1819 - Huyen los militares - Explosión en el
Aserrío - La buena nueva - La ciudad abandonada - Enhorabuenas - El benemérito Gonzalón
- Los milicianos - Hermógenes Maza - Otros patriotas - Encuentro en San Diego. Patriotas
en el camino del Norte - La noche del día 9 en Santafé-Escaramuza en San Victorino-La
mañana del día 10-Felicitaciones--El Libertador organiza fuerzas-Anzoátegui tras el
Virrey-Plaza tras deCalzada-Un Cabildo abierto-Gobierno provisional-Apoteosis del
Libertador-Alegrías de una capital-Las viudas y huérfanas-Los primeros abrazos
femeniles-Echeverría elocuente-Los campesinos-Banquete a Bolívar-Los artesanos-Un
cadáver-Maza castiga-Servicios de este prócer-El realista Plá en Monserrate-Sus
campañas-Rincón de los Toros-Plá prisionero-El baile del triunfo-El ambigú de
Echeverría-Morillo en esos días-La Patria en Zipaquirá, Facatativá y La Mesa-Fuga del
doctor Vicente Azuero-Los libertadores en Honda. Partidas de vencidos-Setenta y cinco
días de campaña-Santander vencedor-Llega la infantería-Los prisioneros-La Casa de
Moneda. Don Lubín Zalamea-Retirada de Calzada-El Coronel de Caicedo. Combate con
Fominaya-La juventud patriota-Oficiales bogotanos. Oficiales de provincias-Sámano en
Nare-Su correspondencia-Bolívar en misa-La Gaceta de Santafé-Constitución de
Venezuela-Córdoba y Maza en campaña-Documento inédito-La firma del vencedor-Víctimas
en Guarumo-Bolívar organizador-Sale Joaquín París-Gobernadores-Justos ascensos-Exequias
fúnebres-Proclama de Bolívar-Sámano en Turbaco-Gobernadores realistas dispersos-El del
Chocó fusilado-Cuarteles en Bogotá-Combate en Guanábano-Muerte dei Gobernador
Domínguez-La primera Corte de Justicia-Magistrados y Fiscales-Título vano-Proclama de
Bolívar-Canje de prisioneros. Asamblea popular-Honores a los vencedores-Santander
Vicepresidente-Donaciones que recibe-El Jefe Supremo-Se suprime el nombre de
Santafé-Nombre del país-Monarcas españoles-Los que rigieron las colonias.
1819. Doscientos ochenta y un años duró la
dominación española en el Virreinato de la Nueva Granada. El 6 de agosto de 1538 el
conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada establecía en Santafé de Bogotá la autoridad
de Carlos v, y el N de agosto de 1819 no quedaba en la misma ciudad de aquel inmenso poder
sino el polvo levantado por los que iban huyendo.
Los militares Sebastián de la Calzada y su
segundo Basilio García huyeron también de Bogotá en la mañana del día 9, dejando
solitarios los cuarteles, a la cabeza de los soldados del Batallón Aragón. A ellos se
unieron el. Teniente Coronel don Nicolás López, quien escapó del campo de Boyacá con
trescientos soldados y doscientos jinetes. Calzada llevó en sus filas algunos presos
republicanos. Tomaron la vía de Popayán por el camino de La Mesa. Entretanto en Bogotá
se veían las calles solas y silenciosas en la mañana del día 9. Cincuenta años atrás,
en 1768, había hecho construir el Virrey Pedro Mesía de la Zerda una fábrica de
pólvora al sur de la ciudad, en la vertiente de una colina, edificio que se llamó desde
entonces EL Aserrío, donde tenía el Gobierno español considerable depósito de
pólvora. El lunes 9, a las siete de la mañana, un estruendo aterrador sorprendió a los
alarmados habitantes, y una nube negra se levantó en la atmósfera; conmoviéronse los
edificios y saltaron en pedazos las vidrieras de todas las ventanas de la ciudad. Entonces
se supo que Calzada había ordenado volar el almacén de El Aserrzo para evitar que los
patriotas aprovecharan ese valioso elemento de guerra.
Sorprendidos los republicanos con tan grata
noticia, dejaron los escondites en que habitaban y pasaron a las casas de los amigos para
congratularse y para buscar medios de cooperar al triunfo.
La ciudad quedó sin autoridad, y merodeadores
visitaron los almacenes y las casas abandonadas, pescando indebidamente en el río
revuelto. Estaba pues Bogotá absolutamente abandonada de toda guarnición. El
Ayuntamiento quedó sin personal. En las casas de los insurgentes todo era plácemes y
enhorabuenas; todo entusiasmo y regocijo; ellos se esponjaban y engreían al considerar
que el terruño estaba libre, y las mujeres y los niños, hincados ante el altar del
oratorio, bendecían a la Providencia. Entonces surgió un bogotano benemérito, el
Coronel Francisco Javier González, alias Gonzalo, viejo soldado de Nariño y hombre de
gran caudal y muy popular entre los santafereños. El, oyendo acertado consejo del doctor
Miguel Tobar, organizó una fuerza para conservar el orden e impedir los desmanes de los
ladrones y que las partidas de derrotados entraran en la ciudad, objetos que logró.
