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CAPÍTULO
XXIX
Fue designado para reemplazar a Caballero
y Góngora en el cargo de Virrey del Nuevo Reino don Francisco Gil y Lemus, Teniente
General de la Real Armada, Bailío de la Orden de San Juan. Este sujeto debía tener
muchas influencias en la Corte porque el 3 de julio de 1788 firmó el Rey cédulas sobre
auxilios para que se trasladase a Bogotá, y sobre el sueldo de que debía gozar.
En febrero del año siguiente llegó Real
Ordenen la cual se disponía que se le obedeciese desde que llegase a Cartagena. Además,
durante su viaje fue promovido al Virreinato del Perú, de lo cual no tuvo conocimiento
sino hasta su llegada a la capital del Nuevo Reino.
Apenas tuvieron noticia la Audiencia y el
Cabildo de que ocuparía la Silla del Virreinato Gil y Lemus, tuvieron afanes porque no
existía palacio donde recibirlo, pues recordarán los lectores que el que existía en el
ángulo noreste del actual Capitolio, había sido destruido por incendio, y aunque el
Virrey Caballero había ordenado la reedificación, la pobreza del tesoro virreinal lo
había impedido. Por indicación del mismo Caballero se resolvió tomar en arrendamiento
una casa situada en la plaza, frente a La Catedral, cuya puerta se abría sobre la antigua
calle de San Miguel, en la actual nomenclatura calle 11. El contrato se hizo con el
propietario, don Francisco Sanz de Santamaría, y la Audiencia comisionó a los Oidores
Inclán y Mosquera para decorarla decentemente, bajo la dirección del ingeniero Domingo
Esquiaqui. Allí habitó Gil y Lemus antes de concluirse la obra.
De expediente que existe en el Archivo
Nacional tomamos los datos de que se invirtieron para cubrir el piso ciento cuarenta y
cuatro cargas de estera, porque las alfombras eran desconocidas en Santafé; en las ocho
ventanas, de las cuales cinco se abrían sobre la plaza, y tres sobre la calle, y en los
bastidores de las puertas de la escalera, se emplearon doscientos veinte vidrios planos.
Hicieron venir de Cartagena damasco carmesí, pues en Bogotá no alcanzó el que había en
el comercio para adornar los salones, y se decoraron con galón de oro. Se pusieron
mamparas en las puertas, y en la sala del dosel se cubrieron las paredes con seda.
El Virrey fue recibido en la capital con
gran pompa por los Alcaldes don Antonio Nariño, con quien cultivó estrecha amistad, y
don José María Lozano, hijo del Marqués do San Jorge, que a la sazón estaba preso en
Cartagena.
El Gobierno de este Virrey duró apenas
siete meses, tiempo que ocupó en hacer economías, y en la ciudad dispuso que se cerraran
las fábricas de rapé y pólvora, ésta situada en el Aserrío, en las cercanías del
río Fucha. apenas estas noticias están consignadas en los libros de historia, y nosotros
vamos a agregar una nota curiosa sobre el saber del Virrey Gil. Entonces reinaban ideas
absurdas en lo relativo a ciencias naturales, no obstante los esfuerzos de Mutis. Este
Virrey, con desfachatez ~, aparentando erudición, escribió a la Corte estas noticias el
año de 1789: decía que a tres cuartos de legua al nordeste de Bogotá existía un campo
que se llamabalos Gigantes, y agregaba:
Por una tradición inmemorial, y asta
denominación habrán, tal vez, dado origen los despojos que en él se hallan. Es un llano
como de una legua que recibe las vertientes de los cerros inmediatos, y descarnado con
ellas presenta en su vertiente varios despojos de vivientes, cuya magnitud admira, como se
verá por los que acompañan, recogidos de paso 5· sin hacer excavación ni diligencia
particular, pues habiendo pasado casualmente por este paraje, cuando me regresaba de ver
el maravilloso Salto de Tequendama, oí por primera vez el asunto y sólo traté de
recoger los que se presentaron y pudieron conducir me. Una colección semejante de huesos
en un espacio tan considerable, parece debe atribuirse sólo a la especie humana, pues los
animales
, sujetos a morir donde los acomete la
última enfermedad, no han podido seguramente formar este osario.
Los conocimientos del señor Virrey en
ciencias naturales eran nulos. El creía todavía en los gigantes y pigmeos de la especie
humana.
Las teorías científicas del Virrey Gil
nos hacen recordar las palabras que Voltaire pone en boca de uno de sus personajes
Mennón concibió un día el proyecto
insensato de ser perfectamente sabio y prudente: no hay hombre alguno a quien esta locura
no se le había pasado alguna vez por la cabeza.
Se ha afirmado por varios historiadores
que el Virrey Gil no hizo relación de mando de su corto Gobierno. En la Biblioteca de la
Academia de Historia de Madrid se conservan desde 1889 varios papeles que pertenecieron a
Mutis, y que fueron desglosados de los archivos del sabio, por no ofrecer interés
científico; bajo el número 46 se encuentra la Copia de la relación y entrega del Nuevo
Reino de Granada que hace el Excelentísimo señor don Francisco Gil y Lemus a su sucesor,
etc., año de 1789.
En el mes de marzo de 1789 llegó Cédula
en que se avisaba que había fallecido el Rey Carlos In el 14 de diciembre de 1788. Murió
el Rey de setenta y tres años, y su heredero, Carlos IV, tomó el cetro de las Españas.
Las ceremonias religiosas que se celebraron con motivo de la muerte del Rey Carlos fueron
pomposas, y en la última de ellas, que tuvo lugar en la iglesia de San Agustín el día 8
de junio, ocupó la cátedra el distinguido orador sagrado fray Diego Padilla, bogotano,
nacido en 1i~4.
El autor de la Historia de la Literatura,
Vergara y Vergara, dice que no conoció ninguno de los sermones del ilustre fraile. Debido
a investigaciones de otro escritor distinguido. don Luis Orjuela, tenemos a la vista el
Elogio fúnebre de Carlos III, y no podemos prescindir de copiar las primeras líneas:
Es verdad: la muerte no respeta alguna
condición. Nosotros no debemos admirarnos, si después que ella ha corrido por las
campañas entra alguna vez en las Cortes; ni nos debe sorprender que, cargada de mil
trofeos. de mar y tierra llegue de tiempo en tiempo a sentarse sobre los tronos de los
soberanos, y a arrebatarse los cetros como despojos de sus victorias. En fin: los Reyes y
los vasallos son de una misma materia y la maldición de muerte comprende a todo polvo.
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Francisco Gil y
Lemus
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El mismo autor de la Historia de la
Literatura nos refiere que el Padre Padilla era hermano de dos religiosos de su mismo
convento de San Agustín, de dos de la Candelaria, de dos franciscanos, de dos monjas de
Santa Inés y de una religiosa del Carmen. Oyendo esta relación de labios del historiador
J. M. Quijano Otero, el ático literato don Manuel Pombo exclamó: Pero la señora madre
de los Padillas tenía entre sus cualidades vientre de Concilio Ecuménico.
Después de siete meses de Gobierno, Gil
y Lemus partió para Lima, adonde llegó en marzo de 1790, y según el historiador inglés
Clemens Markham; allí sí tuvo tiempo de hacer reformas y ser administrador inteligente.
El 31 de julio de 1789 se encargó del
mando supremo del Virreinato don José de Ezpeleta aldeano, del Orden de San Juan,
Mariscal de Campo de los Ejércitos Reales, quien acababa de gobernar a Cuba, donde fundó
un cementerio y el alumbrado público. Ezpeleta tenía distinguidas condiciones
personales; prestaba apoyo a las letras y a las bellas artes, y fomentaba las reuniones de
buena sociedad. Llegó a Santafé acompañado de su esposa, doña María de la Paz, que se
distinguía por su belleza y por sus virtudes. Estas condiciones hicieron que estos
Virreyes fueran sinceramente estimados por los colonos.
