Cronicas de Bogota tomo2

 

CAPÍTULO XXIX

Fue designado para reemplazar a Caballero y Góngora en el cargo de Virrey del Nuevo Reino don Francisco Gil y Lemus, Teniente General de la Real Armada, Bailío de la Orden de San Juan. Este sujeto debía tener muchas influencias en la Corte porque el 3 de julio de 1788 firmó el Rey cédulas sobre auxilios para que se trasladase a Bogotá, y sobre el sueldo de que debía gozar.

En febrero del año siguiente llegó Real Ordenen la cual se disponía que se le obedeciese desde que llegase a Cartagena. Además, durante su viaje fue promovido al Virreinato del Perú, de lo cual no tuvo conocimiento sino hasta su llegada a la capital del Nuevo Reino.

Apenas tuvieron noticia la Audiencia y el Cabildo de que ocuparía la Silla del Virreinato Gil y Lemus, tuvieron afanes porque no existía palacio donde recibirlo, pues recordarán los lectores que el que existía en el ángulo noreste del actual Capitolio, había sido destruido por incendio, y aunque el Virrey Caballero había ordenado la reedificación, la pobreza del tesoro virreinal lo había impedido. Por indicación del mismo Caballero se resolvió tomar en arrendamiento una casa situada en la plaza, frente a La Catedral, cuya puerta se abría sobre la antigua calle de San Miguel, en la actual nomenclatura calle 11. El contrato se hizo con el propietario, don Francisco Sanz de Santamaría, y la Audiencia comisionó a los Oidores Inclán y Mosquera para decorarla decentemente, bajo la dirección del ingeniero Domingo Esquiaqui. Allí habitó Gil y Lemus antes de concluirse la obra.

De expediente que existe en el Archivo Nacional tomamos los datos de que se invirtieron para cubrir el piso ciento cuarenta y cuatro cargas de estera, porque las alfombras eran desconocidas en Santafé; en las ocho ventanas, de las cuales cinco se abrían sobre la plaza, y tres sobre la calle, y en los bastidores de las puertas de la escalera, se emplearon doscientos veinte vidrios planos. Hicieron venir de Cartagena damasco carmesí, pues en Bogotá no alcanzó el que había en el comercio para adornar los salones, y se decoraron con galón de oro. Se pusieron mamparas en las puertas, y en la sala del dosel se cubrieron las paredes con seda.

El Virrey fue recibido en la capital con gran pompa por los Alcaldes don Antonio Nariño, con quien cultivó estrecha amistad, y don José María Lozano, hijo del Marqués do San Jorge, que a la sazón estaba preso en Cartagena.

El Gobierno de este Virrey duró apenas siete meses, tiempo que ocupó en hacer economías, y en la ciudad dispuso que se cerraran las fábricas de rapé y pólvora, ésta situada en el Aserrío, en las cercanías del río Fucha. apenas estas noticias están consignadas en los libros de historia, y nosotros vamos a agregar una nota curiosa sobre el saber del Virrey Gil. Entonces reinaban ideas absurdas en lo relativo a ciencias naturales, no obstante los esfuerzos de Mutis. Este Virrey, con desfachatez ~, aparentando erudición, escribió a la Corte estas noticias el año de 1789: decía que a tres cuartos de legua al nordeste de Bogotá existía un campo que se llamabalos Gigantes, y agregaba:

Por una tradición inmemorial, y asta denominación habrán, tal vez, dado origen los despojos que en él se hallan. Es un llano como de una legua que recibe las vertientes de los cerros inmediatos, y descarnado con ellas presenta en su vertiente varios despojos de vivientes, cuya magnitud admira, como se verá por los que acompañan, recogidos de paso 5· sin hacer excavación ni diligencia particular, pues habiendo pasado casualmente por este paraje, cuando me regresaba de ver el maravilloso Salto de Tequendama, oí por primera vez el asunto y sólo traté de recoger los que se presentaron y pudieron conducir me. Una colección semejante de huesos en un espacio tan considerable, parece debe atribuirse sólo a la especie humana, pues los animales

, sujetos a morir donde los acomete la última enfermedad, no han podido seguramente formar este osario.

Los conocimientos del señor Virrey en ciencias naturales eran nulos. El creía todavía en los gigantes y pigmeos de la especie humana.

Las teorías científicas del Virrey Gil nos hacen recordar las palabras que Voltaire pone en boca de uno de sus personajes

Mennón concibió un día el proyecto insensato de ser perfectamente sabio y prudente: no hay hombre alguno a quien esta locura no se le había pasado alguna vez por la cabeza.

Se ha afirmado por varios historiadores que el Virrey Gil no hizo relación de mando de su corto Gobierno. En la Biblioteca de la Academia de Historia de Madrid se conservan desde 1889 varios papeles que pertenecieron a Mutis, y que fueron desglosados de los archivos del sabio, por no ofrecer interés científico; bajo el número 46 se encuentra la Copia de la relación y entrega del Nuevo Reino de Granada que hace el Excelentísimo señor don Francisco Gil y Lemus a su sucesor, etc., año de 1789.

En el mes de marzo de 1789 llegó Cédula en que se avisaba que había fallecido el Rey Carlos In el 14 de diciembre de 1788. Murió el Rey de setenta y tres años, y su heredero, Carlos IV, tomó el cetro de las Españas. Las ceremonias religiosas que se celebraron con motivo de la muerte del Rey Carlos fueron pomposas, y en la última de ellas, que tuvo lugar en la iglesia de San Agustín el día 8 de junio, ocupó la cátedra el distinguido orador sagrado fray Diego Padilla, bogotano, nacido en 1i~4.

El autor de la Historia de la Literatura, Vergara y Vergara, dice que no conoció ninguno de los sermones del ilustre fraile. Debido a investigaciones de otro escritor distinguido. don Luis Orjuela, tenemos a la vista el Elogio fúnebre de Carlos III, y no podemos prescindir de copiar las primeras líneas:

Es verdad: la muerte no respeta alguna condición. Nosotros no debemos admirarnos, si después que ella ha corrido por las campañas entra alguna vez en las Cortes; ni nos debe sorprender que, cargada de mil trofeos. de mar y tierra llegue de tiempo en tiempo a sentarse sobre los tronos de los soberanos, y a arrebatarse los cetros como despojos de sus victorias. En fin: los Reyes y los vasallos son de una misma materia y la maldición de muerte comprende a todo polvo.

Cronicas de Bogota tomo2

Francisco Gil y Lemus

El mismo autor de la Historia de la Literatura nos refiere que el Padre Padilla era hermano de dos religiosos de su mismo convento de San Agustín, de dos de la Candelaria, de dos franciscanos, de dos monjas de Santa Inés y de una religiosa del Carmen. Oyendo esta relación de labios del historiador J. M. Quijano Otero, el ático literato don Manuel Pombo exclamó: Pero la señora madre de los Padillas tenía entre sus cualidades vientre de Concilio Ecuménico.

Después de siete meses de Gobierno, Gil y Lemus partió para Lima, adonde llegó en marzo de 1790, y según el historiador inglés Clemens Markham; allí sí tuvo tiempo de hacer reformas y ser administrador inteligente.

El 31 de julio de 1789 se encargó del mando supremo del Virreinato don José de Ezpeleta aldeano, del Orden de San Juan, Mariscal de Campo de los Ejércitos Reales, quien acababa de gobernar a Cuba, donde fundó un cementerio y el alumbrado público. Ezpeleta tenía distinguidas condiciones personales; prestaba apoyo a las letras y a las bellas artes, y fomentaba las reuniones de buena sociedad. Llegó a Santafé acompañado de su esposa, doña María de la Paz, que se distinguía por su belleza y por sus virtudes. Estas condiciones hicieron que estos Virreyes fueran sinceramente estimados por los colonos.

