariseo;
Esté astuto corifeo
Tan marrajo y camastrón,
A aquel pérfido Simón
Que inventó aquella tramoya
Para el incendio de Troya;
Le pudiera dar lección.

Don Manuel Camacho y Quesada, hijo del Colegio de San Bartolomé, doctor en Derecho, profesor de latinidad, signatario de la. Constitución de 1811 y miembro del Gobierno plural, pertenecía a distinguida familia.

Don José María Arrubla, nacido en la ciudad de Antioquia en 1780, también. hijo del Colegio de San Bartolomé y patriota distinguido desde 1810, completaba la Junta de Gobierno de Cundinamarca.

El 23 de septiembre salió la expedición militar de Santafé a órdenes del Brigadier don José Ramón de Leiva. Marchó como Cuartel Maestre de ella el Teniente Coronel don Francisco García Olano, cuyo nombre figura con honor en los anales de Zipaquirá. Para Caro este patriota era personalidad insignificante:

Del Escribano García
El más ruin de los patojos,
Con más niguas y piojos
Que hay moros en Berbería,
Quién pensara, quién diría
Que este vil traga tajadas
Con manos excomulgadas
Y el más traidor desacato,
De nuestro Rey al retrato
Le diera de puñaladas?

Iba como Mayor General el Teniente Coronel José María Berrueco, y entre los Ayudantes del General se contaban Bernardo y Francisco Pardo y Antonio Ricaurte. Desempeñaba la Auditoría de Guerra el doctor Miguel Tobar. Marchó en calidad de Ingeniero el Capitán Pío Domínguez, bogotano, pintor distinguido y comógrafo. Lo fustigó la misma musa con la siguiente décima:

Los Domínguez que han quedado
Porque sus padres murieron,
Menos la ley que tuvieron
Lo demás lo han heredado.
Esta ley es. bien mirado,
La ley del amor y unión
A la española nación;
Y no la ley de insurgentes,
Traidores, desobedientes,
Como los más de ellos son:

Al astrónomo del mismo apellido, don Benedicto, que había acompañado a Caldas, lo castigó con la siguiente injusta invectiva:

El simplón de Benedicto.
Aunque es un Juan de buen alma,
No parece que está en calma
Con su cara de conflicto;
Es calculador, adicto
A la cantidad sonora
Y con Caldas se asesora,
Calculando entre los dos
Cuántos cuartos da el relox
Antes de tocar la hora.

El cronista Caballero refiere que la primera tropa de esta expedición salió de Bogotá el 9 de noviembre; el mismo cronista marchó como Sargento 1° en un Cuerpo de milicias de infantería a órdenes del Comandante don Francisco Javier González (alias Gonzalón), patriota distinguido, hijo de esta ciudad. La sátira poética dice de él:

Mucho asco da Gonzalón,
Más negro que un cordobán,
Verlo andar de Capitán
Con sombrero de galón.
Este que en su batallón
Ninguno lo puede ver,
Por su indigno proceder,
Cree que ya no es perendengue
Y pretende este mutenque
Que lo llaman don Javier.

Saltando incidentes de esta campaña, anotaremos que el 25 de noviembre el Capitán don Tadeo Vergara combatió con ventaja en Hatoviejo contra las avanzadas de las fuerzas de Baraya y Ricaurte. En Bogotá se habían organizado los españoles con anuencia del Gobierno, para mantener la tranquilidad pública, y habían formado una Compañía de a caballo, que no causaba gasto alguno al Erario Público. Llegó la noticia de que en las tropas federalistas corría la especie de que el Presidente Nariño era un hereje, tan grande cómo Juan Calvino y Martín Lutero, noticia que convirtió a los soldados de Baraya en entusiastas defensores de su religión y su Dios.

Entretanto el Dictador .organizaba su retaguardia en Zipaquirá, de donde salió el día 28.

El 2 de diciembre tuvo lugar el. encuentro en el Alto de la Virgen, serranía cercana al pueblo de Ventaquemada. Los federalistas estaban bien parapetados; los centralistas atacaron a pecho descubierto; la lluvia hizo el suelo fangoso, y el combate se decidió en contra de las fuerzas del General Nariño. Este no evitó medio decoroso y aun humillante para disminuir el desastre, pero ninguno fue aceptado por las tropas del Congreso.

