Los primeros Magistrados de la Nueva
Granada-Prefectos de Cundinamarca dignos de memoria-Muerte del Arzobispo Caicedo y
Flórez-Su sepelio. Retratos de este Prelado-Fundación del Colegio de La
Merced-Carnicería-La capilla de Las cruces-Santander se encarga de la Presidencia.
Academia Nacional-El Congreso elige Vicepresidente-El General José Sardá y la
conspiración de 1833-Medidas tomadas por el General Santander- Muerte del Coronel José
M. Montoya-Asesinato del Coronel Mariano París-Juicio seguido a los
conspiradores-Evasión del General Sardá-Diez y siete banquillos-Asesinato de Sardá y
exhibición de su cadáver-Su sepulcro--Otros comprometidos en la conjuración-Los
colegios de Bogotá-Obras públicas-El Congreso elige Arzobispo de Bogotá al doctor
Manuel José Mosquera-Nuevas armas y pabellón nacional--Sociedad de industria bogotana y
fábricas-Empresas industriales.
constituida la República de Nueva Granada, la
Convención eligió al General Santander Presidente y al doctor José Ignacio de Márquez
Vicepresidente. Este se encargó del Ejecutivo por estar ausente el Presidente, y nombró
Secretarios a los señores Diego F. Gómez, José Francisco Pereira y José M. Obando,
quien dejó aquel día el solio presidencial. Sirvieron en ese tiempo la Prefectura de
Cundinamarca, alcanzando aprobación general per su buena conducta en el destino, el
doctor Rufino Cuervo, don Cristóbal de Vergara y Caicedo y Andrés Ti. Marroquín, los
dos últimos naturales de Bogotá. Interinamente desempeñaron este ,destino el general
José H. López y el doctor Francisco López Aldana.
El Ilustrísimo Arzobispo Caicedo y Flórez,
patriarca de , la Independencia colombiana, el Rector del Colegio del Rosario, cuyo
edificio mejoró a tal punto que mereció se le llamase segundo fundador; el protector del
de niñas de La Enseñanza; el encargado de dirigir la reconstrucción de la Catedral; el
confinado al castillo de San Sebastián de Cádiz en la `. época del terror; el primer
Rector de la Universidad Central; el fundador del Colegio de ordenados de San José; el
autor de la Historia del templo metropolitano; el que levantó con su dinero las capillas
del Dividivi y del Cementerio; y el que mereció el alto honor de ser designado primer
Arzobispo de la Iglesia nacional nombrado por Su Santidad León XII en 1827, falleció en
la tarde del II de febrero de 1832. El sepelio tuvo lugar el día 20 del mismo mes,
después de pomposas honras fúnebres, a las que asistieron los empleados públicos y el
clero residente en la ciudad, en el presbiterio de la iglesia Catedral, la que había
visto construir con vigilante y cariñosa mirada y donde había sido consagrado en 1828.
Se conservan varios retratos del .Ilustrísimo
señor Caicedo en esta capital, entre ellos el que guarda la Catedral, que parece ser
pintado por don Pedro Figueroa. A su pie se lee lo siguiente:
El Illmo. señor don D. Fernando Caycedo y
Flórez, descendiente de una de las primeras familias de esta ciudad, nació el 15 de
julio de 1756. Fue colegial de N. S. del Rosario,' en donde cursó filosofía y teología,
obtuvo los grados; fue catedrático de Vísperas, dos veces vicerrector y tres Rector, y
fue benefactor insigne de d °b° Colegio, tanto en las obras materiales como en el
arreglo y disciplina, y fundación de Cátedras. Al cabo de más de cien años tuvo la
gloria de dar cumplimiento a la voluntad del Sr. D. Fray Cristóbal de Torres, fundador
del Colegio, trasladando a él sus cenizas, fue Capellán del Monasterio de la Enseñanza,
en donde hizo muchas obras y fundó dos becas para Colegialas y para dos monjas. Sostuvo
de su peculio el Colegio de ordenandos. Compró casa para ejercicios y en ella edificó
una Capilla A su eñcacia y celo por el culto divino se debe la famosa obra de la Catedral
que empezó y concluyó lleno de contradicciones y dificultades. Fue Medioracionero,
Penitenciario y Arcediano y promovido a la Silla archiepiscopal.