Ezpeleta admiró la belleza de la Sabana de Bogotá y , manifestó vivísimos deseos de conocer el Salto de Tequendama. Pasadas las fiestas de la ceremonia de la recepción del Virrey, que tuvieron lugar el 1° de agosto del mismo año, organizó Ezpeleta un paseo a la célebre cascada, al cual invitó a las más distinguidas familias santafereñas. Cedemos la pluma al distinguido escritor de costumbres don José Manuel Groot, por ser un cuadro vívido de los usos de la época:

Convidó Ezpeleta a todos sus amigos, y la Virreina a todas sus amigas de más confianza. Tomáronse, por disposición del Virrey, todas las medidas necesarias para facilitar inconvenientes a los convidados, de manera que no pudieran oponer dificultades para excusarse. Como por lo regular uno de esos inconvenientes consiste en las cabalgaduras, pidió a varios hacendados que le facilitasen los mejores caballos de silla que tuvieran para las señoras, y todos se esmeraron en mandarle los mejores, sin interés alguno, los cuales se empotreraron en el ejido de la caballería. El Mayordomo del Virrey pasó aviso a todos los convidados con una boleta para que los que necesitasen caballos mandaran por ellos a la caballería. Enviáronse comisionados al pueblo de Soacha para preparar casas, armar toldos de campaña y una grande enramada en la plaza, cubierta de toldos y adornada interiormente con colchas de damasco, para poner allí la gran mesa donde debían comer todos los del paseo.

El día de la partida parecía que se ponía en marcha un grande ejército. La vanguardia de esta alegre expedición había marchado desde por la mañana, presidida por los reposteros. y cocineros, algunos de ellos esclavos que el Virrey había traído de La Habana. Con éstos iba el tren de cocina y- de repostería, más una cargazón de rancho, botijas de vino puro como el que se tomaba entonces; frasqueras de diversos licores; damasanas de aloja y horchatas; los jamones, los pavos y, en fin, cuanto se acostumbraba en aquellas sustanciosas comidas a la española antigua, en que se consultaba más el gusto del paladar que el de la vista, cuando los gastrónomos no habían lanzado anatema contra la caspiroleta y el arequipe para sustituirlos con torres y castillos de pasta francesa con monos y banderillas, en que es más lo que hay que escupir que lo que hay que comer.

Los músicos de la Corona, dirigidos por Carricarte, iban en la gran comparsa, que salió de Santafé a las cuatro de la tarde, con un tiempo bellísimo. Marchaban en diversos grupos, según las relaciones que había entre los de la comitiva. Las señoras en sillones de terciopelo chapeados de plata, con sombreros cubanos y pañuelos en la cara para no quemarse, porque entonces no había galápagos ni paragüitas. Los caballeros y galanes iban en sillas, bridas chapeadas de plata, con gualdrapas y pistoleras del mismo género con bordados, galones y flecos, unos de plata y otros de oro, cuyas tapafundas han venido en nuestros tiempos a servir de palios en los altares, suerte mucho más afortunada que la de los espadines, que han venido a servir de asadores en las cocinas. Los jaquimones y frenos, cubiertos de estoperoles de plata, agobiaban las cabezas de los crinudos aguilillas. Los caballeros graves, padres de familia, iban en sus sillas orejonas, con pellón y ruanas pastusas, quirivillos y sombreros de hule verde. A lo último iba la guardia de caballería del Virrey y una runfla de pajes.

En el grupo de los Virreyes, que por supuesto era el de gente más distinguida, iba un personaje, quizá el más interesante para el caso, aunque de ruana y alpargatas. Era Pachito Cuervo, célebre por su genio y ocurrencias, que, cual otro Sancho Panza al lado de la Duquesa de la partida de caza, iba junto a la linda Virreina contándole cuentos y aventuras ocurridas en semejantes paseos.. .. Tire aquí el lector la rienda al caballo y aguarden ahí los del paseo, mientras damos noticia individual de este sujeto.

Era Pachito Cuervo un hombre plebeyo pero dotado de talento particular para hacer pegaduras, contar cuentos y divertir a la gente. Su humor siempre alegre, sus ocurrencias chistosas, su habilidad en remedar y dar chascos, lo hacían necesario en todos los paseos, fiestas y diversiones. Era casado con una mujer de su clase, formalota y trabajadora, que mantenía la casa, porque Pachito Cuervo no pensaba sino en divertirse. No había fiestas donde no estuviera, ni paseo donde no fuera convidado. Muchas veces se largaba a las chirreaderas de los pueblos sin decirle nada a su mujer, y no volvía hasta después de quince o más días, lo que le costaba sus buenas pestes, que él sabía conjurar con alguna chuscada, con que hacía reír a la mujer. Entró un día visita, y ella lo mandó a traer candela para encender tabaco. Pachito Cuervo salió y se largó a unas fiestas del campo, de donde volvió a los ocho días soplando un tizón de candela, que le presentó a la mujer para que encendiera tabaco a la visita. Tenía gran facilidad para fingir diferentes voces a un tiempo, figurando camorras y bullicios, con lo cual se divertía por las noches poniendo en movimiento a la ronda, haciéndola correr de una parte para otra, sin más que ponerse a hacer un alboroto a la vuelta de una esquina, y cuando tanteaba que venía, pasaba disimulado, y entonces la bulla empezaba por otra parte, adonde volvía el Alcalde con sus alguaciles para hallarse otra vez sin nada. Pero la ocurrencia más graciosa que tuvo fue ésta: informado Ezpeleta del genio de este hombre, a quien los grandes acariciaban por gozar de sus chistes, mandó a llamarlo, diciéndole que deseaba conocerlo. Pachito Cuervo vino a la hora que se le citaba, y el Virrey lo recibió con mucho agasajo. procurando inspirarle confianza. Mandó luego a un paje que lo llevase a la recámara de la Virreina para que lo conociera. La señora, con su genial bondad, conversó con él sobre varias cosas relativas al país, de que deseaba informarse.

Al despedirse, la señora le dijo que le llevara a su mujer, porque deseaba conocerla. Cuervo se excusó diciendo que era una tapia de sorda y que no quería proporcionar a Su Excelencia la molestia de hablarle a gritos. La Virreina insistió en que se la llevara, y Pachito Cuervo convino en ello con cierto aire de repugnancia, y se despidió con mil retóricas cortesías, hasta el día siguiente en que ofreció volver con su mujer.

Luégo que llegó a su casa, dijo a ésta que la Virreina estaba empeñada en conocerla, y que tenían que ir al otro día a palacio; pero que la Virreina era sorda, y que había que hablarle a gritos. A1 día siguiente se fueron a la visita. El lacayo avisó a la señora Virreina, quien mandó que los introdujese a su recámara. A1 entrar, la mujer de Cuervo saludó a la Virreina con gritos y cortesías, y la Virreina le contestaba lo mismo, figurándose, que la misma sordera la hacía hablar recio. La otra, a su vez, creyó 1o mismo de la Virreina, y sentadas ambas se gritaban a cuál más, cuando oyendo Ezpeleta las voces salió apresurado, y entrando en la recámara, preguntó qué era aquello, a lo que le respondió doña María de la Paz: pues que la señora es sorda y hay que hablarle recio. Vuesencia es la sorda, que yo no lo soy, dijo la otra; y entonces todos largan la risa, y el Virrey más que nadie, conociendo el chasco y admirando la ocurrencia de Cuervo, que a todas estas se mantenía serio como un palo.

Ahora sí pique el lector y siga la alegre comitiva para Soacha.