También consiguió el Coronel de milicias
custodiar la Casa de Moneda, donde existía rica caja, y el Palacio virreinal .
El militar Hermógelies Maza, de reconocido valor,
evadía la persecución pacificadora oculto en una casita del barrio de Egipto, hoy calle
10. Acababa de acontecer la explosión de ~'l Aserrío cuando Maza llamaba a la puerta de
otro Oficial distinguido, el Alférez José María Espinosa, y unidos con otros patriotas
tomaron armas del cuartel abandonado en la vieja plaza de San Francisco, recorrieron
varias calles de la ciudad, y en las cercanías de' entonces aislado convento de San Diego
dispersaron una partida de españoles, y Maza persiguió a los derrotados y mató a varios
con la bayoneta de su fusil .
El militar José María Ortega, unido al patriota
José María Serna, tomaron el camino del Norte y desarmaron a muchos dispersos que se
dirigían a Bogotá; ellos encontraron cerca de la hacienda de Fusca una partida de
caballería comandada por el Coronel venezolano Leonardo Infante. Creyeron que era
enemiga, por vestir el Jefe y los jinetes uniforme español, y desengañados le informaron
a Infante la emigración de los peninsulares y la necesidad de perseguir con actividad a
los que huían.
La noche del día 9 se pasó en Bogotá en la
mayor inquietud. En el barrio de San Victorino hubo disparos de fusil hechos por una
partida de españoles comandada por el Oficial Víctor Sierra, que Llegó con su tropa de
a caballo en actitud hostil; los milicianos organizados por Gonzalo lograron dispersar esa
partida, que se retiró desorganizada. José María Ortega desempeñaba esa noche el cargo
de Jefe de Día, y con grupos de ciudadanos armados velaba por la seguridad de la ciudad.
En la mañana del día siguiente todos los
patriotas, grandes y pequeños, estaban en traje de calle después de despachar el
indispensable chocolate de aquellos tiempos. En las vías públicas se veían grupos que,
llenos de alborozo y de satisfacción indescriptible, se daban enhorabuenas, y los
formaban la parte más culta y acomodada de la sociedad santafereña. En ellos figuraban
militares de alta graduación y subalternos, ricos propietarios, honorables comerciantes,
abogados y médicos, que se mezclaban con la clase media del vecindario, todos confundidos
en un inmenso y profundo sentimiento de patriótica satisfacción Usaban naturalmente del
derecho de reunirse para expresar su contento, cambiar ideas y robustecer sus esperanzas,
y todos se disponían a defenderlas llegado el caso de que se vieran de nuevo atacadas.
El ciudadano González dejó sus milicianos para
escribir un oficio al General Bolívar. Este, con acierto y actividad, ya había enviado
algunos cuadros de Oficiales para formar Cuerpos en Tunja, en el Socorro y en Pamplona.
Desde el Puente del Común ordenó al General Anzoátegui que siguiera por Chía y húnza
a Facatativá con dirección a Honda tras el Virrey. El Coronel Ambrosio Plaza picó la
retaguardia de Calzada por el camino del Sur, que entonces se Ilamará de Neiva.
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Cabildo
Colonial
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A mediodía se reunieron en la Sala del Cabildo
algunos padres de familia, superiores de comunidades religiosas y sujetos de distinción,
con el objeto de formar un Gobierno provisional. Pronto estuvieron de acuerdo esos
patriotas, y por bando se hizo saber al público que don José Tiburcio Echeverría había
sido nombrado Jefe político; que habían sido elegidos Alcaldes de primer voto los
ciudadanos Alejandro Osorio y Juan N. Contreras, abogados de probidad y luces; que se
había creado un Tribunal de Justicia, formado por don Ignacio Herrera y don Manuel
Camacho y (Quesada, y que habían sido reconocidos como Comandantes de armas los militares
Francisco Javier González y Pedro José Mares, venezolano, antiguo soldado de los
ejércitos de la primera República.
Ese Cabildo extraordinario nombró delegados para
informar al Libertador de lo que ocurría en Bogotá, al doctor Estanislao Vergara, que
vistió el uniforme de soldado del Rey, y a don José María Hinestrosa, Secretario del
Cuerpo Legislativo, que firmó el acta de independencia absoluta en 1813.
En la tarde del 10 de agosto, bajo una lluvia de
flores y en medio de indecible entusiasmo, entró el Libertador a Bogotá. Demostraciones
de inmenso reconocimiento le hacían a porfía las viudas, los huérfanos y los padres de
los patriotas fusilados en tres largos años de terror, tributo sincero de un pueblo
agradecido. Bolívar, profundamente conmovido, se desmontó en el Palacio de los Virreyes.
El historiador Groot, apartándose de la relación del General Ortega, ya citado, afirma
que el Coronel Infante con el Escuadrón Gutas acompañó al General Anzoátegui; es
decir, que no llegó a la capital. La hacienda de Fusca está ubicada a veinte kilómetros
al norte de la ciudad, a orillas del camino real que va a Zipaquirá, y dista diez
kilómetros del Puente del Común donde encontró atún caliente el sillón del
sanguinario Sámano.