Ezpeleta admiró la belleza de la Sabana
de Bogotá y , manifestó vivísimos deseos de conocer el Salto de Tequendama. Pasadas las
fiestas de la ceremonia de la recepción del Virrey, que tuvieron lugar el 1° de agosto
del mismo año, organizó Ezpeleta un paseo a la célebre cascada, al cual invitó a las
más distinguidas familias santafereñas. Cedemos la pluma al distinguido escritor de
costumbres don José Manuel Groot, por ser un cuadro vívido de los usos de la época:
Convidó Ezpeleta a todos sus amigos, y
la Virreina a todas sus amigas de más confianza. Tomáronse, por disposición del Virrey,
todas las medidas necesarias para facilitar inconvenientes a los convidados, de manera que
no pudieran oponer dificultades para excusarse. Como por lo regular uno de esos
inconvenientes consiste en las cabalgaduras, pidió a varios hacendados que le facilitasen
los mejores caballos de silla que tuvieran para las señoras, y todos se esmeraron en
mandarle los mejores, sin interés alguno, los cuales se empotreraron en el ejido de la
caballería. El Mayordomo del Virrey pasó aviso a todos los convidados con una boleta
para que los que necesitasen caballos mandaran por ellos a la caballería. Enviáronse
comisionados al pueblo de Soacha para preparar casas, armar toldos de campaña y una
grande enramada en la plaza, cubierta de toldos y adornada interiormente con colchas de
damasco, para poner allí la gran mesa donde debían comer todos los del paseo.
El día de la partida parecía que se
ponía en marcha un grande ejército. La vanguardia de esta alegre expedición había
marchado desde por la mañana, presidida por los reposteros. y cocineros, algunos de ellos
esclavos que el Virrey había traído de La Habana. Con éstos iba el tren de cocina y- de
repostería, más una cargazón de rancho, botijas de vino puro como el que se tomaba
entonces; frasqueras de diversos licores; damasanas de aloja y horchatas; los jamones, los
pavos y, en fin, cuanto se acostumbraba en aquellas sustanciosas comidas a la española
antigua, en que se consultaba más el gusto del paladar que el de la vista, cuando los
gastrónomos no habían lanzado anatema contra la caspiroleta y el arequipe para
sustituirlos con torres y castillos de pasta francesa con monos y banderillas, en que es
más lo que hay que escupir que lo que hay que comer.
Los músicos de la Corona, dirigidos por
Carricarte, iban en la gran comparsa, que salió de Santafé a las cuatro de la tarde, con
un tiempo bellísimo. Marchaban en diversos grupos, según las relaciones que había entre
los de la comitiva. Las señoras en sillones de terciopelo chapeados de plata, con
sombreros cubanos y pañuelos en la cara para no quemarse, porque entonces no había
galápagos ni paragüitas. Los caballeros y galanes iban en sillas, bridas chapeadas de
plata, con gualdrapas y pistoleras del mismo género con bordados, galones y flecos, unos
de plata y otros de oro, cuyas tapafundas han venido en nuestros tiempos a servir de
palios en los altares, suerte mucho más afortunada que la de los espadines, que han
venido a servir de asadores en las cocinas. Los jaquimones y frenos, cubiertos de
estoperoles de plata, agobiaban las cabezas de los crinudos aguilillas. Los caballeros
graves, padres de familia, iban en sus sillas orejonas, con pellón y ruanas pastusas,
quirivillos y sombreros de hule verde. A lo último iba la guardia de caballería del
Virrey y una runfla de pajes.
En el grupo de los Virreyes, que por
supuesto era el de gente más distinguida, iba un personaje, quizá el más interesante
para el caso, aunque de ruana y alpargatas. Era Pachito Cuervo, célebre por su genio y
ocurrencias, que, cual otro Sancho Panza al lado de la Duquesa de la partida de caza, iba
junto a la linda Virreina contándole cuentos y aventuras ocurridas en semejantes paseos..
.. Tire aquí el lector la rienda al caballo y aguarden ahí los del paseo, mientras damos
noticia individual de este sujeto.
Era Pachito Cuervo un hombre plebeyo pero
dotado de talento particular para hacer pegaduras, contar cuentos y divertir a la gente.
Su humor siempre alegre, sus ocurrencias chistosas, su habilidad en remedar y dar chascos,
lo hacían necesario en todos los paseos, fiestas y diversiones. Era casado con una mujer
de su clase, formalota y trabajadora, que mantenía la casa, porque Pachito Cuervo no
pensaba sino en divertirse. No había fiestas donde no estuviera, ni paseo donde no fuera
convidado. Muchas veces se largaba a las chirreaderas de los pueblos sin decirle nada a su
mujer, y no volvía hasta después de quince o más días, lo que le costaba sus buenas
pestes, que él sabía conjurar con alguna chuscada, con que hacía reír a la mujer.
Entró un día visita, y ella lo mandó a traer candela para encender tabaco. Pachito
Cuervo salió y se largó a unas fiestas del campo, de donde volvió a los ocho días
soplando un tizón de candela, que le presentó a la mujer para que encendiera tabaco a la
visita. Tenía gran facilidad para fingir diferentes voces a un tiempo, figurando camorras
y bullicios, con lo cual se divertía por las noches poniendo en movimiento a la ronda,
haciéndola correr de una parte para otra, sin más que ponerse a hacer un alboroto a la
vuelta de una esquina, y cuando tanteaba que venía, pasaba disimulado, y entonces la
bulla empezaba por otra parte, adonde volvía el Alcalde con sus alguaciles para hallarse
otra vez sin nada. Pero la ocurrencia más graciosa que tuvo fue ésta: informado Ezpeleta
del genio de este hombre, a quien los grandes acariciaban por gozar de sus chistes, mandó
a llamarlo, diciéndole que deseaba conocerlo. Pachito Cuervo vino a la hora que se le
citaba, y el Virrey lo recibió con mucho agasajo. procurando inspirarle confianza. Mandó
luego a un paje que lo llevase a la recámara de la Virreina para que lo conociera. La
señora, con su genial bondad, conversó con él sobre varias cosas relativas al país, de
que deseaba informarse.
Al despedirse, la señora le dijo que le
llevara a su mujer, porque deseaba conocerla. Cuervo se excusó diciendo que era una tapia
de sorda y que no quería proporcionar a Su Excelencia la molestia de hablarle a gritos.
La Virreina insistió en que se la llevara, y Pachito Cuervo convino en ello con cierto
aire de repugnancia, y se despidió con mil retóricas cortesías, hasta el día siguiente
en que ofreció volver con su mujer.
Luégo que llegó a su casa, dijo a ésta
que la Virreina estaba empeñada en conocerla, y que tenían que ir al otro día a
palacio; pero que la Virreina era sorda, y que había que hablarle a gritos. A1 día
siguiente se fueron a la visita. El lacayo avisó a la señora Virreina, quien mandó que
los introdujese a su recámara. A1 entrar, la mujer de Cuervo saludó a la Virreina con
gritos y cortesías, y la Virreina le contestaba lo mismo, figurándose, que la misma
sordera la hacía hablar recio. La otra, a su vez, creyó 1o mismo de la Virreina, y
sentadas ambas se gritaban a cuál más, cuando oyendo Ezpeleta las voces salió
apresurado, y entrando en la recámara, preguntó qué era aquello, a lo que le respondió
doña María de la Paz: pues que la señora es sorda y hay que hablarle recio. Vuesencia
es la sorda, que yo no lo soy, dijo la otra; y entonces todos largan la risa, y el Virrey
más que nadie, conociendo el chasco y admirando la ocurrencia de Cuervo, que a todas
estas se mantenía serio como un palo.
Ahora sí pique el lector y siga la
alegre comitiva para Soacha.