Llegados a este pueblo cuando los últimos rayos del sol ocultos a la Sabana doraban los perfiles de Guadalupe y Monserrate. todo hombre echó pie a tierra; y aquí fueron los comedimientos y las cortesías para tiesmoniar a las señoras; pero todo con aquel grado de franqueza que se adquiere en todo paseo de buen humor y en que los que presiden dan el ejemplo, como lo daban Ezpeleta y su señora. Por supuesto que allí nadie tenía que pensar en su caballo, porque casi todos eran ajenos, ni en que los indios les robaran los estribos, porque los lacayos del Virrey servían a las mil maravillas. Entrando en los alojamientos se siguieron los aliños femeniles, porque el baile en Soacha era parte integrante del paseo. Se bailó paspié y bolero con castañuelas,

y hubo espléndida cena. A1 otro día, después de desayunarse con chocolate y tostadas, siguieron para el Salto, donde estuvieron más de dos horas, y habiendo almorzado en el Almorzadero, volvieron a comer a Soacha. Aquí fueron las verdaderas bodas de Camacho. A1 otro día visitaron la Piedraancha, sobre la cual se bailó el minuet, y regresaron a Santafé, adonde entraron con música por las calles, acompañando toda la comitiva al Virrey y Virreina hasta su palacio.

Se conserva en el Museo Nacional una medalla de plata, ~ recuerda las fiestas con las cuales la ciudad de Bogotá esto juramento de obediencia al nuevo Rey de España, Carlos IV. Los regocijos los presidió el Alférez Mayor, don Luis Caicedo y Flórez, acompañado de los Alcaldes, don Antonio Nariño y don José María Lozano. Las fiestas duraron quince días, hasta el 20 de diciembre de 1789. Hablando de ellas dice un testigo presencial:

Fue la jura de Carlos IV. La juró el Alférez Real don Luis Caicedo: botó mucha plata; hizo un banquete de tres días, a que asistieron los Virreyes a su casa. Hubo fiestas muy lucidas y muchas figuras y enigmas de vítores al Rey. Los toreadores los vistieron, tanto a los de a caballo como a los de a pie, con la ropa de los gigantes.

Figuró en las fiestas el nuevo tren de artillería con veinte cañones; hubo corridas de toros, y fueron notables cuadrillas que tuvieron lugar el día Ï y se repitieron el 20.

La primera cuadrilla tenía por jefe al mismo don Luis Caicedo; vestía esta cuadrilla de blanco y amarillo, y en sendas adargas se leía este lema:

Del hemisferio español Y del uno al otro polo Santafé por Carlos sólo. iViva Carlos IV!

La segunda cuadrilla la encabezaba don Francisco Javier Vergara, abogado, primo hermano de Caicedo y Flórez; -vestía capa de húsar y calzón azul: En las adargas, en que estaba pintado un árbol de granado, símbolo del Nuevo Reino, se leía:

Este árbol coronado de hermosa flor y fruto De Luisa es fiel tributo.

Viva la Reina María Luisa

Era jefe de la tercera cuadrilla don José Ayala, y comandaba la cuarta Don Francisco Ponce de León.

Don Luis Caicedo y Flórez, el rumboso Alférez Real, que mandó la primera cuadrilla, en 1810 firmó el Acta de la Independencia, después de renunciar los honores y fueros de Caballero de Carlos III, y enroló sus hijos en las milicias republicanas, que también comandaba; la hija de don Francisco Javier Vergara imploró inútilmente gracia de la vida para su marido, el prócer don José Gregorio Gutiérrez, en I816; don Luis de Ayala fue fusilado, por su amor y servicios a la República, el mismo año de 1816, y don Francisco Ponce de León fue republicano años después.

Desde el año de 1'788 había llegado a Santafé un ilustre hijo de Quito, don Francisco Javier Eugenio Espejo, que había nacido en 1'747, y que había obtenido los títulos de Doctor en medicina veinte años después, ~- de Licenciado en los Derechos Civil y Canónico. Espejo había sido Bibliotecario en su ciudad natal, y se había hecho conocer por varios trabajos de literatura y de ciencia y como propagador de ideas republicanas.

El Presidente de Quito don Juan José Villalengua lo había enviado a la capital del Virreinato, acusado de ser el autor de un escrito satírico, El retrato del Golilla, y el Gobierno de Santafé lo dejó en libertad porque no creyó que fuera tan grave el asunto, como el Presidente de Quito se lo imaginaba.

Desde que llegó Espejo a Bogotá se relacionó con los hombres más distinguidos por su saber, quienes lo estimaron por su vasta erudición y avanzados principios liberales. Allí se puso de acuerdo con Zea y Nariño para trabajar en la grandiosa obra de la independencia de Quito y Santafé; allí adquirió mayor caudal de luces y un gusto más fino y exquisito en la literatura.

Otro historiador ecuatoriano, de reconocida veracidad, escribe a este propósito: Sus conexiones se estrecharon muy especialmente con don Antonio Nariño, republicano fogoso que, como Espejo, no podía avenirse con el Gobierno de los Reyes.

Los amigos de las ideas de independencia encontraron en aquellos días continuas dificultades y contradicciones, y Espejo, Nariño y Zea, en tres años que residieron juntos en Bogotá, tuvieron que concertar sus planes revolucionarios en el misterio de una conspiración. La sátira de Espejo, de que hemos hablado, lo hacia maz sospechoso.

Un ilustre español, don Marcelino Menéndez y Pelayo, escribió estas líneas sobre el célebre quiteño, hablando del Retrato del Golilla:

Esta sátira, calificada por el Presidente de Quito de sangrienta y sediciosa, valió al doctor Espejo un año de cárcel y luego un largo destierro a Bogotá, donde Espejo se entendió con Nariño y otros criollos de ideas semejantes a las suyas, y contribuyó a preparar el movimiento insurreccional de 1809.

Después de tres años de residencia en Bogotá, Espejo regresó a Quito, donde redactó periódico e hizo parte de una Sociedad que en apariencia tenía por objeto adquirir conocimientos artísticos, fabriles y agrarios, y de la cual eran miembros Nariño y Zea. Espejo sufrió allí nueva prisión, y salió de ella para morir. siempre, dice Heine, que una alma grande se ha remontado en alas de su pensamiento, ha encontrado un calvario.

Pronto veremos que corrieron suerte idéntica a la de Espejo, Nariño, Zea y otros di>tinguidos habitantes de Santafé que también conspiraron contra el régimen colonial.

Vamos a consignar aquí una curiosa crónica de fines del siglo XVIII, tradición conservada por la familia Cuervo, y que fue publicada por primera vez en la primera edición de este libro. Es autor de ella el señor General Carlos Cuervo Márquez, a cuya pluma debemos las siguientes páginas:

El. Verde por los años de 1789 entró como novicia a1 convento de Santa Inés de Bogotá la señorita doña María Josefa Camero, de diez y seis años de edad, huérfana de padre y madre. con gran caudal de hermosura y de bienes, puesto que era una de las más ricas herederas de la Sabana, y, según todas las apariencias, con muy poca o ninguna vocación para la vida del claustro. En la misma época servía a Ezpeleta un apuesto Capitán de guardias, don Antonio de Aguirre, joven español que gozaba de mucho valimiento cerca del Virrey, y que era, entre las tímidas doncellas de Santafé, objeto de viva curiosidad y causa de perennes inquietudes.