Fue indecible el entusiasmo que se apoderó de
todos los habitantes de la ciudad al ver al Libertador. El mismo júbilo hacía derramar
lágrimas, y todos, hombres, mujeres, viejos y niños, corrían a abrazarlo, a echarse a
sus pies sin saber cómo manifestar su reconocimiento. El Libertador, con aquella alma tan
grande y con su habitual elocuencia, a todos contestaba, a todos atendía lleno de ternura
y profundamente conmovido con aquellas demostraciones de amor y reconocimiento, que
explicaban muy bien los largos sufrimientos y profunda pena de que acababan de salir los
espíritus, como por encanto.
Los balcones se adornaron con banderas tricolores,
con cortinas y flores; se hicieron descargas de artillería, se quemaron cohetes y se
gritaba por todas partes: ˇViva el Libertador! ˇViva el héroe de la América libre!.Las
viudas de los patriotas abandonaron los vestidos de luto para lucir los de gala, como
tributo y ofrenda a sus libertadores. La señora Genoveva Ricaurte, viuda de París y
madre de distinguidos Oficiales, y la señorita Dolores Vargas París, huérfana del
mártir Ignacio Vargas, el ahorcado por orden de Murillo, fueron las primeras damas que
abrazaron a Bolívar en la sala del Ayuntamiento colonial. Allí el Jefe Político
Echeverría hizo una corta y enérgica arenga, a la cual respondió el Libertador: ˇYo os
veo libres, y mi gloria ha llegado a su colmo! ˇNo quiero diputaciones, arcos, nada,
nada; me basta vuestra libertado .
Antes no se vio en Bogotá glorificación más
excelsa. Bolívar, mil veces cubierto de flores, pasaba bajo arcos triunfales, banderas de
alegría y coronas de gloria. Habitantes de los campos llegaban a bendecir al Libertador.
Al oscurecer, Bolívar se trasladó a la casa de la señora Ricaurte, viuda de París,
situada en la antigua plaza de San Victorino, ahora de Nariño, donde le tenían preparada
suntuosa comida. Un médico patriota, el payanés Manuel María Quijano, nos dice que fue
a conocerle allí, y que en la misma noche se trasladó el Libertador al Palacio de los
Virreyes, donde le hicieron guardia los artesanos de la ciudad organizados por el Coronel
González. Un testigo de distinguida familia colombiana, don Juan Pablo
Carrasquilla, decía :
Yo estuve presente cuando llegó el Libertador a
Palacio. Se desmontó con agilidad y subió con rapidez la escalera. Su memoria era
felicísima, pues saludaba por su nombre y apellido a todas las personas a quienes había
conocido en 1814. Sus movimientos eran airosos y desembarazados. Vestía casaca de paño
negro, de las llamadas cola de pajarito, calzón de cambrún blanco, botas de caballería,
corbatín de cuero y morrión de lo mismo. Tenía la piel tostada por el sol de los
Llanos, la cabeza bien modelada y poblada de cabellos negros, ensortijados. Los ojos
negros, penetrantes, y de una movilidad eléctrica. Sus preguntas y respuestas eran
rápidas, concisas, claras y lógicas.
En los momentos en que llegaba Bolívar a la
capital se separaron de su comitiva varios militares, los que encontraron un ,cadáver
cerca de la iglesia del Hospicio, el del señor Manuel Vanegas, a quien mató un negro de
los realistas que hacía fuego por las calles. Hermógenes Maza y el Alférez Espinosa
también dejaron la comitiva, y al llegar frente a la iglesia de la Veracruz vio el
temible Maza al realista venezolano Simón Brito, quien lo había ultrajada cuando estuvo
preso en Caracas, ~y apuntándole con el fusil le dice:
-Diga usted ˇviva la Patria!
El pobre prisionero obedeció la intimación; pero
no pudo concluir la frase porque, soltándole Maza el tiro, lo dejó en el sitio.
Maza pertenecía a distinguida familia de Bogotá,
había hecho estudios en el Colegio. del Rosario, y servía a la República desde el 20 de
julio de 1810. Su hermano carnal Vicente había muerto al lado de Nariño en el Ejido de
Pasto. Herroógenes hizo la campaña de la Costa Atlántica y las de Venezuela en tiempo
de la guerra a muerte. Bolívar lo nombró Gobernador de Caracas, y después de los
desastres de La Puerta y Urica, fue hecho prisionero, y se le condenó a muerte en
Caracas. Con audacia rompió sus prisiones, desarmó a los centinelas y escapó; después
de mil penalidades llegó a Bogotá, donde se ocultó.
Por la noche el Teniente Coronel español Antonio
Pla ocupó la altura de Monserrate, que domina, la ciudad por el Oriente. Cuando Morillo
llegó a Bogotá, el Capitán Antonio Pla, a órdenes de Julián Báver, subió el río
Atrato y ocupó las regiones del Chocó y venció a los republicanos en el puerto de
Búenaventura. En las campañas de Venezuela era segundo del americano Rafael López, y
los dos dieron la sorpresa de Rincón de los Toros, en abril de 1818.