Con la pena de la derrota y de la muerte de cuarenta de sus soldados, entre los Cuales se contó el Oficial Mariano Portocarrero, Nariño voló hacia la capital, para promover una reorganización. Leiva, buen militar, salvó 800 hombres, con los cuales llegó a Nemocón el 3 de diciembre, y a Bogotá al día siguiente.

Asociado con el francés Antonio Bailly, amigo entusiasta del Gobierno, reorganizaron las tropas, crearon milicias y fortificaron los barrios de Las Cruces, San Diego y San Victorino; además, enviaron un destacamento de artillería a la capilla de Monserrate, elevado cerro que domina la ciudad por el Oriente.

Mientras las tropas de Baraya avanzan, en son de guerra, vamos a mezclar en este relato serio algo agradable, que borre el estiramiento de exposiciones rudas. Entre los Oficiales que hizo prisioneros la fuerza del Congreso, se contaba un tal L. Laña, llamado comúnmente Ñaña, glotón de enorme poder digestivo.

Ocurrió su afligida madre al General Nariño, Presidente de Cundinamarca, para recomerdarle que procurase el canje del prisionero.

No, mi señora contestó jovialmente Nariño; por el contrario, lo que nos conviene es dejarlo allá para que les coma medio lado, y así se vean pronto obligados a entregarse. Resígnese, mi señora.

El viejo Felipe de Vergara desempeñaba la Cartera de Guerra y carecía de salud; él ofreció al Presidente levantar la Legión de la Unidad, de la cual sería Prefecto, y Capellán, el fraile agustino José Vicente Echeverría, oferta generosa que aceptó el Gobierno para ejemplo y vergüenza de los jóvenes y hombres robustos y acomodados que en los actuales peligros de la Patria no se han llenado del santo celo que anima a este benemérito ciudadano y a su digno Capellán.

Vimos ya que don Pedro de la Lastra y el Cura Nicolás Mauricio de Umaña habían partido el año anterior para los Estados Unidos de América, con la misión de comprar dos imprentas. Una de ellas llegó a principios de 1812, y fue nuevo y valioso elemento para el Gobierno de Bogotá.

Baraya y Ricaurte hicieron lentamente su marcha sobre Santafé, y llegaron a los aledaños de la ciudad con 5,000 hombres, entre ellos los veteranos que habían hecho ya la campaña del Sur. En el Ejército de la Unión estaban Dionisio Tejada, Antonio Villavicencio, Caldas, Atanasio Girardot, Manuel del Castillo y El Fogaso José María Gutiérrez, Oficiales distinguidos todos ellos.

Miradas con simpatía por Nariño y sus partidarios circularon profusamente algunas de las citadas décimas de Caro que herían profundamente a militares beneméritos que hacían parte del Ejército del Congreso.

Del General Joaquín Ricaurte y Torrijos, patriota ilustre, segundo Jefe de la expedición de Baraya, decía :

Ricaurte, llamado
El Bola, Tío carnal de Baraya,
Será un dolor que se vaya
Sin su espigón a la cola:
Quiso hacernos la mamola
Con gálico disimulo;
Pero viendo que lo chulo
Pega mal con lo francés ,
No ha podido negar que es
Turrón de c. . . de mulo.

Del hijo de los Condes de Villavicencio, ex-Comisionado regio, que tan notables servicios había prestado a la revolución en Cartagena y en Bogotá, decía la ensaladilla:

De estos ídolos de lata
Que hasta sus adoradores
Son indignos y traidores,
Villavicencio es la nata:
Y en efecto, si se trata
De observar su proceder;
Mayor no le puede haber,
Y es fuerza que a todos venza;
Mas traidor tan sin vergüenza
No ha nacido de mujer.

Sobre el sabio Caldas escribió:

Es Caldas una caldera De energúmeno rencor, Cobarde como traidor Y cruel como una fiera; Desde luego si él pudiera Destruir a toda España, No lo excusara su saña; Y se carcome de envidia Pues ve que con su perfidia No vale una telaraña.