Antes de entrar al convento la joven Camero, el Capitán la había conocido en un sarao y había quedado prendado de la gracia y tal vez de la cuantiosa fortuna de la heredera. A ésta la había impresionado agradablemente la apostura, la galantería y el vistoso uniforme verde del Capitán. Pero el tutor de la joven, que no miraba con buenos ojos a don Antonio, creía, siguiendo las ideas de su tiempo, que el mejor modo de desempeñar las funciones de su cargo era hacer cuanto estuviera en su mano para asegurar la felicidad eterna de su pupila, sacrificando la efímera dicha terrenal. Para lograr esto había proyectado hacerla profesar, dando al convento una nueva monja y una gran fortuna, la de la señorita Camero, como era de ordenanza. E1 tutor tuvo como auxiliar, para llevar a cabo sus piadosos planes, el apoyo del poder eclesiástico, a cuyas poderosas sugestiones no pudo resistir la pupila, aun cuando presentía que al entrar al convento, contrariando sus inclinaciones, y una pasión ya poderosa, se abrían para ella las puertas de un infierno anticipado. Pero esa era la época y como joven principal y bien educada debía sacrificarse en aras de las preocupaciones reinantes. Así se explican la invencible repugnancia que la novicia demostraba por el convento y la melancolía que de ella se apoderó desde el momento en que, pasados los umbrales del claustro, las puertas del mundo se cerraron tras ella, ocultándole, tal vez para siempre, al Capitán Aguirre. Pero para éste, como buen enamorado, no había obstáculos invencibles, 5· ni aun las mismas macizas puertas de un convento del siglo XVIII, con todas sus preeminencias, eran capaces de hacerlo retroceder. Antes, quizás, las fuertes rejas de Santa Inés estimularon su capricho, y ganándose a una mandadera del convento, logró entablar con la novicia amorosa y clandestina correspondencia. Las cartas del Capitán, con sus protestas de amor, con sus ardientes frases y con sus esperanzas para cl porvenir, agravaron la lamentable situación de la novicia. Sólo Dios pudo saber las terribles luchas que agitaron el espíritu de esa desdichada niña, combatida por el amor y por los escrúpulos, encerrada en las frías paredes de una celda, y a todas horas asediada por las monjas, que de ninguna manera querían que se les fuera de entre las manos la fortuna que ella les traía. Tal estado no podía menos que alterar profundamente la salud de la novicia, la que día por día iba para menos. Sabedor de todo esto el Capitán Aguirre, puso en juego todo su crédito con el Virrey para que éste reclamara del poder eclesiástico a la señorita Camero. Pero el Gobernador del Arzobispado no accedió a nada, y sólo después de muchas notas cruzadas con el Virrey consintió en que la novicia, dado el mal estado de su salud, saliera del convento por unos días, pero con orden terminante de que en la casa adonde se llevara no debía recibir, fuera de las del médico, otras visitas que las de su tutor y las de su padre espiritual; que debía ajustarse a la disciplina del convento, y que el hábito de novicia no debía quitárselo ni aun para dormir, como para que tuviera presente a todas horas que su destino estaba inexorablemente trazado, que su única aspiración debía ser el crucifijo, su satisfacción el cilicio, su universo una estrecha celda. Pero hasta ese retiro, y a pesar de todas las precauciones de vigilancia que se habían tomado, el Capitán, por medio de la aguadora de la casa, consiguió hacer llegar a manos de la infeliz novicia nuevas esquelas amorosas, que fortalecían si ya decaído ánimo.

Los dos años del noviciado pasaban muy de prisa, y, vuelta la novicia al convento, se acercaba y a la fecha fijada para la profesión, sin que hasta entonces hubieran dado resultado alguno las constantes reclamaciones del Virrey y de la autoridad civil. El Gobernador del Arzobispado, a la cabeza de todo el elemento religioso, quería que la heredera profesara, y, necesariamente, tenía que profesar.

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Manuel del Socorro Rodriguez

Era ceremonial de etiqueta en ese tiempo que cuando alguna joven principal tomaba el hábito, los tres días anteriores a la profesión abandonaba el convento y era festejada por su familia y sus amigos con alegres fiestas, continuos saraos y diversiones constantes. Eso era lo que, en el lenguaje de la época, se llamaba los requerimientos especie de duelo final que el ascetismo de la presunta monja libraba contra los halagos del mundo y sus tentaciones,---y no pocas veces el resultado de tan dura prueba era el que debía ser: el cambio del rudo sayal por el alegre traje de la desposada.

Aun cuando la suerte de nuestra novicia parecía de antemano fatalmente trazada, no se podía prescindir de los requerimientos, dadas su posición, su edad y su fortuna; pero como no tenía familia, la Virreina, quizás de acuerdo con el Capitán Aguirre, se presentó en persona en el convento por la señorita Camero, y los requerimientos tuvieron lugar en Palacio, celebrándose con magníficos banquetes, saraos y toda clase de fiestas, presididas por la misma Virreina. Allí, entre la alegre juventud de Santafé, descollaba Aguirre, luciendo, como de costumbre, su brillante uniforme verde de Capitán de Guardias españolas, más enamorado que nunca, y, cosa inexplicable, apareciendo el último día de los requerimientos alegre y satisfecho como el más feliz de los mortales.

Terminados los regocijos, Josefita Camero se despidió de la Virreina y de sus amigas; por unos pocos momentos, y demostrando la más viva zozobra, habló en voz baja con Aguirre, y, abandonando las ricas galas que tanto la habían hermoseado por tres días, volvió a vestir el modesto hábito de la novicia y fue de nuevo conducida al convento. La comunidad, formada en el claustro principal, la recibió con vivas demostraciones de regocijo, festejándola con un abundante refresco. Una vez instalada en su antigua celda, debía recibir los cumplimientos y el besamanos de toda la comunidad. Después de la Priora, una a una y en riguroso orden jerárquico entraron todas las monjas, todas las sirvientas y todas las mandaderas a saludarla y a felicitarla por la insigne victoria que había alcanzado sobre el mundo y sus vanidades. La batalla se había librado, y el convento, según todas las apariencias, quedaba vencedor. Al día siguiente debía tener lugar la profesión. Sin embargo, algo extraño debía haber e~ la fisonomía de la novicia, porque en el acto comenzó a susurrarse entre la gente de servicio del convento que la Hermana Camero no profesaría. Terminados los besamanos y los saludos de etiqueta,, y pasados los primeros momentos del regocijo de las monjas, la comunidad volvió de nuevo a su monótona y ordinaria tranquilidad de siempre.

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A las cinco y media de la tarde de ese día estaban las monjas reunidas en el coro, entregadas a sus devociones de regla, cuando fueron interrumpidas por extraño tumulto. En la vecina calle se oía tropel de gente armada, toques de clarines y de tambores, y voces de mando y terribles golpes sonaban en las puertas del convento. A1 mismo tiempo los tranquilos habitantes de Santafé, para quienes era éste un extraordinario acontecimiento, veían asombrados que la Compañía de Guardias del Virrey, mandada por el Capitán Aguirre, quien llevaba su vistoso uniforme verde, rodeaba el monasterio de Santa Inés y se preparaba como para un formal ataque contra las indefensas monjas.

A los golpes dados en la puerta principal del convento por el Capitán en persona, acudió la Hermana portera, quien oyó con estupefacción la orden del Virrey para que fuera inmediatamente entregada, de grado o por fuerza, la novicia María Josefa Camero. La portera subió volando al coro a comunicar a la Priora lo que ocurría, y ésta, después de reflexionar un momento, y viendo que toda tentativa de resistencia era inútil. ordenó que se introdujera al coro, pero por la puerta de la iglesia, al mensajero de tan extraña orden. A los pocos instantes se abrieron las puertas de la iglesia, y subiendo al coro, se presentó en medio de la consternada comunidad el Capitán Aguirre, con espada desnuda, sombrero calado, espolines y su gran uniforme verde, que impresionó profundamente a las asombradas monjas, y dirigiéndose a la Priora, en términos altaneros le comunicó la orden del Virrey. La desolada superiora, con voz severa y entrecortada por los sollozos, llamó a la Hermana Camero y, tomándola de la mano, la entregó al atrevido Capitán, repitiendo la orden de que la novicia saliera a la calle por la . puerta de la iglesia, para que no se profanaran con tan grande atentado los umbrales de la sagrada casa. Las monjas, que no podían creer que esta profanación fuera obra humana, vieron en el Capitán vestido de verde si mismo demonio, y desde entonces EL héroe fue sinónimo de diablo, principalmente entre monjas, mandaderas y demás gentes allegadizas a los conventos de esta ciudad, sobre todo para designar un diablo inquieto, atrevido y perturbador de la santa tranquilidad de la vida monástica.