El día 1° de junio de 1832 comunicó el Poder
Ejecutivo Nacional al Gobernador de la Provincia de Bogotá que el Vicepresidente Márquez
había dictado un decreto por el cual fundaba un colegio de niñas con el nombre de La
merced; medida que satisfizo una gran necesidad social, pues las jóvenes de la alta clase
no tenían dónde educarse, ~· aunque existía el plantel de educación de La Enseñanza,
fundado por doña Clemencia Caicedo, el aumento de población lo hacía insuficiente. Los
bienes donados para una fundación pía, en 1891, por don Pedro de Ugarte y doña Josefa
Franqui de los que hablamos en el capítulo XVll , fueron destinados al sostenimiento del
nuevo plantel, y a ellos se agregaron los que pertenecieron a los conventos suprimidos de
Las Aguas de Bogotá y de San Francisco de Guaduas. La señora Marcelina Lagos fue la
primera Directora del nuevo Colegio, y don Cayetano Navarro el primer Síndico. Se fundó
en el antiguo Hospicio de Capuchinos, comunidad que emigró en 1819, y obtuvo protección
de la Cámara de la Provincia, presidida por el doctor José Félix Merizalde, la cual
recomendó a la gratitud pública a los ciudadanos que protegieran y fomentaran el
Colegio.
Por el mismo tiempo se estableció carnicería
pública, para el ganado vacuno, con vigilancia de la policía (decreto de la
Gobernación, de 12 de junio de 1832, en un espacioso ` local situado en la plazuela de la
Carnicería, después Plaza de la Libertad, hoy carrera 12, cuadra 7.
En 1832 se terminó y bendijo la nueva capilla de
Las Cruces, edificada en el extremo sur de la ciudad, la cual reemplazó a la ermita que
con el mismo nombre existió, desde 1665 hasta 1827, en otro sitio, como dijimos en la
página 91. Esta capilla, de pobre ornamentación, cuya fachada embellece la plaza de
Armas, antigua de Las Cruces, es viceparroquia del barrio de Santa Bárbara.
El Congreso de 1826, por la ley sobre enseñanza
pública, promovió el establecimiento de una Academia literaria nacional en esta capital,
con veintiuna sillas, que se llamó Academia Nacional de Colombia, asociación que por
causas complejas dejó dé reunirse apenas creada, sin producir fruto alguno. Ella fue
restaurada en 1832, tiempo en que se presagiaba .venturoso porvenir para el país, con el
nombre de Academia Nacional de la Nueva Granada, a fin de que fuese centro de luz
científica y literaria en la República; Hubo en anteriores tiempos los carnicerías en
la ciudad, llamadas. Grande y Chiquita, en el mismo sitio y a la extremidad occidental de
la calle 22. (Apunte manuscrito del doctor Ibáñez) que en verdad no llenó tal
corporación. La Academia eligió director, después de organizada, al doctor José Manuel
Restrepo; pero siendo sus miembros, casi en la totalidad, empleados públicos, no
concurrieron sino a pocas sesiones y dejaron morir aquel instituto destinado a establecer,
fomentar y propagar el conocimiento y perfección de las artes, de las letras, de las
ciencias naturales y exactas, de la moral, y de la política.
El Congreso se reunió el 5 de marzo, y nombró
Vicepresidente de la República a don Joaquín Mosquera para un. período de dos años.
Don Alejandro Vélez fue electo miembro del Consejo de Estado, por lo cual nombró el
Presidente, Secretario de lo Interior y Relaciones Exteriores a don Lino de Pombo,
benemérito servidor de la República.
Por una carta anónima que recibió el General
Santander, y, del 23 de julio de 1833, supo que en esa noche tendría lugar una
revolución, encabezada por el General español José Sardá, conocido por sus servicios a
la Independencia, antiguo y valeroso soldado del ejército con que invadió Napoleón I a
Rusia en 1812, y distinguido jefe del ejército patriota mejicano, donde se distinguió
por su valor y pericia, especialmente en la arrojada defensa del fuerte Soto de la Marina.
