|
CAPÍTULO XXVIII
Organización de milicias-Ejército
regular-Guardia de honor del Virrey. Uniformes y armamento-Cuarteles-Capilla
Castrense-Salón de Grados-La viruela en Santafé: tercera epidemia (17G1), cuarta
epidemia (1782 y 83)-Terapéutica de la época-Opiniones de Juan Nuix, de Caballero y de
Juan Ramírez-Ruidoso incidente social-Matrimonio de los padres de Antonio Ricaurte-Paz
entre Inglaterra y España-El tronco de la familia Caro-Paseo del Gobierno a Guaduas-Don
Francisco Javier Caro de Virrey-Su Diario-La Secretaría del Virreinato-Cartas
geográficas del Nuevo Reino-costumbres: orden policiaca, invitación fúnebre, posesión
de tierras-Primera banda militar-Curioso indulto-Viaje del Virrey a Cartagena-Gaceta de
Santafé-Prisión del jesuita Godoy-Terremoto de 1785-El Obispo Carrión y Marfil
encargado del Arzobispado-Libertad de las Bellas Artes-Cuadros de maestros europeos
traídos por el señor Góngora-Lo que costaban los empleos de República-Santafé
descrita por un médico francés-Nuevo Secretario del Virreinato-Incendio del primitivo
palacio de los Virreyes-La gran carroza de las procesiones. Quinta y río del ,
Arzobispo-Cementerio colonial-Pulex penetrans. Frivolidades de la Colonia-Fin del
Arzobispo Virrey-Sus retratos.
Pacificado el país. el Gobierno
presidido por el Arzobispo Virrey, viendo la posibilidad de otro alzamiento, creyó
oportuno no confiar sólo en el amor de los colonos al monarca español, sino asesorarlo
con la organización de tropas regulares, que hasta entonces no habían existido, y con la
instrucción permanente de milicias. El pie de fuerza se elevó a 9,000 hombres en el
Reino.
El Brigadier Anastasio Cejudo recibió
comisión Para organizar las milicias. Don Gregorio Bahamonde quedó como Jefe de los
forasteros distinguidos en ellas inscritos. Se crearon regimientos de caballería y de
infantería: El primero fue comandado por el Secretario del Virreinato, don Juan
Casamayor. El de infantería se llamó Provincial de Santafé, y en ambos formaron
personas tan notables como don José María Lozano, don Gregorio Domínguez, don
Pantaleón Gutiérrez, don Rafael Rivas, don Primo Groot, don Pedro Lastra, los Ricaurtes
y otros que figuraron luego como próceres de la Independencia.
Hemos visto que de Cartagena vino a
Santafé el Batallón Fijo, de quinientas plazas, a órdenes del Coronel Bernet. Este
Batallón fue la base de la organización de las tropas de línea. Ya en Santafé
existía. el Auxiliar, creado en 1783, con novecientas plazas y su plana mayor; era su
Comandante clon Juan Sámano--el futuro Virrey y su segundo don José Moledo, después
servidor de la Independencia. Treinta y cuatro soldados, .un Capitán y un Alférez, todos
españoles, formaban la guardia de honor del Virrey: eran llamados Alabarderos y vestían
casaca azul de cuello recto falda que alcanzaba a la corva y acababa en punta; bocamanga
colorada, chaleco blanco, pantalón corto azul, media blanca, zapato con hebilla, sombrero
de tres picos con escarapela encarnada, que cubría el pelo recogido en moño y terminado
en trenza, llamada coleta; estaban armados de espada y alabarda. El Auxiliar tenía por
uniforme casaca encarnada, gorro, collarín, vuelta, chupa y calzón blanco y botonadura
dorada.
Fue destinado desde entonces para cuartel
el antiguo Colegio de Agustinos calzados, edificio de que ya hablamos en las páginas 43 y
288 del primer volumen de esta obra, situado en la banda derecha del río San Agustín,
acera occidental de la plaza del mismo nombre, hoy de Ayacucho.
También fue destinado al mismo objeto el
amplio edificio construido por el Virrey Solís, para oficinas de Gobierno, sobre la
orilla derecha del río San Francisco, con entrada por la antigua plaza del mismo nombre,
hoy de
Santander. De él hablamos en la página
308 del primer volumen. En antiguo caserón (hoy calle 11, número 158), situado en la
plaza mayor, diagonal de la única torre de la vieja Catedral y frente al primer palacio
de los Virreyes, se alojaban los elegantes Alabarderos de la guardia de honor. Volveremos
a ocuparnos en estos tres edificios en el curso de nuestra narración.
Vecino por el Oriente con la iglesia de
San Carlos y con puerta sobre el atrio de ésta, existía un espacioso salón que sirvió
algún tiempo de escuela, de local de las Sociedades de Hermanos Castrenses y de Artesanos
y de capilla destinada al culto de la Virgen de Chiquinquirá. Como las iglesias de La
Concepción, San Diego El Carmen único que hoy existe tenía esta capilla camarín sobre
la carrera 6, frente al palacio de San Carlos. El vulgo la llamaba Compañía Chiquita.
El Batallón Auxiliar se hospedaba en el
viejo Colegio de San Bartolomé, desocupado por la expulsión de los jesuitas. La capilla
interior de este edificio estuve destinada para. servicio de los militares, o Castrense,
hasta el 1° de noviembre de 1786, en que, a petición del Capellán, doctor José Luis
Azuola y Lozano, por hallarse esta capilla arruinada, el Gobierno colonial ordenó la
traslación del tabernáculo y demás sagrados enseres al salón o capilla de que hemos
hablado, la cual en adelante fue Capilla Castrense.