Pocos días después de lo ocurrido, don Antonio de Aguirre y doña María Josefa Camero contrajeron matrimonio, y como el escándalo dado hacía imposible su permanencia en la piadosa Santafé, partieron para Puerto Rico, adonde el Capitán había logrado ser promovido, no sin haber realizado antes las valiosas propiedades de su esposa, entre ellas la hacienda La llamada, en la vecindad de Puentegrande. Muchos años transcurrieron sin que de ella se volviera a tener noticia en Santafé, y ya en el convento no se hablaba de la Hermana Camero, cuando un correo de los que de tarde en tarde traían la correspondencia de España, trajo para la Priora carta de la antigua novicia, que causó profunda impresión en la comunidad. La esposa de Aguirre relataba toda una vida de amargura y de dolor, y terminaba reconociendo su enorme falta y pidiendo humilde perdón a la superiora y a la comunidad entera.

Instalados en Puerto Rico, Aguirre había malbaratado la fortuna de su esposa, trocándose para ella en desapiadado verdugo, sumiéndola en terrible miseria, y, arrancándole los dos hijos que habían tenido, la había. arrojado del hogar, abandonándola por completo. Desde entonces, cada vez que a Santafé llegaba correspondencia de las Antillas, no faltaron las desoladas cartas de la Hermana Camero, como todavía era llamada en el convento, cartas que leía la Priora ante la comunidad, para edificación y ejemplo de monjas y mandaderas, quienes veían la mano de Dios pesando sobre la desdichada que había profanado el monasterio huyendo de él en pos de El Verde. Por último, dejaron de venir las acostumbradas cartas, y nada más se volvió a saber sobre la infeliz suerte de la antigua novicia.

El año de 1790 llegaron reales órdenes que reorganizaban la Compañía de Alabarderos, guardia de honor del Virrey, que debía tener un Capitán, veinticuatro plazas de infantería y treinta y cuatro de caballería, inclusos los Cabos y trompetas.

A mediados del mismo año el Gobierno y la familia de Ezpeleta, presidida por doña María de la Paz Enrile, visitaron el santuario de Chiquinquirá. entonces mezquino villorrio, en el cual no encontraron los paseantes ni los comestibles necesarios. El Virrey inició la idea de construír un templo suntuoso, lo cual vino a realizarse años después: en 1i96 comenzaron los arreglos del terreno; en 1á01 se colocó la primera piedra, y al estallar la revolución de independencia, la obra estaba cubierta. Había sido dirigida por los arquitectos fray Domingo Pérez, de Petrez, lego capuchina español, y el arquitecto bogotano Nicolás León, quienes también per esos tiempos levantaban la Catedral de Bogotá.

Con el señor Ezpeleta había llegado a Santafé don Manuel del Socorro Rodríguez, natural de Bayamo, en la isla de Cuba, carpintero en su primera juventud- a causa de su extrema pobreza, instruido en Humanidades y, además, poeta. E1 Virrey lo nombró Bibliotecario, con exigua remuneración. Por consejo y con apoyo del mismo Ezpeleta fundó Rodríguez el Papel Periódico de Santafé de Bogotá, cuyo primer número apareció el 9 de febrero de 1791.

El periódico tenía cuatro fojas en 8°, y fue el verdadero origen del periodismo nacional, puesto que la Gaceta de Santafé, de 1785, de que ya hablamos, no pasó de tercer número. Del Papel Periódico aparecieron con regularidad doscientos setenta números, en el largo espacio de siete años,. Imprimióse -hasta correctamente- en 1a tipografía de don Antonio Espinosa de los Monteros, quien había trabajado en este arte en Cartagena hasta 1776. En sus columnas aparecieron numerosos artículos da verdadera importancia para el desarrollo y progreso del Nuevo Reino. Rodríguez habitó en una pieza de la misma Biblioteca, en la antigua Casa de Jesuitas, hoy Palacio de San Carlos, y a ella consagró todos sus esfuerzos. Era muy popular entre los jóvenes, a quienes aconsejaba en sus lectoras, y muy estimado en los conventos de monjas, para las cuales componía poesía, de todo género.

Las primeras líneas del. periódico, cuyo facsímile adorna esta página, dicen:

A pocas reflexiones que haga el hombre sobre sí mismo, conocerá que este predicado de racional, le obliga a vivir según la razón. El verá que todas sus acciones deben ser ilustradas y dirigidas por ese rayo celestial con que ha sido ennoblecida su naturaleza. Y viéndose colocado en medio de los de su especie, no podrá menos de concebir de su ser. La utilidad común será el primer objeto, que desde luego se pondrá ante sus ojos. Este recíproco enlace, que forma la felicidad del Universo, hará en su ánimo una sensación, que no podrá menos mirar con indiferencia.

En la Biblioteca Nacional se conservan muchos manuscritos inéditos de Socorro Rodríguez, en prosa y en verso, todos escritos en el estilo fría y prosaico del Preliminar que acabamos de ver.

Como muestra de los laboriosos trabajos literarios en que Rodríguez distraía, sus largos ocios, tomamos de un dibujo suyo, de 1806, que fue reproducido en litografía por Martínez Hermanos y Daniel Ayala, en 1853, una octava que forma el pedestal de una custodia, a la cual rodean y acompañan numerosas figuras divinas y humanas, inscripciones latinas y versos castellanos de diversos metros:

Cronicas de Bogota tomo2

Como se ve, Rodríguez carecía de cualidades poéticas eminentes. En cambio, su laboriosidad era portentosa. Escribió varios tomos de versos, entre ellos ¡uno de sonetos!

Angel Braschi, que ocupaba la Silla de San Pedro desde 1775, con el nombre de Pío VI, nombró Arzobispo de Santafé a don Baltasar Jaime Martínez Compañón, natural de Cabredo, en Navarra, donde nació en 1738. Había sido Chantre en la Metropolitana de Lima, y Obispo durante nueve años en Trujillo, del Perú. Promovido a Santafé, subió el río Magdalena, y llegó a Honda a fines de enero de 1791, donde fue recibido por una Comisión del Cabildo eclesiástico. A la capital entró el 12 de marzo del mismo año, y ese día tomó posesión de su alto destino.

Este Arzobispo no vivió en el Palacio de sus antecesores sino en una casa que hizo arreglar frente al costado norte de la Catedral, hoy- habitaciones modernas de la calle 11, número 120.

Ya vimos en las páginas 127 y 372 del volumen primero de este libro la fundación de las primeras escuelas que hubo en la ciudad. El Virrey Ezpeleta, viendo que eran insuficientes para la instrucción del pueblo, fundó sendas escuelas populares y gratuitas en los cinco barrios en que estaba entonces dividida la capital. El Arzobispo Compañón coadyuvó a la benéfica tarea del Virrey, creando una modesta renta para cada una de estas escuelas.

Sea este el lugar de recordar el nombre de José María Dávila, hijo de Bogotá, quien fue el primero que en esos atrasados tiempos abrió escuela primaria, de carácter privado, al mismo tiempo que él era discípulo del Colegio de San Bartolomé. El señor Dávila fue después prócer distinguido de la Independencia.

Describiendo estas escuelas, su atraso y su pobreza, dice un literato colombiano:

Sobre la silla del maestro había un trofeo compuesto de una enorme coroza de estera, adornada con plumas de pavo (vulgo, pisco); un rejo de seis ramales, dos férulas y un letrero escrito con grandes letras rojas, que decía:

La letra con sangre dentra y la labor con dolor.