Llegados a este pueblo cuando los
últimos rayos del sol ocultos a la Sabana doraban los perfiles de Guadalupe y Monserrate.
todo hombre echó pie a tierra; y aquí fueron los comedimientos y las cortesías para
tiesmoniar a las señoras; pero todo con aquel grado de franqueza que se adquiere en todo
paseo de buen humor y en que los que presiden dan el ejemplo, como lo daban Ezpeleta y su
señora. Por supuesto que allí nadie tenía que pensar en su caballo, porque casi todos
eran ajenos, ni en que los indios les robaran los estribos, porque los lacayos del Virrey
servían a las mil maravillas. Entrando en los alojamientos se siguieron los aliños
femeniles, porque el baile en Soacha era parte integrante del paseo. Se bailó paspié y
bolero con castañuelas,
y hubo espléndida cena. A1 otro día,
después de desayunarse con chocolate y tostadas, siguieron para el Salto, donde
estuvieron más de dos horas, y habiendo almorzado en el Almorzadero, volvieron a comer a
Soacha. Aquí fueron las verdaderas bodas de Camacho. A1 otro día visitaron la
Piedraancha, sobre la cual se bailó el minuet, y regresaron a Santafé, adonde entraron
con música por las calles, acompañando toda la comitiva al Virrey y Virreina hasta su
palacio.
Se conserva en el Museo Nacional una
medalla de plata, ~ recuerda las fiestas con las cuales la ciudad de Bogotá esto
juramento de obediencia al nuevo Rey de España, Carlos IV. Los regocijos los presidió el
Alférez Mayor, don Luis Caicedo y Flórez, acompañado de los Alcaldes, don Antonio
Nariño y don José María Lozano. Las fiestas duraron quince días, hasta el 20 de
diciembre de 1789. Hablando de ellas dice un testigo presencial:
Fue la jura de Carlos IV. La juró el
Alférez Real don Luis Caicedo: botó mucha plata; hizo un banquete de tres días, a que
asistieron los Virreyes a su casa. Hubo fiestas muy lucidas y muchas figuras y enigmas de
vítores al Rey. Los toreadores los vistieron, tanto a los de a caballo como a los de a
pie, con la ropa de los gigantes.
Figuró en las fiestas el nuevo tren de
artillería con veinte cañones; hubo corridas de toros, y fueron notables cuadrillas que
tuvieron lugar el día Ï y se repitieron el 20.
La primera cuadrilla tenía por jefe al
mismo don Luis Caicedo; vestía esta cuadrilla de blanco y amarillo, y en sendas adargas
se leía este lema:
Del hemisferio español Y del uno al otro
polo Santafé por Carlos sólo. iViva Carlos IV!
La segunda cuadrilla la encabezaba don
Francisco Javier Vergara, abogado, primo hermano de Caicedo y Flórez; -vestía capa de
húsar y calzón azul: En las adargas, en que estaba pintado un árbol de granado,
símbolo del Nuevo Reino, se leía:
Este árbol coronado de hermosa flor y
fruto De Luisa es fiel tributo.
Viva la Reina María Luisa
Era jefe de la tercera cuadrilla don
José Ayala, y comandaba la cuarta Don Francisco Ponce de León.
Don Luis Caicedo y Flórez, el rumboso
Alférez Real, que mandó la primera cuadrilla, en 1810 firmó el Acta de la
Independencia, después de renunciar los honores y fueros de Caballero de Carlos III, y
enroló sus hijos en las milicias republicanas, que también comandaba; la hija de don
Francisco Javier Vergara imploró inútilmente gracia de la vida para su marido, el
prócer don José Gregorio Gutiérrez, en I816; don Luis de Ayala fue fusilado, por su
amor y servicios a la República, el mismo año de 1816, y don Francisco Ponce de León
fue republicano años después.
Desde el año de 1'788 había llegado a
Santafé un ilustre hijo de Quito, don Francisco Javier Eugenio Espejo, que había nacido
en 1'747, y que había obtenido los títulos de Doctor en medicina veinte años después,
~- de Licenciado en los Derechos Civil y Canónico. Espejo había sido Bibliotecario en su
ciudad natal, y se había hecho conocer por varios trabajos de literatura y de ciencia y
como propagador de ideas republicanas.
El Presidente de Quito don Juan José
Villalengua lo había enviado a la capital del Virreinato, acusado de ser el autor de un
escrito satírico, El retrato del Golilla, y el Gobierno de Santafé lo dejó en libertad
porque no creyó que fuera tan grave el asunto, como el Presidente de Quito se lo
imaginaba.
Desde que llegó Espejo a Bogotá se
relacionó con los hombres más distinguidos por su saber, quienes lo estimaron por su
vasta erudición y avanzados principios liberales. Allí se puso de acuerdo con Zea y
Nariño para trabajar en la grandiosa obra de la independencia de Quito y Santafé; allí
adquirió mayor caudal de luces y un gusto más fino y exquisito en la literatura.
Otro historiador ecuatoriano, de
reconocida veracidad, escribe a este propósito: Sus conexiones se estrecharon muy
especialmente con don Antonio Nariño, republicano fogoso que, como Espejo, no podía
avenirse con el Gobierno de los Reyes.
Los amigos de las ideas de independencia
encontraron en aquellos días continuas dificultades y contradicciones, y Espejo, Nariño
y Zea, en tres años que residieron juntos en Bogotá, tuvieron que concertar sus planes
revolucionarios en el misterio de una conspiración. La sátira de Espejo, de que hemos
hablado, lo hacia maz sospechoso.
Un ilustre español, don Marcelino
Menéndez y Pelayo, escribió estas líneas sobre el célebre quiteño, hablando del
Retrato del Golilla:
Esta sátira, calificada por el
Presidente de Quito de sangrienta y sediciosa, valió al doctor Espejo un año de cárcel
y luego un largo destierro a Bogotá, donde Espejo se entendió con Nariño y otros
criollos de ideas semejantes a las suyas, y contribuyó a preparar el movimiento
insurreccional de 1809.
Después de tres años de residencia en
Bogotá, Espejo regresó a Quito, donde redactó periódico e hizo parte de una Sociedad
que en apariencia tenía por objeto adquirir conocimientos artísticos, fabriles y
agrarios, y de la cual eran miembros Nariño y Zea. Espejo sufrió allí nueva prisión, y
salió de ella para morir. siempre, dice Heine, que una alma grande se ha remontado en
alas de su pensamiento, ha encontrado un calvario.
Pronto veremos que corrieron suerte
idéntica a la de Espejo, Nariño, Zea y otros di>tinguidos habitantes de Santafé que
también conspiraron contra el régimen colonial.
Vamos a consignar aquí una curiosa
crónica de fines del siglo XVIII, tradición conservada por la familia Cuervo, y que fue
publicada por primera vez en la primera edición de este libro. Es autor de ella el señor
General Carlos Cuervo Márquez, a cuya pluma debemos las siguientes páginas:
El. Verde por los años de 1789 entró
como novicia a1 convento de Santa Inés de Bogotá la señorita doña María Josefa
Camero, de diez y seis años de edad, huérfana de padre y madre. con gran caudal de
hermosura y de bienes, puesto que era una de las más ricas herederas de la Sabana, y,
según todas las apariencias, con muy poca o ninguna vocación para la vida del claustro.
En la misma época servía a Ezpeleta un apuesto Capitán de guardias, don Antonio de
Aguirre, joven español que gozaba de mucho valimiento cerca del Virrey, y que era, entre
las tímidas doncellas de Santafé, objeto de viva curiosidad y causa de perennes
inquietudes.
Antes de entrar al convento la joven
Camero, el Capitán la había conocido en un sarao y había quedado prendado de la gracia
y tal vez de la cuantiosa fortuna de la heredera. A ésta la había impresionado
agradablemente la apostura, la galantería y el vistoso uniforme verde del Capitán. Pero
el tutor de la joven, que no miraba con buenos ojos a don Antonio, creía, siguiendo las
ideas de su tiempo, que el mejor modo de desempeñar las funciones de su cargo era hacer
cuanto estuviera en su mano para asegurar la felicidad eterna de su pupila, sacrificando
la efímera dicha terrenal. Para lograr esto había proyectado hacerla profesar, dando al
convento una nueva monja y una gran fortuna, la de la señorita Camero, como era de
ordenanza. E1 tutor tuvo como auxiliar, para llevar a cabo sus piadosos planes, el apoyo
del poder eclesiástico, a cuyas poderosas sugestiones no pudo resistir la pupila, aun
cuando presentía que al entrar al convento, contrariando sus inclinaciones, y una pasión
ya poderosa, se abrían para ella las puertas de un infierno anticipado. Pero esa era la
época y como joven principal y bien educada debía sacrificarse en aras de las
preocupaciones reinantes. Así se explican la invencible repugnancia que la novicia
demostraba por el convento y la melancolía que de ella se apoderó desde el momento en
que, pasados los umbrales del claustro, las puertas del mundo se cerraron tras ella,
ocultándole, tal vez para siempre, al Capitán Aguirre. Pero para éste, como buen
enamorado, no había obstáculos invencibles, 5· ni aun las mismas macizas puertas de un
convento del siglo XVIII, con todas sus preeminencias, eran capaces de hacerlo retroceder.