Aún se ve sobre el frontis de la antigua
Castrense una torrecilla sin campanas. Rigiendo los destinos del país en 1842 el General
P. A. Herrán, la capilla se destinó para Salón de Grados de la Universidad, destino que
conservó hasta los últimos años del siglo pasado, y a la vez sirvió desde 1826 como
recinto de una de las Cámaras Legislativas. Hoy conserva todavía el nombre de Salón de
Grados, pero está destinado exclusivamente para local de la Cámara de Representantes. En
1832 se le hicieron refecciones para adaptarlo a este objeto, y en 1912 fue
considerablemente embellecido. A1 remover en este último año los pisos, se encontraron
varios esqueletos humanos, a cuyo alrededor quiso hacerse una atmósfera macabra; y que
simplemente eran las cenizas de los militares enterrados allí durante la Colonia.
Aparte de los oficios que hemos
mencionado, el Salón de Grados ha sido prisión de reos de Estado y lugar de fiestas
públicas de carácter político, científico y artístico. A él volveremos con nuestros
lectores.
Luego, en 1782 y 83, el exantema
contagioso se presentó una vez más. Pero ahora tuvo el Gobierno como auxiliares para
desarrollar medidas de profilaxis, al sabio Mutis y al médico Antonio Froes, quienes
aislaron los enfermos y propagaron con prudencia la inoculación de la misma viruela,
único sistema científico conocido en esa época, y que venía de remota antigüedad,
pues desde tiempos muy lejanos era usado en la China y en la India. A más del
aislamiento, única medida verdaderamente científica, los galenos de la época aplicaban
la siguiente terapéutica empírica, que se publicó, y que consistía en cortar el pelo,
tisanas nitradas, abrigo, media dieta, gargarismos de vinagre, unciones con aceite,
purgantes de maná y sen, y por último, abrir las pústulas cuando estaban en su completo
desarrollo.
Puede recordarse para aquella epidemia de
viruela en Santafé lo escrito por un abate italiano, en el mismo año, quien consigna
esta opinión:
No se puede ponderar cuán funesta es en
América esta enfermedad. Cuando el contagio se enciende en un pueblo, le acarrea casi la
desolación y ruina. Refiriéndome un misionero, que habiéndose visto en un lugar antes
que padeciese este azote, y volviendo por allí seis meses después, halló que las
viruelas habían hecho en él tal estrago, que apenas restaba alma viviente.
Oigamos de dos cronistas santafereños
las apreciaciones que hicieron sobre la epidemia que estudiamos.
Dice Caballero:
1783. Este año fue la peste grande de
viruelas, donde murieron sobre cinco mil personas.
Dice Juan Ramírez:
El día 23 de enero de 83 salió Nuestra
Señora de Las Nieves de la iglesia mayor a rogativa por las viruelas y peste; estuvo
hasta el día 26, y vino hasta Santo Domingo, y el día 29 vino a San Francisco; en todas
estas iglesias todos los días dijo la misa el señor Arzobispo Virrey Góngora, y aquí
se le hizo la novena de noche, con sus pláticas.
Un ruidoso incidente social vino a
interrumpir la patriarcal tranquilidad santafereña por aquellos días de 1782.
Era don Juan Esteban de Ricaurte un
apuesto caballero antioqueño, descendiente de nobles y acaudalados peninsulares. Lazos
del más estrecho afecto lo unían con doña María Clemencia Lozano y González Manrique,
hija de los señores Marqueses de San Jorge. Entre los dos se alzaba, empero,
desgraciadamente la mala voluntad que el padre de la novia sentía hacia el señor
Ricaurte, por quisicosa lugareña; mala voluntad a la cual daban decisiva fuerza
impediente las costumbres de la época y, sobre todo, la pragmática sanción de Carlos
III, de 1776, incorporada en la Novísima Recopilación, la cual sujetaba férreamente las
hijas a la voluntad de sus progenitores y autorizaba a éstos para desheredarlas en caso
de que contra esa. voluntad intentaran rebelarse.
Apoyado en la citada ley el rancio
Marqués, hizo saber a doña Clemencia el propósito irrevocable que tenía de
desheredarla si insistía en el proyectado matrimonie. Pero la terrible amenaza no fue
suficiente para doblegar el altivo carácter de esta hija de conquistadores.
En la mañana del 5 de enero de 1782, en
plena misa mayor, se presentaron a la iglesia Catedral, y con estrépito y alboroto que
escandalizó a los circunstantes (son palabras del Marqués), instaron a: Párroco que les
diera las bendiciones nupciales, a lo cual se negó rotundamente. E! mismo día se inició
ante el Arzobispado expediente sobre tan inusitado acontecimiento. Ricaurte fue arrestado
en la cárcel de Corte y doña Clemencia depositada en casa de doña María Prieto
Dávila. Terminó el expediente con sentencia favorable para los empecinados amantes,
quienes contrajeron matrimonio, con todas las formalidades canónicas, el 6 de junio de
1782.
¡De este enlace debía de venir al
mundo, cuatro años más tarde, en la apacible Villa de Leiva, el héroe de San Mateo!.
E! 17 de julio de 1803 el Monarca
español expedía Real Orden (que se conserva en el archivo histórico de Bogotá), en
virtud de la cual no pueden casarse, sin licencia de sus padres, ni varones ni El Gobierno
español, que hasta ahora no había prestado atención positiva a la educación de los
colonos, protegía el renacimiento de los estudios de ciencias naturales. Ya el Arzobispo
Caballero había creado, de acuerdo con Mutis, a principios de 1782, y sin la venia real,
una comisión científica que llamó Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, de
la cual fue Director; el mismo Mutis, a quien acompañaron el distinguido naturalista Eloy
Valenzuela, Cura de Girón -lugar donde había nacido en 1756,-y los pintores bogotanos
don Joaquín Gutiérrez, a quien hemos tenido ya ocasión de nombrar por sus célebres
diablos de rabo y pesuña, y su discípulo el notable artista don Pablo Antonio García,
de quien dijo Mutis en informe al Virrey: Me ha sido imposible hallar en veintidós años
otro dibujante de igual habilidad. El señor Caballero, de su propio peculio, hacía todos
los gastos de la Comisión.