Otro conocido escritor, que alcanzó a conocer aquellos tiempos, refiere que las señoras hacían sus cuentas, que eran bien pocas, con granos de maíz, y que si alguna sabía escribir, lo hacía sin ortografía, sirviéndose de plumas del reino animal, porque las de metal eran desconocidas, y refiriéndose a las escuelas de niñas, de los tiempos de Ezpeleta, dice:

Mucho sería que alguna vieja de jubón, polleras de anascote y gafas montadas en la punta de la nariz, hiciese un tímido ensayo, o como informe borrador de escuela, con una docena de niñas de las casas vecinas, y con voz gangosa les enseñase las primeras letras de la cartilla, mostrándoselas con un largo puntero de oro o de tumbaga, o con un largo esparto arrancado a la escoba que estaba detrás de la puerta de la sala.

Es lo cierto que los criollos de estos países, de costumbres medioevales, no lograron el beneficio de la educación -siquiera rudimentaria- sino en cortísimo número, y eso los habitantes de las poblaciones. La gran masa rural permaneció absolutamente analfabeta.

Ezpeleta escribía en su Relación de Mando, refiriéndose a la fundación del Colegio de La Enseñanza, en que ya nos hemos ocupado, y a su fundadora, doña Clemencia Caicedo:

A la piedad de una mujer ilustre por su nacimiento y todavía más, por sus loables sentimientos, se debe la fundación de ~a única casa de enseñanza de la juventud de su sexo que hay en esta capital y en todo el Reino.

Y recuerda que el Arzobispo Compañón protegió el instituto con mano liberal y dotó los maestros de escuela.

Pero repetimos que a pesar de 'todos estos encomiables esfuerzos de los Jefes del Estado y de la Iglesia, y de los hechos por Mutis, la ciencia no alumbraba sino cortísimo número de cerebros, y que la muchedumbre la miraba como cosa misteriosa, laque no disipaba su credulidad y su ignorancia.

En cuanto a mejoras materiales, el progresista Virrey se interesó en adornar la capital, quitándole su aspecto mezquino. El hizo sembrar árboles frondosos, desde la plaza de San Victorino hasta el campo abierto de San Diego -hoy Avenida de Boyacá- y que entonces se llamó Alameda Vieja, en contraposición a la Alameda Nueva, también sembrada por el Virrey, desde el desprendimiento de la calzada de Occidente, hacia Puente Aranda- hoy A venida de Colón. El Gobierno, sin atender al Diccionario, llamó alamedas (sitios sembrados de álamos) a estos paseos, a los cuales sólo adornaban los árboles propios de nuestro clima, es decir, sauces, robles, cerezos y alisos.

Cronicas de Bogota tomo2 Ezpeleta hizo mejorar las calles, y contrató con don Felipe Vergara la construcción de enlosados en la calle de San Juan de Dios, hoy calle 12.

También pensó, como su antecesor, fortificar la capital, temiendo otra insurrección como la de 1i81, y proyectó la construcción de un fuerte en las alturas que dominan la ciudad, por el Oriente; pero en su empeño no logró sino fundir algunos cañones.

El cronista Caballero recuerda que en diciembre de 1791 se estrenó el cuartel de la artillería con una famosa representación, a costa de la Oficialidad.

Por ese tiempo el Virrey hizo colocar las piezas de artillería en el cuartel del Batallón Auxiliar.

Desde el mes de mayo del mismo año organizó Ezpeleta una Junta de Policía, y nombró Presidente de ella al Oidor Juan Fernández de Alba, y miembros, entre otros, a don Antonio Nariño, a don Primo Groot y a don José María Lozano.

Vimos ya, en el volumen primero, páginas 150, 204 y 399, la fundación del Hospicio. El Virrey Ezpeleta reorganizó esta institución, reuniendo, con la debida separación, los mendigos de ambos sexos, para 1~ cual hizo construir un segundo claustro, con f rentes a la calle 18 y a la carrera 8~ Sobre la puerta situada en la calle aún se ve un escudo labrado en piedra, que es el blasón de la ciudad de Bogotá, concedido por Carlos v. Este tramo nuevo estaba destinado para los hombres.

Se conservó en el mismo edificio la cuna de la inclusa, y el Virrey nombró una Junta para que dirigiese este Asilo, presidida por el Fiscal Manuel Mariano de Blaya, y compuesta del Deán, dos Regidores y dos vecinos de distinción. que Administrador de la casa don Antonio Cajigas, y Capellán fray Lorenzo Lozano.

Anotamos también que en 1791, a solicitud del presbítero Sancho Londoño y de doña María Alvarez del Pino, partieron para Medellín varias religiosas bogotanas, hijas del convento del Carmen, con el objeto de fundar la Orden en aquella ciudad.

En el año de 1i91 levantó el ingeniero español don Domingo Esquiaqui el plano de la ciudad de Bogotá, por orden del Virrey Ezpeleta. El dibujo original desapareció en el incendio que destruyó el Palacio Municipal en 1900. Afortunadamente, el distinguido literato don José Manuel Marroquín conservaba una copia del trabajo de Esquiaqui, que obsequió al historiador E. Posada, y con anuencia de éste fue publicada en litografía en el opúsculo Alma de América. en San José de Costa Rica, ~n 1907, por el autor de ese trabajo, don Joaquín Arciniegas.

En la página 188 de la primera edición de estas crónicas publicamos, grabado en madera, un plano de Bogotá, levantado por el ingeniero don Carlos Francisco Cabrera, equivocadamente dijimos que éste era el primer trabajo topográfico de la ciudad de Bogotá. En realidad, el primer plano fue el de Esquiaqui. El original, como queda dicho, desapareció, y la copia guardada por el señor Marroquín no coincide exactamente con aquél, porque tuvo que ser hecha en época posterior, y en ella se hicieron algunas adiciones, de acuerdo con los cambios y progresos que en lo material había tenido la ciudad. Las leyendas del plano de Esquiaqui y las de la copia también son diferentes.

En la presente edición insertamos los dos planos el de Esquiaqui y el de Cabrer,--los cuales tienen entre sí sólo

seis años de diferencia, pues el segundo fue levantado en 1'79'l. Una vez más rompemos el orden cronológico. Veremos que el plano de Cabrer abraza menos área que la copia modificada del de Esquiaqui.

En ésta se ve el Palacio virreinal arruinado y la fundición ~,e oros, en el lugar que hoy ocupa el Capitolio Nacional, sobre la Plaza de Bolívar, hacia el Oriente, y la cárcel

de Corte, la Oficina de Cuentas y la Real Audiencia, hacia e1 Occidente; la Aduana, en el costado oriental de la Plaza, ed el extremo sur; la Casa de Correos, en la segunda calle de la Carrera, en la mitad de ella, acera, oriental; la Dirección de rentas, en la carrera 8~, al sur del Observatorio, contigua al cuartel del Batallón Auxiliar, este en la ribera derecha del río San Agustín; en la segunda calle de Florián (hoy carrera 8a), acera occidental, el almacén de tabaco y

, en la tercera, acera oriental, el parque de artillería; en el Parque de Santander (entonces plaza de San Francisco), acera sur, el estanco de aguardiente; la parroquial de San Victorino, en el ángulo noreste de la actual Plaza de Nariño; la capilla de Las Cruces, en la carrera 11, acera occidental; donde toda la orilla derecha del río San Agustín; El Hospicio, en el antiguo Noviciado de Jesuitas; el Palacio que habitaba Ezpeleta, en la calle 11, con frente sobre ésta y sobre la Plaza Mayor; el Palacio Arzobispal ocupaba la misma área que al presente, entre las calles 10 y 11, y contigua por el Occidente estaba la Casa de Moneda, con idéntica extensión. L~, actual Avenida de Colón, calle 13, no se extendía más de cien metros al occidente de la Plaza de Nariño. De la iglesia de Santa Bárbara para el Sur, la carrera 7~ terminaba al pasar el arroyo de San Juan o San Juanito; la misma extensión tenía por esa parte la carrera 8~, y las demás calles al oriente y occidente de ese barrio, apenas estaban demarcadas. La plaza de Egipto -hoy de Ma.za- era una pintoresca colina despoblada. Por el norte terminaba la ciudad en la calle ?1, al oriente de la carrera 7á; la que se extendía hasta. llegar a otro sitio despoblado, que después fue plaza de San Diego. El convento de esta Orden estaba aislado. Desde la Plaza de Capuchinos hasta la de San Diego no existía sino una vía sembrada de árboles, por orden de Ezpeleta, como hemos visto; no había allí edificaciones, excepto una quinta, hacia la mitad del trayecto, en la acera occidental, a la cual volveremos con el célebre médico bogotano Miguel de Isla. Tan despoblada continuó esta avenida hasta mediados del siglo XIX; por eso Manuel Ancízar escribía, en la primera página de la peregrinación de Alpha, las siguientes palabras:

Cronicas de Bogota tomo2

Una brisa tenue mecía los flexibles sauces de la Alameda Vieja, por entre los cuales se veía a intervalos la vecina pradera, verde -esmaltada, matizada de innumerables flores de achicoria, y poblada de reses que pastaban la menuda yerba, cubierta del reciente rocío de la noche.