Atanasio Girardot era un joven todavía desconocido; por consiguiente no cayó esta vez bajo el látigo del poeta satírico; pero en cambio hirió éste a don Luis Girardot, francés que había tomado carta de naturaleza y servía a la República desde el 20 de julio de 1810, con las siguientes décimas:

Es Girardot, por el aire
Que allá en Francia respiró,
Un compendio de Rusó
Y Volter, o sea Voltaire:
Dice con tosco donaire
Que tiene muchos novicios:
Y en verdad que estos patricios,
Con negras ingratitudes
Dejan hispanas virtudes
Por tomar gálicos vicios.
He nombrado a este extranjero,
Porque aunque no es patriota,
Embarcado en esta flota
Va en ella de pasajero:
Y asimismo considero
que en el modo de pensar
Y en el de representar
Libertinos entremeses,
Los criollos y los franceses
Se pueden equiparar.

Quiso Baraya sitiar la ciudad, y para ello extendió su línea militar por los pueblos de Usaquén, Suba, Fontibón, Bosa y por las orillas del río Tunjuelo.

Los dos Jefes enemigos tuvieron una entrevista, provocada por Nariño, en una alquería cerca del pueblo de Usaquén. Nariño, dejando una escolta de veinte hombres que llevaba por ceremonia, avanzó solo por entre las tropas de su adversario dando plausible ejemplo de valor v patriotismo. Al mismo General cedemos aquí la pluma:

Lo primero que se presenta a la vista del Presidente de Cundinamarca en las inmediaciones de la casa destinada a la conferencia, es una avanzada de cien hombres armados y dos piezas de artillería; pero estos preparativos no intimidan su animosidad, y despreciando, por decirlo así, su interesante vida, se adelantó de las pocas personas que lo acompañaban, y entrando con espíritu sereno por medio de veinte fusileros que estaban formando en ala con las bayonetas caladas, avanzó hasta el lugar donde se hallaba el General Baraya, y echando pie a tierra, le dio abrazos como una prueba segura de las buenas disposiciones que lo animaban, y de que corría un espeso velo sobre las diferencias que hasta allí habían tenido, manifestándole, al mismo tiempo, la protección que el Dios de las bondades les dispensaba, cuando les permitía volverse a ver con el carácter de amigos.

No obstante las buenas razones de Nariño, expresadas con ingenuidad, aquella conferencia no dio resaltado provechoso. Tampoco lo obtuvieron las comisiones de paz, confiadas por él mismo a don José Gregorio Gutiérrez Moreno, al Canónigo Fernando Caicedo y Flórez y a otros ciudadanos respetables.

Baraya intimó la rendición de la ciudad para el día 29, y exigió la deposición del Presidente y el sometimiento absoluto de su persona y de sus fuerzas.

Quiso el Presidente, como último recurso, convocar en su palacio a las señoras madres, hijas y esposas de los Oficiales de Baraya, pero este paso no produjo mejores efectos que los muchos que pública y, privadamente había tomado en los días anteriores.

La situación de la ciudad era extremada. Corría la especie de que Baraya no dejaría a piedra sobre piedra. El terror había llegado a su colmo. Los habitantes todos se creían expuestos a un saqueo, y corrían rumores siniestros sobre lo que pudiera suceder con respecto a ultrajes ' a las mujeres y a las monjas. Los numerosos templos estaban abiertos y daban acceso a muchos que creciendo llegados sus últimos momentos, buscaban el amparo de la Providencia. En los campamentos de San Victorino y San Diego el espíritu público se reanimaba, y en ellos se veía al General Nariño hablar con todos, tranquilo y jovial, y rodeado de señoras y de sus dos hijas, éstas con divisas militares iguales a las de los soldados de artillería.

Se veía en la población la actividad de una colmena; en los templos rezaban las mujeres, los viejos y los niños; en la maestranza se cortaban vestidos; en los parques se, fabricaban correajes y toldos y se herraban caballos, y en los campamentos se limpiaban armas y se afilaban lanzas.

No había una sola persona ociosa ni una sola indiferente.

Baraya ocupaba con su Cuartel General el caserón exconvento que servía de presbiterio al Cura de Fontibón, a la sazón ausente.

 

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