Carlos III apoyó con mano pródiga las
ciencias durante su largo reinado, y dio protección especial a los naturalistas Ruiz y
Pavón, que recorrieron a Chile y el Perú; a Sessé y a Cervantes, que visitaron a
Méjico; a Cuéllar, enviado a las Filipinas; a Pineda, Neë y Henke, que hicieron el
viaje de circunnavegación del globo.
Y finalmente, aprobó las medidas del
Virrey Caballero, quedando así organizada la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino
de Granada, en marzo de 1783, con el fin de que estudia, rata desconocida flora tropical,
de que se hicieran observaciones astronómicas, descripciones geográficas y estudios de
la variada fauna y de la riqueza mineral de los Andes colombianos y de las llanuras del
Nuevo Reino.
Carlos III y sus representantes en Nueva
Granada dieron también impulso a la minería en el Nuevo Reino, principal fuente de
riqueza de las que henchían las reales arcas. En tiempo del señor Zerda hicieron venir
del Perú dos mineros: don Manuel Díaz y don Antonio Villegas, que resultaron inhábiles.
El segundo pretendió haber descubierto una rica mina de cinabrio en el cerro de
Monserrate, que domina a Bogotá, sin duda por su absoluto desconocimiento de la ciencia
geológica.
El último día del año de 1783 dispuso
el Rey que pasasen al Nuevo Reino dos expertos mineros y metalúrgicos: don Juan José
D'Elhuyart, cuyo apellido había de brillar luego en los anales nacionales, y don Angel
Díaz.
Después de laboriosos preliminares, se
firmó la paz entre Inglaterra y España, en Versalles, el 3 de septiembre de 1i83. Meses
antes había llegado a Santafé la noticia de los tratados, acontecimiento que anotó en
su Diario Juan Ramírez, con estas palabras:
El día 24 de mayo de 83 llega la noticia
de las paces a esta ciudad de Santafé; se repicaron todas las campanas a las diez del
día, y hasta el 21 de marzo de 84 se publicaron solemnemente a son de cajas y presencia
de los Ministros, que salieron a la plaza.
Por estos tiempos viví en la capital del
Virreinato neogranadino don Francisco Javier Caro, descendiente de distinguida familia de
Cádiz, donde nació en 1750. Pasó a Santafé como Oficial Mayor de la Secretaría, bajo
el Gobierno de don Manuel Antonio Flórez. Era ingeniero, literato, conocía los clásicos
griegos y latinos y sobresalía como calígrafo.
Fue este Oficial Mayor del Virreinato el
tronco de la familia Caro, que tanto brillo ha dado a las letras colombianas.
Hacia julio de este año de 1783, el
Virrey Arzobispo, el Regente Piñeres y demás altos funcionarios públicos dejaron los
fáciles problemas del Gobierno, y se trasladaron en agradable paseo a la villa de
Guaduas, ameno lugar de veraneo, que visitaban frecuentemente los santafereños más
empingorotados y pudientes.
A1 partir Caballero, dio orden al
Secretario del Virreinato, don José de Casamayor, de trasladarse en visita oficial a la
ciudad de Tunja.
Partido a su turno Casamayor, vino don
Francisco Javier Caro a encontrarse en un momento dado de Virrey del Nuevo Reino. Con su
habitual buen humor y zumba andaluza, se dedicó entonces, para distraer sus ratos de
ocio, que eran los más, a escribir un memorándum, que intituló:
Diario / de la , Secretaría / del /
Virreinato / de / Santafé / de / Bogotá. / no comprenda mas que / doce días./ Pero no
importa, / que por la uña se conoce el león, / por la jaula el pájaro, / y por la hebra
se saca el ovillo. / Año de 1783.
Caro, sin escrúpulos ni melindres, y con
la crudeza de la realidad, empieza a describir los trabajos de la Secretaría el viernes
1° de agosto de 1783. Nos cuenta que los Escribientes eran don Miguel Lemos o Lemus, don
Francisco Guardamino, don Francisco Morillejo y don Francisco Sabaraín, y Portero el tío
Torres. Agrega que don Francisco Daboura, militar, tenía ingerencias en la Secretaría.
EL local de la Secretaría lo formaban
dos salas del primitivo Palacio de los Virreyes (hoy esquina noreste del Capitolio) que
recibían luz del patio de la cárcel de Corte (hoy patio principal del nuevo edificio).
despachaba el señor Caro, en su calidad
de Virrey, de las siete a las doce de la mañana, hora en que los empleados tomaban la
capa de grana y se iban a comer y a dormir la siesta. Regresaban a las dos, y trabajaban
hasta las cinco de la tarde. Consta en el Diario que el único que llegaba oportunamente
era el propio don Javier, a quien seguía inmediatamente tío Torres. Los otros se
demoraban, por lo general, una, dos o tres horas.
Sentimos no dar cabida en las inserciones
que vamos a hacer de tan curioso documento, a los pasajes más gráficos, porque están
escritos con exagerado realismo: Caro llamasen correcto castellano. eso sí, al pan, pan,
y al vino, vino.
El sábado 2 de agosto escribía:
A las diez y tres cuartos vino a
preguntarme un tal Lamíquez o Alambique, que cuándo se despachaba chasqi a Guaduas.
Respondíle que hasta no venir de allá la maleta, no se enviaba nada. Y a esto me dijo:
que él tenía que enviar unos calzones de ante a Su Excelencia; y que le hiciese favor de
avisarle para traerlos y enviarlos en la maleta: díjele que sí; y en esto quedamos.
El jueves 6 anotaba:
A las tres y media entró Sabaraín; se
sentó en su silla y empezó a abrir una carta muy pasito; y porque al ruido que hacía el
papel alcé los ojos a mirarlo, dejó de hacerlo por entonces; pero luego que los bajé,
volvió a proseguir furtivamente la misma maniobra, hasta que consiguió la apertura de
dicha carta; y después parece que se puso a copiarla; yo, bien puedo equivocarme, pero:
No sé qué te diga Antón, de esto de
andar agachado; Tú traes el hocico untado Y a mí me falta un lechón.