Antes, quizás, las fuertes rejas de Santa Inés estimularon su capricho, y ganándose a
una mandadera del convento, logró entablar con la novicia amorosa y clandestina
correspondencia. Las cartas del Capitán, con sus protestas de amor, con sus ardientes
frases y con sus esperanzas para cl porvenir, agravaron la lamentable situación de la
novicia. Sólo Dios pudo saber las terribles luchas que agitaron el espíritu de esa
desdichada niña, combatida por el amor y por los escrúpulos, encerrada en las frías
paredes de una celda, y a todas horas asediada por las monjas, que de ninguna manera
querían que se les fuera de entre las manos la fortuna que ella les traía. Tal estado no
podía menos que alterar profundamente la salud de la novicia, la que día por día iba
para menos. Sabedor de todo esto el Capitán Aguirre, puso en juego todo su crédito con
el Virrey para que éste reclamara del poder eclesiástico a la señorita Camero. Pero el
Gobernador del Arzobispado no accedió a nada, y sólo después de muchas notas cruzadas
con el Virrey consintió en que la novicia, dado el mal estado de su salud, saliera del
convento por unos días, pero con orden terminante de que en la casa adonde se llevara no
debía recibir, fuera de las del médico, otras visitas que las de su tutor y las de su
padre espiritual; que debía ajustarse a la disciplina del convento, y que el hábito de
novicia no debía quitárselo ni aun para dormir, como para que tuviera presente a todas
horas que su destino estaba inexorablemente trazado, que su única aspiración debía ser
el crucifijo, su satisfacción el cilicio, su universo una estrecha celda. Pero hasta ese
retiro, y a pesar de todas las precauciones de vigilancia que se habían tomado, el
Capitán, por medio de la aguadora de la casa, consiguió hacer llegar a manos de la
infeliz novicia nuevas esquelas amorosas, que fortalecían si ya decaído ánimo.
Los dos años del noviciado pasaban muy
de prisa, y, vuelta la novicia al convento, se acercaba y a la fecha fijada para la
profesión, sin que hasta entonces hubieran dado resultado alguno las constantes
reclamaciones del Virrey y de la autoridad civil. El Gobernador del Arzobispado, a la
cabeza de todo el elemento religioso, quería que la heredera profesara, y,
necesariamente, tenía que profesar.
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Manuel del
Socorro Rodriguez
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Era ceremonial de etiqueta en ese tiempo
que cuando alguna joven principal tomaba el hábito, los tres días anteriores a la
profesión abandonaba el convento y era festejada por su familia y sus amigos con alegres
fiestas, continuos saraos y diversiones constantes. Eso era lo que, en el lenguaje de la
época, se llamaba los requerimientos especie de duelo final que el ascetismo de la
presunta monja libraba contra los halagos del mundo y sus tentaciones,---y no pocas veces
el resultado de tan dura prueba era el que debía ser: el cambio del rudo sayal por el
alegre traje de la desposada.
Aun cuando la suerte de nuestra novicia
parecía de antemano fatalmente trazada, no se podía prescindir de los requerimientos,
dadas su posición, su edad y su fortuna; pero como no tenía familia, la Virreina,
quizás de acuerdo con el Capitán Aguirre, se presentó en persona en el convento por la
señorita Camero, y los requerimientos tuvieron lugar en Palacio, celebrándose con
magníficos banquetes, saraos y toda clase de fiestas, presididas por la misma Virreina.
Allí, entre la alegre juventud de Santafé, descollaba Aguirre, luciendo, como de
costumbre, su brillante uniforme verde de Capitán de Guardias españolas, más enamorado
que nunca, y, cosa inexplicable, apareciendo el último día de los requerimientos alegre
y satisfecho como el más feliz de los mortales.
Terminados los regocijos, Josefita Camero
se despidió de la Virreina y de sus amigas; por unos pocos momentos, y demostrando la
más viva zozobra, habló en voz baja con Aguirre, y, abandonando las ricas galas que
tanto la habían hermoseado por tres días, volvió a vestir el modesto hábito de la
novicia y fue de nuevo conducida al convento. La comunidad, formada en el claustro
principal, la recibió con vivas demostraciones de regocijo, festejándola con un
abundante refresco. Una vez instalada en su antigua celda, debía recibir los
cumplimientos y el besamanos de toda la comunidad. Después de la Priora, una a una y en
riguroso orden jerárquico entraron todas las monjas, todas las sirvientas y todas las
mandaderas a saludarla y a felicitarla por la insigne victoria que había alcanzado sobre
el mundo y sus vanidades. La batalla se había librado, y el convento, según todas las
apariencias, quedaba vencedor. Al día siguiente debía tener lugar la profesión. Sin
embargo, algo extraño debía haber e~ la fisonomía de la novicia, porque en el acto
comenzó a susurrarse entre la gente de servicio del convento que la Hermana Camero no
profesaría. Terminados los besamanos y los saludos de etiqueta,, y pasados los primeros
momentos del regocijo de las monjas, la comunidad volvió de nuevo a su monótona y
ordinaria tranquilidad de siempre.
A las cinco y media de la tarde de ese
día estaban las monjas reunidas en el coro, entregadas a sus devociones de regla, cuando
fueron interrumpidas por extraño tumulto. En la vecina calle se oía tropel de gente
armada, toques de clarines y de tambores, y voces de mando y terribles golpes sonaban en
las puertas del convento. A1 mismo tiempo los tranquilos habitantes de Santafé, para
quienes era éste un extraordinario acontecimiento, veían asombrados que la Compañía de
Guardias del Virrey, mandada por el Capitán Aguirre, quien llevaba su vistoso uniforme
verde, rodeaba el monasterio de Santa Inés y se preparaba como para un formal ataque
contra las indefensas monjas.
A los golpes dados en la puerta principal
del convento por el Capitán en persona, acudió la Hermana portera, quien oyó con
estupefacción la orden del Virrey para que fuera inmediatamente entregada, de grado o por
fuerza, la novicia María Josefa Camero. La portera subió volando al coro a comunicar a
la Priora lo que ocurría, y ésta, después de reflexionar un momento, y viendo que toda
tentativa de resistencia era inútil. ordenó que se introdujera al coro, pero por la
puerta de la iglesia, al mensajero de tan extraña orden. A los pocos instantes se
abrieron las puertas de la iglesia, y subiendo al coro, se presentó en medio de la
consternada comunidad el Capitán Aguirre, con espada desnuda, sombrero calado, espolines
y su gran uniforme verde, que impresionó profundamente a las asombradas monjas, y
dirigiéndose a la Priora, en términos altaneros le comunicó la orden del Virrey. La
desolada superiora, con voz severa y entrecortada por los sollozos, llamó a la Hermana
Camero y, tomándola de la mano, la entregó al atrevido Capitán, repitiendo la orden de
que la novicia saliera a la calle por la . puerta de la iglesia, para que no se profanaran
con tan grande atentado los umbrales de la sagrada casa. Las monjas, que no podían creer
que esta profanación fuera obra humana, vieron en el Capitán vestido de verde si mismo
demonio, y desde entonces EL héroe fue sinónimo de diablo, principalmente entre monjas,
mandaderas y demás gentes allegadizas a los conventos de esta ciudad, sobre todo para
designar un diablo inquieto, atrevido y perturbador de la santa tranquilidad de la vida
monástica.