Sardá se alistó en el Ejército Libertador colombiano desde 1820, y prestó notables
servicios en la Casta Atlántica. Borrado de la lista militar por los sucesos de 1830, y
condenado a salir del país, logró no cumplir la última, pena y residir en Bogotá,
clandestinamente. Los oficiales Pedro Arjona y Manuel Anguiano, del primer escuadrón de
Húsares, como muchos otros desafectos al gobierno, se comprometieron con Sardá a
sublevar al escuadrón, que se hallaba acuartela do en la casa que forma el ángulo
suroeste del parque de Santander, y a unirse con él, con los licenciados de 1830 y fueron
miembros de la Academia los siguientes bogotanos; Jerónimo Torres, Estanislao Vergara,
Benedicto Domínguez (que habían pertenecido a la Academia de la Gran Colombia), José
Joaquín García y José M. Triana con muchos habitantes de la Sabana, enemigos del
gobierno quienes pretendían derrocar la administración ejecutiva Santander tomó prontas
y enérgicas medidas; rodeado d~ altos empleados militares, pasó al cuartel del Húsares,
e in: timó al oficial de la guardia, Teniente Pedro Arjona, qué entregase la espada al
Jefe Militar de la plaza, Coronel José Manuel Montoya, a quien debía seguir, en calidad
de preso.
Anguiano, hijo del benemérito Brigadier del mismo
apellido, fusilado por Morillo en Cartagena en 1816, viendo lo que ocurría, saltó a la
calle por una ventana y dio aviso de lo sucedido a Sardá y a sus amigos, que se hallaban
reunidos en la plaza de San Victorino, quienes resolvieron partir al instante al norte de
la República. Entretanto el Coronel Montoya conducía al Teniente Arjona por la calle
Real o del Comercio al cuartel de San Agustín. Llegados a la esquina de la calle de San
José, hoy 13, corrió Arjona por esta vía. Montoya le sigue con su espada en la mano, y
grita a los transeúntes: Atajen a ese faccioso, repitiendo el grito en todo el curso de
la carrera, en la que alcanzó a Arjona, casi hasta echarle mano. Arjona vuelve la cara y
le grita: "No me siga usted, Coronel Montoya, porque llevo una pistola y no puedo
prescindir de matarlo, si me alcanza." Montoya le replica: "Deténte o te paso
con la espada," y en efecto, lo hirió de dos puntazos. Arjona volvió a correr,
al ser otra vez alcanzado, viendo dos hombres parados en la esquina, temiendo que
los g ritos de Montoya los excitasen a detenerlo, y temiendo también a los transeúntes,
se vuelve, hace fuego, tiende muerto al valiente Coronel Montoya atravesándole el
corazón de un balazo, y hace huir con el tiro a los hombres cuya presencia temía y a los
transeúntes.
Santander, con admirable frialdad, se trasladó al
cuartel de San Agustín, allí nombró Jefe Militar de la, Provincia al General J. H.
I.ópez, envió a los Coroneles Posada y Joaquín Barriga, y luego al mismo General
López, a perseguir a los facciosos, y tomó otras medidas prudentes y acertadas para
evitar la revolución.
Otro suceso desgraciado ocurrió el 29 de julio.
Habiendo sospechas de que el Coronel Mariano París, miembro de una de las familias más
distinguidas de la capital, estaba comprometido en la conjuración, fu mandado aprehender
.por el Gobernador, doctor Rufino Cuervo, por decirse que insurreccionaba los pueblos de
Chipaque y Chaqueta. La escolta que marchó a perseguirlo la mandaba el oficial
antioqueño Manuel Calle. Aprehendido París entre los pueblos de Une y Chipaque, fue
traído hasta el sitio de la Fiscalía, a orillas del río Tunjuelo, 5 kilómetros al sur
de la ciudad, donde se detuvo la escolta en un ventorrillo. Allí fue herido de una manera
mortal por un soldado, y cuando ya estaba caído, fue villanamente asesinado por e!
oficial Calle, quien llevó desde entonces el terrible apodo de El Despenador. El cadáver
fue traído a la ciudad medió desnudo, atravesado sobre un mal caballo; espectáculo que
afligió a los habitantes de las calles principales de la ciudad.