El viernes 8 refiere que un ordenanza de
la caballería estaba pronto para llevar a Guaduas la correspondencia recogida en la
Secretaría, lo que no pudo efectuar hasta que a sus Pestilencias el Oficial Real señor
don Revilla, le dio, la regaladísima gana de despacharse. Durante la fugaz
Administración de Caro; llegó el correo de la vereda del Socorro con seis cartas; la
balija o maleta virreinal, dos veces la primera contenía unos pocos papeles crotos y
maltratados, dirigidos al Escribano Aráoz, a quien fueron entregados prontamente; la
segunda traía un legajo no muy abultado y cuatro cartas rotuladas, la primera al Director
de rentas, la segunda a la Madre Abadesa del monasterio del Carmen, la tercera a don José
Ruiz Bravo, Notario Mayor de la Curia eclesiástica y la cuarta al Lameplatos Lamíquiz.
El señor Viñáls, editor del Diario de
Caro, trae el siguiente concepto, prohijado por el publicista don Antonio Gómez Restrepo,
en las anotaciones a la segunda edición de la Historia de la Literatura de la Nueva
Granada:
Estimable cuadro de costumbres
oficinescas de las Secretarías de Indias, cuadro impregnado de franco realismo, no
desprovisto de delicadeza y tan bien hablado que incita a la lectura y sostiene vivo el
interés de la narración.
Recordaremos también que el señor Caro
levantó un plano de nuestro país en 1779, poco antes de que acometiese la misma área el
ingeniero Vicente Talledo. Los dos existen en el Archivo de Indias de Sevilla, y los
describe en su catálogo don Pedro Torres Lanzas, Archivero. Nos parece oportuno anotar
aquí que ya en 1772 había dibujado don José Aparicio Morato un plano geográfico del
Nuevo Reino, formado por el célebre fiscal Moreno y Escandón, el cual existe en el
Ministerio de Relaciones Exteriores y no aparece en la Mapoteca Colombiana que publicó en
Londres, en 1860, el ilustre bogotano Ezequiel Uricoechea.
Para este mismo tiempo se acaban en la
sociedad santafereña ciertas fórmulas, que vamos a exhumar para aumentar las noticias
sobre la vida de nuestros abuelos.
El Oidor don Joaquín Inclán, del
Consejo de Su Majestad, su Oidor decano y Alcalde de Corte de esta Real Audiencia, o sea
el Jefe Superior de Policía, dio la siguiente orden, que tenemos a la vista:
El Alcalde del barrio de Las Nieves don
Juan Ramírez, con todo sigilo arrestará a la casa de divorcio a Bárbara Díaz,
huérfana, de diez y ocho años; vive en casa de Floro Solórzano, su tío, junto a don
Antonio Cajigas; y fecho, con la misma precaución arrestará a Juan de Jesús Suárez,
pulpero; vive hacia el chircal y calle del volcán de Las Aguas; y fecho, me dará parte
Santafé, y noviembre 18 de 1784. Inclán.
En la nomenclatura de esos tiempos,
arrestó la Policía a la huérfana en la actual calle 19, en casa inmediata a la que
sirve hoy para ejercicios espirituales, y detuvo al pulpero en la carrera 2a, hoy barrio
de Egipto.
También tenemos a la vista un papel de
quince centímetros de largo y cinco de ancho, impreso. Tiene a la cabeza una rudimentaria
viñeta, que, por tratarse de una invitación a entierro, hemos descubierto que un
círculo con tres puntos, en el cual descansa una cruz, representa una calavera, y que
cuatro líneas perpendiculares, especie de tirabuzones, son antorchas funerarias. Los diez
renglones impresos bajo esta viñeta dicen:
La viuda y herederos de don Manuel
Lorión de Rivera, suplican a usted se sirva honrar con su asistencia el entierro de dicho
difunto, hoy a las tres de la tarde, a cuyo favor quedarán reconocidos.
De expediente que reposa igualmente en
nuestro poder, vamos a entresacar unas líneas, que dan idea cabal de la manera como las
autoridades españolas ponían a los colonos en posesión de sus tierras, ceremonia que
conserva mucho del clásico formulismo romano.
La escena pasa a inmediaciones de
Bogotá, orillas del río Tunjuelo. En el centro del grupo está el representante de la
Audiencia. El mismo, en el instrumento respectivo, deja constancia del hecho con estas
palabras:
Requerido por el dueño le metiera en
posesión de sus tierras, lo que ejecuté tomándole de la mano y paseándole por el campo
en nombre del Rey nuestro señor y en virtud de la facultad que para ello se me ha
conferido por el Excelentísimo señor Virrey de este Nuevo Reino, y en señal de
posesión se paseó, arrancó hierbas del campo, mudándolas de una a otra parte, y la
tomó actual, corporal, vel quasi, quieta y pacíficamente, sin contradicción ninguna; y
aunque por mí se repitió por tres veces, en alta voz diciendo: Hay quién contradiga
esta posesión?, no hubo persona alguna que la contradijera.
|
|
Antonio
Caballero y Gongora
|
Es digno de anotarse el hecho de que al
empezar el año de 1784 oyeron los colonos la primera música militar, suceso que nos
refiere así el cronista Caballero:
El día 20 de enero entró el Regimiento
de la Corona, y trajeron la música de trompas, clarines, que no se habían visto ni oído
hasta entonces. Con la venida de esta tropa se acabaron de perder las buenas costumbres,
que eran españolas.