Pocos días después de lo ocurrido, don
Antonio de Aguirre y doña María Josefa Camero contrajeron matrimonio, y como el
escándalo dado hacía imposible su permanencia en la piadosa Santafé, partieron para
Puerto Rico, adonde el Capitán había logrado ser promovido, no sin haber realizado antes
las valiosas propiedades de su esposa, entre ellas la hacienda La llamada, en la vecindad
de Puentegrande. Muchos años transcurrieron sin que de ella se volviera a tener noticia
en Santafé, y ya en el convento no se hablaba de la Hermana Camero, cuando un correo de
los que de tarde en tarde traían la correspondencia de España, trajo para la Priora
carta de la antigua novicia, que causó profunda impresión en la comunidad. La esposa de
Aguirre relataba toda una vida de amargura y de dolor, y terminaba reconociendo su enorme
falta y pidiendo humilde perdón a la superiora y a la comunidad entera.
Instalados en Puerto Rico, Aguirre había
malbaratado la fortuna de su esposa, trocándose para ella en desapiadado verdugo,
sumiéndola en terrible miseria, y, arrancándole los dos hijos que habían tenido, la
había. arrojado del hogar, abandonándola por completo. Desde entonces, cada vez que a
Santafé llegaba correspondencia de las Antillas, no faltaron las desoladas cartas de la
Hermana Camero, como todavía era llamada en el convento, cartas que leía la Priora ante
la comunidad, para edificación y ejemplo de monjas y mandaderas, quienes veían la mano
de Dios pesando sobre la desdichada que había profanado el monasterio huyendo de él en
pos de El Verde. Por último, dejaron de venir las acostumbradas cartas, y nada más se
volvió a saber sobre la infeliz suerte de la antigua novicia.
El año de 1790 llegaron reales órdenes
que reorganizaban la Compañía de Alabarderos, guardia de honor del Virrey, que debía
tener un Capitán, veinticuatro plazas de infantería y treinta y cuatro de caballería,
inclusos los Cabos y trompetas.
A mediados del mismo año el Gobierno y
la familia de Ezpeleta, presidida por doña María de la Paz Enrile, visitaron el
santuario de Chiquinquirá. entonces mezquino villorrio, en el cual no encontraron los
paseantes ni los comestibles necesarios. El Virrey inició la idea de construír un templo
suntuoso, lo cual vino a realizarse años después: en 1i96 comenzaron los arreglos del
terreno; en 1á01 se colocó la primera piedra, y al estallar la revolución de
independencia, la obra estaba cubierta. Había sido dirigida por los arquitectos fray
Domingo Pérez, de Petrez, lego capuchina español, y el arquitecto bogotano Nicolás
León, quienes también per esos tiempos levantaban la Catedral de Bogotá.
Con el señor Ezpeleta había llegado a
Santafé don Manuel del Socorro Rodríguez, natural de Bayamo, en la isla de Cuba,
carpintero en su primera juventud- a causa de su extrema pobreza, instruido en Humanidades
y, además, poeta. E1 Virrey lo nombró Bibliotecario, con exigua remuneración. Por
consejo y con apoyo del mismo Ezpeleta fundó Rodríguez el Papel Periódico de Santafé
de Bogotá, cuyo primer número apareció el 9 de febrero de 1791.
El periódico tenía cuatro fojas en 8°,
y fue el verdadero origen del periodismo nacional, puesto que la Gaceta de Santafé, de
1785, de que ya hablamos, no pasó de tercer número. Del Papel Periódico aparecieron con
regularidad doscientos setenta números, en el largo espacio de siete años,. Imprimióse
-hasta correctamente- en 1a tipografía de don Antonio Espinosa de los Monteros, quien
había trabajado en este arte en Cartagena hasta 1776. En sus columnas aparecieron
numerosos artículos da verdadera importancia para el desarrollo y progreso del Nuevo
Reino. Rodríguez habitó en una pieza de la misma Biblioteca, en la antigua Casa de
Jesuitas, hoy Palacio de San Carlos, y a ella consagró todos sus esfuerzos. Era muy
popular entre los jóvenes, a quienes aconsejaba en sus lectoras, y muy estimado en los
conventos de monjas, para las cuales componía poesía, de todo género.
Las primeras líneas del. periódico,
cuyo facsímile adorna esta página, dicen:
A pocas reflexiones que haga el hombre
sobre sí mismo, conocerá que este predicado de racional, le obliga a vivir según la
razón. El verá que todas sus acciones deben ser ilustradas y dirigidas por ese rayo
celestial con que ha sido ennoblecida su naturaleza. Y viéndose colocado en medio de los
de su especie, no podrá menos de concebir de su ser. La utilidad común será el primer
objeto, que desde luego se pondrá ante sus ojos. Este recíproco enlace, que forma la
felicidad del Universo, hará en su ánimo una sensación, que no podrá menos mirar con
indiferencia.
En la Biblioteca Nacional se conservan
muchos manuscritos inéditos de Socorro Rodríguez, en prosa y en verso, todos escritos en
el estilo fría y prosaico del Preliminar que acabamos de ver.
Como muestra de los laboriosos trabajos
literarios en que Rodríguez distraía, sus largos ocios, tomamos de un dibujo suyo, de
1806, que fue reproducido en litografía por Martínez Hermanos y Daniel Ayala, en 1853,
una octava que forma el pedestal de una custodia, a la cual rodean y acompañan numerosas
figuras divinas y humanas, inscripciones latinas y versos castellanos de diversos metros:
Como se ve, Rodríguez carecía de
cualidades poéticas eminentes. En cambio, su laboriosidad era portentosa. Escribió
varios tomos de versos, entre ellos ¡uno de sonetos!
Angel Braschi, que ocupaba la Silla de
San Pedro desde 1775, con el nombre de Pío VI, nombró Arzobispo de Santafé a don
Baltasar Jaime Martínez Compañón, natural de Cabredo, en Navarra, donde nació en 1738.
Había sido Chantre en la Metropolitana de Lima, y Obispo durante nueve años en Trujillo,
del Perú. Promovido a Santafé, subió el río Magdalena, y llegó a Honda a fines de
enero de 1791, donde fue recibido por una Comisión del Cabildo eclesiástico. A la
capital entró el 12 de marzo del mismo año, y ese día tomó posesión de su alto
destino.
Este Arzobispo no vivió en el Palacio de
sus antecesores sino en una casa que hizo arreglar frente al costado norte de la Catedral,
hoy- habitaciones modernas de la calle 11, número 120.
Ya vimos en las páginas 127 y 372 del
volumen primero de este libro la fundación de las primeras escuelas que hubo en la
ciudad. El Virrey Ezpeleta, viendo que eran insuficientes para la instrucción del pueblo,
fundó sendas escuelas populares y gratuitas en los cinco barrios en que estaba entonces
dividida la capital. El Arzobispo Compañón coadyuvó a la benéfica tarea del Virrey,
creando una modesta renta para cada una de estas escuelas.
Sea este el lugar de recordar el nombre
de José María Dávila, hijo de Bogotá, quien fue el primero que en esos atrasados
tiempos abrió escuela primaria, de carácter privado, al mismo tiempo que él era
discípulo del Colegio de San Bartolomé. El señor Dávila fue después prócer
distinguido de la Independencia.
Describiendo estas escuelas, su atraso y
su pobreza, dice un literato colombiano:
Sobre la silla del maestro había un
trofeo compuesto de una enorme coroza de estera, adornada con plumas de pavo (vulgo,
pisco); un rejo de seis ramales, dos férulas y un letrero escrito con grandes letras
rojas, que decía:
La letra con sangre dentra y la labor con
dolor.