Entonces el ciudadano D. Durán daba vivas a la
Patria en Zipaquirá; el patriota Blas Torres, rodeado del pueblo de Facatativá,
tributaba honores al Ejército libertador, y el Oficial José Hilario López proclamaba
ˇviva la Patria! en la ciudad de La Mesa, porque la señora Micaela Olaya, llena de
alegría, le había comunicado que don Clemente Alguacil y demás peninsulares tomaban
bestias a toda prisa para emigrar. A esa ciudad había llegado Calzada con el Batallón
Aragón y con los presos, a quienes encerró en la cárcel. Uno de ellos, el doctor
Vicente Azuero, con el auxilio del Oficial López, logró burlar la vigilancia del
centinela y escaparse. El Capitán español N. Estupiñán, que mandaba la guardia cuando
advirtió la fuga del doctor Azuero, mató al soldado que estaba de centinela .
El Escuadrón Guías, que comandaba el Coronel
Leonardo Infante, avanzó hasta las playas de Honda obedeciendo a órdenes del General
Anzoátegui, en la esperanza de alcanzar en la ciudad a los emigrados, y especialmente al
Virrey Sámano, y no encontrando barquetas en el río por haberlas llevado todas los que
huían, los llaneros se lanzaron al agua y pasaron el Magdalena un poco arriba del Salto,
como que estaban acostumbrados a cruzar las corrientes de los ríos Apure, Arauca y
Orinoco. Los Guías ocuparon la ciudad, en donde no hallaron ningún emigrado, pues todos
habían salido aguas abajo el día anterior.
Otras partidas de derrotados en Boyacá, entre
ellas la de Francisco González, que huyó al principio de la batalla, se fueron
fraccionando o cayendo en poder de los patriotas; la que estaba a órdenes del Comandante
Castillo se retiró de Cáqueza y buscó las orillas del río Magdalena con el fin de
unirse a la fuerza que comandaba Calzada.
A los setenta y cinco días de marcha desde el
pueblo de Mantecal, en la Provincia de Barinas, entró Su Excelencia. en la capital del
Nuevo Reino, habiendo superado trabajos y dificultades mayores que las que se previeran al
resolver esta grande operación, y habiendo destruido un ejército tres veces más fuerte
que el que invadía. Puede decirse que la libertad de la Nueva Granada ha asegurado de un
modo infalible la de toda la América del Sur.
El mismo día llegó el General Francisco de P.
Santander, rodeado del Coronel fray Ignacio Mariño y de un grupo de caballería a las
goteras de la ciudad por el camino del Norte. Con intenso placer recordaría este caudillo
que el 4 de mayo de 1816 había recorrido la misma senda, la antigua Alameda, entonces
lugar despoblado, y la Calle Honda, hoy carrera 13, acompañando al General Manuel Serviez
y perseguidos por la vanguardia del Ejército expedicionario. Ahora, después de treinta y
nueve meses de campañas y vicisitudes, hacía el camino con los laureles del triunfo.
Felicitaban a Santander en la antigua plaza de San
Diego y lo cubrían de coronas y de flores sus parientes. amigos, con militones, soldados
y el pueblo entero. En medio de ese grupo pintoresco se veía un hombre gallardo, como de
treinta años, con lucido uniformo militar, el que con gran desembarazo a todos atendía
en tan simpática ovación. También cruzó en esta vez la vieja Alameda, pasó el antiguo
puente de San Victorino, y recorrió la calle de San Juan de Dios, cuyas puertas y
balcones estaban engalana dos, para caer en Palacio en brazos del Libertador.
Las tropas de infantería llegaron a Bogotá el
día 12. Los Batallones Cazadores de tan guardia y Rifles tenían a su cabeza la banda
militar y recorrían las calles en medio de aclamaciones continuas y manifestaciones de
alegría. Esos Batallones conducían a los prisioneros de Boyacá, cuya primera pareja la
componían los Coroneles José María Barreiro y Francisco Jiménez; todos fueron llevados
al edificio de las Aulas, situado en la calle del mismo nombre, más tarde Biblioteca
Nacional.
Los orgullosos expedicionarios, que pocos días
antes se complacían en vejar y afligir a los habitantes de Santafé, se vieron ese día
cubiertos de confusión, bien desengañados de que los americanos no eran manadas de
carneros de que podían disponer a su gusto, y de que la justicia divina había puesto
punto a sus maldades .
Pero el pueblo de la ciudad fue noble, y aunque en
las calles por donde transitaron los presos estaban los padres, las viudas y los
huérfanos de las víctimas de la reconquista, no fueron insultados los vencidos.