En el mismo mes firmó Carlos III en El
Pardo un indulto para los vasallos de toda la Monarquía, con excepción de los grandes
criminales, que concede por el paternal amor que les tiene:
Habiendo debido a la Divina Providencia
el importante beneficio y consuelo para esta Monarquía del feliz y dichoso
parto de la Princesa, mi muy cara y amada
nuera, dando a luz dos robustos infantes a quienes se han puesto los nombres de Carlos y
Felipe.
El cronista Juan Ramírez escribe algunos
meses más tarde:
El día 20 de octubre de este año salió
para Cartagena el señor Virrey Arzobispo Góngora con toda su familia, sin saberse el fin
de tan intempestivo viaje: todos lo estamos mirando y nadie sabe lo que es: ello dirá.
Lo que era misterioso para los
santafereños es hecho claro en nuestra historia: el Virrey bajó a Cartagena por orden
terminante de la Monarquía, para defender las costas del mar Atlántico de las asechanzas
de los ingleses.
A imitación de la Madre Patria, que
sólo comenzó a publicar diarios políticos y literarios un siglo después que otras
naciones, la Colonia, dos siglos y medio después de fundada la capital, el día 31 de
agosto de 1785, produjo el primer número de la Gaceta de Santafé, periódico de tamaño
exiguo y muy mal impreso, en cuyas columnas no se insertó nada útil ni importante; pero
este hecho merece mención especialista por haber sido esta Gaceta el primer periódico
que se imprimió en Santafé. De esta publicación apareció segundo número, pero no
alcanzó al tercero.
Algunos escritores han afirmado con
inexactitud que la primera publicación periódica que apareció en la ciudad fue El Papel
Periódico de Santafé de Bogotá. Luego veremos que el primer número de este periódico
se imprimió en 1'791.
A mediados de 1785 recibió el Arzobispo
Virrey orden del Ministro Gálvez para aprehender al jesuita Godoy, que se había
embarcado en Londres, con rumbo a América, y porque había recelos de que podía tener en
mira la sublevación de las colonias. E1 señor Caballero, por correspondencia reservada y
muy reservada, logró fácilmente la captura del hijo de Loyola, hecho que condena muy
severamente uno de nuestros historiadores.
En la mañana del 12 de julio de 1785,
faltando un cuarto para las ocho, violentos movimientos de oscilación y trepidación, que
duraron dos minutos, causaron indescriptible terror en los habitantes de la capital.
Pasados los primeros momentos, cuando la población en masa se agrupaba en las plazas y
buscaba los aledaños de la ciudad, corrieron de boca En boca las tristes nuevas de lo
ocurrido. De las tres naves del amplio templo de Santo Domingo cayeron dos, sepultando a
algunas personas en las ruinas, y la parte occidental del convento quedó inhabitable; una
lluvia de ladrillos, desprendidos de los campanarios de la Capilla del Sagrario, dio
muerte a dos individuos, lo que causó espanto al Oidor Messía de Caicedo, que pasaba
cerca. Las torres de La Catedral, La Tercera, El Rosario y San Francisco, quedaron
arruinadas, siendo necesario que reforzaran las dos últimas con llaves de madera, para
derribarlas; trabajo que dirigió el ingeniero don Domingo Esquiaqui. Los claustros de San
Francisco y La Tercera, las capillas de Guadalupe y Egipto y los viejos palacios de la
Audiencia y de los Virreyes y la cárcel de Curte (estos tres edificios situados en la
acera sur de la Plaza Mayor), los conventos de La Candelaria y Santa Clara y muchas casas
particulares sufrieron graves daños, que se estrenaron en considerable suma, cuando la
riqueza raíz tenía bajísimo precio en la ciudad. A las diez y media de la mañana se
sintió otro movimiento menos fuerte que el anterior. Procesiones y rogativas se hicieron
en ese día y en los siguientes, por los piadosos santafereños, quienes leían con
avidez, bajo toldos de campaña, una hoja volante intitulada .Aviso del terremoto, en la
cual se daba noticia. oficial de lo acaecido y de los buenos servicios del ingeniero
Esquiaqui y de los capuchinos. El temblor se repitió el día 14, causando nuevo alarma,
pues produjo graves daños en el viejo edificio de La Concepción.
Confirman esta relación las siguientes
palabras de un testigo presencial, recientemente publicadas:
En este año de 1785, hoy día martes 12
de julio, a las ocho de la mañana, hubo un fuerte terremoto en esta ciudad de Santafé:
no duró arriba de dos minutos, pero en este corto tiempo causó muchos daños en los
edificios, particularmente en los templos y conventos, y entre ellos fue mayor y más
funesto el de la iglesia de Santo Domingo, que cayó la techumbre desde el arco toral
hasta el coro, y toda la arquería de la capilla del Rosario. Tres órganos singulares que
tenían en ambos coros se hicieron pedazos; pinturas famosas, dorados ventanejas de
vidrieras; y lo que más lastimó fue la muerte violenta de muchas personas, así hombres
como mujeres, que murieron oprimidos entre las ruinas del templo y que estaban oyendo una
misa que se cantaba en el altar de Nuestra Señora de la Salud. Algunos pocos pudieron
sacar vivos, pues los más los sacaron muertos y hechos pedazos, y éstos fueron siete, y
tres salieron vivos y sanos, entre ellos una mujer preñada que se metió en un
confesonario, donde se libró debajo de las ruinas; es mujer de un Antonio Riaño. La
demás gente salió huyendo, así por la puerta principal como por la que llaman reglar,
por la que se entraron al claustro, corriendo al aviso y voces que dio un buen caballero
llamado Ley, quien se levantó huyendo y diciéndoles que salieran que se caía el templo,
y si no, hubieran perecido muchos. Los sacerdotes se quitaron y huyeron también, pues
esto sucedió acabada la Epístola, al ir a cantar el Evangelio. Del campanario de la
capilla de Nuestro Amo cayó una de las bolas o pirámides de piedra al altozano, y mató
otras dos personas; y se dijo como cierto que milagrosamente escapó el señor Oidor
Messía, quien pasaba entonces para audiencia por el mismo altozano. En el conventico de
la Orden Tercera se cayó todo el claustro alto, cuyo techo estaba ya desprendido hacía
años del paredón o costado de la iglesia, y aunque lo advertí y avisé en tiempo que
pudo remediarse, no hicieron aprecio mis hermanos de ello, y quiera Dios que en delante no
resulten mayores daños y ruinas con la portada y la torre, que han quedado bien
lastimadas y no tratan de repararlas. La torre de la iglesia de san Francisco se lastimó
y falseó mucho, y desde 1° de agosto trataron de aliviarla bajando las campanas y
desbaratándola para modificarla. La torre de la iglesia del Colegio del Rosario ha
padecido la misma ruina y la están ya derribando.