Otro conocido escritor, que alcanzó a
conocer aquellos tiempos, refiere que las señoras hacían sus cuentas, que eran bien
pocas, con granos de maíz, y que si alguna sabía escribir, lo hacía sin ortografía,
sirviéndose de plumas del reino animal, porque las de metal eran desconocidas, y
refiriéndose a las escuelas de niñas, de los tiempos de Ezpeleta, dice:
Mucho sería que alguna vieja de jubón,
polleras de anascote y gafas montadas en la punta de la nariz, hiciese un tímido ensayo,
o como informe borrador de escuela, con una docena de niñas de las casas vecinas, y con
voz gangosa les enseñase las primeras letras de la cartilla, mostrándoselas con un largo
puntero de oro o de tumbaga, o con un largo esparto arrancado a la escoba que estaba
detrás de la puerta de la sala.
Es lo cierto que los criollos de estos
países, de costumbres medioevales, no lograron el beneficio de la educación -siquiera
rudimentaria- sino en cortísimo número, y eso los habitantes de las poblaciones. La gran
masa rural permaneció absolutamente analfabeta.
Ezpeleta escribía en su Relación de
Mando, refiriéndose a la fundación del Colegio de La Enseñanza, en que ya nos hemos
ocupado, y a su fundadora, doña Clemencia Caicedo:
A la piedad de una mujer ilustre por su
nacimiento y todavía más, por sus loables sentimientos, se debe la fundación de ~a
única casa de enseñanza de la juventud de su sexo que hay en esta capital y en todo el
Reino.
Y recuerda que el Arzobispo Compañón
protegió el instituto con mano liberal y dotó los maestros de escuela.
Pero repetimos que a pesar de 'todos
estos encomiables esfuerzos de los Jefes del Estado y de la Iglesia, y de los hechos por
Mutis, la ciencia no alumbraba sino cortísimo número de cerebros, y que la muchedumbre
la miraba como cosa misteriosa, laque no disipaba su credulidad y su ignorancia.
En cuanto a mejoras materiales, el
progresista Virrey se interesó en adornar la capital, quitándole su aspecto mezquino. El
hizo sembrar árboles frondosos, desde la plaza de San Victorino hasta el campo abierto de
San Diego -hoy Avenida de Boyacá- y que entonces se llamó Alameda Vieja, en
contraposición a la Alameda Nueva, también sembrada por el Virrey, desde el
desprendimiento de la calzada de Occidente, hacia Puente Aranda- hoy A venida de Colón.
El Gobierno, sin atender al Diccionario, llamó alamedas (sitios sembrados de álamos) a
estos paseos, a los cuales sólo adornaban los árboles propios de nuestro clima, es
decir, sauces, robles, cerezos y alisos.
Ezpeleta hizo mejorar las calles, y contrató con
don Felipe Vergara la construcción de enlosados en la calle de San Juan de Dios, hoy
calle 12.
También pensó, como su antecesor,
fortificar la capital, temiendo otra insurrección como la de 1i81, y proyectó la
construcción de un fuerte en las alturas que dominan la ciudad, por el Oriente; pero en
su empeño no logró sino fundir algunos cañones.
El cronista Caballero recuerda que en
diciembre de 1791 se estrenó el cuartel de la artillería con una famosa representación,
a costa de la Oficialidad.
Por ese tiempo el Virrey hizo colocar las
piezas de artillería en el cuartel del Batallón Auxiliar.
Desde el mes de mayo del mismo año
organizó Ezpeleta una Junta de Policía, y nombró Presidente de ella al Oidor Juan
Fernández de Alba, y miembros, entre otros, a don Antonio Nariño, a don Primo Groot y a
don José María Lozano.
Vimos ya, en el volumen primero, páginas
150, 204 y 399, la fundación del Hospicio. El Virrey Ezpeleta reorganizó esta
institución, reuniendo, con la debida separación, los mendigos de ambos sexos, para 1~
cual hizo construir un segundo claustro, con f rentes a la calle 18 y a la carrera 8~
Sobre la puerta situada en la calle aún se ve un escudo labrado en piedra, que es el
blasón de la ciudad de Bogotá, concedido por Carlos v. Este tramo nuevo estaba destinado
para los hombres.
Se conservó en el mismo edificio la cuna
de la inclusa, y el Virrey nombró una Junta para que dirigiese este Asilo, presidida por
el Fiscal Manuel Mariano de Blaya, y compuesta del Deán, dos Regidores y dos vecinos de
distinción. que Administrador de la casa don Antonio Cajigas, y Capellán fray Lorenzo
Lozano.
Anotamos también que en 1791, a
solicitud del presbítero Sancho Londoño y de doña María Alvarez del Pino, partieron
para Medellín varias religiosas bogotanas, hijas del convento del Carmen, con el objeto
de fundar la Orden en aquella ciudad.
En el año de 1i91 levantó el ingeniero
español don Domingo Esquiaqui el plano de la ciudad de Bogotá, por orden del Virrey
Ezpeleta. El dibujo original desapareció en el incendio que destruyó el Palacio
Municipal en 1900. Afortunadamente, el distinguido literato don José Manuel Marroquín
conservaba una copia del trabajo de Esquiaqui, que obsequió al historiador E. Posada, y
con anuencia de éste fue publicada en litografía en el opúsculo Alma de América. en
San José de Costa Rica, ~n 1907, por el autor de ese trabajo, don Joaquín Arciniegas.
En la página 188 de la primera edición
de estas crónicas publicamos, grabado en madera, un plano de Bogotá, levantado por el
ingeniero don Carlos Francisco Cabrera, equivocadamente dijimos que éste era el primer
trabajo topográfico de la ciudad de Bogotá. En realidad, el primer plano fue el de
Esquiaqui. El original, como queda dicho, desapareció, y la copia guardada por el señor
Marroquín no coincide exactamente con aquél, porque tuvo que ser hecha en época
posterior, y en ella se hicieron algunas adiciones, de acuerdo con los cambios y progresos
que en lo material había tenido la ciudad. Las leyendas del plano de Esquiaqui y las de
la copia también son diferentes.
En la presente edición insertamos los
dos planos el de Esquiaqui y el de Cabrer,--los cuales tienen entre sí sólo
seis años de diferencia, pues el segundo
fue levantado en 1'79'l. Una vez más rompemos el orden cronológico. Veremos que el plano
de Cabrer abraza menos área que la copia modificada del de Esquiaqui.
En ésta se ve el Palacio virreinal
arruinado y la fundición ~,e oros, en el lugar que hoy ocupa el Capitolio Nacional, sobre
la Plaza de Bolívar, hacia el Oriente, y la cárcel
de Corte, la Oficina de Cuentas y la Real
Audiencia, hacia e1 Occidente; la Aduana, en el costado oriental de la Plaza, ed el
extremo sur; la Casa de Correos, en la segunda calle de la Carrera, en la mitad de ella,
acera, oriental; la Dirección de rentas, en la carrera 8~, al sur del Observatorio,
contigua al cuartel del Batallón Auxiliar, este en la ribera derecha del río San
Agustín; en la segunda calle de Florián (hoy carrera 8a), acera occidental, el almacén
de tabaco y
, en la tercera, acera oriental, el
parque de artillería; en el Parque de Santander (entonces plaza de San Francisco), acera
sur, el estanco de aguardiente; la parroquial de San Victorino, en el ángulo noreste de
la actual Plaza de Nariño; la capilla de Las Cruces, en la carrera 11, acera occidental;
donde toda la orilla derecha del río San Agustín; El Hospicio, en el antiguo Noviciado
de Jesuitas; el Palacio que habitaba Ezpeleta, en la calle 11, con frente sobre ésta y
sobre la Plaza Mayor; el Palacio Arzobispal ocupaba la misma área que al presente, entre
las calles 10 y 11, y contigua por el Occidente estaba la Casa de Moneda, con idéntica
extensión. L~, actual Avenida de Colón, calle 13, no se extendía más de cien metros al
occidente de la Plaza de Nariño. De la iglesia de Santa Bárbara para el Sur, la carrera
7~ terminaba al pasar el arroyo de San Juan o San Juanito; la misma extensión tenía por
esa parte la carrera 8~, y las demás calles al oriente y occidente de ese barrio, apenas
estaban demarcadas. La plaza de Egipto -hoy de Ma.za- era una pintoresca colina
despoblada. Por el norte terminaba la ciudad en la calle ?1, al oriente de la carrera 7á;
la que se extendía hasta. llegar a otro sitio despoblado, que después fue plaza de San
Diego. El convento de esta Orden estaba aislado. Desde la Plaza de Capuchinos hasta la de
San Diego no existía sino una vía sembrada de árboles, por orden de Ezpeleta, como
hemos visto; no había allí edificaciones, excepto una quinta, hacia la mitad del
trayecto, en la acera occidental, a la cual volveremos con el célebre médico bogotano
Miguel de Isla. Tan despoblada continuó esta avenida hasta mediados del siglo XIX; por
eso Manuel Ancízar escribía, en la primera página de la peregrinación de Alpha, las
siguientes palabras:
Una brisa tenue mecía los flexibles
sauces de la Alameda Vieja, por entre los cuales se veía a intervalos la vecina pradera,
verde -esmaltada, matizada de innumerables flores de achicoria, y poblada de reses que
pastaban la menuda yerba, cubierta del reciente rocío de la noche.