El Libertador comunicaba en esos momentos a don
Francisco Antonio Zea, Vicepresidente de la República: A pesar de la devastación general
que ha sufrido este Reino, la República puede contar con un millón de pesos en
metálico, fuera de las cuantiosas sumas que producirán las propiedades de los opresores
y malconíentos fugitivos. Y es de anotarse que el santafereño don Lubín Zalamea, que
desempeñaba un destino subalterno en la Casa de Moneda, se presentó al General Santander
para anunciarle que en su habitación, en la calle de la Fatiga, había logrado ocultar,
en las horas en que la ciudad había estado sin autoridades, una considerable suma en
dinero, que ponía a disposición de los vencedores. Santander tendió la mano al viejo de
capa azul y calzado de gamuza: Usted es además de un buen patriota, un hombre de
exquisita probidad.
El Coronel Ambrosio Plaza, aunque siguió
rápidamente en persecución de Calzada, llegó a las orillas del río Magdalena en el
paso de Flandes, al frente de la hoy próspera ciudad de Girardot, cuando los españoles
cruzaban ya el río Saldaña. En la hacienda del mismo nombre, hogar y propiedad del
Coronel Domingo Caicedo, levantó este preclaro patriota a los habitantes de Purificación
y del Guamo, y con ellos rindió una fuerte partida de soldados realistas que comandaba el
ex-Gobernador del Socorro, don Antonio Hominaya, y evitó los desmanes que cometían en
esas comarcas los derrotados en Boyacá.
En la capital el entusiasmo de los jóvenes era
grande, y todos pedían puesto en los Cuerpos que se organizaban para salir de campaña
contra los españoles y expulsarlos de las Provincias que conservaban en Nueva Granada y
en el territorio de Venezuela. Y este amor a la libertad no se limitaba a Santafé, sino
que se extendía a todas las ciudades y poblados, porque las familias querían vengar a
los mártires de la República y las afrentas y humillaciones que habían sufrido Cinco
jóvenes hijos de Bogotá se ciñeron entonces la bayoneta, y todos ellos estaban
predestinados para lucir las estrellas de Generales de Colombia; allí empezaron sus
voluntarios servicios Rafael Mendoza, Joaquín Barriga, José Acevedo, Camilo Mendoza y
Francisco Valerio Barriga. También formaron en esas filas para ascender al grado militar
más elevado, Juan Arciniegas, de Neiva; Ramón Espina, de Honda; Rafael Peña, de
Zipaquirá; Ramón Acevedo y Marcelo Buitrago, de Tunja; y Rudesindo Ribero.
Ese día llegaba don Juan Sámano con parte de la
emigración a Nare, y desde allí les escribía a don Melchor Aimerich, Presidente y
Comandante General de Quito, y al realista don Pedro Domínguez, Gobernador de Popayán,
contándoles sus desgracias, su precipitada huida y denigraba las condiciones militares de
José María Barreiro. Todavía soñaba Sámano, y así lo confiaba a sus amigos, en que
combatiría a Bolívar, porque si éste seguía por la vía de Popayán Sámano tornaría
a Santafé, y si el Libertador permanecía en la capital el Virrey, pasaría por la
Provincia de Antioquia, reorganizaría sus huestes y acometería a los vencedores en la
propia capital, adonde creía que el señor Morillo no dejaría de acudir, pues ya le
había escrito por Ocaña con un chasqui . Y ese domingo 15 de agosto, Bolívar y sus
tenientes, oían cantar misa y Tedéum en la Capilla del Sagrario, solemnidad a que
asistieron el Cabildo, los empleados públicos, las comunidades religiosas y los Oficiales
del Ejército. Cuando salieron de la misa leyeron el primer número de la Gaceta de la
ciudad de Santafé, periódico oficial, en cuya cabeza se leía este lema: Libertad o
muerte. En la primeras líneas consagradas a las glorias del Ejército libertador, se
leía :
La libertad, hija del cielo, ha vuelto a descender
sobre el territorio de la Nueva Granada. El Ejército libertador, conducido por el ilustre
Presidente de la República de Venezuela, apareció en la Provincia de Tunja, y después
de tres gloriosos combates, en que hizo desaparecer a los opresores del país, entró
triunfante en esta capital.
Mientras ocurrían estos acontecimientos, por
curioso sincronismo el Congreso de Angostura concluía y firmaba la Constitución de
Venezuela bajo forma republicana el mismo día 15 de agosto.
El Teniente Coronel José María Córdoba,
brillante figura militar de la epopeya magna, emprendía ese día la hermosa campaña que
dio libertad a las montañas de Antioquia y a comarcas del Bajo Magdalena. En el camino de
Honda apresó algunos fugitivos españoles que iban bien armados, y en veinticuatro horas
llegó a la ciudad de Honda. También marchó el Teniente Coronel Hermógenes Maza como
Jefe de la columna que debía liberar los pueblos del Magdalena, y en Honda, antes de
embarcarse para bajar el río, hizo fusilar a varios españoles. En aquel puerto
fluvial tenía el mando militar el Coronel José María Mantilla, como Gobernador de la
Provincia de Mariquita.