Un lunes más tarde volvían los
habitantes de la ciudad a ocupar las amplias casas de Santafé, prefiriendo el peligro de
quedar sepultados en sus ruinas a las incomodidades de la vida nómade que llevaron en las
cabañas y campos inmediatos.
También las poblaciones vecinas de la
capital sufrieron con este terremoto: las iglesias de Soacha, Engativá, Cajicá y
Fontibón quedaron en ruina.
Para la restauración de los daños
causados por este fenómeno sísmico contribuyó pródigamente el señor Caballero y
Góngora.
Por solicitud del Arzobispo de Santafé
dispuso la Corte de Madrid que durante la ausencia del Metropolitano quedase aquí
encarado del Gobierno eclesiástico el Obispo de Caristo, don José Carrión y Marfil, que
antes había sido Provisor. Juan Ramírez dice que este Obispo era, mozo al parecer de
treinta y cinco años y de genio dominante y cruel, y que había venido de España con el
mismo señor Góngora.
Por Real Cédula de 1° de mayo de 1785
autorizó el Monarca español la libertad en el ejercicio de las artes de dibujo, pintura,
escultura, arquitectura y grabado, tanto a los españoles como a los extranjeros.
Debió Bogotá al Virrey Arzobispo la
introducción de algunos cuadros al óleo de grandes maestros europeos, con los cuales
adornó las salas y la capilla de la Casa. Arzobispal, valioso legado del ilustre Prelado,
que no supieron apreciar sus sucesores. Allí quedaron un Hércules hilando y Venus a su
lado, figuras tomadas del natural, del pincel del Ticiano; un Endimión dormido y una
diosa, de la paleta de Carriccio; el segundo de éstos lo destruyó el pintor bogotano don
Antonio García, salvando sólo la cabeza, porque dominado por las falsas ideas sobre el
arte del desnudo en esa época, lo creyó inmoral e indecente; luego desapareció el
Endimión. El Hércucles del Ticiano quedó en poder del citado García, y más tarde su
hijo Victorino, también pintor, lo vendió al historiador Joaquín Acosta, quien lo
llevó a Francia, adonde llegó destruido. (quedaron también en el Palacio Arzobispal dos
pinturas de Murillo: una Concepción y un San José. La Concepción también desapareció;
el San José existe, por fortuna, incrustado en la parte alta de la capilla arzobispal, y
es tal su mérito artístico, que se puede afirmar que es la mejor pintura al óleo que
existe en la capital. Una abigarrada cocina flamenca, de pincel maestro, desapareció del
palacio en 1816: hoy pertenece al Museo de la Escuela Nacional de Bellas Artes, donada por
doña Soledad Acosta de Samper.
Como curiosa noticia referiremos que en
enero de 1786 Carlos III expidió en el Pardo Real Orden sobre título de Regidor de
Santafé de Bogotá, e. favor de don José Caicedo y Flórez, en la cual aprobaba el
remate que había hecho de dicho oficio, por haber enterado Caicedo en la Caja Real del
Virreinato $100 que había dado como mejor postor por el tal título en el año anterior,
como también 3 peso 7 reales y 15 maravedíes correspondientes al derecho de media anata.
Poco después don Luis Caicedo y
Flórez--hermano del anterior-- -remató el cargo de Regidor Alférez Real, de superior
categoría, en la suma de 650 pesos.
Extraña costumbre ésta de acrecentar
los reales erarios a costa de los servidores del Gobierno. Los llamados empleos de
República, que comprendían desde los más bajos hasta el Altísimo y Excelentísimo
señor Virrey, todos eran adjudicados, en pública subasta, al individuo que pujará más.
El mismo año de 1786 el médico francés
M. Leblond leía en la Academia de Ciencias de París una memoria sobre la comarca de
Santafé de Bogotá, para hacer conocer aquellas lejanas tierras, especialmente en lo
relativo a historia natural. Hablando de esta capital, escribió el galeno:
La ciudad de Santafé de Bogotá, capital
del Nuevo Reino de Granada, a los 4° de latitud y 304° de longitud del meridiano de la
isla de Hierro, está recostada al pie y en la falda de una escarpada montaña que le
sirve de dosel por la parte oriental; y desde allí domina una llanura de doce leguas de
anchura y mucha mayor longitud, vestida todo el año con los risueños atavíos de las
más lindas campiñas europeas; circundada de colinitas verdes, donde triscan los
rebaños, cubierta de pastos para los numerosos ganados y de bien cultivadas heredades; a
trechos salpicada de aldeas y caseríos, de granjas y rústicas cabañas. Convidan al
hombre con sus huertas y jardines con todas las flores de primavera y los frutos de
otoño; y esta misma duración eterna de los dones naturales. lejos de llamar la atención
o despertar el atractivo por lo nuevo que forma el encanto de nuestras. estaciones,
producen indiferencia hacia una hermosura siempre idéntica, hacia goces que no se mudan
jamás.
A mediados de este -año fue nombrado
Secretario del Virreinato don Zenón Alonso. Cuatro años después dispuso el Rey que los
Oficiales de la Secretaría del Virreinato fueran amovibles, con excepción del Oficial
Mayor--nuestro conocido don Francisco Javier Caro y que en atención a lo exiguo de los
sueldos, no pagasen la contribución de media anata. Estos empleados--como los de la
Audiencia eran sumamente quisquillosos: alguna vez entablaron pleito contra el Oidor don
José María de Caicedo, porque no les daba el tratamiento de señores.. ..