El plano de don Carlos Francisco Cabrer,
levantado en 1797, es una interesante iconografía, que publicamos por primera vez en la
primera edición de este libro, y que tiene la siguiente leyenda: A, La Catedral.-B, San
Carlos.-C, La Enseñanza.-D, El Carmen.-E, LaCandelaria.-F, Santa Clara.-G, Casa
Arzobispal.-H, Santa Inés---I, capilla de Las Cruces.-J, Santa Bárbara.--I~, San
Agustín.-L, Santo Domingo.-M, San Francisco.-N, La Tercera.-O, El Hospicio.-P, Las
Nieves.-O, San Diego.--R, Capuchinos.-S, San Victorino.-T, Hospital.--V, Las Aguas.-W, La
Concepción.-X, Palacio virreinal.-Y, capilla de Belén.
Marca el Palacio virreinal en el costado
occidental de la I'laza; el arzobispal, frente al costado norte de La Catedral. Por el Sur
la ciudad termina en el arroyo de San Juan, y de allí parte el camino de Fómeque. Hacia
el Oriente están señalados El Aserrío, el río Fucha, el puente de Santa Catalina, y
contigua a él la casa de Aguilar. Hacia el Occidente, la antigua Huerta de Jaime, que se
extendía desde el río San Francisco hasta la actual carrera 15. La Avenida de Colón,
como en el plano de Esquiaqui. No están señaladas las Alamedas Vieja y Nueva, y de la
calle 22 hacia el Noroeste, se desprende el camino de Tunja, a cuyos lados no se encuentra
más habitación que el convento de San Diego: aún está sin demarcar la plaza que lleva
este nombre.
Para guardar cierta coherencia,
mencionamos de una vez otro plano de Bogotá en la época colonial, levantado por don
Vicente Talledo, quien lo firmó en Mompós en mayo de 1810, pocos días antes de estallar
la revolución. Fue encontrado hace poco tiempo en Cuba por el ingeniero colombiano don
Marcel Gutiérrez. Es de pequeñas dimensiones (0.31 X 0.20). El señor Gutiérrez regaló
esta curiosa carta a la Sociedad Colombiana de Ingenieros, en 1903. Según el historiador
E. Posada tiene muy pocas diferencias con los planos ya mencionados.
Por orden expresa del Gobierno español,
Mutis trasladó la Expedición Botánica de la ciudad de Mariquita a la de Santafé, en
mayo de 1i91, y aquí se organizó el instituto de modo definitivo (2).
Ocupó una amplia casa en la antigua
calle de la Carrera (hoy carrera 7á, números 173, 175), con frente a la calle de E1
Chocho (hoy calle 8~), y un espacioso huerto, que se extendía hasta la carrera 8á, en el
cual se levantó después el Observatorio Astronómico y se plantó jardín botánico.
Allí habitaban el Director, los pintores y demás empleados del instituto, y se formó
gabinete de historia natural, mineralogía, flora y objetos curiosos, base de lo qué más
tarde se convirtió en Museo Nacional.
Nuevos miembros ingresaron al célebre
instituto: don Francisco Antonio Zea, ilustre hijo de Medellín, ocupó el lugar del
doctor Eloy Valenzuela; don Jorge Tadeo Lozano, de Bogotá, más tarde Presidente de
Cundinamarca; Enrique Umaña, hábil mineralogista, de Bojacá, y Benedicto Domínguez,
astrónomo, también bogotano; Salvador Matiz, Joaquín Camacho y Miguel de Pombo,
botánicos; José Mejía, José y Sinforoso Mutis, éstos sobrinos del Director y nacidos
en Bucaramanga; Juan B. Aguiar, el sabio Caldas y Salvador Rizo cooperaron con sus
trabajos a dar brillo a la Expedición.
Abrióse escuela de dibujo gratuita,
regentada por Rizo y por el bogotano Pablo Antonio García, primera de su género en el
país, acontecimiento digno de mencionar>e en la historia del progreso, lento pero
constante, del arte entre nosotros.
Oficial de pluma fue nombrado don
Francisco Javier Sabaraín, y a la lista de catorce pintores españoles y quiteños
agregamos cuatro nombres de discípulos de García, granadinos: Francisco Javier Matiz,
ilustre hijo de Guaduas; Francisco Dávila, que dibujó los planos del puente del Común;
Camilo Quesada y Pedro Almansa.
Entre los trabajos científicos de Mutis
es digno de mencionarse especialmente la Quinología, en el cual fue eficaz cooperador
fray Diego García, natural de Cartagena.
Como testimonio de gratitud de Mutis al
apoyo que le prestaba en sus estudios el Virrey Ezpeleta, le dedicó, con el nombre de
speletia, un nuevo género de plantas, vulgo frailejon, nativo de las alturas andinas, de
la gran familia de las sínantereas, género que fue después aumentado por Humboldt
Bonpland con dos especies más: la speletia argentia y la speletia corimbosa.
Como dato curioso recordamos que el
único hijo varón del distinguido minero don Juan José D'Elhuyart fue discípulo
aprovechado de la escuela de dibujo de la Expedición Botánica. Mas al soplar el huracán
revolucionario, hubo de dejar sus pacíficas inclinaciones, y ciñó la espada, y fue en
seguida émulo de Girardot ~~ defensor gallardísimo de Puerto Cabello.
Ya vimos en la página 307 del primer
volumen que muerto el protomédico Román Cancino, en 1766, el Virrey lo reemplazó con el
doctor Juan José Cortés, francés, sin la obligación de regentar la cátedra de
medicina en el Rosario, de acuerdo con lo dispuesto por el Rey. Este nombramiento lo hizo
Messía de la Cerda, luego que Mutis, la primera figura entre los profesores de Santafé,
lo rechazó.
El protomédico había obtenido licencia
del Cabildo para ejercer la medicina desde 1i58; pero no había exhibido diploma fidedigno
que acreditara su saber y profesión, sino la declaración de un escribano, que aseveraba
haber visto el título original de médico de la Universidad de Montpellier, expedido a
Cortés. Y éste daba como razón para no aceptar la cátedra. del Rosario que estaba ya
olvidado de la teórica y que se acordaba solamente de la práctica.
Don Juan B. de Vargas obtuvo por
oposición la citada cátedra de medicina, y fundado en que su carácter de catedrático
era inseparable del de protomédico, pidió al Ayuntamiento que se anulase el nombramiento
hecho por el Virrey en Cortés y se le pasase a él, lo que dio lugar a largo pleito.
Vargas se sujetó a examen de oposición en la Universidad Angélica, y en el libro donde
se sentaban las partidas de grados y tremendas consta que en 17 de enero de 1774 años se
graduó y defendió de tremenda: febris est calor naturalis praeter naturaliles ascensas,
y se le confirió dicho grado Firma como Rector fray Luis Nieves; fray Jacinto
Buenaventura, Antonio Manrique y Manuel Rubiales, como catedráticos, aunque seguramente
conocían menos la ciencia médica que el mismo graduado, pues éste siquiera había sido
boticario. Vargas desempeñó la cátedra hasta 1774, año en que por la implantación de
nuevo método de estudios, se mandaron suspender las lecciones de esta Facultad, hasta
nueva orden.