Copiamos un documento hasta ahora inédito,
escrito en papel florete español, para dar cuenta de la forma oficial que usaron los
libertadores. En tipos de imprenta se lee:
Cuartel General de Santafé- A 16 de agosto de
1819
SIMÓN BOLÍVAR, Presidente de la República,
Capitán General de los Ejércitos de Venezuela y de la Nueva Granada, etc., etc., etc.
A los Ministros del tesoro público:
Acabo de prevenir a la casa de moneda traslade a
ese Tesoro con las formalidades de estilo, toda la moneda llamada vulgarmente la india,
que existe en ella, para ocurrir a las urgencias del Estado.
Dios guíe. a "VVs. ms. as".
BOLIVAR
Aún falta un estudio grafológico de las firmas
del Libertador, en las cuales sin duda se encuentran rastros de las distintas épocas de
fortuna y de desgracia que atravesó. La firma del Libertador en agosto de 1819, como la
de Napoleón después de Austerlitz, se lanza a lo alto como un grito de victoria.
El día 16 de agosto llegó una partida de 266
soldados españoles, comandada por don Juan Loño, el Gobernador de Tunja, a Guarumo en
las orillas del Magdalena, no lejos de Honda, adonde encontraron un destacamento patriota
de 25 hombres que pasaron a cuchillo, les quitaron cinco canoas, y en ellas y en algunas
balsas se echaron al río y bajaron con mucho peligro a Mompós.
A1 día siguiente expidió el Libertador el primer
acto gubernativo, o sea un reglamento provisorio para los Gobernadores y Comandantes
Generales de las Provincias libres donde actuaban un Gobernador militar y otro civil
llamado político, que tenían distintas atribuciones .También reglamentó el Libertador
los caudales de secuestros y organizó las causas sobre reclamación por herederos
forzosos; conservó el gobierno Municipal y el sistema de rentas públicas como estaban
establecidos por las leyes españolas.
EL Batallón Cazadores de vanguardia, al comando
de Joaquín París, siguió para Popayán persiguiendo las fuerzas de Calzada, con la
misión de recoger desertores y cansados de las tropas del Rey. El Teniente Coronel Pedro
Antonio García fue destinado a la Provincia de Neiva, con el objeto de que formara un
batallón con ese nombre, que después con el de hargas de la Guardia combatió en
Ayacucho. Un jurisconsulto notable, don Diego Fernando Gómez, fue designado como
Gobernador de la Provincia del Socorro, y un benemérito militar, Pedro Fortoul, tuvo
igual cargo en la Provincia de Pamplona.
El Libertador, por un acto de justicia, ascendió
el día 21 de agosto a Generales de División a sus compañeros en el triunfo de Boyacá,
José Antonio Anzoátegui y Francisco de Paula Santander.
Tres días después se verificaron en la iglesia
Catedral, inconclusa, solemnes servicios fúnebres en memoria de los mártires
sacrificados en los patíbulos y de los militares muertos en la campaña. El túmulo y los
adornos fúnebres se habían preparado por orden del Virrey Sámano para honrar la memoria
de la Reina Isabel de Braganza, y anota el historiador José Manuel Groot que hasta la
Reina difunta participó de la derrota de Boyacá.. Celebró la misa el Gobernador del
Arzobispado, Canónigo Francisco Javier Guerra, y el fraile agustino Luis Fajardo,
colombiano, dijo la oración fúnebre. Numerosa concurrencia oficial y todo el pueblo,
presididos por el Libertador, asistieron a esos tristes actos. Fueron a la iglesia las
viudas, los huérfanos, los hermanos y padres de tantas víctimas ilustres, y derramaron
lágrimas cuando oyeron los nombres de tan preclaros patriotas, honrados por los labios
del Padre Fajardo.
El día 26 circuló una proclama del Libertador,
nueva y brillante página de la historia de la independencia americana. Decía a los
soldados:
Desde los mares que inunda el Orinoco hasta los
Andes, fuentes del Magdalena, habéis arrancado catorce Provincias a legiones de tiranos
enviados de Europa, a legiones de bandidos que infestaban la América; ya estas legiones
destruidas por vuestras armas, preceden el carro de vuestras victorias.
Soldados: vosotros no erais doscientos cuando
empezasteis esta asombrosa campaña; ahora, que sois muchos millares, la América entera
es teatro demasiado pequeño para vuestro valor.
Y a la vez que leían los bogotanos la proclama
del Libertador, el ex-Virrey Sámano llegaba a Turbaco, dejando quinientos emigrados en
Mompós, y buscaba ropa blanca para seguir a Cartagena en forma decorosa. El comerciante
español don José González Llorente, que fue causa para que estallara la revolución de
julio de 1810 en Bogotá, fue de Turbaco a Cartagena para llevarle al Virrey los objetos
que necesitaba. Otros tenientes de Sámano también habían emprendido la huida; don José
Bauzá, Gobernador de Pamplona, se había refugiado en los valles de Cúcuta; el
Gobernador de Antioquia, don Carlos Tolrá, emprendía marcha para Zaragoza, límite
septentrional de la Provincia, acompañado de todos los realistas y de unos pocos
soldados. Tras de Tolrá iba el doctor Faustino Martínez, el temido asesor de don Pablo
Morillo, y el Gobernador del Chocó, don Juan Aguirre, se retiraba sin hacer resistencia
para buscar amparo en Cartagena, pero en las bocas del río Atrato fue aprehendido y
fusilado por los patriotas .