Sardá y sus compañeros fueron aprehendidos en
los primeros días de agosto de 1833, y, conducidos a Bogotá, se les siguió juicio, de
acuerdo con la Ley de 3 de junio de ese año, que puede calificarse de bárbara. De los
procesados fueron condenados a pena capital 46, por sentencia del Tribunal de
Cundinamarca, dictada el 12 de octubre, firmada por los doctores Ezequiel Rojas, Vicente
Azuero y Domingo Ciprián Cuenca, Jueces que conocieron en esta sola causa, por estar
impedidos los propietarios, doctores Romualdo Liévano, Manuel A. de Castillo y Francisco
Morales. El Tribunal solicitó la gracia de conmutación para 36 reos; pero el Ejecutivo
no la concedió sino a 28, que fueron condenados a los presidios de Cartagena. En 1a noche
del 11 de octubre, que fue oscura y lluviosa, los presos que esperaban la notificación de
la sentencia de muerte, para entrar en la capilla de la cárcel grande, y que estaban
custodiados por el oficial Luciano Sojo, supieron con sorpresa que su jefe; el General
Sardá, quien ocupaba la prisión más segura y tenía centinela de vista y grillos,
había logrado fugarse. Hasta la prisión de éste sólo había llegado el canónigo
doctor Antonio Herrán, más tarde Arzobispo de Bogotá, confesor del reo, el cual,
auxiliado por el doctor Eladio Urisarri, abogado encargado de la defensa de Sardá, logró
burlar la vigilancia de Sojo, a favor de las sombras de la noche, y llegar a un huerto
separado de la prisión de Sardá por un muro. El preso, desgarrándose las manos, sin
instrumento alguno que le facilitase el trabajo de romper la pared que cerraba una antigua
ventana, logró descubrirla; y valiéndose de las mantas de la cama, descendió al huerto
adonde lo esperaban los brazos de sus amigos los doctores Herrán y Urisarri. La menor
contrariedad en aquella evasión abría par,: Sardá las puertas de la eternidad. Vendido
por la fatiga corporal, imposibilitado de caminar por los grillos, se colocó sobre la
espalda del señor Herrán, y al favor de la oscuridad ganó la inmediata calle (hoy calle
10), y condujo al reo hasta la casa de las señoras Castros, situada frente al Palacio
arzobispal. El secreto se guardó entre los interesados, haciendo inútiles las exquisitas
diligencias que dictó el Gobierno para aprehender al antiguo soldado de Napoleón, no
obstante haberse ofrecido, por medio de carteles, que se darían $ 1,000 al que denuncia a
el escondite de Sardá, y $ 2,000 al que lo aprehendiera y entregara a la justicia Tres
días después, en la mañana del 16 del mismo octubre, estando formadas las tropas en la
plaza de la Catedral, rodeando diez y siete banquillos levantados en la acera sur, frente
á la cárcel grande, se oyó tocar a muerto en todos los templos de la ciudad. Una
lúgubre procesión salió de la puerta del antiguo cuartel de milicias, inmediato a la
cárcel; la formaban los reos Ignacio Acero, Juan N. Escandón, Juan Arjona, Juan Ignacio
y Francisco Amaya, Lucas García, Francisco y Antonio Grillo, Alejo Rodríguez, Antonio
Ramírez, Antonio Nieto, Telmo Santos, José Sandoval, Matías Zúñiga, Agustín Yepes y
Juan N. Triana, y más de veinte sacerdotes que consolaban en aquella hora suprema a los
condenados. Publicado el bando de "pena de la vida al que apellide gracia,"
ritual del tiempo de la colonia; confesados los que iban a morir, y pasados los sacerdotes
a la espalda de la escolta, los crucifijos alzados, empezó ese clamoreo pavoroso de
"¡Jesús me ampare!" por un lado, y de "¡Jesús te ampare!" por el
otro, elevado al cielo por más de cuarenta bocas temblorosas, hasta que la detonación de
la descarga produjo un silencio repentino que hizo estremecer a todos: el sacrificiose
había consumado.