El plano de don Carlos Francisco Cabrer, levantado en 1797, es una interesante iconografía, que publicamos por primera vez en la primera edición de este libro, y que tiene la siguiente leyenda: A, La Catedral.-B, San Carlos.-C, La Enseñanza.-D, El Carmen.-E, LaCandelaria.-F, Santa Clara.-G, Casa Arzobispal.-H, Santa Inés---I, capilla de Las Cruces.-J, Santa Bárbara.--I~, San Agustín.-L, Santo Domingo.-M, San Francisco.-N, La Tercera.-O, El Hospicio.-P, Las Nieves.-O, San Diego.--R, Capuchinos.-S, San Victorino.-T, Hospital.--V, Las Aguas.-W, La Concepción.-X, Palacio virreinal.-Y, capilla de Belén.

Marca el Palacio virreinal en el costado occidental de la I'laza; el arzobispal, frente al costado norte de La Catedral. Por el Sur la ciudad termina en el arroyo de San Juan, y de allí parte el camino de Fómeque. Hacia el Oriente están señalados El Aserrío, el río Fucha, el puente de Santa Catalina, y contigua a él la casa de Aguilar. Hacia el Occidente, la antigua Huerta de Jaime, que se extendía desde el río San Francisco hasta la actual carrera 15. La Avenida de Colón, como en el plano de Esquiaqui. No están señaladas las Alamedas Vieja y Nueva, y de la calle 22 hacia el Noroeste, se desprende el camino de Tunja, a cuyos lados no se encuentra más habitación que el convento de San Diego: aún está sin demarcar la plaza que lleva este nombre.

Para guardar cierta coherencia, mencionamos de una vez otro plano de Bogotá en la época colonial, levantado por don Vicente Talledo, quien lo firmó en Mompós en mayo de 1810, pocos días antes de estallar la revolución. Fue encontrado hace poco tiempo en Cuba por el ingeniero colombiano don Marcel Gutiérrez. Es de pequeñas dimensiones (0.31 X 0.20). El señor Gutiérrez regaló esta curiosa carta a la Sociedad Colombiana de Ingenieros, en 1903. Según el historiador E. Posada tiene muy pocas diferencias con los planos ya mencionados.

Por orden expresa del Gobierno español, Mutis trasladó la Expedición Botánica de la ciudad de Mariquita a la de Santafé, en mayo de 1i91, y aquí se organizó el instituto de modo definitivo (2).

Ocupó una amplia casa en la antigua calle de la Carrera (hoy carrera 7á, números 173, 175), con frente a la calle de E1 Chocho (hoy calle 8~), y un espacioso huerto, que se extendía hasta la carrera 8á, en el cual se levantó después el Observatorio Astronómico y se plantó jardín botánico. Allí habitaban el Director, los pintores y demás empleados del instituto, y se formó gabinete de historia natural, mineralogía, flora y objetos curiosos, base de lo qué más tarde se convirtió en Museo Nacional.

Nuevos miembros ingresaron al célebre instituto: don Francisco Antonio Zea, ilustre hijo de Medellín, ocupó el lugar del doctor Eloy Valenzuela; don Jorge Tadeo Lozano, de Bogotá, más tarde Presidente de Cundinamarca; Enrique Umaña, hábil mineralogista, de Bojacá, y Benedicto Domínguez, astrónomo, también bogotano; Salvador Matiz, Joaquín Camacho y Miguel de Pombo, botánicos; José Mejía, José y Sinforoso Mutis, éstos sobrinos del Director y nacidos en Bucaramanga; Juan B. Aguiar, el sabio Caldas y Salvador Rizo cooperaron con sus trabajos a dar brillo a la Expedición.

Abrióse escuela de dibujo gratuita, regentada por Rizo y por el bogotano Pablo Antonio García, primera de su género en el país, acontecimiento digno de mencionar>e en la historia del progreso, lento pero constante, del arte entre nosotros.

Oficial de pluma fue nombrado don Francisco Javier Sabaraín, y a la lista de catorce pintores españoles y quiteños agregamos cuatro nombres de discípulos de García, granadinos: Francisco Javier Matiz, ilustre hijo de Guaduas; Francisco Dávila, que dibujó los planos del puente del Común; Camilo Quesada y Pedro Almansa.

Entre los trabajos científicos de Mutis es digno de mencionarse especialmente la Quinología, en el cual fue eficaz cooperador fray Diego García, natural de Cartagena.

Como testimonio de gratitud de Mutis al apoyo que le prestaba en sus estudios el Virrey Ezpeleta, le dedicó, con el nombre de speletia, un nuevo género de plantas, vulgo frailejon, nativo de las alturas andinas, de la gran familia de las sínantereas, género que fue después aumentado por Humboldt Bonpland con dos especies más: la speletia argentia y la speletia corimbosa.

Como dato curioso recordamos que el único hijo varón del distinguido minero don Juan José D'Elhuyart fue discípulo aprovechado de la escuela de dibujo de la Expedición Botánica. Mas al soplar el huracán revolucionario, hubo de dejar sus pacíficas inclinaciones, y ciñó la espada, y fue en seguida émulo de Girardot ~~ defensor gallardísimo de Puerto Cabello.

Ya vimos en la página 307 del primer volumen que muerto el protomédico Román Cancino, en 1766, el Virrey lo reemplazó con el doctor Juan José Cortés, francés, sin la obligación de regentar la cátedra de medicina en el Rosario, de acuerdo con lo dispuesto por el Rey. Este nombramiento lo hizo Messía de la Cerda, luego que Mutis, la primera figura entre los profesores de Santafé, lo rechazó.

El protomédico había obtenido licencia del Cabildo para ejercer la medicina desde 1i58; pero no había exhibido diploma fidedigno que acreditara su saber y profesión, sino la declaración de un escribano, que aseveraba haber visto el título original de médico de la Universidad de Montpellier, expedido a Cortés. Y éste daba como razón para no aceptar la cátedra. del Rosario que estaba ya olvidado de la teórica y que se acordaba solamente de la práctica.

Don Juan B. de Vargas obtuvo por oposición la citada cátedra de medicina, y fundado en que su carácter de catedrático era inseparable del de protomédico, pidió al Ayuntamiento que se anulase el nombramiento hecho por el Virrey en Cortés y se le pasase a él, lo que dio lugar a largo pleito. Vargas se sujetó a examen de oposición en la Universidad Angélica, y en el libro donde se sentaban las partidas de grados y tremendas consta que en 17 de enero de 1774 años se graduó y defendió de tremenda: febris est calor naturalis praeter naturaliles ascensas, y se le confirió dicho grado Firma como Rector fray Luis Nieves; fray Jacinto Buenaventura, Antonio Manrique y Manuel Rubiales, como catedráticos, aunque seguramente conocían menos la ciencia médica que el mismo graduado, pues éste siquiera había sido boticario. Vargas desempeñó la cátedra hasta 1774, año en que por la implantación de nuevo método de estudios, se mandaron suspender las lecciones de esta Facultad, hasta nueva orden.