Don Lucas González, el matador de Antonia Santos,
también se refugió en Cúcuta cuando el General Carlos Soublette llegaba a Tunja el
último día de agosto de 1819.
El Gobierno republicano se preocupaba por alojar
los soldados con comodidad e higiene en la capital. El Coronel Francisco Javier González
gastaba parte de su caudal para arreglar sobre los escombros del primer Palacio virreinal
un cuartel de milicias; en ese sitio, donde hoy se levanta el ángulo noreste del
Capitolio nacional, existían dos construcciones de mezquino aspecto: el cuartel de
milicias y una chichería. A1 frente, en el costado norte de la plaza, aún se conservaba
el edificio que destinaron los Virreyes para alojamiento de los Alabarderos, y que fue
prisión de Nariño en 1794. En la antigua plaza de San Francisco existía el caserón que
hizo construir el Virrey Solís, que se extendía hasta el puente de San Francisco. En la
calle de la Arnaería, hoy carrera 8~, haciendo frente a la plazuela del Parque que ya
mencionamos, existía otro cuartel; y por último, en el frente occidental de le plaza de
San Agustín se levantaba el cuartel de Artillería, que antes fue colegio de los frailes
agustinos.
El Coronel don Pedro Domínguez, americano,
desempeñaba por entonces la Gobernación de Popayán. Los patriotas, refugiados en las
montañas del Cauca desde 1816, se alzaron ahora capitaneados por el Teniente Coronel Juan
María Alvarez, y en el sitio de Guanábano encontraron el 2 de septiembre al Gobernador
Domínguez a la cabeza de 80 realistas que regresaban del valle a Popayán. Estos fueron
atacados cerca de Caloto por 400 republicanos, y todos los realistas perecieron, incluso
el santafereño Domínguez,
hombre humano, que no había tiranizado a los
patriotas en su Gobernación .
El Libertador estableció en Bogotá una Alta
corte de Justicia que hiciera, como la extinguida Audiencia, de Supremo Tribunal de
Apelaciones para todas las Provincias libres. Tres Magistrados integérrimos la
compusieron. Fue su Presidente don Ignacio Herrera, el ardiente patriota a quien Morillo
llevó a las prisiones de Puerto Cabello, y Magistrados don Nicolás Ballén de Guzmán,
antiguo Secretario de Gobierno, que había vivido en las montañas oculto durante tres
años, y don Antonio Viana, que fue Presidente en el Estado de Mariquita durante la
primera República. El doctor Miguel Tobar fue nombrado Fiscal de lo civil y del crimen;
jurisconsulto distinguido y hombre de letras, fue soldado de las huestes realistas. De él
decía el Libertador que era un magnifico órgano de catedral encerrado en una iglesia de
parroquia. El doctor José Ignacio de Márquez, oriundo de Ramiriquí, hijo del Colegio de
San Bartolomé y jurisconsulto notable, empezó su carrera pública como Fiscal en el más
alto Tribunal de justicia de Colombia; la terminaría en el solio de los Presidentes de la
República.
El Brigadier Luis Eduardo Azuola, bogotano educado
en el Colegio de San Bartolomé, llevó el grillete del presidiario, y ahora el Gobierno
le confiaba la Intendencia General de Rentas; y a otro emigrado y viejo patriota, al
Brigadier José Miguel Pey, le daba el nombramiento de Superintendente de la Casa de
Moneda.
En un borroso expediente que se guarda en la
Biblioteca Nacional se encuentran las curiosas diligencias que se levantaron para darle el
tratamiento de excelencia a la Alta Corte de Justicia, pues el formulismo de las
costumbres judiciales prevalecía sobre el pensar democrático de los preclaros patricios
que actuaban en ella .
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Frente
y sur de la plaza de Santafé
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El día 7 de septiembre se encargó el Coronel
Antonio Morales del mando de la Provincia del Socorro, y al día siguiente el Libertador
dio una proclama en Bogotá:
. . . . . . iGranadinos! La reunión de la Nueva
Granada y Venezuela en una sola República, es el ardiente voto de todos los ciudadanos
sensatos, y de cuantos extranjeros aman y protegen la causa americana. Pero este acto tan
grande y sublime debe ser libre, y si es posible unánime por vuestra parte. Quiso el
Libertador dar una prueba de humanidad y dirigió al General Sámano un oficio
proponiéndole canje de prisioneros arreglado a las leyes de la guerra en las naciones
cultas: El Ejército español que defendía el partido del Rey en la Nueva Granada,
está todo en nuestro poder, por consecuencia de la gloriosa jornada de Boyacá. El
derecho de la guerra nos autoriza para tomar justas represalias; nos autoriza para
destruír a los destructores de nuestros prisioneros y de nuestros pacíficos
conciudadanos; pero yo, lejos de competir en maleficencia con nuestros enemigos, quiero
colmarlos de generosidad por la centésima vez.