Manuel Anguiano y José Villamil, Tenientes del
Ejército y conspiradores, fueron aprehendidos en Casanare, juzgados y condenados a
muerte. A Villamil se le conmutó la pena de muerte; no así a Arguiano, que había sido
educado por Sardá. El hijo de uno de los mártires de Cartagena fue pasado por las armas
el 19 de diciembre de 1833, en la plaza principal de Bogotá.
La muerte de Anguiano fue para el General Sardá
un golpe que acabó de abrumarlo; y agriado el ánimo, dio más ensanche a sus planes de
reacción con más desconcierto y más culpabilidad que en la vez primera. Adoptando con
sus íntimos confidentes una cosa hoy y desechándola mañana, pasó algún tiempo en
proyectos intermitentes, que se traslucían o que se suponían sin traslucirse, los que
tenían en continua alarma al Gobierno.
Sardá se había trasladado (1834), con la mayor
reserva, a casa de doña Rosa Florido (situada en la carrera 4~, número 146, 40 metros al
sur de la torre de La Candelaria), y allí se ocupaba en sus locos proyectos y en escribir
sus Memorias (manuscrito que desgraciadamente se extravió). Lo visitaba con frecuencia el
abogado doctor Cleto Margallo, á la vez que su amigo agente de sus planes
revolucionarios. Ignórase hasta el presente, y probablemente siempre quedará velado por
el misterio, cómo tuvo relaciones Margallo con Ignacio Torrente, Teniente de artillería,
y Pedro Ortiz, Teniente del Batallón número 1°; pero la sana crítica ha apuesto que
estos oficiales le manifestarían estar descontentos del Gobierno y deseosos de ayudar a
una conspiración, con el fin de descubrir el paradero del General. Pudo suceder también
que Margallo, con imprevisión, y buscando adeptos en el ejército, confiase algo de los
planes y esperanzas de Sardá a los dos Tenientes; pero sea de ello lo que fuere, aunque
la primera suposición ha tenido más racional acogida, es lo cierto que esta conferencia
perdió al General Sardá . Incautamente convino Margallo en llevar los dos oficiales a
casa del conspirador Sardá; y al cumplir su impremeditada promesa y apartarse de la
puerta, para velar en la calle, un grupo numeroso de paisanos, en el cual reconoció
oficiales del Batallón l.°, salió del cercano atrio de La Candelaria y se colocó
frente a la casa. Entretanto los dos oficiales conversaban con Sardá; eomprometiéronse a
obtener nuevos amigos de la revolución en los cuarteles; ofreciéronle repetir sus
visitas y ser leales con él; y despidiéronse estrechándolo en sus brazos. Torrente
bajó la angosta escalera que conducía a la puerta de la calle, con el fin de abrirla y
dar entrada al pelotón, lo que hizo, mientras Pedro Ortiz volvía a acercarse a Sardá
diciéndole: General, había olvidado decirle una cosa ¿Qué es, CAPITÁN Ortiz? díjole
Sardá, acercándose al miserable, con semblante tranquilo y ademán amigable. Un tiro de
pistola, que rompió el pecho del General, fue la contestación. Sardá cayó al momento
mismo en que entrarían a su pieza los oficiales del pelotón, conducidos por Torrente,
quienes . presenciaron que seguían el suelo para que no penara.
Margallo había huido, herido en un hombro, y en
la humilde casa quedaba, al retirarse el pelotón momentos después, y con él Ortiz y
Torrente, el ensangrentado cadáver del General Sardá, cuya azarosa vida terminó
trágicamente dejando triste página en la historia y en muchas conciencias el
remordimiento. Sardá, que había salvado su vida en los fríos de Rusia, que destruyeron
el más brillante ejército de Napoleón; que salió ileso del fuerte Soto de Marina y de
las campañas de la Costa Atlántica de Colombia; que había escapado del patíbulo un
año antes y burlado en su retiro la severidad de la ley, luchando con el destino, murió
a manos de vulgar homicida en una de las más humildes casas de la ciudad, donde se quiso
cumplir una sentencia legal rompiendo todas las disposiciones criminalistas sobre
ejecución de reos.