El 26 de mayo de 1786 ocurrió un notable
suceso: el incendio del Palacio de los Virreyes, amplia y sólida casa situada, como
dijimos, en el ángulo sureste de la Plaza Mayor, hoy extremo oriental del Capitolio
Nacional. Estando el Virrey ausente de la ciudad, y habiendo ocurrido en altas horas de la
noche el siniestro, aperas logró el ingeniero Esquiaqui, apoyado por la tropa, salvar los
edificios contiguos hacia el Occidente (la cárcel grande y la Audiencia), y alguna ala
interior del edificio, pero no los archivos, únicas fuentes irreprochables de la historia
nacional, más valiosas para la posteridad de los colonos que los viejos y pesados
edificios, ya ultrajados por el terremoto del año anterior.
El 26 de mayo de 1786 se quemó el
palacio del Virrey, el cual al presente era el señor Góngora, Arzobispo y Virrey, y
estaba en Cartagena, y duró el fuego doce días. El no haber gente en Palacio era por
causa de que se había vencido algo con el terremoto del día 12 de julio del año pasado
de 1785.
A la media noche publicaron las campanas
el incendio y fuego que abrasó el palacio de los Virreyes, que era en la plaza, y como
estaba unido con la Audiencia y demás oficinas y archivos, se echaron a la plaza cuantos
autos y papeles contenían, con lo demás, mientras otros cortaban las maderas y
techumbres para suspender y atajar que no se abrasase todo, como que así sólo se atajó,
pues apagarlo era imposible. Ardió tan igualmente y con tanta actividad, que al amanecer
ya estaba todo consumido, y han proseguido derribándolo, dicen, para reedificarlo, lo que
para esto hay orden del Rey, conforme al plano o diseño que ahora tres años hizo el
Padre Aparicio y se había remitido a la Corte. Este citado Padre Aparicio era de grande
ingenio para todo arte de manufactura, y entendía los elementos matemáticos. Vino de
secular y no adelantó sus conveniencias y bienestar en este estado; siguió por el
eclesiástico, y el señor Arzobispo Góngora Caballero, Virrey, lo tuvo ocupado en
algunas obras en que nada medró, y últimamente lo acomodó de Capellán del hospicio de
mujeres, y en el año de 85, día del terremoto, murió.
Del terrible incendio que lentamente
devoró el edificio virreinal sin que nadie lo advirtiera, hasta que las llamas asomaron
por encima de los tejados, sólo se salvaron algunas piezas interiores, que fueron
destinadas a guardar el parque que se había formado desde la revolución de los
Comuneros. También escaparon los retratos de Carlos III y la Reina; el primero se
deterioró al extremo de que el Gobierno tuvo que hacerlo copiar del pintor bogotano
Antonio García, y se conserva en la Galería de Gobernantes del Museo Nacional.
Años después informaba el Virrey
Mendinueta a la Corte sobre la falta de un palacio correspondiente a un Virrey, y dice que
del antiguo, desaparecido por el incendio de 1786, sólo quedaban ruinas que afeaban la
Plaza Mayor.
Cabe aquí recordar que en documento que
se conserva en el archivo histórico, hay constancia de que en los años de 1763 y 64 se
gastó la suma de $ 2, 738 en la mejora del viejo Palacio; que di rigió la obra don
Tomás Sánchez Reciente, y que fueron refaccionadas las cocheras, caballerizas, cuartos
altos, cuartos de aves y corral. En 1781 también se le hicieron importantes mejoras a la
mansión de los Representantes de Su Majestad en el Nuevo Reino. Veremos a su tiempo qué
edificio la sustituyó después.
Carroza, según el Diccionario, es coche
grande y ricamente adornado que sirve regularmente en funciones públicas. Una de éstas
regaló el Virrey Arzobispo a la capilla del Sagrario para que reemplazase a una silla de
manos y sirviese en las procesiones suntuosas. Para entonces no existían en la capital
sino cinco coches: el del Virrey, el del Arzobispo, el de los Marqueses de San Jorge, el
del patriarca de Santafé don Pantaleón Gutiérrez y el de la rica familia de Vergara.
Conforme con la definición que hemos anotado arriba, o tal vez excediendo sus
proporciones, la carroza regalada por el señor Góngora era un vehículo monumental que
apenas si cabía en las calles de la ciudad y las carreteras que a ella dan acceso: hubo
necesidad de ampliar éstas en algunos puntos para que la carroza pudiera cambiar de
rumbo: tales son los paréntesis que aún vemos cerca a la quinta de los Arzobispos- hoy
La Magdalena- -y en el camino de Occidente.
Esta quinta de La Magdalena, en tiempos
coloniales solitaria. y aislada, frente al sitio donde hoy construyen las Hermanas del
Corazón de Jesús, institutoras francesas, un amplísimo edificio para su colegio, tomaba
su primitivo nombre del alto carácter eclesiástico de sus habitadores, los
Metropolitanos de Santafé; nombre que se hizo extensivo al exrío que, en su descenso de
la cordillera, forma la graciosa cascada de La Ninfa, que ya mencionamos. De dicha quinta
no existen ni las ruinas; en ese sitio se ha formado un hipódromo, propiedad de la
familia Espinosa.
Carlos III, por. Cédula de 3 de abril de
1787, dictó una importante medida para la higiene pública, que tuvo resonancia en la
lejana Bogotá: ordenó que se construyeran cementerios fuera de las poblaciones para
evitar epidemias, por la mala costumbre de sepultar los cadáveres en las iglesias. En
dicha cédula se respetó el derecho de propiedad adquirido en las criptas de los templos.