El protomédico Cortés concedió título de boticario al fraile Juan José Monje, el que abrió la primera botica pública en Santafé, que era propiedad del convento de predicadores y estaba situada en los bajos del Colegio del Rosario; el Padre Bohórquez, de la Orden de San Juan de Dios, fue quien abrió la segunda farmacia en los bajos del Hospital del mismo nombre, y fue don Antonio Garráez el primer laico que vendió yerbas, triaca y ungüentos en Santafé.

Cortés concedió también permiso de ejercer la profesión a los doctores Manuel Ignacio y Antonio Froes, antillanos; a don Honorato Vila, gallego; a don Alejandro Gastelbondo, y a otros más o menos charlatanes.

Cortés abandonó la capital y se estableció en Tunja. A Vargas lo vimos figurar en los Comuneros; antes había ejercido la medicina empírica en Popayán, y luego en Santafé, valido del curioso primer diploma mencionado, hasta los últimos años del siglo XVIII, en que falleció.

Por este mismo tiempo estuvo también en Bogotá el doctor Sebastián López Ruiz, nativo de Panamá, graduado en la Universidad de Lima, quien tuvo larga querella judicial con Mutis, queriendo arrancarle a éste el honor de haber descubierto las quinas en el Nuevo Reino.

Insertamos una cuenta por honorarios, pasada por uno de aquellos charlatanes, como documento vivo de las costumbres de la época:

Señor don Juan Ramírez. Muy señor mío:

A su recomendada enferma la asistí veintidós días a cuatro reales visita, cuyo importe es de once pesos. Las medicinas que para la dicha se llevaron tienen un costo de cinco pesos 5, medio; esto es, haciendo en todo toda equidad.

Dios guarde a Vuestra Merced.

Desta su casa, Santafé y noviembre 11 de 1791.

José Antonio Rojas

Otro de estos empíricos, Domingo Rota, bogotano, nacido en 1 i~2, estudió gramática, latín y teología hasta 1~770; ~n ese año abrió tienda de platería; manejó el único reloj público, en la torre de La Catedral; escribió en verso el Devocionario para la corona de la Divina Pastora; el Trisagio en diez décimas, y otras poesías. Y como resultado de todos estos conocimientos, Rota resultó médico. Sus obras se imprimieron posteriormente, y son curiosidad bibliográfica. De ellas publicamos varias historias clínicas en 1884, en la Historia de la medicina en Santafé. Aquí damos cabida a algunas líneas de lo que el autor llama casos.

Como médico que fue de doña Rafaela Isasi de Lorano, esposa del segundo Marqués de San Jorge, escribe Rota que era ética, es decir, tuberculosa, y refiere que

A todo decía que sí, repliqué sobre si sus médicos no le habían prohibido el uso de esa nutrición (jamón, mantequilla, huevos y demás alimentos nocivos), dijo: Y qué le importa a los médicos el que uno se cure? José María me ha dicho: quítate de médicos, vive enferma. Le ofrecí curar como se adietara a tomar alimentos simples y· húmedos. Se adietó perfectamente y le señalé una larga temporada de nitro fija en la agua común, y ejercicio de volante; hizolo todo así.. .. Después de varias semanas daba ligeras cabezadas hacia los pechos, y me dijo: ya no me duele nada (antes no podía mover el pescuezo por la tensión de los tendones de él, por el gran calor y sequedad). Después me dijo con admiración: a la oración me ceno un pollito v un ajiaquito, y cuando mis niñas cenan, me siento a cenar con ellas, como si no hubiera comido, y no me hace daño . . . . Ella tomó buenas carnes y colores, como lo ponderó su médico; ha podido vivir tantos años después, luego los médicos y los que curaban a sus hermanos ignoraron o no conocieron su gran calor u sequedad y la gran virtud del nitro fijo de Solano de Luque.

Con indiscreción incalificable cita íntegros los nombres de sus clientes. Va una parte de otro caso:

El Padre jubilado fray José Ovalle, enfermó de un gran cólico espasmódico, humoral y ventoso, causado de pasiones de espíritu y de un viaje violento a Cartagena, y mal asistido. El médico le dio cuatro purnas, y lo empeoró.. .. Señalé abluciones y cada dos horas un escrúpulo de tártaro vitriolado, y era de ver a su sobrina bañando a su tío con su bayeta, y él en la cama conversando con el señor Echavarry, Secretario del señor Compañón.

Otro más, sin comentarios:

Un maestro herrero del puente de San Francisco, terrible gotoso, me pidió remedio; le aconsejé dieta húmeda, esto es, los vegetales como calabaza, lechuga, pollo, arroz y· buen pan.

Un ilustre profesor de medicina contemporáneo observa que los curanderos asaltaban la medicina en esos tiempos, como en épocas posteriores lo han hecho muchos Generales sin despacho, es decir, sin las graduaciones de ordenanza. Y él mismo recuerda que don José María Upegui, llamado don Chepe, en Antioquia, extraía muelas, extirpaba tumores y amputaba brazos y piernas con una serenidad y arrojo dignos de mayor competencia científica.

Un poeta festivo de la Montaña, don Francisco Mejía. cantó así el saber de don Chepe, en versos que pueden aplicarse a los méritos de Rota:

Fabio se ha metido a médico Por hacerle vuelta al hambre, Y a los enfermos que coge. Les corta el vital estambre.

Sepan las autoridades

Que éste es un negocio serio: O atajar el paso a Fabio

O agrandar el cementerio.

La sangría, la purga y la lavativa eran las tres piedras fundamentales de la terapéutica de antaño. Moliere estaba rigurosamente en lo cierto:

Clysterium donare Postea signare Ensuita purgare.

Ezpeleta se quejaba ante la Corte de la falta de médicos; decía que no había en la ciudad más que dos facultativos; que no eran atendidos sino los enfermos de familias ricas; que la falta de cirujanos era absoluta; que la parte de obstetricia se desempeñaba de un modo bárbaro, por rutina y sin el menor conocimiento científico, y que el vulgo creía ciegamente en los curanderos.

Para confirmar las aserciones del Virrey, cerramos la noticia sobre esa época de la medicina, anotando que la comadre Melchora, partera muy afamada en la ciudad, habitaba en la calle de las Béjares. Cuando tuvo numerosa clientela, ensanchó su radio de acción, e ingresó en el profesorado, haciéndose curandera. Su terapéutica se reducía a cortar el cabello, ordenar baños de agua fría y buscar crisis interna por medio de regulares dosis de agua de pollo.

En cuanto a los estudios de jurisprudencia, la Junta de Estudios creada por el Virrey Caballero estableció cátedras de Derecho Público, que después sustituyó por clases de Derecho Real, cambio más que todo de nombre, pues la materia enseñada era la misma. Los que obtenían título de Derecho podían ingresar -si eran nobles y ricos- en el número de los abogados de la Real Audiencia, lo que era en realidad un simple título de honor, pues los pleitos -que eran escasos- los dejaban a cargo de los llamados Procuradores de número, porque los abogado consideraban poco digno de ellos el litigar por gentes que no estaban a su altura social.

A los jóvenes colonos que con más o menos provecho habían cursado Literatura y Filosofía, se presentaban para escoger cuatro carreras: la eclesiástica, las armas, la jurisprudencia y la medicina. Iban a conventos y curatos el mayor número; el título de abogado, como hemos visto, era un simple honor, y falsas ideas que reinaban sobre distinción de clases sociales hacían mirar la práctica de la medicina como vulgar y baja, a tal extremo que los jefes de familia impedían a sus hijos, con limitadas excepciones, que se dedicaran a esta noble profesión. Los Jefes del ejército eran españoles.

Por demás está decir que las bellas artes y las industrias eran apenas conocidas en el Nuevo Reino.

 

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