Aunque el jefe de la conspiración del 23 de julio
cae 1833 estaba condenado al patíbulo, es evidente que no se le notificó la sentencia,
formalidad legal e indispensable; quizá hubiera apelado de ella, quizá el juicio
tendría alguna nulidad que hubiera podido hacer valer. Descubierto su escondite, rodeado
de fuerza, indefenso, pudo ser conducido a un cuartel o cárcel, tener los consuelos de su
religión y haber sido ejecutado en público y de día en vez de a mansalva, en su
habitación y de noche. No faltaba al Presidente el valor moral necesario para hacer
cumplir la ley, ¿porqué sucedieron así las cosas? ¡Misterio indescifrable! Estas
líneas no son alegato de acusación; no son tampoco una defensa; son relato de lo
sucedido en memorable noche del mes de octubre de 1834; el lector juzgará del hecho con
su criterio.
El cadáver del ex -General Sardá, vestido con
burdo hábito de orden monástica, piadosa costumbre por entonces muy en boga, fue
exhibido algunas horas, en la Plaza de Bolívar, como ejemplo de la suerte que cabría a
los amigos de turbar el orden público por medio de motines y conspiraciones. El pueblo,
silencioso, por el respeto que impone la muerte aun a los despreocupados, contempló los
despojos de aquel valiente soldado, que había servido en las milicias de España,
Francia, Méjico y Colombia; militar ilustrado y valeroso, que había terminado su carrera
a miles de leguas de su patria, tan trágica e inesperadamente. Puesto el cadáver en
pobre ataúd, de propiedad del convento de agustinos calzados, de uso común para los
pobres, y acompañado de numeroso cortejo de curiosos, entre los cuales se mezclaron con
temor sus pocos sinceros amigos, fue conducido al templo de San Agustín y depositado en
amplia fosa cavada a pocos metros de la entrada, a la derecha, al pie de la taza de piedra
que contiene agua bendita. Ni losa ni inscripción alguna marca aquella sepultura.
La historia enseña que la mayor parte de las
conspiraciones se frustran antes de estallar; y en 1833 y 1834, además de cumplirse esta
ley general, lo reducido del número de los conjurados hacía imposible que lograsen el
objeto que se proponían. En la causa quedaron comprometidos los Generales bogotanos José
Miguel Pey, quien fue candidato de los conspiradores para presidir el Gobierno, y
Francisco de Paula Vélez, que fueron absueltos, lo mismo que el General Francisco
Urdaneta, Coronel Francisco Vargas, el arquitecto Nicolás León, Venancio Afanador,
Francisco Zornosa, Marcelino Castro, Andrés Delgadillo, Gaspar Macías, Francisco Borda,
Joaquín Guzmán, Leonardo Guevara, Vicente Roche y Manuel Urdaneta, también sindicados
de conspiradores. José María Serna fue condenado a muerte y fusilado en Bogotá, y
Manuel Zambrano lo fue a presidio Tales fueron los desastrosos resultados de aquella
intentona de revolución.
Además de los autores citados, hemos consultado:
los Apuntamientos para las memorias sobre Colombia y la Nueva Granada, por el General
Santander; lo escrito, sobre esta conspiración, por don José Belver, y el periódico
oficial de la Gobernación de la Provincia de Bogotá.
En aquel tiempo se establecieron cátedras de
ciencia administrativa, de lengua inglesa, de dibujo y de música en el Colegio del
Rosario; se restableció la de economía política en el de San Bartolomé; en el de
niñas de La Merced hubo certámenes literarios, y en el de Ordenandos se dictaron
acertadas medidas para su régimen interior. Don José M. Triana, fundador en Bogotá de
los establecimientos de educación de carácter privado, hizo presentar a los alumnos de
su plantel, certámenes públicos, acto que tuvo lugar por vez primera en julio de 1832.
La Universidad del Centro, plantel en el cual se hacían estudios mayores, presentaba
también con frecuencia lucidos actos literarios No habían corrido tres lustros después
de obtenida la independencia, y ya en la capital era crecido el número de alumnos que
recibían instrucción en los cinco planteles mencionados.