Ya referimos en la página 35 del primer
volumen, que el Obispo Juan de los Barrios había demarcado un cementerio que ocupaba la
parte norte del actual atrio de La Catedral, de acuerdo con lo dispuesto por Carlos v
desde 1533, que permitía se enterrasen cadáveres en las iglesias, en los atrios y en los
monasterios. Aunque el Arzobispo Virrey recibió esta Real Cédula, su ausencia de la
capital impidió que se le diese inmediato cumplimiento, el cual no tuvo lugar hasta 1791,
año en que el Virrey Ezpeleta mandó construir un cementerio al occidente de la ciudad.
El ingeniero Domingo Esquiaqui levantó los planos, y el Arzobispo Compañón bendijo el
cementerio el 30 de noviembre de 1793. El primitivo cementerio estaba ubicado al occidente
de la Plaza de España, que entonces hacía parte, como el mismo camposanto, de los ejidos
de la ciudad. Sus ruinas aún se hallan en una finca de propiedad privada denominada La
Pepita, y próximamente será cruzado por la carrera 22, cuando ésta se continúe de la
calle 13 hacia el Sur.
Dejemos en paz a los muertos para pasar a
recordar algunas frivolidades de la vida colonial; vamos a ver cómo los Gobernantes le
prestaban atención a asuntos insignificantes, a las veces baladíes, dejando aparte
asuntos de verdadero interés social: el mismo año de 1787 recibió el Arzobispo Virrey
la siguiente curiosa Real Orden, cuyo original reposa en la Biblioteca Nacional, y que ya
publicamos en la Historia de la Medicina en Bogotá. Dice así:
El Arzobispo Virrey de Santafé, con
fecha 2 de julio último, ha dado cuenta de un remedio eficaz, descubierto felizmente por
su confesor, contra los estragos que causan las niguas en los países cálidos de
América, y reduciéndose a untar la parte donde residen las niguas con aceite de olivas
sin calentar, y que muriendo ellas se desprenden fácilmente las bolsillas que las
contienen; quiere el Rey que Vuestra Excelencia lo publique por bando en el Distrito de su
Gobierno, para que llegue a noticia de todos, y cuide de que usen los que se hallaren
afligidos de dicho insecto, de este remedio tan eficaz como sencillo y experimentado.
El bando, sin duda, fue general en la
América, porque se promulgó en Chile, donde no podían existir la niguas por estar
situado en la zona templada. Pero eso ¿qué importaba? dice un escritor chileno. El
Monarca hacía conocer el remedio por si aparecía la enfermedad.
También el paternal Gobierno de Madrid
enseñaba a. los colonos, con la firma del Rey, que era conveniente untar bálsamo de
copaiba en el ombligo de los niños recién nacidos; que se había concedido el título de
Señor a los miembros del Consejo de Estado y al Secretario del Despacho Universal; que
era laudable la costumbre de que en los sermones los predicadores hicieran una venia a la
Real Audiencia, y dijeran al comenzar: muy poderoso señor; y con la misma firma real se
había concedido el 12 de agosto de 1i89 el derecho de usar bastón al doctor Juan B.
Orbegozo, Oficial de libros de la factoría de Piedecuesta.
El Arzobispo Virrey renunció en
Cartagena en 1788 los dos altos puestos que desempeñaba en el Virreinato, y dejó gratos
recuerdos en la Colonia, excepto en lo que se refiere a su conducta doble o falaz en la
sublevación de 1'7810.
El 8 de enero de 1i89 entregó el bastón
de mando en Cartagena a su sucesor.
Volvió Caballero a España, y
desembarcó en la Coruña el 19 de enero del mismo año de 1789; fue agraciado con la gran
cruz de Carlos III, y tomó posesión del Obispado de Córdoba.
En marzo de 1790 llegó Real Orden a
Santafé, que se conserva en el archivo histórico, ordenado que se le enviasen al
ex-Virrey Caballero veinte mil pesos décimos como ayuda de costas.
El Arzobispo murió súbitamente en su
Obispado de Córdoba. Existen en Bogotá tres retratos de este Prelado: uno en la iglesia
parroquial del barrio de San Victorino; otro en la galería de Arzobispos de La Catedral,
y el tercero en el Museo Nacional.
El retrato que pertenece al Museo es
pintura al óleo de mediano pincel, y de medio cuerpo; está colocado de frente; está
vestido de Arzobispo; tiene en la mano derecha el bastón de mando, y en la izquierda, que
apoya sobre una mesa en que están colocadas tres mitras, muestra los guantes; una rica
cruz le adorna el pecho; en el ángulo izquierdo superior se ven las armas de familia.
Al pie del lienzo se lee:
REINADO LA MAJESTAD CATÓLICA DE SR. DN.
CARLOS III EL ILLMO Y EXCELENTÍSIMO SR. DN. ANTO. CABALLERO Y GÓNGORA GRAN CRUZ DEL LA
Rl. Y DISTINGUIDA Ordn. DE CARLOS III. ARZOBISPO DE SANTAFÉ DE BOGOTÁ VIRREY GOVERn. Y
CAPITN. Genel. DE ESTE NUEVo RENo. DE GRANa. De Cuyos EMPLEOS CON LA PRESIDENCIa DE SU
REAL AUDIENCIA TOMÓ POSESIÓN EL 15 DE JUNIO DE 1782 POE FALLECImto. DEL Sor. Dn. JUAN DE
TORREZAR DÍAS DE PIMIENTA, Y EN VIRTUD DE LOS PARTICULARES Y DISTINGUIDOS MÉRITOS QUE
CONTRAXO EN LA PACIFICACIÓN DEL SOCORRO Y DEMÁS PROVINCIAS, SE SIRVIÓ SU Md. CON FECHA
DEL 15 DE ABRIL DE 1783 CONCEDERLA LA PROPIEDAD DE DICHOS EMPLEOS POR EL TIEMPO DE SU
VOLUNTAD
|