Los habitantes de Bogotá, presididos por el
Gobernador José Tiburcio Echeverría, resolvieron hacer una manifestación de gratitud
grandiosa y espléndida al Libertador, a los Generales del Ejército y a la Oficialidad y
tropas libertadoras. El 9 de septiembre se reunió una Asamblea en el salón rectoral del
Colegio de San Bartolomé, formada por los Ediles, el Cabildo eclesiástico, con
excepción del Vicario Capitular Francisco Javier Guerra y Mier, los Brelados de las
comunidades religiosas, los empleados civiles, respetables comerciantes, clérigos,
abogados y médicos de distinción. El Gobernador Echeverría hizo una ardorosa
exposición:
La División más respetable del Ejército que el
detestable Morillo Llamaba pacificador, ocupaba todas nuestras Provincias y los sitios
más ventajosos a la guerra. Todos sus elementos y los medios de proporcionarlos estaban
al arbitrio de nuestros tiranos. El terror, los patíbulos, las cárceles y tormentos, los
presidios, la delación y el espionaje ministerial nos tenían en abyección p
abatimiento, y nuestros deseos importantes terminaban en la desesperación y el odio
ineficaz de nuestros opresores.»
Unánimes los miembros de la Asamblea dieron el
título de libertadores de la Nueva Granada a los vencedores en la jornada de Boyacá;
fijaron día para un triunfo , solemne en que una diputación de señoritas jóvenes
coronacía de laureles al Libertador; crearon una cruz de honor pendiente de una corona
verde con el mote y convinieron que las insignias de honor del Libertador y de los
Generales Santander, Anzoátegui y Soublette serían de piedras preciosas; las de la
Oficialidad de oro, y las de los soldados de plata. Ordenaron se pintara un cuadro
alegórico de la Libertad, y levantar una columna para eterno recuerdo, de hoy se alzan
las estatuas de Colón y de Isabel, para grabar en ella los nombres de los héroes que
combatieron en Boyacá. Todos los miembros de la Asamblea suscribieron esta, acta, y la
autorizaron con sus firmas el Gobernador Echeverría y el Secretario Nicolás Ballén de
Guzmán .
Bolívar aceptó este homenaje a nombre del
Ejército libertador, y permitió el uso de la condecoración en forma provisional, hasta
que el Congreso la aprobara.
EL Libertador confió el mando de las Provincias
de Nueva Granada al General Santander, con el título de Irice.
presidente de la Nueva Granada, y lo invistió de
extensas facultades creadas por ley del Compreso de Angostura.
Atendiendo -dice el decreto- a los brillantes y
distinguidos servicios que el General de División Francisco de Paula Santander ha
prestado a la República en todo el curso de la campaña de la Independencia, y muy
particularmente a los que ha hecho en la presente campaña en que manda el Cuerpo de
vanguardia del Ejército libertador de la Nueva Granada; y deseando recompensarlo no sólo
con los honores y estimación general a que se ha hecho acreedor, sino de modo que asegure
su cómoda subsistencia: usando de las facultades que me concede la Ley de 10 de octubre
de 1817, y de las extraordinarias que me están delegadas por el Congreso Nacional, he
venido en decretar y decreto lo siguiente.
Le fue cedida al General Santander, en propiedad y
como recompensa extraordinaria, la casa que perteneció al español emigrado Vicente
Córdoba, con frentes a la carrera 7a y a la calle 12, ángulo sureste, hoy reconstruida.
Se le cedió, igualmente, la hacienda de Hatogrande, entonces en jurisdicción de
Zipaquirá, que perteneció al clérigo español Pedro Bujanda.
Venezuela y Nueva Granada quedaron gobernadas por
el Libertador como Jefe Supremo, y los dos países tenían Administraciones distintas.
Autorizó estos decretos como Secretario interino de Gobierno el doctor Alejandro Osorio;
y también los que disponían que la capital dejara de ser llamada Santafé de Bogotá,
para tomar el nombre de Bogotá; y otro decreto que apareció en la Gaceta Oficial dio el
nombre de Provincias libres de la Nueva Granada al país que quedó regido por el Gobierno
del General Santander. Tres meses después el Congreso de Angostura, en el artículo
primero de la Ley Fundamental, llamó República de Colombia a los territorios de Nueva
Granada y de Venezuela.
Tuvieron mando en las comarcas que formaron el
Virreinato de Santafé los Reyes Fernando v de Aragón y doña Isabel i de Castilla; don
Felipe i y doña Juana la Loca; Carlos v; Felipe m, el último de los grandes Reyes de
España; Felipe III; Felipe IV y Carlos II, que fueron vivo contraste con sus predecesores
y últimos descendientes de la Casa de Austria. De la Casa de Borbón de Francia,
gobernaron Felipe v, Luis i, Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y Fernando VII, en cuyas
manos perdió el cetro español las ricas colonias de Venezuela, del Nuevo Reino de
Granada y de la Presidencia de Quito, las que constituyeron la gran Colombia.