El protomédico Cortés concedió título
de boticario al fraile Juan José Monje, el que abrió la primera botica pública en
Santafé, que era propiedad del convento de predicadores y estaba situada en los bajos del
Colegio del Rosario; el Padre Bohórquez, de la Orden de San Juan de Dios, fue quien
abrió la segunda farmacia en los bajos del Hospital del mismo nombre, y fue don Antonio
Garráez el primer laico que vendió yerbas, triaca y ungüentos en Santafé.
Cortés concedió también permiso de
ejercer la profesión a los doctores Manuel Ignacio y Antonio Froes, antillanos; a don
Honorato Vila, gallego; a don Alejandro Gastelbondo, y a otros más o menos charlatanes.
Cortés abandonó la capital y se
estableció en Tunja. A Vargas lo vimos figurar en los Comuneros; antes había ejercido la
medicina empírica en Popayán, y luego en Santafé, valido del curioso primer diploma
mencionado, hasta los últimos años del siglo XVIII, en que falleció.
Por este mismo tiempo estuvo también en
Bogotá el doctor Sebastián López Ruiz, nativo de Panamá, graduado en la Universidad de
Lima, quien tuvo larga querella judicial con Mutis, queriendo arrancarle a éste el honor
de haber descubierto las quinas en el Nuevo Reino.
Insertamos una cuenta por honorarios,
pasada por uno de aquellos charlatanes, como documento vivo de las costumbres de la
época:
Señor don Juan Ramírez. Muy señor
mío:
A su recomendada enferma la asistí
veintidós días a cuatro reales visita, cuyo importe es de once pesos. Las medicinas que
para la dicha se llevaron tienen un costo de cinco pesos 5, medio; esto es, haciendo en
todo toda equidad.
Dios guarde a Vuestra Merced.
Desta su casa, Santafé y noviembre 11 de
1791.
José Antonio Rojas
Otro de estos empíricos, Domingo Rota,
bogotano, nacido en 1 i~2, estudió gramática, latín y teología hasta 1~770; ~n ese
año abrió tienda de platería; manejó el único reloj público, en la torre de La
Catedral; escribió en verso el Devocionario para la corona de la Divina Pastora; el
Trisagio en diez décimas, y otras poesías. Y como resultado de todos estos
conocimientos, Rota resultó médico. Sus obras se imprimieron posteriormente, y son
curiosidad bibliográfica. De ellas publicamos varias historias clínicas en 1884, en la
Historia de la medicina en Santafé. Aquí damos cabida a algunas líneas de lo que el
autor llama casos.
Como médico que fue de doña Rafaela
Isasi de Lorano, esposa del segundo Marqués de San Jorge, escribe Rota que era ética, es
decir, tuberculosa, y refiere que
A todo decía que sí, repliqué sobre si
sus médicos no le habían prohibido el uso de esa nutrición (jamón, mantequilla, huevos
y demás alimentos nocivos), dijo: Y qué le importa a los médicos el que uno se cure?
José María me ha dicho: quítate de médicos, vive enferma. Le ofrecí curar como se
adietara a tomar alimentos simples y· húmedos. Se adietó perfectamente y le señalé
una larga temporada de nitro fija en la agua común, y ejercicio de volante; hizolo todo
así.. .. Después de varias semanas daba ligeras cabezadas hacia los pechos, y me dijo:
ya no me duele nada (antes no podía mover el pescuezo por la tensión de los tendones de
él, por el gran calor y sequedad). Después me dijo con admiración: a la oración me
ceno un pollito v un ajiaquito, y cuando mis niñas cenan, me siento a cenar con ellas,
como si no hubiera comido, y no me hace daño . . . . Ella tomó buenas carnes y colores,
como lo ponderó su médico; ha podido vivir tantos años después, luego los médicos y
los que curaban a sus hermanos ignoraron o no conocieron su gran calor u sequedad y la
gran virtud del nitro fijo de Solano de Luque.
Con indiscreción incalificable cita
íntegros los nombres de sus clientes. Va una parte de otro caso:
El Padre jubilado fray José Ovalle,
enfermó de un gran cólico espasmódico, humoral y ventoso, causado de pasiones de
espíritu y de un viaje violento a Cartagena, y mal asistido. El médico le dio cuatro
purnas, y lo empeoró.. .. Señalé abluciones y cada dos horas un escrúpulo de tártaro
vitriolado, y era de ver a su sobrina bañando a su tío con su bayeta, y él en la cama
conversando con el señor Echavarry, Secretario del señor Compañón.
Otro más, sin comentarios:
Un maestro herrero del puente de San
Francisco, terrible gotoso, me pidió remedio; le aconsejé dieta húmeda, esto es, los
vegetales como calabaza, lechuga, pollo, arroz y· buen pan.
Un ilustre profesor de medicina
contemporáneo observa que los curanderos asaltaban la medicina en esos tiempos, como en
épocas posteriores lo han hecho muchos Generales sin despacho, es decir, sin las
graduaciones de ordenanza. Y él mismo recuerda que don José María Upegui, llamado don
Chepe, en Antioquia, extraía muelas, extirpaba tumores y amputaba brazos y piernas con
una serenidad y arrojo dignos de mayor competencia científica.
Un poeta festivo de la Montaña, don
Francisco Mejía. cantó así el saber de don Chepe, en versos que pueden aplicarse a los
méritos de Rota:
Fabio se ha metido a médico Por hacerle
vuelta al hambre, Y a los enfermos que coge. Les corta el vital estambre.
Sepan las autoridades
Que éste es un negocio serio: O atajar
el paso a Fabio
O agrandar el cementerio.
La sangría, la purga y la lavativa eran
las tres piedras fundamentales de la terapéutica de antaño. Moliere estaba rigurosamente
en lo cierto:
Clysterium donare Postea signare Ensuita
purgare.
Ezpeleta se quejaba ante la Corte de la
falta de médicos; decía que no había en la ciudad más que dos facultativos; que no
eran atendidos sino los enfermos de familias ricas; que la falta de cirujanos era
absoluta; que la parte de obstetricia se desempeñaba de un modo bárbaro, por rutina y
sin el menor conocimiento científico, y que el vulgo creía ciegamente en los curanderos.
Para confirmar las aserciones del Virrey,
cerramos la noticia sobre esa época de la medicina, anotando que la comadre Melchora,
partera muy afamada en la ciudad, habitaba en la calle de las Béjares. Cuando tuvo
numerosa clientela, ensanchó su radio de acción, e ingresó en el profesorado,
haciéndose curandera. Su terapéutica se reducía a cortar el cabello, ordenar baños de
agua fría y buscar crisis interna por medio de regulares dosis de agua de pollo.
En cuanto a los estudios de
jurisprudencia, la Junta de Estudios creada por el Virrey Caballero estableció cátedras
de Derecho Público, que después sustituyó por clases de Derecho Real, cambio más que
todo de nombre, pues la materia enseñada era la misma. Los que obtenían título de
Derecho podían ingresar -si eran nobles y ricos- en el número de los abogados de la Real
Audiencia, lo que era en realidad un simple título de honor, pues los pleitos -que eran
escasos- los dejaban a cargo de los llamados Procuradores de número, porque los abogado
consideraban poco digno de ellos el litigar por gentes que no estaban a su altura social.
A los jóvenes colonos que con más o
menos provecho habían cursado Literatura y Filosofía, se presentaban para escoger cuatro
carreras: la eclesiástica, las armas, la jurisprudencia y la medicina. Iban a conventos y
curatos el mayor número; el título de abogado, como hemos visto, era un simple honor, y
falsas ideas que reinaban sobre distinción de clases sociales hacían mirar la práctica
de la medicina como vulgar y baja, a tal extremo que los jefes de familia impedían a sus
hijos, con limitadas excepciones, que se dedicaran a esta noble profesión. Los Jefes del
ejército eran españoles.
Por demás está decir que las bellas
artes y las industrias eran apenas conocidas en el Nuevo Reino.
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