El Jefe Político del Cantón de Bogotá, don
José Vargas, hizo quitar las ruinas del antiguo edificio del Cabildo que afeaban la
plaza, desde 1826, y los escombros que ocupaban el atrio de la Capilla del Sagrario, desde
182Ï; mejoró el acueducto público en las inmediaciones de la plazuela de Egipto, y
construyó fuentes públicas en el extremo oriental de la calle 10 y en el ángulo
noroeste del monasterio de San la Inés; hizo concluir el Puente Nuevo sobre el río San
Francisco, en la calle Florián (después reconstruido); reparó dos pequeños puentes que
daban entrada al atrio de San Diego, levantados por los frailes sobre un arroyo que
cruzaba la plaza del convento; hizo empedrar el extremo sur de la carrera 1, que terminaba
en la plaza de Las Cruces; y trazó en línea recta el camino de Tresesquinas, hoy ultima
calle al occidente del barrio de Santa Bárbara, o sea carrera 13.
A1 Congreso presentaron sus informes los
Secretarios del Despacho Ejecutivo, doctores Pombo y Soto, y General Antonio Obando, que
servía la Cartera de Guerra y Marina.
Daba lecciones de canto, piano, violín, guitarra
y flauta. La clase de dibujo y pintura la dirigía don Baldomero Cabrera. Eran a la sazón
Rector del Colegio el doctor J. M. Castillo y Rada, y Vicerrector, el doctor José Duque
Gómez.
En la sesión del 27 de marzo, :después de sus
escrutinios, declaró el congreso electo Arzobispo de Bogotá. al Canónigo doctoral y
Provisor de Obispado de Popayán, doctor Manuel José Mosquera. De acuerdo con la ley de
patronato fue presentado a Su Santidad por el Poder Ejecutivo, y bien pronto preconizado.
El Congreso dispuso en 1833 que las armas y
pabellón nacionales fueran distintos a los de la Gran Colombia, y que el país se llamase
República de la Nueva Granada, disposición que sancionó la definitiva separación de
Venezuela y del Ecuador. El i de agosto, aniversario de la batalla de Boyacá, se bendijo
y estrenó la bandera granadina.
Desde febrero de 1832 se había fundado en Bogotá
la Sociedad de Industria bogotana, formada por los señores Rufino Cuervo, Luis María
Montoya, Rafael Alvarez, José M. Chaves, José de J. Oramas, Angel M. Chaves, Joaquín
Acosta y José M. Alvarez, con el objeto de montar una fábrica de loza fina. Don Joaquín
Acosta se trasladó a Europa con el fin de conseguir los útiles necesarios que pronto
llegaron a Bogotá, a la vez que dos ingleses de apellido Peak, y otros obreros hábiles
en trabajos de alfarería, enviados por el Coronel Acosta para que trabajasen en la
fábrica. Esta se empezó a construir al oriente del barrio de Santa Bárbara (en el sitio
en que los jesuitas expulsados por Carlos III tuvieron una alfarería, hoy extremo
oriental de la calle 5, y ya casi terminado el edificio, se incendió en la noche del 22
de julio de . 1834, lo que aumentó las dificultades para la organización de la
incipiente industria y los gastos de los socios. Nuevos esfuerzos dieron al fin resultado,
y el arte cerámico, perfeccionado por Pallissy, tuvo cultivadores en la ciudad, aunque
sin provecho pecuniario para lo: propietario, de la fábrica.
También en aquella época se establecieron en
Bogotá otras empresas industriales: en la calle que une la plaza de Torres, antigua de La
Capuchina, con la Alameda, se montó fábrica de vidrio en 1841; industria que no se
aclimató, y la empresa tuvo mas éxito; don Benedictino Domínguez, asociado con otras
personas, estableció fábrica de papel en la carrera 1 (calle a espaldas de Las Aguas).
Esfuerzo tan laudable no dio desgraciadamente, y como era de esperarse, buenos resultados.
El señor Domínguez viose pronto obligado a paralizar los trabajos; y al referir las
múltiples causas que habían influido para obligarlo a cerrar la fábrica, decía: Perdí
25,000, casi lo único que poseía, por querer hacer papel. Los señores don Alejandro
Osorio, don Cayetano Navarro y don Ramón Tamayo, montaron fábrica de tejidos de lana, y
más afortunados, vieron subsistir y progresar aquel establecimiento industrial.